Las primeras obras de
Tomás Eloy Martínez fueron la novela “Sagrado”, los cuentos “Lugar común la
muerte” y las crónicas “La pasión según Trelew”. Tras las amenazas de la Triple
A, la organización terrorista parapolicial peronista, entre 1975 y 1983 vivió
exiliado en Caracas, Venezuela. Tras un breve paso por México, se instaló en
Estados Unidos. Durante los años que vivió allí publicó gran parte de su obra:
“La novela de Perón”, “La mano del amo”, “Santa Evita”, “Las memorias del
general”, “Ficciones verdaderas”, “El sueño argentino”, “El vuelo de la reina”
y “El cantor de tango”. También ejerció como catedrático en la Rutgers University
de Nueva Jersey y se hizo amigo de Paul Auster.
Lo que sigue es la segunda
parte de la charla que mantuvieron ambos escritores, la cual fue publicada el
11 de agosto de 2007 en la revista “ADN. Cultura”.
T.E.M.: ¿Reescribís hasta
encontrar estructura y tono?
P.A.: No, en general dejo el
texto a un lado y luego lo comienzo completamente otra vez.
T.E.M.: Yo comienzo una historia
y cuando me doy cuenta de que he tomado un desvío falso, tengo que volver
atrás. Por lo general empiezo todo desde cero. No sé si te ha sucedido alguna
vez.
P.A.: Más de una vez. Cuando
escribí “El libro de las ilusiones”, un día me di cuenta de que había trabajado
durante dos o tres semanas en la dirección equivocada, y rastreé el texto hacia
atrás hasta la misma oración donde había hecho el giro incorrecto. Quité todo
lo que había escrito desde allí y volví a empezar con esa oración como punto de
partida.
T.E.M.: Yo he tenido que escribir
todas mis novelas por lo menos dos veces. La excepción es “El cantor de tango”,
que sin embargo es la que más les ha gustado a los críticos anglosajones.
Terminé dos versiones completas de “Santa Evita” y tres de “La novela de
Perón”. Lo curioso es que son muy diferentes entre sí. Nunca he publicado las
que me salieron mal y no pienso hacerlo. ¿Qué estás escribiendo ahora?
P.A.: Es un libro muy raro. No
me gustaría hablar de él porque no está terminado. Llevo escritas poco más de
cien páginas. Solo puedo decirte que el protagonista, el narrador, tiene
setenta y dos años.
T.E.M.: Lo que te dije. Tus
personajes se van poniendo más y más viejos de libro en libro.
P.A.: Como yo. Él vive en una
casa con su hija divorciada y su nieta. Su mujer ha muerto. Toda la historia
sucede en una noche. Él no puede dormir, así que descansa en la cama y se inventa
historias y recuerda cosas de su mujer. Va y viene de las historias inventadas
a los recuerdos. Pero el núcleo de la historia es precisamente sobre alguien
que inventa otros mundos y este hombre que halla un lugar allí. El único modo
en que él puede liberarse es matando a la persona que lo ha creado.
T.E.M.: ¿Encontrás puntos de
contacto con tu libro anterior, “Viajes por el Scriptorium”? Ahí los personajes
se desprendían de su vida en las novelas y buscaban al autor para interpelarlo.
P.A.: Sí, pero este otro libro
va mucho más allá. Y el tono es muy diferente. Cada uno de los personajes
piensa y habla de un modo característico. Y esa es la aventura. Esto es algo
nuevo, en desarrollo. Veremos qué pasa. ¿Y vos, estás trabajando en otro libro?
T.E.M.: Sí, he retomado la novela
que interrumpí cuando me enfermé a comienzos de 2006. La enfermedad cambió
mucho mi visión del tema. Lo que ya había escrito, unas doscientas páginas,
trataba de transfigurar en ficciones la vida que yo no había vivido en mi país
durante la dictadura. Siempre sentí una enorme melancolía por ese tiempo
perdido. Si no he podido vivirlo puedo recuperarlo por medio de la escritura,
me dije. Ser en la novela el otro que no pude ser en la realidad, como proponía
Benjamin. Pero el hecho mismo de que mi vida se haya situado durante ese tiempo
en una zona de sombra, que la realidad cotidiana se me haya escurrido y haya
desaparecido de mí, me hizo cambiar de idea. Ahora escribo no sobre lo que está
sino sobre lo que no está. He tardado mucho en saber cómo contarlo. Y todavía
no me siento seguro. Sólo cuando llegue al final sabré si lo que estoy buscando
está escondido en alguna de las páginas. Me fue muy útil releer el comienzo de
tu novela “El país de las últimas cosas”, aunque lo que estoy escribiendo tiene
poco que ver. La música de ese comienzo está llena de luz. Siempre quiero que
mi lenguaje derrame cierta música. Si no hay música, por imperceptible que sea,
no hay eficacia.
P.A.: Ay, ay. En tu país han
sucedido tantas historias que parecen irreales.
T.E.M.: Entre nosotros, sí, la
irrealidad es desde hace mucho muy real. “Las Malvinas son argentinas”, dice un
gran letrero al salir del aeropuerto de Buenos Aires. Durante la guerra, días
antes de la derrota en las islas, una revista tituló en grandes caracteres:
“Vamos ganando”. Años antes, el presidente de la dictadura anunció que su
gobierno actuaba con “total respeto por los derechos humanos”, el mismo día en
que se arrojaban al mar, todavía vivos, los cuerpos de veinticinco prisioneros.
Juan Perón había dicho, tiempo antes, “La única verdad es la realidad”, pero no
había explicado que la realidad era disfrazada sistemáticamente con ficciones.
Y así crecimos, desorientados, sin saber dónde estaba una y dónde las otras.
P.A.: En los Estados Unidos, si
bien no hemos tenido una dictadura, vivimos desde hace mucho tiempo en estado
de desinformación. No conocemos la verdad de lo que está sucediendo. La prensa
juega en esto un papel muy importante, porque ha improvisado su agenda al ritmo
de las políticas del gobierno. Hace poco, por ejemplo, “The Washington Post”
publicó un artículo extenso, en varias partes, sobre el vicepresidente Dick
Cheney y todas sus manipulaciones y sus actividades ilegales, y un lector envió
una carta al diario diciendo: “Bueno, estoy muy contento por haber leído este
informe sobre el vicepresidente pero, ¿no llega unos seis años tarde? ¿Dónde
estaban los periodistas mientras esto sucedía?”. La prensa ha seguido la
corriente del gobierno y es una de las razones por las cuales estamos en
problemas hoy. No sabemos nada, excepto lo que leemos en la prensa.
T.E.M.: A la gente se la manipula
con la desinformación. O con informaciones movidas por cierto interés político.
Algunos grandes periodistas han perdido independencia y se han convertido en
simples voceros de determinados intereses.
P.A.: Por eso debemos seguir
escribiendo novelas. La administración Bush nos ha empujado a un lugar en el
que nunca, nunca debimos haber estado como país. Tenemos que ser mucho mejores
que eso. Tenemos que respetar las leyes o no habrá más país. Esta es una nación
de inmigrantes; lo que nos mantiene juntos es la igualdad ante la ley. Si
comenzamos a hacer excepciones, no somos más los Estados Unidos sino cualquier
otra cosa.
T.E.M.: Habían encontrado la
unidad en la diversidad, y ahora la diversidad es un terreno de caza para
políticos en busca de votantes indecisos.
P.A.: Mi país tiene, sí, un
pasado manchado. Los norteamericanos hemos cometido crímenes a lo largo de años
en distintos lugares del mundo, por no hablar de los de aquí dentro: la
esclavitud, la masacre de la población indígena. Pero ahora nos hemos vuelto
monstruosos ante los ojos de todo el mundo.
T.E.M.: Cuando en América Latina
vivimos bajo una tempestad de dictadores, en las décadas del '6o y '70,
advertimos que era preciso escribir la historia desde otro lugar. Lo que no
podía hacer la historia, lo hacía la novela. Los dictadores escribían su propio
discurso de la historia, pero las novelas podían reflejar la cara del poder tal
como ese poder se vería después. Roberto Arlt ya había escrito entre nosotros
novelas proféticas. Pero el gran modelo de esa respuesta al poder en la
literatura argentina es un clásico de mediados del siglo XIX, “Facundo”, de
Domingo Faustino Sarmiento. “Facundo” atraviesa todos los géneros con una
libertad que sigue siendo infrecuente. Es una biografía ficticia, un tratado
sociológico, un panfleto político, un estudio de tipos y costumbres. Yo siempre
lo he leído como una novela épica. Al modificar la realidad histórica, crea
otra realidad más fuerte. El “Facundo” de Sarmiento se ha instalado en la
imaginación nacional con más verdad que el Facundo de los documentos. Los
libros también pueden crear la realidad.
P.A.: Pasa en todos lados. También
aquí. Ciertos libros, ciertas novelas, han tenido un enorme impacto. A veces no
son los mejores, como es el caso de “Facundo”, pero sí son muy leídos e
influyen mucho sobre la gente. Es el caso de “La cabaña del tío Tom”, la novela
de H. Beecher Stowe sobre la esclavitud que cambió la visión de millones de
personas sobre qué sucedía, y fue un gran paso hacia el fin de la esclavitud.
Un libro. Sólo un libro. Interesante, ¿no? ¿Hablás de eso con tus amigos
escritores? Con García Márquez, por ejemplo.
T.E.M.: Hablamos de literatura,
de los autores que nos gustan. Pero sobre todo hablamos de los hijos, del amor,
de la vida. ¿Y vos?
P.A.: Con Don DeLillo tampoco
hablamos de nuestros libros. Sólo un poco. Nuestros diálogos son del tipo:
“¿Estás trabajando? Sí. ¿Y vos? Sí”.
T.E.M.: ¿Y cuando terminan los
libros, se leen el uno al otro?
P.A.: Siempre cambiamos cartas,
faxes o llamados telefónicos con los comentarios. A veces nos enviamos los
originales, otras veces las pruebas de página de la editorial. Siempre nos
respondemos. Cierta vez, cuando uno de sus libros recibió una reseña negativa,
le escribí para decirle “Esta gente es estúpida, no te preocupes por lo que han
publicado”.
T.E.M.: ¿No se trata de
“Submundo” verdad? Pocas veces he leído opiniones tan elogiosas como las que se
escribieron sobre esa novela hará unos ocho años, tal vez menos.
P.A.: Sí, por supuesto, porque
es un escritor excelente. Con frecuencia converso también con Peter Carey, el
novelista australiano, un muy buen amigo.
T.E.M.: ¿Seguís siendo
vicepresidente del PEN Club?
P.A.: No, mi mandato terminó.
Sólo soy miembro del comité. El trabajo en el PEN me mantuvo bastante ocupado.
No me importó porque es una buena causa.
T.E.M.: Defender el derecho a la
expresión libre es la más noble de las causas. Poco antes de la Segunda Guerra
tuvimos en la Argentina una filial muy activa. En noviembre de 1936 Victoria
Ocampo -creo que fue ella- organizó en Buenos Aires un congreso internacional
de todos los PEN Club. Pero después de ese esfuerzo no sé qué pasó. No he oído
hablar más del PEN en mi país. Quizá siga en pie, quizá yo estoy mal informado.
Pero si existe, pocos lo saben.
P.A.: Qué lástima. En los
Estados Unidos el PEN Club es muy significativo. Somos muy activos en la ayuda a
escritores que están en prisión, y con frecuencia nos ocupamos de los
constantes problemas sobre la libertad de expresión que hay en los Estados
Unidos. Tal vez la Argentina no los tenga, aunque me sorprende, porque durante
la dictadura hubo muchos escritores muertos o en prisión. El PEN tiene enorme
importancia en España, en México, creo que también en Brasil. No entiendo qué
puede pasar en la Argentina. Durante algún tiempo, no hace mucho, el presidente
del PEN Club Internacional fue Homero Aridjis, un poeta mexicano.
T.E.M.: Sí, y un muy buen
novelista. Es el autor de “1492. Vida y tiempos de Juan Cabezón de Castilla”,
una novela picaresca sobre los meses previos al descubrimiento de América.
P.A.: Conozco bien a Homero.
Una de sus hijas vive a pocos metros, en esta cuadra. Es una cineasta muy
talentosa. Tengo las aventuras de “Juan Cabezón...” por aquí, en la biblioteca.
Es un libro maravilloso, con una enorme comprensión de la cultura colonial.
T.E.M.: Cuando estudiaste
literatura colonial en la Universidad de Columbia, supongo que leíste no tanto
a los cronistas de Indias, como en América Latina, sino a los primeros
narradores en los incipientes Estados Unidos del siglo XVII.
P.A.: Siempre me interesaron
los orígenes de los Estados Unidos, quién estuvo aquí... Es muy probable que
haya venido gente antes de Cristóbal Colón. Tal vez los fenicios. Los vikingos
estuvieron aquí. En Michigan se encontraron túmulos que no pudieron haber sido
construidos por los indios, y se cree que los fenicios navegaron hasta allí
alguna vez y los hicieron. Todas estas especulaciones me fascinan. Nadie sabe
realmente nunca qué es lo cierto.
T.E.M.: Como en la obra de Kafka,
como en la de Beckett. La verdadera literatura se alimenta de las
incertidumbres. En aquel primer encuentro de 1991 me dijiste que tus autores
favoritos eran Charles Dickens y Kafka.
P.A.: ¿No mencioné a Miguel de
Cervantes? ¿Ni a Beckett?
T.E.M.: No que yo recuerde.
P.A.: Cervantes ha sido siempre
uno de mis escritores favoritos. Lo ha sido desde el momento en que comencé a
leerlo. Si tuviera que elegir un libro para llevar a una isla desierta, sería
“Don Quijote”. Todo está ahí. Todo sobre el mundo y todo sobre la escritura de
ficción está ahí. Lo he leído unas cuatro veces. Me resulta curioso que la
primera parte sea delirante, fantástica, y la segunda totalmente moderna: su
tema es el propio libro, el “Quijote...” que otros están leyendo y criticando,
completando con historias que el autor parece haber dejado atrás. No sé cómo a
Cervantes se le ocurrieron esas ideas. Todas las ramificaciones, todas las
posibilidades, todas las permutaciones de la novela moderna están prefiguradas
ahí. Además, creó personajes memorables, que siguen vivos.
T.E.M.: “Don Quijote...” es
inagotable. Podríamos hablar días y días de ese libro que las imperfecciones
convierten en perfecto. Siempre me ha sorprendido que Cervantes haya tratado de
convencer al lector de que el “Quijote...” era una traducción. Lo hizo para
desaparecer como autor. No hay autor, el autor es otro, un árabe desconocido,
no un novelista sino un historiador, Cide Hamete. La gran novela de la lengua
castellana -y acaso la Gran Novela, a secas- se presenta, así, como una novela
traducida. Esa observación permite varias hipótesis de lectura. La primera, ajena
por completo a las intenciones de Cervantes, incorporaría el “Quijote...” a un
corpus de obras detrás de cuya voz original hay, se supone, otra voz. Es lo que
pasa con los cinco primeros libros de la “Biblia” y con el “Corán”, porque
traducen la voz de Dios. Sin embargo, Cervantes elimina todo asomo de autoridad
y mantiene siempre la voz del autor -su voz- en estado de indecisión. La idea
tradicional de autor suponía que éste se ubicaba siempre en el pasado de su
propio libro. Cervantes, sin embargo, sobre todo en la segunda parte, publica
los hechos antes, durante o después de que sucedan, dejando la impresión de que
hay siempre un ojo que lee los pensamientos, los deseos y los actos más
secretos de los personajes. Los personajes viven por su cuenta.
P.A.: Esa fue la idea de la que
nació “Viajes por el Scriptorium”. Los personajes sobreviven a los libros, en
la ficción y en la vida real. Hamlet tenía razón, Don Quijote vive aún, y los
autores hace rato que se han ido.
T.E.M.: Tampoco mencionaste a
Beckett aquella vez. Eso sí fue inesperado sabiendo, sobre todo, lo cerca que
estuviste de él en París.
P.A.: Lo conocí en los años
'50, es verdad. Intercambiamos cartas por un tiempo y fue muy amable conmigo,
aunque yo era entonces un aprendiz de escritor. Después, a comienzos de los
años '80, cuándo organicé mi enorme antología de la poesía francesa del siglo
XX, me cedió muchas de las traducciones que había hecho. El año pasado, 2006,
fue el centenario de su nacimiento. Toda su obra ha sido publicada en los
Estados Unidos por Grove Press. Conozco al director de Grove Press, Morgan
Entrekin. Una noche estábamos comiendo, probablemente un año y medio antes del
aniversario de Beckett, y le pregunté si estaba preparando algo. Me dijo que
no, que no habían pensado nada todavía. Me dije: “Ah, esta es la oportunidad”.
Me ofrecí a hacer una edición nueva de su obra completa, cuatro volúmenes.
Releí todo Beckett, tomé notas, trabajé con el diseñador para corregir todos
los errores tipográficos, consulté con académicos sobre todo el material. Y al
releer su obra entera llegué a la conclusión de que es un gran escritor pero no
siempre. Tiene sus altos y sus bajos. Algunos textos son mejores que otros. Lo
mejor de Beckett es sublime, pero también hay mucho que no resulta tan
atractivo.
T.E.M.: Estás apuntando algo muy
interesante: los grandes escritores tienen sus altos y sus bajos. Pienso en
Borges, por ejemplo. O en Melville.
P.A.: Totalmente. Hay mucho de
Borges que no merece discusión. ¡Y Melville! ¿Has leído “Mardi”? Es una de las
novelas más tediosas que se hayan escrito jamás.