3 de junio de 2018

Clarice Lispector: "Escribir es una piedra lanzada a lo hondo de un pozo"

Clarice Lispector (1920-1977) es una de las más reconocidas escritoras de Brasil. De origen ucraniano, se radicó con su familia en el país sudamericano cuando apenas contaba con dos años de edad. Estudió Derecho en la Facultad Nacional a la vez que escribía pequeñas contribuciones periodísticas, una actividad que realizaría -con intervalos- prácticamente a lo largo de toda su vida en las revistas “Pan”, “Vamos Ler!” y “Manchete”, y en los periódicos “A Época”, “Diário do Povo”, “A Noite”, “Correio da Manhã”, “Diário da Noite”, “Dom Casmurro” y “Jornal do Brasil”. Es autora de las novelas “Perto do coração selvagem” (Cerca del corazón salvaje), “O lustre” (La lámpara), “A cidade sitiada” (La ciudad sitiada), “A maçã no escuro” (La manzana en la oscuridad), “A paixão segundo G.H” (La pasión según G.H.), “Uma aprendizagem ou o livro dos prazeres” (Un aprendizaje o el libro de los placeres), “A imitação da rosa” (La imitación de la rosa), “Água viva” (Agua viva), “A hora da estrela” (La hora de la estrella) y “Um sopro de vida: pulsações” (Un soplo de vida: pulsaciones). Asimismo publicó los libros de cuentos “Laços de familia” (Lazos de familia), “A legião estrangeira” (La legión extranjera), “Felicidade clandestina” (Felicidad clandestina), “A via crucis do corpo” (El vía crucis del cuerpo), “Onde estivestes de noite” (Dónde estuviste de noche) y “A bela e a fera” (La bella y la bestia). Además se publicaron varios libros de crónicas y correspondencia, y otros de literatura infantil. Su obra es una constante reflexión sobre el lenguaje y sobre los límites de la palabra. “La palabra tiene su terrible límite. Más allá de ese límite está el caos orgánico. Después del final de la palabra empieza el gran alarido eterno”, declaró en una oportunidad. Escribir era para ella una forma de salvación: “Escribiendo me libro de mí y puedo entonces descansar”, pero también una condena: “Tengo miedo de escribir. Es tan peligroso. Quien lo ha intentado lo sabe. Peligro de hurgar en lo que está oculto, pues el mundo no está en la superficie, está oculto en sus raíces sumergidas en las profundidades del mar. Escribir es una piedra lanzada a lo hondo de un pozo”. Lo cierto es que, a partir de esas contradicciones, con su lucidez tanto creadora como transgresora, logró abrir nuevos caminos para la literatura brasileña. En enero de 1977, apenas unos pocos meses antes de fallecer víctima de una enfermedad terminal, Clarice Lispector concurrió a una emisora de la televisión de San Pablo para participar en un programa de debates sobre cine. Una vez finalizado el espacio, y contrariando sus hábitos, aceptó la invitación del director de la emisora para que grabase una entrevista, la que fue realizada por el periodista Julio Lerner. Fue, de hecho, la última entrevista que le hicieron y una de las pocas que concedió en su vida. La misma fue publicada en la revista “Raíces” nº 13 en 1992.


¿De dónde viene ese “Lispector”?

Es un apellido latino, ¿no es cierto? Yo le pregunté a mi padre desde cuándo había Lispector en Ucrania. Él me dijo que desde generaciones y generaciones atrás. Supongo que ese apellido fue rodando, rodando, perdiendo algunas sílabas y formando otra cosa que parece… “lis” y “peito” en latín… Es un apellido del que, cuando escribí mi primer libro, Sergio Milliet (yo era entonces completamente desconocida, por supuesto) dijo: “Esa escritora de apellido desagradable, ciertamente un seudónimo…”. No lo era, era mi verdadero apellido.

¿Usted llegó a conocer a Sergio Milliet personalmente?

Nunca. Porque yo publiqué mi primer libro y me fui del Brasil para viajar porque me casé con un diplomático brasileño, de modo que no conocí a quienes escribieron sobre mí.

Clarice, ¿qué hacía profesionalmente su padre?

Representaciones de firmas, cosas así. Cuando él de verdad daba para cosas del espíritu.

¿Hay alguien en la familia Lispector que haya llegado a escribir alguna cosa?

Yo me enteré últimamente, para mi gran sorpresa, de que mi madre escribía. Yo tengo una hermana. Elisa Lispector, que escribe novelas. Y tengo otra hermana, llamada Tania Kaufman, que escribe libros técnicos.

¿Usted llegó a leer las cosas que su madre escribió?

No, yo sólo lo supe hace unos pocos meses.

Pero no tenía condiciones de…

No. Lo que supe a través de una tía. “¿Sabes que tu madre hacía un diario y escribía poesías?”. Yo me quedé estúpida…

En las raras entrevistas que usted ha concedido surge, casi necesariamente, la pregunta de cómo comenzó a escribir y cuándo.

Antes de los siete años ya fabulaba, ya inventaba historias. Por ejemplo, inventé una historia que no acababa nunca. Es muy complicada de explicar esa historia. Cuando comencé a leer, comencé también a escribir. Pequeñas historias.

Cuando la joven, prácticamente adolescente, Clarice Lispector descubre la literatura, es realmente aquel campo de creación humana que más la atrae. ¿Tenía la joven Clarice algún objetivo específico, o sólo escribir, sin determinar algún tipo de público?

Sólo escribir.

Clarice, ¿a partir de qué momento usted decide asumir efectivamente la carrera de escritora?

Nunca la asumí. Nunca la asumí.

¿Por qué?

Yo no soy una profesional, yo sólo escribo cuando quiero. Soy una amateur y he decidido seguir haciéndolo. Profesionalmente es aquel que tiene una obligación consigo mismo de escribir. O con otro, en relación a otro. Ahora yo he decidido no ser una profesional… para conservar mi libertad.

¿Usted produce con frecuencia o tiene etapas?

Tengo etapas de producir intensamente y tengo etapas-hiatos, en los que la vida se me vuelve intolerable.

¿Y esos hiatos son largos?

Depende. Pueden ser largos y yo vegeto o, para salvarme, me lanzo a alguna otra cosa; por ejemplo, terminé una novela, quedé medio vacía, entonces estoy haciendo cuentos para chicos.

¿Cómo explica usted a Clarice Lispector volcándose a la literatura infantil?

Comenzó con mi hijo, cuando él tenía seis años, o cinco: me ordenó que escribiese una historia para él. Y yo la escribí. Después la guardé y no me acordé nunca más. Hasta que me pidieron un libro infantil. Yo dije que no tenía. Me había olvidado totalmente de aquello. Era tan poco literatura para mí… yo no quería usarlo para publicar. Era para mi hijo. Me acordé: “Bueno, tengo, sí”. Entonces fue publicado. Fueron tres libros de literatura infantil y ahora estoy haciendo el cuarto.

¿A usted le resulta más fácil comunicarse con un adulto o con un niño?

Comunicarme con un niño me resulta fácil porque yo soy muy maternal. Cuando me comunico con un adulto, en verdad me estoy comunicando con lo más secreto de mí misma. Ahí se hace difícil, ¿no es cierto?

¿El adulto es siempre solitario?

El adulto es triste y solitario.

¿Y el niño?

El niño tiene la fantasía libre…

¿A partir de qué momento, según la escritora, el ser humano se va volviendo triste y solitario?

Ah, eso es secreto… Disculpe, no voy a responder. En cualquier momento, basta un choque un poco inesperado y eso sucede… Pero yo no soy solitaria, no. Tengo muchos amigos. Y sólo estoy triste hoy porque estoy cansada… Por lo general soy alegre.

Rilke, en su “Carta a un joven poeta”, respondiendo a una de sus cartas preguntaba al joven que pretendía hacerse escritor: “Si usted no pudiese escribir más, ¿moriría?” Yo le transfiero esa misma pregunta a usted.

Yo siento que cuando no escribo estoy muerta…

¿Esa etapa?

Es muy dura la etapa entre un trabajo y otro, y al mismo tiempo es necesario que haya una especie de vaciamiento de la cabeza para que pueda nacer alguna otra cosa, si es que nace. Es todo tan incierto…

¿Usted se considera una escritora popular?

No.

¿Por qué razón?

Hasta me tildan de hermética… ¿Cómo puedo ser popular siendo “hermética”?

¿Y cómo considera usted esta observación, que colocamos entre comillas, de “hermética”?

Yo me comprendo, de modo que no soy hermética para mí. Bueno, tengo un cuento mío que no comprendo muy bien… Yo escribo sin esperanzas de que lo que escribo cambie alguna cosa. No cambia nada…

Entonces, ¿para qué seguir escribiendo Clarice?

¿Acaso yo lo sé? Porque en el fondo la gente no quiere cambiar las cosas. La gente quiere soltarse de una manera o de otra, ¿no es cierto?

A su criterio, ¿cuál es el papel del escritor brasileño de hoy en día?

El de hablar lo menos posible.

Usted entra en contacto, creo que con frecuencia, con los jóvenes universitarios…

De vez en cuando me buscaban, pero tienen mucho miedo de molestarme. Tienen mucho miedo de que yo no los reciba…

¿Por qué razón?

Yo no lo sé, no sé por qué.

Pero aquellos que consiguen romper la timidez…

Entonces se sienten completamente cómodos conmigo y toman café conmigo y entran a mi casa y yo los recibo como amigos.

Normalmente el contacto del joven estudiante con usted, ¿qué tipo de preocupación revela?

Revela cosas sorprendentes, que ellos están en la mía…

¿Qué significa “estar en la suya”?

Es que a veces pienso que estoy aislada y cuando miro estoy rodeada de universitarios, gente muy joven, que está completamente de mi lado. Eso me asombra y resulta gratificante, ¿no es cierto?

Oímos con frecuencia que las nuevas generaciones leen poco en Brasil, ¿usted confirma eso?

Bueno, los universitarios están obligados a leer porque se les impone. Ahora no estoy al tanto de los otros.

¿Usted cree que la dificultad de entenderla es sólo de algunas camadas de nuestro tiempo y que con las nuevas generaciones usted será entendida de inmediato?

No tengo la menor idea, no tengo la menor idea… Yo sé que antes ninguno me entendía y ahora me entienden.

¿A qué atribuye usted eso?

Yo siento que todo cambió, porque yo no cambié, no… Yo, no… Que yo sepa, no hice concesiones.

¿Pero qué habrá cambiado en la gente que la llevó a comprender su trabajo?

Realmente no lo sé, es una pregunta que le hago a usted, porque yo no la sé responder.

¿Usted discute mucho con la Clarice Lispector escritora?

No, yo me dejo ser.

¿Y conviven en paz?

A veces no, pero…

Normalmente, ¿qué tipo de problemas le trae a usted la Clarice Lispector escritora?

A veces, el hecho de que me consideren escritora me aísla.

¿Por qué razón?

Me pone un rótulo.

¿Y usted cree que la gente la mira a través de ese rótulo?

A veces a través de ese rótulo. Todo lo que digo, la mayor tontería, es considerada entonces como una cosa interesante o como algo bobo, pero todo basado en el ser escritora. Es por eso que no me presto mucho para esa cosa de ser escritora y dar entrevistas. Es porque no creo en eso.

Si esa es la tendencia del público, ¿cuál cree usted que debe ser el perfil medio de su lector?

Sabe que no lo sé…

¿No tiene idea?

No.

¿Usted cree que una persona va a una librería a comprar específicamente un libro de Clarice Lispector?

Parece que eso sucede… Lo sé porque a veces me telefonean y me preguntan en qué librería pueden encontrar mi libro. Entonces, es que hay personas que van a buscar precisamente mi libro. Porque en el fondo yo escribo de un modo muy simple, ¿sabe?

¿Será que las cosas simples son recibidas hoy de manera complicada?

Tal vez, tal vez… Pero escribo de una manera simple. Yo no adorno…

En su formación como escritora, ¿cuáles son aquellos escritores que usted siente que le influenciaron realmente?

No lo sé porque mezclé todo. Yo leía libros, novelas para adolescentes, libros, color de rosa… mezclados con Dostoievski. Escogía los libros por los títulos y no por los autores, de quienes no tenía conocimiento alguno. Mezclé todo. Leer a los trece años “El lobo estepario” de Hermann Hesse fue un shock. Entonces comencé a escribir un cuento que no terminaba nunca. Acabé rompiéndolo.

¿Eso sucede todavía, que escriba algo y después lo rompa?

Lo dejo de lado o… No, yo lo rompo, sí.

¿Es producto de la reflexión o es un acto emocional?

Es rabia, un poco de rabia.

¿Con quién?

Conmigo misma.

¿Por qué, Clarice?

Estoy un poco cansada…

¿De qué?

De mí misma.

¿Pero usted no renace y se renueva con cada trabajo nuevo?

Bueno, ahora yo morí… Pero vamos a ver si renazco de nuevo. Mientras tanto, yo estoy muerta… Estoy hablando desde mi sepulcro.

1 de junio de 2018

Entremeses literarios (CXCII)

EL ASALTO
Carlos Drummond de Andrade
Brasil (1902-1987)

La casa suntuosa en Leblon está guardada por un mastín de terrible semblante, que duerme con los ojos abiertos; o quizás no duerma, de tan vigilante que es. Por eso, la familia vive tranquila, y nunca hubo noticia de asalto a una residencia tan bien protegida. Hasta la semana pasada. La noche del jueves, un hombre logró abrir el pesado portal de hierro y penetrar en el jardín. Iba a hacer lo mismo con la puerta de la casa, cuando el perro, que astutamente lo había dejado acercarse (para arrancarle toda la ilusión conquistada), se lanza hacia él y lo acomete en la pierna izquierda. El ladrón quiso sacar el revólver, pero no hubo ni tiempo para ello. Cayendo al suelo, bajo las patas del enemigo, le suplicó con los ojos que lo dejase vivir y con la boca prometió que jamás intentaría asaltar aquella casa. Habló por lo bajo para no despertar a los residentes, temiendo que la situación pudiera agravarse. El animal pareció entender la súplica del ladrón y lo dejó salir en un estado lamentable. En el jardín quedó un trozo de pantalón. Al día siguiente, la criada no comprendió por qué razón una voz, al teléfono, diciendo que era de Salud Pública, preguntaba si el perro estaba vacunado. En ese momento, el perro, que estaba al lado de la doméstica, agitó la cola, afirmativamente.


PERPLEJIDAD
Raúl Brasca
Argentina (1948)

La cierva pasta con sus crías. El león se arroja sobre la cierva, que logra huir. El cazador sorprende al león y a la cierva en su carrera y prepara el fusil. Piensa: si mato al león tendré un buen trofeo, pero si mato a la cierva tendré trofeo y podré comerme su exquisita pata a la cazadora. De golpe, algo ha sobrecogido a la cierva. Piensa: si el león no me alcanza ¿volverá y se comerá a mis hijos? Precisamente el león está pensando: ¿para qué me canso con la madre cuando, sin ningún esfuerzo, podría comerme a las crías? Cierva, león y cazador se han detenido simultáneamente. Desconcertados, se miran. No saben que, por una coincidencia sumamente improbable, participan de un instante de perplejidad universal. Peces suspendidos a media agua, aves quietas como colgadas del cielo, todo ser animado que habita sobre la Tierra duda sin atinar a hacer un movimiento. Es el único, brevísimo hueco que se ha producido en la historia del mundo. Con el disparo del cazador se reanuda la vida.


UN PROBLEMA
Antonio J. Cebrián
España (1964)

Creo que tengo un problema. Algo extraño me está pasando pero no puedo precisar exactamente de qué se trata. Sólo sé que entre mis manos tengo un libro y en él puedo leer:
Creo que tengo un problema. Algo extraño me está pasando pero no puedo precisar exactamente de qué se trata. Sólo sé que entre mis manos tengo un libro y en él puedo leer:
Creo que tengo un problema. Algo extraño me está pasando pero no puedo precisar exactamente de qué se trata. Sólo sé que entre mis manos tengo un libro y en él puedo leer...


LAS GALLINAS
Jules Renard
Francia (1864-1910)

- Apuesto cualquier cosa -dijo la señora Le­pic- a que Honorina se ha olvidado otra vez de encerrar las gallinas.
Así era. Por la ventana podía comprobarse. Abajo, al fondo del gran patio, el pequeño techo del gallinero destacaba, en la noche, el cuadrado negro de su puerta abierta.
- Si fueses a cerrar el gallinero, Félix... -di­jo la señora Lepic al mayor de sus hijos.
- ¿Yo? Yo no estoy aquí para ocuparme de las gallinas -contestó Félix, muchacho pálido, indo­lente y poltrón.
- ¿Y tú, Ernestina?
- ¡Oh mamá!...  ¡Me da miedo!
El hermano mayor y la hermana Ernestina habían levantado apenas la cabeza para responder. Estaban leyendo, muy interesados, los codos sobre la mesa, y sus cabezas casi se rozaban.
- ¡Dios mío, qué tonta soy! -exclamó la se­ñora Lepic-. No se me había ocurrido. ¡Pelo de Zanahoria, ve a cerrar el gallinero!
Llamaba así a su hijo menor, porque tenía los cabellos rojizos y la piel llena de pecas. Pelo de Zanahoria, que estaba bajo la mesa, jugando, se puso de pie y dijo tímidamente:
- Pero, mamá... Es que yo también tengo miedo...
- ¿Cómo? -respondió la señora Lepic-. ¿Un grandullón como tú teniendo miedo? ¡Si es cosa de echarse a reír! ¡Vamos, rápido, a hacer lo que le mandan!
- Todos lo sabemos muy bien; es atrevido co­mo un gato montés -dijo su hermana Ernestina.
- No le tiene miedo a nada ni a nadie -aña­dió Félix, su hermano mayor.
Estos cumplimientos enorgullecieron a Pelo de Zanahoria y, avergonzado al sentirse indigno de ellos, luchaba ya contra su cobardía. Para alentarlo definitivamente, su madre le prometió una bofetada si no hacía caso al instante.
- Al menos, que alguien me alumbre -pidió el chiquillo.
La señora Lepic se encogió de hombros y el hermano Félix sonrió con desprecio. Ernestina, la única capaz de experimentar piedad, tomó una bujía y acompañó a su hermano hasta el extremo del corredor.
- Te esperaré aquí -le dijo. Pero se fue inmediatamente, aterrada, porque un golpe de viento hizo vacilar la llama de la bu­jía, apagándola.
Pelo de Zanahoria se puso entonces a temblar en las tinieblas. Sentía las nalgas endurecidas, los talones pegados al suelo. Las sombras eran tan es­pesas que por un instante se creyó ciego. A veces una ráfaga de viento lo envolvía como una manta helada, para llevárselo. ¿No eran zorros, quizá lo­bos, quienes soplaban sobre sus dedos, sobre sus mejillas? Lo mejor era precipitarse, al parecer, sobre las tinieblas, hacia el gallinero, la cabeza erguida, para agujerear así las sombras. Tambaleándose, llegó a empuñar la manija de la puerta. Al ruido de sus pasos, las gallinas espantadas se agitaron resbalando sobre sus estacas. Pelo de Zanahoria les gritó:
- ¡Cállense! ¡Soy yo!
Cerró la puerta y salió corriendo, las piernas y los brazos ligeros como alas. Cuando regresó, temblando, satisfecho de sí, al calor y a la luz, tuvo la sensación de cambiar por un traje nuevo y liviano unos andrajos llenos de barro y de lluvia. Permaneció erguido un instante, orgulloso, espe­rando las felicitaciones, y sintiéndose ya fuera de peligro, buscó en el rostro de sus familiares las huellas de las inquietudes que debió producir su ausencia. Pero su hermano mayor y su hermana Ernes­tina continuaban leyendo tranquilamente, y la se­ñora Lepic le dijo con el tono de voz más natural del mundo:
- Pelo de Zanahoria, de ahora en adelante te encargarás de cerrar el gallinero todas las noches.


DE LAS CRÓNICAS DE LA CIUDAD
Jairo Aníbal Niño
Colombia (1941-2010)

Nadie jamás le había hecho caso. Lo empujaban, lo pisaban, le cerraban las puertas en las narices. Ese día, había permanecido horas enteras esperando que el funcionario escuchara todas las verdades que tenía que decirle. Tuvo que marcharse cuando todos habían abandonado las oficinas y él vio que la noche lo había cogido sentado en el taburete. Cuando a la madrugada llegó a su casa de latas y pedazos de cartón, cuando vio a lo lejos la ciudad como un reguero de leche iluminada, se dijo a sí mismo: No te desesperes. Todo cambiará cuando dejes de ser invisible.


CARENCIAS
David Moreno Sanz
España (1976)

Un tipo que vive solo llega a casa, abre la puerta, la cierra tras de sí, se introduce en el pasillo y sale a recibirle un gato que no tiene. Ante la sorpresa inicial permanece quieto hasta que ese mismo gato se frota contra sus piernas. Le prepara entonces un plato de leche con galletas pero éste insiste en conducirle primero a la habitación de los hijos que no tiene para que les arrope y dé dos besos de buenas noches y después hasta la cama donde duerme la mujer que tampoco tiene. Confuso se pone el pijama, se lava los dientes y se tumba a su lado para descansar del duro día de trabajo que no tiene. Y piensa en mañana, en el futuro.


CIEN AÑOS
Rubem Fonseca
Brasil (1925)

Quien le dijo a Manuel que ese día cumplía cien años fue su vecina, doña Adelina.
- ¿Cómo sabes? -le preguntó Manuel.
- Me sé las edades de todos los vecinos. ¿Quieres que te las diga?
Manuel fue hasta el cubículo de la casa que llamaba oficina, escarbó en un montón de papeles y encontró el acta. Doña Adelina tenía razón. Cumplía cien años aquel día.
- ¿No va a celebrar? Cien años se merecen un festejo -dijo doña Adelina, cuando se encontraron de nuevo.
- ¿Cómo voy a celebrar? Todos mis parientes y amigos ya se murieron.
Manuel vivía en la misma casa hacía muchos años. Los muebles eran los mismos, los libros eran los mismos, sólo las toallas, las sábanas y los calzones no eran tan viejos. Hasta el clister era el mismo. Antes las cosas duraban, pensó Manuel, ahora cada año sale una nueva versión del mismo producto, dicen que ésa es una técnica comercial llamada obsolescencia programada. Entonces, súbitamente se acordó de que clister era una palabra que venía del griego y que significaba “jeringa”. Padecía de estreñimiento y usaba el clister para hacerse enemas a diario. Su aparato era una especie de jarra de vidrio con una pequeña llave que abría y cerraba, en la cual se colocaba un tubo largo de hule con un recipiente en la punta. Llenaba la jarra con un líquido especial y, recostado sobre el lado izquierdo, introducía la punta en el ano y abría la llave de la jarra, permitiendo que el líquido entrara en sus intestinos hasta sentir ganas de evacuar.
Pero ésa no puede ser la manera de conmemorar mis cien años; hago eso mismo desde hace decenas y decenas de años, pensó. Cien años no se conmemoran. ¿Cien años de qué? La vida es un sufrimiento continuo, el cuerpo sufre, la mente sufre, hay muchas enfermedades -y pensó en todas las enfermedades que existían, eran tantas que se podía llenar un libro de quinientas páginas-. ¿Era eso lo que iba a festejar? Entonces tuvo una idea. La mejor manera de conmemorar cien años es muriendo en la cama sin molestar a nadie.
- Voy a acostarme y morir -decidió.
Se recostó en la cama y se murió. Pero antes tuvo conciencia de una sensación de bienestar. Estaba feliz.


LA CREMA ANTIARRUGAS
Emilio del Carril
Puerto Rico (1959)

La primera vez que se puso una pequeña porción de la crema antiarrugas que le compró al vendedor de un país extraño, se le desaparecieron las pequeñas líneas de expresión. Desesperado por obtener resultados más dramáticos, al otro día embadurnó toda su cara. Horas después, se le había borrado el rostro. Desde ese día, todas las mañanas se pinta una cara nueva con sus acuarelas de infancia. Su única limitación es salir de la casa en los días lluviosos.


EL HOMBRE MIGRATORIO
Guillermo Martínez
Argentina (1962)

Enoch, de Rumania, soñó una noche que la muerte le daba alcance en un bosque de alerces nevados y ríos de escarcha. Al despertar, su mente simple concibió un plan simple. Con las primeras lluvias del otoño emigraría al hemisferio sur y, seis meses después, volvió a escapar del invierno retornando a su patria. Desde entonces sigue eternamente a las golondrinas en cautelosos barcos. Es entre los inmortales el más bronceado.


EL HOMBRE DE LOS PIES PERDIDOS
Gabriel Jiménez Emán
Venezuela (1950)

Un día un par de pies que habían perdido su dueño entraron a un bar a tomar cerveza.
- Disculpen -dijo el portero. Aquí no puede entrarse sin zapatos.
- Ah, es verdad -dijeron los pies, y se regresaron a una zapatería. Ahí fueron muy bien atendidos: encontraron a unos zapatos que les calzaron de maravilla. Entonces se dirigieron nuevamente al bar, y el portero se alegró mucho de que los pies estuviesen ahora protegidos y elegantes.
El hombre que había perdido sus pies estaba muy incómodo, pues los necesitaba para ir a tomar cerveza; era mediodía y hacía un calor terrible. El hombre se las arregló para llegar hasta un taxi, y pedirle lo llevara hasta donde quería ir. Al llegar a la puerta del bar, el portero le dijo:
- Disculpe señor. No se puede entrar sin pies.
- No puede hacerme esto -dijo el hombre. Es muy difícil encontrar unos pies a esta hora.
- No lo es -respondió el empleado-. Hace poco entraron unos aquí.
- Entonces deben ser los míos. Solemos tomar cerveza a esta misma hora. Déjeme entrar.
- No puedo -replicó el portero-. Mejor se los llamo. Espere aquí.
El portero se alejó a buscarlos, y el hombre pensó que era una gran suerte haber coincidido en aquel bar. Cuando el portero y los pies regresaron, el hombre no pudo reconocerlos, pues traían puestos unos extraños zapatos.
- ¿Qué desea? -preguntaron los zapatos.
- Quiero saber si esos son mis pies -respondió el hombre-. Los necesito para entrar al bar.
Entonces los zapatos comenzaron a desamarrar sus trenzas. Al instante, los pies estuvieron descubiertos, y con gran sorpresa el hombre vio que no eran los suyos. Los pies volvieron a calzar sus zapatos y, muy contentos de no pertenecer a nadie, regresaron al bar. El hombre aún no ha podido tomarse esa cerveza.