17 de mayo de 2008

Una recorrida por el cuento latinoamericano de la primera mitad del siglo XX

El romanticismo que dominó la literatura en Europa desde finales del siglo XVIII hasta mediados del siglo XIX, se caracterizó por su imaginación y subjetividad, su libertad de pensamiento y expresión y su idealización de la naturaleza. Hacia fines del siglo XIX, las letras del ámbito iberoamericano se desprendieron de la tradición enciclopedista que habían heredado de España, y de manera más ó menos veloz, comenzaron a incorporar los aportes de aquel movimiento. Así, se dio origen en hispanoamérica al desarrollo del cuento, confundiéndose muchas veces con el costumbrismo que cultivó, por ejemplo, el peruano Ricardo Palma (1833-1919) en "Tradiciones peruanas", unos relatos que, con aires de leyenda, abundancia de descripciones detalla­das y un riguroso análisis de las costumbres, el autor publicó entre 1872 y 1911.
Cuando Europa exportó a nuestro continente el naturalismo de Emile Zola (1840-1902), "la imitación servil de los modelos europeos esterilizó y estancó el progreso del género narrativo de América", sostuvo en 1946 el profesor Adolfo Sánchez Vázquez (1915) en "Perfil del cuento en América". Afortunadamente el naturalismo importado, poco a poco, fue dejando de lado las pautas francesas para abocarse al realismo que abordaba los problemas sociales regionales, dando lugar al naturalismo hispanoamericano que sobresalió en las obras del chileno Baldomero Lillo (1867-1923), del uruguayo Javier de Viana (1868-1926) y del argentino Ro­berto Jorge Payró (1867-1928), quienes lograron hacer un análisis sociológico de la rea­lidad en esa etapa de transición.
Simultáneamente, muchos poetas modernistas se lanzaron a la escritura de cuentos, dotándolos de nuevas formas estilísticas en las que sobresalía la lírica por sobre la composición de la secuencia narrativa. En este aspecto descollaron los mejicanos Manuel Gutiérrez Nájera (1859-1895) y Amado Nervo (1870-1919). Lo propio hicieron el nicaragüense Rubén Darío (1867-1916), el cubano José Martí (1853-1895), el venezolano Manuel Díaz Rodríguez (1871-1927) y el boli­viano Ricardo Jaimes Freyre (1868-1933), fieles representantes del modernis­mo dramático.
Este modernismo aportó una re­novación del lenguaje y del estilo al incorporar imáge­nes, metáforas y símbolos para dar paso a una nueva narrativa. En la Argentina, Leopoldo Lugones (1878-1938) incorporó el plano de las alucinaciones y el mundo mis­terioso de lo sobrenatural y extraterreno a la cuentística de su país, convirtiéndose en un adelantado de la futura literatura fantástica. El guatemalteco Rafael Arévalo Martínez (1884-1975), después de acceder a todos los géneros literarios, so­bresalió en cuentos que guiaron a la literatura de Guatemala fuera del modernismo y la enfocaron hacia las nuevas tendencias contemporáneas, como lo sería el llamado realismo mágico.
El argentino Ricardo Güiraldes (1886-1927), des­pués de su punto de partida modernista, se ubicó en ese estadio intermedio entre el camino de la fantasía y el camino realista que es el criollismo, un movimiento dedicado a desentrañar los laberintos del alma de la llanura pampeana. Fue el uruguayo Horacio Quiroga (1878-1937) la cum­bre mayor de este movimiento. Incorporado a la Argen­tina y enraizado en la selva misionera, encontró en ella su mejor fuente de inspiración. Quiroga "huma­nizó la selva casi tanto como selvatizó la pintura de cier­tas zonas de la realidad ciudadana de cuyo escudriña­miento extrajo cuadros de pesadilla" -dice el crítico literario Luis E. Soto (1902-1970) en "El cuento" (1959), y a través de sus cuentos "culminó en la sucinta disección de los estados de ánimo que tocan las fronteras de la subconciencia". En el Uruguay, asimismo, la narrativa criollista tuvo un gran exponente en el cuentista Yamandú Rodríguez (1891-1957).
En el Perú, Abraham Valdelomar (1888-1919) descubrió la realidad de la vida provinciana, con sus evocaciones infantiles de la vida en las aldeas costeras y Enrique López Albújar (1872-1966) consiguió agudas observaciones serranas con sus personajes indígenas y ambientes absolutamente nacio­nales. De este modo descentralizaron la obra narrativa, llevándola desde los límites de la urbe principal hasta las fronteras del país, con­tando la vida de cada región nacional.
En Chile, el máximo representante del criollismo, con hondo fer­vor regionalista, fue Mariano Latorre (1886-1955), quien describió la vida del suelo chileno, documentando las características vitales de cada región. En Venezuela, inició la corriente criollista Luis Manuel Urbaneja (1873-1937) que hizo del ambiente campesino la esencia de sus obras narrativas y Rómulo Gallegos (1884-1969) conjugó en su producción narrati­va el impresionismo artístico (here­dado del modernismo) y el realismo descriptivo (here­dado del naturalismo). En la República Dominicana, Sócrates Nolasco (1884-1980) cultivó el cuento criollista, detallando costumbres rurales y mostrando la idiosincrasia de su pueblo.
Con el correr del siglo XX, con la influencia de la no­velística rusa experta en psicologías atormentadas, el criollismo maduró en nuevas formas narrativas orientadas a un compromiso de tipo social. En este aspecto sobresalieron los chilenos Luis Durand (1895-1954) y Manuel Rojas (1896-1973), quienes revolucionaron las formas narrativas al dejar atrás el realismo tradicional del naturalismo y el criollismo en boga, y cambiar las estructuras y el lenguaje de los personajes.
El cuento boliviano, también exhibió esa conjunción armónica entre el hombre y el paisaje, con enfoques bien definidos según sus regiones terri­toriales. Así, Hugo Blym (1910) abordó el drama campe­sino del altiplano; Man Césped (1874-1932), hizo lo propio con la región del valle, y Alfredo Flores (1887-1987) sobresalió en la zona del oriente tropical. Paraguay incorporó la problemática campesina a partir de Natalicio González (1897-1966) y Carlos Zubizarreta (1904-1972), los que retrataron al campesino no como individuo sino como héroe de masas. En todo el continente americano, las grandes masas de campesi­nos, mineros y pescadores proporcionaron material literario para el desarrollo del cuento.
Este nuevo realismo adentrado tanto en la tierra como en la ciudad, es el de los narradores del grupo argentino de Boedo y de las crea­ciones de Benito Lynch (1880-1951), de Guillermo Guerre­ro Estrella (1891-1944) y de Atilio Chiappori (1880-1947). Es también el estilo del uruguayo Felisberto Hernández (1902-1964), del dominicano Juan Bosch (1909-2001), del guatemalteco Mario Monteforte Toledo (1911-2003) y del peruano José Diez Canseco (1904-1949).
Dos hechos históricos -la Revolución Mexicana (1910-1920) y la Guerra del Chaco (1932-1935)- generaron en el ámbito literario una cuentística especial. En México, Martín Luis Guzmán (1887-1976), Rafael Muñoz (1899-1972) y Francisco Rojas González (1904-1951); en Bolivia, Augusto Céspe­des (1904-1997), y en Paraguay, Arnaldo Valdovinos (1908-1991), iniciaron un compromiso político que más tarde siguieron numerosos cuentistas de toda Latinoamérica, orientados hacia la denuncia, la literatura de protesta y la difusión de ideolo­gías políticas.
Simultáneamente y a partir del modernismo, supe­rado el criollismo, se formó la corriente denomina­da fantástica, una forma encarada por numerosos cuentistas del continente americano, que tiene como gran maestro a Jorge Luis Borges (1899-1986) que inauguró un nuevo universo poético en la historia del cuento. Los integrantes del grupo de Florida Adolfo Bioy Casares (1914-1999) y Enrique Anderson Imbert (1910-2000) fueron los cultivadores, en principio, de la literatura fantástica argentina. Luego Julio Cortázar (1914-1984) y Marco Denevi (1922-1998) fueron óptimos representantes de esta nueva perspectiva narrativa. En México, Juan José Arreola (1918-2001) y Fernando Benítez (1912-2000) revelaron en sus cuentos una aguda sensibilidad poética que les per­mitió trastocar el orden de lo real con sus ficciones, lo mismo que el guatemalteco Miguel Angel Asturias (1899-1974) y el cubano Alejo Carpentier (1904-1980), quienes partiendo desde el camino de la fantasía penetraron la realidad circundante y dieron lugar al nacimiento del realismo.