25 de septiembre de 2008

Darwin o la evolución de la felicidad

A pesar de haber revolucionado al mundo como pocos hombres lo consiguieron, Charles Darwin (1809-1882) jamás creyó que lo suyo fuese para tanto: ni valoró en exceso los méritos de su momumental libro "The origin of species" (El origen de las especies) que lo pondría a la altura de científicos como Nicolás Copérnico (1473-1543) e Isaac Newton (1643-1727), ni creyó haber dado una estocada mortal a Dios. En cambio, se mostró sorprendido por el éxito cosechado y se limitó a perseguir ese estado tan valioso que, según él mismo afirmaba, tanto beneficia a la evolución: la felicidad.
En su libro "Autobiography" (Autobiografía, 1876), explicó: "Este libro (El origen de las especies) desde el principio disfrutó de un tremendo éxito. La primera y corta edición integrada por 2.250 ejemplares se vendió en su totalidad el mismo día de la publicación, y una segunda edición de 3.000 ejemplares poco después. Hasta la fecha se han vendido en Inglaterra 16.000 ejemplares. Puede considerarse una gran venta. Ha sido traducido a prácticamente todos los idiomas europeos, incluso a lenguas como el español, el bohemio, el polaco y el ruso. También ha sido traducido al japonés y es objeto allí de numerosos estudios. ¡Incluso ha aparecido un ensayo en hebreo sobre el libro, en el que se demuestra que la teoría estaba ya presente en el Antiguo Testamento! Las reseñas fueron asimismo muy numerosas. Durante un tiempo coleccioné todo lo que aparecía sobre él y sobre mis libros relacionados: la cantidad asciende (excluyendo reseñas en periódicos) a 275, pero al cabo de un tiempo dejé correr el intento, desesperado. Han aparecido posteriormente muchos ensayos y libros; y en Alemania aparece cada uno o dos años un catálogo o bibliografía sobre el tema. No me cabe duda de que, en conjunto, mi obra se ha visto alabada con exceso".
Más adelante, Darwin dice con humildad: "Mis costumbres son metódicas, lo que ha resultado muy útil para mi línea de trabajo en concreto. Además, he tenido la gran suerte de no tener que ganarme el pan. Incluso la enfermedad, pese a haber aniquilado varios años de mi vida, me ha evitado las distracciones de la vida social y la diversión. Por lo tanto, mi éxito como hombre de ciencia, haya sido el que haya sido, ha venido determinado, según puedo entender, por unas cualidades y condiciones mentales complejas y variadas. De entre ellas, las más importantes han sido el amor por la ciencia, la ilimitada paciencia para reflexionar largamente sobre cualquier tema, la laboriosidad en la observación y la recolección de datos, y una buena cantidad de inventiva así como de sentido común. Con las moderadas habilidades que poseo, resulta realmente sorprendente que haya influido de un modo tan considerable en las creencias de los científicos sobre algunos importantes puntos".
A la hora de hablar sobre Darwin, grandes personalidades de la historia dejaron constancia de la admiración y el respeto que el científico británico había despertado en ellos. Así por ejemplo, el filósofo y economista alemán Karl Marx (1818-1883) comentó en 1861: "El libro de Darwin es muy importante y me sirve de base en ciencias naturales para la lucha de clases en la historia. Desde luego que uno tiene que aguantar el crudo método inglés de desarrollo. A pesar de todas las deficiencias, no sólo se da aquí por primera vez el golpe de gracia a la teología en las ciencias naturales sino que también se explica empíricamente su significado racional".
Cuando Darwin falleció, el pedagogo y ex presidente de la Argentina, Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888) declaró: "He sido invitado por el Círculo Médico para dar en su nombre testimonio solemne de respeto y admiración a uno de los más grandes pensadores contemporáneos, al observador más profundo, al innovador más reflexivo y tranquilo, al más humilde y honrado expositor, y para decirlo todo, a Darwin, muerto a la edad de setenta y tres años de la vida más laboriosa, dotando a la ciencia de libros cada vez más profundos, como si temiera llevarse consigo el secreto de sus últimos estudios, no obstante dejar el siglo lleno de su nombre".
Por su parte, científicos evolucionistas del siglo XX también dijeron lo suyo. El mundialmente reconocido biólogo alemán Ernst Mayr (1904-2005) explicó en "Populations, species and evolution" (Poblaciones, especies y evolución, 1970): "Darwin movió las bases del pensamiento occidental y desafió ciertas ideas mundialmente aceptadas. Sin embargo, la importancia de sus logros fue gradualmente reconocida. Hasta hace cincuenta años, el nombre de Darwin no se destacaba mucho; nadie lo leía. A pesar de la ignorancia de la mayoría, ahora es un boom. Cada vez más personas desean saber qué es lo que Darwin realmente dijo".


Stephen Jay Gould (1941-2002), célebre biólogo y paleontólogo estadounidense dijo en "Ever since Darwin" (Desde Darwin, 1977): "Una famosa historia victoriana informa de la reacción de una dama aristocrática a la principal herejía de su época: 'Confiemos en que lo que dice el señor Darwin no sea cierto; pero, si es verdad, confiemos en que no se sepa de manera general'. Los profesores continúan relatando esta historia como una humillación hilarante de los delirios de clase. Sin embargo, deberíamos rehabilitar a aquella dama como una aguda analista social y, al menos, como una profetisa menor. Porque lo que el señor Darwin dijo es, efectivamente, cierto".
En el mismo sentido se expresó el etólogo británico Richard Dawkins (1941) en "The extended phonotype" (El fenotipo extendido, 1982): "Los organismos vivientes han existido sobre la Tierra, sin nunca saber por qué, durante más de tres mil millones de años, antes de que la verdad, al fin, fuese comprendida por uno de ellos. Un hombre llamado Charles Darwin. Para ser justos debemos señalar que otros percibieron indicios de la verdad, pero fue Darwin quien formuló una relación coherente y valedera de por qué existimos".
Asimismo, el filósofo estadounidense Daniel Dennett (1942), que en algunos aspectos está enfrentado a Gould, reconoció no obstante en "Darwin's dangerous idea" (La peligrosa idea de Darwin, 1996): "Casi nadie es indiferente a Darwin, y nadie debería serlo. La teoría de Darwin es una teoría científica, pero no sólo eso. Los creacionistas que se oponen tan amargamente tienen razón en una cosa: la peligrosa idea de Darwin penetra más profundamente en el entramado de nuestras creencias fundamentales de lo que muchos de sus refinados apologistas han admitido hasta ahora".Naturalmente, el darwinismo generó un grave problema a los fervorosos y testarudos afiliados a la derecha religiosa, quienes -sin que se les mueva un músculo de la cara- afirman que los seres vivos son demasiado complejos como para haberse creado por los mecanismos evolutivos propuestos por Darwin, por lo que sugieren la inevitabilidad de la existencia de un diseñador inteligente. Los creacionistas -así se autodenominan los miembros de esta secta- también afirman que el planeta Tierra tiene sólo seis mil años y fue creado por Dios en seis días; que Noé trasladó en su arca a los dinosaurios, los que no se extinguieron hasta hace poco y es posible que haya algunos vivos; y que las razas del mundo son el resultado de la Torre de Babel. Lo más grave de todo esto es que, semejantes disparates son avalados por el 42% de la población estadounidense.
A propósito de esto -y como una acotación al margen-, es recomendable la lectura de "A history of the world in 10½ chapters" (Una historia del mundo en 10 capítulos y medio, 1997) del novelista británico Julian Barnes (1946), quien en la primera parte de su libro traza con fina ironía una visión de la historia del arca de Noé desde el punto de vista de una carcoma, un insecto de la familia de los coleópteros que vive en las grietas superficiales de la madera, dañándola del mismo modo que otros insectos de aspecto humano -muy ornamentados ellos- dañan a la inteligencia.
Como asegura el matemático argentino Leonardo Moledo (1947) en su breve ensayo "Papá mono" (2006): "Ni la Iglesia Católica ni los reaccionarios creacionistas norteamericanos se equivocan: el darwinismo le da a la religión una estocada mortal". No en vano se pretendió en Estados Unidos eliminar de los libros de texto escolares las teorías evolucionistas para sustituirlas por la pseudo ciencia creacionista.
El propio Darwin se mostraba cuidadoso por el odio oscurantista proveniente de la religión que su obra pudiese despertar. En otro pasaje de su "Autobiografía" afirmó: "Debo decir que la imposibilidad de concebir que este grandioso y maravilloso universo surgiera por casualidad, me parece el principal argumento en defensa de la existencia de Dios. Pero nunca he sido capaz de determinar si este argumento tiene validez real. En mis fluctuaciones más extremas, nunca he sido un ateo en el sentido de negar la existencia de un dios. Creo que, en general, pero no siempre, agnóstico sería la descripción más correcta de mi estado mental. La ciencia no tiene nada que ver con Jesucristo, excepto en la medida en que la costumbre de la investigación científica hace al hombre cauteloso en lo que a admitir la evidencia se refiere".
Está claro que Darwin siguió puntillosamente los consejos de su amigo, el abogado y geólogo Charles Lyell (1797-1875), quien le había advertido encarecidamente que se cuidara de involucrarse en controversias, ya que éstas rara vez servían de nada y provocaban una triste pérdida de tiempo y humor. Sobre todo teniendo en cuenta los nefastos antecedentes de la Iglesia Católica en cuanto a su tradicional postura ante la ciencia.
Darwin era un científico feliz y siempre creyó que su teoría contribuiría a cimentar la felicidad como un valor biológico superior al sufrimiento. Para él, la proclividad a la felicidad era la mejor manera de favorecer la evolución del hombre. A pesar de los fundamentalismos religiosos...