18 de agosto de 2008

El día que Chaplin se puso serio

Nueve años -de 1914 a 1922- le bastaron al joven actor inglés Charles Chaplin (1889-1977) para triunfar en el naciente mundo del cine nortea­mericano. En ese lapso rodó setenta y dos films (cuyo metraje no llegó a superar, cada uno, los cuatro rollos) que lo catapultaron al pináculo de una fama innegable. Más allá de las fronteras de Hollywood, su figura in­confundible era reconocida en las capitales, ciudades y pueblos de todos los países que no escatimaban risas y aplausos para el hombre­cito de la galera, el bas­tón y un estra­falario caminar.
Charlot -o Carlitos, según la región- integró, junto con los otros monstruos sa­grados del cine mudo, Douglas Fairbanks (1883-1939), Mary Pickford (1892-1979) y David Wark Griffith (1875-1948), una entidad in­dependiente: la "United Artists". Para esta compañía, en 1923 decidió llevar adelante un pro­yecto que daba vueltas por su cabeza desde tiem­po atrás. Según su cos­tumbre, preparó el argu­mento, dio los toques necesarios a la produc­ción, tomando también a su cargo la dirección, pe­ro se mantuvo fuera del foco lumínico, salvo en una fugaz escena de escasa duración en la que interpreta a un cartero del que no se ve el rostro. La película, para la que Chaplin descontaba una masiva aceptación del público de sus otros films, se tituló definitiva­mente, "A woman of Pa­ris" (Una mujer de París), e incluía en los roles centrales a la "partenaire" favorita del gran bu­fo, Edna Purviance (1895-1958), jun­to al simpático villano Adolphe Menjou (1890-1963) y el ga­lán Carl Miller (1893-1979).
En prin­cipio, Chaplin la tituló "The public opinion" (La opinión pública), con cierto sabor ácrata, pero los integrantes de la "United Artists" y los productores lo disuadie­ron, no fuera cosa que se ofendieran las buenas conciencias de la nación ejemplo de todas las democracias, y se adoptó finalmente el título conoci­do. "Una mujer de París" alcanzó ocho rollos de extensión, exactamente el doble de "The pilgrim" (El peregrino), su film anterior, que ha­bía barrido con los cálculos de taquilla, la noche del 25 de febrero de 1923. Hombre obsti­nado, Chaplin mantuvo su opinión contra la de colegas y amigos que dudaban de esa nueva película dramática di­rigida por él, pero con la notable ausencia de Carlitos, su otro yo, su alma.
El argumento de "Una mujer de París" narraba un melodra­ma de amor frustrado. Ante la incomprensión de sus respectivas familias, una pareja de jóvenes enamorados -habitantes de una pequeña aldea francesa- decide fugarse a París para casarse. La súbita enfermedad del padre del novio impide que él acuda a la estación de tren el día de la partida. Ella, que desconoce los motivos de su ausencia, parte a París sin su prometido. Un año después, se ha convertido en la amante de un hombre rico, un galán apuesto y con todos los recursos de los villanos del cine.

Eventualmente, el antiguo novio -que finalmente pudo viajar a París- se encuentra con ella en una fiesta, en donde le cuenta que su padre murió impidiéndole emprender el viaje y le confiesa la persistencia de su amor por ella. Sin embargo ella lo rechaza. Más tarde, al escuchar una conversación de su amante y la madre de éste, descubre que ella no es más que un pasatiempo ocasional y, arrepentida, regresa al campo. Allí se entera que su novio se ha suicidado. La desesperada heroína vivirá entonces con la madre de él, cuidando huérfanos para intentar pagar de alguna forma su culpa. La película de Chaplin denunciaba la hipocresía y los prejuicios morales de la época, algo intolerable para quienes, escandalizados, vieron derrumbarse los valores tradicionales en la supuesta inmoralidad del argumento. A pesar de aquella escena memorable en la estación del ferrocarril en la que las luces de los vagones proyectadas sobre el rostro de ella sustituyeron al auténtico tren (un efecto que desde entonces se convirtió en un uso común en el cine), para el director fue su película maldita. Dejando de lado sus viejos "gags", sin persecusiones, ni tortas de crema a la cara, con­tra viento y marea, Chaplin la estrenó el 1 de octu­bre de 1923.Pero la historia del séptimo arte no olvidó el traspié del creador de tantos éxitos en la década precedente, como tampoco él pudo hacerlo. Para Chaplin significó una severa decepción económica. Edna Purviance no volvió a sus papeles pre­vios y sólo actuó en ro­les de extra en dos films de Chaplin que nunca dejó de pagarle lo estipu­lado por sus primeros contratos hasta que falle­ció en 1958. Distinta fue la suerte de Adolphe Menjou, que se vio cata­pultado a sucesivos papeles de villano no sólo durante el período del cine mudo sino también del sonoro y finalmente, en algunas series para te­levisión.