12 de mayo de 2008

Dostoyevski y el germen de la revolución

La literatura rusa trascendió el ámbito nacional con Aleksandr Pushkin (1799-1837) y co­menzó a ejercer una cierta influencia en la literatura europea con Nikolai Gogol (1809-1852); es decir, en la primera mitad del siglo XIX. Desde el siglo XVII, en que el zar Pedro Romanov "el Grande" (1672-1725) inició la europeización del país, sus intelectuales se dividieron en dos grupos opuestos: occidentalistas y eslavófilos. La lengua rusa absorbió numerosos vocablos tomados de las lenguas francesa y alemana. Pushkin fue el primer gran escritor en lengua rusa; creó, en realidad, la lengua rusa literaria moderna.Fiodor Dostoyevski (1821-1881) admiró profundamente a Pushkin, cuya influencia en él resulta innegable. Fue, sin duda, su máximo maestro. En el ensayo "Dostoyevski. Revolucionarios y nihilistas" (1976), la catedrática española Angeles Cardona (1925-1981) explicó: "Veía en él la gran promesa del alma rusa. Veía la raíz y la fuerza de ese anhelo profundo que palpitaba en toda la literatura rusa decimonónica y que trasciende lo literario y lo estético hacia lo místico y lo redentor. Por lo más nacional, a lo universal. En lo eslavo primitivo y primordial vive el primitivo general que hay en todos los hombres. Pero Dosto­yevski no es un simple discípulo de Pushkin. Bebe en las mismas fuentes, en la tradición y la realidad rusas. Y no sólo en ellas. Pese a su eslavofilia militante, Dostoyevski asimila y absorbe gran parte de la literatura europea contemporánea".
Efectivamente, el autor de "Crimen y castigo" era un gran admirador de, por ejemplo, Honoré de Balzac (1799-1850). "Balzac es grande -le dijo en una carta a su hermano Mijail-, sus caracteres son obra de la inteligencia universal. No es el espíritu de una época, son miles de actos los que, a través de las luchas, han preparado ese desenlace en el alma del hombre". A Dostoyevski le apasionaban también los románticos: Friedrich Schiller (1759-1805), Walter Scott (1771-1832) y Ernest T. A. Hoffmann (1776-1822), cuyos cuentos le impresionaron profundamente, lo mismo que "Confessions of an english opium eater" (Confesiones de un comedor de opio inglés) de Thomas de Quincey (1785-1859).
El francés Henri Beyle -Stendhal- (1783-1842) fue el precursor del realismo que se expresó en una nueva corriente: el naturalismo. "Una novela -dijo- es un espejo que se mueve por un camino. Tan pronto refleja el azul del cielo como el barro y los charcos del camino". Con él se inició en la literatura francesa el fin de las ilusiones románticas. Su país de debatía entre la disipación de la vitalidad renovadora de la Revolución y la caída del poder militar del imperio tras Waterloo. Encorsetada por el nuevo orden burgués, Francia no obstante, deslumbró a Europa con su florecer cultural. Esa reverdecida cultura francesa tuvo en Rusia un enorme peso específico. El francés se convirtió en la segunda lengua de la Rusia zarista.Pero el realismo ruso no era el francés. Dostoyevski decía que el suyo era un "realismo fantástico". El también recurrió -al igual que Stendhal- a las referencias externas, tomando nota y recopilando datos para montar la estructura de sus novelas. Pero una vez armado el andamiaje, no miró hacia la apariencia exterior y el panorama del tejido social como el autor de "Le rouge et le noir" (Rojo y negro), sino que se dirigió resueltamente hacia el interior de las almas de los seres humanos.
Dostoyevski vivió un mundo en plena renovación cultural. Fueron sus contemporáneos en Rusia Mijail Lérmontov (1814-1841), Iván Turgueniev (1818-1883) y Leon Tolstoi (1828-1910), entre los que logró sobresalir. Pronto, su literatura se convirtió en el vehículo para la expresión de ideales, de mensajes proféticos y de palpitos místicos. Su influencia se hizo notar aún fuera del ámbito específico de lo novelesco. En "Götzen dämmerung" (El crepúsculo de los dioses), Friedrich Nietzsche reveló que la lectura de Dostoyevski había sido uno de los hechos afortunados de su vida y que el novelista ruso era el único psicólogo de quien había logrado aprender algo. Ese reco­nocimiento del filósofo alemán contribuyó notablemente a la difusión de la obra de Dostoyevski por el resto del mundo. Conoci­do es asimismo su influjo sobre Sigmund Freud (1856-1939) y el psicoanálisis y también en el existencialismo. Según el novelista francés André Malraux (1901-1976), la lectura de Dostoyevski afectó profundamente a toda su generación.En la propia Rusia, Dostoyevski se convirtió muy pronto en una gloria nacional. Llamaba a los nihilistas y a los socialistas "hombres de papel, llenos de odio y de vanidad"; y de ellos dijo que sólo querían construir otra vez la Torre de Babel, pero "no para alcanzar el cielo desde la tierra, sino para hacer descender el cielo a la tierra". En consecuencia, el adveni­miento del régimen revolucionario no favoreció la difusión de su obra en su propio país. "No tengo tiempo para leer esa basura", dijo Vladimir Lenin (1870-1924) de la obra de Dostoyevski. Para el lider bolchevique, era un intelec­tual del viejo régimen zarista. De todas maneras, sus obras siguieron editándose en Rusia y su poderosa influencia se hizo perceptible en toda la literatura rusa posterior.
Probablemente el disgusto de Lenin proviniera de la vieja polémica entre occidentalistas y eslavófilos, aquella que a lo largo de la década de los 40 del siglo XIX, enfrentó a los intelectuales. Se discutía sobre la conveniencia de "occidentalizar" Rusia o, por el contrario, intensificar la "eslavización" del pue­blo, considerando que éste era un modelo de virtudes y que ni el arte ni las costumbres de la Europa occi­dental conducirían a superar el espíritu de aquellos hom­bres que se habían criado en una tradición distinta de la mentalidad de los pueblos que se extendían al oeste de la frontera rusa.
Los pensadores y los literatos se dividieron. El influyente crítico literario Vissarion Belinsky (1811-1848) era un occidenlista acérrimo, como también lo fueron los filósofos Nikolai Chernishevski (1828-1889), Nikolai Dobroliubod (1836-1865) y, sobre todo, Mijail Bakunin (1814-1876). El problema fue, sin embargo, mucho más complejo, ya que los eslavófilos y los occidentalistas llevaron la contienda al terreno político.Dentro del ideario occidentalista, por ejemplo, no cabían los mismos planteamientos de productividad y -consecuentemente- de división de trabajo, riqueza y sociedad que planteaban los eslavófilos. En efecto, los eslavófilos pretendían conservar las ins­tituciones oficiales, incluyendo la figura del zar como "padre" del pueblo ruso, respetando a la Iglesia orto­doxa y propagando el folklore genuinamente nacio­nal.
Dostoyevski militó siempre en el bando eslavófilo, como Gogol, su maestro, y Sergei Aksakov (1791-1859). Ser eslavófilo -desde este punto de vista- incluía, por defi­nición, el deseo de que todo siguiera igual, incluso el terrible problema de la esclavitud que el sufrido pue­blo ruso soportaba aún en esa época. Sin embargo, este supuesto es falso: Dostoyevski apoya­ba la emancipación de los siervos.
Dentro de este contexto es dable pensar que el tiránico zar Nicolás Romanov (1796-1855) se sentía identificado con el bando de escritores eslavófilos. Sin embargo su reacción fue muy distinta: Nicolás I, por el mero hecho de que alguien expresara una opinión, aunque fuese favorable a la autoridad, ya sospechaba. Los intelectuales que se movían en distintos círcu­los en esos años, discu­tían la postura occidentalista de Pedro el Grande, con el que no estaban de acuerdo salvo en el pro­blema de la emancipación de los siervos, si eran esla­vófilos como Dostoyevski; pero al llegar a la década de los 70, tanto eslavófilos como occidentalistas abandonaron su postura teorizante y se transformaron en verdaderos activistas. Allí se for­maron los hombres de la Revolución de Octubre.