22 de marzo de 2008

Alexander von Humboldt y la independencia latinoamericana

Cuando en noviembre de 1815, de la mano del diplomático austríaco Klemens von Metternich (1773-1859), se estableció la Santa Alianza entre Austria, Prusia, Inglaterra y Rusia con el fin de garantizar el mantenimiento del orden absolutista y reprimir cualquier intento de alterar la situación política de la Europa de la Restauración, contando con la posibilidad de poder intervenir militarmente en cualquier país contra movimientos liberales y revolucionarios, pareció que un final sin gloria se cernía sobre la lucha independentista de Hispanoamérica.
Exceptuando los focos revolu­cionarios de Buenos Aires y Asunción, la contra­rrevolución triunfaba en todas partes desde Mé­xico hasta Chile. La carta que Bolívar escribió desde Jamaica en 1815, iluminó como un rayo de luz en medio de esa desesperanza. El futuro libertador esbozó desde el exilio la osada visión de un continente libre de toda atadura colonialista. Proveniente de Haití, desembarcó en la primavera de 1816 junto a sus seguidores y retomó la gigantesca lucha que finalizó con la batalla de Ayacucho el 9 de diciembre de 1824, lo que significó la caída de un imperio colonial que había durado más de tres siglos.
El surgimiento de un nuevo conglomerado de estados se interpretó en Europa como un desafío. Para los profetas de la Santa Alianza -con Metternich a la cabeza- pare­cía que el mundo se había descalabrado y que los fantasmas de la revolución de 1789, aún no totalmente desvaneci­dos, retornaban al escenario histórico. Oscilan­do entre la amenaza y el ruego, Metternich se dirigió al emperador insurgente Pedro I de Brasil (1798-1834) espe­rando poder transformar a la monarquía brasileña en un frontón contra el resto de la América republicana. Por su parte, el ministro de Relaciones Exteriores francés, Francois René de Chateaubriand (1768-1848), que desarrollaba una política acorde con su obra principal, "Le génie du christianisme" (El espíritu del cristianismo,1802), expresó su preocupación: "La revolución latinoa­mericana es el fin de las monarquías europeas".
Por el contrario, el cambio hispanoamericano re­novó la esperanza de quienes representaban el pensamiento progresista. La Revolución Española (1820/23) y la heroica lucha de los griegos por su liberación (1822), eran indicadores de que las fuerzas desatadas en 1789 continuaban actuando también en Europa. Cuando se pronun­ciaban los nombres del venezolano Simón Bolívar (1783-1830), del español Rafael del Riego (1785-1823) o del griego Constantine Rhigas (1760-1798), los espíritus de la época se enfrentaban entre sí.
El geógrafo y naturalista alemán Alexander von Humboldt ocupaba un lugar destacado en el círculo de los simpatizantes incondicionales de la revolución independentista. Si Bolívar y José de San Martín (1778-1850) fueron los padres políticos de la Independencia, Humboldt fue uno de sus padres intelectuales, al aportar con sus obras de viaje -surgidas de la memorable expedición de 1799 a 1804 por el norte de Sudamérica, el Caribe y México- el conocimiento de las casi inagotables posibilida­des de desarrollo de este continente.
Las obras de Humboldt ejercieron una profunda influencia sobre el sentimiento nacional recién emergido. En el caso de México, estar a favor o en contra de Humboldt llegó a ser un criterio de distinción entre liberales y conservadores. Francisco de Miranda (1750-1816) destacó con acierto la influencia del naturalista berlinés en la vida política de la región y Bo­lívar lo elevó a la categoría de redescu­bridor de Centro y Sudamérica, por haber tenido él solo más méritos que todas las generaciones de conquistadores juntas.
Si bien Humboldt era antes que nada un científico de la naturaleza, sus intereses se extendían a todos los territorios por él recorri­dos. Así, según su propia expresión, se sentía "como un escritor de historia americana que quiere esbozar una pintura política idénti­ca a la visión de conjunto de las relaciones socia­les y su basamento natural, geográfico y econó­mico", tal como lo expresó en "Politischer versuch über das konigreich Neu Spanien" (Ensayo político sobre el reino de Nueva España,1814).
Es indudable que llevaba "las ideas de 1789" en su cabeza, aunque no tenía simpatía alguna por la intransigencia jacobina de la Gran Revolución -el dominio del terror- como la denominaba. Sus ideas y sus actos siempre estuvieron imbuidos de aquellas ilusiones de cor­te heroico e histórico de los años 1789/94 y que tan persuasivamente fuera descriptas en sus ras­gos esenciales por Marx y Engels en su trabajo "Die heilige familie" (La sagrada familia, 1844).
Desde ese punto de vista apreció Humboldt el carácter del sistema colonial español, la situación de Hispanoamérica prerrevolucionaria, el lugar histórico de la Independencia y las perspectivas futuras de la América liberada. Sin ser un revolucionario sino un representante de una política reformista acuñada en el espíritu del hu­manismo burgués progresista, política de la que no abjuró, Humboldt recono­ció la ley profunda que subyacía bajo las revoluciones de su época.
En "Reise in die aequinoctial gegenden des neuen kontinentes" (Viaje a las regiones equinocciales del nuevo continente, 1803), Humboldt ubicó a la Independencia Americana junto al levantamiento de los Estados Unidos y la caída del absolutismo en Francia como un eslabón más en la cadena "de las grandes revoluciones que de tiempo en tiempo ponen en movimiento a la humanidad". "Hay quien repite permanentemente -continúa- que los hispanoamericanos no poseen el desarrollo cultural sufi­ciente como para regirse por instituciones libres. No hace mucho se decía lo mismo de otros pueblos para quienes la civilización debía estar más madu­ra".
Entre los elementos que caracterizaban la visión de Humboldt sobre Hispanoa­mérica en vísperas de la revolución de 1810 se cuentan la condena del colonialismo, el rechazo absoluto a la esclavitud, el antirracismo programático, el juicio crítico-analítico sobre la Iglesia colonial, la intuición de las inconciliables contradicciones entre metróplolis y colonias, el reconocimiento a la oposición anticolonial que se perfilaba, pero también la comprensión de las contradicciones internas que iban a acompañar el surgimiento de un nuevo conglomerado de naciones del otro lado del Océano Atlántico.
En total consonancia con las ideas rectoras de la época explicó en la obra citada "en sí misma la idea colonial es inmoral. Un régimen colonial es un régimen de desconfianza. Cuanto más grandes son las colonias, más consecuente es la maldad política de los gobiernos europeos y mayor aún la inmoralidad de la existencia de las colonias".
De su condena a la esclavitud hecha pública en la misma obra, se deduce que Humboldt no compartía el horror generalizado hacia los "jacobi­nos negros", que en 1794 habían liberado Haití conduci­dos por Toussaint Louverture (1743-1803), si­no que veía en la primera revolución de esclavos exitosa de la historia universal la semilla de una "federación africana de estados libres de las Antillas". En la raíz de la legislación abolicio­nista que más tarde adoptó la corona prusiana se encuentra la influencia nada desdeñable de Humboldt.
Entre los aportes de Humboldt que merecen un párrafo aparte están los referidos a la revaloriza­ción de los indígenas -"los anti­guos y legítimos señores del país''- como componente básico en la historia de Centro y Sudamérica. El cuadro que esbozó desde su propia óptica contrasta notable­mente con la incomprensión que sobre esta proble­mática evidenció su gran contemporáneo Georg W.F. Hegel (1770-1831).
Humboldt estuvo muy lejos de ver al "buen salvaje" desde la óptica de la filantropía, pero tampoco compartió determinadas variantes extremistas del indigenismo posterior. Resulta notable su profunda comprensión del trasfondo social del indio, así como de cada uno de los conflictos raciales planteados en Latinoamérica. Humboldt veía el "resultado principal" de su obra sobre Nueva España (México) en la comprensión de que "la suerte de los blancos está íntimamente vinculada con la de la raza cobriza, y que no habrá suerte que dure hasta que esta última raza, largamente oprimida y hasta humillada, pero no avasallada, comparta todas las ventajas que deri­van del progreso de la civilización y del perfec­cionamiento del orden social".
La visión objetiva del indio era simultáneamente la expresión de una comprensión histórica que con­templaba la cosa no de "arriba hacia abajo", sino más bien todo lo contrario. Para Humboldt, "el testimonio de la historia" era indiscutible­mente "el poder más festejado sobre la tierra" y veía a las masas como el elemento portador en última instancia del progreso histórico: "La his­toria de las clases más nuevas de un pueblo no es otra cosa que la narración de los acontecimientos que explican la gran desigualdad de las fortunas, los disfrutes y la suerte individual, y que han puesto paulatinamente a una parte de la nación bajo la égida y la dependencia de la otra. Pero este relato lo buscamos casi sin ningún éxito en los anales de la historia. En ellos se conserva quizás el recuerdo de las grandes revoluciones políticas, las guerras, conquistas y otros azotes que han golpeado a la humanidad; pero los anales de la historia nos permiten saber muy poco sobre el destino más o menos penoso de la clase más pobre y numerosa de la sociedad".
Si bien Humboldt más tarde admitió no haber reconocido en vísperas de la revolución de 1810 toda la magnitud de la crisis de la dominación colonial, pudo proporcionar igualmente una vi­sión global de las corrientes de oposición que se esbozaban. No se le escapaba que "los movi­mientos políticos que tuvieron lugar en Europa a partir de 1789 contaron con la participación más activa de aquellos pueblos que ya desde mucho antes aspiraban a lograr derechos cuyo cercena­miento es al mismo tiempo una traba para el bienestar adquirido y una causa de encono contra el Estado madre". Humboldt señaló permanentemente la calidad demarcatoria del año 1789 y su decisiva influen­cia en las revoluciones posteriores. Profesaba gran respeto por los mártires de la resistencia anticolonial: tenía en mente escribir una biogra­fía de José Gabriel Condorcanqui(1742-1781), el líder del más importante de los levantamientos indígenas, y de José María España (1761-1799), el militar venezolano que encabezó una conjuración repu­blicana en 1797.
Humboldt mantuvo un contacto permanente con la realidad de la sociedad colonial, lo que le proporcionó un profundo conocimiento del terre­no, gracias a lo cual estuvo al margen de cualquier tipo de idealización de la Independencia en el sentido de un liberalismo del progreso automá­tico. Sus obras y principalmente su diario de viaje contienen muchos testimonios de la cre­ciente intranquilidad política en el seno de la aristocracia criolla, de cuyas filas surgirían los futuros líderes de la Revolución. Las ideas de la revolución norteamericana de 1775 y en especial las de la revolución francesa de 1789 habían enraizado profundamente, despertando grandes expectati­vas. Sin embargo, Humboldt no perdía de vista el hecho fundamental, en la contradicción interna del proceso independentista, de que esa aristo­cracia criolla lo que realmente tenía en vista era su propia emancipación, su ascenso a clase polí­ticamente dominante, y que no pensaba en nin­gún tipo de revolución social que por sus resulta­dos beneficiara a los esclavos, los indios y las otras clases y capas sometidas. La independencia debía construirse sobre la base de la situación so­cial existente.
Si bien Humboldt condenaba categóricamente la esclavitud y aprobaba con entusiasmo las leyes referidas a su abolición, reconocía también que los legisladores criollos no actuaban por exaltación filantrópica o por un cambio de opinión autocrítico, sino bajo el impe­rio de las circunstancias, dado que los ejércitos revolucionarios no hubieran podido completarse de otro modo: "La abolición de la esclavitud se dio a conocer gradual o repentinamente en mu­chos países de Hispanoamérica no tanto por sen­sibilidad y humanidad, como por asegurarse de que brindara su apoyo una clase de hombres que lucha por su propio bien" escribión en la obra ya mencionada.
Humboldt no dejó de advertir que lo primero que los realistas hicieron fue desatar el furor de los esclavos contra los terratenientes y dueños de minas criollos, transformando así a la Revolu­ción en una jugada obligada de vida o muerte. Las palabras entusiastas de Bolívar en 1816: ''¡He abolido la esclavitud!'', fueron todavía du­rante décadas desmentidas por las circunstancias reales, y los proyectos reformistas de gran alcan­ce del libertador fracasaron ante su vista. El aná­lisis de Humboldt puso en claro que la contradic­ción interna de la Revolución fue uno de los ele­mentos que actuó en forma decisiva como freno del proceso social de la Independencia.
Humboldt dejó de lado todo eurocentrismo. Nunca se le ocurrió medir la situación de Hispanoamérica que se liberaba con la vara de las normas y realidades de la vieja Europa. Mientras los defensores de la Restauración se sintieron golpeados por la ola de repúblicas recién fundadas, y trabajaban con solicitud diplo­mática en los planes para monarquizar la rebelde Centro y Sudamérica, Humboldt escribía: "El bienestar creciente de una república no es insulto alguno hacia los estados monárquicos".
En 1804, al expresar Humboldt en París ciertas dudas acerca de una pronta independencia de la América hispana, Bolívar le salió al paso: "Los pueblos, cuando llega el momento en que sienten la necesidad de liberarse, son tan fuertes como Dios". Humboldt se mostró por de pronto poco impresionado por la conducta ostentosa de ese revolucionario proveniente de Caracas. No obstante, ambos estuvieron ligados pron­to por una sincera amistad.Desde el recuerdo, Humboldt escribió: "Los hechos, el talento y la gloria de este gran hombre me hicieron venerar los momentos de su exaltación cuando juntos asociamos nuestros votos por la liberación de la América hispana" y admitió con franqueza no haber reconocido a primera vista la vocación histórica de Bolívar; pronto, abrazó su causa con más fuerza cuando éste pasó a ser "líder de una cruzada americana".
Enfrentó con decisión el pesimismo apocalíp­tico fomentado por los monárquicos europeos, según el cual surgía en Centro y Sudamérica un conglomerado de estados caracterizado por su anarquía, cuya simple existencia representaba una amenaza para Europa: "Querer ver en el creciente bienestar de cualquier otro paraje de nuestro planeta el derrumbe o la decadencia de la vieja Europa es un prejuicio ateo".
Los escritos y testimonios de Humboldt fueron para la prensa relativamente libre, la fuente principal para pintar el más atractivo de los pano­ramas para los nuevos horizontes de prosperidad. Incluso a los mismos agentes de reclutamiento para el ejército de Bolívar, el Senado de Hamburgo les autorizó, si bien secretamente, la estadía. Wilhelm von Humboldt (1767-1835), hermano de Alexander, propuso ya en 1818, y en calidad de enviado prusiano en Londres, el establecimiento de rela­ciones comerciales y diplomáticas con las repú­blicas que ya existían por entonces, a fin de restringir el acceso de los ingleses a los nuevos mercados. Pero el gobierno prusiano no mostró la menor inclinación de arriesgar en la "cuestión sudamericana" una ruptura con la Santa Alianza. A pesar de ellos y por imperio de las circunstan­cias fue debilitándose esa posición. Metternich no se había repuesto aún de la proclamación de la Doctrina Monroe (1823), con la que los Estados Unidos comunicaban su aspiración de predomi­nio, calificada por él a pesar de su lenguaje habitualmente medido como "una desvergüenza enorme", cuando la Francia de los Borbones estableció relaciones diplomáticas con los "jaco­binos negros" de Haití (1825). Este paso del gabinete de París fue para Humboldt un "aconte­cimiento tan significativo como feliz".
Alexander von Humboldt, nacido el 14 de septiembre de 1769 en el seno de una familia de la nobleza prusiana, trabajó arduamente por la Ciencia durante 70 años y empleó su fortuna personal en viajes, publicaciones y en ayudar a otros científicos jóvenes y de escasos recursos.
A partir de 1807 y hasta 1834 fue apareciendo, en treinta volúmenes, su grandiosa obra relativa al viaje por América. Con casi 90 años de vida, falleció el 6 de mayo de 1859 sin dejar descendientes y sus restos fueron sepultados en el panteón de Tegel, cerca de su Berlín natal.