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15 de septiembre de 2026

Claudia Piñeiro: “Hay en el gobierno un desprecio hacia la cultura tanto a nivel legislativo como discursivo. Hay un discurso de odio que genera violencias” (1/2)

La destacada escritora argentina Claudia Piñeiro (1960) es autora de una amplia obra que incluye novelas, cuentos, obras teatrales, ensayos, guiones cinematográficos y de televisión, y artículos de opinión para diversos medios gráficos. De joven tuvo la intención de estudiar Sociología en la Universidad de Buenos Aires (UBA) pero, al ser esta carrera clausurada en 1978 por la dictadura cívico-militar-clerical que gobernaba al país por entonces, optó por estudiar Ciencias Económicas en dicha universidad. Tras recibirse en 1983 de Contadora Pública, trabajó en esa profesión durante unos diez años antes de dedicarse de lleno a la escritura. 
Su obra abarca principalmente el ámbito narrativo, destacándose especialmente en novelas que se caracterizan por su hábil manejo del suspenso, la intriga y la conflictividad social. De su autoría son las novelas “Tuya”, “Las viudas de los jueves”, “Elena sabe”, “Las grietas de Jara”, “Betibú”, “Un comunista en calzoncillos”, “Una suerte pequeña”, “Las maldiciones”, “Catedrales”, “El tiempo de las moscas” y “La muerte ajena”.
Además, es una diligente activista por los derechos de las mujeres y la justicia social, y una observadora de la realidad que no esconde sus opiniones sobre los temas que la inquietan como, por ejemplo, el discurso del odio utilizado pertinazmente por sectores de la derecha y la extrema derecha que gobiernan tanto en Argentina como en casi toda Latinoamérica y en otros países del mundo. 


Lo que sigue es la primera parte de un compendio de fragmentos de las entrevistas que le hicieron Jorge Fontevecchia para “Radio Perfil” (11 de junio de 2024), Nora Fernández para la revista literaria de la carrera de Letras de la UBA “Por el Camino de Puan” (28 de mayo de 2026), y Florencia Ripoll y Virginia Guevara para el diario cordobés “La Voz del Interior” (14 de agosto de 2026). En ellas habló de sus inicios como escritora y de la compleja situación social y política que vive la Argentina.
 
¿Cómo fueron tus inicios en la escritura?
 
Escribo desde que aprendí a escribir, desde que soy lecto-escritora. Durante mi adolescencia seguí escribiendo, pero nunca de una manera guiada. Cuando llegó el momento de elegir una carrera, yo quería estudiar Sociología, pero la dictadura militar cerró las carreras humanísticas de la UBA, así que estudié Ciencias Económicas. Seguí escribiendo y empecé a hacer talleres literarios. Mi formación viene más de talleres y de lecturas que de una formación académica. En esa época había escritores muy importantes dando talleres, con una gran vocación (los talleres duraban décadas), escritores de renombre como Abelardo Castillo, Isidoro Blaisten, Liliana Heker. Yo asistí al de Guillermo Saccomanno. Tiempo después hice la carrera de dramaturgia en la Escuela Municipal de Arte Dramático. Para ingresar tenías que dar un examen: se anotaban como quinientas personas y entraban diez. Yo en ese momento ya tenía tres hijos y ya tenía una carrera universitaria, no me iba a poner a estudiar Letras a esa altura, pero la carrera de Dramaturgia me parecía que era una forma de estudiar algo de una manera un poco más orgánica que un taller y, por otra parte, a mí me interesaba mucho la parte de los diálogos, lo que los personajes dicen. Entonces, me parecía que el teatro me iba a ayudar a trabajar esa parte de la escritura literaria.
 
¿Cuáles fueron tus primeras lecturas?
 
Yo vivía en Burzaco, una localidad de la zona sur del Gran Buenos Aires, de clase media baja. En mi casa, se decía que la lectura era importante y había una pequeña biblioteca, pero no había una gran cantidad de libros como en otras casas, era una biblioteca acotada. Entonces, yo esperaba con mucha ansiedad los libros que se indicaban para leer en el colegio, porque sabía que mi familia me los iba a comprar. La formación entonces vino mucho por el colegio, porque esa es la gran oportunidad de muchos chicos que no tienen formación en su casa. Yo tuve la suerte de tener maestras que te incentivaban a leer. Mi primer recuerdo es el libro “Chico Carlo” de Juana de Ibarbourou, y particularmente el cuento “La mancha de humedad”, donde el chico imagina historias a partir de esa mancha, que tiene que ver con la escritura, con inventar historias, con la literatura. Otro recuerdo muy vívido es “Relato de un náufrago” de Gabriel García Márquez. Cuando lo indicaron como lectura, me enojé, pensé que por el tema no me iba a interesar, pero no bien comencé a leerlo yo ya me convertí en ese marinero en altamar, viendo si me comía o no la gaviota, si tomaba o no el agua salada. Fue una gran lección de lectura y escritura, porque me di cuenta de que no importa tanto la historia sino cómo está contada. En el secundario también leí teatro español, como “Los árboles mueren de pie” de Alejandro Casona, y tuve una profesora, Julia Mengual, que nos dio muchos cuentos de Julio Cortázar y además una novela de Pacho O’Donnell, “Copsi”, que recuerdo que no quería hacer otra cosa que leerla.
 
¿Estas lecturas dejaron alguna marca en tu estilo de escritura?
 
No necesariamente. No es tan directo, sí dejaron las ganas de seguir leyendo y la necesidad de contar sabiendo que del otro lado hay alguien: así como yo estaba del otro lado de la lectura, cuando escribo hay alguien. En ese sentido, sí me marcaron. Pero no creo que pueda encontrar relaciones directas. Leí mucho. Por supuesto, leí a Borges. Pero con el primero que empecé a sentir “así me gustaría escribir” fue con Manuel Puig. En varias de mis novelas aparecen sus citas como epígrafes. Creo que tiene mundos parecidos: mundos femeninos, de secretos familiares, de siestas, de barrios, como de otra época.
 
Incursionaste en distintos géneros a lo largo de tu carrera. ¿Qué te motiva a elegir cada uno? ¿Qué desafíos implican?
 
Hay quienes piensan que primero escribí literatura infantil y después pasé a la literatura para adultos, pero no fue así: siempre escribí literatura para adultos. Cuando nacieron mis hijos, empecé a escribir literatura infantil porque estaba muy imbuida de esas lecturas (hubo autores que me interesaron siempre, como Roal Dahl, María Elena Walsh, Graciela Montes o Laura Devetach). Primero se publicaron mis libros para chicos, porque hay más cantidad de editoriales publicando ese tipo de libros y no hay tantas posibilidades para los que queremos focalizarnos en literatura para adultos. Y esa oportunidad la tuve en 2005 cuando publiqué “Tuya”. Luego gané el premio Clarín y publiqué “Las viudas de los jueves”. Pero un tiempo antes ya me habían publicado un libro de literatura infantil en España, gané un concurso literario infantil de Colombia muy importante (Fundalectura Norma Colombia) y la editorial Norma de Argentina me pidió que escribiera otro sobre las invasiones inglesas. Todos estos libros aparecieron antes, pero no es porque yo no escribiera para adultos, sino que a veces tenés que esperar la oportunidad de que alguien lea tu libro, que se publique y eso lleva mucho tiempo. La literatura para chicos era la pausa entre la novela y novela. Porque cuando yo terminaba una novela, escribir otra implicaba un proceso de varios años. Duermo bastante mal, porque me despierto pensando en la novela y entonces dan ganas de parar un poco. Pero, si paro y no escribo, me angustio porque me digo que estoy sin escribir. Escribir para chicos era para mí “limpiar las bujías”: es una escritura más corta, que tiene más libertad creativa, donde puedo inventar una bruja que se mete a una computadora, que es algo que no podría escribir en mis novelas para adultos que son muy realistas, y además me divertía haciéndolo. En algún momento, esa pausa entre novela y novela la empezó a ocupar el teatro, que es una escritura con procesos cortos y que me permitía una escritura más poética. Yo no puedo escribir Las viudas de los jueves poéticamente porque es otro tipo de novela, pero en el teatro podía tener una escritura más poética con una precisión de la palabra distinta. Yo no escribo poesía, pero el teatro es lo que tengo más cerca de todo el proceso poético. Y me servía para salir de la escritura de novela, no quedarme sin escribir, tener un proyecto más corto y que me permitía ir por lugares distintos. Las dos cosas, la escritura para chicos y la dramaturgia me producían lo mismo. El guion es otra cosa, para mí siempre fue un oficio, un trabajo, no tanto como una voluntad de escritura. Si tengo ganas de escribir, escribo una novela.
 
¿Tenés una rutina al momento de escribir?
 
Soy muy trabajadora. Me levanto muy temprano y escribo muchas horas por día. Hay una tradición de escritores que escriben de noche, pero yo no puedo. Empiezo a escribir después de tener la imagen disparadora durante bastante tiempo en la cabeza, te diría meses, y cuando empiezo a entender de qué se trata esa historia, quiénes son esos personajes, hacia dónde va y me imagino un final posible, aunque ese final después cambie, recién ahí me pongo a escribir y ya no paro. Pero me lleva tiempo pasar de esa primera imagen disparadora a la escritura. Otra cosa del método es que corrijo permanentemente, no es que espero al final para corregir. Paso al segundo, tercer, cuarto capítulo, vuelvo al primero. Voy al sexto, vuelvo al segundo. Estoy permanentemente volviendo atrás para corregir, para encontrar un tono, para que ese tono sea el mismo.
 
¿Pensás en el género en ese proceso?
 
El género no lo pienso. Nunca pienso que voy a escribir una novela negra, pienso que voy a escribir una novela. En “La muerte ajena” pensé que iba a escribir una historia de dos hermanas que no se conocen y que una es escort. Pero como hay un crimen, dicen que es novela negra, y yo no tengo problema, pero no me siento a escribir pensando que es una novela negra. No quiero renegar del género, porque hay una postura medio elitista que dice que es literatura menor. Creo que Mariana Enriquez, Samanta Schweblin y otros escritores ya demostraron que no. Y también los grandes maestros nos dieron permiso de escribir géneros negros, porque Borges tenía la colección “El séptimo círculo” con Bioy Casares, y Piglia estudió y escribió novela negra.
 
Cuando empezás a escribir, ¿ya tenés definido el desarrollo completo de la historia o en el proceso de escritura van apareciendo otras líneas?
 
Tengo bastante claro quiénes son los personajes y algo de la historia, pero no tengo todo. Sí creo que sé cómo va a terminar. Entre medio, pueden pasar muchas cosas que no las tenía pensadas. Saramago, por ejemplo, tenía libretas donde dice qué va a pasar en cada uno de los sesenta capítulos de “Ensayos sobre la ceguera”, como si fuese una escaleta de cine. A mí eso no me pasa. Yo no sé qué va a pasar en cada capítulo, sé más o menos quiénes son los personajes y hacia dónde van a ir y me imagino un final. Creo que tiene que ver con que a mí lo que más me interesa es el desarrollo de los personajes. Entonces, la historia para mí es una excusa para entender quiénes son los personajes. Necesito saber cuál es el final porque quiero saber hacia dónde voy, pero ya me pasó varias veces que cuando voy escribiendo tomo ciertas decisiones que hacen que ese final que me había imaginado no sea el pertinente. Me pasó con “Elena sabe”, por ejemplo: llegué a un punto en el que no podía seguir, hasta que me di cuenta de que estaba forzando la novela para que vaya a un lugar que no era el que finalmente tuvo.
 
¿Qué consejo le darías a alguien que está dando sus primeros pasos en la escritura?
 
Primero, le preguntaría cuáles son esos primeros pasos. Porque a veces viene gente que tiene una idea y cree que está dando sus primeros pasos en la escritura: la idea puede ser maravillosa, pero con la idea sola no hacemos nada. Hay que ver si está escribiendo, si tiene interés en la palabra escrita, si trae algo que es propio y que podemos llamar talento (aunque no hablo de un talento descollante porque no todos los escritores van a ser premio Nobel, está lleno de escritores que escriben cosas que valen la pena leer). Segundo, muchísimo trabajo de lectura, de escritura, de corrección, de volver para atrás y, si es posible, con alguien que acompañe ese proceso. Puede ser estudiando Letras o en un taller literario o con un grupo de personas compartiendo lo que se escribe. Hay que probar eso que uno está escribiendo con alguien, porque si no quedás muy aislado en tu propia escritura. Y tercero, deseo. ¿Por qué digo deseo?, porque es muy frustrante el camino hasta la publicación, que es lo que en general quiere la mayoría de la gente que escribe: ser publicada y leída. Hay algunos que dicen que escriben sólo para ellos. Puede ser, pero la mayoría de las personas que escriben quieren que las lean. Y si vos querés que te lean tenés que publicar, y para eso tenés que tener muchísima paciencia y solamente te sostiene el deseo. Si vos no tenés un profundo deseo de que eso suceda, es muy probable que te frustres en el camino.
 
Tu mundo es la palabra de ficción, el relato, ¿qué te sucede cuando escuchás en política la palabra relato?
 
Primero te impacta un poco porque es una palabra que se apropió, la tomó la política hace unos años. Pero más allá de eso que al principio uno dice, ¿cómo están usando esta palabra para otra cosa? Lo que me produce es que no se explica esa otra cosa. En este sentido, si te doy una novela mía, sabés que eso es ficción, porque yo te estoy mintiendo, yo te estoy inventando una historia, te estoy inventando un personaje, te estoy haciendo un cuento. En cambio, cuando hay un relato político no se le entrega al otro diciendo: esto es una ficción. El relato justamente quiere tener voluntad de verdad. El relato de cada uno, de cada partido político, de cada enunciador dentro de la política de un relato, quiere tener voluntad de verdad. Y ahí es donde radica el problema del relato político.
 
En todas las escuelas de comunicación del mundo marcan la diferencia entre el lenguaje verista que sería patrimonio de los comunicadores periodistas, y el de la ficción, el de la publicidad, por ejemplo, al que no se le pide que eso que se esté diciendo sea verdad. ¿El lenguaje de la política se apropió del lenguaje de la literatura, pero pretende ser lenguaje periodístico?
 
Sí, pretende ser algo veraz o cierto, pero a veces ni siquiera es verosímil, porque la ficción muchas veces, por lo menos la ficción que yo trabajo, tiene que ser verosímil. Eso quiere decir “esto no es verdad”, pero podría serlo. A veces ni siquiera es verosímil el relato político, decís, ¿cómo puede estar diciendo esto que no lo puede creer nadie? El problema es que de tanto decirse, después se termina creyendo.