31 de marzo de 2013

Francisco Moro. El fulgor de la poesía ante la irrupción de la muerte


Sigmund Freud escribió alguna vez que "el poeta hace lo mismo que un niño que juega: crea un mundo fantástico y lo toma muy en serio; esto es, se siente íntimamente ligado a él, aunque sin dejar de diferenciarlo resueltamente de la realidad". La realidad, tanto en su cariz agradable como en el doloroso, llegó para Francisco Moro (1953) dos décadas después de escribir sus primeros poemas atraído por el intimismo romántico de Gustavo Adolfo Bécquer cuando, siendo un niño, jugaba a ser poeta. Y le llegó cuando decidió convertirse en oncólogo, acaso la más ardua y aflictiva de las especialidades de la medicina. Tal vez recostándose en aquellas palabras de Friedrich Nietzsche que decía que "es necesario contar la dureza entre los hábitos propios para encontrarse jovial y de buen humor entre verdades todas ellas duras", con el correr de los años aprendió a percibir todo lo horroroso -pero también lo maravilloso- de la lucha contra el cáncer. Pero nunca abandonó la poesía. Aquel inaugural romanticismo español fue dando paso al refrescante influjo de otras lecturas, de otros regocijos. Cortázar, Marechal, Lezama Lima, Onetti… muchos, muchísimos otros. Pero sobre todo Fernández Moreno, cuyo sencillismo -por su lírica llana, por su visión accesible de la realidad- y Borges, cuya presencia -por lo ineludible, por lo trascendental- sobrevuelan sus poemas.
Cuando aparece una enfermedad como el cáncer cabría preguntarse con Friedrich Hölderlin: "¿Para qué un poeta en tiempos de penuria?". La respuesta parece tenerla el mismo Freud: "Los instintos insatisfechos son las fuerzas impulsoras de las fantasías, y cada fantasía es una satisfacción de deseos, una rectificación de la realidad insatisfactoria". Y esa realidad insatisfactoria se manifiesta para el doctor Moro cuando se produce una proliferación anormal de células, cuando éstas se vuelven literalmente locas. Así, la oncología vendría a ser para él la sublimación del miedo a la locura (de las células) tanto como para Fernando Pessoa, la creación de heterónimos fue la sublimación del miedo a la locura (propia). Y así como el escritor portugués escribía para "decir lo que se siente exactamente como se siente: claramente, si es claro; oscuramente si es oscuro; confusamente si es confuso", el doctor Moro lo hace para "empezar así la travesía por oscuras galaxias iluminadas cada tanto por enormes soles blancos de intensa luz que, poco a poco, se disipa en penumbras que ceden al poder de un nuevo sol que aparece al ritmo de mi navegación solitaria y anhelante".
"Si es que debo contar algo de mí -dice-, comenzaría por decir que nací en un barrio donde el lujo fue un albur… que desde el Friuli, mi semilla se embarcó en Génova para recalar al borde de la Quema del Bajo Flores, en los límites imprecisos de la pasión por San Lorenzo, en cuyas tribunas fumé mis primeros cigarrillos. Debería decir también, que el colegio de los curas me dejó para siempre el deseo de la justicia en la Tierra y el abrigo de los hermanos de la vida, erráticos, disparatados. Estudié medicina en el mismo hospital donde nací, con un apasionamiento que quisiera poder conservar, después otros amores me llevaron a los barrios ferroviarios del sur, donde la mujer que comparte mi vida multiplicó mi amor en los hijos que tumultuosamente nos invadieron. Y siempre el amor por la literatura, las páginas rotas o quemadas, los libros que irrumpen en todos los rincones de la casa. La vida de un hombre podría resumirse en las pocas pasiones que lo consumen, la de escribir podría ser sólo una de ellas…".
Dice John Berger que "el lenguaje no nos bendice con la ternura. Todo lo que abraza, lo abraza con exactitud y sin piedad. La bendición del lenguaje es que, potencialmente es completo, tiene la potencialidad de abrazar, de sostener con palabras la totalidad de la experiencia humana. Cada poema auténtico contribuye al trabajo de la poesía. Y la tarea de esta incesante labor es la de juntar lo que la vida separó o lo que la violencia destrozó. El dolor físico puede ser reducido o parado generalmente por las acciones. La poesía no puede reparar ninguna pérdida, pero desafía el espacio que separa. Su incesante trabajo lo que hace es volver a unir lo que fue dispersado". Como taxativo ejemplo de que la poesía tiene efectivamente la capacidad de apuntalar, de ceñir, de sosegar, y de que es la manifestación de un sentimiento estético por medio de la palabra, sirvan los siguientes poemas nacidos de la inspiración y la pluma de Francisco Moro.

SIN EMBARGO NOS LLAMAMOS

Mi amor te ronda,
te persigue, te socava,
te rodea, te embiste y te desbarata.
Mi amor te espera,
te acecha, te reclama,
te enfurece, te subleva y te desarma.
Mi amor te insiste,
te abroquela, te descalza,
te insinúa, te desviste y te desata.
Mi amor te enferma,
te cura, te da rabia,
te posee, te penetra y te rechaza.
Mi amor te asusta,
te da miedo y te agiganta,
te ilumina, te seduce y te acobarda.
Tu amor me inclina,
me enarbola, me arrebata,
me conduce, me culmina y me desangra.
Tu amor me esconde,
me asesina, me engalana,
me descubre, me confina y me apuñala.
Tu amor me evoca,
me destierra y me señala,
me condena, me encadena y me da alas.


ESTAMOS SOLOS, SIN NINGUNA SOSPECHA

Dulce conjuro
perfumada sombra
cual es la tristeza
que me llama y te nombra
cuando el hueco de mi mano
protege del olvido
la tibieza de un abrazo de ceniza
entonces me concede
un último consuelo
de amparo y desconcierto
furtivo orgullo
que la letanía del desamor
degrada a íntima victoria.


LLENO DE VACÍO

Desde tu abrazo primordial
parten los caminos
en tu beso profundo
se derrama la luz
preámbulo de muerte
fugaz y repetida
sed que no termina ni comienza
húmeda voz que repite el llamado
que cargo a mis espaldas
como labriego insomne
sometido a tus lunas
socavo la fértil colina
me dejo en tu surco
me abandono en la espiral de sombra
te llamo y no tienes nombre
apuro tu cáliz de plata
te miro largo
te espero hondo
entonces me dejo ir
en tu mar de estrellas fugitivas.


LA TRISTE VIDA DE LA MUERTE

Que vida tendrá la muerte
que se ve triste al pasar,
será porque me ha encontrado
o por no poderme hallar...

Que muerte tendrá mi vida
no me puedo imaginar,
si muero mirando tus ojos
o me muero en soledad...

Que lejos está la muerte
cuando te puedo abrazar,
cuando camino a tu lado
y no te puedo alcanzar...


ABISMO SIN FRONTERAS

Recuerdo haber venido del tiempo y de la noche
Recuerdo haber estado allí
Bajo una bóveda negra y altísima
Con estrellas como peces o lágrimas
Siento aún el aire suave y fresco en la cara
Como el aliento de Dios y el pasto húmedo
Infinito perdiéndose en la nada
Me traje a la vigilia
Un lento dolor de madre desprendida
Llevé conmigo durante todo el día
La negra mano de la incertidumbre
Arrastraba algas
Suspiraba encuentros en todas las esquinas
Y sin embargo nada
Nada que te traiga
Nada que te mate
Noche de cielos imposibles
Amor en el abismo de mi alma
Que pudiera darte yo
Por penetrar una vez más
Tu carne magra
Noche, vos y yo
Me miras con esos tus ojos
Te abarco con los míos como espadas
Noche como vientre
Soy tu náufrago implacable
Si levanto mis brazos parece que te toco
El pecho de silencios
La perfecta soledad de tu mirada.