2 de enero de 2021

Entremeses literarios (CCV)

EL LECTOR
Robert L. Stevenson
Escocia (1850-1894)
 
- Nunca leí un libro tan impío -dijo el lector, arrojándolo al suelo.
- No tienes por qué lastimarme -dijo el libro-, ganarás menos si me vendes de segunda mano, y yo no me escribí.
- Es verdad -dijo el lector-, mi desacuerdo es con quien te escribió.
- Bien -dijo el libro-, nadie te obliga a comprar sus disparates.
- Es verdad -dijo el lector-, pero yo creí que se trataba de un autor agradable.
- Yo lo juzgo así -dijo el libro.
- Estarás hecho de una sustancia distinta -dijo el lector.
- Déjame contarte una fábula -dijo el libro-. Dos hombres habían naufragado en una isla desierta. Uno de ellos fingió que estaba en su casa; el otro admitió…
- Conozco esa clase de fábulas -dijo el lector-. Ambos murieron.
- Así fue -dijo el libro-. Así les pasó a ellos y a todos.
- Es verdad -dijo el lector-. Llevemos la historia un poco más lejos. Cuando todos habían muerto…
- Estaban en manos de Dios -dijo el libro.
- Nada de que vanagloriarse -dijo el lector.
- ¿Quién es impío ahora? -dijo el libro.
El lector lo tiró al fuego.


LOS BOMBEROS
Mario Benedetti
Uruguay (1920-2009)
 
Olegario no sólo fue un as del presentimiento, sino que además siempre estuvo muy orgulloso de su poder. A veces se quedaba absorto por un instante, y luego decía: “Mañana va a llover”. Y llovía. Otras veces se rascaba la nuca y anunciaba: “El martes saldrá el 57 a la cabeza”. Y el martes salía el 57 a la cabeza. Entre sus amigos gozaba de una admiración sin límites. Algunos de ellos recuerdan el más famoso de sus aciertos. Caminaban con él frente a la Universidad, cuando de pronto el aire matutino fue atravesado por el sonido y la furia de los bomberos. Olegario sonrió de modo casi imperceptible, y dijo: “Es posible que mi casa se esté quemando”. Llamaron un taxi y encargaron al chofer que siguiera de cerca a los bomberos. Estos tomaron por Rivera y Olegario dijo: “Es casi seguro que mi casa se esté quemando”. Los amigos guardaron un respetuoso y afable silencio; tanto lo admiraban.
Los bomberos siguieron por Pereyra y la nerviosidad llegó a su colmo. Cuando doblaron por la calle en que vivía Olegario, los amigos se pusieron tiesos de expectativa. Por fin, frente mismo a la llameante casa de Olegario, el carro de bomberos se detuvo y los hombres comenzaron rápida y serenamente los preparativos de rigor. De vez en cuando, desde las ventanas de la planta alta, alguna astilla volaba por los aires. Con toda parsimonia, Olegario bajó del taxi. Se acomodó el nudo de la corbata, y luego, con un aire de humilde vencedor, se aprestó a recibir las felicitaciones y los abrazos de sus buenos amigos.


INTRUSIÓN
Miguel Ángel Zapata
España (1974)
 
De la palma de mi mano brotan arañas. Espontáneamente, casi sin previo aviso, tan sólo un cosquilleo eléctrico y ya veo salir la cabeza, el haz de patas peludas, un tarantuleo vivaz que saca pronto a la luz toda una legión de octópodos. Olga no sabe nada. Olga cree que me complazco en mordisquear traviesa y clandestinamente su cruasán cada mañana mientras lee el periódico en la cocina, que su canario murió de frío a pesar de las caricias que yo mismo le prodigaba entre mis manos, que soy el amante más experimentado del universo cuando siente mis dedos rugosos multiplicarse sobre la aureola erecta de sus pezones, por entre las humedades oscuras de su sexo extasiado.


LOS MALOS CONSEJOS DE UNA PROSTITUTA
Sir Helder Amos
Venezuela (1990)
 
Cuando la prostituta entró al baño para arreglarse el seno que se salía por el escote y retocarse el maquillaje que se le había chorreado de tanto sudar mientras bailaba en el tubo, se sorprendió al encontrar en el piso a una mujer llorando desconsoladamente.
- ¡Querida, ¿qué te pasa?! -le preguntó, tirando su maquillaje a un lado y lanzándose al piso junto a la extraña para abrazarla-. ¡¿Qué tienes?! ¿Qué te pasó?
- Nada, es sólo que odio mi vida y no lo soporto más -confesó la extraña, sollozando-. Mi marido me es infiel, odio mi trabajo, siempre estoy sola en mi casa y no puedo más, odio mi vida.
- ¡Ay, querida, lo siento mucho! -trató de consolarla la prostituta, sobándole la cabeza y desbaratándole el copete que tenía-. Mira, yo sé que no te conozco, pero por lo que me cuentas estás siendo infeliz por elección propia.
- ¿Qué dices?... ¡No entiendes!
- Sí entiendo, y entiendo perfectamente. Tú tienes en tus manos la opción de ser feliz, si tu esposo te es infiel y eso te hace infeliz, pues divórciate y búscate un hombre que te respete. Si tu trabajo te hace infeliz, pues renuncia y búscate un trabajo que te guste así no sea tan oneroso, y con eso, a medida que empieces a ser más feliz con tu vida, empezarás a disfrutar incluso de la soledad.
- No es tan fácil...
- Sí, sí lo es, sólo tienes que ajustarte bien la falda y hacer lo que sea mejor para ti -continuó la prostituta, pero mientras hablaba las puertas del baño se abrieron y tres mujeres bien copetudas entraron sin ser vistas ni oídas.
- ¿Sabes qué?... Tienes razón -acordó la extraña, secándose las lágrimas-. Si todo eso me hace infeliz... Tienes razón, dejaré a mi esposo y renunciaré a mi trabajo.
- ¡¡¡¿¿¿Qué???!!! -chillaron al unísono las tres mujeres que habían entrado.
- ¡Ay, amigas, están aquí! -exclamó la extraña al ver a las mujeres.
- ¿Cómo vas a dejar a tu marido? -le preguntó una.
- ¿Qué vas a hacer si renuncias a tu trabajo? -le preguntó otra.
- ¿Estás loca? ¿Qué va a decir la gente? -le preguntó la tercera.
- No sé... no había pensado en eso... Yo sólo quiero ser feliz y los consejos que esta mujer me está dando me parecen los más adecuados...
- ¡¡¡¿¿¿Y vas a seguir los consejos de una prostituta???!!! -exclamaron las tres al unísono.
- Yo... pues… -balbuceó la extraña.
- Bueno... -empezó a decir la prostituta, soltando a la extraña y poniéndose de pie al escuchar todo esto-, yo sólo te digo, querida... -continuó, mirándose en el espejo y arreglándose el seno que tenía fuera del escote-, que yo disfruto lo que hago y soy feliz en la vida.
Y sin decir más nada, la prostituta dio media vuelta y salió del baño, dejando a la extraña sola con sus tres amigas para que ellas le dieran mejores consejos que los que ella le había dado.


LA OVEJA NEGRA
Italo Calvino
Italia (1923-1985)

Había un pueblo donde todos eran ladrones. A la noche cada habitante salía con la ganzúa y la linterna, e iba a desvalijar la casa de un vecino. Volvía al alba y encontraba su casa desvalijada. Y así todos vivían en amistad y sin lastimarse, ya que uno robaba al otro, y este a otro hasta que llegaba a un último que robaba al primero. El comercio en aquel pueblo se practicaba solo bajo la forma de estafa por parte de quien vendía y por parte de quien compraba. El gobierno era una asociación para delinquir para perjuicio de sus súbditos, y los súbditos por su parte se ocupaban solo en engañar al gobierno. Así la vida se deslizaba sin dificultades y no había ni ricos ni pobres.
No se sabe cómo ocurrió pero en este pueblo se encontraba un hombre honesto. Por la noche en vez de salir con la bolsa y la linterna se quedaba en su casa a fumar y leer novelas. Venían los ladrones, veían la luz encendida y no entraban. Esto duró poco pues hubo que hacerle entender que si él quería vivir sin hacer nada, no era una buena razón para no permitir que los demás lo hicieran. Cada noche que él pasaba en su casa era una familia que no comía al día siguiente. Frente a estas razones el hombre honesto no pudo oponerse. Acostumbró también a salir por las noches para volver al alba, pero insistía en no robar. Era honesto y no quedaba nada por hacer. Iba al puente y miraba correr el agua. Volvía a su casa y la encontraba desvalijada.
En menos de una semana el hombre honesto se encontró sin dinero, sin comida y con la casa vacía. Pero hasta aquí nada malo ocurría porque era su culpa: el problema era que por esta forma de comportarse todo se desajustó. Como él se hacía robar y no robaba a nadie, siempre había alguien que volviendo a su casa la encontraba intacta, la casa que él hubiera debido desvalijar. El hecho es que poco tiempo después aquellos que no habían sido robados encontraron que eran más ricos, y no quisieron ser robados nuevamente. Por otra parte aquellos que venían a robar a la casa del hombre honesto la encontraban siempre vacía. Y así se volvían más pobres.
Mientras tanto aquellos que se habían vuelto ricos tomaron la costumbre también ellos, de ir al puente por las noches para mirar el agua que corría bajo el puente. Esto aumentó la confusión porque hubo muchos otros que se volvieron ricos y muchos otros que se volvieron pobres. Los ricos mientras tanto entendieron que ir por la noche al puente los convertía en pobres y pensaron -paguemos a los pobres para que vayan a robar por nosotros-. Se hicieron contratos, se establecieron salarios y porcentajes: naturalmente siempre había ladrones que intentaban engañarse unos a otros. Pero los ricos se volvían más ricos y los pobres más pobres.
Había ricos tan ricos que no tuvieron necesidad de robar ni de hacer robar para continuar siendo ricos. Pero si dejaban de robar se volvían pobres porque los pobres los robaban. Entonces pagaron a aquellos más pobres que los pobres para defender sus posesiones de los otros pobres, y así instituyeron la policía, y constituyeron las cárceles. De esta manera pocos años después de la aparición del hombre honesto no se hablaba más de robar o de ser robados sino de ricos y pobres. Y sin embargo eran todos ladrones. Honesto había existido uno y había muerto enseguida, de hambre.


TRES COCINEROS Y UN HUEVO FRITO
Macedonio Fernández
Argentina (1874-1952)
 
Hay tres cocineros en un hotel; el primero llama al segundo y le dice: “Atiéndeme ese huevo frito; debe ser así: no muy pasado, regular sal, sin vinagre”; pero a este segundo viene su mujer a decir que le han robado la cartera, por lo que se dirige al tercero: “Por favor, atiéndeme este huevo frito que me encargó Nicolás y deber ser así y así” y parte a ver cómo le habían robado a su mujer.
Como el primer cocinero no llega, el huevo está hecho y no se sabe a quién servirlo; se le encarga entonces al mensajero llevarlo al mozo que lo pidió, previa averiguación del caso; pero el mozo no aparece y el huevo en tanto se enfría y marchita. Después de molestar con preguntas a todos los clientes del hotel se da con el que había pedido el huevo frito. El cliente mira detenidamente, saborea, compara con sus recuerdos y dice que en su vida ha comido un huevo frito más delicioso, más perfectamente hecho.
Como el gran jefe de fiscalización de los procedimientos culinarios llega a saber todo lo que había pasado y conoce los encomios, resuelve: cambiar el nombre del hotel (pues el cliente se había retirado haciéndole gran propaganda) llamándolo Hotel de los 3 Cocineros y 1 Huevo Frito, y estatuye en las reglas culinarias que todo huevo frito debe ser en una tercera parte trabajado por un diferente cocinero.


EPITAFIO DE UNA PERRA DE CAZA
Cayo Petronio Arbiter
Imperio Romano (27-65)
 
La Galia me vio nacer, la Conca me dio el nombre de su fecundo manantial, nombre que yo merecía por mi belleza. Sabía correr, sin ningún temor, a través de los más espesos bosques, y perseguir por las colinas al erizado jabalí. Nunca las sólidas ataduras cautivaron mi libertad; nunca mi cuerpo, blanco como la nieve, fue marcado por la huella de los golpes. Descansaba cómodamente en el regazo de mi dueño o de mi dueña y mi cuerpo fatigado dormía en un lecho que me habían preparado amorosamente. Aunque sin el don de la palabra, sabía hacerme comprender mejor que ningún otro de mis semejantes; y, sin embargo, ninguna persona temió mis ladridos.
¡Madre desdichada! La muerte me alcanzó al dar a luz a mis hijos. Y, ahora, un estrecho mármol cubre la tierra en donde descanso.


EXÁMENES FINALES
Pía Barros
Chile (1956)
 
La calle está desierta. Desde la esquina se aproxima el hombre dispuesto a cruzar en diagonal la plaza. Desde la esquina opuesta, un grupo de colegialas vienen apuradas, cabeza gacha, los doce años contenidos en el jumper azul y la blusita blanca. Se cruzarán en breve. Una de las chicas parece saludar con el brazo en alto. Las otras cinco se detienen apretadas a ella. El hombre sonríe confiado. Una descuelga la mochila de su espalda, las otras imitan el gesto. Lo rodean. El hombre pierde aplomo, intenta unas palabras.
- Mañana a las diez, recuerden el examen de química.
La que había levantado el brazo incrusta lo que ha extraído de la mochila en su costado.
- Ni ese examen ni ningún otro bajo la falda, profe.
La plaza entera vibra con el estampido. Las seis se alejan a paso breve hacia la noche.


EL LIBRO
Eduardo Bieger Vera
España (1968)
 
Tumbado en el diván, leía el libro. Al pasar la página las hojas rasgaban el silencio y cuando terminaba un párrafo, una frase, a veces incluso tras detenerse -sin prisa- en una palabra, cerraba los ojos y aspiraba la fragancia del papel. Después, colocaba el libro abierto boca abajo sobre su pecho, y lo observaba moverse al ritmo acompasado de su respiración, como un pájaro raro que hubiera venido a morir junto a él. Y así hasta que la luz declinaba y se dejaba ganar por el sueño, a la espera del nuevo día que le permitiría seguir leyendo.


UN DECHADO DE MELANCOLÍA
Blas Sewald
Argentina (1954)
 
Son las 8 de la mañana de un día frío y ventoso de principios del invierno en la Reina del Plata, la ciudad de la calle que nunca duerme y el río color de león. En ese momento, el hombre se despertó y ya no pudo volver a dormirse. Un sol tenue y difuso bañaba la habitación. Se levantó y miró por la ventana. La neblina, un velo diáfano atravesado por dorados destellos que cubría un cielo azul y limpio, se estaba disipando. No recordaba su habitación tan luminosa. Se desperezó y, tras vestirse, se instaló en su mente la idea de salir de su casa y caminar, caminar hasta que el agotamiento lo hiciese tumbarse a morir. No era la mejor manera de comenzar el día, pensó, pero últimamente era siempre más o menos así. La idea le daba vueltas en su cabeza una y otra vez. Sí, es mortificante morir, pero a veces lo es todavía más vivir. Es penoso eso de pasarse los días, las horas, los minutos tratando de escoger entre lo más y lo menos mortificante. Estaba cansado. Muy cansado. Las cosas no le iban bien y tenía la sensación de hundirse cada día un poco más en alguna especie de agujero sin fondo. Cada vez más lo invadía una desolación inexplicable, como de barro en el corazón y una humedad pegajosa en la garganta. Para él, la vida cotidiana se había convertido en un trabajo penoso y sin sentido. No quería pensar ansiosamente en el futuro y olvidar el presente porque sabía que acabaría por no vivir ni el presente ni el futuro y moriría como si nunca hubiese vivido. Ese hecho lo llevó, casi sin darse cuenta, a revisitar comarcas de su pasado, 
a preguntarse si todo lo que le había sucedido era producto de su orgullo o de su ingenuidad, a tomar conciencia de que se había pasado la vida barriendo para abajo, escalón por escalón, la escalera llena de mugre del sótano de su existencia sin llevar consigo una pala para juntarla una vez que llegase al último peldaño. Ahora había llegado al fondo, sucio y con una montaña de basura a su alrededor y, si volvía a subir, volvería a ensuciarla. ¿Valía la pena? En los últimos tiempos había llegado a descubrir de sí mismo mucho más que en toda su vida anterior. Ahora cree conocerse, y sabe muy bien que se va a morir. Y eso es mortificante, claro, tanto como lo es vivir sabiendo que se va a morir. Vaya entelequia. Un dilema, musita en el baño tras lavarse los dientes. O un dislate, piensa mientras se dirige a la cocina con el propósito de prepararse unos mates. Prueba el primero y lo encuentra frío, frío como el tiempo que reina afuera y como su propio ánimo. Un desaliento gélido marcado por sus cada vez más dolorosas y frecuentes punzadas en el pecho. Debería ir al cardiólogo, pensó. Pero... escuchar la consabida monserga sobre su edad, sus antecedentes heredofamiliares, su prolapso mitral, su estenosis aórtica irreversible, su estado de salud delicado, aspectos todos ellos que sus cavilaciones, sus trastornos emocionales, sus disgustos no hacían más que agravarlos… ¿valía la pena? Advierte que la situación lo enoja, que no tiene ganas de pensar en ese tema. Coloca otra vez la pava sobre la hornalla y espera hasta que el agua esté a punto de hervir. Mientras tanto el silencio se ha vuelto álgido. Son unos instantes apenas, pero parece que hubiese pasado una eternidad hasta que se decide a ir al living caminando de espaldas, pava y mate en mano. Entonces gira sobre sí mismo y va a tenderse en el sillón orientado hacia el ventanal que da al parque. Cierra los ojos y, cuando los vuelve a abrir, lo primero que observa son las copas de los eucaliptus que lo pueblan. Piensa entonces que tal vez es un poco antes de morir cuando uno descubre el tiempo que se la ha pasado negociando con la verdad, inventándose historias para que no lo hieran tanto. Pero su soledad no es ninguna invención. La cercanía de la muerte tampoco. De pronto, un pensamiento afloró en su cabeza: ¿valía la pena hacerse malasangre por tanta pesadumbre? Recordó haber leído alguna vez que la muerte es un accidente en medio de un proyecto, y él había tenido muchos, muchísimos proyectos a lo largo de su vida. Los resultados habían sido favorables muchas veces, adversos otras tantas. ¿Ingratitudes? Montones, pero lealtades también. ¿Agravios? Sí, pero reconocimientos también. ¿Y el balance? Habría que sopesarlo, pensó. Hacerlo sosegadamente y en soledad. Sorbió un mate y un esbozo de sonrisa afloró en sus labios. Sí, está solo. Solo y triste, pero le gusta el silencio que lo circunda.

29 de diciembre de 2020

Slavoj Zizek: “Estamos en un estado de emergencia, nuestra realidad nos pone frente a frente con problemas filosóficos: ¿cuál es el significado de nuestra vida? ¿Cómo debemos reorganizarla?”

Nacido en Ljubljana, capital de Eslovenia, en la época en que ésta formaba parte de la República Federativa Socialista de Yugoslavia, el controvertido filósofo y psicoanalista Slavoj Žižek (1949) pasó la mayor parte de su infancia en la ciudad de Portorož sobre el mar Adriático esloveno. En su adolescencia, ya en su ciudad natal, cursó sus estudios secundarios en la escuela Gimnazija Bežigrad y luego estudió filosofía y sociología en la Univerza v Ljubljani y psicoanálisis en la Université Paris 8 Vincennes Saint-Denis. Fue profesor invitado en diversas instituciones como la New School for Social Research y la Columbia University de Nueva York, la Princeton University de Nueva Jersey y la University of Michigan de Ann Arbor. Actualmente es director internacional del Birkbeck Institute for the Humanities de la University of London. Considerado como uno de los pensadores críticos más importantes de su generación, Žižek es autor de numerosísimos artículos para la prensa escrita y de una cuarentena de ensayos entre los que pueden mencionarse “The sublime object of ideology” (El sublime objeto de la ideología), “For a theologico-political suspension of the ethical” (Para una suspensión teológico-política de lo ético), “In defense of lost causes” (En defensa de las causas perdidas) y “Living in the end times” (Viviendo el final de los tiempos). Caracterizado como “celebridad filosófica” por algunos y como “el filósofo más peligroso de Europa” por otros, Žižek es uno de los más ardientes críticos del sistema capitalista y de las ideologías sobre las que se apuntala. En “Against the populist temptation” (Contra la tentación populista), por ejemplo, asegura que el capitalismo “se ve lanzado a una dinámica constante, a una suerte de estado de excepción permanente a fin de evitar el enfrentamiento con su antagonismo básico, su desequilibrio estructural”. Y en “Tarrying with the negative” (La permanencia en lo negativo) se pregunta: “¿En qué clase de universo vivimos que celebramos ser una sociedad que elige pero la única opción disponible para un consenso democrático forzado es una representación ciega? La ideología predominante actual no es una visión positiva de algún futuro utópico, sino una cínica resignación, una aceptación de cómo es ‘el mundo de la realidad’, acompañada de la advertencia de que, si queremos cambiarlo (demasiado), lo único que nos espera es el horror totalitario”. En su más reciente trabajo, “Pandemic. Covid-19 shakes the world” (Pandemia. La covid-19 estremece al mundo), apunta a que el coronavirus ha destapado la realidad insostenible de otro virus que infecta a la sociedad: el capitalismo. Mientras que muchas personas mueren, la gran preocupación de los estadistas y empresarios es el golpe a la economía, la recesión, y la falta de crecimiento del producto bruto interno. Este colapso económico se debe, dice Žižek, a que la economía está basada fundamentalmente en valores propugnados por el capitalismo como el consumo y la persecución de la riqueza material. El filósofo esloveno sugiere que la actual pandemia de coronavirus presenta la oportunidad de tomar conciencia de los otros virus que se esparcen por la sociedad desde hace mucho tiempo y reinventar la misma. Y no sólo ha estado atento a la pandemia, sino también a los estallidos sociales que se producen alrededor del mundo, a los que entiende como “dolores de parto” de una sociedad ya agotada en sus propias contradicciones: “Nuestra vieja sociedad ya está muerta, simplemente hay quienes no lo saben”. Lo que sigue es un extracto editado de las entrevistas publicadas en el diario digital argentino “Infobae” (facilitada por Ediciones Godot) y en el periódico chileno “La Tercera” (a cargo de Constanza Michelson) los días 15 de julio y 26 de octubre del corriente año respectivamente.


En distintas partes del mundo han ocurrido estallidos sociales, se han dicho muchas cosas al respecto, pero hay algo muy concreto y que coincide en varios de ellos, y es que la palabra que surge espontáneamente es “dignidad”. ¿Cómo lee eso?
 
Creo que este punto es crucial. A pesar de la pobreza, el hambre y la violencia, a pesar de la explotación económica, las protestas que estallan ahora evocan regularmente la dignidad. Creo que la dignidad es la respuesta popular al cinismo abierto de los que están en el poder. Como señaló Peter Sloterdijk hace casi medio siglo, la fórmula de la ideología actual no es “no saben lo que están haciendo” sino: “saben lo que están haciendo, y no obstante, lo siguen haciendo”.
 
¿Le parece que la crisis tiene que ver con que las democracias liberales se han topado con su propia contradicción?
 
Yanis Varoufakis señaló una señal clave de lo que vendrá: la reacción de las bolsas de valores. Cuando se anunció la mayor recesión en Reino Unido y Estados Unidos, el mercado de valores registró un récord. Aunque parte de esto puede explicarse por hechos simples (la mayoría de los máximos del mercado de valores pertenecen a unas pocas empresas que prosperan ahora, desde Google hasta Tesla), lo que vemos es una disociación entre la circulación y especulación financiera con la producción y las ganancias. La verdadera elección es entonces: ¿en qué tipo de poscapitalismo nos encontraremos?
 
Hannah Arendt escribía, a propósito de las protestas estudiantiles de principios de los ‘70, que los estallidos violentos eran los dolores de parto de una sociedad que ya se encontraba en transición.
 
Arendt decía esto en su polémica contra Mao, quien dijo que “el poder surge del cañón de un arma”. Arendt calificó esto como una convicción “completamente no marxista” y afirmó que, para Marx, los estallidos violentos eran como “los dolores de parto que preceden, pero por supuesto que no causan, el nacimiento orgánico del evento”. Básicamente estoy de acuerdo con ella, pero agregaría dos cosas. Primero, recuerda la clásica escena de dibujos animados de un gato que simplemente continúa caminando por el borde del precipicio, ignorando que ya no tiene tierra bajo sus pies; se cae solo cuando mira hacia abajo y se da cuenta de que está colgando en el abismo. Nuestra vieja sociedad ya está muerta, simplemente no lo saben y tenemos que recordárselo, hacer que miren hacia abajo y vean el abismo bajo sus pies, pero ¿cómo? No creo que sea posible hacer ver, a los que están en el poder, que “ya están muertos”: en nuestro universo cínico, en cierto sentido ya lo saben, pero siguen como de costumbre. Así es cómo funciona la ideología en nuestra era cínica: no tenemos que creer en ella. Nadie se toma en serio la democracia o la justicia, todos somos conscientes de su corrupción, pero la practicamos, demostramos nuestra fe en ellas, porque suponemos que funcionan aunque no creemos en ellas. Lo que esto significa en nuestro caso es que nunca se producirá un traspaso del poder “democrático” plenamente pacífico sin los “dolores de parto” de la violencia: siempre habrá momentos de tensión en los que se suspendan las reglas del diálogo democrático y los cambios.
 
La violencia en las protestas es justamente lo que genera un problema para la izquierda, que tiene un pie en la calle y otro en la política institucional. No logran tomar posición.
 
Por lo que entiendo de la situación, creo que en este momento el foco debería estar en el “apruebo”, que es un procedimiento institucional de votación. El objetivo no es asustar a la “mayoría silenciosa”, sino conseguir que el mayor número posible de ellos esté de nuestro lado. La violencia de nuestro lado debe ser estrictamente reactiva (autodefensa) para que se vea que claramente es el otro lado el que está perdiendo los nervios y actúa con violencia. Hay que evitar que surja el cliché de que hay extremistas violentos en ambos lados. Los que están en el poder provocaron la crisis y la inestabilidad, mientras que “apruebo” está a favor de la paz y la estabilidad ciudadana. La violencia que preferiría es la violencia pasiva de abstenerse y boicotear, de no hacer cosas donde se espera que uno haga algo. Como escribí al final de mi libro sobre la violencia, a veces lo más auténticamente violento es no hacer nada.
 
Ha sido muy crítico con la culturalización de la política, también con las militancias anti-representación. ¿Cómo piensa la política del siglo XXI?
 
El siglo XXI comenzó con los atentados del 11 de septiembre que marcan el fin de la visión de Fukuyama: ahora sabemos que el sueño de una expansión universal del capitalismo liberal-democrático ha terminado. Pero estoy dispuesto a dar un paso más aquí. Lo que hoy debería volverse problemático es precisamente un rasgo que Marx, Lenin y sus oponentes anarquistas tenían en común: destrozar los aparatos estatales existentes y reemplazarlos con algún tipo de auto-organización transparente de la sociedad que excluya la alienación y la re-presentación política. Por el contrario, pienso que hay que finalmente abandonar el mito de la inocencia perdida de la “Comuna de París”, como si los comunistas fueran comunistas antes del terror comunista “totalitario” del siglo XX, como si en la “Comuna” un sueño se hiciera realidad incluso si la gente efectivamente comiera ratas ¿Qué pasaría si, en contraste con la gran obsesión por superar la alienación de las instituciones estatales y lograr una sociedad auto-transparente, nuestra tarea hoy fuera, casi la opuesta? Es decir, promulgar una “buena alienación” ¿Qué pasa si necesitamos un conjunto de instituciones “alienadas”? Que, precisamente como “alienadas”, sustentan el espacio de nuestra libertad, de la misma manera que podemos pensar y hablar libremente solo a través del lenguaje, que no es sino una sustancia no transparente de nuestra vida mental.
 
Pero da la impresión de que la idea de que no somos transparentes a nosotros mismos es poco popular, más bien son tiempos de extrema confianza en la voluntad y el “yo”. Supongo que esa es la parte en que incorpora el psicoanálisis y a Hegel en sus análisis.
 
Hago esto en un movimiento crítico contra el marxismo tradicional que también se basa en el progreso histórico general que conduciría al comunismo. Entonces los comunistas pueden así permitirse confiar en la Historia, actuar de acuerdo con sus leyes y saber lo que hacen. Pero creo que deberíamos darle la vuelta a la fórmula propuesta por Robert Brandom, el gran hegeliano liberal de hoy: “el espíritu de confianza”. ¿No es el rasgo más profundo de un verdadero enfoque hegeliano un espíritu de desconfianza? Es decir, el axioma básico de Hegel no es la premisa teleológica de que, por terrible que sea un evento, al final resultará ser un momento subordinado que contribuirá a la armonía general; su axioma es que no importa lo bien planificada y pensada que sea una idea o un proyecto, de alguna manera saldrá mal: la comunidad orgánica griega de una polis se convierte en una guerra fraterna, la fidelidad medieval basada en el honor se convierte en un halago vacío, el revolucionario luchar por la libertad universal se convierte en terror. El punto de Hegel no es que este mal giro de las cosas, podría haberse evitado, sino que tenemos que aceptar que no hay un camino directo hacia la libertad concreta, la “reconciliación” reside solo en el hecho de que nos resignamos a la amenaza permanente de destrucción que es una condición positiva de nuestra libertad.
 
¿Es feminista?
 
Sí lo soy. A lo que me opongo es sólo a cierto tipo de teoría de género que ve la diferencia sexual como una construcción social impuesta por el orden patriarcal opresivo, sobre una sexualidad fluida previa. Más bien pienso la diferencia sexual desde Lacan, que no es binaria en el sentido de una oposición simbólica fija: es una diferencia “imposible”, una brecha traumática que diferentes identidades sexuales intentan ofuscar. Otro problema adicional que veo con el feminismo contemporáneo en los países occidentales desarrollados es que, como ha demostrado Nancy Fraser, la forma predominante del feminismo estadounidense fue básicamente cooptada por la política neoliberal: debería haber más mujeres en posiciones de poder, pero la estructura de poder en sí no debería cambiar; debemos ayudar a los pobres, pero debemos seguir siendo ricos; no se debe abusar de una posición de poder en una universidad para obtener favores sexuales de aquellos que están subordinados a nosotros, pero el poder que no se sexualiza está bien.
 
A propósito de la hegemonía que va tomando la racionalidad de la técnica, y que, como decía Heidegger, la ciencia no piensa en consecuencias, ¿qué exigencia tiene el pensamiento en el tiempo que nos toca?
 
Lo que se necesita es simplemente un pensamiento filosófico verdadero, un pensamiento que reflexione sobre los presupuestos e implicaciones de lo que estamos haciendo. Tendremos que aprender a plantear cuestiones tan básicas. Creo que está llegando una nueva era de la filosofía.
 
En un contexto sociopolítico en el cual, como afirma en “Contra la tentación populista”, se ha perdido la capacidad de distinguir la izquierda de la derecha, ¿es posible pensar hoy en la posibilidad de construir un sujeto revolucionario? En ese caso, ¿cómo podría describirse?
 
Mi postura es mucho más paradójica. Primero, sobre el populismo: no creo que esos activistas políticos que se denominan populistas sean realmente de izquierda. Cuando encontramos populismo en la izquierda es simplemente un signo de que algo no es verdaderamente radical, de que hay algo falso en ese populismo. Por eso no creo en el populismo. Especialmente, y ahora voy a la segunda parte de la pregunta, en relación con la crisis actual (me refiero a la crisis pandémica), que está explotando en diversas dimensiones. No sé cómo fue en América Latina, pero en Europa (Italia, Francia, Inglaterra), la primera reacción fue pensar que los populistas de derecha usarían la crisis para desembocar en un nuevo movimiento anti-inmigratorio y nacionalista… ¡No! Lo que efectivamente sucedió es que los tres países más afectados por el coronavirus: Estados Unidos, Brasil, Rusia (cuatro si sumamos a Inglaterra), tuvieron una respuesta populista frente al coronavirus. En resumen, no, no es un momento del populismo. Creo que hay un deseo de que el populismo sea el gran perdedor. ¿Por qué? Porque el populismo, el populismo actual, no es simplemente un viejo fascismo. Los populistas juegan un juego en el que aparentan ser radicales, pero continúan sometidos a las coacciones del capitalismo. Tienen cierta retórica de pelear contra el enemigo, contra los inmigrantes, pero son solo juegos de palabras, retórica vacía. Ahora, que debería proveer resultados, el populismo ha perdido completamente. Por lo tanto, el populismo será la víctima.
 
¿Cómo se relaciona el concepto psicoanalítico de la histeria con la necesidad de consumo que parece crecer año tras año, cada vez con mayor velocidad?
 
No creo que el consumo capitalista sea realmente histérico, porque un consumo histérico implicaría que estemos todo el tiempo disconformes: comprás un producto, que es una promesa de que será la cosa, el objeto que estás buscando. Pero después tenés que comprar otro producto, entonces siempre estás disconforme. Yo creo que el consumismo de hoy es perverso, es la histeria incluida en la perversión, en el sentido de que un pervertido sabe. Nosotros somos conscientes cuando compramos una nueva cámara de fotos, una computadora, ropa. Sabemos de antemano que en cualquier momento vamos a necesitar comprar más cosas, y no nos fastidia en absoluto. Somos conscientes de esta eterna repetición, y la disfrutamos. No estamos disconformes. Creo que la verdad sobre el consumismo de hoy es exactamente opuesta: si comprás una cosa que funciona bien, la podés guardar y durante uno o dos años probablemente no necesites comprar otra. El consumismo de hoy no es histérico, exhibe una falsa histeria, subordinada a la economía de la perversión.
 
¿Qué piensa hoy del concepto de “intelectual orgánico” de Gramsci? ¿Cómo lo caracterizaría? ¿Cómo lo actualizaría a la luz de lo que está pasando hoy en día? ¿Cuál es el rol de los intelectuales hoy?
 
No quiero meterme en detalles teóricos, en qué sentido podría utilizarse el concepto de Gramsci. “Intelectual orgánico”, ¿orgánico de quién? Del movimiento de los trabajadores. ¿Qué movimiento? Una gran parte de la izquierda de Europa occidental y de América piensan que lo que queda de la clase trabajadora del Occidente desarrollado es lo que Lenin denominaba “aristocracia trabajadora”, que lo único que quieren es mantener sus privilegios, que ya no son, en ningún sentido, sujetos revolucionarios. Para ellos, entonces, son los inmigrantes del tercer mundo, tal vez algunos trabajadores precarios e intelectuales. No estoy de acuerdo con estas afirmaciones. Que ahora estemos en un estado de emergencia no implica que tengamos que olvidarnos de la política y la ideología. Tenemos problemas empíricos reales. Es necesario que nos movilicemos, estamos en una compleja situación de salud y el problema es qué hacer con la economía, etc. Creo que ahora nuestra realidad nos pone frente a frente con problemas filosóficos: ¿cuál es el significado de nuestra vida? ¿Cómo debemos reorganizar nuestra vida? Para Hegel, la filosofía entra en escena cuando aparece lo que él llama “desesperación”, cuando cierta forma de vida empieza a desaparecer. Y ahora esto está sucediendo. Queda claro que incluso si la situación mejorara, no seríamos capaces de volver a la normalidad anterior. Vemos lo que está sucediendo, la crisis del coronavirus explota en una crisis económica, hay perspectivas reales de hambre a nivel mundial. El problema es qué nuevo mundo reemplazará al viejo. No es meramente un problema empírico, político, técnico, en el sentido de qué debe cambiar. Es una pregunta más fundamental, porque el capitalismo no es solamente una cuestión económica. El capitalismo es un modo de vida dirigido hacia la expansión constante, la autorreproducción expandida, el consumismo, etc. ¿Podemos seguir viviendo de este modo? Son preguntas filosóficas. Está claro que el tan mentado “American way of life” no va a sobrevivir. O al menos sobrevivirá, pero de un modo mucho más salvaje. Esta crisis va a dar un nuevo impulso a intelectuales públicos, gente que está refiriéndose a cuestiones sociales y existenciales, no solamente en un sentido técnico sino también en un sentido filosófico serio. Vivimos un momento de confusión total. Este es el momento de la filosofía. No podemos ni siquiera pensar qué va a pasar dentro de un año. ¿Va a haber una segunda ola de coronavirus? ¿Cómo se va a organizar nuestra vida? Y esto no es simplemente una pregunta empírica de qué podemos hacer para pelear contra el virus. Acá está la cuestión de cómo reorganizar nuestras sociedades. La dimensión en juego es una dimensión filosófica. ¿De qué se trata la vida humana? ¿Dónde reside su libertad, su decencia, etc.?