26 de mayo de 2019

Buenos Aires y el cuento. Sinopsis de los primeros cien años de una relación fructífera

3º parte. Las innovaciones en el espacio intersecular

La Generación del ’80 retomó entusiastamente una voluntad de creación y de innovación vinculada con la compleja y densa amalgama demográfica y social que habitaba Buenos Aires. Este proceso de modernización cultural incluyó nuevas publicaciones que señalaron cambios de tono y de contenido. En esa dirección descolló el médico Eduardo Holmberg (1852-1937), cuyos relatos entre policiales y fantásticos publicados en diversos periódicos y semanarios porteños mostraron un uso literario del saber científico distinto al de otros escritores de la época. Además de incorporar las teorías científicas en la ficción, aprovechó la autonomía de la esfera literaria respecto al rigor de la metodología de las ciencias para polemizar con la academia y cuestionar los alcances del saber científico. Entre sus relatos más interesantes pueden citarse: “Clara”, “Dos partidos en lucha”, “Viaje maravilloso del señor Nic Nac al planeta Marte”, “El ruiseñor y el artista”, “Horacio Kalibang o los autómatas”,La pipa de Hoffmann”, “Nelly”, “Filigranas de cera”, “La bolsa de huesos”, “Boceto de un alma en pena” y “La casa endiablada”, narraciones que aparecerían reunidas en 1904 bajo el título de “Cuentos fantásticos”. También pueden leerse en la serie de la literatura fantástica los relatos de Eduarda Mansilla de García (1838-1892) “El ramito de romero”, “Dos cuerpos para un alma” y “La loca” reunidos en “Creaciones”; “El doctor Whüntz” de Luis Vicente Varela (1845-1911), jurista que firmó sus obras bajo el pseudónimo de Raúl Waleis sumando a los debates científicos el saber de la jurisprudencia; algunas producciones narrativas de Carlos Olivera (1854-1910) incluidos en el volumen “En la brecha” como “Los muertos a hora fija” y “El hombre de la levita gris”, y varios de los textos recogidos en “Páginas literarias” de Carlos Monsalve (1859-1940) como “El caso del Dr. Pánax y su ayudante” y “De un mundo a otro”.


Pero, a partir de aquellas dos últimas décadas del siglo XIX, el realismo, unido luego al naturalismo, ganó terreno tal vez influido por las narrativas española y francesa en las que sobresalieron escritores como, por ejemplo, Pedro Antonio de Alarcón (1833-1891) con sus “Cuentos amatorios” y “Narraciones inverosímiles”; Benito Pérez Galdós (1843-1920) con cuentos como “La sombra”, “La pluma en el viento o El viaje de la vida” y “La novela en el tranvía” publicados en diversos periódicos y revistas; Emilia Pardo Bazán (1851-1921) con “Cuentos de la tierra” y “Cuentos sacro-profanos”; Émile Zola (1840-1902) con “Contes à Ninon” (Cuentos a Ninon); Alphonse Daudet (1840-1897) con “Les contes du lundi” (Cuentos del lunes); y, principalmente, Guy de Maupassant (1850-1893) con “Contes du jour et de la nuit” (Cuentos del día y de la noche), “Contes de la bécasse” (Cuentos de la becada), “La maison Tellier” (La casa Tellier) y “Le Horla” (El Horla) entre muchos otros. El periodismo reflejó ese momento de la producción narrativa con sus folletines y sus traducciones. Diarios como “Sud América”, “El Diario”, “El Nacional” y “La Nación”, publicaron una buena cantidad de esas narraciones.
Durante esos años se produjo una gran renovación en las prácticas literarias y las corrientes estéticas, cuyo principal escenario fue, como ya se ha dicho, Buenos Aires; una urbe que aceleradamente comenzó a introducir los ritmos de la ciudad moderna. Las grandes ciudades fueron desde la antigüedad un espacio generador de imágenes, tal vez uno de los más movilizadores. Ya en la literatura antigua el tema de la “polis griega”, la “civitas” romana, estaba presente, y Buenos Aires, a partir del impacto industrial y urbano de ese período, impregnó toda la literatura. Fue un momento de grandes cambios políticos, culturales y sociales que, originados en gran medida por las olas inmigratorias, produjeron un proceso de creciente urbanización y alfabetización, un desarrollo comercial y administrativo, y varias formas de democratización que fueron creando las bases del moderno público masivo.


La existencia de este público, nacido de las campañas de alfabetización, se articuló con el surgimiento de la prensa popular, cuyas primeras manifestaciones fueron el aumento decisivo de la oferta periodística y la proliferación de revistas. En esta expansión de la prensa se ubica el nacimiento en 1898 de la revista “Caras y Caretas” dirigida por el susodicho Fray Mocho, cuyo gran hallazgo fue la mezcla miscelánea de caricaturas e ilustraciones junto con gran cantidad de temas nacionales y extranjeros que abarcaban desde noticias sociales y notas de interés general hasta consejos sanitarios y novedades sobre la moda. Junto a esa mezcla de notas, la revista publicaba textos literarios, provenientes también de estéticas diferentes: el modernismo, el costumbrismo y el realismo. Muchos escritores desarrollaron su iniciación literaria de estilo breve en esa revista, sobre todo en sus primeros tiempos cuando el espacio dedicado a ellos se reducía a una página. De allí que, dada la notoriedad que ofrecía aquella tribuna, germinara copiosamente en la prosa el cuento corto.


En 1893 había arribado a Buenos Aires el poeta nicaragüense Rubén Darío (1867-1916), una figura que despertó interés en los medios intelectuales, no sólo entre la alta clase social sino también en los cenáculos literarios de cafés y tertulias. El restaurante “Aue's Keller”, ubicado en Piedad 650, entre Maipú y Florida, fue el ámbito de los coloquios que giraban alrededor de Darío y a la que asistían muy diversos personajes de la vida artística e intelectual de la época. Gracias a él el modernismo se convirtió en la expresión emblemática de la autonomía del mundo artístico frente a lo político. El propio Darío fundó junto a Ricardo Jaimes Freyre (1866-1933) la "Revista de América" -de efímera existencia- con el propósito de convertirla en órgano de la nueva generación. Otros medios periodísticos que surgieron por entonces con esa orientación fueron “El Mercurio de América”, dirigido por Eugenio Díaz Romero (1877-1927); “El Almanaque Sud-Americano”, fundado por Casimiro Prieto Valdés (1847-1906); y “El Almanaque Peuser” (1888), una creación de Jacobo Peuser (1843-1901). Groussac, si bien no adhería completamente a la orientación ideológica de la generación del ’80, permitió que colaboraran varios representantes del modernismo en las páginas de “La Biblioteca”, revista que publicaba la Biblioteca Nacional por él dirigida. También contribuyeron en la difusión de los objetivos literarios modernistas los diarios “La Prensa” y “La Nación”.
Si bien la producción literaria modernista alcanzó sus manifestaciones más logradas en la poesía lírica gracias a la fuerte influencia de Rubén Darío y también la de su amigo el poeta cubano José Martí (1853-1895), no dejó sin embargo de proyectar sus novedades temáticas y expresivas en la novela y el cuento. En medio de un clima de rebeldía social y política generado por el enfrentamiento entre la pequeña y privilegiada elite gobernante de ideas conservadoras y las florecientes y heterogéneas clases medias y trabajadoras compuestas en su mayoría por inmigrantes de Europa que traían ideas socialistas y anarquistas, surgieron cuentistas como Leopoldo Lugones (1874-1938), autor de “Cuentos fatales”, “La guerra gaucha” y “Las fuerzas extrañas”; Manuel Ugarte (1875-1951) autor de “Crónicas del boulevard” y “Cuentos de la pampa”; y Alberto Ghiraldo (1875-1946), quien publicara varios cuentos en el semanario “El Sol”. A la vez, el empuje modernista de las influencias del llamado “príncipe de las letras castellanas” generó el surgimiento de un conjunto de escritores provincianos que, lejos de Buenos Aires, vigorizaron el aspecto nativista de la literatura. En ese sentido descollaron, por ejemplo, Martiniano Leguizamón (1858-1935) con “Recuerdos de la tierra”, Francisco Soto y Calvo (1858-1936) con “Cuentos de mi padre”, Joaquín V. González (1863-1923) con “Mis montañas” y Roberto Payró (1867-1928) con “Pago Chico”. En todos estos tomos de cuentos abundaron temas costumbristas, las tradiciones y los hábitos regionales.


Mientras tanto en la gran urbe porteña, con la llegada del nuevo siglo, los hábitos culturales iban cambiando de manera gradual. El crecimiento poblacional supuso, entre otras cosas, la modificación del consumo -y también de la oferta- de las actividades artísticas. Las colectividades de inmigrantes, principalmente, la italiana y española, fundaban asociaciones y a ellas se sumaba, frecuentemente, un teatro que contrataba compañías del país de origen, con un repertorio atractivo para su amplio público. La nueva población mostraba destrezas y aptitudes como la lectura y la escritura, necesarias para participar de esas actividades en expansión. No sólo hubo más gente que fuera al teatro y leyera, sino también más variedad de obras y de textos a disposición de un número creciente de consumidores con gustos diferentes. En principio, el público se configuró en torno de la asistencia a los teatros de las comunidades de inmigrantes. Como esas personas eran también potenciales lectores, se diseñó para ellas un conjunto variado de ofertas: revistas de humor político, revistas culturales, secciones en los diarios tradicionales -como la de crítica teatral- y diarios no tradicionales, como “La Protesta”, de orientación anarquista, que llegó a competir en tirada con el prestigioso “La Nación”. Poco a poco comenzaron a surgir editoriales que ofertaron publicaciones periódicas en el económico formato del folletín; los textos de ficción eran, en general, melodramas y policiales. También se editó literatura clásica a bajo precio y en grandes tiradas. Las pequeñas imprentas que editaban un periódico y unos pocos libros por cuenta de los autores dieron paso entonces a las editoriales, empresas que producían textos porque existía un público dispuesto a consumirlos. Surgía así una incipiente industria de bienes culturales.


Por lo que atañe al cuento, en general sus características hacia la primera década del siglo XX no variaron en lo sustancial con respecto al siglo anterior. Pero, con la llegada de la época del Centenario aparecieron nuevos valores. Todos los escritores de esa época escribían cuentos, aun aquéllos que se dedicaban a otros géneros y actividades. El periodista y crítico teatral Juan Pablo Echagüe (1875-1950) publicaba sus cuentos “Por donde corre el Zonda”; Héctor Blomberg (1889-1955), letrista de tangos y comediógrafo, hacía lo propio con “Los habitantes del horizonte”; y Godofredo Daireaux (1849-1916), ganadero y agricultor, lo hacía con “Las veladas del tropero” y “Cada mate un cuento”. Sería Horacio Quiroga (1878-1937) el más destacado de esta generación con sus relatos breves de una marcada inclinación por lo regional o lo sociológicamente tradicional en sus libros de cuentos “El crimen del otro”, “El salvaje”, “Las sacrificadas”, “Anaconda”, “El desierto”, “Los desterrados”, “Cuentos de amor de locura y de muerte” y “Cuentos de la selva”.