La periodista y escritora argentina
María O’Donnell (1970) nació en New Haven, Estados Unidos, donde su familia
argentina vivió un par de años. Ya en Buenos Aires, en 1992 obtuvo la
licenciatura en Ciencia Política en la Universidad de Buenos Aires (UBA), luego
cursó la maestría en Relaciones Internacionales en la Facultad Latinoamericana
de Ciencias Sociales (FLACSO) y tomó cursos de posgrado en la School of
Advanced International Studies (SAIS) de la Universidad Johns Hopkins, en
Washington, Estados Unidos. Lleva más de treinta años trabajando en distintos
medios de comunicación, entre ellos los diarios “Página/12” y “La Nación”, en
numerosos programas radiales en las radios “Rock
& Pop”, “América”, “Mitre”, “Continental”, “La 100”, “Metro”,
“Urbana Play” y “Con Vos”, y en programas televisivos en los canales “CNN Argentina”, “NetTV”, “TN”,
“América TV”, “La Nación Más” y “Canal 26”. Ha publicado seis libros de
investigación política: “El aparato. Los intendentes del conurbano y las cajas
negras de la política”, “Propaganda K. Una maquinaria de promoción con el
dinero del Estado”, “Born. 9 meses en las entrañas de Montoneros. 60 millones
que corrompieron la política. 40 años del secuestro más caro de la historia”, “Aramburu.
El crimen político que dividió al país. El origen de Montoneros”, “Born y
Quieto. La
negociación secreta entre el magnate y el montonero. Los archivos inéditos del
secuestro más caro de la historia” y el reciente “Montoneros, una historia
visual”, libro este último sobre el que habló en la entrevista que le realizó Pablo
Javier Blanco que apareció publicada en el diario “Clarín” el pasado 25 de
abril.
¿Te parece que hay una
suerte de romantización del fenómeno Montoneros? Sobre todo, después del
kirchnerismo.
Hay muchas etapas, ¿no? De
la democracia para acá siempre fue una discusión muy grande las organizaciones
armadas. Alfonsín también juzgó a Firmenich y compañía, no es que sólo juzgó a
los militares, por eso a veces se olvida. Después hubo, bueno, todo el momento
del perdón de Menem y creo que el kirchnerismo hizo simultáneamente dos cosas:
por un lado, un trabajo muy importante en materia de memoria, juzgar, reabrir
juicios que estaban obturados y demás, pero sí también acompañado por una
especie de visión muy edulcorada respecto de lo que había sido este Montoneros
y la juventud maravillosa representada en Montoneros.
Montoneros arranca con el
asesinato de Aramburu, el expresidente de facto. Es como que se hacen conocidos
a partir de eso, digo, con un asesinato.
Total. Ese nacimiento está
marcado por eso, como decís, o sea, en el ‘70, una pequeña organización asesina
a Aramburu. Eran jóvenes de veintipico de años,
católicos, de clase media, eh, era una guerrilla muy rara porque no eran de
izquierda. Algunos habían pasado por Cuba, sí, pero no eran comunistas, ni
de izquierda, eran peronistas católicos, muchos de familia con formación
nacionalista, o sea, siempre fue una guerrilla... Además, la izquierda siempre
había mirado con desconfianza al peronismo, estaba la idea que el peronismo era
más un obstáculo que un camino a la revolución porque contentaba a los obreros
con ciertos beneficios.
No les permitía tomar
conciencia.
Claro. Entonces cuando
aparece Montoneros en ese acto condensa quince años de la resistencia
peronista, ¿no? Cuando aparece eso, Perón lleva quince años en el exilio. Había
estado la dictadura de Onganía, el Cordobazo. Era un momento que el país
también era una olla a presión. Ya funcionaban otras organizaciones
guerrilleras. Cuba era un factor de agitación en todo el continente, el movimiento
dentro de la Iglesia, los curas de la opción por los pobres. Entonces nace con
un asesinato que, bueno, un poco lo dice Beatriz Sarlo: se entiende como un
acto de venganza hacia el pasado, pero que tuvo la característica también de
poner en marcha la dinámica que iba a traer a Perón de vuelta a la Argentina.
Fue muy particular como hecho fundante, también porque condensaba todo lo otro.
Y después tuvieron un momento muy político de inserción electoral en el proceso
de Héctor Cámpora, ¿no? Que eso también fue nuevo.
Fueron parte del
Gobierno...
Yo digo, y muchos me
critican por eso, que fue la guerrilla más importante de América del Sur. Otros
me dicen, "Bueno, Sendero Luminoso, las FARC en Colombia", pero esas
tenían mucho más control territorial por mucho más tiempo, pero a lo que me
refiero yo es la cercanía que tuvo a llegar al poder.
En el ‘73 estuvieron ahí.
De alguna manera también,
digo, en ese estilo que tenía Perón de la rama femenina, la cuota sindical, la
parte para la juventud y demás, tuvieron su parte de poder, quizás no todas las
que creían que merecían en el gobierno de Cámpora, pero la tuvieron.
Ellos idealizaron un Perón
que después no conocieron o al que luego desconocieron, mejor dicho. Por eso
termina como termina...
Yo creo que el equívoco
estuvo desde el inicio, o sea cuando ellos matan a Aramburu, Perón dice “encomio
lo actuado”. Lo primero que hace Perón es avalar y se da cuenta de que ahí hay
una fuerza que lo puede traer de vuelta a la Argentina. Les dice: “Bueno,
ustedes van a funcionar como formaciones especiales”. O sea, les da un estatus
dentro de un movimiento muy verticalista, a pesar de esa tensión que había con
el sindicalismo. El sindicalismo que, mientras Perón estaba fuera del país,
estaba siempre a tres minutos de traicionarlo. Entonces le da a Montoneros la
posibilidad de tener cierto margen de maniobra como formaciones especiales,
pero a medida que se acerca la vuelta de Perón, él pretende que se encuadren y,
sobre todo, que dejen las armas. Y el objetivo de Montoneros no era la vuelta
de Perón y de la democracia, punto.
No es que el regreso de
Perón era el objetivo final.
Hubo un movimiento que era
la Tendencia, que era mucho más grande, que abarcaba todo, que movilizó a toda
una generación de jóvenes, que no todos formaban parte de lo que iba a ser
después la organización militar de Montoneros. De hecho, Montoneros después se
rompe con Lealtad, con los que decían “no, che, nosotros no estamos para
confrontar con Perón”. También es cierto que vuelve un Perón con Isabel y López
Rega.
Era otro Perón...
Fue un vínculo que...
Perón dice algo muy premonitorio en “Actualización doctrinaria”. Él dice “la
tragedia es que yo ya estoy muy grande y ustedes son muy jóvenes” cuando habla
del trasvasamiento generacional, ¿no? Montoneros se inserta dentro del
peronismo hablando del socialismo nacional. En un primer objetivo coincidieron:
la vuelta de Perón. Que volviera Perón al país. Pero a partir de la vuelta de
Perón no querían que volviera cualquier Perón.
Querían al Perón de ellos,
del que se habían enamorado al decir “la vida por Perón”...
Querían que se diera la
posibilidad del encuentro con la clase obrera. El Cordobazo: estudiantes y
movimiento obrero juntos. Si la identidad obrera era una identidad peronista,
¿cómo se podía ir contra el peronismo si quería generar ese encuentro? Yo tiendo
a pensar siempre el 1º de mayo como la escenificación increíble de eso.
Cuando Perón los echa de
la plaza...
En Plaza de Mayo,
cruzándose insultos, la plaza quedando mitad vacía, la atención previa, los
cantos que intercambiaban con los sindicatos, después cuando se empiezan a
gritar con Perón. Todo eso es el resultado de una expresión de algo que ya
estaba jugado a esa altura, no es algo que pasó en la Plaza el1º de mayo.
¿Cómo transitaba la gente
de a pie el fenómeno montonero? Lo veía como como algo peligroso o tenía cierto
consenso social...
Yo creo que hubo dos
momentos bastante claros, ¿no? Que lo que ellos llamaban el engorde, también
ese crecimiento exponencial que tuvieron en la previa del triunfo de Cámpora...
¿Llegaron a ser más de cincuenta
mil?
Sí. Es un momento de
incorporación masiva a las universidades, era un momento de extensión en muchos
campos, de crecimiento, de sacar a la juventud a la calle, tuvieron un momento
de mucho crecimiento político de superficie, como lo llamaban ellos. Después,
cuando empiezan las peleas con Perón y sobre todo con la vuelta a la
clandestinidad, se vuelve una organización mucho más militar que del componente
político. Siempre la discusión era si habían nacido como una organización
político-militar. ¿Cuál era el componente que prevalecía? Bueno, sobre todo en
el ‘75, la militarización de Montoneros y el enfrentamiento con Perón genera,
por un lado, la salida de Lealtad y también una organización mucho más pequeña
y mucho más alejada de una sociedad. Sí, a partir del ‘75, sobre todo con
alguno de los atentados de Montoneros que generaron una enorme conmoción en la
sociedad. El asesinato de Cesáreo Cardozo, el jefe de la Policía Federal, que
era un tipo muy importante de la Dictadura y muy cercano a Videla, que lo mata
una compañera de estudio de la hija, que estudiaban juntas para ser maestras.
Era una chica de clase media alta, criada en zona norte, y ahí Neustadt decía: “¿ustedes
saben qué están haciendo sus hijos en este momento?”. Aparece la idea del
miedo.
Había un debate interno
por el Golpe, ¿algunos querían que llegase?
Sí, hay mucho debate
interno, porque es el momento en el cual Rodolfo Walsh y todos ponían reparos.
Había una discusión fuerte dentro de la conducción sobre si convenía el Golpe.
O sea, si el escenario del Golpe era deseable o no, si la dictadura que venía
era igual a otras o los iba a masacrar en poco tiempo, que es lo que finalmente
pasó.
¿La cúpula de Montoneros
subestimó a la dictadura?
Bueno, es lo que les dice
Walsh, ¿no? La idea de que ante una dictadura todos se iban a replegar sobre el
montonerismo y que el peronismo ya no existía, porque el gobierno de Isabel
había terminado en un desastre y hasta la CGT le había hecho un paro. Esa es la
discusión grande que daba Walsh poco antes de morir. Él decía: “los pueblos se
repliegan a lo conocido. Se están replegando al peronismo, nosotros no hablamos
con nadie”. Él decía que en lugar de estar hablando con dirigentes opositores
que estaban sufriendo la represión, los Montoneros se estaban aislando.
Se terminó convirtiendo en
una organización medio paranoica, ¿no? Vos un poco lo contás: los juicios que
hacían, el código de conducta, esto de no podés ser infiel si sos montonero.
Sí. Todas las
organizaciones guerrilleras de lucha armada clandestina tenían códigos internos
de conducta, dado que se movían en un ámbito donde tenían que cuidar su
seguridad en términos de que todo contacto con personas no integrantes de la
organización, incluso de parejas, podía suponer riesgos.
Eso es lo que le decían a
Quieto, ¿no? Que su mujer no era montonera.
Claro, la mujer de Quieto
no era montonera. Entonces, como además era una opción de vida que comprometía
una cantidad de cosas, tendían a alentar vínculos dentro de la organización,
pero a la vez con un sesgo especialmente montonero muy moralista, digamos, muy
católico. Un determinado tipo de familia. Siempre fueron organizaciones muy
poco tolerantes a la diversidad sexual y demás.
Hay un episodio con el
Frente de Liberación Homosexual, que se pelean con ellos, ¿no? En la plaza
diciéndole: “necesitamos hombres”.
Bueno, el famoso “no somos
putos, no somos faloperos, somos soldados de las FAR y Montoneros”. Lo que pasa
ahí también es que, en la medida en que la represión se vuelve más violenta,
más sistemática y más ilegal, aparece el dilema de cómo enfrentar la tortura,
que era un dilema muy complejo. Ellos primero establecen una regla que tenían
otros que era aguantar 48 horas para que la organización pudiese ver cómo poner
a resguardo a las personas o las casas operativas que pudiesen quedar al
descubierto. Después empiezan con que la tortura se puede aguantar en cualquier
momento y circunstancia. Y al final establecen repartir la pastilla de cianuro
como método para que no cayeran vivos y eventualmente que no hablaran con la
tortura.
Vos en varios pasajes del
libro mencionás juicios revolucionarios, como el de Quieto.
Fue el más emblemático.
Era el número 2 de la organización, es uno de los primeros desaparecidos en
democracia. O sea, eso muestra también como ya estaba muy montado el aparato
represivo. Es diciembre del ‘75 y lo secuestran y nunca más aparece. Pero así y
todo ellos le hacen un juicio revolucionario y lo condenan a muerte. Y a partir
de ahí empieza la decisión de repartir la pastilla de cianuro.
Había debates internos
también por la plata de Montoneros.
Sí, ahí también empieza
toda esa discusión, sobre todo después de ‘75. Montoneros tenía mucha plata
vinculada al secuestro de los hermanos Born. Entonces Galimberti empieza a
decir: “Bueno, hay que repartir plata porque la vuelta a la clandestinidad dejó
a los obreros vinculados a la Juventud Trabajadora Peronista”, que eran los
vinculados a Montoneros o a La Tendencia que eran conocidos en la fábrica, muy
expuestos. Muchos de las listas de desaparecidos son trabajadores obreros y
entonces también esa fue otra discusión, ¿no? La cúpula se va al exilio a fines
de ‘76 y ya de entrada arranca una pelea fuerte con Galimberti planteando que
hay que proteger a los que se quedaron en el país, que eran cada vez menos.
Juan Gelman habla de que
había un “sectarismo maníaco” en la cúpula que dirigía Firmenich. ¿Había una
cuota de locura dentro de Montoneros?
Hay un grado creciente de
desconexión con la realidad de lo que estaba realmente pasando. O sea, creo que
Walsh hace una advertencia. A él lo matan a comienzos del ‘77, pero ya a fines
del ‘76 venía diciendo “nos están masacrando”. Y ahí Firmenich, en un famoso
reportaje con García Márquez, dice: “Bueno, hicimos nuestros cálculos de
guerra...”, como diciendo que la pérdida de mil y pico de combatientes estaba
en el costo que estaban dispuestos a asumir. El costo fue mucho mayor y ni
hablar después con la contraofensiva, con la idea de que alcanzaba con hacer
algunos atentados para mostrar que la dictadura estaba frágil y que ellos
seguían vigentes, como provocar un alzamiento popular en el ‘79 y el ‘80.
Terminó con otra masacre.
La contraofensiva fue una
crónica de un suicidio anunciado, ¿no?
Me parece que una cosa
también fue Montoneros en tanto organización militar y ese devenir que tuvo
cada vez más aislado de la realidad. Y otra cosa fue claramente el momento
inicial, de masiva movilización de los años del camporismo hasta la vuelta de
Perón.
Montoneros de repente
quedó en la nada. Era la cúpula y nada.
Sí, porque era la cúpula
insistiendo desde La Habana, en un momento donde ya la militarización había
llegado al punto de exigir el uso de uniformes, en un contexto en Argentina en
que un papel te incriminaba.
Sí, sí. Ponerse una boina
y un brazalete...
Eran condiciones de
absoluta clandestinidad acá en la Argentina. Habían salido las denuncias de las
organizaciones internacionales de Derechos Humanos en el ‘78, los primeros
sobrevivientes de los centros clandestinos empezaban a dar una dimensión de lo
que era realmente el aparato represivo que habían montado las tres fuerzas
armadas y que excedía mucho, digamos, lo que era el combate a las guerrillas,
que rápidamente ya a comienzos del ‘77 el propio Videla dice: “Terminamos con
la amenaza a la subversión”. En el ‘78, en el Mundial, seguía la ESMA
funcionando, pero en el ‘79 y el ‘80, cuando deciden la contraofensiva, ahí ya
había mucha evidencia de la fortaleza del aparato represivo. Hubo preparativos
en México, en España, entrenaron algunos en el Líbano y todo, era muy expuesto
también en términos de la difusión que eso tenía en los círculos del exilio.
¿Cómo explicás eso?
Firmenich dice que él ha
sido demonizado y yo creo que uno de los problemas también para conversar sobre
Montoneros es que tenga un jefe como Firmenich, que Firmenich haya tenido el
grado de dificultad que tiene para conversar en términos democráticos. Él
seguramente va a justificar en su contexto lo que pasó porque fue protagonista
de eso, pero la forma en que lo plantea genera incluso mucho rechazo entre
muchos ex montoneros, en términos de ser frío, calculador y poco empático con
las muertes propias. Porque ahí hay mucho dolor, mucha muerte, mucho
sacrificio, de gente que creyó en ese contexto que tomar las armas era el
camino para una sociedad mejor.