Nacido en el barrio de
Villa Pueyrredón de la ciudad de Buenos Aires, Daniel Feierstein (1967)
es un sociólogo e investigador argentino especialista en el estudio de las
prácticas sociales genocidas. Estudió en la Universidad de Buenos Aires, donde
obtuvo los títulos de Licenciado en Sociología y Doctor en Ciencias Sociales en
la Facultad de Ciencias Sociales. Es investigador principal del Consejo
Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) por el Centro de
Estudios sobre el Genocidio de la Universidad Nacional de Tres de Febrero
(UNTREF). Durante el período
2013-2015 presidió la International Association of Genocide Scholars (IAGS), una
organización global, interdisciplinaria y no partidista fundada en 1994 que
busca promover la investigación y la enseñanza sobre la naturaleza, las causas
y las consecuencias del genocidio, y promover estudios de políticas sobre su prevención.
En la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA ejerce como Director del
Observatorio de Crímenes de Estado (OCE) y como profesor titular regular de la
materia Análisis de las Prácticas Sociales Genocidas en la carrera de
Sociología.
Ha publicado artículos en castellano, francés, inglés, alemán,
italiano, hebreo y coreano, entre otras lenguas, en diversas publicaciones científicas
y jurídicas sobre temas como racismo, crímenes estatales masivos y conceptualizaciones
de genocidio. También ha publicado varios ensayos sobre el tema, entre los
cuales se pueden mencionar “El pasado en la batalla cultural. La disputa por el
sentido de los genocidios”, “La construcción del enano fascista. Los usos del
odio como estrategia política en Argentina”, “Los dos demonios (recargados)”, “El
genocidio como práctica social (entre el nazismo y la experiencia argentina)” y
“Seis estudios sobre genocidio. Análisis de las relaciones sociales: otredad,
exclusión y exterminio”.
Lo que sigue es una
compilación de los puntos más relevantes de las entrevistas que fueron
publicadas en la página web de la Cooperativa de Trabajo “La tinta” el 31 de marzo
de 2025 y en el diario “Página/12” el 7 de febrero de 2026 a cargo de Lucas
Crisafulli y Luciana Bertoia respectivamente.
A nivel global, la derecha
está avanzando. Donald Trump en Estados Unidos, Giorgia Meloni en Italia y
Javier Milei en Argentina son ejemplos de ello. En el caso de las derechas
latinoamericanas actuales, no se trata de movimientos nacionalistas. ¿Podemos
decir que estamos ante gobiernos fascistas? ¿Existe miedo o una excesiva
cautela a la hora de hablar de fascismo o neofascismo?
Más que analizar los
gobiernos en sí, me parece más interesante reflexionar sobre lo que está
ocurriendo a nivel social. Comenzaría por un punto anterior en el tiempo,
porque, de hecho, empecé a notar este proceso, incluso, antes de que Milei
fuera candidato. En la sociedad argentina, por primera vez en su historia,
surge la posibilidad de que prácticas sociales y movimientos fascistas tengan
un impacto real en la sociedad. No es que nunca haya habido fascistas, pero, a
lo largo de la historia, su presencia fue bastante marginal. Yo creo que, por
primera vez, los fascistas asumen una capacidad de impacto importante. Y es
necesario separar lo que está pasando socialmente de los gobiernos, porque hay
una articulación de fuerzas distintas. En el caso de Milei, su partido político
surge de la nada, llega al poder de manera muy rápida y articula ciertos
elementos fascistas. Eso no significa que sea lo único presente en su gobierno,
ya que todo proceso histórico es, por naturaleza, heterogéneo. ¿Existen
elementos fascistas tanto previos a Milei como en su gobierno? Sí. ¿Puede
caracterizarse su gobierno como fascista? Eso es más discutible y depende del
peso que le asignemos a esos elementos. Sin embargo, cada vez adquieren mayor
relevancia, especialmente, después de la crisis de $Libra, que evidenció una
fractura entre estos elementos fascistas y la otra gran corriente que Milei
encarna con más fuerza: el minarquismo. Esta vertiente, asociada a un
neoliberalismo extremo, es una de las más influyentes dentro del movimiento de
Milei. A su vez, existe otra corriente, representada con mayor claridad por la
vicepresidenta, que me parece más propiamente fascista en sus intenciones y en
la lógica de su funcionamiento social. La categoría de fascismo ha sido muy
vapuleada y nunca ha tenido una definición del todo clara. Por eso, es
fundamental precisar a qué nos referimos cuando la utilizamos. En mi análisis,
entiendo el fascismo como una práctica social y, en ese sentido, veo
manifestaciones fascistas en el presente. Sin embargo, si hablamos del fascismo
como sistema de gobierno, creo que no. Las nuevas derechas contemporáneas -no sólo
Milei, sino a nivel global-, por ahora, no están implementando el sistema de
gobierno que caracterizó al fascismo histórico, especialmente en lo que
respecta al corporativismo.
¿Cree que, dadas las
circunstancias políticas y sociales en Argentina, estamos ante una situación
previa a un genocidio debido al avance de los discursos de odio?
No, no por ahora. Por eso,
es importante diferenciar entre fascismo y genocidio, que son cosas distintas,
aunque a veces se articulan. El nazismo combinó ambos, pero no son lo mismo.
Percibo, en este momento, la urgencia de prácticas sociales fascistas, su
crecimiento y el apoyo que reciben. Sin embargo, no veo, por ahora, que eso
implique el riesgo de la implementación de un proceso genocida. Pero, como
siempre, la historia está en constante transformación. No veo las condiciones
ni la intencionalidad, ni la direccionalidad para que esto ocurra, a diferencia
de lo que observo con el fascismo. No obstante, no sabemos cómo va a
evolucionar. Crear un nivel tan alto de irradiación y uso político del odio y
del resentimiento pavimenta las condiciones para que, en el mediano o largo
plazo, de ser necesario, se implemente un genocidio. Pero no veo que haya una
necesidad para el régimen de dominación, como sí la había en los ‘70, de llevar
a cabo semejante nivel de destrucción para producir su victoria política.
Básicamente, porque a esa victoria política ya la han alcanzado.
No creo que la sociedad argentina tenga la capacidad de organización necesaria para resistir los cambios que se quieren implementar en el patrón de acumulación y, por lo tanto, el genocidio sería absolutamente innecesario. Eso no quita que, si hubiera una recomposición real del movimiento popular con capacidad de resistir este proyecto, el genocidio no se transforme en una herramienta. El proyecto que se está imponiendo implica transformar la lógica de distribución del ingreso y del patrón de acumulación, y convertirnos en una sociedad mucho más extractivista de lo que ya somos; donde el eje del patrón de acumulación sea el extractivismo que, incluso, pueda disputar el rol de la primarización agrícola ganadera, que fue el patrón histórico de acumulación en el caso argentino.
¿Cómo describiría el
contexto en el cual se llega a los cincuenta años del golpe?
Hace tiempo que vengo
planteando que hay ciclos ascendentes y descendentes en la lucha por las
representaciones y la elaboración del genocidio. Creo que llegamos en un momento
muy duro. Ese ciclo descendente nace hacia 2012 o 2013. Veo que no estamos
logrando la capacidad de revertir el ciclo descendente. Lo que identifico es
que ese ciclo afectó a toda una generación, que fue la que se fue formando, y
es el grupo que va de los dieciocho a los veinticinco años, que es el núcleo de
apoyo de la nueva derecha. El gran desafío en estos cincuenta años es renovar
las formas de pensar el problema. El tema de fondo es que un discurso que
interpeló tanto a la generación que vivió esos hechos como a la generación de
sus hijos claramente no interpela a la generación de los nietos. O sea, a
quienes no sólo no vivieron el genocidio, sino que tampoco vivieron los ‘90 ni
el 2001.
¿Y por qué no interpela
ese discurso? ¿Puede ser porque se volvió una narrativa oficial y les resulta
más atractivo polemizar o rivalizar con ella?
Hay varias variables. Esa
es una, pero estaría cambiando porque, de hecho, el Estado ya no está apoyando
nada de eso. El problema es cómo se reconstruye desde abajo. El Estado hoy está
haciendo lo contrario: está avalando narrativas negacionistas. Pero hay otras
variables.
¿Por ejemplo?
Está la partidización de
esa experiencia plural que había sido la lucha por los derechos humanos. Eso no
se ha logrado quebrar: se sigue viendo a los derechos humanos como una rama del
kirchnerismo. Hay algunos destellos que son interesantes: que en 2025 haya
sido, luego de diecinueve años, otra vez la marcha única es un dato
interesante. Me parece que todavía falta mucho en la recuperación de esa
potencia plural. Después hay una lógica de narración de la propia lucha que no
ha logrado recuperar las condiciones que nos llevaron a derrotar la impunidad.
Todo ese proceso de lucha fue escamoteado en la memoria popular. Esa potencia
no puede conectar con las nuevas generaciones porque no les fue transmitida por
las generaciones que vivieron esos hechos. El proceso quedó subsumido a que el
kirchnerismo se lee a sí mismo como heredero de las luchas de los ‘70 -“somos
los hijos de las Madres”- y como resultado de la crisis de 2001. Esto es: no se
lee como un proceso de lucha, sino que la crisis de 2001 se ve como una
explosión espontánea que salió de la nada. Si la derrota de la impunidad es
resultado solamente de una decisión presidencial, entonces ese proceso de lucha
desaparece. O sea, lo único que hay que hacer es votar bien para que otro
presidente haga las cosas que queremos.
¿No está vinculado esto a
que la historia se cuenta, de alguna manera, desde lo institucional, más allá
de un problema del campo popular?
Creo que tiene que ver con
las dos cosas. La historia se puede contar oficialmente de muchas maneras, pero
la pregunta es cómo se la cuenta el campo popular. Lo que digo es que ahí hubo
una autoamputación, que es muy importante entender por qué ocurrió. Ahí no
tengo tantas respuestas. Hay algunos sectores que no participaron de esa lucha
porque estaban en el menemismo, pero hay otro montón de sectores del
kirchnerismo que sí estaban en esa lucha y tampoco la cuentan. Las cosas no se
van a recomponer igual. Creo que, en la articulación social, la lucha contra la
impunidad no va a volver a ser el eje -y quizá tiene sentido que no lo sea-,
pero eso no va a ser posible sin una recuperación de esos procesos de lucha. La
transmisión no es para copiar.
¿Se puede decir que en los
primeros dos años del gobierno de Milei hubo una primera etapa de destrucción
de las políticas de derechos humanos y ahora viene una etapa de construcción de
una narrativa propia?
No lo tengo claro. En
algunos campos pareciera que sí; en otros, pareciera que no. Me parece que
tiene que ver con las internas del gobierno. Quien tiene más solidez en la
creación de una narración alternativa es la vicepresidenta y los grupos de
gente que la rodean. Esa interna no se ha terminado de saldar porque no es la
preocupación central del gobierno.
¿Le parece que hubo el
suficiente debate frente a la revalorización de las Fuerzas Armadas o la
designación de un militar al frente del Ministerio de Defensa?
Hay una voluntad de
relegitimación del poder represivo estatal que se expresa claramente en
Patricia Bullrich. En esa clave está la decisión de designar a un militar al
frente del Ministerio de Defensa. Hay una decisión de decir “ya fue
suficiente”. El “se va a acabar la dictadura militar” es el nudo de
deslegitimación del actor militar que incluso va a recorrer todo el menemismo,
porque la subordinación de los militares al poder civil va a ocurrir más
durante el gobierno de Menem que durante el de Alfonsín. La duda que me aparece
ver en las distintas fracciones del gobierno mileísta es si, para recuperar la
capacidad represiva, es necesario construir una narración de la dictadura que
reivindique el uso de la estructura represiva estatal o si simplemente alcanza
con referir a las nuevas amenazas y tratar de sumergir en el silencio ese
pasado que ya está muy lejos.
¿Qué pasa con la apelación
al pacto democrático?
Me parece que es pensar
los procesos de modo estático cuando son dinámicos. Cuando alguien se pregunta
cómo es posible que se rompiera el acuerdo que teníamos contra la impunidad, la
respuesta es que no es que se rompió. El acuerdo que teníamos las generaciones
que transitamos ese proceso y construimos esa lucha contra la impunidad no creo
que se haya roto. Los miembros de nuestra generación que no están de acuerdo
nunca estuvieron de acuerdo, pero eran una minoría. Hay muchos que se fueron
agregando y la respuesta que podrían dar es: “Nosotros nunca firmamos ese
acuerdo porque no vivimos esos hechos”. Vamos a cumplir cincuenta años del
golpe. Yo siempre lo planteo con mi experiencia personal de cuando empecé a
militar en 1982. Los recuerdos que puedo tener para pensar esta noción del
tiempo es que el Cordobazo, que había sido trece años antes, era algo que yo
sentía que no había vivido, pero que podía vincular como algo cercano. Pero
cuando me hablaban del ‘55 era cosa de viejos. Y pensá que desde el ‘55 al ‘82
había menos de treinta años. Hay que entender que la realidad cambia, que hay
nuevos actores y que el gran desafío es cómo los vamos a interpelar.
Usted plantea que una de
las cuestiones a evitar es cerrar discusiones diciendo que es “cosa juzgada”.
Exacto. Y no hay que
olvidar que la Justicia terminó haciendo justicia por la presión popular. El
aparato judicial en la Argentina nunca fue gran cosa -ahora menos que nunca-.
Si hubo justicia fue porque los jueces sentían que no podían hacer otra cosa, y
eso lo dio la lucha popular. En el campo de los derechos humanos necesitamos
que las nuevas generaciones puedan ser un poco más irreverentes. Parte de la
potencia de H.I.J.O.S. (Hijos por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y
el Silencio) es que puso en cuestión muchas de las cosas de los ‘80: salió a
desafiar a la generación anterior. Y ahora apareció Nietes, que creo que tiene
algo muy interesante. Necesitamos que sean capaces de decir todo lo que no les
sirve para poder desafiarnos desde ahí y, desde esa irreverencia, conectar con
su generación.
¿Qué rol cree que tiene la
academia en estas discusiones?
Tuvo un rol central y lo
ha ido perdiendo, y es un proceso que ligo mucho a la caída del Muro, porque es
internacional, no solo argentino. La academia siempre estuvo imbricada con las
luchas populares. Se da un proceso que yo llamo de profesionalización, que
separa a la academia de la lucha popular y, en esa separación, se produce una
inversión de la lógica. Hoy, un académico articulado con los procesos populares
parece que fuera menos académico. Ese proceso se acompañó con que, dentro de
los movimientos populares, la reflexión estratégica también es despreciada.
Entonces se generó ese quiebre que implica que hayamos dejado de tener
intelectuales orgánicos. En la nueva derecha pasa exactamente lo contrario.
No creo que la sociedad argentina tenga la capacidad de organización necesaria para resistir los cambios que se quieren implementar en el patrón de acumulación y, por lo tanto, el genocidio sería absolutamente innecesario. Eso no quita que, si hubiera una recomposición real del movimiento popular con capacidad de resistir este proyecto, el genocidio no se transforme en una herramienta. El proyecto que se está imponiendo implica transformar la lógica de distribución del ingreso y del patrón de acumulación, y convertirnos en una sociedad mucho más extractivista de lo que ya somos; donde el eje del patrón de acumulación sea el extractivismo que, incluso, pueda disputar el rol de la primarización agrícola ganadera, que fue el patrón histórico de acumulación en el caso argentino.

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