17 de agosto de 2019

Julio Cortázar: “Un cuento, tal como yo lo concibo y tal como a mí me gusta, tiene límites muy exigentes porque son implacables”


Julio Cortázar (1914-1984) publicó varios libros de cuentos, entre ellos “Final del juego”, “Las armas secretas” y “Todos los fuegos el fuego”, por citar sólo algunos. “Deshoras” fue el último, aparecido en 1982 dos años antes de su fallecimiento. Compuesto de ocho cuentos en los se pueden encontrar los diversos campos de interés del autor, desde su madurez artística y personal, abordó en ellos con lucidez y técnica impecable sus preocupaciones políticas y personales, desde la búsqueda de la propia identidad a través del amor hasta el drama de la dictadura militar argentina. Con temas tan disímiles y atractivos como el cine, el boxeo, la pintura, los recuerdos, los constantes juegos de palabras, los amores adolescentes con sabor a oscuridad y hasta el camino para escribir un cuento, Cortázar se propuso contar “algo más que nostalgias”, según él mismo afirmó. En mayo de 1983, de paso por Madrid como escala en su viaje a Cuba y Nicaragua, concedió una entrevista al profesor de Filología Española de la Facultad de Ciencias de la Información José Julio Perlado, una conversación que giró, justamente, en torno a “Deshoras”. La misma recién fue publicada en la revista “Espéculo” nº 2 en marzo de 1996.


“Deshoras”, ¿con qué libro suyo anterior puede emparentarse más?

Me resulta difícil establecer o hacer así rápidamente un análisis mental de todos mis libros de cuentos anteriores. Yo tengo la impresión de que este libro simplemente agrega una serie de cuentos a una cantidad ya bastante crecida y que abarca más de treinta años de trabajo, es decir, ese tipo de cuentos que me son naturales, por así decirlo, o sea cuentos donde el elemento fantástico se hace casi siempre presente, no siempre, pero casi siempre son cuentos donde todo lo latinoamericano está también muy presente no sólo en el lenguaje sino en la temática, y concretamente hay dos cuentos que se desarrollan en la Argentina. O sea que en realidad yo no diría que hay la menor ruptura en la serie.

Si no hay ruptura, ¿hay en estos cuentos alguna nueva aportación en el plano técnico o en el temático?

Parecería un poco inmodesto contestar afirmativamente, pero yo no tengo, en todo caso, ninguna falsa modestia. O sea, tengo la impresión de que si continúo escribiendo cuentos, esos cuentos no son repetitivos, o sea, que es un nuevo paso en algún sentido, a veces tal vez sea un paso hacia adelante, a veces puede ser una bifurcación hacia algún lado donde me parece que hay todavía posibilidades que yo mismo no he indagado, que no he explorado. Si no fuese así no tendría ningún interés, ninguna curiosidad por escribir cuentos. De modo que digamos que sí, que pienso que ahí debe haber alguna aportación, pero es a los críticos y a los lectores a quienes les toca decirlo.

De estos ocho cuentos de su libro “Deshoras”, ¿qué cuento es más de su preferencia? ¿A qué cuento le tiene usted más apego, más cariño?

Es difícil elegir un cuento. Puede haber un cuento que me interesa por la forma en que lo he escrito, es decir, ese combate que el escritor lucha consigo mismo para finalmente obtener algún resultado literario, pero también podría citar algún cuento en donde lo que me interesa es sobre todo la temática. Entonces, empezando por la temática, un cuento como “Pesadillas”, para mí cuenta mucho porque significa mucho, porque me parece una especie de resumen alegórico, si usted quiere, de la situación que se ha vivido en la Argentina en los últimos años. Ahora, si se trata ya del lado exclusivamente literario, a mí me interesa personalmente el último cuento, ese que se llama “Diario para un cuento”, porque es una especie de combate conmigo mismo para tratar de llegar a un resultado, no sé si lo comprende o no.

¿Por qué ha escogido el título de “Deshoras” para este libro?

Una buena pregunta, sólo que hago la observación al paso de que el primer cuento no es un cuento, se llama epílogo de cuento. Es lo que me sucedió exactamente tal cual, y no está contado como un cuento sino como un documento privado. Yendo al título de “Deshoras”, siempre que reúno siete, ocho o nueve cuentos para un volumen, se me plantea el problema del título; me gusta, siempre que puedo, que el título de alguno de los cuentos que están en el libro sirva para la totalidad. A veces se puede y a veces no. Porque ese título tiene que resumir la atmósfera general del libro, y en este caso creo que Deshoras es con esa noción que tiene la palabra, que yo la uso un poco insólitamente en plural, porque en general se dice “llegar a deshora”, por ejemplo. Y yo la separo de la frase hecha, y la pongo en plural porque me parece que los ocho cuentos del libro, de alguna manera, todos son “encuentros a deshora”, hay pasos así, en que el destino se juega un poco, porque hay un desajuste entre la realidad y los personajes.

¿Interviene en este libro el tema del juego? ¿El juego del escritor con lo que escribe, y el juego con el lector?

Bueno, sí, desde luego que interviene, porque todos los elementos de juego, pero entendido seriamente, son una constante en la mayoría de las cosas que llevo hechas, y aquí el juego es bastante explícito. Por ejemplo, en ese cuento que se llama “Satarsa”, el personaje trata de ver lo que está sucediendo y lo que le puede suceder a través de juegos de palabras, eso no parece muy serio, pero usted sabe que la magia de las palabras es una de las formas que se cultivan desde la más alta antigüedad, y entonces ahí hay una referencia muy directa a uno de los grandes juegos que ha jugado siempre el hombre, a través de la Kábala por ejemplo, y a través de todas las posibilidades de adivinación, a través del idioma y por medio del idioma. Hay un viejo juego, que yo sigo practicando con resultados que me asombran, que es lo que alguien llamó la “poetomancia”. O sea, tomar un libro de poemas, cualquier libro de poemas, cerrar los ojos, abrirlos y poner el dedo en un verso y leer ese verso; es impresionante la cantidad de veces que en mi caso, el verso en el que caigo me ilumina un futuro inmediato o me aclara un pasado o me muestra cuál es mi presente, entonces, ¡cómo no creer en el poder del lenguaje cuando ese simple juego se vuelve una cosa seria!

Usted habla en su último relato de la “cosquilla del cuento”. ¿Suele traerle ya esa “cosquilla”, la manera de hacer cuentos?

Puedo contestar afirmativamente a eso, sí, porque, claro, es más que una “cosquilla”, es...

¿La “manera” o la “estructura”?

Bueno, tal vez estamos hablando de la misma cosa, porque la estructura no puede ser una estructura si no contiene una opción previa sobre la forma en que se va a construir el cuento; y en general, la noción general del cuento, el tema en “grosso modo” en mí viene acompañado ya de la forma en que tengo que hacerlo. Es decir, yo sé automáticamente cuando me pongo a la máquina que tengo una idea general de un cuento que me obsesiona, esa es la “cosquilla”, que me obliga a escribirlo; pero también sé, sin poder dar ninguna explicación racional, si ese cuento lo voy a escribir en primera persona o en tercera. Eso lo sé, lo sé sin razones, sé perfectamente que voy a empezar a hablar de mi “yo”, o bien voy a empezar a hablar de algún punto o algún tema. Y eso no tiene explicación, eso se da así.

¿Le plantean muchos problemas los llamados “finales perfectamente cerrados” en los relatos breves? Y, ¿cuándo rompe la norma?

Por lo que a mí se refiere, la idea que yo me hago del cuento y la forma en que lo realizo es siempre un orden muy cerrado. Por ahí he escrito que para mí un cuento evoca la idea de la esfera, es decir, la esfera, esa forma geométrica perfecta en la que un punto puede separarse de la superficie total, de la misma manera que una novela la veo con un orden muy abierto, donde las posibilidades de bifurcar y entrar en nuevos campos son ilimitadas. La novela es un campo abierto verdaderamente; para mí, un cuento, tal como yo lo concibo y tal como a mí me gusta, tiene límites y, claro, son límites muy exigentes, porque son implacables; bastaría que una frase o una palabra se saliera de ese límite para que, en mi opinión, el cuento se viniera abajo. Y he visto muchos cuentos venirse abajo por eso, por destruirlo todo en el último momento, por ejemplo, con una tentativa de explicación de un misterio, cuando el misterio era más que suficiente en el cuento, cada uno podría encontrar allí su propia lectura, su propia interpretación. Hay gente que malogra cuentos, poniéndolos excesivamente explícitos, entonces la esfera se rompe, deja de ser el orden cerrado.

¿Qué es un cuento para usted?

Yo creo que nadie ha definido hasta hoy un cuento de manera satisfactoria, cada escritor tiene su propia idea del cuento. En mi caso, el cuento es un relato en el que lo que interesa es una cierta tensión, una cierta capacidad de atrapar al lector y llevarlo de una manera que podemos calificar casi de fatal hacia una desembocadura, hacia un final. Aunque parezca broma, un cuento es como andar en bicicleta, mientras se mantiene la velocidad el equilibrio es muy fácil, pero si se empieza a perder velocidad ahí te caes y un cuento que pierde velocidad al final, pues es un golpe para el autor y para el lector.

Estos ocho cuentos, ¿cómo podrían clasificarse de alguna manera?

Me parece a mí que hay dos tipos de cuentos bastante diferenciados. Algunos en donde predomina el elemento fantástico, que usted sabe bien que es una constante en casi todos los cuentos que he escrito. En otros cuentos, aunque también esté presente un factor fantástico, lo que me ha interesado a mí directamente ha sido una referencia directa a problemas que me angustian personalmente, a mí y a tantos más, concretamente a conflictos que afectan al tema de América Latina en general.

En este libro aparecen cuentos llenos de nostalgia.

Tal vez para un escritor la única manera de combatir ciertas nostalgias es escribiendo y, naturalmente, la nostalgia se abre paso en el tema del cuento y en todo el cuento, pero en estos de “Deshoras” yo creo que hay algo más que nostalgias. Hay denuncia, hay protesta y hay combate por lo que sucede en la Argentina, es decir, un clima de opresión, un clima de miedo, de desapariciones y de asesinatos, todo eso se refleja con bastante claridad, por lo menos, en uno de los cuentos.

Hay un cuento suyo en su libro “Deshoras” que da la impresión de acercarse más a un ejercicio de experimentación. ¿Cómo clasificaría usted este relato?

Bueno, es un experimento para ver si frente al problema de no encontrar un camino para escribir un cuento -al describir esas dificultades en forma de Diario (es decir, todos los problemas del escritor que no encuentra el camino)-, el cuento queda atrapado dentro del Diario. Digamos que puede haber un cierto elemento de trampa en eso, puesto que yo tenía conciencia de lo que estaba haciendo, pero soy muy sincero cuando digo que nunca hubiera podido escribir ese cuento directamente como un cuento, tuve que dar vueltas en torno a él, mirándolo por todos lados y hablando continuamente de los problemas que me impedían escribirlo, y sucedió que al ir haciendo eso, el cuento se fue armando por dentro, bueno, eso es si usted quiere, la experiencia. Espero que el lector la sienta como tal y le agrade.

En este momento, en 1983, tras haber escrito numerosos libros de cuentos, ¿cree usted que existe actualmente una evolución en la forma de contar o bien prosigue con los caminos ya iniciados anteriormente?

No lo sé a ciencia cierta. Por un lado me doy cuenta de que con los años y por el hecho, quizás, de haber escrito ya tantos cuentos, estoy trabajando de una manera más seca, más sintética. Me doy cuenta al escribir que cada vez elimino más elementos, no diré de adorno, pero sí elementos de estilo que al comienzo de mi trabajo se hacían ver, se hacían sentir, y que tal vez le daban más follaje, más savia a los cuentos; algún crítico me ha señalado que estoy escribiendo de una manera muy seca, con lo que quiere decir, demasiado seca; no creo que sea demasiado. Tengo la impresión de que he llegado a un momento en que digo lo que quiero decir y no necesito agregar una sola palabra más. Tengo la impresión también de que los lectores actuales, los lectores que ahora se interesan por la literatura, sobre todo por la latinoamericana, están altamente capacitados para seguir ese estilo, ya no necesitan el floripondio romántico ni el desborde de tipo barroco. Yo creo que el mensaje puede llegar directamente y con toda intensidad, con lo cual no quiero decir que mi manera de escribir sea la única que me parece válida, muy al contrario. Pero desde luego hay una evolución, espero que los críticos no digan que es una involución, pero no me toca a mí saberlo.

13 de agosto de 2019

Sobre el trabajo, el ocio y la alienación (IV). La humanidad sobrante


Entre finales de la década de ‘70 y comienzos de los años ‘80 coincidieron varios fenómenos económicos y sociales que afectaron las maneras de organizar el trabajo y condujeron, en muchos aspectos, a una nueva “lógica organizacional”, tal como la define el sociólogo y economista español Manuel Castells (1942) en “La transformación del trabajo”. Entre esos fenómenos se destacan, entre otros, el agotamiento de la producción en masa, la aplicación de políticas económicas neoliberales, la crisis de rentabilidad y de las grandes corporaciones y la invasión de las tecnologías informáticas. Por estas razones, la organización del trabajo en las empresas sufrió, tanto en su dimensión técnica como en la social, una mutación estructural en relación al modelo de organización y de administración anterior. Hasta entonces las empresas se configuraban como estructuras administrativas rigurosamente centralizadas, más o menos autoritarias y verticales, con una relativa claridad tanto en el reparto de las tareas (dimensión técnica) como en la distribución de las relaciones de poder (dimensión social). Castells recuerda que esa transformación trajo aparejada la desintegración de la gran empresa estructurada según los principios de la integración vertical y de una división (social y técnica) particular del trabajo. La organización vertical fue sustituida por la “firma horizontal”, es decir, “una red dinámica y estratégicamente concebida de unidades autoprogramadas y autodirigidas, fundadas sobre la descentralización, la participación y la coordinación”.
De todas maneras, a pesar de esos cambios estructurales, la alienación, el estrés, los salarios bajos, la explotación laboral y la pobreza siguen estando presentes en la sociedad actual a través de las nuevas tecnologías. Con el paso de los años y las innovaciones tecnológicas, lejos de conseguir mejorar las condiciones de vida de la mayor parte de las personas, se ha cambiado de método pero no de condiciones. La vida de los seres humanos está siendo dominada por poderes impersonales que no pueden controlar, desde burocracias políticas hasta fuerzas económicas. Ya no se habla sólo de alienación como lo hacían los sociólogos tras las transformaciones en materia laboral introducidas tras la Revolución Industrial. La enojosa situación de los obreros a mediados del siglo XIX sigue siendo válida para la mayor parte del trabajo que se hace en las oficinas y en el sector de los servicios a inicios del siglo XXI. En su libro “The overworked american” (El americano agotado), la socióloga estadounidense Juliet Schor (1955) afirma que “el 30% de las personas adultas de Estados Unidos dice que experimenta altos niveles de estrés casi cada día, y un porcentaje aún más alto dice que experimentan un estrés elevado al menos una o dos veces a la semana. La población de Estados Unidos se está matando, literalmente, a base de trabajar en exceso, lo que se ve claramente en el papel adyuvante del trabajo en desarrollar patologías cardíacas, hipertensión, problemas gástricos, depresión, agotamiento y otras patologías muy diversas”. Si esto pasa en la mayor de las potencias económicas del mundo, es casi inimaginable lo que pasa en los países subdesarrollados o en los eufemísticamente llamados países en “vías de desarrollo” o “emergentes”.


Hace doscientos años el economista inglés David Ricardo (1772-1823) advertía en su libro “On the principles of political economy and taxation” (Principios de economía política y tributación): “Estoy convencido de que la sustitución del trabajo humano por las máquinas es con frecuencia perjudicial para los intereses de la clase trabajadora. Tengo motivos para creer que el fondo del que los propietarios terratenientes y los capitalistas obtienen sus rendimientos puede aumentar, mientras que el otro fondo, del que depende fundamentalmente la clase trabajadora, puede disminuir; así que por consiguiente, afirmo que la misma causa que puede aumentar la renta neta del país puede, al mismo tiempo, dejar población sobrante y empeorar las condiciones de vida de los trabajadores”. Hoy, los avances tecnológicos florecientes en una serie de campos, incluyendo la robótica, la inteligencia artificial, la nanotecnología, la computación cuántica y la biotecnología, productos todos ellos de la denominada Cuarta Revolución Industrial, afectarán aún más la situación de los trabajadores.
La lista de ocupaciones que, según los investigadores, podrían dejar de existir aumenta diariamente. Se estima que entre un tercio y la mitad de todos los empleos son susceptibles de ser automatizados en los próximos veinticinco años. En América Latina, donde los trabajos suelen ser más intensivos en mano de obra y, por lo tanto, más automatizables en principio, esta cifra sería incluso más alta. En un mundo en el que las nuevas tecnologías pudiesen hacer todo el trabajo cabría preguntarse de qué se ocuparán los seres humanos. Dejando de lado ciertas profesiones, en un mundo así la inmensa mayoría de los bienes y servicios se producirían sin necesidad de asalariados, convirtiendo la economía, como decía el sociólogo y filósofo polaco-británico Zygmunt Bauman (1925-2017)​​ en “Wasted lives. Modernity and its outcasts” (Vidas desperdiciadas. La modernidad y sus parias), en una gran máquina de fabricar “desperdicios humanos” que no tienen ningún papel útil que desempeñar y ninguna oportunidad de ganarse la vida.


La sociedad actual se caracteriza por un sector industrial en disminución y el predominio del sector de servicios, y la era postindustrial se ha caracterizado por una disminución espectacular en la demanda de trabajo no cualificado. En el mercado laboral moderno, los contextos de empleo son cada vez más diferenciados, y con una competición creciente por los puestos. El rendimiento académico individual se ha convertido en un requisito previo para la supervivencia económica. Así como el dominio de la tierra y el agua hicieron efectiva la revolución agrícola y con ella al mundo antiguo, el dominio de la energía cinética hizo posible la forma social industrial que predominó hasta fines del siglo XX. Hoy, los seres humanos son cada día más prescindibles frente a una tecnología en la que la ingeniería electrónica, los sistemas computacionales y la robótica se constituyen en el puntal de una revolución científica y tecnológica en la que el trabajo y la productividad adquieren un nuevo significado y sentido.
Los adalides del sistema económico dominante siempre han dicho que el trabajo es la fuente creadora de la riqueza, por lo que era importante trabajar y ganarse el sustento ya que la ociosidad era la madre de todos los vicios. Pero el final del siglo XX y lo que va del siglo XXI, con una contundencia nunca antes vista, hizo del trabajo una mercancía en devaluación constante. La nueva realidad es que el trabajo cada vez valdrá menos. No hay en el presente una respuesta desde la teoría económica para resolver el problema del desempleo, la distribución de la riqueza, la pobreza y las múltiples desigualdades económicas. Desde el propio ámbito ultra liberal, representado en este caso por el economista estadounidense Jeremy Rifkin (1945), se reconoce sin tapujos que la revolución tecnológica traerá aparejada una gran reducción del trabajo. “Antes de que nuestra forma de trabajar se vea afectada por esas profundas reformas, hace falta reconocer que nos espera un futuro en el que el papel tradicional de los puestos de trabajo en el sector privado, en cuanto sostén de nuestra vida económica y social, será superado definitivamente”, asegura en “The end of work” (El fin del trabajo), y hasta considera que “la desaparición del trabajo puede ser una buena ocasión para todos, ya que, por ejemplo, puede suponer la reducción de la jornada de trabajo y el surgimiento de nuevas oportunidades”.


Como quiera que sea, una realidad impera: la riqueza está cada día más concentrada en menos manos. El 1% de la población mundial supera en riqueza al 99% restante, y eso no va a cambiar de forma alguna bajo el actual modelo económico. Esta realidad sin dudas generará (ya lo viene haciendo) una forma de alienación diferente a la que históricamente ha predominado. Por esa razón es que ha emergido un nuevo discurso en el terreno laboral que enfatiza que los trabajadores hagan de sus pasiones su trabajo, o en caso de que esto no sea posible, convertir su trabajo en su pasión. A través de este procedimiento se desarrolla toda una manipulación psicológica encaminada a que el trabajador obtenga satisfacción y entretenimiento de su trabajo, de manera que las fronteras entre lo lúdico y lo laboral son hábilmente difuminadas. Es una estrategia dirigida a convertir el trabajo en una herramienta de realización personal que en vez de generar toda clase de daños psíquicos e insatisfacciones genera, por el contrario, una gran satisfacción psicológica hasta el punto de convertirse en fuente de felicidad. Lo que no se dice es que, en cada vez más sectores laborales, los niveles de explotación son mayores dada la precariedad, los magros sueldos y la incertidumbre sobre la conservación del empleo. En este sentido, la alienación consiste en aceptar la explotación económica, o sea, trabajar más horas por menos salario o incluso sin recibir ninguna remuneración a cambio, renunciar a las vacaciones, aumentar la disponibilidad más allá de la jornada laboral, estar dispuesto a aceptar salarios cada vez más bajos, menor duración de los contratos, etc. Esto no hace más que aumentar la precariedad, la inestabilidad, y convierte al trabajo en un completo tormento para un mayor número de trabajadores.
Asimismo, las actitudes antes descritas abocan irremediablemente a una dinámica completamente destructiva que se manifiesta en las razones justificadoras utilizadas. En lo que a esto respecta no puede olvidarse que en la sociedad capitalista el mercado laboral es altamente competitivo, lo que hace que explotarse a uno mismo sea considerado en muchas ocasiones la única manera de mejorar la empleabilidad. El resultado de esta dinámica es bastante paradójico debido a que los trabajadores, cuanto más intentan superar su alienación a través de fantasías de empleabilidad, más alienados están ya que lo único que finalmente consiguen es precarizar el trabajo, aumentar la explotación, perjudicar a los demás trabajadores y reforzar los valores capitalistas de producción de beneficios además del poder de los empresarios.
Sociedad postindustrial, así se ha denominado sociológicamente a las sociedades actuales, ámbitos en los que el trabajador típico ya no es el obrero dado que su trabajo paulatinamente se va sustituyendo por las nuevas tecnologías en constante progreso, algo que requiere un nuevo personal de técnicos y más empleados en las oficinas, el comercio, los transportes, los servicios. En ellas, las técnicas modernas de comunicación se dirigen simultáneamente a masas considerables de oyentes, a quienes bombardean incesantemente con imágenes, discursos huecos y trivialidades, y en quienes suscitan, mediante la publicidad o la propaganda, aspiraciones y necesidades siempre renovadas. Esto no hace más que convertirlas en agentes pasivos, consumidoras comerciales del ocio. De hecho hoy la sociedad de consumo consiste, en buena parte, en el consumo del ocio. Un ocio predominantemente pasivo, claro, en cuanto que unos lo disfrutan y son otros los que lo piensan y lo organizan; un ocio que forma parte de una importante industria cuyo objetivo es el rendimiento económico.


Ya no se habla del ocio como una experiencia integral de la persona y un derecho humano fundamental, como una experiencia compleja centrada en actuaciones queridas, libres, satisfactorias, con un fin en sí mismas y personales, con implicaciones individuales y sociales. Hoy por hoy, el ocio parece haberse convertido en una falacia que se diluye como una instancia más del proceso de reproducción ampliada del capital, en la barahúnda del intercambio y el consumo. El estar libre del trabajo no significa estar libre del capital, pues la reproducción ampliada del mismo ha ocupado todos los espacios de la cotidianidad más allá de los de las fábricas y las empresas. El tiempo libre provechoso, fructífero, saludable, es cada vez más una lejana utopía ante la avalancha apabullante del hedonismo de la cultura de masas. Ya lo decía en el siglo XVIII el filósofo francés Denis Diderot (1713-1784), una figura decisiva de la Ilustración, en “Principes philosophiques sur la matière et le mouvement” (Principios filosóficos sobre la materia y el movimiento): “El tiempo libre es la parte más importante de nuestra vida”.
Por algo a fines del siglo XIX el médico y teórico político franco-español Paul Lafargue (1842-1911) decía que “en la sociedad capitalista, el trabajo es la causa de toda degeneración intelectual, de toda deformación orgánica”. En “Le droit à la paresse” (El derecho a la pereza) manifestaba con suma ironía que “Jehová, el dios barbado y huraño, dio a sus adoradores el supremo ejemplo de la pereza ideal; después de seis días de trabajo, descansó por toda la eternidad”. Ya en 1738 el filósofo, economista e historiador escocés David Hume (1711-1776) alertaba en su “A treatise of human nature” (Tratado de la naturaleza humana) que “el trabajo y la pobreza, tan aborrecidos por todo el mundo, son el destino seguro de la gran mayoría”. Hoy, con una población mundial de aproximadamente 6.000 millones de personas de las cuales 1.400 millones sufren pobreza extrema y casi 900 millones sufren hambre, no tienen acceso al agua potable y a otros servicios básicos como la salud y la educación, en medio del dolor, de la miseria y de la corrupción, esas palabras parecen tener más vigencia que nunca.

12 de agosto de 2019

Sobre el trabajo, el ocio y la alienación (III). Tiempos modernos


Allá por el Medioevo, Tomás de Aquino (1225-1274) sostenía que la alienación era la posesión del cuerpo del hombre por el demonio y la libertad era anterior a su alienación por el demonio poseedor. Para el teólogo católico el demonio estaba ligado sólo a la carne, por lo que el fuego liberaba al espíritu de su cuerpo poseído. Según el filósofo escolástico, se trataba de un fenómeno que anulaba el libre albedrío de los individuos. Para la filosofía, el concepto nace con el filósofo suizo-francés Jean Jacques Rousseau (1712-1778). “El hombre ha nacido libre y, sin embargo, vive en todas partes encadenado. El mismo que se considera amo, no deja por eso de ser menos esclavo que los demás”, una frase lapidaria y dramáticamente sugestiva con que comienza “Du contrat social” (El contrato social). Un hombre vende sus bienes, su trabajo e incluso su libertad a otro hombre a cambio de su propia subsistencia. Pero el nuevo dueño de los bienes, el trabajo y la libertad, lejos de proporcionar la subsistencia de sus súbditos, saca provecho de ellos. Ante tal situación, Rousseau proponía la desposesión total de todos los derechos de los ciudadanos a favor de la comunidad, de manera de alcanzar una condición de igualdad entre todos sus miembros, quienes conformarían el contrato social.
En tiempos de la Ilustración, Philippe Pinel (1745-1826), médico francés pionero en el tratamiento de las enfermedades mentales, trató el tema de la alienación en su “Traité médico-philosophique sur l'aliénation mentale” (Tratado médico-filosófico sobre la alienación mental), en donde le atribuía a su origen un papel importante a los sucesos externos y las emociones violentas. Dos siglos más tarde se ha hecho evidente que existe una compleja relación que entrelaza la salud mental y el trabajo. La evidencia científica demuestra que la explotación, la discriminación, las inequidades de las condiciones de trabajo y las condiciones de empleo pueden tener consecuencias desastrosas en la salud y el bienestar de los trabajadores. El diagnóstico y la visibilidad del padecimiento mental, incluyendo la depresión, los trastornos de ansiedad, el estrés agudo y los desórdenes por estrés postraumáticos, se vinculan con las condiciones de trabajo y, en resumen, con la alienación que éstas producen.


Esto nos remite a los albores del siglo XX, cuando el ingeniero industrial y economista estadounidense Frederick Taylor (1856-1915) elaboró un sistema de organización del trabajo, ampliamente expuesto en “Principles of scientific management” (Los principios de la administración científica), obra en la cual propuso organizar las tareas de tal manera que se redujeran al mínimo los tiempos muertos por desplazamientos del trabajador o por cambios de actividad o de herramientas; y establecer un salario a destajo (por pieza producida) en función del tiempo de producción estimado, salario que debía actuar como incentivo para la intensificación del ritmo de trabajo. El sistema, conocido como “taylorismo”, marcó un antes y un después en materia de la organización del trabajo. Bajo una concepción mecanicista de las tareas realizadas por los trabajadores, se les consideraba como un elemento más del proceso productivo, con capacidad para diferentes movimientos mecánicos y repetitivos, pero sin necesidad de pensar respecto a sus ocupaciones. Taylor defendía la prosperidad de empresarios y, supuestamente, la de los trabajadores. Su método, efectivamente, provocó notables incrementos en la productividad de las empresas y en las ganancias de sus propietarios, pero nunca se dijo nada acerca de la alienación que esa “administración científica” produjo en los trabajadores.
Poco después Henry Ford (1863-1947), fundador de la fábrica de automóviles Ford Motor Company en Detroit, Estados Unidos, aplicó este sistema para la fabricación del famoso Ford T agregándole algunos cambios. En esta organización del trabajo, cada obrero tenía asignada una función muy específica que desarrollaba de manera monótona y en tiempos rigurosamente pautados. Incorporó cronómetros para pautar los ritmos de trabajo y la línea de montaje o cinta sin fin, por lo que los trabajadores debían moverse rápidamente siguiendo su ritmo. De esta forma se producía mucho más en menor tiempo y se expandía el mercado. Este trabajo embrutecedor agotaba a los obreros, muchos de los cuales optaban por dejarlo. Ante una tasa de rotación del personal sumamente elevada Ford aumentó los salarios a 5 dólares diarios, un monto por encima de lo que se pagaba por entonces, cosa que pudo hacer sin disminuir los beneficios dado el enorme aumento de la productividad y el pronunciado descenso del costo de producción que resultó de la introducción del trabajo en cadena. Los trabajadores, que no se sentían para nada interesados por un trabajo repetitivo que no dejaba lugar a iniciativa alguna de su parte, recuperaron (o creyeron hacerlo) fuera del trabajo su condición humana como consumidores, gracias a los salarios relativamente altos que percibían.


Por entonces el famosísimo actor y cineasta británico Charles Chaplin (1889-1977) estrenaba su inolvidable “Modern times” (Tiempos modernos), filme en el que satirizó la “racionalización industrial” del taylorismo-fordismo. Allí mostraba en tono humorístico la mecanización industrial, la robotización del hombre, su esclavización por la máquina. Cuando se estrenó, el 5 de febrero de 1936 en el Rivoli Theatre de Nueva York, todavía se sentían los efectos la Gran Depresión de 1929, es decir, la caída de la Bolsa en Wall Street, cuyos efectos se extendieron rápidamente a Europa y a otras regiones del mundo occidental. Tiempo antes del estreno, Chaplin había dicho en una entrevista que “las personas que trabajaban en las cadenas de montaje de Detroit, a los pocos años, se convertían en despojos humanos”. La crítica social implícita en la película más sus críticas al capitalismo en “Monsieur Verdoux” (El señor Verdoux) y a la intervención de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial con la utilización de armas de destrucción masiva, le valieron que el Comité de Actividades Antiamericanas lo acusara en 1947 de “destruir la fibra moral de América”. Cinco años más tarde, el Fiscal General de Estados Unidos denunciaba al actor por “pertenecer al Partido Comunista” y por “delitos contra la moralidad”, por lo cual pasaría el resto de su vida exiliado en Suiza.
A la sazón, el psicoanalista y filósofo humanista alemán Erich Fromm (1900-1980) mostraba su preocupación sobre el trabajo enajenado. Para este autor “los primeros siglos de la era moderna encuentran el significado del trabajo dividido en dos: el de ‘deber’ entre la clase media, y el de ‘trabajo forzado’ entre quienes no tenían propiedad ninguna”. Según sostenía Fromm en su “Die furcht vor der freiheit” (El miedo a la libertad), esta relación que mantenía el trabajador frente a su trabajo era el resultado de toda la organización social de la que formaba parte. También, al constituir una pieza del equipo contratado por el capital, su función estaba determinada por ese lugar en el conjunto. Por su parte, los filósofos alemanes Max Horkheimer (1895-1973) y Theodor Adorno (1903 -1969), dos de los máximos representantes de la Escuela de Fráncfort, publicaron “Dialektik der Aufklärung” (Dialéctica de la Ilustración), donde dieron cuenta de las consecuencias de todo ese mundo desenfrenado. “El progreso exige la autoalienación de los individuos, que deben adecuarse en cuerpo y alma a las exigencias del aparato técnico”, decían en las primeras páginas.


Ya anteriormente hubo varios autores que habían desarrollado conceptos que luego serían asociados con la alienación. El sociólogo y filósofo francés Émile Durkheim (1858-1917) por ejemplo, en sus obras “De la division du travail social” (La división del trabajo social) de 1893 y “Le suicide” (El suicidio) de 1897, utilizó el término “anomia” para indicar un conjunto de fenómenos que se manifestaban en la sociedad, en los que las normas que garantizaban la cohesión social entraban en crisis a raíz del alto desarrollo de la división del trabajo. Las tendencias sociales que tuvieron lugar luego de los inmensos cambios en el proceso productivo también constituyeron el fundamento de las reflexiones de sociólogos y filósofos alemanes. En el año 1900 Georg Simmel (1858-1918), en “Philosophie des geldes” (La filosofía del dinero), dedicó mucha atención al predominio de las instituciones sociales sobre los individuos y la creciente despersonalización de las relaciones humanas; mientras que Martin Heidegger (1889-1976) en “Sein und zeit” (Ser y tiempo) de 1927, habló de “caída en el mundo” como una forma de perderse en la inautenticidad y el conformismo. Para él, ese estado de ánimo designaba “el absorberse en la convivencia regida por la habladuría, la curiosidad y la ambigüedad”; un territorio, por consiguiente, completamente diferente al de la fábrica y de la condición obrera fabril. Además, esa condición de la “caída” no la consideraba como “mala y deplorable que, en una etapa más desarrollada de la cultura humana, pudiera quizás ser eliminada”, sino más bien como “un modo existencial de estar en el mundo”. Ciertamente estos autores consideraban a estos fenómenos como hechos inevitables, como un aspecto universal de la existencia humana, y sus reflexiones reflejaban el deseo de mejorar el orden social y político existente pero no el de reemplazarlo por otro diferente.
Ya en los años ’60 del pasado siglo surgieron otros pensadores que enfocaron sus análisis en la alienación, ya no sólo la producida por el trabajo sino también aquella que se experimentaba en los momentos de ocio. Por caso, el filósofo francés Guy Debord (1931-1994) hablaba en su “La société du spectacle” (La sociedad del espectáculo) del “deslizamiento generalizado del tener hacia el parecer”. Tales reflexiones lo impulsaron a cuestionar en el centro de su análisis al mundo del espectáculo: “En la sociedad, el espectáculo corresponde a una fabricación concreta de la alienación”, el fenómeno mediante el cual “el principio del fetichismo de la mercancía se cumple de un modo absoluto”. Retomando algunas tesis de los filósofos de la Escuela de Fráncfort según las cuales en la sociedad contemporánea hasta el entretenimiento estaba siendo subsumido por el orden social existente, aseveró que la alienación se afirmaba hasta el punto de convertirse incluso en una experiencia que entusiasmaba a los hombres quienes, dispuestos por este nuevo opio del pueblo al consumo y a “reconocerse en las imágenes dominantes”, se alejaban de sus propios deseos y existencia real: “El espectáculo señala el momento en que la mercancía ha alcanzado la ocupación total de la vida social. La producción económica moderna extiende su dictadura extensiva e intensamente hasta el punto de que el consumo alienado se convierte para las masas, en un deber añadido a la producción alienada”.


Otro tanto hizo Jean Baudrillard (1929-2007), quien también utilizó el concepto de alienación para interpretar críticamente las mutaciones sociales producidas por el capitalismo maduro. En “La société de consommation” (La sociedad de consumo), identificó en el consumo al factor primario de la sociedad moderna, en la cual la publicidad y las encuestas de opinión creaban necesidades ficticias y consensos masivos. Para el filósofo y sociólogo francés, se vivía “la era de la alienación radical”: “La lógica de la mercancía se ha generalizado y hoy gobierna, no sólo al proceso del trabajo y los productos materiales, sino también la cultura en su conjunto, la sexualidad, las relaciones humanas, hasta las fantasías y las pulsiones individuales. Todo se vuelve espectáculo, es decir, todo se presenta, se evoca, se orquesta en imágenes, en signos, en modelos consumibles”. Según su opinión, el eje del capitalismo había pasado de la producción al consumo. Tras la crisis del ‘29 se había hecho evidente que era fundamental no sólo producir mercancías sino también fabricar las necesidades, la demanda. “La simulación colectiva de las necesidades hace que la producción masiva sea sólo el intento inútil de recuperar lo real. La sociedad de consumo es, en definitiva, un mito, un modo del ‘pensamiento mágico’. Creemos en adquirir libremente objetos que necesitamos y, en el fondo, no hacemos sino perpetuar un código totalitario productor de diferencias sociales”.
Pero, mientras el sociólogo norteamericano Irving L. Horowitz (1929-2012) sostenía en su ensayo "The strange career of alienation” (La extraña trayectoria de la alienación) que ésta “implica una intensa desconexión o desarraigo de un individuo de las cosas, de la gente y de las ideas del mundo que le rodea”, otros sociólogos como el alemán Jürgen Habermas (1929) y el británico Anthony Giddens (1938) discutían el problema de la alienación de manera contradictoria. Para el primero, la noción de alienación no parecía ser importante en su obra “Erkenntnis und interesse” (Conocimiento e interés), aunque más tarde, en uno de los capítulos de “Der philosophische diskurs der moderne” (El discurso filosófico de la modernidad), la alienación resultaba ser una patología de los individuos frente a una socialización deficiente, ya que resultaban “dañadas las capacidades interactivas y los estilos personales de vida, la capacidad de las personas para responder autónomamente de sus acciones”. Para el segundo, según lo que expuso en “Capitalism and modern social theory” (El capitalismo y la teoría social moderna), si bien relativiza la exacerbación que el capitalismo habría supuesto de este problema ya que “los procesos de despojamiento son parte integrante de la maduración de las instituciones modernas”, reconoció que la alienación o el “hundimiento del yo” eran producto de los profundos cambios de las sociedades modernas y que su estudio era importante para evaluar el “orden social” de un “mundo desbocado”.