16 de mayo de 2008

Julio Verne. Entre la ciencia y la misoginia

Julio Verne (1828-1905) tuvo una devoción excluyente por la cien­cia. Sus personajes más acabados fueron los sabios. Idolatraba de igual manera al científico de laboratorio -como él mismo supo ser- que al investigador que iba a las mismas fuentes para explicar el fenómeno científico o descubrir el lugar geográfico. Algunos de sus sabios eran eruditos distraídos, otros amables humanistas; algunos eran sombríos vengadores, otros crueles villanos. Pero ninguno fue intrascendente.



Entre los personajes de Verne aparecieron astrónomos: Palmyrin Rosette, el apasionado y nervioso amo del cometa Gallia en "Hector Servadac" (1877); el heroico y frustrado Thomas Black, que aparece en "Le pays des fourrures" (El país de las pieles, 1873) afrontando mil peligros para ver un eclip­se de sol en el Círculo Polar Artico; Dean Forsyth y Sidney Hudelson, los dos ri­vales furibundos que, sin abandonar sus respec­tivos observatorios, se disputan la gloria de un descubrimiento en "La chasse au méteor" (La caza del meteoro, 1908); los audaces y valerosos Everest, Murray, Emery, Strox, Zorn y Palander, que atraviesan el Africa austral, midiendo un arco del meridiano terrestre en "Aventures de trois russes et de trois anglais" (Aventuras de tres rusos y tres ingleses, 1872).
Hay también científicos de laboratorio lanzados a la aventura en contra de su voluntad, como lo son Jacques Paganel, el geógrafo de "Les enfants du Capitaine Grant" (Los hijos del Capitán Grant, 1868) y el naturalista Pierre Aronnax, de "Vingt mille lieues sous les mers" (Veinte mil leguas de viaje submarino, 1870). Asimismo hay otros que vo­luntariamente se convierten en protagonistas destacados, como el doctor Clawbonny, en "Voyages et aventures du Capitaine Hatteras" (Las aventuras del Capitán Hat­teras, 1866) o el ingeniero Cyrus Smith, de "L'ile mystérieuse" (La isla misteriosa, 1874).
Los sabios arrojados por la injusticia a la lucha clandestina contra el mundo opre­sor se encuentran representados por per­sonajes como el Capitán Nemo del sub­marino Nautilus, en la ya citada "Veinte mil leguas de viaje submarino" o Robur, en su aeronave Albatros en "Robur le conquereur" (Robur el conquistador, 1884). Otros sabios, en cambio, son in­natamente perversos y criminales como el químico Herr Schultze, un prusiano antecesor del nazismo con su "nuevo orden" en "Les cinq cents millions de la Bégum" (Los quinientos millones de la Bégum, 1879), y Marcel Camaret, el ingeniero que en "L'étonnante aventure de la mission Barsac" (La misión Barsac, 1919) al servi­cio del criminal Harry Killer, crea en el centro de Africa un emporio científico-criminal.
Geógrafos, naturalistas, astrónomos, in­genieros, médicos, todos son ejemplos de una legión luminosa de intelectos que hicieron del siglo XIX una época de gran­des progresos, muchos de ellos obra de los mismos contemporáneos de Verne, a quien le sirvieron de inspiración. Así encontramos al físico y astrónomo François Arago (1786-1853) admirado y estudiado por Verne en su juventud, y al ingeniero Ferdinand de Lesseps (1895-1894), constructor del canal de Suez y amigo del escritor. Contemporá­neos suyos fueron además Jean Joseph Lenoir (1822-1900), inventor del motor de ex­plosión; Zénobe Gramme (1826-1901), inventor de la dinamo de corriente di­recta; Alfred Nobel (1833-1896), inventor de la dinamita; Graham Bell (1847-1922), inventor del teléfono; Thomas A. Edison (1847-1931), inventor del fonógrafo; Charles Parsons (1854-1931), inventor de la turbina de vapor; George Eastman (1854-1932), inventor de la película fotográfica; Rudolf Diesel (1858-1913), inventor del motor de alto rendimiento; y Santos Dumont (1873-1932), inventor del dirigible.
Durante la vida de Verne hubo audaces exploradores que llegaron en la vida real adonde ya previamente habían llegado los héroes de sus novelas: Richard Burton (1821-1890) descubrió para los europeos los lagos Tanganica y Victoria de Africa en 1857 y John Hanning Speke (1827-1864) hizo lo propio con las fuentes del río Nilo en 1858; Otto Nordenskjöld (1869-1928) exploró la Antártida en 1902, mientras que Ernest Giles (1835-1897) lo había hecho en el de­sierto de Australia en 1872, y Nikolai Przhevalsky (1839-1888) en el de Gobi en 1876; y David Livingstone (1813-1873) y Henry Stanley (1841-1904) en Africa, eran los protagonistas de aventuras dignas de ser firmadas por el mismo Verne. Algunos de estos inventos, investigado­res y viajeros lo inspiraron, otros fueron inspirados por él; pero todos estuvieron estrechamente vinculados con Verne.
No puede decirse lo mismo de su relación con las mujeres. Tanto en su vida privada como en su obra lite­raria hay considerables indicaciones de las ten­dencias misóginas de Julio Verne. El incansable explorador de todos los rincones del globo, de las entrañas terrestres, las profundidades marinas y el espacio interestelar, fue un tímido indagador de la naturaleza femenina.
Este comportamiento resalta por su militancia en el famoso grupo bohemio parisiense, "Onze sans les femmes" (Los once sin mujer), compuesto por solterones empedernidos; y aun después de traicionar las normas de la misógina cofradía, no corrió detrás de las mujeres, sino que se casó con una viuda respe­table, madre de dos hijas. Su vida matrimonial, por otra parte, fue más que tranquila. La mayoría de sus viajes los realizó en compañía de su hermano y sus amigos; no de su esposa Honorine. Ella lo admiraba profundamente, tal vez no tanto como es­critor sino como hombre célebre. Honorine fue quien disfrutó de los homenajes y las fiestas que incomodaban a su esposo.
La actitud de Verne hacia las mujeres se refleja claramente en sus obras. La mayoría de sus héroes eran solteros por convicción: las mujeres no tenían lugar en sus vidas, ni siquiera se las mencionaba. Mu­chas de sus obras más importantes carecen en absoluto de personajes femeninos, y en otras son un simple detalle anecdótico accesorio. En "Le tour du monde en quatre vingts jours" (La vuelta al mundo en ochenta días, 1873), por ejemplo, Phileas Fogg rescata a la princesa Aouda en la India, para después llevarla durante el resto del viaje como parte de su equipaje; y si bien al final decide casarse con ella, el paso es simplemente un detalle más de excentricidad que de pasión. En la misma obra, cuando los viajeros atraviesan en tren los Estados Unidos y llegan a Salt Lake City, hay un diálogo entre el fiel sirviente Passepartout y un personaje mormón, al que le pregunta cuántas esposas tiene, ya que aparentemente viene huyendo de algún proble­ma familiar. La respuesta es reveladora: " ¡Una, amigo mío!", responde el mormón, levantando los brazos al cielo "¡una y es suficiente!".
Los personajes femeninos más logrados de Verne son precisamente las mujeres enérgicas, liberadas, que se igualan en audacia y voluntad a los hombres, como la viajera Paulina Barnett, en la ya citada "El país de las pieles", o la periodista Lissy Wag en "Le testament d'un excentrique" (El testamento de un excéntrico, 1897). Posiblemente, la úni­ca mujer que influyó de manera definitiva en la vida de Julio Verne fue su madre, a la que nunca dejó de enviar cartas amables y detalladas, y cuya muerte sintió profundamente. Esa imagen quedó reflejada en uno de sus personajes favoritos, Michel Strogoff de la novela homónima escrita en 1876, a quien salvan de la ceguera las lágrimas derramadas por el amor filial ante el dolor de la anciana madre.
Tal vez, en el fondo de su corazón, Julio Verne estuvo siempre demasiado ocupado y preocupado por su obra como para dejarle sitio a las efusiones amorosas. Posiblemente hubiera preferido decir, como el personaje principal de su novela "Kéraban le tétu" (Kerabán, el testarudo, 1882): "¡Usted sabe, los nego­cios... los negocios! ¡Nunca he tenido cinco minutos dispo­nibles para casarme!".