19 de mayo de 2008

Jean Calvino y la predestinacion del capitalismo

Nacido en Noyon, Picardy, Francia, el 10 de julio de 1509, Calvino realizó estudios en París, donde entró en contacto con las ideas humanistas y reforma­doras de Erasmo de Rotterdam (1469-1536) y Jacques Lefévre d'Etaples (1450-1536), quienes formaban parte del movimiento estudiantil radical en ese tiempo.
Posteriormente, desde 1529, estudió dere­cho en las universidades de Orleans y Bourges, regresando a París en 1532 decidido a dedicarse a las letras y a la teología. Estudió las tres lenguas sacras (latín, griego y hebreo) y en 1532 pu­blicó un comentario al "De clementia" (De la clemencia) de Lucio Anneo Séneca (4 a.C.-65 d.C.).
Convertido a la Reforma, Calvino huyó de Francia a comienzos de 1535 y se instaló en Basilea, ciudad en la que publicó en 1536 su "Institutio christianae religionis" (Institución de la religión cristiana), su obra más impor­tante y uno de los textos básicos de la teología protestante (la obra experimentó varias reedicio­nes, con abundantes ampliaciones, en los años si­guientes, hasta la edición definitiva de 1560).
Rápidamente su obra le hizo ganar un gran reconocimiento entre los principales líderes protestantes y el reformador y predicador Guillaume Farel (1489-1565), quien había luchado por imponer el protestantismo en aquella ciudad, lo persuadió para que lo apoyara en esa labor. Con este fin redactó los "Articoli de regimini ecclesiae" (Artículos para el gobierno de la Iglesia), imponiendo en la ciudad un régimen de intolerancia religiosa. Las actitudes inflexibles de Calvino y de Farel finalmente dieron lugar a su expulsión de Ginebra en mayo 1538, junto a otros refugiados franceses.
Calvino se dirigió entonces a la ciudad alemana de Estrasburgo, donde permaneció tres años. Allí se desempeñó como pastor de una iglesia para los refugiados de habla francesa. Durante estos años, aprendió del teólogo alemán Martin Bucer (1491-1551) los fundamentos de la administración de una iglesia urbana y participó en varias conferencias religiosas internacionales, lo que le atrajo un gran reconocimiento como líder protestante. Fue la época en que mantuvo grandes polémicas con teólogos católicos, entre los que sabresalía el italiano Jacopo Sadoleto (1477-1547). A partir de entonces se convirtió en una figura importante del protestantismo internacional.
En 1541, fue llamado de nuevo a Gine­bra, ciudad que conseguió modelar, tras grandes dificultades, dentro de la más pura ortodoxia reformada al modificar toda la vida cotidiana. Un consistorio de ancianos y de pastores, dotado de amplios poderes para castigar, vigilaba y reprimía algunas conductas: fueron prohibidos y perseguidos el adulterio, la fornicación, el juego, la bebida, la superstición, la blasfemia, el juramento, la conducta inmoral, el baile y las canciones obscenas, además de instaurar la obligatoriedad de la asistencia regular a los servicios religiosos. Especial hincapié se hizo en las disputas de la vida conyugal y la falta de respeto hacia los padres; las casas sospechosas fueron cerradas y las prostitutas expulsadas de la ciudad; fueron prohibidos los matrimonios entre personas de edad demasiado desigual. Los pecadores fueron encarcelados, condenados y ajusticiados. Calvino no admitía oposición porque no admitía la libertad de pecar.
Sus instrumentos fueron las Ordenanzas Eclasiásticas de 1541 (y el Catecismo del año si­guiente), mediante las que toda la vida de la ciu­dad se organizó como una Iglesia visible en­tregada al ascetismo y a la "glorificación de Dios", dentro del más escrupuloso respe­to al principio de la justificación por la fe. El sistema de protestantismo fundado por Calvino –que logró subordinar el poder civil a la Iglesia– fue la expresión de las reivindicaciones de la parte más audaz de la burguesía de entonces.
Calvino reconoció la dignidad del trabajo, lo cual favoreció el desarrollo de la ciudad, a lo que se unió la entrada de muchos cualificados artesanos franceses exiliados. Admitió la licitud del préstamo a bajo interés (5 a 6%), con la condición de no hacérselo a los pobres para quienes debía ser gratuito. La desocupación se consideró como una lacra; el ocio y la mendicidad no eran tolerados. Para el crecimiento cultural de la ciudad procuró la fundación de la Academia en 1559, donde se estudiaba filosofía y teología.
Poco después polemizó con los seguidores del líder reformista suizo Ulrico Zwinglio (1484-1531)acerca del espi­noso problema de la presencia de Cristo en la Eucaristía, y en 1552 escribió un tratado sobre la predestinación eterna de Dios, en el que reafirmaba de manera tajante los rasgos distintivos de la teología calvinista.
En 1553 se produjo un enfrentamiento con el médico español Mi­guel Servet (1511-1553), quien había publicado en 1531 "De Trinitatis erroribus" (De los errores de la Trinidad), obra en la que afirmaba la bondad natural y el carácter divino del hombre, negando el dogma básico del cristianismo católi­co y reformado: la Trinidad. En 1553, Servet reafirmó y amplió su reforma en la "Christianismi restitutio" (Restitución del Cristianismo) y cometió la imprudencia de pasar por Ginebra camino de Nápoles. Reconocido y encar­celado, fue sometido a juicio y condenado a morir en la hoguera, con el consentimiento de Calvino. Además de sus convicciones religiosas, el factor determinante en la ejecución de Servet fueron sus estudios sobre la circulación de la sangre en los hombres, teorías que Calvino reprobaba. El "hereje" fue quemado vivo el 27 de octubre de 1553. Este episodio mostró claramente a los reforma­dos humanistas (de orientación racionalista y tolerante) los límites estrechos de las gran­des confesiones reformadas.
Desde 1554, la posición de Calvino se consoli­dó definitivamente en Ginebra. A su muerte, el 27 de mayo de 1564, la ciudad tenía la fisonomía que él le había dado y que conservaría durante siglos.Entre los fundamentos de la doctrina Calvinista que partió del Luteranismo se destaca el de la predestinación, es decir, todos los hombres tienen ya determinado su destino tras la muerte desde su nacimiento, pero para estar entre los elegidos era necesaria una observancia estricta de los principios cristianos reflejados en las escrituras, llevar una vida austera y humilde y gozar de la gracia divina. Calvino partió de la misma antropología pesi­mista que Martin Lutero (1483-1546): todo resplandece en el hombre antes de la caída; pero, como consecuencia de ella, la naturaleza humana está irresistiblemente inclinada al mal y al pecado. Incluso la misma semilla del conocimiento de Dios instalada naturalmente en el hombre degenera, como consecuencia del pecado, en superstición e idolatría. La distancia absoluta que separa al hombre de Dios no puede ser franqueada por el hombre, ni en el plano del conoci­miento, ni en el de la justificación. Así pues, por si mismos, todos los hombres merecen la condena­ción. Por lo tanto, el retorno del hombre a Dios sólo puede ser fruto de la acción misma de Dios; únicamente es posible conocer a Dios si él mismo se revela al hombre.
En lo que se refiere a la salvación, el biógrafo Stefan Zweig (1881-1942) dice en "The right to heresy" (El derecho a la herejía, 1936): "ésta no puede ser también sino acción de Dios, manifies­ta en la libre concesión divina de la gracia irre­sistible: mediante la gracia, nuestra voluntad es convertida de mala en buena por la acción de Dios en nosotros. Pero es evidente que la gracia divina no es concedida a todos los hombres: muchos están desprovistos de ella. Si la salvación es totalmente fruto de la gracia y se expresa en la fe, no queda sino con­cluir que Dios ha establecido (en su libertad ab­soluta) el "decreto" de salvar a unos y condenar a otros. Es el principio de la predestinación eterna".Para Calvino, este "decreto" no generaba an­gustia, pues se sentía en posesión de la gracia y su confianza en Cristo era plena. No ocurrió lo mismo con el hombre común de la ca­lle, para quien la cuestión de la certidumbre alcanzó una importancia primordial. De ahí la posterior elaboración de la doctrina que prescribía el rechazo de toda duda -porque indi­caba una acción insuficiente de la gracia- y fomentaba la ac­ción en el mundo -el trabajo y la creación de ri­queza-, no como adquisición de méritos ante Dios, sino como realización de la vida humana en cuanto "glorificación del creador" y en cuanto confirmación del estado de gracia y la presencia de Dios en los hombres. Ésta es la base de la moral puritana, y de su compulsión al trabajo perma­nente como forma de existencia humana en el mundo, que procuró al capitalismo los princi­pios éticos que impulsaron su desarrollo.