31 de marzo de 2008

Los secretos de Cristóbal Colón

"El nuevo cielo y tierra que decía Nuestro Señor por San Juan en el Apocalipsis me hizo a mí mensajero y me mostró aquella parte".
"Así que pues nuestro Redentor dio esta victoria a nuestros Ilustrísimos Rey y Reina y a sus reinos famosos de tan alta cosa, adonde toda la cristiandad debe tomar alegría y hacer grandes fiestas y dar gracias solemnes a la Santa Trinidad, con muchas oraciones solemnes por el tanto ensalzamiento que habrán en tomándose tantos pueblos a nuestra Santa Fe, y después por los bienes temporales que no solamente a la España, mas a todos los cristianos tendrán aquí refrigerio y ganancia".

"Porque esperamos en aquel alto Dios que si ha de haber antes de grande tiempo buena y grande renta de las islas y tierra firme, de la cual por la razón sobrescrita me pertenece el dicho diezmo, ochavo y salarios y derechos sobredichos, y porque somos mortales, bien es que cada uno ordene y deje declarado a sus herederos y sucesores lo que ha de haber y hubiere, y por esto me pareció de componer de esta ochava parte de tierras y oficios y renta un Mayorazgo"
"Porque al tiempo que yo me moví para ir a descubrir las Indias, fui con intención de suplicar al Rey y a la Reina, Nuestros Señores, que de la renta que Sus Altezas de las Indias hubiesen, que se determinase de la gastar en la conquista de Jerusalem, y así se lo supliqué, y si lo hacen, sea en buen punto, y si no, que todavía esté la persona que heredare de este propósito de aumentar el más dinero que pudiere para ir con el Rey Nuestro Señor, si fuere a Jerusalem a conquistar, o ir solo con el más poder que tuviere que playera a Nuestro Señor".

"Otra isla hay, me aseguran mayor que la Española, en que las personas no tienen ningún cabello. En ésta hay oro sin cuento, y de ésta y de las otras traigo conmigo Indios para testimonio".
"Muchos traían piezas de oro al pescuezo, y algunos atados a los brazos algunas perlas. Holgué mucho cuando las vi y procuré mucho de saber dónde las hallaban".
"Puercos ya tenemos más de ciento; cabras y ovejas ya tenemos de ellas hartas para simiente, y así de otras todas maneras. Y así espero en Nuestro Señor que antes de muchos años no habrá menester traer acá salvo vestuarios, que de trigo acá dará buena simiente, y vino se halla acá hartas vides que, trasponiéndolas y labrándose, darán buen fruto. Otras mil maneras de cosas se hallarán cada día. De las minas del oro y de la gran cantidad, ya encima dije que yo afirmaba el decir de la carta del año pasado, y afirmo que su cantidad suya comprendo es muy grande, y así de la especería de todas suertes, mas no se tiene acá en precio entre esta gente, porque van desnudos y de otra cosa no curan salvo del comer y mujeres".

Los textos precedentes provienen de distintas cartas escritas por el almirante Cristóbal Colón cuando se encontraba en plena faena "evangelizadora" en tierras americanas. Se ha escrito abundantemente sobre el origen del navegante y aún hoy el tema sigue cubierto en una maraña de hipótesis. Según la teoría más aceptada, podría haber nacido en 1451 en Génova, pero otras hipótesis lo hacen balear, castellano, catalán, corso, gallego, griego, judío y portugués. La tesis del nacimiento en Galicia se basa en la presencia de varias generaciones con el apellido Colón en Portosanto, Pontevedra. Una teoría revela que fue un noble castellano, de Villa de Espinosa, Guadalajara, aunque por otra parte, también se dice que era de Extremadura. Otra hipótesis es la de que sería un noble portugués, que habría huido a Génova. En 1874, un historiador norteamericano, Aarón Goodrich (1807-1887), identificó a Colón con un corsario griego del siglo XV al servicio de Francia, que se hacía llamar Coulon o Coullon. Por otra parte, un libro londinense editado en 1682, afirma que el almirante era nacido en Inglaterra, pero residente en Génova. El escritor italiano Agostino Ruffini (1812-1855), cuenta que estando en Suiza en casa de un tal Colomb, éste alegaba ser descendiente de Colón y que su antepasado había nacido en Ginebra. Algunos investigadores de fines del siglo XIX pretendieron demostrar que había nacido en la pequeña ciudad de Calvi, en Córcega. Un italiano, Bernardo Colombo, en abril y mayo de 1586, pretendió probar que era el heredero del almirante, el cual había nacido en Cogoletto y no en Génova. Un investigador ibicenco asevera que Colón nació en Ibiza en 1436, isla donde existe la residencia de la familia Colom. En un libro publicado en 1927 en París, se agregó que era catalán y su verdadero apellido Colom, y que en su escudo y firma hay indicios de catalanidad. Otros autores, sostienen que Colón nació en una de las islas que se encuentran en la desembocadura del Ebro, en Tortosa, poblada por comerciantes genoveses o que nació en 1460 en Felanitx, Mallorca, hijo de Don Carlos, príncipe de Viana y Margarita Colom.Pero la hipótesis que más se ha extendido y que más divulgación ha tenido es la de su nacimiento en Génova. Según ésta, Cristóforo Colombo nació a finales de 1451, hijo de Doménico Colombo y Susana Fontanarossa. Doménico vivía en Génova y fue guardián de la Porta dell'Olivella hasta febrero de 1470, en que se trasladó a Savona con su hijo Cristóforo, donde trabajaron en el oficio de tejedores de paño y taberneros. En 1476 naufragó la flota genovesa en la que viajaba Cristóbal, al ser atacada por corsarios franceses cerca del cabo de San Vicente en Portugal; desde entonces Colón se estableció en Lisboa como agente comercial de la casa Centurione, para la que realizó viajes a Madeira, Guinea, Inglaterra e incluso Islandia en 1477, donde escuchó relatos de viajes irlandeses y vikingos a América. Es sorprendente el hecho de que Cristóforo Colombo, nacido en la Liguria italiana escribiera en castellano al Banco de San Giorgio de Génova, al igual que mantuviera una extensa correspondencia en esta misma lengua con Nicolás Oderigo, embajador genovés en Castilla, y con su gran amigo y protector, también italiano, fray Gaspar Gorricio. A sus hermanos Bartolomé y Diego, supuestamente genoveses, les escribía en castellano y hasta en caracteres desconocidos. No se encuentra explicación a que Cristóforo Colombo ya utilizara el castellano en Portugal, tres años antes de llegar a Castilla. El historiador medievalista español Ramón Menéndez Pidal (1869-1968) asevera que en su español no se hallan italianismos. Si Colón era genovés, antes de ofrecer su descubrimiento a Portugal, Inglaterra y Castilla, bien pudo ofrecérselo a Génova y al Banco de San Giorgio, que pudo haber puesto a su disposición el dinero que necesitaba para su empresa.Se especula también con que el Cristóforo Colombo genovés, nacido en 1451, no era Cristóbal Colón. Un estudio dice que fue un pirata del Mediterráneo, Cristóforo Colonne, al servicio del rey de Nápoles Renato de Anjou (1409-1480), muy aficionado a las artes y con una gran curiosidad científica. Otra propuesta sostiene que Colón era judío y ésta es tan aceptable como cualquiera de las teorías precedentes. Como sea que fuera, el almirante se cuidó de negar su origen sistemáti­camente, creando una enorme sombra de duda sobre el tema. Parece ser que la llave que podría develar el misterio está en poder del Vaticano desde 1560, cuando un grupo de corte­sanos inició el proceso de solicitud de beatifica­ción del osado almirante. En ese momento se encargó al Tribunal de la Inquisición una minuciosa investigación sobre la vida de Colón. La documentación está en el archivo del Vaticano, quien lo mantiene en secreto.
¿Judío? ¿Hijo bastardo de algún noble promi­nente? En una época en la que cualquiera de esos "crímenes" lo hubiera condenado, Cristóbal Colón tenía un secreto que guardar y, a juzgar por los resultados, parece que lo consiguió. Sin embargo, dos cosas han quedado claras para la historia. Una, la fecha de su muerte en Valladolid el 20 de mayo de 1506; la otra, que América ya no volvería a ser la misma después de su "descubrimiento".El norteamericano Samuel Eliot Morison (1887-1976), un historiador de Harvard que fue un admirado biógrafo de Colón, reconoció que el almirante ordenaba a los nativos que encontraran una cierta cantidad de oro en un cierto periodo de tiempo, y si no cumplían con su cupo, les cortaban los brazos. En "Christopher Columbus, Mariner" (Cristóbal Colón, Marino; 1955) escribió: "Quien fuera el que inventara este espantoso sistema, como único método de producir oro para la exportación, el responsable del mismo fue solo Colón. Aquellos que huyeron a las montañas fueron cazados con perros, y de los que escaparon se ocuparon el hambre y la enfermedad, mientras miles de pobres criaturas, en su desesperación tomaron veneno de mandioca para acabar con su miseria".
Morison continúa: "Así que la política y los actos de Colón, de los cuales solo él fue responsable, comenzaron la despoblación del paraíso terrenal que fue La Española en 1492. De los nativos oriundos -estimados por etnólogos modernos en 300.000-, entre 1494 y 1496 un tercio había muerto. En 1508 el censo mostraba sólo 60.000 vivos, y en 1548 Oviedo dudaba sobre si quedaban 500 indios".
El Oviedo que menciona Morison, no es otro que el cronista de Indias y administrador español Gonzalo Fernández de Oviedo (1478-1557), quien en una de sus crónicas describió "innumerables muertes crueles tan incontables como las estrellas". Pero parece que esto era aceptable ya que "usar la pólvora contra paganos es como ofrecer incienso al Señor". Amén.

30 de marzo de 2008

La tierra (IV): una certeza

Mientras tanto, las nuevas investigaciones descubrían un interesante patrón en el mar. Durante la Segunda Guerra Mundial se habían desarrollado las exploraciones magnéticas del fondo marino, como el sondeo por eco, con la intención de mejorar la detección de submarinos. En 1961, geógrafos de la institución oceanográfica Scripps Institution of Oceanography, observaron anomalías magnéticas en el patrón de franjas del fondo oceánico en la costa del estado de Washington. Un año después, el geofísico de la universidad de Cambridge Drummond Matthews (1931-1997), que había realizado exploraciones magnéticas en una dorsal submarina del océano Indico, también observó un patrón curioso y distinto de las franjas magnéticas: señales magnéticas más débiles y más fuertes en bandas paralelas a ambos lados de la cresta de la dorsal. Cuando regresó a Inglaterra comentó sus descubrimientos con Frederick Vine (1939-2006), un investigador de la Universidad de Cambridge especializado en geofísica marina. Los dos plantearon la hipótesis de que el fondo marino hubiera registrado la orientación del campo magnético de la Tierra en el tiempo en que la nueva roca fundida rezuma del manto. Si la expansión del fondo oceánico sucede tal y como Hess la describió, estos bloques de material magnetizado de forma normal e inversa se alejaría de forma paralela a ambos lados de la dorsal. La hipótesis de Vine y Matthews, "Magnetic anomalies over ocean ridges" (Anomalías magnéticas en las dorsales oceánicas) publicada a finales de 1963, no fue aceptada por gran parte de la comunidad geofísica, en parte porque aún no se había completado la escala cronológica de inversión magnética, por lo que los datos anómalos obtenidos en el fondo marino apenas si coincidían con su teoría. Pero, dos años más tarde, en 1965, el propio Vine junto a Hess y John Tuzo Wilson (1908-1993), de la Universidad de Toronto, continuaron sus investigaciones sobre las dorsales centro-oceánicas. Wilson examinó mapas del fondo marino de la costa de la Isla de Vancouver y el sur hasta California, y sugirió que éstos mostraban una dorsal de expansión del fondo marino. Vine y Wilson publicaron en octubre de 1965 un artículo en el que proponían un modelo para la expansión del fondo marino del Pacífico nordeste, que utilizaba como prueba las bandas de magnetismo inverso que avanzaban desde ambos lados de la dorsal. Poco después, la pequeña discrepancia existente entre las bandas de inversión del fondo marino y la datación de las inversiones de campos en tierra conocidas se suavizó cuando geólogos de la National Academy of Sciences de Estados Unidos descubrieron una nueva inversión de campos basada en la tierra. Con esta adición, los dos grupos de datos coincidían de forma asombrosa, con lo que se llegó a una forma completamente nueva de comprender el planeta Tierra.Tuzo Wilson, en un intento de explicar las fallas del fondo marino, fue el primero en abordar las trascendentales implicaciones de la expansión del fondo oceánico. En todos los puntos del globo, los investigadores han encontrado fallas, fracturas perpendiculares a las dorsales de expansión centro-oceánicas que atraviesan océanos completos y dividen las dorsales en segmentos. Cuando Wilson abordó la cuestión, prevalecía la interpretación de que las fallas constituían la evidencia de la división de la corteza oceánica de un extremo a otro. Se suponía que las dorsales se habían originado como unidades continuas que posteriormente se fragmentaron y desplazaron debido a la acción de las fallas. Wilson lo planteó de otra manera: si bien las fallas eran la prueba de una división de la corteza, lo eran únicamente entre los segmentos de dorsales en expansión, unos segmentos que siempre habían estado desplazados.Este nuevo planteamiento sugería que la deformación activa se concentra en las dorsales y a lo largo de sus fallas de conexión, y que el resto de la corteza oceánica simplemente va a la deriva, sin divisiones. Wilson dio el nombre de "placas" a estas enormes masas de roca en movimiento. Posteriormente, propuso que la superficie de la Tierra estaba dividida en unas siete placas corticales grandes y varias de menor tamaño. Las ideas de Wilson sobre las placas y las fallas oceánicas se pudieron comprobar con facilidad mediante el conjunto de datos de localización de un terremoto emergente obtenidos por el Observatorio Lamont. Allí se descubrió que los terremotos oceánicos se concentraban a lo largo de las dorsales oceánicas y sus fallas de conexión, y que el interior de las "placas" oceánicas no tenían actividad sísmica. Los estudios realizados sobre los terremotos también supusieron un paso crucial para la comprensión de las zonas de subducción. En la década de 1940, los profesores Kiyoo Wadati (1902-1995) del Central Meteorological Observatory de Japón y Hugo Benioff (1899-1968), del California Institute of Technology, observaron que los terremotos profundos se producían en un plano por debajo del fondo oceánico y se concentraban en áreas alrededor de los bordes de los océanos, cercanas a los volcanes terrestres.Los estudios llevados a cabo en la década de 1950 mostraron que estas áreas oceánicas también albergaban profundas fosas, mencionadas por Hess en su modelo de expansión del fondo marino. Las profundas fosas y los terremotos relacionados con las mismas intrigaban a los sismólogos. Algunos de estos terremotos se producían en grandes profundidades del manto, donde las elevadas temperaturas deberían ablandar cualquier elemento rígido, de forma que las rocas en vez de ser tan sólidas y rígidas como para agrietarse con facilidad en los terremotos, deberían fluir. Este planteamiento cambió con el trabajo realizado por los investigadores del Observatorio, quienes examinaron la actividad sísmica de una fosa cercana a la isla de Tonga en el Pacífico Sur.En 1964 comenzaron a recopilar datos sísmicos para identificar el origen o foco subterráneo de los terremotos producidos allí. Al igual que Benioff y Wadati, observaron que los focos esbozaban un plano inclinado hacia abajo desde el fondo oceánico de alrededor de 45 grados. Pero el equipo de Lamont fue el primero en reconocer que este plano era un bloque de material descendente lo suficientemente frío y duro como para apoyar terremotos y que, además, el bloque que contenía el fondo marino, se estaba inclinando hacia la fosa, creando una zona sísmica.Determinaron que el bloque descendiente del fondo marino tenía un grosor considerable, de aproximadamente 100 kilómetros. No sólo se movía la superficie del fondo marino, ni la corteza sola, sino un bloque mucho más grueso. Parecía razonable aplicar a este bloque móvil el término que le dio Wilson: placa.

La Tierra (III): una probabilidad

Indudablemente, la teoría de la deriva continental expuesta por Alfred Wegener (1880-1930) y mejorada a lo largo de los años por diversos estudios y experimentos, tuvo para la geología la misma importancia que el descubrimiento de la circulación de la sangre por William Harvey (1578-1657) tuvo para la fisiología o la teoría de la evolución de Charles Darwin (1809-1882) tuvo para la biología.La teoría propuesta por Wegener postuló que, hace 300 millones de años, existía un gran supercontinente al que llamo Pangea. Con el transcurrir del tiempo, este supercontinente se fragmentó en placas continentales. Los fragmentos comenzaron a dispersarse hasta llegar a la actual disposición de los continentes y masas oceánicas.
En 1970, el geofísico norteamericano Robert Dietz (1905-1994) publicó una reconstrucción preliminar de la historia de la fragmentación de Pangea. El supercontinente Pangea aparecía cercado por el gran océano primitivo, la Panthalassa (del cual es remanente el Océano Pacífico). De manera bastante simplificada se puede decir que esa configuración duró posiblemente hasta el Jurásico Medio (hace aproximadamente 180 millones de años), cuando se fragmentó esa inmensa placa. A las dos porciones que se originaron se les dio el nombre de Laurasia (Norteamerica + Eurasia, sin la península de la India) y Gondwana (Sudamérica + Africa + India + Australia + Antártida + Nueva Zelanda). En seguida, según la reconstrucción de Dietz, a partir de una hendidura en forma de Y, se inició la fragmentación de Gondwana, que originó la India, y que separó también Sudamérica de la Antártida. El paso siguiente fue la ruptura que separó Sudamérica de Africa, originando el Atlántico sur. Finalmente, Australia se separó de la Antártida, mientras la placa de la India chocó con la placa de Eurasia, colisión que dio lugar a los montes Himalayas.
Al mismo tiempo que Dietz publicaba su reconstrucción, la Universidad de Columbia se había convertido en la base de un intenso programa de investigación de geología marina, encabezado por el oceanógrafo Maurice Ewing (1906-1974). Al principio de la década de 1950, las embarcaciones de investigación del Observatorio Geológico Lamont de Columbia recopiló sondeos de numerosas profundidades realizados en el Océano Atlántico, y en 1952 los investigadores comenzaron a elaborar un mapa a partir de los resultados de estos sondeos.
Una de las características del fondo marino del Atlántico, conocida desde mediados de los 70, es su cordillera submarina conocida como la Dorsal Atlántica. La cordillera emerge de una amplia llanura a ambos lados y presenta picos que alcanzan los 3.000 metros de altura desde el fondo del océano. Sin embargo, los investigadores descubrieron nueva información extraordinaria sobre ella. La Dorsal Atlántica no sólo tenía una gran altitud, sino también mucha longitud, ya que se extendía a lo largo de alrededor de 15.000 kilómetros, casi toda la extensión del océano desde Groenlandia hasta el sur de Africa, superando la longitud de las Montañas Rocosas y la Cordillera de los Andes juntos.
Los investigadores del Observatorio Lamont también descubrieron que la cresta del sistema dorsal está prácticamente libre de sedimentos, en comparación con la gruesa capa de sedimentos existente en las planicies situadas junto a los márgenes continentales, que pueden alcanzar un grosor de varios kilómetros. Quizá la característica más sorprendente de la Dorsal Atlántica fuera el profundo valle que se extendía por ella. Esta fisura, como se denomina, desciende una media de 1.800 metros desde la cresta de la dorsal y su anchura varía entre 13 y 50 kilómetros, dimensiones en las que se podría introducir sin problemas el Gran Cañón del río Colorado, que tiene una anchura de 30 kilómetros aproximadamente.
Las muestras recogidas del fondo de la fisura revelaron que el fondo del océano estaba compuesto por roca volcánica oscura y sumamente joven. El Observatorio Lamont publicó en 1959 una mapa del Atlántico Norte con las características de la dorsal oceánica. Cuando esto sucedió, los sondeos realizados en otros lugares habían obtenido perfiles del fondo marino muy similares en todo el mundo, y el extraordinario patrón salió a la luz.
Los sondeos revelaron que el sistema dorsal centro-oceánico tiene una longitud de 60.000 kilómetros, suficiente para dar la vuelta al Ecuador una vez y media. Se trataba de una de las características físicas dominantes del planeta, junto con los continentes y los propios océanos. Los investigadores también trazaron un sistema de profundas fosas (las partes más profundas de las cuencas oceánicas) que prácticamente rodeaba el Océano Pacífico y se encuentra en la frontera nordeste del Océano Índico.
Se trataba de nuevos descubrimientos esenciales y el geólogo norteamericano Harry Hess (1906–1969), que se había informado sobre todos los nuevos datos relativos al fondo oceánico, se dedicó a explorarlo. En 1960, tomó la idea del oceanógrafo Bruce Heezen (1924-1977) de que la Tierra se estaba "separando por las costuras", es decir, las dorsales. Dada la juventud de las muestras del fondo de la fisura, Heezen sostenía que la roca volcánica o magma manaba desde debajo de la corteza. A partir de esta sugerencia de un mecanismo que pudiese explicar las dorsales centro-oceánicas, Hess desarrolló una nueva síntesis de la ciencia terrestre en su famoso artículo de 1962 "History of ocean basins" (La historia de las cuencas oceánicas). A pesar de calificar su ensayo como "geopoesía", como si quisiese advertir a los demás científicos de que no todos los conceptos se podrían probar, el trabajo sirvió para estimular el pensamiento en ese campo. Haciéndose eco de los conocimientos de los sismólogos, Hess postuló un interior del planeta formado por varias capas. Para entonces, los investigadores habían perfeccionada sus ideas sobre la estructura interna de la tierra. En vez de hablar de un sólo núcleo de hierro, lo describían como un núcleo interior de hierro sólido con un núcleo exterior fluido de aleación metálica, en su mayoría hierro. Alrededor de este núcleo estaba el manto, recubierto por la delgada corteza exterior oceánica y la gruesa corteza continental. A continuación, Hess explicó con mayor detalle la evolución de la arquitectura del planeta.La corteza esta compuesta por una roca pobre en hierro que subió a la superficie cuando la desintegración radiactiva calentó y fundió las rocas del interior del recién condensado planeta. Hubo un momento en que esta corteza formaba una sola masa de tierra continental. Debido a la presencia continuada de calor en el interior del planeta, se creó en el manto un bucle de convección de material que se eleva y se hunde, tal como el geólogo británico Arthur Holmes (1890-1965) había sugerido en 1929.
Hess elaboró una teoría según la cual, una vez que se formó el planeta, la convención del manto se subdividió en numerosos bucles de circulación distintos que se extendían desde el núcleo. Cuando las corrientes alcanzan la superficie, el material fundido rezuma, formando las dorsales centro-oceánicas y nueva corteza oceánica; a medida que el magma continúa fluyendo, la convección del manto hace que el fondo oceánico más antiguo se aleje en ambas direcciones de la dorsal. Cuando las corrientes de convección descienden, la antigua corteza oceánica que ya se ha enfriado vuelve a sumergirse en el manto en las profundas fosas oceánicas.De esta forma Hess subordinó la configuración de los océanos y continentes a los movimientos del fondo oceánico moviéndose y en expansión. Aunque la expansión del fondo marino resultaba una visión convincente, no se podía comprobar. Hess creía que se producía aproximadamente a la misma velocidad a la que crecen las uñas. La prueba tendría que venir indirectamente, como ocurrió, a través del magnetismo.

Cesare Beccaria, los delitos y las penas

Desde el 15 de marzo de 1738 hasta el 28 de noviembre de 1794 transcurrieron casi cincuenta y siete años; en esas fechas nació y murió Cesare Beccaria Bonesana, autor del libro "Dei delitti e delle pene" (De los delitos y las penas), aparecido por primera vez y en forma anónima en Livorno, durante el verano de 1764.
Beccaria, hijo y heredero del marqués Giovanni Saverio, nació en Milán y allí o en ciudades cercanas pasó casi toda su vida. Su familia disfrutaba de enormes privilegios ya que estaba emparentada con miembros del clero y dirigentes de Lombardía. Sus primeros estudios los realizó en el Colegio de los Nobles de Parma dirigido por los Jesuitas, cuyos rígidos sistemas pedagógicos criticaría más tarde con dureza.
En 1758 se licenció en Derecho en la Universidad de Pavia y, a su regreso a Milán, conoció al economista Pietro Verri (1728-1797) cuya amistad fue determinante, en particular cuando el joven Beccaria empezó a estudiar economía. En la casa milanesa de los Verri se reunían unos cuantos jóvenes -intelectuales de salón- ansiosos de conocer la última novedad cultural procedente de París. Pero también se hablaba de economía y de política monetaria y fiscal. En su amistad y discusiones con Verri se inspira su primera obra, "Del disordine e de'rimedi delle monete nello stato di Milano nel 1672" (Sobre el desorden y su remedio de las monedas del estado de Milán en el año 1762). En esta obra Beccaria tomó una clara posición en una delicada cuestión financiera, polemizando con los conservadores, lo que lo llevó a romper con las ideas de su familia y de su medio.Junto con Verri fundó la "Societá dei Pugni" -en la que se discutían problemas económicos- y editó la revista "Il Caffé", un medio que les sirvió de órgano de expresión y difusión de sus "ideas avanzadas". Allí, entre 1764 y 1766, Beccaria publicó siete artículos, bastante mediocres por cierto, ninguno de los cuales versó sobre temas jurídico-penales.

Por entonces, el ducado de Milán (o Lombardía austríaca, como se la denomina en documentos del siglo XVIII) pertenecía desde 1714 a los Habsburgos austríacos. Pero ni el Milanesado ni los Países Bajos o los territorios de las Dos Sicilias quedaron englobados administrativamente dentro del Sacro Imperio Romano Germánico, sino que mantuvieron cierta situación de autogobierno, aunque siempre bajo la remota dependencia del soberano imperial. Se desarrolló así en la Lombardía austríaca una privilegiada situación de poder para los estamentos nobiliarios, que constituían unos "cuerpos intermedios" entre el resto de la sociedad y el lejano monarca, y que controlaban y gobernaban, desde los Consejos, las magistraturas judi­ciales o administrativas y las instituciones públicas.
Ante tal estructura social, la lucha contra estos corrompidos cuerpos intermedios (es decir, la alta burocracia) fue emprendida por Beccaria, Verri y otros jóvenes conciudadanos. Estos fueron los dos círculos en los que se movió Beccaria durante toda su vida: un amplio campo de lecturas, principalmente de filósofos ilustrados, y de economistas, políticos, moralistas y hombres de gobierno; y un restringido círculo social, el de su Milán natal.
En este contexto, cuando contaba con 25 años de edad, publicó la obra mas famosa de la ilustración italiana, la obra en la que coinciden algunas de las ideas sociales mas significativas de la nueva cultura que iba afirmándose, escritas en un estilo refinado y claro. En poco tiempo, probablemente desde marzo de 1763 a enero de 1764, Beccaria redactó su "De los delitos y las penas", el libro que tanto influyó en el desarrollo del Derecho penal.
La labor de Beccaria consistió, no tanto en madurar un sistema de pensamiento propio sino en dar cuerpo y forma a ideas ya defendidas por otros pensadores. Él no poseía experiencia personal en problemas penales o penitenciarios ni había estudiado a fondo las obras de los juristas de siglos pasados, pero intuyó rápidamente en qué consistía su anacronismo y por qué sus efectos eran nocivos para la sociedad del último tercio del siglo de las luces; supo también poner en relación los datos empíricos que le suministraban sus amigos juristas con las ideas de autores como Charles Secondat de Montesquieu (1689-1755) y Jean Jacques Rousseau (1712-1778), con quienes estaba familiarizado.
Aquellos elementos ajenos fueron tomados por Beccaria, quien los elaboró y en base a ellos dotó de un tratamiento coherente a los problemas procesales y penales. Con un espíritu humanista y una notable capacidad de síntesis, Beccaria sometió a un enfoque unitario los horrores y los defectos de la legislación y la práctica penal y procesal. El jurista italiano Enrico Pessina (1828-1916), dice en "Manuale del diritto penale italiano" (Manual de derecho penal italiano, 1895):
"Las críticas al procedimiento penal francés, las censuras a la inútil crueldad de las penas y las protestas de algunos espíritus compasivos o humanitarios contra la tortura, o bien estaban insertas en un conjunto temático mucho más amplio -dentro del cual quedaban ocultas para quienes tuviesen interés en silenciar su existencia- o bien aparecían vinculadas a casos procesales muy concretos. Hacía falta observar que los excesos que unos y otros denunciaban esporádicamente obedecían a unas raíces comunes y que sólo sustituyendo éstas por unas premisas humanistas, moderadas, respetuosas para el hombre que hay en cada delincuente, era posible eliminar los abusos e injusticias del sistema y elaborar otro más racional, mejor y más justo. Y eso fue lo que hizo Beccaria, huyendo de la tarea del mero jurista práctico acrítico y situándose siempre en el plano crítico desde donde enjuició el Derecho penal y procesal vigente en su tiempo".
El calificativo frecuentemente otorgado a Beccaria de "fundador de la ciencia penal" es inexacto. La ciencia jurídica penal, obviamente, ya existía; desde la baja Edad Media hasta el siglo XVIII los juristas, apoyándose en textos romanos, elaboraron un edificio técnico coherente y sólido. Que esta ciencia penal mereciera duras críticas y que la legislación cimentada en ella debiera ser sustituida por otra mejor, no autoriza a insinuar que no hubo ciencia jurídico-penal antes de Beccaria, como si hasta su aparición sólo hubiera el vacío. Lo que hizo Beccaria fue abrir una nueva etapa en la historia de la ciencia penal y del Derecho penal positivo. En su ensayo no propuso soluciones concretas, sino que se limitó a esbozar líneas generales de política legislativa; luego, otros juristas, dominadores de la técnica jurídica, elaboraron códigos penales o escribieron tratados científicos basados en sus principios generales.
Rápidamente, la iglesia católica introdujo la obra entre los libros prohibidos, pero esto no impidió su difusión en toda Europa. Poco después de la aparición de su libro, Beccaria ganó en el mundo ilustrado una rápida fama.
Entre octubre y diciembre de 1766 vivió en París, donde fue triunfal y cordialmente recibido por los más destacados hombres del momento, pero el brillante mundo parisiense disgustó a Beccaria, un hombre tímido, solitario, amante de la tranquila lectura y la conversación sosegada, no de la acción política ni de la agitada vida del intelectual vanguardista.
En los últimos años de su vida, concretamente entre 1790 y 1792, Beccaria volvió a ocuparse de temas penales y penitenciarios. Hasta entonces, es decir, entre 1764 y 1790, no escribió ninguna otra obra que prolongase y tratase de modo particularizado la temática de su libro principal, o que se refiriese a cualquier otro problema específico del Derecho penal. En 1790 escribió un ensayo sobre el estilo literario ("Ricerche intorno alia natura dello stile") y entre 1768 y 1771, varios trabajos sobre economía política. Desde finales del año 1768 fue titular de la cátedra de Ciencias Fiscales de la Escuela Palatina de Milán. Con frecuencia, en ese largo período entre 1769 y 1790 Beccaria fue consultado individualmente o como miembro de diversos órganos colegia­dos, sobre proble­mas de política monetaria, fiscal o administrativa, pero no sobre Derecho penal.
Sin embargo, "De los delitos y las penas" influyó poderosamen­te en la reforma de muchos Códigos penales de su tiempo. A finales de 1766, Catalina II de Rusia (1729-1796) le ofreció un empleo en la capital rusa y ordenó la elaboración de notables reformas penales, entre ellas la supresión de la tortura. En 1776 la emperatriz María Teresa de Austria (1717-1780) ordenó también la abolición de la tortura, y como precisamente en Milán se resistían a obedecer tal disposi­ción, el célebre ministro Wenzel Kaunitz (1711-1794) insistió ante el Senado milanés para que fuese acatada; y luego, en pleno reinado de José II de Habsburgo (1741-1790), mediante el decreto de 11 de septiembre de 1789 dirigido al ducado milanés, se declaró enteramente abolida la tortura en cualquiera de sus formas y en toda ocasión. Por su parte, Pedro Leopoldo de Toscana (1747-1792), emperador del Sacro Imperio Romano Germánico bajo el nombre de Lepoldo II, en el preámbulo de su reforma penal de 30 de noviembre de 1786, escribió: "Hemos reconocido, al fin, que la moderación de las penas, unida a la más rigurosa vigilancia para prevenir las acciones delictivas y a la rápida expedición de los procesos y la prontitud y seguridad de las penas contra los verdaderos delincuentes, en vez de aumentar el número de los delitos ha disminuido considerablemente el de los comunes y ha hecho casi inexistentes los otros". También el rey de Francia Luis XVI (1754-1793) suprimió en su monarquía la tortura por disposición de 1780, seguida de otra ampliatoria de su sentido en 1788. Y luego, en el período revolucionario, el último párrafo del libro de Beccaria (las conclusiones), pasaron casi íntegras al artículo 8 de la Constitución de 1789 y al artículo 15 de la de 1793. Beccaria pensaba en la cultura en términos utilitaristas, es decir como instrumento de intervención en la realidad y con el fin de mejorar las condiciones materiales de vida de los hombres. Allí resaltó todo su espíritu ilustrado.

29 de marzo de 2008

La Tierra (II): una radiografía

Antes de comprender la hipótesis de la expansión continua de los fondos marinos, hay que comprender algunas cosas sobre el interior y sobre la superficie de nuestro planeta. Al no disponerse de ningún medio para ver la tierra en corte, la imagen que se tiene de su parte interna se apoya en datos indirectos, como por ejemplo los temblores de tierra, que producen ondas que viajan a través del planeta y proveen así un medio de son­dear sus entrañas.Los estudios sísmicos permitieron dividir a la tierra en varias zonas: una corteza externa de un espesor me­dio de 35 kilómetros (que se adelgaza has­ta llegar a los 11 kilómetros en los océa­nos); un "manto" que va desde la base de la corteza hasta una pro­fundidad de 2.900 kilómetros y el "núcleo". Se supone que el núcleo está en fusión, pero algunos indicios muestran que el interior del núcleo, más allá de los 5.100 kilóme­tros, se hallaría en estado sólido. Hace algunos años, los sismólogos determina­ron diferentes zonas en el "manto" de la tierra: hasta una profundidad de alrede­dor de 100 kilómetros, está la litosfera, una zona sólida, lo suficientemente rígida como para resistir a la deformación.Bajo la litosfera está la astenosfera, que es una región de resistencia débil que al­canza una profundidad de muchos cente­nares de kilómetros y que se cree que, par­cialmente, está en fusión. La tercera zona, la mesosfera es, en cambio, de una rigidez considerable.Se sabe también que el interior de la tierra es caliente: se estima que la temperatura del centro de la tierra es de 6.000 grados centígrados. Las temperatu­ras del límite entre el núcleo y la capa son, presumi­blemente, de 4.000 grados centígrados.El calor que llega a la litosfera es relativamente constante en casi todo el planeta. Sin embargo es más elevado a lo largo de una banda estrecha, situada en el fondo de los océanos. Esta banda se encuentra aproximadamente a mitad de camino entre las costas de los océanos.En razón de su topografía, se la ha llamado cortina o cadena medio-oceánica. Existe igualmente otra característica de los fondos submarinos: una línea de fosas que rodean la tierra, que tiene varias decenas de kilómetros de ancho y de 7.000 a 8.000 metros de profundidad, en la que hay una gran actividad sísmica. Los científicos Hess y Dietz pensaron que existían levantamientos en la capa de la tierra, debajo de la cortina medio-oceánica. En la cima de esa línea se formaría una nueva corteza, mientras que la antigua corteza sería absorbida por las fosas marinas.Así, el fondo del océano situado entre las cadenas y las fosas, se desplazaría progresivamente.La prueba de la movilidad pasada de la corteza terrestre se apoya en indicios de origen geológico y magnético, pero los datos sobre los movimientos actualmente en curso provienen de la sismología. En los últimos tiempos, los sismólogos confirmaron la idea de Hess y de Dietz sobre la expansión de los fondos subma­rinos. Desde hace algunos años se sabe que las cadenas medio-oceánicas no son continuas sino que están cortadas en segmen­tos dispuestos a lo largo de zonas de frac­tura. Esos segmentos montañosos sólo pue­den alcanzar algunos centenares de kiló­metros de largo.Según John Tuzo Wilson (1908-1993), geólogo de la Universidad de Toronto, esos segmentos pudieron haberse formado de dos maneras. O bien las cade­nas aparecieron en línea continua y luego se cortaron y apartaron, o bien comenza­ron por ser una serie de estribaciones a las que continuaron afluyendo materiales.La segunda posibilidad confirma la idea de la expansión de los fondos marinos.Tiene como principio un flujo continuo que provendría de las crestas adyacentes estacionarias.Las rocas que salen de una cresta se desplazan en relación a las que son producidas por otra cresta, en el es­pacio comprendido entre las dos cadenas. El epicentro de los temblores de la tierra en el emplazamiento de una cortina, está casi siempre entre las crestas de una ca­dena o a lo largo de la línea de falla que separa a dos segmentos de cadenas. Es raro que se produzcan temblores de tierra en un prolongamiento de la línea de falla en las cuencas oceánicas. Los sismos na­cen sobre la falla y brindan el tras­torno necesario para determinar de qué manera se produce el movimiento de la corteza a lo largo de esa línea.
Si en el momento de un temblor de tierra que tiene lugar a lo largo de una falla, un observador se colocase al lado de manera tal que el movimiento de la falla se diri­giera hacia él, registraría en un sismó­grafo una onda de compresión inicial. Si al contrario, el movimiento del suelo estu­viese lejos de él, su instrumento indicaría una onda inicial de refracción. A partir del estudio de los resultados ob­tenidos por estaciones emplazadas alrede­dor de la tierra, es posible determinar la dirección en que se desplaza cada parte de la falla, y por tanto de qué tipo de falla se trata.Así, muy poco tiempo después de la hipótesis realizada por J. T. Wilson respecto de la falla inversa, Lynn Sykes (1937), del "Lamont Geological Observatory", utilizando los datos provistos por estacio­nes sismológicas del mundo entero, probó que los movimientos registrados entre los segmentos de crestas correspondían a fa­llas inversas.Es evidente que si surge una nueva cor­teza al nivel de las cadenas será necesario que la vieja corteza se destruya en algún lado, para que la tierra conserve siempre la misma superficie. Según la hipótesis de la expansión de los fondos submarinos, esa corteza se destruye en el emplazamien­to de las fosas oceánicas. Por la violencia y la frecuencia de los temblores de tierra, el sistema de fosas es la zona más activa del globo. En esas regiones, los temblores son corrientes e importantes. Además, las fosas son el lu­gar de los sismos más profundos que se conocen, produciéndose a 700 kilómetros. Los temblores de tierra, asociados a lared de fosas, se extienden en un plano que forma un ángulo de alrededor de 30 gra­dos con la cuenca oceánica. Algunos tem­blores de tierra se producen bajo las fosas. Actualmente, no faltan pruebas de la ex­pansión de los fondos marinos y de la movilidad de la corteza terrestre. Además, los estudios sísmicos permiten saber qué ocurre en la superficie de la tierra. Por otra parte, al desplazarse los conti­nentes al mismo tiempo que el fondo del océano, parece inevitable que dos o más masas continentales finalmente choquen. La cortina medio-oceánica está en contac­to con la masa continental en dos puntos: el golfo de California y el Mar Rojo.En los dos casos, esto supone una gran acti­vidad tectónica. El Mar Rojo se formó luego de la separación de la península de Arabia y del continente africano. Parece que California está separándose a lo largo de la falla de San Andrés, a una veloci­dad de 5 cm. por año. Si el movimiento continúa, dentro de algunos millones de años California se habrá convertido en una isla.

La Tierra (I): una teoría

En el planeta Tierra existen cinco océanos (Antártico, Artico, Atlántico, Indico y Pacífico) y cinco continentes (Antártida, Africa, América, Eurasia y Oceanía). Sin embargo, hace 400 millones de años, la Tierra tenía un solo océano rodeando a un solo continente. El hecho de que aquello fuera la Tierra plantea un par de problemas: ¿cómo es posible que el océano Atlántico haya sido más chico que actualmente? ¿Y cómo es posible que los continentes hayan formado una sola masa? La respuesta está en la movilidad y la evolución del fondo de los mares.La idea de la movilidad de la corteza terres­tre no es nueva. Hace más de ciento cincuenta años, un geólogo italiano, Macedonio Melloni (1798-1854), fue el pri­mero en sugerir que los continentes se habían desplazado. Las costas de Africa y de América del Sur se corresponden como las piezas de un rompecabezas. Melloni su­puso que, en tiempos muy pasados, el Océano Atlántico no existía y que se for­mó tardíamente, como consecuencia del desplazamiento hacia el oeste del conti­nente americano. Esta primera idea de la deriva de los con­tinentes no fue tomada en serio. Pero en 1915, el científico alemán Alfred Wegener (1880-1930) concluyó que los continentes habrían estado muy cerca unos de otros en una época determinada. Su obra "Die entstehung der kontinente und ozeane" (El orígen de los continentes y oceános) fue el punto de partida de largas contro­versias científicas.Wegener proveía ar­gumentos apoyados en hechos geológicos y paleontológicos reconocidos. A principios del siglo XX se descubrieron depósitos glaciares de la época carboní­fera en Africa del Sur, en las islas Mal­vinas, en América del Sur, en Madagascar, en la India y en Australia. La presencia de esos depósitos, repartidos en lo que hoy es el hemisferio sur, constituyó un misterio, ya que no había huellas glaciares en el hemisferio norte. Wegener emitió la hipótesis de que hace milla­res de años, las tierras del hemisferio sur habrían estado cercanas unas de otras y agrupadas bajo altas latitudes, cercanas al Antártico; en cambio las del hemisferio norte se habrían extendido al nivel del Ecuador.
Otros descubrimientos apoyaron la idea de la proximidad de las tierras australes en tiempos muy pasados, como por ejemplo, el hecho de que todos los continentes del hemisferio sur contienen los mismos depósitos fosilíferos. Esos depósitos datan de un período que va del paleozoico superior (hace 300 mi­llones de años, aproximadamente) hasta mediados del mesozoico (hace 120 millo­nes de años, aproximadamente) y son esen­cialmente no marinos. Wegener estableció su teoría de la deriva de los continentes a partir de indicacio­nes de este tipo, pero tenía un punto dé­bil que le resultó fatal: explicó muy mal ese desplazamiento de las tierras al atribuírlo a la fuerza centrífuga generada por la rotación del planeta. Por esa razón, la idea de la movilidad de la corteza terrestre y de la deriva de los continentes, desapa­reció hacia 1930 y recién en la década del 50, una nueva serie de elementos -entre ellos el paleomagnetismo- incitaron a los científicos a dedicarse al problema.El paleomagnetismo es el estudio de la dirección y la intensidad del magnetismo de las rocas. La importancia de esa mag­netización reside en que ésta se orienta en la dirección del campo magnético te­rrestre en la época del enfriamiento. En la roca sedimentaria está indicada la orientación del campo magnético de la tierra en un período determinado. Siguiendo en Europa el estudio sobre las formaciones rocosas, cada vez más viejas, se descubrió que las rocas más antiguas indican con mayor precisión las posiciones del polo paleomagnético, alejado del polo geográfico actual.
Las rocas de hace 400 millones de años dan un polo situado sobre el Ecuador. De manera que, o se desplazaron los polos magnéticos o se desplazaron los continentes. El estudio de rocas de una misma época en distintos continentes, debería dar la misma posición respecto del polo. Sin embargo, el resultado de las experiencias fue diferente: en lugar de coincidir, los polos paleomagnéticos de América del Norte cayeron sistemáticamente al oeste de los de Europa.Esto sólo se explicaría si Amé­rica del Norte se hubiese desplazado ha­cia el oeste en relación a Europa, lo cual remite nuevamente a la teoría de la de­riva de los continentes. Además, los antiguos polos de los con­tinentes australes no coinciden con los po­los del hemisferio norte. Sin embargo, había una diferencia: otros elementos permitieron pensar que las tierras del hemisferio sur se apartaron más que las del hemisferio boreal. Las direcciones de magnetización, tomadas a partir de piedras sedimentarias gla­ciares en Africa Central, ubican el polo sur en la república de Sudáfrica. Datos análogos en Australia sitúan al polo sur, en ese período, en la parte meridional de Australia. Si estas indicaciones respecto de la posición del polo sur hace 300 mi­llones de años, provistas por Africa y Australia son exactas, Australia debería estar situada un poco al norte y a lo lar­go de la costa este de Africa del sur.Esto corroboraría la teoría según la cual hace 300 millones de años las tierras no eran más que una masa única. Wegener había indicado claramente que los continentes se habían desplazado. La explicación que dio de ese movimiento era indefendible. Según él, los continentes se desplazaban a través de las rocas de las cuencas oceá­nicas, como icebergs en el agua. Los profesores Harry Hammond Hess (1906-1969) de la Universidad de Princeton y David Henry Dietz (1897-1984) de la American Geographical Society propusieron en 1963 una teoría más defendible: la hipótesis de la expansión continua de los fondos marinos.

La consumación de Aleixandre

Vicente Aleixandre (1898-1984) fue un poeta español que incorporó plenamente el surrealismo a la poesía castellana. En 1934 consiguió el Premio Nacional de Literatura y desde 1949 fue miembro de la Real Academia Española. En 1977 obtuvo el Premio Nobel de Literatura.
Perteneciente a la burguesía media acomodada, fue uno de los pocos autores de su generación que se quedó en España durante la Guerra Civil.
Aleixandre fue un poeta total, entregado de lleno al cultivo de la poesía. Prácticamente no escribió obras en otros géneros. Sus escasos textos en prosa (en los que describe a otros poetas y escritores) son tan poéticos como sus versos, y sus ensayos literarios son, en su mayoría, escritos de encargo.
Sus libros de poesía más destacados son: "Espadas como labios" (1932), "La destrucción o el amor" (1935), "Nacimiento último" (1953), "Historia del corazón" (1954), "Poemas de la consumación" (1968), "Sonido de la guerra" (1971) y "Diálogos del conocimiento" (1974).
Su obra es de un estilo elíptico y descarnado y supuso una influencia capital en los poetas españoles posteriores. En los poemas que siguen, de su última época, hay una exaltación de la juventud a la que considera la única realidad valiosa de la existencia desde una vejez donde acecha la muerte.

EL VIEJO Y EL SOL
Había vivido mucho. Se apoyaba allí, viejo, en un tronco,
en un gruesísimo tronco, muchas tardes cuando el sol caía.
Yo pasaba por allí a aquellas horas y me detenía a observarle.
Era viejo y tenía la faz arrugada, apagados,

más que tristes, los ojos.
Se apoyaba en el tronco, y el sol se le acercaba primero,
le mordía suavemente los pies

y allí se quedaba unos momentos como acurrucado.
Después ascendía e iba sumergiéndole, anegándole,
tirando suavemente de él, unificándole en su dulce luz.
¡Oh el viejo vivir, el viejo quedar, cómo se desleía!
Toda la quemazón, la historia de la tristeza,
el resto de las arrugas, la miseria de la piel roída,
¡cómo iba lentamente limándose, deshaciéndose!

Como una roca que en el torrente devastador
se va dulcemente desmoronando,
rindiéndose a un amor sonorísimo, así, en aquel silencio,
el viejo se iba lentamente anulando, lentamente entregando.
Y yo veía el poderoso sol lentamente morderle
con mucho amor y adormirle para así poco a poco tomarle,
para así poquito a poco disolverle en su luz,
como una madre que a su niño
suavísimamente en su seno lo reinstalase.

Yo pasaba y lo veía.
Pero a veces no veía sino un sutilísimo resto.
Apenas un levísimo encaje del ser.

Lo que quedaba después que el viejo amoroso,
el viejo dulce, había pasado ya a ser la luz

y despaciosísimamente era arrastrado
en los rayos postreros del sol,
como tantas otras invisibles cosas del mundo.

SI ALGUIEN ME HUBIERA DICHO
Si alguna vez pudieras
haberme dicho lo que no dijiste.
En esta noche casi perfecta, junto a la bóveda,
en esta noche fresca de verano.
Cuando la luna ha ardido;
quemóse la cuadriga; se hundió el astro.
Y en el cielo nocturno, cuajado de livideces huecas,
no hay sino dolor,
pues hay memoria, y soledad, y olvido.
Y hasta las hojas reflejadas caen.
Se caen, y duran. Viven.

Si alguien me hubiera dicho.
No soy joven, y existo. Y esta mano se mueve.
Repta por esta sombra, explica sus venenos,
sus misteriosas dudas ante tu cuerpo vivo.
Hace mucho que el frío cumplió años.
La luna cayó en aguas. El mar cerróse,
y verdeció en sus brillos.
Hace mucho, muchísimo
que duerme. Las olas van callando.
Suena la espuma igual, sólo a silencio.
Es como un puño triste
y él agarra a los muertos y los explica,
y los sacude y los golpea contra las rocas fieras.
Y los salpica. Porque los muertos, cuando golpeados,

cuando asestados contra el artero granito,
salpican. Son materia.
Y no hieden. Están aún más muertos,
y se esparcen y cubren, y no hacen ruido.
Son muertos acabados.
Quizás aún no empezados.
Algunos han amado. Otros hablaron mucho.
Y se explican. Inútil. Nadie escucha a los vivos.
Pero los muertos callan con más justos silencios.
Si tú me hubieras dicho. Te conocí y he muerto.
Sólo falta que un puño, un miserable puño me golpee,

me enarbole y me aseste, y que mi voz se esparza.

Miguel Hernández, el rayo que no cesa

Miguel Hernández (1910-1942) fue un poeta y dramaturgo español que manifestó en sus obras un hondo sentido de la tragedia. Su poesía se caracterizó por su intenso lirismo, tanto en su primera colección de poemas, sumamente elaborados, "Perito en lunas" (1933), como en los sonetos de corte clásico de "El rayo que no cesa". Sus poemas se tratan principalmente del amor, la muerte, la guerra y la injusticia, temas que conoció y experimentó con intensidad. Comunista desde los 26 años, luchó en el bando republicano durante la Guerra Civil española. Fue condenado a muerte por los fascistas victoriosos, pero, tras las airadas protestas que provocó esta condena, se le conmutó la sentencia por cadena perpetua. Durante su estancia en prisión escribió "Cancionero y romancero de ausencias" (publicado en 1958), una serie de poemas dedicados a su esposa, que vivía en condiciones miserables. Murió en prisión a la edad de 31 años.

ME SOBRA EL CORAZÓN
Hoy estoy sin saber yo no sé cómo,
hoy estoy para penas solamente,
hoy no tengo amistad,
hoy sólo tengo ansias
de arrancarme de cuajo el corazón
y ponerlo debajo de un zapato.
Hoy reverdece aquella espina seca,
hoy es día de llantos en mi reino,
hoy descarga en mi pecho
el desaliento plomo desalentado.
No puedo con mi estrella.
Y me busco la muerte por las manos
mirando con cariño las navajas,
y recuerdo aquel hacha compañera,
y pienso en los más altos campanarios
para un salto mortal serenamente.
Si no fuera ¿por qué?... no sé por qué,
mi corazón escribiría una postrera carta,
una carta que llevo allí metida,
haría un tintero de mi corazón,
una fuente de sílabas, de adioses y regalos,
y ahí te quedas, al mundo le diría.
Yo nací en mala luna.
Tengo la pena de una sola pena
que vale más que toda la alegría.
Un amor me ha dejado con los brazos caídos
y no puedo tenderlos hacia más.
¿No veis mi boca qué desengañada,
qué inconformes mis ojos?
Cuanto más me contemplo más me aflijo:
cortar este dolor ¿con qué tijeras?
Ayer, mañana, hoy padeciendo
por todo mi corazón, pecera melancólica,
penal de ruiseñores moribundos.
Me sobra corazón.
Hoy descorazonarme,
yo el más corazonado de los hombres,
y por el más, también el más amargo.
No sé por qué, no sé por qué ni como
me perdono la vida cada día.

EL SUDOREn el mar halla el agua su paraíso ansiado
y el sudor su horizonte, su fragor, su plumaje.
El sudor es un árbol desbordante y salado,
un voraz oleaje.
Llega desde la edad del mundo más remota
a ofrecer a la tierra su copa sacudida,
a sustentar la sed y la sal gota a gota,
a iluminar la vida.
Hijo del movimiento, primo del sol, hermano
de la lágrima, deja rodando por las eras,
del abril al octubre, del invierno al verano,
áureas enredaderas.
Cuando los campesinos van por la madrugada
a favor de la esteva removiendo el reposo,
se visten una blusa silenciosa y dorada
de sudor silencioso.
Vestidura de oro de los trabajadores,
adorno de las manos como de las pupilas,
por la atmósfera esparce sus fecundos olores
una lluvia de axilas.
El sabor de la tierra se enriquece y madura:
caen los copos del llanto laborioso y oliente,
maná de los varones y de la agricultura,
bebida de mi frente.
Los que no habéis sudado jamás, los que andáis yertos
en el ocio sin brazos, sin música, sin poros,
no usaréis la corona de los poros abiertos
ni el poder de los toros.
Viviréis maloliendo, moriréis apagados:
la encendida hermosura reside en los talones
de los cuerpos que mueven sus miembros trabajados
como constelaciones.
Entregad al trabajo, compañeros, las frentes:
que el sudor, con su espada de sabrosos cristales,
con sus lentos diluvios, os hará transparentes,
venturosos, iguales.

28 de marzo de 2008

Newton, un honor para la humanidad

Hasta la llegada de Isaac Newton (1642-1727), observadores como Michael Maestlin (1550-1631) y Johannes Kepler (1571-1630), iban poniendo las bases experimen­tales de una nueva descripción más precisa del universo, y pensadores y científicos como Christopher Clavius (1538-1612) y Galileo Galilei (1564-1642) proponían las ideas sobre las que se desarrollaría posteriormente la nueva ciencia.
A Newton le co­rrespondió realizar la síntesis definitiva con la que se construyó el edificio intelectual y matemático de la física clásica. Tal construcción es tan per­fecta y grandiosa que ensombreció la obra de los grandes sabios de la antigüedad, hasta entonces modelos inalcanzables de sabiduría. A partir de aquel momento estos clásicos conservaron su inte­rés literario, histórico, quizá filosófico, pero la ciencia moderna marchó por otros caminos. El reconocimiento que sus contemporáneos brindaron a Newton demuestra la conciencia de estos hechos. Los honores con los que fue enterrado en la aba­día de Westminster sólo serían comparables a los que se rendían a los monarcas ingleses. Su epita­fio es suficientemente expresivo: "Es un honor para la Humanidad que un hombre así haya existido".
En la obra de Newton encontramos muchos elementos ya introducidos por Galileo. En primer lugar, su descripción de los fenómenos se realizó a través del aparato matemático. En este punto, la ventaja de Newton fue extraordinaria. Es fa­mosa la disputa entre él y Gottfried Leibniz (1646-1716) acerca de la invención del cálculo diferencial. Y ello es lógi­co, ya que se trató de un avance decisivo para su posterior aplicación en la física. Con la base ma­temática del cálculo diferencial, la descripción de los fenómenos de la nueva ciencia -la me­cánica-, pudo efectuarse de forma exacta y cómo­da. Su éxito espectacular en la predicción del movimiento de los astros demostró con creces la validez de este instrumento.
Pero el aparato matemático no era nada para la física sin un conjunto de leyes que lo llenese de contenido físico. Este aspecto lo realizó Newton a través de la formulación de sus famosas tres leyes, que constituyeron la base para una explica­ción mecánica del movimiento. También podemos encontrar en Galileo las ideas básicas de es­tas leyes, pero fue Newton quien las formuló de manera precisa. Las leyes de Newton, junto con el cálculo diferencial, dieron lugar a una metodología que sirvió para describir el movimiento de cual­quier objeto. "Dadas unas condiciones iniciales de la trayectoria de un objeto y las fuerzas que actúan sobre él, es posible predecir de forma exacta su movimiento". De este modo, las puertas quedaron abiertas a una interpretación mecanicista de la naturaleza.
Hasta la llegada de Albert Einstein (1879-1955), la mecánica construida por Newlon fue el entramado funda­mental de la física. Sin embargo, en la dinámica era necesario conocer qué fuerzas son las que ac­túan sobre los objetos. Era preciso definir las fuer­zas que mantienen a los planetas en sus órbitas. Para ello, Newton aprovechó una idea que pro­venía esencialmente de los trabajos sobre el mag­netismo. Para Aristóteles (384-322 a.C.), las fuerzas se ejercían por contacto; y, si éste no se observaba, era porque las partículas del aire empujaban a los objetos. Ya Galileo había advertido que, si el aire hacía algo, era retardar el movimiento, no provocarlo. La idea que recogió Newton fue la de la fuerza a distancia: para los astros -en particular- son las fuerzas de la gravedad las que hacen caer los objetos al sue­lo, las que se ejercen entre los planetas y el Sol y hacen que aquéllos se mantengan en su órbita.
Quienes difundieron la obra de Newton en los siglos posteriores -sobre todo Voltaire (1694-1778)- llena­ron el proceso intelectual de Newton de multitud de anécdotas. Sin embargo, la idea de que la fuerza de gravedad -introducida en una des­cripción mecánica del movimiento de los plane­tas- permitiría explicar la trayectoria de éstos al­rededor del Sol, estaba en la mente de Newton desde muy temprano, más precisamente desde los 24 años, durante una época de retiro. Pero, errores en los datos de que disponía en aquél momento, le impidieron dar con la solución exacta al problema. La polémica con uno de sus rivales, el matemático inglés Roben Hooke (1635-1702), lo llevó a revisar sus cálculos y demostrar que bastaba con aceptar las leyes de la dinámica y de la gravitación para ex­plicar el movimiento de los planetas y cometas.
El conjunto de las ideas y resultados de Newton sobre la mecánica están contenidos en un libro único en la historia de la ciencia por la cantidad y profundidad de propuestas que ofrece y por la influencia posterior: "Philosophiae naturalis prin­cipia mathematica" (Principios matemáticos de la filosofía natural, 1687). Su lectura hizo apare­cer razonamientos matemáticos junto con una presentación intuitiva de los problemas.
Así, por ejemplo, se conduce al lector a la montaña más alta de la Tierra. Desde su cumbre se lanza, en dirección paralela a la superficie de la Tierra, una serie de proyectiles con velocidad creciente. Los proyectiles irán cayendo cada vez más lejos; si la velocidad es suficiente, el proyectil lle­gará a su punto de partida tras dar la vuelta a la Tierra, con lo cual se encontrará como en el momento de su lanzamiento y proseguirá su mo­vimiento alrededor del planeta de forma indefini­da: habremos puesto en órbita un satélite.
La teoría de Newton demostraría su veracidad al predecir el movimiento de los astros con precisión. Uno de sus amigos, el astrónomo británico Edmund Halley (1656-1742), consiguió un éxito reso­nante al predecir el retorno del cometa que lleva su nombre. Hasta entonces se pensaba que los cometas eran fenómenos erráticos.
Desde el punto de vista metodológico, el siste­ma de Newton se basó en un aparato matemá­tico y en unos principios físicos expresables por este aparato. No había necesidad de introducir elementos fi­losóficos extraños a estos principios físicos. Desde el punto de vista de la posición del hom­bre en el universo, las leyes de Newton fueron aplicables a cualquier objeto que se moviese, ya fuera un proyectil o un planeta. Incluso las fuerzas que movían los objetos que caen eran las mismas que ejercían los astros entre sí. No había un mundo de los astros distinto de nuestro mundo terrestre. Tal transformación había sido iniciada por Gali­leo al dirigir su telescopio hacia el cielo y descu­brir que no todo en él es perfecto. Newton intro­dujo un elemento más: indicó que el método por él propuesto tenía una aplicación universal.
Sin embargo, si el trabajo de Newton que más influyó posteriormente en el pensamiento y la ciencia fue el de su mecánica, cabe destacar que en él ocupó una parte relativamente pequeña de su tiempo. Sus primeros trabajos fueron sobre todo mate­máticos. En el Trinity College de Cambridge, donde estudió desde los 18 años, Newton elaboró la teoría del cálculo diferencial basándose en los estudios de varios matemáticos anteriores. Este trabajo impresionó a su maestro Isaac Barrow (1630-1677), a quien sucedió en la universidad como profesor de matemáticas y le brindó si primera fama.Se ocupó con posterioridad de problemas de óptica y de dinámica de fluidos. En ambos cam­pos, la contribución de Newton fue notable. Es suya la ley que introdujo el concepto de viscosi­dad de un líquido. En óptica fue un defensor de la naturaleza corpuscular de la luz. Sacó de ello va­rias consecuencias, positivas algunas, negativas otras. Así, por ejemplo, interpretó adecuadamente la luz blanca como la suma de luz de diversos colores y también observó que los telescopios construidos con lentes producirían siempre aberraciones en las imágenes. Por ello propuso la construcción de telescopios en los que las lentes fuesen sustituidas por espejos. Este principio ha sido seguido hasta nuestros días en la construcción de los grandes telescopios astronómicos.Sin embargo, su gran autoridad hizo que no se tuvieran en cuenta teorías alternativas para explicar la naturaleza y las propiedades de la luz. En­tre estas teorías se encuentra la teoría ondulato­ria, que posee algunos elementos que describen de forma más precisa los fenómenos luminosos. Durante muchos años, la evidencia experimental quedó eclipsada por la autoridad de Newton, para luego terminar aceptándose la teoría ondu­latoria. Pero de alguna forma, la moderna mecá­nica cuántica, con su equivalencia entre onda y partícula, ha venido a confirmar la vieja idea de Newton.
La publicación en 1672 de sus ideas sobre la óptica -"Opticks" (Optica)- provocó en la comunidad científica un cierto rechazo y esto produjo en Newton un aleja­miento de la actividad pública, que continuó hasta la publicación, en 1687, de su magna obra "Principia mathematica". A partir de entonces reci­bió numerosos honores y cargos. Fue nombrado Inspector de la Moneda, cargo que ejerció de for­ma escrupulosa, persiguiendo incansablemente a falsificadores (a los que enviaba a la horca) y propuso por primera vez el uso del oro como patrón monetario. También fue elegido representante en el Parlamen­to de Londres por la Universidad de Cambridge, aunque al parecer no llegó nunca a participar de forma activa en las tareas parlamentarias.Desde 1703 hasta su muerte fue presidente de la Royal Society, la más activa de las sociedades científi­cas de su época. Durante este tiempo, y en parte debido a una crisis nerviosa sufrida en 1692, se dedicó al estudio de disciplinas tales como la teo­logía o la alquimia, las cuales no le proporciona­ron desde luego una gran fama posterior.
La influencia de Newton en los siglos posterio­res fue enorme, quizá excesiva. Para él, su traba­jo era una pequeña porción en el avance del co­nocimiento. Poco antes de su muerte escribió: "Yo no sé cómo apareceré ante el mundo, pero para mí yo me parezco a un muchachito que jue­ga en la orilla del mar y que se divierte ocasio­nalmente encontrando una piedra más pulida que las otras o una concha más hermosa que las normales; mientras tanto, el gran océano de la verdad queda todo él ante mí desconocido".
Para muchos, la síntesis de Newton era ya la ciencia perfecta; la física no podía dar de sí más que pequeñas perfecciones formales. La aplica­ción de estos refinamientos de la mecánica newtoniana al movimiento de los planetas llevó al descubrimieto de Neptuno en 1846 por el astrónomo inglés John Adams (1819-1892) y el matemático francés Urbain Le Verrier (1811-1877), y de Plutón en 1930 por el astrónomo estadounidense Clyde Tombaugh (1906-1997). Entre muchos otros descubrimientos, éste confirmó la validez general de la física clási­ca.
Quedaba en muchos un sentimiento de desen­canto: parecía que no faltaba nada por hacer: la física estaba acabada. Tal sentimiento perduró al menos hasta los co­mienzos del siglo XX. Efectivamente se ha­bían producido avances importantes, sobre todo en campos que no parecían afectar a la base de la mecánica clásica, como en el electromagnetis­mo o la termodinámica. La base conceptual se­guía siendo la misma. Pero ya en estos años, con el avance de la experimentación hacia fenómenos más profundos de la materia, la insuficiencia de la física newtoniana se hizo evidente.
Dos teorías vinieron a reemplazarla. Por una parte, otra gran síntesis física, la propuesta por Albert Einstein, con su teoría de la relativi­dad. Por otra parte, la mecánica cuántica, desarrollada a partir de las investigaciones de Max Planck (1858-1947), que proponía un replanteamiento total de las bases de la física.
Hasta ese momento, en los años veinte del siglo pasado, el edificio construido por Newton no había hecho más que ir demostrando su vali­dez durante años. Y, desde luego, las modernas teorías no desmienten su validez, sino que englo­ban a la mecánica clásica acotando su validez en una zona de velocidades y tamaños que son los que se dan en nuestro mundo cotidiano.
En el tiempo de Newton, la ciencia de la obser­vación acababa de ser reconocida. La mecánica de Newton a este nivel de medida de los fenóme­nos físicos demostró ser la descripción adecuada. Su validez no fue únicamente la de una teoría de­terminada, sino también la del método en que se basó para la observación de los fenómenos y la formulación de teorías que se desarrollaron mediante un aparato matemático dando lugar a predicciones que podían ser verificables.
Newton demostró su conciencia de este nuevo método en la frase final de los "Principia mathematica": "No he sido capaz de deducir de los fe­nómenos la razón de las propiedades de la gravi­tación y yo no invento hipótesis. Ya que cualquier cosa que no se deduzca de los fenómenos debe ser llamada una hipótesis".
Estas hipótesis a las que se refiere Newton co­rresponden a las teorías que durante siglos ha­bían sustentado las creencias de los pensadores. A partir de él, ya no fue necesario inventar ninguna nueva de estas hipótesis; el método científico quedó bien establecido.

Los clásicos infantiles como literatura para adultos

Hasta el siglo XVIII no existía una literatura propiamente infan­til o juvenil. A los niños se les destinaban únicamente los libros de texto de la escuela y las obras de la literatura clásica de Grecia y Roma. La región de la infancia era la anti­güedad. Pero cuando el latín dejó de ser la lengua de la litera­tura por antonomasia y la socie­dad adulta estimó que sus pro­pias lecturas no convenían a los niños, se creó la necesidad de construir dentro de la literatura una parcela específica para ellos. Así, libros de tan complicada lec­tura que aún hoy se siguen estu­diando, como "Las mil y una noches", "Robinson Crusoe", "Los viajes de Gulliver" y "Alicia en el País de las Maravillas", y autores como Julio Verne, Jonathan Swift y Lewis Carroll, pasaron a engrosar las bibliotecas juveniles.
Sin em­bargo, análisis detenidos de estas obras realizados por algunos crí­ticos revelan que, bajo formas aparentemente inocentes, subyacen textos rebosantes de críticas, innovaciones y simbologías que suponen, con frecuencia, verda­deras revoluciones de las concep­ciones literarias.
Tal es el caso de Lewis Carroll (1832-1898), autor de los libros "Alice's adventures in Wonderland" (Alicia en el País de las Maravillas, 1865) y "Through the looking glass, and what Alice found there" (Alicia a través del espejo, 1872) entre otros. Ca­rroll entregó una visión enteramente nueva de la infancia: frente a la concepción de que un chico no significa ni puede aportar nada hasta que llegue a ser adulto, Carroll describió su mundo autónomo, en el que todo es incierto y los aconteci­mientos traspasan los límites de la lógica. Con "Alicia en el País de las Maravillas" inició una revolu­ción en el lenguaje, desarrollando el significado mágico de las palabras y apartando las estructu­ras de la realidad de sus leyes enteramente lógicas. A par­tir de esta obra, Carroll fue conside­rado por algunos críticos como un auténtico precursor de la literatura moderna y como el creador de las nuevas tendencias litera­rias que encuentran vigencia en la actualidad.
Al analizar, muy someramente, la obra de este autor, cabe preguntarse si real­mente este tipo de literatura puede ser considerada lectura de adolescentes. Lo que es indudable es la estrecha rela­ción de la personalidad del autor con el mundo infantil y su pro­fundo interés por él, debido quizá a vivencias personales de su in­fancia y adolescencia (etapa que no logró traspasar, según algunos críticos), lo cual lo llevó a una in­capacidad de comunicación con los adultos. Este hecho, unido a un intento de evasión de la reali­dad, hizo que Lewis Carroll encontrase en los niños unos exce­lentes interlocutores. Sin embargo, afir­mar que su literatura está desti­nada únicamente a ellos parece erró­neo, como numerosos estudios y el tiempo mismo han demos­trado. Otro tanto sucede con Jonathan Swift (1667-1745), creador de la conocidísima obra "Gulliver's travels" (Los viajes de Gulliver, 1726), un pionero de la literatura fantástica y, ante todo, un autor reconocido como uno de los escritores satíricos más grandes de Europa.
Las críticas a la sociedad de la época contenidas en sus textos fueron corrosivas y feroces, lo que probablemente explique las causas del des­plazamiento hacia un ámbito de lectores infantiles a que se vio sometida su obra, al partir de la premisa de que éstos se sienten atraidos generalmente por la forma, sin duda apasio­nante, y no llegan a comprender el contenido crítico de los rela­tos de este tipo. El crítico y ensayista John Bullitt (1895-1960) en "Jonathan Swift and the anatomy of satire" (Jonathan Swift y la anatomía de la sátira, 1953) es­timó que este autor prolongó la tradición moralista de la época, pero que "la creación de islas y reinos de fic­ción es un pretexto para fustigar con una indignación salvaje la brutalidad y la tontería huma­nas".
En Julio Verne (1828-1905), también se encuntran otro tipo de lecturas subterráneas que poco a poco fueron siendo descubiertas. Durante mu­chos años, su obra fue conside­rada como literatura de recreo y descanso, despojada, por lo tanto, de cualquier intención o significado complejo.

La obra de Verne se redujo para muchos de sus lectores a la propuesta que hizo en 1863 su editor, Pierre Hetzel (1814-1886): "Las obras aparecidas y las que tienen que aparecer de Julio Verne tienen el propósito de re­sumir todos los conocimientos geográficos, geológicos, físicos y astronómicos amasados por la ciencia moderna, y de rehacer bajo la forma atrayente y pintoresca que le es propia, la historia del universo". Como puede verse, un plan vasto que a lo único que aspiraba era a in­troducir el sentimiento positivista que recorría la época. Se trataba de integrar la ciencia y la má­quina en la vida cotidiana y lo novelesco era el soporte en que se abordaba ese discurso so­bre la ciencia y el maquinismo. Las previsiones de Verne proce­dían de un razonamiento documentado y lógico, y ninguna de ellas parecía irrealizable en el fu­turo o admitía desconfiar de las posibilidades futuras de la ciencia ni defraudar la confianza del lector. Para algunos críticos, Verne fue un escritor que jamás nos habló de un mundo ajeno al nuestro, que nunca se alejó del mundo viviente; siguiendo al ensayista Raymond Queneau (1903-1976) en "The very curious Jules Verne" (La curiosidad de Julio Verne, 1972): "más bien pensaba que no se ha descubierto nada mejor que la maravilla de existir ni de la potencia de lo concreto, sólo se extrae de sus li­bros la certidumbre de que la vida vale la pena de ser vivida, que el hombre le descubrirá su sentido, que las máquinas de su intervención le permitirán violar sus secretos y quizá los elemen­tos de una eternidad". Aquí es­tamos delante del Verne que du­rante decenios fue leído como un fabulador de aventuras de un positivismo humano, objetivo y burgués. No hay duda de que las novelas de Verne son metáfo­ras de la época, como apunta el semiólogo Roland Barthes (1915-1980): "las teorías vernianas están ligadas a las tareas técnicas del si­glo industrial: usufructo de la tie­rra, explotación de las minas, apertura de rutas, de las vías fé­rreas. Esta roturación se vincula al descifra­miento de la naturaleza, de ha­cerla rendir, de dotarla de renta­bilidad". Toda la simbología que recorre sus novelas está unida al industrialismo, a la idea de progreso, a la idea de que la técnica, dominando la Natura­leza, hará de la tierra un edén y al hombre más libre. Pero debajo de esta armadura lógica apoyada en la ciencia, existen significaciones más profundas; un nuevo Verne fue surgiendo con el correr de los años, cuando se empezó a estudiar desde diversas perspectivas y metodologías -psicología, estructuralismo, so­ciología- el sentido de sus viajes, de sus inventos, de la mecánica y de los personajes. Así fueron descubriéndose sus perfiles más legítimos, sus obse­siones, sus esencias más peculia­res.
Para Michel Foucault (1926-1984), uno de los filósofos más interesantes y originales del siglo XX, "los relatos de Verne están maravillosamente penetrados de discontinuidades, el texto que narra se rompe a cada instante, cambia de signo, se invierte. Detrás de los personajes positivos reina todo un teatro de sombras con sus rivalidades y lu­chas nocturnas, como si el sub­consciente del autor se viera asal­tado de pronto por cierto antipo­sitivismo, por sombras que nu­blan su visión del mundo". Pero donde el filósofo francés ha ido más lejos es en la concepción del sabio que descubre a Verne: para el autor de los "Viajes Extraordi­narios", el sabio está situado siempre en el lugar de lo imper­fecto. En el peor de los casos en­carna el mal, o bien es un exi­liado, o un suave maniático. Al sabio siempre le falta algo. "De ahí un principio general: saber e im­perfección están ligados; y una ley de proporcionalidad: cuanto más inteligente es el sabio, más perverso, demente y ajeno al mundo es; en cambio, cuanto más positivo, más se equivoca. De todos modos -sigue expli­cando Foucault- el sabio es para Verne un personaje vital, ya que lucha, tanto si es benéfico o malé­fico, contra el mundo más tópico (mundo neutro, blanco, homo­géneo, anónimo).El sabio crea el desequilibrio e impele al mundo contra la muerte y la inmovilidad. El mundo, por este desequilibrio, renace y es devuelto a una nueva juventud".El crítico de arte Marcel Brion (1895-1984), otro estudioso de Verne, revela una nueva faceta tan interesante como la de Foucault. Centra su análisis en el "viaje". En Verne el viaje es, se­gún Brion, un "viaje iniciático, el héroe atraviesa sus propias aventuras como un ritual, purifi­cándose en el hielo, en el fuego, en el agua, para poder conseguir la metamorfosis. La aventura, que él identificaba con la ver­dad y que da sentido a ese viaje, va perdiendo fuerzas cuanto más avanza el relato, y va cristali­zando una verdad más profunda, más bella o más sombría en el ánimo del personaje que empieza a transfigurarse en otro".Con todos estos aportes se podría llegar a desterrar la idea de un Verne "autor para la juventud", de un Verne concebido única y exclusivamente como escritor de formas maravillosas y novelas de anticipación científica. Existen, evidentemente, una cantidad de evidencias que permiten apreciar que sus narraciones son tremenda­mente complicadas y exigen una lectura detenida que pueda sacar a la luz el caudal de riqueza mí­tica escondida tras sus argumentos con apariencia inofensiva.Para el escritor francés Raimond Roussel (1877-1933), "la faceta de anti­cipación científica de las novelas de Verne está condenada al ol­vido en virtud del progreso mismo de la ciencia, mientras que sus múltiples lecturas subte­rráneas, la mítica que subyace en su obra, perdurará para situarlo en el nivel que le corresponde, que poco o nada tiene que ver con la juventud".