10 de junio de 2021

Adolfo Bioy Casares: “Escribir es hacer un mal borrador y luego corregirlo hasta desentrañar lo que uno realmente piensa” (1)

Autor de numerosos libros de relatos y novelas, Adolfo Bioy Casares (1914-1999) fue uno de los escritores argentinos más relevantes del siglo XX. Además de poseer un hábil uso de la paradoja, un agudísimo sentido del humor y un exquisito manejo de la ironía, su prosa suele ser considerada como una de las más depuradas y elegantes que ha dado la literatura latinoamericana. Miembro de una familia de hacendados bonaerenses, comenzó a escribir desde muy joven y en 1933 publicó el volumen de cuentos “Diecisiete disparos contra lo porvenir”. Un año antes Victoria Ocampo (1890-1979), fundadora de la revista “Sur”, le presentó a Jorge Luis Borges (1899-1986) con quien entabló una amistad que sería decisiva en su carrera literaria. En los años ’40 llegaría su etapa más fructífera como escritor. Por entonces publicaría las novelas “La invención de Morel” y “Plan de evasión”, y los volúmenes de relatos “La trama celeste”, “El perjurio de la nieve” y “Las vísperas de Fausto”. También, en coautoría con Silvina Ocampo (1903-1993), escribió la novela policíaca “Los que aman, odian”, codirigió con Borges la prestigiosa colección “El Séptimo Círculo” y entre los tres compaginaron la “Antología de la literatura fantástica”. Lo que sigue es la primera parte de un resumen editado de las entrevistas que concediera a María Esther Gilio (“Revista de la Universidad de México”, septiembre de 1982) y a Mónica Sifrim (suplemento “Cultura y Nación” del diario “Clarín”, junio de 1986).


¿Qué tiene que ver con Adolfo Bioy Casares ese duro del Lejano Oeste que vemos en las fotografías?

 Tal vez ésa es la imagen que los demás esperan de mí.
 
O por lo menos la imagen que usted cree que los demás esperan de usted.
 
Los fotógrafos dicen que uno debe asumir su cara.
 
¡Pero es que usted no la asume! Usted tiene en las fotos una expresión irreconocible. Si yo tuviera que describirlo tal como lo veo diría que su expresión es dulce, escéptica y piadosa. Como si el ser humano le provocara infinita compasión y melancolía.
 
Sí, es verdad. Siento compasión por el hombre. A veces discutimos con Borges sobre esto. Él dice que no puede admitir la compasión, que la compasión lo ofende. Yo creo que todos merecemos compasión. Que somos unos pobres diablos heroicos por el solo hecho de estar vivos.
 
Además de pobre diablo, tal vez, algunas veces se sentirá Dios decidiendo sobre vida y milagros de hombres y mujeres que usted mismo ha creado.
 
Tal vez, pero sólo por unos segundos.
 
Hábleme sobre el acto de escribir.
 
Escribir es hacer un mal borrador y luego corregirlo hasta desentrañar lo que uno realmente piensa.
 
Algunos escritores dicen que escriben para entender tal o cual realidad. ¿Es eso lo que quiere decir?
 
No. Lo que hago cuando escribo un cuento no es descubrir cómo es la realidad sino cómo es ese cuento. Tengo una historia en la cabeza que me parece perfecta. Y pienso que debe ser contada de tal o cual manera. Al escribirla veo que las soluciones que había pensado no son soluciones. Que debo buscar por otro lado, hasta descubrir cómo es realmente ese cuento.
 
¿Es decir que escribe para usted?
 
No lo sé. Sé que soy un buen lector mío, mi primer lector. Si parto de esto puedo pensar que escribiría aun cuando no me leyeran. Pero no lo sé.
 
¿Escribe con alegría? ¿Le da verdadero placer escribir?
 
Es un acto alegre que a veces se interrumpe porque me doy con una tozudez que siento como ajena a mí y que me impide expresar lo que quiero decir. Es como si dos partes mías se pelearan. Y hay una que busca atacar a ese otro, a ese tozudo que quiere que esta frase sea así, de tal o cual manera.
 
¿Qué lo enfurece, que la frase no sea impecable?
 
No; lo que me enfurece es que he encontrado una frase formalmente impecable pero que no traduce el pensamiento. La frase puede ser riquísima pero, si no trasunta la verdad, hay que renunciar a ella.
 
Uno de los principios de Cervantes era saber renunciar.
 
Sí, hay que saber renunciar. Pero cómo duele a veces.
 
He leído en alguna parte que considera “La guerra del cerdo” como su mejor libro.
 
De ninguna manera, y más aún: “La guerra del cerdo” es el libro que menos me gusta.
 
¿Por qué el que menos le gusta?
 
Si se puede decir que hay una poética sobre cómo debe ser un libro, diría que éste es el más contrario a mi poética. Es un libro que me desagrada. El choque de lo atroz no me gusta.
 
¿Por qué lo escribió?
 
Pienso que me dejé llevar por la inteligencia.
 
¿Cómo se dejó llevar?
 
Le voy a contar cómo nació esa historia. Yo estaba en la Confitería del Molino y vi sentado a una mesa un tipo con el pelo teñido. Entonces pensé que se podría hacer un ensayo sobre la panoplia de que dispone el hombre para postergar la vejez. Empezaría por un catálogo de armas. Y, finalmente, convendría en que nada puede hacerse para realmente postergarla. De ahí partí, pero pronto sentí que se adecuaba más a mis posibilidades una narración que un ensayo. Decidí entonces escribir una narración a la manera de las películas cómicas de los años ‘20. Con una serie de peripecias en las que viejos gordos y corpulentos, pero débiles, serían perseguidos por jóvenes atléticos y violentísimos. Hasta que me fui dando cuenta de que el tema permitía un tratamiento menos superficial, más profundo. Como por ejemplo algunas reflexiones sobre la vida y el destino del hombre. Pero para eso había que escribir una novela. Una novela donde tuviera cabida la tristeza. Y eso traté de hacer.
 
Una novela que no lo dejó feliz.
 
Que no me gusta. Una novela debe ser como una casa donde uno tiene ganas de vivir.
 
Aunque a usted no le guste es considerado un buen libro. Y por algo volcó usted en él tantas energías.
 
Yo creo que este libro obró en mí como una especie de psicoanálisis herético. No casualmente coincidió con un momento en que me sentí envejecer.
 
¿Cree en la inspiración?
 
Sí creo que existe y que a uno lo visita. Pero atempero esta afirmación agregando que la inspiración viene cuando uno trabaja. Si uno escribe y trabaja, y pone toda la atención en lo que hace, ésta viene. Yo creo que las cosas que dejo en pie actualmente son las que pueden ser leídas. Mis primeros libros que, por suerte, no están en ningún lado, no los leería nadie porque son un horror.
 
¿Por qué un horror? Serán malos como los de cualquier escritor que empieza.
 
¡No! Lo peor de esos primeros libros es que yo no era un escritor espontáneo, que escribía mal y nada más. Lo doloroso es que yo era un teórico de la escritura.
 
¿Cuál es para usted su primer libro aceptable?
 
“La invención de Morel”.
 
Bueno, es mucho más que aceptable, es un estupendo libro.
 
Sí, no me parece malo.
 
Usted, que ha pasado de escribir horrores a escribir maravillas, ¿qué le aconsejaría a un escritor joven si pensara que tiene talento y vale la pena aconsejarle algo?
 
Que defienda su vocación heroicamente contra todas las tentaciones y necesidades.
Que no la postergue, que lea mucho y piense sobre lo que lee.
 
¿Si se encontrara con el joven que usted fue le diría eso?
 
No sé si le diría que escribiera. ¡Eran tan horribles aquellos primeros libros! Yo quería escribir como los clásicos españoles y, a veces, como los escritores gauchescos, como los letristas de tangos. Y todo era igualmente malo. Y si seguí escribiendo fue porque buscaba la verdad de la literatura, la verdad oculta de la literatura. Aunque la buscaba por malos caminos, de prueba y error: así no es, así tampoco. Estaba como un ratón en el laberinto.
 
¿Para qué podría servir una teoría del buen escribir?
 
Podría servir para hacer atajos. Pero, con dolor, descubrí que no hay atajos posibles. Por eso no se puede transmitir nuestra experiencia a otro, como no se lo puede poner en la Ciudad de Dios, si es que un incrédulo puede decirlo. Porque las metas no se alcanzan con recetas.
 
Hablando de esas primeras obras suyas recuerdo algo que usted dijo en “Guirnalda con amores”. “Hay que vivir lejos de las cosas feas. Impedir que la perversa curiosidad nos eche en brazos de cualquier mujer o que en la lista de obras aparezcan los primeros libros”.
 
Sí, ¿qué quiere saber?
 
¿Podría la curiosidad llevarlo a los brazos de mujeres horribles?
 
Bueno, me llevó.
 
¿Muchas veces?
 
Sí.
 
Los hombres son seres muy extraños.
 
Pero no ponga esa cara, no he pasado la vida en brazos de mujeres horribles. He tenido también mucha suerte.
 
Cuénteme de cuando tuvo suerte.
 
No sea ambiciosa.
 
Está bien. En alguna biografía suya leí de un profesor que lo inició en el placer de las matemáticas. Creo que casi toda su obra tiene una estructura muy racional, muy lógica, que recuerda a las estructuras matemáticas.
 
Sí, tiene razón.
 
¿Cómo se produjo ese contacto con un mundo que parece tan alejado de la literatura?
 
Ocurrió que cuando entré al Nacional las clases ya hacía unos días que habían comenzado. Me enfrenté así, de pronto, a una clase de álgebra.
 
Usted tendría unos doce años.
 
Más o menos. Era la primera clase de álgebra y cuando vi que sumaban y restaban letras no entendí nada. Estaba totalmente desorientado. Pensaba en lo que había dicho Bergson: “La inteligencia es el arte de salir de situaciones difíciles”. Mi pasado me probaba que yo era inteligente. Tenía que salir. Pero el profesor tomó mi desorientación como paradigma de la estupidez. Durante una hora me tuvo de pie, junto a la pizarra, tratando de que resolviera un teorema que, aún condenado a muerte, no habría podido resolver. A partir de ahí fui un pésimo alumno. Hasta que dos años más tarde mis padres recordaron que conocían a un profesor, Felipe Fernández, y lo llamaron. Con él aprendí los deleites de las matemáticas y me convertí en el mejor alumno de esa materia en el colegio.
 
Bergman dice que nada excita tanto su curiosidad como la maldad gratuita. Ese profesor arrinconando a un chico contra la pizarra me recordó esa idea. La de que hay en el hombre un mal inherente que no existe entre los animales.
 
Bergman seguramente piensa en fuerzas eternas. Creo que en este caso fue sólo estupidez y cansancio. El profesor debe enfrentar a un grupo humano que le es hostil. Como no tiene coraje de enfrentarlo solo, elige dos o tres para desahogarse en ellos mientras busca la complicidad del resto. Es, en definitiva, un pobre diablo.
 
No vale la pena preguntarle si cree en Dios. Es evidente que no.
 
Sería casi soberbio creer que hay un Dios preocupado por nosotros.
 
Por lo menos puede convenir conmigo en que los creyentes aceptan con mucho menos dolor la vejez y la muerte.
 
Sí, claro, pero es que uno no puede arreglar eso a voluntad.
 
Es totalmente un escéptico.
 
Tanto como Pirrón, que no creía ni en su propio escepticismo. Su divisa era: “Suspendo el juicio”.
 
¿Hasta cuándo lo suspende?
 
Si una vez muerto Dios me recibe en su seno o el diablo en el suyo le prometo retractarme y hacérselo saber.
 
Espero que no olvide la promesa. Usted dice en alguno de sus libros que prefiere la conversación de las mujeres a la de los hombres porque “los hombres son historiadores, las mujeres filósofas, hablan de la vida, la muerte y el amor”.
 
Sí, eso creo. Recuerdo una conversación entre Ureña y Alonso. Ambos hablaban como suelen los críticos de literatura: tal edición, tal fecha, tantas páginas. Mastronardi, en un rincón decía: “Datos, fechas, fechas, datos”. Sí, yo prefiero la conversación de las mujeres, aunque habrá que ver qué va a pasar cuando lleguen a la total igualdad con el hombre.
 
¿Va a ocurrir alguna vez?
 
Sí, claro. Mi única preocupación es que, alcanzada esa posición, las mujeres también se pongan dateras.
 
A través de su obra, e incluso de algunas cosas que dijo en esta entrevista, uno tiene la sensación de que el paso del tiempo lo preocupa, lo angustia.
 
Es espantoso el paso del tiempo. La vida es una cosa trágica.
 
Pero usted no parece un hombre triste y angustiado.
 
Todo eso no impide que sea un extrovertido que elige la alegría y la amistad. Pero creo que a nuestros padres nada tenemos que agradecerles, y nuestros hijos nada tienen que agradecernos. El final es siempre la derrota.
 
La posibilidad de crear mundos, personajes, situaciones, ¿no hace menos duro ese final?
 
La imaginación es una especie de remedo de la eternidad. Lo real es que la decrepitud está allí nomás, que ya vamos llegando al fin de las cosas. Pienso en un amigo que, mientras moría de una enfermedad terrible, soñaba que estaba nadando en Mar del Plata.
 
Recuerdo algo que dijo Borges no sobre mujeres sino sobre escritores. Él dice que cada escritor crea sus precursores. ¿Cuáles serían los suyos?
 
¡Qué difícil! ¿Usted habla de los autores que me gustan, de los que me han hecho escribir? Pueden haberme hecho escribir porque aun siendo malos excitaron mi imaginación. “Pinocho”, “El misterio del cuarto amarillo”. ¿Puedo leerlos aun con placer? “El misterio del cuarto amarillo”, “Sherlok Holmes”… He vuelto a leerlos y me parecieron incompletos. Y, en cambio, hay letras de tangos que me conmovieron tremendamente y me hicieron pensar.
 
Cuénteme. ¿Qué tangos?
 
“En la puerta de un boliche, un bacán encurdelado”... y después “Mina que fuiste el encanto de toda la muchachada”. Al final se dice que él robó unos aros para ella.
 
¿Por qué le gustaba tanto?
 
Me producía el deseo de tener una mujer así.
 
Que fuera el encanto de toda la muchachada.
 
Sí, y robar aros para ella. “Flor de fango” también me gustaba. Cuando decía “te entregaste a la farra y el champagne” yo me sentía encantado. Ese mundo de farra y champagne me seducía totalmente. Había un restaurante de taxistas al cual yo solía ir. Ellos contaban que a la salida del cabaret los bacanes con las grandes minas se iban en coche abierto a pasear por Palermo. Por eso el protagonista de “El sueño de los héroes”, al buscar algo maravilloso, encuentra la muerte en Palermo.
 
Ese libro lo publicaron hace muy poco en Francia.
 
Sí, pero ¿usted sabe por qué lo publicaron? El año pasado “La Nouvelle Littéraire” publicó una crítica que terminaba diciendo: “Este libro hace diez años que está agotado. Si a usted le gusta como a mí, haga lo que yo haré: llame al editor y dígale que esta es la mejor novela de su catálogo”. Así fue como el editor la publicó.
 
Además de “El sueño de los héroes” usted escribió “El héroe de las mujeres”. Dos títulos con la palabra héroe deben llevar a confusión.
 
Yo pienso que cuando ya no me lea nadie, los críticos los mezclarán, harán de los dos uno. Acepto la tesis de la navaja de Ockam de que “los entes no deben multiplicarse”. No hay que tener más amigos que los necesarios ni más libros que los necesarios.
 
¿Necesarios para quién?
 
Para la verdad, para alcanzar el centro de la verdad.
 
Hábleme de esto que usted escribió: “Si no recuerdo la palabra Austria, o la certeza, cada día más débil, de que estar vivo es un milagro espléndido, nadie me espere porque ya no vuelvo”. ¿Qué es esto? ¿Otra vez la vejez?
 
No. Hemingway dice que la patria es el nombre de algunas calles, un color, un perfume, un jardín, un monumento. Pensé que, de pronto, uno podría perder todos esos puntos de referencia. Si un día nos levantáramos de mañana y hubieran cambiado los nombres de las calles, el lugar de las plazas y los cines, ¿no nos volveríamos locos?
 
¿No pensaba entonces en la pérdida de la memoria que viene con los años?
 
No, pensaba en que nuestro juicio es frágil, muy frágil. Sólo eso.
 
¿Cuándo conoció a Borges?
 
Lo conocí en un almuerzo en casa de Victoria Ocampo en 1932. Él, como siempre, dice otra cosa, pero se equivoca porque yo sabía que Borges había escrito un artículo titulado “Nuestras imposibilidades”, hablando de nuestras imposibilidades de ser coherentes o lúcidos en materia política. Yo había leído el artículo un rato antes de nuestro primer encuentro y le hablé sobre eso. El artículo se publicó en 1932. Borges se puso a hablar mucho conmigo aunque yo era un chico. Victoria Ocampo, seguramente, me había invitado porque mi madre, que era amiga de ella, le habrá dicho que yo escribía. Entonces me invitaron para hacerme conocer un ambiente de escritores. Estaba allí un escritor francés, uno de los de turno de visita en la Argentina, y Victoria, que era muy mandona, muy maestra mandona, dijo: “¿Quieren dejarse de hablar entre ustedes y atender al señor fulano de tal?”. Borges se sintió un poco ofuscado. Tenía mala vista y tropezó con una lámpara tirándola al suelo. Ese incidente nos hizo sentir una cierta complicidad. Volvimos juntos en automóvil desde San Isidro y Borges me preguntó cuáles eran los autores que yo prefería. Ahí le enumeré una serie de autores incompatibles y espantosos.
 
¿Qué autores, por ejemplo?
 
Bueno, Gabriel Miró, Azorín, Joyce… No se trata siquiera de que unos sean buenos y otros malos, son incompatibles de algún modo. Varios de esos autores le parecerían horribles. En un libro de memorias, Brenan dice que los escritores somos capaces de comprender a cualquier tipo de gente, pero que no tenemos la misma ductilidad para aceptar cualquier manera de pensar; las maneras de pensar distintas nos apartan. Buenos, a pesar de que mi lista de preferencias debía ser un trago amargo para Borges, empezamos a hablar de literatura, que era lo que más nos importaba a los dos.  Yo había escrito un libro muy malo, cosa que seguramente entristeció a Borges; pero él sobrellevó todo eso.

6 de junio de 2021

Cesare Beccaria, los delitos y las penas

Desde el 15 de marzo de 1738 hasta el 28 de noviembre de 1794 transcurrieron casi cincuenta y siete años; en esas fechas nació y murió Cesare Beccaria Bonesana, autor del libro “Dei delitti e delle pene” (De los delitos y las penas), aparecido por primera vez y en forma anónima en Livorno, en la Toscana de Italia, durante el verano de 1764. Beccaria, hijo y heredero del marqués de Gualdrasco de Lombardía, Giovanni Saverio (1697-1782), nació en Milán y allí o en ciudades cercanas pasó casi toda su vida. Su familia disfrutaba de enormes privilegios ya que estaba emparentada con miembros del clero y dirigentes de Lombardía. Sus primeros estudios los realizó en el Colegio de los Nobles de Parma dirigido por los Jesuitas, cuyos rígidos sistemas pedagógicos criticaría más tarde con dureza.
En 1758 se licenció en Derecho en la Universidad de Pavia y, a su regreso a Milán, conoció al economista Pietro Verri (1728-1797) cuya amistad fue determinante en particular cuando el joven Beccaria comenzó a estudiar economía. En la casa milanesa de los Verri se reunían unos cuantos jóvenes -intelectuales de salón- ansiosos de conocer la última novedad cultural procedente de París. Pero también se hablaba de economía y de política monetaria y fiscal. En su amistad y discusiones con Verri se inspira su primera obra, “Del disordine e de'rimedi delle monete nello stato di Milano nel 1672” (Sobre el desorden y su remedio de las monedas del estado de Milán en el año 1762).
En esta obra Beccaria tomó una clara posición en una delicada cuestión financiera, polemizando con los conservadores, lo que lo llevó a romper con las ideas de su familia y de su medio. Junto con Verri fundó la “Societá dei Pugni” (Sociedad de los Puños) -en la que se discutían problemas económicos- y editó la revista “Il Caffé”, un medio que les sirvió de órgano de expresión y difusión de sus “ideas avanzadas”. Allí, entre 1764 y 1766, Beccaria publicó siete artículos, ninguno de los cuales versó sobre temas jurídico-penales sino sobre la libertad de comercio sin negar cierto margen a medidas proteccionistas.
Por entonces, el ducado de Milán (o Lombardía austríaca, como se la denomina en documentos del siglo XVIII) pertenecía desde 1714 a los Habsburgos austríacos. Pero ni el Milanesado ni los Países Bajos o los territorios de las Dos Sicilias quedaron englobados administrativamente dentro del Sacro Imperio Romano Germánico, sino que mantuvieron cierta situación de autogobierno, aunque siempre bajo la remota dependencia del soberano imperial. Se desarrolló así en la Lombardía austríaca una privilegiada situación de poder para los estamentos nobiliarios, que constituían unos “cuerpos intermedios” entre el resto de la sociedad y el lejano monarca, y que controlaban y gobernaban, desde los Consejos, las magistraturas judiciales o administrativas y las instituciones públicas.
Ante tal estructura social, la lucha contra estos corrompidos cuerpos intermedios (es decir, la alta burocracia) fue emprendida por Beccaria, Verri y otros jóvenes conciudadanos. Estos fueron los dos círculos en los que se movió Beccaria durante toda su vida: un amplio campo de lecturas, principalmente de filósofos ilustrados, y de economistas, políticos, moralistas y hombres de gobierno; y un restringido círculo social, el de su Milán natal.
En este contexto, cuando contaba con veinticinco años de edad, publicó la obra más famosa de la Ilustración italiana, la obra en la que coinciden algunas de las ideas sociales más significativas de la nueva cultura que iba afirmándose, escritas en un estilo refinado y claro. En poco tiempo, probablemente desde marzo de 1763 a enero de 1764, Beccaria redactó su “De los delitos y las penas”, el libro que tanto influyó en el desarrollo del Derecho penal.


La obra disfrutó de un éxito notable en Francia, donde fue traducida en 1766 por el escritor y enciclopedista miembro de la Academia francesa André Morellet (1727-1819), a la que le siguieron las traducciones al inglés, alemán, polaco, español y holandés. La primera edición estadounidense se publicó en 1777. El tratado ejercería una notable influencia en la reforma del derecho penal en toda Europa occidental. En Inglaterra, por ejemplo, el filósofo y economista Jeremy Bentham (1748-1832) defendió los principios de Beccaria y su discípulo, el abogado y político Samuel Romilly (1757-1818), dedicó su carrera parlamentaria a reducir el alcance de la pena de muerte. Las reformas legislativas en Rusia, Suecia y el Imperio Habsburgo también fueron influenciadas por el tratado.
La labor de Beccaria consistió no tanto en madurar un sistema de pensamiento propio sino en dar cuerpo y forma a ideas ya defendidas por otros pensadores. Él no poseía experiencia personal en problemas penales o penitenciarios ni había estudiado a fondo las obras de los juristas de siglos pasados, pero intuyó rápidamente en qué consistía su anacronismo y por qué sus efectos eran nocivos para la sociedad del último tercio del Siglo de las Luces. Supo también poner en relación los datos empíricos que le suministraban sus amigos juristas con las ideas de autores como Charles Secondat de Montesquieu (1689-1755) y Jean Jacques Rousseau (1712-1778), con quienes estaba familiarizado.
Aquellos elementos ajenos fueron tomados por Beccaria, quien los elaboró y en base a ellos dotó de un tratamiento coherente a los problemas procesales y penales. Con un espíritu humanista y una notable capacidad de síntesis, Beccaria sometió a un enfoque unitario los horrores y los defectos de la legislación y la práctica penal y procesal. Para él, no por ser más crueles las penas eran más eficaces, y debía existir igualdad entre nobles, burgueses y plebeyos ante la ley penal. La valoración de la gravedad de los delitos debía realizarse teniendo en cuenta el daño social producido por cada uno de ellos y no el rango social de la persona ofendida. Era necesario considerar siempre que era más justo prevenir que penar, evitar el delito por medios disuasivos no punitivos, para lo cual debían existir leyes claras y simples, una justicia libre de corrupciones y una elevación de los niveles culturales y educativos del pueblo.
Los conceptos vertidos en su obra fueron comentados por prestigiosos filósofos franceses como François Marie Arouet -Voltaire- (1694-1778) y Denis Diderot (1713-1784), y admirados por personalidades como el filósofo e historiador escocés David Hume (1711-1776), el matemático y filósofo francés Jean D'Alembert (1717-1783) y el filósofo dialéctico alemán Georg W. F. Hegel (1770-1831).  Años después, en 1895, el jurista italiano Enrico Pessina (1828-1916), dijo en “Manuale del diritto penale italiano” (Manual de derecho penal italiano): “Las críticas al procedimiento penal francés, las censuras a la inútil crueldad de las penas y las protestas de algunos espíritus compasivos o humanitarios contra la tortura, o bien estaban insertas en un conjunto temático mucho más amplio -dentro del cual quedaban ocultas para quienes tuviesen interés en silenciar su existencia- o bien aparecían vinculadas a casos procesales muy concretos. Hacía falta observar que los excesos que unos y otros denunciaban esporádicamente obedecían a unas raíces comunes y que sólo sustituyendo éstas por unas premisas humanistas, moderadas, respetuosas para el hombre que hay en cada delincuente, era posible eliminar los abusos e injusticias del sistema y elaborar otro más racional, mejor y más justo. Y eso fue lo que hizo Beccaria, huyendo de la tarea del mero jurista práctico acrítico y situándose siempre en el plano crítico desde donde enjuició el Derecho penal y procesal vigente en su tiempo”.


El calificativo frecuentemente otorgado a Beccaria de “fundador de la ciencia penal” es inexacto; la ciencia jurídica penal, obviamente, ya existía. Desde la baja Edad Media hasta el siglo XVIII los juristas, apoyándose en textos romanos, elaboraron un edificio técnico coherente y sólido. Que esta ciencia penal mereciera duras críticas y que la legislación cimentada en ella debiera ser sustituida por otra mejor, no autoriza a insinuar que no hubo ciencia jurídico-penal antes de Beccaria, como si hasta su aparición sólo hubiera el vacío. Lo que hizo Beccaria fue abrir una nueva etapa en la historia de la ciencia penal y del Derecho penal positivo. En su ensayo no propuso soluciones concretas, sino que se limitó a esbozar líneas generales de política legislativa; luego, otros juristas, dominadores de la técnica jurídica, elaboraron códigos penales o escribieron tratados científicos basados en sus principios generales.
Rápidamente, la Iglesia Católica Apostólica Romana, por entonces dirigida por Carlo della Torre di Rezzonico (1693-1769) bajo el nombre de Clemente XIII, introdujo la obra -que, entre otras cosas, condenaba abiertamente el uso de la tortura y la pena de muerte- en el “Index librorum prohibitorum” (Índice de libros prohibidos), la lista que desde 1564 catalogaba las publicaciones que consideraba perniciosas para la fe, pero esto no impidió su difusión en toda Europa. Poco después de la aparición de su libro, Beccaria ganó en el mundo ilustrado una rápida fama. Entre octubre y diciembre de 1766 vivió en París, donde fue triunfal y cordialmente recibido por los más destacados hombres del momento, pero el brillante mundo parisiense disgustó a Beccaria, un hombre tímido, solitario, amante de la tranquila lectura y la conversación sosegada, no de la acción política ni de la agitada vida del intelectual vanguardista.
En los últimos años de su vida, concretamente entre 1790 y 1792, Beccaria volvió a ocuparse de temas penales y penitenciarios. Hasta entonces, es decir, entre 1764 y 1790, no escribió ninguna otra obra que prolongase y tratase de modo particularizado la temática de su libro principal, o que se refiriese a cualquier otro problema específico del Derecho Penal. En 1790 escribió un ensayo sobre el estilo literario llamado “Ricerche intorno alia natura dello stile” (Investigación sobre la naturaleza del estilo) y entre 1768 y 1771 varios trabajos sobre economía política que serían publicados póstumamente en 1804 bajo el título “Elementi di economia pubblica” (Elementos de economía pública).


Desde finales del año 1768 fue titular de la cátedra de Ciencias Fiscales de la Escuela Palatina de Milán. Con frecuencia, en ese largo período entre 1769 y 1790 Beccaria fue consultado individualmente o como miembro de diversos órganos colegiados, sobre problemas de política monetaria, fiscal o administrativa, pero no sobre Derecho penal. Sin embargo, “De los delitos y las penas” influyó poderosamente en la reforma de muchos Códigos penales de su tiempo. A finales de 1766, Catalina II de Rusia (1729-1796) le ofreció un empleo en la capital rusa y ordenó la elaboración de notables reformas penales, entre ellas la supresión de la tortura. En 1776 la emperatriz María Teresa de Austria (1717-1780) ordenó también la abolición de la tortura, y como precisamente en Milán se resistían a obedecer tal disposición, el célebre ministro Wenzel Kaunitz (1711-1794) insistió ante el Senado milanés para que fuese acatada; y luego, en pleno reinado de José II de Habsburgo (1741-1790), mediante el decreto de 11 de septiembre de 1789 dirigido al ducado milanés, se declaró enteramente abolida la tortura en cualquiera de sus formas y en toda ocasión.
Por su parte, Pedro Leopoldo de Toscana (1747-1792), emperador del Sacro Imperio Romano Germánico bajo el nombre de Leopoldo II, en el preámbulo de su reforma penal de 30 de noviembre de 1786, escribió: “Hemos reconocido, al fin, que la moderación de las penas, unida a la más rigurosa vigilancia para prevenir las acciones delictivas y a la rápida expedición de los procesos y la prontitud y seguridad de las penas contra los verdaderos delincuentes, en vez de aumentar el número de los delitos ha disminuido considerablemente el de los comunes y ha hecho casi inexistentes los otros”. También el rey de Francia Luis XVI (1754-1793) suprimió en su monarquía la tortura por disposición de 1780, seguida de otra ampliatoria de su sentido en 1788. Y luego, en el período revolucionario, el último párrafo del libro de Beccaria (las conclusiones), pasaron casi íntegras al artículo 8 de la Constitución de 1789 y al artículo 15 de la de 1793. Beccaria pensaba en la cultura en términos utilitaristas, es decir como instrumento de intervención en la realidad y con el fin de mejorar las condiciones materiales de vida de los hombres. Allí resaltó todo su espíritu ilustrado.
Su ideología política e histórica fue primordial en las ideas que desarrollarían luego los filósofos franceses Henri de Saint Simon (1760-1825) en “De la réorganisation de la société européenne” (De la reorganización de la sociedad europea), publicado en 1814, y Auguste Comte (1798-1857) en su “Plan des travaux scientifiques nécessaires pour réorganiser la societé” (Plan del trabajo científico necesario para reorganizar la sociedad) escrito en 1822 y en los seis volúmenes de su “Cours de philosophie positive” (Curso de filosofía positiva) que escribiera entre 1830 y 1842.
A más de dos siglos y medio de su publicación, la insigne obra de Beccaria sigue siendo vigente. Si bien una gran cantidad de las ideas expuestas en “De los delitos y las penas” fueron incluidas en distintos ordenamientos jurídicos del mundo y se mantienen incólumes muchos de sus preceptos dentro del marco del sistema penal actual, es evidente que las deficiencias de éste en pleno siglo XXI, demuestran que todavía no se han puesto en práctica en su máxima extensión los principios propugnados por quien fuera considerado uno de los próceres de la ciencia penal. 
Basta con observar, por ejemplo, las crueles y sanguinarias dictaduras militares que asolaron a gran parte de América Latina durante los años ’70, y las actuales convulsiones político-sociales que la sacuden hoy en día, hechos todos ellos en los que no sólo se practicó -y se practica- la tortura, sino que también se le agregaron la represión indiscriminada, el secuestro y la desaparición forzada de personas. En cuanto a la pena de muerte, países como Estados Unidos, China, India, Rusia, Indonesia, Japón, la mayoría de los estados del Caribe y de los países árabes, y varios países de África todavía la siguen aplicando.
A la luz de estos acontecimientos, es indudable que el pensamiento racional contra todo tipo de abusos y a favor de la dignidad humana que Cesare Beccaria expusiese en su obra no es tenido en cuenta por quienes, desde supuestos irracionales y marcadamente economicistas, actúan ostensiblemente para su destrucción. Tal vez los seres humanos debieran recordar con vigor una de las frases de su ensayo: “El más seguro pero más difícil medio de evitar los delitos es perfeccionando la educación”, algo que, por lo visto, está muy lejos de conseguirse si no se toma consciencia de su importancia como método de disciplina del propio yo interior y se dejan de lado al conjunto de valores y prejuicios que predominan en la gran mayoría de las sociedades.