ALGUIEN CANTA EN LA
HABITACIÓN DE AL LADO
Francisco Moro
Argentina (1953)
Llegué a Ostende casi al
final de una tarde ventosa, desapacible como otros atardeceres salobres del
Atlántico. El hotel, un edificio antiguo con alma de aristócrata decadente,
parecía esperarme desde hacía años con sus muros húmedos y su silencio lleno de
historias no contadas. Había ido por razones tan prácticas como cualquier otra:
cerrar los trámites de compra de unos terrenos para un barrio cerrado que la
empresa donde trabajo pretendía levantar entre dunas, sauces y mareas. Pero en
el fondo, y sin saberlo, había ido en busca de algo más.
Me asignaron una habitación amplia en el tercer piso, con un ventanal que daba al mar. El conserje, un hombre de sonrisa afable y voz de radio antigua, me miró como si supiera que yo soñaba desde niño con olas y con brújulas. Apenas entré, me duché rápido, sin quitarme del todo el cansancio del viaje, y bajé a cenar con el único propósito de acostarme temprano. A la mañana siguiente, me esperaban una reunión con el agrimensor y, por la tarde, una entrevista con algún funcionario municipal cuyo nombre olvidé al instante.
Sin embargo, no pude dormir enseguida. Me quedé de pie frente al ventanal, contemplando el horizonte donde una luna desmesurada -superluna la llamaban en los noticieros- comenzaba a levantarse como un globo de plata atado al hilo invisible del mundo. Su luz caía sobre la superficie del mar semejante a un manto lujurioso que alumbraba las olas en la superficie. El rumor del agua, ese murmullo antiguo que viene de antes del tiempo, me hablaba en lenguas marinas que creí haber olvidado, historias de corsarios y galeones, de naufragios y costas sin nombre, de sirenas que cantaban para nadie.
La cadencia de las olas era un arrullo hipnótico, un conjuro. Cerré los ojos y me dejé llevar por esa marea de imágenes que me arrastró sin aviso al Mar de los Sargazos. Vi velas infladas por vientos tropicales, oí gritos de auxilio en medio de la tormenta, sentí la sal en la piel y el espanto de no saber si al despertar seguiría siendo yo. El sueño me venció como un oleaje suave, mientras del otro lado de la pared alguien cantaba, sin urgencia, una canción antigua que no supe si era real o un eco más de mi delirio.
Las entrevistas con el agrimensor y el funcionario municipal me consumieron la dosis disponible de ramplona realidad, para dejarme por la noche a merced de la fantasía lunar en mi cuarto de hotel. Un cielo sin nubes, la luna en su magnífico esplendor y las estrellas como peces suspendidos en el cielo, el murmullo del rítmico oleaje y un viento suave y perfumado me llevaron a otra realidad que apenas podía vislumbrar en mi condición de náufrago entregado a su destino. Fue entonces cuando volví a escuchar la canción que ayer había creído imaginar, me abandoné a mi suerte sin resistencia y el sueño me devolvió en sus imágenes absurdas, la escasa cordura que me quedaba.
El día siguiente lo dediqué exclusivamente a negociar el precio de la tierra con los agentes inmobiliarios, pero mi cabeza volvía una y otra vez a mi noche mágica, la luna que empezaba a menguar, el sonido del mar y la misteriosa voz que me cantaba en un idioma que no conocía, pero podía entender, porque sus palabras me sangraban el alma y me arrastraban a un destino maravillosamente trágico. Volví al hotel para poner en orden mis papeles y comunicar a la empresa las novedades de mi gestión, pero ya sentía en el cuerpo el llamado del destino. Como un susurro amoroso me llegó la canción que alguien cantaba en la habitación de al lado. No tuve el recaudo, no quise, atarme a un lugar seguro para estar a salvo del sortilegio inevitable de su voz. Será entonces que no resta más que hacer la valija, comenzar a bajar las escaleras e ir hasta la orilla para iniciar el largo camino guiado por esa canción que me lleva a cumplir mi destino de náufrago.
El agua ya entró en mis zapatos, no hay retorno posible.
Francisco Moro
Argentina (1953)
Me asignaron una habitación amplia en el tercer piso, con un ventanal que daba al mar. El conserje, un hombre de sonrisa afable y voz de radio antigua, me miró como si supiera que yo soñaba desde niño con olas y con brújulas. Apenas entré, me duché rápido, sin quitarme del todo el cansancio del viaje, y bajé a cenar con el único propósito de acostarme temprano. A la mañana siguiente, me esperaban una reunión con el agrimensor y, por la tarde, una entrevista con algún funcionario municipal cuyo nombre olvidé al instante.
Sin embargo, no pude dormir enseguida. Me quedé de pie frente al ventanal, contemplando el horizonte donde una luna desmesurada -superluna la llamaban en los noticieros- comenzaba a levantarse como un globo de plata atado al hilo invisible del mundo. Su luz caía sobre la superficie del mar semejante a un manto lujurioso que alumbraba las olas en la superficie. El rumor del agua, ese murmullo antiguo que viene de antes del tiempo, me hablaba en lenguas marinas que creí haber olvidado, historias de corsarios y galeones, de naufragios y costas sin nombre, de sirenas que cantaban para nadie.
La cadencia de las olas era un arrullo hipnótico, un conjuro. Cerré los ojos y me dejé llevar por esa marea de imágenes que me arrastró sin aviso al Mar de los Sargazos. Vi velas infladas por vientos tropicales, oí gritos de auxilio en medio de la tormenta, sentí la sal en la piel y el espanto de no saber si al despertar seguiría siendo yo. El sueño me venció como un oleaje suave, mientras del otro lado de la pared alguien cantaba, sin urgencia, una canción antigua que no supe si era real o un eco más de mi delirio.
Las entrevistas con el agrimensor y el funcionario municipal me consumieron la dosis disponible de ramplona realidad, para dejarme por la noche a merced de la fantasía lunar en mi cuarto de hotel. Un cielo sin nubes, la luna en su magnífico esplendor y las estrellas como peces suspendidos en el cielo, el murmullo del rítmico oleaje y un viento suave y perfumado me llevaron a otra realidad que apenas podía vislumbrar en mi condición de náufrago entregado a su destino. Fue entonces cuando volví a escuchar la canción que ayer había creído imaginar, me abandoné a mi suerte sin resistencia y el sueño me devolvió en sus imágenes absurdas, la escasa cordura que me quedaba.
El día siguiente lo dediqué exclusivamente a negociar el precio de la tierra con los agentes inmobiliarios, pero mi cabeza volvía una y otra vez a mi noche mágica, la luna que empezaba a menguar, el sonido del mar y la misteriosa voz que me cantaba en un idioma que no conocía, pero podía entender, porque sus palabras me sangraban el alma y me arrastraban a un destino maravillosamente trágico. Volví al hotel para poner en orden mis papeles y comunicar a la empresa las novedades de mi gestión, pero ya sentía en el cuerpo el llamado del destino. Como un susurro amoroso me llegó la canción que alguien cantaba en la habitación de al lado. No tuve el recaudo, no quise, atarme a un lugar seguro para estar a salvo del sortilegio inevitable de su voz. Será entonces que no resta más que hacer la valija, comenzar a bajar las escaleras e ir hasta la orilla para iniciar el largo camino guiado por esa canción que me lleva a cumplir mi destino de náufrago.
El agua ya entró en mis zapatos, no hay retorno posible.
HISTORIA SIN RETORNO
Mario Levrero
Uruguay (1940-2004)
En un par de días lo tuve rascando la puerta; lo dejé entrar.
Se me hizo intolerable; lo llevé a un bosque más lejano y lo até a un árbol con una piola más gruesa (sabía que el defecto no estaba en la piola sino en la fidelidad del animal, quizás tenía la secreta esperanza de que esta vez no pudiera liberarse y muriera de hambre). Volvió algunos días después.
Entonces supe que el perro volvería siempre. No me atrevía a matarlo por temor a los remordimientos; y pensé que, aunque lograra efectivamente perderlo, en un bosque más lejano aún, viviría con el temor constante de su regreso; atormentaría mis noches y enturbiaría mis alegrías; me ataría más su ausencia que su presencia.
Entonces dudé apenas un instante ante la majestad del bosque compacto que se alzaba ante mis ojos -umbrío, imponente desconocido-; resueltamente, comencé a internarme y seguí internándome hasta que, finalmente, me perdí.
MODELO DE CARTA PARA RECHASAR UNA COLABORASIÓN
César Bruto
Argentina (1905-1984)
Estimado jóben literato que mandó una colaboracióN: lamento intensamente no poder satisfacer publicándole el presioso cuentesito bautisado “El calbario de un perrO” que usté mandó para la revista que yo tan dibnamente dirijo, pero resulta de que por haora estamos líenos de cuentos, y el suyo tendería quesperar una montonera de tiempo antes de que saliera publicado. ¿Comprende?
INVEROSÍMIL COINCIDENCIA
Enrique Jaramillo Levi
Panamá (1944)
Tras discutir con sus empleados en la fábrica el magnate salió por la entrada principal, caminó decidido hasta su lujoso auto, abrió la puerta, entró. Al arrancar, la explosión hizo volar por los aires despedazados trozos de aquel cuerpo elegantemente vestido y pulverizados residuos de metal ardiente en aquel fragor de llamas y apocalíptico estruendo. Una y otra vez la misma violencia en estas películas gringas, tan previsibles siempre, piensa. Aburrido, en su amplio estudio apaga el televisor. Al voltearse lo ve ahí parado, apuntándole, la cabeza envuelta en oscuro pasamontañas, y en seguida siente el dolor del fogonazo que lo lanza violentamente hacia atrás. Lo cual me hace despertar. Y es entonces -inverosímil coincidencia- que finalmente soy abatido sin misericordia por el mismo sicario anónimo del sueño, alter ego del que en la película -prefigurando mi final- había mandado al infierno al magnate explotador de inmigrantes que fui.
UNA DESPEDIDA
Vladimir Peniakoff
Bélgica (1897-1951)
Había una luz muy clara y un sol radiante. Estábamos ahora en el desierto, no sin alguna mata o arbusto, pero demasiado lejos del agua, para el hombre y su ganado. Bajo un arbusto vi una enorme hiena, dando vueltas y vueltas, como un perro antes de echarse a dormir; una hora después vi una pareja de orix. Las pesadas bestias, grandes como novillos, de pelaje blanco como la nieve y grandes cuernos curvos, pastaban en las matas de olor dulzón. Detuvimos el camión para mirarlos, porque ninguno de nosotros habíamos visto nunca animales así, ni volvimos a verlos. Lo ayudamos a Parker a incorporarse, para que él los viera también. Nos pareció importante que los viera antes de morir.
EL QUE ES DIOS SIN SABERLO
Ana María Shua
Argentina (1951)
En el mundo hay un señor que es Dios sin saberlo. Su poder, sin embargo, no es absoluto. Sus deseos, sus fantasías, sus más vagas intenciones se realizan de un modo que parece arbitrario por estar sujeto a leyes desconocidas, aunque naturales. Sus secreciones estomacales provocan, por ejemplo, ríos de lava en algún lugar de la Tierra. Su mal humor desencadena guerras. Procesos más sutiles que tienen lugar en cada una de sus células o sus cabellos rigen la vida privada de los hombres. Ese señor no es inmortal. Cuando muera es posible que sus poderes sean transferidos a otros por nacer. También es posible que el mundo desaparezca por completo, pero eso no lo sabremos nunca.
LA SOMBRA DE LAS JUGADAS
Edwin Morgan
Escocia (1920-2010)
Gradualmente se aclara que las vicisitudes del combate siguen las vicisitudes del juego. Hacia el atardecer, uno de los reyes derriba el tablero, porque le han dado jaque mate y poco después un jinete ensangrentado le anuncia:
- Tu ejército huye, has perdido el reino.
MARGARITA
Rafael Barrett
España (1876-1910)
Margarita era una niña ingenua.
Juan fue su primer enamorado. Con el corazón lleno de angustia, el
afán en los ojos y la súplica temblorosa en las manos, Juan la confesó su amor
profundo, tímido. Margarita, riendo, le contestó: “Eres feo y no me gustas”. Con
lo que Juan murió de sentimiento. Margarita era una niña
ingenua.
Pedro se presentó después. Tenía bigotes retorcidos y mirada de
pirata. Al pasar dijo a Margarita: “¿Quieres venir conmigo?”. Margarita,
palpitante, le contestó: “Eres hermoso y me gustas. Llévame”. Se poseyeron en
seguida y Margarita quiso desde entonces amar a Pedro a todas horas, sin
sospechar que su pasión era exagerada. Pedro no pudo resistir, y murió
extenuado en los brazos de Margarita, que era una niña ingenua.
La entusiasmaba lo que brilla, el sol, el oro, el rocío en las perfumadas entrañas de las flores y los diamantes en las vitrinas de los joyeros. Como era bella, un viejo vicioso le dio oro y diamantes. El rocío y el sol no estaban a la venta. Margarita, volviendo la cara contra la pared, entregaba al vicio del viejo su cuerpo primaveral. El viejo sucumbió pronto, dejando pegada para siempre a la fresca y pura piel de Margarita una enfermedad vergonzosa. Margarita era una mujer ingenua.
Creía en los Santos. La exaltaban las místicas volutas del incienso, las mil luces celestiales que centellean en el altar mayor; tragaba a su Dios todos los domingos, y una mañana de otoño le dio su alma, adornada con la bendición papal. Margarita era una viejecita ingenua.
La entusiasmaba lo que brilla, el sol, el oro, el rocío en las perfumadas entrañas de las flores y los diamantes en las vitrinas de los joyeros. Como era bella, un viejo vicioso le dio oro y diamantes. El rocío y el sol no estaban a la venta. Margarita, volviendo la cara contra la pared, entregaba al vicio del viejo su cuerpo primaveral. El viejo sucumbió pronto, dejando pegada para siempre a la fresca y pura piel de Margarita una enfermedad vergonzosa. Margarita era una mujer ingenua.
Creía en los Santos. La exaltaban las místicas volutas del incienso, las mil luces celestiales que centellean en el altar mayor; tragaba a su Dios todos los domingos, y una mañana de otoño le dio su alma, adornada con la bendición papal. Margarita era una viejecita ingenua.
EL ABECEDARIO
Luisa Valenzuela
Argentina (1938)
Para cumplir con este plan empezó como es natural por la letra A. Por lo tanto la primera semana amó a Ana, almorzó albóndigas, arroz con azafrán, asado a la árabe y ananás. Adquirió anís, aguardiente y hasta un poco de alcohol. Solamente anduvo en auto, asistió asiduamente al cine Arizona, leyó Amalia, exclamó ¡ahijuna! y también ¡aleluya! y ¡albricias! Ascendió a un árbol, adquirió un antifaz para asaltar un almacén y amaestró una alondra.
Todo iba a pedir de boca. Y de vocabulario. Siempre respetuoso del orden de las letras la segunda semana birló una bicicleta, besó a Beatriz, bebió Borgoña. La tercera cazó cocodrilos, corrió carreras, cortejó a Clara y cerró una cuenta. La cuarta semana se declaró a Desirée, dirigió un diario, dibujó diagramas. La quinta semana engulló empanadas y enfermó del estómago.
Cumplía una experiencia esencial que habría aportado mucho a la humanidad de no ser por el accidente que le impidió llegar a la Z. La decimotercera semana, sin tenerlo previsto, murió de meningitis.
EL AMOR PARALELO
Carlos Eduardo Zavaleta
Perú (1928-2011)
¿Conoce el hombre a su mujer?
Una pareja de esposos solía ir cumplidamente a la misa dominical. Un domingo, el último, en medio de la música del coro ella salió de la banca y avanzó a comulgar junto con decenas de creyentes; el marido quedó sentado y desde esa comodidad miró vagamente la cola de fieles, que finalmente se adelgazó y como que desapareció ante el marido distraído y rutinario, para quien casi no había sorpresas.
Pasaron los minutos y él empezó a preocuparse, pues la mujer no volvía a la banca, cuyo sitio vacío comenzó de súbito a crecer y quizá a brillar, mientras el hombre hacía lo imposible por detener sus nervios, su desazón. Cuando comprobó que ella no había salido por ninguna de las grandes puertas, corrió a la sacristía y pudo trasmitir su miedo y al fin su desesperación.
El sacristán, hombre austero y paciente, le ayudó a buscarla nuevamente, esta vez en torno al templo y preguntando a los últimos fieles que ya tomaban taxis o se alejaban a pie.
- Tranquilícese -dijo el sacristán- Nada ganamos con los nervios. Antes de avisar a la policía, dígame si es ésta la primera vez que ella...
- Sí, así es; nunca antes había sucedido.
- ¿Dice usted la verdad?
- Por supuesto,
- Pues no quiero asustarlo, pero hay algunas esposas que salen y toman un curioso camino paralelo, paralelo a éste.
- ¿Qué quiere usted decir?
- Que siguen muy cerca de sus maridos, que quizá los ven a diario, pero como siguen un camino paralelo es imposible que vuelvan a encontrarse.