24 de marzo de 2008

Scholem Aleijem: mientras un ojo llora, el otro ríe

Scholem Aleijem, cuyo verdadero nombre era Sholem Rabinovich (1859-1916), es el más difundido de los escritores israelitas. Su humorismo cristalino, natural y sano, su estilo lleno de gracia, su lenguaje salpicado de modismos, los tipos tan característicos que desfilan por su vasta obra, y sobre todo ese humor tan original y comunicativo, han hecho de él un ídolo del pueblo judío. Junto con Mendele Sforim (1836-1917) e Itzjok Peretz (1852-1915) contribuyó a la formación de una nueva literatura.
Describió con un singular matiz risueño la vida en los villorrios judíos de Rusia, con su ambiente y sus modalidades peculiares, sobre los que flotan -visto a través del autor- una sonrisa burlesca y una alegría dolorosa.
Luego de recibir la clásica educación hebrea se dedicó al comercio, donde pudo observar numerosos tipos que le sirvieron más tarde para sus obras. Después se consagró a la literatura; era de una fecundidad asombrosa. Dejó unos 50 volúmenes, casi todos de cuentos, y algunos dramas. De entre los primeros, se destaca "Maasiot fun toiznt ain najt" (Los cuentos de mil y una noche), del que se reproducen algunos a continuación:

EL TESORO
Al otro lado de la montaña, detrás de la sinagoga, hay un tesoro oculto. Así se decía en nuestra aldea.
Mas no es tan fácil llegar hasta él. Sólo cuando todos los habitantes del pueblecillo vivan en paz y se pongan todos a buscarlo, darán con el tesoro. Así se decía en nuestra aldea.
Y cuando todos vivan satisfechos, cuando no haya entre ellos envidia, ni odio, guerra, maledicencia ni calumnia y todos se empeñen, hallarán el tesoro. De lo contrario, se va a hundir profundamente en la tierra. Así se decía en nuestra aldea.

Y comenzaron a discutir y a porfiar, a disputar y a debatir, a insultarse y a altercarse cada vez con mayor brío, y todo por el tesoro. Uno decía: "Debe de estar aquí". Otro: "Allí". Y no cesaban de discutir y de porfiar, de disputar y de debatir, de insultarse y altercarse cada vez con mayor brío, y todo por el tesoro; y mientras tanto, el tesoro se hundía más y más en la tierra.

VERGUENZA
Yo tenía un compañero. Estudiábamos en una misma escue­la. Juntos vivíamos. Cometíamos juntos bribonadas y entre ambos habíamos compartido el placer y el dolor.
La ciega, que llaman Fortuna, le sonrió a mi compañero, tuvo suerte, le fue cada vez mejor y se elevó a considerable altura. Y yo me quedé atrás...
Durante mucho tiempo no nos vimos, no nos encontramos, íbamos por caminos diferentes, vivíamos en ciudades distintas.
Un día, llegué a la ciudad donde mi amigo residía, pasé delante de la magnífica casa de mi compañero y me detuve. ¿Entrar o no? Y entré.

Y figúrense ustedes: ¡él me reconoció!...
- ¿Qué tal, hermano? ¿Cómo te va?
Largo rato permanecimos en el vestíbulo sin que me invitara a pasar.
Comprendiendo que esto me sorprendía, me dijo, mirando mi indumentaria:
- Perdóname, hermano, no me guardes rencor, yo te pido que me disculpes; no puedo, me da vergüenza!...
- ¿Tienes vergüenza? ¿Sientes vergüenza de verme?
- ¡Oh, no, de ninguna manera, no me refiero a eso, no quise decir eso! He dicho que me avergüenzo con... mi magnífica casa... ante tí, mi antiguo compañero, ante... ante... Dime ¿dónde vives? ¿dónde paras? ¡Yo vendré, iré a verte, iré a verte!
Arrojó una mirada a mis botas retorcidas y rotas, y se puso encarnado de vergüenza...
Yo lo comprendí y le perdoné de todo corazón, ¡de todo corazón!


DESCARO
Estaba sentado en el suelo, frente a la puerta de la sinagoga, contando los céntimos, las monedas que hiciera, que recolectara durante el día.
Dos veces por semana, los lunes y los jueves, va mendigando por las casas. Monedas recoge el pordiosero pobre entre los pordioseros más ricos. Esos dos días le corresponden.
¡Cómo brilla el sol, cuan tiernos son sus rayos! El mendigo tiene una mano metida en el seno, y en la otra guarda las monedas. Las arroja y suena con ellas: las cuenta y recuenta.

De pronto... ¿Quién es el que va en ese coche tirado por seis caballos? ¡Es el conde, el señor de la aldea!
Los caballos vuelan con el coche, y el polvo, cual dos co­lumnas, le sigue a los lados.
Al mendigo, el polvo le llenó los ojos y la boca, y cubrió ante él, por dos minutos, la luz del sol esplendente.

- ¡Vaya un descaro, el descaro de un conde! -rezongó el pordiosero, y volvió a su tarea: sacar la cuenta de los céntimos, a contar las monedas...