19 de septiembre de 2008

Walter Benjamin, el nexo entre Potemkin y Kafka

Aunque no haya alcanzado la fama pública tan ampliamente como otros de los miembros de la llamada Frankfurter Schule (Escuela de Frankfurt), como por ejemplo Max Horkheimer (1895-1973), Herbert Marcuse (1898-1979), Erich Fromm (1900-1980) o Theodor Adorno (1903-1969), el filósofo y crítico literario Walter Benjamin (1892-1940) ha sido quizá el más influyente de los miembros de ese grupo de por sí decisivo en la historia del pensamiento europeo. Es probable que la vida de Benjamin, relativamente breve y poco llamativa en lo exterior, haya contribuido a este desconocimiento que, sin embargo, empezó a disiparse gracias a la obra de editores e investigadores de distintos países del mundo a partir de la conmemoración del centenario de su nacimiento.
Conocida es la evolución del pensamiento del filósofo alemán. En su juventud se sintió atraído por las experiencias místicas y la reflexión religiosa, sin duda bajo la gravitación de su raigambre judía. De la década de 1920 data su acercamiento al materialismo histórico, que no habría de abandonar hasta su muerte, aunque en realidad ocupó un lugar secundario en sus mejores obras. La verdadera importancia de su pensamiento reside, probablemente, en la agudeza con que trató un múltiple abanico de temas estéticos y literarios, adelantándose a los críticos y sociólogos de la cultura que sólo tiempo después de su muerte, comenzaron a interrelacionar los distintos campos de la actividad cultural.
Con un enorme talento, Benjamin analizó lúcidamente desde la obra de Johann W. Von Goethe (1749-1832), Charles Baudelaire (1821-1867), Marcel Proust (1871-1922) y Franz Kafka (1883-1924), hasta la mitología del cine mudo y la extraña gloria de Charles Chaplin (1889-1977), pasando por los alcances de la novela policial, la música de Jacques Offenbach (1819-1880), los versos infantiles y la tarea de los traductores.
Uno de sus más célebres ensayos está dedicado a la obra de Kafka. En su introducción, Benjamin se refiere al caso de Grigori Potemkin (1739-1791), canciller y amante de la emperatriz Catalina II de Rusia (1729-1796), y lo hace en estos términos: "Se cuenta: Potemkin sufría de depresiones recurrentes, a intervalos regulares, durante las cuales nadie se le podía acercar, y la entrada a su estancia se hallaba severamente prohibida. En la corte no se hablaba nunca de esta enfermedad, sobre todo porque se sabía que cualquier comentario sobre ella desagradaba a la emperatriz Catalina. Una de estas depresiones del canciller duró en forma particular. Provocó serios inconvenientes: en los despachos se acumulaban documentos que no podían seguir su curso sin la firma de Potemkin y respecto a los cuales la emperatriz reclamaba decisiones. Los altos funcionarios no sabían qué hacer. En estas circunstancias, el pequeño e insignificante copista Shuvalkin llegó por azar a las antecámaras ministeriales donde los consejeros se hallaban reunidos como de costumbre, para llorar y lamentarse. "¿Qué ocurre, excelencias? ¿En qué puedo servir a vuestras excelencias?", preguntó el solícito Shuvalkin. Le explicaron la situación, lamentándose de no poder valerse de sus servicios. "Si es sólo eso, mis señores -respondió Shuvalkin-, les ruego que me den los documentos". Los consejeros, que no tenían nada que perder, accedieron a su pedido, y Shuvalkin, con el fajo de documentos bajo el brazo, se dirigió a través de galerías y corredores hasta el dormitorio de Potemkin. Sin llamar a la puerta ni detenerse, puso la mano en el picaporte. El cuarto no estaba cerrado. En la penumbra, Potemkin se hallaba sentado en la cama, envuelto en una bata gastada, royéndose las uñas. Shuvalkin se acercó al escritorio, mojó la pluma en el tintero y, sin decir palabra, tomó un documento al azar, lo colocó sobre las rodillas de Potemkin y le puso la lapicera en la mano. Tras echar una mirada ausente al intruso, Potemkin firmó como en un sueño; luego firmó otro documento y luego todos. Cuando tuvo en la mano el último documento, Shuvalkin se alejó sin ceremonias, tal como había llegado, con su dossier bajo el brazo. Con los documentos en alto, en un gesto de triunfo, Shuvalkin entró en la antecámara. Los consejeros se le precipitaron al encuentro, sacándole los papeles de las manos. Conteniendo la respiración, se inclinaron sobre los documentos; ninguno dijo una palabra; permanecieron como petrificados. Nuevamente Shuvalkin se acercó a ellos, nuevamente se informó con solicitud de la causa de su consternación. Entonces también sus ojos vieron la firma. Un documento tras otro estaba firmado: Shuvalkin, Shuvalkin, Shuvalkin...".


"Esta historia -continúa Benjamin- es como un heraldo que anuncia con dos siglos de anticipación la obra de Kafka. El enigma que en ella se encuentra es el mismo de Kafka. El mundo de las cancillerías y de las oficinas, de los cuartos oscuros, gastados y húmedos, es el mundo de Kafka...". Indudablemente, Benjamin propone con este texto una perfecta metáfora del sombrío sendero que transitan los personajes kafkianos, y una certera alusión a nuestra civilización dominada por la técnica y la burocracia.
El filósofo se suicidó en la frontera española el 27 de de setiembre de 1940, frente a la amenaza de ser entregado a las tropas nazis que terminaban de ocupar Francia, marcando de ese modo su definitiva disconformidad ante un mundo cuyo derrumbe presentía. Sin embargo, el mundo no se ha derrumbado aún, y las obras de Benjamin pasaron a constituirse en uno de sus productos más prestigiosos, sobre todo su "Geschichtsphilosophische thesen" (Tesis sobre la filosofía de la Historia).