16 de marzo de 2009

Luchino Visconti: "Existe el fenómeno universal de someter el impulso hacia lo nuevo a las normas de lo viejo"

Luchino Visconti (1906-1976) fue un notable director italiano de cine, ópera, teatro y ballet. Sus primeras películas se ciñen dentro del movimiento neorrealista italiano: "Ossessione" (Obsesión), "La terra trema" (La tierra tiembla) y "Bellissima" (Bellísima). Pero fueron sus adaptaciones de grandes obras maestras literarias las que lo situaron entre los mejores directores de la historia del cine: "Le notti bianche" (Noches blancas) a partir de una historia de Fiódor Dostoievski (1821-1881); "Morte a Venezia" (Muerte en Venecia), sobre la obra homónima de Thomas Mann (1875-1955), e "Il gattopardo" (El gatopardo), según la obra de Giuseppe Tomasi di Lampedusa (1896-1957). El estreno de esta última en Italia fue acompañado por la publicación del guión junto a una conversación entre el cineasta y el periodista, guionista y crítico cinematográfico Antonello Trombadori (1917-1993). Dicho diálogo fue reproducido por la revista "Minerva" nº 4 de julio de 1963.Dejando a un lado su éxito de público, la novela de Tomassi di Lampedusa, "El Gatopardo", ha suscitado opiniones contradictorias por parte de críticos y novelistas de todo el mundo: los hay que no han dudado en calificarla de reaccionaria y prisionera de una concepción inmovilista de la vida, mientras que otros la han saludado como la primera novela moderna italiana, que ajusta cuentas con la historia y con los dramas más complejos de nuestra formación nacional y espiritual. ¿Tú qué opinas?

Yo estoy de acuerdo con el punto de vista de Lampedusa e incluso con el de su protagonista, el príncipe Fabrizio, y no sólo por lo que toca al análisis de los hechos históricos y de las situaciones psicológicas que derivan de estos hechos, sino que también coincido con él en lo que se refiere a la consideración pesimista de tales hechos. El pesimismo del príncipe de Salina le lleva a añorar el derrumbamiento de un orden que, por muy inmóvil que fuera, no dejaba de ser un orden, mientras que nuestro pesimismo se carga de voluntad y en lugar de añorar el orden feudal y borbónico, tiende a postular otro nuevo. Pero, en definitiva, sin duda estoy de acuerdo con la definición del Risorgimento como "revolución malograda" o, mejor dicho, "traicionada", una cuestión a la que se alude en la novela: basta recordar las reflexiones del Príncipe cuando don Ciccio Tumeo se desahoga hablando acerca de los resultados del plebiscito.

En suma, apuntas una interpretación particular del libro y atribuyes a la historia un eje ideal que, por lo demás, no sólo es ideal, sino que es también el eje narrativo y poético de tu película.

Mi película no es, ni podría serlo, una transcripción en imágenes de la novela. No soy de los que, fieles a una idea vanguardista anticuada del "específico fílmico", confían hasta tal punto en las virtudes taumatúrgicas de la cámara que creen que basta con dar a cualquier cosa la forma película para hacer auténtico cine. Por muy fiel que sea una película a la novela que la inspiró (y espero que sea este el caso de mi "Gatopardo..."), debe tener su propia originalidad para ser un filme válido. Y no me refiero únicamente a los aspectos visuales. Ni Verga, ni Pirandello, ni De Robertis lo dijeron todo sobre el drama del Risorgimento italiano revivido desde la perspectiva visual decisiva que constituye la fascinante y compleja realidad siciliana. En cierto modo, Tomassi di Lampedusa ha completado ese discurso y lo que yo he tomado como punto de partida ha sido su aportación, que en el terreno del arte no me ha parecido en absoluto contradictoria con la de la historiografía democrática y marxista de Gobetti, Salvemini o Gramsci. También me he sentido aguijoneado por las emociones poéticas puras (los personajes, el paisaje, el conflicto entre lo viejo y lo nuevo, el descubrimiento de la isla misteriosa, los sutiles vínculos entre la iglesia y el mundo feudal, la extraordinaria talla humana del Príncipe, la codicia de los nuevos ricos combinada con el interés político, la belleza de Angelica, la hipocresía de Tancredi) y por un impulso crítico-ideológico que ya estaba presente en mis anteriores trabajos.

En la película, la preponderancia de los motivos histórico-ideológicos, ¿posterga de algún modo los rasgos humanos, psicológicos y existenciales de los personajes de Lampedusa?

No creo que esos dos conjuntos de rasgos puedan separarse. Y espero que tu pregunta sea en cierto sentido retórica. El problema de la unificación acertada en la obra de arte es el problema por excelencia del realismo, un problema que me desasosiega. En numerosas ocasiones se me ha reprochado el haberlo resuelto únicamente en clave voluntarista y de manera abiertamente pedagógica, y es posible que en esta crítica haya parte de verdad. Pero no por eso voy a alejarme de este tipo de indagación que, en "El Gatopardo", creo haber llevado a cabo con éxito. Los motivos histórico-políticos no predominan sobre los demás: fluyen por las venas de los personajes como parte esencial de su linfa vital. En algunos afloran y se manifiestan abiertamente mientras que en otros se sedimentan permaneciendo opacos o bien transcurren velozmente. Sin duda, de nada sirve buscar en mi película esa contraposición escéptica y sin sentido entre la intimidad de los sentimientos y las pasiones colectivas, entre los impulsos irracionales del corazón y los movimientos reales de la historia, en definitiva, entre desesperación y esperanza, que algunos quisieron hallar en "El Gatopardo", intentando, por diversos motivos, sacar a esta obra del ámbito del realismo en el que está perfectamente circunscrita, para situarla en esa especie de vago elíseo, bastante provinciano por lo demás, que constituye la llamada literatura de la angustia. En "El Gatopardo" se cuenta la historia de un contrato matrimonial: la belleza de Angelica entregada a la voracidad de Tancredi. Pero Angelica no sólo es hermosa; ella sabe perfectamente de qué pasta está hecho ese contrato matrimonial y lo acepta tal como es, por mucho que, a primera vista, parezca tratarse únicamente de puro amor. Tampoco Tancredi es sólo cínico y voraz: desde el comienzo mismo de la deformación y la corrupción se vislumbran en él los esplendores de civilización, nobleza y virilidad que la inmovilidad feudal había depositado, sin esperanza de futuro, en la persona del príncipe Fabrizio. Tras el contrato matrimonial de Angelica y Tancredi se abren otras perspectivas: la del estado piamontés que, en la figura de Chevalley, actúa casi como un notario que viene a sellar ese contrato; la de la nueva burguesía terrateniente, que en la persona de don Calogero Sedara retoma el doble conflicto de sentimientos y de intereses tal como Verga lo retrató de forma memorable en "Mastro don Gesualdo" (Maestro don Gesualdo), cuyo protagonista es, en mi opinión, el auténtico progenitor del alcalde de Donnafugata; la de los campesinos, oscuros protagonistas subalternos y casi sin rostro, pero no por ello menos presentes; la de la supervivencia contaminada, anacrónica y, sin embargo, todavía activa de las estructuras y los fastos feudales captados a medio camino entre su imparable decadencia y la intromisión en su tejido de cuerpos extraños (don Calogero, los oficiales piamonteses, los garibaldinos) que, ayer rechazados, son hoy soportados y asimilados. De este planteamiento de la novela de Lampedusa no hemos eliminado ni un solo momento, aspecto o diálogo decisivo; es más, hemos dado forma a algunos temas que en la novela aparecen como meras alusiones informativas: en primer lugar, la revolución palermitana, las batallas garibaldinas, el linchamiento de los esbirros borbónicos: todo esto era necesario para explicar la fuerza explosiva de la coyuntura histórica y el riesgo real que Tancredi acepta correr para seguir su plan de situarse a la cabeza de los acontecimientos para dominarlos. En segundo lugar, la relación entre don Calogero y los campesinos (a la que se alude en numerosas ocasiones en los diálogos del libro), para poner de manifiesto uno de los componentes del precio y de la puesta en juego en el contrato de matrimonio entre Tancredi y Angelica. En tercer lugar, las consecuencias de la desesperada empresa de Aspromonte. Como sin duda sabes, algunos miembros del ejército real que en 1862 obedecieron el llamamiento de Garibaldi para seguirlo a Aspromonte fueron fusilados como desertores. Naturalmente, no nos hemos tomado la libertad de introducir ese episodio en la película, pero es una realidad cuyos ecos resuenan en el baile y de la que don Fabrizio es perfectamente consciente. De hecho, al terminar el baile, como en una despedida al mismo tiempo solemne y amarga, las carrozas de los invitados regresan a sus casas bajo las primeras luces del amanecer, mientras el príncipe Fabrizio se encamina en solitario por las calles de la vieja ciudad, en un coloquio atormentado y vehemente con la luz del lucero del alba.

Me parece estar oyendo un gran final, y en cambio sólo estamos a la mitad de la película.

No, estamos justamente en el final de la película, que no se corresponde con el de la novela.

Luego no te has limitado a subrayar algunos aspectos; con este corte imprevisto de la narración has "adaptado" el contenido de la novela a tus exigencias espectaculares.

De nuevo nos topamos con el problema de la verdadera relación entre cine y narrativa, entre la película y la obra ya acabada. Me pareció que todo lo que en la novela sucede después de los años 1861/1862 podía adelantarlo, gracias al lenguaje cinematográfico, exactamente en ese espacio temporal, recurriendo, naturalmente, a una cierta violencia expresiva, a una dilatación hiperbólica del tiempo del baile en el palacio Ponteleone, no tanto para introducir una modificación respecto del texto escrito, sino para subrayar todo lo que esas páginas admirables contienen de simbólico y de sintetizador de los distintos conflictos, de los diversos valores y de las diferentes perspectivas posibles de los sucesos narrados.

Si he comprendido bien, te estás refiriendo al hecho de que, en el baile del palacio Ponteleone, Lampedusa ofrece su primer y absoluto veredicto acerca de la hipótesis en la que se basa Tancredi cuando, al asociarse a la empresa garibaldina, dirige al protagonista de la novela y toda su compleja situación: "Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie".

Exactamente. De hecho, quise incluso forzar este veredicto, hacerlo explícito y conseguir así una poderosa carga provocadora y crítica en el final. Creo que en esta ocasión lo he logrado con mayor eficacia que en "Senso" (Sentido) o en "Rocco i suoi fratelli" (Rocco y sus hermanos), -donde, por lo demás, las consecuencias positivas son más evidentes y buscadas-, por el hecho de que la explosión de los valores positivos del Príncipe y la aceptación humana de una parte de su dolor me han permitido establecer un conflicto más candente entre la caída del viejo orden ("es preciso que todo cambie") y el eco irónico y trágico del drama de Aspromonte ("para que todo siga como está").

Entonces no es exacta la versión, que algunos periodistas pusieron en circulación durante el rodaje, según la cual habrías dado la espalda a la clave realista de "El Gatopardo" para dedicarte en exclusiva a los aspectos más elusivos, oníricos, sensibleros y, como suele decirse peyorativamente, melodramáticos de la novela, ¿no?

Espero que el resultado del trabajo que nos hemos tomado, tanto yo como mis colaboradores, dé una respuesta categóricamente negativa a estas opiniones. En primer lugar, no creo que se pueda separar los distintos momentos poéticos de la novela de Lampedusa: quien lo crea así es, evidentemente, un mal lector o, a al menos, un mal lector de "El Gatopardo". Hubo también quien escribió, planteando en un plano más serio y noble la disyunción a que te has referido, que lo que me habría fascinado de "El Gatopardo" habría sido sobre todo el momento de la "memoria" y de la "premonición", del doloroso refugiarse en el pasado y de los presentimientos oscuros, inconfesados e irracionales de una catástrofe imprecisa y que, por tanto, me habría situado en una posición más próxima a la de Marcel Proust que a la de Giovanni Verga, por poner un ejemplo. Si semejante contraposición pretende situar a Proust entre los novelistas que niegan la relación entre vida interior y vida social, y a Verga entre quienes lo reducen todo a la dimensión de los hechos positivos, rechazo también esta alternativa como falsa y deformante. Estaría, en cambio, totalmente de acuerdo con quien señalase que en Lampedusa se encuentran y reconcilian los modos particulares de afrontar las cuestiones de la vida social y la existencia propios del realismo de Verga y los de la "memoria" de Proust. Con esta convicción releí la novela cientos de veces y con esta convicción realicé la película. Mi más honda ambición sería la de haber conseguido que Tancredi y Angelica en la noche del baile en el palacio Ponteleone recordaran a Odette y Swann, y que don Calogero Sedara, en sus relaciones con los campesinos y en la noche del plebiscito, evocara al maestro don Gesualdo. Asimismo, me gustaría que en la fúnebre mortaja que gravita sobre los personajes de la película, desde que se dicta la sentencia "si queremos que todo siga como está es preciso que todo cambie", resonara el mismo sentido de muerte y de amor-odio hacia un mundo destinado a morir entre esplendores deslumbrantes que Lampedusa asimiló tanto de la inmortal intuición verguiana del destino de los sicilianos, como de los claroscuros de la "A la recherche du temps perdu" (En busca del tiempo perdido). Por lo demás, el motivo central de "El Gatopardo" –"para que todo siga como está es preciso que todo cambie"– no sólo me interesó en tanto que crítica despiadada al transformismo que pesa como el plomo sobre nuestro país y que le ha impedido cambiar hasta hoy, sino también como fenómeno más universal y, lamentablemente, de rabiosa actualidad: el de someter el impulso hacia lo nuevo que experimenta el mundo a las normas de lo viejo, haciendo que éstas gobiernen sobre aquél.

O sea, que también tú, a pesar de todas las indicaciones en sentido contrario, llegas a las mismas conclusiones pesimistas sobre Sicilia y sobre el mundo moderno que parecen ser las de Lampedusa…

Has hecho bien en decir "parecen". De hecho, una lectura atenta no arroja esas conclusiones a las que te refieres. En cualquier caso, y por lo que me atañe a mí personalmente y por lo que atañe a mi película, debo decir que mis conclusiones no son pesimistas, aunque sea necesario recordar que los caminos de la esperanza, como dijo alguien que entendía mucho de esperanzas, no son rectos, sino tortuosos e imprevisibles, en zig-zag.

Has dicho que el lenguaje de la película sigue en esencia al de la novela y, sin embargo, además de algunos insertos con recuerdos que aparecen en diversas ocasiones, has reconocido que hay momentos en los que el tiempo real se transforma deliberadamente en un tiempo fantástico. ¿Cuáles son estos momentos?

Ya he hablado del baile en el palacio Ponteleone, que ocupa exactamente un tercio de la película. Pero hay otros dos momentos que constituyen, para el contenido ideal de la película y para la dinámica de los personajes, otros tantos puntos decisivos: el diálogo entre el Príncipe y don Ciccio Tumeo durante la caza y el coloquio del Príncipe con Chevalley. Tanto en uno como en otro las implicaciones psicológicas e histórico-políticas son reveladoras, pero hay una, común a los dos momentos, que me gustaría subrayar: tanto don Ciccio como el Príncipe expresan puntos de vista reaccionarios, el uno acerca del plebiscito, el otro acerca de la Unidad de Italia y el futuro de Sicilia. Pero lo hacen -o, mejor dicho, Lampedusa consiguió que lo hicieran- de tal modo que queda patente la forma distorsionada en la que la clase dirigente piamontesa y sus aliados naturales en Sicilia sacaron adelante "lo nuevo", sirviéndose únicamente de los instrumentos más falaces y deprimentes de "lo viejo": la mala fe, el atropello, el engaño. He subrayado estos momentos y pasajes no sólo por su interés en relación al eje histórico-político de los acontecimientos narrados, sino también por la forma en que una mixtificación semejante recubre desde dentro las relaciones humanas y sentimentales, haciendo que los límites de una sociedad, de una moral y de una cultura recaigan sobre sus destinos libres e individuales. ¿Nunca te has preguntado, al leer "El Gatopardo", si un personaje como Tancredi habría podido decir sí, no sólo a la represión de las revueltas de 1896, sino también al fascismo? Yo me he planteado esta pregunta y debo decir que la respuesta afirmativa que deja entrever Lampedusa me ha conmocionado profundamente. A lo largo de toda la película he situado al personaje de Tancredi bajo esta luz desconcertante y contradictoria.

Jacques Le Goff: "La historia se hace con hombres de carne y hueso, con sus sueños, sus creencias y sus necesidades cotidianas"

El historiador francés Jacques Le Goff (1924) goza de un enorme prestigio y su abundante obra lo convierte en uno de los mayores especialistas de la Edad Media y en uno de los más influyentes historiadores de la segunda mitad del siglo XX. Vivió en Toulon, su pueblo natal, hasta 1942, cuando pasó a Amiens para estudiar en la Escuela Normal Superior hasta 1950; luego lo hizo en el Lincoln College de Oxford, en la Ecole Francaise de Roma y en la Faculté de Lille. Hacia 1958 se incorporó al Centre National de la Recherche Scientifique (CNRS). Entre 1962 y 1977 fue Director de Investigaciones en el área de Ciencias Sociales de la Ecole des Hautes Etudes de París. Su extensa bibliografía puede resumirse en algunos de sus libros clásicos: "Marchands et banquiers au Moyen Age" (Mercaderes y banqueros de la Edad Media), "Les intellectuels au Moyen Age" (Los intelectuales en la Edad Media), "La naissance du purgatoire" (El nacimiento del purgatorio), "L'apogée de la chrétienté" (El apogeo de la cristiandad), "L'imaginaire médiéval" (El imaginario medieval), "La vieille Europe et la nótre"(La vieja Europa y el mundo moderno), "A la recherche du Moyen Age" (En busca de la Edad Media) y "L'Europe est-elle née au Moyen Age? (¿Nació Europa en la Edad Media?). Le Goff recurre al diálogo con otras disciplinas para estudiar la vida cotidiana, las mentalidades y los sueños del Medioevo: desde la antropología y la arqueología, hasta la biología y la filosofía, pasando por la psicología y la sociología. De ese modo presenta una Edad Media modesta pero a la vez compleja en la que las ciudades comenzaban a forjarse una idea de la belleza, los burgueses financiaban catedrales y las prostitutas eran bien tratadas y hasta desposadas. La entrevista que sigue fue lograda por la corresponsal Luisa Corradini y publicada por el diario "La Nación" en su edición del 12 de octubre de 2005.Los historiadores no consiguen ponerse de acuerdo sobre la cronología de la Edad Media. ¿Cuál es la correcta, a su juicio?

Es verdad que no todos los historiadores coinciden en esa cronología. Para mí, la primera de sus etapas comienza en el siglo IV y termina en el VIII. Es el período de las invasiones, de la instalación de los bárbaros en el antiguo imperio romano occidental y de la expansión del cristianismo. Déjeme subrayar que Europa debe su cultura a la Iglesia. Sobre todo, a San Jerónimo, cuya traducción latina de la Biblia se impuso durante todo el medioevo, y a San Agustín, el más grande de los profesores de la época.

Usted, gran anticlerical, jamás deja de destacar el papel de la Iglesia en los mayores logros de la Edad Media.

¡Pero no es necesario ser un ferviente creyente para hablar bien de la Iglesia! También soy un convencido partidario del laicismo: principio admirable, establecido por el mismo Jesús cuando dijo: "Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios". Pero, volviendo a la cronología, la segunda etapa está delimitada por el período carolingio, del siglo VIII al X.

¿El imperio de Carlomagno fue, para muchos, el primer intento verdadero de construcción europea?

Falso. En realidad se trató del primer intento abortado de construcción europea. Un intento pervertido por la visión "nacionalista" de Carlomagno y su patriotismo franco. En vez de mirar al futuro, Carlomagno miraba hacia atrás, hacia el imperio romano. La Europa de Carlos V, de Napoleón y de Hitler fueron también proyectos antieuropeos. Ninguno de ellos buscaba la unidad continental en la diversidad. Todos perseguían un sueño imperial.

Usted escribió que a partir del año 1000 apareció una Europa soñada y potencial, en la cual el mundo monástico tendría un papel social y cultural fundamental.

Así es. Una nueva Europa llena de promesas, con la entrada del mundo eslavo en la cristiandad y la recuperación de la península hispánica, que estaba en manos de los musulmanes. Al desarrollo económico, factor de progreso, se asoció una intensa energía colectiva, religiosa y psicológica, así como un importante movimiento de paz promovido por la Iglesia. El mundo feudal occidental se puso en marcha entre los siglos XI y XII. Esa fue la Europa de la tierra, de la agricultura y de los campesinos. La vida se organizaba entre la señoría, el pueblo y la parroquia. Pero también entraron en escena las órdenes religiosas militares debido a las Cruzadas y a las peregrinaciones que transformarían la imagen de la cristiandad. Entre los siglos XIII y XV, fue el turno de una Europa suntuosa de las universidades y las catedrales góticas.

En todo caso, para usted, la Edad Media fue todo lo contrario del oscurantismo.

Aquellos que hablan de oscurantismo no han comprendido nada. Esa es una idea falsa, legado del Siglo de las Luces y de los románticos. La era moderna nació en el medioevo. El combate por la laicidad del siglo XIX contribuyó a legitimar la idea de que la Edad Media, profundamente religiosa, era oscurantista. La verdad es que la Edad Media fue una época de fe, apasionada por la búsqueda de la razón. A ella le debemos el Estado, la nación, la ciudad, la universidad, los derechos del individuo, la emancipación de la mujer, la conciencia, la organización de la guerra, el molino, la máquina, la brújula, la hora, el libro, el purgatorio, la confesión, el tenedor, las sábanas y hasta la Revolución Francesa.

Pero la Revolución Francesa fue en 1789. ¿No se considera que la Edad Media terminó con la llegada del Renacimiento, en el siglo XV?

Para comprender verdaderamente el pasado, es necesario tener en cuenta que los hechos son sólo la espuma de la historia. Lo importante son los procesos subyacentes. Para mí, el humanismo no esperó la llegada del Renacimiento: ya existía en la Edad Media. Como existían también los principios que generaron la Revolución Francesa. Y hasta la Revolución Industrial. La verdad es que nuestras sociedades hiperdesarrolladas siguen estando profundamente influidas por estructuras nacidas en el medioevo.

¿Por ejemplo?

Tomemos el ejemplo de la conciencia. En 1215, el IV Concilio de Letrán tomó decisiones que marcaron para siempre la evolución de nuestras sociedades. Entre ellas, instituyó la confesión obligatoria. Lo que después se llamó "examen de conciencia" contribuyó a liberar la palabra, pero también la ficción. Hasta ese momento, los parroquianos se reunían y confesaban públicamente que habían robado, matado o engañado a su mujer. Ahora se trataba de contar su vida espiritual, en secreto, a un sacerdote. Tanto para mí como para el filósofo Michel Foucault, ese momento fue esencial para el desarrollo de la introspección, que es una característica de la sociedad occidental. No hace falta que le haga notar que bastaría con hacer girar un confesionario para que se transformara en el diván de un psicoanalista.

Usted habla de emancipación de la mujer en la Edad Media. ¿Pero aquella no fue una época de profunda misoginia?

Eso dicen y, naturalmente, hay que poner las cosas en perspectiva. Yo sostengo, sin embargo, que se trató de una época de promoción de la mujer. Un ejemplo bastaría: el culto a la Virgen María. ¿Qué es lo que el cristianismo medieval inventó, entre otras cosas? La santísima trinidad, que, como los Tres Mosqueteros, eran, en realidad, cuatro: Dios, Jesús, el Espíritu Santo y María, madre de Dios. Convengamos en que no se puede pedir mucho más a una religión que fue capaz de dar estatus divino a una mujer. Pero también está el matrimonio: en 1215, la Iglesia exigió el consentimiento de la mujer, así como el del hombre, para unirlos en matrimonio. El hombre medieval no era tan misógino como se pretende.

La invención del purgatorio, a mediados del siglo XII, parece haber sido también uno de los momentos clave para el desarrollo de nuestras sociedades actuales.

Así es. Curiosamente, lo que comenzó como un intento suplementario de control por parte de la Iglesia, concluyó permitiendo el desarrollo de la economía occidental tal como la practicamos en nuestros días.

¿Cómo es eso?

La invención del purgatorio se produjo en el momento de transición entre una Edad Media relativamente libre y un medioevo extremadamente rígido. En el siglo XII comenzó a instalarse la noción de cristiandad, que permitiría avanzar pero también excluir y perseguir: a los herejes, los judíos, los homosexuales, los leprosos, los locos... Pero, como siempre sucedió en la Edad Media, cada vez que se hacían sentir las rigideces de la época los hombres conseguían inventar la forma de atenuarlas. Así, la invención de un espacio intermedio entre el cielo y el infierno, entre la condena eterna y la salvación, permitió a Occidente salir del maniqueísmo del bien y del mal absolutos. Podríamos decir también que, inventando el purgatorio, los hombres medievales se apoderaron del más allá, que hasta entonces estaba exclusivamente en manos de Dios. Ahora era la Iglesia la que decía qué categorías de pecadores podrían pagar sus culpas en ese espacio intermedio y lograr la salvación. Una toma de poder que, por ejemplo, permitiría a los usureros escapar al infierno y hacer avanzar la economía. También serían salvados de este modo los fornicadores.

Pero hasta la aparición del sistema bancario reglamentado, en el siglo XVIII, tanto la Iglesia como las monarquías sobrevivieron gracias a los usureros. ¿Por qué condenarlos al infierno?

Porque así lo establecían las escrituras, como en la mayoría de las religiones. En el universo cristiano medieval, la usura era un doble robo: contra el prójimo, a quien el usurero despojaba de parte de su bien, pero, sobre todo, contra Dios, porque el interés de un préstamo sólo es posible a través del tiempo. Y como el tiempo en el medioevo sólo pertenecía a Dios, comprar tiempo era robarle a Dios. Sin embargo, el usurero fue indispensable a partir del siglo XI, con el renacimiento de la economía monetaria. La sed de dinero era tan grande que hubo que recurrir a los prestamistas. Entonces la escolástica logró hallarles justificaciones. Surgió así el concepto de mecenas. También se aceptó que prestar dinero era un riesgo y que era normal que engendrara un beneficio. En todo caso, y sólo para los prestamistas considerados "de buena fe", el purgatorio resultó un buen negocio.

La Edad Media también inventó el concepto de guerra justa, vigente hasta nuestros días, como lo demostraron los debates en la ONU sobre la guerra en Irak. Curioso, ya que el cristianismo es portador de un ideal de paz. Hasta se podría decir que es antimilitarista.

Es verdad. Ordenándole a Pedro que enfundara su espada, Cristo dijo: "Quien a hierro mate, a hierro morirá". Los primeros grandes teóricos cristianos latinos eran pacifistas. Pero todo cambió a partir del siglo IV, cuando el cristianismo se transformó en religión de Estado.

En otras palabras, los cristianos se vieron obligados a cristianizar la guerra.

En esa tarea tendrá un papel fundamental San Agustín, el gran pedagogo cristiano. Para él, la guerra es una consecuencia del pecado original. Como éste existirá hasta el fin de los tiempos, la guerra también existirá por siempre. San Agustín propuso, entonces, imponer límites a esa guerra. En vez de erradicarla, decidió confinarla, someterla a reglas. La primera de esas reglas es que sólo es legítima la guerra declarada por una persona autorizada por Dios. En la Edad Media, era el príncipe. Hoy es el Estado, el poder público. La segunda regla es que una guerra es justa sólo cuando no persigue la conquista. En otras palabras: las armas sólo se toman en defensa propia o para reparar una injusticia. Esas reglas siguen perfectamente vigentes en nuestros días.

¿Se podría decir que el hombre medieval trataba de preservar la cristiandad de todo aquello que amenazaba su equilibrio?

Constantemente. Déjeme evocar como ejemplo el que para mí fue el aspecto más negativo de la época: la condena absoluta del placer sexual, simbolizado por el llamado "pecado de la carne". La alta Edad Media asumió las prohibiciones del Antiguo Testamento. Desde entonces, el cuerpo fue diabolizado, a pesar de algunas excepciones, como Santo Tomás de Aquino, para quien era lícito el placer en el acto amoroso. Frente a la opresión moral, la sociedad medieval reaccionó con la risa, la comedia y la ironía. El universo medieval fue un mundo de música y de cantos, promovió el órgano e inventó la polifonía.

Hace un momento hizo referencia a los fornicadores que tuvieron un lugar en el purgatorio. ¿Cómo fue esto posible en una época de tanta represión sexual?

Hay una anécdota que ilustra perfectamente la dualidad medieval. El rey Luis IX de Francia, que después sería canonizado como San Luis, tenía una vitalidad sexual desbordante. En los períodos en que las relaciones carnales eran lícitas (fuera de las fiestas religiosas), el monarca no se contentaba con reunirse con su esposa por las noches. También lo hacía durante el día. Esto irritaba mucho a su madre, Blanca de Castilla, que en cuanto se enteraba de que su hijo estaba con la reina intentaba introducirse en la habitación para poner fin a sus efusiones. Luis IX decidió entonces poner un guardián ante su puerta, que debía prevenirlo y darle tiempo de disimular su desenfreno. Ese hombre lleno de ardor tuvo once hijos y cuando partió a la Cruzada, en 1248, llevó a su mujer, a fin de no privarse de sus placeres sexuales. ¡No imaginará usted que la Iglesia podía enviar a San Luis a arder en el fuego eterno del infierno!

¿También podríamos decir que la Edad Media inventó el concepto de Occidente?

La palabra "Occidente" no me gusta. Pronunciada por los occidentales, tiene un contenido de soberbia para el resto del planeta.

Pero entonces, ¿cómo definir, por ejemplo, a América, heredera de Europa?

América ha dejado de ser la heredera de Europa. Lo fue hasta finales de la Segunda Guerra Mundial, cuando tanto Estados Unidos como el resto del continente dejaron de tener al hombre como centro de sus preocupaciones.

Usted es un apasionado estudioso de la imaginación colectiva de la Edad Media. ¿Por qué eso es tan importante?

Felizmente, las nuevas generaciones de historiadores siguen cada vez más esa tendencia. La imaginación colectiva se construye y se nutre de leyendas, de mitos. Se la podría definir como el sistema de sueños de una sociedad, de una civilización. Un sistema capaz de transformar la realidad en apasionadas imágenes mentales. Y esto es fundamental para comprender los procesos históricos. La historia se hace con hombres de carne y hueso, con sus sueños, sus creencias y sus necesidades cotidianas.

¿Y cómo era esa imaginación medieval?

Estaba constituida por un mundo sin fronteras entre lo real y lo fantástico, entre lo natural y lo sobrenatural, entre lo terrenal y lo celestial, entre la realidad y la fantasía. Si bien los cimientos medievales de Europa subsistieron, sus héroes y leyendas fueron olvidados durante el Siglo de las Luces. El romanticismo los resucitó, cantando las leyendas doradas de la Edad Media. Hoy asistimos a un segundo renacimiento gracias a dos inventos del siglo XX: el cine y las historietas. El medioevo vuelve a estar de moda con "Harry Potter", "La guerra de las galaxias" y los videojuegos. En realidad, la Edad Media tiene una gran deuda con Hollywood. Y viceversa. Pensé alguna vez que provocaría un escándalo afirmando que el medioevo se había prolongado hasta la Revolución Industrial. La verdad es que ha llegado hasta nuestros días.

¿Se podría decir entonces que seguimos viviendo en la Edad Media?

Sí. Pero esto quiere decir todo lo contrario de que estamos en una época de hordas salvajes, ignorantes e incultas, sumergidos en pleno oscurantismo. Estamos en la Edad Media porque de ella heredamos la ciudad, las universidades, nuestros sistemas de pensamiento, el amor por el conocimiento y la cortesía. Aunque, pensándolo bien, esto último bien podría estar en vías de extinción.