10 de marzo de 2019

Gérard Klein. Jugando a las escondidas

Gérard Klein nació en 1937 en Neuilly sur Seine (Francia). Después de editar una larga serie de relatos de aventuras de ciencia ficción con el seudónimo de Gilles d'Argyre, publicó su primer cuento importante en octubre de 1955 en la revista “Galaxie”. Al año siguiente comenzó a colaborar en la revista “Fiction”, para la cual escribió varias docenas de cuentos, así como también innumerables artículos y notas críticas. Influido por la prosa melancólica y evocadora de Ray Bradbury (1920-2012)​​, la rareza y soledad de Franz Kafka (1883-1924) y el peculiar estilo surrealista y agresivo de J. G. Ballard (1930-2009), se ha destacado no sólo como escritor sino también por su labor como editor en grandes colecciones del género de la ciencia ficción.
Su primera novela, “Le gambit des étoiles” (La táctica de las estrellas) apareció en 1958. Con ella obtuvo ese mismo año el premio Jules Verne. Su obra más original e importante fue “Les virus ne parlent pas” (Los virus no hablan) de 1967. Otras de sus novelas son “Les tueurs du temps” (Los asesinos del tiempo), “Le sceptre du hasard” (El cetro del azar), “Le long voyage” (El largo viaje), “Chirurgiens d'une planète” (Cirujanos de un planeta) y “Les seigneurs de la guerre” (Los señores de la guerra).
Los viajes en el tiempo, las guerras entre planetas y civilizaciones, las ciudades que flotan en el aire, los pájaros inteligentes que hablan de filosofía, los extraterrestres aracnoides y los monstruos que atraviesan las corrientes espaciotemporales transitan por sus obras entre la nostalgia y la mitología.
Sus cuentos dispersos fueron agrupados en las colecciones “La loi du talion” (La ley del talión) y “Réhabilitation” (Rehabilitación), los que fueron publicados con gran éxito y traducidos a varias lenguas. De entre ellos la siguiente perlita:

A LA ESCONDIDA

Había sido una obra de largo aliento. Durante diez años, jamás había salido de la biblioteca en la cual trabajaba, entintando hoja tras hoja, apilándo­las, releyéndolas pocos meses después, viajando en un prodigioso universo matemático que iba creando lenta­mente.
A mediados del décimo año, vio perfilarse la silueta del resultado. La última ecuación. La perfecta solución. La prueba matemática de la existencia de Dios.
Se había visto obligado a tomar en cuenta todos los factores, a edificar un modelo exacto y teórico del uni­verso, a reunir un millón de coordenadas, anudarlas en fajos compactos, prenderles fuego y pesar sus cenizas. Pero ahora, conocía la última ecuación, la escribía, la de­mostraba. Con su extremada sencillez, no cubría más que un millar de páginas. Trabajó veinte horas diarias. En tres meses de labor agotadora, concluyó esta obra, último resultado del espíritu humano.
Escribió la última línea, delineó amorosamente el últi­mo carácter, trazó una raya al pie de la página, se pre­guntó si iba a poner la palabra "fin" en mayúsculas. Entonces la voz todopoderosa, aplastante, majestuosa, tronó por todas y ninguna parte. Dio un brinco, espan­tado.
-Está bien -decía la voz-, me has encontrado. A ti te toca esconderte ahora. Cuento hasta un millón de años. Y no intentes hacer trampa.