6 de febrero de 2022

Cuentos selectos (XXV). Elías Chucair: “Amigos”

Nacido en Ingeniero Jacobacci, una ciudad de la provincia de Río Negro, Argentina, con una vieja máquina de escribir Olympia -“no me he adaptado a la nueva tecnología”, admitía con una sonrisa- Elías Chucair (1926-2020) se encargó durante años de narrar la historia de la Patagonia y de consolidar la identidad regional con sus cuentos, novelas, relatos y poemas en los que contó infinidad de anécdotas, mitos, leyendas e historias de los pueblos y personajes de aquella región. Con sólo estudios primarios realizados durante una infancia a la que calificó como “muy jodida”, con la muerte de su madre cuando tenía once años, su padre -un próspero comerciante de ramos generales de origen libanés- decidió que estudiara la carrera de Tenedor de Libros en el Colegio Salesiano de Viedma.
Allí empezó a leer los poemas que escribía el sacerdote Raúl Entraigas (1901-1977) publicados en un libro con el título “Bajo el símbolo austral”, lo que despertó su interés por la literatura y lo motivó a escribir. A los dieciséis años abandonó los estudios y comenzó a llevar la contabilidad del negocio paterno. Luego de cumplir con el servicio militar se inició en la política, algo que lo llevó a leer las obras de Domingo F. Sarmiento (1811-1888) y Lisandro de la Torre (1868-1939), y textos sobre Leandro N. Alem (1842-1896) e Hipólito Irigoyen (1852-1933), ambos dirigentes de la Unión Cívica Radical, partido en el que comenzó a militar y en cuya representación sería electo diputado provincial y luego intendente municipal de su ciudad natal en los años ‘60 y ‘70. También, entre los años 1949 y 1958, se desempeñó como corresponsal del diario “Esquel” de la provincia de Chubut, y colaboró en “Hora 6” y “Argentina Austral” de la provincia de Santa Cruz.
Sin dejar de lado las actividades en el comercio que heredó de su padre, en 1969 editó su primer libro: “Bajo cielo sur”, obra que marcaría el inicio de su rica trayectoria literaria que comprende cuarenta libros y treinta y dos cuadernillos titulados “Ayer Aquí”. Muchos de ellos fueron publicados a través del sello “Ediciones del Cedro”, primero, y “Remitente Patagonia”, después, ambos de la escritora, editora y correctora literaria Julia Chaktoura (1948). Fue ella quien, en ocasión del homenaje que organizaron las autoridades municipales de Ingeniero Jacobacci cuando se cumplió el primer aniversario de su muerte, escribió para la Agencia Periodística Patagónica (APP): “Pocas veces he visto un escritor tan prolífico y que cale tan hondo en el sentimiento popular. Ha transitado por la investigación histórica, la poesía y la narrativa costumbrista durante más de setenta años. En estos géneros literarios, ha puesto su creación al servicio del lector popular que siempre reclama ser interpretado y recreado en sus facetas más genuinas. Su vasta obra ha sido vehículo esencial para transmitir la historia viva del habitante del interior patagónico. Fue un observador agudo de la idiosincrasia del hombre de campo y sus anécdotas cotidianas que rescató para que -como él mismo dijo- ‘no se pierdan en los caminos del olvido’. Sus propias vivencias, las de sus antepasados y sus vecinos fueron el material primario que él recogió para alimentar la creación literaria”.
Más adelante agregó: “Su veta de historiador lo incentivó a internarse en los frondosos archivos de la justicia, en las hemerotecas, en la antigua documentación de municipios y juzgados de paz, para sacar a la luz, con la mayor fidelidad, los sorprendentes personajes de sus relatos, quienes dejaron huellas en las arenas de la meseta patagónica. En sus libros aparecen elementos que nos revelan el movimiento migratorio que se produjo en nuestro país a principios del siglo pasado. Mediante el testimonio de diversos testigos directos e informantes calificados, fue recomponiendo la urdimbre que armó el tejido social de diversos pueblos de nuestra región sureña. Así aparecen los primeros mercachifles árabes, los médicos, los maestros que sembraron su saber en tantos parajes ignotos y todos aquellos que hicieron grande a la patria llevando sus conocimientos y su esfuerzo hasta lugares que aún no estaban señalados en los mapas. También están presentes en sus relatos, muchos seres anónimos cuyos nombres no han de figurar en ningún manual escolar, pero que, sin embargo, han tenido una vida singular que vale la pena conocer. La obra de Elías Chucair es un invalorable aporte a la literatura patagónica y a la cultura del país, porque mantiene viva la llama de la memoria colectiva, que es la forma de perdurar que tienen los pueblos inteligentes”.
Entre sus libros pueden citarse “Sur adentro”, “Desde Huillimapú”, “Con viento patagónico”, “Con grillos y silencios”, “Tiempo y distancia”, “La inglesa bandolera y otros relatos”, “Desde Patagonia... De todo un poco”, “Hacia mis raíces... El Líbano” y “Etapas de mi tiempo”. Y entre los fascículos de la colección “Ayer Aquí” -que luego se publicaron en formato libro- se destacan “El Maruchito. Hacedor de milagros en la meseta patagónica”, “Hombre y paisaje”, “Partidas sin regreso de árabes en la Patagonia”, “De umbral adentro”, “El collar del chenque”, “Acercando ayeres”, 
“Estampas y recuerdos”, “Dejaron improntas”, “Rastreando bandoleros”, “Anécdotas de un rincón patagónico”, “Del archivo de la memoria”, “Los bandidos norteamericanos” y “Breves historias de mi pago”.
Desde 1969 hasta 1990 estuvo a cargo de la dirección del Museo de Ciencias Naturales e Historia Regional de Ingeniero Jacobacci. También fundó el Centro de Escritorio de Jacobacci “La Línea de los Sueños”, formó parte de la primera filial de la Sociedad Argentina de Escritores (S.A.D.E.) en Río Negro, integró la Federación Rionegrina de Escritores, presidió en distintas oportunidades la Comisión Municipal de Cultura y participó en distintos eventos literarios del país, entre ellos, la tradicional Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. En el año 2000 la Legislatura de Río Negro declaró su obra literaria de Interés Educativo y Cultural. Luego, en 2018 lo proclamó Embajador Cultural de Jacobacci y Ciudadano ilustre en reconocimiento a su trayectoria literaria y su participación política y, en 2011, la Casa de la Historia y Cultura del Bicentenario de Jacobacci fue bautizada con su nombre.
Lo que sigue a continuación es el cuento “Amigos”, el cual forma parte del libro “Cuentos y relatos patagónicos” publicado en el año 2004.


AMIGOS

Desde la muerte de su padre, Modesto Guala se había quedado solo en el rancho, Era hombre de unos treinta años que conocía a la perfección los trabajos del campo; y sólo de vez en cuando, en la época de mayores ocupaciones, tomaba algún peoncito como para que lo sacara de apuros.
Guala era de esos paisanos fuertes, hecho desde chico para todo trabajo, y parecía que lo habían templado los machazos vientos patagónicos. Estaba entregado con un afán irrenunciable al cuidado de sus bienes: una majada de ovejas, algunos yeguarizos y unos cuantos vacunos. Ni por equivocación se arrimaba a los mostradores... Quizás el hecho de haber visto a tantos de su raza fundir lo que tenían por consecuencia de la bebida, le había servido a él para recapacitar muy seriamente sobre ese aspecto y sacar definitivas conclusiones.
En la soledad de sus horas libres se entretenía haciendo sogas, jugando con el Moro -un viejo perro que era de su padre-, tocando la guitarra o simplemente escuchando desde el patio el murmullo del brioso Limay que siempre corría embravecido, especialmente frente a su rancho, donde pasaba encajonado entre altas rocas, las que estrechaban considerablemente su cauce.
En ese hermoso lugar había pasado todos los años de su vida. Rodeado de maitenes siempre verdes y tupidos que servían de reparo a la hacienda y de alimento en los nevadores inviernos, cuando la nieve cubre por mucho tiempo los pastos. No muy lejos se levantaban los picachos desafiantes y de formas caprichosas del Valle Encantado, que junto con los rectos cipreses parecían permanentes vigías de los caminos cordilleranos.
Junto al rancho, en una actitud que parecía proteger a sus viejas paredes, se alzaba un enorme ñire, el que era visitado a diario por los pájaros del lugar que venían a pasar la noche y al día siguiente, desde ese alto mirador, saludaban la salida del sol y despertaban a Guala.
Uno de esos pajaritos del campo, una calandria, se fue familiarizando con el hombre. Quizás porque le encantaba el sonido de la guitarra o porque lo veía tan solitario. Primero comenzó a acercarse hasta el umbral de la puerta, luego se la vio pasar a la cocina y finalmente entregarse mansamente a las caricias de Guala.
El hombre se sentía hasta asombrado de la amistad de la calandria, la que diariamente venía como a saludarlo y a acompañar sus horas; y cuando él tocaba la guitarra ella se quedaba en extraña actitud, como si simplemente lo escuchara en silencio.
Al Moro se lo veía como celoso y resentido, viendo que la calandria se había ganado la amistad y la simpatía de su amigo de jornadas de trabajo y de descanso. Cuando ambos salían a recorrer el campo, la calandria desde el crucero del pozo parecía cuidar todo, alerta y vigilante al extremo.
Un día todo aquello se transformó totalmente y parecía que el rancho y sus inmediaciones se vestían de fiesta. Modesto Guala había traído para compartir sus horas a una linda paisana del lugar... En sus trenzas y en sus ojos parecía que se habían concentrado las noches más oscuras. Se llamaba Rosa y en el pago más de un criollo había perdido el sueño y suspirado por ella.
Ahora en la vida del hombre había más motivos para repartir el tiempo: Rosa, el Moro, la calandria, la hacienda, la guitarra... No obstante ello no dejaba un día en blanco para el Moro y la calandria y sus manos siempre tenían una caricia para el pelo y el plumaje de sus amigos que lo habían acompañado tanto en otras horas. Ahora no era justo olvidarlos...
La calandria continuaba entrando normalmente a la cocina como de costumbre, no le temía a la dueña de casa. Al parecer la había descubierto tan dulce y cariñosa que no le despertaba recelos.
No había transcurrido un año cuando llego un varoncito para completar la alegría y la felicidad del hogar. Era más bonito que la aurora que todas las mañanas pintaba las aguas del impetuoso Limay. Lo llamaron Juan, como para que revivieran en su nombre los dos abuelos que ya no existían.
Mientras tanto, el pájaro amigo cantaba más alegre que nunca su diana mañanera y se había hecho partícipe de la alegría que envolvía al alma de Rosa y Modesto. Juancito desde su cuna gozaba festejando con sonrisas los dulces trinos de la mansa calandria, como si él fuera el destinatario de los mismos.
A medida que pasaba el tiempo, iba creciendo la amistad de Juancito y la calandria. Comenzó a acompañarlo desde que gateaba en el patio intentando aprender los primeros pasos, hasta cuando salía montando el petiso que le regalara el padre al cumplir cinco años.
Cuando el niño salía en su caballito a recorrer las sendas rodeadas de enmarañada vegetación, el ave revoloteando a su alrededor parecía dibujar en el aire halos de protección para su amigo. Todo era felicidad y los días transcurrían sin sombras. Un cielo diáfano, azul y transparente veían los ojos de Rosa y de Modesto.
Pero una noche las horas de alegría se tornaron de inmediato en angustia y desesperación. Una fiebre que quemaba se encendió imprevistamente en las carnes de Juancito y no dio tiempo para llevarlo al pueblo. Todo fue demasiado rápido y la precipitación de los hechos superó todo lo que se podía hacer para evitarlo...
De la noche a la mañana todo cambió de color y el dolor y la angustia pasaron a reemplazar a la alegría y la felicidad que llenaban de luminosidad las horas que vivían... Todo había transcurrido de manera tal que era como increíble ver a la cruel realidad que los rodeaba y menos aún aceptar aquello.
Cuando lo llevaban sin resignación alguna al camposanto, distante una legua de la casa, donde también descansaban los restos de los padres de Modesto, la calandria en silencio, pareciendo entender el drama del momento, revoloteaba sobre el caballo oscuro que llevaba sin vida a su amiguito. Desde entonces, la vida se hizo para Rosa y Modesto una noche sin estrellas. Dejó de sonar la guitarra y la calandria también acongojada se olvidó de su canto...
Para aumentar el frío que invadía todo, el invierno llegó más cruel que nunca. La nieve cubría por semanas los valles cercanos al Limay y se quedó hasta el verano en las crestas más altas de los cerros vecinos.
Todos los domingos Rosa y Modesto, ella en el petiso que era de Juancito y él en el oscuro que lo llevó sin vida, montaban y se iban al camposanto para llevarle flores y con ellos llegaba la calandria. Esto se repetía puntualmente todas las semanas, y de vuelta al rancho con ellos llegaba la calandria, callada y sin trinos. La muerte de su amigo le había silenciado definitivamente su canto.
Una mañana Rosa y Modesto descubrieron sorprendidos la ausencia del pájaro amigo y compañero. No aparecía por ninguna parte. Ni en el refugio que le había preparado Juancito en un hueco del tronco del ñire añoso. Y comenzaron las conjeturas a querer encontrar las explicaciones del caso...
Pensaron que la habría extraviado y muerto el fuerte viento de la noche, que aún continuaba todavía hiriendo las ramas y despeinando las crines del nochero que estaba al reparo de una enramada. Pensaron también preocupados que pudo haberla congelado el intenso frío, que aún mostraba sus rastros en la gruesa escarcha del bebedero de los animales. Todo era posible en esa noche terrible que había quedado atrás, donde el viento y el frío mostraban sus consecuencias.
Cuando llegó el domingo, Rosa y Modesto como de costumbre ya estaban andando el camino conocedor de sus tristezas, pero esta vez sin la calandria. Solamente los acompañaba el Moro que iba ocupado, olfateando todo lo que encontraba a su paso.
Algún ciprés caído y ramas rotas de maitenes hablaban con claridad de la intensidad que había alcanzado el viento que las había azotado. Cuando llegaron al camposanto, encontraron allí, junto a la blanca cruz que señalaba la tumba de Juancito, muerta la calandria. Era un puñado de plumas...

2 de febrero de 2022

Ecosocialismo y democracia participativa

En la asamblea llevada a cabo en febrero de 2021, los integrantes del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) -portavoz del medio ambiente dentro de la Organización de las Naciones Unidas (ONU)- emitieron un informe en el que advirtieron que la humanidad está incumpliendo sus compromisos de protección medioambiental y alertaron sobre una triple crisis: calentamiento global, pérdida de biodiversidad y contaminación ambiental. Las conclusiones de dicho informe son muy negativas: la expansión económica ha traído una prosperidad desigual a una población mundial en rápido crecimiento y, como resultado de este proceso, 1.300 millones de personas viven en la pobreza mientras que la extracción de recursos naturales ha alcanzado niveles dañinos al punto de crear una emergencia planetaria.
A pesar de la disminución temporal de las emisiones debido a la pandemia, el planeta se dirige a un aumento de la temperatura global de al menos 3° C en este siglo. Más de un millón de las aproximadamente ocho millones de especies de plantas y animales que existen corren un riesgo de extinción sustancialmente elevado, mientras que las enfermedades causadas por la contaminación matan cada año a unas nueve millones de personas. La degradación ambiental está impidiendo el progreso hacia la erradicación de la pobreza y el hambre, la reducción de las desigualdades y la promoción del crecimiento económico sostenible.
En un artículo publicado en la revista “El viejo topo” en noviembre de 2020, Michael Löwy (1938) pedía una transformación cualitativa del desarrollo. “Esto supone -decía el destacado sociólogo y antropólogo franco-brasileño- poner fin al monstruoso despilfarro de recursos, propio del capitalismo, basado en la producción a gran escala de productos inútiles y/o dañinos: la industria de armamentos es un buen ejemplo, pero gran parte de los bienes producidos en el capitalismo, con su obsolescencia intrínseca, no tienen otra utilidad que generar beneficios para las grandes empresas”. Añadía más adelante: “El problema no es el consumo excesivo en abstracto sino el tipo de consumo que prevalece, basado como está en la adquisición ostentativa, los desperdicios masivos, la alienación mercantil, la acumulación obsesiva de bienes y la compra compulsiva de supuestas novedades impuestas por la moda. Una sociedad de nuevo tipo orientaría la producción a la satisfacción de las verdaderas necesidades, empezando por las que podrían calificarse de bíblicas -agua, alimentos, ropa, viviendas-, pero incluyendo asimismo los servicios básicos: salud, educación, transporte, cultura”.
También explicaba: “¿Cómo distinguir lo auténtico de las necesidades artificiales, ficticias (creadas artificialmente) e improvisadas? Estas últimas se inducen a través de la manipulación mental, es decir, la publicidad. El sistema publicitario ha invadido todas las esferas de la vida humana en las sociedades capitalistas modernas: no sólo los alimentos y la ropa, sino también el deporte, la cultura, la religión y la política se configuran de conformidad con sus reglas. Ha invadido nuestras calles, buzones, pantallas de televisión, periódicos y paisajes de una manera permanente, agresiva e insidiosa, y contribuye decisivamente a la creación de hábitos de consumo ostentativo y compulsivo. Además, malgasta cantidades enormes de petróleo, electricidad, tiempo de trabajo, papel, productos químicos y otras materias primas -todo ello pagado por los consumidores- en un sector productivo que no sólo es inútil desde un punto de vista humano, sino que está directamente en contradicción con las necesidades sociales reales”.
Ya en agosto de 2007 Löwy, coautor del Manifiesto Ecosocialista Internacional junto al psiquiatra estadounidense Joel Kovel (1936-2018), publicó un extenso artículo en la “Revista de América” sobre la planificación ecológica en un sistema socialista y democrático. Para el crecimiento exponencial de los ataques al medio ambiente con su implícita amenaza de romper el equilibrio ecológico, apuntó a un escenario catastrófico que pone en peligro la misma supervivencia de la especie humana.
Sabido es que, ante esta tremenda crisis de la civilización, han comenzado a surgir novedosas ideas que intentan proporcionar una alternativa basada en los argumentos básicos del movimiento ecologista y en la crítica de la economía política con fundamentos basados en la filosofía del materialismo histórico. Esta síntesis dialéctica -a la que se denomina Socialismo Ecológico- intentada por un amplio espectro de economistas y sociólogos de la talla de James O' Connor (1930-2017), Joel Kovel (1936-2018) y John Bellamy Foster (1953) entre otros, se opone al progreso destructivo del capitalismo a la vez que defiende una economía fundada en un criterio no-monetario y extra-económico, en las necesidades sociales y en el equilibrio ecológico. El objetivo del Socialismo Ecológico es -según Löwy- crear una nueva sociedad que planifique y defina democráticamente las metas de inversión y producción, basadas en la racionalidad ecológica, la igualdad social y el predominio del valor de uso, y cuyos medios de producción sean de propiedad pública, cooperativa y comunitaria, de modo tal que se genere una nueva estructura tecnológica de las fuerzas productivas.
Para los socialistas ecológicos, el problema con las corrientes de la ecología política -representadas en su mayoría por los Partidos Verdes- es que éstas no toman en cuenta la contradicción intrínseca existente entre la dinámica capitalista de expansión ilimitada del capital y la acumulación de ganancias por un lado, y la preservación del medio ambiente por el otro. La lógica del crecimiento insaciable se construye dentro de la naturaleza misma del sistema porque cada corporación actúa racionalmente buscando aumentar al máximo su propio interés tomando decisiones individualmente racionales, pero el resultado es que la suma de esas decisiones racionales en lo individual, son masivamente irracionales y catastróficas.
Por su parte, las tendencias dominantes de la izquierda durante el siglo XX (la socialdemocracia europea y el “socialismo real” soviético), no hicieron más que aceptar el modelo existente de las fuerzas productivas. Mientras la primera se limitó a retocar la versión del sistema capitalista de producción, el segundo desarrolló otra colectivista y estatal, pero ninguna de las dos se ocupó de los problemas medioambientales. Los propios Karl Marx (1818-1883) y Friedrich  Engels (1820-1895), a pesar de aseverar que el socialismo iba a permitir el desarrollo de las fuerzas productivas más allá de los límites impuestos por el sistema capitalista y que la apropiación social de las mismas se pondría al servicio de los trabajadores, fueron indiferentes a las consecuencias destructivas del medio ambiente propiciadas por el modo capitalista de producción. En varios escritos afirmaron que el objetivo del socialismo no era producir cada vez más artículos, sino dar tiempo libre a los seres humanos para desarrollar totalmente sus potencialidades, apartando la idea de que la expansión ilimitada de la producción es un fin en sí mismo.
La experiencia de la Unión Soviética resultó ilustrativa en cuanto a las consecuencias de la apropiación colectivista del aparato productivo capitalista. Si bien durante los primeros años posteriores a la Revolución de Octubre se desarrolló tibiamente una corriente ecológica y se tomaron algunas medidas proteccionistas muy limitadas, con el subsiguiente proceso de burocratización estalinista se impusieron con métodos totalitarios las tendencias productivistas, tanto en la industria como en la agricultura, mientras los ecologistas eran marginados o eliminados. Si el cambio en las formas de propiedad de los medios de producción no es seguido por una dirección democrática y una reorganización del sistema productivo sólo puede concluir en un punto muerto. Ya en la década de 1930 el filósofo alemán Walter Benjamin (1892-1940) hizo una crítica de la ideología productivista del progreso y de la idea de una explotación socialista de la naturaleza tal como la promovida por el estalinismo en la Unión Soviética.
“Los socialistas -aconseja Löwy- deberían inspirarse en los comentarios de Marx sobre la Comuna de París cuando dijo que los obreros no podían tomar posesión del aparato estatal capitalista y ponerlo a funcionar a su servicio, sino que tenían que desmontarlo y reemplazarlo por una forma de poder político radicalmente diferente, democrático y no estatista”. El mismo concepto se puede aplicar al aparato productivo ya que, por su naturaleza, por su estructura, no es neutral porque está al servicio de la acumulación del capital y a la expansión ilimitada del mercado, por lo que se contradice con las necesidades de la protección del medio ambiente y con la salud de la población.
Este aparato productivo, por consiguiente, debe ser transformado radicalmente hasta el punto que, inclusive, algunas ramas de producción sean discontinuadas (las centrales nucleares, ciertos métodos masivos e industriales de pesca, el proceso destructivo de los bosques tropicales, etc.). Las fuerzas productivas deben ser transformadas profundamente, empezando con una revolución en el sistema de energía, con el reemplazo de las fuentes actuales -esencialmente fósiles, responsables de la contaminación y el envenenamiento del ambiente- por fuerzas de energía renovables como el agua, el viento y el sol.
Por supuesto, muchos logros científicos y tecnológicos de la modernidad son valiosos, pero el conjunto del sistema productivo debe transformarse a través de una planificación democrática de la economía que tome en cuenta la preservación del equilibrio ecológico. En este contexto, el problema de la energía es decisivo: la energía generada a partir del petróleo y el carbón es la responsable de gran parte de la polución del planeta, así como del desastroso cambio climático. La energía nuclear, por su parte, constituye una falsa alternativa, no sólo por el peligro de nuevos desastres del tipo Chernobyl, sino también porque nadie sabe qué hacer con las miles de toneladas de desperdicios radiactivos que serán tóxicos por centenares, miles y en algunos casos hasta millones de años.
La energía solar -que nunca despertó mucho interés en las sociedades capitalistas- debería ser objeto de una intensa investigación para lograr su desarrollo y posterior utilización en un sistema energético alternativo. “Sectores enteros del sistema productivo serán suprimidos o reestructurados -explica Löwy-, mientras los nuevos tendrán que ser desarrollados bajo la condición necesaria del pleno empleo para toda la fuerza de trabajo, en condiciones igualitarias de trabajo y sueldo. Esta condición es esencial, no sólo porque es un requisito de justicia social, sino para asegurar que los obreros apoyen el proceso de una transformación estructural de las fuerzas productivas”.
Este proceso es imposible sin el control público sobre los medios de producción y sobre la planificación, es decir, sobre las decisiones públicas en la inversión y el cambio tecnológico que deben llevarse a cabo en los bancos y las empresas para servir al bien común social. El sociólogo norteamericano Richard Smith (1950) dice en “The engine of eco collapse” (El motor del colapso ecológico, 2005): “Si el capitalismo no puede ser reformado para subordinar la búsqueda de ganancias a la supervivencia humana, ¿qué alternativa existe para moverse a una cierta clase de economía nacional y globalmente planificada? Problemas como el cambio climático requieren de una 'mano visible' de planificación directa. Nuestros líderes capitalistas corporativos no pueden ayudarse, no tienen otra alternativa que la de equivocarse de manera sistemática, irracional y finalmente -dada la tecnología que utilizan- con decisiones globales suicidas sobre la economía y el entorno natural”.
En “Das Kapital” (El Capital), Marx definió al socialismo como una sociedad en la que “los productores asociados organizan racionalmente su intercambio con la naturaleza”. En otro tramo de su obra aclaraba que el socialismo se concibe como “una asociación de seres humanos libres que trabajan en común los medios de producción”. “Esta segunda lectura -opina Löwy- es mucho más apropiada: la organización racional de la producción y el consumo tiene que ser no sólo tarea de los productores sino también de los consumidores; de hecho, de la sociedad entera, con su población productiva e improductiva, que incluye a los estudiantes, los jóvenes, las amas de casa, los pensionados, etc.”.
Siguiendo la idea del economista alemán Ernest Mandel (1923-1995) en este sentido, la sociedad entera -y no una pequeña oligarquía de propietarios ni una élite de burócratas- podrá elegir, democráticamente, qué líneas productivas serán privilegiadas y cuántos recursos serán invertidos en la educación, la salud o la cultura. Los precios de los bienes no quedarían a expensas de las leyes de la oferta y la demanda sino, en cierta medida, serían determinados de acuerdo a las elecciones sociales y políticas así como al criterio ecológico, imponiendo impuestos en ciertos productos y subvencionando los precios de otros. A medida que este proceso vaya evolucionando, cada vez más se distribuirían los productos y los servicios libres de cargas impositivas, de acuerdo a la voluntad de los ciudadanos.
Para el sociólogo alemán Max Weber (1864-1920), lejos de ser despótica en sí misma, “la planificación es el ejercicio, por parte de una sociedad entera, de su propia libertad: libertad de decisión y liberación de las alienadas y cosificadas leyes económicas del sistema capitalista, las cuales determinan la vida y la muerte de los individuos, así como su encierro en la ‘jaula de hierro’ económica”. La planificación y la reducción del tiempo de trabajo son los dos pasos decisivos de la humanidad hacia lo que Marx llamó “el reino de libertad”. El incremento significativo del tiempo libre es una condición necesaria para la participación de los trabajadores en la discusión democrática y la administración de la economía y de la sociedad.
La concepción socialista de la planificación consiste en la democratización radical de la economía, ya que, así como las decisiones políticas no son dejadas en manos de una pequeña élite de gobernantes, tampoco la esfera económica escapa a ese sistema. Obviamente, durante las primeras fases de una nueva sociedad, los mercados tendrían todavía un lugar importante porque la transición requiere la primacía de la planificación sobre el mercado, pero no la supresión de las variables del mercado. Para el economista argentino Claudio Katz (1954), “la combinación entre ambas debe adaptarse a cada caso y a cada país”. Sin embargo -sostiene en “El porvenir del Socialismo” (2004)- “el objetivo del proceso socialista no es guardar un equilibrio inalterado entre el plan y el mercado, sino promover una desaparición progresiva de la posición del mercado”.
En “Herr Eugen Dührings umwälzung der wissenschaft” (La revolución de la ciencia del Sr. Eugen Dühring), más conocido simplemente como “Anti Dühring” (1878), Engels ya había insistido en que una sociedad socialista “tendrá que establecer el plan de producción atendiendo a los medios de producción, entre los cuales se encuentran señaladamente las fuerzas de trabajo. El plan quedará finalmente determinado por la comparación de los efectos útiles de los diversos objetos de uso entre ellos y las cantidades de trabajo necesarias para su producción”. Para Löwy, mientras que en el capitalismo el valor de uso es sólo un medio y, a menudo, un truco al servicio del valor de cambio y la ganancia -lo que explica por qué tantos productos en la sociedad actual son sustancialmente inútiles-, en una economía socialista planificada el valor de uso es el único criterio para la producción de bienes y servicios, considerando las consecuencias económicas, sociales y ecológicas a largo plazo”. De esta manera, tal como observó el antes mencionado académico norteamericano Joel Kovel en “The enemy of nature” (El enemigo de la naturaleza, 2004): “El perfeccionamiento de los valores de uso y la restructuración correspondiente de necesidades se vuelve el regulador social de la tecnología en lugar de, como bajo el sistema capitalista de producción, la conversión de tiempo en plusvalor y dinero”.
Las propuestas del ecosocialismo, por supuesto, han puesto nerviosas a las grandes corporaciones que manejan la economía mundial, las que, aprovechando su poder sobre gran parte de los medios de comunicación masivos, a raíz de la pandemia de la Covid-19 han hecho ganar terreno con fuerza una aberrante falsedad: no se puede luchar contra el cambio climático porque hay que elegir entre cuidar el planeta y cuidar la economía. Más absurda es la explicación dada por el ex senador republicano de Estados Unidos -dos veces presidente de la Comisión de Medio Ambiente y Obras Públicas del Senado- Jim Inhofe (1934) en su libro "The greatest hoax: how the global warming conspiracy threatens your future” (La más grande de las mentiras: cómo la conspiración del calentamiento global amenaza su futuro).
En él, partiendo de un párrafo del “Génesis”, primer libro del Antiguo Testamento de la “Biblia”, aquel que dice que “mientras la tierra permanezca, habrá tiempo de siembra y cosecha, frío y calor, invierno y verano, día y noche”, se atrevió a afirmar: “Dios está todavía allí arriba. La arrogancia de la gente que piensa que nosotros, los seres humanos, podríamos cambiar el clima me resulta indignante”. Existe un consenso científico abrumador de que el calentamiento global está mayoritariamente causado por el ser humano: el 97% de los científicos especialistas en la materia han llegado a esa conclusión. Sería interesante saber qué piensa Dios al respecto.