8 de mayo de 2008

Juan Carlos Onetti, el escritor de la angustia

Juan Carlos Onetti nació el 1 de julio de 1909 en Montevideo. De chico inventaba historias para los amigos: cuentos de casas hechizadas, gente que no existía y él contaba que había visto. Después leyó al noruego Knut Hamsun (1859-1952), a los trece o catorce años, y escribió muchos cuentos que nunca publicó. Abandonó sus estudios secundarios y trabajó como portero, mozo de cantina, empleado de una empresa de neumáticos y vendedor de entradas en el estadio Centenario de Montevideo.
En 1938 publicó su primera novela, "El pozo", con una tirada de sólo 500 ejemplares, que la crítica literaria consideró como la piedra fundamental de la nueva narrativa uruguaya. Desde 1941 hasta 1954 residió en Buenos Aires, donde trabajó en la agencia Reuter y en diversas revistas de actualidad. Publicó asimismo cuentos y las novelas "Tierra de nadie" (1941), "Para esta noche" (1943), "La vida breve" (1950) y "Los adioses" (1954). En 1955 regresó a Montevideo, colaboró en el diario "Acción" y, en 1957 , fue designado director de las Bibliotecas Municipales de Montevideo e integró la dirección de la Comedia Nacional.
Mientras tanto, siguió publicando libros de cuentos (entre ellos, "El infierno tan temido"), y las novelas "Para una tumba sin nombre" (1959), "La cara de la desgracia" (1960), "El astillero" (1961) y "Juntacadáveres" (1964).
Cuando en su país se instauró la dictadura militar en 1973 fue encarcelado. Este hecho transformó su vida, y a la salida de la cárcel se exilió en España, donde vivió hasta su muerte. Allí publicó "La muerte y la niña" (1973), "Tiempo de abrazar" (1974), "Dejemos hablar al viento" (1979), "Presencia y otros cuentos" (1986), "Cuando entonces" (1987) y "Cuando ya no importe" (1993).
Estando en Buenos Aires, Onetti inventó -al modo de Jefferson, en el condado de Yoknapatawpha, en la ficción de William Faulkner (1897-1962)-, la ciudad de Santa María, a orillas de un vasto río, un espacio imaginario en el cual se entrecruzaron las vidas y los destinos de muchos de sus personajes. Educado en las lecturas de insignes "perdedores" golpeados por la adversidad -los ya citados Hamsun y Faulkner- más Louis Ferdinand Céline (1894-1961), Ramón del Valle Inclán (1866-1936), Pío Baroja (1872-1956) y Roberto Arlt (1900-1942), Onetti vivió con la aureola de autor maldito. Gracias a él y a cuatro o cinco escritores más, la literatura hispanoamericana ingresó en la modernidad con fulgores propios.


Su exilio físico se sumó a esos otros exilios que agobiaron y vulneraron su sensibilidad de escritor: la pérdida de una infancia feliz y la marginalidad en que discurrió gran parte de su vida y de su obra. Herido quizá por un sentimiento de fatalidad y de incomprensión, Onetti sentía un profundo desprecio por "el reino de la mediocridad y los plumíferos sin fantasía, graves, frondosos, pontificadores con la audacia paralizada" y consi­deraba que "cuando un escritor es algo más que un aficionado, cuando pide a la literatura algo más que los elogios de honra­dos ciudadanos que son sus amigos, podrá verse obligado por la vida a hacer cualquier clase de cosa, pero seguirá escribien­do. No porque tenga un deber a cumplir consigo mismo, ni una urgente defensa cultural que hacer, ni un premio ministerial para cobrar. Escribirá porque sí, porque no tendrá más remedio que hacerlo, porque es su vicio, su pasión y su desgracia".
En una entrevista periodística analizó un poco su obra: "El tema reiterativo de mis novelas podría ser el fracaso de toda empresa humana, empezando por la existencia humana. El hombre es una víctima que, ademas, nunca pidió nacer". A Onetti le gustaba repetir que "la persona que engendra un niño está cometiendo un asesinato con efecto retardado". Y termina: "El destino del artista es vivir una vida imperfecta: el triunfo, como un episodio; el fracaso, como verdadero y supremo fin".


El tema unificador de toda su obra fue la corrupción de la sociedad, sus efectos sobre el individuo y las dificultades para encontrar una respuesta adecuada a ella. Para escribirla, Onetti -a quien se considera el escritor de la angustia- utilizó un lenguaje opaco, denso e indirecto. Con estas herramientas creó un mundo propio con personajes -que retomó una y otra vez- siempre empeñados en proyectos sin sentido. "La verdad -dijo- tiene que estar en una literatura sin literatura y sobre todo, que no puede gustar a los que tienen hoy la misión de repartir elogios, consagraciones y premios ". A pesar de su escepticismo, obtuvo el Gran Premio de Literatura 1967, otorgado en Uruguay; el Premio Italo Latinoamericano 1976, otorgado en Italia; el Premio de la Crítica y el Cervantes 1980, otorgados en España; el Gran Premio Nacional de Literatura 1985 de Uruguay; el Premio de la Unión Latina de Literatura de 1990; y el Gran Premio Rodó 1991 a la labor intelectual, de la Intendencia Municipal de Montevideo.
Onetti murió en la tarde del 30 de mayo de 1994 en una clínica de Madrid, su residencia de sus últimos diecinueve años de vida, de los cuales pasó enclaustrado los últimos diez, sin salir prácticamente de su cama.