27 de marzo de 2008

Los hombres de ciencia y la ciencia ficción

La crisis económica que se produjo en los Estados Unidos en el año 1929 dio lugar al resquebrajamiento de los valores tradicionales de la sociedad bur­guesa. Esta crisis originó respues­tas no sólo en el terreno econó­mico, sino también en todas las manifestaciones de la cultura. Así, por ejemplo, el arte tendió hacia un ra­cionalismo apartado de la emoción, como un intento de equilibrar una sociedad que se tambaleaba. En este marco socioeconómico surgió la ciencia ficción como un deseo de superar la incertidumbre de ese momento en dirección al futuro.
Para la ciencia ficción, tal como se la concibe actualmente, no sólo no existen estructuras sociales inmutables, ni poderes sociales eternos, sino que, para ella, también el hombre debe estar en constante evolu­ción.
El término ciencia ficción pro­piamente dicho apareció en el año 1926, cuando el escritor -nacido en Luxemburgo y nacionalizado norteamericano- Hugo Gernsback (1884-1967) creó la primera revista de este género en New York y escribió una novela precursora: "Ralph 124 C 41", en la que el protagonista hacía desaparecer un peligro que se cernía sobre la he­roína a 5.000 kilómetros de distancia y la resucitaba después de muerta por medio de un extraño mecanismo de congelación y transfusión de sangre.
El crítico e historiador del tema, Sam Moscowitz (1920-1997), definió así a este género literario: "La ciencia ficción es una rama de la fantasía identificable por el hecho de que facilita la deliberada suspensión de la increduli­dad por parte de los lectores a través de una insistencia en crear una atmósfera de credibilidad científica hacia unas especula­ciones imaginarias sobre la cien­cia, el espacio, el tiempo, la socio­logía y la filosofía".

Desde esta perspectiva de la ciencia ficción como "especula­ción imaginaria" sobre la ciencia, la filosofía, etc., numerosos críti­cos la han valorado fundamentalmente como socio­lógica. En realidad, la preocupa­ción fundamental de la ciencia ficción contemporánea, una vez superada la posibilidad de asom­bro ante los adelantos de la cien­cia, se centra en el destino que aguarda a la humanidad si las grandes conquistas científico-técnicas y las estructuras sociales siguen, en el primer caso, siendo empleadas como hasta ahora, y, en el segundo, si estos esquemas sociales continúan propiciando la desigualdad entre los seres hu­manos. Esta incertidumbre hace que los relatos de este género en­cierren una fuerte dosis de men­saje, predicción o vaticinio, opti­mista o pesimista, sobre el futuro del mundo, con la característica específica de la generalización de los problemas; es decir, que si el héroe de la novela fracasa, arras­tra tras de sí a toda la humanidad, y a la inversa, si se salva, todo el género humano saldrá victorioso.
El porvenir aparece en la ciencia ficción como una repre­sentación venidera en la que se puede agudizar o no la problemá­tica del presente, al que, en la mayoría de los casos, se critica con dureza. "Por primera vez en un género novelesco -dice Moscowitz-, la visión del mundo del autor (o de un grupo que se expresa a través del autor) es capaz de enfrentarse rupturalmente con el propio universo (sociedad), prejuzgándolo a partir de los resultados, aún visibles, de unas contradicciones de nuestra sociedad".
Respecto a los antepasados de la ciencia ficción se ha hablado mucho. Después de numerosos estudios, se ha llegado a encon­trar tres influencias fundamenta­les: la novela de terror, la novela romántica y la literatura fantástica (el "Frankenstein" de Mary Shelley, creador de un hombre nuevo, con absoluta fe en la ciencia, parece sa­cado de una novela de ciencia ficción y puede ser quizá el precursor del robot y de la novela de anticipación científica del siglo XIX).
La novela científica, madre de la ciencia ficción moderna, tomó como núcleo todas las especialidades de la ciencia y se convirtió en una de las más altas expresiones del desa­rrollo que conocieron las ciencias y la técnica después de la estabi­lización de la clase triunfadora de la revolución francesa: la burgue­sía. La técnica, en este caso, apa­reció como el descubrimiento salvador del hombre, como un me­dio para la obtención de su utopía optimista. De este modo, las má­quinas se convirtieron en las autén­ticas protagonistas, como se puede constatar en la producción literaria de sus dos máximos ex­ponentes: Julio Verne (1828-1905) y Herbert G. Wells (1866-1946). Este interés por la ciencia y por la técnica, y la posibilidad de novelar y especular con el fu­turo constituyeron las dos principa­les aportaciones de la novela de anticipación científica a la ciencia ficción.Pero tendría que llegar al crac económico del 29 para que la ciencia ficción fuese configurán­dose como un género aparte, in­dependiente de la literatura fan­tástica y científica, y adquiriendo una amplia difusión. Más tarde, en los años 40, se forjaron sus gran­des autores al amparo del gran auge científico que trajo consigo la Segunda Guerra Mundial.
Con respecto a los temas desarrollados en esta etapa, el elemento humano fue despla­zando a las máquinas, aunque el héroe no se enfrentaba nunca indi­vidualmente al mundo y pasó a ser un elemento más del uni­verso. La fundamentación en el experimento real de la primera época cedió el paso a las invenciones ficticias y realmente fantásticas, pero nunca desprovistas de una remota credibilidad científica.
La estrecha relación de la literatura de ciencia ficción con la ciencia la indica su propio nombre. Los te­mas de sus novelas evolucionaron a la par de ésta. Esto se observa clara­mente en el caso del desarrollo de la física: una parte de ella rechazó la teoría newtoniana del tiempo absoluto, y a partir de allí comenzó a surgir la idea del movi­miento en el tiempo y la probabi­lidad de trasladarse a través de él. A finales del siglo XIX, un cientí­fico alemán Arnold Sommerfeld (1868-1951) presentó pruebas de que hay regiones en el universo en las que el tiempo se mueve en dirección contraria a la nuestra, y, a media­dos del siglo XX, en ese mismo sentido, un físico norteameri­cano, Paul Dirac (1902-1984) articuló la teoría del posi­trón, en la que estableció que éste es un electrón que se desplaza del ayer al hoy si­guiendo una dirección en el tiempo opuesta a la que nosotros gozamos.
Existen además numerosas teorías científicas sobre la posibilidad de viajar en el tiempo. Aprovechándose de esto, una multi­tud de autores de ciencia ficción tuvieron un pretexto para establecer unas bases casi científicas, en lo que se refiere a los viajes al pasado y al futuro de sus perso­najes, así como la posibilidad de éstos de detener el tiempo o ade­lantarlo. Uno de los grandes pro­tagonistas de las novelas de ciencia ficción es "la máquina del tiempo", cuyo creador, H.G. Wells, la concibió como "un ex­traño vehículo con asientos de bicicleta y varias palancas y esfe­ras hechas de níquel, marfil y cristal de roca". Esta máquina fue perfeccionándose hasta alcanzar niveles técnicos fantásti­cos, como el obtenido en un cuento del científico y escritor ruso Yakov Perelman (1882-1942), en el cual un ingeniero idea uno de es­tos complicados artefactos en cuyo interior se meten por error sus hijos, siendo transportados a tiempos remotos. El ingeniero, en su desesperación, fabrica un imán potentísimo para atraer a la máquina, hasta que lo consigue y ve aparecer a uno de sus hijos, adulto y vestido de guerrero ro­mano.Partiendo de este pequeño ejemplo de la íntima relación en­tre la ciencia ficción y la ciencia, no resultará extraño encontrar entre los científicos los mejores autores de este género. Siendo la revolución científico-técnica el principal agente provocador del florecimiento y la difusión de la ciencia ficción, es lógico que en ella hayan encontrado numerosos investigadores un cauce de expresión que el desarrollo cientí­fico de sus especialidades no les permitía, a la vez que un medio más fácil para comunicar al resto de la humanidad una visión del futuro que ellos podían intuir gracias a sus conocimientos. Para algunos estudiosos del tema, también se puede ver al auge de la ciencia ficción escrita por científicos como la propia necesidad de desenmascarar el uso que los gobiernos hacen de sus descubrimientos y de prevenir al resto de los hombres de lo que puede ocurrir si la ciencia sigue siendo empleada como hasta ahora.
El matemático estadounidense Norbert Wiener (1894-1964), fundador de la cibernética y autor de ciencia ficción, pro­clamó en 1946: "Les hemos dado un depósito infinito de poder y han hecho Hiroshima". En ese mismo año publicó también un fo­lleto con la colaboración de Aldous Huxley y Albert Camus, en el que criticaba a sabios, militares y políticos, y pedía un "pro­ceso de Nuremberg para todos los técnicos de la destrucción".
La ciencia ficción se opuso siempre a este uso de la ciencia, y así, el comunicado final del Primer Simposio Internacional sobre ciencia ficción celebrado en Ja­pón en 1970, dice: "Estamos convencidos de que la literatura fantástica contribuirá a desarro­llar cada vez una mayor comprensión mutua en nombre de la paz de todo el mundo, en interés del futuro, en interés del hombre, y la fuente de esta fe es para no­sotros el humanismo".
Entre los científicos que com­partieron su actividades de investi­gación con la literatura encontramos, además del ya citado Wiener, a John Taine (1883-1960), excelente matemá­tico escocés cuyo verdadero nombre era Eric Temple Bell, autor de dieciseis no­velas de ciencia ficción, entre las que figuran "The iron star" (La estrella de hierro, 1930), "Seeds of life" (Gérmenes de vida, 1931) y "The time stream" (La marea del tiempo, 1931). Al genetista británico John B.S. Haldane (1892-1964), coautor con Aldous Huxley (1894-1963), del ensayo "Possible worlds" (Mundos po­sibles, 1928). A Ivan Yefremov (1907-1972), paleontólogo ruso que al­canzó una notable perfección en su relato "Andromeda Nebula" (La nebulosa de Andrómeda, 1957) considerada como una obra maestra de la ciencia ficción. Efremov es uno de los es­critores rusos que más difu­sión han tenido en occidente y uno de los continuadores más fieles de la novela científica.También al físico atómico húngaro Leo Szilard (1898-1964), que escribió "The voice of the dolphins" (La voz de los delfines, 1961), una narración cargada de ironía crítica. Al in­glés Arthur C. Clarke (1917-2008), astrónomo y conocidísimo escritor que desempeñó el cargo de presidente de la Asociación Interplanetaria de Gran Bretaña. Entre sus obras se destaca en pri­mer lugar, "2001: A space odyssey" (2001, una odisea del espacio, 1968) y numerosas narraciones del espacio como "The sands of Mars" (Las are­nas de Marte, 1951), "Prelude to space" (Preludio al espacio, 1951), "Islands in the sky" (Islas en el cielo, 1952) y "The city and the stars" (La ciudad y las estrellas, 1956) que son con­sideradas como novelas proféticas en cuanto a la descripción de estaciones satélite en órbita alre­dedor de la Tierra, escritas antes del lanzamiento de la primera nave espacial.
Como científicos-escritores aparecen también, el antropólogo Chad Oliver (1928-1993) autor de "Unearthly neighbors" (Los vecinos no terrenales, 1960) y "The shores of another sea" (Las orillas de otro mar, 1971); el físico Poul Anderson (1926-2001), autor de "No world of their own" (Sin mundo propio, 1955) y "The corridors of time" (Los corredores del tiempo, 1965); el médico Kurt Steiner (1912-2003), autor de "The sound of silence" (El sonido del silencio, 1955) y "The oceans of the sky" (Los océanos del cielo, 1967); y, sobre todo, el bioquímico Isaac Asimov (1920-1992), uno de los autores más universalmente conocidos, creador de novelas de aventuras galácti­cas basadas en argumentaciones casi científicas, como "Pebble in the sky" (Piedra en el cielo, 1950), "I, robot" (Yo, robot, 1950), "The naked sun" (El sol desnudo, 1957) y "The Gods themselves" (Los propios dioses, 1972). Gracias a sus co­nocimientos en este terreno Asimov hizo verosímiles una serie de hechos que presintió se des­cubrirían en el futuro. En su novela "The stars like dust" (En la arena estelar, 1951) escribió: "Ha­bla el capitán. Estamos prepara­dos para nuestro primer salto. Saldremos temporalmente de la estructura espacio-tiempo para entrar en el reino poco conocido del hiperespacio, donde el tiempo y la distancia no tienen signifi­cado". Asimov habló del hiperes­pacio mucho antes de que los cosmólogos se pusieran a investi­garlo e incluso antes de que hu­biese algunos convencidos de su existencia.La ciencia ficción, como tantas otras cosas, nació con la literatura. Y sigue teniendo sus mejores obras en la narrativa literaria en donde se puede atender mejor al desarrollo de los personajes y la trama. Tal como decía Asimov, "la ciencia ficción es la rama de la literatura que trata de la respuesta humana a los cambios en el nivel de la ciencia y la tecnología". Y en efecto así es, ya que la ciencia ficción nos hace reflexionar sobre los efectos y el impacto social que la ciencia y la tecnología tienen sobre la sociedad que las genera y utiliza.