16 de octubre de 2008

Conversaciones (XVII). Paul Auster - Tomás Eloy Martínez. Sobre las afinidades literarias (2/3)

Las primeras obras de Tomás Eloy Martínez fueron la novela “Sagrado”, los cuentos “Lugar común la muerte” y las crónicas “La pasión según Trelew”. Tras las amenazas de la Triple A, la organización terrorista parapolicial peronista, entre 1975 y 1983 vivió exiliado en Caracas, Venezuela. Tras un breve paso por México, se instaló en Estados Unidos. Durante los años que vivió allí publicó gran parte de su obra: “La novela de Perón”, “La mano del amo”, “Santa Evita”, “Las memorias del general”, “Ficciones verdaderas”, “El sueño argentino”, “El vuelo de la reina” y “El cantor de tango”. También ejerció como catedrático en la Rutgers University de Nueva Jersey y se hizo amigo de Paul Auster. 


Lo que sigue es la segunda parte de la charla que mantuvieron ambos escritores, la cual fue publicada el 11 de agosto de 2007 en la revista “ADN. Cultura”.
 
T.E.M.: ¿Reescribís hasta encontrar estructura y tono?
 
P.A.: No, en general dejo el texto a un lado y luego lo comienzo completamente otra vez.
 
T.E.M.: Yo comienzo una historia y cuando me doy cuenta de que he tomado un desvío falso, tengo que volver atrás. Por lo general empiezo todo desde cero. No sé si te ha sucedido alguna vez.
 
P.A.: Más de una vez. Cuando escribí “El libro de las ilusiones”, un día me di cuenta de que había trabajado durante dos o tres semanas en la dirección equivocada, y rastreé el texto hacia atrás hasta la misma oración donde había hecho el giro incorrecto. Quité todo lo que había escrito desde allí y volví a empezar con esa oración como punto de partida.
 
T.E.M.: Yo he tenido que escribir todas mis novelas por lo menos dos veces. La excepción es “El cantor de tango”, que sin embargo es la que más les ha gustado a los críticos anglosajones. Terminé dos versiones completas de “Santa Evita” y tres de “La novela de Perón”. Lo curioso es que son muy diferentes entre sí. Nunca he publicado las que me salieron mal y no pienso hacerlo. ¿Qué estás escribiendo ahora?
 
P.A.: Es un libro muy raro. No me gustaría hablar de él porque no está terminado. Llevo escritas poco más de cien páginas. Solo puedo decirte que el protagonista, el narrador, tiene setenta y dos años.
 
T.E.M.: Lo que te dije. Tus personajes se van poniendo más y más viejos de libro en libro.
 
P.A.: Como yo. Él vive en una casa con su hija divorciada y su nieta. Su mujer ha muerto. Toda la historia sucede en una noche. Él no puede dormir, así que descansa en la cama y se inventa historias y recuerda cosas de su mujer. Va y viene de las historias inventadas a los recuerdos. Pero el núcleo de la historia es precisamente sobre alguien que inventa otros mundos y este hombre que halla un lugar allí. El único modo en que él puede liberarse es matando a la persona que lo ha creado.
 
T.E.M.: ¿Encontrás puntos de contacto con tu libro anterior, “Viajes por el Scriptorium”? Ahí los personajes se desprendían de su vida en las novelas y buscaban al autor para interpelarlo.
 
P.A.: Sí, pero este otro libro va mucho más allá. Y el tono es muy diferente. Cada uno de los personajes piensa y habla de un modo característico. Y esa es la aventura. Esto es algo nuevo, en desarrollo. Veremos qué pasa. ¿Y vos, estás trabajando en otro libro?
 
T.E.M.: Sí, he retomado la novela que interrumpí cuando me enfermé a comienzos de 2006. La enfermedad cambió mucho mi visión del tema. Lo que ya había escrito, unas doscientas páginas, trataba de transfigurar en ficciones la vida que yo no había vivido en mi país durante la dictadura. Siempre sentí una enorme melancolía por ese tiempo perdido. Si no he podido vivirlo puedo recuperarlo por medio de la escritura, me dije. Ser en la novela el otro que no pude ser en la realidad, como proponía Benjamin. Pero el hecho mismo de que mi vida se haya situado durante ese tiempo en una zona de sombra, que la realidad cotidiana se me haya escurrido y haya desaparecido de mí, me hizo cambiar de idea. Ahora escribo no sobre lo que está sino sobre lo que no está. He tardado mucho en saber cómo contarlo. Y todavía no me siento seguro. Sólo cuando llegue al final sabré si lo que estoy buscando está escondido en alguna de las páginas. Me fue muy útil releer el comienzo de tu novela “El país de las últimas cosas”, aunque lo que estoy escribiendo tiene poco que ver. La música de ese comienzo está llena de luz. Siempre quiero que mi lenguaje derrame cierta música. Si no hay música, por imperceptible que sea, no hay eficacia.
 
P.A.: Ay, ay. En tu país han sucedido tantas historias que parecen irreales.
 
T.E.M.: Entre nosotros, sí, la irrealidad es desde hace mucho muy real. “Las Malvinas son argentinas”, dice un gran letrero al salir del aeropuerto de Buenos Aires. Durante la guerra, días antes de la derrota en las islas, una revista tituló en grandes caracteres: “Vamos ganando”. Años antes, el presidente de la dictadura anunció que su gobierno actuaba con “total respeto por los derechos humanos”, el mismo día en que se arrojaban al mar, todavía vivos, los cuerpos de veinticinco prisioneros. Juan Perón había dicho, tiempo antes, “La única verdad es la realidad”, pero no había explicado que la realidad era disfrazada sistemáticamente con ficciones. Y así crecimos, desorientados, sin saber dónde estaba una y dónde las otras.
 
P.A.: En los Estados Unidos, si bien no hemos tenido una dictadura, vivimos desde hace mucho tiempo en estado de desinformación. No conocemos la verdad de lo que está sucediendo. La prensa juega en esto un papel muy importante, porque ha improvisado su agenda al ritmo de las políticas del gobierno. Hace poco, por ejemplo, “The Washington Post” publicó un artículo extenso, en varias partes, sobre el vicepresidente Dick Cheney y todas sus manipulaciones y sus actividades ilegales, y un lector envió una carta al diario diciendo: “Bueno, estoy muy contento por haber leído este informe sobre el vicepresidente pero, ¿no llega unos seis años tarde? ¿Dónde estaban los periodistas mientras esto sucedía?”. La prensa ha seguido la corriente del gobierno y es una de las razones por las cuales estamos en problemas hoy. No sabemos nada, excepto lo que leemos en la prensa.
 
T.E.M.: A la gente se la manipula con la desinformación. O con informaciones movidas por cierto interés político. Algunos grandes periodistas han perdido independencia y se han convertido en simples voceros de determinados intereses.
 
P.A.: Por eso debemos seguir escribiendo novelas. La administración Bush nos ha empujado a un lugar en el que nunca, nunca debimos haber estado como país. Tenemos que ser mucho mejores que eso. Tenemos que respetar las leyes o no habrá más país. Esta es una nación de inmigrantes; lo que nos mantiene juntos es la igualdad ante la ley. Si comenzamos a hacer excepciones, no somos más los Estados Unidos sino cualquier otra cosa.
 
T.E.M.: Habían encontrado la unidad en la diversidad, y ahora la diversidad es un terreno de caza para políticos en busca de votantes indecisos.
 
P.A.: Mi país tiene, sí, un pasado manchado. Los norteamericanos hemos cometido crímenes a lo largo de años en distintos lugares del mundo, por no hablar de los de aquí dentro: la esclavitud, la masacre de la población indígena. Pero ahora nos hemos vuelto monstruosos ante los ojos de todo el mundo.
 
T.E.M.: Cuando en América Latina vivimos bajo una tempestad de dictadores, en las décadas del '6o y '70, advertimos que era preciso escribir la historia desde otro lugar. Lo que no podía hacer la historia, lo hacía la novela. Los dictadores escribían su propio discurso de la historia, pero las novelas podían reflejar la cara del poder tal como ese poder se vería después. Roberto Arlt ya había escrito entre nosotros novelas proféticas. Pero el gran modelo de esa respuesta al poder en la literatura argentina es un clásico de mediados del siglo XIX, “Facundo”, de Domingo Faustino Sarmiento. “Facundo” atraviesa todos los géneros con una libertad que sigue siendo infrecuente. Es una biografía ficticia, un tratado sociológico, un panfleto político, un estudio de tipos y costumbres. Yo siempre lo he leído como una novela épica. Al modificar la realidad histórica, crea otra realidad más fuerte. El “Facundo” de Sarmiento se ha instalado en la imaginación nacional con más verdad que el Facundo de los documentos. Los libros también pueden crear la realidad.
 
P.A.: Pasa en todos lados. También aquí. Ciertos libros, ciertas novelas, han tenido un enorme impacto. A veces no son los mejores, como es el caso de “Facundo”, pero sí son muy leídos e influyen mucho sobre la gente. Es el caso de “La cabaña del tío Tom”, la novela de H. Beecher Stowe sobre la esclavitud que cambió la visión de millones de personas sobre qué sucedía, y fue un gran paso hacia el fin de la esclavitud. Un libro. Sólo un libro. Interesante, ¿no? ¿Hablás de eso con tus amigos escritores? Con García Márquez, por ejemplo.
 
T.E.M.: Hablamos de literatura, de los autores que nos gustan. Pero sobre todo hablamos de los hijos, del amor, de la vida. ¿Y vos?
 
P.A.: Con Don DeLillo tampoco hablamos de nuestros libros. Sólo un poco. Nuestros diálogos son del tipo: “¿Estás trabajando? Sí. ¿Y vos? Sí”.
 
T.E.M.: ¿Y cuando terminan los libros, se leen el uno al otro?
 
P.A.: Siempre cambiamos cartas, faxes o llamados telefónicos con los comentarios. A veces nos enviamos los originales, otras veces las pruebas de página de la editorial. Siempre nos respondemos. Cierta vez, cuando uno de sus libros recibió una reseña negativa, le escribí para decirle “Esta gente es estúpida, no te preocupes por lo que han publicado”.
 
T.E.M.: ¿No se trata de “Submundo” verdad? Pocas veces he leído opiniones tan elogiosas como las que se escribieron sobre esa novela hará unos ocho años, tal vez menos.
 
P.A.: Sí, por supuesto, porque es un escritor excelente. Con frecuencia converso también con Peter Carey, el novelista australiano, un muy buen amigo.
 
T.E.M.: ¿Seguís siendo vicepresidente del PEN Club?
 
P.A.: No, mi mandato terminó. Sólo soy miembro del comité. El trabajo en el PEN me mantuvo bastante ocupado. No me importó porque es una buena causa.
 
T.E.M.: Defender el derecho a la expresión libre es la más noble de las causas. Poco antes de la Segunda Guerra tuvimos en la Argentina una filial muy activa. En noviembre de 1936 Victoria Ocampo -creo que fue ella- organizó en Buenos Aires un congreso internacional de todos los PEN Club. Pero después de ese esfuerzo no sé qué pasó. No he oído hablar más del PEN en mi país. Quizá siga en pie, quizá yo estoy mal informado. Pero si existe, pocos lo saben.
 
P.A.: Qué lástima. En los Estados Unidos el PEN Club es muy significativo. Somos muy activos en la ayuda a escritores que están en prisión, y con frecuencia nos ocupamos de los constantes problemas sobre la libertad de expresión que hay en los Estados Unidos. Tal vez la Argentina no los tenga, aunque me sorprende, porque durante la dictadura hubo muchos escritores muertos o en prisión. El PEN tiene enorme importancia en España, en México, creo que también en Brasil. No entiendo qué puede pasar en la Argentina. Durante algún tiempo, no hace mucho, el presidente del PEN Club Internacional fue Homero Aridjis, un poeta mexicano.
 
T.E.M.: Sí, y un muy buen novelista. Es el autor de “1492. Vida y tiempos de Juan Cabezón de Castilla”, una novela picaresca sobre los meses previos al descubrimiento de América.
 
P.A.: Conozco bien a Homero. Una de sus hijas vive a pocos metros, en esta cuadra. Es una cineasta muy talentosa. Tengo las aventuras de “Juan Cabezón...” por aquí, en la biblioteca. Es un libro maravilloso, con una enorme comprensión de la cultura colonial.
 
T.E.M.: Cuando estudiaste literatura colonial en la Universidad de Columbia, supongo que leíste no tanto a los cronistas de Indias, como en América Latina, sino a los primeros narradores en los incipientes Estados Unidos del siglo XVII.
 
P.A.: Siempre me interesaron los orígenes de los Estados Unidos, quién estuvo aquí... Es muy probable que haya venido gente antes de Cristóbal Colón. Tal vez los fenicios. Los vikingos estuvieron aquí. En Michigan se encontraron túmulos que no pudieron haber sido construidos por los indios, y se cree que los fenicios navegaron hasta allí alguna vez y los hicieron. Todas estas especulaciones me fascinan. Nadie sabe realmente nunca qué es lo cierto.
 
T.E.M.: Como en la obra de Kafka, como en la de Beckett. La verdadera literatura se alimenta de las incertidumbres. En aquel primer encuentro de 1991 me dijiste que tus autores favoritos eran Charles Dickens y Kafka.
 
P.A.: ¿No mencioné a Miguel de Cervantes? ¿Ni a Beckett?
 
T.E.M.: No que yo recuerde.
 
P.A.: Cervantes ha sido siempre uno de mis escritores favoritos. Lo ha sido desde el momento en que comencé a leerlo. Si tuviera que elegir un libro para llevar a una isla desierta, sería “Don Quijote”. Todo está ahí. Todo sobre el mundo y todo sobre la escritura de ficción está ahí. Lo he leído unas cuatro veces. Me resulta curioso que la primera parte sea delirante, fantástica, y la segunda totalmente moderna: su tema es el propio libro, el “Quijote...” que otros están leyendo y criticando, completando con historias que el autor parece haber dejado atrás. No sé cómo a Cervantes se le ocurrieron esas ideas. Todas las ramificaciones, todas las posibilidades, todas las permutaciones de la novela moderna están prefiguradas ahí. Además, creó personajes memorables, que siguen vivos.
 
T.E.M.: “Don Quijote...” es inagotable. Podríamos hablar días y días de ese libro que las imperfecciones convierten en perfecto. Siempre me ha sorprendido que Cervantes haya tratado de convencer al lector de que el “Quijote...” era una traducción. Lo hizo para desaparecer como autor. No hay autor, el autor es otro, un árabe desconocido, no un novelista sino un historiador, Cide Hamete. La gran novela de la lengua castellana -y acaso la Gran Novela, a secas- se presenta, así, como una novela traducida. Esa observación permite varias hipótesis de lectura. La primera, ajena por completo a las intenciones de Cervantes, incorporaría el “Quijote...” a un corpus de obras detrás de cuya voz original hay, se supone, otra voz. Es lo que pasa con los cinco primeros libros de la “Biblia” y con el “Corán”, porque traducen la voz de Dios. Sin embargo, Cervantes elimina todo asomo de autoridad y mantiene siempre la voz del autor -su voz- en estado de indecisión. La idea tradicional de autor suponía que éste se ubicaba siempre en el pasado de su propio libro. Cervantes, sin embargo, sobre todo en la segunda parte, publica los hechos antes, durante o después de que sucedan, dejando la impresión de que hay siempre un ojo que lee los pensamientos, los deseos y los actos más secretos de los personajes. Los personajes viven por su cuenta.
 
P.A.: Esa fue la idea de la que nació “Viajes por el Scriptorium”. Los personajes sobreviven a los libros, en la ficción y en la vida real. Hamlet tenía razón, Don Quijote vive aún, y los autores hace rato que se han ido.
 
T.E.M.: Tampoco mencionaste a Beckett aquella vez. Eso sí fue inesperado sabiendo, sobre todo, lo cerca que estuviste de él en París.
 
P.A.: Lo conocí en los años '50, es verdad. Intercambiamos cartas por un tiempo y fue muy amable conmigo, aunque yo era entonces un aprendiz de escritor. Después, a comienzos de los años '80, cuándo organicé mi enorme antología de la poesía francesa del siglo XX, me cedió muchas de las traducciones que había hecho. El año pasado, 2006, fue el centenario de su nacimiento. Toda su obra ha sido publicada en los Estados Unidos por Grove Press. Conozco al director de Grove Press, Morgan Entrekin. Una noche estábamos comiendo, probablemente un año y medio antes del aniversario de Beckett, y le pregunté si estaba preparando algo. Me dijo que no, que no habían pensado nada todavía. Me dije: “Ah, esta es la oportunidad”. Me ofrecí a hacer una edición nueva de su obra completa, cuatro volúmenes. Releí todo Beckett, tomé notas, trabajé con el diseñador para corregir todos los errores tipográficos, consulté con académicos sobre todo el material. Y al releer su obra entera llegué a la conclusión de que es un gran escritor pero no siempre. Tiene sus altos y sus bajos. Algunos textos son mejores que otros. Lo mejor de Beckett es sublime, pero también hay mucho que no resulta tan atractivo.
 
T.E.M.: Estás apuntando algo muy interesante: los grandes escritores tienen sus altos y sus bajos. Pienso en Borges, por ejemplo. O en Melville.
 
P.A.: Totalmente. Hay mucho de Borges que no merece discusión. ¡Y Melville! ¿Has leído “Mardi”? Es una de las novelas más tediosas que se hayan escrito jamás.