15 de marzo de 2008

El supremo Augusto Roa Bastos

Augusto Roa Bastos, uno de los escri­tores latinoamericanos más impor­tantes del siglo XX, cuya narrativa ha recreado momentos y persona­jes de la vida de su país, y revelado los estragos producidos por el poder y las dictaduras militares en la re­gión, nació en Asunción, Paraguay, el 13 de junio de 1917.
Pasó su niñez en el pueblo de Iturbe, en el Departamento de Guairá, al sureste del país, lugar que le sirvió de inspiración para muchas de sus creaciones. En 1932 se escapó de su casa para alistarse en el ejército, en donde trabajó como voluntario en el servicio de enfermería durante la etapa final de la guerra del Chaco (1932/1935) contra Bolivia. Esos años, durante los que permaneció en la retaguardia, le proporcionaron anécdotas y vivencias que luego alimentaron su literatura.
En 1936 trabajó en Asunción como periodista para el diario "El País", del que luego fue director. Por entonces, junto a Josefina Pla (1909-1999) y Hérib Campos Cervera (1905-1953), inició la que sería la renovación poética paraguaya de la década del 40. Por entonces leía vorazmente a Rainer M. Rilke (1875-1926), Paul Valéry (1871-1945), Jean Cocteau (1889-1963), André Bretón (1896-1966), y también a algunos escritores estadounidenses. "Especialmente Faulkner, -recuerda Roa Bastos- diría que ejerció una profunda influencia sobre todos los escritores latinoamericanos de mi generación, como Onetti y García Márquez. También hubo otros, como Hemingway, Hawthorne y Melville, que nos ayudaron a liberarnos de la pesadez del estilo español".
En 1944 viajó a Inglaterra, invitado por el Consejo Británico, y trabajó allí como corresponsal para su periódico y también en la BBC de Londres, donde fue el primer locutor paraguayo. De regreso en Paraguay, sin afiliarse a partido político alguno, fue poniéndose del lado de las clases oprimidas de su país. Por entonces, ya había estrenado cuatro obras teatrales: "La carcajada" (1930), "La residenta" (1942), "El niño del rocío" (1942) y "Mientras llegue el día" (1946), y había publicado dos libros de poesía: "El ruiseñor de la aurora y otros poemas" (1942) y "El naranjal ardiente. Nocturno paraguayo" (1949). También reunió parte de sus artículos periodísticos en "La Inglaterra que yo vi " (1946), fruto de su primer viaje a Europa al tiempo que trabajaba en un banco de Asunción como empleado ad­ministrativo.Tras la revolución de 1947, cuando se ordenó su arresto, tuvo que abandonar Asunción, amenazado por la represión que el gobierno desató contra los derrotados en el intento de golpe de Estado. Entonces se estableció en Buenos Aires, donde sobrevivió con trabajos muy diversos y dio a conocer buena parte de su obra. "El exilio fue una escuela permanente que me enseñó a ver las cosas con más seriedad. También significó dolor, como una muerte, un estado de duelo. -explicó el autor años más tarde- Me tomó de cuatro a cinco años salir de la depresión, recobrar mi dignidad como ser humano, que se había refugiado en las sombras. Me dediqué a escribir como un vehículo para recuperar mi condición humana, mi dignidad como persona".
Escribió los guiones cinematográficos de las películas argentinas "Shunko", "Alias Gardelito" y "La sed" en 1960 y "Don Segundo Sombra" en 1970. Mientras tanto, consolidó su condición de narrador con las colecciones de relatos "El trueno entre las hojas" (1953), "El baldío" (1966),
"Los pies sobre el agua" (1967), "Madera quemada" (1967), "Moriencia" (1969), "Cuerpo presente y otros cuentos" (1971), "El pollito de fuego" (1974), "Los congresos" (1974) y "El Sonámbulo" (1976). También abordó los problemas sociales y políticos de su país con sus novelas "Hijo de hombre" (1960) y "Yo el Supremo" (1974), en las que analizó episodios decisivos de la historia paraguaya.
Este último, una obra densa y multifacética, puede resultar abrumador si no se tiene un sentido preliminar de su estructura. Esencialmente, el autor recopila documentos a través de los cuales habla El Supremo: anotaciones privadas, partes de una circular perpetua que narra la historia de su país, un registro de sus orígenes familiares, transcripciones de textos dictados a su secretario privado, y un pasquín -en el que se exige que el dictador sea decapitado y sus seguidores ahorcados- que, supuestamente, está escrito por el propio Supremo, acto subversivo que persigue al dictador a lo largo de todo el libro. Algunos comentaristas desconocidos también interrumpen la narración. En algunas notas se describe la condición de los documentos (incompletos, rotos, quemados) y se transcriben narraciones contemporáneas de la época, reales y apócrifas, que con frecuencia contradicen la versión de los hechos que narra El Supremo. El texto, de puntuación no convencional, no es fácil de leer, ya que con frecuencia los relatos combinan varias voces en una, desafiando la subjetividad en todo momento: Roa Bastos presenta varios narradores, mientras que el dictador juega con los tiempos de los verbos, hablando a veces en presente, en pasado e incluso en futuro cuando ocasionalmente habla desde la tumba.
"Esta novela es una reflexión de las tradiciones culturales del Paraguay, una expresión de la oralidad del guaraní. Porque en el guaraní la palabra es fundamental -contó Roa Bastos en 1996-. Toda creación en el cosmos guaraní se relaciona con la palabra. Mi necesidad, mi rebeldía como escritor, era levantarme contra los relatos establecidos. El escritor registra la palabra, pero no necesita entregarla como si ésta fuera la que tiene el mando. Lucho contra la palabra misma. Así, procuré inventar una forma trascendental de escritura, una metaescritura".
Otra dictadura, esta vez la del Proceso, lo obligó en 1976 a abandonar la Argentina para trasladarse a Francia y enseñar literatura y guaraní en la Universidad de Toulouse. En 1982, tras un breve viaje a su país, se le confiscó el pasaporte y fue privado de la ciudadanía paraguaya acusado por el régimen del general Alfredo Stroessner (1912-2006) de adoctrinar a la gente joven con la ideología marxista: como única prueba se presentaron documentos que demostraban que había estado en Cuba. Un año después obtuvo la ciudadanía española.
En 1989 obtuvo el Premio Cervantes, cuando ya despuntaba otro rico período en su literatura. En 1992 publicó la novela "Vigilia del Almirante" sobre Cristóbal Colón, seguida de "El fiscal" (1993), "Contravi­da" (1994) y "Madama Sui" (1996), uno de sus libros con mayor cantidad de paisaje paraguayo, que le valió la máxima distinción de su país: el Premio Nacional de Literatura.
Ya en su ocaso, publicó "Los conjurados del quilombo del Gran Chaco" (2001) y "Un país detrás de la lluvia" (2002). Tras sufrir enfermedades coronarias durante alrgo tiempo, Augusto Roa Bastos murió en Asunción a los 87 años, el 26 de abril de 2005.
"El tema del poder, en sus dife­rentes manifestaciones, aparece en toda mi obra, ya sea en forma política, religiosa o en un contex­to familiar. El poder constituye un tremendo estigma, una especie de orgullo humano que necesita con­trolar la personalidad de otros", dijo en una oportunidad el escri­tor, sintetizando el mayor de los ejes de su literatura.