29 de octubre de 2018

Certezas, dilemas e intuiciones. Un ensayo controversial (XIV) 3º parte. Bosquejo ontológico

Rudimentos (como intento de comprensión)
1. Sobre el materialismo histórico y el materialismo dialéctico

Hace algo más de ciento cincuenta años, Karl Marx decía que la historia del desarrollo de la sociedad humana es la historia de la sucesión de diversos sistemas económicos, cada uno de los cuales actúa de acuerdo con sus propias leyes. La comuna primitiva fue reemplazada o complementada por la esclavitud; la esclavitud fue sucedida por la servidumbre con su superestructura feudal; el desarrollo comercial de las ciudades llevó a Europa, en el siglo XVI, al orden capitalista, el que pasó inmediatamente a través de diversas etapas. El pasaje de un sistema al otro siempre es determinado por el aumento de las fuerzas productivas, esto es, de la técnica y de la organización del trabajo. Hasta cierto punto, los cambios sociales son de carácter cuantitativo y no alteran las bases de la sociedad, es decir, las formas dominantes de la propiedad. Pero se alcanza un nuevo punto cuando las fuerzas productivas maduras ya no pueden contenerse más tiempo dentro de las viejas formas de la propiedad; entonces se produce un cambio radical en el orden social, acompañado de conmociones. Marx predijo que la socialización de los medios de producción sería la única solución del colapso económico en el que debe culminar, inevitablemente, el desarrollo del capitalismo, un colapso que, todo parece indicar, hoy tenemos a la vista.
Avezado tanto en la obra de Adam Smith como en la de Georg W.F. Hegel, Marx partió de la concepción de un mundo gobernado por leyes racionales de la naturaleza. Explica el antes mencionado historiador inglés Edward H. Carr en “What is history?” (¿Qué es la historia?) que “lo mismo que Hegel, pero esta vez de modo práctico y concreto, operó la transición a la concepción de un mundo ordenado por leyes que evolucionan siguiendo un pro-ceso racional, a consecuencia de la iniciativa revolucionaria del hombre. En la síntesis final de Marx, la historia significaba tres cosas, inseparables una de otra y que constituían un todo racional y coherente: el devenir de los acontecimientos según leyes objetivas y primordialmente económicas; el correspondiente desarrollo del pensamiento siguiendo un proceso dialéctico; y la consiguiente acción en forma de lucha de clases que reconcilia y une la teoría y la práctica de la revolución”. “El concepto materialista de la historia -respaldó Trotsky- ha resistido perfectamente la prueba de los hechos y los golpes de la crítica hostil. Constituye hoy uno de los instrumentos más valiosos del pensamiento humano.
Lo que Marx brindó en consecuencia fue una síntesis de leyes objetivas y acción consciente para traducirlas a la práctica. Lo hizo mencionando constantemente leyes a las que los hombres estaban sometidos sin darse cuenta de ello: “las concepciones que acerca de las leyes de producción se formen en las mentes de los agentes de la producción y de la circulación diferirán mucho de las leyes reales”, decía en el tercer volumen de “Das capital” (El capital). Y en “Der achtzehnte Brumaire des Louis Bonaparte” (El 18 Brumario de Luis Bonaparte) hablaba de la “conciencia intelectual que, en un proceso empezado hace un siglo, viene disolviendo todas las ideas tradicionales”. Sería el proletariado quien habría de disolver la falsa conciencia de la sociedad capitalista, e introduciría la conciencia verdadera de la sociedad sin clases. “Los filósofos se han limitado a interpretar el mundo de distintos modos -decía en las “Thesen über Feuerbach” (Tesis sobre Feuerbach)- pero de lo que se trata es de cambiarlo”. Así, “el proletariado se valdrá de su dominación política para despojar paso a paso a la burguesía de todo capital, y concentrar todos los medios de producción en las manos del Estado”, declaraba en el “Manifest der Kommunistischen Partei” (Manifiesto del Partido Comunista).


Marx hizo del trabajo humano el fundamento de todo el edificio. El contexto histórico en el que hizo estas apreciaciones estaba signado por el auge de una sociedad industrial capitalista que primaba la inversión sobre el consumo, es decir, el capital sobre el trabajo. Existían excesivas jornadas laborales de entre catorce y dieciséis horas con salarios bajos debido a la saturación del mercado de la mano de obra, el que funcionaba según la ley de la oferta y la demanda, según los principios liberales, rechazando cualquier intervención del Estado que regulase las condiciones de trabajo de los asalariados. El cálculo económico era establecido atendiendo al pleno rendimiento de los factores de producción, la obtención de un máximo beneficio y un salario mínimo necesario para que se pudiera renovar la fuerza de trabajo del obrero. La llegada del maquinismo hizo aumentar enormemente el proceso de división del trabajo, el obrero asalariado fue desplazando poco a poco a los artesanos y trabajadores a domicilio. Pero el obrero se vio como un elemento aislado que no podía captar el sentido total de aquel proceso.
El economista alemán Jürgen Kuczynski (1904-1997) reflejó en su “Geschichte der lage der arbeiter unter dem kapitalismus” (Historia de la condición de los trabajadores bajo el capitalismo) cómo los trabajadores eran considerados simples apéndices de las máquinas y se encontraban alineados de las potencialidades intelectuales del trabajo: “La exaltación del maquinismo afectó a todos los sectores. Como las características y precio la alejaron del alcance del obrero individual, la máquina fue esencial para la aparición de la clase obrera poseedora tan sólo de su fuerza de trabajo. El núcleo principal de los denominados proletarios lo componían los obreros fabriles, pero también se incluían a los mineros, albañiles, etcétera. Algunos trabajadores no pertenecientes a esta gran industria (artesanos, tipógrafos, broncistas, etc.), al ser dueños a veces de los medios de producción, fueron considerados como una aristocracia obrera y, al conservar lazos de solidaridad dentro de las asociaciones, constituyeron la elite rectora hasta la segunda mitad del siglo XIX del movimiento obrero y fue muy importante su intervención en toda la problemática de su clase”.
El historiador español Francesc Ll. Cardona (1954) relata en su ensayo “Karl Marx. El hombre y su mundo” como los obreros tenían que desenvolverse en medio de durísimas condiciones materiales y sociales: “locales de trabajo insalubres, dureza de la labor, excesivos horarios y una rígida disciplina, explotación de mujeres y niños con salarios más bajos de lo que ya eran normalmente, mayor competencia por ello y agravación del paro. Además, como las ciudades y zonas industriales habían crecido de forma rápida y desmesurada tan sólo bajo el empuje de la industrialización y sin ninguna planificación ni servicios elementales de limpieza, abastecimiento de agua, sanidad y vivienda adecuadas para la clase trabajadora, de regreso a su hogar, los obreros tenían que soportar alojamientos lúgubres e insanos, deficiente alimentación y un cúmulo de problemas familiares entre los que eran moneda corriente la enfermedad y el consiguiente bajo rendimiento o pérdida de empleo, ya que el desamparo más absoluto se desataba ante la enfermedad, el paro o la vejez”.


Uno de los puntos más débiles del proletariado y cuya superación se estimó imprescindible en el camino de la conquista de mejoras y libertades, fue su nula formación cultural. Existían impuestos sobre el saber y presiones y dificultades de todo tipo. En medio de éstas se abrieron algunos centros culturales dedicados al proletariado y se editaron revistas como “Political Register” a cargo de William Cobbett (1763-1835), un periodista radical que criticaba los efectos de la industrialización en la Inglaterra rural. Sin embargo, los obreros desconfiaban de estas instituciones patrocinadas por la pequeña burguesía al descubrir que su finalidad era la de atraer sus votos. Simultáneamente, el proceso de transformación económica expulsó a miles de personas de su hábitat natural y el éxodo rural provocó un desordenado crecimiento urbano, lo que contribuyó al aumento del vagabundeo y la mendicidad. Todo ello trajo aparejado un aumento de la criminalidad, la violencia, el infanticidio, la prostitución, el alcoholismo, lo que provocó en las clases acomodadas un efecto de rechazo por las clases trabajadoras a las que se responsabilizó como peligrosas generadoras de enfermedades y vicios, así como dispuestas siempre al motín y a la insurrección.
La forma de Marx de enfocar el estudio de esta realidad demuestra que su relación como historiador con las causas tiene el mismo carácter doble y recíproco que la relación que lo une a sus hechos. Las causas determinan su interpretación del proceso histórico, y su interpretación determina la selección que de las causas hace, y su modo de encauzarlas. La jerarquía de las causas, la importancia relativa de una u otra causa o de este o aquel conjunto de ellas, tal es la esencia de su interpretación. Pero, para hacerla, Marx desarrolló una teoría filosófica que presenta la particularidad de estar constituida por dos disciplinas científicas unidas una a otra por razones de principio, aunque efectivamente distintas entre sí, ya que sus objetos son distintos: el materialismo histórico y el materialismo dialéctico.
Tal como expone Althusser en “Écrits philosophiques et politiques” (Escritos filosóficos y políticos), el materialismo histórico es la ciencia de la historia. “Puede ser definida con mayor precisión como la ciencia de los modos de producción, de sus estructuras propias, de sus constituciones, de sus funcionamientos, y de las formas de transición que hacen pasar de un modo de producción a otro. El capital representa la teoría científica del modo de producción capitalista”. Así, la historia es el resultado del modo en que los seres humanos organizan la producción social de su existencia. En ella, dice Marx en “Grundrisse der kritik der politischen ökonomie” (Contribución a la crítica de la economía política), “los hombres entran en relaciones determinadas, necesarias e independientes de su voluntad, en relaciones de producción que corresponden a un grado determinado de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones constituye la estructura económica de la sociedad, o sea, la base real sobre la cual se alza una superestructura jurídica y política y a la cual corresponden formas determinadas de la conciencia social. En general, el modo de producción de la vida material condiciona el proceso social, político y espiritual de la vida. No es la conciencia de los hombres lo que determina su ser, sino al contrario, su ser social es el que determina su conciencia. En un determinado estadio de su desarrollo las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes o, por usar la equivalente expresión jurídica, con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se habían movido hasta entonces. De formas de desarrollo que eran las fuerzas productivas, esas relaciones se convierten en trabas de las mismas. Empieza entonces una época de revolución social”.


Tal es, evocada de modo muy esquemático, la naturaleza de la primera de las dos ciencias fundadas por Marx: el materialismo histórico. Pero, al fundar esta ciencia de la historia, Marx fundó al mismo tiempo otra disciplina científica: el materialismo dialéctico. “Aquí interviene -dice Althusser en la obra citada- una diferencia de hecho. Mientras que Marx logró muy ampliamente desarrollar el materialismo histórico, no pudo hacer lo mismo con el materialismo dialéctico, sino únicamente echar sus bases, sea en rápidos esbozos, sea en textos polémicos, en algún texto metodológico muy denso y en algunos pasajes de ‘El capital’. Fueron las necesidades de la lucha ideológica en el terreno de la filosofía las que llevaron a Engels y a Lenin a desarrollar más ampliamente los principios esbozados por Marx del materialismo dialéctico. De todos modos, ninguno de esos textos ni los textos de Engels y de Lenin, que son también, en lo esencial, textos polémicos o textos de lectura, presentan un grado de elaboración y de sistematicidad ni, por tanto, de cientificidad comparable de lejos al grado de elaboración del materialismo histórico que encontramos en ‘El capital’”.
El materialismo dialéctico es una disciplina científica distinta al materialismo histórico. La distinción entre estas dos disciplinas científicas reposa en la distinción de sus objetos. El objeto del materialismo histórico está constituido por los modos de producción, su constitución y sus transformaciones. El objeto del materialismo dialéctico está constituido por lo que Engels llamó “la historia del pensamiento”, o lo que Lenin denominó la historia del “paso de la ignorancia al conocimiento”, o lo que Althusser designó como la “historia de la producción de conocimientos”. La teoría del conocimiento, entendida de esta manera -agrega precisamente el filósofo francés-, constituye el corazón de la filosofía marxista. “Estudiando las condiciones reales de la práctica específica que produce los conocimientos, la teoría filosófica marxista es llevada necesariamente a definir la naturaleza de las prácticas no científicas (prácticas ideológicas) y todas las prácticas reales sobre las cuales está fundada la práctica científica y con las cuales está en relación (práctica de la transformación de las relaciones sociales o práctica política; práctica de transformación de la naturaleza o práctica económica). Esta práctica pone al hombre en relación con la naturaleza, que es la condición material de su existencia biológica y social”.


“Es por esto que el materialismo es llamado dialéctico: la dialéctica, que expresa la relación de la teoría con su objeto, la expresa no como la relación entre términos simplemente distintos, sino como interior a un proceso de transformación, de producción real, por consiguiente. Es esto lo que se afirma al decir que la dialéctica es la ley de la transformación, del devenir de los procesos reales (tanto de los procesos naturales y sociales como de los procesos del conocimiento). Es en este sentido que la dialéctica marxista no puede ser sino materialismo pues no expresa la ley de un puro proceso imaginario o pensado, sino la ley de los procesos reales, que son ciertamente distintos y relativamente autónomos pero que están todos fundados en última instancia en los procesos de la naturaleza material”, concluye Althusser. El materialismo dialéctico, entonces, considera que no existe más realidad fundamental que la materia, pero la materia no es una realidad inerte sino dinámica, que contiene en sí la capacidad de su propio movimiento como resultado de la lucha de los elementos contrarios (siendo la contradicción la esencia de la realidad) que se expresa en el movimiento dialéctico. “Todo cambia completamente en cuanto consideramos las cosas en su movimiento, su transformación, su vida, y en sus recíprocas interacciones -afirmaba Engels en ‘Herrn Eugen Dührings umwälzung der wissenschaft’ (Anti-Dühring)-. Entonces tropezamos inmediatamente con contradicciones. El mismo movimiento es una contradicción; ya el simple movimiento mecánico local no puede realizarse sino porque un cuerpo, en uno y el mismo momento del tiempo, se encuentra en un lugar y en otro, está y no está en un mismo lugar. Y la continua posición y simultánea solución de esta contradicción es precisamente el movimiento”.
La teoría del materialismo dialéctico marxista remodeló su antecedente hegeliano sin constituir su antítesis ni su prolongación. Si bien hubo incluso una corriente marxista que entendió que el materialismo dialéctico, concebido como visión general del mundo, era una extensión indebida de la teoría crítica al conjunto de las ciencias naturales que provenía de una elaboración exclusiva de Engels ajena a Marx ya que éste se concentró en el análisis socioeconómico, político e histórico, la denominación de materialismo dialéctico continúa siendo adecuada para caracterizar un procedimiento que ofrece grandes contribuciones para el desarrollo actual de la economía política. La dialéctica no es sólo un método para el estudio de la economía capitalista. Es, sobre todo, una concepción del mundo y esta concepción es radicalmente diferente de las concepciones anteriores porque no se separa metafísicamente de la realidad y de las ciencias específicas que estudian aspectos diversos de esa realidad, sino que constituye la generalización más amplia de sus resultados.
El materialismo dialéctico, entonces,  asume consecuentemente el proceso sociohistórico. Pero aún más: el propio núcleo de la filosofía marxista, o sea, la dialéctica es una concepción del movimiento, del cambio y desarrollo de lo real, no sólo de sus cambios cuantitativos, sino de la relación de estos con los cambios cualitativos y de las fuerzas que los determinan las contradicciones inherentes a todo lo existente. Esta idea del desarrollo que es la dialéctica la conforma como método del conocimiento que nos conduce a la esencia de cualquier proceso y, en consecuencia, como guía para la acción práctica que busca intervenir en él. Hoy, cuando la economía de mercado difunde la ideología neoliberal como única verdad absoluta -una ideología que trastoca los paradigmas educativos del lenguaje, fomenta la alienación, destruye el medio ambiente y profundiza las inequidades sociales-, los hechos, analizados desde el materialismo dialéctico lo posicionan a éste como un método de investigación válido para acercarse al conocimiento y descubrir la realidad, el mundo, la vida y la naturaleza, interpretar las ciencias exactas y las ciencias humanas, y analizar los vertiginosos cambios estructurales de la economía, la política y la sociedad.
Desde el comienzo, la historia estuvo determinada por la escasez -dice Horkheimer en “Gesellschaft im übergang” (Sociedad en transición)-. Los unos debían mandar, los otros tirar de la carreta. Con el paulatino perfeccionamiento de los utensilios, desde la azada hasta la máquina, pasando por el arado, pudieron las tribus, países, Estados aumentar su sustento y filialmente seguir un género de vida que correspondiera al desarrollo de sus energías. Con el perfeccionamiento de los instrumentos, la orden se convirtió en directriz, en indicación. Marx y Engels creían que había llegado ya la época en la que, a base de los nuevos logros técnicos, el orden social ya no debía determinarse por la índole del trabajo, como algo necesario y natural, señores o burgueses por un lado, obreros por otro lado. Consideraban que las clases era algo ya superado. La física, la química, la técnica, el saber que hacía posible el dominio de la naturaleza había progresado tanto que el orden humano ya no debía ser dictado por el rendimiento en el proceso de la producción, por la jerarquía, poder de la posesión, autoridad. Si bien las instrucciones siguen siendo necesarias en las realizaciones industriales, podía preverse un futuro en el que las diferencias entre la dificultad de diversas funciones en la producción carecerían de importancia, e incluso, serían intercambiables. Los sistemas de gobierno, las condiciones de clase resultarán anticuados, irracionales, cuando las fuerzas humanas, el saber, los instrumentos hayan progresado tanto que pueda lograrse la producción de una vida abundante para todos sin subordinación, sin injusticia”.


Trotsky aseveraba que para un revolucionario el entrenamiento dialéctico de la mente es tan necesario como ejercitar los dedos para un pianista. Es suposición previa en la historia el que el hombre es capaz de sacar provecho -no que siempre lo haga- de la experiencia de sus predecesores, y que el progreso descansa, en la historia y frente a lo que ocurre con la evolución en la naturaleza, sobre la transmisión del acervo así adquirido. Este legado incluye tanto los bienes materiales como la capacidad de dominar, transformar y utilizar el mundo circundante. Y desde luego ambos factores están estrechamente relacionados, y reaccionan recíprocamente. Nada, ni las situaciones más complicadas, fueron ni serán jamás definitivas. La historia presente lo demuestra. Aquí no se trata del “fin de la historia” como se ha pretendido persuadirnos apelando al método que el escritor irlandés Oscar Wilde (1854-1900) llamaba “pegar golpes bajos intelectuales”, sino, por el contrario, de un comienzo de ésta, agitada y manipulada como nunca, determinada y dirigida en un sentido único hacia un “pensamiento único”, estructurada, a pesar de la eficacia elegante con que se lo disimula, en torno de las ganancias de las clases dominantes. Algunos dicen que lo nuevo no puede empezar antes de que haya llegado su tiempo. A lo mejor ya es tiempo de cambiar el mundo, empezando por uno mismo, claro.