3 de marzo de 2008

La literatura francesa en el cine argentino

La presencia de la cultura francesa en la Argentina fue notable desde el mismo momento en que el país nació. Jacques (Santiago) de Liniers (1753-1810), virrey entre 1807 y 1809; Charles Thays (1849-1934), arquitecto y paisajista creador del Jardín Botánico de Buenos Aires; Paul Groussac (1848- 1929), escritor, ensayista, historiador y director de la Biblioteca Nacional; Clement Cabanettes (1851-1910), precursor del sistema telefónico argentino; Fernando Fader (1882-1935), pintor impresionista; Henri Meyer (1834-1899), fundador del semanario satírico "El mosquito"; Fulgence Bienvenüe (1852-1936), ingeniero constructor del subterráneo de Buenos Aires; y -por supuesto- Charles Romuald Gardes -Carlos Gardel- (1890-1935), el más grande de los mitos porteños. Estos, por citar sólo algunos de los numerosos personajes de ese origen que dejaron su huella en la historia argentina.
El sistema jurídico y social fue calcado sobre el modelo francés y el público culto conocía muy bien la literatura francesa. La Argentina llegó a ser una de las grandes potencias mundiales entre el comienzo del siglo XX y el final de la Segunda Guerra Mundial, lo que llevó a decir al Primer Ministro francés Georges Clemenceau (1841-1929), durante su visita a Buenos Aires anterior a la Primera Gue­rra Mundial: "esta ciudad se halla por error en América Latina".
De la lectura del exhaustivo ensayo que sobre el tema Italo Manzi publicó en "Cuadernos Hispanoamericanos" (nros. 617, 618 y 619, 2001/02), se desprende que, en lo que al cine se refiere, es natural que en una nación de origen plurieuropeo las influencias hayan sido múltiples, y cuando a partir de 1936 la Argentina llegó a ser uno de los tres grandes centros de la producción cine­matográfica en lengua española junto con México y España, abundaron las adaptaciones de obras ita­lianas, españolas, alemanas o escandinavas, sin olvidar los temas que podían ofrecer la literatura y el teatro de los demás países latinoamericanos y de la propia Argentina. No obstante, los temas de inspiración francesa fueron numerosos y constantes. Durante la época del cine mudo y en los primeros años del sonoro, muchas pelícu­las se inspiraron en letras de tangos que po­dían tener cierto valor literario.
A partir de la primera película sonora, tardía con respecto a otras cine­matografías -"Tango" de 1933, dirigida por Luis Moglia Barth que obtuvo un éxito popular enorme-, en la mayoría de los filmes elaborados en torno de este ritmo, hubo invariablemente una o varias secuencias que transcurrían en París con alguna panorámica extraída de noticiarios o, con menos fre­cuencia, filmada especialmente en París, o reconstruida en estudios con escasos medios.
Dos películas de Manuel Romero: "Tres anclados en París" de 1937 y "La vida es un tango" de 1939 -ambas con Florencio Parravicini y Hugo del Carril- transcurrían en gran parte en París, así como "Ambición" de 1939 de Adelqui Migliar.
Es precisamente en 1939 cuando comenzaron las adaptaciones de obras literarias y piezas de teatro, desde los dramas más serios a los vodeviles. Dos títulos de ese año establecieron una norma que seguiría siendo más o menos váli­da durante los treinta años siguientes.
Por una parte, el vodevil "Compartiment pour dames seules" de Charles Hennequin, sirvió de base a "Mi suegra es una fiera" dirigida por Luis José Bayón Herrera con Olinda Bozán (el mismo vodevil fue llevado a la pantalla argentina dos veces más: en 1953 como "Suegra último modelo" de Enrique Carreras con Juan Carlos Thorry y Analía Gadé) y en 1978 como "Mi mujer no es mi señora" de Hugo Moser con Alberto Olmedo y Olga Zubarry).
Por otra parte, "Margarita, Armando y su padre", dirigida por Francisco Mugica a partir de la versión de Enrique Jardiel Poncela de "La dama de las camelias". Excep­to la secuencia final situada en París, la acción del filme se desarrolla en el Buenos Aires de los años 30, con la actuación de Florencio Parravicini y Mecha Ortiz.
La otra adaptación argentina de la obra de Alejandro Dumas hijo es una versión modernizada realizada en 1953 por Ernesto Arancibia, con Zully Moreno, Carlos Thomp­son y Mona Maris: "La mujer de las camelias", demasiado larga y pretenciosa, tiene secuencias enteras que se supone transcurren en Francia, en las que participaron todos los actores franceses, o que hablaban francés, disponibles en Buenos Aires.
En cuanto a Alejandro Dumas padre, tres de sus famosas novelas de aven­turas fueron llevadas a la pantalla argentina: "Los tres mosqueteros" (1946), realizada en el Uruguay por Julio Saraceni con Armando Bo e Iris Marga; "El Conde de Montecristo" (1953), de León Klimowsky con Jorge Mistral, y "Los hermanos corsos" (1955), de Leo Fleider con el debut en el cine argentino del ibérico Antonio Vilar. En el mismo marco de las historias de capa y espada, aunque no fueran de Dumas, en el mismo año 1955, León Klimowsky dirigió "El juramento de Lagardere" con Carlos Cores, según la novela de Paul Féval.
Honoré de Balzac estuvo presente en 1943, con una fiel adaptación de su novela "La piel de zapa", dirigida por Luis Bayón Herrera e interpretada por Hugo del Carril, Aída Luz y Santiago Gómez Cou. Dejando de lado la vista panorámica de París en papel-maché (pasta de papel machacado) que abre la película, Balzac no fue traicionado y el sentido profundo de su obra permaneció intacto.
Dos novelas de Alphonse Daudet fueron llevadas a la pantalla grande: "Safo" y "Jack". "Safo, historia de una pasión", realizada por Carlos Hugo Christensen, fue el gran acontecimiento de 1943 y un hito en el cine argentino (inauguró la erótica nacional, siendo una de las primeras "inconveniente para menores" que se rodaron en el país). La atmósfera densa y sórdida -que provocó la prohibición de la película en España y en algunos países latinoamericanos-, la desgarrante música del rumano George Andreani, la estupenda rea­lización y la actuación de Mecha Ortiz, hicieron del filme una obra maestra. "Las aventuras de Jack" fue realizada en 1949 por Carlos Borcosque e interpretada por Juan Carlos Barbieri y Nedda Francy.
Guy de Maupassant fue uno de los escritores más adaptados en todas las pantallas del mundo. El cine argentino lo utilizó por lo menos tres veces, con resultados diversos. El cuento "La parure"
(El collar) se convirtió en 1948 en "La dama del collar", con Amelia Bence y Agustín Irusta. El reali­zador fue Luigi Moltura, actor y director teatral italiano, radicado desde 1938 en la Argentina. El cuento "Les bijoux" (Las joyas) se convirtió en una pelí­cula con buenas intenciones pero malograda. Se llamó "Chafalonías" y fue dirigida en 1960 por Mario Soffici con Luis Sandrini como protagonista. Por último "La herencia", realizada en 1964 por Ricardo Alventosa, con Juan Verdaguer y Alba Mugica, resultó una película muy ingeniosa y de calidad, en la que no se escatimó el humor negro y los ataques sin conce­siones a las aberraciones de la sociedad burguesa argentina.
También Emile Zola estuvo presente con "La bestia humana", que Daniel Tinayre realizó en 1957 con Massimo Girotti, Ana María Lynch y Elisa Christian Galvé en una excelente versión de la novela original. Lo mismo ocurrió con Anatole France. Era necesario hallar algo muy especial para justificar el desplazamiento, en 1953, de la estrella María Félix. Si para la otra gran estrella mexicana, Dolores del Río, que filmó su única película argentina algunos años antes (1947), se había elegido una obra tan universal como "El abanico de Lady Windermere" de Oscar Wilde, para María Félix, la elección recayó sobre "Thais" de Anatole France, cuya intriga, que transcurría en la antigüedad, fue traspuesta a la Argentina peronista de ese momento. El título del filme fue "La pasión desnuda" y el galán de la Félix fue Carlos Thompson. Con una producción muy costosa y lanzada con una campaña de publicidad digna de los norteamericanos, la película fue dirigida por Luis César Amadori, quien no se privó de intercalar algunos diálogos teñidos de propaganda pero­nista, y tal vez por razones turísticas, no vaciló en reunir en un solo deco­rado geográfico diversos lugares de gran belleza natural como Córdoba, Tandil y Bariloche que, en realidad, se hallan entre sí a cientos de kilómetros de distancia.
"La novela de un joven pobre", según la novela romántica naturalista escri­ta por Octave Feuillet en 1858, fue llevada al cine dos veces en la Argentina. La versión que más éxito tuvo fue la de 1942, dirigida por Luis Bayón Herrera con el cantante Hugo del Carril y Amanda Ledesma. Las aventuras de la novela fueron trasladadas a una rica mansión y se añadieron algunas canciones para que el pro­tagonista no decepcionara a su público. Una de las canciones -"En un bos­que de la China" de Roberto Ratti- tuvo un éxito sensacional y se siguió cantando durante muchos años en los países de lengua española. La versión de 1968, en colores, también titulada "La novela de un joven pobre", fue menos trascendente. Dirigidos por Enrique Cahen Salaberry, actuaban el cantante Leo Dan y Niní Marshall, menos eficaz que de costumbre por no haber podido escribir sus propios diálogos.
"Madame Bovary", sobre la novela homónima de Gustave Flaubert (por la cual fue procesado a raíz de su supuesta inmoralidad), fue en 1947 otro vehículo de prestigio para la actriz Mecha Ortiz, dirigida por Carlos Schlieper. Hay en el filme una fuerte presencia de las convenciones sociales de la época y de deseos insatisfechos de la protagonista.
"El misterio del cuarto amarillo" de Julio Saraceni (1947) con Herminia Franco y Santiago Gómez Cou, fue una correcta adaptación de la famosa novela policial de Gastón Leroux, pero no tuvo el éxito esperado.
"Los ojos más lindos del mundo" de Luis Saslavsky (1943), con Pedro López Lagar y Amelia Bence, sobre la base de la novela homónima de Jean Sarment, fue -con el argumento ambientado a la Argentina, una nostálgica reconstrucción de la burguesía de Buenos Aires desde comienzos del siglo XX hasta los años treinta.
El número de adaptaciones de obras teatrales no fue menos copioso. "El juego del amor y del azar" de Pierre de Marivaux dio lugar a una película bastante interesante. Leopoldo Torres Ríos, rea­lizador y guionista, utilizó la intriga de Marivaux como contrapunto de otra intriga moderna que abría y cerraba la película, y en la que cada personaje, interpretado por el mismo actor que en la historia central, era exactamente el opuesto de lo que contaba Marivaux. Actuó Silvia Legrand, que hizo un paréntesis en su carrera con este filme de 1944 hasta su retorno a fines de los años cincuenta cuando filmó tres pelí­culas entre 1959 y 1962.
La obra del dramaturgo Victoriano Sardou fue adaptada tres veces: "Madame Sans Gene"
(1945) resultó una superproducción costosísima dirigida por Luis César Amadori donde Niní Marshall hacía de las suyas en la corte del emperador Napoleón; "Fedora", rebautizada "El precio de una vida" (1947), fue una coproducción con Chile dirigida por Adelqui Millar e interpretada por Mecha Ortiz; y la comedia "Divorgons" brindó el argumento a "La señora de Pérez se divorcia" (1945), comedia sofisticada dirigida por Carlos Hugo Christensen, con Mirtha Legrand, Juan Carlos Thorry y Tilda Thamar.
Hubo también adaptaciones de autores contemporáneos y comprometi­dos como Jean Paul Sartre y Albert Camus, o de autores solo amenos como Guy des Cars.
"Huís clos" de Sartre fue filmada en Buenos Aires en 1962 con el nombre "A puerta cerrada", dirigida por Pedro Escudero con Duilio Marzio e Inda Ledesma, y "La peste" de Camus fue filmada con el mismo título en 1991 con la dirección de Luis Puenzo y la interpretación de William Hurt y Sandrine Bonnaire.
Daniel Tinayre utilizó dos veces a Guy de Cars con todos los riesgos y beneficios que ello podía implicar: "Bajo un mismo rostro" (1962), basada en "Les filies de joie", con Mirtha y Silvia Legrand, Mecha Ortiz y Jorge Mis­tral, y "Extraña ternura" (1964), basada en "Cette étrange tendresse", con Egle Martin, José Cibrián y Norberto Suárez. En la primera una monja ocupa el lugar de su hermana melliza, una prostituta, para demostrar que ésta es ino­cente del crimen del que se le acusa; en la segunda se roza el tema de la homosexualidad con grandes toques dramáticos.
No obstante, fueron las comedias brillantes, los vodeviles y los dramas burgueses, los que más se adaptaron en el cine argentino. Las obras de Georges Feydeau, Henri Verneuil, Alexandre Vison, Alfred Varcourt y Pierre Gavault, entre muchos otros, fueron el punto de partida de muchísimas películas, la mayor parte de las cuales ya se habían filmado en Francia aunque no se habían distribuido en la Argentina.
Entre las remakes de películas que se habían exhi­bido en Buenos Aires con éxito, podemos citar cuatro casos: "La muerte camina en la lluvia" (1948) de Carlos Hugo Christensen fue la remake de "L'assassin habite au 21" de Henri Georges Clouzot; "Abuso de confianza" (1950) de Mario Lugones con Olga Zubarry fue la del filme homónimo de Henri Decoin (1937); "Mi mujer está loca" (1952) de Carlos Schlieper y Enrique Cahen Salaberry, con Amelia Bence y Alberto Glosas fue la remake de "Florence est folie" de Georges Lacombe, y "Asunto terminado" de Kurt Land (1953) fue la de "L'inevitable Monsieur Dubois" de Pierre Billón.
También hubo dos casos en que las cosas se die­ron al revés: filmes argentinos que fueron filmados en Francia después. El primer caso es el de "Los árboles mueren de pie", la obra de Alejandro Casona que se mantuvo en cartel durante varios años con la actriz españo­la Amalia Sánchez Ariño. Carlos Schlieper llevó la obra a la pantalla (con la Sánchez Ariño, por supuesto) en 1951. Un año después, Jean Stelli realizó en Francia una oscura adaptación de la obra de Casona: "May", aunque su filme sólo conservó el aspecto melodramático del relato pero no utilizó los toques surrealistas de la pieza, que sí estaban presentes en el filme argentino.
El segundo caso es el de la novela policial de Nicholas Blake "The beast must die" que Claude Chabrol filmó en 1969 con el nombre "Que la béte meure", pero que en la Argentina ya se había llevado al cine en 1952: "La bestia debe morir", dirigida por Román Viñoly Barrete, con Laura Hidalgo y Narciso Ibañez Menta.