8 de marzo de 2008

Mario Monteforte Toledo, entre el rocío del paraíso y el veneno de la serpiente

El crítico literario dominicano Pedro Henríquez Ureña (1884-1946) sostiene, en su libro "Las corrientes literarias en la América Hispánica", que gran parte de la literatura de la segunda mitad del siglo XX expone "los problemas sociales, o al menos describe situaciones sociales que contienen en germen los problemas. Normalmente es la novela el género que con más frecuencia apunta a estos aspectos de la sociedad en los tiempos modernos".
Superados los tiempos del descubrimiento, los de la creación de una sociedad nueva en una geografía distinta, los del florecimiento del mundo colonial, los de la declara­ción de la independencia política y los del espíritu romántico, anárquico y de organización que suce­dieron; surgió una camada de escritores cuya literatura experimentó tanto en las formas como en los contenidos de sus obras.
Aparecieron los temas americanos desarrollados en un ambiente criollo -donde se planteaba la antinomia entre civilización y barbarie- en escritores como el mexicano Mariano Azuela (1873-1952), el uruguayo Horacio Quiroga (1878-1937), el venezolano Rómulo Gallegos (1884-1969), los argentinos Benito Lynch (1885-1952) y Ricardo Güiraldes (1886-1927) y el colombiano José Eustasio Ri­vera (1888-1928) por citar algunos de los más destacados.
El ensayista argentino Enrique Anderson Imbert (1910-2000) asegura en su "Historia de la literatura hispanoamericana" de 1954 que "muchos novelistas contemporáneos del cono sur americano presentaron los temas americanos de los mayores pero con la imaginación entrenada en la litera­tura de vanguardia -la vanguardia de la entreguerra de 1918 a 1939- y así se vincularon a la promoción siguiente de narradores más experimentados con la forma y el lenguaje". De este modo se refiere a la generación de escritores hispanoamericanos comprendida entre 1925 y 1940 -nacidos de 1900 a 1915-, en la que se incluye a Mario Monteforte Toledo, el notable escritor guatemalteco nacido el 15 de septiembre de 1911.Monteforte Toledo, un gran admirador de la cultura indígena de su país, asumió en su obra la complejidad y el compromiso: siendo un escritor que dejaba traslucir en sus páginas claras reivindicaciones políticas y sociales relacionadas con la indigna explotación del campesinado guatemalteco, no abandonó jamás el tono lírico y sentimental de los mejores narradores de la generación precedente.Estas características se hicieron evidentes a lo largo de su obra novelística: "Anaité" (1948), "La piedra y la cruz" (1949), "La cueva sin quietud" (1950), "Donde acaban los caminos" (1952), "Una manera de morir" (1957), "Llegaron del mar" (1966), "Los desencantados" (1974), "Unas vísperas muy largas (1996) y "Los adoradores de la muerte" (2000), en las que abordó los conflictos del hombre inmerso en una sociedad convulsionada por las contradicciones entre indios y blancos, paisanos y extranjeros, habitantes de la ciudad y campesinos.
Su técnica narrativa ha sido compara­da a la del estadounidense John Dos Passos (1896-1970) y su temática concuerda con la de su connacional Miguel Angel Asturias (1899-1974), aunque se le reconoce una expresión de protesta más directa, aproximándolo a autores como los peruanos José María Arguedas (1911-1969) y Ciro Alegría (1909-1967) y el ecuatoriano Jorge Icaza (1906-1978).
El crítico literario peruano Luis Alberto Sánchez (1900-1994), en su "Proceso y contenido de la novela hispanoamericana" (1953), lo incluye entre los narrado­res de tendencia subjetiva, pero también lo menciona entre sus contrarios, aquéllos que construyen su literatura a partir de un punto de vista objetivo. "No puede aseverarse que Monteforte sea sólo un autor indigenista, a pesar de haber abordado en sus obras esta temática, usando el léxico apropiado. Puestos a ser ambiguos, y a aceptar este adjetivo sin connotaciones peyorativas, Monteforte posee temperamento lírico, siendo poeta antes que novelista o, mejor, es novelista porque es poeta".
En "Una manera de morir" puede leerse: "La gente cree que la libertad consiste en gritar y exponer los defectos de las leyes y de los que las aplican. La libertad es mucho de soledad, de tiempo para acordarse de uno mismo y sobre todo de capacidad para no someterse. No es que uno haga algo; basta que se sepa con fuerzas para poder hacerlo".
En "Donde acaban los caminos" expone sus dudas, contempla su razón y la compara con la sabidu­ría inocente del campesino, que sabe colocar a cada uno en el lugar que le corresponde: "En vano he buscado a mis congéneres, a la gente que piensa como yo. Sé que existen, la hay, por todo el mundo, y anda acorralada y perdida y confusa como yo. Pero, ¿dónde está?".
Luego del golpe de estado de 1954, Monteforte Toledo salió de Guatemala para vivir en el exilio. Esos años los pasó en Francia, Inglaterra, Ecuador, Estados Unidos y -principalmente- México. Después de más de tres décadas y media, regresó a Guatemala. En una entrevista, el escritor respondió a la pregunta de ¿qué es lo peor del exilio?: "El retorno, y encontrar que las mujeres que uno ama son abuelas o ya aman a otro".
Mario Monteforte Toledo murió por problemas cardiacos el 11 de septiembre de 2003, unos días antes de cumplir 92 años de edad. Sus restos fueron incinerados; parte de sus cenizas fueron enterradas en el cementerio y el resto esparcidas en el Lago de Panajachel.