12 de marzo de 2008

Las ilusiones de Italo Calvino

El escritor italiano Italo Calvino fue un maestro en el arte de meditar acerca de la angustiosa y apasionante condición humana. Un pu­ñado de obras como "La giornata d'uno scrutatore" (La jornada de un interventor electoral, 1963), "Le cittá invisibili" (Las ciudades invisibles, 1972) o "Se una notte d'inverno un viaggiatore" (Si una noche de invierno un viajero, 1979) lo consolidaron como uno de los mayores talentos lite­rarios europeos de la segunda mitad del siglo XX.
Calvino nació el 15 de octubre de 1923 en la locali­dad cubana de Santiago de las Vegas, donde sus padres -un agrónomo y una botánica- dirigían una estación experimental de agri­cultura. Dos años después la familia regresó a Italia, instalándose en San Remo. La influencia paterna lo empujó a matricularse en la Facultad de Agricultura de Turín, pero en 1943 fue llamado a alistarse en el servicio militar por la República Social Italiana. Calvino desertó y, con poco más de veinte años, se alistó en la Brigada Garibaldi para luchar con la Resistencia.
La decisión fue rápida y sencilla: el antifas­cismo formaba parte de la esen­cia de su propia familia: hasta su propia madre, encarcelada bajo el régimen fascista, lo animó a combatir como partisano.
En 1944, el escritor ingresó en el Partido Comunista, en el que permaneció como afiliado crítico hasta 1957. La ver­dadera dedicación de Calvino, desde el final de la Segunda Guerra Mundial, fue la literatura. Así, decidió abandonar los estudios de agronomía para estudiar Letras, su vocación exac­ta, y doctorarse con una tesis so­bre Joseph Conrad.
Dos años después, publicó su primer trabajo: "Campo di mine" (Campo minado), una colección de cuentos neorrealistas con los que ganó un concurso literario del periódico fundado por Antonio Gramsci (1891-1937) "L'unitá", cuentos que prefiguraron su prime­ra novela, "Il sentiero dei nidi di ragno" (El sendero de los ni­dos de araña) publicada en 1949.
Su primer empleo fue como vendedor de libros a domicilio para la editorial Ei­naudi. De la mano del influyen­te escritor Elio Vittorini (1908-1966) fue ascendiendo en el organigrama de la empre­sa hasta alcanzar la cúpula di­rectiva. Gracias al tutelaje de su ami­go y maestro Cesare Pavese (1908-1950), Calvino fue evolucionan­do hacia lo que él llamaba "la transfiguración fantástica". De ahí surgieron los personajes inolvidables de la trilogía "I nostri antenati" (Nues­tros antepasados), compuesta por "Il vizconte dimezzato" (El viz­conde demediado, 1952), "Il barone rampante" (El barón rampante, 1957) e "Il cavalieri inesistente" (El caballe­ro inexistente, 1959). Inteligencia, exactitud e ironía convirtieron a estas fábulas en grandes obras maes­tras.


Luego vendrían títulos co­mo "La speculazione edilizia" (La especulación inmobiliaria, 1957), "La nuvola de smog" La nube de smog, 1958), "Il castelo dei destini incrociati" (El castillo de los destinos cruzados, 1969) y "Gli amori difficili" (Los amores difíciles, 1970), sinónimos de literatura transformada en diversión, sabiduría y arte.
El ensayista italiano Giorgio Bertone dice en "Italo Calvino, la letteratura, la scienza, la cittá" (Italo Calvino, la literatura, la ciencia, la ciudad, 1988): "No es extraño que Borges y Calvino tuvieran tantas afinida­des electivas, tanta complicidad y tanta mutua admiración: co­mo en el argentino, cada texto de Calvino duplica o multipli­ca el propio espacio a través de otros libros. El amor por las formas geo­métricas, el arte combinatorio de la mate­mática y las virtualidades de la ciencia impregnan buena parte de la obra de un autor para el que la literatura debía ser el ma­pa para entrar y salir del laberin­to de la realidad".
Calvino falleció en la madrugada del 19 de septiem­bre de 1985. Tuvo una muerte rápida: preparaba una serie de conferencias para la Universidad de Harvard en el jardín de su casa de Siena, cuando le sobre­vino un derrame cerebral del que no logró salir con vida.
Estaba obsesionado con esos textos, que debía leer a lo largo del curso 1985/86, den­tro de un ciclo en el que le ha­bían precedido autores como Thomas Stearns Eliot (1888-1965), Octavio Paz (1914-1998) y Jorge Luis Borges (1899-1986).


El escritor casi había termina­do de dar forma a "Sei proposte per il prossimo millennio" (Seis pro­puestas para el próximo mile­nio), una serie de pequeños en­sayos que él mismo había titula­do de esa manera a lápiz en su cuaderno de trabajo, en inglés, porque en inglés pensaba leer las conferencias que escribió en italiano.
Sólo faltaba la última pro­puesta, que trataría sobre Bartleby, el escri­biente de Herman Melville (1819-1891). La muerte qui­so que las "Seis propuestas" se quedaran en cinco: levedad, rapidez, exac­titud, visibilidad y multiplici­dad. Calvino era, en efecto, un en­tusiasta de la exactitud: en la Universidad de Harvard pensa­ba referirse a su admirado Giacomo Leopardi (1798-1837) para ejemplificar esta propuesta.
En "La jornada de un interventor electoral", Calvino supo decir: "En todas las cosas de la vida, para quien no es un necio, cuentan dos principios: no hacerse nunca demasiadas ilusiones y no dejar de creer que cualquier cosa que se haga puede ser útil".