Antiguamente no se tenían en cuenta, o ni siquiera existían, los manuales de urbanidad. A los reyes medievales, los corteses caballeros y las gentiles damas que eran objeto de su amor, había que repetirles una y otra vez que no escupieran sobre la mesa, no se limpiaran los dientes con un cuchillo y -una vez dejado a un lado el cuchillo- no continuaran con el mantel la operación de bruñir los dientes. También existía la costumbre de tomar la comida con ambas manos al mismo tiempo. El procedimiento correcto exigía que la carne se desgarrase con sólo tres dedos, por lo que se introducía en la boca un trozo demasiado grande y el sobrante había que escupirlo discretamente en el suelo, no sobre la mesa ni -como al parecer era frecuente- en la fuente de servir.Este tipo de conductas persistió hasta muy avanzado el Renacimiento, y en gran parte se debía a la carencia de una herramienta de tres o cuatro puntas cuya existencia es actualmente indispensable: el tenedor. Incluso en Italia, y hasta mediados del siglo XVI, se desconocían los tenedores como instrumento para comer en la mesa (no aparecen en la "Ultima Cena" pintada por Leonardo da Vinci), y empezaron a difundirse en las tierras septentrionales, como por ejemplo Gran Bretaña y Prusia, a finales del siglo XVII. Durante el período de transición se plantearon ciertos problemas en las clases altas inglesas; a veces la comida se tomaba con la mano, siguiendo la antigua y cómoda usanza, y sólo cuando había sido agarrada con solidez se la ensartaba en el tenedor para realizar la travesía final hasta la boca.
Las clases altas exigían pulcritud y elegancia a la hora de comer. No se aceptaba chuparse los dedos y lo adecuado era limpiarse las manos en los aguamaniles después de cada plato o como mínimo al finalizar la comida. Un primer código de buenas maneras para los comensales se le debe al rey de Francia Enrique III de Valois (1551-1589): "Toma la carne con tres dedos y no la lleves a la boca en grandes pedazos. No tengas demasiado tiempo las manos en el plato".
El filósofo holandés Erasmo de Rotterdam (1466-1536) aportó lo suyo: "En vez de chuparse los dedos o de limpiárselos en la ropa después de comer, será más honesto secarlos en el mantel o la servilleta".

El tenedor llegó a Europa procedente de Constantinopla a principios del siglo XI de la mano de la hija del emperador de Bizancio, Constantino Ducas (1006-1067), quien lo llevó a Venecia al contraer matrimonio con Doménico Selvo, el Dux de aquella república. Sin embargo, no tuvo mucha aceptación ya que era "harto difícil comer espagueti, macarrones o tallarines con semejante instrumento", tal como lo relató un cronista veneciano, quien agregó: "Se causaban heridas con ellos, pinchándose con sus afiladas púas los labios, las encías y la lengua, y no faltaban, sobre todo las damas, que elegantemente y con gracia lo usaban para limpiar sus dientes a modo de los populares mondadientes". En España se encuentran referencias del tenedor en un tratado de 1423 escrito por el marqués Enrique de Villena (1384-1424): "Dícenle tridente, porque tiene tres puntas; ésta sirve a tener la carne que se ha de cortar, o cosa que ha de tomarse".
En realidad, la noción de tenedor representó en sí misma una toma de distancia inducida mecánicamente entre el cuerpo y el ambiente externo, y se generalizó al mismo tiempo que otros famosos elementos que imponían esa separación, como por ejemplo, el pañuelo y el pijama.
La mesa -como herramienta para sentarse a comer- es también un invento sorprendentemente reciente.
El motivo de su invención proviene de su peso: en la antigüedad la gente -incluidos los "grandes señores"- se desplazaban con tanta frecuencia que les resultaba imposible llevar consigo objetos tan pesados. Una posible solución a este problema era la mesa individual plegable, algo similar al objeto que reapareció en los hogares norteamericanos hacia 1960, para cenar delante del televisor. Estos dispositivos poseen un noble linaje, ya que las crónicas de la época demuestran que los aristócratas franceses e ingleses casi siempre recogían sus piernas bajo estas mesas individuales a la hora de comer en sus castillos.
Si tenían que ofrecer un gran banquete a muchos invitados, una vez que hubiesen llegado los huéspedes, montaban una endeble estructura de tablones sobre caballetes. Era imposible organizar dicha estructura antes de la llegada de los invitados, ya que eran muy escasos los nobles lo bastante ricos como para disponer de caballetes y tablones adicionales. Los huéspedes que querían comer se veían obligados a llevar consigo su propia mesa. En torno a esta improvisada construcción, todos los comensales se sentaban en pequeños asientos plegables, fáciles de transportar, parecidos a las actuales sillas utilizadas por un director cinematográfico, pero sin el cómodo tejido que las caracteriza. El único lugar donde se utilizaban muebles sólidos era en la iglesia, e incluso allí lo más frecuente era que hubiese una única mesa de roble donde celebrar la misa. Las grandes catedrales eran demasiado pobres para ofrecer sillas a todos los asistentes en las partes del ritual en que éstos no tenían que estar arrodillados.
En esas épocas, poner la mesa requería un arte especial, que fundamentalmente consistía en tratar que todos los comensales se alineasen en fila, a un solo lado de la mesa. Así sus espaldas podían apoyarse en la pared, precaución que evitaba ahogamientos, estrangulaciones y otras frecuentes mutilaciones.
Tal precaución era imprescindible dada la gran cantidad de visitantes que entraban y salían, además de los sirvientes que traían los visitantes y las familias que traían los sirvientes. El rey de Inglaterra Eduardo IV de York (1442-1483) dictó órdenes estrictas según las cuales por la mañana había que guardar de inmediato bajo llave la ropa de cama del rey, ya que eran muy frecuentes los robos. Tales cosas ocurrían en el castillo de mayor envergadura de Gran Bretaña. Probablemente el único vestigio actual que queda de esta disposición de los asientos consiste en la fila única de políticos que ocupan una tarima más elevada en un banquete oficial. La disposición que se emplea generalmente en ocasiones menos solemnes, con las personas sentadas una frente a otra, sin que a todos se les garantice que van a estar de espaldas a la pared, proviene del caótico amontonamiento que tenía lugar en el lugar destinado a los sirvientes.
De él dijo Johann W. von Goethe (1749-1832): "podemos servirnos de sus escritos como de la más maravillosa de las varitas mágicas, cuando él hace un chiste, allí hay un problema"; y André Bretón (1896-1966): "su vida está llena de apasionantes contradicciones". Tal vez en la confluencia de los dos enfoques, Lichtenberg no se haya decidido nunca entre la filosofía filosofante y su humor, muy hondo, que muchas veces se negó a hacer filosofía. Fue un hombre tan inteligente que ya no servía para casi nada en este mundo.


El trazado de las vías se estableció desde la estación Del Parque, ubicada en la misma manzana donde hoy se encuentra el Teatro Colón, delimitada por las calles Del Centro (hoy Cerrito), Tucumán, Libertad y Del Temple (hoy Viamonte) hasta la estación La Floresta (en las actuales Rivadavia y Lacarra). Los trenes salían por la calle Libertad cruzando la Plaza del Parque (hoy Plaza Lavalle) en diagonal, pasando frente al Parque de Artillería, el cual estaba emplazado en la manzana que actualmente ocupa el Palacio de Tribunales.Al llegar a la esquina de Talcahuano y Del Parque (hoy Lavalle), tomaba por ésta hasta el Boulevard Callao y allí se desviaba con rumbo sudoeste atravesando los terrenos conocidos como Hornos de Bayo o de los Olivos realizando una curva y contracurva (la que se denominaba Curva de los Jesuitas por la cercanía con el Colegio del Salvador) en lo que hoy es la calle Enrique Santos Discépolo (hasta no hace mucho llamada Rauch).
Luego continuaba sobre un terraplén construido en el centro de la avenida Corrientes y más adelante tomaba por Cangallo (hoy Tte. Gral. J. D. Perón) para orientarse definitivamente hacia el oeste. Luego circulaba paralelamente a la calle Piedad (hoy Bartolomé Mitre), para llegar en línea casi recta hasta la estación terminal, habiendo hecho un recorrido total de 10 kilómetros.
Un antiguo residente del partido de Flores del que era Juez de Paz, don Carlos Naón (1803-1861), había donado una manzana de su quinta al Ferrocarril del Oeste en 1856 y allí se construyó dicha estación. En los alrededores había una gran cantidad de quintas pertenecientes a los habitantes de Buenos Aires que buscaban un lugar de descanso apartándose del centro.El ferrocarril, que pertenecía a una compañía constituida por empresarios nacionales, tuvo muchas dificultades financieras, por lo que el 1° de enero de 1863 fue adquirido por la Provincia de Buenos Aires, quien lo explotó hasta 1889, fecha en que fue vendido a la compañía británica Buenos Aires Western Railway Ltda.
Hacia 1902, se instaló la cabecera este en la estación Once de Septiembre y, a los efectos de mejorar el tránsito tanto del ferrocarril como de los vehículos que atravesaban las vías por las calles transversales, se decidió hacerlas correr a 6 metros bajo el nivel del suelo hasta la calle Rojas en Caballito. Para ello, se iniciaron las obras el 10 de mayo de 1902 para concluirlas dos años más tarde, hacia fines de 1904. Las obras costaron 1.200.000 pesos oro e incluían, además del tendido de dos vías adicionales, la construcción de puentes de hierro y acero para atravesarlas. En 1914 se electrificó el ramal entre Once y Caballito y el 30 de abril de 1923 se inauguró el servicio eléctrico hasta Moreno. Por ese entonces, la empresa contaba con 47 coches motor y 45 vagones.
Mientras tanto, en 1863, se inició la construcción del Ferrocarril Central Argentino, de Rosario a Córdoba. Por la misma época, en 1862, se firmó el contrato para la construcción del Ferrocarril Sud, cuyo trazado de trocha ancha corría desde el Mercado de Constitución hasta Chascomús. Hacia 1880 se habían construído 2.516 kilómetros de vías, de los cuales 1.227 pertenecían al Estado, 2.544 al Andino, 427 a la provincia de Buenos Aires y el resto se distribuía entre siete empresas privadas. La red ferroviaria alcanzó con la generación del '80 una extensión de 9.397 kilómetros y las inversiones alcanzaban un monto de 320 millones de pesos oro.La rápida extensión ferroviaria fue potenciada por el interés político de utilizar al nuevo transporte como un eficaz mecanismo para el control del territorio nacional. Si bien los ferrocarriles, en aquellos años, colaboraron para mejorar la recaudación de la aduana, fortaleciendo el dominio porteño sobre el resto de las provincias, mayor interés económico tuvieron los capitales extranjeros.
A principio del siglo XX, el desarrollo ferroviario impulsó el crecimiento agropecuario y sus exportaciones a Europa. Un desarrollo que tenía como contrapartida el estancamiento de la Argentina industrial. Fueron años donde nuestro país importaba, del viejo continente, productos manufacturados con materia prima argentina.
Si bien la corrupción ha existido siempre y en todas partes, es evidente que en los últimos años el fenómeno se ha desarrollado exponencialmente. Hay un notorio debilitamiento de las bases republicanas a partir de los sucesivos quiebres institucionales que padecieron muchos paises en las últimas décadas. Golpes de estado, asonadas, rebeliones y chirinadas, se sucedieron ante la notable indiferencia de la gente, que en mayor o menor grado, aprobó con naturalidad las interrupciones al orden constitucional sin advertir las trágicas consecuencias que tales hechos traerían aparejados en la vida cotidiana de todos los ciudadanos.
Ciertamente, cada gobierno (de facto o constitucional) que asumía, comenzaba su gestión arrastrando "la pesada herencia" que le dejaba el anterior, desdeñando la responsabilidad que le cabía, ya sea por acción u omisión durante el período precedente, remitiéndonos al viejo cuento del huevo y la gallina; pero lo que es absolutamente cierto es que jamás la corrupción fue tan desembozada como en los últimos tiempos. Basta hacer un ligero ejercicio de la memoria para encontrar suficientes episodios que sustentan acabadamente esta aseveración.Cuando se habla de corrupción, se tiende a responsabilizar solamente a algunos sectores de la sociedad como los políticos, los sindicalistas o los empresarios como sus exclusivos depositarios, aunque también existen personas que creen que se da necesariamente dentro de las estructuras del Estado, presuponiendo que sus mecanismos permiten crear focos de corrupción que se reducirán en la medida que éste desaparezca. En realidad, no sólo son corruptos aquellos que se enriquecen ilícitamente, lo es también el sistema de valores de la sociedad que admite la corrupción y a cuya sombra ésta prospera.
Cuando la sociedad acepta resignadamente al individuo económicamente poderoso, aunque las sospechas de que su fortuna fue mal habida son numerosas, es evidente que algo funciona mal en su seno; de algún modo todos estamos involucrados desde el momento en que miramos ciertos programas de TV o leemos determinadas revistas en las que los personajes "exitosos" se florean mostrándonos sus riquezas descaradamente, cuando no mucho tiempo atrás aparecían en la sección "judiciales" de los diarios intentando explicar lo inexplicable, esperando que el tiempo corra y tienda un piadoso manto de olvido.
Durante los últimos años, se ha pretendido convencernos de las bondades de la economía de mercado, moderno eufemismo en lugar de capitalismo salvaje, y de la globalización, moderno eufemismo en lugar de imperialismo; para ello, el poder central encarnado en los países altamente industrializados asociados en el G8, contaron con el denodado esfuerzo de sus esbirros mediáticos y sus adláteres financieros. Los gobiernos de los países del tercer mundo llevaron hasta límites insospechados las "sugerencias" de los organismos internacionales de crédito, sumergiéndonos violentamente en el proyecto de "país en vías de desarrollo" (eufemismo por país subdesarrollado), auspiciando la "teoría del derrame" (impulsar el crecimiento ilimitado de las burguesías económicas nacionales, para que, una vez que ella acumulara grandes ganancias, éstas se derramaran como por arte de magia entre la gente).
Todo depende de la óptica con que se mire la cuestión. Si nos dejamos llevar por los comentarios de los analistas especializados en economía que saturan los medios de comunicación, quienes invariablemente atribuyen las causas de las sucesivas crisis a la apatía de los argentinos que, por alguna razón u otra, no hacen los deberes, llegaremos a la conclusión de que la única solución es la llegada de inversiones extranjeras, ya que nosotros no tenemos la capacidad suficiente para administrar empresas ni los medios como para hacerlo. Lo que no nos dicen estos analistas, cuyos pronósticos hacen temblar a la economía, es que muchos de ellos trabajan en calidad de ejecutivos o asesores para esas mismas empresas transnacionales que vienen a invertir, esto es, a hacer negocios principalmente especulativos en nuestro país, sin medir las consecuencias sociales que tales operaciones traen aparejadas.



Este atomismo no dejaba muchas opciones en cuanto a lo que puede ser el conocimiento humano. A este respecto, la tesis más importante es la de la supremacía de la percepción. "Nuestros sentidos -reconocía Epicuro- pueden engañarnos, pero no hay nada mejor a lo que recurrir. Conocer equivale a formarnos conceptos de las cosas, y no hay conceptos en absoluto a menos que éstas envíen hacia nosotros copias o imágenes suyas, proporcionadas y semejantes a ellas". En ese proceso de formación de conceptos, nuestros recuerdos, nuestra memoria, pasan a desempeñar un papel decisivo. Cuanto más fieles a su modelo sean esas copias, tanto más precisos serán los correspondientes conceptos.
La persona que ha accedido a un estado de imperturbabilidad y que es dueña de sus actos tampoco tiene miedo a morir. La filosofía natural dice que la muerte es, pura y simplemente, ausencia de sensaciones. Los átomos que una vez compusieron un cuerpo humano se han disgregado. Ya nada se siente. Esto, unido a la indiferencia de los dioses ante los asuntos humanos, explica por qué el hombre sabio y virtuoso no le teme ni se angustia por la muerte. En su "Carta a Meneceo" explicó: "Quien ha comprendido que nada hay de temible en el hecho de estar muerto a nada le temerá en la vida". En "De la naturaleza de las cosas", Lucrecio dice refiriéndose a Epicuro: "Cuando la vida humana yacía torpemente postrada en tierra ante todos, abrumada bajo el peso de la religión, cuya cabeza asomaba en las regiones celestes, amenazando con una horrible mueca abatirse sobre los mortales, un griego fue el primero en levantar hacia ella su mirada mortal y en rebelarse. No lo detuvieron ni lo que se decía de los dioses ni los rayos ni el trueno con su amenazador bramido, sino que acentuaron más el fuego de su espíritu y su deseo de ser el primero en forzar los firmes cerrojos que guarnecen las puertas de la naturaleza. Su vigoroso espíritu triunfó y llegó lejos, más allá del llameante recinto del mundo y recorrió el todo infinito con su mente y su espíritu. De allí nos trae, como botín de su victoria, el conocimiento de lo que puede nacer y de lo que no puede nacer, las leyes, en fin, que delimitan el poder de cada cosa, y sus mojones profundamente afianzados. Con lo que la religión yace a nuestros pies, vencida; a nosotros el triunfo nos eleva hasta el cielo". A su muerte dejó más de 300 manuscritos, incluyendo tratados sobre física y numerosas obras sobre otros temas, según refiere el historiador griego Diógenes Laercio en el siglo III. A pesar de ello, de sus escritos sólo se han conservado tres cartas y algunos fragmentos breves. Las principales fuentes sobre las doctrinas de Epicuro son las obras de los escritores romanos Marco Tulio Cicerón (106-43 a.C.), Lucio Anneo Séneca (4 a.C.-65 d.C.), Plutarco de Queronea (50-120) y el ya citado Lucrecio. Las influencias del pensamiento de Epicuro se pueden observar en los filósofos ingleses Thomas Hobbes (1588-1679) y John Stuart Mill (1806-1873), y en los alemanes Karl Marx (1818-1883) y Friedrich Nietzsche (1844-1900) entre otros. 



Goebbels, confiado en los cineastas de origen ario, a los que transmitía sus consignas e instrucciones, desconocía por completo el secreto y la razón de ser del arte. El pedagogo italiano Antonio Gramsci (1891-1937) había escrito en "Gli intellettuali e l'organizzazione della cultura" (Los intelectuales y la organización de la cultura): "Que el hombre político presione para que el arte de su tiempo exprese un determinado mundo cultural es una actividad política, no de crítica artística. Si el mundo por el que se lucha es un hecho viviente y necesario, su expansividad será irresistible y dicho mundo encontrará sus artistas. Pero si a pesar de la presión, esta irresistibilidad no se ve y no opera, significa que se trataba de un mundo ficticio y postizo, una elucubración de pigmeos que se lamentan de que los hombres de mayor estatura no estén a la altura de ellos".



Es posible que el astrónomo alemán Johannes Kepler (1571-1630) tuviese ya antes que Galileo los elementos teóricos necesarios para explicar el funcionamiento del telescopio, pero sólo Galileo reunió la agudeza de ingenio y la habilidad del constructor necesarias para fabricarlo y luego entenderlo teóricamente. Luego, tuvo el valor de atreverse a mirar con él al inmenso cielo.







