28 de febrero de 2008

Francis Scott Fitzgerald, en algún lugar del paraíso

Cuando finalizó la Primera Guerra Mundial, surgió en Es­tados Unidos un conjunto de narradores desilusionados y rebeldes, fuertemente individualistas y tan apasiona­dos y desenfrenados que la escritora estadounidense Gertrude Stein (1874-1946), quien residía en Francia desde 1903, los denominó "la generación perdida".
Gertrude Stein causó un gran impacto en la cultura del siglo XX, tanto por su personalidad como por su papel de mecenas de las artes y su propia producción literaria. En su casa parisina se reunían con frecuencia Ernest Hemingway (1899-1961), Sherwood Anderson (1876-1941), Thornton Wilder (1897-1975), John Dos Passos (1896-1970), Ezra Pound (1885-1972), Erskine Caldwell (1903-1987), William Faulkner (1897-1962), John Steinbeck (1902-1968), Ring Lardner (1885-1933), Nathanael West (1903-1940), James M. Cain (1892-1977) y Horace McCoy (1897-1955). Casi nada...
También acudía un joven de modales ampulosos y refinados de quien Hemingway dijo en "A moveable feast" (París era una fiesta, 1964): "Su talento era tan natural como el dibujo que forma el polvillo en un ala de mariposa. Hubo un tiempo en que él no se entendía a sí mismo co­mo no se entiende la mariposa, y no se daba cuenta cuando su talento estaba magullado o estropeado. Más tarde tomó conciencia de sus vulneradas alas y de cómo estaban hechas, y aprendió a pensar pero no supo ya vo­lar, porque había perdido el amor al vuelo y no sabía hacer más que recordar los tiempos en que volaba sin esfuerzo".
Se refería -claro está- a Francis Scott Fitzgerald, quien había nacido en Saint Paul, Minnesota, en el oeste medio norteamericano, el 24 de septiembre de 1896, en una familia de ascendencia irlandesa. Gracias a la ayuda económica de una tía pudo ir a estudiar a Princeton. Entre tanto la Primera Guerra Mundial iba, lenta y agotadoramente, finalizando. En el otoño de 1917, como segundo teniente en el Ejército Re­gular, hizo entrenamiento militar y, mientras escribía los fines de semana, sirvió como ayudante de campo en Alabama. Y entonces sucedió que un día, en un baile en Montgomery, se enamoró de la hija de un juez, Zelda Sayre, "la chica más linda de Alabama y Georgia" que tenía 18 años. Se comprometió con ella pero el casamiento no se haría hasta que Scott contara con los recursos imprescindibles para mantenerla.
Relevado de sus obligaciones militares, se fue a New York a buscar trabajo. Mientras se mantenía preca­riamente con el magro sueldo de una agencia de publi­cidad, en 1918 ofreció a la editorial "Charles Scribner's Sons" su primera novela, "The romantic egoist" (El egoísta romántico), que fue rechazada. Así también sucedió con los cuentos que enviaba a las revistas. Aun tratando de ahorrar dinero, no lograba progresar, por eso, previsoramente, Zelda rompió el compromiso. "Fitz­gerald pidió prestado a sus compañeros de estudio -dice la ensayista argentina Susana Cella en "Nota preliminar a algunas historias de la era del jazz" (1994)-, estu­vo borracho tres semanas y luego se fue a su ciudad natal para reescribir la despreciada novela de un hombre muy joven, hecha de materiales muy heterogéneos, pero unificados por una voz muy particular, una voz que representaba la de su generación".

La novela, ahora con el nombre de "This side of paradise" (A este lado del paraíso), fue publicada el 26 de marzo de 1920 y se convirtió en una de las más vendidas de ese año. Inmediatamente revistas como "Saturday Evening Post", "Collier's Magazine" y "Esquire" demostraron un creciente interés por publicar los cuentos de Scott y se los pagaron muy bien.
Este temprano éxito estuvo en directa relación con las expectativas, modos de actuar y proyectos de los jóve­nes de entonces. "Tanto se conjugaba el mundo imagina­rio que Scott desplegaba en sus historias con lo que el pú­blico sentía y esperaba -continúa Cella- que el mismo Scott comenzó a creer que en realidad tenía la cualidad de representarlos y aun de fijar parámetros de conducta". Años después, el propio Scott recordaría que seguía agradecido a aquella época porque "lo aburrió, lo halagó y le dio más dinero del que jamás había soñado, simplemente por decirle a la gente lo que sentía". Por fin se casó con Zelda en New York, el 3 de abril de 1920, en la rec­toría de la Catedral de Saint Patrick. Comenzaba una nue­va era y el matrimonio Fitzgerald -una sureña y un na­cido en el medio oeste- entraban en ella juntos, al prin­cipio muy felices. Tuvieron una hija, Frances nacida en octubre de 1921. Posterior­mente las insatisfacciones y desequilibrios psíquicos de Zelda, junto con las difíciles relaciones familiares, con­vertirían ese tiempo de éxito brillante en un profundo po­zo de angustias y desesperación. Pero, por los años veinte, Norteamérica estaba, para Scott, en medio de una brillante juerga, por lo que había mucho para contar de esa aven­tura histórica. Así, apareció una nueva moral, fruto de las transformaciones económicas y sociales. El tradicional puritanismo perdía poco a poco su posición dominante. La ética de la producción con su valorización del aho­rro y la privación a fin de acumular más capital para nuevas empresas, cedió paso a la ética del consumo que se necesitaba para expandir el mercado. La sociedad de­jaba atrás sus tradiciones inglesas o escocesas mientras los hijos de los inmigrantes más recientes iban tomando posiciones en la vida nacional. Por otra parte, el país perdió definitivamente todo carácter rural para ser esen­cialmente urbano y New York se convirtió en la ciudad más importante. En "Some sort of epic grandeur" (Alguna clase de grandeza épica, 1981), el documentalista y ensayista Matthew Bruccoli (1931) dice que "el principal interés de la generación de Fitzgerald no estaba en las luchas por las reivindicaciones sociales ni en la política nacional o internacional. Lo que aparecía con fuerza era la separación total respecto de la genera­ción anterior. La vieja división entre liberales y conserva­dores importaba mucho menos que la de jóvenes y viejos. Los mayores estaban desacreditados por la guerra, la prohibición, los escándalos. Los jóvenes querían estable­cer sus propios parámetros de vida, donde el placer ocu­paba un lugar fundamental. Hacían del hecho de decir la verdad una especie de principio básico, que podía excusar cualquier conducta, es decir, preferían la más cruel u obscena verdad a la hipocresía". En sus relatos, Fitzgerald acentuó las capacidades individuales y el sentido de la oportunidad, y sus historias tenían que ver con el modo en que los persona­jes triunfaban o fracasaban -a veces, contradictoria­mente, las dos cosas- en el mundo, con sus amores o sus desajustes en medio de la vida. Su siguiente libro, "The beautiful and damned" (Hermosos y malditos, 1922), fue una novela de costumbres que narró las ansiedades y las disipaciones de una pareja de ricos. No resultó tan popular como la primera, pero sus relatos tuvieron un gran éxito y con ellos pagó su estilo de vida extravagante y lujoso con su esposa. De los más de 150 cuentos que escribió, escogió 46 para reunirlos en cuatro libros: "Flappers and philosophers" (Jovencitas y filósofos, 1920), "Tales of the Jazz age" (Cuentos de la era del jazz, 1922), "All the sad young men" (Todos los hombres tristes, 1926) y "Taps at reveille" (Toque de diana, 1935). En 1924 los Fitzgerald dejaron su casa de Long Island y se mudaron a la Riviera francesa; no volvieron de forma permanente hasta 1931. En cinco meses terminó "The great Gatsby" (El gran Gatsby, 1925), una fábula sensible y satírica sobre la persecución del éxito y el colapso del "sueño americano". Aunque está considerada como su obra maestra, se vendió mal, acelerando así la desintegración de su vida personal. A pesar del deslizamiento de Zelda hacia la locura (estuvo hospitalizada periódicamente desde 1930 hasta su muerte en 1948) y de la suya en el alcoholismo, continuó escribiendo sobre todo para revistas. Hasta 1934 no apareció su cuarta novela, "Tender is the night" (Suave es la noche), un relato apenas disfrazado, casi confesional, de su vida con Zelda. Su pobre acogida le condujo a su propia crisis, la que narró en los ensayos reunidos por Edmund Wilson con el título de "The crack up" (El derrumbe, 1945). Según el crítico literario Malcolm Cowley (1898-1989), "Fitzgerald fue un poeta que nunca terminó de aprender las reglas de la prosa. Su gramática andaba a los tumbos y su ortografía era sin lugar a dudas deficiente". Fitzgerald se recuperó lo suficiente como para trabajar escribiendo guiones de cine en Hollywood durante 1937. Consiguió un contrato con la Metro Goldwyn Mayer, renovado por un año y con un incremento de sueldo. Bebía menos entonces y trabajó a conciencia pese a las decepciones que sufría. Durante los primeros dieciocho meses en Hollywood ganó 88.391 dólares con lo que canceló sus deudas. Pero al año siguiente, las desavenencias en el trabajo y la reincidencia en la bebida fueron com­plicando las cosas. Esta experiencia le inspiró su última y más madura novela, "The last tycoon" (El último magnate, 1941). Aunque inconclusa por su muerte, la brillantez de esta novela impulsó a los críticos a revalorizar el talento de Fitzgerald y a reconocerle como uno de los mejores escritores estadounidenses del siglo XX. Su mujer, relativamente recuperada de sus afecciones psico-físicas, obtuvo permiso para salir de la clínica don­de estaba internada. Fueron juntos a La Habana, pero él empezó a beber nuevamente. De nuevo en Hollywood no pudo encontrar trabajo y supo que no era bien visto. Ca­yó en cama y aunque pretextó una tu­berculosis, se sabía que la causa era el alcohol. El caso se complicó con un colapso nervioso tan fuerte que le para­lizó por un tiempo ambos brazos. Poco después, sufrió un serio ataque al corazón. Para 1940 intentó recuperar su talento de antaño y se puso a trabajar plenamente, pero, cuatro días antes de Navidad, su corazón no resistió.
Se dice que bebía al día más de 200 cervezas. El 21 de diciembre de 1940, alcoholizado y totalmente exhausto, murió frente a su máquina de escribir en el apartamento de la columnista de chismes cinematográficos Sheila Graham (1904-1988) en Hollywood. Su esposa Zelda murió en un incendio en el centro de atención psiquiátrica de Highland en Asheville, North Carolina, en 1948. Ambos fueron enterrados en el Cementerio de Saint Mary, en Rockville, Maryland.

26 de febrero de 2008

Los avatares del matrimonio

Según se desprende de datos estadísticos inobjetables, los Estados Unidos tienen la tercera población más grande de católicos romanos en el mundo después de Brasil y México. Con un 26% de su población profesando la fe católica, son alrededor de 80.000.000 de personas las que adscriben a los principios impartidos por la Iglesia Católica, Apostólica y Romana. Esto incluye, naturalmente, el respeto por los Mandaminetos, los Sacramentos y los demás preceptos de la Iglesia.
Dice la Iglesia Católica que en la vida del varón y de la mujer se da un momento en que, normalmente, brota el amor. Llevados de ese amor deciden entrar en una comunión estable de vida y formar una familia. A esta decisión y compromiso se llama matrimonio.
En lo que respecta a ésto, la Iglesia es muy clara en sus conceptos al decir, por ejemplo, que Dios -que es amor y creó al hombre por amor- lo ha llamado a amar. Creando al hombre y a la mujer, los ha llamado en el Matrimonio a una íntima comunión de vida y amor entre ellos, "de manera que ya no son dos -dice la Biblia- sino una sola carne" (Mateo 19, 6). Al bendecirlos, Dios les dijo: "Creced y multiplicaos" (Génesis 1, 28). También dice la Iglesia que la alianza matrimonial del hombre y la mujer, fundada y estructurada con las leyes propias dadas por el Creador, está ordenada por su propia naturaleza a la comunión y al bien de los cónyuges, y a la procreación y educación de los hijos. Jesús enseña que, según el designio original divino, la unión matrimonial es indisoluble: "Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre" (Marcos 10, 9).
Según la Iglesia, a causa del primer pecado, que ha provocado también la ruptura de la comunión del hombre y de la mujer -donada por el Creador- la unión matrimonial está muy frecuentemente amenazada por la discordia y la infidelidad. Sin embargo, Dios, en su infinita misericordia, da al hombre y a la mujer su gracia para realizar la unión de sus vidas según el designio divino original. Dios ayuda a su pueblo a madurar progresivamente en la conciencia de la unidad e indisolubilidad del matrimonio, sobre todo mediante la pedagogía de la Ley. Jesucristo no sólo restablece el orden original del matrimonio querido por Dios, sino que otorga la gracia para vivirlo en su nueva dignidad de sacramento, que es el signo del amor esponsal hacia la Iglesia: "Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo ama a la Iglesia" (Efesios 5, 25).
Para la Iglesia Católica, el matrimonio no es una obligación para todos. En particular, Dios llama a algunos hombres y mujeres a seguir a Jesús por el camino de la virginidad o del celibato por el Reino de los cielos; éstos renuncian al gran bien del Matrimonio para ocupase de las cosas del Señor tratando de agradarle, y se convierten en signo de la primacía absoluta del amor de Cristo y de la ardiente esperanza de su vuelta gloriosa. Dado que el Matrimonio constituye a los cónyuges en un estado público de vida en la Iglesia, su celebración litúrgica es pública, en presencia del sacerdote y de otros testigos.
El consentimiento matrimonial es la voluntad, expresada por un hombre y una mujer, de entregarse mutua y definitivamente, con el fin de vivir una alianza de amor fiel y fecundo. Puesto que el consentimiento hace el matrimonio, resulta indispensable e insustituible. Para que el matrimonio sea válido el consentimiento debe tener como objeto el verdadero matrimonio, y ser un acto humano, consciente y libre, no determinado por la violencia o la coacción. Para ser lícitos, los matrimonios mixtos (entre católico y bautizado no católico) necesitan la licencia de la autoridad eclesiástica. Los matrimonios con disparidad de culto (entre un católico y un no bautizado), para ser válidos necesitan una dispensa. En todo caso, es esencial que los cónyuges no excluyan la aceptación de los fines y las propiedades esenciales del Matrimonio, y que el cónyuge católico confirme el compromiso, conocido también por el otro cónyuge, de conservar la fe y asegurar el Bautismo y la educación católica de los hijos. El sacramento del Matrimonio crea entre los cónyuges un vínculo perpetuo y exclusivo. Dios mismo ratifica el consentimiento de los esposos. Por tanto, el matrimonio consumado entre bautizados no podrá ser nunca disuelto. Por otra parte, este sacramento confiere a los esposos la gracia necesaria para alcanzar la santidad en la vida conyugal y acoger y educar responsablemente a los hijos.


Los pecados gravemente contrarios al sacramento del Matrimonio son los siguientes: el adulterio, la poligamia, en cuanto contradice la idéntica dignidad entre el hombre y la mujer y la unidad y exclusividad del amor conyugal; el rechazo de la fecundidad, que priva a la vida conyugal del don de los hijos; y el divorcio, que contradice la indisolubilidad. La Iglesia admite la separación física de los esposos cuando la cohabitación entre ellos se ha hecho, por diversas razones, prácticamente imposible, aunque procura su reconciliación. Pero éstos, mientras viva el otro cónyuge, no son libres para contraer una nueva unión, a menos que el matrimonio entre ellos sea nulo y, como tal, declarado por la autoridad eclesiástica.
Fiel al Señor, la Iglesia no puede reconocer como matrimonio la unión de divorciados vueltos a casar civilmente. "Quien repudie a su mujer y se case con otra -dice la Biblia- comete adulterio contra aquella; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio" (Marcos 10, 11-12). Hacia ellos la Iglesia muestra una atenta solicitud, invitándoles a una vida de fe, a la oración, a las obras de caridad y a la educación cristiana de los hijos; pero no pueden recibir la absolución sacramental, acercarse a la comunión eucarística ni ejercer ciertas responsabilidades eclesiales, mientras dure tal situación, que contrasta objetivamente con la ley de Dios. Todos estos conceptos enseña la Iglesia Católica, y es de suponer que, al menos 80.000.000 de norteamericanos los siguen fielmente. Pero, parece que la bo­nanza de la riqueza generada por una economía floreciente (para algunos), ha creado más y más millonarios y con ello mayores opor­tunidades para los buscadores de teso­ros matrimoniales de ambos sexos.
Alguien dijo -con gran sentido del humor, por cierto- que así como el patrimonio es la suma de todos los bienes, el matrimonio es la suma de todos los males. Esto parece no importarle a los estadounidenses acaudalados, para quienes casarse por dinero se ha vuelto un de­porte popular, buscando -tal vez- amalgamar ambas cosas. Hace unos meses hubo un gran revuelo en Estados Unidos cuando una veinteañera de Nueva York, que se describía a sí misma como "espectacularmente hermosa", colocó un anuncio en un sitio Web de avisos clasificados diciendo que buscaba un hombre que ga­nara al menos U$S 500.000 al año. La mujer, que no aclaró si era o no católica, dijo que trató de estar con hombres que ganaban U$S 250.000, pero que eso no bastaba para llevarla al Central Park West (uno de los barrios más acaudalados de Man­hattan). El anuncio provocó variadas respuestas; la más original -posiblemente- sea la de un banquero de inversión que le contestó que su dinero crece­ría con el tiempo pero que la belleza de la joven se marchitaría con el pasar de los años, por lo que la oferta no tenía sentido económico. Ella era -dijo el banquero- un activo en depreciación.
Según un sondeo de la consultora "Prince & Associates", el precio promedio que hoy en día exigen los hombres y las mujeres de Estados Unidos para casarse por dinero es de U$S 1.500.000. La firma encuestó a 1.134 per­sonas en todo Estados Unidos con ingresos que van desde los U$S 30.000 a los U$S 60.000 al año (que es, a grandes rasgos, el ingreso promedio de los estadouniden­ses). La pregunta era: ¿Cuán dispuesto está a casarse con una persona de apa­riencia promedio que a usted le gusta si ésta tiene mucho dinero? Un contundente 66% de las mujeres y el 50% de los hombres contestó que es­tarían "muy" o "extremadamente" dis­puestos a casarse por dinero. Las res­puestas variaron según la edad. Las mujeres de treinta años eran las más dispues­tas a casarse por dinero (74%) mientras que los hombres de veinte eran los me­nos dispuestos (41%). La misma encuesta asegura que el dinero anima a las per­sonas a decir que sí: "Es más probable que una pareja se case cuando tienen dinero y cuando el hombre es económi­camente estable", dice.


No sólo son las mujeres las que tie­nen el impulso de buscar hombres con dinero para casarse. Según el estudio de "Prince & Associates", el 61% de los hombres de cuarenta años dijeron que se casarían por di­nero. Se acota que, a medida que los hombres envejecen, aceptan más la idea de que las mujeres sean las proveedoras económicas. El precio matrimonial varía por edad y sexo. Al preguntarles a las mujeres de veinte que cuán grande debería ser el patrimonio del hombre para que estén dispuestas a casarse, el promedio fue de U$S 2.500.000. Esta cifra baja a U$S 1.100.000 para las mujeres de treinta y vuelve a subir a U$S 2.200.000 para las que están viviendo su cuarta década. En cuanto al patrimonio de la mujer buscada para esta modalidad de matrimonio, los hombres de veinte pidieron U$S 1.000.000 y los de cuarenta U$S 1.400.000. Según el "Wall Street Journal", -que publica los datos antes mencionados- las cifras para los hombres son más bajas porque se sentirían amenazados por mujeres que valen varios millones de dólares. "Los hombres no dicen que quieren U$S 10.000.000 porque no se sentirían cómodos con una mujer que vale tanto más que ellos", dice el diario norteamericano.
El escritor inglés Thomas Hardy (1840-1928) decía que "el matrimonio empìeza con amados fieles y termina con perplejidad". Si esto sucediese, es decir, que el matrimonio no funcione, existe -por supuesto y muy a pesar de la Iglesia Católica- la posibilidad del divorcio. Entre las mujeres de veinte años que dijeron que se casarían por dinero, el 71% afirmó que esperaban divorciarse más adelan­te, la tasa más alta en toda la encuesta. Sólo el 27% de los hombres de cuarenta años anticipaba un divorcio con una mujer con la cual se casarían por dinero. Lejanos parecen haber quedado los días en que el filósofo alemán Arthur Schopenhauer (1788-1860) escribía: "Es evidente que, por naturaleza, la mujer está destinada a obedecer, y prueba de ello es que la que está colocada en ese estado de independencia abso­luta, contrario a su naturaleza, se enreda en seguida, no importa con qué hombre, por quien se deja diri­gir y dominar, porque necesita un amo. Si es joven, toma un amante; si es vieja, un confesor. El matrimonio es una celada que nos tiende la Naturaleza". Más allá de la condición económica de los cónyuges, lo más acertado parece seguir siendo lo expresado por el ensayista francés Michel Eyquem de Montaigne (1533-1592): "El mejor matrimonio sería aquel que reuniese una mujer ciega con un marido sordo".

25 de febrero de 2008

Exabruptos, confidencias y revelaciones (IX)

RICHARD NIXON
Presidente de U.S.A. (1977)

"Si la dictadura de derecha no está exportando su revolución, si no está interfiriendo con sus vecinos, si no toma acción en nuestra contra, no representa para nosotros un problema de seguridad. Es un asunto de derechos humanos. Una dictadura de izquierda puede exportar su subversión a otros países. Y eso se mezcla con nuestros intereses".


RONALD REAGAN
Presidente de U.S.A. (1983)


"Tras el triunfo en Granada, un centenar de países en Naciones Unidas no están de acuerdo con nosotros en prácticamente ninguna de las cosas que se les proponen, y en las que nosotros estamos involucrados, y esto no perturba en absoluto mi desayuno".




COLLIN POWELL
Presidente del Estado Mayor Conjunto de U.S.A. (1991)


"No es precisamente la cantidad de víctimas lo que más me interesa de la operación Tormenta del Desierto".





GEORGE H. BUSH
Presidente de U.S.A. (1992)

"No creo que los ateos deban ser considerados como ciudadanos, ni tampoco como patriotas. Esta nación es una bajo Dios."






BILL CLINTON
Presidente de U.S.A. (1993)

"La política les da a los tipos tanto poder que ellos tienden a manejarse mal con las mujeres. Espero no caer en eso".






WILLIAM LOONEY
General de Brigada del Ejército de U.S.A. (1999)

"Si encienden los radares, vamos a hacer saltar por los aires sus malditos misiles tierra-aire. Los iraquíes saben que nosotros somos los dueños de su país. Somos dueños de su espacio. Nosotros dictamos la manera como ellos viven y hablan. Y eso es lo que es grandioso de Estados Unidos ahora mismo. Es una buena cosa, especialmente cuando hay por aquí un montón de petróleo que nos hace falta".


RALPH McGEHEE
Analista de la CIA (1999)


"Los escuadrones de la muerte han sido creados y utilizados por la CIA en todo el mundo - especialmente en el tercer mundo- desde finales de los años cuarenta, un hecho ignorado por los medios que están en manos de la elite".




JOHN ASHCROFT
Procurador General del Gobierno de Estados Unidos (2001)
"Unica entre las naciones, Estados Unidos reconoció la fuente de nuestro carácter como divina y eterna, no cívica y temporal. Y porque hemos entendido que nuestra fuente es eterna, Estados Unidos ha sido distinto. No tenemos más rey que Jesús".





GEORGE W. BUSH
Presidente de U.S.A. (2003)

"Dios me ha indicado que ataque a Al Qaeda y yo lo he hecho, y después me ha dado instrucciones de atacar a Saddam, lo que también hice, y ahora estoy resuelto a resolver el problema de Oriente Medio".




DONALD RUMSFELD
Secretario de Defensa de U.S.A. ( 2004):


"Lo de la cárcel de Abu Ghraib no es tortura, es abuso".

24 de febrero de 2008

Los escalones de John Buchan

John Buchan, nacido en Perth (Escocia) el 26 de agosto de 1875, fue político, diplomático, abogado, periodista, historiador, poeta y novelista.
Estudió en la Universidad de Glasgow, pasando luego a Oxford, donde ganó altas distinciones académicas. Comparativamente a su éxito como escritor, fue como abogado que ganó gran renombre. Luego de un corto periodo pasado en Sudáfrica, se inició en el negocio de editor literario como socio de la firma de su amigo, el diplomático y escritor norteamericano Thomas Nelson (1853-1922). En 1911, fue electo miembro del Parlamento Británico y sirvió en diferentes cargos de responsabilidad durante la Primera Guerra Mundial, para retornar a la Cámara de los Comunes en 1927, hasta que, en 1935, fue designado Gobernador General del Canadá.
Escribió novelas de aventura, cuentos cortos y biografías. En 1914, al estallar la guerra, creó a su personaje más popular -Richard Hannay- cuando, postrado en su lecho de enfermo a causa de un accidente, trató de distraer su mente para alejarse del deprimente pensamiento de estar incapacitado.
Entre sus obras de ficción se destacan: "The path of the King" (La ruta del Rey, 1921), "The three hostages" (Los tres rehenes, 1924), "The courts of the morning" (Los tribunales del amanecer, 1929), "House of the four winds" (La casa de los cuatro vientos, 1937), "Pilgrim's way" (El camino de los peregrinos, 1940) y "Lake of gold" (Lago de oro, 1941) entre muchísimas otras. En cuanto a sus biografías, las más célebres son: "Sir Walter Raleigh" (1897), "Sir Walter Scott" (1911), "Julius Caesar" (1932), "Oliver Cromwell" (1934) y "Augustus" (1937).
También se destacó como historiador en "The Battle of Jutland" (La batalla de Jutland, 1916), "Episodes of the Great War" (Episodios de la Gran Guerra, 1936) y "The history of the First World War" (La historia de la Primera Guerra Mundial, 1922).
Pero, sin ninguna duda, la obra por la cual más se lo conoce es "The thirty nine steps" (Los 39 escalones) de 1915, en la que su personaje Richard Hannay, al llegar a su departamento en Londres, se encuentra con un hombrecillo que le pide ayuda. Al acceder, se verá envuelto en un asesinato y más adelante en una intriga de carácter internacional relacionada con el desarrollo de la Guerra Mundial.
Lo que hizo que esta novela alcanzara gran notoriedad fue que Alfred Hitchcock la llevara al cine en 1935 con Robert Donat y Madeleine Carroll como protagoniostas principales. En la historia filmada por el genial director inglés, la trama varía un poco del original, pero de todos modos, Hitchcock logró una notable puesta en escena con un excelente uso de la cámara, haciendo planos sutiles y descriptivos en ocasiones, y en otras, planos-secuencia majestuosos, dotando al film del ritmo frenético tan habitual en sus películas.
El 6 de febrero de 1940, mientras se afeitaba, Buchan sufrió un infarto cerebral que lo llevó a la muerte cinco días después en Montreal (Canadá). Por entonces, el film de Hitchcock ya iba en camino a convertirse en una de sus obras más aclamadas, hasta llegar al 4º lugar del ranking de las mejores películas inglesas según el Instituto Británico de Cine (BFI) y a ser considerada por la crítica especializada internacional como una de los veinte films más grandiosos de todos los tiempos.

Homero Manzi, poeta y militante político

Referente indiscutido de la cultura popular argentina, Homero Manzi también fue un hombre apasionado por la vida política de su país. Radical de familia, impulsor de la Reforma Universitaria de 1918, conspirador contra el gobierno fraudulento del general Agustín P. Justo en 1932, fundador de la agrupación FORJA en 1935, militante gremial y ecologista, Manzi asumió desde su juventud un fuerte compromiso ideológico, aspecto que fue a veces relegado a un segundo plano por el lugar preeminente que ocupó como poeta insigne del tango.
Homero Nicolás Manzione Prestera nació el 1° de noviembre de 1907 en Añatuya, Santiago del Estero, provincia en la que vivió su infancia. Luego viajó a Buenos Aires con su familia y comenzó a estudiar en una escuela del barrio de Nueva Pompeya.
Los Manzione eran radicales; inclusive tíos suyos ejercieron cargos provin­ciales de importancia en Santiago del Estero. Por eso no extraña que a los 17 años comenzara a interesarse por la política, abriendo un ateneo de la Unión Cívica Radical. Dos años más tarde ingresó a la Facultad de Derecho, en la que los estudiantes que adherían a la Re­forma Universitaria nacida en las aulas cordobesas unos años antes (y cuyos ecos sacudieron a toda Latinoamé­rica, en especial Perú y México) postulaban la autonomía, el cogobierno, con­cursos para designar a los mejores profesores, la gratuidad de los cursos y la investigación como misión universitaria.
"Fueron días difíciles en los claus­tros -dice su biógrafo, el poeta y ensayista Horacio Salas, en "Conspirador y militante" (Revista Nómada, 2007)-. Grupos de izquierda y de dere­cha se enfrentaban, más que por los motivos nimios alegados por las par­tes (turnos de exámenes, horarios), por una causa que soterradamente conmocionaba a Argentina: el golpe militar que se gestaba desde comien­zos de los 20, contra el futuro segun­do gobierno yrigoyenista que habría de ser reelegido por una aplastante mayoría en abril de 1928".
Manzi integraba el Centro de Izquierda Reformista junto al futuro ensayista y escritor Arturo Jauretche (1901-1974). Esta agrupación combatía la contrarreforma que era alentada por los profesores conserva­dores. En 1930, lideró a punta de pistola la ocupación de la Facultad de Derecho en repudio al golpe militar del 6 de septiembre que derrocó al presidente radical Hipólito Yrigoyen (1852-1933), actitud que le valió la expulsión de dicha facultad.
Por esos días, Manzi publicó su poema "42 versos a la Facultad de Derecho" en el que sintetizó el espí­ritu estudiantil:

La Facultad de Derecho es una casa vieja.
La trajeron -pretendo- de Lovaina o de Lieja
en una tarde fría y otoñal,
y en la ciudad ruidosa fue un asombro ojival.
En su torre, doliente como un sueño inconcluso,
dialogaron sus noches porteñas y los vientos
con silbidos de jarcias y con lamentos
de gatos lunáticos y confusos.
Una luna porteña, que remontó en la esquina,
barrilete nocturno de arrabal,
caloteó dos palomas en Puente Alsina
y las tiró por su ventanal.
Palomas proletarias
que hicieron nido con sus ladrillos,
igual que en los tejados de las aldeas,
igual que en la techumbre del conventillo.
Y la extranjera consistorial
ensayó un paso en la cuerda floja de la emoción,
cuando la plateada galleta marinera
con corazón de pan
le tiró las monedas de su amor,
y en la resurrección sensiblera le brotó un corazón
que en sístoles de huelgas
y en diástoles de gritas
efectúa la cardíaca revolución.
Corazón que practica
la leyenda hipocrática de dormir a la izquierda,
hecho con las estrías de cien muchachos locos
que sueñan con la paz
y que hacen la simbiosis
-pampeanamente rara-
de Yrigoyen y Marx.
Pero está cerca el día de los tejados muertos,
el día de la buena ración,
cuando se vuelen las palomas
y se detenga el corazón.
Entonces esa luna de arrabal
se quedará en el cielo del almacén,
y la extranjera consistorial
volverá a ser un asombro municipal.
Que así no sea.
Amén.

Tras la muerte de Hipólito Yrigoyen en 1933, y desilusionado con la Unión Cívica Radical que -a esa altura de la historia- había abandonado las viejas banderas antimperialistas, a fines de junio de 1935 -en un sótano de la calle Lavalle-, Manzi, Jauretche y otros jóvenes fundaron la Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina (FORJA), que diez años después se disolvió para apoyar al naciente peronismo. Manzi nunca se afilió al peronismo: prefirió mantener su independencia y conservar su visión nacional, popular y antiimperialista.
Poeta por naturaleza, comenzó a escribir tangos, valses y milongas, y de a poco empezó a ser conocido dentro de los círculos relacionados con esa industria naciente. También comenzó su prolífica labor como guionista de cine y su actividad en radio.
Entre sus poemas musicalizados se destacan: "Viejo ciego", "Milonga sentimental", "Milonga del 900", "El pescante", "Milonga de Puente Alsina", "Sur", "Discepolín", "Malena", "Barrio de tango" y "Che, bandoneón". Con respecto a su incursión en la industria cinematográfica, como libretista y argumentista figura en veinte producciones, entre las que sobresalen: "La guerra gau­cha" (Lucas Demare, 1942), "Su mejor alumno" (Lucas Demare, 1944), "Pampa Bárbara" (Lucas Demare y Hugo Fregonese, 1945) y "Escuela de campeones" (Ralph Pappier, 1950); como director: "Pobre mi madre querida" (1948) y "El último payador" (1950) con la colaboración de Ralph Pappier.
También fue fundador de la productora independiente "Artistas Argentinos Asociados" (AAA), junto a artistas como Enrique Muiño (1881-1956), Elías Alippi (1883-1942), Francisco Petrone (1904-1967), Angel Magaña (1915-1982) y Sebastián Chiola (1902-1950). En esa organización se realizó la mayor parte del cine argentino de aquella época.
Víctima de un cáncer, falleció el 3 de mayo de 1951 cuando tenía sólo 44 años, dejando algunas piezas inéditas, listas para musicalizar ("Magdalena", "Canto viejo", "Reminiscencias" y "Elegía"), además de poemas y varios proyectos cinematográficos inconclusos. Una semana des­pués de su muerte, la Cámara de Diputados, presi­dida por Héctor J. Cámpora (1909-1980), antiguo compañero de las luchas universita­rias y futuro presidente de la Nación, homenajeó a Manzi. Por su par­te, el político más representativo del ala izquierda del peronismo, John William Cooke (1920-1968) hizo el elogio más encendido. La bancada radical, en cambio, en la que se encontraban varios ex correligionarios e íntimos de los viejos días de lucha yrigoyenista, optó por el silencio.

23 de febrero de 2008

El eterno Max Ernst

Nacido en Bruhl, el 2 de abril de 1891, a trece kiló­metros al sur de Colonia, en una familia de educadores católicos practicantes, toda la infancia de Max Ernst estuvo domi­nada por el bosque y el río Rin; su padre, que pintaba en sus horas libres, lo llevaba a ver el "motivo" de sus cuadros. Allí captó, al decir del crítico de arte Pierre Restany (1930-2003) la "trascendencia de la naturaleza, los mitos románticos, la poesía de la infancia que animará su visión con un aliento espontáneo y fantástico".
Sus lecturas de adolescente, y luego de estudiante en la universidad de Bonn -donde estudió filosofía y psiquiatría-, lo llenaron de romanticismo y metafísica. Pasó sin transición de las novelas de aventuras de Karl May (1842-1912) y las policiales de Peter Cheyney (1896-1951) a los ensayos del filósofo solipsista Max Stirner (1806-1856): "Todo el surrealismo estaba allí", afirmó muchas veces.
La Primera Guerra Mundial frenó ese buen comienzo, ya que se alistó en el ejército alemán: "El 1º de agosto de 1914 murió Max Ernst. Resucitó el 11 de no­viembre de 1918 como un muchacho joven que aspiraba a convertirse en el mito de su propio tiempo", dijo mucho después.
"La empresa era amplia -explica su biógrafo Patrick Waldberg (1913-1985)- pero estaba a la altura del aprendiz de brujo que, apenas devuelto a la vida civil, volvió a hacer de las suyas. Después del armisticio, el teniente de artillería Ernst abandonó a los Húsares de la Muerte, sus compañeros de armas, para convertirse en el líder del dadaísmo en Colonia".
Junto con Hans Arp (1886-1966) y Johannes Baargeld (1891-1927) organizó en 1920, un escándalo sin precedentes en los anales de la vida renana: una exposición dadá en la cervecería Winter. Fue una exposición de ob­jetos y relieves dadaístas en un café; la entrada se hacía por el baño y el discurso de la inauguración fue reemplazado por un recital de poemas obscenos dichos por una modelo disfra­zada de monja. Esto fue demasiado para su padre, el venerable maestro de escuela Philippe Ernst: "Te echo y te maldigo" fue­ron las últimas palabras que oyó de aquél el joven artista.
Las autoridades de Colonia tampoco fueron sensibles a esa "broma de poetas" y cerraron la exposición. En esa época ya había surgido en Suiza el movimiento dadá que vivía su corto apogeo como expresión revolucionaria contra el arte convencional. En 1921 se trasladó a vivir a París, donde comenzó a pintar obras surrealistas en las que figuras humanas de gran solemnidad y criaturas fantásticas habitaban espacios renacentistas realizados con detallada precisión.
En París conoció a los artistas del equipo de la revista "Littérature": Louis Aragón (1897-1982), Paul Eluard (1895-1952), Benjamin Péret (1899-1959) y André Bretón (1896-1966), todos ellos impulsores del naciente surrea­lismo. Sin embargo, el idilio duró poco: Ernst no se sen­tía cómodo haciendo de militante incon­dicional, de miembro de partido, por poética, cercana a su temperamento y profunda que fuese la causa. A pesar de todo, Bretón nunca subestimó -ni siquiera en los peores momentos de sus relaciones-su aporte heterodoxo e indisciplinado a la pintura surrealista.
En 1925 inventó el "frottage" (que transfiere al papel o al lienzo la superficie de un objeto con la ayuda de un sombreado a lápiz) y más tarde experimentó con el "grattage" (técnica por la que se raspan o graban los pigmentos ya secos sobre un lienzo o tabla de madera) y el"dripping" (técnica de goteo mediante el balanceo de una lata de pintura agujereada).
En 1930 debutó como actor cinematográfico en la película "L' age d' or" (La eded de oro), segundo filme surrealista del director español Luis Buñuel (1900-1983) que causó un verdadero escándalo en Francia y fue prohibido por más de 50 años.
El comienzo de la Segunda Guerra Mundial en 1939 trastornó el destino y la carrera del pintor: lo tomaron prisionero por extranjero enemigo en Francia. En la prisión trabajó en la "decalcomanía", una técnica para transferir al cristal o al metal pinturas realizadas sobre un papel especialmente preparado.Finalmente fue liberado gracias a la intervención de Eluard; entonces partió para Estados Unidos con la millonaria coleccionista de arte (y de amantes) Peggy Guggenheim (1898-1979), con la que se casó en 1942 convirtiéndola en su tercera esposa. Apenas un año más tarde, el amor a primera vista por la artista Dorothea Tanning (1910) lo hizo renunciar a la vida fácil en Nueva York para mudarse a las soledades de Arizona.
A pesar de su pasado y de su fama, la posguerra no fue fácil para Max Ernst. El primer regreso a Pa­rís en 1949, estuvo sellado por un fracaso, pero la segunda tentativa en 1952, resultó buena. La Bienal de Venecia le otorgó el Gran Premio de Pintura en 1954, y desde entonces su consagración se afirmó de manera definitiva, en todos los planos."Pero ninguna consagración material po­drá afectar la inmensa y poética libertad del ser que, por instinto, practicó un cons­tante cuestionamiento de los valores y de las cosas -dice Waldberg-. La vida sentimental de Max Ernst tiene la medida de su vida espiri­tual: un río de pasión, de poesía". En efecto, la juventud del artista tiene sus capítulos ricos en situaciones explosivas. Louise Strauss, su primera mujer, era una compañera de la universidad, pero esa unión no resistió la vida en París. En 1927, Ernst se apasionó por una menor que aca­baba de salir del convento y se casó con ella contra la voluntad de su familia. El matrimonio con Marie Berthe Aurenche duró menos de diez años, hasta el día de 1937 en que el pintor encontró en Londres a una aristócrata marginada de la sociedad bri­tánica, Leonora Carrington, con quien tuvo un romance hasta el comienzo de la gue­rra.A lo largo de su variada carrera artística, Ernst se caracterizó por ser un experimentador infatigable. En todas sus obras buscaba los medios ideales para expresar, en dos o tres dimensiones, el mundo extradimensional de los sueños y la imaginación. Hasta la fecha de su muerte en París el 1 de enero de 1976, las continuas retrospectivas de su obra lo confirmaron como una de las figuras fundamentales del arte contemporáneo.
Esbozando una enorme sonrisa, dijo un tiempo antes de su muerte: "siempre fui feliz por desafío".

21 de febrero de 2008

Nicolás Copérnico, el hombre que detuvo al Sol y movió la Tierra

Nicolás Copérnico nació el 19 de febrero de 1473 en la ciudad de Thorn (hoy Torun), un pequeño puerto de Polonia sobre el río Vístula, cerca del mar Báltico, en el seno de una familia de comerciantes y funcionarios municipales. Su tío materno, el obispo Lukasz Watzenrode (1447-1512), se ocupó -tras la muerte del padre- de que su sobrino recibiera una sólida educación en las mejores universidades.
Tres años después de que el explorador portugués Bartolomeu Dias (1450-1500) pasara el Cabo de Buena Esperanza camino de la India, Copérnico iniciaba sus estudios superiores en la Academia Cracoviana, famosa en la Europa medieval por cultivar la retórica, la poesía, la filosofía y la física, pero sobre todo, por el gran florecimiento que había alcanzado en sus aulas la astronomía. La educación universitaria en Cracovia fue, según escribió el propio Copérnico, un factor vital en todo lo que consiguió más tarde. Allí estudió latín, matemáticas, astronomía, geografía y filosofía.
Adquirió sus conocimientos de astronomía del "Tractatus de Sphaera" (Tratado de las esferas) del astrónomo inglés Johannes de Sacrobosco (1195-1256) escrito en 1220; poco tiempo después se trasladó a Italia para estudiar derecho y medicina. En enero de 1497, Copérnico empezó a estudiar derecho canónico en la Universidad de Bolonia, alojándose en casa de un profesor de matemáticas llamado Domenico Maria de Novara (1454-1504), que influiría en sus inquietudes. Este profesor, uno de los primeros críticos sobre la exactitud de la teoría del astrónomo del siglo II Claudio Ptolomeo (85-165), contribuyó al interés de Copérnico por la geografía y la astronomía. Juntos observaron el 9 de marzo de 1497 el eclipse a causa de la Luna de la estrella Aldebarán.
En 1500 se doctoró en astronomía en Roma. Al año siguiente obtuvo permiso para estudiar medicina en Padua (la universidad donde dio clases Galileo, casi un siglo después). Sin haber acabado sus estudios de medicina, se licenció en derecho canónico en la Universidad de Ferrara en 1503 y regresó a Polonia.
Copérnico había mostrado desde muchacho altas dotes de aplicación e inteligencia, y en ellas confió la parentela -donde abundaban obispos y funcionarios- para que también él transitara por los cargos, estatales y eclesiásticos; pero a su regreso a su ciudad natal, llevaba consigo los amplios conocimientos, la vasta formación intelectual y la clara y nueva concepción del mundo adquiridos al contacto con las grandes ideas renovadoras del Renacimiento.
Si bien durante algún tiempo cumplió con acierto importantes fun­ciones públicas acompañando a su tío -el obispo de Warmia- como secretario, médico y hábil diplomático, y más tarde desempeñando una impor­tante labor administrativa al frente del cabildo de Frombork, nada de ello pudo desarraigar su deci­dida vocación por la ciencia astronómica que abrazara a su paso por las aulas cracovianas y que habría de convertirlo en un gran buceador de la verdad en medio de la crisis abierta en el sistema escolástico del Medio­evo.
Hasta entonces, el mundo se había manejado por concepciones dogmáticas inapropiadas a esa altura para extender sus posibilidades de conocimientos. El Renacimiento había puesto en tela de juicio estos valores, y al descubrir las posibilidades del hombre en sus propias fuerzas crea­doras, abrió las compuertas para poder apreciar con ojos propios tanto el mundo natural como el histórico. La vinculación creadora de la obra artesanal con la intelectual fue un factor determinante para grandes trasformaciones, ya que enriqueció las técnicas antiguas con nuevas invenciones, aportó métodos de cálculo de reciente ela­boración y echó las bases de una revolución en el ámbito de la ciencia y la tecnología que, crítica y descriptiva en sus comienzos, se hizo progresivamente constructiva. También las razones económicas, entre otras, hicieron que fuera en el campo de la astronomía, cercano al de la geografía, donde se produjera el mayor rompimiento -el de más vastas proyeccciones- con el antiguo orden del pensa­miento.
En medio de este contexto, solo factible en un ámbito propicio al humanismo, Nicolás Copérnico, al trazar una valiente, clara y detallada exposición acerca de la rotación de la tierra sobre su eje y de ella alrededor de un sol fijo, no solo precipitó la ruptura con el sistema geocéntrico de Ptolomeo, sino que abrió una nueva época en la historia de la astronomía, dio origen al nacimiento de la ciencia moderna y revolucio­nó los conceptos sobre nuestro planeta y sobre la posición del hombre ante el Universo.
La teoría helio­céntrica -la justamente llamada revolución copernicana- abrió nuevos horizontes no sólo en la astronomía sino también en la física y la filosofía, aportando verdades objetivas que significaron el triunfo del pen­samiento racional liberado de antiguas supersticiones y dogmas.
El considerable papel de Copérnico en la historia del conocimiento, que lo condujo a destruir toda la estructura del sistema universal heredada de sus predecesoies árabes y europeos, fue la culminación de un proceso dialéctico que amalgamó su saber de la cultura antigua -entre ellas las formulaciones astronómicas del griego Aristarco de Samos (310 a.C.-230 a.C.)- con la vital savia renancentista que dio nuevos fundamentos al desarrollo de las artes y las ciencias.
En su obra "The hypothesibus motuum coelestium a se constitutis commentariolus" (Pequeño comentario sobre la hipótesis de los movimientos siderales) -un manuscrito distribuido en 1514 a unos pocos de sus amigos sin mención del autor en la portada- y luego en su formidable "De revolutionibus orbium coelestium" (Sobre las revoluciones de las esferas celestes), donde describió sus concepciones sobre los movi­mientos de la tierra, proporcionó las claves para profundizar los conocimientos sobre el sistema solar e inició un nuevo período en las investigaciones de la naturaleza.
Por su propia audacia, la teoría heliocéntrica de Copérnico fue objetada y controvertida y debió abrirse camino con dificultad contra las opiniones dogmáticas reinantes, y aunque costó la hoguera inquisitorial a varios de sus seguidores, concluyó por imponer la capacidad creadora del hombre para desentrañar la verdad del mundo cotidiano.
Para la publicación de su obra maestra, Copérnico acudió al sacerdote luterano Andreas Osiander (1498-1552), quien le sugirió que se­ría prudente decir que las hipótesis que contenía no eran artículos de fe sino meramente artificios para calcular. Al hacer esta rectificación, pensó Osiander, Copérnico esquivaría las críticas de "los aristotélicos y los teólogos a cuyas contradicciones teméis". Teniendo esta idea presente, el sacerdote agregó un prefacio equívoco, famoso en la historia de la astronomía, que rebajaba la importancia del libro: "Estas hipótesis no necesitan ser ciertas, ni siquiera probables; si aportan un cálculo coherente con las observaciones, con eso basta -escribió Osiander-. Por lo que se refiere a las hipótesis, que nadie espere nada cierto de la astronomía, que no puede proporcionarlo, a no ser que se acepten por verdades ideas concebidas con otros propósitos y se aleje uno de estos estudios estando más loco que cuando los inició".La obra contenía siete axiomas: no hay ningún centro en el universo; el centro de la Tierra no es el centro del universo; el centro del universo está cerca del Sol; la distancia desde la Tierra al Sol es imperceptible comparado con la distancia a las estrellas; la rotación de la Tierra explica la aparente rotación diaria de las estrellas; el aparente ciclo anual de movimientos del Sol está causado por la Tierra girando a su alrededor y -por último- el movimiento retrógrado aparente de los planetas está causado por el movimiento de la Tierra desde la que lo observamos.
El prefacio sin firmar, que todo el mundo atribuyó a Copérnico, arrojaba dudas sobre las ideas del libro al dar a en­tender que ni siquiera el autor las creía. Se tardó un año en acabar la impresión del volúmen, tiempo durante el que Copérnico tuvo un ataque de apoplejía y quedó parcialmente paralizado. El primer ejemplar impreso del libro -unas 200 páginas escritas en latín- que estaba dedicado al papa Pablo III, llegó al castillo de Frauenburg, lugar donde vivía el astrónomo, el 24 de mayo de 1543. Aquel mismo día, más tarde, Copérnico murió.
El papa Clemente VII supo acoger benévola­mente la teoría de Copér­nico, contradictoria del pensamiento teológico en cur­so, pero -medio siglo después- el papa Urba­no VII consideró que esa teoría ha­bía sido un mal peor "que las ense­ñanzas de Calvino y de Lutero". La pa­rábola abierta por el Renacimiento se hundía, para la Iglesia, en los fragores de la lucha contra la Reforma. En 1616, la Santa Congregación del Index vati­cana promulgó este decreto:
"Habiendo llegado a conocimiento de esta Congregación que la falsa doctrina de los pitagóricos, completamente con­traria a las Sagradas Escrituras, sobre el movimiento de la Tierra y la inmovili­dad del Sol que proclama Nicolás Co­pérnico en 'De revolutionibus orbium coelestium', logró extenderse y ser aceptada por muchos, como lo prueba la carta de cierto padre carmelita ti­tulada 'Carta del reverendísimo Padre Pablo Antonio Foscarini carmelita acer­ca de la doctrina de los pitagóricos y de Copérnico sobre el movimiento de la Tierra, la inmovilidad del Sol y el nue­vo sistema pitagórico del mundo', es­crita en Nápoles y dirigida a Lázaro Scorriggio en 1615, en la que el men­cionado Padre intenta demostrar que la consabida doctrina sobre la inmovilidad del Sol en el centro del mundo y el movimiento de la Tierra responde a la verdad, y es contraria a las Sagradas Escrituras".
"Considerando por esta razón que una doctrina de esta índole no debe desa­rrollarse en perjuicio de la verdad ca­tólica, se acuerda como imprescindible suspender las obras que se citan a continuación: 'De revolutionibus orbium co­elestium' de Nicolás Copérnico y los co­mentarios de Jacobus Lopis Stúnica, hasta que no se corrijan; se acuer­da asimismo prohibir y condenar en absoluto los escritos del carmelita Padre Pablo Antonio Foscarini, junto con to­das las demás obras que enseñan lo mismo, lo que también por el presente decreto queda prohibido, condenado y proscripto. Su Ilustrísima. Cardenal de Santa Ce­cilia y Obispo de Albano".
La Iglesia Católica siguió haciendo de las suyas también con Galileo y sus seguidores. Este escribió en su momento una extensa carta abierta sobre la irrelevancia de los pasajes bíblicos en los razonamientos científicos, sosteniendo que la interpretación de la Biblia debería ir adaptándose a los nuevos conocimientos y que ninguna posición científica debería convertirse en artículo de fe de la Iglesia católica.

En 1620, la Con­gregación del Index emitió un segundo decreto en el que indicaba los párrafos de la obra de Copérnico que debían ser suprimidos y aquellos que debían ser corregidos. Esto nunca se hizo. La obra permaneció en el Index hasta 1822, año en que, por decisión del papa Pío VII, fue retirada de allí tras dos siglos de proscripción. Es verdad que la teoría copernicana no alcanzó la perfección y que requirió la posterior complementación de Galileo Galilei (1564-1642), Johannes Kepler (1571-1630) y el genio de Isaac Newton (1643-1727) para que la mecánica celeste adquieriese absoluta co­hesión, pero lo que resalta de ella es su carácter absolutamente innovador. Aún con sus imperfecciones, tiene el perfeccionamiento de las verdaderas revoluciones.

Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832) supo decir: ''Entre todos los descubrimientos y criterios publicados, no hay na­da que haya impresionado tanto a la mente humana como la teo­ría de Copérnico. Apenas fue re­conocido nuestro mundo como re­dondo y encerrado en si mismo, cuando ya tuvo que renunciar al enorme privilegio de ser centro del universo. Quizá jamás se haya re­tado a la Humanidad con más osa­día, pues cuántas convicciones se desvanecieron con tal motivo co­mo el humo o la niebla: el segun­do paraíso, el mundo de la inocen­cia, poesía y devoción, el testimo­nio de los sentidos, las verdades de una fe poético-religiosa. No es extraño pues, que la Humanidad se resistiera a renunciar a todo ello y que tratara por todos los medios a su alcance de rechazar una cien­cia que autorizaba a sus seguido­res a tener una libertad de visión y audacia de opiniones, descono­cidas e insospechadas hasta en­tonces".

18 de febrero de 2008

Emil Cioran: cuanto más se es, menos se quiere

Emil Mihai Cioran fue uno de los pensadores más singulares del siglo XX. De origen rumano (nació en la localidad de Rasinari el 8 de abril de 1911) y afincado desde 1937 en Francia (en donde eligió la condición de apátrida), residió en este país hasta su muerte en París el 20 de junio de 1995.
Cioran dotó a la filosofía de aquel carácter extraterritorial que para muchos críticos fue el sello de la me­jor literatura de esa época: la de Samuel Beckett (1906-1989), Jorge Luis Borges (1899-1986) y Vladimir Nabokov (1899-1977) entre otros . Su singularidad se extiende al hecho de haber utilizado una lengua prestada, el francés, para dar forma a su pensamiento, y al hecho no me­nos singular de haberse convertido en uno de los más des­tacados prosistas contemporáneos en lengua francesa, "uno de los más grandes escritores franceses desde la muerte de Paul Valéry", tal como lo definió Saint John Perse (1887-1975), el poeta que obtuvo en 1960 el Premio Nobel de Literatura.
Cioran era hijo de un sacerdote ortodoxo y, después de cursar sus estudios secundarios en el liceo de Sibiu, ingresó en la Facultad de Letras de Bucarest con el objeto de estudiar filosofía. Allí obtuvo su diploma de licenciatura tras presentar un trabajo sobre la filosofía de Henri Bergson (1859-1941).
En 1934 publicó "Pe culmile disperarii" (En las cimas de la desesperación) la primera de las escasas obras escritas en su lengua natal por la que obtuvo el premio de los Jóvenes Escritores Rumanos. Designado profesor agregado de filosofía en la Universidad de Bucarest, alcanzó a publicar en 1936 "Cartea amàgirilor" (El libro de las quimeras) antes de partir hacia París en 1937 becado por el Instituto Francés de su país.
En Francia comenzó a escribir en francés, sobreviviendo -al igual que un estudiante- con muy escasos medios gracias a la obtención de becas y ayudas. Allí publicó -en 1940- su primer trabajo en esa lengua: "Le crépuscule des pensées" (El ocaso del pensamiento) con un estilo basado en afirmaciones cortas y aforismos, fuertemente influidos por el nihilismo y la ironía de Friedrich Nietzsche (1844-1900) y el pesimismo de Arthur Schopenhauer (1788-1860) y Philipp Mainländer (1841-1876).
En 1949 apareció "Précis de décomposition" (Breviario de podredumbre), gracias al cual pudo comenzar a vivir de su trabajo como escritor. Luego seguirían "Syllogismes de l'amertume" (Silogismos de la amargura, 1952), "La tentation d'exister" (La tentación de existir, 1956),
"Histoire et utopié" (Historia y utopía, 1960), "La chute dans le temps" (La caída en el tiempo, 1964), "Le mauvais demiurge" (El aciago demiurgo, 1969) y "De l'inconvenient d'étre né" (Del inconveniente de haber nacido, 1973), una serie de ensayos teñidos de acusaciones virulentas y metódicas contra las ideologías, las religiones y las filosofías inventadas por el hombre para justificar su existencia y sus actos.
Cioran estaba convencido de la miseria fundamental de la criatura humana, de la burla de todas las cosas; su gusto por lo peor y su amargura apocalíptica le valieron ser presentado como un esteta de la desesperación, calificación que recibió con complacencia irónica, ya que él mismo se prestaba a la autocaricatura al describirse a sí mismo como un sepulturero metafísico.
Si hubiera que adjetivar la filosofía de este pensador, no hay duda de que le correspondería el adjetivo de nihilista. Cioran, efectivamente, aportó a esta tradición irracionalista nuevas dimensiones a partir de las influencias de Lao Tsé (570 a.C.-490 a.C.), Siddhartha Gautama, Buda (560 a.C.-480 a.C.) y Marco Aurelio Antonino Augusto (121-180). No obstante, el nihilismo de Cioran es de muy particulares características ya que su condición es totalmente asistemática y de una deliberada fragmentariedad.
El nihilismo como actitud filosófica -pensaba Cioran- se traicionaría a sí mismo de convertirse en doctrina, ya que los grandes sistemas filosóficos constituyen una trampa que hace que el pensamiento quede prisionero de sí mismo. No hay que buscar en la obra de este pensador ninguna voluntad de reforma ni de reconstrucción de la filosofía, por el contrario, si existe algún propósito cla­ramente definido en aquélla no es otro que el de promover un ataque virulento a la misma filosofía: "la filosofía -afirmó Cioran- es un privilegio de individuos y de pueblos biológicamente superficiales".
"Las ideas, consideradas en sí mismas, son neutras -aseveró el rumano-, al me­nos en su origen. Ocurre, por desgracia, que los hombres las animan, proyectan sobre ellas retazos de sus pasiones, de sus oscuros deseos, y las ideas entonces se convierten en creen­cias, entran en el tiempo, toman el aspecto de un suceso, de algo que ha ocurrido. Así nacen las ideo­logías, las doctrinas y las farsas sangrientas".
En cierta ocasión manifestó que, al escribir un li­bro, su idea no era otra que la de "despertar a alguien, azotarlo", y también que "un libro debe trastornar la vida del lector de un modo o de otro". No queda claro si lo ha conseguido.

16 de febrero de 2008

Lo que sucedió el 2 de octubre de 1924 (Historia del gol olímpico)

En la mañana del 2 de octubre de 1924 estalló en el puerto de Veracruz, México, una de las huelgas más importantes en la historia del movimiento obrero de los años veinte. El Sindicato de Electricistas y Tranviarios decidió suspender sus labores en tanto no se satisficieran sus demandas de incremento salarial y otros beneficios laborales. Con el estallido de la huelga el tránsito se paralizó y se suspendió el servicio de energía eléctrica. El Sindicato de Oficios Varios Veracruzano acordó secundar el movimiento, considerado por los electricistas del puerto como un acto de solidaridad. La huelga afectó los trabajos de reparación de la zona marítima, de pavimentación de calles y otros servicios que se estaban llevando a cabo en oficinas federales.
Ese mismo día, un poco más al sur, el Secretario de Estado en el Despacho de Relaciones Exteriores de la República de Guatemala y el Ministro de Residente de la República de Nicaragua firmaban un acuerdo por el cual "los Gobiernos de las Repúblicas de Guatemala y Nicaragua animados del deseo de facilitar el libre cambio de productos entre los dos países, han convenido en celebrar una Convención Comercial que establezca cláusulas adecuadas y amplias para favorecer las transacciones con mutuo beneficio".
No muy lejos de allí, en la República Dominicana, se produjo la primera transmisión radial en el territorio nacional de un partido de béisbol, la que no incluyó equipos ni jugadores dominicanos: el periodista Frank Hatton (1897-1985) hizo una emisión de prueba con la emisora HIN, transmitiendo un juego entre los Yanquis de Nueva York y los Cardenales de San Luis.
Mientras tanto, en España se refrendaba la decisión de otorgar el voto a la mujer. Completado el censo -y a pesar de las exclusiones- éste arrojaba un total de 6.783.629 votantes de los que 1.729.793 eran mujeres, según consta en el Legajo 69 del Archivo del Congreso de los Diputados, Sección de Varios, Serie de la Junta Central del Censo o Junta Electoral Central.
En Saint Etienne, Francia, nacía Gilbert Simondon (1924-1989), un filósofo por largo tiempo ignorado que con el correr de los años fue adquiriendo una importancia mayor. Fue profesor de Letras, Ciencias Humanas y Psicología y autor de "Deux leçons sur l'animal et l'homme"  (Dos lecciones sobre el animal y el hombre), "L'individuation à la lumière des notions de forme et d'information" (El individuo a la luz de la información) y "Cours sur la perception"
(Curso sobre la percepción) entre otros.
A miles de kilómetros de allí, en Evanston, Illinois, Estados Unidos, nacía Charlton Heston (1924-2008), el actor de "Ben Hur", "The ten commandments" (Los diez mandamientos), "55 days at Peking" (55 días en Pekín) y "Planet of the apes" (El planeta de los simios) entre muchas otras. También fue presidente del Sindicato de Actores (1966/1971), asesor cultural de Ronald Reagan (1981/1988) y presidente de la Asociación Nacional del Rifle (1998/2003) desde la que defendió ardientemente el derecho a la libre posesión de armas de fuego.
Y en la Argentina, ese día sucedió un hecho que se transformó en un hito del fútbol argentino y mundial: la conversión del primer gol olímpico, una rareza que tiene lugar en muy pocas ocasiones dadas las dificulta­des que ofrece. En efecto, el hecho de que la línea de los postes corra rectamente has­ta el extremo desde el cual se ejecuta el cór­ner, obliga a imprimirle a la pelota un giro parabólico -un "efecto"- semejante al de la bo­la de billar en ciertos tiros.
Hasta setiembre de 1924, la reglamenta­ción internacional vigente en la Argentina no reconocía validez al gol efectivizado desde el ángulo formado por las líneas de meta y de banda. En la práctica, el córner era un lanzamiento indirecto que se traducía en un tiro al área, esperando la entrada del atacante o el yerro del defensor. Pero en ese mes y año, la reglamentación fue modificada en el sentido de reconocer co­mo válido el tiro directo. Esa modificación, como otras de aquel en­tonces, no tuvo en su momento la trascendencia que le darían los hechos sucedidos con posterioridad. Eran tiempos de comunicación lenta, realizada por vía de cartas que tenían que ser traducidas y a su vez transmitidas a las ligas, para que éstas las dieran a conocer a los clubes y éstos a los jugadores. O sea que en la rueda burocrática bien podía darse que tal o cual cambio en el reglamento pasara inadvertido. Esto fue lo que sucedió aquél día de octubre de 1924 en la cancha de Sportivo Barracas en el Parque Pereyra sobre la actual avenida Vélez Sársfield: casi todos los presentes ignoraban la nueva reglamentación, salvo el árbitro uruguayo Ricardo Vallarino (1893-1967), quien otorgó el tanto en medio de la sorpresa general.


En la tarde de aquel jueves, la Selección de Argentina se midió con la de Uruguay, reciente campeón olímpico en un partido amistoso. Cesáreo Onzari, puntero izquierdo argentino que jugaba en Huracán, ejecutó un córner y la pelota entró en el arco. Fue un triunfo memorable de los argentinos por 2-1 sobre los campeones olímpicos. Más de 30.000 personas fueron testigos de aquel hecho memorable. La novedosa conquista dejó huella y, desde entonces, cada gol convertido como "Onzari a los olímpicos" pasó a denominarse en toda América y en algunos países de Europa gol olímpico.
El periodista Oscar Barnade cuenta en su artículo "El gol olímpico cumple 80" publicado en el diario "Clarín" en 2004: "El clásico rioplatense acrecentó su fama luego de la consagración de Uruguay en los Juegos Olímpicos de París. Apenas llegaron los olímpicos a Montevideo, se organizaron dos amistosos con Argentina. El primero se jugó el 21 de setiembre en Montevideo y finalizó 1-1. Una semana después se disputó la revancha en Buenos Aires".
"La cancha de Sportivo Barracas -continúa Barnade- tenía capacidad para 40.000 espectadores. Pero la expectativa del encuentro superó todos los cálculos: se vendieron 42.000 entradas (35.000 populares a $ 1.- y 7.000 plateas a $ 3.-)". Sumando los invitados, los socios y los "colados", ese día hubo 52.000 personas para el diario "La Nación" y casi 60.000 para "La Razón". El partido se inició con mucho público al borde de la línea lateral y, cuando apenas iban cuatro minutos de juego, el árbitro Vallarino decidió suspender el partido. Hubo varios incidentes y algunos heridos.
Se organizó entonces la continuación del encuentro para el jueves 2 de octubre y se tomaron varias medidas, entre ellas la de cercar el campo de juego con un alambrado de un metro y medio de alto. Si bien ya existían varias canchas alambradas en Buenos Aires y en Montevideo, desde entonces pasó a llamarse alambrado olímpico. También se restringió la cantidad de entradas a la venta y se aumentó su precio: se vendieron 15.000 populares a $ 2.- y 5.000 plateas a $ 5.-. De ese modo, con el agragado de invitados, los espectadores llegaron sólo a 30.000.
Para la ocasión, los equipos formaron de la siguiente manera: Uruguay con Mazzali; Nasazzi y Uriarte; Andrade, Zibecchi y Zingone; Urdinarán, Scarone, Petrone, Cea y Romano. Por su parte, la Argentina lo hizo con Tesorieri; Adolfo Celli y Bearzotti; Médice, Fortunato y Solari; Tarascone, Ernesto Celli, Sosa, Seoane y Onzari.


A los 15 minutos del primer tiempo, en un córner desde la izquierda, Onzari cacheteó la pelota que describió una curva y se metió junto al primer palo, superando el esfuerzo del arquero Mazzali para sacudir la red. Los uruguayos pensa­ron, en un primer momento, que correspondía una nueva ejecución puesto que ese gol no estaba en los libros, pero allí surgió el árbitro -que tenía conocimiento de la modifica­ción reglamentaria- marcando el centro de la cancha y dictaminando la incuestionable existencia del tanto. Cea conquistó el empate para Uruguay a los 29 minutos y Tarasconi aumentó a los ocho del segundo tiempo para Argentina, que terminó ganando 2-1 a pesar de que el partido no finalizó porque el equipo uruguayo se retiró faltando cuatro minutos. Los argentinos acusaron a los uruguayos por el juego brusco, del que fue víctima Adolfo Celli, quien sufrió fractura de tibia y peroné y debió ser reemplazado por Ludovico Bidoglio. Los uruguayos también se quejaron de la incultura del público argentino, que agredió a los jugadores con piedras y botellas. Héctor Scarone le pegó una patada a un policía y terminó en la comisaría. Más allá de los incidentes, todos destacaron el gol de Onzari.
"Tengo la seguridad de haber actuado a conciencia -dijo el árbitro uruguayo al diario 'La Nación' del día siguiente-, en ningún momento dejé de cumplir mi misión en la forma en que entendía debía hacerlo. Prueba de ello, los goles que sancioné, el primero de los cuales directamente de un córner, aún cuando esa nueva disposición del reglamento oficial no nos ha sido comunicada a los referees de la Asociación Uruguaya de Football". Por su parte, el diario "La Razón" le dedicó un párrafo especial asegurando que hacía quince días se sabía de la nueva reglamentación y que "esta sanción se ha producido en una oportunidad propicia y que será recordada siempre".
El historiador del Centro para la Investigación de la Historia del Fútbol (CIHF) Jorge Gallego aclara que "la regla fue modificada por la International Board el 14 de junio de 1924 y el primer gol directo de córner se produjo el 21 de agosto en un partido de la Segunda División de Escocia. Su autor fue Billy Alston". Por alguna razón, el gol del escocés jamás logró la trascendencia del de Cesáreo Onzari, quien nació el 22 de febrero de 1903 y sus primeros pasos en el fútbol los realizó en el Club Almagro de su barrio natal. Luego siguió en el Club Mitre, una institución de efímera existencia en los albores del fútbol argentino, para pasar luego a Huracán en 1921, en donde se quedó para siempre. Allí consiguió cuatro títulos (1921, 1922, 1925 y 1928) y jugó hasta 1933. En la Selección Argentina disputó quince partidos e hizo cuatro goles. Un sector de plates del estadio Tomás Adolfo Ducó del Club Huracán lleva su nombre. Abandonó la práctica deportiva con apenas veintiocho años de edad y falleció en Buenos Aires el 6 de enero de 1964.
Como si no fuera suficiente, aquél día también se realizó la primera transmisión de fútbol en el Río de la Plata, inaugurando una costumbre argentina: la de escuchar fútbol por la radio. Horacio Martínez Seeber, un inquieto radioaficionado interesado en el periodismo y Atilio Casime, jefe de Deportes del diario "Crítica", transmitieron el primer partido de la historia por LOR Radio Argentina.
Esta radio -la emisora pionera del país que había iniciado sus emisiones en 1920- narró los tumultos e incidentes del comienzo del encuentro el domingo 28 de septiembre con las voces de Martínez Seeber y Casime, y retornó a la cancha el jueves 2 de octubre para contar los 86 minutos restantes. No se trató de un relato clásico, del tipo de los que en hoy en día se escuchan, sino de una simple descripción de las incidencias del juego. Martínez Seeber, un profundo conocedor de los aspectos técnicos de la radiotelefonía, tenía la licencia oficial de radioaficionado número 1, otorgada por el Ministerio de Marina y esa tarde hizo a la vez de relator, comentarista y técnico. Instaló tres micrófonos en el puesto al borde del campo de juego: uno para él, otro para Casime y el tercero de ambiente, para registrar el enorme bullicio del partido internacional.

Voltaire, el revoltoso contradictorio

La vida y la obra de Voltaire se hallan enmarcadas en la Ilustración, ese movimiento cultural que en Francia se inició en 1715, año en que murió el rey Luis XIV (dando fin a lo que el mismo Voltaire denominó el "Gran Siglo") y con­cluyó en 1789 con la Revolución Francesa. Y esto es así hasta el punto de que ese Siglo de la Ilustración -o de las Luces- ha sido denominado en ocasiones "el siglo de Voltaire", como una forma de subrayar la coincidencia de objetivos entre el autor de las "Cartas filosóficas" y el movimiento cultural.
Voltaire tiene como antecedentes a las corrientes ra­cionalistas y empiristas del siglo XVII. Así, recibió la influencia de John Locke (1632-1704) y de Isaac Newton (1643-1727) y rechazó las posiciones de René Descartes (1596-1650). Del mismo modo recogió el pensamiento de Nicolás Malebranche (1638-1715) y de Baruch Spinoza (1632-1677), dándoles una vuelta de tuerca. Mención aparte merece Blas Pascal (1623-1662), porque le permitió a Vol­taire la crítica de un pensamiento apegado al dogma religioso y con ello, la construcción de su pro­pio pensamiento: la finalidad de la vida no radica en la penitencia como medio para alcanzar el "cielo", sino en el cumplimiento de aquello para lo cual la naturaleza ha destinado a los hombres, esto es, la felicidad, ase­quible mediante el progreso material y moral.
Las influencias filosóficas del siglo XVII son complementarias en Voltaire con las influencias literarias. Esto se ve en sus primeras tragedias, en las que partió del clasicismo francés para remozarlo, aun después de que Denis Diderot (1713-1784) y los enciclopedistas impulsaran un tipo de teatro propagandístico al servicio de sus ideas filosóficas.

"Las relaciones que Voltaire sostuvo con los enciclopedistas fueron contradic­torias -explica el periodista inglés Henry Brailsford (1873-1958) en su ensayo de 1941 'Voltaire'- pero dado que pertenecían a una generación más joven, antes es preciso hablar del período que dis­curre hasta 1750 (fecha de presentación del prospecto de la Enciclopedia, redactado por Diderot) y que conforma la primera etapa de la Ilustración francesa (la se­gunda se extenderá desde la publicación de la Enciclo­pedia en 1751 hasta el estallido de la Revolución). En este período Voltaire tuvo un papel de precursor de la nueva filosofía ilustrada, pero no creó ninguna escuela". Efectivamente, Voltaire rechazó todo contacto con el círculo que animaba el académico Bernard de Fontenelle (1657-1757) -pese a mantener algunas características ideoló­gicas afines- y tuvo por gran rival al politólogo Charles de Secondat, Montesquieu (1689-1755). Este, que también había importado su espíritu crítico de su estadía en Inglaterra, se le ade­lantó en trece años con la publicación de sus "Cartas persas" en 1721, pero Voltaire se desquitó, aun con re­traso, publicando las "Cartas filosóficas" y, sobre todo, oponiendo una filosofía de la historia directamente enfrentada a los contenidos del ensayo de Montesquieu "El espíritu de las leyes" (1748). "Dicha filosofía -aclara el teólogo alemán David Strauss (1898-1874)-, explícita sobre todo en el 'Ensayo so­bre las costumbres', antepone el espíritu del tiempo como rector de los grandes acontecimientos del mundo, al espíritu de las leyes. El espíritu del tiempo es único (la misma causa no opera dos veces, ni tampoco su efecto) y su gran motor son los grandes hombres, que han conseguido, en el devenir de los siglos, crear civilización partiendo de un primitivo estado de igno­rancia". A pesar de todo, Voltaire no supo responder rigurosa­mente a la gran cuestión planteada en "El espíritu de las leyes", como por ejemplo, cómo se concilia la autoridad del Estado con la libertad de los ciudadanos. Partidario de un po­der fuerte, encarnado en el despotismo ilustrado, Vol­taire reclamó para sí una libertad que consideraba ab­solutamente necesaria, pero no se planteó el problema de las instituciones que habían de vertebrar autoridad y libertad. Con los enciclopedistas -como señaló Brailsford- sus relaciones fueron contradictorias. Voltaire acogió con fervor el proyecto de la Enciclopedia y colaboró en ella escri­biendo algunos artículos como "Elegancia", "Elocuencia", "Espíritu" e "Imaginación". Contó además con decididos partidarios entre la nueva generación, como el científico Jean Le Rond D'Alembert (1717-1783), el filósofo y matemático Nicolás de Condorcet (1743-1794), el escritor Etienne Damilaville (1723-1768), el crítico literario Jean Francois de La Harpe (1739-1803) y el escritor y político Charles de Villette (1736-1793) entre otros. Pero, a la vez, mantuvo posiciones ideológicas no del todo compatibles con el espíritu de los enciclopedistas.
Así, se opuso al materialismo de los enciclopedistas Diderot, Georges Leclerc de Buffon (1707-1788) y Paul Henri d'Holbach (1723-1789), porque consideró que sin la existencia de un "Ser Supremo" nada podía explicarse. Voltaire creía que la ciencia podía dar cuenta de un fe­nómeno como, por ejemplo, el de la gravitación, pero que estaba limitada para explicar las causas de dicho fe­nómeno ya que esto correspondía a Dios. Su gran oponente fue, sin embargo, Jean Jacques Rousseau (1712-1778), al que atacó en "El sentimiento de los ciudadanos" (1764). "Para Voltaire -narra el poeta inglés Alfred Noyes (1880-1958) en su biografía de Voltaire publicada en 1942-, el sentimiento, la pasión, en último tér­mino la espontaneidad, se remitían a un sistema de va­lores que terminaba por aplastar a la razón y conducir al fanatismo religioso. Cuando Diderot, por ejemplo, hizo una apología de la pasión comparándola al viento que hace surcar a una nave, Voltaire respondió que también era lo que la hacía sumergir". La influencia de Voltaire, enorme en su tiempo, se prolongó hasta muy entrado el siglo XIX. La fuerza reaccionaria del clericalismo implantado en la Restauración (1814/1830) y en el Segundo Imperio (1852/1870) en Francia, man­tuvo la vitalidad del "volterianismo", una compleja mezcla en la que se aglutinó el progresismo de las clases medias y el antiautoritarismo de algunos movimientos populares. Pero Voltaire pasó a la poste­ridad, sobre todo, por haber difundido -en su lucha contra el fanatismo- la tolerancia religiosa y por haber ensalzado valores tales como la actividad, la aspiración al bienestar o la búsqueda de la utilidad social. La bur­guesía en ascenso se reconoció en ellos y los materia­lizó en la Revolución de 1789. El ensayista francés André Maurois (1885-1967) reconoce en su biografía de Voltaire publicada en 1965 que "el pensamiento filosófico de Voltaire no está articu­lado de modo sistemático. De esta característica -generalizable, en cierto modo, a todos los filósofos franceses del siglo XVIII- resulta que la filosofía volte­riana se halla dispersa a lo largo de una vasta obra, en textos propiamente filosóficos, históricos y literarios. Temperamentalmente alejado de toda abstracción, Voltaire se interesó siempre por las formas concretas del pensamiento, pero éstas, sin jerarquización nin­guna, tomaron cuerpo según las vicisitudes del mo­mento y de acuerdo con un plan de acción ilustrado". Este plan Voltaire lo sintetizó durante años en su lucha contra todo aquello que más tercamente se oponía a la ra­zón: el oscurantismo, la superstición, la intolerancia, la estupidez, la tortura; aberraciones que el autor de las "Cartas filosóficas" remitió invariablemente a lo largo de su vida a un único origen: la Iglesia, en su condición de insti­tución más representativa del fanatismo organizado. Voltaire fue un filósofo que úni­camente captó los objetos precisos y limitados, y es ésta una de las razones por las cuales se le ha considerado como un precursor de la moderna mentalidad burguesa, que se hizo hegemónica con el advenimiento de la Revolución Industrial en Europa alrededor de 1750. En su "Diccionario filosófico" (1764) puede leerse: "La igualdad es natural en el hombre, pero la desigualdad es indispensable para que exista un orden social; un Estado debe comprender una infinidad de hombres que no posean nada". En el mismo diccionario, en la voz "Democracia" dice que "el gobierno popular es por su esencia menos inicuo y abominable que el poder tiránico, pero la democracia parece que no con­venga más que a una nación reducida y que esté colo­cada en sitio a propósito".
Las dudas acerca de la viabilidad del sistema demo­crático, Voltaire las fue adquiriendo después de su estadía en Inglaterra; su filo­sofía de la historia lo llevó a pensar que su país necesitaba de una política centrali­zada, dada su extensión, y de una monarquía, pero no absoluta, sino ilustrada, como única forma real de go­bierno progresista. Para este racionalista burgués, apóstol de la tolerancia y de la li­bertad, el problema del mal quedó sin solución en su pensamiento. Consciente de los límites de la razón, no otorgó a ésta más de lo que su realismo le permitía: ser propiedad esencial del hombre, quien, como tal, debe ejercerla. Y así lo hizo él mismo, luchando contra la parte del mal que sí alcanzó a comprender: el fanatismo.

Francois Marie Arouet nació el 21 de noviembre de 1694 en París, la misma ciudad en la que fallecería siendo inmensamente rico el 30 de mayo de 1778, después de haber escrito una buena cantidad de tragedias como "Edipo" (1718), "Bruto" (1730), "Zaire" (1732), "La muerte de César" (1735) y "Mahoma o el fanatismo" (1741) entre otras, y los relatos "Henriade" (1728), "Zadig" (1748), "Micromégas" (1752) y "Candido" (1759).
A lo largo de su vida utilizó numerosos seudónimos para publicar sus obras: M. Arouet le Jeune, Lord Bolingbroke, Rabbi Akib, Cubstorf y -obviamente- Voltaire.
Poco antes de morir hizo su última profesión de fe: "Muero adorando a Dios, amando a mis amigos, no odiando a mis enemigos y detestando la superstición", y aquí cayó en otra de sus habituales contradicciones: murió adorando a Dios, la mayor de todas las supersticiones.