Un día como hoy, hace
exactamente cien años, nacía en el Barrio General San Martín de la ciudad de Rufino,
provincia de Santa Fe, quien sería con el paso de los años reconocido por la Federación
Internacional de Historia y Estadística de Fútbol (International Federation of
Football History and Statistics) como el mejor arquero sudamericano del siglo
XX: Amadeo Carrizo. Hijo de un trabajador ferroviario, alternó su infancia
entre los paseos en bicicleta e ir junto a su padre a observar las maniobras de
las máquinas del ferrocarril. Además, asistía los domingos junto a su hermana o
algún amigo a “El Condal” y a la “Sala Marconi”, los cines que había por
aquella época en la ciudad. Las entradas costaban 20 centavos y con el número
de las mismas al final de la función se rifaba una muñeca o una pelota, un
premio que se otorgaba según el ganador fuera nena o nene. En una oportunidad
resultó ganador y consiguió así su primera pelota de fútbol.
No fue necesario que
pasase mucho tiempo para que comenzara a ir a los partidos de fútbol informales
y amistosos que se jugaban cerca de su casa en los que participaba como jugador
de campo. Su papá, amante del fútbol e hincha de River, en el fondo de su casa
pasaba largo rato tirándole la pelota de un costado al otro para hacerlo volar
y atajarla porque veía en su hijo una mayor capacidad como arquero que como
delantero. En 1938, aprovechando el boleto gratis que tenía por su condición de
empleado ferroviario, viajó con su hijo a Buenos Aires a visitar a su hermano.
El 7 de agosto de ese año llevó a Amadeo a la cancha de River. Por entonces el
equipo era dirigido por técnico húngaro Emérico Hirschl (1900-1973) y ese día
enfrentó a Racing por la fecha 15 del Torneo Argentino de Primera División. La
“Academia” -tal el apodo con el que se conocía al club de Avellaneda desde
mediados de la década de los años ‘10 cuando ganó siete campeonatos de Primera
División consecutivos entre 1913 y 1919 durante la era del amateurismo- dominó el
primer tiempo y se fue al entretiempo con una ventaja de 2 a 0. Pero en la
segunda etapa, gracias a la habilidad y la destreza goleadora de Luis María Rongo (1915-1981),
River dio vuelta el resultado y ganó 3 a 2. Mientras su padre, feliz por la
compañía de su hijo en la tribuna, festejaba los goles, Amadeo miraba a los
arqueros y pensaba si alguna vez él podría jugar en esa posición.
Un año después, ya en
Rufino dio sus primeros pasos como futbolista formal en el club barrial El
Fortín, en el que jugaban varios chicos que vivían en la misma cuadra en la que
estaba su casa. Jugaban de locales en las instalaciones del club Matienzo, y
allí Amadeo demostraba un gran dominio de la pelota desenvolviéndose como
centrodelantero. A ese club llegó luego de ser visto por el director técnico de
la división infantil jugando en una plaza con los amigos.
El equipo confrontaba con
otros de diferentes barrios y, luego de varios partidos, se mantenía invicto. Un
domingo debió enfrentar a un conjunto de un barrio cuyo equipo se denominaba
Los Panta, un cuadro aguerrido y de buenos jugadores que contaba con un campo
de juego que tenía hasta los arcos con red y travesaño. Faltaba poco para el
comienzo del partido y el arquero de El Fortín no llegaba, por lo que el capitán
del equipo estaba muy nervioso. Fue cuando Amadeo se le acercó y le ofreció
jugar como arquero. Luego de dudar un poco se decidió a aceptar la propuesta. El
principiante arquero tenía 13 años y no llegaba al metro setenta de altura, sin
embargo desvió todos los tiros que le hicieron, con la punta de los dedos los
que llegaban por arriba y estirándose con esfuerzo los que llegaban por abajo.
El Fortín mantuvo el invicto y Amadeo fue la revelación.
En simultáneo mantenía su afición
por el ciclismo, llegando incluso a competir en distintas carreras tanto en pistas
como en carreteras, y causó asombro en Rufino cuando ganó una carrera
consistente en treinta y cuatro kilómetros entre ida y vuelta. Este suceso lo
llevó a dudar si seguía corriendo con la bicicleta o si jugaba al fútbol. Pero
optó por esto último cuando unos hermanos que jugaban en El Fortín y ya eran profesionales
en el B.A.P., el club de los ferrocarriles Buenos Aires Al Pacífico, le
ofrecieron jugar allí como arquero. Con la anuencia de su padre que era socio del
club que los empleados de ese ferrocarril (el actual Ferrocarril General San
Martin que por entonces estaba en posesión de Gran Bretaña y recién fue
nacionalizado en 1946) habían fundado el 9 de agosto de 1924 y era por entonces
el más importante de la liga rufinense, allí debutó en la reserva en 1942.En el primer partido el
equipo perdió 4 a 0 y Amadeo salió cabizbajo de la cancha. Estando amargado en
el vestuario, se le acercó el capitán del equipo de primera y le dijo que no se
cambiara porque iba a jugar el partido principal. Sorprendido, ya que le habían
hecho cuatro goles, no podía entender la propuesta y bajo ese estado emocional
debutó en la primera división. El equipo ganó ese partido, él tuvo una buena
actuación y quedó como titular para toda la temporada de 1942. En la década de
los años ‘40 su padre era compañero de trabajo de Héctor Berra (1909-1977), un atleta
de River que había participado en varias disciplinas en los Juegos Olímpicos de
Verano de 1932 llevados a cabo en la ciudad de Los Ángeles, Estados Unidos, y
que había participado en los Campeonatos Sudamericanos de Atletismo representando a la Argentina en 1929, 1931, 1933 y 1937.
Por entonces Berra, además
de trabajar en el ferrocarril colaboraba con el por entonces director técnico
de las divisiones inferiores de River Plate, Carlos Peucelle (1908-1990), en la
búsqueda de jugadores talentosos en los clubes del interior. Por esa razón el
padre de Amadeo le propuso que lo recomendase. Berra aceptó el pedido, pero
quiso verlo en acción antes de recomendarlo. Se jugó entonces un amistoso que el
B.A P. le ganó 1 a 0 al Sporting de Laboulaye. Cuando lo vio jugar le sugirió
ir a probarse al club de Núñez y le escribió una carta de recomendación
dirigida al técnico del “Millonario”, apodo que el club había recibido en 1931
-cuando se inició el fútbol profesional en Argentina- debido al número de contrataciones
costosas que realizó con el fin de conformar un equipo competitivo. Entre esas
incorporaciones figuraron jugadores como el mencionado Peucelle, adquirido al Sportivo
Buenos Aires por 10.000 pesos, Angel Bossio (1905-1978) de Talleres de Remedios
de Escalada por 22.000 pesos, Alberto Cuello (1908-1993) de Tigre por 18.000
pesos, Carlos Santamaría (1912-1998) de Platense por 15.000 pesos y, sobre
todo, la del gran goleador Bernabé Ferreyra (1909-1972) de Tigre por 35.000
pesos, un futbolista reconocido como uno de los más destacados goleadores del
fútbol mundial en los años ’30 y que ostenta el histórico récord de tener más
goles que partidos disputados: 200 goles en 185 partidos oficiales.
Con el alistamiento a lo
largo de esa década de otros grandes jugadores como Renato Cesarini
(1906-1969), José María Minella (1909-1981), José Manuel Moreno (1916-1978), Ángel
Labruna (1918-1983), Adolfo Pedernera (1918-1995), Juan Carlos Muñoz
(1919-2009) y Alberto Gallo (1920), el equipo riverplatense vivió una etapa victoriosa
consagrándose campeón de los torneos de Primera División en 1932 y 1937, de la Copa
de Competencia en 1932, de la Copa Campeonato en 1936, de la Copa de Oro en 1936,
de la Copa Ibarguren en 1937 y de la Copa Aldao en 1936 y 1937.
Por entonces había pasado
de su pequeña cancha en la calle Aristóbulo del Valle en el barrio de la Boca a
un nuevo estadio sobre la avenida Alvear (hoy Av. Del Libertador) entre Tagle y
Austria. Luego, en 1934, dado que ese terreno no le pertenecía al club y el
contrato de alquiler vencía y no le sería renovado, la Municipalidad le reclamó
el predio y, gracias a la intermediación del propio Intendente de la ciudad Mariano
Vedia y Mitre (1880-1958), consiguió comprar unos terrenos en las anegadizas
tierras del barrio de Belgrano muy cerca del Río de la Plata con un préstamo
del Banco Hipotecario Nacional. El por entonces presidente del club Antonio
Vespucio Liberti (1902-1976) escrituró esas tierras y en mayo de 1935 comenzó la
construcción del que sería llamado Estadio Monumental, el cual se inauguró tres
años más tarde el 25 de mayo de 1938, el día que se cumplía el 37º aniversario de
la fundación del club.
El 6 de marzo de 1942, llevando
en su bolso la carta de Berra, con apenas 16 años Amadeo Carrizo emprendió el
viaje hacia Buenos Aires en un tren nocturno que tardó más de quince horas en
llegar a destino. Fue un viaje que le resultó larguísimo y, a pesar de las
ilusiones que tenía, se sintió triste por haber dejado en Rufino a su familia y
sus amigos. Cuando llegó a la estación Retiro lo recibió su tío, el hermano de
su madre, quien le dio un cálido y afectuoso recibimiento y lo llevó a su
humilde casa en Villa Devoto, la que se constituyó en un sólido refugio para sus
sueños y donde se propuso dejar de lado la nostalgia y la melancolía por todo
lo que había dejado en su ciudad natal.
Un par de días después, el
tío lo llevó a River, se lo presentó a Peucelle y le extendió la carta de
recomendación que había redactado Héctor Berra. El entrenador la leyó con mucha
atención, demostrando un alto respeto por el ex atleta riverplatense que le
pedía la prueba, y enseguida le dio fecha para el día siguiente. Amadeo estaba
impresionado por las instalaciones de River; acostumbrado a las dimensiones de
su pueblo, River le parecía una verdadera ciudad dentro de otra. Además, había
estado espiando la cancha y, a pesar de los nervios que lo hacían temblar, un
tremendo entusiasmo lo embargaba. Al ver los arcos del Monumental, ansioso
pensó que tenía la fuerza suficiente para lograr triunfar en el desafío que le
esperaba al día siguiente.
Acompañado por su tío,
quien lo alentó durante todo el viaje entre su casa y el club, fue probado
entre cientos de chicos y su destino quedó sellado cuando, con su baja edad y
su alta estatura, pudo escuchar: “El grandote de Rufino se queda”.
Efectivamente la prueba resultó exitosa y, según relató en una entrevista con
la revista “El Gráfico”, alguien llamó a Rufino para comunicarle a su familia
que el chico se quedaba en el club: “Díganle al padre que Amadeo se queda en
River, en la prueba lo aceptaron”. Peucelle le había dicho: “bueno, pibe,
mándele decir a su padre que se queda acá”. Y el propio Amadeo llamó a su papá
y le dijo: “Viejo, no vuelvo a Rufino, fiché para el club de tus amores”.
En ese momento se conmovió
hasta la médula cuando sintió la voz de su papá quebrarse por la emoción en la
línea telefónica, y comprendió en seguida que junto a la felicidad que
significaba la noticia que estaba comunicando, en ese momento nacía también
para él una enorme carga de responsabilidad. Porque a partir de allí, el padre
comenzó a mandarle dinero desde Rufino para afrontar sus gastos y para ayudar a
su cuñado. Comidas, viáticos y cualquier otro compromiso que
significara para el tío albergar a su hijo en su casa de Villa Devoto.
El 3 de junio de 1943
comenzó su trayectoria riverplatense en la Cuarta división y doce meses más
tarde pasó a la Tercera con la que fue campeón junto a dos jugadores que serían
famosos con el paso del tiempo: Néstor “Pipo” Rossi (1925-2007) y Alfredo Di
Stéfano (1926-2014). Cuando Peucelle se hizo cargo de la Primera División en
1945, el 6 de mayo de ese año decidió que había llegado la hora de darle una
oportunidad al arquero nacido en Rufino. Fue así que debutó en el partido que
River venció a Independiente de Avellaneda por 2 a 1. En su niñez Carrizo había
sido hincha de Independiente y pasaba la tarde de los domingos pegado a la
radio en su ciudad natal escuchando sus partidos, y en el debut se enfrentó con
varios de sus ídolos como lo eran Arsenio Erico (1915-1977) y Vicente de la Mata (1918-1980).
Su invicto como arquero duró apenas 17 minutos y cayó cuando Camilo Cerviño
(1926-2017), el puntero
derecho del Rojo -apodo que el equipo de Avellaneda recibió por el color de su
camiseta- le marcó un gol con un fuerte tiro cruzado. Luego los citados Labruna
y Gallo revertieron el resultado y River se quedó con los dos puntos en disputa.
Una semana más tarde
volvió a ser titular en la victoria por 2 a 1 sobre San Lorenzo de Almagro,
equipo en el que brillaban jugadores como Armando Farro (1922-1982), Rinaldo
Martino (1921-2000) y René Pontoni (1920-1983). Fue justamente este último quien le
hizo un gol antes de la media hora de juego para poner al Ciclón en ventaja. Ese
apodo con el que era conocido San Lorenzo había nacido en 1930 cuando un
periodista del diario “Crítica” lo comparó con un ciclón por la velocidad y la contundencia
de sus ataques. En aquel partido, finalmente Muñoz y Pedernera sentenciaron el
triunfo de River. Si bien no volvió a actuar en el resto del certamen, Amadeo
se dio el gusto de celebrar su primer título en 1945, ya que el Millonario salió
campeón con cuatro puntos de ventaja sobre su clásico rival Boca Júniors.
Fue la época en que había nacido
la mítica “Máquina”, el equipo que protagonizó una de las etapas más brillantes
de la historia del club. Ese apodo nació el 7 de junio de 1942 tras un
contundente triunfo por 6 a 2 sobre Chacarita Juniors por el torneo local, una goleada
que el reconocido periodista deportivo Ricardo Lorenzo “Borocotó” (1902-1964)
analizó en su crónica aparecida en la revista “El Gráfico” bajo el título “Jugó
una máquina el puntero”. Por entonces el arquero titular era José Soriano
(1917-2011) y los suplentes eran Héctor Grisetti (1923-1998) y Amadeo Carrizo,
quien en 1946 jugó apenas una vez como titular. Fue el 10 de noviembre de ese
año en la derrota por 2 a 1 que River sufrió ante Lanús en Núñez.
En 1947 le tocó hacer el
servicio militar en la Fuerza Aérea haciendo la etapa de instrucción en la base
de El Palomar, por lo que formó parte del plantel pero sólo pudo jugar algunos
partidos en la Reserva. Ese año, en el que River se consagró campeón con seis
puntos de ventaja sobre Boca, asumió la dirección técnica el citado José María
Minella, quien consideró que Amadeo tenía condiciones suficientes para
convertirse en el guardavalla titular. Fue entonces cuando, al año siguiente,
comenzó su exitosa carrera como arquero titular ininterrumpida hasta 1968.
Su salida de River no fue
como él hubiera querido. Ese año el director técnico Ángel Labruna consideró que
dada su edad ya no estaba en condiciones para seguir jugando. Amadeo fue citado
a una reunión con los dirigentes Plinio Garibaldi (1908-1983) y Julián William
Kent (1917-2005), quienes fueron los encargados de comunicarle que su ciclo
estaba cumplido. El arquero abandonó la reunión con lágrimas en los ojos y el
corazón hecho pedazos. Atrás había quedado un vínculo de veintitrés años
ininterrumpidos en los que disputó quinientos veintiún partidos de la
Asociación del Fútbol Argentino y conquistó diez títulos: siete campeonatos de Primera
División (1945, 1947, 1952, 1953, 1955, 1956 y 1957), una Copa Ibarguren (1952)
y dos Copas Aldao (1945 y 1947). Había pasado gran parte de su vida en el club,
por eso le dolía ese abrupto final. Sin embargo siguió adelante. Él se sentía
capaz de seguir en el fútbol. No quería irse así nomás. Recibió un llamado de
Perú para jugar un par de amistosos para Alianza Lima contra el Dínamo de
Moscú. En esos dos encuentros estuvo cara a cara con el soviético Lev Yashin
(1929-1990), otro de
los grandes arqueros del siglo XX.
Su buen nivel en esos
partidos despertó el interés de Alfonso Senior Quevedo (1912-2004), dirigente
del club Millonarios de Colombia, quien lo contrató. Allí, en apenas dos
temporadas se convirtió en ídolo. Lo apodaron “Tarzán” por sus salidas
temerarias y su capacidad para jugar con los pies a una edad en la que casi
ningún futbolista profesional seguía activo. Completó sesenta partidos en ese
conjunto y se retiró con el título de campeón del certamen colombiano bajo el
brazo. Finalmente abandonó el fútbol profesional como jugador en abril de 1970
a los 43 años. Luego se desempeñó como director técnico en el Porvenir
Miraflores de Perú en 1971, en el Deportivo Armenio de Argentina en 1972 y en
el Once Caldas de Colombia en 1973.