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15 de septiembre de 2026

Claudia Piñeiro: “Hay en el gobierno un desprecio hacia la cultura tanto a nivel legislativo como discursivo. Hay un discurso de odio que genera violencias” (1/2)

La destacada escritora argentina Claudia Piñeiro (1960) es autora de una amplia obra que incluye novelas, cuentos, obras teatrales, ensayos, guiones cinematográficos y de televisión, y artículos de opinión para diversos medios gráficos. De joven tuvo la intención de estudiar Sociología en la Universidad de Buenos Aires (UBA) pero, al ser esta carrera clausurada en 1978 por la dictadura cívico-militar-clerical que gobernaba al país por entonces, optó por estudiar Ciencias Económicas en dicha universidad. Tras recibirse en 1983 de Contadora Pública, trabajó en esa profesión durante unos diez años antes de dedicarse de lleno a la escritura. 
Su obra abarca principalmente el ámbito narrativo, destacándose especialmente en novelas que se caracterizan por su hábil manejo del suspenso, la intriga y la conflictividad social. De su autoría son las novelas “Tuya”, “Las viudas de los jueves”, “Elena sabe”, “Las grietas de Jara”, “Betibú”, “Un comunista en calzoncillos”, “Una suerte pequeña”, “Las maldiciones”, “Catedrales”, “El tiempo de las moscas” y “La muerte ajena”.
Además, es una diligente activista por los derechos de las mujeres y la justicia social, y una observadora de la realidad que no esconde sus opiniones sobre los temas que la inquietan como, por ejemplo, el discurso del odio utilizado pertinazmente por sectores de la derecha y la extrema derecha que gobiernan tanto en Argentina como en casi toda Latinoamérica y en otros países del mundo. 


Lo que sigue es la primera parte de un compendio de fragmentos de las entrevistas que le hicieron Jorge Fontevecchia para “Radio Perfil” (11 de junio de 2024), Nora Fernández para la revista literaria de la carrera de Letras de la UBA “Por el Camino de Puan” (28 de mayo de 2026), y Florencia Ripoll y Virginia Guevara para el diario cordobés “La Voz del Interior” (14 de agosto de 2026). En ellas habló de sus inicios como escritora y de la compleja situación social y política que vive la Argentina.
 
¿Cómo fueron tus inicios en la escritura?
 
Escribo desde que aprendí a escribir, desde que soy lecto-escritora. Durante mi adolescencia seguí escribiendo, pero nunca de una manera guiada. Cuando llegó el momento de elegir una carrera, yo quería estudiar Sociología, pero la dictadura militar cerró las carreras humanísticas de la UBA, así que estudié Ciencias Económicas. Seguí escribiendo y empecé a hacer talleres literarios. Mi formación viene más de talleres y de lecturas que de una formación académica. En esa época había escritores muy importantes dando talleres, con una gran vocación (los talleres duraban décadas), escritores de renombre como Abelardo Castillo, Isidoro Blaisten, Liliana Heker. Yo asistí al de Guillermo Saccomanno. Tiempo después hice la carrera de dramaturgia en la Escuela Municipal de Arte Dramático. Para ingresar tenías que dar un examen: se anotaban como quinientas personas y entraban diez. Yo en ese momento ya tenía tres hijos y ya tenía una carrera universitaria, no me iba a poner a estudiar Letras a esa altura, pero la carrera de Dramaturgia me parecía que era una forma de estudiar algo de una manera un poco más orgánica que un taller y, por otra parte, a mí me interesaba mucho la parte de los diálogos, lo que los personajes dicen. Entonces, me parecía que el teatro me iba a ayudar a trabajar esa parte de la escritura literaria.
 
¿Cuáles fueron tus primeras lecturas?
 
Yo vivía en Burzaco, una localidad de la zona sur del Gran Buenos Aires, de clase media baja. En mi casa, se decía que la lectura era importante y había una pequeña biblioteca, pero no había una gran cantidad de libros como en otras casas, era una biblioteca acotada. Entonces, yo esperaba con mucha ansiedad los libros que se indicaban para leer en el colegio, porque sabía que mi familia me los iba a comprar. La formación entonces vino mucho por el colegio, porque esa es la gran oportunidad de muchos chicos que no tienen formación en su casa. Yo tuve la suerte de tener maestras que te incentivaban a leer. Mi primer recuerdo es el libro “Chico Carlo” de Juana de Ibarbourou, y particularmente el cuento “La mancha de humedad”, donde el chico imagina historias a partir de esa mancha, que tiene que ver con la escritura, con inventar historias, con la literatura. Otro recuerdo muy vívido es “Relato de un náufrago” de Gabriel García Márquez. Cuando lo indicaron como lectura, me enojé, pensé que por el tema no me iba a interesar, pero no bien comencé a leerlo yo ya me convertí en ese marinero en altamar, viendo si me comía o no la gaviota, si tomaba o no el agua salada. Fue una gran lección de lectura y escritura, porque me di cuenta de que no importa tanto la historia sino cómo está contada. En el secundario también leí teatro español, como “Los árboles mueren de pie” de Alejandro Casona, y tuve una profesora, Julia Mengual, que nos dio muchos cuentos de Julio Cortázar y además una novela de Pacho O’Donnell, “Copsi”, que recuerdo que no quería hacer otra cosa que leerla.
 
¿Estas lecturas dejaron alguna marca en tu estilo de escritura?
 
No necesariamente. No es tan directo, sí dejaron las ganas de seguir leyendo y la necesidad de contar sabiendo que del otro lado hay alguien: así como yo estaba del otro lado de la lectura, cuando escribo hay alguien. En ese sentido, sí me marcaron. Pero no creo que pueda encontrar relaciones directas. Leí mucho. Por supuesto, leí a Borges. Pero con el primero que empecé a sentir “así me gustaría escribir” fue con Manuel Puig. En varias de mis novelas aparecen sus citas como epígrafes. Creo que tiene mundos parecidos: mundos femeninos, de secretos familiares, de siestas, de barrios, como de otra época.
 
Incursionaste en distintos géneros a lo largo de tu carrera. ¿Qué te motiva a elegir cada uno? ¿Qué desafíos implican?
 
Hay quienes piensan que primero escribí literatura infantil y después pasé a la literatura para adultos, pero no fue así: siempre escribí literatura para adultos. Cuando nacieron mis hijos, empecé a escribir literatura infantil porque estaba muy imbuida de esas lecturas (hubo autores que me interesaron siempre, como Roal Dahl, María Elena Walsh, Graciela Montes o Laura Devetach). Primero se publicaron mis libros para chicos, porque hay más cantidad de editoriales publicando ese tipo de libros y no hay tantas posibilidades para los que queremos focalizarnos en literatura para adultos. Y esa oportunidad la tuve en 2005 cuando publiqué “Tuya”. Luego gané el premio Clarín y publiqué “Las viudas de los jueves”. Pero un tiempo antes ya me habían publicado un libro de literatura infantil en España, gané un concurso literario infantil de Colombia muy importante (Fundalectura Norma Colombia) y la editorial Norma de Argentina me pidió que escribiera otro sobre las invasiones inglesas. Todos estos libros aparecieron antes, pero no es porque yo no escribiera para adultos, sino que a veces tenés que esperar la oportunidad de que alguien lea tu libro, que se publique y eso lleva mucho tiempo. La literatura para chicos era la pausa entre la novela y novela. Porque cuando yo terminaba una novela, escribir otra implicaba un proceso de varios años. Duermo bastante mal, porque me despierto pensando en la novela y entonces dan ganas de parar un poco. Pero, si paro y no escribo, me angustio porque me digo que estoy sin escribir. Escribir para chicos era para mí “limpiar las bujías”: es una escritura más corta, que tiene más libertad creativa, donde puedo inventar una bruja que se mete a una computadora, que es algo que no podría escribir en mis novelas para adultos que son muy realistas, y además me divertía haciéndolo. En algún momento, esa pausa entre novela y novela la empezó a ocupar el teatro, que es una escritura con procesos cortos y que me permitía una escritura más poética. Yo no puedo escribir Las viudas de los jueves poéticamente porque es otro tipo de novela, pero en el teatro podía tener una escritura más poética con una precisión de la palabra distinta. Yo no escribo poesía, pero el teatro es lo que tengo más cerca de todo el proceso poético. Y me servía para salir de la escritura de novela, no quedarme sin escribir, tener un proyecto más corto y que me permitía ir por lugares distintos. Las dos cosas, la escritura para chicos y la dramaturgia me producían lo mismo. El guion es otra cosa, para mí siempre fue un oficio, un trabajo, no tanto como una voluntad de escritura. Si tengo ganas de escribir, escribo una novela.
 
¿Tenés una rutina al momento de escribir?
 
Soy muy trabajadora. Me levanto muy temprano y escribo muchas horas por día. Hay una tradición de escritores que escriben de noche, pero yo no puedo. Empiezo a escribir después de tener la imagen disparadora durante bastante tiempo en la cabeza, te diría meses, y cuando empiezo a entender de qué se trata esa historia, quiénes son esos personajes, hacia dónde va y me imagino un final posible, aunque ese final después cambie, recién ahí me pongo a escribir y ya no paro. Pero me lleva tiempo pasar de esa primera imagen disparadora a la escritura. Otra cosa del método es que corrijo permanentemente, no es que espero al final para corregir. Paso al segundo, tercer, cuarto capítulo, vuelvo al primero. Voy al sexto, vuelvo al segundo. Estoy permanentemente volviendo atrás para corregir, para encontrar un tono, para que ese tono sea el mismo.
 
¿Pensás en el género en ese proceso?
 
El género no lo pienso. Nunca pienso que voy a escribir una novela negra, pienso que voy a escribir una novela. En “La muerte ajena” pensé que iba a escribir una historia de dos hermanas que no se conocen y que una es escort. Pero como hay un crimen, dicen que es novela negra, y yo no tengo problema, pero no me siento a escribir pensando que es una novela negra. No quiero renegar del género, porque hay una postura medio elitista que dice que es literatura menor. Creo que Mariana Enriquez, Samanta Schweblin y otros escritores ya demostraron que no. Y también los grandes maestros nos dieron permiso de escribir géneros negros, porque Borges tenía la colección “El séptimo círculo” con Bioy Casares, y Piglia estudió y escribió novela negra.
 
Cuando empezás a escribir, ¿ya tenés definido el desarrollo completo de la historia o en el proceso de escritura van apareciendo otras líneas?
 
Tengo bastante claro quiénes son los personajes y algo de la historia, pero no tengo todo. Sí creo que sé cómo va a terminar. Entre medio, pueden pasar muchas cosas que no las tenía pensadas. Saramago, por ejemplo, tenía libretas donde dice qué va a pasar en cada uno de los sesenta capítulos de “Ensayos sobre la ceguera”, como si fuese una escaleta de cine. A mí eso no me pasa. Yo no sé qué va a pasar en cada capítulo, sé más o menos quiénes son los personajes y hacia dónde van a ir y me imagino un final. Creo que tiene que ver con que a mí lo que más me interesa es el desarrollo de los personajes. Entonces, la historia para mí es una excusa para entender quiénes son los personajes. Necesito saber cuál es el final porque quiero saber hacia dónde voy, pero ya me pasó varias veces que cuando voy escribiendo tomo ciertas decisiones que hacen que ese final que me había imaginado no sea el pertinente. Me pasó con “Elena sabe”, por ejemplo: llegué a un punto en el que no podía seguir, hasta que me di cuenta de que estaba forzando la novela para que vaya a un lugar que no era el que finalmente tuvo.
 
¿Qué consejo le darías a alguien que está dando sus primeros pasos en la escritura?
 
Primero, le preguntaría cuáles son esos primeros pasos. Porque a veces viene gente que tiene una idea y cree que está dando sus primeros pasos en la escritura: la idea puede ser maravillosa, pero con la idea sola no hacemos nada. Hay que ver si está escribiendo, si tiene interés en la palabra escrita, si trae algo que es propio y que podemos llamar talento (aunque no hablo de un talento descollante porque no todos los escritores van a ser premio Nobel, está lleno de escritores que escriben cosas que valen la pena leer). Segundo, muchísimo trabajo de lectura, de escritura, de corrección, de volver para atrás y, si es posible, con alguien que acompañe ese proceso. Puede ser estudiando Letras o en un taller literario o con un grupo de personas compartiendo lo que se escribe. Hay que probar eso que uno está escribiendo con alguien, porque si no quedás muy aislado en tu propia escritura. Y tercero, deseo. ¿Por qué digo deseo?, porque es muy frustrante el camino hasta la publicación, que es lo que en general quiere la mayoría de la gente que escribe: ser publicada y leída. Hay algunos que dicen que escriben sólo para ellos. Puede ser, pero la mayoría de las personas que escriben quieren que las lean. Y si vos querés que te lean tenés que publicar, y para eso tenés que tener muchísima paciencia y solamente te sostiene el deseo. Si vos no tenés un profundo deseo de que eso suceda, es muy probable que te frustres en el camino.
 
Tu mundo es la palabra de ficción, el relato, ¿qué te sucede cuando escuchás en política la palabra relato?
 
Primero te impacta un poco porque es una palabra que se apropió, la tomó la política hace unos años. Pero más allá de eso que al principio uno dice, ¿cómo están usando esta palabra para otra cosa? Lo que me produce es que no se explica esa otra cosa. En este sentido, si te doy una novela mía, sabés que eso es ficción, porque yo te estoy mintiendo, yo te estoy inventando una historia, te estoy inventando un personaje, te estoy haciendo un cuento. En cambio, cuando hay un relato político no se le entrega al otro diciendo: esto es una ficción. El relato justamente quiere tener voluntad de verdad. El relato de cada uno, de cada partido político, de cada enunciador dentro de la política de un relato, quiere tener voluntad de verdad. Y ahí es donde radica el problema del relato político.
 
En todas las escuelas de comunicación del mundo marcan la diferencia entre el lenguaje verista que sería patrimonio de los comunicadores periodistas, y el de la ficción, el de la publicidad, por ejemplo, al que no se le pide que eso que se esté diciendo sea verdad. ¿El lenguaje de la política se apropió del lenguaje de la literatura, pero pretende ser lenguaje periodístico?
 
Sí, pretende ser algo veraz o cierto, pero a veces ni siquiera es verosímil, porque la ficción muchas veces, por lo menos la ficción que yo trabajo, tiene que ser verosímil. Eso quiere decir “esto no es verdad”, pero podría serlo. A veces ni siquiera es verosímil el relato político, decís, ¿cómo puede estar diciendo esto que no lo puede creer nadie? El problema es que de tanto decirse, después se termina creyendo.

13 de septiembre de 2026

Entremeses literarios (CCXXIV)

ALGUIEN CANTA EN LA HABITACIÓN DE AL LADO
Francisco Moro
Argentina (1953)
 
Llegué a Ostende casi al final de una tarde ventosa, desapacible como otros atardeceres salobres del Atlántico. El hotel, un edificio antiguo con alma de aristócrata decadente, parecía esperarme desde hacía años con sus muros húmedos y su silencio lleno de historias no contadas. Había ido por razones tan prácticas como cualquier otra: cerrar los trámites de compra de unos terrenos para un barrio cerrado que la empresa donde trabajo pretendía levantar entre dunas, sauces y mareas. Pero en el fondo, y sin saberlo, había ido en busca de algo más.
Me asignaron una habitación amplia en el tercer piso, con un ventanal que daba al mar. El conserje, un hombre de sonrisa afable y voz de radio antigua, me miró como si supiera que yo soñaba desde niño con olas y con brújulas. Apenas entré, me duché rápido, sin quitarme del todo el cansancio del viaje, y bajé a cenar con el único propósito de acostarme temprano. A la mañana siguiente, me esperaban una reunión con el agrimensor y, por la tarde, una entrevista con algún funcionario municipal cuyo nombre olvidé al instante.
Sin embargo, no pude dormir enseguida. Me quedé de pie frente al ventanal, contemplando el horizonte donde una luna desmesurada -superluna la llamaban en los noticieros- comenzaba a levantarse como un globo de plata atado al hilo invisible del mundo. Su luz caía sobre la superficie del mar semejante a un manto lujurioso que alumbraba las olas en la superficie. El rumor del agua, ese murmullo antiguo que viene de antes del tiempo, me hablaba en lenguas marinas que creí haber olvidado, historias de corsarios y galeones, de naufragios y costas sin nombre, de sirenas que cantaban para nadie.
La cadencia de las olas era un arrullo hipnótico, un conjuro. Cerré los ojos y me dejé llevar por esa marea de imágenes que me arrastró sin aviso al Mar de los Sargazos. Vi velas infladas por vientos tropicales, oí gritos de auxilio en medio de la tormenta, sentí la sal en la piel y el espanto de no saber si al despertar seguiría siendo yo. El sueño me venció como un oleaje suave, mientras del otro lado de la pared alguien cantaba, sin urgencia, una canción antigua que no supe si era real o un eco más de mi delirio.
Las entrevistas con el agrimensor y el funcionario municipal me consumieron la dosis disponible de ramplona realidad, para dejarme por la noche a merced de la fantasía lunar en mi cuarto de hotel. Un cielo sin nubes, la luna en su magnífico esplendor y las estrellas como peces suspendidos en el cielo, el murmullo del rítmico oleaje y un viento suave y perfumado me llevaron a otra realidad que apenas podía vislumbrar en mi condición de náufrago entregado a su destino. Fue entonces cuando volví a escuchar la canción que ayer había creído imaginar, me abandoné a mi suerte sin resistencia y el sueño me devolvió en sus imágenes absurdas, la escasa cordura que me quedaba.
El día siguiente lo dediqué exclusivamente a negociar el precio de la tierra con los agentes inmobiliarios, pero mi cabeza volvía una y otra vez a mi noche mágica, la luna que empezaba a menguar, el sonido del mar y la misteriosa voz que me cantaba en un idioma que no conocía, pero podía entender, porque sus palabras me sangraban el alma y me arrastraban a un destino maravillosamente trágico. Volví al hotel para poner en orden mis papeles y comunicar a la empresa las novedades de mi gestión, pero ya sentía en el cuerpo el llamado del destino. Como un susurro amoroso me llegó la canción que alguien cantaba en la habitación de al lado. No tuve el recaudo, no quise, atarme a un lugar seguro para estar a salvo del sortilegio inevitable de su voz. Será entonces que no resta más que hacer la valija, comenzar a bajar las escaleras e ir hasta la orilla para iniciar el largo camino guiado por esa canción que me lleva a cumplir mi destino de náufrago.
El agua ya entró en mis zapatos, no hay retorno posible.


HISTORIA SIN RETORNO
Mario Levrero
Uruguay (1940-2004)
 
Un perro, Campeón. Vivía solo con él y llegó a incomodarme. Lo llevé al bosque, lo dejé atado con una piola que pudiera romper con un poco de perseverancia y volví a casa.
En un par de días lo tuve rascando la puerta; lo dejé entrar.
Se me hizo intolerable; lo llevé a un bosque más lejano y lo até a un árbol con una piola más gruesa (sabía que el defecto no estaba en la piola sino en la fidelidad del animal, quizás tenía la secreta esperanza de que esta vez no pudiera liberarse y muriera de hambre). Volvió algunos días después.
Entonces supe que el perro volvería siempre. No me atrevía a matarlo por temor a los remordimientos; y pensé que, aunque lograra efectivamente perderlo, en un bosque más lejano aún, viviría con el temor constante de su regreso; atormentaría mis noches y enturbiaría mis alegrías; me ataría más su ausencia que su presencia.
Entonces dudé apenas un instante ante la majestad del bosque compacto que se alzaba ante mis ojos -umbrío, imponente desconocido-; resueltamente, comencé a internarme y seguí internándome hasta que, finalmente, me perdí.


MODELO DE CARTA PARA RECHASAR UNA COLABORASIÓN
César Bruto
Argentina (1905-1984)
 
Estimado jóben literato que mandó una colaboracióN: lamento intensamente no poder satisfacer publicándole el presioso cuentesito bautisado “El calbario de un perrO” que usté mandó para la revista que yo tan dibnamente dirijo, pero resulta de que por haora estamos líenos de cuentos, y el suyo tendería quesperar una montonera de tiempo antes de que saliera publicado. ¿Comprende?


INVEROSÍMIL COINCIDENCIA
Enrique Jaramillo Levi
Panamá (1944)
 
Tras discutir con sus empleados en la fábrica el magnate salió por la entrada principal, caminó decidido hasta su lujoso auto, abrió la puerta, entró. Al arrancar, la explosión hizo volar por los aires despedazados trozos de aquel cuerpo elegantemente vestido y pulverizados residuos de metal ardiente en aquel fragor de llamas y apocalíptico estruendo. Una y otra vez la misma violencia en estas películas gringas, tan previsibles siempre, piensa. Aburrido, en su amplio estudio apaga el televisor. Al voltearse lo ve ahí parado, apuntándole, la cabeza envuelta en oscuro pasamontañas, y en seguida siente el dolor del fogonazo que lo lanza violentamente hacia atrás. Lo cual me hace despertar. Y es entonces -inverosímil coincidencia- que finalmente soy abatido sin misericordia por el mismo sicario anónimo del sueño, alter ego del que en la película -prefigurando mi final- había mandado al infierno al magnate explotador de inmigrantes que fui.


UNA DESPEDIDA
Vladimir Peniakoff
Bélgica (1897-1951)
 
Parker no había muerto al día siguiente, septiembre 16, pero estaba muy dolorido. Ya no lo calmaba la morfina; no podía comer ni beber. Nos costó acomodarlo en la parte de atrás del camión. La bala, que lo atravesó de un lado a otro, le había destrozado el estómago. Afortunadamente el camino era bastante liso, de modo que el ajetreo del camión no era intolerable.
Había una luz muy clara y un sol radiante. Estábamos ahora en el desierto, no sin alguna mata o arbusto, pero demasiado lejos del agua, para el hombre y su ganado. Bajo un arbusto vi una enorme hiena, dando vueltas y vueltas, como un perro antes de echarse a dormir; una hora después vi una pareja de orix. Las pesadas bestias, grandes como novillos, de pelaje blanco como la nieve y grandes cuernos curvos, pastaban en las matas de olor dulzón. Detuvimos el camión para mirarlos, porque ninguno de nosotros habíamos visto nunca animales así, ni volvimos a verlos. Lo ayudamos a Parker a incorporarse, para que él los viera también. Nos pareció importante que los viera antes de morir.


EL QUE ES DIOS SIN SABERLO
Ana María Shua
Argentina (1951)
 
En el mundo hay un señor que es Dios sin saberlo. Su poder, sin embargo, no es absoluto. Sus deseos, sus fantasías, sus más vagas intenciones se realizan de un modo que parece arbitrario por estar sujeto a leyes desconocidas, aunque naturales. Sus secreciones estomacales provocan, por ejemplo, ríos de lava en algún lugar de la Tierra. Su mal humor desencadena guerras. Procesos más sutiles que tienen lugar en cada una de sus células o sus cabellos rigen la vida privada de los hombres. Ese señor no es inmortal. Cuando muera es posible que sus poderes sean transferidos a otros por nacer. También es posible que el mundo desaparezca por completo, pero eso no lo sabremos nunca.


LA SOMBRA DE LAS JUGADAS
Edwin Morgan
Escocia (1920-2010)
 
Dos reyes enemigos juegan al ajedrez, mientras en un valle cercano sus ejércitos luchan y se destrozan. Llegan mensajeros con noticias de la batalla; los reyes no parecen oírlos e inclinados sobre el tablero de plata, mueven las piezas de oro.
Gradualmente se aclara que las vicisitudes del combate siguen las vicisitudes del juego. Hacia el atardecer, uno de los reyes derriba el tablero, porque le han dado jaque mate y poco después un jinete ensangrentado le anuncia:
- Tu ejército huye, has perdido el reino.


MARGARITA
Rafael Barrett
España (1876-1910)
 
Margarita era una niña ingenua.
Juan fue su primer enamorado. Con el corazón lleno de angustia, el afán en los ojos y la súplica temblorosa en las manos, Juan la confesó su amor profundo, tímido. Margarita, riendo, le contestó: “Eres feo y no me gustas”. Con lo que Juan murió de sentimiento. Margarita era una niña ingenua. 
Pedro se presentó después. Tenía bigotes retorcidos y mirada de pirata. Al pasar dijo a Margarita: “¿Quieres venir conmigo?”. Margarita, palpitante, le contestó: “Eres hermoso y me gustas. Llévame”. Se poseyeron en seguida y Margarita quiso desde entonces amar a Pedro a todas horas, sin sospechar que su pasión era exagerada. Pedro no pudo resistir, y murió extenuado en los brazos de Margarita, que era una niña ingenua.
La entusiasmaba lo que brilla, el sol, el oro, el rocío en las perfumadas entrañas de las flores y los diamantes en las vitrinas de los joyeros. Como era bella, un viejo vicioso le dio oro y diamantes. El rocío y el sol no estaban a la venta. Margarita, volviendo la cara contra la pared, entregaba al vicio del viejo su cuerpo primaveral. El viejo sucumbió pronto, dejando pegada para siempre a la fresca y pura piel de Margarita una enfermedad vergonzosa. Margarita era una mujer ingenua.
Creía en los Santos. La exaltaban las místicas volutas del incienso, las mil luces celestiales que centellean en el altar mayor; tragaba a su Dios todos los domingos, y una mañana de otoño le dio su alma, adornada con la bendición papal. Margarita era una viejecita ingenua.


EL ABECEDARIO
Luisa Valenzuela
Argentina (1938)
 
El primer día de enero se despertó al alba y ese hecho fortuito determinó que resolviera ser metódico en su vida. En adelante actuaría con todas las reglas del arte. Se ajustaría a todos los códigos. Respetaría, sobre todo, el viejo y buen abecedario que, al fin y al cabo, es la base del entendimiento humano.
Para cumplir con este plan empezó como es natural por la letra A. Por lo tanto la primera semana amó a Ana, almorzó albóndigas, arroz con azafrán, asado a la árabe y ananás. Adquirió anís, aguardiente y hasta un poco de alcohol. Solamente anduvo en auto, asistió asiduamente al cine Arizona, leyó Amalia, exclamó ¡ahijuna! y también ¡aleluya! y ¡albricias! Ascendió a un árbol, adquirió un antifaz para asaltar un almacén y amaestró una alondra.
Todo iba a pedir de boca. Y de vocabulario. Siempre respetuoso del orden de las letras la segunda semana birló una bicicleta, besó a Beatriz, bebió Borgoña. La tercera cazó cocodrilos, corrió carreras, cortejó a Clara y cerró una cuenta. La cuarta semana se declaró a Desirée, dirigió un diario, dibujó diagramas. La quinta semana engulló empanadas y enfermó del estómago.
Cumplía una experiencia esencial que habría aportado mucho a la humanidad de no ser por el accidente que le impidió llegar a la Z. La decimotercera semana, sin tenerlo previsto, murió de meningitis.


EL AMOR PARALELO
Carlos Eduardo Zavaleta
Perú (1928-2011)
 
¿Conoce el hombre a su mujer?
Una pareja de esposos solía ir cumplidamente a la misa dominical. Un domingo, el último, en medio de la música del coro ella salió de la banca y avanzó a comulgar junto con decenas de creyentes; el marido quedó sentado y desde esa comodidad miró vagamente la cola de fieles, que finalmente se adelgazó y como que desapareció ante el marido distraído y rutinario, para quien casi no había sorpresas.
Pasaron los minutos y él empezó a preocuparse, pues la mujer no volvía a la banca, cuyo sitio vacío comenzó de súbito a crecer y quizá a brillar, mientras el hombre hacía lo imposible por detener sus nervios, su desazón. Cuando comprobó que ella no había salido por ninguna de las grandes puertas, corrió a la sacristía y pudo trasmitir su miedo y al fin su desesperación.
El sacristán, hombre austero y paciente, le ayudó a buscarla nuevamente, esta vez en torno al templo y preguntando a los últimos fieles que ya tomaban taxis o se alejaban a pie.
- Tranquilícese -dijo el sacristán- Nada ganamos con los nervios. Antes de avisar a la policía, dígame si es ésta la primera vez que ella...
- Sí, así es; nunca antes había sucedido.
- ¿Dice usted la verdad?
- Por supuesto,
- Pues no quiero asustarlo, pero hay algunas esposas que salen y toman un curioso camino paralelo, paralelo a éste.
- ¿Qué quiere usted decir?
- Que siguen muy cerca de sus maridos, que quizá los ven a diario, pero como siguen un camino paralelo es imposible que vuelvan a encontrarse.

22 de agosto de 2026

Ana María Shua: “Quizás convertir un auténtico dolor en palabras ayuda a tomar distancia. Escribir no borra el dolor, pero le da una estructura” (3/3)

En una nota aparecida el 5 de enero de este año en el medio de comunicación digital español “elDiario.es” Ana María Shua, con respecto a “El cuerpo roto” (publicado en noviembre de 2025), explicó que su obsesión por la enfermedad venía de muy lejos: “Desde chica siempre me gustaron los libros de aventuras, y hay dos aventuras que son comunes a todos los seres humanos. No cualquiera puede organizar hoy una expedición al Amazonas, pero el amor y la enfermedad son aventuras que nos tocan a todos. Y yo me decanté por la enfermedad, vete a saber por qué. Estaba recordando ahora que una de mis primeras lecturas es el libro ‘Mujercitas’ de Louisa May Alcott, que han leído todas las niñas, por lo menos las de mi edad, y que ya tiene la historia de la enfermedad y la muerte de la menor de las cuatro hermanas. El tema de la enfermedad, del dolor, de la pena y del duelo es uno de los grandes temas de la literatura”.
“El cuerpo roto” comienza y termina con dos relatos basados en su propia experiencia, mientras que el resto es ficción. En especial el último cuento tiene una historia especial tal como ella lo explicó: “El último relato, que se llama ‘Después de la muerte’, es una crónica del velorio de mi padre y yo lo escribí no mucho después de que él hubiera muerto, quizás en el ‘76 o ‘77. En su momento me daba pudor publicarlo porque lo sentía como un relato muy íntimo, muy personal y además allí estaba mi madre, mi hermana... Por lo íntimo del cuento me daba pudor publicarlo, pero pasaron muchos años, el dolor se transformó en recuerdo y al cuento le llegó su hora de ser publicado”.
Y en relación al vínculo que se genera entre los médicos y los enfermos en cuanto al diagnóstico y el tratamiento de una enfermedad, apuntó: “A mí me parece una relación fascinante que tiene además muchos elementos sadomasoquistas, porque el cuerpo humano es reiteradamente violado por esos artistas que practican el arte de curar. Así que la relación entre el médico y el paciente es muy interesante, como también es muy interesante la relación entre el médico y la familia y los que acompañan. Los médicos suelen decir: ‘Ah, no, yo con el paciente todo bien, el problema es la familia’. Y es que suele ser así, porque el paciente se entrega y en cambio la familia desconfía, siempre piensan que puede haber un médico mejor o que quizás esa droga no es la más adecuada. Me parece un tipo de relación humana muy interesante”.
En cuanto a la condición de quien acompaña a un enfermo expresó: “Es un tema interesantísimo porque el cuidador, el que está cerca del enfermo, cerca del doliente, muchas veces sufre tanto como él. Sufre de otra manera, pero lo sufre. Hasta a mí me ha pasado, a veces uno dice: ‘Bueno, que deje de sufrir de una vez este hombre, que se muera para dejar de sufrir’. Es lo que puede llegar a pasarle a los cuidadores, porque a veces ver sufrir a alguien que uno quiere es tan doloroso como sentir el sufrimiento uno mismo. Cada enfermo es diferente y por algo dicen los médicos a veces que no hay enfermedades sino enfermos. Lo mismo pasa con los cuidadores, con la gente que está alrededor, con la gente que ama a esa persona o la odia, porque a veces ser cuidador no significa necesariamente que uno esté allí por amor sino a veces es por obligación. Todo ese juego de relaciones que se da entre las distintas personas que rodean al paciente también es interesantísimo”.
A lo largo de su trayectoria la multigenérica escritora Ana María Shua ha sido condecorada con numerosos galardones. A los antes mencionados otorgados por Fondo Nacional de las Artes y la Sociedad Argentina de Escritores por su libro de poemas “El sol y yo”, pueden agregarse -entre otros- el premio “Concurso Internacional de Narrativa” de la Editorial Losada por “Soy paciente” en 1980; los premios “Los mejores” por “La fábrica del terror” en 1991 y el “Destacado” por “Miedo en el sur” en 1996 y por “Los devoradores” en 2005 otorgados por la Asociación de Literatura Infantil y Juvenil de la Argentina (ALIJA), una sección de la Organización Internacional del Libro Infantil y Juvenil (Board on Books for Young People - IBBY) con sede Suiza; el premio “White Ravens” por “La puerta para salir del mundo” en 1994 y por “Cuentos judíos con fantasmas y demonios” en 1995 dados por la Biblioteca Internacional Juvenil de Munich (Internationale Jugendbibliothek - JIB); el “Premio Municipal de Literatura de la Ciudad de Buenos Aires” por “Miedo en el sur” en 1995 y por “La muerte como efecto secundario” en 1997 concedidos por el Ministerio de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires; el “Premio Nacional de Literatura” por “Fenómenos de circo” entregado por la Secretaría de Cultura de la Nación Argentina en 2014; y el “Premio Iberoamericano de Minificción Juan José Arreola” por “Hija” otorgado por la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México en 2016.


A ello hay que sumarle el premio “Konex de Platino” en la categoría Letras en 2014, el premio “Esteban Echeverría” a la trayectoria como narradora de la sociedad Gente de Letras también 2014, el premio “Trayectoria” de la Asociación de Artistas Premiados en 2015, el premio “Democracia” a la trayectoria en literatura del Centro Cultural Caras y Caretas en 2016, el premio “Mujeres Creativas” de la Universidad de Palermo en 2018 y el premio “Artista solidario” de la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) en 2025. También se le otorgó el Doctorado Honoris Causa por la Universidad Nacional de Cuyo en 2025 y en 2026 fue reconocida por la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires como Personalidad Destacada en la Cultura.
A continuación, la segunda y última parte de la entrevista realizada por Emma Rodríguez y publicada en la página web “lecturassumergidas.com” el pasado 24 de marzo.
 
“Un canto a la vida” es tal vez uno de los relatos más dolorosos, tan extremadamente real, auténtico, con esa mezcla de sufrimiento, incertidumbre, al abordar el tema de la enfermedad, del cáncer… Con tantos consejos, remedios mágicos, aportados por la gente cercana. Y al final la supervivencia. Tiene que ver contigo, con tu propia experiencia… Háblame de este relato. ¿Qué supone en tu camino?
 
El diagnóstico era metástasis. Me despertaba cada mañana con la palabra “metástasis” resonando dentro de mi cabeza. Traté de escribir en ese momento, como sabía que otros lo habían hecho, y pude lograrlo hasta que la quimio me barrió la personalidad y me convertí en un pedazo de carne sufriente. Me molestaba la retórica de la “lucha”, esa obligación de ser valiente. La enfermedad también incluye miedo, cobardía, agotamiento. Quise reivindicar esa verdad. Y también mostrar la avalancha de consejos, de soluciones mágicas, que rodean al enfermo, que es de verdad asombrosa. A una de mis hijas, que se enfermó unos años después, le trajeron una especie de formicario de vidrio lleno de gorgojos en un terreno de algodón. Se suponía que tragárselos vivos le aseguraba la curación. He visto desde consejos ridículos, pero bien intencionados, hasta los más asombrosos disparates organizados para sacarle plata a los enfermos desahuciados, a sus desesperados familiares. Al final, la supervivencia no es heroica: a veces es simplemente azarosa. Estás parada en la vereda, te atropella un tanque, te pasa por arriba y si, a pesar de todo lográs levantarte, la gente te dice: “¡qué valiente!”. Es terrible y también absolutamente cómico, una combinación que me gusta mucho. Veinte años después retomé ese texto, que había abandonado, y lo convertí en el eje de la historia de mi enfermedad.
 
“La enfermedad es una larga espera”, leemos. Y esto nos conduce a otra idea. Mientras se espera se sigue viviendo… Mucha gente se toma esa etapa como un paréntesis, una parada, pero el enfermo experimenta, conoce, se transforma en otro ser… ¿Cómo lo ves?
 
La espera es vida. El enfermo no está suspendido: ama, se enoja, se transforma. Pensar la enfermedad como pausa es una ilusión de los sanos. Pero sí la considero un paréntesis. Y en ese sentido la comparo con la guerra. Durante la guerra las personas se dicen: “cuando esto termine…”. Y se hacen planes y se imagina un futuro en que el maldito paréntesis ha terminado y vuelve la vida real, completa, con todas sus manifestaciones. La soledad es el más largo de los castigos y en esa espera que la enfermedad implica hay también soledad, por más que se esté acompañado.
 
La idea de la valentía en la lucha, como indicabas antes, molesta a la narradora de “Un canto a la vida”, que reivindica la aceptación de la cobardía (“fui tan cobarde como cualquiera…”).
 
Hay gente valiente de verdad, dispuesta a soportarlo todo sin quejarse. (Algunos, a veces, soportan demasiado y cuando llegan al médico ya es tarde). No es mi caso. La mayoría de nosotros se acobarda frente a la enfermedad, es natural y ni siquiera diría que es humano: es animal, es instintivo, huiríamos si pudiéramos. Y la lucha… La lucha es del cuerpo y no de la persona, como fantaseamos a veces. Cómo, si no, sobrevivirían esos ancianos demenciados que ya no son nadie y sin embargo son un cuerpo que sigue luchando por la vida. Estudios estadísticos de la Clínica Mayo han demostrado que el optimismo no influye en el desarrollo de la enfermedad. Los alegres optimistas y los pesimistas deprimidos se curan o no se curan sin que pese su estado de ánimo. La diferencia es que unos la pasan mejor que otros.
 
Te refieres a ‘los sobrevivientes’. Este es un libro, me atrevo a decir, sobre la supervivencia, sobre el afán de superar lo peor y también de asumir, desde el inevitable dolor, la pérdida en todos los aspectos.
 
Es, creo, quiero y espero, un canto a la vida. Algo que en mi primer relato comienza siendo irónico y termina siendo simplemente verdadero. Siempre digo que la literatura no sirve para nada, no espero que cumpla ninguna función útil, pero, sin embargo, hay una pequeña ilusión en alguna parte de mi cabeza de escritora de que quizás mis palabras le sirvan a algún lector para encontrarse a sí mismo, para quererse y perdonarse, que es la mejor forma de querer y perdonar a los demás.
 
Exploras en “El cuerpo roto” la incomodidad física, pero también emocional, ‘las zonas irritadas’ de la convivencia, a las que se alude en “Como el mar”, un cuento que me ha gustado especialmente, pues tiene que ver con la poca importancia que concedemos a la salud, a las relaciones permanentes, hasta que se ponen en peligro. Algo muy, muy humano.
 
Por supuesto, la convivencia, tal como las relaciones familiares, hacen que un gesto o una palabra que para alguien de afuera podría ser una tontería, desaten una tormenta. Porque tocan esa zona irritada que, en toda relación importante, (pareja, hermanos, padres, hijos) carga con una larga historia de roce constante que termina por dejar zonas en carne viva. En “Como el mar” todo está a punto de naufragar y tal vez naufraga. No lo voy a spoilear, pero sí, el peligro está allí y ante el peligro aquello que dábamos por sentado se carga de un valor infinito. 
 
La complejidad de las relaciones, que se intensifica en los momentos más duros de la vida, otorga profundidad a las diferentes historias. Personalmente creo que es otro de los motivos de que nos interesen tanto, de que nos atrapen.
 
Todo lo que puedo decir es… ¡muchas gracias! Eso es lo que me propuse y me alegro de haberlo logrado al menos contigo, que sos una lectora tan especial, que temo y admiro.
 
“Cuidar un gato” es otro relato que emociona, sobre todo en la explosión final del abrazo. Como en otros casos, la ternura se convierte en una gran cura. Los cuidados es otro de los temas importantes de esta entrega ante la que, respondiendo a lo que has dicho anteriormente, te digo que soy yo la que tengo que darte las gracias.
 
Cuidar es una de las experiencias más radicales. Implica vulnerabilidad compartida. Este relato no tiene nada de autobiográfico, pero sí tuve la experiencia de cuidar un gato y de cuidar y perder a gente querida. Y hay un personaje del que no diré nada más excepto que se parece mucho a una asistenta que trabajaba en la casa de mi madre.  En “Cuidar un gato” el abrazo final no resuelve nada, pero crea un instante de sentido. A veces eso es lo único que tenemos. Ese llanto que permite que salga por los ojos el trozo de cristal del maldito espejo del diablo, ese que, como en “La reina de las nieves”, Hans Christian Andersen había conseguido congelarnos el corazón.
 
“Rita y el doctor” es una historia verdaderamente cautivadora. Podría ser una novela corta. Tiene muchas capas, cuenta muchas cosas… El psicoanálisis, los deseos, el paso del tiempo, la memoria, la amistad, el proceso de la escritura… ‘Hay golpes en la vida tan fuertes…’, leemos en el mismo. Aporta diferencia al conjunto, es más abarcador… ¿Estás de acuerdo?
 
Sí, es un relato ‘cebolla’. Me interesaba el cruce entre psicoanálisis, memoria, deseo, escritura. El verso de Vallejo (“Hay golpes en la vida tan fuertes…”) atraviesa el cuento porque habla de esos impactos que nos cambian para siempre. Tal vez sea el relato más abarcador del libro.
 
La historia, la política (la dictadura argentina y sus métodos brutales, las desapariciones, la militancia) entra en cuentos como “Selva y el Diablo”. Supongo que no puede dejar de aparecer, es una herida profunda…
 
Sí. Y también en “Los Gaspáridos”. La historia argentina es una herida abierta. La violencia política dejó cuerpos rotos, memorias rotas. No podía no aparecer, al menos en una autora de mi generación, que vivió la dictadura. Es casi imposible para nosotros, los que pasamos por la ‘Época del Miedo’, como la llamo en mi cuento, ignorarla en lo que hacemos. Nunca escribí directamente sobre la represión, y, sin embargo, de un modo o de otro, está presente en todo lo que escribo, aunque sea como alusión, como telón de fondo, como clave. La crueldad siempre deja marcas, aunque no sean visibles. El clima social, el miedo, la desprotección, afectan a los cuerpos. No somos entidades separadas de la historia. La literatura no repara, pero nombra.
 
¿En qué momento de su carrera, de su vida, está Ana María Shua? ¿Cuáles son sus deseos ahora, sus sueños?
 
Se supone que estoy en un momento de mayor libertad. Ya no necesito demostrar nada. Eso es un privilegio. Mis deseos son sencillos y ambiciosos a la vez: seguir escribiendo mientras tenga curiosidad. No repetirme. Sorprenderme. Y, si es posible, que mis libros sigan encontrando lectores que se animen a mirar conmigo las zonas incómodas de la experiencia humana. Pero tengo mucho miedo de no poder. En el fondo, exactamente igual que cuando empecé…

21 de agosto de 2026

Ana María Shua: “Quizás convertir un auténtico dolor en palabras ayuda a tomar distancia. Escribir no borra el dolor, pero le da una estructura” (2/3)

Muchos de los cuentos y microrrelatos de Ana María Shua ha formado parte de varias antologías entre ellas “Cabras, mujeres y mulas. Antología de la misoginia en la literatura popular”, “Como agua del manantial. Antología de coplas populares”, “Antología del amor apasionado”, “La otra mirada. Antología del microrrelato hispánico”, “El libro de los pecados, los vicios y las virtudes” y “El límite de la palabra. Antología del microrrelato argentino contemporáneo”. Varias de estas antologías fueron publicadas en Alemania, Canadá, Chile, España, Estados Unidos, Holanda, Inglaterra, Italia, México, Serbia, Suecia y Suiza. Parte de su obra fue traducida a más de quince idiomas y algunas de sus novelas fueron adaptadas a la pantalla grande. También ha colaborado en diversos periódicos y revistas como “Clarín”, “La Nación”, “Página/12”, “Gente”, “Mujer”, “Noticias” y “Página/30”, entre otros.
En un artículo publicado el pasado 6 de mayo en la revista “Niu”, la autora expresó que para ella la brevedad de los relatos nunca fue una limitación sino una herencia natural de la tradición argentina. En ese sentido mencionó a Jorge Luis Borges (1899-1986), Silvina Ocampo (1903-1993), Julio Cortázar (1914-1984) y Adolfo Bioy Casares (1914-1999) como grandes cultivadores de ese subgénero. Y como sus referentes del relato breve citó a Franz Kafka (1883-1924), Italo Calvino (1923-1985) y Henri Michaux (1899-1984), y observó que, a pesar de esa valiosa tradición, los editores tardaron en reconocer la validez comercial y literaria del subgénero, un obstáculo que, reconoció, ella tuvo que sortear al inicio de su carrera. Y en cuanto a las dolencias y enfermedades del cuerpo humano, un tema recurrente en su obra visto tanto desde el punto de vista del paciente, del médico o del familiar como desde la experiencia personal, suele citar como referentes a Francisco de Quevedo (1580-1645), Antón Chéjov (1860-1904), Mijaíl Bulgákov (1891-1940), Marguerite Yourcenar (1903-1987), Albert Camus (1913-1960) y Oliver Sacks (1933-2015).
Y sobre el acto de escribir, en el mismo Shua argentina describió el proceso como una “guerra que tenemos los escritores contra las palabras”, donde el resultado final es siempre fruto de una negociación entre la mente y lo que el lenguaje permite transmitir. Confesó que, a diferencia de otros autores, su literatura es “muy volitiva”, pues no escribe por una necesidad desbordante o inspiración romántica, sino por una decisión consciente de su voluntad. “Yo siempre tuve que salir a la caza de las palabras. Jamás vinieron a mí”, admitió.


Lo que sigue es la primera parte de la entrevista realizada por Emma Rodríguez que apareció publicada en la página web “lecturassumergidas.com” el 24 de marzo del corriente año. En ella, la autora habló con su entrevistadora sobre “El cuerpo roto”, su último libro publicado. El mismo contiene doce cuentos: “Un canto a la vida”, “Rita y el doctor”, “Casi una crónica”, “Técnicas modernas”, “Como el mar”, “Cuidar un gato”, “Los Gaspáridos”, “Gaviotas en el bosque”, “Amim o la caída”, “Selva y el diablo”, “Unos días en la playa” y “Después de la muerte”. En ellos abundan temas como la enfermedad, la vejez, las pérdidas. “‘El cuerpo roto’ es un compendio de cuentos que tienen que ver con mi historia personal -manifestó-, he volcado en él todo lo que siento alrededor de algo que para mí es una fascinación: el cuerpo y los avatares por los que pasa, el dolor, la enfermedad, la decadencia, el nacimiento”.
 
Tras leer “El cuerpo roto” me puse a pensar en la capacidad de estos relatos para cautivarnos, para atraparnos, pese a su crudeza, a su dureza. Abordan asuntos que en el día a día se prefieren ocultar, de los que normalmente se suele huir.
 
Quienes nos dedicamos a la literatura siempre estamos intentando escribir el libro que nos gustaría leer. Y a mí me han fascinado desde siempre los libros que tienen que ver con el tema médico, desde todo lo que escribió Oliver Sack, siempre esperanzador, incluso cuando describe casos atroces, hasta libros tan desesperanzados como “Danzando con la muerte” de Bert Keizer, que trata sobre una clínica de enfermos terminales en Holanda, donde está permitida la eutanasia. ¡Hay tantos libros sobre el tema médico! Está en “La peste”, por dar un sólo ejemplo entre miles, pero también en “El Decameron”, en Defoe, en Camus, en Poe, en Yourcenar… No creo que la literatura huya de esos temas, ni los oculte. La literatura trata siempre, de una manera o de otra, acerca de la fugacidad de la vida, del dolor, de la conciencia de la muerte, que nos define como seres humanos. ¿Y por qué no habría de atraparnos un tema que nos preocupa tanto, que conocemos, que forma parte de nuestras vidas?  Para mí lo que podría cautivar no es la crudeza sino el reconocimiento. Todos sabemos -aunque no queramos saberlo- que el cuerpo se rompe, que envejece, que enferma, que muere. Cuando la literatura se anima a poner eso en palabras sin eufemismos, algo se aquieta en el lector: alguien está diciendo lo que yo también sé. No se trata de exhibir el dolor sino de atravesarlo con una mirada humana.
 
¿Reconoces algún impulso, alguna necesidad, tal vez oculta, que te llevó a escribir estos relatos?
 
Quizás alguna forma de vértigo… O mejor dicho, esa extraña atracción a la que se denomina “la llamada del vacío”, esa especie de impulso extraño que se mezcla con el miedo cuando nos asomamos al balcón de un piso alto. ¿Y qué pasaría si saltara? Para mí, toda escritura tiene algo de un salto al vacío y más todavía si se trata de temas que me conciernen, que me tocan en la mitad del plexo solar. Los temas que toco en “El cuerpo roto” me parecen territorios intensísimos, llenos de conciencia, de humor, de rabia, de lucidez. En buena parte, escribí estos cuentos para entender algo que me obsesiona desde siempre.
 
¿Pero en quiénes pensabas mientras escribías, a quiénes se dirigen las historias de este libro?
 
Mientras escribía pensaba en los lectores, por supuesto. Y mi intención era captar precisamente a ese lector que se da el lujo de evitar los recursos remanidos, simplones, de buena onda; al que se atreve nadar en aguas profundas; al que está dispuesto a enfrentarse con la verdad artística, que no es la verdad de los hechos, pero a veces da en el blanco con mucha más precisión. Los escritores trabajamos con la certeza (o la incerteza) de un tirador de cuchillos en el circo, que arroja su arma con los ojos vendados y sin embargo, a veces, la clava justo donde se lo propone. Lo bueno es que cuando se equivoca, no necesariamente corre sangre…
 
A mí personalmente este libro me ha dolido, pero también me ha llevado a enfrentarme a temas -los ya citados- ante los que no acostumbro a situarme. Te diré que me ha gustado encontrarme con protagonistas de muy avanzada edad, transitando por un territorio, el de la vejez, que desconocemos bastante, me atrevería a decir atravesado de misterio. ¡Qué poco sabemos de esa etapa, de los sueños, de las pérdidas que la recorren! ¿Qué has descubierto de ella en el proceso de escritura?
 
Quizás a mis setenta y cuatro años el territorio de la vejez y la decadencia física ya no me resulta tan misterioso. En el mejor de los casos, la vejez no es sólo pérdida: también es despojamiento, claridad, a veces una feroz honestidad. Hay un territorio desconocido ahí, sí, pero no es un misterio vacío: está lleno de sueños que cambian de forma, de deseos que no desaparecen, de memorias que pesan o que se deshilachan. Tal vez el verdadero misterio está en el terreno de la enfermedad mental, de la demencia, en la vejez y a cualquier edad. ¿Qué se esconde en la mente de alguien que ha perdido la palabra? ¿O que ya no sabe usarla para comunicarse? Creo que si he llegado a descubrir algo no ha sido en el proceso de la escritura, sino en ese durísimo proceso que es la vida, y quizás, en todo caso, he podido, de algún modo (siempre dudoso, siempre injusto), transformar mis descubrimientos en palabras.
 
Concretamente “Amim o la caída” y “Unos días en la playa” abordan la etapa de la vejez. ¿Qué me puedes decir de cada uno de ellos?
 
En “Amim o la caída” me interesaba la fragilidad súbita: el momento en que el cuerpo traiciona y la identidad se tambalea, pero sobre todo el efecto que eso produce en aquellos que nos rodean, que nos cuidan, que nos quieren. Me interesaba explorar cómo la aparente pérdida de la identidad puede ser la caída de una máscara y la revelación de otra identidad íntima y secreta. ¿Qué saben los hijos de sus padres? Es tan poco y tan sesgado como aquello que los padres saben de sus hijos. En “Unos días en la playa” quise mostrar la ilusión de un pequeño paréntesis luminoso, casi una tregua, en medio del deterioro. Los dos relatos intentan apartarse de la mirada compasiva para situarse en la experiencia misma. Unos días nació a partir de la internación de un pariente al que yo quería mucho. Fueron unas pocas jornadas en un sitio para mí asombroso: ese pasillo ancho con cuartos a los costados, casi como aulas escolares. Las habitaciones compartidas, las personas paseando por el pasillo en una especie de larguísimo y penoso recreo, apenas mitigado por unas pocas actividades como clases de gimnasia o de artes plásticas… Pocas veces tuve tanta necesidad de escribir un cuento, pocas veces me persiguió tanto un tema como después de esa experiencia.
 
En otro de los cuentos, “Casi una crónica”, impacta la manera en que, con absoluto realismo, sin adornos ni metáforas, se narra lo que ocurre en urgencias de un hospital, el modo en que se abordan, en sus aspectos más cotidianos, la enfermedad, los diagnósticos médicos… ¿Cómo llegaste a encontrar ese estilo desnudo, esa voz, ese tono?
 
Me propuse fingir una crónica casi periodística. Digo “fingir” porque, aunque está escrito en primera persona, yo jamás estuve veinticuatro horas en la guardia de un hospital. En este caso tuve un excelente informante, que me contó muchas de sus experiencias con todo detalle y yo me limité a organizarlas como si todas hubieran sucedido el mismo día. Por otra parte, creo que el tono lo impone el material. Lo que me proponía contar no admitía metáforas ni exceso de adjetivos. La precisión, incluso la sequedad, eran necesarias para no falsear la experiencia. A veces el lenguaje más simple es el más perturbador. No quise embellecer nada, pero tampoco caer en el morbo. Ese equilibrio es siempre frágil.
 
Son duros estos relatos, insisto, pero asoma la luz, la ternura, el humor en ocasiones… ¿Está ahí ese punto de conexión entre quien escribe, Ana María Shua, y el nosotros en el que entramos los lectores?
 
La luz está siempre ahí. Es la engañosa esperanza que nos mantiene vivos, la misma que quedó encerrada en la caja de Pandora, después de que escaparon todos los males. La ternura es simplemente inevitable. Somos seres humanos, somos mamíferos, necesitamos el afecto, sentir el calor de los demás, compartir a través de la piel la sangre caliente que corre por sus venas. Y el humor… bueno, eso es parte de mi personalidad. Solo cuando me lo propongo rígidamente logro escribir sin humor. Y aunque no lo parezca, estos temas son terreno fértil para el humor, esa puerta que se abre donde creíamos que solo había una pared.  El humor es una forma de resistencia. La ternura también. Aparecen incluso en situaciones extremas. Me interesa esa mezcla porque es profundamente humana. La literatura que es solo oscuridad me resulta incompleta y cuando solo es luminosa la siento falsa. Vivimos en esa tensión.
 
En la nota de prensa elaborada por la editorial Páginas de Espuma sobre “El cuerpo roto” se incluye un interesante texto con tu firma en el que te refieres a tu obsesión desde siempre por el tema de la enfermedad, de la curación, “un tema constante y perturbador”, señalas. Ya has hablado un poco de ello al principio de este diálogo… ¿Lo puedes desarrollar un poco más? ¿Hay algún detonante, algún episodio biográfico que alentara ese interés?
 
No lo creo. Yo misma no sabía que ese iba a ser uno de mis temas preferidos cuando escribí mi primera novela, “Soy paciente”. Creí que había elegido ese tema por pura casualidad, porque a un amigo le habían sucedido hechos tan disparatados durante su internación en un hospital, que me daban la substancia necesaria para mi primera novela. No sabía en ese momento que el tema se iba a repetir tantas veces en otras novelas, en muchos cuentos. Cuando era chica me parecía muy divertido enfermarme de vez en cuando, faltar a la escuela, ir a la cama grande y recibir todos los beneficios secundarios de la enfermedad: las revistas de historietas, los mimos, comer pollito hervido y puré con aceite (en lugar de manteca), mucha jalea de membrillo y agua embotellada. Las gripes, las anginas, la varicela, incluso el sarampión, tenían su encanto y nunca estuve seriamente enferma. Mi padre murió de una embolia un par de días después de una operación exitosa. Más que una enfermedad, fue casi un accidente. Y, sin embargo, mirando hacia atrás, veo que siempre me interesó literariamente el cuerpo como territorio incierto, vulnerable. Más allá de lo biográfico, creo que hay una inquietud existencial: la conciencia de que somos materia frágil y, al mismo tiempo, conciencia que piensa esa fragilidad. Alguna vez pensé en estudiar medicina, hasta que por suerte me di cuenta a tiempo de que lo que realmente me fascinaba de la medicina eran las palabras.
 
La temprana muerte de tu padre, que citas, una experiencia que sin duda marca, da lugar al último relato del volumen, “Después de la muerte”. ¿Hasta qué punto escribir esa historia supuso una liberación?
 
No fue eso lo que sentí… Aunque, pensándolo bien, quizás convertir un auténtico dolor en palabras ayuda a tomar distancia. Y un velorio es una situación tan extraordinaria para la literatura. Esa mezcla de pena, de ridículo, de dolor y disparate que tiene toda la ceremonia… Pero no diría que escribir ese cuento, que es totalmente autobiográfico, me ayudara a paliar la pena y la sensación atroz de sentir que el cielo se me había caído en la cabeza. Hasta que murió mi padre, yo simplemente no sabía que la muerte era posible y que estaba ahí, acechándonos. Nadie tan querido, tan esencial, tan cercano, se me había muerto. Mi papá tenía cincuenta años y estaba perfectamente sano. Se cayó jugando al voleibol y murió después de una operación de hernia de disco. Pero yo tenía veintitrés años, ya era una persona formada. Creo que no lo llamaría liberación. Más bien, una forma de ordenar el caos. Escribir no borra el dolor, pero le da una estructura. Y tal vez, sólo tal vez, cuando algo tiene forma, deja de ser solamente una amenaza.

20 de agosto de 2026

Ana María Shua: “Quizás convertir un auténtico dolor en palabras ayuda a tomar distancia. Escribir no borra el dolor, pero le da una estructura” (1/3)

La prolífica escritora argentina Ana María Shua (1951) lleva publicados más de ciento cincuenta libros de diversos géneros y subgéneros como cuentos, novelas, ensayos, microrrelatos, poesías y literatura infanto-juvenil. Nacida en Buenos Aires como Ana María Schoua, tras completar la educación secundaria en el Colegio Nacional de Buenos Aires ingresó en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires donde en 1973 recibió una Maestría en Artes y Literatura y obtuvo el título de Profesora en Letras. Su pasión por la lectura comenzó siendo muy chica. Tal como relató en una nota autobiográfica publicada en diciembre de 1999 en “Benjamín”, el Boletín de la Asociación de Literatura Infantil y Juvenil de la Argentina (ALIJA), “a los seis años alguien me puso en las manos un libro con un caballo en la tapa. Esa misma noche yo fui ese caballo. Al día siguiente ninguna otra cosa me interesaba. 'Deja eso que te va a hacer mal', decía mi madre. 'No se lee en la mesa', decía mi padre”. En una charla dada la tarde del pasado 4 de mayo en la Huerta de San Vicente, la casa de veraneo (y hoy museo) del escritor español Federico García Lorca (1898-1936), recordó que la infancia jugó un papel crucial en su formación, no sólo como autora sino como lectora voraz, y que empezó a escribir poemas a los ocho años y que el apoyo de una maestra a los diez fue fundamental para su posterior desarrollo como escritora. Para ella, la lectura es una condición innegociable: “Ser puede evitar escribir, pero no se puede evitar leer”.
En 1967, con tan sólo dieciséis años, publicó el libro de poemas “El sol y yo”, por el que recibió un pequeño premio del Fondo Nacional de las Artes y la Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE). Exiliada en París durante la dictadura cívico-militar-clerical autodenominada Proceso de Reorganización Nacional, allí trabajó como corresponsal para la revista española “Almanaque” de la editorial Cambio 16. A su regreso a su país natal publicó su primera novela “Soy paciente”, obra a la que le seguirían con el correr de los años las novelas “Los amores de Laurita”, “El libro de los recuerdos”, “La muerte como efecto secundario”, “El peso de la tentación” e “Hija”; los libros de cuentos “Los días de pesca”, “Viajando se conoce gente”, “Como una buena madre”, “Que tengas una vida interesante”, “Contra el tiempo”, “Historias verdaderas” y “Sirena de río”; los tomos de microrrelatos “La sueñera”, “Casa de geishas”, “Botánica del caos”, “Temporada de fantasmas”, “Fenómenos de circo”, “Todos los universos posibles. Microrrelatos reunidos”, “La guerra” y “Fenómenos de circo”; el poemario “No son haikus”; los volúmenes de ensayos “El marido argentino promedio”, “Risas y emociones de la cocina judía”, “Libros prohibidos” y “Cómo escribir un microrrelato”; y los de literatura infantil y juvenil “La batalla entre los elefantes y los cocodrilos”, “La carrera de los animales”, “Expedición al Amazonas”, “La fábrica del terror”, “La puerta para salir del mundo”, “Cuentos con fantasmas y demonios”, “Miedo en el sur”, “El tigre gente”, “La fábrica del terror”, “Yo soy una bruja”, “Mascotas inventadas”, “Tres hormigas valientes” y “Los monstruos del Riachuelo”, por citar sólo algunas obras de su vastísima producción como escritora.


Lo que sigue a continuación es una de las entrevistas que le hicieron en ocasión de la edición de “El cuerpo roto”, su último libro de cuentos. En este caso es la publicada en el diario “Tiempo Argentino” el 28 de junio del corriente año a cargo de Mónica López Ocón.
 
¿Cuál es la diferencia entre cuento largo y de un cuento corto o un microrrelato? Evidentemente, no es sólo un tema de extensión.
 
No, un microrrelato ya nace entero, nace con su forma puesta. Aunque uno puede retrabajarlo, retocarlo y perfeccionarlo, la idea ya surge armada, de algún modo, cerrada. Eso que a uno se le ocurrió va a ser el microrrelato. En cambio, en una narración más extensa, aunque sea un cuento, de todas maneras uno va descubriendo qué es lo que quiere escribir y cómo va a hacer ese cuento mientras lo escribe en esa especie de lucha que entabla contra las palabras, en ese bajar a la tierra del mundo de la música, de las esferas celestes que uno tiene en la cabeza. Cuando hay que bajar eso a las palabras, se logra, pero es un trabajo lento, complejo y se va modificando por el camino y generalmente lo que uno termina por escribir no es exactamente lo que pensaba cuando empezó. Pero con el microrrelato sí, porque el microrrelato ya nace de alguna manera enterito. Con su principio, su final y su tema. Ya uno lo tiene en la cabeza más o menos cómo va a ser y aunque después cambie en el sentido de que uno lo puede mejorar o cambiarle palabras, perfeccionarlo o pulirlo, ya nace más o menos como va a ser. El cuento no. Claro que esto depende del autor, pero cuando yo empiezo a escribir un cuento muchas veces no sé cómo va a terminar. Hay escritores tan distintos entre sí como Abelardo Castillo y Fontanarrosa, que decían que si ellos no tenían el final no podían empezar a escribir. Eso les pasaba a ellos, a mí no. Yo muchas veces voy encontrando el final a medida que trabajo.
 
Cuándo estás por escribir, ¿tenés idea de si vas a hacer un microrrelato o una obra de qué tamaño?
 
Sí, yo no escribo microcuento, al menos que me lo proponga. De hecho, entre un libro de microrrelatos y otro pasan muchos años en los que yo no escribo ni un sólo microrrelato. Sí escribo otras cosas, pero pueden pasar siete, ocho años en que yo no escribo ni un sólo microrrelato. Tengo que dar tiempo a que algo cambie en mí para que el siguiente libro sea un poco diferente.
 
¿El cuento, en cambio, obedece a siempre a una necesidad?
 
Bueno, mi escritura es muy volitiva, muy voluntariosa, o sea, yo escribo porque quiero y me propongo escribir. Nunca pude cumplir con lo que se le exige al joven poeta: que sólo escriba si siente que la necesidad de escribir lo desborda. Lamentablemente eso no me pasa, escribo porque quiero y me lo propongo. Me siento y me digo: de acá no te parás hasta que no escribís algo.
 
Vos manejás el cuento de una forma muy particular. Yo leo los microrrelatos “Fenómenos de circo” y leo “Un cuerpo roto” y no sé si espontáneamente identificaría a la misma escritora. Sin embargo, tienen mucho que ver. Lo que sucede, me parece, es que el microrrelato se acerca más a la poesía.
 
Sí, sí, se tocan según como uno lo trabaje. Pero en mi caso sí creo que cubren quizás mi necesidad de poesía Yo no soy buena lectora de poesía y no escribo casi poesía, pero mi necesidad de ella se expresa un poco a través del microrrelato. Claro. Sí, es verdad. Otros autores, por ejemplo, Galeano, trabajaba más con la anécdota. Hay autores que no se acercan a la poesía, pero yo creo que, no en todos, pero en muchos de mis textos sí, me acerco.
 
Es que la narración breve suele tener esa impronta poética. En cuanto se empieza a extender la cosa cambia.
 
Sí, pero a mí nunca me pasa que un microrrelato crezca y que se transforme en un cuento. Cuando yo estoy pensando en microrrelatos, lo que me sale son microrrelatos.
 
Por eso te preguntaba antes, si era un tema de voluntad o que era algo que salía de manera espontánea.
 
No, es un tema de voluntad. Lo que pasa es que también cuando estoy escribiendo microrrelatos hay un punto en que mis posibilidades se saturan. Un libro me lleva más o menos tres años y se termina sólo cuando siento que me estoy empezando a repetir. Y después tiene que pasar mucho tiempo para que yo pueda escribir algo distinto de eso.
 
¿Particularmente, cómo surgió “El cuerpo roto”?
 
Yo le había presentado otro libro a mi editor español de Páginas de Espuma.  Eran cuentos muy diferentes entre sí, unos fantásticos, otros realistas, no tenían nada que ver unos con los otros. Y él me dijo, “mira, a mí no me gusta publicar libros con cuentos. Yo publico libros de cuentos. A mí me gustaría que los cuentos tuvieran algún tipo de relación entre sí, o por el tono, por la escritura o el tema, lo que a vos te parezca”. Y yo pensé, bueno, el tema. Un tema con el que yo he trabajado mucho es el tema de la enfermedad y de la relación con el cuerpo y con la medicina. Entonces, me decanté por ese lado y de ahí salió este libro.
 
Sí, cuando lo leí pensé que este libro es un libro pensado en conjunto, que no reúne cuentos aislados.
 
Claro, exacto. No todos los cuentos son inéditos, sino que empecé a armar un rompecabezas a partir de los cuentos que ya tenía. Entonces, lo que ya tenía me fue marcando la forma de lo que faltaba. Y entonces ahí, de alguna manera, yo sabía qué era lo que tenía que escribir o por dónde tenía que ir con el siguiente.
 
Y si yo te hubiera preguntado en ese momento qué estabas escribiendo, ¿qué me hubieras contestado? ¿Qué era lo que estabas escribiendo para vos?
 
Estaba escribiendo cuentos que tenían que ver con temas médicos y con temas que tenían que ver con el cuerpo. Incluso había uno que tenía que ver con una pérdida de la virginidad que no es exactamente un tema médico, pero sí tiene que ver con el cuerpo roto. “El cuerpo roto” nació entonces de este pedido de mi editor y del interés que yo tuve toda la vida en la literatura que tiene que ver con temas médicos. Como todo lo que nos pasa a los escritores, todo nace leyendo. Y a mí siempre me interesó mucho leer ficción sobre temas médicos y soy también muy fan de las series médicas. ¿Te acordás de Ben Casey? Era un cirujano del que todas estábamos enamoradas en ese momento.
 
Por supuesto que me acuerdo, yo no era la excepción.
 
Además, era un neurocirujano al que nunca se le complicaba ni se le moría ningún paciente. Hoy las series son mucho más crueles, realmente uno no puede estar seguro de quién va a morir.
 
¿Qué particularidades crees que tiene este libro?
 
Es la primera vez que escribo un libro de cuentos tan coherente, digamos así. Porque mis otros libros de cuentos han tenido todos temas mezclados, tanto fantásticos como realistas. Este es un libro muy realista todo, no tiene ningún cuento fantástico. Es algo raro en mi literatura porque, en general, en todos mis libros hay algunos cuentos realistas y otros fantásticos. Aquí no. Aquí estoy tratando todo el tiempo con temas muy realistas, tratados de una manera realista y es como la apoteosis de una tendencia que he tenido desde que empecé, porque mi primera novela se llamó “Soy paciente” y era sobre alguien internado en un hospital. Otra de mis novelas es “La muerte como efecto secundario” y también tiene que ver con temas de medicina y de hospitales. Y tengo muchos cuentos, muchos cuentos que no están en ese libro y que también tienen que ver con el mismo tema. Incluso en uno de mis libros de microrrelatos, que es “Botánica del caos”, hay una sección que se llama “Enfermedades” y trata de enfermedades imaginarias.
 
Este placer que te dan los temas médicos, ¿tiene que ver con algo familiar o es algo que te ocurre a vos particularmente?
 
Es algo que tiene que ver conmigo, me gusta mucho ese tipo de literatura que tiene que ver con temas médicos. Desde Bulgákov, desde Quevedo hasta Oliver Sacks. Me gustan estos temas vistos desde el paciente y vistos desde el médico.  Siempre me gustó leer sobre ese tema y bueno, dime lo que lees y te diré lo que escribes.
 
¿Qué es lo que deslumbra de Oliver Sacks?
 
Que fue gran neurólogo y que es placentero leerlo porque fue un escritorazo. Describe sus casos neurológicos con una ternura y una pasión que uno piensa: “qué pena no haber sido un caso neurológico para haber sido descripto por él en un libro”. Luego uno reflexiona y dice: “qué deseo tan tonto”.
 
Sí, cuando yo lo descubrí me quedé muda porque la verdad es que es difícil entender cómo logra que un tema supuestamente árido se convierta en algo apasionante.
 
Totalmente, casi como si fuera literatura de ficción. Algo que es ensayístico y no lo es al mismo tiempo. Las historias son muy, muy hermosas Así que sí, lo admiro muchísimo. Pero, además, hay muchísimos grandes escritores que han escrito sobre estos temas como Chéjov por ejemplo, Marguerite Yourcenar en “Opus nigrum” o Camus en “La peste”. El tema médico se ha abordado de mil maneras en la literatura y a mí todas me fascinan no desde ahora sino desde que era joven sana y fuerte. No sé por qué. Porque digamos, ahora, bueno, ya soy una vieja cachusa y me ha pasado de todo, pero cuando empecé era joven y sana y fuerte, y me apasionó todo lo que tenía que ver con eso. Incluso estuve a punto de estudiar medicina. Por suerte en algún momento me di cuenta que lo que realmente me gustaba de la medicina eran las palabras.
 
¿Vos venís de una familia de médicos o de escritores?
 
No, mi mamá era dentista primero cuando yo era chiquita, y después estudió psicología y fue psicóloga hasta una semana antes de morir a los ochenta y dos años. Y mi papá era ingeniero agrónomo, pero después tuvo una fábrica de cables. Algo muy argentino. Llegó a tener colmenas cuando yo era muy chica, pero después se metió en la fábrica de cables y se dedicó a eso.
 
¿Había una biblioteca en tu casa?
 
Si, una biblioteca con muchos libros del secundario y de la universidad, muchos libros de odontología y de cría de conejos, pero también había algunos libros de ficción, sobre todo de mi mamá. A mi papá lo que le gustaba era leer sobre la Segunda Guerra mundial. Recuerdo cuando encontré “El Decamerón”. En realidad, estaba intonso, es decir, con las páginas aun sin cortar, estaba sin abrir. Abrí yo las páginas, empecé a leer y me sorprendí mucho. Me pareció un poco indignante a esa edad. Yo era muy chiquita, mira, pero es un libro que me fascina.