31 de marzo de 2013

Francisco Moro. El fulgor de la poesía ante la irrupción de la muerte


Sigmund Freud escribió alguna vez que "el poeta hace lo mismo que un niño que juega: crea un mundo fantástico y lo toma muy en serio; esto es, se siente íntimamente ligado a él, aunque sin dejar de diferenciarlo resueltamente de la realidad". La realidad, tanto en su cariz agradable como en el doloroso, llegó para Francisco Moro (1953) dos décadas después de escribir sus primeros poemas atraído por el intimismo romántico de Gustavo Adolfo Bécquer cuando, siendo un niño, jugaba a ser poeta. Y le llegó cuando decidió convertirse en oncólogo, acaso la más ardua y aflictiva de las especialidades de la medicina. Tal vez recostándose en aquellas palabras de Friedrich Nietzsche que decía que "es necesario contar la dureza entre los hábitos propios para encontrarse jovial y de buen humor entre verdades todas ellas duras", con el correr de los años aprendió a percibir todo lo horroroso -pero también lo maravilloso- de la lucha contra el cáncer. Pero nunca abandonó la poesía. Aquel inaugural romanticismo español fue dando paso al refrescante influjo de otras lecturas, de otros regocijos. Cortázar, Marechal, Lezama Lima, Onetti… muchos, muchísimos otros. Pero sobre todo Fernández Moreno, cuyo sencillismo -por su lírica llana, por su visión accesible de la realidad- y Borges, cuya presencia -por lo ineludible, por lo trascendental- sobrevuelan sus poemas.
Cuando aparece una enfermedad como el cáncer cabría preguntarse con Friedrich Hölderlin: "¿Para qué un poeta en tiempos de penuria?". La respuesta parece tenerla el mismo Freud: "Los instintos insatisfechos son las fuerzas impulsoras de las fantasías, y cada fantasía es una satisfacción de deseos, una rectificación de la realidad insatisfactoria". Y esa realidad insatisfactoria se manifiesta para el doctor Moro cuando se produce una proliferación anormal de células, cuando éstas se vuelven literalmente locas. Así, la oncología vendría a ser para él la sublimación del miedo a la locura (de las células) tanto como para Fernando Pessoa, la creación de heterónimos fue la sublimación del miedo a la locura (propia). Y así como el escritor portugués escribía para "decir lo que se siente exactamente como se siente: claramente, si es claro; oscuramente si es oscuro; confusamente si es confuso", el doctor Moro lo hace para "empezar así la travesía por oscuras galaxias iluminadas cada tanto por enormes soles blancos de intensa luz que, poco a poco, se disipa en penumbras que ceden al poder de un nuevo sol que aparece al ritmo de mi navegación solitaria y anhelante".
"Si es que debo contar algo de mí -dice-, comenzaría por decir que nací en un barrio donde el lujo fue un albur… que desde el Friuli, mi semilla se embarcó en Génova para recalar al borde de la Quema del Bajo Flores, en los límites imprecisos de la pasión por San Lorenzo, en cuyas tribunas fumé mis primeros cigarrillos. Debería decir también, que el colegio de los curas me dejó para siempre el deseo de la justicia en la Tierra y el abrigo de los hermanos de la vida, erráticos, disparatados. Estudié medicina en el mismo hospital donde nací, con un apasionamiento que quisiera poder conservar, después otros amores me llevaron a los barrios ferroviarios del sur, donde la mujer que comparte mi vida multiplicó mi amor en los hijos que tumultuosamente nos invadieron. Y siempre el amor por la literatura, las páginas rotas o quemadas, los libros que irrumpen en todos los rincones de la casa. La vida de un hombre podría resumirse en las pocas pasiones que lo consumen, la de escribir podría ser sólo una de ellas…".
Dice John Berger que "el lenguaje no nos bendice con la ternura. Todo lo que abraza, lo abraza con exactitud y sin piedad. La bendición del lenguaje es que, potencialmente es completo, tiene la potencialidad de abrazar, de sostener con palabras la totalidad de la experiencia humana. Cada poema auténtico contribuye al trabajo de la poesía. Y la tarea de esta incesante labor es la de juntar lo que la vida separó o lo que la violencia destrozó. El dolor físico puede ser reducido o parado generalmente por las acciones. La poesía no puede reparar ninguna pérdida, pero desafía el espacio que separa. Su incesante trabajo lo que hace es volver a unir lo que fue dispersado". Como taxativo ejemplo de que la poesía tiene efectivamente la capacidad de apuntalar, de ceñir, de sosegar, y de que es la manifestación de un sentimiento estético por medio de la palabra, sirvan los siguientes poemas nacidos de la inspiración y la pluma de Francisco Moro.

SIN EMBARGO NOS LLAMAMOS

Mi amor te ronda,
te persigue, te socava,
te rodea, te embiste y te desbarata.
Mi amor te espera,
te acecha, te reclama,
te enfurece, te subleva y te desarma.
Mi amor te insiste,
te abroquela, te descalza,
te insinúa, te desviste y te desata.
Mi amor te enferma,
te cura, te da rabia,
te posee, te penetra y te rechaza.
Mi amor te asusta,
te da miedo y te agiganta,
te ilumina, te seduce y te acobarda.
Tu amor me inclina,
me enarbola, me arrebata,
me conduce, me culmina y me desangra.
Tu amor me esconde,
me asesina, me engalana,
me descubre, me confina y me apuñala.
Tu amor me evoca,
me destierra y me señala,
me condena, me encadena y me da alas.


ESTAMOS SOLOS, SIN NINGUNA SOSPECHA

Dulce conjuro
perfumada sombra
cual es la tristeza
que me llama y te nombra
cuando el hueco de mi mano
protege del olvido
la tibieza de un abrazo de ceniza
entonces me concede
un último consuelo
de amparo y desconcierto
furtivo orgullo
que la letanía del desamor
degrada a íntima victoria.


LLENO DE VACÍO

Desde tu abrazo primordial
parten los caminos
en tu beso profundo
se derrama la luz
preámbulo de muerte
fugaz y repetida
sed que no termina ni comienza
húmeda voz que repite el llamado
que cargo a mis espaldas
como labriego insomne
sometido a tus lunas
socavo la fértil colina
me dejo en tu surco
me abandono en la espiral de sombra
te llamo y no tienes nombre
apuro tu cáliz de plata
te miro largo
te espero hondo
entonces me dejo ir
en tu mar de estrellas fugitivas.


LA TRISTE VIDA DE LA MUERTE

Que vida tendrá la muerte
que se ve triste al pasar,
será porque me ha encontrado
o por no poderme hallar...

Que muerte tendrá mi vida
no me puedo imaginar,
si muero mirando tus ojos
o me muero en soledad...

Que lejos está la muerte
cuando te puedo abrazar,
cuando camino a tu lado
y no te puedo alcanzar...


ABISMO SIN FRONTERAS

Recuerdo haber venido del tiempo y de la noche
Recuerdo haber estado allí
Bajo una bóveda negra y altísima
Con estrellas como peces o lágrimas
Siento aún el aire suave y fresco en la cara
Como el aliento de Dios y el pasto húmedo
Infinito perdiéndose en la nada
Me traje a la vigilia
Un lento dolor de madre desprendida
Llevé conmigo durante todo el día
La negra mano de la incertidumbre
Arrastraba algas
Suspiraba encuentros en todas las esquinas
Y sin embargo nada
Nada que te traiga
Nada que te mate
Noche de cielos imposibles
Amor en el abismo de mi alma
Que pudiera darte yo
Por penetrar una vez más
Tu carne magra
Noche, vos y yo
Me miras con esos tus ojos
Te abarco con los míos como espadas
Noche como vientre
Soy tu náufrago implacable
Si levanto mis brazos parece que te toco
El pecho de silencios
La perfecta soledad de tu mirada.





29 de marzo de 2013

Paparruchadas (4). Las contradicciones del nuevo Papa

La Iglesia Católica perfectamente se podría comparar con una transnacional y ser la más antigua del mundo. Además de dirigir un Esta­do propio -el Vaticano-, esta organización vertical interviene en forma cotidiana en la vida social y política de numerosos países. La Santa Sede tiene tres fuentes principales de financiamiento: las contribuciones voluntarias de grupos e individuos particulares, los intereses producidos por las inversiones del Vaticano y el Instituto para las Obras Religiosas, popularmente conocido como Banco del Vaticano. Como toda empresa, la Iglesia Católica no está enraizada en un solo lugar ni es propia de un país determinado. Por el contrario, tiene sucursales en gran parte del orbe. Como tal, también, tiene diseminada sus inversiones en diversas áreas: la banca internacional y sociedades de inversiones (Banco di Roma, Banco Comerciale Italiano, Banco dil Santo Spiritu, Bankers Trust Co., Chase Manhattan Bank, Rostchild Bank, Credit Suisse, Hambros Bank); aerolíneas (Alitalia, American Airlines -ex TWA-); automotrices (General Motors, Fiat, Lancia); petroleras (Gulf Oil, Shell); siderurgia, electricidad y construcción (Betlehem Steele, Vianini, Condotte D’Aqua, General Electric, Cisa-Viscosa, Cerámica Pozzi); espectáculos, hotelería y entretenimientos (RCA Victor, Hotel di Roma, Casino de Montecarlo, Hilton Hotels); químicos (Montecatini); informática y electrodomésticos (Olivetti, Westinghouse, Braun); medios de comunicación (L'Osservatore Romano, Radio Vaticana); productos para el hogar (Colgate, Old Spice, Gillette, Oral-BHead & Shoulders, Wella, Max Factor) y hasta fábrica de armas (Beretta Ltda.) la mayor industria de armamentos en el mundo. A esto deben sumarse miles y miles de inmuebles y millones de hectáreas de tierra diseminados fundamentalmente en Europa y América.
El Vaticano es hoy el consorcio económico-religioso más grande del mundo. ¿Y qué es lo que exporta esta transnacional? Activos intangibles a futuro. La característica económica esencial de este activo es su capacidad potencial de generar un flujo de ingresos o beneficios en el futuro, no en el presente. En este caso, la fe de la salvación en la otra vida. Pero como la gente no ve lo que está comprando es necesario un acto de fe, para convencerse del producto aunque no pueda mirarlo. Mientras la humanidad sufra seguirá intacto el negocio de la fe, pues estará presente el deseo y el anhelo de salvación. Mientras tanto, la Iglesia Católica  tomó decisiones aparentemente novedosas. Eligió a un integrante de una Orden que no ha sido de las dilectas del Vaticano: los jesuitas. Pero, ¿esto implica necesariamente una renovación de la Iglesia Católica? No necesariamente. Detrás del anciano de mirada bondadosa y hablar suave hay un militante de la extrema derecha peronista en la organización "Guardia de Hierro".  El nuevo Papa es también un misógino que considera que las mujeres no deben estar en política y, por supuesto, tampoco en el sacerdocio. Para él, las Sagradas Escrituras enseñan que las mujeres en todo caso sólo sirven para apoyar a los hombres que son los que crean y piensan. El matrimonio  entre homosexuales, el derecho de las mujeres a decidir y los anticonceptivos "son cosa del diablo".
El jesuita Bergoglio fue omiso o indolente en proteger a dos jesuitas que trabajaban en una zona popular. Orlando Yorio y Francisco Jalics fueron secuestrados y torturados en 1976 y permanecieron seia meses en el campo de exterminio de la ESMA. Yorio acusó a Bergoglio de haberlos denunciado ante sus victimarios y existe un documento que comprobaría este aserto. Las relaciones del padre Bergoglio con el genocida Emilio Massera (1925-2010) fueron estrechas. En 1977 la Universidad de El Salvador, en manos de la "Guardia de Hierro", otorgó al tenebroso "Almirante Cero" un Doctorado Honoris Causa. Bergoglio no subió al estrado aunque aplaudió entusiastamente en el acto. Ya como cardenal y Arzobispo, Bergoglio se negó a asistir al juicio que se hizo por el secuestro de los dos jesuitas. Declaró que nunca se enteró del secuestro de bebés que nacían cuando sus madres se encontraban desaparecidas. Mintió.
En 1977, la madre de Elena de la Cuadra, una joven desaparecida que parió una niña en cautiverio, logró a través de una orden del Superior de los Jesuitas, que Bergoglio la recibiera. Éste simplemente hizo una nota de cuatro líneas para el Obispo auxiliar de Buenos Aires y se desentendió del asunto para siempre. Se ha dicho que todo esto son meros infundios y que Adolfo Pérez Esquivel (1931), Leonardo Boff (1938) y el propio Francisco Jalics lo han exculpado. No es cierto: el Nobel de la Paz benevolentemente ha dicho que Bergoglio no fue cómplice sino omiso, Boff dijo que le cree a Pérez Esquivel y Jalics que ha perdonado a Bergoglio. La Iglesia Católica ha tenido grandes hombres y mujeres. El Papa Francisco no es uno de ellos.
El sociólogo y politólogo español Vicenç Navarro (1937) es experto en economía política y políticas públicas. Ha sido catedrático de Economía Aplicada en la Universidad de Barcelona y actualmente es catedrático de Ciencias Políticas y Sociales en la Universidad Pompeu Fabra de la misma ciudad. También es profesor de Políticas Públicas en The Johns Hopkins University de Baltimore, Estados Unidos, y asesor de las Naciones Unidas y la Organización Mundial de la Salud en cuestiones de economía política, estado de bienestar y estudios políticos. El 21 de marzo de 2013 publicó en el diario digital español "Público" el artículo que sigue:

LAS CONTRADICCIONES DEL NUEVO PAPA

La respuesta de los medios de información de mayor difusión de sensibilidad conservadora a la elección del cardenal argentino Jorge Mario Bergoglio como nuevo Papa ha sido sumamente positiva, presentando al nuevo Papa como el "Papa de los pobres" y como un luchador contra las desigualdades que han caracterizado a América Latina durante muchos años. La prensa estadounidense en general -con la excepción de "The New York Times"- lo ha definido también como el Papa con mayor conciencia social. Incluso la elección de su nombre como Papa, Francisco, reivindicando la herencia de San Francisco, el santo amigo de los pobres, parece confirmar su vocación. En España y en Catalunya los medios conservadores lo han presentado como conservador en temas teológicos, pero progresista en temas sociales. "La Vanguardia", cuya línea editorial no se distingue ni por su simpatía hacia los pobres ni por su compromiso con la reducción de las desigualdades, ha alabado al Papa definiéndolo como el "Papa social".
El problema de tal coro de alabanzas es que ignora, en el mejor de los casos, u oculta, en el peor, toda una historia de complicidades y compromisos, a lo largo de la biografía del nuevo Papa, con las fuerzas políticas más responsables de la expansión de la pobreza en Argentina y en América Latina y de la acentuación de las desigualdades sociales. En relación a la Junta Militar, cuyas políticas agravaban la pobreza y las desigualdades en Argentina, su comportamiento fue, en el mejor de los casos, el silencio, con plena conciencia, por cierto, del carácter terrorista de la Junta Militar argentina que gobernó aquel país durante el periodo 1976/1983. En realidad, la Iglesia Argentina, en la cual Jorge Mario Bergoglio era un conocido dirigente, fue una de las iglesias de América Latina más involucradas en el apoyo de las Juntas Militares, conocidas por su sangrienta y cruel represión de aquellos, dentro y fuera de la Iglesia, que más luchaban por la eliminación de la pobreza y por la reducción de las desigualdades.
Por mucho que intentara negarlo, la Iglesia Católica apoyó sin reservas a la Juntar Militar en Argentina. Y la evidencia está ahí, para quien quiera verla. Sólo meses después del establecimiento de la Junta Militar, la Conferencia Episcopal expresó su vivo apoyo al régimen militar porque "su fracaso llevaría con mucha probabilidad al marxismo". Es interesante que, treinta años después, Jorge Mario Bergoglio, dirigente de la Iglesia Católica, prologara un libro con la frase: "No debemos tener miedo a la verdad", que mostraba que sí que tenía miedo a que se conociera la verdad, porque no citaba la anterior frase y otras de apoyo a la dictadura. Tampoco citó el nuevo Papa la existencia de la Comisión de Enlace entre la Iglesia y la Junta Militar, que se reunía cada mes en un ambiente muy amable para hablar de la colaboración. Esta colaboración incluía el control de los curas próximos a la Teología de la Liberación, que ejercían su función entre los más pobres de aquel país.
Entre ellos estaban dos sacerdotes, Orlando Yorio y Francisco Jalics, que vivían y trabajaban en las Villas Miseria, conocidas por su pobreza, y que fueron detenidos y torturados por la dictadura dos semanas después de que la Iglesia les retirara su apoyo. Según uno de ellos, Yorio, Jorge Mario Bergoglio fue el que presentó una falsa denuncia ante los militares. Tal jesuita era plenamente consciente de los asesinatos que estaban realizando los militares. Incluso el biógrafo del ahora Papa, el señor Sergio Rubio, escribió que "durante la dictadura todos fueron cómplices de aquellos crímenes", frase que intenta justificar un ejercicio colectivo de complicidad. Pero no es cierto que todos fueran cómplices: hubo voces, incluso dentro de la Iglesia, que se opusieron y muchos de ellos fueron asesinados. El color rojo que los cardenales utilizan en sus prendas significa la sangre que deben derramar en defensa de los justos. El cardenal Bergoglio no se merecía llevar tal color, pues permaneció en un silencio ensordecedor frente a la represión brutal, llevada a cabo por aquellos que eran responsables del mayor crecimiento de la pobreza y de las desigualdades.
Pero hay más que silencio en su pasado. Varios familiares de niños desaparecidos enviaron notas a Bergoglio para que interviniera en casos de asesinatos y robos de bebés. Era una práctica común, como también ocurrió en España, que los bebés de padres asesinados se trasfiriesen a otras familias, muchas veces de los que los habían asesinado. Una de estas familias fue la familia De la Cuadra, que perdió cinco miembros debido al terror militar. Una de estas personas fue la joven Elena, que estaba embarazada de cinco meses cuando fue detenida y más tarde asesinada. El bebé fue asignado a una familia pudiente argentina. Los familiares pidieron ayuda a Bergoglio. Cuando más tarde fue interrogado, en 2010, tal señor indicó que no sabía nada del caso y que no sabía de bebés robados. La hermana de Elena, cuya madre fue fundadora de las Madres de la Plaza de Mayo, ha declarado recientemente que "la hipocresía de la Iglesia argentina en general, y la de Bergoglio en particular, ha sido enorme". Estela de la Cuadra ha añadido que "Bergoglio fue un cobarde que no hizo nada para impedir el robo de bebés. Siempre se preocupó de salvar su nombre e intentó ocultar la verdad para que su nombre no quedara manchado".
La Iglesia argentina tenía cincuenta obispos y sólo un número limitadísimo se opuso a la dictadura. La gran mayoría no se opuso. Entre ellos estaba el que ahora es Papa. Otros sí que se resistieron y, como dije antes, fueron asesinados por ello. Entre ellos estaba el Obispo Enrique Angelelli, que más tarde, y para limpiar la mala conciencia de la Iglesia, fue propuesto para ser considerado Mártir. Bergoglio fue nombrado Cardenal en 2001. Y hasta 2006 no dijo nada a favor de tal obispo. Sólo cuando el gobierno de Néstor Kirchner declaró un día oficial de duelo en honor a tal figura, el cardenal añadió su voz. Como otra voz progresista -Eduardo de la Serna, sacerdote del grupo progresista próximo a la Teología de la Liberación- ha indicado, "Bergoglio es un hombre del poder y sabe como promocionarse para mantenerlo. Tengo dudas sobre su supuesta inocencia en referencia a los jesuitas que desaparecieron durante la dictadura". Tal como señala "The New York Times" el 13 de marzo, sólo después de que el cardenal Bergoglio dejara de ser Presidente de la Conferencia de obispos (lo que ocurrió en 2012), tal conferencia se distanció de la dictadura claramente, negando (y mintiendo) que la Iglesia hubiera colaborado con la Dictadura. Tal distanciamiento y negación ocurrió después de que el que había dirigido la Junta Militar, el dictador Videla, declarara públicamente que la Iglesia había apoyado y colaborado con su gobierno.
En España, conocemos muy bien el significado del apoyo de la Iglesia Católica a la dictadura fascista del General Franco, y el silencio ensordecedor de tantas figuras religiosas que se presentaban ya entonces como las grandes defensoras de los pobres. Tal supuesta simpatía por los pobres quedaba totalmente anulada por sus acciones de apoyo a la dictadura que se había establecido para parar aquellas fuerzas políticas que sí estaban comprometidas con la erradicación de la pobreza. En Argentina, la oposición de Bergoglio a la Iglesia de la Teología de la Liberación, sin tomar una postura pública de oposición a la dictadura, negando conocimiento -en contra de toda la evidencia- del robo de bebés durante la dictadura, muestra su incoherencia y su falta de compromiso con la erradicación de la pobreza. Tal compromiso no es creíble cuando no va acompañado de una oposición a las fuerzas que perpetúan tal pobreza, apoyando a aquellos que luchan para eliminarla.
En realidad, la elección del Papa ha respondido a la enorme inquietud que la Iglesia Católica tiene sobre América Latina, donde el auge de las izquierdas está amenazando a las estructuras de poder, con las cuales la Iglesia se ha identificado. El nombramiento de Bergoglio es la manera de potenciar el freno a la Teología de la Liberación, presentando el mensaje de los Evangelios interpretados por el profundo conservadurismo de la jerarquía católica, haciendo frente al catolicismo popular, imbuido, por ejemplo, en la revolución bolivariana que amenaza los intereses de la jerarquía de la Iglesia Católica. No soy ni católico ni creyente, pero me parece obvio que hoy hay un conflicto entre los valores del catolicismo como religión y los valores que sustentan los aparatos ideológicos de la Iglesia, que reproducen y controlan para su propio beneficio. La elección de Bergoglio como Papa es un intento de frenar la identificación de las clases populares de creencia católica con las formas alternativas de carácter revolucionario que están surgiendo no sólo en América Latina sino también en el mundo y que interpretan el apoyo a los pobres como la lucha para terminar con la pobreza. Los pobres no son sujetos pasivos, sujetos de compasión y caridad, sino que debería ayudárseles a ser activos en su propia liberación luchando en contra de las instituciones reaccionarias, entre las cuales la jerarquía de la Iglesia Católica ha tenido un lugar prominente, tanto en Argentina como en España.

28 de marzo de 2013

Paparruchadas (3). Érase una vez un Papa

Más de dos mil años antes de que los sistemas de ideas seculares como el liberalismo y el materialismo histórico intentaran fundar sistemas políticos y ejercer el poder a partir de doctrinas económicas, jurídicas y políticas, las grandes religiones procuraron hacerlo aplicando los preceptos de la fe inspirados en textos considerados sagrados, entre ellos el Antiguo y Nuevo Testamento, la Torá y el Talmud, el Corán y otros. Aquellos intentos fallidos están descritos en tablas de arcilla, papiros, pergaminos, libros de historia, investigaciones científicas, ensayos y documentos de la Iglesia. Sin dejar de ser respetuoso de los sentimientos y las convicciones religiosas de todos aquellos que son creyentes, no debería olvidarse que la Iglesia Católica se compone de dos partes: la pública y la privada. La primera es la fachada que todos conocemos: una organización espiritual. La segunda es otra muy distinta: una entidad política-banquera, un sindicato de inversión que maneja operaciones financieras encubiertas.
Desde su formación, la Iglesia Católica ha jugado un papel de relevancia a lo largo de su extensa historia, sobre todo a partir del siglo IV de la era cristiana cuando el emperador romano Flavio Valerio Aurelio Constantino (272-377) se convirtió al cristianismo y, tras la firma del Edicto de Milán en 313, concedió importantes privilegios y donaciones a la Iglesia. Desde que, alrededor del año 772, el papado estableció el poder temporal, es decir el poder político real de la Iglesia sobre determinados territorios (que luego se constituirían en los Estados Pontificios), los papas, por sí mismos o en connivencia con reyes y príncipes, gobernaron en Europa. Sólo en Occidente, como parte del ejercicio de aquel poder, la Iglesia Católica se asoció al estrato político para, mediante alianzas explícitas o de modo directo, gobernar. De la necesidad de homologar las jerarquías eclesiásticas con las temporales surgió la figura de los "príncipes de la Iglesia". La denominación de "sacros" o "sagrados" de los imperios romanos, germánico, carolingio y otros no fueron adornos retóricos sino evidencias del papel que en ellos desempeñaba la Iglesia.
Desde 1095 y hasta alrededor de 1270, los papas, en alianza con príncipes y monarcas, fueron los inspiradores y organizadores de las Cruzadas, grandes expediciones militares encaminadas a establecer el poder cristiano sobre el Oriente Cercano, entonces conocido como Tierra Santa. Otro ejemplo de la vinculación del clero con el poder fueron las Bulas Alejandrinas de 1493, mercedes concedidas por Rodrigo de Borgia (1431-1503) -el Papa Alejandro VI- a los reyes católicos de España, las que de hecho fueron licencias para la ocupación y la anexión del Nuevo Mundo y que sirvieron de base al Tratado de Tordesillas, primer acuerdo político global y primer reparto del mundo entre España y Portugal bajo la mirada aprobadora del Papa, lo que permitió el saqueo de grandes cantidades de oro, piedras preciosas y plata de la conquistada América. A partir de allí, en Iberoamérica los vínculos de la Iglesia con la conquista, luego con las oligarquías y las burguesías nativas y el protagonismo desde posiciones conservadoras y contrarrevolucionarias en cuanto evento político ha tenido lugar en la región en lo últimos quinientos años, son antológicos.
Mediante una ordenanza de Lotario di Segni (1160-1216) -el Papa Inocencio III- se decretó confiscar los bienes de los herejes, enajenarlos y desheredar a sus hijos, lo que se constituyó en la verdadera esencia de la Inquisición y la caza de brujas, y no la pretendida excomunión, permanente o temporal, de personas de otra confesión religiosa. Después de varios siglos de incrementar su patrimonio a través de la trata de personas y la esclavitud, legitimada en 1452 mediante una bula de Tommaso Parentucelli (1397-1455) -el Papa Nicolás V-, la Iglesia también utilizó la servidumbre, el tráfico de indulgencias, la venta de cartas de bendición, títulos, audiencias y procesos de santificación, la falsificación de documentos para apoderarse fraudulentamente de herencias, la cobranza de diezmos, la simonía o venta de cargos y las subvenciones de los Estados.
En las circunstancias creadas en Europa a partir de 1845 en adelante, cuando además del marxismo aparecieron los sindicatos, el movimiento obrero y los partidos políticos de izquierda, la Iglesia regida entonces por Vincenzo Gioacchino Pecci (1810-1903) -el Papa León XIII- reaccionó auspiciando el movimiento de los laicos cristianos que se expresó en la organización de partidos políticos, sindicatos, organizaciones juveniles y femeninas inspirados en la Doctrina Social de la Iglesia, luego conocidos como social y demócrata cristianos. En aquel contexto se dio a conocer la encíclica Rerum Novarum, hasta hoy el más importante documento de política social de la Iglesia Católica que, si bien confronta al marxismo por la posición atea y anticlerical de algunos de sus representantes, también cargó contra los excesos de liberalismo y del libre mercado, igualmente refractarios al clero.
La moderna opulencia del Vaticano se basa en la generosidad de Benito Mussolini (1883-1945), quien gracias a la firma del Tratado de Letrán en 1929 entre su gobierno y el del Vaticano, otorgó a la Iglesia Católica una serie de garantías y medidas de protección. La Santa Sede consiguió que la reconocieran como un Estado soberano, se benefició con la exención impositiva de sus bienes y del pago de derechos arancelarios por lo que importaran del extranjero. Se le concedió la inmunidad diplomática y sus diplomáticos empezaron a gozar de los privilegios con que cuentan los diplomáticos extranjeros acreditados en cualquier país. "Il Duce" se comprometió a introducir la enseñanza de la religión católica en todas las escuelas de Italia y dejó la institución del matrimonio bajo el patronazgo de las leyes canónicas, que no admitían el divorcio. A este acuerdo le siguió otro entre la Santa Sede y el Tercer Reich de Adolf Hitler (1889-1945). Eugenio Pacelli (1876-1958), nuncio en Berlín durante la Primera Guerra Mundial y futuro Papa Pío XII, fue el encargado de negociar con "Der Führer" el Kirchensteuer, un muy lucrativo impuesto eclesiástico que aún hoy en día deben pagar los creyentes alemanes. El Papa tuvo numerosas intervenciones ante el rumbo que estaba tomando la política alemana y, a pesar de la constante y gran presión mundial, se negó siempre a excomulgar a Hitler y a Mussolini adoptando una falsa pose de neutralidad.
Al término de la Segunda Guerra Mundial, la Agencia Central de Inteligencia (CIA) comenzó a transferir grandes sumas de dinero al Banco del Vaticano. En 1948 fue la primera elección en la que el Partido Comunista, convertido en el más importante de Europa, buscaba el poder. En ese momento hubo una gran campaña del gobierno de Estados Unidos para financiar a la Democracia Cristiana. Este fue el comienzo de la historia del dinero que circuló de los servicios de inteligencia estadounidenses al Vaticano. Una generación más tarde, el banco se había convertido en una muy lucrativa vía para el lavado de dinero y, a fines de los años '80, ya allí funcionaba como un "paraíso fiscal" para sus clientes privilegiados. Hoy, la 
estructura financiera de la Iglesia Católica a nivel mundial es sumamente jerárquica, hasta monárquica podría decirse, con el Papa a la cabeza y diócesis regenteadas por arzobispos y obispos en todo el globo. Cada obispo trabaja en su diócesis como si estuviera a cargo de un principado. Así, la Iglesia Católica es la mayor potencia financiera, acumuladora de riqueza y propietaria de bienes que existe actualmente. Posee más riquezas materiales que cualquier otra institución, banco, corporación, fiduciaria o gobierno en todo el mundo.
Jorge Gómez Barata (1950), profesor, investigador y periodista cubano, autor de numerosos estudios sobre Estados Unidos y especializado en temas de política internacional, publicó el 18 de marzo de 2013 el siguiente artículo en la página web "Moncada. Grupo de Lectores en el Mundo".

ÉRASE UNA VEZ UN PAPA

Un jesuita argentino en el Vaticano es equivalente a un afroamericano en la Casa Blanca y a un descendiente de húngaros en el Eliseo. En el mundo global cada vez importa menos donde nacen o viven las personas, fenómeno que se aplica a los funcionarios internacionales, incluyendo el Papa. Quienes reclamaban innovaciones a la Iglesia están servidos: un Papa renunció, el sucesor es latinoamericano y pertenece a la Compañía de Jesús. Descontando a masones y comunistas, no existe ninguna corporación social tan atacada e incomprendida como los jesuitas, eje de grandes contradicciones dentro y fuera de la Iglesia. En 1540 el Papa Pablo III confirmó la Compañía de Jesús; otro Gregorio XV, en 1622 canonizó a su fundador Iñigo de Oñez y Loyola, mientras que en 1773 el pontífice Clemente XIV, presionado por los poderes temporales europeos, ordenó su disolución hasta que en 1814 Pio VIII decretó su restauración devolviéndole deberes y honores.
Tal vez por la sumisión al Papa y su actitud favorable a la Ilustración, los jesuitas fueron antipáticos a la realeza y a los monarcas europeos quienes los expulsaron de sus dominios: Portugal en 1759, Francia en 1762, España y sus colonias en 1767. Readmitidos, todavía en los siglos XIX y XX se registraron nuevas expulsiones de varios países. En sus primeros ciento cincuenta años de existencia, la Compañía de Jesús fundó y administró más de quinientos centros de estudios superiores en Europa, más de veinte universidades y unos doscientos seminarios y lugares de retiro y estudios para sus miembros. Esa labor misionera y educativa se extendió al Nuevo Mundo y Asia donde, además de a los retoños de la nobleza y de las autoridades coloniales, abarcó a sectores pobres. Luis Buñuel, Charles de Gaulle, Andrzej Wajda y Fidel Castro estuvieron entre sus discípulos. Por otra parte, la elección evidencia que el Colegio de Cardenales tomó nota de que América Latina, hogar de unos quinientos millones de católicos y única región del mundo sin guerras, armas nucleares, crisis ni fundamentalismos, donde el socialismo es una opción para las mayorías, la salud de los gobernantes preocupa a los pueblos y su muerte los conmueve, es el lugar del momento.
Por haber leído historias sagradas y profanas, conozco de antiguas y recientes acusaciones a papas, santos y beatos, entre otras a Pio XII a quien le tocó conducir la Iglesia en la Europa de Mussolini, Hitler y Stalin, los cuestionamientos a Karol Wojtyla que por nacer en 1920 tenía diecinueve años cuando en 1939 su país fue invadido por los nazis y bajo la ocupación se dedicó a estudiar teología y participar en representaciones de teatro clásico polaco. Con Joseph Ratzinger, el renunciante Benedicto XVI fue peor, pues formó parte de la juventud de las SS y sirvió en unidades antiaéreas. El turno le toca ahora al jesuita argentino Jorge Mario Bergoglio. De acuerdo a su conciencia, circunstancias personales, incluidos el valor, la devoción y a condicionantes tan diversas como imposibles de evadir, las personas, unas más esclarecidas que otras y con más visión que sus contemporáneos, adoptan distintos comportamientos y algunos, muy pocos son santos y héroes: Camilo Torres y Arnulfo Romero están entre ellos. Aunque acepto la santidad de algunas personas, no por los milagros que se le atribuyen sino por la consagración a buenas obras, el amor al prójimo y la lucha por el bien común realizada por religiosos y laicos católicos, tengo la certeza que no hay instituciones santas. No lo son el clero, la curia ni el papado; tampoco los partidos políticos y mucho menos las corporaciones y los bancos, lo cual no significa que sean diabólicas.
Dos mil años no han sido suficientes para establecer la verdad de que sin perder universalidad, originalmente, el cristianismo, el catolicismo, la Iglesia y el mismísimo Jesucristo pertenecen al Tercer Mundo. Por designios divinos, el hijo de Dios nació palestino, cosa que también eran su padre, su madre y sus primeros seguidores y, por conveniencias políticas, el Imperio Romano mediante los emperadores Constantino (315) y Teodosio (380) adoptaron la fe del nazareno, la oficializaron, la convirtieron en religión de Estado, la secuestraron y la llevaron a Roma desde donde se expandió por Europa que con el colonialismo la  reimportó a sus dominios. El catolicismo llegó al Nuevo Mundo con Cristóbal Colón y se estableció con la ocupación. Entró por el Caribe a las Américas; Santo Domingo y Cuba fueron las primeras paradas. En La Española está la Catedral Primada de América y en la isla socialista se conserva la más antigua reliquia católica del hemisferio: una humilde cruz de parra plantada por el Almirante a la entrada del Puerto Santo el 1 de diciembre de 1492 y que como Patrimonio de la Humanidad se guarda en la iglesia de Nuestra Asunción de Baracoa, primera villa fundada en Cuba.
Así, de la mano de los conquistadores y luego de los oligarcas, en una asociación regida por conveniencias mutuas (evangelización y poder), comenzó la Iglesia Católica su andadura latinoamericana donde adquirió un perfil reaccionario y una enorme deuda social y política. En respuesta, el movimiento liberador y luego la izquierda, se ubicaron en la otra orilla y fueron masones, agnósticos, anticlericales y por último ateos. La connivencia cómplice, el desencuentro y la tolerancia mutua son momentos de una noria que a veces parece interminable. Históricamente la Iglesia y la izquierda han sido mutuamente refractarias. A los curas y obispos conservadores todo lo progresista les parece ateo y a los socialistas cualquier hábito, sotana o clérigo les resulta sospechoso. Ser de izquierda, aun cuando se es religioso casi siempre equivale a ser anticlerical, a la vez que invocar la fe para establecer la justicia suele ser rechazado. Algunos prohombres de uno y otro bando trataron de resolver el entuerto: Las Casas fue el primero y Hugo Chávez el más reciente y aunque algo se ha avanzado no es lo suficiente para limar gruesas asperezas.
A los hechos políticos de la época se suma la tradicional posición conservadora de la Iglesia que hasta el mismo siglo XIX rechazó las novedades científicas. No hay nada especial en la reacción de la curia ante las doctrinas económicas y los postulados filosóficos de Marx; antes fueron silenciados y castigados, entre otros muchos: Girolano Savonarola, Nicolás Copérnico, Miguel Servet, Giordano Bruno y Galileo Galilei condenados no por confrontar la fe sino por contradecir los dogmas. En la misma época de Marx y de León XIII, Darwin, hombre de fe, fue excomulgado no por su posición contraria a Dios sino por su ciencia. Aunque se trata de una dialéctica demasiado complicada para ser simplificada en unas líneas, los procesos civilizatorios no se ajustan a los preceptos de los sistemas filosóficos o teológicos o a las teorías mundanas, sino a la inversa. Hoy día se sabe que es errónea la tendencia a convertir la teología cristiana, islámica, sintoísta, hindú o budista, o las tesis filosóficas y las doctrinas económicas en programas políticos, pretensión en la cual han errado faraones, papas, emires y ayatolas, los burgueses e incluso los marxistas que en este asunto no tiraron la primera piedra. No se necesita ser Papa para creer que "la ideología marxista en la forma en que fue aplicada ya no corresponde a la realidad", ni es preciso emular a Carlos Marx para saber que el cristianismo nunca aportó todas las respuestas a los grandes problemas sociales como tampoco lo hizo ninguna corriente de pensamiento; no porque fueran fallidas sino porque la historia no funciona con arreglo a doctrina alguna, sino que más bien ocurre lo contrario.
Aunque comparto el regocijo de los latinoamericanos porque uno de los nuestros ascienda al trono de San Pedro, me parece más significativo para la Iglesia, la cultura y la humanidad que sea jesuita. Los jesuitas son otra cosa, una especie de "segunda oportunidad": no nacieron en Palestina sino en Roma no los fundó Jesucristo sino San Ignacio de Loyola y no llegaron a América comprometidos con la ocupación sino como portadores de una forma de evangelización blanda basada en la predicación y la ilustración. Por su sumisión al Papa (cuarto voto) y por su actitud ante el saber que los hizo liberales, los monarcas europeos los expulsaron de sus países y dominios de ultramar. Elegir un latinoamericano es una concesión al número, lo segundo una rectificación que puede ser una opción por el cambio. Tal vez para introducir otra innovación, el cardenal argentino Jorge Mario Bergoglio, adoptó el nombre de Francisco, en homenaje a un recordado monje italiano originalmente noble, bohemio y rico que por optar por los pobres fue desheredado; fundador de tres órdenes religiosas San Francisco murió en la pobreza extrema y en medio de terribles sufrimientos. Bergoglio es el tercer Papa no italiano en línea con el añadido de que esta vez ni siquiera es europeo, no procede de un país comunista y no es un reaccionario al estilo tradicional. Nunca antes en la historia de la Iglesia, los papas italianos habían estado treinta y cinco años alejados del trono de San Pedro.
No me asombra ni me preocupa que el cardenal y ahora papa Jorge Mario Bergoglio no se comportara con la altura que la izquierda estima correcta durante las dictaduras que oprimieron su país, como tampoco me asombran sus diferencias con Néstor y Cristina Fernández de Kirchner. Es más de lo mismo, momentos de un contradictorio y complejo devenir en el cual hay pocos libres de pecados. Lo importante ahora, cuando con un Papa latinoamericano y jesuita aparece una oportunidad es decidir: ¿Embarcamos o arrojamos lastre? La posición es electiva.

27 de marzo de 2013

Paparruchadas (2). El Papa de la guerra sucia

Que la Iglesia Ca­tólica Apostólica Romana viene en declive no es ningún secreto. Pierde vocaciones al sacerdocio, pierde fieles y, lo que es más im­portante, pierde influencia social y política. No podía ser de otro modo después de tanto acumular riquezas, defender curas pedófilos, sostener posiciones reaccionarias y alejarse de las preocupaciones y las necesidades de los pueblos. Es evidente que la Iglesia estaba necesitando -y preparando- un giro en su máxima y más visible conducción internacional. Le ha­cía falta un urgente reciclado en busca de recuperar algo del presti­gio y el espacio perdidos. La llama­tiva jubilación anticipada del ex miembro de las Juventudes Hitlerianas Joseph Ratzinger (1927) se produce en este marco. Y no por casualidad Bergoglio ya había quedado en segundo lugar en la anterior votación.
Existen dos razones centrales para la elección de Bergoglio. Una tiene que ver con la proveniencia geográfica, ya que hace nada menos que seis siglos que no se elegía un Papa nacido fuera de Europa. Y la nacionalidad no es para nada ajena a lo que pasa polí­ticamente en el mundo. Es evidente que se trata de un hecho histórico, no celestial sino terrenal. La asunción de un Papa polaco a poco de iniciada la rebelión en el Este europeo no fue casual ni inocente. Tampoco lo es ésta. Latinoamérica vive desde hace años vientos de cambios sociales y políticos. Y el Vaticano, que además sufre un enorme descrédito, necesita mostrar otro rostro y a la vez lograr mayor ingerencia, al menos en las tierras donde vive casi la mitad de sus fieles. El hecho de ser argentino -y, por ende, latinoamericano- fue entonces un factor no menor a la hora de decidir una región de origen para el nuevo Papa, a través del cual la Iglesia sin duda buscará incidir en ella.
El otro factor tiene que ver con sus caracte­rísticas personales. Jesuita, o sea disciplinado. Conservador en las cuestiones esenciales (aunque no del ala más reaccionaria), o sea garantía de mantener los dogmas y con ca­pacidad de conducir al conjunto. Y austero, el ingrediente final ade­cuado. Más papable que Bergoglio, nadie. El nombre elegido, sus pri­meros gestos y palabras confirman que la orientación de la cúpula ca­tólica es mostrar una Iglesia que se acerque a los pobres. Ha tenido actitudes de apertura hacia problemas sociales como la trata de personas, la corrupción estatal y la pobrezao sea el perfil que hoy busca la Iglesia. Pero en los temas más estructurales, que hacen al dominio económico e ideológi­co clerical, sostiene las posturas medievales de siempre: custodia de la educación religiosa, cruzada contra el matrimonio igualitario y combate al derecho al aborto, entre otras cuestiones.
Bergoglio fue denunciado por haber negado, bajo la dictadura, cobertura a curas de su propia Orden luego secuestrados y torturados. Para tapar hechos, el Vaticano habla de campañas. Si uno de esos curas hace poco se reconcilió es porque antes no lo estaba. Y decir, como lo dijo Bergoglio, que supo de los secuestros de bebés recién por el año 2000 es un insulto a la inteligencia. La cúpula católica fue una apoyatura clave del genocidio, la deuda externa y la entrega del país. El Papa Francisco encabeza una institución reaccionaria que no dejará de serlo. Martin Luther King (1929-1968), pastor estadounidense de la Iglesia Bautista, dijo en una oportunidad que "nada en el mundo es más peligroso que la ignorancia sincera y la estupidez concienzuda". Ambos ingredientes se conjugan en los eufóricos y entusiastas seguidores del "Papa del fin del mundo".
Bill Van Auken (1950), político y activista del Socialist Equality Party (Partido Socialista por la Igualdad) de Estados Unidos y candidato presidencial en las elecciones de 2004, es periodista del "World Socialist Web Site" (WSWS), sitio en el que ha escrito numerosos artículos de investigación sobre la política imperial de su país. En él publicó el 25 de marzo de 2013 una declaración referida a la elección del nuevo Papa, en el que parece refrendar aquella frase del poeta francés Jean de La Fontaine (1621-1695): "Todos los cerebros del mundo son impotentes contra cualquier estupidez que esté de moda".

EL PAPA DE LA GUERRA SUCIA

Por más de una semana los medios han inundado al público con una ola de banalidades eufóricas. Se trata de la elección de un nuevo Papa en la Iglesia Católica Romana. Esta interminable celebración del dogma y ritual alrededor de una institución que desde hace siglos es asociada a la opresión y el atraso está sellada con un carácter profundamente antidemocrático. Es un reflejo del giro hacia la derecha y del repudio de los principios democráticos por todas las estructuras políticas incluyendo el principio de separación entre Iglesia y Estado consagrado en la Constitución estadounidense.
¡Qué lejos se encuentra de los ideales políticos que animaron aquellos quienes redactaron ese documento! Fue la opinión de Thomas Jefferson que "en cada país y en cada era, el sacerdote es hostil a la libertad. Siempre está aliado al déspota, siendo cómplice de sus abusos a cambio de su propia protección". La opinión de Jefferson -y el carácter reaccionario del servil reportaje de los medios- no encuentra mayor confirmación que en la identidad del nuevo Papa, oficialmente celebrado como un ejemplo de "humildad" y "renovación".
Colocado en el trono papal se encuentra otro duro enemigo del marxismo, de la ilustración y de toda manifestación del progreso humano. También se trata de un hombre que está profunda y directamente implicado en uno de los más grandes crímenes desde la Segunda Guerra Mundial: la "guerra sucia" argentina. En medio de la pompa y las ceremonias del día de la elección, un representante del Vaticano tuvo que responder públicamente a interrogatorios sobre el pasado del nuevo Papa Francisco, el arzobispo de Buenos Aires Jorge Bergoglio. Éste descartó las acusaciones hechas contra Bergoglio, llamándolas maniobras de "elementos anticlericales de izquierda". No es de extrañar que "elementos de izquierda" denuncien la complicidad de los líderes de la Iglesia en la "guerra sucia", obra de la Junta Militar que gobernó a Argentina entre 1976 y 1983. Eran de izquierda muchos de los 30.000 trabajadores, estudiantes, intelectuales y otros que fueron "desaparecidos" y asesinados, y las decenas de miles de personas que fueron encarceladas y torturadas.
Pero algunos de los críticos más duros del nuevo Papa son de la misma Iglesia Católica, incluyendo a sacerdotes y trabajadores laicos que han declarado que Bergoglio los entregó a los torturadores como parte de un trabajo colaborativo para "limpiar el patio" de la Iglesia de "izquierdistas". Uno de ellos, el sacerdote jesuita Orlando Yorio, fue secuestrado junto con otro sacerdote después de ignorar una advertencia de Bergoglio, en aquel entonces cabeza de la Orden Jesuita en Argentina, de que detengan su labor en barrios pobres de Buenos Aires. Durante el primer juicio a los líderes de la Junta Militar en 1985, Yorio declaró: "Estoy seguro de que él mismo entregó la lista con nuestros nombres a la Marina". Los dos fueron conducidos al centro de tortura de la infame Escuela de Mecánica de la Armada y mantenidos por más de cinco meses antes de ser drogados y botados en un pueblo afuera de la ciudad.
Bergoglio estaba ideológicamente predispuesto a apoyar las matanzas políticas que fueron desatadas por la Junta. A comienzos de la década del '70 se había asociado con la derechista Guardia de Hierro del peronismo, cuyos cuadros -junto con elementos de la burocracia sindical peronista- formaron los escuadrones de la muerte conocidos como la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina), que condujeron una campaña de exterminación de izquierdistas opositores antes que la Junta tomara el poder. El almirante Emilio Massera, jefe de la Marina y el ideólogo principal de la Junta, también empleó a la Guardia de Hierro, particularmente en la eliminación de la propiedad personal de los "desaparecidos".
Yorio, quién murió en el 2000, acusó a Bergoglio de tener "comunicación con el almirante Massera; le habrían informado que yo era el jefe de los guerrilleros". Para la Junta la más mínima expresión de oposición al orden social existente o la simpatía a los oprimidos equivalía a terrorismo. El otro sacerdote que fue secuestrado, Francisco Jalics, recordó en un libro que Bergoglio les había prometido que le diría al Ejército que no eran terroristas. Según Jalics: "Por parte de declaraciones posteriores hechas por un oficial y treinta documentos a los cuales obtuve acceso después, fuimos capaces de comprobar, sin ningún lugar a dudas, de que este hombre no cumplió su promesa, sino que, al contrario, presentó una falsa denuncia al Ejército".
Bergoglio declinó aparecer en el primer juicio a la Junta así como a procesos posteriores en los cuales fue convocado. En el 2010, cuando finalmente se sometió a un interrogatorio, los abogados de las víctimas lo describieron como "evasivo" y "mentiroso". Bergoglio afirma que sólo se enteró después del fin de la dictadura de la práctica de la Junta de robar los bebés de las madres desaparecidas, las cuales habían sido secuestradas, mantenidas hasta que dieran a luz y entonces ejecutadas; sus hijos luego pasarían a familias de los militares o la policía. Esta mentira fue desenmascarada por las personas que le habían pedido ayuda para encontrar a familiares perdidos.
La colaboración con la Junta no fue una mera flaqueza personal de Bergoglio sino una política de la jerarquía católica, que apoyó los objetivos y métodos del Ejército. El periodista argentino Horacio Verbitsky expuso el intento de encubrimiento de Bergoglio a esta sistemática complicidad en un libro que Bergoglio escribió, el cual editó pasajes comprometedores de un memorando que registraba un encuentro entre el liderazgo de la Iglesia y la junta en noviembre, cuatro meses antes del golpe militar. La declaración extirpada incluía el compromiso de la Iglesia: "De ninguna manera pretendemos plantear una posición de crítica a la acción de gobierno" dado que "un fracaso llevaría, con mucha probabilidad, al marxismo", por lo cual "acompañamos al actual proceso de reorganización del país". El documento original expresa de forma explícita la "comprensión, adhesión y aceptación" en relación al nefasto "Proceso" que desató el reino del terror contra la clase trabajadora argentina.
Este apoyo no fue de ninguna manera platónico. En los centros de tortura y detención había sacerdotes asignados, cuyo trabajo no era atender y consolar a aquellos que sufrían tortura y muerte, sino ayudar a los torturadores y asesinos a sobrepasar todas sus angustias de conciencia. Usando parábolas bíblicas como la de "separar el trigo de la paja", ellos aseguraban a aquellos que operaban los llamados "vuelos de la muerte" (prisioneros eran drogados, desnudados y lanzados al mar) que estaban haciendo "la obra de Dios". Otros curas participaban en las sesiones de tortura y trataban de usar el rito de la confesión para extraer información para los torturadores. Esta colaboración contó con la aprobación del Vaticano y de ahí hacia abajo.
En 1981, en la víspera de la guerra de Argentina con Gran Bretaña por las Islas Malvinas, el Papa Juan Pablo II viajó a Buenos Aires, apareció con la Junta y besó a su entonces jefe, el general Leopoldo Galtieri, sin decir ni una palabra sobre los miles que habían sido torturados y asesinados. Como Jefferson señalaba, la Iglesia "siempre está aliada a déspotas". Lo fue en España apoyando a los fascistas de Franco; colaboró con los nazis mientras éstos llevaban a cabo el Holocausto en Europa, y también dio su apoyo a los Estados Unidos durante la guerra en Vietnam.
El que se nombre a una persona como Bergoglio como Papa -y su celebración por los medios noticieros y en los círculos gobernantes- es una dura advertencia. El mensaje es claro: a la vez que se aceptan los horribles crímenes llevados a cabo en Argentina hace treinta años, aquellos en el poder contemplan usar métodos similares una vez más para defender el capitalismo de la creciente lucha de clases y de la amenaza de la revolución social.

26 de marzo de 2013

Paparruchadas (1). El cuento del buen Papa

Alguna vez dijo el polémico periodista y escritor británico Christopher Hitchens (1949-2011) que "mientras más aprendemos, más nos damos cuenta de que las religiones fueron nuestro primer -y peor- intento de responder a las grandes preguntas de la existencia humana; de buscarle un sentido a nuestra vida y de enfrentar nuestros temores, especialmente a nuestro temor a la muerte". El físico alemán Albert Einstein (1879-1955), por su parte, decía que "el comportamiento ético de un individuo debe fundamentarse en la compasión, la educación y los lazos y necesidades sociales. No se requiere de ningún fundamento religioso. Sería triste en realidad la condición humana si ésta tuviera que guardar la compostura mediante el miedo al castigo y la esperanza de un premio después de la muerte". Para el autor de la Teoría de la Relatividad Especial, se debe prescindir com­pletamente de cualquier religión social o moral. Es imposible concebir un Dios que premia y castiga, y mucho menos, claro está, que lo haga su representante en la Tierra. 
Por estos días, la religión que tiene la mayor cantidad de fieles en el mundo ha elegido a su nueva máxima autoridad: el sumo pontífice, el "pastor que es para el mundo una especie de guía por la senda de la paz". Y tal elección recayó sobre un cardenal argentino, un sacerdote del "fin del mundo" como él mismo se definió. Esto generó de inmediato la máxima atención mediática y una torrencial cantidad de declaraciones del tipo "la elección del Papa Francisco fue algo providencial, Dios nos ha guiado", "tiene como modelo a San Francisco de Asís, que fue un santo de la pobreza, la humildad y la mansedumbre", "viva el Papa, viva la Argentina, Dios está con nosotros", "siempre creímos que Dios era argentino, nunca estuvimos tan cerca", "¡que orgullo ser argentino! Bendiciones para Francisco y que Dios lo ilumine para este camino que empieza", "Dios está en todas partes, pero atiende en Buenos Aires" y otras sandeces y cursilerías por el estilo.
Lógicamente, millones de ar­gentinos se alegraron y emocio­naron con la designación de Jorge Bergoglio (1936) como Papa. Es más que comprensible. Algunos porque son católicos, sean practicantes o no. Otros porque el ex-cardenal es argentino. Otros quizás por puro "cholulismo". O por todas esas razones juntas, o por lo que sea. Todos ellos tienen pleno derecho a festejar y, sin dudas, mi­ran a Francisco con expectativas. Distinta es la actitud de buena parte de los gobernantes y la di­rigencia política tradicional, que en un campeonato de oportunis­mo vergonzoso buscan colgarse de la sotana de Francisco como sea. Los laureles se los llevan el kirchnerismo en general y la presidenta en particular, que en un abrir y cerrar de ojos pasaron de no poder digerir la noticia a hacer fila para sacar pasaje a Roma.
Es muy probable que el liderazgo de Francisco traiga algunos cambios en el lenguaje y el estilo de la Iglesia Católica. Algunos ya se ven. Pero ningún olmo da peras. Sería pecar -ya que hablamos de religión- de candidez el pensar que se producirán modificaciones cualitativas en lo que ha sido su conducta histórica. Lo esencial no es estar cerca de los pobres, sino para qué. Sería bueno que, además de aspirar al reino de los cielos, los pobres del mundo puedan aspirar también a un reino terrenal. A lo largo de su historia, la Iglesia Católica -y todas las re­ligiones- han adormecido las luchas y las conciencias, predicando la resignación y la conciliación con los enemigos de clase, con lo cual han contribuido a apuntalar al capitalismo, que es pre­cisamente el sistema que, al servicio de unos pocos poderosos, fabrica más y más pobres.
El escritor y periodista Martín Caparrós (1957) nació en la ciudad de Buenos Aires y comenzó su carrera periodística en el desaparecido diario "Noticias" en 1973. Fue director de las revistas "El Porteño", "Babel", "Página 30", "Sal y Pimienta" y "Cuisine & Vins". Su trayectoria en esos ámbitos abarcó las áreas de cultura, deporte, gastronomía, política, crítica literaria, y también las áreas policiales y de periodismo taurino. Durante el periodo de la última dictadura militar argentina se exilió a París, donde obtuvo la Licenciatura en Historia en la Universidad de la Sorbona. También, en esa época, residió en Madrid. Actualmente sus artículos aparecen en diversos medios de América y Europa. Ha publicado una decena de novelas, libros de viajes y ensayos, entre los que se destacan "No velas a tus muertos", "La historia", "El tercer cuerpo", "La noche anterior", "Un día en la vida de Dios", "Valfierno" y "Los Living". Otros de sus trabajos son las crónicas "Larga distancia", "Dios mío", "La patria capicúa" y los tres volúmenes de "La voluntad", que escribió junto al ex miembro del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) y actual vehemente periodista oficialista Eduardo Anguita (1953). El 18 de marzo de 2013 publicó en el diario español "El País" el siguiente artículo:

EL CUENTO DEL BUEN PAPA

La Argentina se empapó. Mojada está, húmeda de gusto por su papa. Hace días y días que nadie habla de otra cosa o, si alguno sí, lo relaciona: papa y los diputados, fútbol y papado, papas y dólar "blú" y más papas, sus tetas operadas y el celibato de los papas. La Argentina reboza de gozo, se extasía ante la prueba de su éxito: seguimos produciendo iconos, caras para la camiseta universal. "Habemus papam" era una voz extraña, y en una semana se ha convertido en un justo lema de la argentinidad: tenemos papa, nosotros, los argentinos, tenemos papa. La figura más clásica de la tilinguería nacional, el Argentino Que Triunfó en el Exterior, encontró su encarnación definitiva: si, durante muchos años, Ernesto Guevara de la Serna peleaba codo a codo con Diego Armando Maradona, ahora se les unió uno tan poderoso que ni siquiera necesitó morirse para acceder al podio. Cada vez más compatriotas y "compatriotos" se convencen de que era cierto que Dios -al menos ese dios- es argentino.
Así las cosas, más papistas que el papa, el nuevo ha despertado aquí cataratas de elogios: que es humilde, que es bueno, que es modesto, que es muy inteligente, que se preocupa por los pobres. Sus detractores, sin embargo, no ahorran munición gruesa: algunos llegaron incluso a decir que era argentino y peronista. Y otros, más moderados, kirchneristamente basaron sus críticas en sus acciones durante aquella dictadura y discutieron detalles. Como si no bastara con saber que, como organización, la iglesia de la que el señor Bergoglio ya era un alto dignatario apoyaba con entusiasmo a los militares asesinos.
Los críticos, de todos modos, no consiguieron unanimidad; algunos dicen que lo que hizo no fue para tanto, otros lo minimizan con un argumento de choque: que él es otro, ya no Jorge Bergoglio sino alguien distinto, el papa Francisco. Suena tan cristiano: el bautismo como renacimiento que deja atrás la vida del neófito; lo raro es que lo dijeron aparentes filósofos tan supuestamente ateos y materialistas como el candidato Forster. Y todos debatieron a qué políticos o políticas locales iba a beneficiar el prelado y su anillo a besar o no besar: me parecen pamplinas.
En el terreno nacional lo que me preocupa -lo escribí hace unos días en "The New York Times" es el shock de cristiandad que vamos a sufrir los argentinos. Temo el efecto que este inesperado, inmerecido favor divino puede tener sobre nuestras vidas. No me refiero al hartazgo que a mediano plazo -en dos o tres días- pueda causar la presencia de Bergoglio hasta en la sopa; hablo del peso que su iglesia siempre intenta ejercer, ahora multiplicado en nuestro país por el coeficiente de cholulismo nacional que nos hizo empezar a mirar tenis cuando Vilas ganó algún grand slam, basket cuando Manu Ginóbili, monarquías europeas cuando la holando-argentina se transformó en princesa.
Lo sabemos: la iglesia católica es una estructura de poder basada en fortunas tremebundas, millones de seguidores y la suposición de que para complacer a esos millones hay que escuchar lo que dicen sus jefes. La iglesia católica usa ese poder para su preservación y reproducción -últimamente complicadas- y para tratar de imponer sus reglas en esas cuestiones de la vida que querríamos privada y que ellos quieren sometida a sus ideas. Así fue como, hace veinticinco años, se opusieron con todas las armas de la fe a ese engendro demoníaco llamado divorcio, que solo pudo establecerse cuando el gobierno de Alfonsín se atrevió por fin a enfrentar a la iglesia católica y el mundo siguió andando.
También intentaron oponerse a la ley de matrimonio homosexual hace un par de años, pero estaban de capa caída y no pudieron. Ahora, un papa argentino va a pelear con uñas y dientes y tiaras para evitar que un gobierno argentino tome medidas que podrían ser vistas como precedentes por otros gobiernos y sociedades regionales: el nuevo código civil, la fertilización asistida y, sobre todo, la legalización del aborto retrocedieron esta semana cincuenta casilleros. Y eso si no se envalentonan e intentan -como en España- recuperar el terreno ya perdido.
Pero peor va a ser para el mundo. El señor Bergoglio parece un hombre inteligente y parece tener cierto perfil vendible que puede ayudarlo mucho en su trabajo. Lo acentúa: cuando decide ir de cuerpo presente a pagar la cuenta de su hotel no está pagando la cuenta de su hotel -que puede pagar, un suponer, con su tarjeta por teléfono-; está diciendo yo soy uno que paga sus cuentas de hotel, uno normal, uno como ustedes. Uno que hace gestos: uno que entiende la razón demagógica y cree que debe hacer gestos que conformen el modo en que debemos verlo. Uno que, además, sirve para definir el populismo: uno que dice, desde una de las instituciones más reaccionarias, arcaicas y poderosas de la Tierra, una de las grandes responsables de las políticas que produjeron miles de millones de humildes y desamparados, que debemos preocuparnos por los humildes y los desamparados.
Peor para el mundo. En estos días, demócratas y "progres" festejan alborozados la resurrección de un pequeño reino teocrático: la síntesis misma de lo que dicen combatir. La iglesia católica es una monarquía absoluta, con un rey elegido por la asamblea de los nobles feudales que se reparten los territorios del reino para que reine sin discusiones hasta que muera o desespere, con el plus de que todo lo que dice como rey es infalible y que si está en ese trono es porque su dios, a través de un "espíritu santo", lo puso. La iglesia católica es una organización riquísima que siempre estuvo aliada con los poderes más discrecionales -más parecidos al suyo-, que lleva siglos y siglos justificando matanzas, dictaduras, guerras, retrocesos culturales y técnicos; que torturó y mató a quienes pensaban diferente, que llegó a quemar a quien dijo que la Tierra giraba alrededor del Sol porque ellos sí sabían la verdad.
Una organización que hace todo lo posible por imponer sus reglas a cuantos más mejor y, así, sigue matando cuando, por ejemplo, presiona para que estados, organismos internacionales y oenegés no distribuyan preservativos en los países más afectados por el sida en Africa, con lo cual el sida sigue contagiándose y mata a miles y miles de pobres cada año.
Una organización que no permite a sus mujeres trabajos iguales a los de sus hombres, y las obliga a un papel secundario que en cualquier otro ámbito de nuestras sociedades indignaría a todo el mundo.
Una organización de la que se ha hablado, en los últimos años, más que nada por la cantidad de pedófilos que se emboscan en sus filas y, sobre todo, por la voluntad y eficacia de sus autoridades para protegerlos. Y, en esa misma línea delictiva, por su habilidad para emprender maniobras financieras muy dudosas, muy ligadas con diversas mafias.
Una organización que perfeccionó el asistencialismo -el arte de darle a los pobres lo suficiente para que sigan siendo pobres- hasta cumbres excelsas bajo el nombre, mucho más honesto, de caridad cristiana.
Una organización que se basa en un conjunto de supersticiones perfectamente indemostrables, inverosímiles –"prendas de fe"–, sólo buenas para convencer a sus fieles de que no deben creer en lo que creen lógico o sensato sino en lo que les cuentan: que deben resignar su entendimiento en beneficio de su obediencia a jefes y doctrinas: lo creo porque no lo entiendo, lo creo porque es absurdo, lo creo porque los que saben me dicen que es así.
Una organización que, por eso, siempre funcionó como un gran campo de entrenamiento para preparar a miles de millones a que crean cosas imposibles, a que hagan cosas que no querrían hacer o no hagan cosas que sí porque sus superiores les dicen que lo hagan: una escuela de sumisión y renuncia al pensamiento propio que los gobiernos agradecen y utilizan.
Una organización tan totalitaria que ha conseguido instalar la idea de que discutirla es "una falta de respeto". Es sorprendente: su doctrina dice que los que no creemos lo que ellos creen nos vamos a quemar en el infierno; su práctica siempre -que pudieron- consistió en obligar a todos a vivir según sus convicciones. Y sin embargo lo intolerante y ofensivo sería hablar -hablar- de ellos en los términos que cada cual considere apropiados.
En síntesis: es esta organización, con esa historia y esa identidad, la que ahora, con su sonrisa sencilla de viejito pícaro de barrio, el señor Bergoglio quiere recauchutar para recuperar el poder que está perdiendo. Es una trampa que debería ser berreta; a veces son las que cazan más ratones.