7 de diciembre de 2014

Entremeses literarios (CLXXIX)

BREMBER
Dylan Thomas
Gales (1914-1935)

Las sombras descendieron suavemente por las escaleras hasta llegar al vestíbulo. Vio el perfil oscurecido de la balaustrada reflejarse en el espejo, el arco del candelabro que proyecta­ba la luz. Pero eso era todo. Las sombras se alargaban más hacia la puerta. Luego se perdían en la oscuridad del suelo y del techo. Rebuscó en los bolsillos para ver si encontraba un fósforo y por fin encendió la candela que llevaba en la mano. Sujetando la llama diminuta en alto, por encima de la cabeza, giró el picaporte y entró en la habitación. Olía a polvo y a madera vieja. Le resultó curioso ser tan sensible a ese olor y cómo desató su imaginación. Las viejas damas bordando sus encajes a la luz de la luna, sus dedos pálidos y flacos, veloces sobre los brocados, sus mejillas sin edad pero con el tinte de las de una niña. A eso le recordaba la habitación desde los tiempos en que por primera vez entró en ella de puntillas y contempló aterrado las ventanas que se abrían a la extensión de césped grisáceo, a los árboles que se alzaban detrás. Si no le recordaba a cuando, de niño, se sentaba ante el clavicordio y tocaba las teclas polvorientas con tal levedad que nadie alcanzaba a oír las notas emitidas, temeroso y sin embargo embelesado al oír que la música ascendía tenue en el aire. Siempre era triste. Detectaba la tristeza desolada bajo la fuga más liviana; a medida que sus manos pulsaban las notas, las lágrimas le asomaban a los ojos, un gran anhelo de algo que había conocido y había olvidado, algo que había amado y había perdido. Eso fue unos cuantos años antes, y ahora se le impuso la misma sensación de irrealidad y de anhelo cuando encendió las largas velas del clavicordio con su candela y vio, al extenderse la luz, que las paredes se cerraban a su alrededor y que las pesadas sillas le quitaban espacio. Las teclas estaban tan polvorientas como siempre. Las frotó levemente con la manga y dejó vagar los dedos unos instantes por encima del teclado. Qué frágiles eran aquellos sonidos. Qué curiosas melodías formaban, qué tristes y, sin embargo, qué perfectas. Por un instante pensó que había oído un ruido de pasos infantiles al otro lado de la puerta, pasos que corrían por el pasillo, hacia las tinieblas. Pero habían desaparecido. A la fuerza tuvo que suponer que nunca llegaron a oírse. Oyó una nota sostenida de risas que enseguida desapareció. Mientras tocaba, le pareció oír el ruido suave, el susurro más bien de una falda de seda arrastrada por el suelo. Dio más volumen a su música y, cuando volvió a suavizarla, no quedó nada. Por más que se esforzase no pudo analizar las razones que le habían llevado hasta la casa. Le aterraba, pero no era capaz de alejarse de ella. Fuera, por el camino, había sentido el súbito deseo de desgarrar el velo de los años y remontarse a todo lo que la vieja casa significaba, el atardecer, las voces matizadas por los pasillos, el clavicordio, las escaleras que interminablemente ascendían hacia las tinieblas, el millar de detalles de las habitaciones, el miedo suave e insinuante que le miraba desde los rincones, y que nunca desaparecía. Había caminado por la avenida hasta la puerta principal. La cabeza del león que representaba la aldaba le sonrió al llegar. La levantó y golpeó la madera. No contestó nadie. Volvió a llamar otra vez, y otra, pero la casa permaneció en silencio. Empujó la puerta con el hombro y se abrió. Recorrió de puntillas los pasillos, miró las habitaciones, tocó los objetos que le eran familiares. No había cambiado nada. Y fue entonces, cuando la noche salió por las ventanas emplomadas, que cerró la puerta de la sala de música a sus espaldas. Le colmó una gran sensación de alivio. El anhelo que siempre había permanecido en lo más recóndito de su mente se cumplió de pronto, halló lo que había perdido, recordó lo que tenía olvidado. Aquel era el final de su viaje. Por un momento, las velas brillaron con mayor intensidad. Pudo ver mejor toda la estancia. Se puso en pie, la atravesó y recogió un libro polvoriento que estaba sobre la mesa. La casa solariega de Brember. Se lo llevó a la luz. Todas las páginas le resultaban conocidas, allí estaba la familia generación tras generación, hombres más dados al pensamiento que a la acción, visionarios todos que vieron el mundo desde las nubes de sus propios sueños. Fue pasando las páginas hasta llegar a la última: George Henry Brember, el último del linaje, falleció… Contempló su propio nombre y cerró el libro.


LA MUERTE GENEROSA
Stella Maris Riera
Argentina (1958)

Me dijo que nuestro amor ya nunca volvería a ser el mismo. Que lo supo aquella tarde en el hospital cuando vio a ese hombre que yacía en la cama agonizante. Me dijo que una mujer tomaba su mano y sollozaba un te amo constante, casi eterno; que lo acariciaba una y otra vez, lenta­mente, como si esa lentitud aletargara el tiempo; que lo miraba profundo, que intentaba penetrar en sus ojos pero que ellos permanecían irremediablemente cerrados; que acompañaba su respiración, que tomaba su bocanada de aire como si fuera propia y luego, juntos, exhalaban una larga congoja. Me dijo que ella permanecía sentada, con la mirada fija, casi inmóvil; que de haber sido una pintura de Klimt podrían haber continuado así, para siempre. Me dijo que supo que nosotros jamás podríamos igualar eso. Y que esto sólo lo sintió, pero cree estar seguro que en ese cuarto atemporal sólo la muerte se movía; se acercaba, intentaba tomar a ese hombre que su esposa no soltaba. Pensó que tal vez ante tanto amor, ella (la muerte) quiso ser generosa y cuando la respiración sobresaltada de él se volvió serena, se retiró a esperar. Parece que decidió respetar ese silencio que sólo saben derramar las almas cuando aman y sufren, y que les permitió pertenecerse el uno al otro, como siempre, por un rato más.


AGUJERO NEGRO
José María Merino
España (1941)

El hombre pasea por la playa solitaria y encuentra, depositada en la orilla por las olas, una botella de cristal negro, con una señal muy extraña impresa en su tapón. Mientras lo desenrosca, el hombre piensa en sus lecturas de niño: el genio cautivo, los mensajes de náufragos. Abierta, la botella inicia una violentísima inhalación que aspira todo lo que la rodea, el hombre, la playa, las montañas, los pueblos, el mar, los veleros, las islas, el cielo, las nubes, el planeta, el sistema solar, la Vía Láctea, las galaxias. En pocos instantes, el universo entero ha quedado encerrado dentro de la botella. El movimiento ha sido tan brusco que se me ha caído la pluma de la mano y han quedado descolocados todos mis papeles. Recupero la pluma, ordeno los folios, empiezo a escribir otra vez la historia del hombre que pasea por la playa solitaria.


GUERRA

Patricia Nasello
Argentina (1959)

Una bala destinada al enemigo impacta por error en el vientre de la jirafa que se estremece y cae, presa de pánico y dolor, sobre las hierbas húmedas de la sabana. El soldado que disparó el arma desaparece dentro de la herida que provocó por accidente, herida que no ha manado sangre: agujero de bordes redondeados, profundamente negro, a través del cual, pronto, también desaparece otro soldado compañero del primero y el avión que les servía de apoyo. La jirafa agoniza, el olor que exhala repele incluso a los carroñeros.



LA CUEVA

Fernando Iwasaki
Perú (1961)

Cuando era niño me encantaba jugar con mis hermanas debajo de las colchas de la cama de mis papás. A veces jugábamos a que era una tienda de campaña y otras nos creíamos que era un iglú en medio del polo, aunque el juego más bonito era el de la cueva. ¡Qué grande era la cama de mis papás! Una vez cogí la linterna de la mesa de noche y le dije a mis hermanas que me iba a explorar el fondo de la cueva. Al principio se reían, después se pusieron nerviosas y terminaron llamándome a gritos. Pero no les hice caso y seguí arrastrándome hasta que dejé de oír sus chillidos. La cueva era enorme y cuando se gastaron las pilas ya fue imposible volver. No sé cuántos años han pasado desde entonces, porque mi pijama ya no me queda y lo tengo que llevar amarrado como Tarzán. He oído que mamá ha muerto.



SERÁ ELLA, QUIÉN SABE…

Francisco Moro
Argentina (1953)

Buscó en la sentina de la memoria y encontró un tren a cuerda, unos zapatos absurdos y una mirada desolada en un tranvía 22, una tarde de verano hace ya demasiado tiempo. Entonces recordó que una vez aquella muchacha, Cecilia Nakamura, mientras le acariciaba el pelo le reveló que miraba como un niño. Se lo dijo poco después de conocerlo, cuando ya estaba en su vida desde siempre, cuando cada mujer era un esbozo de ella, cuando cada encuentro con otras que la precedieron era un simulacro, un ensayo pueril de la vida, un abrazo definitivo con la muerte, esa impostora. "Te imagino alta y mía/ abrazada a un amor que te deja ir./ Y así desconsolada y seca/ (y todavía enamorada)/ te imagino entonces anegada/ de íntimo orgullo en la derrota./ Te imagino apenas demorada/ en un llanto duro y breve…/ y con rabia./ Será entonces cuando el dolor/ haga lo suyo/ y el olvido en tu memoria/ se haga carne./ Para que seas alta,/ para que seas mía". El doctor Barcezat escribió esos versos premonitorios en una servilleta de papel en el bar de siempre, casi sin corregir nada, porque las palabras se le amontonaban en algún rincón del alma hasta llegar a la mayoría de edad y salían entonces a nombrarla a ella. Eran las palabras que ni siquiera sabían su nombre, las que tenían la gracia de evocar a Cecilia Nakamura cuando aún no era suya. Se preguntó por el destino de esos versos que nadie leería jamás aunque hayan tenido, lo supo tiempo después, el don de anudar los vientos que barrían sus recuerdos.



MI ESQUIZOFRENIA
Armando José Sequera
Venezuela (1953)

Mi esquizofrenia va de mal en peor: mi segunda personalidad dice que, como no se lleva bien con la primera, se aliará con la tercera para mitigar su soledad. La primera, entretanto, alega que, por más esfuerzos que hace, no logra congeniar con la segunda, razón por la cual formará alianza con la cuarta, habida cuenta de que si la tercera se lleva bien con la segunda, es imposible que se lleve bien con ella. Afortunadamente, me he podido mantener al margen de esta absurda disputa y no he sido involucrado en lo que, a todas luces, es una malsana maraña de incomprensiones.


EN LA MESA
Juan Gil
España (1979)

Juan estaba sentado delante de Carolina en un bar. No sabía cómo decirle que la amaba. Entonces se metió dos dedos en la garganta y vomitó todas las mariposas sobre la mesa.


CUENTO DE HADAS
Alejandro Jodorowsky
Chile (1929)

Una rana que lleva una corna en la cabeza le dice a un señor: "Béseme, por favor". El señor piensa: "Este animal está encantado. Puede convertirse en una hermosa princesa, heredera de un reino. Nos casaremos y seré rico". Besa a la rana. Al instante mismo se encuentra convertido en un sapo viscoso. La rana exclama, feliz: "¡Amor mío, hace tanto tiempo que estabas encantado, pero al fin te pude salvar!".


HOUDINI Y CONAN DOYLE
Ana María Shua
Argentina (1951)

Conan Doyle, el más lógico de los escritores del mundo, capaz de llevar el razonamiento hasta sus últimas y disparatadas consecuencias, creía sin embargo en los fenómenos paranormales. Su gran amigo Harry Houdini, el ilusionista que hechizó audiencias del mundo entero con su magia, era un racionalista absoluto, que dedicó buena parte de su vida a desenmascarar los trucos de mediums y espiritistas. Enfrentados por tan dispares opiniones, su amistad se deshizo. Sólo después de su muerte logró reconciliarlos Sherlock Holmes.