14 de noviembre de 2019

Kozma Prutkov, el otro Tolstoy


El conde Aleksey Konstantinovich Tolstoy, nacido en San Petersburgo el 5 de septiembre de 1817, fue un poeta, dramaturgo y novelista ruso cuya mayor contribución a las letras rusas fue -según la crítica- una trilogía de dramas históricos compuesta por “Smertʹ Ioanna Groznogo” (La muerte de Iván el Terrible, 1864), “Tsar Fyodor Ioannovich” (El Zar Fiodor Ivannovich, 1868) y “Tsar Boris” (El Zar Boris, 1870). Entre sus novelas sobresalen “Semya′ Vurdala′ka” (La familia Vurdalaka, 1839), “Oupyr” (El vampiro, 1841) y “Knyaz Serebryany” (El príncipe Serebrenni, 1862).
Como poeta lírico tuvo una considerable variedad de estilos y sentimientos. Además de muchos poemas de amor, como es el caso de “Ioann Damaskin” (Juan Damasceno, 1858), escribió versos satíricos en los que se burlaba de la burocracia rusa y los dirigentes políticos. El mejor ejemplo de ello es “Statskogo sovetnika Popova” (El sueño del concejal Popov, 1873). Buena parte de sus poemas fueron musicalizados por compositores de la talla de Modest Mussorgsky (1839-1881), Piotr Tchaikovsky (1840-1893), Nikolai Rimsky-Korsakov (1844-1908) y Sergei Rachmaninoff (1873-1943) entre otros.
Pero lo más destacado -en lo que a literatura se refiere- de su apacible y privilegiada vida en el ámbito de la nobleza rusa, fue la publicación en las revistas literarias “Sovremennik” y “Otechestvennye Zapiski” de una valiosa serie de versos, fábulas y aforismos de tono absurdo y satírico entre los años 1850 y 1860. Para escribir esos textos humorísticos recurrió a las plumas de tres primos (Alexander, Alexei y Vladimir Zhemchuzhnikov) y entre los cuatro crearon a Kozma Prutkov, un supuesto funcionario público del gobierno zarista nacido el 11 de abril de 1801 en el pueblo de Tenteleva y muerto el 13 de enero de 1863 por un derrame cerebral en su oficina cerca de su pequeña casa en Pustinka.
El ficticio Kozma Prutkov fue retratado como un empleado en el Ministerio de Finanzas, un burócrata “complaciente, ingenuo, bondadoso y leal”. Así, tras dar a conocer la pseudobiografía de Prutkov, se dedicaron bajo ese seudónimo a escribir sentencias como: “La luna es más útil que el sol, dado que brilla durante la noche cuando se necesita luz, mientras que el sol de poco sirve durante el día, cuando de todos modos hay luz”; “Las mejores cosas de la vida son indecentes o engordan”; “Todos dicen que la salud es lo más preciado, pero nadie la conserva” o “Cuando tenemos algo, no lo cuidamos; una vez perdido, lloramos”.


Los aforismos de Kozma Prutkov ganaron fama en los círculos literarios. El éxito fue tal que se convirtió con el correr de los años en un personaje “casi” de carne y hueso, hasta el punto de que hoy aparece en los diccionarios de autores como uno más de ellos, lo mismo que sucedió con Ellery Queen, la creación de los norteamericanos Frederick Dannay (1905-1982) y Manfred Bennington Lee (1905-1971) o con Honorio Bustos Domecq, la invención de los argentinos Jorge Luis Borges (1899-1986) y Adolfo Bioy Casares (1914-1999).


Aleksey Konstantinovich Tolstoy, pariente lejano del grandioso Lev Nikolayevich Tolstoy (1828-1910) murió en Krasny Rog el 10 de octubre de 1875. No se conocen, en cambio, datos de los hermanos Zhemchuzhnikov. Sólo se sabe que nacieron en Dolgorukovskaya, un barrio de Moscú, y que poseían una finca en Pavlovka cerca del pueblo de Vyazovoye, ubicado en el distrito de Krasnoyaruzhsky junto a la frontera con Ucrania. Al personaje imaginario Kozma Prutkov, en cambio, le erigieron una estatua en Arkhangelsk, una ciudad situada al norte de la Rusia europea a orillas del río Dviná, muy cerca de su desembocadura en el mar Blanco.

10 de noviembre de 2019

Cuentos selectos (XIII). Mempo Giardinelli: “El libro perdido de Jorge Luis Borges”


El cuento es una de las formas más antiguas de la literatura popular, una narración corta y sencilla acerca de un suceso real o imaginario que, de forma amena y artística, se puede manifestar escrita u oralmente. Su nombre proviene del latín ‘compŭtus’ y significa llevar cuenta o, en cierto modo, hacer que algo no se olvide. De hecho, el cuento apareció como una necesidad del ser humano de conocerse a sí mismo y, a la vez, difundir su historia, su existencia en este mundo. “Como territorio realmente liberado, no tiene límites físicos, no admite esquematismos porque es pura forma, puro contenido, pura resonancia”, dice el escritor y periodista argentino Mempo Giardinelli (1947) en su ensayo “Así se escribe un cuento”.
“La identificación del cuento -agrega-, sus existentes o negadas leyes, sus territorios y resonancias, son, en definitiva, su historia misma: el largo recorrido que empieza con las fábulas que contaba el esclavo Esopo y que es útil refrescar, a vuelamáquina, como conocimiento elemental para quienes aman este género. Homero -existiese él o haya sido una suma de gente- contó. Plutarco en sus ‘Vidas paralelas’; Julio César en sus ‘Comentarios’ y Tácito en sus ‘Historias’ y sus ‘Anales’, todos en el primer siglo de esta era, contaron. De hecho, uno podría pensar que toda la historia de la humanidad ha sido un cuento. Ha debido serlo, para ser escrita. Y al ser escrita se ha eternizado y, uno puede sospecharlo, ha provocado -viene haciéndolo- el inexplicable y maravilloso deseo -y tentación- que tiene cada hombre de contribuir con una página. Sólo una por lo menos, en la historia del cuento, que es la historia del Hombre”.
Giardinelli fundó en 1986 la revista literaria “Puro Cuento”, la cual dirigió hasta 1992. Colaborador habitual de diarios y revistas argentinos y latinoamericanos, ha publicado artículos y cuentos en casi todo el mundo. Sus artículos aparecen regularmente en diarios argentinos como “Página 12” (Buenos Aires), “La Voz del Interior” (Córdoba), “La Gaceta” (Tucumán), “El Litoral” (Corrientes) y “Norte” (Resistencia), así como en los diarios “El Mundo” (Madrid), “ABC Color” (Asunción) y “La Jornada (México)”. También colabora habitualmente en las revistas “Debate” (Buenos Aires), “Brecha” (Montevideo) y “Rocinante” (Chile).
Es autor de una decena de novelas, entre las que se pueden citar “Luna caliente”, “La revolución en bicicleta”, “El cielo con las manos”, “Qué solos se quedan los muertos”, “Santo oficio de la memoria” e “Imposible equilibrio”. También ha publicado libros de cuentos, entre ellos, “Vidas ejemplares”, “El castigo de Dios”, “Gente rara”, “Soñario” y “Luminoso amarillo y otros cuentos”. Entre sus ensayos pueden mencionarse “El género negro”, “Los argentinos y sus intelectuales” y “Volver a leer. Propuestas para ser un país de lectores”. Además ha incursionado en la literatura infantil con títulos como, entre otros, “Cuentos con mi papá”, “Luli la viajera” y “Celeste y la dinosauria en el jardín”; y en la poesía con “Invasión” y “Concierto de poesía a dos voces”.
Su obra ha sido traducida a más de veinte idiomas y ha recibido numerosos galardones literarios. También ha enseñado Periodismo y Comunicación Social en la Universidad Iberoamericana (México), la Universidad Nacional de La Plata (Argentina), la Universidad del Norte (Paraguay) y en la University of Virginia y la University of Louisville (Estados Unidos). Además es Doctor Honoris Causa por la Université de Poitiers (Francia) y ha dado conferencias y dictado cursos, seminarios y talleres en más de un centenar de universidades y academias de América y Europa.
En el primer número de su emblemática revista “Puro Cuento” (noviembre de 1986), se refería de esta manera al cuento: “Relación de sucesos reales: narración oral o escrita de sucesos verdaderos o ficticios; pieza literaria de menor extensión que la novela; fábula que se cuenta a los niños (¡y a los grandes!); chisme o enredo; noticia falsa o fabulosa, son algunas de las imposibles -y todas ciertas, ¡mágicamente!-definiciones de los buenos diccionarios. Por cierto, una sola condición habría que señalar a cualquiera de ellas, y es que lo narrado, el relato, además de riqueza y gusto en lo contado, debe captar la atención del lector, debe interesarlo, y eso sólo es posible si éste lo cree. Metido en el asunto como si lo hubiera vivido -y viviéndolo mientras lo escucha, mientras lo lee- es él el que completa ese acto de amor, acto de dos que es el cuento. Para luego reproducirlo, volver a contarlo, a gozarlo y así seguir eternizando la belleza del arte de contar”.
De este singular escritor consagrado internacionalmente se reproduce a renglón seguido “El libro perdido de Jorge Luis Borges”, un cuento extraído de “Estación Coghlan y otros cuentos” publicado en 2005.

EL LIBRO PERDIDO DE JORGE LUIS BORGES

Nunca conté esto antes, y ahora mismo no sabría explicar por qué. Creo que fue a fines de 1980, durante un vuelo entre la Ciudad de México y Nueva York. En el mismo avión viajaba Jorge Luis Borges, aunque él lo hacía en primera clase, por supuesto. En algún momento me atreví y le pedí a la comisaria de a bordo que me permitiera sentar al lado de él durante unos minutos. Accedió con esa proverbial simpatía de las mexicanas, y hasta me convidó a una copa de vino. Borges tenía los ojos cerrados y sobre su falda descansaba una carpeta de cuerina color obispo. Parecía rezar, aunque tratándose de él uno debía suponer que estaba componiendo o recitando un poema. Fue muy amable conmigo y cuando me presenté como compatriota dijo, sonriente:
- Quizá no sea casualidad que dos argentinos nos encontremos a tanta altura. Ya ve cómo nos cuesta tener los pies sobre la tierra.
Me preguntó en qué podía servirme y le respondí que simplemente no quería dejar pasar la ocasión de saludarlo y le conté, brevemente, que acababa de publicar un cuento titulado “La entrevista” en el que yo imaginaba que él, Borges, llegaba a los 130 años de edad sin ganar el Premio Nobel y un editor norteamericano de voz meliflua me encargaba a mí, para entonces un viejo cronista jubilado de 80 y pico de años, que lo entrevistara.
Naturalmente, Borges no se interesó por mi ficción, pero sí inquirió acerca de mi interés en él: quiso saber qué obras yo había leído, o cuáles conocía, al menos. Me di cuenta que le importaba distinguir a un cholulo de un lector, de modo que le conté que lo había leído completamente gracias a un torneo de escritores. Sin dudas lo halagué y desperté su curiosidad. Entonces le referí la breve historia de mis años de trabajo en la vieja Editorial Abril, donde además de una excelente escuela de periodistas había decenas de buenos poetas y narradores y casi todos jugaban bastante bien al ajedrez. 


Mencioné, por supuesto, a muchas distinguidas plumas de entonces, comienzos de los setenta, y comenté que todos lo habían leído y querían ganar el premio que la editorial había dispuesto para el campeonato de aquel grave año de 1975: sus Obras Completas. Pero quiso el azar (le dije, sabedor de que le encantaría tal atribución) que campeonato y premio los ganara yo, un jovencito infatuado que por entonces privilegiaba a la Revolución por sobre la Literatura y no lo había leído por puros prejuicios juveniles.
- Quizá usted tenía razón -me reconvino-. Fue el año en que yo dije que Pinochet y Videla eran dos caballeros. Un desatino del que hoy me avergüenzo.
De todos modos, era imperdonable que siendo yo entonces un joven aspirante a narrador no lo tuviese leído y bien leído, así que le conté que de inmediato había subsanado mi falta y le manifesté mis preferencias. En un momento él me interrumpió para pedirme que por favor no fuera tan superlativo, y finalmente le confesé que me llamaba mucho la atención su insistencia en mencionar textos tan inencontrables como el Nekronomikon, la Primera Enciclopedia de Tlön, El acercamiento a Almotásim, las obras de Herbert Quain tales como El Dios del Laberinto, Abril Marzo, El Espejo Secreto, etc., y sus menciones de otros autores que él solía nombrar como Joahnn Valentin Andre, Mir Bahadur Ali, Julius Barlach, Silas Haslam, Jaromir Hladik, Nils Runeberg, el chino T’sui Pen, Marcel Yarmolinsky, las confesiones de Meadows Taylor o las según él siempre oscuras, incomprensibles ideas filosóficas de Robert Fludd. Borges se rió de buena gana y me dijo, enigmáticamente:
- De todos esos libros, sólo uno es verdadero. Y lo tengo escrito.


Sólo atiné a mirarlo fijamente, encandilado por ese hombre delicado y magro cuya ceguera miraba mejor que nadie el infinito vacío que había del otro lado de las ventanillas, mientras acariciaba rutinariamente la empuñadora de su bastón.
El advirtió la densidad de mi silencio.
- Más aún: tengo aquí un borrador -dijo suavemente, casi un susurro-. ¿Quiere echarle una ojeada?
Me emocioné, diría, hasta el borde mismo del llanto. Le dije que por supuesto, le agradecí el gesto disimulando ineficazmente mi ansiedad, y cuando me tendió la carpeta de cuerina color obispo yo regresé a mi asiento en la clase turista, en el fondo del avión, y me sumergí en la lectura.
El texto llevaba un extraño, borgeano título que sinceramente no recuerdo con exactitud. Tonto de mí, creo confusamente que era El irregular Judas o algo así. Era una novela, o lo que yo supongo que debía haber sido la novela de Borges, mecanografiada por alguien a quien él le habría dictado. La trama era sencilla: Egon Christensen, un ingeniero danés, de Copenhague, llegaba a Buenos Aires en 1942 como jefe de máquinas de un carguero cuyo capitán no se atrevía a partir por temor a ser hundidos por los acorazados alemanes que infestaban el Atlántico Sur. Egon se radicaba cerca de La Plata, revalidaba su título de ingeniero y marchaba a Jujuy, conchabado por el Ingenio Ledesma. Su pasión era el ajedrez, admiraba a Max Euwe, y en Jujuy vivía una peripecia amorosa y otra deportiva, ambas colmadas de paradojas. Lo extraordinario, desde luego, eran su prosa, la infinita rigurosidad de vocablos, el armado preciso y despojado de la secuencia exponencial, una inevitable mención a Adolfo Bioy Casares, la retórica perfecta y sobre todo la erudición, que dejaba perplejo al privilegiado lector que yo era.


Cuando terminé, temblando de emoción y agradecimiento, le llevé la carpeta de regreso. Borges dormía, con la cabeza inclinada sobre un hombro como un capullo de algodón quebrado. Me pareció inconveniente despertarlo, y además estaba tan impresionado que sólo iba a ser capaz de decirle tonterías. Preferí depositar suavemente la carpeta sobre su regazo. Cuando llegamos al Aeropuerto Kennedy, a él lo recibió un montón de gente que subió al avión (editores o embajadores, supongo) y vi cómo se lo llevaban de prisa a un salón vip.
Al cruzar Migraciones vi también, y con espanto, que la misma carpeta de cuerina color obispo estaba en manos de un hombre muy alto, rubio, de inconfundible aspecto escandinavo. Me pareció haberlo visto en la primera clase, pero no estaba seguro y era ya un dato irrelevante: lo evidente era que le había robado el manuscrito a Borges. Me alarmé y dudé si denunciarlo a los gritos o correr hacia el hombre para rescatar la carpeta puesto que ya no podía avisarle a Borges ni a quienes lo acompañaban. El oficial de migración me dijo no sé qué cosa y en el segundo siguiente perdí de vista al danés, porque era un danés, sin dudas. Sentí un extraño pánico que me duró todo ese día y los que siguieron. Leí con angustia los diarios de toda esa semana, esperando encontrar una denuncia, el reclamo de Borges o sus representantes. Pensé incluso que él podría acusarme de semejante atropello.
Nada. No sucedió nada y, que yo sepa, él jamás pronunció una palabra sobre el episodio. Y yo no volví a verlo hasta una noche de 1985, ya en el desexilio, cuando de la Editorial Sudamericana me invitaron a una charla de Borges sobre un libro de viajes que había escrito con María Kodama. Fui con la intención de preguntarle acerca de aquella carpeta de cuerina color obispo. Pero en un momento, ante la primera pregunta del público, él contó que una vez, durante un viaje en avión, había soñado con un tipo que se le acercaba desde la clase turista y al que él engañaba entregándole un texto apócrifo que aquel hombre jamás le devolvía.
Decidí callar, por supuesto. Borges falleció tiempo después, como todo el mundo sabe, en Ginebra.

26 de octubre de 2019

Galileo Galilei, el mensajero de los astros

El primer encuentro de Galileo con las matemáticas se produjo en 1584. Tenía entonces veinte años y hasta ese momento su inquietud había sido más humanista y artística que científica. Los Galilei provenían de una antigua familia floren­tina venida a menos que hacia mediados del siglo XVI se trasladó a Pisa, donde el 15 de febrero de 1564 nació Galileo. Su padre era un hombre culto, músico teórico, compositor e intérprete, de manera que el ambiente familiar facilitó el desarrollo de las dotes artísticas que desde joven mostró Galileo.
Al igual que su padre, fue un buen intérprete de laúd; dibujaba bien y le atraían las letras: escribió poesías, hizo crítica literaria, intervino en polémicas artísticas y era un gran admirador de los poetas italianos, en especial Dante Alighieri (1265-1321) y Ludovico Ariosto (1474-1533), y amigo de pintores, sobre todo de Ludovico Cardi (1559-1613) llamado el Cigoli, quien en uno de sus cuadros elevó a la Virgen sobre una Luna que reproduce un dibujo que Galileo utilizó en su obra "Sidereus Nuncius" (Mensajero sideral). Según el historiador alemán Erwin Panofsky (1892-1968), Galileo en su juventud deseaba ser pintor, pero su padre lo envió a estudiar medicina, pensando restablecer con la profesión de médico el antiguo lustre de la familia y, en lo posible, mitigar las penurias económicas que fueron una característica de gran parte de la vida de Galileo y su familia.
En 1581, Galileo ingresó en la escuela de medicina de Pisa, comenzando así sus estudios universitarios que le permitieron entrar en contacto con las ideas de Platón de Atenas (427-347 a.C.) y Aristóteles de Estagira (384-322 a.C.). Por entonces se hallaba más interesado en las matemáticas, en especial la geometría, como fundamento de la pintura y la música, y comenzó a tomar clases en 1584. El contacto con la matemática de Euclides de Alejandría (330-275 a.C.) y Arquímedes de Siracusa (287-212 a.C.) provocó un vuelco decisivo en su vida; abandonó la medicina en 1585, mientras iniciaba su actividad docente ejerciendo la enseñanza privada en Florencia y en Siena.
Los primeros escritos de Galileo, "Theoremata circa centrum gravitatis solidum" (Teore­mas acerca de los centros de gravedad de los sólidos) de 1586 o 1587, y "La bilancetta" (La pequeña balanza), en la que describió la balanza hidrostática y que circuló manuscrito en 1588, fueron estudios inspirados en Arquímedes. Sus trabajos lo hicieron relacionarse con los matemáticos de la época y en 1589 logró ingresar como lector de matemática en la Universidad de Pisa, que cuatro años antes había abandonado como estudiante. En 1592 mejoró algo su situación al ingresar con igual cargo a la Universidad de Padua, en donde pasó los dieciocho años más fecundos y tranquilos de su vida., enseñando geometría, mecánica y astronomía, con su inevitable acompa­ñante, la astrología, a la que consideró con un marcado escepticismo.
El Arquímedes que influyó en Galileo, no fue tanto el matemático puro sino el autor de las leyes de la estática y la hidrostática. El hecho de que a partir de principios intuitivos y mediante teoremas matemáticos demostrados con todo rigor lógico pudieran obtenerse leyes naturales, lo condu­jo a uno de los principios básicos de la física actual: el de que la matemática es una herramienta indis­pensable en la investigación de la naturaleza.
Por supuesto, eran diferentes las atmós­feras culturales y las concepciones científicas de las épocas respectivas. Arquímedes, fiel a la concepción griega, fue un teó­rico, un contemplativo; su mundo matemático era un mundo de ideas y conceptos abstractos, en donde se anteponía el conocimineto a la acción. Galileo, en cambio, fue un científico del Renacimiento, una época de hombres prácticos, de hombres de acción. De su mente lúcida -pero también de su habilidad manual- salió el péndulo aplicado a los relojes, el compás de proporciones, el termoscopio, el telescopio y el microscopio. La construcción y el empleo por Galileo del instrumento óptico que en 1611, en el ámbito de la Academia dei Lincei, se denominó telescopio, representó un mo­mento importante en la historia de la ciencia, ya que dio co­mienzo a la era instrumental en la física e inició una nueva era en la astronomía: la telescópica.
Previamente, varios sistemas astronómicos se habían ocupado de los movimientos celestes, a saber, el del antes citado Aristóteles, el de Claudio Ptolomeo (85-165), el de Nicolás Copérnico (1473-1543) y el de Tycho Brahe (1546-1601). Dejando de lado este último, más artificioso que científico, los restantes mostraban diferencias frente a los dos criterios fundamentales según los cuales pueden clasificarse los sis­temas de la astronomía antigua: la movilidad de la Tierra y la realidad física del sistema.
El sistema de Aristóteles era una modificación del sistema de Eudoxo de Cnidos (408-355 a.C.), un sistema que explicaba los movimientos celestes me­diante un juego de veintisiete esferas que giraban uni­formemente alrededor de la Tierra fija e inmóvil. Un astrónomo algo posterior, Calipo de Cízico (370-300 a.C.), añadió a ese sistema algunas esferas más, mientras Aristóteles, por razones más metafísicas que físicas, lo completó con el agre­gado de una serie de "esferas compensadoras", confi­riendo a ese complicado mecanismo de más de cincuenta esferas una apariencia física, que no poseía el sistema original de Eudoxo, puramente geométrico. El sistema de Ptolomeo fue el sistema clásico de la astronomía antigua. Alrededor de la Tierra fija e in­móvil, los planetas se movían de acuerdo a un intrincado sistema, puramente matemático, con un movimiento circu­lar y uniforme.
Ante los aspectos distintos de estos dos sistemas de astrónomos tan respetados como Aristóteles y Ptolomeo, surgió cierto escepticismo entre sus colegas medievales, en especial cuando en la Baja Edad Media comenzó a insinuarse la idea de la Tierra móvil, una idea que preparó el camino al sistema de Copérnico, quien mantuvo con Ptolomeo algunos aspectos co­munes. El hecho de colocar al Sol como centro del universo y aceptar la movilidad de la Tierra otor­gó al sistema copernicano una realidad física, y la afirmación de esa reali­dad fue vigorosamente defendida por Johannes Kepler (1571-1630) primero, y posteriormente por Galileo. En definitiva, en aquellos tiempos, tres sistemas se disputaban la explicación de los cielos: el de Aristóteles, geostático, con cierta apariencia física; el de Ptolomeo, geostático y puramente hipotético, matemá­tico; y el de Copérnico, de Tierra móvil y Sol estable, dotado de realidad física, aunque aparentemente dudosa.


Galileo no fue copernicano desde el comienzo. Lo dijo él mismo: "Suponía entonces que la doctrina de Copérnico comportaba una verdadera locura, pero más tarde una persona inteligente, en quien tenía plena confianza, me manifestó que no se trataba de nada ridículo; en vista de lo cual me preocupé en averiguar la opinión de otras personas, encontrando que mientras muchos habían pasado del sistema de Ptolomeo al de Copérnico, no había uno solo que del sistema de Copérnico hubiera regresado al de Ptolomeo; de ahí que comencé a creer que quien aban­dona una opinión aprendida desde la infancia, y com­partida por muchos, para adoptar otra seguida por muy pocos, negada por todas las escuelas y que más se asemejaba a una enorme paradoja, debía necesaria­mente sentirse movido, por no decir forzado, por ra­zones muy eficaces".
Galileo recordó también que la reforma gregoriana del calendario efectuada en 1582 se había hecho en base a las tablas de Copérnico. Además, pronto aparecieron nuevos argumentos en contra de los sistemas antiguos y en favor del copernicano, sistema éste al que probablemente adhirió Galileo en la época de su enseñanza en Pisa. A pesar de que en ella seguía manteniéndose dentro de la tradición clásica, en una carta que dirigió a Kepler en 1597 dice "hace ya muchos años adopté la doctrina de Copérnico, y su punto de vista me permite explicar muchos fenómenos de la naturaleza que, por cierto, quedan sin explicación atendiendo a las hipótesis más corrientes. He escrito muchos argu­mentos en apoyo de Copérnico y he refutado el punto de vista opuesto, escritos éstos que, sin embargo, no me atreví hasta ahora a que viesen la luz pública, temeroso de la suerte que corrió el propio Copérnico, nuestro maestro, quien, aunque adquirió fama inmortal, es para una multitud infinita de otros (que tan grande, es el número de necios) objeto de burla y escarnio".


La primera manifestación pública de Galileo en con­tra de los sistemas antiguos se produjo con motivo de la aparición de un nuevo astro, una "nova" (estrella que aumenta enormemente su brillo de forma súbita y después palidece lentamente) en 1604. Este fenómeno no común, tanto más extraño en una época en que los fenómenos celestes se vinculaban con los asuntos hu­manos, atrajo extraordinariamente la atención de los astrónomos, quienes conje­turaron distintas interpretaciones del hecho, como un fenómeno sublunar, una estrella no adver­tida hasta entonces o un nuevo acto creador, precursor de acontecimientos notables. Lo concreto fue que el fenómeno motivó las primeras observaciones astronómicas de Galileo, por supuesto con me­dios muy rudimentarios.
Un nuevo acontecimiento condujo a Galileo, cinco años después, a la construcción y empleo de un teles­copio. Encontrándose en Venecia, le llegaron noticias de que al conde Mauricio de Nassau (1567-1625) le había sido presentado por un holandés un anteojo con el cual las cosas lejanas se veían tan perfectamente como si estuviesen muy cerca. "Con este dato regresé a Padua -contó el propio Galileo-, donde entonces vivía, y reflexionando sobre el problema, esa noche misma lo resolví, fabricando al día siguiente el instrumento y dando cuenta de ello a los mismos amigos de Venecia con los cuales el día anterior habíamos discutido sobre este asunto. Con gran esfuerzo me dediqué de inmediato a fabricar otro más perfecto, que seis días después llevé a Venecia, donde con gran maravilla fue visto por todos los principales gentileshombres de esa república".
El primer escritor que se ocupó de las "lentes cristali­nas" -reconociendo que eran útiles al hombre aunque nadie supiera explicar su funcionamiento- fue el astrónomo italiano Giambattista della Porta (1535-1615) en su libro "Magiae naturalis" (Magia natural) de 1558; observaciones que repitió en "De refractione optices" (De las refracciones ópticas) en 1589 aludiendo a una combi­nación de lentes que posiblemente haya servido para la construcción del telescopio. El hecho es que en 1590 apareció en Holanda un anteojo de fabricación italiana. A partir de entonces, el conocimiento y construcción del instrumento se difundió como una curiosidad. Fue mérito de Galileo el dedicar gran parte de su tiempo a perfeccionarlo y a construir numerosos ejemplares, advirtiendo su utilidad tanto para actividades como la guerra o la navegación, como para la observación del cielo, en donde, según los aristotélicos, nada había que observar, pues en él, a diferencia del mundo sublunar donde imperaba el cambio, todo era eterno e inmutable.


Cuando a partir de sus observaciones de­dujo que el cielo no era tan inmaculado como aseguraba Aristóteles, afirmó en una carta del 7 de enero de 1610: "De esas observaciones nin­guna se ve o puede verse sin un buen instrumento, de ahí que podemos creer que hemos sido los primeros en el mundo en descubrir tan de cerca, y tan claramente algo respecto de los cuerpos celestes". Allí también narró sus observaciones de la Luna y de tres estrellas, antes invisibles, en las proximidades de Júpiter, que sólo tres días después adver­tió que no eran estrellas fijas, sino "planetas". A estos descubrimientos agregó el reconocimiento de la Vía Láctea como conjunto de estrellas y la exis­tencia de numerosas estrellas, antes invisibles, en las Pléyades, en la constelación de Orión y en un par de nebulosas.Ante la importancia de estos descubrimientos redac­tó de inmediato su célebre "Sidereus nuncius" (Mensajero de los astros), que apareció en Venecia en marzo de 1610. Después de su publicación, Galileo pasó a Florencia como mate­mático de la corte de Toscana continuando sus obser­vaciones y estudios astronómicos hasta 1619, y con menor intensidad a partir de esa fecha. Pero, aún en Padua, observó las manchas del Sol -aunque la explicación de este fenómeno fue publicada antes por Christoph Scheiner (1573-1650)-, y el aspecto "incorpóreo" del anillo de Saturno -lo que fue profundizado en 1656 por Christiaan Huygens (1629-1695). También realizó observaciones de los planetas Marte y Mercurio, y advirtió las fases de Ve­nus, la última de sus observaciones importantes, con las que demostró que todos los planetas eran de "natura­leza tenebrosa", es decir que no brillaban con luz propia sino por luz reflejada, con lo que dejaron de ser considerados "estrellas errantes", como se los llamaba entonces para distin­guirlos de las "estrellas fijas". En varias ocasiones, Galileo aludió a un libro, "Dialogus de systemate mundi" (Diálogos del sistema mundo), en el cual se pro­ponía tratar más extensamente muchas de las cuestiones vinculadas con los "sistemas del mundo". Este propó­sito fue suspendido en 1616 cuando la Iglesia prohibió el libro "De revolutionibus orbium coelestium" (Sobre las revoluciones de las esferas celestes) de Copérnico, que volvió a permitirse con algu­nas correcciones cuatro años después.


Cuando en 1623 -bajo el nombre de Urbano VIII- subió al trono papal el cardenal Maffeo Barberini (1568-1664), amigo de Galileo, éste pudo retomar la tarea para terminarla a fines de 1629. En 1632, después de largas y laboriosas gestiones para la aprobación eclesiástica, apareció el célebre "Dialogo sopra i due massimi sistemi del mondo" (Diálogo sobre los dos sistemas del mundo), donde expuso las ra­zones filosóficas y naturales de los sistemas tolemaico y copernicano. La aparición del libro desató una tormenta tan vio­lenta como inesperada. Galileo fue acusado, se lo obligó a comparecer ante la Inquisición en Roma y, en junio de 1633, fue obligado a abjurar. Se lo sentenció a prisión formal por "el tiempo del agrado del Santo Oficio" y se prohibió su libro; una prohibición que se mantuvo hasta 1822.
Confinado en su casa de Florencia y a pesar de la amargura, el reumatismo y la ceguera, en 1638 hizo publicar sus "Discorsi e dimostrazioni matematiche intorno a due nuove scienze" (Discursos y demostraciones matemáticas sobre dos nuevas ciencias), en los que se refería a la mecánica y a los movimientos locales. Con ese libro nacieron dos nuevas ciencias: la resistencia de los materiales y la dinámica, con la ley de la caída libre y su aplicación a la trayectoria de los proyectiles.
El 8 de enero de 1642, Galileo, uno de los fundadores de la ciencia mo­derna, falleció a los setenta y ocho años de edad. Casi cien años más tarde, se erigió un mausoleo en su honor en la iglesia de la Santa Cruz de Florencia. Hubo que esperar hasta el 31 de octubre de 1992 para que, ante la Academia Pontificia de la Ciencia, Karol Wojtyła (1920-2005) -el por entonces papa Juan Pablo II- declarase oficialmente que Galileo era inocente de la acusación por la que había sido condenado en el año 1633. Tuvieron que pasar trescientos cincuenta y nueve años, cuatro meses y nueve días para que los representantes de Dios en la tierra considerasen que los estudios por él realizados no eran perjudiciales a la tradición católica. A Galileo, que ante el tribunal presidido por el cardenal inquisidor Roberto Belarmino (1542-1621) tuvo que bajar la cabeza para salvarla -aunque sin dejar de repetir su célebre "eppur, si muove" (y sin embargo, se mueve)-, se le concedió así una satisfacción póstuma incapaz de remediar la pesadumbre y la soledad de los últimos años de su vida, transcurridos en cárceles y encierros domiciliarios, como correspondía a un "penitente de la Inquisición".