23 de enero de 2008

Arthur Schopenhauer: el dolor de la existencia y el cansancio de vivir

Nacido en Danzig el 22 de febrero de 1788 en el seno de una familia adinerada, su padre no le permitió a Arthur Scho­penhauer acceder a una formación clásico-humanista, pues quería que se dedicara al comercio. Por ese motivo, el futuro filósofo tuvo la posibilidad de viajar entre 1800 y 1805 por Euro­pa (Bohemia, Holanda, Inglaterra, Francia, Sui­za, Austria, Silesia y Prusia), realizando negocios para aquél.
Durante esos años escribió un diario en el que ya se manifestaba su actitud "pesimista" ante la vida. Sólo la muerte de su padre en 1805 le permitió finalmente entregarse al estudio del latín y del griego y, en 1809, la mayoría de edad le hizo acceder a la herencia paterna, de cuyas rentas pudo vivir cómodamente toda su vida. Ese mismo año se matriculó en medicina en la Universidad de Gotinga, donde estudió también filosofía, especialmente el pensamiento de Aristocles Podros -Platón- (427 a.C.-347 a.C.) y de Immanuel Kant (1724-1804), sus dos grandes inspiradores. De 1811 a 1813 residió en Berlín, donde se sintió decepcionado por las enseñanzas de los filósofos alemanes Johann Fichte (1762-1814) y Friedrich Schleiermacher (1768-1834).
En 1814 se doctoró en la Universidad de Jena con su tesis "Über die vierfache wurzel des satzes vom zureichenden grunde" (La cuádruple raíz del princi­pio de razón suficiente). Allí entró en contacto con Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832) y experimentó la seducción de la antigua filosofía hindú, una seducción que no iba a durar mucho tiempo lo mismo que su amistad con el autor de "Werther".
Desde 1814 a 1818 residió en Dresden y en 1815 publicó "Über das sehn und die farben" (Sobre la visión y los colores) -una obra en la que quedó expuesto su distanciamiento de Goethe- y comenzó la elaboración de su obra cumbre: "Die welt als wille und vorstellung" (El mundo como voluntad y representa­ción), que se publicaría en 1819. Cuando ésto ocurrió, resultó un fracaso económico y no suscitó ningún eco en los ámbitos académicos.
Luego de un viaje por Italia, Schopenhauer comenzó a dictar clases en marzo de 1820 en la Univer­sidad de Berlín, en donde intentó competir y suplantar a quien era por entonces el filósofo oficial de la nación y gozaba de una inmensa popularidad: Georg W.F. Hegel (1770-1831), pero no consiguió su propósito. Su fugaz paso por los claustros duró sólo seis meses.
En 1831, huyendo de una epidemia de cólera -que ese mismo año se cobró la vida de Hegel- Schopenhauer se radicó en Frankfurt, donde llevó una vida apacible y recluida durante los últimos 28 años de su vida, sumergido en las ideas del teólogo dominico, místico y filósofo ecléctico alemán Meister Eckhart (1260-1328) y del teósofo y místico alemán Jakob Boehme (1575-1624).
Tras instalarse definitivamente en esta ciudad, en 1836 publicó "Ueber den willen in der natur" (Sobre la voluntad en la naturale­za) y en 1841 "Die beiden grundprobleme der ethik" (Los dos problemas fundamentales de la ética). Allí, a orillas del rio Main, el filósofo tenía su casa y en sus aguas solía bañarse tanto en invierno como en verano. Ya por entonces, Schopenhauer era un hombre de vida taciturna y desolada, y según Bertand Russell (1872-1970) "incapaz, por temperamento, de ser feliz, y, por consiguiente, declaró que la felicidad era inalcanzable". De este modo vivió esporádicos amores libertinos y culposos con sirvientas y prostitutas, manifestando su misoginia y su condena del amor y del sexo. Estas experiencias serían recogidas en pequeñas publicaciones editadas muchos años después de su muerte con los nombres de "El amor, las mujeres y la muerte" y "Eudemonología. Aforismos sobre la felicidad en la vida" en las que destilaba amargura y desazón.
En 1844 apareció la segunda edición- ampliada- de "El mundo como voluntad y repre­sentación", la que siguió sin despertar una amplia repercusión, pero empezó a influir en un pequeño núcleo de entusiastas seguidores de sus obras, y un año más tarde comenzó a trabajar en "Parerga und paralipomena" (Parerga y paralipómena). Du­rante las jornadas revolucionarias de 1848 en Frankfurt, Schopenhauer adoptó una actitud contrarrevolucionaria militante y recién con la publicación en 1851 de "Parerga y paralipómena" -una colección de ensayos y aforismos- se convirtió en famoso y reconocido.
La segunda edición, en 1854, de "Sobre la voluntad en la naturaleza" le permitió a Schopenhauer -que se sentía victima de una campaña contra su obra-, exclamar: "Ha empezado a leérseme y ya no se dejará de hacerlo. Se les ha agotado el recurso, habiéndoseles delatado el secreto; el público me ha descubierto. Grande es, pero impotente, el resquemor de los profesores de filosofía, pues una vez agotado aquel recurso, único, eficaz y con éxito aplicado por tanto tiempo, no hay ya ladridos que puedan impedir la eficacia de mi palabra, siendo en vano que digan esto el uno y el otro aquello. Harto han hecho con lograr que se haya ido a la tumba la generación contemporánea de mi filosofía, sin enterarse de ésta. No era, sin embargo, más que una dila­ción; el tiempo ha cumplido, como siempre, su palabra".
Notable fue también la influencia ejercida por Schopenhauer sobre el compositor alemán Richard Wagner (1813-1883), quien leía con desagrado a Hegel, con dificultad a Kant y con pasión a Ludwig Feuerbach (1804-1872). Pero sin duda el gran cambio en el pensamiento de Wagner vino de la lectura, de la aportación intelectual que recibió de Schopenhauer en 1854, hecho que él mismo reconoció reiteradamente y sin recato llamando en adelante a Schopenhauer "nuestro filósofo" y manifestando su admiración y respeto absoluto por su pensamiento. "¡Parece un gato salvaje!" dijo Wagner para describir al filósofo, a quien invitó a su casa de Zurich y al que dedicó "El anillo de los nibelungos". Como muchos artistas, Wagner se sintió arreba­tado por la doctrina de Schopenhauer, que, según su propia expresión, fue para el músico "un verda­dero regalo del cielo".
En 1859 apareció la tercera edición de "El mun­do como voluntad y representación" y, un año más tarde, el 21 de septiembre de 1860, falleció en Frankfurt como consecuencia de un paro cardiorrespiratorio. Desde ese momento no dejó de crecer la influencia de su filosofía, de la que dijo el escritor alemán Thomas Mann (1875-1955): "es una filosofía eminentemente artística, más aún, la filosofía por excelencia de los artistas". Esa influencia puede rastrearse con facilidad en Sigmund Freud (1856-1939), Friedrich Nietzsche (1844-1900), Emile Cioran (1911-1995) y Jorge Luis Borges (1899-1986) entre muchos otros.
Para Schopenhauer, el último peldaño en el camino hacia la libe­ración era la contemplación ascética y la renuncia del mundo. Como dijo Thomas Mann hablando de Schopenhauer, "el asceta renuncia a dar satisfacción al sexo: su castidad es el signo de que, al quedar abolida la vida del cuerpo, queda abolida también la voluntad".
Según Schopenhauer, la tragedia de la vida surge de la naturaleza de la voluntad, que incita al individuo sin cesar hacia la consecución de metas sucesivas, ninguna de las cuales puede proporcionar satisfacción permanente a la actividad infinita de la fuerza de la vida, o voluntad. Así, la voluntad lleva a la persona al dolor y al sufrimiento; a un ciclo sin fin de nacimiento, muerte y renacimiento, y la actividad de la voluntad sólo puede ser llevada a un fin a través de una actitud de renuncia, en la que la razón gobierne la voluntad hasta el punto que cese de esforzarse.
El pesimismo del filósofo no sólo se remitió a las mujeres, el matrimonio, la política y la moral; también la emprendió contra su pueblo de origen. Así, poco antes de su muerte escribió en "Dolores del mundo": "En previsión de mi muerte, hago esta confesión: desprecio a la nación alemana a causa de su necedad infinita y me avergüenzo de pertenecer a ella". Lapidario.

20 de enero de 2008

Ambrose Bierce o cómo salir de la mierda y entrar en la leyenda

Una sórdida y extraña aureola envolvió a Ambrose Gwinet Bierce desde la cuna. Nació el 24 de junio de 1842 en una cabaña de Horse Cave Creek, en el condado de Meigs, Ohio, Estados Unidos, en un hogar de agricultores sin for­tuna y con trece hijos, de los cuales Ambrose terminó siendo el menor. Marcus Aurelius, el padre, fue un hombre de carácter apocado y calvi­nista fervoroso, que vivió bajo el doble sometimien­to de su mujer y de su religión. Más propenso a sumirse en apacibles lecturas -la Biblia y Lord Byron, por ejemplo- que a prodigarse en las tareas de la tierra, poco hizo para que su familia no viviera agobiada por la precariedad. Excéntrico como pocos, dio a todos sus hijos nombres que comen­zaban con la letra A: Abigail, Amelia, Ann, Addison, Aurelius, Augustus, Almeda, Andrew, Albert, Ambrose, Arthur, y las gemelas Aurelia y Adelia, éstos tres últimos muertos en la infancia.
En Laura Sherwood, la madre, recayó la responsabilidad de gobernar el hogar, una tarea que realizó a conciencia, con una biblia en una mano y un látigo en la otra. La atmósfera en casa de los Bierce parece haber sido un magnífico estímulo para que germinara en Ambrose un odio visceral por todos los suyos, con la sola e inexplicable excepción de su hermano Albert a quien había cortado un pie jugando con un hacha siendo ambos pequeños. Otro hermano se rebeló contra la tiranía doméstica imperante y escapado del hogar terminó como actor y forzudo en un circo. Una hermana, por su parte, viajó como misionera al Africa en donde tuvo un final drástico dentro del vientre de algunos caníbales.
En su niñez, Ambrose Bierce ya había leído a Homero en la traducción al inglés del notable poeta Alexander Pope (1688-1744) y años más tarde reconocería que debía a los libros de su padre sus ambiciones literarias. En aquel complicado entorno lleno de represiones y prejuicios, el pequeño Ambrose fue fraguando un difícil y retorcido carácter que plasmaría en sus obras con un mundo muy próximo al de Edgar Allan Poe.

Su familia se trasladó en 1846 al norte de Indiana. Con el consentimiento de sus padres -sólo tenía nueve años- se instaló en la casa de un imprentero, en donde trabajó ocho años. Allí se editaba el periódico local "The Northern Indiana", que defendía la abolición de la esclavitud.
Para entender psicológicamente al muchacho de quin­ce años que fue Bierce, basta con mencionar lo que él mismo consideró como su primer asunto amoroso cuando confesó las relaciones que por entonces tuvo con una mujer de amplia cultura y aún físicamente atractiva a pesar de su edad: tenía poco más de setenta años. Esto, naturalmente, generó un verdadero escándalo que lo obligó a alejarse del diario. Aconsejada por un tío paterno, Lucius Verus Bierce (quien años antes había dirigido una expedición de aventureros al Canadá para ayudar a los indígenas a liberarse del yugo británico) su familia lo mandó al Kentucky Military Institute, en donde permaneció por un período más o menos corto hasta que uno de sus compañeros prendió fuego a los edificios, lo que causó la clausura del instituto.
Regresó a Indiana y trabajó primero en la granja de sus padres, luego como albañil y después de camarero y mozo en un salón de marinos. Cuando estalló la Guerra de Secesión, se alistó como voluntario en el bando unionista del norte, en donde actuó primero como oficial topógrafo y después pasó al estado mayor. Intervino en varias contiendas: la Batalla de Shiloh -entre los ríos Owl Creek y Tennessee, en la que se inspiraría para escribir una de sus más famosas historias de soldados, "An ocurrence at Owl Creek Bridge" (El incidente del Puente del Búho)-, en el sitio de Corinth y en las batallas de Stone River, Chickamauga, Chattanooga y Missionary Ridge. La batalla de Chickamauga, en la que resultó vencido el ejercito unionista, fue fuente de inspiración para su historia "Chickamauga".
Su hermano Albert -que se había hecho jesuita- lo cuidó durante febrero de 1864, ya que había sido herido en la cabeza en ocasión de la batalla de Kenesay Mountain. Se reincorporó al ejército en septiembre, pero como la herida le producía desvanecimientos, tuvo que dejar su puesto en la infantería y pasó a hacerse cargo de la administración de los bienes abandonados y capturados en Selma, Alabama. La última batalla en la que participó fue la de Franklin, Tennessee, que recordaría años más tarde en su cuento "The Major’s Tale" (La historia del Mayor), de carácter autobiográfico.
Resignó su puesto militar el 10 de enero de 1865, aunque no fue licenciado hasta abril del mismo año. Para entonces el ejército unionista ya había ganado la guerra. Bierce siguió trabajando en Selma como administrador del algodón que se le confiscaba a los confederados vencidos y allí conoció la brutalidad de los funcionarios políticos que se enriquecían con lo que incautaban. Molesto por la corrupción, renunció al cargo y se tomó unas vacaciones en Nueva Orleans, desde donde partió hacia Panamá. Allí escribió su primer cuaderno de notas ilustrado.
Cuando la guerra terminó, Bierce tenía veinticuatro años y su es­píritu estaba indeleblemente marcado por la sordidez de su infancia y por el horror de la guerra. Desde entonces, en todos sus pasos, en cada uno de los días que le quedaban por vivir, se pudo palpar el influjo de este período de su existencia.
Cuando regresó de Centroamérica, en septiembre de 1865, el general William Hazen (1830-1887), brigadier general durante la guerra civil, lo invitó a participar como ingeniero topógrafo en una expedición contra los indios Sioux. Deseoso de aventuras, Bierce aceptó reincoporarse a la milicia y partió en julio de 1866 hacia Omaha, previa visita a sus padres. Este trabajo le permitió recopilar un cuaderno de notas e ilustraciones titulado "A.G. Bierce. Route maps of a journey from Fort Laramie (Dakota territory) to Fort Benton (Montana territory), 1866". Este cuaderno fue publicado en San Francisco diez años más tarde.
Abandonó la expedición el 4 de abril de 1867 y el 22 de junio obtuvo el grado de Mayor. Sin embargo, atraído por la actividad cultural de San Francisco, decidió trasladarse allí y buscar trabajo. Pronto consiguió empleo como sereno en la Casa de la Moneda, un trabajo que le dejaba mucho tiempo libre que aprovechó para comenzar su carrera de escritor autodidacta. El ambiente del San Francisco de postguerra ofrecía un círculo cultural bastante amplio: se encontraban allí Mark Twain (1835-1910), Francis Bret Harte (1837-1902), Joaquin Miller (1841-1913) y algunos otros escritores de renombre. Al tiempo comenzó a colaborar en los periódicos "The Argonaut", "The News Letters" y "The Californian" en donde publicó un ensayo sobre el sufragio de la mujer y dos poemas anodinos titulados "Basilica" y "A mistery" (años más tarde él mismo declararía: "cuando tenía veinticinco años llegué a la conclusión de que no había nacido para poeta. Fue el momento más doloroso de mi vida").
El 12 diciembre de 1868 fue nombrado redactor del "Town Crier", en donde escribían los humoristas más famosos de San Francisco. El feminismo, el clericalismo, los funcionarios del estado y el sistema de educación fueron el centro de sus punzantes artículos. Sus ataques llegaron a ser tan virulentos que se lo consideró "el hombre más perverso de San Francisco". A pesar de todo, Bierce -dueño de una personalidad atrayente y un aspecto elegante- se convirtió en una celebridad y se lo invitaba a todas las reuniones sociales. Así, se mezcló en la vida política local -aunque sin tomar partido por nadie, sino más bien irritando a todos- y trabó amistad con Mark Twain, quien como él se dedicaba al ejercicio del periodismo ríspido. Entre enero y junio de 1871, bajo el seudónimo de "Ursus" publicó varios artículos en "The Overland Montly", haciendo alusiones a Platón, Voltaire, Coleridge, Bacon, Novalis y Ruskin, influído por sus lecturas del momento.
Poco después, debido a su condición de asmático, decidió pasar unas vacaciones en San Rafael, un sitio de veraneo en donde se relacionó con Ellen Day, conocida con el nombre familiar de Mollie, una mestiza chiricaua, hija de un rico minero. Se casó con ella el día de Navidad de 1871 y por un tiempo se quedaron a vivir en esa ciudad. Cuando sus suegros les regalan un viaje a Londres, publicó su última nota en el "Town Crier" el 9 de marzo de 1872 y partieron hacia las islas británicas. Dieciocho años duró su matrimonio con Mollie; dieciocho años en los cuales gozaron con frecuencia y generosidad de días próspe­ros y colmados de fama, pero nunca de armonía y menos aún de dicha.
Londres era por aquellos tiempos el sueño de todo escritor norteamericano. Años más tarde, Bierce describiría su estancia en Londres como la época más feliz y fructífera de su vida. Admiraba -según sus propias palabras- un "sistema en que la mayoría de puestos públicos, políticos y profesionales, civiles y militares, eclesiásticos y seculares, los ocupaban hombres educados, es decir, de facultades mentales desarrolladas y juicio disciplinado, lo que no puede ser del todo erróneo". Pronto consiguió trabajo en la revista "Fun" y se le encargó una columna titulada "The pasing showman" para el semanario "Figaro". Enviaba también artículos al "Alta California" sobre los acontecimientos del momento en Inglaterra y los lugares turísticos que visitaba. Entre julio de 1872 y marzo de 1873 publicó en "Fun" una serie de artículos periodísticos titulados "Fables of Zambri the Parsee, as translated by Dod Grille".
A finales de junio de 1873, Hoten -un editor a quien Mark Twain había calificado de "pirata"- le sugirió publicar formalmente su obra. El resultado fue la aparición de "Fiend’s delight" (Las delicias del diablo) a mediados de 1873. La editorial Chatto & Windus publicó, ese mismo año, su segundo libro: "Nuggest and dust" (Pepitas y polvo de oro) y en 1874 apareció "Cobwebs from an empty skull" (Telarañas de una calavera vacía) por el sello Routledge & Sons. Bierce posteriormente despreció estos tres primeros libros y no quiso que se volvieran a publicar. Había en ellos errores gramaticales y de estilo. En Londres fue donde se difundió el mote por el cual más tarde se lo conocería en todo el mundo: "Bitter Bierce" (Bierce el amargo).
Con el periodismo y la literatura obtuvo dinero, notoriedad, consideración y respeto, poco más o menos todo lo necesario como para que cual­quier hombre pudiese echar las bases de una vida no demasiado desgraciada. Pero para él las cosas sucedían de otra manera y nada de esto pudo disipar el hastío y la amargura que de tan lejos venían acompañándolo con indefectible fidelidad.
La niebla de Londres no le sentaba muy bien a su asma, por lo que decidió, junto a su esposa, mudarse a Bristol, donde el clima de campo le era más beneficioso. Allí nació su primer hijo, Day, en diciembre de 1872. En la primavera de 1874 se mudó, luego de haber pasado por unas cuantas ciudades, a Leamington, Warwickshire, en donde nació su hijo Leigh, en abril de 1874. En abril de 1875, su esposa decidió volver a Norteamérica con sus hijos. Bierce, ignorando que se hallaba embarazada, esperaba que volvieran unos meses más adelante, de modo que se instaló en Londres en forma provisoria. Cuando advirtió que ella no volvía, Bierce regresó a Estados Unidos el 25 de septiembre de 1875. El 30 de octubre nació su hija Helen. Bierce se encontraba ahora con tres hijos y sin trabajo.
Tuvo que esperar algo más de un año -mientras su padre moría en febrero de 1876-, hasta que el 25 de marzo de 1877 inició su columna en la revista "Argonaut". En junio de ese mismo año, publicó con el fotógrafo William Rulofson (1826-1878) el libro "The dance of death" (El baile de la muerte), un libro que causó fascinación y del que se vendieron 18.000 ejemplares. Ese mismo año fue nombrado director asociado del "Argonaut".
Durante esta época se le presentó la oportunidad más importante de su carrera periodística: William Randolph Hearst (1863-1951), que había comprado el "The San Francisco Examiner" (un periódico que su padre -George Hearst- había ganado en un juego de pócker), llamó a Bierce para ofrecerle la incorporación a su planta. Allí publicó su primer artículo el 27 de marzo de 1878 que le proporcionó fama y lo convirtió en el escritor más importante de la costa oeste. Era considerado y respetado, pero el hastío de su vida conyugal nada feliz y la monotonía de la rutina diaria corroían su espíritu; además, en mayo de 1878, murió su madre, la que ya hacía mucho tiempo había abandonado a su marido y había huído con un pistolero de caravanas.
A finales de 1879, con sus sarcásticos comentarios en el "Argonaut", su fama e ingenio le dieron al periódico la mayor distribución de la costa oeste. A pesar de ello, en 1880 se trasladó a Rockerville, South Dakota, para administrar un yacimiento de oro de la compañía Black Hills Placer Mining. El escritor y biógrafo Paul Fatout (1897-1982), dijo que "Bierce fue el mejor administrador y minero que tuvo esa compañía". Sin embargo abandonó el empleo y, en enero de 1881, volvió con su familia a instalarse en San Francisco, pero no consiguió reanudar su trabajo en Argonaut. En marzo comenzó a trabajar en el semanario "Wasp", en donde escribió una nueva sección titulada "The Wasp's Book of Wisdom" compuesta de epigramas y aforismos e inició "The devil dictionary" (El diccionario del diablo), una idea sobre la cual ya había trabajado muchos años bajo el título "The cynic's word book". A mediados de 1886, "Wasp" cambió de dueño y Bierce se quedó nuevamente sin empleo. A partir de 1887, la vida de Bierce se desenvolvió entre desastres personales y triunfos literarios. Entre los desastres, cabe destacar su mala salud, la separación de su esposa y la muerte de su hijo Day. En 1888 descubrió unas cartas que un pretendiente danés le enviaba a Mollie. Esto fue suficiente para que Bierce abandonara el hogar sin más explicación que la que dio años más tarde: "No me ha gustado nunca competir, ni siquiera por el favor de una mujer". Su hijo Day murió en un duelo en julio de 1889. Sin embargo, el impacto de la muerte y su propia soledad activaron su capacidad creadora: de esta época son varios de sus cuentos mejor logrados.
En 1895 empezó a escribir para el "New York Journal". Después de haber vivido un tiempo en New York, en noviembre de 1896 volvió a instalarse en San Francisco, en donde permaneció hasta 1899 trabajando para el mismo periódico. Al tiempo que prosperaba su carrera periodística, aumentaba su producción literaria. En 1890 publicó un volumen de relatos titulado "Tales of soldiers an civilians" (Cuentos de soldados y civiles). El editor Andrew Chatto (1840-1913) le compró los derechos para la edición inglesa y lo publicó el 28 de enero de 1892, aunque la edición norteamericana llevaba fecha de 1891. El libro tuvo una muy buena recepción en ambos países. Mientras corría 1890, el periodista y escritor Gustav Adolph Danziger, conocido por el nombre literario de Adolphe De Castro (1823-1898), le propuso una adaptación de un relato del alemán Richard Voss (1851-1918) a partir de una traducción suya. El libro se publicó finalmente con el título "The monk and the hangman's daughter (El monje y la hija del verdugo). Antes de aceptar el encargo, Bierce exigió entera libertad e independencia respecto al autor y traductor y, finalmente, redactó la versión definitiva de la novela que fue publicada en 1892 por F.J. Schultz & Company de Chicago. Desafortunadamente, la editorial quebró y ninguno de los dos cobró sus derechos.
La siguiente publicación, la de "Can such things be?" (¿Pueden suceder tales cosas?, 1893) fue también un fracaso económico. El título estaba basado en un pasaje de Macbeth citado años antes en "Nuggets and dust": "Can such things be / and overcome us like a summer's cloud / without our special wonder?". Luego de una nueva edición en 1898 -revisada y ampliada- de "Tales of soldiers an civilians" con la que obtuvo algún dinero, su hijo Leigh le consiguió un contrato para publicar "Fantastic fables" (Fábulas fantásticas, 1899). El 12 de diciembre de ese año, Bierce dejó San Francisco para irse a vivir al este, donde pasó los últimos trece años de su vida.
En 1900 se casó su hijo Leigh quien, como su padre, también sufría de los bronquios y el 31 de marzo de 1901 murió de una pulmonía en Nueva York. A su vez, su hija Helen que había venido de Los Angeles, enfermó de tifus y tuvo que ser hospitalizada durante ocho semanas. Durante este tiempo se le acentuaron los problemas de asma e inclusive se le acrecentaron con la muerte de Mollie ocurrida el 27 de abril de 1905. Su estado de salud era precario, pero seguía escribiendo para el "New York Journal", el "New York American" y el "The San Francisco Examiner". En 1906 renunció a estas publicaciones por una pelea que tuvo con Hearst, aunque siguió escribiendo para "Cosmopolitan", que pertenecía al mismo dueño.
En Washington se hizo socio del Army & Navy Club en el que pasaba largas horas jugando al billar. Uno de sus amigos, el editor periodístico Silas Orrin Howes (1867-1918), recopiló y editó una colección de ensayos de Bierce bajo el título "The shadow on the dial" (La sombra sobre la esfera), libro que fue publicado en San Francisco en 1909. Unos años antes, en 1906, otro editor, Walter Neale (1886-1926) le había sugerido la publicación de sus obras completas mediante suscripción. La idea de la suscripción no le interesó mucho a Bierce, pero sí ver toda su obra reunida. Aceptó y desde 1909 hasta 1912 trabajó incansablemente en sus escritos. Una vez terminadas sus "Collected Works" (Obras completas), Ambrose Bierce se despidió de la literatura para siempre. Tenía setenta años y estaba harto, así que planeó irse a México a reunirse con el revolucionario Pancho Villa (1878-1923).
De allí en más, todo lo que se sabe de él es por medio de documentos o cartas a familiares y amigos. Le cedió a su hija Helen los derechos de su tumba en un cementerio de California, una prueba de que ya no pensaba volver, como lo confirma una carta del 16 de agosto de 1913 en la que le dice: "Bah, debe ser horrible morir entre sábanas y si Dios quiere a mí no me ocurrirá".
En una carta a su amiga Nelly Sicler dejó pruebas aún más significativas: "Mi plan, si es que lo tengo, es el de ir por México a uno de los puertos del Pacífico; ésto si consigo pasar sin que me lleven al paredón y me fusilen por norteamericano". Su biógrafo Chistiane Lesparre cita en "L'impossible Monsieur Bierce" de 1981, otra carta donde se lee: "Si ustedes escuchan decir que yo fui puesto ante un muro de piedras mexicano y fusilado, sepan que yo considero esto como la mejor forma de abandonar esta mierda". La carta termina: "La entrada de un gringo a México, ah! es como la eutanasia!".A través de sus cartas se pueden seguir sus pasos hasta 1913. Salió de Washington el 2 de octubre de 1913. Visitó los sitios donde había luchado en la guerra civil. Llegó a Nueva Orleans, donde dijo en una entrevista que había dejado de escribir y que se marchaba hacia Sudamérica. Pasó por San Antonio y de allí a Laredo. Siguió luego a El Paso, para después entrar en Juárez, la ciudad que Pancho Villa había tomado el 15 de noviembre. Con él y su ejército se dirigió a Chihuahua. A la edad de setenta y un años, envió su última carta, fechada el 26 de diciembre de 1913, en donde dice que pensaba ir a Ojinaga al día siguiente. Esa ciudad fue sitiada durante diez días a partir del 1 de enero de 1914 y finalmente capturada el 11 de enero, luego de una sangrienta batalla. Los cuerpos fueron quemados en grandes pilas para evitar el peligro del tifus. Es posible que allí estuviera el de Ambrose Bierce, aunque también es posible que muriera en cualquier otro lugar debido al asma, a su edad o a cualquier otro incidente.
Su muerte está cubierta por un manto de incertidumbre. Un final inesperado, como en muchos de sus cuentos. Lesparre cuenta que el gobierno de los Estados Unidos pidió al gobierno de México un informe sobre Ambrose Bierce. "Las investigaciones fueron confiadas -continúa Lesparre- a cierto mayor Gastón Pridu que mostró su fotografía a una gran cantidad de oficiales del destacamento del ejército de Villa bajo el mando de Ortega. Uno de entre ellos, el segundo capitán Salvador Ibarra, lo identificó y recordó haberlo acompañado al destacamento de Ortega, cuando comenzó el sitio de Ojinaga". Alain Bosquet (1919-1998), otro biógrafo, dice que "el capitán Emir Holmdahl oyó decir que habían matado a un gringo viejo durante la batalla".
En cambio otros, como es el caso de James H. Wilkins (1887-1960), afirmaron que estuvo del lado de Venustiano Carranza (1859-1920), el futuro presidente de México, y que, cayendo prisionero de Villa, fue fusilado. Así como nunca sabremos la fecha exacta de su muerte, tampoco podremos conocer que fue de su vida en México.
"El sabía de antemano que su empresa era la de un so­litario -dice Bosquet en 'Ambrose Bierce, prince de l'humour noir' (Ambrose Bierce, príncipe del humor negro, 1979)-. Bierce no tiene excusa. No le busquemos una. Ninguna explicación, ni psicológi­ca, ni patológica o literaria, podría disminuir esta figura única".

La revolución científica de Isaac Newton

Cuando en 1686 Newton dio por concluido el tercer y último libro de los "Philosophiae naturalis principia mathematica" (Principios matemáticos de la filosofía natural), archivó entre sus papeles el manuscrito que había constituido la primera versión de esta última parte dedicada a la astronomía. Esta versión estaba es­crita en un lenguaje llano, no espe­cializado y Newton la desechó porque quedaba des­dibujada con respecto al rigor y a la profundidad de los dos primeros libros. Pero no se deshizo de ella y en 1728 pudo ser publicada postumamente con el título de "De mundi systemate" (El sistema del mundo), puesto que el original estaba escrito en latín.
Este pequeño tratado, desvinculado formalmente de los "Principios" y a la vez tan unido a la gestación de esta obra capital, conoció por su carácter abierto, una difu­sión considerable y contribuyó a popularizar, en mayor escala que los "Principios" -obra de difícil acceso por la complejidad de su lenguaje matemático-, las teorías de Newton, en particular la teoría de la gravitación uni­versal. Pues el estudio del movimiento de los cuerpos celestes, o el de los movimientos de la Luna con res­pecto a la Tierra y el Sol, o el fenómeno de las mareas o el de los cometas -cuestiones todas ellas tratadas en "El sistema del mundo"- tuvo en su momento el revolu­cionario efecto de unificar el movimiento de los cuer­pos celestes con el de los cuerpos terrestres bajo un mismo sistema: el de un universo dinámico regido por la ley de la gravitación. "El sistema del mundo" contribuyó además, desde su publicación, a terminar de derribar el sistema ideado por Klaudios Ptolemaios, Ptolomeo (85-165), el astrónomo, geógrafo y matemático greco-egipcio, que fuera la base de la astronomía medieval y renacentista.
La metodología científica utilizada, tan reveladora del pensamiento newtoniano, fue juzgada por algunos contemporáneos del au­tor, como el matemático alemán Gottfried Leibniz (1646-1716) de insuficiente por el hecho de que Newton rechazó a lo largo de su dilatada vida dedicada a la investigación, la búsqueda de una causa que explicara por qué se produce la gravitación universal. "No es licito -afirmó en una ocasión- entregarse a la ligera a sueños opuestos al conjunto de la experiencia ni dejar de lado la analogía de la naturaleza, pues ésta es simple y siem­pre concuerda consigo misma". Por el contrario, cabía buscar la formula exacta que regula la fuerza de la gravedad, extraer matemáticamente todas las consecuencias que de ella se derivan y de esa manera poder comprobar ulteriormente su veracidad o falsedad.
"De modo que hay en el pensamiento newtomano -analiza el profesor español Eloy Rada García en 'La estructura de las teorías científicas', 1983- una explícita oposición a cualquier forma de especulación filosófica y, en contrapartida, existe en su obra un sabio equilibrio entre la inducción (que permite ascender desde las leyes de Kepler hasta la ley de gravitación universal) y la deducción (que permite inferir a par­tir de aquella ley toda una serie de hechos particula­res)". Este equilibrio, que ha sido calificado de ejemplar en la historia del pensamiento científico, junto con el rechazo ya mencionado a establecer hipótesis causales de las que no es posible comprobar su veracidad o fal­sedad es, todavía hoy, algo intrínseco a las reglas del pensamiento científico. Y constituye, asimismo, un ejemplo de honestidad intelectual que es evidente, por ejemplo, en la prudencia con la que el propio Newton presentó sus concepciones sobre los átomos: "La extensión, la dureza, la impenetrabilidad, la movilidad y la fuerza de la inercia del todo nacen de la extensión, de la dureza, de la impenetrabilidad, de la movilidad y de la fuerza de inercia de las partes; de lo que se con­cluye que todas las mínimas partes de todos los cuerpos son extensas y duras, impenetrables, móviles y dotadas de la fuerza de la inercia. Y este es el fundamento de la entera filosofía". Este concepto no era aplicable a la ciencia ya que, en su época, no se había podido verificar que una par­tícula indivisible no fuera susceptible de nuevas divi­siones hasta el infinito.
En el universo newtoniano surge la idea de un arquitecto creador: "La ad­mirable organización del Sol, los planetas y los cometas sólo puede tener su origen en el designio y soberanía de un ser omnisciente y todopoderoso. Este ser infinito lo domina todo, no a modo de alma del mundo, sino como dueño del universo". También aparecen en el sistema newtoniano los conceptos de tiempo y es­pacio absolutos. "Este último -explica Rada García- permanece siempre se­mejante a sí mismo e inmóvil y, puesto que no puede limitarse, es infinito, lo cual explica la omnipresencia de Dios. Análogamente, el tiempo, que fluye continua y uni­formemente, es previo a los sucesos temporales". Sostiene Newton que "como tiempo absoluto (distinto, por cierto, del tiempo cronometrado referido a los cuerpos en movimiento) posee incluso una cierta primacía sobre el espacio, del que es cuna, pues el espacio perdura a lo largo y a través del tiempo".
"En esta filosofía de la naturale­za en la que Newton termina por colocar a un ser su­premo que regula, como un relojero, el propio mecanis­mo de relojería que ha creado -sostiene Julio Armedo San José en 'Relaciones entre ciencia, historia de la ciencia y metodología', 1993- el conocimiento que procura la física, conduce de una forma no especulativa ni intuitiva a una basamentación de la fe religiosa. Se trata, en suma, de un puente final entre religión y cien­cia que si de un lado expresa las profundas preocupa­ciones de orden teológico que inquietaron a Newton a lo largo de su vida, de otro lado asegura que el resulta­do definitivo de toda investigación científica no puede sino conducir a una confirmación de la fe, que deja de interferir el camino de la ciencia, a fin de que ésta quede liberada de cualquier prejuicio de carácter metafísico".
"La cuestión fundamental para la filosofía natural -es­cribió Newton- es la de proceder a partir de los fenó­menos sin falsas hipótesis y deducir las causas de los efectos hasta llegar a la Causa Primera, que efectiva­mente no es mecánica". De este modo, en el pensa­miento newtoniano la física permite no sólo el conoci­miento de la naturaleza sino del mismo creador, un creador que interviene de vez en cuando para restablecer alguna irregularidad surgida en el gran mecanismo del mundo.
En el mismo año de la publicación de "El sistema del mundo", apareció la versión inglesa del célebre "Elo­gio de sir Isaac Newton", de Bernard de Fontenelle (1657-1757), el escritor fran­cés que divulgó en el continente europeo el texto y permitió valorar su importancia y apreciar cómo estimaron a Newton sus contemporáneos.
Isaac Newton, nacido el 25 de diciembre de 1642, en Woolsthorpe, Lincolnshire, Inglaterra, es el heredero de una tradición científica que arranca a partir del Renacimiento, cuando se empiezan a desmantelar las concepciones del universo derivadas del aristotelismo y representa no sólo la culminación definitiva de este último siste­ma, sino que con su obra la ciencia moderna adquiere su mayoría de edad.
La gran síntesis que Newton efectuó tiene como pre­cedentes en el tiempo a Nicolaus Copérnico (1473-1543) y Johannes Kepler (1571-1630) en el cam­po de la astronomía, a Galileo Galilei (1564-1642) y Christiaan Huygens (1629-1695) en el terre­no fisicomatemático y a René Descartes (1596-1650) y Bonaventura Cavalieri (1598-1647) en el campo matemático. Es precisamente mediante las ma­temáticas -utilizadas como un poderoso instrumento hasta entonces no conocido gracias a la invención del cálculo infinitesimal- que Newton pudo trasladar las leyes del movimiento y de la gravedad inventadas por Galileo y ampliadas por Huygens al campo astronómico que había delimitado Copérnico y sistematizado mediante fórmulas generales Kepler. A esta gran síntesis, entre mecánica y astrono­mía, hay que añadir la confluencia en la obra de New­ton de dos concepciones de la naturaleza extraordina­riamente fecundas: la primera se refiere a la concepción inaugurada por Descartes y Galileo y que entiende que el libro de la naturaleza está escrito en caracteres matemáticos; la segunda se refiere a la física corpuscu­lar que se había ido esbozando en las investigaciones de Pierre Gassendi (1592-1655) y de Robert Boyle (1627-1691), la que Newton incorporará poste­riormente en su "Opticks" (Optica).
También es necesario mencionar al filósofo inglés Francis Bacon (1561-1626), sobre todo por lo que concierne a la actitud científica que él inauguró en la ciencia británica y que Newton, igualmente, heredó. "Se trata -dice Rada García en la obra citada- de la exigencia de hallar fines prácticos a la ciencia, de que la investi­gación científica, en consecuencia, acabe derivando en una real transformación del mundo".
Esta acti­tud moral de Bacon significó un aporte cultural importante en la formación de Newton lo mismo que la figura de Henry More (1614-1687) el filósofo de Cambridge que tuvo una considerable importancia en la concepción newtoniana del universo.
Newton vivió en una época de grandes avances científicos, en la que se estaba gestando una revolución científica por medio de la cual la ciencia pasa a convertirse en parte esencial de la cultura humana, lo que se aprecia con la fundación de so­ciedades científicas, particularmente la Royal Society de Londres, la más importante de ellas, de la que Newton fue miembro y presidente.
En esa época, Newton halló un medio social extraordinariamente propicio para el desarrollo científico y pudo llevar a cabo su revolucionaria obra para ser reconocido como uno de los grandes genios de la historia de la ciencia. A esta situación contribuyó, además de la citada institucionalización de la ciencia, el gran desarrollo de la manufactura y de las grandes navegaciones, que estimu­laron de forma muy directa el desarrollo científico ante la necesidad de nuevos inventos mecánicos.
Los "Principios matemáticos de la filosofía natural" -obra que ha sido comparada con "Los elementos" de Euclides (325 a.C.-265 a.C.) y con "El origen de las especies" de Charles Darwin (1809-1882), por la gran influen­cia que ha ejercido en la historia del pensamiento cien­tífico- fue muy pronto adoptada por los jóvenes cien­tíficos ingleses, que vieron en ella la fundamentación de la nueva ciencia moderna. Su obra ocupa un lugar central en la cultura europea del siglo XVIII, y no sólo en el terreno matemático y físico, sino también en el filosófico y el literario. La importancia histórica del pensamiento newtoniano fue captada de modo muy especial por François Arouet, más conocido como Voltaire (1694-1778), quien difundió en Francia los postulados newtonianos y fue a través de esta difusión que su filosofía quedó incorporada en la Ilustración francesa. Del mismo modo, su legado se admitió en la tradición filosófica europea a través de Immanuel Kant (1724-1804), pues fue partiendo del estudio de la obra de Newton que el filósofo alemán estableció sus fundamentaciones filosóficas.
Posteriormente, su influencia siguió perdurando, hasta el punto de que, como ha señalado el historiador irlandés John Desmond Bernal (1901-1971) en "Science in History" (Historia social de la ciencia, 1954) desa­lentó a muchos científicos a seguir investigando en los campos que él había trazado. De esta manera, hubo que esperar al siglo XX para que la física newtoniana, hasta entonces modelo de toda ciencia, evidenciara sus limitaciones en virtud de las aportaciones no menos re­volucionarias de Albert Einstein (1879-1955).
Isaac Newton, aquél que había nacido prematuro con sólo un kilogramo de peso y para quién su madre había pensado un destino de granjero, falleció el 20 de marzo de 1727, en Cambridge, Cambridgeshire, Inglaterra. De él dijo el matemático y físico Joseph Louis Lagrange (1736–1813): "Newton fue el más grande genio que ha existido y también el más afortunado, dado que sólo se puede encontrar una vez un sistema que rija el mundo".

19 de enero de 2008

La curiosa teoría de Thomas Malthus

Cuando apareció en 1798, el "Ensayo sobre la pobla­ción" (An essay on the principle of population) era un breve tratado de apenas ochenta páginas. No llevaba en la cubierta el nombre de su autor y de él se vendieron muy pocos ejemplares. Se trataba, más que de una obra científica, de un texto corriente dentro de la tradicional ensayística política y filosófica inglesa de la época: analizaba el vasto asunto de la felicidad de las naciones y ofrecía algunas propuestas destinadas a eliminar los obstáculos que a esa felicidad se oponen.
Las propuestas del autor de este ensayo, Thomas Robert Malthus, se ajustaban fácilmente al más amado de los principios británicos: el senti­do común. Desde esa perspectiva, se enfrentaba, de manera radical, con la ilimitada confianza que las clases ilustradas del país habían depositado en el progreso cien­tífico y tecnológico. Un representante destacado de éstas, el profesor William Paley (1743-1805), teólogo y profesor de la Universidad de Cambridge, resumía la opinión generalizada afirmando que "el número de habitantes es lo que determina el poderío y la riqueza de un Estado". Malthus, en cambio, objetaba: "El crecimiento de la población puede no ser más que el signo de una prosperidad ya pasada". Con una prosa caracterizada por la expresividad y la elegancia, Malthus razonaba más como un filósofo polí­tico que como un economista. Sólo en las ediciones posteriores del "Ensayo sobre la población" aparecieron los centenares de datos y las comprobaciones estadísticas que apoyaban ese razonamiento.
Así, en esa primera edi­ción, Malthus formulaba su célebre ley demográfica, según la cual la población, cuando no encontraba impe­dimentos legales o históricos, tendía a crecer de mane­ra geométrica, mientras los recursos de alimentos sólo crecían de manera aritmética. De ese argumento cen­tral se desprendían, además, otros que también rompían de manera abierta con los dogmas de sus connacionales. Las gue­rras -afirmaba Malthus- constituyen una de las medidas históricas capaces de paliar la tendencia a la explosión demográfica, ya que el verdadero peligro para la felicidad de las naciones no radica en las horribles ma­tanzas inherentes a toda guerra sino en el exceso de la población, capaz de conducir a la humanidad a un callejón sin salida.
Aunque el perfeccionamiento constante de las técni­cas agrícolas y la incorporación de nuevas áreas a la producción aseguren un crecimiento de los recursos ali­mentarios -continuaba Malthus- la ley de los rendimientos decrecientes indi­ca que, en un momento determinado, el costo económi­co de los productos se multiplicará y, finalmente, signi­ficará un impedimento insalvable para que la produc­ción continúe creciendo. De esta manera se desemboca en un estado en el que la existencia de alimentos no basta para cubrir las necesidades de la población cre­ciente.
Para Malthus, la ley demográfica impone su lógica sea cual sea el modo de producción y de organización social que adopte un determinado país. Esa misma ley podía explicar, por otra parte, el desarrollo y decaden­cia de los grandes imperios de la antigüedad clásica.
Por cierto, Malthus no se limitaba a diagnosticar la causa generadora de la miseria. Proponía, al mismo tiempo, una utilización racional de los medios destinados a erradicarla, como por ejemplo, la limitación voluntaria del número de na­cimientos y la imposición de métodos restrictivos para lograrla. Hasta ese momento, afirmaba el autor del "En­sayo sobre la población", las guerras, las hambrunas, las plagas y las enfermedades habían impedido en cierto modo la explosión demográfica. A las puertas del siglo XIX, debía ser la razón humana -a través de una política administrativa racional- quien se ocupara de re­chazar el fantasma de la superpoblación. El aborto, el control de la natalidad no podían ser dejados al libre albedrío de los individuos: el Estado, tanto mediante la educación como a través de medidas políticas, era en definitiva responsable.
El núcleo de la teoría estaba perfectamente determi­nado ya en la primera edición de 1798, pero Malt­hus, al calor de las discusiones que levantó su texto, se sintió en la necesidad de apoyar sus argumentaciones con una sólida y minuciosa fundamentación estadística. Así, un año más tarde, emprendió un largo viaje por Suecia, Noruega, Finlandia y parte de Rusia, en busca de documentación. El resultado de esas investigaciones se hizo visible en 1803, cuando apareció una nueva versión del ensayo. El pequeño libro aparecido cinco años antes se había transformado en un considerable tomo de casi 600 páginas, dotado de una gran cantidad de datos estadísticos y una minuciosa investigación sobre hechos históricos destinados a demostrar la tesis central.
Muchos estudiosos del tema consideraron que las ampliacio­nes introducidas por el autor no hacieron más que empa­ñar el brillo expositivo de la primera edición. Sin embargo, Malthus -tal como él mismo aseguraba- se sentía en la obligación de defender un texto que había sido redactado en el retiro rural de la casa paterna, lejos de las fuentes de documentación académicas.
En el fondo, su teoría acerca del progreso geométrico de la población contrapuesto al aumento aritmético de los recursos alimenticios, con­tenía un trasfondo pesimista porque la restricción voluntaria del índice de natalidad aparecía como un proyecto que, aunque razonable, no dejaba de ser utópico. Ni el Es­tado ni los individuos eran, en el fondo, capaces de adoptar con firmeza las medidas tendentes a asegurar la supervivencia de la especie. No se le ocultaba, por consiguiente, que las guerras, las plagas y las catástro­fes seguirían siendo, durante mucho tiempo, los únicos e involuntarios métodos de los que la humanidad disponía para graduar su propio crecimiento.
Ese es un aspecto del problema que preocupó a Malthus durante toda su vida, tal como quedó demostrado en la valiosa correspondencia que mantuvo con David Ricardo (1772-1823) y con otros economistas contempo­ráneos.
El "Ensayo sobre la población" se vendió poco, pero tuvo una enorme repercusión en los medios universita­rios de Gran Bretaña y de Estados Unidos. A partir de su publicación, aparecieron una multitud de folletos destinados a combatir o a elogiar las tesis de Malthus. Algunos fueron a su vez rebatidos por el economista, pero a la mayoría de ellos, Malthus no se dignó a contestarlos. Hasta su muerte, creyó que ese libro juvenil contenía la clave que podía explicar y combatir el flagelo de la miseria.
Junto con David Ricardo, Malthus forma parte de la escuela clásica de la ciencia económica y es un herede­ro directo de Adam Smith (1723-1790). Desde la antigüedad clási­ca, muchos autores habían señalado los peligros de la su­perpoblación, pero ninguno hasta Malthus estudió el problema de una manera sistemática. "Con Malthus -afirmó John Maynard Keynes (1883-1946)- la razón objetiva aparece en la economía, opuesta a los fantasmas del instinto, que desde el fondo de los tiempos confía en que el número asegura la pervivencia de la raza humana".
Con Malthus, a diferencia de muchos de sus predece­sores -entre los que puede mencionarse a los economistas italianos Giovanni Botero (1540-1617) y Antonio Genovesi (1713-1769), los ingleses James Steuart (1712-1780) y Joseph Townsend (1739-1816) y el francés Francois Quesnay (1694-1774)- el problema de la superpoblación abandonó la condición de pura intuición para hacerse preciso y concreto. Malthus no se contentó con señalar la naturaleza del proble­ma, sino que reclamó para la ciencia el derecho de go­bernar a los hombres, recomendando una serie de medidas preventivas contra el mal de la superpoblación.
Concretamente, el tratamiento que Malthus otorgó a los problemas de la demografía con­siguió evitar a la ciencia económica el estancamiento en que amenazaba caer, obrando como freno ante el excesivo optimismo económico imperante. "Con Malthus -dice Patricio de Azcárate Diz en 'Introducción al Primer Ensayo sobre la Población', 1983- la escuela clásica de la economía pasa a ocuparse de un problema clave: el de la miseria hu­mana. La teoría maltusiana hace que el estudio sobre los niveles de subsistencia de las clases desposeídas se convierta en un instrumento habitual de la ciencia". Si esto fue así y dado el estado en que se encuentran esas clases hoy en día, queda claro que, o bien la ciencia fracasó o bien el ensayista erró completamente sus apreciaciones.

La influencia que ejerció la teoría maltusiana fue enorme y superó lar­gamente los límites académicos para hacerse presente en la vida política. Todos los gobiernos británicos, a partir de las primeras décadas del siglo XIX, tuvieron en cuenta la teoría de Malthus y de algún modo la convirtieron en doctrina oficial cuando se trató de elaborar planes de mejoras sociales.
Pero el ensayo también le generó una multitud de enemigos. Algunos, com­prensiblemente, provenían de la Iglesia; otros, del incipiente pensamiento socialista: Charles Fourier (1772-1837), Pierre Joseph Proudhon (1809-1865), Karl Marx (1818-1883) y Friedrich Engels (1820-1895)rechazaron de plano las tesis maltusianas, afirmando que la miseria no nacía del exceso de la población, ni de la escasez de alimentos, sino de una or­ganización social basada en la propiedad privada de los medios de producción.
Incluso entre sus propios compañeros de Cambridge, y también entre sus colegas del exclusivo Jesus College, Malthus encontró críticas virulentas. El filósofo inglés Samuel Taylor Coleridge (1772-1834) calificó al "Ensayo sobre la población" de "recopilación de lu­gares comunes" y le reprochó su "verbosidad y repe­tición inútil".
La teoría maltusiana influyó de manera poderosa en Estados Unidos, donde alcanzó nuevos desarrollos y también en Alemania. Durante el siglo XIX, el maltusianismo influyó de manera poderosa a todo el pensamiento económico. Muchos de sus discípulos extremaron las previsiones antinatalistas y vieron en los anticonceptivos una especie de panacea capaz de prevenir todos los males de la sociedad. Por otra parte, el maltusianismo alcanzó también una nueva dimen­sión: la disminución voluntaria de la producción de ciertos bienes para evitar la caída de los precios en el mercado. No queda en claro que tiene que ver ésto con la lucha contra la miseria, pero efectivamente así ocurrió.
En las primeras décadas del siglo XX, el maltusianis­mo parecía ya superado como teoría económica; sin embargo, la Alemania de Adolf Hitler (1889-1945) y la Italia de Benito Mussolini (1883-1945) recurrieron a argumentos maltusianos para fijar sus po­líticas demográficas. Al mismo tiempo, algunas empresas norteamericanas llegaron a destruir bienes ya producidos, con el fin de proteger los precios; la teoría de Malthus encon­traba así su máxima expansión y sus últimos límites.
Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, el maltusianismo encontró nuevos y enérgicos partidarios en los países subdesarrollados. Estos, que tienen una alta tasa de natalidad y una crónica escasez de alimentos, se convirtieron en el nuevo escenario en que las tesis antinatalistas de Malthus fueron aplicadas tanto por los respectivos Estados como por los organismos internacionales. Renovada la polémica, los enemigos del maltusianismo levantaron como argumento el hecho de que el hambre, en los países pobres, no depende del exceso de la población, sino de un trato económico injusto por parte de los países industrializados. Esta polémica, lejos de haberse resuelto, continúa hoy -en tiempos de globalización- envuelta en los enfrentamientos tanto políticos como ideológicos de nuestra época. Thomas Robert Malthus, quien sostuvo que la solución para evitar las crisis era, entre otras, el matrimonio tardío y la continencia prematrimonial, nació en Dorking el 14 de febrero de 1766 y falleció en Bath el 23 de diciembre de 1834.

15 de enero de 2008

Alumni Athletic Club, un pionero del fútbol argentino

El 27 de julio de 1886, en el vapor británico Caxton -que había zarpado del puerto de Liverpool- un tal William Waters llegó a la Argentina trayendo las primeras pelotas de fútbol fabricadas en Inglaterra. El cargamento venía para ser entregado al señor Alexander Watson Hutton, según informaba el diario "La Nación" del día siguiente.
Este acontecimiento se convirtió en un hecho decisivo. Apenas cinco años más tarde, en 1891, se suscribió el acta de fundación de la Argentine Association Football League dirigida por una comisión que integraban los señores Rovenscraf, Arcels, Wolley, Mc Ewen, Hughes, Mc Intoch y Lamont. Bajo los auspicios de esta asociación, se organizó el primer campeonato de fútbol de la Argentina, con la participación de cinco entidades: Old Caledonians, Buenos Aires and Rosario Railways, Bue­nos Aires Football Club, Belgrano Football Club y Saint An­drews. Esta última se adjudicó el torneo y así se incorporó a la historia del fútbol argentino como la primera institución que se acreditó el máxi­mo galardón.
Ciertas desaveniencias entre los dirigentes F.L. Wooley y Watson Hutton, hicieron que durante 1892 no se disputase ningún torneo y que fuese necesario refundar la asociación, cosa que ocurrió el 21 de febrero de 1893. La nueva entidad estaba presidida por Alejandro Watson Hutton a quien secundaban B. Guy (vicepresidente), F. Webb (tesorero), A. Lamont (secretario) y C.W. Reynolds, P.L. Bridger, E. Morgan, R.W. Rudd, B.B. Syer y F. Singleton (vocales).
El reglamento aprobado establecía el juego de un torneo en el que los clubes debían jugar tres partidos: uno en su propio campo, el segundo en el del rival y el tercero en uno de ambos que resul­tase de un sorteo, para lo cual cada entidad debía abonar una cuota de 50 pesos.
En la década subsiguiente se produjo la expansión del fútbol a los barrios y los ta­lleres, lo que produjo el nacimiento de muchos clubes que aún hoy participan en los diversos campeonatos que se desarrollan en el país. Ya consolidado, el fútbol criollo engendró un mito de fugaz trayectoria por su duración, pero perdurable por su trascendencia: el equipo del Buenos Aires English High School. Se llamó Alumni y predominó en casi todos los campeonatos disputados hasta 1911.
Exactamente el 25 de febrero de 1882, el profesor escocés Alexander Watson Hutton (1853-1936) desembarcó en Buenos Aires como docente contratado por el colegio argentino St. Andrew's Scotch School, fundado y dirigido por británicos en 1838. Míster Alex -así se lo conocía- asumió el rectorado de la casa de estudios en el mes de abril de 1882 y en ella se desempeñó duran­te dos años, al cabo de los cuales renunció a su empleo para fundar el Buenos Aires English High School el 2 de febrero de 1884, como instituto para alumnos de ambos sexos, ocupando una vie­ja casona de tres patios en la calle Perú 253/57. En uno de estos patios se levantó un gimnasio. En 1886 se mudó a Montes de Oca 21 y en 1892 a la quinta Garrigós, de casi dos manzanas de extensión, situada en Santa Fe 3590 en donde disponía de una cancha de fútbol, además de un gim­nasio y comodidades para la práctica de cricket y tenis.
Para 1898, la inquietud de Watson Hutton en el sentido de complementar la educación técnico-científica con la físico-deportiva lo llevó a arrendar casi sesenta mil metros cuadrados de terreno en las proximidades de la estación ferroviaria Coghlan, en la zona norte de la ciudad de Buenos Aires. Allí se formó el club para alum­nos y ex-alumnos del colegio, que luego se convertiría en el antológico Alumni. El 3 de octubre del citado año, en de­pendencias de la Casa Suiza, se fundó el Club Atlético English High School, entidad que al año siguiente se inscribió en la segunda división de la nueva Argentine Associa­tion Football League. Este equipo concluyó el certámen en el segundo puesto, con 68 goles a favor y 9 en contra, a un punto del campeón Bánfield.
En el año 1900 el equipo superior del Club Atlético English High School recibió un no­table aporte con la incorporación de los her­manos Ernesto, Tomás y Carlos Brown, miem­bros de una familia de deportistas cuyo apellido está íntimamente ligado a las glorias futbolísticas argentinas. Y el 15 de agosto de dicho año, al triunfar sobre Quilmes por 7 a 1, el club alcanzó su primer campeonato de primera división formando con J. McKechnie; Jorge Brown y Walter Buchanan; A.A. Mack, Carlos Buchanan y Er­nesto Brown; Guillermo Jordan, Juan J. Moore, S.U. Leonard, Eugenio Moore y Heriberto Jordan.
Durante ese año, el periódico de la comunidad angloparlante de la Argentina "The Buenos Aires Herald" decidió otorgar un trofeo -el Herald Trophy- al equipo que tuviera la mayor popularidad. Para establecerlo, creó una encuesta en la que los lectores tenían que enviar un cupón indicando su equipo favorito. La votación cerró el 31 de julio y el ganador fue el English High School con 6.942 votos, seguido por Quilmes con 3.467 y Belgrano Athletic con 3.358.
La Argentine Association Football League dispuso que los equipos intervinientes en el torneo de 1901 no podían ostentar nombres de colegios, ya que esto suponía publicidad para los mismos y contradecía el espíritu de­portivo que imperaba por entonces. De continuar representando a algún colegio, los equipos debían inscribirse en la recientemente creada tercera división. Ante la disyun­tiva, un ex-alumno del colegio, Carlos Bowers (futuro fundador del Olivos Rugby Club en 1927) el equipo adoptó el nombre Alum­ni, inspirándose en las "Alumni Associations" norteamericanas (organizaciones de ex-alumnos con fines benéficos).
En 1901, año en que estrenó su nombre, Alumni conquistó invicto el campeonato, to­talizando 12 puntos con 10 goles a favor y 1 en contra, producto de 6 victorias en otros tantos encuentros. El resultado más amplio lo consiguió ante Lomas Athletic: 4 a 0, el 29 de junio, en la disputa de la Copa Competen­cia que se libraba paralelamente al certamen oficial y en la que intervenían equipos de Buenos Aires, Rosario y Montevideo.
En 1902 debutó como volante izquierdo Arnoldo Watson Hutton, hijo de Mister Alex. Alumni volvió a acreditarse el campeonato, aunque no pudo ganar la Copa Competencia. La contundencia de su juego se hizo evidente en la victoria por 10 a 0 so­bre Belgrano el 3 de agosto, precedida del triunfo por 8 a 1 ante Barracas, el 29 de junio. En este campeonato, ganó 7 de los 8 partidos con 24 goles a favor y 3 en contra, empatando el restante. En el torneo de 1903 volvió a brillar Alumni, consagrándose campeón por cuarta vez consecutiva con 9 encuentros ganados y 1 perdi­do e imponiéndose a sus rivales con grandes goleadas: 6 a 0 y 10 a 0 frente a Flores, el 3 de mayo y el 5 de julio respectivamente y 4 a 0 a Quilmes y a Bel­grano, el 10 y el 31 de mayo. En total convirtió 40 goles y sólo le hicieron 4.
En 1904 decayó un poco su eficacia y fue eliminado de la Copa Competen­cia, además de tener que conformarse con el subcampeonato detrás de Belgrano Athletic, tras ganar 5 partidos, empatar 3 y perder 2. Pero en 1905 se recuperó ganando el título de campeón en una campaña con varias goleadas: 14 a 0 a Reformer, 11 a 1 y 7 a 1 a Lomas y 5 a 1 a Belgrano. En total, ganó 10 partidos, empató 1 y perdió el restante con 43 goles a favor y 8 en contra.
La cumbre fue alcanzada en 1906, año en que la abundancia de clubes obligó a la Asociación a dividir el campeonato en dos zonas. Lo ganó Alumni al vencer en la final a Lomas Athletic por 4 a o y también lo hizo con las Copas de Honor (venciendo en la final a Nacional de Montevideo por 3 a 1 tras un empate 2 a 2) y Competencia. En la final de este úl­timo trofeo -el 30 de agosto- superó a Belgrano por 10 a 1.
Sin ninguna derrota, cerró el tricampeonato en 1907, con 76 goles a favor y 13 en contra, después de 17 partidos ganados y 3 empates. Aquí se repitieron las goleadas: 7 a 0 a Reformer y San Martín, 7 a 2 a Quilmes, 5 a 0 a Lomas Athletic, San Isidro y Barracas Athletic y 5 a 1 a Argentino de Quilmes entre otras.
En 1908 finalizó segundo, a 4 puntos de Belgrano, no obstante poseer el mejor prome­dio: 74 goles a favor y 18 en contra, en 18 partidos con 13 triunfos, 1 empate y 4 derrotas. Igualmente se sucedieron las goleadas notables: 12 a 0 a Reformer, 7 a 0 a Quilmes y Argentino de Quilmes, 6 a 0 a Porteño, aunque perdió el encuentro decisivo con su clásico rival -Belgrano- por 1 a o jugando de local. Luego llegó el segundo y último tricampeonato de su historia: 1909/10/11. Precisamente en 1909 perdió un sólo partido: el jugado contra River Plate, que recién había ascendido a los torneos de primera división y que con el correr de los años se iba a convertir en uno de los más grandes clubes del mundo. Los demás encuentros terminaron en 15 triunfos y 2 empates, totalizando 74 goles a favor y 19 en contra. También consiguió la Copa Competencia tras vencer en la final a Peñarol de Montevideo por 4 a 0.
En 1910 reiteró la hazaña, pero sin imponerse por resultados cate­góricos, tras cinco empates en 16 partidos que debió remontar -en algunos casos- con cierta dificultad. De todos modos, ganó 10 encuentros y perdió sólo 1 con San Isidro. Después, en 1911, llegó pri­mero empatando posiciones con Porteño y re­cién en el partido definitorio jugado el 26 de noviem­bre en la cancha de Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires, se consagró campeón al vencer por 2 a 1.
Debido a la incipiente irrupción de intereses económicos en el fútbol, los dirigentes de Alumni pensaron en retirarse inmediatamente después de obtener su último título. Por entonces, Ale­jandro Watson Hutton había asumido la presi­dencia de su eterno y no menos famoso rival, Belgrano Athletic, con quien Alumni, a lo largo de once años, se en­frentó en 22 partidos de cam­peonato, 1 por la Copa de Honor, 5 por la Copa Competencia y 8 amistosos. De estos 36 encuentros, ganó 23, empató 5 y perdió 8, registrando 94 goles a favor y 43 en contra. El primer encuentro tuvo lugar el 6 de junio de 1901 y el último el 9 de julio de 1911.
El fútbol argentino entraba en una nueva etapa, tras la aparición de nuevos equipos y un aumento de la competitividad que traía aparejada una mayor aspereza en el juego. Comenzaba ya un profesionalismo que se insinuaba lentamente y una necesidad de crecer que impulsaba a las instituciones a mejorar notoriamente su constitución.
Alumni no estaba convenientemente preparado. No era un club que renovaba sus filas con jugadores de otros equipos, ya que sus integrantes provenían del English High School, y el panorama del momento apuntaba a preparar jugadores que se dedicaban exclusivamente al deporte. Por otro lado, la cancha de Coghlan fue quedando chica para atraer un fútbol cada vez más importante y el club se vio obligado a alquilar otros campos de juego, como los de la Sociedad Hípica Argentina, Lanús o Ferrocarril Oeste, que sin duda originaban importantes erogaciones. Desde un principio Alumni destinaba sus recaudaciones para obras de beneficencia, mientras todas las demás instituciones lo hacían para sus propias arcas.
A pesar de todo, Alumni se inscribió para participar del torneo de 1912 pero con la intención de no presentarse a jugar los tres primeros partidos, con lo que quedaría automáticamente eliminado del campeonato y perdería su afiliación. Esto ocurrió efectivamente el 28 de abril de 1912, cuando no se presentó a jugar contra Racing por la tercera fecha.
En 1913, los pocos socios que tenía el club que más títulos había ganado en el fútbol argentino de entonces, decidieron realizar la asamblea definitiva. Fue el jueves 24 de abril. Ernesto Brown, el menor de los hermanos, en su carácter de secretario envió a los asociados la comunicación de cierre. Entre los días 18 y 24 de abril, en la sección "Sociedades y Compañías" del diario "La Nación", apareció el aviso: "Alumni A.C. cita a los señores socios a asamblea general con fecha 24 del corriente, en el local de la A.F.A., calle Maipú 131, a las 9 p.m, para tratar la disolución del club y autorizar a la C.D. para distribuir los fondos de acuerdo con el reglamento".
Jorge Brown, el último tesorero del club, comunicó ese día que el activo era de $ 12.322,29. Ocho instituciones fueron las beneficiadas por Alumni: $ 3.661,15 a las Escuelas Filantrópicas Argentinas, $ 3.661,14 al Hospital Británico, $ 1.000,00 al Patronato de la Infancia, $1.000,00 al Centro Bernardino Rivadavia, $1.000,00 a la Sociedad Popular de Educación, $1.000,00 a la Asociación Damas de la Providencia, $500,00 al Club de Gimnasia Sarmiento y $500,00 al Centro Domingo F. Sarmiento.
De esta manera terminó sus días el legendario Alumni. A lo largo de algo más de catorce años de existencia, conquistó diez veces el campeonato de Primera División, cinco veces la Copa Competencia y una la Copa de Honor. Esos pocos años le bastaron para consagrarse y entrar en la historia grande del fútbol de la Argentina.

14 de enero de 2008

Charles Darwin en Buenos Aires

El biólogo británico Charles Robert Darwin nació el 12 de febrero de 1809 y falleció el 19 de abril de 1882. Quien se haría famoso en el mundo entero tras la publicación de sus obras "On the origin of species by means of natural selection or the preservation of favoured races in the struggle for life" (El origen de las especies, 1859) y "The descent of man and selection in relation to sex" (El origen del hombre, 1871), terminó sus estudios en la Shrewsbury School y se inscribió en la Universidad de Edimburgo para estudiar medicina; pero tan sólo dos años más tarde, abandonó esa carrera y entró en la Universidad de Cambridge.
Allí, Darwin extrajo un enorme provecho de su asistencia voluntaria a las clases del botánico y entomólogo John Henslow (1796-1861), cuya amistad le reportó un beneficio inestimable ya que le proporcionó la oportunidad de embarcarse como naturalista con el capitán Robert Fitz Roy (1805-1865) y acompañarlo en el viaje alrededor del mundo que éste se proponía realizar a bordo del Beagle, un navío de la Marina Real Británica.
El 27 de diciembre de 1831, el Beagle zarpó con Darwin a bordo tras dos meses de desalentadora espera en el puerto de Plymouth, al sudoeste de Inglaterra, mientras la nave era reparada de los desperfectos ocasionados en su viaje anterior. El objetivo de la expedición dirigida por Fitz Roy era el de completar el estudio topográfico de los territorios de la Patagonia y la Tierra del Fuego, el trazado de las costas de Chile, Perú y algunas islas del Pacífico y la realización de una cadena de medidas cronométricas alrededor del mundo.El periplo, de cuatro años, nueve meses y seis días de duración, llevó a Darwin a Tenerife, las islas de Cabo Verde, la costa brasileña, Montevideo, Tierra del Fuego, Buenos Aires, Chile, Perú, islas Galápagos, Tahiti, Nueva Zelanda, Australia, Tasmania, isla de los Cocos, Mauricio, Santa Elena, Ascensión, Brasil, islas Azores e Inglaterra, realizando un recorrido de 40.000 millas. A bordo del navío, Darwin escribió cuadernos de notas y diarios personales. Su instrumental consistía en un microscopio, un martillo de geólogo, una carabina, una pistola, instrumentos de disección y taxidermia y una gran cantidad de recipientes y reactivos.A su regreso al Reino Unido el 2 de octubre de 1836, Darwin publicó "The voyage of the Beagle" (Diario del viaje del Beagle) en donde, entre otras cosas, asentó sus observaciones de las innumerables rocas y ejemplares de vegetales y animales que recolectó durante el viaje. Pero también dejó constancia de la impresión que le causaron Buenos Aires y -sobre todo- sus habitantes, tras seis meses de estadía en la capital de las Provincias Unidas del Río de la Plata: "Durante los últimos seis meses -relata Darwin- he tenido lo oportunidad de apreciar en algo la manera de ser de los habitantes de estas provincias. Los gauchos u hombres de campo son muy superiores a los que residen en las ciudades. El gaucho es invariablemente muy servicial, cortés y hospitalario. No me he encontrado con un solo ejemplo de falta de cortesía u hospitalidad. Es modesto, se respeta y respeta al país, pero es también un personaje con energía y audacia".Más adelante, Darwin se asombra: "La policía y la justicia son completamente ineficientes. Si un hombre comete un asesinato y debe ser aprehendido, quizá pueda ser encarcelado o incluso fusilado; pero si es rico y tiene amigos en los cuales confiar, nada pasará. Es curioso constatar que las personas más respetables invariablemente ayudan a escapar a un asesino. Parecen creer que el individuo cometió un delito que afecta al gobierno y no a la sociedad".
"Un viajero -prosigue Darwin- no tiene otra protección que sus armas, y es el hábito constante de llevarlas lo que principalmente impide que haya más robos". Luego advierte que: "Las clases más altas y educadas que viven en las ciudades cometen muchos otros crímenes, pero carecen de las virtudes del carácter del gaucho. Se trata de personas sensuales y disolutas que se mofan de toda religión y practican las corrupciones más groseras; su falta de principios es completa. Teniendo la oportunidad, no defraudar a un amigo es considerado un acto de debilidad; decir la verdad en circunstancias en que convendría haber mentido sería una infantil simpleza".Darwin no se guarda nada: "En la Sala de Buenos Aires no creo que haya seis hombres cuya honestidad y principios pudiesen ser de confiar. Todo funcionario público es sobornable. El jefe de Correos vende moneda falsificada. El gobernador y el primer ministro saquean abiertamente las arcas públicas. No se puede esperar justicia si hay oro de por medio. Conozco un hombre (tenía buenas razones para hacerlo) que se presentó al juez y dijo: 'Le doy doscientos pesos si arresta a tal persona ilegalmente; mi abogado me aconsejó dar este paso'. El juez sonrió en asentimiento y agradeció; antes de la noche, el hombre estaba preso".
Finalmente concluye: "Con esta extrema carencia de principios entre los dirigentes y con el país plagado de funcionarios violentos y mal pagos, tienen, sin embargo, la esperanza de que el gobierno democrático perdure. En mi opinión, antes de muchos años temblarán bajo la mano férrea de algún dictador".No. No es verdad que Darwin haya sido el personaje central de la novela que H.G. Wells escribió en 1895, "The time machine: an invention" (La máquina del tiempo), ni tampoco que haya protagonizado la serie televisiva de ciencia ficción producida por Irwin Allen entre 1966 y 1967, "The time tunnel" (El túnel del tiempo). Lo que sí es cierto es que viajó en el bergantín H.M.S. Beagle y durante seis meses permaneció en Buenos Aires.
No. No es verdad que este viaje se haya realizado en la actualidad. Y sin embargo...

13 de enero de 2008

La bohemia postimpresionista de Toulouse Lautrec

La pintura de Henri Marie Raymond de Toulouse Lautrec tuvo su momento de apogeo en la última década del siglo XIX. Nacido en Albi el 24 de noviembre de 1864, pertenecía a una de las familias más acomodadas de Francia, ya que descendía de los condes de Toulouse, que habían conquistado Jerusalén en la Pri­mera Cruzada junto a Godofredo de Bouillon (1060-1100), y eran due­ños de casi todo el sur de Francia. Su padre fue el conde Alphonse de Toulouse Lautrec Monfa, gran aficionado a la caza a caballo, que practicaba en sus dominios familia­res y además hombre algo extravagante. Su madre, la condesa Adéle Tapié de Céleyran, era persona muy culta, y pertenecía a una familia noble del sur de Francia. Ambos eran primos en primer grado. Henri de Toulouse Lautrec padecía de picnodisostosis (una enfermedad que afecta al desarrollo de los huesos) y desde sus primeros años se vio obligado a hacer curas en balnearios. Empezó con irregularidad sus estudios en París, donde, desde 1872, su familia pasaba gran parte del año. A los catorce y quince años sufrió dos caídas -debidas quizás a la flojedad de sus huesos- que le quebraron las piernas, y a consecuencia de ello quedó con una figura grotesca: un tronco desarrollado con normalidad sobre dos piernas cortísimas. Como sucede en los cuentos infantiles, el último descendiente de una estirpe de reyes fue un enano.
Desde su niñez demostró gran afición por el dibujo, especialmente de animales, por lo que sus padres le pu­sieron un profesor, Rene Princeteau (1849-1914), un especialista en escenas militares y ecuestres. Después, influido por Edgar Degas (1834-1917) y por el arte del inglés John Lewis Brown (1829-1890), se dedicó a tomar apun­tes de caballos y de escenas del turf, y se aficionó mucho a las estampas japonesas.
Más tarde, cuando hubo terminado su bachillerato, fue por breve tiempo discípulo de Léon Bonnat (1833-1922) y Fernand Cormon (1845-1924), dos pintores importantes de aquella época. Por entonces le influyeron sobre todo los ilustradores en boga, como Adolphe Willette (1857-1926) o Jean-Louis Forain (1852-1931), pero no tardó en des­cubrir con admiración a Edouard Manet (1832-1883) y, sobre todo, a Degas, una admiración que provocó en él una decidida vocación por los asuntos naturalistas y lo apartó defini­tivamente de su antiguo estilo, de formación académica.
Hacia 1882 conoció a Vincent Van Gogh (1853-1890) durante su estancia en París, y pronto instaló su propio estudio en el corazón del barrio de Montmartre. Allí, lejos de sus castillos y sus blasones aristocráticos, se dedicó a retratar la vida de París: las carreras de caballos en los hipódromos elegan­tes, las bailarinas de café-concert, el can-can del Moulin Rouge, los payasos y acróbatas de las pistas de circo y la fauna humana de los burdeles."Ese mundo turbador -explica Francesc Navarro en "Postimpresionismo y neoimpresionismo" (1995)- fue captado por Toulouse Lau­trec en lienzos admirables por su aguda percepción del movimiento, por las expresiones y efectos de luz y -sobre todo- por su grafismo nervioso, por los contornos de líneas vibrantes, aprendidos en las estampas japonesas del siglo XVIII, largamente contempladas en la trastienda del 'Pére' Tanguy, amigo de todos los pintores descono­cidos de París, a los que prestaba telas y colores cuando no tenían dinero para pagarle".
Esa influencia de las estampas japonesas, que ya había obrado antes en Degas, explica que Lautrec se sintiese atraído por los temas llenos de movimiento: carreras, music-hall, circo. Quien le introdujo en la vida nocturna de Montmartre fue el poeta y comediante Aristide Bruant (1851-1925), que Lautrec representó muchas veces con su capa de terciopelo negro, su bufanda roja y su sombrero de alas anchas. Bruant cantaba en el cabaret Le Mirliton, para el que Lautrec realizó uno de sus primeros carteles. Luego se convirtió en un asiduo del Moulin Rouge, que inmortalizó en varios cuadros y para el que realizó carteles famosos."Su mirada, siempre al acecho, descubría a las diosas del café-concert extrañamente maquilladas y con la sorprendente iluminación de abajo arriba que proyectaban las candilejas" -dijo el comerciante de arte Maurice Joyant (1866-1930) en un artículo de la época-. "Para ellas realizó una fantástica serie de carteles utilizando la litografía en colores, modalidad que revolucionó totalmente: Jane Avril alegre, con su silueta elegante y fina; Yvette Guilbert, la cantante de los largos guantes negros; May Belfort, la irlandesa que aparecía en escena perversamente vestida de bebé, con un gatito ne­gro en los brazos; la pelirroja inglesa May Milton, y tan­tas otras".Pronto colaboró, como ilustrador, en varias revistas de la época, como "L'Escaramouche", "Le Fígaro illustré" y "Le Rire". En 1895 decoró con paneles pintados sobre telas el barracón que la famosa bailarina Louise Weber (1866-1929) instaló en la Foire du Troné, los que actualmente se hallan en el Musée d'Orsay.
Después de un viaje a Londres en 1898, en ocasión de una exposición de sus obras, su salud quedó muy dañada a causa de su incansable vida nocturna y de los abusos en las bebidas alcohóli­cas, por lo que durante el año siguiente realizó una cura de desin­toxicación en una clínica especializada. Convaleciente aun, pero creyendo recu­perada su salud, se trasladó a Le Havre, donde realizó uno de sus últimos retratos: "Miss Dolly", una ca­marera inglesa del café-concert "Le Star", para quien pintó una tela maravillosa.En 1901, habiendo reincidido en la bebida, sufrió un ataque de parálisis y se hizo transportar al lado de su ma­dre en el castillo de Malromé (Gironda), donde murió el 9 de septiembre a la edad de treinta y siete años. Con su figura de enano, su mirada llena de ternura y su ironía siempre vigilante, Lautrec -pese a su corta vida- creó para siempre un mito aún hoy deslumbrante: el del París de fin de siglo.

11 de enero de 2008

Salud cultural o salud financiera, ésa es la cuestión

En el muy prestigioso periódico financiero neoyorquino "The Wall Street Journal" -que desde 1889 es el medio gráfico emblemático en materia de prensa económica- apareció hacia fines del año 2007 una nota en la que un cronista especializado expresa su preocupación por la actual marcha de la economía mundial.
Dice allí que a los inversionistas les gustaría que las actuales turbulencias financieras no fueran más que una repetición de la cri­sis informática del año 2000, aquella por la que inversionistas y ban­queros se preocuparon ante la posibilidad de que las computadoras dejaran de funcionar en el momento en que llegara el nuevo año, por lo que acumularon grandes cantida­des de efectivo. En aquel entonces, los bancos centrales tuvieron que inyectar fondos a los mercados para impedir un congelamiento del sistema financiero hasta que, en la madrugada del 1 de ene­ro de 2000, el tema perdió importancia.
La historia se está repitiendo en la actualidad, aunque ahora los bancos acumulan efectivo para apuntalar sus balances y cuadrar sus cuentas. Los bancos centrales han vuelto a inyec­tar enormes cantidades de dinero para que los mercados sigan funcionando. Por esa razón, los inversionistas esperan que los paralelos continúen y los mercados vuelvan a la normalidad. El riesgo es que mientras toda esta situación se decanta, la economía mundial en general y la estadounidense en particular, entre en recesión.Hay cuatro áreas en las cuales los in­versionistas concentran habitualmente su atención en busca de señales de un deterioro o una mejora de los mercados. La primera de ellas es la di­ferencia entre las tasas de referencia de los bancos centrales y las tasas que los bancos cobran por prestarse dinero entre sí. Mientras mayor es la diferencia ("spread" en la jerga financiera) mayor es la renuencia de los bancos a prestar­se entre ellos. Habitualmente, cuando esa diferencia se amplía, tanto el Banco Central Europeo como la Reserva Federal de Estados Unidos suelen inyectar enormes cantidades de dinero para conservar la "salud" del sistema.
El segundo factor a tener en cuenta son -precisamente- los bancos centra­les, en cuanto a si éstos renuevan o no los créditos a corto plazo. Es corriente que, para evitar trastornos, esos créditos se mantengan el tiempo que sea necesario para aliviar las presiones en los mercados de financiamiento de corto plazo.
Otro aspecto a considerar son los papeles comerciales (los respaldados por hipotecas, por ejemplo), que constituyen el mercado de deuda de muy corto plazo. Cuando este mercado se reduce, a menudo los bancos se ven obligados a comprar los papeles, lo que les da otro motivo para acu­mular efectivo. Por último, está el tema de las ganancias. Cuando los bancos empiezan a divulgar los resultados de sus balances, las cifras son seguidas con suma atención por los inversionistas y si éstas no son todo lo buenas que se esperaba, las turbulencias en el sistema financiero se hacen sentir con mayor intensidad.
Según los analistas económicos del FMI, el crecimiento mundial conserva el vigor a pesar de las crisis, y se cree que los grandes bancos disponen de capital suficiente para absorber las pérdidas. Aun así, existe una cierta desaceleración en la economía global y se augura que las implicaciones de este periodo de convulsión serán importantes y profundas, sin entrar en más detalles.
El filósofo francés Blaise Pascal (1623-1662) escribió en sus "Pensées" (Pensamientos), obra publicada póstumamente en 1670: "Nuestros sentidos no perciben nada en extremo. Demasiado ruido nos ensordece. Demasiada luz nos deslumbra. Las cantidades extremas son nuestras enemigas. Ya no sentimos, sufrimos".
El dinero penetra en todo el mundo, esta es una realidad contemporánea sofocante. El dinero ha sido siempre una parte importante de las culturas pero hoy se ha convertido en el medio principal por el que se organiza la vida de los individuos. En Estados Unidos -cabeza indiscutible del sistema financiero mundial- existe una especie de puritanismo, por el que la gente cree que el dinero es sucio a la vez que está interesada en ganarlo. Esta cultura norteamericana está gobernando el mundo, tanto por su poder militar como por el financiero. Muchas culturas están perdiendo ciertos valores porque se ven obligadas a jugar este juego. La gran dificultad para esos países consiste en cómo mantener su propia identidad sin perderla por participar de ese juego globalizador. Por otro lado, si lo que hace Estados Unidos lo dejase de hacer hoy, mañana lo haría -por ejemplo- China.
El tiempo real parece ser el marcado por el dichoso mercado. François Marie Arouet "Voltaire" (1694-1778) el notable filósofo francés, afirmaba en su "Dictionnaire philosophique" (Diccionario filosófico, 1764) que: "en los siglos XIII, XIV y XV, Roma era la que disponía de más dinero contante y sonante, porque era la que cobraba de todo el mundo católico. En dichos siglos la Europa en masa enviaba su dinero a la corte romana a cambio de rosarios benditos, indulgencias, dispensas, confirmaciones, exenciones y bendiciones. Los venecianos no vendían nada de todo eso, pero comerciaban con todo el Occidente fundamentalmente con la pimienta y la canela. El dinero que no iba a parar a Roma, lo recogían los venecianos, ganando también algo los toscanos y los genoveses. Los demás reinos eran pobres en dinero contante".
Ya se sabe como terminó el imperio Romano en 1453. Si bien nadie puede asegurar nada, es bastante cierto que la historia suele repetirse. En 1852, Karl Marx (1818-1883) escribió "Der achtzehnte Brumaire des Luis Bonaparte" (El 18 Brumario de Luis Bonaparte) en cuyo encabezamiento dice así: "Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa".
Hoy, cuando parece que el objetivo de la política económica debe ser el de asegurar las ganancias en los mercados financieros bajo el supuesto de que la economía real podría colapsar como producto de la crisis, los antiguos objetivos clásicos -el crecimiento y la distribución del ingreso- se han convertido en meras variables de ajuste para preservar la confianza de los inversores. Lo evidente y preocupante es que la economía real está generando niveles de exclusión cada vez mayores que parecen difíciles de compatibilizar no ya con el objetivo de la equidad social sino con el de construir una sociedad pacífica e integrada a nivel mundial. Dicho de otro modo, la crisis crea un problema nuevo para un sector importante de la sociedad, pero, para otro, lo que hace es agudizar un problema ya existente antes de la crisis. La sociedad mundial globalizada está frente a un desafío sobre el que no parece haber demasiada conciencia: la distribución de ingresos a nivel mundial es cada vez más regresiva y millones de personas quedan cada vez más desprotegidas, cuando no excluidas, frente a las necesidades básicas de subsistencia. La problemática del empleo, por su parte, se ha hecho insoluble en términos tradicionales, mientras los cuantiosos excedentes que genera la economía mundial y que aceleran su concentración, se vuelcan en un mercado financiero que crea ganancias para pocos durante algún tiempo y pérdidas para casi todos en un lapso mucho más corto y, sin duda, mucho más dramático.
Wilhelm Reich (1897-1957), aquel médico austríaco discípulo de Sigmund Freud (1856-1939), que terminó sus días en manos del sádico senador Joseph McCarthy (1908-1957) y sus sicarios dijo en una oportunidad: "Hacer del dinero el contenido y el objeto de la vida contradice todo sentimiento natural. Yo estaba convencido de que la felicidad cultural en general, y la felicidad sexual en particular, constituían el contenido mismo de la vida y debían ser la finalidad de toda empresa social práctica. Todo el mundo me contradecía". Medio siglo después, se lo sigue contradiciendo. Así están las cosas.