La destacada escritora
argentina Claudia Piñeiro (1960) es autora de una amplia obra que incluye
novelas, cuentos, obras teatrales, ensayos, guiones cinematográficos y de
televisión, y artículos de opinión para diversos medios gráficos. De joven tuvo
la intención de estudiar Sociología en la Universidad de Buenos Aires (UBA)
pero, al ser esta carrera clausurada en 1978 por la dictadura
cívico-militar-clerical que gobernaba al país por entonces, optó por estudiar
Ciencias Económicas en dicha universidad. Tras recibirse en 1983 de Contadora
Pública, trabajó en esa profesión durante unos diez años antes de dedicarse de
lleno a la escritura. Su obra abarca
principalmente el ámbito narrativo, destacándose especialmente en novelas que
se caracterizan por su hábil manejo del suspenso, la intriga y la
conflictividad social. De su autoría son las novelas “Tuya”, “Las viudas de los
jueves”, “Elena sabe”, “Las grietas de Jara”, “Betibú”, “Un comunista en
calzoncillos”, “Una suerte pequeña”, “Las maldiciones”, “Catedrales”, “El
tiempo de las moscas” y “La muerte ajena”. Además, es una diligente activista
por los derechos de las mujeres y la justicia social, y una observadora de la
realidad que no esconde sus opiniones sobre los temas que la inquietan como,
por ejemplo, el discurso del odio utilizado pertinazmente por sectores de la
derecha y la extrema derecha que gobiernan tanto en Argentina como en casi toda
Latinoamérica y en otros países del mundo.
Lo que sigue es la primera parte de
un compendio de fragmentos de las entrevistas que le hicieron Jorge
Fontevecchia para “Radio Perfil” (11 de junio de 2024), Nora Fernández para la
revista literaria de la carrera de Letras de la UBA “Por el Camino de Puan” (28
de mayo de 2026), y Florencia Ripoll y Virginia Guevara para el diario cordobés
“La Voz del Interior” (14 de agosto de 2026). En ellas habló de sus inicios
como escritora y de la compleja situación social y política que vive la
Argentina.
¿Cómo fueron tus inicios
en la escritura?
Escribo desde que aprendí
a escribir, desde que soy lecto-escritora. Durante mi adolescencia seguí
escribiendo, pero nunca de una manera guiada. Cuando llegó el momento de elegir
una carrera, yo quería estudiar Sociología, pero la dictadura militar cerró las
carreras humanísticas de la UBA, así que estudié Ciencias Económicas. Seguí
escribiendo y empecé a hacer talleres literarios. Mi formación viene más de
talleres y de lecturas que de una formación académica. En esa época había
escritores muy importantes dando talleres, con una gran vocación (los talleres
duraban décadas), escritores de renombre como Abelardo Castillo, Isidoro
Blaisten, Liliana Heker. Yo asistí al de Guillermo Saccomanno. Tiempo después
hice la carrera de dramaturgia en la Escuela Municipal de Arte Dramático. Para
ingresar tenías que dar un examen: se anotaban como quinientas personas y
entraban diez. Yo en ese momento ya tenía tres hijos y ya tenía una carrera
universitaria, no me iba a poner a estudiar Letras a esa altura, pero la
carrera de Dramaturgia me parecía que era una forma de estudiar algo de una
manera un poco más orgánica que un taller y, por otra parte, a mí me interesaba
mucho la parte de los diálogos, lo que los personajes dicen. Entonces, me
parecía que el teatro me iba a ayudar a trabajar esa parte de la escritura
literaria.
¿Cuáles fueron tus
primeras lecturas?
Yo vivía en Burzaco, una
localidad de la zona sur del Gran Buenos Aires, de clase media baja. En mi
casa, se decía que la lectura era importante y había una pequeña biblioteca,
pero no había una gran cantidad de libros como en otras casas, era una
biblioteca acotada. Entonces, yo esperaba con mucha ansiedad los libros que se
indicaban para leer en el colegio, porque sabía que mi familia me los iba a
comprar. La formación entonces vino mucho por el colegio, porque esa es la gran
oportunidad de muchos chicos que no tienen formación en su casa. Yo tuve la suerte
de tener maestras que te incentivaban a leer. Mi primer recuerdo es el libro “Chico
Carlo” de Juana de Ibarbourou, y particularmente el cuento “La mancha de
humedad”, donde el chico imagina historias a partir de esa mancha, que tiene
que ver con la escritura, con inventar historias, con la literatura. Otro
recuerdo muy vívido es “Relato de un náufrago” de Gabriel García Márquez.
Cuando lo indicaron como lectura, me enojé, pensé que por el tema no me iba a
interesar, pero no bien comencé a leerlo yo ya me convertí en ese marinero en
altamar, viendo si me comía o no la gaviota, si tomaba o no el agua salada. Fue
una gran lección de lectura y escritura, porque me di cuenta de que no importa
tanto la historia sino cómo está contada. En el secundario también leí teatro
español, como “Los árboles mueren de pie” de Alejandro Casona, y tuve una
profesora, Julia Mengual, que nos dio muchos cuentos de Julio Cortázar y además
una novela de Pacho O’Donnell, “Copsi”, que recuerdo que no quería hacer otra
cosa que leerla.
¿Estas lecturas dejaron
alguna marca en tu estilo de escritura?
No necesariamente. No es
tan directo, sí dejaron las ganas de seguir leyendo y la necesidad de contar
sabiendo que del otro lado hay alguien: así como yo estaba del otro lado de la
lectura, cuando escribo hay alguien. En ese sentido, sí me marcaron. Pero no
creo que pueda encontrar relaciones directas. Leí mucho. Por supuesto, leí a
Borges. Pero con el primero que empecé a sentir “así me gustaría escribir” fue
con Manuel Puig. En varias de mis novelas aparecen sus citas como epígrafes.
Creo que tiene mundos parecidos: mundos femeninos, de secretos familiares, de
siestas, de barrios, como de otra época.
Incursionaste en distintos
géneros a lo largo de tu carrera. ¿Qué te motiva a elegir cada uno? ¿Qué
desafíos implican?
Hay quienes piensan que
primero escribí literatura infantil y después pasé a la literatura para
adultos, pero no fue así: siempre escribí literatura para adultos. Cuando
nacieron mis hijos, empecé a escribir literatura infantil porque estaba muy
imbuida de esas lecturas (hubo autores que me interesaron siempre, como Roal
Dahl, María Elena Walsh, Graciela Montes o Laura Devetach). Primero se
publicaron mis libros para chicos, porque hay más cantidad de editoriales publicando
ese tipo de libros y no hay tantas posibilidades para los que queremos
focalizarnos en literatura para adultos. Y esa oportunidad la tuve en 2005
cuando publiqué “Tuya”. Luego gané el premio Clarín y publiqué “Las viudas de
los jueves”. Pero un tiempo antes ya me habían publicado un libro de literatura
infantil en España, gané un concurso literario infantil de Colombia muy
importante (Fundalectura Norma Colombia) y la editorial Norma de Argentina me
pidió que escribiera otro sobre las invasiones inglesas. Todos estos libros
aparecieron antes, pero no es porque yo no escribiera para adultos, sino que a
veces tenés que esperar la oportunidad de que alguien lea tu libro, que se
publique y eso lleva mucho tiempo. La literatura para chicos era la pausa entre
la novela y novela. Porque cuando yo terminaba una novela, escribir otra
implicaba un proceso de varios años. Duermo bastante mal, porque me despierto
pensando en la novela y entonces dan ganas de parar un poco. Pero, si paro y no
escribo, me angustio porque me digo que estoy sin escribir. Escribir para
chicos era para mí “limpiar las bujías”: es una escritura más corta, que tiene
más libertad creativa, donde puedo inventar una bruja que se mete a una
computadora, que es algo que no podría escribir en mis novelas para adultos que
son muy realistas, y además me divertía haciéndolo. En algún momento, esa pausa
entre novela y novela la empezó a ocupar el teatro, que es una escritura con
procesos cortos y que me permitía una escritura más poética. Yo no puedo escribir
Las viudas de los jueves poéticamente porque es otro tipo de novela, pero en el
teatro podía tener una escritura más poética con una precisión de la palabra
distinta. Yo no escribo poesía, pero el teatro es lo que tengo más cerca de
todo el proceso poético. Y me servía para salir de la escritura de novela, no
quedarme sin escribir, tener un proyecto más corto y que me permitía ir por
lugares distintos. Las dos cosas, la escritura para chicos y la dramaturgia me
producían lo mismo. El guion es otra cosa, para mí siempre fue un oficio, un
trabajo, no tanto como una voluntad de escritura. Si tengo ganas de escribir,
escribo una novela.
¿Tenés una rutina al
momento de escribir?
Soy muy trabajadora. Me
levanto muy temprano y escribo muchas horas por día. Hay una tradición de
escritores que escriben de noche, pero yo no puedo. Empiezo a escribir después
de tener la imagen disparadora durante bastante tiempo en la cabeza, te diría meses,
y cuando empiezo a entender de qué se trata esa historia, quiénes son esos
personajes, hacia dónde va y me imagino un final posible, aunque ese final
después cambie, recién ahí me pongo a escribir y ya no paro. Pero me lleva
tiempo pasar de esa primera imagen disparadora a la escritura. Otra cosa del
método es que corrijo permanentemente, no es que espero al final para corregir.
Paso al segundo, tercer, cuarto capítulo, vuelvo al primero. Voy al sexto,
vuelvo al segundo. Estoy permanentemente volviendo atrás para corregir, para
encontrar un tono, para que ese tono sea el mismo.
¿Pensás en el género en
ese proceso?
El género no lo pienso.
Nunca pienso que voy a escribir una novela negra, pienso que voy a escribir una
novela. En “La muerte ajena” pensé que iba a escribir una historia de dos
hermanas que no se conocen y que una es escort. Pero como hay un crimen, dicen
que es novela negra, y yo no tengo problema, pero no me siento a escribir
pensando que es una novela negra. No quiero renegar del género, porque hay una
postura medio elitista que dice que es literatura menor. Creo que Mariana
Enriquez, Samanta Schweblin y otros escritores ya demostraron que no. Y también
los grandes maestros nos dieron permiso de escribir géneros negros, porque
Borges tenía la colección “El séptimo círculo” con Bioy Casares, y Piglia
estudió y escribió novela negra.
Cuando empezás a escribir,
¿ya tenés definido el desarrollo completo de la historia o en el proceso de
escritura van apareciendo otras líneas?
Tengo bastante claro
quiénes son los personajes y algo de la historia, pero no tengo todo. Sí creo
que sé cómo va a terminar. Entre medio, pueden pasar muchas cosas que no las
tenía pensadas. Saramago, por ejemplo, tenía libretas donde dice qué va a pasar
en cada uno de los sesenta capítulos de “Ensayos sobre la ceguera”, como si
fuese una escaleta de cine. A mí eso no me pasa. Yo no sé qué va a pasar en
cada capítulo, sé más o menos quiénes son los personajes y hacia dónde van a ir
y me imagino un final. Creo que tiene que ver con que a mí lo que más me
interesa es el desarrollo de los personajes. Entonces, la historia para mí es
una excusa para entender quiénes son los personajes. Necesito saber cuál es el
final porque quiero saber hacia dónde voy, pero ya me pasó varias veces que
cuando voy escribiendo tomo ciertas decisiones que hacen que ese final que me
había imaginado no sea el pertinente. Me pasó con “Elena sabe”, por ejemplo:
llegué a un punto en el que no podía seguir, hasta que me di cuenta de que
estaba forzando la novela para que vaya a un lugar que no era el que finalmente
tuvo.
¿Qué consejo le darías a
alguien que está dando sus primeros pasos en la escritura?
Primero, le preguntaría
cuáles son esos primeros pasos. Porque a veces viene gente que tiene una idea y
cree que está dando sus primeros pasos en la escritura: la idea puede ser
maravillosa, pero con la idea sola no hacemos nada. Hay que ver si está
escribiendo, si tiene interés en la palabra escrita, si trae algo que es propio
y que podemos llamar talento (aunque no hablo de un talento descollante porque
no todos los escritores van a ser premio Nobel, está lleno de escritores que
escriben cosas que valen la pena leer). Segundo, muchísimo trabajo de lectura,
de escritura, de corrección, de volver para atrás y, si es posible, con alguien
que acompañe ese proceso. Puede ser estudiando Letras o en un taller literario
o con un grupo de personas compartiendo lo que se escribe. Hay que probar eso
que uno está escribiendo con alguien, porque si no quedás muy aislado en tu
propia escritura. Y tercero, deseo. ¿Por qué digo deseo?, porque es muy
frustrante el camino hasta la publicación, que es lo que en general quiere la
mayoría de la gente que escribe: ser publicada y leída. Hay algunos que dicen
que escriben sólo para ellos. Puede ser, pero la mayoría de las personas que
escriben quieren que las lean. Y si vos querés que te lean tenés que publicar,
y para eso tenés que tener muchísima paciencia y solamente te sostiene el
deseo. Si vos no tenés un profundo deseo de que eso suceda, es muy probable que
te frustres en el camino.
Tu mundo es la palabra de
ficción, el relato, ¿qué te sucede cuando escuchás en política la palabra
relato?
Primero te impacta un poco
porque es una palabra que se apropió, la tomó la política hace unos años. Pero
más allá de eso que al principio uno dice, ¿cómo están usando esta palabra para
otra cosa? Lo que me produce es que no se explica esa otra cosa. En este
sentido, si te doy una novela mía, sabés que eso es ficción, porque yo te estoy
mintiendo, yo te estoy inventando una historia, te estoy inventando un
personaje, te estoy haciendo un cuento. En cambio, cuando hay un relato
político no se le entrega al otro diciendo: esto es una ficción. El relato
justamente quiere tener voluntad de verdad. El relato de cada uno, de cada
partido político, de cada enunciador dentro de la política de un relato, quiere
tener voluntad de verdad. Y ahí es donde radica el problema del relato
político.
En todas las escuelas de
comunicación del mundo marcan la diferencia entre el lenguaje verista que sería
patrimonio de los comunicadores periodistas, y el de la ficción, el de la
publicidad, por ejemplo, al que no se le pide que eso que se esté diciendo sea
verdad. ¿El lenguaje de la política se apropió del lenguaje de la literatura,
pero pretende ser lenguaje periodístico?
Sí, pretende ser algo
veraz o cierto, pero a veces ni siquiera es verosímil, porque la ficción muchas
veces, por lo menos la ficción que yo trabajo, tiene que ser verosímil. Eso
quiere decir “esto no es verdad”, pero podría serlo. A veces ni siquiera es
verosímil el relato político, decís, ¿cómo puede estar diciendo esto que no lo
puede creer nadie? El problema es que de tanto decirse, después se termina
creyendo.