La República de Cuba está
atravesando una situación sumamente aciaga y escabrosa. Tras el endurecimiento
del embargo histórico y el bloqueo al suministro de combustible impuesto por Estados
Unidos que dejó al país al borde del colapso económico y social, sus ciudadanos
están sufriendo una profunda crisis energética, la escasez de alimentos, la
baja de medicamentos básicos, el aumento de la mortalidad infantil, la caída de
la producción agrícola, una creciente inflación, calles repletas de basura sin
recolectar, carretas tiradas por caballos para el transporte público y para los
servicios fúnebres, el derrumbe del turismo, una emigración masiva, etc. La
magnitud de la crisis producto del bloqueo estadounidense constituye una
restricción estructural para una economía dependiente de las importaciones y
limita su acceso al financiamiento, el comercio y la inversión. Es un bloqueo con
antecedentes de más de sesenta años que tiene como finalidad asfixiar al pueblo
de la isla para generar caos y así provocar un cambio de gobierno y del sistema
político. Según las propias palabras del presidente Donald Trump (1946), él tendrá
“el honor de tomar Cuba y hacer lo que quiera con ella”. Por su parte el Secretario
de Estado Marco Rubio (1971), advirtió que Cuba no tendrá “válvula de escape” a
la presión de Washington. Y el director de la Agencia Central de Inteligencia John
Ratcliffe (1965) declaró: “Estados Unidos está dispuesto a comprometerse
seriamente en temas económicos y de seguridad, pero sólo si Cuba realiza
cambios fundamentales”.
Pero Trump no es el primer presidente con esas ansias. Según narró en una entrevista Michael Zeuske (1952), historiador y profesor alemán del Zentrum für Abhängigkeits und Sklavereistudien (Centro de Estudios sobre la Dependencia y la Esclavitud) de la universidad Rheinische Friedrich Wilhelms de Bonn, “Ya a mediados del siglo XIX Estados Unidos puso sus ojos en la isla”. En 1820, cuando Cuba era aún una colonia de España, el presidente Thomas Jefferson (1743-1826) “declaró que había que aprovechar la primera oportunidad para anexionar Cuba a Estados Unidos”. Y en 1848 Washington intentó comprar la isla. Según contó Zeuske, James K. Polk (1795-1849) “el undécimo presidente de Estados Unidos, ofrece a los españoles 100 millones de dólares por Cuba, pero, según se dice, la potencia colonial contestó que prefería hundir la isla en el mar. España quería aferrarse a una de sus pocas colonias que le quedaban en ultramar. Solo seis años después, los diplomáticos estadounidenses redactaron un documento secreto: tenían derecho a tomar Cuba por la fuerza si España seguía negándose a vender la isla. Pero nada de eso sucedió”.
Puede decirse que la historia cubana tiene una larga data de procesos independentistas desde que, a fines de 1492, llegaron a sus costas las naves comandadas por Cristóbal Colón (1451-1506) y unos años después, en 1511, lo hizo Diego Velázquez de Cuéllar (1465-1524) dando comienzo a la colonización española de un territorio que se encontraba habitado por diversos pueblos indígenas que fueron diezmados aunque no se llegó a exterminados ya que, según estudios recientes, alrededor de un 30% logró sobrevivir. El conquistador español comenzó el asentamiento permanente fundando Baracoa en la costa noreste, con trescientos españoles y sus esclavos africanos, y en los cuatro años siguientes fundó los asentamientos de Bayamo, Santiago de Cuba y La Habana, y se convirtió en el primer gobernador español de la isla.
Pero Trump no es el primer presidente con esas ansias. Según narró en una entrevista Michael Zeuske (1952), historiador y profesor alemán del Zentrum für Abhängigkeits und Sklavereistudien (Centro de Estudios sobre la Dependencia y la Esclavitud) de la universidad Rheinische Friedrich Wilhelms de Bonn, “Ya a mediados del siglo XIX Estados Unidos puso sus ojos en la isla”. En 1820, cuando Cuba era aún una colonia de España, el presidente Thomas Jefferson (1743-1826) “declaró que había que aprovechar la primera oportunidad para anexionar Cuba a Estados Unidos”. Y en 1848 Washington intentó comprar la isla. Según contó Zeuske, James K. Polk (1795-1849) “el undécimo presidente de Estados Unidos, ofrece a los españoles 100 millones de dólares por Cuba, pero, según se dice, la potencia colonial contestó que prefería hundir la isla en el mar. España quería aferrarse a una de sus pocas colonias que le quedaban en ultramar. Solo seis años después, los diplomáticos estadounidenses redactaron un documento secreto: tenían derecho a tomar Cuba por la fuerza si España seguía negándose a vender la isla. Pero nada de eso sucedió”.
Puede decirse que la historia cubana tiene una larga data de procesos independentistas desde que, a fines de 1492, llegaron a sus costas las naves comandadas por Cristóbal Colón (1451-1506) y unos años después, en 1511, lo hizo Diego Velázquez de Cuéllar (1465-1524) dando comienzo a la colonización española de un territorio que se encontraba habitado por diversos pueblos indígenas que fueron diezmados aunque no se llegó a exterminados ya que, según estudios recientes, alrededor de un 30% logró sobrevivir. El conquistador español comenzó el asentamiento permanente fundando Baracoa en la costa noreste, con trescientos españoles y sus esclavos africanos, y en los cuatro años siguientes fundó los asentamientos de Bayamo, Santiago de Cuba y La Habana, y se convirtió en el primer gobernador español de la isla.
Durante el siglo XIX,
entre 1868 y 1878 se produjo la primera guerra de independencia impulsada por
el hacendado Carlos Manuel de Céspedes (1819-1874) acompañado por el militar
dominicano Máximo Gómez Báez (1836-1905). Tras su fracaso, en 1895 el poeta,
ensayista, filósofo y fundador del Partido Revolucionario Cubano José Martí (1853-1895) promovió un
alzamiento junto al general Antonio Maceo (1845-1896) para conseguir la
independencia, pero ambos murieron en combates tras la entrada directa de
Estados Unidos en el conflicto durante abril y agosto de 1898 con el pretexto de conseguir la
“libertad” del pueblo cubano.
En realidad, lo que
buscaba Estados Unidos era su antónimo: “dependencia”, una idea que no nació ese
año sino algo más de medio siglo antes cuando el presidente John Quincy Adams
(1767-1848) declaraba: “Hay leyes de gravitación política, como las hay de
gravitación física. Y así como una manzana, separada de su árbol por la fuerza
del viento, no puede más que caer en el suelo, así Cuba, separada de España y
roto el lazo artificial que la liga con ese país, e incapaz de sostenerse por
sí sola, debe gravitar necesariamente hacia la Unión Norteamericana”. Y unos
años después el senador Milton Latham (1827-1882) manifestaba que “debido a su
proximidad a nuestras costas, Cuba reviste una gran importancia para la paz y
la seguridad de este país. No se trata aquí de ambiciones ni deseos de extender
nuestro dominio, sino de entender que esa isla es indispensable para la
seguridad de Estados Unidos”.
Lo concreto es que, tras su derrota, España tuvo que renunciar al dominio colonial. El 13 de agosto de 1898, la bandera española fue arriada de la isla, pero no fue izada la bandera cubana sino la de los Estados Unidos. Parece que tenía razón José Martí cuando unos meses antes de ser alcanzado por tres disparos efectuados por un grupo de españoles que le provocaron heridas mortales en el combate de Dos Ríos, en la región oriental de Cuba, había sentenciado: “Es un deber mío evitar, mediante la independencia de Cuba, que los Estados Unidos se extiendan por las Indias Occidentales y caigan con mayor fuerza sobre otras tierras de nuestra América. Conozco al monstruo porque he vivido en sus entrañas”. Este país estableció una administración militar ejercida primero por John R. Brooke (1838-1926) entre diciembre de 1898 y diciembre de 1899, y luego por Leonard Wood (1860-1927) hasta mayo de 1902, quien declaró claramente que “la isla se norteamericanizará gradualmente y, a su debido tiempo, contaremos con una de las más ricas y deseables posesiones que haya en el mundo”.
Durante este último gobierno, una Asamblea Constituyente redactó la constitución de la nueva república. La misma contenía una cláusula redactada por el senador Orville Platt (1827-1905) que decretó la prohibición al futuro gobierno cubano de establecer tratados o convenios con gobiernos extranjeros que implicaran la cesión de parte de su territorio, le concedió a Estados Unidos el derecho a intervenir militarmente en la isla en caso de que peligraran la vida, la propiedad o las libertades individuales y convalidó todos los actos realizados por el gobierno militar norteamericano hasta ese momento. Dicha cláusula -conocida como “Enmienda Platt”- fue considerada como un tratado de carácter permanente entre ambos países, ratificada con peso de ley por el Congreso de los Estados Unidos y establecida como condición obligatoria para el retiro de sus tropas, algo que provocó que Cuba quedase reducida a casi un protectorado de los Estados Unidos. Para el por entonces presidente estadounidense Theodore Roosevelt (1858-1919), esta medida funcionó como herramienta clave de su política del “Big stick” (Gran garrote) para asegurar el control estratégico de esa “republiqueta infernal” -tal como la particularizó- a la que había que “borrar de la faz de la Tierra”, pues se seguían rebelando sin reconocer que el gobierno estadounidense la había “liberado”.
Lo concreto es que, tras su derrota, España tuvo que renunciar al dominio colonial. El 13 de agosto de 1898, la bandera española fue arriada de la isla, pero no fue izada la bandera cubana sino la de los Estados Unidos. Parece que tenía razón José Martí cuando unos meses antes de ser alcanzado por tres disparos efectuados por un grupo de españoles que le provocaron heridas mortales en el combate de Dos Ríos, en la región oriental de Cuba, había sentenciado: “Es un deber mío evitar, mediante la independencia de Cuba, que los Estados Unidos se extiendan por las Indias Occidentales y caigan con mayor fuerza sobre otras tierras de nuestra América. Conozco al monstruo porque he vivido en sus entrañas”. Este país estableció una administración militar ejercida primero por John R. Brooke (1838-1926) entre diciembre de 1898 y diciembre de 1899, y luego por Leonard Wood (1860-1927) hasta mayo de 1902, quien declaró claramente que “la isla se norteamericanizará gradualmente y, a su debido tiempo, contaremos con una de las más ricas y deseables posesiones que haya en el mundo”.
Durante este último gobierno, una Asamblea Constituyente redactó la constitución de la nueva república. La misma contenía una cláusula redactada por el senador Orville Platt (1827-1905) que decretó la prohibición al futuro gobierno cubano de establecer tratados o convenios con gobiernos extranjeros que implicaran la cesión de parte de su territorio, le concedió a Estados Unidos el derecho a intervenir militarmente en la isla en caso de que peligraran la vida, la propiedad o las libertades individuales y convalidó todos los actos realizados por el gobierno militar norteamericano hasta ese momento. Dicha cláusula -conocida como “Enmienda Platt”- fue considerada como un tratado de carácter permanente entre ambos países, ratificada con peso de ley por el Congreso de los Estados Unidos y establecida como condición obligatoria para el retiro de sus tropas, algo que provocó que Cuba quedase reducida a casi un protectorado de los Estados Unidos. Para el por entonces presidente estadounidense Theodore Roosevelt (1858-1919), esta medida funcionó como herramienta clave de su política del “Big stick” (Gran garrote) para asegurar el control estratégico de esa “republiqueta infernal” -tal como la particularizó- a la que había que “borrar de la faz de la Tierra”, pues se seguían rebelando sin reconocer que el gobierno estadounidense la había “liberado”.
En ese sentido firmó el “Trade
Reciprocity Treaty” (Tratado de Reciprocidad Comercial) propiciado por el
general Tasker Howard Bliss (1853-1930) quien se había desempeñado como
Recaudador de Aduanas en Cuba entre 1898 y 1899. Mediante ese tratado se subordinó
la producción cubana a las élites económicamente poderosas estadounidenses, las
cuales adquirieron rápidamente su condición monopólica dentro del mercado
desplazando a competidores de otras naciones y frenaron el desarrollo de una
industria nacional diversificada pues el acceso privilegiado, con el cual
contaban los productos estadounidenses, creó un escenario poco estimulante para
la inversión productiva del capital cubano.
También se encargó de otorgar un arrendamiento perpetuo de la Bahía de Guantánamo donde Estados Unidos había instalado una base naval en 1898, cuando ocupó militarmente la isla tras la derrota de España en la guerra hispano-estadounidense. Esto generó un alzamiento del Partido Liberal en septiembre de 1906, por lo que el presidente renunció y se produjo la segunda ocupación estadounidense en la isla. Es que, según la nota aparecida en el periódico “The Manufacturer” de Filadelfia, los cubanos eran “inútiles, haraganes, con defectos morales y privados por la naturaleza y la experiencia de las capacidades para cumplir las obligaciones de la ciudadanía en una república libre y grande. Incluso sus intentos de rebelión han sido de una ineficacia tan lamentable que poco distan de parecer una farsa”.
Durante los años siguientes Cuba fue gobernada por generales elegidos “constitucionalmente” por la elite cubana, entre ellos José Miguel Gómez (1858-1921), Mario García Menocal (1866-1941) y Gerardo Machado (1871-1939). Todos ellos fueron gobernantes títeres del verdadero poder que, tras bambalinas, era ejercido desde Washington. En esa época, la Gran Depresión de 1929 produjo el desplome de las exportaciones y del precio del azúcar, lo que generó un paro forzoso de los trabajadores y el recorte de hasta el 75% de los salarios agrícolas y del 50% de los urbanos, una severa situación que conllevó un aumento de la protesta social. Sin embargo, poco después la economía cubana logró recuperarse estimulada por las relaciones mercantiles con Estados Unidos ya que las grandes corporaciones de ese país controlaban los sectores más importantes de la economía de la isla y reforzaron el sistema de dominación y dependencia.
No obstante, en 1933 se produjo una gran huelga general iniciada por los conductores de autobuses de La Habana y apoyada por los obreros, las clases medias urbanas y los sectores estudiantiles, lo que implicó el resquebrajamiento del bloque dominante y el retiro del apoyo a Machado por parte del nuevo presidente estadounidense Franklin Roosevelt (1882-1945), primo lejano de quien había gobernado el país entre 1901 y 1909. Fue así que el 12 de agosto de ese año, fue depuesto por un golpe del ejército con apoyo del embajador estadounidense Sumner Welles (1892-1961). Tras un día de gestión interina del general Alberto Herrera (1874-1954), veintitrés días del coronel Carlos Manuel de Céspedes (1871-1939) y cinco días de una pentarquía cívico-militar conformada por Porfirio Franca (1878-1950), Ramón Grau San Martín (1881-1969), Guillermo Portela (1886-1958), Sergio Carbó (1891-1971) y José Irisarri (1895-1968), se sucedieron tres efímeras presidencias provisionales: la del citado Grau San Martín durante cuatro meses y cinco días, la de Carlos Hevia (1900-1964) durante tres días y la Manuel Márquez Sterling (1872-1934) durante seis horas.
Luego, el 18 de enero de
1934, asumió Carlos Mendieta (1873-1960) quien, tal como narran los docentes e
historiadores argentinos Fernando Esteche (1967), Guillermo Martín Caviasca
(1967) y David Acuña (1977) en su ensayo publicado en 2023 “Destinados por la providencia.
Una historia de la relación del Imperio con Nuestramérica”, no pudo
consolidarse en el gobierno debido a las continuas manifestaciones de repudio
popular y huelgas obreras. La falta de legitimidad política se trató de compensar
con la represión, proclamando la ley marcial, realizando detenciones y
fusilamientos a los líderes opositores”.
Más adelante detallan que Mendieta llevó adelante la firma de un Tratado de Relaciones entre Cuba y Estados Unidos, el cual “profundizaría la dependencia de la isla con la burguesía estadounidense. El tratado, aunque se formulase en la esfera comercial, tiene alcances que involucran al entramado de las relaciones sociales de producción cubanas. En sí mismo, el tratado versa sobre los aranceles de artículos comerciados entre ambos países, pero si se lo analiza en relación a las cuotas de importación que Estados Unidos va a establecer entre 1934 y 1959, es claro que el objetivo es proteger la producción local estadounidense en detrimento de los productores cubanos. Si bien hay un aumento de la participación cubana en el mercado de Estados Unidos, es mucho menor al que la isla tuvo en la década de 1910 a 1920. Al mismo tiempo, esto supuso un golpe a los intentos de diversificación económica de Cuba, con la consiguiente reprimarización de su aparato productivo”.
También se encargó de otorgar un arrendamiento perpetuo de la Bahía de Guantánamo donde Estados Unidos había instalado una base naval en 1898, cuando ocupó militarmente la isla tras la derrota de España en la guerra hispano-estadounidense. Esto generó un alzamiento del Partido Liberal en septiembre de 1906, por lo que el presidente renunció y se produjo la segunda ocupación estadounidense en la isla. Es que, según la nota aparecida en el periódico “The Manufacturer” de Filadelfia, los cubanos eran “inútiles, haraganes, con defectos morales y privados por la naturaleza y la experiencia de las capacidades para cumplir las obligaciones de la ciudadanía en una república libre y grande. Incluso sus intentos de rebelión han sido de una ineficacia tan lamentable que poco distan de parecer una farsa”.
Durante los años siguientes Cuba fue gobernada por generales elegidos “constitucionalmente” por la elite cubana, entre ellos José Miguel Gómez (1858-1921), Mario García Menocal (1866-1941) y Gerardo Machado (1871-1939). Todos ellos fueron gobernantes títeres del verdadero poder que, tras bambalinas, era ejercido desde Washington. En esa época, la Gran Depresión de 1929 produjo el desplome de las exportaciones y del precio del azúcar, lo que generó un paro forzoso de los trabajadores y el recorte de hasta el 75% de los salarios agrícolas y del 50% de los urbanos, una severa situación que conllevó un aumento de la protesta social. Sin embargo, poco después la economía cubana logró recuperarse estimulada por las relaciones mercantiles con Estados Unidos ya que las grandes corporaciones de ese país controlaban los sectores más importantes de la economía de la isla y reforzaron el sistema de dominación y dependencia.
No obstante, en 1933 se produjo una gran huelga general iniciada por los conductores de autobuses de La Habana y apoyada por los obreros, las clases medias urbanas y los sectores estudiantiles, lo que implicó el resquebrajamiento del bloque dominante y el retiro del apoyo a Machado por parte del nuevo presidente estadounidense Franklin Roosevelt (1882-1945), primo lejano de quien había gobernado el país entre 1901 y 1909. Fue así que el 12 de agosto de ese año, fue depuesto por un golpe del ejército con apoyo del embajador estadounidense Sumner Welles (1892-1961). Tras un día de gestión interina del general Alberto Herrera (1874-1954), veintitrés días del coronel Carlos Manuel de Céspedes (1871-1939) y cinco días de una pentarquía cívico-militar conformada por Porfirio Franca (1878-1950), Ramón Grau San Martín (1881-1969), Guillermo Portela (1886-1958), Sergio Carbó (1891-1971) y José Irisarri (1895-1968), se sucedieron tres efímeras presidencias provisionales: la del citado Grau San Martín durante cuatro meses y cinco días, la de Carlos Hevia (1900-1964) durante tres días y la Manuel Márquez Sterling (1872-1934) durante seis horas.
Más adelante detallan que Mendieta llevó adelante la firma de un Tratado de Relaciones entre Cuba y Estados Unidos, el cual “profundizaría la dependencia de la isla con la burguesía estadounidense. El tratado, aunque se formulase en la esfera comercial, tiene alcances que involucran al entramado de las relaciones sociales de producción cubanas. En sí mismo, el tratado versa sobre los aranceles de artículos comerciados entre ambos países, pero si se lo analiza en relación a las cuotas de importación que Estados Unidos va a establecer entre 1934 y 1959, es claro que el objetivo es proteger la producción local estadounidense en detrimento de los productores cubanos. Si bien hay un aumento de la participación cubana en el mercado de Estados Unidos, es mucho menor al que la isla tuvo en la década de 1910 a 1920. Al mismo tiempo, esto supuso un golpe a los intentos de diversificación económica de Cuba, con la consiguiente reprimarización de su aparato productivo”.
Los constantes conflictos vividos por entonces desgastaron el poder de Mendieta y su gobierno fue considerado como débil por los políticos liberales y conservadores, razón por la que se vio forzado a renunciar a la presidencia el 11 de diciembre de 1935. Fue sustituido por José Barnet (1864-1945), quien gobernó durante cinco meses y nueve días; luego por Miguel Mariano Gómez (1889-1950), quien lo hizo durante siete meses y cuatro días, y finalmente por Federico Laredo Brú (1875-1946), quien ocupó el cargo a lo largo de tres años, nueve meses y diecisiete días. La particularidad de todos estos gobiernos no fue sólo la brevedad de sus mandatos sino también el control que sobre todos ellos ejerció quien, en 1933, respaldado por el embajador estadounidense Jefferson Caffery (1886-1974), se había autoproclamado jefe de las Fuerzas Armadas: Fulgencio Batista (1901-1973).
A partir de entonces, quien se había desempeñado como presidente constitucional entre 1940 y 1944, instaló un régimen dictatorial que se caracterizó por la corrupción, la represión política y la estrecha relación con Estados Unidos, quien veía en Batista un aliado estratégico en la región.


