El 6 de julio de 1986
Giardinelli publicó en el periódico mexicano “Excélsior” el artículo
“Reflexiones sobre la literatura de la onda”. En él puntualizó: “José Agustín
en su caso parece haber trabajado su última novela con la historia para contar
y la contó. Se trata de ‘Ciudades desiertas’, sólida narración de doscientas
páginas publicada por la casa Edivisión con un formidable, desusado tiro de
treinta mil ejemplares. Uno puede imaginar a este autor, sentado ante su
máquina de escribir, sin la menor pretensión de inventar nada nuevo. Evidentemente,
Agustín no se propuso ninguna revolución literaria; no intentó deslumbrar a
nadie. Hizo lo que tenía que hacer y el resultado fue -es- magnífico. ‘Ciudades
desiertas’ es una historia narrada vertiginosamente, con humor, con ternura,
con gracia y encanto, pero a la vez con una profundidad constantemente
sugerida, ineludiblemente presente. En todo el contexto de estas páginas, hay
una dimensión filosófica, una propuesta de vida que le trasciende al texto y lo
convierte en una exposición de las actitudes del ser mexicano. Hay una solidez
ideológica y escritural poco común. Y así, bajo la apariencia de un ‘best
seller’ destinado al puro consumo, Agustín logra pergeñar una novela
encantadora, que se hace gustar, que se hace querer, que se disfruta línea a
línea. Y lo logra con un tratamiento sencillo pero agudo, ágil pero implacable,
con un estilo dialogado y juguetón que no admite desmerecimientos y que, al
contrario, alcanza un nivel narrativo excelente. Esto hace pensar que ya va
siendo hora de que se considere a este autor como uno de los más serios de la
literatura mexicana contemporánea. Ya no parece justificado seguir pensando a
Agustín como ‘el autor de la onda’, esa forma medio piadosa de disminuirlo en
su consideración. Agustín, al que conocemos personalmente, no parece preocupado
por los encasillamientos y sí, en cambio, por afianzar su oficio pero a la vez
superándolo; es decir, resalta ya como un escritor en la plenitud de su madurez
narrativa. Y con un conocimiento y una formación mucho mayor, y mejor, de lo
que hace pensar el mote de ser ‘de la onda’. ‘Ciudades desiertas’ es una
historia de amor, pero es también -como dice Elena Poniatowska en la
contraportada- una mirada despiadada sobre México. Y, más aún, esa mirada se
proyecta sobre Estados Unidos, país cuyos tics y manías, obsesiones y la parte
espantosa del ‘American way of life’ aparecen diseccionados magníficamente en
esta obra. La novela presenta, para ver todo eso, a un mexicano regocijante,
dulce, contradictorio, arbitrario, abrumadoramente desmadroso,
perturbadoramente auténtico en su locura amorosa. Todo ello contado por Agustín
con una soltura, con un manejo de coloquio sencillamente impecable. En
‘Ciudades desiertas’, Agustín muestra la mezquindad, la insipidez y el frío total
de una ciudad norteamericana. Para Susana, ‘si París era una fiesta, Estados
Unidos era una tienda’. Pero, sobre todo, la novela es una autocrítica brutal,
como mexicano. Eligio es cualquier mexicano, con su deliciosidad y con su
arbitrariedad dolorosa”.
Muchos años después, el 25 de febrero de 2024, se le rindió un homenaje póstumo a José Agustín en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México, destacando su legado irreverente, literario y roquero. En esa ocasión, la escritora y periodista mexicana Elena Poniatowska (1932) señaló que de estar presente: “José Agustín estaría muy emocionado y diría ‘qué está pasando, se han vuelto locas las autoridades’, porque él fue un contestatario, fue un hombre que se levantó contra la injusticia, así que para él sería una sorpresa enorme, así como lo fue para José Revueltas, que aquí en este gran y bellísimo espacio se le rindiera el homenaje que le está dando frente a Margarita y sus hijos, grandes mexicanos como lo fue su papá”. Recordó que, en los ‘60, José Agustín se inició en la literatura mexicana al lado de Gustavo Sainz (1940-2015), Juan Tovar (1941-2019), Parménides García Saldaña (1944-1982) y Margarita Dalton (1943). “José Agustín abrió las puertas de la cultura de la chanza a los jóvenes que hicieron de la irreverencia una forma de acercarse a la literatura. De ‘La tumba’, ‘Se está haciendo tarde’ y de muchos otros libros salieron voces de risa, de irreverencia que muchos festejaron; por fin se sentían representados y representadas las niñas de minifalda y los greñudos de pantalones de mezclilla”.
La escritora, quien en 2022 en el mismo Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México había sido homenajeada en ocasión de su nonagésimo cumpleaños, expresó que “José Agustín reía y hacer reír es hacerle un bien a los demás, y para sorpresa de todos resultó muy culto, sabía mucho de literatura francesa e inglesa. José Agustín le trajo un aire nuevo a la literatura mexicana, introdujo la antisolemnidad y la buena onda que proviene no sólo del relajo y la risa del rock, sino de la solidaridad. Muy pocos saben que José Agustín cultivó caña en los campos de la Revolución Cubana y tampoco saben que le ayudó a José Revueltas a escribir ‘El apando’ en Lecumberri. Abrió muchas puertas para que entrara aire fresco en el ambiente catedralicio y solemne de la literatura mexicana”. Lo que sigue es la segunda y última parte de la conversación que mantuvieron José Agustín y Mempo Giardinelli que fue reproducida en el nº 50 de la revista “Crisis” de enero de 1987.
M.G.: ¿Cómo se ha hecho
presente la política en tu actividad literaria? ¿De qué manera conviven en ti
el escritor y el ciudadano preocupado por lo que pasa en su sociedad?
J.A.: Mira, no sé, pero
desde un principio, desde chavito, me tocó muy de cerca la realidad política.
Leí a Marx, como todo el mundo, a Engels, a Kautzky, a Hegel. Bueno, a Hegel
hasta donde pude. Siempre me he sentido una persona de izquierda, firme,
honrada, sincera. Pero también desde que escribo, primero intuitivamente, y
luego con más conciencia, hice claramente una distinción, la misma que has
hecho tú y una cantidad de gente: que los preceptos políticos no te pueden
imponer una línea literaria. Porque se dificulta la creatividad, se hace
panfletaria la obra y eso porque los preceptos te constriñen, te limitan, te
esterilizan. Podrás hacer textos de alguna importancia política, pero de nulo
valor literario. Y yo siempre trato de escribir mi literatura lo mejor posible,
en mis propias características y con la legalidad interna de ellas. Al mismo
tiempo, trato de mantener una actitud coherente en lo político, como ser
humano. Pero no milito en partidos. Lo cual no obsta para que yo me considere
una persona preocupada por la profundización de la crisis en México.
M.G.: Me decías que la
situación ha empeorado muchísimo. ¿Podrías explicarlo, pensando en un lector
argentino? Desdichadamente, una de las consecuencias de nuestras dictaduras ha
sido una cierta forma de alienación; hay como un extrañamiento respecto de lo
que sucede en otras sociedades. Y a la vez, lo positivo es que el interés
existe.
J.A.: Bueno, yo creo que
nuestra crisis se hace profunda no sólo por una cuestión de deuda externa,
inflación y pauperización de capas cada vez más amplias de la sociedad,
mientras la alta burguesía y la cúpula burocrática se siguen enriqueciendo. En
México tenemos un sistema que aún presume de revolucionario y que se ha
enquistado en el poder desde hace setenta años. La Revolución Mexicana murió
desde los años ‘40, pero la gente sólo empezó a ser consciente de ello desde
1968. De 1982 a la fecha la cuestión sólo se ha agudizado, hasta llegar a lo
que vivimos ahora. Hemos tenido un sistema de vida que ya está totalmente
corrupto, pero al cual la gente se aferra por miedo a los cambios, por
estupidez, por los traumas de la Revolución de 1910 y del movimiento
estudiantil de 1968. El gobierno se ha derechizado y ha entregado la nación a
Estados Unidos y a los empresarios y grandes comerciantes. Los partidos de
izquierda ya no sirven para nada, y los de la derecha actúan a sus anchas, casi
impunemente. El PAN, Partido de Acción Nacional, parecía estar capitalizando el
descontento, el descrédito y la desconfianza, pero igualmente, en este año, ha
empezado a perder crédito por su servilismo hacia Estados Unidos y por su labor
de agitación cacerolista. La gente en México está desencantada, pero no es
estúpida. Del '68 a la fecha la conciencia crítica ha ido en aumento y sólo los
más inanes de los ricos y de la alta clase media idiota cree que darle las
nalgas a Reagan puede servir de algo. Por eso, a partir del desmadre electoral
de Chihuahua, a mediados de este año, el PAN y la derecha también han visto que
pierden la aparente ventaja que tenían. El desencanto es total, abarca al
gobierno, a la burguesía, a la izquierda y a los modos de vida. Por eso creo
que vivimos en medio de una nueva transformación dolorosísima, claramente
transitoria, que va a cambiar las cosas en una gran proporción en un corto y
mediano plazo. En lo inmediato la derechización va a proseguir, pero estamos al
borde del fin del sexenio de Miguel de la Madrid y la sucesión presidencial ya
desde ahora es detonador de condiciones absolutamente nuevas en México. Las
cosas se han agudizado tanto que las componendas son muy difíciles; quizá
logren transar los grandes intereses económicos y políticos, pero la crisis se
ahondará aún más en los próximos años. Las cosas están tocando fondo, y cada
vez más es evidente el envilecimiento y la seducción a la degradación política,
económica y moral de casi toda la sociedad. Pero al mismo tiempo, estos
problemas candentes e insoslayables son demasiado visibles. Ya no es posible
seguir con el doble pensar, fingiendo inconsciencia por mucho tiempo. Por eso
creo que la profundidad de la crisis va a ir modificando las maneras de ser,
los modos de comportamiento individual y social, y que esto paulatinamente se
manifestará en el aspecto político y económico. Quizá peque de ingenuidad y de
optimismo irredimible, pero en verdad creo que en México se están generando las
condiciones para una transformación que será decisiva no sólo para nuestro
país, sino para toda América Latina. Se están forjando, con terribles dolores
de parto, los rasgos del próximo milenio.
M.G.: Teniendo México,
como tiene, un movimiento intelectual tan importante, con la cantidad de medios
de comunicación y aún con la inserción social y la presencia a nivel popular de
muchos de ellos, ¿cómo dirías que vive la intelectualidad esta crisis? ¿Cuál
sería, a grandes rasgos, su reacción y su propuesta?
J.A.: Creo que es visible
cómo los intelectuales han sido rebasados. En el mejor de los casos se llevan a
cabo obras de investigación que permiten encarar mejor la naturaleza de lo que
vivimos. Otras veces se producen obras artísticas que reflejan sin ilusiones el
contexto que se vive. O simplemente se trata de escribir bien, que ya es
bastante. Pero los intelectuales más prestigiados, con excepciones
brillantísimas como José Emilio Pacheco han dado muestras o de ceguera o de
confusión extrema. Por una parte se halla Octavio Paz, que con su grupo de la
revista “Vuelta” se ha desempeñado en una derechización extraordinaria. Es
increíble cómo Paz, Krauze y Zaid por entercarse en lo que en un principio eran
discusiones de intelectuales, ahora se han convertido en portavoces de la
iniciativa privada y del pensamiento imperial de Ronald Reagan. A veces no se
sabe si habla Paz o habla Shultz. Hace poco en México una espléndida revista,
“El Buscón”, hizo una encuesta entre los grandes dirigentes del PAN y todos
estuvieron muy contentos porque Octavio Paz y los suyos habían llegado a las
posiciones de ese partido. Ni siquiera los veían como sus líderes espirituales,
sino que dejaban implícito que Paz y Enrique Krauze iban detrás de ellos. Esto
es tristemente cierto. Ni siquiera se han constituido como los grandes guías de
la reacción sino en dóciles servidores. Ya conté cómo otro grupo importante de
intelectuales hablan de hacer una literatura “enajenante” y supuestamente
“fantástica”. Ni siquiera tratan de ir al fondo de la subjetividad. Por otra
parte, el otro gran grupo de poder intelectual, el comandado por Carlos
Monsiváis y Héctor Aguilar Camín, que controla el diario “La Jornada”, la
revista “Nexos” y varias publicaciones más, se ha ido acercando al gobierno. Es
curioso cómo pueden oficializarse cuando estamos viviendo el gobierno, el de
Miguel de la Madrid, más entreguista y débil de la historia. Es cierto que el
gobierno mexicano es muy heterogéneo y que hay sectores relativamente
progresistas pero, a fin de cuentas, forman parte del PRI, el oficial Partido
Revolucionario Institucional, que es el más viciado, corrupto y deteriorado de
todos. Al PRI no lo salva nada, ni corrientes “democratizadoras” ni el apoyo
solapado de intelectuales que presumen de izquierda. Hace poco Octavio Paz y
los suyos hicieron ver que los planteamientos del “gang” monsivaísta “sonaban
mucho a PRI”. Por supuesto que tenían razón, pero eso no quitaba que los de
“Vuelta” apestaran al PAN. Estas posiciones de ambos grupos han hecho que mucha
gente ya esté hastiada de ellos, porque los dos comparten, entre sus
diferencias ideológicas, concepciones mafiosas, autoritarias, uniformantes, y
compiten por el poder cultural. Por eso la gente anda a la caza de nuevos
héroes y esto ha beneficiado a poetas talentosos y honestos como Jaime Sabines
y a viejos escritores que fueron marginados, como José Revueltas y Rubén
Salazar Mallén. Los puntos de contacto entre las dos mafias coexisten con sus
diferencias, y por eso hace unos meses ambos coincidieron al firmar varias
cartas públicas en las que pedían la anulación de los comicios en Chihuahua,
que después, para desazón de Monsiváis, fueron utilizadas en Washington por la
ultraderecha para seguir la campaña que Estados Unidos sostiene contra México.
De más está decir, por supuesto, que tanto Octavio Paz, Enrique Krauze, Gabriel
Zaid, como Carlos Monsiváis, Héctor Aguilar Camín, Miguel Angel Granados Chapa,
son intelectuales de una gran inteligencia, brillantes, que han dado obras
fundamentales, importantes para la cultura nacional. Pero tantos años de
ejercer sus tiranías intelectuales, sus caprichos y ninguneos, los han
atrofiado cuando más hace falta su lucidez. Ojalá cambiaran, dejaran de ser un
estorbo y reconquistaran las posiciones que en un momento, y con mucha razón,
los hicieron verdaderos héroes populares.
Muchos años después, el 25 de febrero de 2024, se le rindió un homenaje póstumo a José Agustín en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México, destacando su legado irreverente, literario y roquero. En esa ocasión, la escritora y periodista mexicana Elena Poniatowska (1932) señaló que de estar presente: “José Agustín estaría muy emocionado y diría ‘qué está pasando, se han vuelto locas las autoridades’, porque él fue un contestatario, fue un hombre que se levantó contra la injusticia, así que para él sería una sorpresa enorme, así como lo fue para José Revueltas, que aquí en este gran y bellísimo espacio se le rindiera el homenaje que le está dando frente a Margarita y sus hijos, grandes mexicanos como lo fue su papá”. Recordó que, en los ‘60, José Agustín se inició en la literatura mexicana al lado de Gustavo Sainz (1940-2015), Juan Tovar (1941-2019), Parménides García Saldaña (1944-1982) y Margarita Dalton (1943). “José Agustín abrió las puertas de la cultura de la chanza a los jóvenes que hicieron de la irreverencia una forma de acercarse a la literatura. De ‘La tumba’, ‘Se está haciendo tarde’ y de muchos otros libros salieron voces de risa, de irreverencia que muchos festejaron; por fin se sentían representados y representadas las niñas de minifalda y los greñudos de pantalones de mezclilla”.
La escritora, quien en 2022 en el mismo Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México había sido homenajeada en ocasión de su nonagésimo cumpleaños, expresó que “José Agustín reía y hacer reír es hacerle un bien a los demás, y para sorpresa de todos resultó muy culto, sabía mucho de literatura francesa e inglesa. José Agustín le trajo un aire nuevo a la literatura mexicana, introdujo la antisolemnidad y la buena onda que proviene no sólo del relajo y la risa del rock, sino de la solidaridad. Muy pocos saben que José Agustín cultivó caña en los campos de la Revolución Cubana y tampoco saben que le ayudó a José Revueltas a escribir ‘El apando’ en Lecumberri. Abrió muchas puertas para que entrara aire fresco en el ambiente catedralicio y solemne de la literatura mexicana”. Lo que sigue es la segunda y última parte de la conversación que mantuvieron José Agustín y Mempo Giardinelli que fue reproducida en el nº 50 de la revista “Crisis” de enero de 1987.
