1 de junio de 2018

Entremeses literarios (CXCII)

EL ASALTO
Carlos Drummond de Andrade
Brasil (1902-1987)

La casa suntuosa en Leblon está guardada por un mastín de terrible semblante, que duerme con los ojos abiertos; o quizás no duerma, de tan vigilante que es. Por eso, la familia vive tranquila, y nunca hubo noticia de asalto a una residencia tan bien protegida. Hasta la semana pasada. La noche del jueves, un hombre logró abrir el pesado portal de hierro y penetrar en el jardín. Iba a hacer lo mismo con la puerta de la casa, cuando el perro, que astutamente lo había dejado acercarse (para arrancarle toda la ilusión conquistada), se lanza hacia él y lo acomete en la pierna izquierda. El ladrón quiso sacar el revólver, pero no hubo ni tiempo para ello. Cayendo al suelo, bajo las patas del enemigo, le suplicó con los ojos que lo dejase vivir y con la boca prometió que jamás intentaría asaltar aquella casa. Habló por lo bajo para no despertar a los residentes, temiendo que la situación pudiera agravarse. El animal pareció entender la súplica del ladrón y lo dejó salir en un estado lamentable. En el jardín quedó un trozo de pantalón. Al día siguiente, la criada no comprendió por qué razón una voz, al teléfono, diciendo que era de Salud Pública, preguntaba si el perro estaba vacunado. En ese momento, el perro, que estaba al lado de la doméstica, agitó la cola, afirmativamente.


PERPLEJIDAD
Raúl Brasca
Argentina (1948)

La cierva pasta con sus crías. El león se arroja sobre la cierva, que logra huir. El cazador sorprende al león y a la cierva en su carrera y prepara el fusil. Piensa: si mato al león tendré un buen trofeo, pero si mato a la cierva tendré trofeo y podré comerme su exquisita pata a la cazadora. De golpe, algo ha sobrecogido a la cierva. Piensa: si el león no me alcanza ¿volverá y se comerá a mis hijos? Precisamente el león está pensando: ¿para qué me canso con la madre cuando, sin ningún esfuerzo, podría comerme a las crías? Cierva, león y cazador se han detenido simultáneamente. Desconcertados, se miran. No saben que, por una coincidencia sumamente improbable, participan de un instante de perplejidad universal. Peces suspendidos a media agua, aves quietas como colgadas del cielo, todo ser animado que habita sobre la Tierra duda sin atinar a hacer un movimiento. Es el único, brevísimo hueco que se ha producido en la historia del mundo. Con el disparo del cazador se reanuda la vida.


UN PROBLEMA
Antonio J. Cebrián
España (1964)

Creo que tengo un problema. Algo extraño me está pasando pero no puedo precisar exactamente de qué se trata. Sólo sé que entre mis manos tengo un libro y en él puedo leer:
Creo que tengo un problema. Algo extraño me está pasando pero no puedo precisar exactamente de qué se trata. Sólo sé que entre mis manos tengo un libro y en él puedo leer:
Creo que tengo un problema. Algo extraño me está pasando pero no puedo precisar exactamente de qué se trata. Sólo sé que entre mis manos tengo un libro y en él puedo leer...


LAS GALLINAS
Jules Renard
Francia (1864-1910)

- Apuesto cualquier cosa -dijo la señora Le­pic- a que Honorina se ha olvidado otra vez de encerrar las gallinas.
Así era. Por la ventana podía comprobarse. Abajo, al fondo del gran patio, el pequeño techo del gallinero destacaba, en la noche, el cuadrado negro de su puerta abierta.
- Si fueses a cerrar el gallinero, Félix... -di­jo la señora Lepic al mayor de sus hijos.
- ¿Yo? Yo no estoy aquí para ocuparme de las gallinas -contestó Félix, muchacho pálido, indo­lente y poltrón.
- ¿Y tú, Ernestina?
- ¡Oh mamá!...  ¡Me da miedo!
El hermano mayor y la hermana Ernestina habían levantado apenas la cabeza para responder. Estaban leyendo, muy interesados, los codos sobre la mesa, y sus cabezas casi se rozaban.
- ¡Dios mío, qué tonta soy! -exclamó la se­ñora Lepic-. No se me había ocurrido. ¡Pelo de Zanahoria, ve a cerrar el gallinero!
Llamaba así a su hijo menor, porque tenía los cabellos rojizos y la piel llena de pecas. Pelo de Zanahoria, que estaba bajo la mesa, jugando, se puso de pie y dijo tímidamente:
- Pero, mamá... Es que yo también tengo miedo...
- ¿Cómo? -respondió la señora Lepic-. ¿Un grandullón como tú teniendo miedo? ¡Si es cosa de echarse a reír! ¡Vamos, rápido, a hacer lo que le mandan!
- Todos lo sabemos muy bien; es atrevido co­mo un gato montés -dijo su hermana Ernestina.
- No le tiene miedo a nada ni a nadie -aña­dió Félix, su hermano mayor.
Estos cumplimientos enorgullecieron a Pelo de Zanahoria y, avergonzado al sentirse indigno de ellos, luchaba ya contra su cobardía. Para alentarlo definitivamente, su madre le prometió una bofetada si no hacía caso al instante.
- Al menos, que alguien me alumbre -pidió el chiquillo.
La señora Lepic se encogió de hombros y el hermano Félix sonrió con desprecio. Ernestina, la única capaz de experimentar piedad, tomó una bujía y acompañó a su hermano hasta el extremo del corredor.
- Te esperaré aquí -le dijo. Pero se fue inmediatamente, aterrada, porque un golpe de viento hizo vacilar la llama de la bu­jía, apagándola.
Pelo de Zanahoria se puso entonces a temblar en las tinieblas. Sentía las nalgas endurecidas, los talones pegados al suelo. Las sombras eran tan es­pesas que por un instante se creyó ciego. A veces una ráfaga de viento lo envolvía como una manta helada, para llevárselo. ¿No eran zorros, quizá lo­bos, quienes soplaban sobre sus dedos, sobre sus mejillas? Lo mejor era precipitarse, al parecer, sobre las tinieblas, hacia el gallinero, la cabeza erguida, para agujerear así las sombras. Tambaleándose, llegó a empuñar la manija de la puerta. Al ruido de sus pasos, las gallinas espantadas se agitaron resbalando sobre sus estacas. Pelo de Zanahoria les gritó:
- ¡Cállense! ¡Soy yo!
Cerró la puerta y salió corriendo, las piernas y los brazos ligeros como alas. Cuando regresó, temblando, satisfecho de sí, al calor y a la luz, tuvo la sensación de cambiar por un traje nuevo y liviano unos andrajos llenos de barro y de lluvia. Permaneció erguido un instante, orgulloso, espe­rando las felicitaciones, y sintiéndose ya fuera de peligro, buscó en el rostro de sus familiares las huellas de las inquietudes que debió producir su ausencia. Pero su hermano mayor y su hermana Ernes­tina continuaban leyendo tranquilamente, y la se­ñora Lepic le dijo con el tono de voz más natural del mundo:
- Pelo de Zanahoria, de ahora en adelante te encargarás de cerrar el gallinero todas las noches.


DE LAS CRÓNICAS DE LA CIUDAD
Jairo Aníbal Niño
Colombia (1941-2010)

Nadie jamás le había hecho caso. Lo empujaban, lo pisaban, le cerraban las puertas en las narices. Ese día, había permanecido horas enteras esperando que el funcionario escuchara todas las verdades que tenía que decirle. Tuvo que marcharse cuando todos habían abandonado las oficinas y él vio que la noche lo había cogido sentado en el taburete. Cuando a la madrugada llegó a su casa de latas y pedazos de cartón, cuando vio a lo lejos la ciudad como un reguero de leche iluminada, se dijo a sí mismo: No te desesperes. Todo cambiará cuando dejes de ser invisible.


CARENCIAS
David Moreno Sanz
España (1976)

Un tipo que vive solo llega a casa, abre la puerta, la cierra tras de sí, se introduce en el pasillo y sale a recibirle un gato que no tiene. Ante la sorpresa inicial permanece quieto hasta que ese mismo gato se frota contra sus piernas. Le prepara entonces un plato de leche con galletas pero éste insiste en conducirle primero a la habitación de los hijos que no tiene para que les arrope y dé dos besos de buenas noches y después hasta la cama donde duerme la mujer que tampoco tiene. Confuso se pone el pijama, se lava los dientes y se tumba a su lado para descansar del duro día de trabajo que no tiene. Y piensa en mañana, en el futuro.


CIEN AÑOS
Rubem Fonseca
Brasil (1925)

Quien le dijo a Manuel que ese día cumplía cien años fue su vecina, doña Adelina.
- ¿Cómo sabes? -le preguntó Manuel.
- Me sé las edades de todos los vecinos. ¿Quieres que te las diga?
Manuel fue hasta el cubículo de la casa que llamaba oficina, escarbó en un montón de papeles y encontró el acta. Doña Adelina tenía razón. Cumplía cien años aquel día.
- ¿No va a celebrar? Cien años se merecen un festejo -dijo doña Adelina, cuando se encontraron de nuevo.
- ¿Cómo voy a celebrar? Todos mis parientes y amigos ya se murieron.
Manuel vivía en la misma casa hacía muchos años. Los muebles eran los mismos, los libros eran los mismos, sólo las toallas, las sábanas y los calzones no eran tan viejos. Hasta el clister era el mismo. Antes las cosas duraban, pensó Manuel, ahora cada año sale una nueva versión del mismo producto, dicen que ésa es una técnica comercial llamada obsolescencia programada. Entonces, súbitamente se acordó de que clister era una palabra que venía del griego y que significaba “jeringa”. Padecía de estreñimiento y usaba el clister para hacerse enemas a diario. Su aparato era una especie de jarra de vidrio con una pequeña llave que abría y cerraba, en la cual se colocaba un tubo largo de hule con un recipiente en la punta. Llenaba la jarra con un líquido especial y, recostado sobre el lado izquierdo, introducía la punta en el ano y abría la llave de la jarra, permitiendo que el líquido entrara en sus intestinos hasta sentir ganas de evacuar.
Pero ésa no puede ser la manera de conmemorar mis cien años; hago eso mismo desde hace decenas y decenas de años, pensó. Cien años no se conmemoran. ¿Cien años de qué? La vida es un sufrimiento continuo, el cuerpo sufre, la mente sufre, hay muchas enfermedades -y pensó en todas las enfermedades que existían, eran tantas que se podía llenar un libro de quinientas páginas-. ¿Era eso lo que iba a festejar? Entonces tuvo una idea. La mejor manera de conmemorar cien años es muriendo en la cama sin molestar a nadie.
- Voy a acostarme y morir -decidió.
Se recostó en la cama y se murió. Pero antes tuvo conciencia de una sensación de bienestar. Estaba feliz.


LA CREMA ANTIARRUGAS
Emilio del Carril
Puerto Rico (1959)

La primera vez que se puso una pequeña porción de la crema antiarrugas que le compró al vendedor de un país extraño, se le desaparecieron las pequeñas líneas de expresión. Desesperado por obtener resultados más dramáticos, al otro día embadurnó toda su cara. Horas después, se le había borrado el rostro. Desde ese día, todas las mañanas se pinta una cara nueva con sus acuarelas de infancia. Su única limitación es salir de la casa en los días lluviosos.


EL HOMBRE MIGRATORIO
Guillermo Martínez
Argentina (1962)

Enoch, de Rumania, soñó una noche que la muerte le daba alcance en un bosque de alerces nevados y ríos de escarcha. Al despertar, su mente simple concibió un plan simple. Con las primeras lluvias del otoño emigraría al hemisferio sur y, seis meses después, volvió a escapar del invierno retornando a su patria. Desde entonces sigue eternamente a las golondrinas en cautelosos barcos. Es entre los inmortales el más bronceado.


EL HOMBRE DE LOS PIES PERDIDOS
Gabriel Jiménez Emán
Venezuela (1950)

Un día un par de pies que habían perdido su dueño entraron a un bar a tomar cerveza.
- Disculpen -dijo el portero. Aquí no puede entrarse sin zapatos.
- Ah, es verdad -dijeron los pies, y se regresaron a una zapatería. Ahí fueron muy bien atendidos: encontraron a unos zapatos que les calzaron de maravilla. Entonces se dirigieron nuevamente al bar, y el portero se alegró mucho de que los pies estuviesen ahora protegidos y elegantes.
El hombre que había perdido sus pies estaba muy incómodo, pues los necesitaba para ir a tomar cerveza; era mediodía y hacía un calor terrible. El hombre se las arregló para llegar hasta un taxi, y pedirle lo llevara hasta donde quería ir. Al llegar a la puerta del bar, el portero le dijo:
- Disculpe señor. No se puede entrar sin pies.
- No puede hacerme esto -dijo el hombre. Es muy difícil encontrar unos pies a esta hora.
- No lo es -respondió el empleado-. Hace poco entraron unos aquí.
- Entonces deben ser los míos. Solemos tomar cerveza a esta misma hora. Déjeme entrar.
- No puedo -replicó el portero-. Mejor se los llamo. Espere aquí.
El portero se alejó a buscarlos, y el hombre pensó que era una gran suerte haber coincidido en aquel bar. Cuando el portero y los pies regresaron, el hombre no pudo reconocerlos, pues traían puestos unos extraños zapatos.
- ¿Qué desea? -preguntaron los zapatos.
- Quiero saber si esos son mis pies -respondió el hombre-. Los necesito para entrar al bar.
Entonces los zapatos comenzaron a desamarrar sus trenzas. Al instante, los pies estuvieron descubiertos, y con gran sorpresa el hombre vio que no eran los suyos. Los pies volvieron a calzar sus zapatos y, muy contentos de no pertenecer a nadie, regresaron al bar. El hombre aún no ha podido tomarse esa cerveza.