30 de junio de 2008

Friedrich Nietzsche. Un humano demasiado humano

Friedrich Wilhelm Nietzsche nació en el pres­biterio de Roecken, cercano a Lützen, Turingia, Alemania, el 15 de octubre de 1844. Procedía de una familia de pastores luteranos. Su padre, hombre muy culto, pastor también, murió en 1849, por lo que la familia se tras­ladó a Naumburgo, donde Nietzsche creció en un ambiente exclusivamente femenino, entre su abuela paterna, su madre, tres tías y su hermana Elisabeth. Nietzsche diría años más tar­de que "en realidad, yo me he educado a mí mismo", aludien­do a la falta de una mano rigurosa y varonil que dirigiera su educación.
Fue un niño prodigio aunque no sólo preocupado por sus libros; en la escuela humanística de Pforta, un centro docente muy prestigioso en toda Europa donde ingresó becado por la ciudad de Naumburgo, dejó constancia de su inmensa capacidad de estudio y su clara inteligencia, pero también de su carácter abierto y alegre, por el que varias veces fue severa­mente castigado. De esa época se conservan ensayos de composición musical en los que ya se advierten su agudeza y la sensibilidad de artista que caracterizó toda su obra posterior.
Su respeto a las formas y costumbres propias del ambiente de reli­giosidad estrictamente ortodoxa en que fue educado, supuso para él un lastre, que sólo al­canzó a romper parcialmente, con su viaje a Bonn y a Leip­zig, donde, por deseo de su madre, comenzó a estudiar teología. Sin embargo allí descubre la filología y más tarde la filosofía a través de Arthur Schopenhauer (1788-1860). Su formación como filólogo le proporcionó el método científico y la ética del pensador, pero también lo alejaron transitoriamente de su verdadera vocación de filósofo.
A los veinticuatro años fue nombrado profesor de filología en la Universidad de Basilea, lo que significó un triunfo para él pero también le implicó aceptar cargas y deberes, ligaduras que, como él mismo dijo, le "impiden volar" aunque fueron "los días más bellos de mi vida, santificados por la amistad con Wagner", a quien admiraba profundamente. Fue para Nietzsche la primera metamorfosis: su espíritu sobrecargado de respeto a la cultura tradicional, a la moral del ambiente, a las normas de una disciplina científica y a las obligaciones de una cátedra. "El espíritu en quien domina el respeto pregunta: ¿Qué es lo más pesado?, y se arrodilla como un camello y recibe la carga más pesada". De todas maneras, durante ese período fue abandonando la religión tradicional, la fe cristiana, un cierto nacionalismo, una cierta simpatía por Otto von Bismarck (1815-1898) y el imperio prusiano, lo que, inevitablemente, lo fue dejando cada vez más solo.
En agosto de 1870 obtuvo permiso para servir en el bando prusiano durante la Guerra franco-prusiana, donde actuó como médico camillero. A pesar de que su paso por la milicia fue tan sólo de un mes, vivió múltiples experiencias como testigo de los efectos traumáticos de las batallas además de contraer difteria y disentería, enfermedades que le arruinarían la salud de por vida.
Cuando en 1871 escribió "Die geburt der tragödie" (El origen de la tragedia) se encon­tró con el repudio de sus colegas filólogos, que no acep­taron su intención de com­prender el universo desde el punto de vista de su disciplina científica. El libro fue escrito en principio como homenaje al músico Richard Wagner (1813-1883) con un cierto tono romántico, pero ya demostraba la incompatibilidad del profesor público con el pensador privado.
Entre 1873 y 1875, Nietzsche publicó "Unzeitgemasse betrachtungen" (Consideraciones intempestivas), una crítica a la actualidad cultural alemana compuesta de cuatro grandes ensayos: "David Strauss, der bekenner und der schriftsteller" (David Strauss, el confesor y el escritor), "Vom nutzen und nachteil der Historie fur das leben" (Sobre la utilidad y los perjuicios de la Historia para la vida), "Schopenhauer als erzieher" (Schopenhauer como educador) y "Richard Wagner in Bayreuth" (Richard Wagner en Bayreuth).En este último manifestó al­gunas reservas respecto al espíritu wagneriano, y en 1876, en ocasión de la inauguración de los festivales de Bayreuth la ruptura fue definitiva: la atmósfera de carnaval, de gran gala circense, con discursos, desfiles oficiales y la presencia del viejo emperador, descorazonaron a Nietzsche. En Wagner él había visto el renacer de la cultura alemana, el arraigo de ésta en sus pro­pias fuentes, el mito trágico germánico; pero en ese momento Nietzsche ad­virtió que Wagner y los wagnerianos también eran dé­biles y condescendientes con los filisteos de la cultura e incluso que ellos mismos eran filisteos (en la acepción de la palabra que remite a la persona de espíritu vulgar, de escasos conocimientos y poca sensibilidad artística o literaria). Su amistad con Wagner, sin embargo, fue siem­pre el mejor recuerdo de su vida: "Wagner es el único hom­bre al que yo he amado verdaderamente".
Rota esta amistad, desapareció también su salud y con ella su cátedra en Basilea. Nietzsche vivía en medio de terribles dolores de cabeza y de estó­mago, trastornos oculares y dificultades de palabra que ya no le abandonarían. Gracias a sus amigos, el compositor Peter Gast (1854-1918) y el teólogo Franz Overbeck (1837-1905), obtuvo una pensión de la universidad de Basilea y comenzó entonces su vida de viajero en busca de un clima favorable, Suiza, Italia, el sur de Francia, siempre acompañado por alguno de sus amigos.
En este tiempo descubrió el "yo quiero" fren­te al "yo debo". Su enfer­medad le permitió romper con todas sus antiguas costumbres, cargas y respetos sin violen­cias, "ella me ha conferido el derecho a cambiar radicalmente mis hábitos". Abandonó los valores establecidos, "los fardos de la moral, la educación y la cultura han desaparecido cuando el camello se ha quedado en soledad, en el desierto. Es el camello convertido en león; el león derriba los ídolos, pisotea las ataduras y procede a la crítica de todos los valores establecidos". A partir de entonces, Nietzsche "quiere" su pro­pia existencia, decide sus propios valores.
Así, apareció en 1878 "Menschliches, allzumenschliches"
(Humano, demasiado humano), un libro en el que des­montó pacientemente todos y cada uno de los credos supuestamente eternos: la verdad, la justicia, el amor, la amis­tad, el bien, el mal, Dios. Para Nietzsche todos estos ideales resultaban ser muy humanos, demasiado humanos, y los desentrañó impla­cablemente con fría agudeza. A pesar de estar cada día está más enfermo, prosiguió su tarea de crítica total: "Der wanderer und sein schatten" (El viajero y su sombra, 1879), "Morgenröthe. Gedanken über die moralischen vorurtheile" (Aurora. Reflexiones sobre los prejuicios morales, 1880) y "Die fröhliche wissenschaft" (La gaya cien­cia, 1882) fueron sus siguientes obras.
Si "Humano, demasiado humano" representó un momento de crisis, la lucha y la destrucción por parte del león -utilizando su propia metáfora- de la religión, el arte, la cultura y la moral, en definitiva, su segunda metamorfo­sis, "Aurora" y "La gaya ciencia" fueron el preludio de la tercera, el león que experimenta, se aventura y ensaya. En estas obras apareció el "espíritu libre" sereno, desenvuelto, au­daz y burlón. El espíritu que no retrocedía ante nada, que ex­perimentaba con todo poniendo un punto de interrogación en todas partes, preferentemente en todas las cosas más altas y veneradas. No tuvo recato ni respeto alguno y menos frente aquello a lo que el mundo le daba más importancia; era el espíritu frío que "corta la carne de la vida" buscando una verdad libre de ilusiones, aunque fuese mortal y terrible. Allí resonó por primera vez la idea terrible de la muerte de Dios, pero también el anuncio consolador de la voluntad de poder, el anuncio de que el hombre puede crear. En ese momento de exaltación apareció "Also sprach Zarathustra" (Así habló Zaratustra, 1883/1885).
Niet­zsche continuaba padeciendo terribles dolores, pero su "entusiasmo" le permitía olvidarlos: "las cosas vinieron hacia mí y se me ofrecían como símbolos". Es la etapa en la que llevó la crítica a un nivel sin precedentes, transmutando todos los valores con "Jenseits von gut und böse" (Más allá del bien y del mal, 1886) y "Zur genealogie der moral" (Genea­logía de la moral, 1887).
1888 fue un gran año para el filósofo: escribió "Götzen dämmerung" (El crepúsculo de los ídolos), "Der fall Wagner" (El caso Wagner), "Der Antichrist" (El Anticristo) y "Ecce Homo. Wie man wird was man ist" (He aquí el hombre. Cómo se llega a ser lo que se es), obras todas éstas impregnadas de un tono violento e irónico. Pero también ese año Nietzsche tuvo un colapso mental y el día de su cumpleaños, perdida ya la razón, fue detenido por provocar desórdenes en las calles de Turín. En los días siguientes, escribió cartas a Cósima Wagner (1837-1930) y Jacob Burckhardt (1818-1897), en las que mostraba signos de demencia y megalomanía.
Probablemente la locura fue para Nietzsche un refugio y una máscara más. El lo había dicho mucho tiempo antes: "A veces la locura es sólo una máscara que oculta un saber fatal y demasiado se­guro". Los últimos días del año 1888 fueron de inquietud y desasosiego; tan pronto se exaltaba eufórico, como atravesaba momentos de depresión mortal. El 3 de enero de 1889, su amigo Overbeck consigue llevárselo a Basilea, donde se dejó internar. Se le diagnosticó una parálisis progresiva y su madre lo llevó entonces a Jena. Allí vivió los últimos años de su vida, con momentos de relativa lucidez entre crisis y crisis, pero al parecer completamente olvidado de su obra, aunque no de la música, que componía todavía a ve­ces. En 1897, a la muerte de su madre, su hermana se hizo cargo de él, trasladándolo a Weimar donde murió, el 25 de agosto de 1900, sin haber recobrado la razón.
Tras su fallecimiento, su hermana manipuló sus escritos, aproximándolos al ideario del nazismo, que no dudó en invocarlos como aval de su ideología. Esta lectura es negada por muchos estudiosos que la atribuyen a una mala interpretación de su obra. Al igual que Soren Kierkegaard (1813-1855), Nietzsche fue un apasionado defensor del individualismo y a su concepto de superhombre se le reprochó ser el fruto de un intelectual que se desenvolvió en una sociedad de amos y esclavos. De allí que se lo haya identificado con las filosofías autoritarias.
Nietzsche ejerció una enorme influencia sobre la literatura alemana. Sus conceptos han sido discutidos y ampliados por los filósofos alemanes Karl Jaspers (1883-1969) y Martin Heidegger (1889-1976), el filósofo judío alemán Martin Buber (1878-1965), el teólogo germano-estadounidense Paul Tillich (1886-1965), y los escritores franceses Jean Paul Sartre (1905-1980) y Albert Camus (1913-1960).

28 de junio de 2008

Pessoa, un artista del desasosiego

Fernando Antonio Nogueira Pessoa nació en Lisboa el 13 de junio de 1888 -día del santo más querido en la ciudad, San Antonio- y murió, con sólo 47 años, en 1935. Hijastro de un diplomático portugués en Sudáfrica, vivió allí entre 1896 y 1905, año en que regresó a Lisboa, aunque no empezó a publicar sus poemas hasta una década después.
Los trabajos de Pessoa, de aire modernista, estaban escritos tanto en inglés como en portugués y se destacaron por el empleo de heterónimos y diferentes perspectivas y estilos. En vida, publicó el libro de poemas "Mensagem" (Mensaje, 1934), aunque su obra más popular y reconocida fue, "Livro do desassossego" (El libro del desasosiego), una novela inacabada, escrita con estilo de diario y que se editó años después de que falleciese el 30 de noviembre de 1935 en Lisboa.

LLUEVE
Llueve. Hay silencio, porque la misma lluvia
no hace ruido sino con sosiego. Llueve.
El cielo duerme. Cuando el alma está viuda
de lo que no sabe, el sentimiento es ciego.
Llueve. Mi ser (de lo que soy) reniego...

Tan calma es la lluvia que se suelta en el aire
(ni parece de nubes) que parece
que no es lluvia, sino un susurrar,
que de sí misma, al susurrar, se olvida.
Llueve. Nada me apetece...

No aletea viento, no hay cielo que yo sienta.
Llueve distante e indistintamente,
como una cosa cierta que nos mienta,
como un gran deseo que nos miente.
Llueve. Nada en mí siente...

LO QUE SE HA PERDIDO
Lo que se ha perdido, lo que se debería haber perdido,
lo que se ha conseguido y se ha satisfecho por error,
lo que amamos y perdimos y, después de perderlo, vimos,
amándolo por haberlo tenido, que no lo habíamos amado;
lo que creíamos que pensábamos cuando sentíamos;
lo que era un recuerdo y creíamos que era una emoción;
y el mar en todo, llegando allá, rumoroso y fresco,
del gran fondo de toda la noche, a agitarse fino en la playa,
en el decurso nocturno de mi paseo a la orilla del mar.

SUBITA MANOSúbita mano de algún fantasma oculto
entre los pliegues de la noche y de mi sueño
me sacude y yo despierto y en el abandono
de la noche no distingo gesto o rostro.

Pero un terror antiguo, que insepulto
traigo en el corazón, como de un trono
desciende y se afirma mi señor y dueño
sin orden, sin meneo y sin insulto.

Y yo siento mi vida de repente
presa por una cuerda del inconsciente
a cualquier mano nocturna que me guía.

Siento que soy nadie salvo una sombra

de un rostro que no veo y que me asombra,
y en nada existo como en la tiniebla fría.

"No me indigno -decía el poeta-, porque la indignación es para los fuertes. No me resigno, porque la resignación es para los nobles. No me callo, porque el silencio es para los grandes. Yo no me quejo del mundo. No protesto en nombre del universo. No soy pesimista. Sufro y me quejo, pero no sé si lo que hay de malo es el sufrimiento, ni sé si es humano sufrir. Qué me importa saber si eso es cierto o no? Sufro, y no sé si merecidamente. Yo no soy pesismista. Soy triste".

27 de junio de 2008

Apostillas justicialistas (III). La sublimación de la corrupción

Cuando la Unión Cívica Radical asumió el gobierno tras la cobarde y atroz dictadura del Proceso de Reorganización Nacional, intentó revertir la delicada situación heredada con un programa económico tendiente a incentivar la producción industrial para reactivar el mercado de trabajo mediante la generación de empleo. Sin embargo, la escasa capacidad de maniobra con que contaba el nuevo gobierno frente a los organismos de crédito internacionales -que le imponían condiciones cada vez más gravo­sas en el marco de la crisis de la deuda externa- limitó las iniciativas eco­nómicas tanto del sector público como del privado.
Se pusieron en práctica una serie de planes de ajuste con el fin de estabilizar la economía, iniciando de esta manera un pacto con el capital concentrado. La pri­mera medida fue el Plan Austral, aplicado entre 1985 y 1988, que en sus inicios tuvo algunos éxitos relativos pero no logró sortear la persistencia inflacionaria, los bajos niveles de salario e inversión, y las complicadas posibilidades para el desarrollo económico en las que se combinaban las caídas de los precios internacionales para las exportaciones agropecuarias con el peso de la deuda externa. Ante el agra­vamiento de la crisis, se ensayó un nuevo paquete de medidas que a partir de 1988 se conoció como Plan Primavera. Contó con el apoyo de los "capitanes de la industria", principales beneficiarios de la estatización de la deuda en 1982, y de la Cámara Argentina de Comercio. De la vereda de enfrente se situaron otros sectores industriales ligados al mercado interno y a las economías regionales por un lado, y las entidades representativas de los intereses agropecuarios por el otro. Los dos elemen­tos centrales del plan fueron la devaluación y el manejo de la pauta cambiaria. Ambos componentes permitieron crear condiciones para que los grandes grupos empresarios se lanzasen a la especulación financiera, lo que desencadenó a principios de 1989 una fuerte crisis hiperinflacionaria que profundizó el proceso de transferencia de ingresos entre sectores de la sociedad argentina iniciado en 1975 con el peronismo.
La concentración del poder económico en los grupos dolarizados, la agudización de la crisis y la recesión productiva arrojó a millones de argentinos a la desesperación. La preocupación de la población por los efectos inflacionarios sobre sus ingresos y el inicio de una política de expulsión de personal y reducción salarial entre los empleados del Estado generaron tensiones que fueron aprovechadas por la CGT para desplegar una política de hostigamiento contra el gobierno que incluyó la realización de trece paros nacionales entre 1984 y 1988.
Los organismos financieros internacionales (en particular el FMI) pre­sionaron al gobierno sugiriendo políticas de ajuste del gasto público y aumento de la presión impositiva que permitieran saldos positivos en los ingresos del Estado para pagar los intereses de la deuda externa, que se había duplicado entre 1980 y 1989. Cuando en este último año estos organismos decidieron no seguir respaldando al gobierno, aumentó la especulación financiera y la fuga de capitales, hechos que desataron un proceso hiperinflacionario. Esto obligó al ade­lantamiento de la entrega del gobierno a quien en mayo de 1989 había ganado las elecciones, el dirigente peronista Carlos Menem, el que, si bien durante su campaña electoral había retomado viejas banderas del peronismo con un discurso fuertemente opositor a los ajustes y las privatizaciones, una vez en el gobierno se alineó con los grupos económicos más poderosos para aplicar el ideario neoliberal que iba en dirección opuesta a las promesas de campaña. El movimiento obrero, otrora "columna vertebral" del movi­miento peronista fue el más perjudicado por las políticas aplicadas.
Durante los dos primeros años del nuevo gobierno peronista, varios ministros se sucedieron sin éxito, determinando conducciones económicas erráticas que no pudieron siquiera dominar la inflación (que llegó a ser del 2.300% en 1990) mientras el salario mínimo real se redujo un 50% y las remuneraciones medias reales un 20%.
En el aspecto en el que sí se avanzó a poco de instalado el gobierno fue en la política de privatización de las empresas públicas. A fines de 1990 ya habían sido transferidos al sector privado los teléfonos y Aerolíneas Argentinas. Más tarde le siguieron los ferrocarriles, la petrolera YPF, los canales de televisión, los servicios de provisión de agua, luz y gas y otras empresas. También se hicieron cambios en el sistema previsional, instalándose un sistema de jubilaciones privadas. Esto implicó un reordenamiento de esas empresas, que dejó en la calle a buena parte de los trabajadores, muchos de ellos con varios años de servicio, y la expulsión de miles de trabajado­res del Estado, víctimas de las políticas de reducción del gasto público, que agravaron las condiciones del mercado laboral.
Con la llegada de un ex funcionario de la dictadura militar, Domingo Cavallo, al ministerio de economía a principios de 1991, se sancionó la Ley de Convertibilidad que estableció una paridad cambiaria de la moneda ar­gentina con el dólar estadounidense. Otro aspecto clave de la nueva política fue la desregulación económica interna, tanto en cuanto al mercado de trabajo con la llamada "flexibilización laboral" que implicó la pérdida de buena parte de los dere­chos de los trabajadores en beneficio de las empresas, como al mercado de capitales que pasó a gozar de todo tipo de libertades para ingresar y salir del país.
Estas políticas de liberalización comercial, reducción de derechos arance­larios y libre flujo de capital financiero favorecieron la inserción argentina en la economía mundial, por lo que la incidencia de la oferta internacional de productos sobre la economía interna agravó el ya débil nivel de competitividad de algunos sectores. Este proceso implicó también que los problemas económicos en lugares distantes del mundo repercutiesen inmediatamente sobre la economía argentina. Dos crisis, una en México a fines de 1994 y otra en Brasil en 1998, sacudieron a la Argentina provocando procesos recesivos con altísimos costos sociales.
Por otra parte, desde la llamada "crisis del petróleo" a comienzos de los '70, los grandes grupos económicos y los organismos internacionales como el FMI y el Banco Mundial habían comenzado a cuestionar las políticas sociales de los Estados capitalistas. Tales posturas pronto fueron adoptadas por el gobierno peronista que suscribió la idea de que la provisión estatal de servicios educativos o de salud era ineficiente y costosa.
En el terreno de la educación, se avanzó en el proceso de descentrali­zación que se había iniciado con la dictadura, cuando, al traspaso al ámbito municipal o provincial de los colegios primarios antes administrados por el Estado nacional, el gobierno peronista le agregó las escuelas medias y los institutos terciarios. Las dificultades se dieron por las limitaciones presupuestarias, que llevaron a un deterioro del servicio educativo y de los ya bajos salarios docentes, lo que trajo aparejado el crecimiento de establecimientos privados en los tres niveles educativos.
Los bajos presupuestos afectaron intensamente también al sistema de salud pública. La escasez de materiales sanitarios y medicamentos y el deterio­ro físico de algunos centros de salud puso en peligro la continuidad en la prestación del servicio de algunos hospitales. Al igual que lo sucedido en educación, en la década del '90 se dio una fuerte privatización de los servicios de salud, proliferando los sistemas de medicina prepaga, tanto como las clínicas y sanatorios privados. El resultado de todas estas leyes y decretos fue, en lo económico, una reducción de costos que benefició a las empresas sin que ello implica­ra mejoras en el nivel de inversiones además de una mayor subor­dinación del movimiento obrero a los intereses del capital y un aumento del control por parte de las empresas sobre la mano de obra.
La sociedad argentina sufrió en esta etapa una de las transformaciones más profundas de toda su historia, signada por el aumento de la pobreza, la creciente desocupación, la profundización de las diferencias sociales y la concentración de la riqueza y el poder. Las dificultades generadas en el mercado de trabajo trajeron apareja­das graves consecuencias sobre las condiciones laborales. De este modo, las ocupaciones temporales o discontinuas, el empleo "en negro", los ba­jos salarios, el aumento de la jornada de trabajo derivaron en una precarización del empleo y una creciente marginación social de magnitu­des inéditas.
Las condiciones de vida de la población decayeron de modo notable. Empeoró la situación de los sectores que ya tenían necesidades básicas insatisfechas, una situa­ción que se agravó por el retiro del Estado de las funciones "benefactoras", pero también se produjo un empeoramiento en sectores sociales que his­tóricamente habían gozado de ingresos suficientes para satisfacer sus necesidades. La aparición de los nuevos pobres provenientes de las clases medias y medias bajas fue otro cambio trascendente en la estructura social argentina. Más de la mitad de la población argentina quedó en uno u otro de estos segmentos de población.
En el otro extremo de la pirámide poblacional, sectores de altísimos ingre­sos aumentaron su capacidad de consumo, su poder y su "prestigio" social. De este modo, la fragmentación de la sociedad afectó significativamente al sistema político y provocó situaciones de grave tensión como pocas veces en la historia. La marginación a la que fue sometida la población de menores recursos -tanto materiales como culturales- dificultó su orga­nización sindical y política. La toma de decisiones del nivel más elevado del Estado quedó en grupos cada vez más limi­tados de la población.
Con el fin de obtener una renegociación en el pago de los intereses de la deuda exter­na, el gobierno peronista firmó un nuevo acuerdo con el FMI y propició el ingreso de la Argentina en el Plan Brady. Según las predicciones, las medidas adoptadas contribuirían a reducir el déficit fiscal y estimular la inversión privada, lo que provocaría una reactivación en el mercado de trabajo. Sin embargo, el resultado fue un aumento marcado de la tasa de desempleo. En ese escenario se desarro­lló la campaña electoral para los comicios de 1995 cuyo eje central fue la cuestión del desempleo. Los argumentos del gobierno buscaron explicar "el efecto no deseado del plan" como un resul­tado inesperado producido por factores coyunturales, como las repercusiones de la crisis mexicana, la mayor cantidad de gente que presionaba sobre los mercados laborales y la inmigración desde países vecinos. Frente a esto, la oposición de izquierda intentó se­ñalar que el aumento del desempleo era en realidad "un efecto previsto" en la reorganización del capitalismo argentino iniciada en 1976 por la dictadura militar y perfeccionada por el gobierno peronista, que logró disminuir la participación de los asalariados en la distribución del ingreso nacional.
Sin embargo, una porción mayoritaria de la ciudadanía argentina volvió a votar por el oficialismo. Este nuevo éxito del peronismo, confirmó una tendencia electoral favorable que venía desarrollándose sin fisuras desde la puesta en marcha del Plan de Convertibilidad. Por poco tiempo más se pudo encubrir la magnitud de la crisis; hacia el segundo semestre de 1997, la crisis económica llevó a la renuncia del ministro de economía. El nuevo titular -Roque Fernández- procuró la última ofensiva so­bre el sector público y la profundización de la ortodoxia neoliberal. En esas circunstancias, la ratificación del rumbo no demostró ser la estrate­gia más propicia para el futuro político del oficialismo. Así, en diciembre de 1999, llegó el fin de la tercera experiencia del peronismo en el gobierno. Sus secuelas fueron alarmantes: la corrupción hizo estragos en la dirigencia política, gremial y empresarial, e instaló la cultura de un individualismo que caló hondo en las prácticas sociales e institucionales de la república.

Apostillas justicialistas (II). El esplendor de los asesinos

A fines de los años '60 y principios de los '70, el movimiento estudiantil representó un papel importante como agita­dor de las propuestas contestatarias, comprometiéndose con los problemas y las esperanzas de los sectores populares e impulsando el crecimiento de la izquierda. Esta nueva izquierda -tanto peronista como no peronista- convocó, ade­más, a una fracción significativa aunque no mayoritaria, de los intelectuales, la clase media en general y sectores obreros combativos, so­bre todo los que se habían orientado hacia el clasismo.
En un amplio sector del peronismo se afianzó una tendencia que propo­nía la vía revolucionaria y la lucha armada. La Juventud Peronista (JP) y otras organizaciones que podrían encuadrarse en el peronismo de izquier­da, crecieron considerablemente y adhirieron a posiciones estratégicas como la lucha popular revolucionaria, la pretensión de acceder a la conducción del Partido y la solidaridad con las organiza­ciones armadas peronistas.
Este sector definía la contradicción central en tor­no a liberación nacional versus dependencia colonial, por lo que la liberación era la primera tarea de la revolución socialista nacional. Para esa etapa consideraron indispensable el protagonismo de Perón por su liderazgo sobre los sectores populares -con un grosero desconocimiento de la historia personal del líder-, quien desde su exilio en España, mezquinamente estimulaba su desarrollo expresando posiciones afines, sin desautorizar en ningún momento a la vieja dirigencia sin­dical ni a la derecha peronista.
Fuera del peronismo se conformaron corrientes de izquierda menores, nuevas o procedentes de las escisiones de los partidos tradicionales. En estas corrientes que expresaban diferentes visiones del marxismo, las dis­cusiones principales pasaban por definir si estaban dadas las condiciones para un cambio revolucionario con los sectores obreros y populares como protagonistas mediante la vía insurreccional, o si antes había que transitar una etapa de alianza entre esos sectores y la burguesía nacional mediante canales institucionales.
Dentro de este contexto se produjo el auge de las organizaciones guerrilleras -consolidadas durante la dictadura militar de la autodenominada Revolución Argentina- que comenzaron a operar en áreas urbanas. Tres procedían del peronismo y la derecha católica: Fuerzas Armadas Peronistas (FAP), Fuerzas Ar­madas Revolucionarias (FAR) y Montoneros, con un bagaje ideológico híbrido y confuso; y dos eran marxistas: Fuerzas Armadas de Liberación (FAL) y Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) con una ideología sólida y explícita.
La Iglesia Católica también sufrió un proceso de izquierdización al fundarse el Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo, que buscaba redefinir el papel del cristiano y de la Iglesia, vinculándolos a las luchas populares y distanciándose de la jerarquía eclesiástica tradicional.
En el ámbito sindical la situación era mucho más compleja ya que existía un proceso de desmovilización obrera y de burocratización y corrupción de la dirigencia. A fines de los '60 había dos líneas dentro del sindicalismo peronista. Una intransigente y combativa nucleada en la CGT de los Argentinos, y otra participacionista y negociadora nucleada en la CGT tradicional.
El 11 de marzo de 1973 se celebraron las elecciones y el Frente Justicialista de Liberación (el nombre adoptado por la coalición encabezada por el peronismo) obtuvo la mayoría. El breve gobierno de Héctor Cámpora contó con el respaldo importante de la izquierda peronista y de las clases populares e hizo un primer inten­to de recomposición del mercado interno impulsando un progra­ma de alianza entre la fracción de la burguesía orientada al consumo local y el movimiento obrero. Sin embargo, fuerzas de diverso origen confluyeron para hacer fracasar esas políticas. La crisis desatada en el interior del gobierno y el movimien­to peronista, que incluía sectores de muy distinto signo ideológico, perjudi­caron la credibilidad del modelo propuesto. Se incrementó la oposición de los sectores más poderosos de la burguesía industrial, preocupados por el recrudecimiento de la conflictividad social, mientras el frente externo también comenzó a enviar señales preocupantes. El gran ciclo expansivo de la economía capitalista mundial iniciado después de la Se­gunda Guerra había finalizado: una nueva crisis motivada por el aumento del precio del petróleo, afectó a todo el mundo capitalista desde 1973. Para la Argentina implicó un incremento en el valor de las importaciones, suba que coincidió con el cierre de algunos mercados tradicionales para las carnes argentinas. Esta combinación puso límites al ingreso de divisas, a la vez que encareció los costos internos.
Tras el nuevo llamado a elecciones que ganó la fórmula Juan D. Perón-María Estela Martínez de Perón, la inflación se redujo y los salarios reales aumentaron por un breve tiempo. La suba de los precios internacionales de productos agropecuarios (cereales y carnes en primer lugar) se combinó con excelen­tes cosechas que hicieron crecer las exportaciones de manera notable. Perón, que en el exilio había practicado una política pendular entre sus alas izquierda y derecha, ahora en el gobierno estaba forzado a eliminar ese margen de ambigüedad. Si antes había predicado la guerra popular revolucionaria y la liberación nacional y social, ahora privilegiaba la participación organi­zada, la unidad nacional y la normalización institucional. Esto lo alejó de la izquierda y lo acercó al ala ortodoxa sindical así como a la ultraderecha peronista.
Así, en poco tiempo, un decrépito y senil presidente delegó gran parte del poder a manos de sus adláteres más sanguinarios: José López Rega, José Ignacio Rucci, Lorenzo Miguel y Alberto Villar entre otros, quienes al mando de siniestras bandas de asesinos, comenzaron la brutal represión de los mismos grupos armados revolucionarios que el propio líder había propiciado y alentado desde su exilio dorado en Madrid, dando comienzo a las acciones represivas que culminarían con miles de desaparecidos cuando el gobierno pasó a manos de las fuerzas armadas, que perfeccionaron y extendieron el sistema represivo.
Muchos trabajadores -que habían depositado grandes expectativas en el gobierno peronista- vieron que sus ingresos no mejora­ban, o aun disminuían por los aumentos de precios. A pesar de ello, la lucha de los trabajadores por mejoras en sus condiciones de vida, se postergó gracias al liderazgo ejercido por Perón. Su muerte en julio de 1974 dejó sin sustento político al programa del gobierno, por lo que se inició una etapa de gran inestabilidad. Crecieron los conflictos de los trabajadores y las tradicionales conduc­ciones gremiales burocráticas fueron muchas veces superadas por la ac­ción de dirigencias clasistas y más combativas. Algunos sectores de la burguesía contribuyeron con acciones especulativas, desabastecimiento de productos, ventas en negro y sobreprecios. Carente de liderazgo y con el frente interno fracturado, el gobierno de la viuda de Perón se mostró impotente para recomponer los acuerdos sociales. En­frentó también la mayor inflación que se había registrado hasta entonces: más del 300% en 1975, motivada, entre otras cosas, por una devaluación del 100% decidida por el entonces ministro de economía Celestino Rodrigo. Las movilizaciones populares recrudecieron en particular por el cuestionamiento que plantearon los dirigentes sindicales hacia las políti­cas del gobierno. Pero también se vieron empujadas por la pérdida de poder adquisitivo de los salarios: las medidas macroeconómicas habían licuado las mejoras salariales obtenidas en negociaciones con el gobierno. El mie­do de los sectores dominantes ante el conflicto social hizo el resto. Las Fuerzas Armadas derrocaron al gobierno el 24 marzo de 1976 e instauraron una de las más sangrientas dictaduras que recuerda la historia argentina. La gran revolución socialista nacional pasó a convertirse en recuerdo.

Apostillas justicialistas (I). La construcción del mito

El peronismo inauguró en la Argentina una novedosa forma de practicar la política y el ejercicio del poder. Su líder y el movimiento que creó interpretaron los cambios sociales y económicos iniciados en los años treinta que la vieja clase dirigente y sus partidos no llegaron a comprender, y propusieron, aunque con relativo éxito, un nuevo modelo de desarrollo económico y de integración social. El amplio triunfo obtenido el 24 de febrero de 1946 por Juan D. Perón, quien ganó las gobernaciones de todas las provincias excepto Corrientes, y sólo fue derrotado en votos presidenciales en Corrientes, San Juan, Córdoba y San Luís, le permitió un dominio abrumador en el parlamento nacional.
Una vez llegado al poder en mayo de 1946, Perón dispuso la disolución de los partidos que habían motorizado su campaña electoral y organizó el Partido Unico de la Revolución Nacional, una decisión que mostró el objetivo de unificar y controlar un fuerte disposi­tivo de ejercicio del poder. La medida fue resistida por algunos miembros del Partido Laborista -uno de los propulsores de su candidatura- que enfrentaron la decisión e intentaron mantener la legali­dad del partido creado por la CGT, aunque sin éxito frente a la ofensiva unificadora y disciplinante propuesta por el gobierno. Por lo pronto, el presidente del Partido Laborista Luís Gay debió abandonar la dirección de la CGT en 1946 acusado de traicionar al movimiento y Cipriano Reyes, vicepresidente del partido y uno de los artífices del encumbramiento de Perón, luego de numerosos entredichos y algún atentado contra su vida, al terminar su mandato como diputado en 1949 fue encarcelado hasta 1955.
La acumulación de poder, necesaria según Perón, para liderar la "Revo­lución Nacional y Social", implicó el juicio político a cuatro miembros de la Corte Suprema de Justicia y la destitución de otros jueces nacionales, para de esta manera asegurarse el control efectivo del tercer poder constitu­cional. También se reiteró el uso de las intervenciones federales a distintos gobiernos provinciales, tanto al opositor de Corrientes como a una decena de provincias gobernadas por el propio oficialismo. Esta rápida acumulación de poder del peronismo se asen­tó en las crisis previas de distribución, participación y legitimidad producidas por los gobiernos militares o fraudulentos de los años previos.
Un factor importante para acceder al gobierno fue el apoyo de las Fuerzas Armadas, un gesto que Perón retribuyó repartiendo distintos cargos políticos a numerosos camaradas de armas, lo que no impidió que, a partir de la Reforma Constitucional de 1949, algunos grupos de la oficialidad promovieran el fracasado golpe de Estado en 1951. El Ejército mantuvo una enorme gravitación sobre la política oficial, logrando ejercer poder de veto respecto de la candidatura a la vicepresidencia de Eva Duarte en 1952, y finalmente grupos importantes -aunque no la totalidad de la institución-, encabezaron los levantamien­tos militares de junio y septiembre de 1955.
Otro apoyo del gobierno fue la Iglesia, que al igual que las Fuerzas Armadas, comenzó respaldando al gobierno peronista tras el establecimiento de la enseñanza religiosa y el subsidio estatal a las escuelas católicas, para transformarse de manera paulatina en el puntal de la oposición en el último año de gobierno.
También las organizacio­nes empresariales lograron su cuota de poder durante el gobierno peronista. Entre 1943 y 1955 la burguesía industrial ejerció la hegemonía e impuso un modelo industrialista y nacio­nalista. A pesar de la existencia de algunos conflictos entre el gobierno y la Unión Industrial Argentina (UIA) que culminaron con la decisión del Estado de crear en 1953 una central industrial alternativa -la Confederación General Económica (GCE)-, por primera vez en la historia argentina la burguesía industrial se apoderó del aparato del Estado, logrando en pocos años lo que no había podido conseguir durante mucho tiempo la clase conservadora. Si bien en sus orígenes el peronismo se definió como popular, nacionalista e industrialista y, como tal, adversario de la burguesía pampeana, el propio Perón, en un discurso pronunciado en el Colegio Militar en 1945, abrió las puertas a la integración de la oligar­quía, compuesta también por los terratenientes ganaderos.
Con respecto a los sindicatos, se creó una estructura sindical centralizada, que abarcaba las ramas locales y ascendía, por intermedio de federaciones nacionales hacia una única central, la Confederación General del Trabajo (CGT). Durante el primer período, 1946 a 1951, se produjo una gradual subordinación del movimiento sindical al Estado y la eliminación de los líderes de la vieja guardia. La debilidad del movimiento obrero argentino previa a 1945 fue aprovechada al máximo por Perón. Por el lado de los sindicalistas anarquistas y socialistas, su flojedad ideológica los llevó a desarrollar tendencias de conciliación de clase y de acercamiento al aparato del Estado.
Por su parte, el giro impuesto por la Internacional Comunista estalinista desde 1935 que propuso el acercamiento a las burguesías liberales mediante la constitución de frente populares, desarrolló poderosos estímulos hacia políticas de conciliación de clase y con el nacionalismo burgués de cada país, con la excusa de la "unidad nacional" para luchar contra el fascismo. Así, las tendencias burocráticas y el recurso al nacionalismo burgués que ya estaban madurando fuertemente en las cúpulas sindicales, se enseñorearon en el gremialismo argentino y terminaron por constituir la denominada "columna vertebral" del peronismo.
Para muchos historiadores, el estilo de gobierno de Perón fue "bonapartista", esto es, el presidente y sus funcionarios actuaron como árbitros entre los distintos sectores sociales, equilibrando y compensando mediante los recursos estatales las diversas asimetrías sin representar en exclusiva los intereses de ninguno en particular. De este modo pudo, transitoriamente como era de esperar de un gobierno pretendidamente "revolucionario", mantenerse en el poder apoyándose en las dichosas cuatro patas: las Fuerzas Armadas, la Iglesia Católica, las burguesías industrial y terrateniente, y la burocracia sindical, sectores todos ellos que -como se sabe- distan mucho de defender los intereses populares.

26 de junio de 2008

Héctor Yánover, el librero melancólico

Héctor Yánover fue un poeta y librero que nació en Alta Gracia, Córdoba, el 3 de diciembre de 1929. En calidad de tal, se convirtió en una fuente de referencias única en la Argentina: cada vez que alguien quería obtener un dato bibliográfico o encontrar un libro agotado, cada vez que alguien recitaba un verso y no recordaba el autor, bastaba llamarlo para que, con la precisión habitual, resolviera el problema. Desde su librería de la avenida Las Heras, en Buenos Aires, observaba la evolución de la cultura argentina con una contradictoria mezcla de escepticismo y entusiasmo y aconsejaba a los lectores.
Cuando vino a Buenos Aires, alguien le propuso hacer un turno nocturno de vendedor en una librería de la avenida Corrientes y ya nunca saldría de ese clima marcado por el olor del papel. Su primer libro de poemas fue "Hacia principios del hombre" (1951), al que le siguieron "Elegía y gloria" (1958), "Las iniciales del amor" (1960), "Arras para otra boda" (1964), "Sigo andando" (1982) y "Otros poemas" (1989). También publicó una novela de carácter autobiográfico, "Las estaciones de Antonio" (1972), "Raúl González Tuñón" (1962) y "Memorias de un librero" (1994), quizá su libro más popular, en el que narraba lo que definió como "la picaresca del libro". Las anécdotas insólitas, el humor, los personajes extravagantes, un estilo del que jamás estaba ausente el tono lírico, resumían la experiencia de un hombre que había tenido el privilegio de tratar con los grandes autores.
Fue director general de Bibliotecas Municipales de Buenos Aires desde agosto de 1989 a noviembre de 1990. Además, fue director de la Biblioteca Nacional de 1994 a 1997.

ANTOLOGIA POETICA
XII
Por ver el alba se empinaba sobre la tierra
pero el alba no llegaba.
Por ver el sol apuraba el alba
pero el sol tardaba.
Por verse el alma se abrió el pecho
pero allí el alma no estaba.

XVIII
Sin respiro, a trechos sofocado, sin cesar
voy cargado de angustias en acecho.
Sin nada, sólo con lo que siento,
voy subiendo las cuestas del alma, sus repechos.
Seguro, casi ciego de futuro,
voy a llegar al sol y me acostaré en su lecho.

MELANCOLICO
¿Son las cosas
en los otros ojos
más que en los míos?
¿Es que no veo
sino la apariencia,
lo fugaz, lo pasajero?
¿De qué manera
encontrar un camino
entre los que ya no ven
y los que debieran saber
y ya no saben?
¿Todo lenguaje se ha marchitado
y caído como una fruta?
¿Los que parecen no oír
están sordos o tienen miedo?
En la corrupción y el terror
vago esperando una clave, un sendero.
Perplejo como un payaso
ando entre el estrépito y el humo.


En uno de sus poemas publicado en el diario "La Nación", dijo: "Cuando te inclines frente al cajón/trata de tocarlo con la punta de tus pechos./Si entonces no me muevo,/ni me escuchas gemir/como en un ronroneo.../es que estoy muerto". Y así ocurrió nomás, el 8 de octubre de 2003 en Buenos Aires.

Aurora Bernárdez y los inéditos de Cortázar

"Cortázar escribía como improvisando jazz. No estaba sujeto a una disciplina, corregía poco, todo le salía naturalmente. Para él era como un juego fácil y divertido", dijo en una oportunidad el ensayista y poeta argentino Saúl Yurkievich (1931-2005).
En su testamento, Julio Cortázar (1914-1984) le confió a su gran amigo Yurkievich y a su mujer, Gladis Anchieri, su obra inédita para que la publicaran o la destruyeran, si así lo creían oportuno. A Yurkievich siempre le incomodó el rótulo "el albacea de Cortázar", y se encargó de aclarar: "No, no, no... no soy el apoderado de las obras de Cortázar, sino su viuda, Aurora Bernárdez. En el testamento nos nombró a Gladis, mi mujer, y a mí para que decidamos juntos acerca de los inéditos. Como 'albaceas literarios' tenemos, por su voluntad, el derecho de conservar, editar o destruir lo que queramos. Así lo dice en el testamento. Pero nada destruimos. Habría que ser Dios para hacer una cosa así". Lo que sí hicieron fue colaborar con Bernárdez -esposa de Cortázar entre 1953 y 1967- en el cuidado de los textos.
Aurora Bernárdez es una reconocida traductora, especialidad en la que trabajó conjuntamente con Cortázar durante muchos años. Autores como Gustave Flaubert (1821-1880), Jean Paul Sartre (1905-1980), Simone de Beauvoir (1908-1986), Paul Bowles (1910-1999), Albert Camus (1913-1960) e Italo Calvino (1923-1985) entre otros, fueron traducidos por ella al castellano.


En un artículo publicado en el diario "La Nación" de Buenos Aires en julio de 1995, Bernárdez explicó que "la obra inédita de un autor publicada póstumamente tiene dos tipos de lector: el que lo ama tanto que quiere seguir leyéndolo, leer incluso lo que no publicó mientras vivía, y el que, sobre todo, aspira a entender lo mejor posible su recorrido litera­rio y en definitiva su vida, para lo cual todo inédito es bienvenido. El problema está en saber qué es de la obra que el autor no ha publi­cado, lo que es importante y lo que no lo es. En este plano, se puede decir que todo lo que el autor estimó 'acaba­do' y conservó no sólo merece sino que debe publicarse".
Dentro de esta categoría, Cortázar dejó un puñado de obras: "La otra orilla", escrito entre 1942 y 1946, "Teoría del túnel" de 1947, "Divertimento" de 1949, "El examen" y "Diario de Andrés Fava", ambas de 1950, e "Imagen de John Keats" escrito entre 1950 y 1951.
"Encontré el manuscrito de 'La otra orilla' -recuerda Bernárdez- en una caja junto con los apuntes utilizados por Cortázar en los cursos que dictó en la Universidad de Cuyo. En estos cuentos en los que la escritura va buscándose para definirse, aparecen no pocos elementos de la temática cortazariana: la indeterminación de lo real, los deslizamientos en el espacio y en el tiempo, la idea del desdoblamiento de la personali­dad".
Con respecto a "Teoría del túnel", Cortázar -dice su albacea- "analiza las tendencias que considera más importantes en la literatura de su tiempo: el surrealismo y el existencialismo. Pero lo intere­sante es que al mismo tiempo va anunciando su teoría de la novela, su opción por un lenguaje poético y a la vez antirretórico y una vi­sión de la literatura como una ten­tativa de aprehensión total de la realidad". Esta teoría, que empezó a concretarse en "Divertimento" y "El examen", culminó años des­pués en "Rayuela".
Continúa Bernárdez: "Las novelas 'Divertimento' y 'El examen' no se publicaron en su momento por falta de editor. Una casa presti­giosa rechazó el manuscrito del primero porque contenía muchas malas palabras y una dedicatoria que podía ofender a un conocido autor de literatura para niños. El manuscrito de 'El examen', además de ser rechazado porque no cabía en el programa bianual de otra no menos prestigiosa edito­rial, fue presentado a un concurso literario en el que pasó sin que ningún miembro del jurado lo ad­virtiera. No hubo, como inventó la fantasía de un periodista desaprensivo, ninguna razón política; Cortázar estaba por entonces muy lejos de cualquier militancia. Estas obras, junto con 'Diario de Andrés Fava' e 'Imagen de John Keats', muestran la extraordinaria capacidad de trabajo de Cortázar en ese momento. Cada una de ellas iba dejando atrás a las anteriores".
"A fines de los cincuenta -prosigue- la situa­ción había cambiado: Cortázar ha­bía escrito 'Los premios' que pre­sentó, junto con 'El examen', a Paco Porrúa, por entonces director lite­rario de Sudamericana. A la pregunta de Porrúa acerca de cuál de los dos debía aparecer primero, Cortázar optó, como era lógico (todo autor prefiere al recién na­cido), por 'Los premios'. 'Divertimento' y 'El examen' quedaron defi­nitivamente relegados: Cortázar si­guió escribiendo y publicando otros libros y no volvió a pensar en aquellos primogénitos".
Según cuenta Bernárdez, en 1960 Cortázar hizo una gran limpieza de sus papeles para desechar todo aquello que no considerara valioso. Así, se deshizo de "Soliloquio", su primera novela (de alrededor de 600 páginas que muchas veces lamentó haber destruido), pero conservó, en cambio, "El examen", "Divertimento", "Diario de Andrés Fava" e "Imagen de John Keats". "En todas estas obras -dice Bernárdez- hay una visión de la vida, y de la literatura entendida como vida, además de un humor constante incluso en los momentos más dramáticos de la acción, que son también muy característicos de Cortázar".


En cuanto a los textos teatrales de Cortázar, su viuda explica que "quieren ser juegos, divertimentos. Lo son por su lado extra­vagante, irreverente, tanto como su seriedad secreta, sin énfasis". La pieza breve "Juego de palabras" (1948) contiene la fuerza reno­vadora y liberadora inspirada en la dramaturgia de Jean Cocteau (1889-1963), y "Tiempo de barrilete" (1950) coincide con la aparición del teatro del ab­surdo de Eugene lonesco (1912-1994) y Samuel Beckett (1906-1989). De los años 70 son "Nada a Pehuajó", inscripto en la tradición del teatro del humor y del absurdo, y "Adiós, Robinson", un texto radiofónico que puede calificarse de fábula anticolonialista.
"En 1986 no dudé en publicar 'Di­vertimento' y 'El Examen' -cuenta Bernárdez-. La deci­sión me resultó más difícil cuando me enfrenté con el 'Diario de An­drés Fava', pues este texto formaba parte, en principio, de 'El examen'. Es fácil imaginar por qué Cortázar no lo incorporó a la novela: dada su longitud y la importancia que a través del diario hubiera cobrado el personaje de Andrés Fava, se co­rría el riesgo de desequilibrar el li­bro". "La publicación de 'Imagen de John Keats' -continúa- planteaba otro tipo de problema: el de su eventual revisión. El propio Cortázar lo dice en 'La fascinación de las palabras'. Pero no podía negarse a los lec­tores el acceso a una obra que el autor califica de diálogo o carta, defendiéndose de haber escrito una biografía o un ensayo".
"En cuanto a las traducciones de las cartas y los poemas de Keats ci­tados en la obra -finaliza Bernárdez-, he tratado de ajustarlos ateniéndome al criterio de literalidad por el que optó el autor. Espero haber acercado los textos al lector en lo que a su sen­tido se refiere, ya que no a su forma". "En las cartas se encuentra la verdadera biografía de Cortázar -dijo Yurkievich al diario "Clarin" en septiembre de 2003-. La correspondencia está ligada umbilicalmente al ser humano, que por otra parte era muy reservado. Escribía muchas cartas y quería responder todas las que recibía".
Al editarse toda la obra en su conjunto, se terminó de construir un perfil de Cortázar que muchos desconocían. Cortázar fue un gran intelectual y un gran crítico literario; sus obras completas descubren también su dimensión humana.

24 de junio de 2008

Estados Unidos, un ejemplo de coherencia y perseverancia para América Latina

Desde la independencia de las Trece Colonias en 1776, la historia de Estados Unidos presenta una extraordinaria sucesión de acciones con el indisimulado propósito de conseguir el expansionismo geopolítico, territorial, económico y comercial de su país. Con una coherencia envidiable, tanto demócratas como republicanos (la "izquierda" y la "derecha" para los mojigatos analistas políticos que se florean en los medios periodísticos), tuvieron desde siempre muy en claro cuáles eran sus apetitos en estas cuestiones.Del completísimo artículo "Esta es la hora de los hornos y no se ha de ver más que la luz" que la periodista Astrid Barnet publicó en la "Revista Informativa Cuba Ahora", se desprende que ya en la primera década del siglo XIX, el presidente Thomas Jefferson (1743-1826) realizó un intento para apoderarse de Cuba, al tratar que España entregara a Estados Unidos el poder sobre la isla. Al mismo tiempo que se desarrollaban campañas de exterminio de los indios, las trece originales colonias multiplicaron por diez su extensión territorial en menos de un siglo, mediante un proceso de despojo, chantaje y terrorismo de Estado. Esto último, particularmente con la agresión a México. Con su estrategia expansionista, Estados Unidos arrebató a su vecino del sur el 51% de su territorio, o sea, más de dos millones de kilómetros cuadrados. Los primeros pasos fueron dados en 1819 cuando el banquero Moisés Austin (1793-1836) fue autorizado por el gobierno mexicano para establecerse en ese país con unas 300 familias. Así, en 1835 los colonos norteamericanos asentados en el rico territorio texano superaban los 600 mil habitantes. Se proclamó seguidamente la independencia de Texas, un pretexto para que intervinieran las tropas norteamericanas.
En 1823, por medio de la Doctrina Monroe -ideada por el presidente James Monroe (1758-1831)- se declaró que América Latina se consideraba "esfera de influencia" para Estados Unidos. "América para los americanos" fue la frase que sintetizó la política puesta en marcha por el presidente John Quincy Adams (1767-1848), cuya aplicación obtuvo rápidos resultados: España fue obligada a ceder la península de Florida. Un año más tarde, con el fin de asegurar sus intereses económicos, Estados Unidos intervino en Ecuador, a modo de ejercicio preliminar para posteriores intervenciones en el Pacífico sur, lo que ocurriría al año siguiente cuando, con el pretexto de proteger sus intereses en El Callao y Lima, la infantería de marina norteamericana desembarcó en Perú, aprovechando la guerra civil en el país.
En 1846 culminó la guerra con México, país que finalmente fue forzado a ceder los hoy poderosos y ricos Estados norteamericanos de Texas y California. Apenas ocho años después, la marina norteamericana bombardeó y destruyó el puerto nicaragüense de San Juan del Norte. El ataque ocurrió después de un intento oficial de cobrarle impuestos al millonario empresario norteamericano Cornelius Vanderbilt (1794-1897), cuyo yate había anclado en dicho puerto. A continuación, el filibustero estadounidense William Walker (1824-1860), financiado por los banqueros John Pierpont Morgan (1837-1913) y Cornelius Garrison (1809-1885), invadió Nicaragua y se proclamó presidente. Durante sus dos años de gobierno ocupó también a los vecinos países de El Salvador y Honduras, coronándose también jefe de Estado en ambas naciones y restaurando la esclavitud en los territorios bajo su ocupación.
En 1898, los Estados Unidos declararon la guerra a España "casualmente" en el momento en que los cubanos tenían prácticamente derrotada a la fuerza militar colonial. Las tropas norteamericanas ocuparon la isla de Cuba despreciando a los independentistas y obligando a España a cederle los territorios de Puerto Rico, Guam, Filipinas y Hawaii. Con el comienzo del siglo XX, las fuerzas norteamericanas de ocupación incluyeron en la Constitución de la República de Cuba la Enmienda Platt -obra del senador Orville Hitchcock Platt (1827-1905)- mediante la cual Estados Unidos se arrogó el derecho de intervenir en los asuntos cubanos cada vez que lo estimara conveniente. Cuba también fue forzada a arrendar a perpetuidad un pedazo de su territorio nacional para uso de la Marina de Guerra estadounidense: la Base Naval de Guantánamo.
Apenas un par de años después, Estados Unidos impulsó la segregación de Panamá, que entonces formaba parte de Colombia, y adquirió los derechos sobre el Canal de Panamá abonando la irrisoria suma de 25 millones de dólares en compensación. En el nuevo país se promulgó una Constitución Nacional que contenía un apartado que contemplaba la intervención militar norteamericana cuando Washington lo creyese necesario. Luego inició la construcción del canal y llenó la zona de bases militares. Sin perder el tiempo, la infantería de marina estadounidense desembarcó en República Dominicana en 1904 para sofocar un levantamiento armado opositor. Un año después, a propósito de la intervención en ese país, el presidente Theodore Roosevelt (1858-1919) declaró que Estados Unidos sería "el gendarme" del Caribe.
Mientras tanto, las inversiones norteamericanas en Cuba -que en 1885 representaban 50 millones de pesos cubanos- alcanzaron la cifra de 200 millones. En agosto de 1906 estalló una insurrección contra el presidente títere Tomás Estrada Palma (1835-1908), quien solicitó la intervención militar de Estados Unidos. Raudamente, los norteamericanos desembarcaron y designaron como interventor a William Taft (1857-1930), quien sería electo presidente de Estados Unidos al año siguiente. El propio Taft consiguió durante su primer año de mandato, que el gobierno dominicano le otorgara la recaudación de los ingresos aduaneros, un régimen que se mantuvo por treinta y tres años consecutivos.
En 1908 las tropas norteamericanas intervinieron en Panamá, algo que repetirían cuatro veces más durante la década siguiente. Lo mismo sucedió en 1910 en Nicaragua; esta vez la excusa fue sostener al régimen de otro gobierno títere, el de Adolfo Díaz (1875-1964). El inquieto y siempre atento presidente Taft ordenó en 1911 el desplazamiento de 20.000 soldados a la frontera sur y ocho buques de guerra frente a las costas de California para "proteger" a los ciudadanos norteamericanos que vivían en Mexico; en 1912 los marines norteamericanos fueron un poco más lejos: invadieron Nicaragua y dieron comienzo a una ocupación que se mantuvo hasta 1933.
Mientras en Europa comenzaba la Primera Guerra Mundial, la marina de Estados Unidos bombardeaba la ciudad portuaria de Veracruz, México, en un ataque aparentemente motivado por la detención de algunos soldados norteamericanos en Tampico. A pesar de las disculpas presentadas por el gobierno mexicano, el presidente Woodrow Wilson (1856-1924) ordenó que la armada atacase Veracruz, un episodio que dejó alrededor de 300 muertos entre un pocos soldados y una mayoría de civiles. Los hiperactivos marines ocuparon Haití en 1915 para "restaurar el orden" y de paso establecieron un protectorado que perduró hasta 1934. Lo mismo hicieron en 1916 en República Dominicana, para quedarse hasta 1924, y en Panamá ocuparon la provincia de Chiriquí en 1918 para "mantener el orden público".
Ya en la década del 20, mientras en el corazón del imperio se vivían los "años locos" de la "era del jazz", pródigos en ostentación de la riqueza, consumismo y construcción de rascacielos, la infantería de marina invadió Honduras para "mediar" en un enfrentamiento civil en 1924. Por entonces Honduras ocupaba el primer lugar mundial en la exportación de bananas, pero las ganancias las embolsaba la United Fruit Company. En 1925, tropas del ejército norteamericano ocuparon la ciudad de Panamá para acabar con una huelga y "mantener el orden". En Nicaragua directamente crearon una Guardia Nacional; cuando los patriotas crearon un ejército popular al mando de Augusto César Sandino (1895-1934) para combatir a los ocupantes extranjeros, la respuesta fue el bombardeo a la aldea El Ocotal, donde murieron 300 personas entre niños, mujeres y ancianos.
En 1930, Rafael Leónidas Trujillo y Molina (1891-1961), comandante de la Guardia Nacional, un cuerpo militar creado por los Estados Unidos para preservar sus intereses en la isla, dio un golpe de Estado y se proclamó presidente de la República Dominicana, dando comienzo a una dictadura que se extendería hasta 1961, si bien durante algunos años se sirvió de intermediarios de su confianza para ocupar los principales cargos políticos. Algo similar ocurrió en Nicaragua en 1933, cuando Estados Unidos abandonó el país y lo dejó bajo el control de Anastasio Somoza García(1896-1956) y su Guardia Nacional. Somoza, con la complicidad del embajador norteamericano Arthur Bliss Lane (1894-1956), rápidamente se encargó del asesinato de Sandino, quien había depuesto las armas.
El comienzo de la década del 40 encontró al Secretario de Guerra norteamericano Henry Stimson (1867-1950) preocupado por la Doctrina Panameñista del presidente Arnulfo Arias (1901-1988), en la que rechazaba el intervencionismo foráneo y exaltaba los valores nacionales. Esto fue considerado "problemático y muy pro-nazi" y prontamente un golpe militar liderado por Ricardo Adolfo de la Guardia (1899-1969) -quien primero consultó su plan con el Embajador de Estados Unidos-, depuso al presidente y gentilmente arrendó a sus patrones 134 bases militares en todo el país. Allí se fundó en 1946 la tristemente célebre Escuela de las Américas para la formación de los militares del hemisferio y por cuyas aulas pasaron casi todos los futuros dictadores de América Latina.
En marzo de 1952, con la anuencia y agrado del gobierno de Estados Unidos, el general Fulgencio Batista (1901-1973) produjo el derrocamiento de Carlos Prío Socarrás (1903-1977) e inauguró una sangrienta tiranía que duraría hasta el triunfo de la Revolución Cubana en 1959. Tampoco era del agrado de Estados Unidos el gobierno democráticamente electo de Jacobo Arbenz (1913-1971) en Guatemala, quien había tenido la "desfortunada" idea de hacer una reforma agraria, sacándole a la United Fruit tierras no cultivadas para repartirlas entre cien mil familias. La compañía norteamericana, que además era dueña del ferrocarril, del teléfono, del telégrafo, de los puertos, de los barcos y de muchos militares, políticos y periodistas, no se quedó de brazos cruzados y con la invalorable ayuda de la CIA orquestó en 1954 el derrocamiento del gobierno. Siguieron casi 40 años de violencia y represión que culminaron en la política de "tierra arrasada" de los años 80. Más de 150.000 personas perdieron la vida.
Cuando en 1956 fue asesinado en Nicaragua el dictador Somoza que llevaba 20 años en el poder con el apoyo de Estados Unidos, su hijo Luis Somoza Debayle (1922-1967) prolongó la dinastía tiránica durante varios años más. Mientras tanto en Cuba se estaba gestando la revolución que finalmente triunfaría a finales de 1958. Ya en 1960 el presidente norteamericano Dwight Eisenhower (1890-1969) autorizó la realización en gran escala de acciones encubiertas para derribar al gobierno de Fidel Castro (1926), quien había iniciado una obra revolucionaria de extraordinario alcance social y apoyo popular. Al año siguiente, fuerzas mercenarias reclutadas, organizadas, financiadas y dirigidas por Estados Unidos intentaron invadir Cuba por Bahía de Cochinos (Playa Girón), pero en menos de tres días fueron derrotadas. Ese mismo año, la CIA patrocinó el golpe de Estado contra el presidente electo de Ecuador José María Velazco Ibarra (1893-1979), quien se había mostrado demasiado amistoso con Cuba.
El presidente de Brasil Joao Goulart (1918-1976), quien se proponía llevar a cabo una reforma agraria y nacionalizar el petróleo, fue víctima de un golpe de Estado en 1964 apoyado y promovido por Estados Unidos, que, sin tomarse un descanso, en 1965 envió miles de efectivos a República Dominicana para reprimir un movimiento que intentaba restaurar en el poder al anteriormente derrocado presidente progresista y democráticamente electo Juan Bosch (1909-2001) y en 1966 envió armas, asesores y Boinas Verdes (Fuerzas Especiales del Ejército) a Guatemala, para implementar una "campaña contrainsurgente". El Departamento de Estado reconoció que "para eliminar a unos pocos cientos de guerrilleros habría que matar quizás a 10 mil campesinos guatemaltecos". Otro grupo de Boinas Verdes fue enviado a Bolivia en 1967 para ayudar a encontrar y asesinar al revolucionario argentino-cubano Ernesto Che Guevara (1928-1967).
No menos activa fue la década del 70. En junio de 1973 los militares tomaron el poder en Uruguay apoyados por Estados Unidos, aunque dejaron en el gobierno a un presidente títere. La subsiguiente represión alcanzó elevadísimas cifras de población encarcelada por razones políticas. Pocos meses después, un golpe de Estado instigado y organizado por Estados Unidos derrocó al gobierno electo de Salvador Allende (1908-1973) en Chile, quien ya antes de su asunción había sufrido intentos por abortar el proceso, el más grave de los cuales terminó con el asesinato por parte de un comando apoyado por la CIA del Comandante en Jefe del Ejército, general René Schneider (1913-1970), un decidido partidario de la subordinación del poder militar al civil. Además, Allende había nacionalizado el cobre sin pago de indemnizaciones a las empresas norteamericanas, lo cual significó el enfrentamiento con los Estados Unidos. El 11 de septiembre se instaló en el poder el general Augusto Pinochet (1915-2006), quien encabezó una cruenta y larga tiranía por más de diecisiete años.
Del otro lado de la Cordillera de los Andes, el 24 de marzo de 1976 asumió el poder una dictadura militar en Argentina. Años después se desclasificaron en Estados Unidos documentos secretos que revelaron la estrecha colaboración y el apoyo otorgado desde los más altos niveles del poder en Washington a los militares argentinos, responsables de la muerte de al menos 30.000 personas. Esos documentos implicaban al Departamento de Estado norteamericano en los crímenes cometidos por la dictadura argentina, que puso en marcha una campaña de asesinatos, torturas y "desapariciones" tras asumir el poder, en el marco del llamado "Plan Cóndor", una red de cooperación para capturar y ejecutar opositores políticos en Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay.
En 1980 Estados Unidos incrementó la asistencia masiva a los militares de El Salvador que se enfrentaban a las guerrillas del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN). El saldo de los enfrentamientos fue de 35.000 civiles muertos entre 1978 y 1981. Ese mismo año el presidente Ronald Reagan (1911-2004) inició una guerra para destruir el gobierno sandinista en Nicaragua. La CIA organizó un ejército paralelo (los "contras") con un grupo de 60 antiguos guardias de Somoza. Cuatro años después contaban con casi 12.000 mercenarios. Estados Unidos también implementó la guerra económica contra Nicaragua mediante las presiones ejercidas por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. También ese año el general Omar Torrijos (1929-1981), presidente de Panamá, murió en un accidente aéreo, del que siempre existió la sospecha de que la CIA estuvo implicada, debido al nacionalismo patriótico de Torrijos y a las relaciones amistosas que su gobierno sostenía con Cuba.
Hacia 1983 gobernaba en la pequeña isla caribeña de Granada Maurice Bishop (1944-1983), un líder izquierdista y nacionalista que fue derrocado y ejecutado por una conspiración acompañada de la invasión de 5.000 infantes de marina de Estados Unidos que llegaron para "poner orden". Seis años después, la acción se trasladó a Panamá, cuando tropas norteamericanas la invaden para arrestar a quien fuera su protegido, Manuel Noriega (1934) quien supuestamente se había vinculado al narcotráfico. La operación para proteger "los intereses norteamericanos" dejó alrededor de 3.000 bajas civiles.Con la llegada del año 2000, Estados Unidos lanzó el "Plan Colombia", un programa de ayuda civil y militar como parte de la "Guerra a las Drogas". Poco después el plan se convirtió en "Guerra contra el Terrorismo". La Comisión de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos estima que aproximadamente 180.000 campesinos colombianos han buscado refugio en Ecuador y Venezuela, justamente donde, en abril de 2002, Estados Unidos apoyó y financió a los elementos que organizaron un fallido golpe de Estado contra el presidente electo democráticamente Hugo Chávez (1954). Simultáneamente, Estados Unidos, sin aportar prueba alguna, ha propagado la teoría de que la Triple Frontera (Argentina, Brasil y Paraguay) es un asentamiento de células de terroristas islámicos, y que desde Ciudad del Este, Paraguay, se financia a grupos extremistas. Con esa excusa, el gobierno norteamericano ha desarrollado allí una base de operaciones bélicas al servicio de sus intereses estratégicos, a sabiendas de que esa región forma parte del sistema Acuífero Guaraní, la mayor reserva de agua dulce no contaminada del mundo y funciona además como llave de acceso político y militar a la región amazónica, fuente fundamental de recursos naturales para la humanidad, donde Washington tiene ambiciones económicas.
La historia del expansionismo norteamericano es, sin dudas, una larga historia que aun no ha terminado. Los Estados Unidos, con coherencia y perseverancia, van por más. Siempre van por más.

22 de junio de 2008

Manuel Bandeira, la sordidez y la sucia marca de la vida

Su nombre completo era Manuel Carneiro de Sousa Bandei­ra Filho, pero firmó sus libros con el más sencillo de Manuel Bandeira, que le bastó para convertirse en una de las figuras
primordiales de la poesía brasileña. En realidad Bandeira, que nació en Recife, Pernambuco, el 19 de abril de 1886 y falleció el 13 de octubre de 1968 en Río de Janeiro, fue junto a Carlos Drummond de Andrade (1902-1987) el principal maestro de las generaciones más recientes. Militó en el movimiento modernista de su país (que no debe confundirse con el modernismo hispanoamericano) y lo mejor de su extensa obra se caracterizó por un personal uso del humor, la ironía, el tono coloquial y una aparente crudeza casi prosaica. Sus trabajos principales son "A cinza das horas" (La ceniza de las horas, 1917), "Carnaval" (1919), "Libertinagem" (Libertinaje, 1930), "Estrela da manhá" (Estrella de la mañana, 1936) y "Lira dos cinquent'anos" (Lira de los cincuenta años, 1940).

NUEVA POETICA
Voy a lanzar la teoría del poeta sórdido.
Poeta sórdido: aquel en cuya poesía
está la marca sucia de la vida...
Va un sujeto, sale un sujeto de casa
con la ropa de brin blanco muy bien planchada,
y en la primera esquina pasa un camión,
le salpica el saco o el pantalón
con una mancha de barro: es la vida.

El poema debe ser como la mancha en el traje:
hacer que al lector satisfecho le entre desesperación.
Sé que la poesía es también rocío.
Pero éste queda para las nenitas,
las estrellas alfas, las vírgenes cien por cien
y las amadas que envejecieron sin maldad.

NOCHE MUERTA
Noche muerta.
Junto al poste de la luz
los sapos engullen mosquitos.
Nadie pasa por la calle. Ni un borracho.
Entre tanto seguramente hay en ella
una protección de sombras.
Sombras de todos los que pasaron.
Los que todavía viven y los que ya murieron.
La zanja llora.
La voz de la noche...
(No de esta noche, sino de otra mayor).

DESNUDO
Cuando estás vestida,
no imagina nadie
los mundos que escondes bajo tus ropas.
Así, cuando es día, no tenemos noción
de los astros que lucen en el cielo profundo.
Pero la noche está desnuda, y, desnuda en la noche,
palpitan tus mundos y los mundos de la noche.
Brillan tus rodillas. Brilla tu ombligo.
Brilla toda tu lira abdominal.
Tus senos exiguos como en la dureza
del tronco robusto dos frutos pequeños
brillan. ¡Ah, tus senos! ¡Tus pezones duros!
¡Tu dorso! ¡Tus flancos! ¡Ah, tus espaldas!
Desnuda, tus ojos se desnudan, también;
tu mirar, más ancho, más lento, más líquido.
Entonces, en ellos, boyo, nado, salto,
me zambullo, me hundo perpendicular.
Bajo a lo más hondo de tu ser, adonde
me sonríe tu alma desnuda, desnuda...

La poesía de Bandeira es de fácil lectura, transparente, presentando la vida como una sucesión de claros y oscuros. Está escrita con un mínimo de palabras, con una gran concisión. En muy raras ocasiones aparece una sombra de hermetismo; el propio poeta aclaró que cuando no había sido claro se debió a una incapacidad suya, no porque se lo hubiera propuesto.
En apenas cuatro años, Bandeira sufrió la muerte de su madre, su padre y su hermana, y descubrió que padecía tuberculosis. Esta es, tal vez, la clave poética de este hombre enfermo y profundamente marcado por la tristeza que transmitió -luego- a sus poemas.

Henry James. Un norteamericano formal

Hacia los comienzos de siglo XX, el católico Gilbert Keith Chesterton (1874-1936) y el socialista Herbert George Wells (1866-1946) representaban, de alguna manera, a una nueva camada de escritores dentro de la literatura inglesa, apoyada en una mentalidad de clase media y en una óptica que reflejaba las actitudes de la pequeña burguesía de comerciantes y empleados urbanos. Por una circunstancia fortuita, ambos autores conocieron a Henry James (1843-1916), al pasar sus vacaciones en el mismo sitio en que éste vivía, cerca de Rye, en el condado de Sussex. Por entonces James era un escritor reconocido y había publicado ya lo mejor de su obra.
Los testimonios sobre estos encuentros -registrados en sus respectivas autobiografías- poseen un notorio matiz cómico y revelan una incomprensión bastante singular: los contemporá­neos de Henry James, lejos de ver en él a uno de los fundadores de la narrativa contemporánea, lo consideraron, sobre todo, un aristócrata nortea­mericano, bastante excéntrico y extremadamente formal, que no dejaba de parecerse a sus correctos y corteses personajes. Por cierto, hubo que esperar bastantes años después de su muerte para que la crítica empezara a comprender la importancia de James en la literatura.
Chesterton -el cultor de la paradoja y uno de los más brillantes e ingeniosos escritores de la lengua inglesa- lo contó así: "Un verano ocupamos una casa en Rye, aquella maravillosa isla coronada por la ciudad co­mo por un castillo de una estampa medieval. Sucedió que la casa veci­na era una vieja mansión con revestimientos de roble que había atraí­do, casi se podría decir que desde el otro lado del Atlántico, el fino ojo aguileño de Henry James. Por cier­to, era un norteamericano que había reaccionado contra su país y que había empapado su sensible personalidad de todo lo que podía resultar más anticuada y aristocráticamente inglés. En esa búsqueda suya de los matices más sutiles que ofrecían las sombras del pasado, era previsible que iba a escoger aquella ciudad entre todas las ciudades y aquella casa entre todas las casas. En la mansión había vivido una familia patricia de la vecindad, la que se había venido a menos y terminó extinguiéndose. Si no me equivoco, había quedado un buen número de retratos familiares que Henry Ja­mes trataba con la misma conside­ración que si fueran espectros loca­les. Creo que, hasta cierto punto, se comportaba como una suerte de ma­yordomo o guardián de los arcanos de la mansión, donde los fantasmas podían pasearse con toda tranquili­dad. La leyenda asegura -aunque nunca supe si era cierta- que el nuevo habitante había estudiado el árbol genealógico de la familia allí aposentada y finalmente había lo­grado encontrar, en una ciudad industrial, a un ignoto descendiente, un empleado de tienda alegre y vulgar. Se decía que James solía invitar a este joven a pasar tempo­radas en su lóbrega casa ancestral y que lo recibía con hospitalidad fune­raria, a lo que estoy seguro que añadía tacto y delicadeza.
Una vez nos hizo una visita de cumplido, muy de cumplido, es inne­cesario recalcarlo. James parecía llevar con toda compostura la levita formal de aquellos tiempos. Del mis­mo modo que ningún hombre se viste tan bien como un norteameri­cano bien vestido, tampoco nadie puede rivalizar con la buena educa­ción de un norteamericano bien educado. Trajo consigo a su herma­no William, el famoso filósofo. Aun­que más vivaz que su hermano, cuando se conocía a William podía observarse que había algo definidamente ceremonioso en la familia toda. Hablamos de la literatura del momento: James con mucho tacto, yo nerviosamente. Descubrí que era más severo de lo que hubiese su­puesto acerca de las normas de con­veniencia artística y deploraba, más bien que criticaba, a Bernard Shaw, porque obras teatrales como 'Getting married' carecían de forma. Dijo algo amable sobre alguna cosa mía, pero expresaba respetuosa extrañeza acerca de cómo escribía to­do lo que escribía. Sospecho que quería decir por qué, más bien qué cómo".
Por su parte, uno de los padres de la ciencia ficción, Wells, reconoció que "con Henry James mantu­ve una amistad sincera y agitada. Por natura­leza y por educación nuestros gustos eran opuestos. Se trataba de una persona extremada­mente artística y refinada, en tanto que yo me movía en el pensamiento y en la sensibilidad ordinarios de mi tiempo, con una ciencia tosca abun­dante y desordenada, con un juicio agresivo y siempre dispuesto a enca­rarme con la realidad y a luchar con ella a brazo partido. James no luchó nunca con la realidad; siempre la trató como a una dama perfecta y respetable; jamás discutió ni una puntada ni un fruncido de las con­venciones e interpretaciones con que se presentaba habitualmente. Creía que, en sociedad, para cada ocasión se necesita un traje adecua­do y un comportamiento definido. En la mesa del vestíbulo, en su mansión de Rye, sobre un mueble admirable se alineaban gran cantidad de gorras y sombreros, cada uno con sus guantes y sus bastones apropia­dos: una gorra de lana y un recio garrote, para los marjales; un cómo­do y blando chambergo de cacería, si tenía que ir al Club de Golf; un ligero sombrero de fieltro pardo y un bastoncito, para bajar por la mañana al puerto; un fieltro gris con cinta negra y un bastón con puño de oro de gran prestancia, si tenía que ir a pie a la ciudad. Por la tarde se recogía en un cuarto encan­tador y allí trabajaba, dictando con lenta y amable circunspección las novelas que habían de definir su posición en el mundo de los lectores escogidos. Una vez encontré a James riñendo con su hermarto William, el psi­cólogo. No se le ocurrió otra cosa que, de toda la gente, apelar a mí para que dijese cuál comportamien­to estaba permitido en Inglaterra y cuál no. Había perdido la calma y se mostraba terriblemente nervioso. William discutía sobre el asunto con acento norteamericano y con un razonamiento cínicamente desnudo. Me había dirigido a Rye para traer a William y a su hija a mi casa en Sandgate. William no exhibía nin­guna de las preocupaciones apasio­nadas con respecto a la cortesía superficial de la existencia que ca­racterizaba a Henry, y se encontra­ba muy excitado porque Ches­terton vivía en la pequeña posada, cuyo jardín daba justamente al mu­ro de ladrillos del jardín de la casa de James. William había sostenido correspondencia con Chesterton y quería verlo urgentemente. Por lo tanto, con escandalosa prontitud puso la escalera del jardinero contra el muro y trepó para asomarse. Henry lo atrapó en plena tarea. A su juicio, esto era lo que no se debía hacer, lo que no estaba permitido. Henry ordenó al jardinero que qui­tase la escalera y William se había quedado husmeando de manera tra­viesa. Para tranquilidad de Henry, me llevé a su hermano y en el camino, justo al salir del poblado, nos encon­tramos con Chesterton y su mujer".
Joseph Conrad (1857-1924), un escritor que influyó de manera decisiva en la novela moderna, opinó en cambio: "Ignoro en qué cla­se de tinta Henry James sumerge su pluma y, a de­cir verdad, tengo entendido que en los últimos tiempos dicta sus textos; pero sin lugar a dudas su mente se ha empa­pado en las aguas que fluyen del manantial de la perpetua juventud intelectual. Ello -pri­vilegio, milagro o lo que que­ráis- no permanece totalmen­te oculto ni siquiera para el más ínfimo de nosotros, los que debemos leer sin respiro. Pero para quienes pueden disfrutar de la fortuna de demo­rarse, se trata de un hecho manifiesto. Al cabo de veinte años de frecuentar la obra de Henry James, esta comproba­ción se vuelve una certeza ab­soluta que, al margen de cual­quier sentimiento personal, comunica una impresión de felicidad en nuestra existencia artística. Si la gratitud, tal como alguien la definió, es una experiencia viva de futu­ros beneficios que se aguar­dan, resulta muy fácil experi­mentar gratitud hacia el autor de 'The Ambassadors', para só­lo mencionar su último libro. Con toda seguridad tales bene­ficios futuros serán obtenidos, pues el manantial de esa gene­rosidad nunca se agotará. La corriente de inspiración fluye rebosante en un sentido deter­minado, sin que la perturben épocas de sequía, sin que la inquieten las tempestades que arrecian en la comarca de las letras, con una fuerza que no se altera por languideces o violencias, con un empuje in­cesante que presenta nuevos espectáculos en cada recodo de su trayecto, a través de ese territorio caudalosamente po­blado que fue creado para sus­citar nuestro deleite, para esti­mular nuestro juicio, para in­citar nuestra exploración. En suma, se trata de un manan­tial prodigioso".
Medio siglo después, el inexorable Jorge Luis Borges (1899-1986) también dijo lo suyo: "He visitado algunas literaturas del Oriente y del Oc­cidente; he com­pilado una enciclopédica anto­logía de la literatura fantásti­ca; he traducido a Kafka, a Melville y a Bloy; no sé de una labor más extraña que la de Henry James. Los escritores que he enumerado son, desde la primera línea, asombrosos; el universo que proponen sus páginas es casi profesionalmente irreal; James, antes de manifestar lo que es, un habi­tante resignado e irónico del Infierno, corre el albur de pa­recer un mero novelista mun­dano, más incoloro que otros. Iniciada la lectura, nos moles­tan algunas ambigüedades, al­gún rasgo superficial; al cabo de unas páginas comprende­mos que esas deliberadas negligencias enriquecen el li­bro. No se trata, entiéndase bien, de la pura vaguedad de los simbolistas, cuyas impreci­siones, a fuerza de eludir un significado, pueden significar cualquier cosa. Se trata de la voluntaria omisión de una parte de la novela, que nos permite interpretarla de una manera o de otra; ambas pre­meditadas por el autor, ambas definidas".
Para algunos comentaristas superficiales, Henry James no fue más que un tedioso cronista narrativo de las costumbres y los procesos mentales de cierta aristocracia británica y norteamericana de fines de la época victoriana. Otros críticos, a los que el tiempo ha terminado por dar la razón, lo consideraron una de las mayores figuras de la literatura moderna. Los testimonios de escritores de la talla de Chesterton, Wells, Conrad y Borges a lo mejor consiguen iluminar algunos aspectos en penumbra de esa personalidad tan ambigua como sus propios libros.