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18 de diciembre de 2025

Eva Giberti: "Los adolescentes están siendo informados, educados y dirigidos por los medios"

El pasado 14 de diciembre falleció Eva Giberti (1929-2025), la reconocida psicóloga y psicoanalista especializada en estudios de género y la defensa de los derechos de mujeres, niños y adolescentes. Fue profesora universitaria graduada en la Universidad de Buenos Aires. Creadora en 1957 de la Escuela para Padres -una institución internacional asesora de la Organización de los Estados Americanos (OEA) y de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), desarrolló a lo largo de su vida profesional innumerables actividades institucionales y universitarias. Entre ellas, fue jefa del Servicio Social de la Dirección Nacional de Maternidad e Infancia del Ministerio de Salud Pública; profesora adjunta de Niñez y Adolescencia de la Cátedra de Psicología Evolutiva de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional de Buenos Aires; docente invitada de la Facultad de Medicina dictando cursos para alumnos de Pediatría y seminarios para residentes sobre desarrollo psicosexual de la niñez; consultora para el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) de Argentina; asesora de la Dirección Nacional de Registro único de Aspirantes a Guarda con fines adoptivos del Ministerio de Justicia de la Nación y creadora de la Oficina de Rescate y Acompañamiento a las Víctimas de Trata. En 2006 fue nombrada Doctora Honoris Causa por la Universidad Nacional de Rosario, y otro tanto ocurrió en 2010 por la Universidad Autónoma de Entre Ríos.
 

Fue autora de numerosos ensayos sobre su disciplina, entre los que se destacan “Adolescencia y educación sexual”, “Adopción y silencios”, “Madres excluidas”, “Filiación e identidad”, “La mujer y la violencia invisible”, “La familia a pesar de todo”, “Hijos del rock”, “El divorcio y la familia” y “El complejo de Edipo en la literatura”. Lo que sigue es una compilación de las entrevistas publicadas en el nº 162 de la revista “La Maga” del 22 de febrero de 1995 a cargo de Liliana Cheren, y en el diario “La Nación” el 4 de junio de 2020 a cargo de María Ayuso.
 
¿Los jóvenes coquetean con la muerte?
 
La experiencia enseña que, en general, los jóvenes fantasean con la muerte, pero la muerte como dato, como hecho en sí, no forma parte de su paisaje mental ni lo piensan como algo que les puede suceder. Los chicos no coquetean con la muerte porque no está prevista en el imaginario de los jóvenes, no es una invitada en su mundo; es una colada, una infiltrada.
 
Entonces, ¿son inducidos a jugar con el peligro y ellos, ingenuamente, se prestan al juego?
 
Nuestra sociedad está demostrando ser en extremo filicida. El filicidio es una práctica argentina: es mandar a los chicos a Malvinas y es gestar una sociedad absolutamente incapaz, de preservar la vida de sus jóvenes y de ayudarlos a pensar cómo sobrevivir. Pero hay responsabilidades que los chicos pueden asumir y no lo hacen...
 
De hecho, muchos no asumen la posibilidad de la muerte. El chico que estuvo en coma por tomar una cantidad casi fatal de vodka para ganar un torneo preguntó, apenas recobró la conciencia, si había ganado. Ni pensó en que pudo morir.
 
Ese es otro punto interesante: esta es una sociedad de la imagen y los adolescentes aprendieron que deben estar en el escenario de lo público, ser protagonistas, y para eso tienen que hacer algún tipo de mérito. Saben que el reconocimiento se obtiene apareciendo en los medios. Para lograrlo generaron una estética del hacer, hacer cualquier cosa pero hacer. Ven que los que triunfan son los que ganan; cualquiera sea el torneo, cualquiera sea la disputa. La heroicidad está dada por protagonizar estupideces o situaciones de riesgo carentes de grandeza, de trascendencia, como puede ser beber hasta quedar exhaustos.
 
O sea que el modelo que se vende es en gran parte culpable...
 
Por supuesto. Esta es una sociedad competitiva que promueve ganar. Y esto tiene que ver no sólo con los medios sino también con las políticas familiares triunfalistas. Los hijos deben competir en el mundo con proyectos triunfalistas a cualquier precio. Así, para ser aceptados los jóvenes quedan entrampados.
 
Las autoridades, ¿no son en parte responsables de que queden entrampados? Porque este no es el primer caso en que se los incita a beber sin importar los riesgos.
 
Sí, son responsables y vuelvo a mi afirmación de que esta sociedad es filicida. No hay autoridades con capacidad de decisión que puedan discernir entre represión y sensatez. No se puede autorizar la promoción simbólica del uso de drogas a través de equivalentes en jeringazos de bebidas alcohólicas ni propiciar, bajo el absurdo rótulo de competencia, la embriaguez como meta. Esto es inercia, ineptitud y falta de decisión política. Es ridículo que las autoridades exijan que los padres pongan límites cuando esa responsabilidad es netamente institucional. Yo tengo muy poca estima y escasísimo respeto por la calidad personal de los que temen tomar decisiones no represivas sino tutelares, y hacerse responsables por ellas.
 
¿Qué temen?
 
Temen que se hable mal de ellos, rehuyen la posibilidad de toda crítica porque no tienen argumentos válidos para replicar; también saben que muchos padres se opondrían a que se les prohiba algo a sus hijos y no se animan a responderles que sus nenes son ciudadanos. Es necesario instalar una discusión mayúscula entre la intervención legal estatal y las funciones familiares. Hay que discutir qué tejido hay que armar entre la responsabilidad de las autoridades respecto de los ciudadanos y los derechos de los padres respecto de la filiación, porque un hijo es un ciudadano que debe ser protegido y allí le corresponde al Estado ejercer su responsabilidad tutelar. La característica de la democracia es la posibilidad de crear poderes que permitan balancear lo que se le opone como destructivo sin tener la ilusión ni la intención de hacerlo desaparecer, o sería peligrosísimo. Hay que forjar una trama que limite a los que sólo buscan enriquecer su bolsa. Traigamos a los jóvenes a este bando de la construcción del poder creativo y no los dejemos quedar copados por lo peligroso y por la adhesión a los principios de quienes lucran a costa de ellos. La “piolada” de los chicos radica en apropiarse de la noche; son incitados a hacerlo y eso les da una sensación de autonomía. Se equivocan ellos y quienes filicidamente los autorizan. No se trata de plantear políticas represivas, pero sí ordenadoras. Los jóvenes quedan a merced de una modalidad tilinga de vivir la noche, que no es creativa, y que puede dañar el propio equilibrio psíquico y físico.
 
¿Cómo viven los adultos el copamiento de la noche por los adolescentes?
 
Los adultos se sorprenden porque parece que pensaban completar el esquema del mundo sin los jóvenes. Pero la cultura adolescente ha decidido mostrar claramente que el mundo se completa con su intervención. Los textos de los Redonditos de Ricota o de Charly García, a quienes los chicos adoran, tendrían que haber advertido que la familia y la educación iban por un lado y lo que los chicos tenían en la cabeza iba por otro. El rock, en sus textos, siempre advirtió sobre los reclamos de estas generaciones por la paz, contra la corrupción, por la búsqueda de amor. No los tomamos en serio. Pero los padres no son los únicos que educan a sus hijos, ni tampoco la escuela o la universidad. Los adolescentes están siendo informados, educados y dirigidos por los medios, así como también por las multinacionales y las transnacionales que -a través de los medios- les sugieren qué comer, qué beber, cómo vestirse...
 
¿Son los adultos responsables de estas conductas?
 
Los jóvenes comienzan a ser púberes mucho antes, pero no por razones de madurez sino de precocidad: los adultos no tienen tiempo para seguir los tiempos de infancia de los chicos y entonces los “crecen” -los “malcrecen”- mucho antes de que transcurra la etapa de disfrute de la niñez y de la adolescencia, como una necesidad de que se pongan rápido a la par, que no demanden cosas. A partir de allí aparecen mensajes como “tomen cerveza, compitan, sean modelos así se ganan unos mangos y ya son otros grandes más: ya no tenemos que ocuparnos de ustedes”. Esta actitud no es excluyente de los padres, sino que es compartida por todo el universo adulto.
 
¿Cómo reaccionan los jóvenes frente a la realidad que viven?
 
Por mi profesión yo los escucho mucho, los veo muy desencantados, pero buscando dónde encontrar el encanto. Saben que el encanto existe, lo que les cuesta es construirlo sin destruir otra cosa.
 
¿A qué denomina encanto?
 
El encantamiento es una forma de la fascinación inteligente porque uno no queda copado, subsumido o entrampado. Es una vivencia en la que -a diferencia del enamoramiento que te puede volver tonto- uno no pierde su lucidez. Los jóvenes se encantan en un recital, son capaces de encantarse en un vínculo amoroso, que no es el enamoramiento ni la excitación sexual, o sea que pueden llegar a encantarse si se bancan amar, que es una dimensión compleja porque debe ser generosa. Se encantan si forman una banda de música, si practican alguna actividad artística, si tienen un trabajo productivo que dé cabida a su creatividad. El encanto existe, está, sólo deben tener la posibilidad de llegar a él, armarlo, construirlo, generarlo.
 
Desde hace mucho tiempo usted señala al Poder Judicial, salvo lo que considera “honrosas excepciones”, como una de las estructuras más machistas que subsisten en nuestra sociedad. ¿Por qué es tan difícil modificarlo?

Es una estructura patriarcal, verticalista, machista, segregacionista y prejuiciosa. Tiene todas las idiosincrasias habidas y por haber que marcan a quienes tienen en sus manos la administración de la Justicia como personas peligrosas. Cuando caen en su órbita mujeres que son víctimas de delitos sexuales, corren serios peligros, porque son personas en las que se pueden mezclar el sadismo, el odio hacia la mujer y sus propios problemas personales en una especie de caduceo donde distintas perversiones los lleven a tener conclusiones que son a su vez perversas.

En los últimos años, ¿considera que hubo cambios? ¿Es optimista con respecto a que esas estructuras puedan transformarse?

Ha habido cambios en la Justicia con gente joven, fiscales, jueces y juezas que desde la perspectiva de género introdujeron nuevas miradas para la lectura de los delitos de integridad sexual. Soy optimista porque soy psicoterapeuta y tengo que serlo, porque creo en las posibilidades de reparación de la víctima y modificación de las conductas violentas. Pero al mismo tiempo tengo muy claro que a la gente perversa no se la puede modificar y goza haciendo perversidades, diciéndolas y comprometiéndose con ellas, porque forman parte de su vida. Todas esas perversidades han sido inoculadas a lo largo de los años en al cabeza de quienes administran Justicia. Lo doloroso es pensar en las víctimas y lo esperanzador en la lucha permanente que llevamos las mujeres adelante y en la que las jóvenes están tomando el partido con mucha energía y ganas. Hemos aprendido a denunciar, a no callarnos la boca y a empoderarnos.

Más allá de los avances, aún escasea la toma de conciencia en muchos sectores acerca del impacto y alcance del abuso sexual.

Nos falta más conciencia y más denuncia. Debemos recordar que, en la inmensa mayoría de los casos, en un 85% los abusos sexuales ocurren dentro de la familia y en general es el padre el abusador. Muchas veces, hay silencios cómplices de la familia que no quiere denunciar, por ejemplo, al padre o al abuelo. En el Programa Las víctimas contra las violencias, nos especializamos en abuso sexual porque tenemos infinidad de denuncias. Necesitamos tomar más conciencia y que los medios de comunicación nos llamen y se comprometan en difundir esta realidad. Tenemos que llevar este tema a las universidades, a todas las facultades, no solo de humanidades sino también, por ejemplo, de agronomía, porque el abuso sexual atraviesa universal y tangencialmente todas las formas de convivencia.

¿Cómo se explican esos silencios cómplices en muchas familias antes casos de abuso sexual?

Todavía los padres y las madres se sorprenden cuando aparece una situación de abuso intrafamiliar. Les cuesta darse cuenta que esto que es horroroso, es sin embargo posible. Admitir que el varón con el que se convive es el responsable del abuso es una de las situaciones más amargas y complejas, que determinan que haya una zona de silencio y distracción, y que se pasen por alto síntomas que sin embargo están advirtiendo que algo raro le pasa al chico o la chica.

Usted ha señalado en varias oportunidades prácticas aberrantes en la Justicia como el intento de revincular a los niños, niñas y adolescentes que sufren abuso sexual con sus agresores. ¿Cómo es posible que esas prácticas continúen?

Muchos jueces no quieren entender que la familia no es la institución sacrosanta que nos quieren hacer comprar, sino que es un lugar peligroso para muchos niños y niñas. He visto de forma patética intentos por revincular a chicos y chicas con sus agresores. Desde que yo tenía treinta años, cuando trabajaba en el Hospital de Niños (hoy Pedro Elizalde), nos peleábamos con los fiscales por estos temas. Recuerdo una época cuando se intentaba hacer estas revinculaciones en el Jardín Japonés y los chicos salían corriendo gritando: “no quiero estar con él”, “no quiero verlo”, mientras una asistente social intentaba sujetarlos.

Y aún persiste…

Así es. Es un padecimiento y una revictimización que aún hoy persiste. Y atrás está la idea de que la familia no se puede deshacer, que la madre le mete ideas al chico o la chica en la cabeza, cuando ningún niño o niña es un títere que va a repetir lo que dice la madre y basta mirar los dibujos que hacen o escuchar sus declaraciones para darse cuenta que no inventan. Los jueces tienen una cabeza atravesada por los prejuicios acerca de lo que es la vida sexual en la familia y no quieren aceptar que puede estar absolutamente corrompida y los chicos absolutamente dañados. El intento de revincular a los niños y niñas con sus victimarios es para que la familia siga entera: les interesa más que se mantenga de modo artificial que exponer a un padre violador, que no es un padre, es un monstruo.

No sólo se pone infinidad de veces en duda el testimonio de los chicos y las chicas, sino también de las mujeres. Eso hace que, muchas veces, elijan no denunciar o den marcha atrás, para no continuar siendo revictimizadas. ¿Por qué ocurre esto?
 
Si leemos la historia de la violación, que viene desde tiempos inmemoriales, siempre se acusó a la mujer de mentir cuando se señalaba al varón. Esto fue así en la sociedad arcaica primero; industrial, después y de consumo, ahora. Siempre los varones fueron los que llevaron la delantera y no quieren ser acusados por las mujeres. Los varones con poder, que son los jueces, ponen en marcha la denigración de la mujer diciendo que miente y exagera. Hay una tendencia a denigrar la vida intelectual de la mujer. Esto es algo que tenemos que ir deshaciendo y desarticulando poco a poco, mostrando que somos capaces de defendernos, pero, sobre todo, de acusar con verdades. Las mujeres deben ir siempre acompañadas de un buen abogado o abogada que esté dispuesto a pelear, a no retroceder, a sostener la denuncias, buscando el acompañamiento en organizaciones de mujeres. Hay que denunciar y dejar de lado el miedo.

18 de noviembre de 2025

Enrique Carpintero: “Hoy el neoliberalismo funciona como un sentido de vida donde vale el ‘sálvese quien pueda’, desarrollando así la violencia destructiva y autodestructiva” (2/2)

Enrique Carpintero fue docente en la Universidad Nacional de Rosario (UNR) y participa frecuentemente en congresos, seminarios y charlas sobre salud mental y psicoanálisis. Ha escrito numerosos artículos en diferentes publicaciones. Entre ellos pueden citarse “El traumatismo social generalizado”, “Contra el negacionismo, una memoria colectiva”, “El Cordobazo en la salud mental” y “Los nuevos modos del fascismo en las democracias occidentales” en el diario “Página/12”; “La cultura del miedo legitima al poder (Violencia e inseguridad en un mundo inseguro)” y “Las fuerzas del cielo se afirman en sus propuestas neofascistas” en la revista digital “La Tecl@ Eñe”; “Primer Congreso Virtual de Psicoanálisis” y “Actualidad de ‘El Fetichismo de la mercancía’” en la revista “Herramienta”; y “‘El Eternauta’ y la importancia del héroe colectivo luchando contra el opresor”, “La conspiración en la literatura de Roberto Arlt”, “La cólera neofascista y la trama corposubjetiva en la que se desarrolla el miedo”, “La época de un traumatismo generalizado que abarca al conjunto de la sociedad”, “Un fin de época atravesado por claroscuros del que surgen monstruos”, “Poder y subjetividad: las formas actuales de control” y “Patologías del neoliberalismo” en la revista “Topía”. En coautoría con el psicoanalista y editor de la revista “Topía” Alejandro Vainer (1965) ha publicado “Psicología. Entre la represión y la resistencia”, “Las huellas de la memoria. Psicoanálisis y salud mental en la Argentina de los ‘60 y ’70. Tomo I (1957-1969)” y “Las huellas de la memoria. Psicoanálisis y salud mental en la Argentina de los ‘60 y ’70. Tomo II (1970-1983)”. Gran defensor de los derechos humanos y destacado estudioso de la obra del filósofo neerlandés Baruch Spinoza (1632-1677), es también un mayúsculo analista del totalitarismo del Siglo XXI marcado por el neoliberalismo extremo y el ascenso de los modelos neofascistas apoyados por el capital financiero.


A continuación, la segunda parte de la combinación de fragmentos de las entrevistas publicadas en el sitio web de “Radio Perfil” el 7 de agosto de 2025, en el diario “Página/12” el 10 de noviembre de 2025 y en el medio de información digital “Tinku” el 1 de noviembre de 2022, a cargo de Jorge Fontevecchia, Oscar Ranzani y Mario Hernández respectivamente.
 
¿Cuáles son, según su criterio, las principales diferencias entre el fascismo clásico y los neofascistas contemporáneos?
 
En primer lugar, en el libro hablo de la tentación neofascista, hay una tentación. No podemos decir que este sea un gobierno neofascista. Sí es un gobierno que está compuesto por muchas personas neofascistas de diferentes características ¿Por qué hablo de neofascismo? En primer lugar, porque el neofascismo implica poder diferenciar ciertas cuestiones que se practican inclusive desde el gobierno, donde ellos hablan de anarcocapitalismo. Me parece una falta de respeto hacia las posiciones anarquistas, que no tienen nada que ver, porque el gobierno de Milei utiliza el Estado en su beneficio o para ser más preciso en beneficio de ciertos sectores económicos. Básica y fundamentalmente de los sectores económicos del capital financiero. Y es donde aparecen las contradicciones entre los sectores del capital financiero y aquellos sectores del capital agrario, industrial y comercial que quieren también tener sus beneficios y creo que este es un poco el juego que hoy se está haciendo donde le están marcando un poco la cancha. El gobierno de Trump manda una ayuda a Milei, pero fundamentalmente a estos sectores del capital financiero que corren peligro sus intereses.
 
¿Este es el punto fundamental para diferenciarlo con el fascismo clásico?
 
Sí, el fascismo clásico se caracterizaba por ser un gobierno -hablemos de Mussolini, básicamente, y de Hitler-, estatista, nacionalista, era un gobierno donde su planteo era desarrollar básicamente el capital industrial. Fundamentalmente, era un gobierno donde el autoritarismo estaba basado en desarrollar las fuerzas productivas en función de los intereses de las burguesías de cada país. Desde allí usaban una violencia explícita -los camisas pardas en Alemania; los camisas negras en Italia- contra las fuerzas socialistas, comunistas, anarquistas que tenían un predominio muy grande. Esto es una diferencia fundamental en relación a este fascismo. Por eso, lo llamo neofascismo, en tanto este neofascismo se apoya en el neoliberalismo. Este neofascismo se apoya en un liberalismo del miedo. Este es un punto que para mí es central. Es un liberalismo donde el miedo es lo que está permanentemente presente: el miedo a no conseguir trabajo, el miedo si tengo trabajo a perderlo, el miedo a no llegar a fin de mes, el miedo al otro humano que me puede atacar, que me puede limitar en mis intereses, en tanto lo que predomina -y lo que plantea- es un individualismo darwiniano todos contra todos.
 
¿La principal consecuencia psicológica a nivel social que provocó el gobierno de Milei es la ruptura de lazo social?
 
Hay varias cuestiones. Yo diría que Milei -y todos estos liberalismos porque esto ocurre no solamente acá, sino en el mundo también, pero vamos a ir a la particularidad acá-, se apoya en esta ruptura del lazo social que venía previamente. Acá hay lo que yo llamo un traumatismo social generalizado que, en todo caso, lo que hace Milei es agudizarlo, pero ya estaba previamente este traumatismo social generalizado. Traumatismo social generalizado donde lo que predominan son lo que en el psicoanálisis llamamos los efectos de la pulsión de muerte. Es decir, la violencia destructiva, la violencia autodestructiva. Es así que nos encontramos con patologías muy graves que predominan como depresiones, adicciones, ansiedad. Y fundamentalmente algo que aparece, pero no se habla mucho porque es un problema muy grave, que es el tema de los suicidios e intentos de suicidios, especialmente en la población joven y los adolescentes, en tanto se encuentran con un mundo del cual no tienen salida.
 
Usted brinda un dato espeluznante en el libro: cada noventa segundos se suicida una persona en el planeta. ¿Cuáles son las principales causas más allá de la singularidad de cada caso?
 
Claro, esto es un dato de la Organización Mundial de la Salud. Si hablamos en el mundo hay un montón de factores: guerras, situaciones económicas espeluznantes en determinado tipo de países. Pero en general, si tomamos nuestro país, Europa, Estados Unidos, lo que aparece es un fracaso de ciertas políticas que intentaban atenuar los efectos del neoliberalismo y que han llevado a esta situación de la sensación de que no hay salida, no hay proyecto, no hay futuro. Hay muchos datos para ver esto. Uno de ellos son los suicidios y los intentos de suicidios, pero también hay un dato que salió hace unas semanas que es llamativo: el 40% de las parejas en la ciudad de Buenos Aires no quieren tener hijos, pero además es un fenómeno que se repite en todo el mundo, en tanto la sensación que tienen es que les están dejando un mundo que es peor que el que estamos viviendo. Esto también es una situación inédita.
 
Y en relación con esto que está diciendo, ¿se puede decir que la principal consecuencia social del neoliberalismo extremo es que busca imponer un modo de vida y no solo un modelo económico?
 
Exacto, exacto. Acá hay una cuestión. No nos tenemos que olvidar que el neoliberalismo surge bajo un modelo de fuerza. En primer lugar, aparecen Margaret Thatcher y Ronald Reagan. Lo primero que hizo Thatcher para imponer su modelo no solamente económico, sino como ella decía, un modelo social, una forma de vida, fue doblarle el brazo a las huelgas fundamentalmente mineras. Finalmente, lo logró hacer. Margaret Thatcher dejó morir a tres o cuatro mineros en la huelga de hambre, no le importó hasta que levantaron la huelga. Y después, acá en América Latina, el neoliberalismo se inició y se apoyó primero en el gobierno de Pinochet. Fue en la dictadura de Pinochet y segundo acá con el modelo de Videla y compañía con Martínez de Hoz. En estos dos países, el neoliberalismo se apoyó y se sostuvo en dos gobiernos autoritarios. Y hoy -y éste es el punto-, el neofascismo se monta sobre una sensación de desesperanza de grandes sectores de la población, una sensación de no salida de este traumatismo social generalizado para generar una falsa ilusión de que nos podemos salvar solos, que en la medida en que somos emprendedores, que podemos emprender determinados tipos de cosas, podemos llegar a conseguir nuestros objetivos. Esta ilusión es la que se sostiene en ciertos sectores que le ha permitido a Milei ganar la elección. Es cierto que Milei recibió varios cachetazos y los va a seguir recibiendo, pero lo que no debemos dejar de lado es que este neofascismo, estas posiciones de ultraderecha han prendido en cierto sector de la población.
 
En relación a eso que está diciendo, ¿cree que es posible cambiar la cultura de una sociedad cuando el neoliberalismo extremo inoculó el odio hacia lo ajeno? Parte de la sociedad que mamó ese odio y parece ser que forma parte de una cultura, no solo de una política.
 
Sí, creo que el neofascismo llevó adelante una perspectiva y generó ciertas expectativas de una gran parte de la población de ideas conservadoras, de derecha, autoritarias; o sea, fascistas, pero que también permitió que volviera una memoria histórica, que acá nos olvidamos. Nuestro país siempre ha tenido fuerzas de derecha muy importantes. Voy a recordar dos hechos que han quedado en la historia, pero que están en la memoria de nuestro país. Uno, en la época del nazismo, acá en la Argentina: en el Luna Park se hizo el acto nazi más importante en el mundo fuera de Alemania. Uno ve las fotos y dice: ¿Qué pasó? ¿Esto es de acá, Argentina? ¿Esto es el Luna Park? Y segundo, la época de la Semana Trágica acá, cuando se hizo el primer y único “pogrom” contra los judíos en el barrio del Once. Es decir, estas posiciones de ultraderecha forman parte de nuestra historia. Si bien esto siempre ha quedado en la historia como algo que producía cierta vergüenza y se ha tapado, creo que hoy esto es lo que aparece como una forma de manifestarse públicamente.
 
Pero, por otro lado, si bien existía lo que usted dice, era una cuestión marginal. Hoy alcanzó una masividad que no era la de aquellos tiempos.
 
Exactamente, ahí está el punto. Hoy ser ultraconservador, hoy ser de derecha, hoy ser fascista no da vergüenza, como daba hace no mucho tiempo atrás. Al contrario, se lo vive como una posibilidad. Esto pasa hoy acá, en la Argentina y en el mundo. Entonces, de ahí está el cómo enfrentamos a esta cultura de derecha, a esta cultura del neofascismo, con una cultura que nos plantee otro tipo de perspectiva, una perspectiva de relación con el otro, de poder generar una posibilidad de encontrarnos con los otros en función de un bienestar común. Esta es la lucha. Acá hay una complejidad de fenómenos, porque no podemos decir dos más dos son cuatro. Por otro lado, aparece lo que yo llamo acá como una cultura donde lo que predomina es un exceso de realidad.
 
¿Qué quiere decir con el exceso de realidad?
 
Cuando hablo de un exceso de realidad no es que se ha perdido la forma de entender, sino que aparece una realidad, y nos encontramos con una sobrecarga sensorial y emocional que el aparato psíquico no puede procesarla simbólicamente. Desde allí nos encontramos con varias cuestiones. Una es un desbordamiento del aparato psíquico. Los dispositivos actuales nos bombardean sin cesar con noticias, imágenes u opiniones, lo cual nos lleva a una indigestión psíquica, por decirlo de alguna manera. Por otro lado, aparece esta dificultad de elaboración donde el trauma para ser elaborado requiere un tiempo de reflexión, un tiempo y un espacio para ser procesado simbólicamente. Este exceso de realidad dificulta este proceso de simbolización. Esto tiene un impacto en la subjetividad, lo cual plantea una desvitalización del sujeto, una sensación de impotencia y una dificultad de poder diferenciar muchas veces dónde está lo real, dónde está lo imaginario, dónde está lo virtual.
 
Usted encuentra muy actual la filosofía de Spinoza, sobre todo cuando intenta responder por qué los sujetos apoyan a quienes los esclavizan y los someten...
 
Sí la encuentro. Spinoza lo planteó en el siglo XVI, atravesó diferentes siglos esta exposición y de diferentes maneras. Hoy aparece con una complejidad que es diferente a otras épocas, en la cual vamos a encontrar dispositivos sociales y la cual produce procesos de desidentificación y desubjetivación que deja inerme al sujeto ante la sensación de fragmentación de las relaciones sociales. Esta civilización, como yo decía, o esta cultura, está atrapada por la pulsión de muerte, por la violencia destructiva, autodestructiva, la sensación de vacío, la nada. De allí que nos encontramos con la fragmentación de las afecciones comunes, por ejemplo, de los trabajadores en este proceso de desidentificación. Como siempre, el principal problema de nuestra sociedad es el problema de la alteridad. O sea, del reconocimiento del otro. Este neofascismo apunta a que el otro no solamente no existe, sino que el otro es un enemigo al cual yo tengo que combatir. De allí, la necesidad de generar espacios individuales, familiares, sociales y políticos, donde podamos encontrarnos con los otros.
 
Así como hay una desidentificación, como dice usted, también hay una fuerte identificación por parte de otro sector de la sociedad en lo que tiene que ver con la crueldad y en destruir y, si es posible, al otro o al diferente, ¿no?
 
Acá hay otro tema que yo diferencio. Es válido y es cierto poder entender esta crueldad, pero yo discuto mucho cuando se plantea que Milei está loco -que puede ser-, o que es cruel -cosa que es cierto-, pero para no caer en una psicologización tenemos que entender que esto es efecto o consecuencia de defender determinado tipo de intereses económicos que hace que genere sacar lo peor del ser humano. Todos los seres humanos tenemos esta crueldad, así como tenemos esta ternura. Ahora de ahí es que nos encontramos con una cultura que lo que nos saca es la parte más negra, más siniestra nuestra, que estaría ligado a la crueldad o una cultura que lo que nos saca es el amor, la soledad, la ternura. Esto es el planteo spinoceano. Spinoza plantea la forma de luchar contra las pasiones tristes (el odio, la violencia, la crueldad) y que predominen las pasiones alegres (el amor y la solidaridad). Y no para que esta desaparezca porque siempre está en el ser humano.

17 de noviembre de 2025

Enrique Carpintero: “Hoy el neoliberalismo funciona como un sentido de vida donde vale el ‘sálvese quien pueda’, desarrollando así la violencia destructiva y autodestructiva” (1/2)

El psicoanalista, ensayista y editor argentino Enrique Carpintero (1958) estudió en la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y se doctoró en psicología en la Universidad Nacional de San Luis (UNSL). En 1991 fundó la editorial y la revista “Topía”. La primera publica principalmente libros que abordan temas como la subjetividad, la identidad, el malestar social, la violencia, la ética y la política desde una perspectiva crítica que dialoga con distintas disciplinas. La segunda es una publicación cuatrimestral cuya temática abarca disciplinas y temáticas diversas como el psicoanálisis, la cultura, la sociedad, la clínica psicoanalítica, el trabajo corporal, etc. De ambos emprendimientos culturales Carpintero es el director. Entre sus libros publicados figuran “Registros de lo negativo. El cuerpo como lugar del inconsciente, el paciente límite y los nuevos dispositivos psicoanalíticos”, “El erotismo y su sombra. El amor como potencia de ser”, “Historia del psicoanálisis en la Argentina”, “La alegría de lo necesario. Las pasiones en Spinoza y Freud”, “El psicoanálisis en la Revolución de Octubre”, “Spinoza, militante de la potencia de vivir” y “La tentación neofascista. El odio y el miedo como política del sometimiento”.


Lo que sigue es la primera parte de una combinación de fragmentos de las entrevistas publicadas en el sitio web de “Radio Perfil” el 7 de agosto de 2025, en el diario “Página/12” el 10 de noviembre de 2025 y en el medio de información digital “Tinku” el 1 de noviembre de 2022, a cargo de Jorge Fontevecchia, Oscar Ranzani y Mario Hernández respectivamente.

Me gustaría que hiciera una síntesis didáctica de su último libro, “La tentación neofascista”, que me parece absolutamente interesante y muy oportuno para tratar de divulgarlo lo máximo posible.

El libro está dividido en dos partes. La primera es el sujeto como portador de la cultura. Es decir, cuando hablo de cultura habló de civilización. Y destaco cómo la cultura actual está basada en lo que yo llamo "un exceso de realidad” que produce monstruos. Exceso de realidad no es más realidad, sino todo lo contrario. Es una realidad que excede nuestras posibilidades de simbolización y a lo que los psicoanalistas llamamos pulsión de muerte, que es la violencia destructiva y autodestructiva. Hoy, no solamente acá sino en el mundo, se asientan determinado tipo de políticas que yo llamo neofascistas. Hoy nos encontramos con un autoritarismo neoliberal y neofascista representado por Javier Milei. Tenemos que diferenciar al neofascismo de lo que realmente se consideraba el fascismo clásico, que es el fascismo de los años 30, en Europa, de Mussolini y Hitler. Eran políticas estatistas y nacionalistas, y la violencia iba dirigida hacia el otro, básicamente socialistas y comunistas, los cuales se dedicaban a atacarlos. Antes el fascismo era industrialista y estatista, ahora el neofascismo es financiero y neoliberal. Hoy es todo lo contrario. Las políticas neofascistas autoritarias están basadas en una política neoliberal. Y, así como el fascismo clásico se apoyaba en el capital industrial, hoy el fascismo neoliberal se apoya en el auge del capital financiero. Desde ahí se basa generando una ilusión en la cual, desde este individualismo, el neofascismo no solamente plantea un neoliberalismo en el plano económico, sino como un sentido de vida. Esto ya lo decía una de las fundadoras del neoliberalismo, que era Margaret Thatcher, quien decía que no había sociedad, lo que había eran sólo los individuos, y que teníamos que llegar al alma y al corazón de cada una de las personas. Creo que, en este sentido, hoy el neoliberalismo funciona como un sentido de vida, donde acá vale el “sálvese quien pueda” y un determinado proceso de desarrollo de la violencia destructiva y autodestructiva. Esto ha generado un traumatismo social generalizado muy claro, que nos lleva a que haya índices muy altos de depresión, angustias, y suicidios. En especial en toda la franja de adolescentes y de jóvenes, algo de lo que se habla muy poco. Hoy nos encontramos con veintisiete suicidios por día, de los cuales el 80% son adolescentes y jóvenes. Hay zonas, como por ejemplo toda la zona de la costa, en donde se ha declarado casi una pandemia, es decir, de salud mental. Yo me paré en poder escribir este libro en el sentido de que es un desafío ético, porque en tanto psicoanalista yo trabajo con la pulsión de vida y me encuentro con un gobierno cuyos efectos están ligados a la pulsión de muerte.
 
Déjeme hacer una comparación. Es correcto lo que usted dice de que el fascismo de los años ‘30 se apoyaba en el industrialismo. Mientras que el neofascismo del siglo XXI, en el caso de Argentina pareciera tener más bien apoyo en la cuestión financiera. Pero no así en Trump, que plantea una industria como un regreso a los 30 de Estados Unidos, un industrialismo. ¿Qué diferencia encuentra usted en el carácter entre Trump y Milei?
 
En primer lugar, Donald Trump es presidente de la principal potencia mundial, completamente diferente a Argentina. Pero yo creo que él, si bien plantea toda una serie de políticas restrictivas y en relación con la entrada de capitales y a los capitales que van o las mercancías que salen, con grandes impuestos, él no se plantea tampoco una política industrialista, sino que sigue defendiendo las perspectivas neoliberales con las características propias de Estados Unidos y con las características propias de un imperio que está en crisis y necesita ver de qué manera se apropia de sectores de capital. Milei básicamente toma un modelo que no es el de Trump, sino el de Viktor Orbán, el de Hungría, que está hace quince años en el poder. Eso es un poco lo que hacen estos neofascismos. Es decir, usan la democracia para subir al poder y luego se dedican, básica y fundamentalmente, a limar todas las libertades civiles, sociales y políticas que se lograron en todos estos años. Hay puntos de coincidencia en los diferentes neofascismos en el mundo, y puntos de divergencia en función de las características propias de cada país. Por ejemplo, un tema central en Europa y en Estados Unidos, es el tema de los inmigrantes, cosa que acá, si bien está más o menos planteado, no es un problema que surja como determinante.
 
Entrevistamos a Andrea Colamedici, autor de ese libro “Hipnocracia”, y dijo que su búsqueda inicial era encontrar una palabra que sustituyera a “fascismo”. Se trata de la megalomanía italiana, dado que ellos inventaron el fascismo y el Imperio Romano, entonces también tenían que inventar el nuevo término. Colamedici plantea como carácter de diferenciación esta especie de hipnocracia de las redes sociales y la nueva aristocracia de Silicon Valley. En lugar de industrialismo, lo que hay es inmaterialismo. Y eso es lo que controla las mentes y el dinero. Las inversiones que anunciaron este año las tres grandes compañías de inteligencia artificial de los Estados Unidos son más de cien mil millones de dólares en desarrollo de inteligencia artificial. ¿Qué ve usted allí de esta inmaterialidad?
 
Me parece que tenemos que diferenciar el liberalismo clásico, que está basado en toda la perspectiva democrática republicana, del neoliberalismo. Es decir, el neoliberalismo lo iniciaron Reagan y Thatcher, y no dudaron en implementar formas violentas contra los sectores pobres o populares. Después, en América Latina, la base del neoliberalismo está dada en dos dictaduras: la de Pinochet y la de Videla y compañía acá en Argentina. Lo que implica el neoliberalismo es un desarrollo fuerte de las fuerzas productivas que no necesitan de la democracia republicana, sino todo lo contrario. Es decir, molesta la democracia republicana. En ese sentido, lo que vamos a encontrar es que estos gobiernos liman todas estas libertades democráticas para generar una política basada en el odio y el miedo como una forma de sometimiento. Esa política está metida dentro de lo que se llama la hipnocracia. Es decir, lo que se desarrolla en el libro es cómo las redes sociales lo que generan son procesos de desubjetivación y procesos de desidentificación. Esto lleva a que quedemos atrapados hipnóticamente, como plantea el libro, y desaparecemos como sujeto. Sobre estos procesos de desidentificación y desubjetivación se genera este traumatismo social generalizado, y sobre esa base se asienta este neofascismo. Me parece bien buscar otro término. A mí me parece que el término neofascismo alude a algo que en la conciencia histórica es muy fuerte, que es alertar sobre un gobierno autoritario. Las fuerzas de derecha o de extrema derecha también apelan a una conciencia histórica de derecha para poder revitalizar esta perspectiva de derecha, que en nuestro país tiene una historia. Acá, a principios del siglo se hizo el primer y único “pogrom” en América Latina. Acá se hizo el acto más importante nazi en el mundo, en el famoso acto en el Luna Park. Y después, la dictadura militar, la cual contó con un consenso fuerte. Creo que ellos apelan a esa memoria histórica de derecha, y han hecho un trabajo muy fuerte, porque no vienen del aire. Hubo un fracaso de los sectores de la oposición, en los sectores socialdemócratas en Europa y Estados Unidos, y acá en los sectores progresistas ligados al peronismo o al gobierno K. Lo que se plantearon fue cómo limar los efectos del neoliberalismo sin plantearse un desarrollo industrial de nuestro país. El otro día leí una frase que me parece buena, que decía: “¿Cómo volvemos a que ser fascista de vergüenza?”. Hoy no solamente no da vergüenza, sino que se ha transformado como una especie de desafío. Me parece importante poner el eje en el tema del fascismo, en tanto implica toda una memoria histórica y todo un corte en relación con aquellos que plantean gobiernos autoritarios y aquellos que planteamos formas democráticas y de desarrollo de la sociedad.
 
Ha escrito varios libros y artículos sobre Spinoza. Tal vez podríamos decir que es su filósofo de cabecera. ¿Quién era Baruch Spinoza?
 
Podemos decir algunas cuestiones. Fue un filósofo del siglo XVII. Él vivió una época que estaba signada por la impronta de la religión. La religión era un elemento fundante de la sociedad de toda esa época en Occidente. Digamos que no se concebía una persona que no tuviera o no perteneciera a alguna religión, ya sea judía, católica o mahometana en el caso de las religiones monoteístas. Obviamente en Occidente lo hegemónico era la religión cristiana y sus diferentes variables: católica y protestante. Baruch, que nació con el nombre de Bento Spinoza, vivía en Ámsterdam. Nació en Ámsterdam. Perteneció a una familia sefardí, en Ámsterdam había una comunidad muy importante de sefardíes producto de que habían escapado de la Inquisición en España y Portugal. Recordemos que, en 1492, cuando se descubre América, se expulsan a todos los judíos de España. Es la forma en que los Reyes Católicos buscan unir a los españoles. Muchos de ellos van a Portugal, en Portugal terminan echándolos y van a distintos lugares. Un lugar fundamental es Holanda que vivía una suerte de tolerancia religiosa. Ahí se instala una comunidad judía sefardí muy importante. Sefardí porque viene de Sefarad que era como nombraban a España los judíos en esa época. Y todo este proceso hizo que esta comunidad judía sufriera muchas transformaciones. A algunos se los obligaba a ser cristianos, otros se mantenían siendo cristianos mientras que en forma secreta conservaban la religión judía. Todos estos eran los «nuevos cristianos» como se los denominaba. Spinoza venía de una familia así, esto implicaba una subjetividad, una forma de pensar. El judío estaba acostumbrado a pensar en secreto, a no decir cosas. Spinoza nace en una familia de comerciantes sefardí. Su madre muere joven, fallece su padre y sus dos hermanos y, en principio, queda él con un hermano dirigiendo una empresa familiar comercial. Ya siendo muy joven tiene una formación judía y a partir de ahí empieza a concebir ciertas cuestiones que no eran toleradas dentro de esa sociedad como, por ejemplo, que el alma no iba a trascender luego de la muerte, que no había nada más que el cuerpo y, fundamentalmente, que Dios no era un dios trascendente. No existía un Dios trascendente, lo que él pensaba era un Dios inmanente. La inmanencia es un elemento central en Spinoza y forma parte de que no hay nada fuera del mundo, no hay nada fuera de la cosa, no hay nada trascendente en ninguna cosa o en ninguna persona. En este sentido él negaba este Dios trascendente, que podía castigar, sancionar o hablar. A partir de ahí Spinoza empieza a concebir con el tiempo un Dios que llama Naturaleza. Para él la Naturaleza es Dios. Algunos hablan de un panteísmo en Spinoza, que casualmente es un término que utilizan para definir la filosofía de Spinoza, pero en realidad no es panteísta. Porque el panteísmo sostiene que en todas las cosas de la naturaleza está Dios, o sea que Dios está en una silla, en una cucaracha, en el ser humano, etc. Acá Spinoza no dice lo mismo, lo que dice es que la Naturaleza es Dios. Por eso muchos sostenemos que Spinoza es el padre de los ateos. Pero bueno, antes de desarrollar la mayoría de estas concepciones es reprendido por los rabinos mientras que se lo obliga a que no trate de pensar en estas cosas, él se niega y finalmente se le hace lo que se llama un “herem”, se lo expulsa de la comunidad. El “herem” es uno de máxima, es decir, ninguna persona de la comunidad se puede acercar a unos metros de él ni puede hablar, por supuesto, con él, ya sean amigos o familiares. Participó de muchas cuestiones, fundamentalmente escribe el “Tratado teológico político”, que es una intervención política que hace en esa época sobre cuestiones en relación con la democracia, la monarquía y la multitud, que en términos actuales podríamos decir que es el colectivo social, y donde fundamenta una democracia radical. Una democracia donde todos tienen derecho sobre todas las cosas para poder decidir. En síntesis, es un crítico de dos elementos fundamentales. La pregunta que se hace Spinoza es por qué la gente apoya situaciones o posiciones políticas que los transforma en esclavos, creyéndose que pueden ser libres. De ahí se desprenden dos cuestiones que lo transforman en un crítico radical: el miedo y la esperanza. A través del miedo se domina a la gente y la esperanza, una esperanza pasiva y no una esperanza activa, no de esa esperanza que nos permite a todos nosotros poder generar una lucha, sino esa esperanza pasiva en la cual estamos esperando que alguien nos solucione los problemas, llámese Dios, llámese Hitler, quien sea. Un ser superior que creemos nos va a solucionar los problemas y no pensarnos a nosotros mismos dentro del colectivo social quienes podemos transformar, modificar y resolver los problemas.
 
¿Por qué estudiar en la actualidad un filósofo del siglo XVII?
 
Esto lo planteo en la “Introducción”, hay varias cuestiones. Una de las fundamentales va ligada a lo que tiene que ver con pensar una democracia radical. Lo que plantea Spinoza es que el colectivo social, la multitud se potencia, no a partir de participar de derechos que da la sociedad, sino de participar en cómo generar la potencia de cada uno de los sujetos, es decir, un colectivo social es importante en la medida que sus miembros puedan potenciar sus posibilidades, lo que él llama las pasiones alegres, potenciar todo eso que nos lleve a la creatividad y no solamente es una cuestión en relación con los derechos. Hoy las sociedades actuales evidentemente tenemos muchos derechos, pero nos lleva permanentemente a una democracia donde lo que predomina es la impotencia. En este sentido es importante cómo pensar formas de organización democrática donde podamos lograr a nivel individual y colectivo esta generación de potencialidades. En especial, y yo tomo algunas cuestiones, hoy lo que encontramos son formas autoritarias, fascistas o neofascistas, que detrás de un supuesto pensamiento libertario, que nos deja a todos encerrados en nuestro propio narcisismo, nuestro propio individualismo, caemos en cuestiones que nos llevan a estar todos contra todos. Es un desafío que hoy tenemos en la sociedad actual no solo acá, en Argentina, sino en el mundo.

31 de agosto de 2020

Escuetas consideraciones sobre el desprecio

El profesor español Alfonso Fernández Tresguerres (1957), dedicado a la enseñanza de la filosofía desde 1991 en la Universidad de Oviedo y pertenecinete al Consejo de Redacción de la revista "El basilisco", escribió en 2004 un interesantísimo artículo: "Acerca de burlas, bromas, desprecios, menosprecios y sarcasmos". En uno de sus párrafos dice: "en la burla se concitan la alegría y el odio". Cita a Rene Descartes (1596-1650): "La irrisión o burla es una especie de alegría mezclada con odio que nace cuando descubrimos algún pequeño mal en una persona a la que consideramos merecedora de él. Se siente odio por ese mal y alegría de verlo en quien es digno de él". También menciona a Baruch Spinoza (1632-1677): "La irrisión es la alegría surgida desde que imaginamos que, en la cosa que odiamos, existe algo que despreciamos".
"El tipo de odio que se pone de manifiesto en la burla no es otro, en efecto, que el desprecio - continúa Fernández Treguerres-; y eso nos autoriza a afirmar que la burla es una de las formas que éste puede adoptar o mediante las que puede manifestarse". Aristóteles de Estagira (384-322 a.C.), sin embargo, al señalar las diversas variedades de desprecio, omite la burla, y se refiere al desdén, la vejación y el ultraje. Fernández Treguerres, en cambio, objeta la idea del desdén, a la que vincula -más que con el desprecio- con el menosprecio: "menospreciar significa infravalorar o negar valor a algo o a alguien; significa, en el límite, indiferencia, y por eso el menosprecio puede declararse de forma pasiva, por el simple acto de ignorar aquello que se menosprecia. En cambio, el despreciar es siempre activo, conlleva, inexorablemente, alguna acción (como la propia burla) mediante la cual se busca el desprestigio y, si fuese posible, hasta la destrucción de la fama o el buen nombre de aquél a quien se desprecia; y a quien se desprecia no necesariamente por considerarlo carente de valor, sino, al contrario, porque, en ocasiones, se le atribuye tal valor en dosis importantes, y aun porque se le sobrevalora, con lo que, al cabo, se entiende muy bien por qué en muchos casos el desprecio es actitud que acompaña a la envidia".


El desprecio, en definitiva, es un lazo que nos mantiene atados a aquél a quien despreciamos; el menosprecio, en cambio, nos libera de él: quien menosprecia a alguien, lo hace convencido de que ni siquiera merece la pena despreciarle. Se puede, en suma, menospreciar sin hacer nada, pero sólo es posible despreciar haciendo algo, como vejar y ultrajar tal como lo señala Aristóteles. Este y Espinosa no hacen diferencias entre desprecio y menosprecio. "El desprecio -escribió el filósofo griego- es la actualización de una opinión acerca de algo que aparece sin ningún valor", mientras que el filósofo holandés dijo que: "El desprecio es la imaginación de una cosa que impresiona tan poco al alma que la presencia de la cosa mueve más bien a imaginar lo que no hay en ella que lo que en ella hay".
El ya mencionado Descartes, por su parte, relaciona al desdén con el menosprecio: "Lo que llamo desdén es la inclinación del alma a menospreciar una causa libre juzgando que, aunque por su naturaleza sea capaz de hacer bien o mal, impera, sin embargo, tan por encima de nosotros que no nos puede hacer ni lo uno ni lo otro". De este modo, el desdén bien podría significar indiferencia, pero el desprecio es, en muchos aspectos, absolutamente contrario a la indiferencia: cuando alguien nos es indiferente, sencillamente lo despreciamos. "Se desprecia con hechos o con palabras -dice Fernández Treguerres-, con vejaciones y con injurias". O como dice un viejo refrán español: "no hay mayor desprecio que no hacer aprecio".
El desprecio es una actitud necesaria, inevitable, irrenunciable y única aplicable en ciertas circunstancias y contextos. Por ejemplo, toda actitud que menoscabe el respeto a la verdad, merece un total desprecio. Ahora bien, como el error es inevitable y por lo tanto excusable, y hasta en alguna medida lícito, a condición de que sea involuntario, provisional y ávido de rectificación, es necesario hacer una salvedad. "Lo inadmisible no es el error como tal -escribió el filósofo español Julián Marías (1914-2005)-, sino la mentira, la voluntad de falsedad, la perseverancia en ella, la adscripción sistemática a la falsificación como tal. Lo despreciable no es la deficiencia humana, la dificultad de alcanzar la verdad siempre huidiza, sino la predilección por la falsedad, la adscripción voluntaria a ella".
Hay épocas en que la tensión hacia la verdad y su búsqueda se debilitan, en que interviene una actitud de desinterés por la verdad, en una indiferencia cuya consecuencia suele ser una llamativa facilidad de aceptación y hasta una simpatía por lo falso. "Ha habido y hay épocas y países -continúa Marías- en que la verdad ha sido escamoteada, eliminada, perseguida, cuyo mantenimiento y expresión han resultado peligrosos, a veces extremadamente. La historia reciente muestra ejemplos gravísimos de oscurecimiento voluntario de la verdad, del peligro de buscarla, enunciarla, defenderla, de su suplantación por diversos sistemas de mentiras implacablemente impuestas. La historia del mundo en el siglo XX muestra con angustiosa extensión y frecuencia el predominio de esta actitud". Dadas estas condiciones, la actitud de desprecio a lo falso sigue siendo en gran medida inevitable.
La literatura y el cine también se han ocupado del desprecio, aunque enfocado de una manera más particular, más íntima. El escritor italiano Alberto Moravia (1907-1990) publicó en 1954 la novela "Il disprezzo" (El desprecio), una obra que representó una etapa fundamental en su viaje a través de las instituciones burguesas y su desfallecimiento. En este caso, Moravia mostraba, a través de Riccardo, un guionista de cine, y Emilia, su mujer, las contradicciones de un matrimonio que se ilumina o se oscurece a la luz de los éxitos y fracasos profesionales del marido. Con este argumento de fondo, aparecen todos los temas centrales de Moravia, definidos de manera precisa y compleja, como si fuera una enciclopedia de la temática tratada por el autor a lo largo de toda su obra.
En 1963, el director cinematográfico vanguardista y experimental Jean Luc Godard (1930) realizó un film ("Le mepris") basado en la novela de Moravia, interpretado por Brigitte Bardot, Michel Piccoli, Jack Palance y Giorgia Moll. En el argumento, Paul (Michel Piccoli) y Camille (Brigitte Bardot) parecen formar un sencillo pero feliz joven matrimonio. Su relación se precipita hacia la ruptura a partir del momento en que Paul acepta la oferta de un arrogante productor americano, Jeremy Prokosch (Jack Palance), para escribir el guión de una gran producción comercial basada en "La Odisea" de Homero de Esmirma (850-725 a.C.) y dirigida por Fritz Lang (1890-1976).
Con una profunda reflexión en torno a la realización de la obra cinematográfica como trasfondo, la excelente película de Godard se fundamenta sobre dos grandes pilares narrativos interrelacionados. Por un lado, la crisis matrimonial de la pareja de recién casados antes mencionada. Por otro lado, se plantea la cuestión del conflicto artístico de Paul, quién deja de lado su vocación literaria como dramaturgo aceptando la oferta del guión por los ingresos que supone, y se ve envuelto en el conflicto que surge entre la interpretación comercial que el productor americano pretende realizar de la obra de Homero y la profunda reflexión existencial que el director alemán, Fritz Lang, aspira a realizar de La Odisea.
En este doble contexto, la película muestra la transformación que se produce en el sentimiento de Camille hacia Paul que evoluciona del amor, subrayado al principio de la historia en la escena de intimidad conyugal que abre la película, a la indeferencia primero, el cese del amor después, y finalmente al desprecio. Esa evolución de los sentimientos de Camille hacia su esposo y la búsqueda del motivo de ese desprecio por parte de Paul determinan la evolución narrativa de la obra. Desde el punto de vista de su estructura formal, la película se divide en grandes bloques que parecen imitar la estructura de una tragedia clásica en tres actos. Una primera parte que se desarrolla en Cinecittà marcada por la aceptación, tras un segundo de duda, por parte de Paul de la oferta para realizar el guión. Una segunda parte, en casa de Paul y Camille, en la se escenifica el desencuentro entre ambos. Y finalmente, el desenlace en Capri a donde la pareja acude a presenciar la realización de parte de la adaptación de "La Odisea" en la villa del productor.
Ambas obras, la novela y la película, nos revelan otra faceta del desprecio.
La filosofía ha definido al desprecio como lo "no digno de ser visto". El despreciado no existe. Los inexistentes no suscitan atención. El lingüista y filósofo búlgaro Tzvetan Tódorov (1939-2017) analizó las distintas formas del desprecio. En su ensayo "La vie commune" (La vida en común) afirmaba que el hombre sólo comienza a existir en la mirada del otro. Es el otro el que asegura su existencia. El desprecio podía pensarse entonces como una variante de la soledad y una forma destructiva del reconocimiento.
El novelista francés Honoré de Balzac​ (1799-1850) decía que "las heridas incurables son aquellas infligidas por la lengua, los ojos, la burla y el desprecio". Años antes, el escritor, historiador y filósofo francés François Marie Arouet, más conocido como Voltaire (1694-1778), había afirmado que "todo es soportable salvo el desprecio". Para concluir, podemos remontarnos al excepcional novelista y filósofo francés Albert Camus (1913-1960), quien, lacónicamente nos recordó: "El desprecio es el fascismo".

4 de marzo de 2017

Conversaciones (LVI). Raúl Cerdeiras - Juan Carlos Indart. Sobre los caminos comunes de la filosofía, el psicoanálisis y la política (4/4)

En el año 2013, Raúl Cerdeiras publicó “Subvertir la política”, un ensayo en el que propuso trabajar en una nueva política de emancipación. No fue casual que el prólogo fuera escrito por Alain Badiou, un filósofo que coincidió con Cerdeiras en la necesidad de buscar los medios para lograr la liberación social, política y económica de los ciudadanos centrándose en los derechos humanos, la autonomía y la descolonización, para poder así modelar nuevas formas de organización social. Allí, el autor de “Court traité d'ontologie transitoire” (Breve tratado de ontología transitoria), “Logiques des mondes: l’être et l’événement” (Lógicas de los mundos: el ser y el acontecimiento) y “La relation énigmatique entre politique et philosophie” (Filosofía y política: una relación enigmática), escribió: “Cuando Raúl y yo nos encontramos, en la segunda mitad de los años ‘80 del siglo pasado, estábamos, tanto uno como el otro, aislados en extremo. A escala mundial, era la época de la contrarrevolución triunfante. Sin duda, algunas formas extremas de poder reaccionario le habían cedido el lugar a ‘democracias’ más presentables. En Francia, el partido socialista estaba en el poder después de veintitrés años ininterrumpidos de gobiernos de la derecha. En Argentina, la espantosa dictadura militar no había sobrevivido a la guerra de Malvinas y los políticos del parlamentarismo habían retomado el poder. Sin embargo, ambos concluimos por separado que los gobiernos que sucedieron a esta etapa en Argentina y Francia, no representaban las formas de una verdadera ‘política de emancipación’, la que debe construirse y desarrollarse siempre a distancia del Estado. De lo que se trata es de una verdadera revolución conceptual en la idea misma de la política revolucionaria. Mientras que la visión clásica equivale a decir que todo el problema consiste en adueñarse del poder de Estado, ya sea por medio de las elecciones, ya por la fuerza, nuestra visión común sostiene que es en el pueblo, en lo que se dice, se hace o se piensa en él, donde una auténtica política de emancipación encuentra la fuente de su existencia y de su despliegue. Y que eso solo es posible si -interesándose a la vez, vivamente, en los avatares sucesivos del poder del Estado, analizándolos, levantando contra tal o cual decisión del Estado movilizaciones y organizaciones populares- la política se mantiene por completo independiente de aquello contra lo cual se constituye”.
Agregó más adelante: “Tanto uno como el otro teníamos ejemplos concretos de momentos en que aparece el esbozo, el ejemplo provisorio de tal política. Por mi lado, había ciertos aspectos de la Revolución Cultural China y de Mayo del ‘68 que la organización política prolongaba, con invención, en las fábricas y en los barrios. Por el lado de Raúl, estaba la admirable movilización, bajo la dictadura, de las ‘Madres de Plaza de Mayo’ y, más tarde, ciertos aspectos de la empresa zapatista en Chiapas. Raúl y yo, con nuestros amigos y nuestros camaradas, intentábamos así extraer de esos ejemplos lecciones válidas para la acción y la organización por venir. Nada nos desvió nunca de esta tarea, ni en el terreno del pensamiento puro ni en el de la acción colectiva. Compartíamos la idea de que la cuestión más difícil, la más concentrada, era la del Sujeto de la política de emancipación, desde el momento en que pensábamos que no se podía reconocer tal Sujeto ni en la objetividad de una clase social, como el proletariado, ni en la forma singular de una organización, como el Partido. Por eso examinamos, uno y otro, lo que podíamos retener, en lo tocante a esta cuestión, de las enseñanzas generales del psicoanálisis y, especialmente, del esfuerzo de Lacan por poner las categorías de ‘real’ y de ‘sujeto’ en el centro de su pensamiento, como intentábamos hacerlo en el terreno de la política a través de las nociones de ‘situación’ y de ‘subjetividad política’. Esta búsqueda libre de referencias contemporáneas que nos fueran útiles establecía entre nosotros un vínculo suplementario”.
“Le debo también a Raúl una parte importante del reconocimiento que fui alcanzando como filósofo, poco a poco, en Argentina, y luego en todo el continente sudamericano. Tradujo al español y publicó en ‘Acontecimiento’, sin discontinuidad, un gran número de textos que yo había escrito, en especial los que conciernen al vínculo entre filosofía y política, a lo que llamo ‘metapolítica’. Y, además, sobre todo, constituyó y dirigió un equipo que tradujo, explicándoselo a sí mismo bajo la dirección de Raúl, el libro mío que es, sin duda, el más importante, pero también el más complejo: ‘El ser y el acontecimiento’. Fue para mí una inmensa alegría ver cómo se materializaba, de este modo, el largo camino de amistad militante y personal que habíamos recorrido”.
Y concluyó: “Cuando lo conocí en Buenos Aires, Raúl les daba a algunos interlocutores interesados una suerte de clases en que la filosofía desembocaba en perspectivas prácticas. Esas clases en forma de diálogos eran, al mismo tiempo, de una densidad y de una elegancia decididamente asombrosas. Por eso le puse muy pronto, como sobrenombre, ‘el Sócrates de Buenos Aires’. A modo de respuesta, él me apodó ‘el Platón de París’. Es una buena noticia saber que hoy, en las condiciones que conocemos, ‘distantes, aunque sin dejar de pesar uno sobre el otro’, como dice Claudel, una especie de Platón y una variante de Sócrates mantienen amistosamente una discusión transatlántica”.
Lo que sigue es la cuarta y última parte de la compleja conversación que mantuvieron Raúl Cerdeiras y Juan Carlos Indart, publicada en la revista “Lamujerdemivida” en enero, abril y junio de 2005.
 

R.C.:
La gran discusión es si el psicoanálisis subvierte o no subvierte una verdad. Si el psicoanálisis se arrogó -como yo sostengo- tareas propias de la filosofía, es porque justamente considera que en la sexualidad, en el goce, encontró una invariante estructural y con ella tiene la capacidad de atravesar todas las otras actividades humanas. Es como si dijeran “acá está la clave”. La clave de la cultura es el sujeto, no es el ser. Y si el sujeto es como es, con sus invariantes sin posibilidad de modificación, no cabe más que pensar que cada doscientos años la pulsión de muerte va a soltarse otra vez, el ciclo se repetirá y Auschwitz va a ser un juego de niños. Esto es lo que nunca el psicoanálisis se abrió a discutir, porque es en esa zona donde se encuentra con la filosofía. Ésos son los núcleos filosóficos del psicoanálisis, sus fundamentos. Abrir una discusión acerca de sus fundamentos es lo que hizo Lacan y eso le trajo un rédito extraordinario. Pero cuando uno va a los fundamentos ya está utilizando una palabra filosófica.
 
J.C.I.: Ese camino me parece que nos enredaría. ¿Por qué la palabra “fundamento” es filosófica? La palabra fundamento es una palabra de la lengua. Y la filosofía es una construcción a partir del lenguaje. No creo que el psicoanálisis pueda decir si algo fue siempre, lo es y lo será. No sé si el psicoanálisis puede determinar invariantes estructurales, eso sería convertirnos en filósofos. Lo que puedo decir es que ese algo se encuentra en un caso, y en otro y en otro más, y que el análisis de cada caso conduce a esa dirección. En los observados hasta ahora, el método de Freud de análisis del síntoma conduce inevitablemente a un punto al que aluden todos los síntomas constantemente y es el de que no hay saber inscripto en la relación sexual. Pero no hay manera para nosotros de decir qué consecuencia general se saca de eso. Creo que no estamos preparados para una reflexión de ese tipo.
 
R.C.: Eso implica que no hay verdadero cambio, subversión o ruptura en la operación analítica. Sólo reorganización de la invariante.
 
J.C.I.: Voy a aportar a esa cuestión con Alain Badiou.
 
R.C.: Me pagás con mi propia medicina.
 
J.C.I.: Lo saqué de su “Breve tratado de ontología transitoria”. Eso me divirtió, porque explica muy bien que en realidad las discusiones vinculadas a los atributos -yo digo que es colorado, vos decís que es verde- son totalmente secundarias. El asunto es: ¿qué es lo que existe para cada cual? Ahí están las verdaderas diferencias. Eso toca un punto que es de decisión íntima, como él dice, el juicio de existencia es lo más íntimo del pensamiento y lo que no puede compartirse. Me parece importante llegar a eso. Seguramente no compartimos juicios de existencia, entonces por ahí todas las discusiones son un poco en el aire por esa diferencia. Todo pensamiento es polémico, pero es diferente que el conflicto se plantee entre interpretaciones a que se plantee entre juicios de existencia. Sigo con Badiou: “Justo en el momento en que decides lo que existe estás anudando tu pensamiento en ser”. Hay una singularidad, esto lo digo porque se dirige a un “tú”. Y sigue, “pero entonces te encuentras, de manera inconsciente, sujeto al imperativo de una orientación”. De manera que articula una ética en eso. La ética me parece suficiente para sacar un poco el tema de estructura necesaria fatalista de si siempre se repetirá lo mismo, si hay o no subversión. Lo uso para hablar de estructura, de la no relación sexual como invariante en la estructura, porque en un punto uno decide darle existencia a la no existencia de la relación sexual. Lo que Badiou dice es que eso es una orientación, que la decisión de que no existe relación sexual, da una orientación al pensamiento, una orientación que se impone, un imperativo. Pero fijate en la importancia de lo que él dice: “entonces te encuentras de manera inconsciente sujeto al imperativo de una orientación”. ¿Cómo usa inconsciente acá Badiou? ¿Por qué dice que es inconsciente y no consciente?
 
R.C.: Cuando uno decide algo y saca las consecuencias de eso, automáticamente está inscripto en una orientación ontológica.
 
J.C.I.: Pero, ¿por qué se le impone de manera inconsciente?
 
R.C.: ¿Cómo por qué se le impone de manera inconsciente? Está por fuera de su saber “consciente”. Es el problema de la relación entre el ámbito del ser y del existir. Pero “inconsciente” en ese texto no remite al dispositivo del inconsciente freudiano.
 
J.C.I.: Pero dice: “Cuando tú decides un juicio de existencia”. Badiou lo sabe muy bien: el caso de la “no relación sexual” tiene una vuelta complicada. A diferencia de las invariantes que se pueden formular de una manera positiva, en el caso de la “no relación sexual” no se afirma una existencia sino una inexistencia: no hay relación sexual. Eso tiene sus problemas, sin duda. Pero es en ese “tú decides”, en ese punto justo, efectivamente...
 
R.C.: Yo creo que tu ejemplo es redondo, porque desde la perspectiva de Badiou que no haya relación sexual es una decisión, no una invariante. Es una decisión de la que quedás atrapado.
 
J.C.I.: De manera inconsciente.
 
R.C.: No, la ontología se te impone de manera inconsciente. Porque siempre uno piensa en el horizonte de una ontología, es decir si yo digo que eso es, alguna concepción de qué significa ser debo tener. ¿Qué quiere decir ser? Porque “ser” es el problema ontológico y “ser tal cosa” es un problema de existencia u óntico, como dicen los filósofos. Es más, para nuestra cultura “ser” significa “existir”. Vos preguntale espontáneamente a cualquier persona: “¿qué es para vos ser?”, para que contesten: “y, que está ahí, que existe”. Eso es inconsciente, confundir ser con existir es inconsciente. Nos movemos en el interior de estructuras que operan independientemente de la conciencia. Por eso, como estamos operando en estructuras independientemente del sujeto consciente, la pregunta clave de Badiou, por la cual él comienza a revisar todo su pasado filosófico e incluso político, es si en algún punto el hombre decide algo. Si, aunque sea en algún punto, podemos decidir algo o no podemos decidir nada. Si somos siempre muñecos de las invariantes estructurales que nos operan, como por ejemplo el inconsciente. Él dice: “No. Hay un punto de decisión y es ahí donde se juega la cuestión del sujeto, etc.”.
 
J.C.I.: El psicoanálisis de Lacan ha tocado exactamente ese punto de decisión. También es cierto que en Badiou la decisión pareciera estar anudada a algo que llama inconsciente.
 
R.C.: No, lo que significa es que en la decisión no hay un saber previo acerca de lo que se decide. Vos podés estar decidiendo algo sin saber que estás decidiendo; solamente en los efectos y en las consecuencias se valorará el verdadero alcance y significado de lo decidido.
 
J.C.I.: Sí, pero el imperativo, las consecuencias de esa decisión las menciona. No es gratuita esa decisión. Esa decisión ata y lo hace de una manera inconsciente. Como imperativo. Dice palabras que al psicoanálisis le interesan mucho. Habita en el inconsciente un imperativo. Yo creo que generalmente llegamos más o menos al mismo punto, pero creo que se podría despejar de esa manera algo de la pregunta inicial. En eso me parece que la práctica analítica en Lacan es una cosa que está referida a la decisión.
 
R.C.: Yo estoy de acuerdo, pero el psicoanálisis arriesgaría la tesis siguiente: no hay relación sexual. ¿Es una decisión?
 
J.C.I.: Sostener ese juicio es una decisión.
 
R.C.: Yo creo que el psicoanálisis no puede decir que eso es una decisión, porque la decisión es un problema central de la subjetividad. Es decir, que solamente puede entenderse la decisión a partir de ese principio invariante. Pero si ese principio invariante al mismo tiempo es una decisión, es una decisión que se basa en una decisión. Yo creo que el psicoanálisis al decir “partimos de tal o cual cosa”, no dice que se trata de una decisión, sino que es el inconsciente mismo que operó para que yo pueda decidir de esa manera. “Cuando yo hablo -dice Lacan-, escúchenme como si estuviera hablando otro, que es el inconsciente”. Entonces, ¿qué decisión hay ahí?
 
J.C.I.: Creo que debemos retornar a la referencia que dan las prácticas. La frase “no hay relación sexual” como tal, como noción, que la discutan los filósofos, los sociólogos, a nosotros no nos interesa... El tema es si a través de un análisis en ese punto, un sujeto puede decidir eso (que no hay relación sexual) y hacer de eso una orientación en su vida. La abstracción general de “no hay relación sexual” no nos interesa para nada. El asunto pasa por si un sujeto la asume en la singularidad de su juicio. Es interesante, sí, pero Badiou admite que ahí se anuda con algo que va a empezar a exigir, a ser un imperativo que trasciende la dimensión consciente de la propia decisión.
 
R.C.: ¡Qué lío que hicimos!