Un día como hoy hace
setenta años fallecía en Berlín el dramaturgo y poeta alemán Bertolt Brecht
(1898-1956). Nacido en el barrio Lech de Augsburgo, la ciudad ubicada en el estado
federado de Baviera, allí hizo sus estudios primarios y el bachillerato en el
instituto Peutinger Gymnasium para luego comenzar sus estudios de literatura y filosofía
en la Ludwig Maximilians Universität en la ciudad de Múnich, carrera que tuvo
que interrumpir al ser convocado para hacer el servicio militar. Amante de la
música y la literatura, y apasionado lector de las obras de François Villon
(1431-1463), Arthur Rimbaud (1854-1891), Frank Wedekind (1864-1918) y Rudyard
Kipling (1865-1936), desde joven comenzó a escribir dramas y poesías, y en 1914
publicó en el periódico estudiantil de su colegio “Die Bibel” (La Biblia), una obra
dramática de un acto. Luego, durante la Primera Guerra Mundial, publicó varias
obras teatrales entre ellas “Baal”, “Trommeln in der nacht” (Tambores en la
noche), “Die kleinbürgerhochzeit” (La boda de los pequeños burgueses) y “Er
treibt einen Teufel aus” (Expulsando al Demonio).
Quien desde muy joven desarrolló un fuerte sentido de rebeldía hacia el orden establecido, a partir de 1920 frecuentó el mundo artístico de Múnich primero y luego de Berlín, ciudades en las que se relacionó con innovadores dramaturgos y directores teatrales como Frank Wedekind (1864-1918) y Max Reinhardt (1873-1943). También lo hizo con el compositor Kurt Weill (1900-1950), con el poeta Arnolt Bronnen (1895-1959) y con los filósofos Karl Korsch (1886-1961) y Walter Benjamin (1892-1940), personalidades todas ellas que influirían en su obra posterior. En 1928 escribió “Die Dreigroschenoper” (La ópera de cuatro cuartos), un drama en el que hizo una profunda crítica social al orden burgués representándolo como una sociedad de delincuentes. En definitiva, una sátira del sistema capitalista que se convirtió en uno de sus mayores éxitos y dio comienzo al desarrollo del llamado Teatro Épico, una técnica dramática alejada de los métodos del teatro realista que incluyó una serie de mecanismos que buscaban inducir al espectador a reflexionar y racionalizar con plena conciencia sobre lo que veía en el escenario, evitando una implicación emocionalmente sensible con los personajes.
Con la ascensión del nazismo a comienzos de 1933, la representación de su obra “Die maßnahme” (La decisión) fue interrumpida por la policía y su autor y los demás participantes en el drama fueron acusados de alta traición. Fue así que, el 28 de febrero de ese año, un día después de la quema del Reichstag (Parlamento) por miembros del régimen nacionalsocialista, optó por exiliarse. Tras pasar una breve temporada en Austria, Suiza y Francia, se estableció en Svendborg, Dinamarca. De esa etapa son, entre otras, sus obras teatrales “Furcht und Elend des Dritten Reiches” (Terror y miseria del Tercer Reich), “Mutter Courage und ihre kínder” (Madre Coraje y sus hijos) y “Leben des Galilei” (La vida de Galileo), y los poemarios “Die nachtlager” (Refugio nocturno), “Svendborger gedichte” (Poemas de Svendborg) y “Lieder. Gedichte. Chöre” (Canciones. Poemas. Coros).
Quien desde muy joven desarrolló un fuerte sentido de rebeldía hacia el orden establecido, a partir de 1920 frecuentó el mundo artístico de Múnich primero y luego de Berlín, ciudades en las que se relacionó con innovadores dramaturgos y directores teatrales como Frank Wedekind (1864-1918) y Max Reinhardt (1873-1943). También lo hizo con el compositor Kurt Weill (1900-1950), con el poeta Arnolt Bronnen (1895-1959) y con los filósofos Karl Korsch (1886-1961) y Walter Benjamin (1892-1940), personalidades todas ellas que influirían en su obra posterior. En 1928 escribió “Die Dreigroschenoper” (La ópera de cuatro cuartos), un drama en el que hizo una profunda crítica social al orden burgués representándolo como una sociedad de delincuentes. En definitiva, una sátira del sistema capitalista que se convirtió en uno de sus mayores éxitos y dio comienzo al desarrollo del llamado Teatro Épico, una técnica dramática alejada de los métodos del teatro realista que incluyó una serie de mecanismos que buscaban inducir al espectador a reflexionar y racionalizar con plena conciencia sobre lo que veía en el escenario, evitando una implicación emocionalmente sensible con los personajes.
Con la ascensión del nazismo a comienzos de 1933, la representación de su obra “Die maßnahme” (La decisión) fue interrumpida por la policía y su autor y los demás participantes en el drama fueron acusados de alta traición. Fue así que, el 28 de febrero de ese año, un día después de la quema del Reichstag (Parlamento) por miembros del régimen nacionalsocialista, optó por exiliarse. Tras pasar una breve temporada en Austria, Suiza y Francia, se estableció en Svendborg, Dinamarca. De esa etapa son, entre otras, sus obras teatrales “Furcht und Elend des Dritten Reiches” (Terror y miseria del Tercer Reich), “Mutter Courage und ihre kínder” (Madre Coraje y sus hijos) y “Leben des Galilei” (La vida de Galileo), y los poemarios “Die nachtlager” (Refugio nocturno), “Svendborger gedichte” (Poemas de Svendborg) y “Lieder. Gedichte. Chöre” (Canciones. Poemas. Coros).
Tras el descarado aumento
de los ataques contra la cultura y el arte tanto en la Italia de Benito Mussolini
(1883-1945) como en la Alemania de Adolf Hitler (1889-1945) -tales como las agresiones
a los periodistas críticos, la quema de libros, el despido de docentes de las
universidades, la persecución de opositores, etc.- un Comité Internacional
compuesto por escritores antifascistas entre los cuales se encontraban George Bernard
Shaw (1856-1950), Ramón del Valle Inclán (1866-1936), Máximo Gorki (1868-1936),
Thomas Mann (1875-1955), Sinclair Lewis (1885-1951) y Aldous Huxley (1894-1963)-
convocó a un Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura.
El mismo se llevó a cabo entre el 21 y el 25 de junio de 1935 en el Palais de
la Mutualité de París y contó con la participación de doscientos treinta
delegados pertenecientes a treinta y ocho países.
Durante el evento los
debates fueron encendidos y una de las intervenciones más recordadas fue la de Brecht,
quien expresó: “Sin pretender decir nada nuevo en especial, quisiera decir algo
acerca de la lucha contra aquellas fuerzas que actualmente se disponen a ahogar
en sangre y lodo la cultura occidental, o lo que resta de ella tras un siglo de
explotación. Quisiera tan sólo llamar su atención sobre un punto que, en mi
opinión, hay que poner en claro, si quiere combatir estas fuerzas con eficacia
y, sobre todo, hasta su exterminio. Los escritores que sufren en carne propia o
ajena el horror del fascismo y son presa del pánico, no están en condiciones,
sin más que esta experiencia y este pánico, de combatir esta abominación. Tal vez
muchos crean que basta con describirla, sobre todo si un gran talento literario
y una cólera auténtica hacen el relato penetrante. En realidad, este tipo de
relatos son importantes. Aquí ocurren atrocidades. Esto no puede ser. Se golpea
a las personas. Esto no ha de ocurrir. Hacen falta las discusiones”.
Agregó: “Tal vez habrá
quien pegue un salto, esto no es tan grave. Pero luego viene aquello de ‘atajar
de un golpe’ y esto ya es más grave. Ha estallado la cólera, el adversario está
señalado, pero ¿cómo derribarlo? El escritor puede decir: mi cometido es
denunciar la injusticia, y puede dejar a cargo del lector el cuidado de acabar
con ella. Pero luego el escritor hará una experiencia singular. Se dará cuenta
de que la cólera, como la compasión, es algo masivo, algo que existe en
cantidad y puede agotarse. Y lo peor del caso: se agota en la medida en que se
hace más necesaria. Algunos colegas me han dicho: cuando referimos por primera
vez que nuestros amigos eran sacrificados, hubo un clamor de horror y se
ofrecieron muchas ayudas. Entonces hubo cien muertos. Pero cuando fueron mil y
la carnicería no tenía fin, cundió el silencio y cada vez hubo menos ayuda”.
Continuó: “Pues bien, así son las cosas. ¿Cómo remediarlo? ¿No existe el medio de impedir al hombre que vuelva la cara ante la abominación? ¿Por qué vuelve la cara? Vuelve la cara porque no ve ninguna posibilidad de intervenir. El hombre no se detiene en el dolor del otro sino puede ayudarle. Uno puede detener el golpe si sabe cuándo cae y hacia dónde y porqué y para qué cae. Y si uno puede detener el golpe, si existe alguna posibilidad, por pequeña que sea, de detenerlo, entonces puede sentir compasión de la víctima. De no ser así, también se puede sentir compasión, pero no por mucho tiempo, en todo caso no durante todo el tiempo que silben los golpes sobre la víctima. Por lo tanto: ¿por qué cae el golpe? ¿Por qué se arroja la cultura por la borda como un lastre, aquellos restos de cultura que nos quedan? ¿Por qué la vida de millones de seres, de la mayoría de los seres, es tan depauperada, semi o totalmente destruida? Algunos de entre nosotros responden a esta pregunta diciendo: por salvajismo. Creen estar viviendo una terrible erupción en una gran parte de la humanidad cada vez mayor, un fenómeno horripilante sin causas aparentes que aparece de repente y tal vez, es de esperar, desaparezca también de repente, el desbordamiento impetuoso de una barbarie largo tiempo sofocada o adormecida, de naturaleza instintiva”.
Continuó: “Pues bien, así son las cosas. ¿Cómo remediarlo? ¿No existe el medio de impedir al hombre que vuelva la cara ante la abominación? ¿Por qué vuelve la cara? Vuelve la cara porque no ve ninguna posibilidad de intervenir. El hombre no se detiene en el dolor del otro sino puede ayudarle. Uno puede detener el golpe si sabe cuándo cae y hacia dónde y porqué y para qué cae. Y si uno puede detener el golpe, si existe alguna posibilidad, por pequeña que sea, de detenerlo, entonces puede sentir compasión de la víctima. De no ser así, también se puede sentir compasión, pero no por mucho tiempo, en todo caso no durante todo el tiempo que silben los golpes sobre la víctima. Por lo tanto: ¿por qué cae el golpe? ¿Por qué se arroja la cultura por la borda como un lastre, aquellos restos de cultura que nos quedan? ¿Por qué la vida de millones de seres, de la mayoría de los seres, es tan depauperada, semi o totalmente destruida? Algunos de entre nosotros responden a esta pregunta diciendo: por salvajismo. Creen estar viviendo una terrible erupción en una gran parte de la humanidad cada vez mayor, un fenómeno horripilante sin causas aparentes que aparece de repente y tal vez, es de esperar, desaparezca también de repente, el desbordamiento impetuoso de una barbarie largo tiempo sofocada o adormecida, de naturaleza instintiva”.
“Los que responden así -sostuvo-
se dan cuenta, naturalmente ellos mismos, de que tal respuesta no alcanza lo
suficiente. Y también se dan cuenta de que no se puede dar al salvajismo visos
de fuerza natural, de potencia invencible de los infiernos. Hablan también de
negligencia en la educación del género humano. Algo se desatendió en este
sentido o no pudo hacerse con las prisas. Ahora hay que recuperar lo perdido.
Contra el estado salvaje hay que implantar la bondad. Hay que evocar las
grandes palabras, los conjuros que ya en una ocasión prestaron ayuda, los
conceptos imperecederos: amor a la libertad, dignidad, justicia, cuya eficacia
está históricamente garantizada. Y emplean los grandes conjuros. ¿Qué sucede? A
la alusión de que el fascismo es salvaje responde éste con el elogio fanático
del salvajismo. Acusado de fanático, responde con el elogio del fanatismo. A la
imputación de que conculca la razón, condena alegremente la razón”.
Luego exclamó: “Compadezcámonos
de la cultura, ¡pero compadezcámonos primero de los hombres! La cultura estará
salvada si los hombres están salvados. No nos dejemos arrastrar hasta el punto
de afirmar que los hombres existen para la cultura y ¡no la cultura para los
hombres! Muchos de nosotros, escritores que viven el horror del fascismo y se
horrorizan de él, no han comprendido todavía esta doctrina, no han descubierto
aún las raíces del salvajismo que les aterra. Siempre existe en ellos el
peligro de considerar las atrocidades del fascismo como atrocidades inútiles.
Siguen aferrados a las condiciones de propiedad imperantes, porque creen que,
para su defensa, no son necesarias las atrocidades del fascismo. Sin embargo,
para el mantenimiento de esta situación son necesarias las atrocidades del
fascismo. En esto no mienten los fascistas, dicen la verdad”.
Y concluyó: “Aquellos de nuestros amigos que están tan horrorizados como nosotros de las atrocidades fascistas, pero quieren mantener las actuales condiciones de propiedad o se muestran indiferentes ante su mantenimiento, no pueden hacer una guerra lo bastante vigorosa y duradera contra la barbarie predominante porque no son capaces de ayudar a sugerir y crear unas condiciones sociales en las cuales la barbarie fuera superflua. Pero aquellos que, en la búsqueda de las raíces del mal, han dado con las condiciones de propiedad, han ido profundizando más y más, a través de un infierno de atrocidades cada vez más bajas, hasta llegar al lugar donde una pequeña parte de la humanidad ha anclado y establecido su dominio despiadado. Ha echado el ancla en aquella propiedad del individuo que sirve a la explotación del próximo y es defendida a ultranza con uñas y dientes, abandonando una cultura que no se presta ya a defenderse o ya no es capaz de hacerlo, abandonando, en fin, todas las leyes de la convivencia humana, por las cuales la humanidad ha luchado desesperadamente tanto tiempo y con tanto denuedo. Esto es cuanto quería decir en contribución a la lucha contra la barbarie predominante”.
Cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial, temiendo la ocupación alemana, se marchó primero a Suecia y luego a Finlandia, país que abandonó cuando entró en el conflicto bélico. Fue entonces cuando, en 1941, se estableció en Santa Mónica, una ciudad situada en el condado de Los Ángeles, California, Estados Unidos, donde permaneció seis años intentando ganarse la vida escribiendo guiones. Sin embargo, la mayoría de ellos fueron rechazados por las grandes productoras de Hollywood y un solo guion llegó a la pantalla. Fue el que coescribió con Fritz Lang (1890-1976), el guionista y director de cine austroalemán que también se había exiliado en Estados Unidos tras el ascenso del nazismo en Alemania. La película, llamada “Hangmen also die” (Los verdugos también mueren), se estrenó el 15 de abril de 1943 con un argumento basado en la libertad de las personas frente a la injusticia, el sometimiento, la represión, y la unidad, la solidaridad y la toma de conciencia como arma contra la tiranía.
Y concluyó: “Aquellos de nuestros amigos que están tan horrorizados como nosotros de las atrocidades fascistas, pero quieren mantener las actuales condiciones de propiedad o se muestran indiferentes ante su mantenimiento, no pueden hacer una guerra lo bastante vigorosa y duradera contra la barbarie predominante porque no son capaces de ayudar a sugerir y crear unas condiciones sociales en las cuales la barbarie fuera superflua. Pero aquellos que, en la búsqueda de las raíces del mal, han dado con las condiciones de propiedad, han ido profundizando más y más, a través de un infierno de atrocidades cada vez más bajas, hasta llegar al lugar donde una pequeña parte de la humanidad ha anclado y establecido su dominio despiadado. Ha echado el ancla en aquella propiedad del individuo que sirve a la explotación del próximo y es defendida a ultranza con uñas y dientes, abandonando una cultura que no se presta ya a defenderse o ya no es capaz de hacerlo, abandonando, en fin, todas las leyes de la convivencia humana, por las cuales la humanidad ha luchado desesperadamente tanto tiempo y con tanto denuedo. Esto es cuanto quería decir en contribución a la lucha contra la barbarie predominante”.
Cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial, temiendo la ocupación alemana, se marchó primero a Suecia y luego a Finlandia, país que abandonó cuando entró en el conflicto bélico. Fue entonces cuando, en 1941, se estableció en Santa Mónica, una ciudad situada en el condado de Los Ángeles, California, Estados Unidos, donde permaneció seis años intentando ganarse la vida escribiendo guiones. Sin embargo, la mayoría de ellos fueron rechazados por las grandes productoras de Hollywood y un solo guion llegó a la pantalla. Fue el que coescribió con Fritz Lang (1890-1976), el guionista y director de cine austroalemán que también se había exiliado en Estados Unidos tras el ascenso del nazismo en Alemania. La película, llamada “Hangmen also die” (Los verdugos también mueren), se estrenó el 15 de abril de 1943 con un argumento basado en la libertad de las personas frente a la injusticia, el sometimiento, la represión, y la unidad, la solidaridad y la toma de conciencia como arma contra la tiranía.
Este hostigamiento lo
llevó a abandonar el país y emigrar a Suiza con la intención de regresar
después a su país natal. Allí vivió un año ya que la entrada a Alemania
Occidental la tenía prohibida por las autoridades aliadas. Pasó ese año en
Zúrich trabajando principalmente en la adaptación de la traducción hecha por el
poeta lírico alemán Friedrich Hölderlin (1770-1843) de la tragedia “Antigónē” (Antígona)
del dramaturgo griego Sófocles de Colono (496-406 a.C.), y en su obra teórica
más importante: “Kleines organon für das theater” (Pequeño órganon para el
teatro). Cuando pudo obtener la nacionalidad austríaca regresó viajando a
través de Praga a la que sería llamada República Democrática de Alemania en
1948 y se instaló en Berlín Este, donde fundó en enero de 1949 la compañía de
teatro Berliner Ensemble.
En sus últimos años de vida observó con escepticismo y duras críticas el proceso de restauración política de la República Federal y tuvo también serios conflictos con la cúpula política de la República Democrática. Finalmente falleció a los cincuenta y ocho años el 14 de agosto de 1956 a causa de una inflamación del pulmón que le produjo una trombosis coronaria que luego le provocó un ataque cardíaco, dejando como legado una notable influencia del teatro épico en la dramaturgia moderna.
En sus últimos años de vida observó con escepticismo y duras críticas el proceso de restauración política de la República Federal y tuvo también serios conflictos con la cúpula política de la República Democrática. Finalmente falleció a los cincuenta y ocho años el 14 de agosto de 1956 a causa de una inflamación del pulmón que le produjo una trombosis coronaria que luego le provocó un ataque cardíaco, dejando como legado una notable influencia del teatro épico en la dramaturgia moderna.



