5 de julio de 2020

El supremo Augusto Roa Bastos


Augusto Roa Bastos, uno de los escritores latinoamericanos más importantes del siglo XX, cuya narrativa ha recreado momentos y personajes de la vida de su país, y revelado los estragos producidos por el poder y las dictaduras militares en la región, nació en Asunción, Paraguay, el 13 de junio de 1917.
Pasó su niñez en el pueblo de Iturbe, en el Departamento de Guairá, al sureste del país, lugar que le sirvió de inspiración para muchas de sus creaciones. Cuando tenía unos trece años escribió su primer cuento, "Lucha hasta el alba", perdido y olvidado durante muchos años y recién aparecería publicado en la revista "Texto Crítico" del Centro de Investigaciones Lingüísticas Literarias de la Universidad Veracruzana en 1979. En 1932 se escapó de su casa para alistarse en el ejército, en donde trabajó como voluntario en el servicio de enfermería durante la etapa final de la guerra del Chaco (1932/1935) contra Bolivia. Esos años, durante los que permaneció en la retaguardia, le proporcionaron anécdotas y vivencias que luego alimentaron su literatura.
En 1936 trabajó en Asunción como periodista para el diario "El País", del que luego fue director. Por entonces, junto a Josefina Pla (1909-1999) y Hérib Campos Cervera (1905-1953), inició la que sería la renovación poética paraguaya de la década del ‘40. Por entonces leía vorazmente a Rainer M. Rilke (1875-1926), Paul Valéry (1871-1945), Jean Cocteau (1889-1963), André Bretón (1896-1966) y, también, a algunos escritores estadounidenses. "Especialmente Faulkner, -recordó Roa Bastos- diría que ejerció una profunda influencia sobre todos los escritores latinoamericanos de mi generación, como Onetti y García Márquez. También hubo otros, como Hemingway, Hawthorne y Melville, que nos ayudaron a liberarnos de la pesadez del estilo español".
Hacia 1944 integró el grupo literario "Vy’a raity" (Nido de la alegría) junto a los escritores Josefina Pla (1903-1999), Hérib Campos Cervera (1905-1953), Hugo Rodríguez Alcalá (1917-2007), Óscar Ferreiro (1921-2004) y Elvio Romero (1926-2004), núcleo que jugará un rol fundamental en la renovación del lenguaje poético en el país. Por esa época lee mucho a los poetas Juan Ramón Jiménez (1881-1958), Federico García Lorca (1898-1936) y Pablo Neruda (1904-1973), pero además se interesa por las obras de Karl Marx​​ (1818-1883) y de Sigmund Freud (1856-1939). También asume como Secretario de Redacción en el diario "El País", de corte opositor.


A fines de ese mismo año viajó a Inglaterra, invitado por el Consejo Británico, y trabajó allí como corresponsal para su periódico y también en la BBC de Londres, donde fue el primer locutor paraguayo. De regreso en Paraguay, sin afiliarse a partido político alguno, fue poniéndose del lado de las clases oprimidas de su país. Por entonces, ya había estrenado cuatro obras teatrales: "La carcajada" (1930), "La residenta" (1942), "El niño del rocío" (1942) y "Mientras llegue el día" (1946), y había publicado dos libros de poesía: "El ruiseñor de la aurora y otros poemas" (1942) y "El naranjal ardiente. Nocturno paraguayo" (1949). También reunió parte de sus artículos periodísticos en "La Inglaterra que yo vi " (1946), fruto de su primer viaje a Europa al tiempo que trabajaba en un banco de Asunción como empleado administrativo.
Cuando se produjo la revolución de 1947 el diario fue atacado y, cuando se ordenó su arresto, se ve obligado a refugiarse en la Embajada de Brasil donde permanece en calidad de asilado cerca de tres meses. Amenazado por la represión que el gobierno desató contra los derrotados en el intento de golpe de Estado, pudo abandonar Asunción cuando obtuvo un salvoconducto que le permitió viajar a la Argentina. Fue entonces que, establecido en Buenos Aires, sobrevivió con trabajos muy diversos y dio a conocer buena parte de su obra.
"El exilio fue una escuela permanente que me enseñó a ver las cosas con más seriedad. También significó dolor, como una muerte, un estado de duelo -explicó el autor años más tarde-. Me tomó de cuatro a cinco años salir de la depresión, recobrar mi dignidad como ser humano, que se había refugiado en las sombras. Me dediqué a escribir como un vehículo para recuperar mi condición humana, mi dignidad como persona".


Colaboró en las revistas literarias "El Escarabajo de Oro" y "El Grillo de Papel", que dirigían Abelardo Castillo (1935-2017) y Liliana Heker (1943), y en la más voluminosa aunque fugaz "Literatura y Sociedad" dirigida por Ricardo Piglia (1941-2017). Participó en debates, presentaciones de libros y escribió los guiones cinematográficos de las películas argentinas "Shunko", "Alias Gardelito" y "La sed" en 1960 y "Don Segundo Sombra" en 1970. Mientras tanto, consolidó su condición de narrador con las colecciones de relatos "El trueno entre las hojas" (1953), "El baldío" (1966), "Los pies sobre el agua" (1967), "Madera quemada" (1967), "Moriencia" (1969), "Cuerpo presente y otros cuentos" (1971), "El pollito de fuego" (1974), "Los congresos" (1974) y "El sonámbulo" (1976).
También abordó los problemas sociales y políticos de su país con sus novelas "Hijo de hombre" (1960) y "Yo el Supremo" (1974), en las que analizó episodios decisivos de la historia paraguaya. Esta última, una obra densa y multifacética, puede resultar abrumadora si no se tiene un sentido preliminar de su estructura. Esencialmente, Roa Bastos recopiló documentos a través de los cuales habla El Supremo: anotaciones privadas, partes de una circular perpetua que narra la historia de su país, un registro de sus orígenes familiares, transcripciones de textos dictados a su secretario privado, y un pasquín -en el que se exige que el dictador sea decapitado y sus seguidores ahorcados- que, supuestamente, está escrito por el propio Supremo, acto subversivo que persigue al dictador a lo largo de todo el libro.
Algunos comentaristas desconocidos también interrumpen la narración. En algunas notas se describe la condición de los documentos (incompletos, rotos, quemados) y se transcriben narraciones contemporáneas de la época, reales y apócrifas, que con frecuencia contradicen la versión de los hechos que narra El Supremo. El texto, de puntuación no convencional, no es fácil de leer, ya que con frecuencia los relatos combinan varias voces en una, desafiando la subjetividad en todo momento: Roa Bastos presenta varios narradores, mientras que el dictador juega con los tiempos de los verbos, hablando a veces en presente, en pasado e incluso en futuro cuando ocasionalmente habla desde la tumba.


"Esta novela es una reflexión de las tradiciones culturales del Paraguay, una expresión de la oralidad del guaraní. Porque en el guaraní la palabra es fundamental -contó Roa Bastos en 1996-. Toda creación en el cosmos guaraní se relaciona con la palabra. Mi necesidad, mi rebeldía como escritor, era levantarme contra los relatos establecidos. El escritor registra la palabra, pero no necesita entregarla como si ésta fuera la que tiene el mando. Lucho contra la palabra misma. Así, procuré inventar una forma trascendental de escritura, una metaescritura".
Otra dictadura, esta vez la del Proceso de Reorganización Nacional -que censuró y prohibió la difusión de la novela-, lo obligó en 1976 a abandonar la Argentina para trasladarse a Francia. Allí se integró al plantel de profesores de la Université de Toulouse donde enseñó literatura y guaraní hasta 1984. En esa ciudad tuvo oportunidad de participar del evento "Semana Latinoamericana" que organizó la universidad junto al escritor paraguayo Rubén Bareiro Saguier (1930-2014) y los argentinos Julio Cortázar (1914-1984) y Juan José Saer (1937-2005).
De sus años en Argentina diría más tarde: "Realmente nunca me sentí exiliado en Argentina, país en que me habría gustado nacer si el Paraguay no hubiera existido. Y Buenos Aires siempre fue para mí y lo seguirá siendo hasta el fin de mis días la ciudad más hermosa del mundo, intemporal, cosmopolita y mágica. Un puro espejismo sobre el vértigo horizontal de la llanura pampeana. No comprenderé nunca por qué Borges se alejó de ella para morir".
En 1982, tras un breve viaje a su país, se le confiscó el pasaporte, fue privado de la ciudadanía paraguaya y expulsado del país acusado por el régimen dictatorial del general Alfredo Stroessner (1912-2006) de adoctrinar a la gente joven con la ideología marxista: como única prueba se presentaron documentos que demostraban que había estado en Cuba. Un año después obtendría la ciudadanía española y publicaba los libros de cuentos "Lucha hasta el alba ", "Antología personal" y "Contar un cuento y otros relatos".


Desde 1985 en adelante fue un opositor activo al gobierno de Stroessner y actuó como embajador no oficial del Acuerdo Nacional en Europa. En febrero de 1986 dio a conocer su "Carta abierta al pueblo paraguayo" donde preconizaba el fin de la dictadura y exigía el inicio de una transición a la vida democrática. Su labor de difusión de la realidad paraguaya fue intensa, recorriendo varios países y generando reacciones de apoyo a esa causa. En Buenos Aires participó del Primer Congreso Latinoamericano de Escritores junto a Juan Rulfo (1917-1986), Mario Benedetti (1920-2009) y Héctor Tizón (1929-2012) entre otros, y estableció junto a un equipo de colaboradores una agencia de noticias paraguayas para difundir a nivel internacional la labor de los sectores democráticos opuestos al régimen tiránico de su país.
En 1987 coordinó en Madrid las "Jornadas por la democracia en el Paraguay" junto a la periodista y escritora María Gloria Giménez Guanes (1948), un evento que contó con el apoyo del gobierno español, al que concurrieron más de cuarenta referentes del exilio interior y exterior paraguayos, así como personalidades políticas y culturales de Europa. Al año siguiente obtuvo el Premio de Letras del "Memorial de América Latina", otorgado en San Pablo, Brasil y, poco después de la caída de Stroessner, el 3 de febrero de 1989, regresó al Paraguay.
Ese mismo año obtuvo el Premio Cervantes, cuando ya despuntaba otro rico período en su literatura. En 1992 publicó la novela "Vigilia del Almirante" sobre Cristóbal Colón, seguida de "El fiscal" (1993), "Contravida" (1994) y "Madama Sui" (1996), uno de sus libros con mayor cantidad de paisaje paraguayo, que le valió la máxima distinción de su país: el Premio Nacional de Literatura. Evidentemente fue un escritor que nunca dejó de definirse como un campesino -"utilizo la palabra campesino con cierto orgullo, porque en mi obra he procurado recuperar la dignidad de ese término"-, que capturó el choque entre las culturas indígenas y extranjeras en su país y la rebelión y tenacidad del pueblo guaraní a través de sus obras.


Ya en su ocaso, publicaría "Los conjurados del quilombo del Gran Chaco" (2001) y "Un país detrás de la lluvia" (2002). Tras sufrir enfermedades coronarias durante largo tiempo, Augusto Roa Bastos murió en Asunción a los 87 años, el 26 de abril de 2005. "El tema del poder, en sus diferentes manifestaciones, aparece en toda mi obra, ya sea en forma política, religiosa o en un contexto familiar. El poder constituye un tremendo estigma, una especie de orgullo humano que necesita controlar la personalidad de otros", dijo en una oportunidad el escritor, sintetizando el mayor de los ejes de su literatura. "Como escritor que no puede trabajar la materia de lo imaginario sino a partir de la realidad, siempre creí que para escribir es necesario leer antes un texto no escrito, escuchar y oír antes los sonidos de un discurso oral informulado aún pero presente ya en los armónicos de la memoria".
En "La narrativa paraguaya en el contexto de la narrativa hispanoamericana actual", ensayo publicado en 1984, resumió su concepción de la literatura: "La literatura se me representó siempre como una forma de vivir, una forma de realizar el conocimiento de lo incierto a través de las mutaciones y transformaciones de los múltiples aspectos de la realidad. Si la obra es válida, sus logros se realizan en el interior de la práctica misma del arte de narrar. Es aquí donde la subjetividad individual amalgamada con la conciencia histórica y social, la imaginación con la pasión moral, pueden dar a la literatura sus plenos poderes de mediación, de cuestionamiento y de iluminación de la realidad en sus ángulos más diversos y desconocidos".
En el mes de junio de 2017, con motivo de cumplirse el centenario de su nacimiento, Paraguay se volcó en la figura del escritor con una serie de conferencias, exposiciones y la reedición de "Yo el supremo". En esa oportunidad la poeta, novelista, dramaturga y Doctora en Historia por la Universidad de Asunción Renée Ferrer (1944), presidenta de la Academia Paraguaya de la Lengua Española, destacó la "excelente prosa" de Roa Bastos, su permanente "compromiso con la condición humana" y su "defensa de la libertad" que le permitió tener una "clara conciencia de las injusticias infringidas por los poderosos".

2 de julio de 2020

Entremeses literarios (CCIII)


EL JUEGO DE LA VIDA
Salvador Robles Miras
España (1956)

Era un viejo pobre y solitario que jugaba a todas horas, hasta en sueños jugaba. Y jugaba a lo único que tenía: vida vivida. Al amanecer, se imaginaba que era un mocoso que correteaba por el patio de la casa familiar; por la mañana, el mocoso se convertía en un adolescente que se comía con los ojos a la hija del tendero de su pueblo natal; al mediodía, el adolescente se transformaba en un apuesto hombre que, acompañado por la hija del tendero, ya una bella mujer, cortejaba al futuro en la orilla de la playa; por la tarde, el hombre se transmutaba en un padre primerizo que, junto a la mujer bella y amada, ahora madre, caminaba por el parque empujando la sillita en la que dormía plácidamente un hermoso bebé; al anochecer, el padre era un viejo viudo que se introducía en la cama acompañado de los recuerdos coleccionados en sus ochenta y cinco años de existencia. De madrugada, en sueños, se lo pasaba en grande jugando al juego de la vida.


OFICINA DE RECLAMACIONES
Raúl Brasca
Argentina (1948)

Oficina Estatal de Reclamaciones. El probo funcionario abre la ventanilla a las nueve en punto de la mañana. A las nueve y un minuto se presenta el primer reclamante, el segundo llega un par de segundos más tarde. Luego, con un intervalo de seis segundos, van llegando los demás. La cola es cada vez más larga. A las diez de la mañana son ya doscientos los reclamantes que esperan su turno. Los que llegan después de las diez encuentran cerrada la puerta de la calle y no se les permiten entrar en la Oficina.
A partir de este momento, por lo tanto, el cálculo es fácil: teniendo en cuenta que el probo funcionario necesita seis minutos para despachar a cada uno de los reclamantes, necesita mil doscientos minutos, es decir, veinte horas para atender a las doscientas personas que ahora esperan su turno en la cola, es decir, mucho más tiempo del que dura la jornada laboral. Muchos reclamantes, por lo tanto, se encontrarán con la ventanilla cerrada. Cuando cumpla las ocho horas dentro de su jaula, el probo funcionario cerrará la ventanilla y volverá a su casa para enfrentarse un día más con una mujer que, con los años, ha perdido todas las pestañas.
Más de cuatro ciudadanos no tendrán pues más remedio que volver mañana a la Oficina de Reclamaciones si realmente quieren que el Estado, por mediación del probo funcionario, atienda sus legítimas reclamaciones.


EL DISCURSO DEL HOMBRE INVISIBLE
Francisco Rodríguez Criado
España (1967)

- Y por lo que a mí respecta -sentenció el hombre invisible tras un largo e interesante discurso-, no soy más que lo veis.
La muchedumbre, que no veía nada, se dio media vuelta y abandonó en silencio la plaza, sintiéndose estafada. En verdad le habían gustado las palabras que allí habían escuchado, pero vivían en una sociedad -como ocurre con la actual- que premiaba no lo que se decía sino quién lo decía. Y resultaba del todo inaceptable aplaudir a un hombre que no daba la cara… El hombre invisible, avergonzado, se retiró adonde nadie pudiera verle.


LOS DOS POLÍTICOS
Ambrose Bierce
Estados Unidos (1842-1914)

Dos políticos cambiaban ideas acerca de las recompensas por el servicio público.
- La recompensa que yo más deseo -dijo el primer político- es la gratitud de mis conciudadanos.
- Eso sería muy gratificante, sin duda -dijo el segundo político-, pero es una lástima que con el fin de obtenerla tenga uno que retirarse de la política.
Por un instante se miraron uno al otro, con inexpresable ternura; luego, el primer político murmuró:
- ¡Que se haga la voluntad del Señor! Ya que no podemos esperar una recom­pensa, démonos por satisfechos con lo que tenemos.
Y sacando las manos por un momento del tesoro público, juraron darse por satisfechos.


EL ÚLTIMO BOMBÓN
Sir Helder Amos
Venezuela (1990)

Ese domingo, se paró más temprano de lo usual porque al fin había llegado su día. Así que tan pronto abrió los ojos corrió a su tocador y tras rebuscar por unos minutos en sus gavetas lo encontró. El último bombón, de la caja de chocolates que había comprado hace años, antes de que la pandemia empezara, lucía tan delicado y apetitoso como siempre. Con nerviosismo lo tomó en sus manos y miró el calendario, la última vez que se había comido uno de esos había sido en su cumpleaños, meses atrás, y de tan sólo pensar que ese era el último de la caja le ponía los pelos de punta. Porque debido a la pandemia y el ataque alienígena, habían quedado confinados en sus casas viviendo de las provisiones básicas que el gobierno les daba, las cuáles nunca incluían bombones.
A pesar de que sus manos temblaban de la emoción, logró quitarle el envoltorio y apreció la belleza del chocolate por un momento, su color marrón oscuro le parecía inigualable. Luego se lo llevo a la nariz y lo olió, haciendo que su dulce y fuerte olor despertara aún más sus sentidos. Sin embargo, se tomó un momento antes de llevárselo a la boca, porque quería estar segura de que estaba preparada para disfrutarlo y degustarlo al máximo, al no saber cuándo podría tener otro de esos. Al sentirse lista, cerró los ojos y abrió la boca lentamente, pero mientras se llevaba el bombón a la boca...
- ¿Qué es eso, mami?
Su pequeño estaba parado en la puerta de la habitación mirándola lleno de curiosidad.
- ¡Ay! -gritó la mujer, pegando un brinco y casi soltando el bombón-. ¡Me asustaste, bebé! Esto es un chocolate, un dulce que comíamos y disfrutábamos hace mucho tiempo, incluso antes de que tú nacieras, -le explicó, mirando el bombón, luego a su hijo, luego al bombón de nuevo-. ¿Quieres probarlo? Es el último...
El pequeño asintió con la cabeza y corrió a donde estaba su madre, y arrancándole el bombón de la mano, muy egoístamente, se lo metió completo en su pequeña boquita en menos de un segundo. Tan pronto lo saboreó, el rostro del niño se iluminó y con una gran sonrisa anunció:
- ¡Está delicioso! ¡Nunca había probado algo tan rico!
- Sí que lo es esta, -estuvo de acuerdo la madre, quien sintió el dulce sabor del chocolate en su boca a pesar de no haberlo probado.


INFELICIDAD
Nicolás Jarque Alegre
España (1977)

Aguardaba el autobús debajo de una marquesina, cuando dos ancianos empezaron a reprocharse. La mujer no soportaba de su marido que dejase la pasta dentífrica fuera de su cubilete, que fuese tan despistado con las tareas domésticas ni sus cigarros a escondidas; el hombre le replicaba el exceso de sal en las comidas y el control férreo que sometía a todos sus actos. Entonces, recordé las disputas constantes de mis padres, la impotencia que sentía por asistir al intercambio de improperios y el miedo a que la familia se resquebrajase en cualquier momento. Por eso, al llegar a casa, le pregunté a Olga: “¿Me seguirás recriminando mi impuntualidad, que deje los platos sucios de la cena para el día siguiente o los domingos de sofá?”. “Sí, por supuesto”, me contestó con sinceridad y, por evitar que alguien en el futuro -quizás unos hijos- padeciesen nuestra infelicidad, recogí mis cosas y me marché.


LA JUSTICIA DE LOS ELEMENTOS
Henry van Dyke
Estados Unidos (1852-1933)

El asesino con corona había agotado todos sus recursos. Había contado una última mentira, pero ni sus sirvientes le creyeron. Había lanzado una última amenaza, pero ya nadie le temía. Había querido dar un último golpe de violencia y crueldad, pero ya no tenía fuerzas. Cuando vio su imagen reflejada en los ojos de los hombres, advirtió el daño causado en el mundo, sintió miedo y exclamó:
- Que la tierra me trague.
La tierra se abrió y lo tragó, pero él había hecho tanto mal y derramado tanta sangre, que la tierra volvió a abrirse y lo escupió.
El asesino gritó entonces:
- Que el mar me lleve.
Y las olas lo envolvieron. Pero él había llenado las profundidades con tantos huesos de hombres inocentes, que el mar no lo toleró y lo envió de vuelta a la orilla.
El asesino gritó entonces:
- Que el aire me lleve.
Y soplaron grandes vientos que lo remontaron. Pero el aire puro no soportó su peso y lo dejó caer.
Mientras caía, el asesino gritó:
- Que el fuego me dé refugio.
El mismo fuego con el cual él había arrasado hogares sintió un enorme regocijo, y las llamas se avivaron a medida que el asesino se acercaba.
- Bienvenido -aulló el fuego-. ¡Sé mi esclavo!
El asesino entendió entonces que no había esperanzas para él en la justicia de los elementos.


TRAGEDIA
Vicente Huidobro
Chile (1893-1948)

María Olga es una mujer encantadora. Especialmente la parte que se llama Olga. Se casó con un mocetón grande y fornido, un poco torpe, lleno de ideas honoríficas, reglamentadas como árboles de paseo. Pero la parte que ella casó era su parte que se llamaba María. Su parte Olga permanecía soltera y luego tomó un amante que vivía en adoración ante sus ojos.
Ella no podía comprender que su marido se enfureciera y le reprochara infidelidad. María era fiel, perfectamente fiel. ¿Qué tenía él que meterse con Olga? Ella no comprendía que él no comprendiera. María cumplía con su deber, la parte Olga adoraba a su amante. ¿Era ella culpable de tener un nombre doble y de las consecuencias que esto puede traer consigo?
Así, cuando el marido cogió el revólver, ella abrió los ojos enormes, no asustados, sino llenos de asombro, por no poder entender un gesto tan absurdo. Pero sucedió que el marido se equivocó y mató a María, a la parte suya, en vez de matar a la otra. Olga continuó viviendo en brazos de su amante, y creo que aún sigue feliz, muy feliz, sintiendo sólo que es un poco zurda.


MEDIA HORA LARGA
Beatriz Alonso Aranzábal
España (1963)

Dedicó veinticinco minutos a escribir un alegato a favor (o en contra) del asunto candente en su red social. Cuatro a responder a un email de trabajo. Tres a atender una llamada. Dos a pedir cita en el taller. Un minuto a compartir un curioso vídeo entre sus contactos. Treinta segundos a pedir un taxi. Quince a ponerse el abrigo. Un segundo a despedirse de su hijo con un beso.


LA DICHA DE VIVIR
Leopoldo Lugones
Argentina (1874-1938)

Poco antes de la oración del huerto, un hombre tristísimo que había ido a ver a Jesús conversaba con Felipe, mientras concluía de orar el Maestro.
- Yo soy el resucitado de Naim -dijo el hombre-. Antes de mi muerte, me regocijaba con el vino, holgaba con las mujeres, festejaba con mis amigos, prodigaba joyas y me recreaba en la música. Hijo único, la fortuna de mi madre viuda era mía tan solo. Ahora nada de eso puedo; mi vida es un páramo. ¿A qué debo atribuirlo?
- Es que cuando el Maestro resucita a alguno, asume todos sus pecados -respondió el Apóstol-. Es como si aquél volviera a nacer en la pureza del párvulo…
- Así lo creía y por eso vengo.
- ¿Qué podrías pedirle, habiéndote devuelto la vida?
- Que me devuelva mis pecados -suspiró el hombre.

1 de julio de 2020

Charles Baudelaire, el poeta condenado


Charles Pierre Baudelaire nació en la calle Hautefeuille de París, Francia, el 9 de abril de 1821, en plena época de la Restauración. Su padre, Joseph Francois, era un ex-seminarista, profesor de dibujo y pintor que con más de sesenta años engendró al futuro escritor al que le enseñaría las primeras letras. Tenía un hijo de su primer matrimonio: Claude Alphonse. Su madre Caroline dio a luz a Charles cuando no había cumplido los treinta. Seis años después, al morir el padre, su viuda se casó en segundas nupcias con el comandante Jacques Aupick (1789-1857). Baudelaire que conservaba de los primeros años de su infancia un grato recuerdo de su padre, rápidamente sintió animadversión por el nuevo esposo de su madre, un sentimiento que, al parecer, fue recíproco, lo que conllevó conflictos familiares que se transformaron en una constante de su infancia y adolescencia.
En la época en que sucedieron las jornadas revolucionarias de junio de 1830 que obligaron a abdicar al ultra absolutista monarca Carlos X de Borbón (1757-1836) para ser substituido por Luis Felipe de Orleans (1773-1850), el padrastro de Baudelaire consiguió la graduación de teniente coronel y tuvo que desplazarse a Lyon. Allí Baudelaire fue internado en el Collége Royal, del que guardaría un mal recuerdo. Cuando volvieron a ascender a su padrastro, esta vez a general del Estado Mayor, la familia regresó a París y el joven pasó entonces al internado del Collège Louis le Grand, donde al cabo de dos años, en 1839, fue expulsado sin que se sepa todavía el porqué, aunque consiguió aprobar el examen de grado superior.
A pesar de sentir una clara vocación por las letras tras la lectura de Charles Sainte Beuve (1804-1869), André Chénier (1762-1794) y Alfred de Musset (1810-1857), se matriculó en 1840 en la Facultad de Derecho de la Université de Paris, curiosamente junto con otros poetas como Gustave Le Vavasseur (1819-1896) y Ernest Prarond (1821-1909). Dos años antes, a los diecisiete, había escrito sus primeros versos, que serían ya característicos.
Poco después, inició su afición a la vida bohemia y disipada caracterizada por sus continuos choques con el ambiente familiar y su inclinación hacia las drogas. Por entonces se vinculó con jóvenes poetas del Barrio Latino y empezó a frecuentar prostíbulos. A través de una extraña relación con "Louchette", una prostituta de origen hebreo, fue quizá que contrajo una enfermedad venérea que estaría latente toda su vida y que motivaría más adelante su poema "Une nuit que j'étais près d'une affreuse juive" (Una noche que estaba junto a una horrible judía). Su círculo de amistades literarias, mientras tanto, se fue ensanchando: Honoré de Balzac (1799-1850), Charles Sainte Beuve (1804-1869) y Gérard de Nerval (1808-1855) entre otros.
Para alejarlo de ese ambiente, su padre adoptivo lo embarcó en el buque Paquebot des Mers du Sud con destino a Calcuta el 9 de junio de 1841. El viaje fue interrumpido a mitad de camino por una tempestad y el joven conflictivo, enfermo y deprimido psicológicamente, regresó desde la isla Reunión en otro barco. La aventura imprimió una profunda huella en el poeta. Fruto de esa experiencia surgieron sus poemas "À une dame créole" (A una dama criolla) y "Le voyage " (El viaje).
En 1842, nuevamente en París, entabló amistad con Théophile Gautier (1811-1872) y Théodore de Banville (1823-1891) y, al cumplir los veintiún años, recibió la herencia de su padre biológico (75.000 francos) que le permitió independizarse. Abandonó entonces el piso familiar y se instaló en un pequeño apartamento del Hôtel de Lauzun junto al río Sena. En el pequeño teatro situado en la rue Saint Jacques del Barrio Latino, el Théâtre du Panthéon, conoció a Jeanne Duval (1820-1862), una actriz mulata nacida en Haití de la que se enamoró y a quien dedicaría varios de sus más brillantes y controvertidos poemas: "Le balcon" (El balcón), "Parfum exotique" (Perfumes exóticos), "La chevelure" (La cabellera) y "Le serpent qui danse" (La serpiente que danza).
Los continuos derroches obligaron a su padrastro a controlar la herencia, dándole una pequeña cantidad trimestral. Cambió entonces de domicilio y para conseguir dinero, comenzó a publicar de forma anónima. Se instaló en un hotel por 350 francos al año y es allí donde formó el "Club des Haschischins" (Club de fumadores de haschis). Baudelaire tomaba opio en forma de láudano desde joven, pero el haschis era, en aquellos días, signo de estatus en los círculos literarios.
En septiembre de 1844, su madre consiguió que se nombrara a un asesor judicial como su administrador. La tarea recayó en el notario de Neully, un funcionario completamente ajeno a la literatura que no perdió jamás de vista los intereses de su patrimonio y sólo le asignó una pequeña renta mensual, situación que profundizó sus conflictos familiares. En la correspondencia del escritor figuran testimonios, casi diarios, de los sufrimientos que soportó en el curso de los veintidós años de vida que le quedaban, y durante los cuales, a pesar de la miseria, la enfermedad, las deudas y también el hambre, pudo sin embargo, desarrollar su obra.
Su primera publicación, firmada Baudelaire-Dufäys fue "Le salon" (El salón, 1845), un libro de crítica de arte en el que elogió la obra de pintores como Eugène Delacroix (1798-1863) y Édouard Manet (1832-1883), por entonces todavía muy discutidos. Paralelamente, la revista "L'artiste" publicó el antes mencionado poema "A una dama criolla" que fuera compuesto en la isla Mauricio, durante una escala en su fallido viaje de 1841.
Este mismo año, como las deudas se acumulaban incesantemente, planeó con la Duval un falso suicidio. Baudelaire, luego de dejarle sus escritos a Banville y pedirle a su amigo el químico Louis Ménard (1822-1901) que le preparase ácido prúsico, se hizo un pequeño corte en el pecho con un cuchillo en un cabaret de la calle Richelieu. El fraude sirvió para que su padrastro cancelara alguna de sus deudas. Luego fue hospedado por su madre hasta su curación y, una vez recuperado, volvió a vivir con su amante en el barrio Ile Saint Louis.
Durante 1846 publicó algunos poemas y ensayos en las revistas "Corsaire-Satan", "L'espirit public" y "L'artiste", y al año siguiente publicó bajo el seudónimo de Charles Dufays su único cuento, "La Fanfarlo", en el "Bulletin de la société des gens de lettres" con notables influencias de Balzac. Por entonces leyó a Ernst T. A. Hoffmann (1776-1822) y Edgar Allan Poe (1809-1849), escritores por él considerados vanguardistas. Con el autor de "The fall of the House of Usher" (La caída de la Casa Usher) y "The pit and the pendulum" (El pozo y el péndulo), entre muchísimas otras obras, quedó conmovido hasta el punto de dedicarse durante diecisiete años a traducir toda su producción, traducciones que, por entonces, fueron las únicas existentes en francés.
En febrero de 1848 tuvo lugar en París la revolución que derrocó al gobierno corrupto de Luis Felipe I y provocó la llegada al poder de la Segunda República francesa. Baudelaire estuvo en las barricadas y escribió para el periódico de tendencia socialista "Le salut publique". Durante la revolución trabó amistad con el pintor Gustave Courbet (1819-1877) quien más adelante pintaría un retrato suyo, y con Auguste Poulet Malassis (1825-1878), activo participante en la insurrección y futuro editor de sus obras. Su madre, mientras tanto, se marchó a Estambul acompañando a su esposo que había sido nombrado embajador. Cuando en 1851 Luis Napoleón Bonaparte (1808-1873) dio un golpe de estado y asumió todos los poderes, Baudelaire estaba enfurecido, quizá también porque designó a su padrastro como embajador en Madrid.
En 1855 se celebró en París una Exposición Universal y Baudelaire recibió el encargo de hacer la crítica de los salones de pintura, cosechando con ello un gran éxito, al tiempo que, al fallecer su padrastro, reanudó la relación epistolar con su madre. Por fin, el 25 de junio de 1857 apareció la principal obra del poeta "Les fleurs du mal" (Las flores del mal), una recopilación de poemas trabajados minuciosamente durante ocho años que Baudelaire había vendido al editor Poulet Malassis el 30 de diciembre del año anterior.
Inmediatamente después de su publicación, el gobierno francés acusó a Baudelaire de atentar contra la moral pública y las buenas costumbres, y la edición fue confiscada por mandato judicial. A pesar de que la élite literaria francesa salió en su defensa, Baudelaire fue multado y seis de los poemas contenidos en el libro desaparecieron en las ediciones posteriores (la censura no se levantó hasta 1949). El poeta fue procesado en medio del escándalo general azuzado por el periodista Gustave Bourdin (1820-1870) en la edición del 5 de julio del periódico conservador "Le Figaro", en el que aseguraba que la obra era "un libro lleno de monstruosidades; un hospital abierto a todas las demencias del espíritu, a todas las podredumbres del corazón". Dos semanas después, a pesar de la intervención del crítico literario Édouard Thierry (1813-1894) -quien publicó un elogioso artículo en el "Moniteur universel" del 14 de julio-, el procurador general requirió una acción judicial contra el poeta, su editor y el impresor. Así pues, el 20 de agosto Baudelaire fue llevado a comparecer ante la Sala Sexta del Tribunal del Sena al entender "que las piezas incriminadas, debido a su realismo grosero y ofensivo, conducían necesariamente a la excitación de los sentidos".
En su defensa, Baudelaire respondió: "Todos los imbéciles de la burguesía que pronuncian las palabras inmoralidad, moralidad en el arte y demás tonterías me recuerdan a una puta de a cinco francos que una vez me acompañó al Louvre, donde ella nunca había estado, y empezó a sonrojarse y a taparse la cara. Tirándome a cada momento de la manga, me preguntaba ante las estatuas y cuadros inmortales cómo podían exhibirse públicamente semejantes indecencias". A pesar de su condena, en 1859 y 1860 el Ministerio de Instrucción Pública le concedió una ayuda de 300 francos, pero ante el público quedó identificado, incluso hasta mucho después de su muerte, con la depravación y el vicio. Amargado, incomprendido, Baudelaire se aisló aún más.
Su siguiente obra, "Les paradis artificiels" (Los paraísos artificiales, 1860), es un relato de sus experiencias con las drogas en el cual se percibe una notable influencia de Thomas de Quincey (1785-1859), el periodista, crítico y escritor británico autor de "Confessions of an english opium eater" (Confesiones de un opiómano ingles) que había aparecido publicado en el "London Magazine" en 1821 y que se caracterizó por ser un agudo crítico del decadentismo de la sociedad inglesa en general. Ya por entonces, Baudelaire leía con admiración -y cierta desconfianza- a dos escritores todavía desconocidos: Stéphane Mallarmé (1842-1898) y Paul Verlaine (1844-1896) quienes, cinco años después, comenzaron a reconocerlo como uno de sus maestros.
En esta época también vieron la luz los artículos "Richard Wagner et Tannhäuser à Paris" (Richard Wagner y el Tannhaüser en París) -aparecido en la "Revue européenne"-, y "Le peintre de la vie moderne" (El pintor de la vida moderna) -publicado por "Le Figaro"-, opúsculos en los que elogió a los artistas Richard Wagner (1813-1883) y Constantin Guys (1802-1892) respectivamente, a quienes consideraba como la síntesis de un arte nuevo. También publicó algunos poemas en "L'artiste", "Le boulevard" y "La presse" -lo que no alivió su precaria condición económica- y presentó su candidatura a la Academia Francesa, postulación que fracasó debido a la oposición de los académicos.
Por entonces sus ataques crónicos se agudizaron con trastornos nerviosos, cólicos y dolores musculares, y las cápsulas de éter y el opio eran sus compañeros inseparables. Se empeñó entonces en la segunda edición de "Las flores del mal", la que, sin los seis poemas censurados en 1857, incluyó unos treinta y cinco textos inéditos. Escribió también varios artículos, entre ellos uno sobre "Les misérables" (Los miserables) de Victor Hugo (1802-1885), y un ensayo sobre la novela "Madame Bovary" (La señora Bovary) de Gustave Flaubert (1821-1880), escritor que también había sido juzgado por inmoral pero, a diferencia de Baudelaire, fue declarado inocente.
A partir de abril de 1864 y hasta marzo de 1866 vivió en Bélgica a cubierto de sus acreedores y en donde pensaba tener mayor libertad. Pronunció una serie de conferencias sobre sus pintores favoritos y su obra "Los paraísos artificiales" que no tuvieron el éxito esperado, e intentó publicar sus obras, un proyecto que naufragó muy pronto por falta de editor. Desilusionado por esta experiencia escribió "Belgique deshabillée" (Bélgica al desnudo). Todo esto lo desanimó sensiblemente en los meses siguientes hasta que, el 4 de febrero de 1866, sufrió un ataque de parálisis cerebral en la iglesia de Saint Loup de Namur seguido de la pérdida del habla y su madre hizo que lo llevasen de nuevo a París.
De regreso en su ciudad natal fue internado en la clínica del doctor Guillaume Émile Duval (1825-1899), un reputado especialista en salud mental. Simultáneamente se publicaban algunos de sus poemas en "La vie parisienne" y en la "Revue de París" otros seis poemas en prosa titulados "Le spleen de París" (El hastío de París). Mientras tanto su enfermedad se agravó rápidamente y su vida no fue ya más que una lenta agonía que se prolongó durante un año. Visitado por sus amigos y cuidado por su madre hasta sus últimos momentos, falleció el 31 de agosto de 1867, a la edad de 46 años. Fue enterrado en el cementerio de Montparnasse al lado de su padrastro y en cuyo mausoleo reposaría también su madre cuatro años después.
A su funeral asistieron un centenar de amigos y escritores. La Société des Gens de Lettres no envió a ningún delegado. Idéntica inacción mostraron los periódicos locales. Solamente el escritor Edmond de Goncourt (1822-1896), autor de un valioso testimonio sobre la sociedad literaria parisina de fines del siglo XIX al que llamó "Journal" (Diario) escribió impiadosamente: "La locura del artista, del escritor, hace que se los sobrestime una vez muertos; del mismo modo que la guillotina contribuye al ascenso de la escritura de los guillotinados en los catálogos de autógrafos".
Póstumamente se publicaron muchas de sus obras que permanecían inéditas y su correspondencia. Así, fueron apareciendo con el correr de los años "Les épaves" (Los despojos), "Curiosités esthétiques" (Curiosidades estéticas), "Fusées" (Cohetes), "Mon coeur mis à nu" (Mi corazón al desnudo) y los "Journaux intimes" (Diarios íntimos). El reconocimiento, tanto de la crítica como de la sociedad en general, como suele suceder, llegaría mucho tiempo después. Fue necesario esperar hasta 1902 para la inauguración de un monumento en su honor en el cementerio de Montparnasse y hasta 1922 para que comenzaran a publicarse sus obras completas.
Baudelaire fue con toda justicia el iniciador de la poesía moderna. En sus obras vertió la experiencia dolorosa de su vida, muchas veces de modo simbólico, mezclando su obsesión por la muerte, la sensualidad y el misticismo. "Perdido en las fealdades de este mundo y atrapado por las multitudes -escribió-, soy un hombre cansado cuyo ojo no alcanza a ver, en la hondura de los años, sino inquietudes y amarguras, viendo ante mí tan sólo un huracán en el que nada nuevo se contiene, vacío de dolor y de enseñanzas".
Y, acaso premonitoriamente, en uno de los textos de sus diarios puede leerse: "El mundo va a acabarse. No es en especial por las instituciones políticas como se vendrá a manifestar por cierto la ruina universal, sino por la vileza a que llegarán los corazones. ¿Es preciso que diga que lo poco que quedará de lo político se debatirá entre la opresión de una animalidad ya general, y que los gobernantes se van a ver forzados, para mantenerse y proyectar un fantasma de orden, a recurrir a medios que harían estremecer nuestra humanidad de hoy, sin embargo ya tan endurecida? Esos tiempos están quizá muy próximos; ¿quién sabe si no han llegado ya, y si el pesado espesamiento de la que es nuestra naturaleza no es el único obstáculo que impide que apreciemos ese medio en el cual respiramos?".

28 de junio de 2020

Mario Monteforte Toledo, entre el rocío del paraíso y el veneno de la serpiente


El crítico literario dominicano Pedro Henríquez Ureña (1884-1946) sostenía, en su libro "Las corrientes literarias en la América Hispánica", que gran parte de la literatura de la segunda mitad del siglo XX expone "los problemas sociales, o al menos describe situaciones sociales que contienen en germen los problemas. Normalmente es la novela el género que con más frecuencia apunta a estos aspectos de la sociedad en los tiempos modernos".
Superados los tiempos del descubrimiento, los de la creación de una sociedad nueva en una geografía distinta, los del florecimiento del mundo colonial, los de la declaración de la independencia política y los del espíritu romántico, anárquico y de organización que sucedieron, surgió una camada de escritores cuya literatura experimentó tanto en las formas como en los contenidos de sus obras.
Aparecieron los temas americanos desarrollados en un ambiente criollo -donde se planteaba la antinomia entre civilización y barbarie- en escritores como el mexicano Mariano Azuela (1873-1952), el uruguayo Horacio Quiroga (1878-1937), el venezolano Rómulo Gallegos (1884-1969), los argentinos Benito Lynch (1885-1952) y Ricardo Güiraldes (1886-1927) y el colombiano José Eustasio Rivera (1888-1928) por citar algunos de los más destacados.
El ensayista argentino Enrique Anderson Imbert (1910-2000) aseguraba en su "Historia de la literatura hispanoamericana" de 1954 que "muchos novelistas contemporáneos del cono sur americano presentaron los temas americanos de los mayores pero con la imaginación entrenada en la literatura de vanguardia -la vanguardia de la entreguerra de 1918 a 1939- y así se vincularon a la promoción siguiente de narradores más experimentados con la forma y el lenguaje". De este modo se refiere a la generación de escritores hispanoamericanos comprendida entre 1925 y 1940 -nacidos de 1900 a 1915-, en la que se incluye a Mario Monteforte Toledo, el notable escritor guatemalteco nacido el 15 de septiembre de 1911.


Monteforte Toledo, un gran admirador de la cultura indígena de su país, asumió en su obra la complejidad y el compromiso: siendo un escritor que dejaba traslucir en sus páginas claras reivindicaciones políticas y sociales relacionadas con la indigna explotación del campesinado guatemalteco, no abandonó jamás el tono lírico y sentimental de los mejores narradores de la generación precedente.
Estas características se hicieron evidentes a lo largo de su obra novelística: "Anaité" (1948), "La piedra y la cruz" (1949), "La cueva sin quietud" (1950), "Donde acaban los caminos" (1952), "Una manera de morir" (1957), "Llegaron del mar" (1966), "Los desencantados" (1974), "Unas vísperas muy largas (1996) y "Los adoradores de la muerte" (2000), en las que abordó los conflictos del hombre inmerso en una sociedad convulsionada por las contradicciones entre indios y blancos, paisanos y extranjeros, habitantes de la ciudad y campesinos.
Su técnica narrativa ha sido comparada a la del estadounidense John Dos Passos (1896-1970) y su temática concuerda con la de su connacional Miguel Angel Asturias (1899-1974), aunque se le reconoce una expresión de protesta más directa, aproximándolo a autores como los peruanos José María Arguedas (1911-1969) y Ciro Alegría (1909-1967) y el ecuatoriano Jorge Icaza (1906-1978).


El crítico literario peruano Luis Alberto Sánchez (1900-1994), en su "Proceso y contenido de la novela hispanoamericana" (1953), lo incluyó entre los narradores de tendencia subjetiva, pero también lo mencionó entre sus contrarios, aquéllos que construyeron su literatura a partir de un punto de vista objetivo. "No puede aseverarse que Monteforte sea sólo un autor indigenista, a pesar de haber abordado en sus obras esta temática, usando el léxico apropiado. Puestos a ser ambiguos, y a aceptar este adjetivo sin connotaciones peyorativas, Monteforte posee temperamento lírico, siendo poeta antes que novelista o, mejor, es novelista porque es poeta".
En "Una manera de morir" puede leerse: "La gente cree que la libertad consiste en gritar y exponer los defectos de las leyes y de los que las aplican. La libertad es mucho de soledad, de tiempo para acordarse de uno mismo y sobre todo de capacidad para no someterse. No es que uno haga algo; basta que se sepa con fuerzas para poder hacerlo". Y en "Donde acaban los caminos" expuso sus dudas, contempló su razón y la comparó con la sabiduría inocente del campesino, que sabía colocar a cada uno en el lugar que le correspondía: "En vano he buscado a mis congéneres, a la gente que piensa como yo. Sé que existen, la hay, por todo el mundo, y anda acorralada y perdida y confusa como yo. Pero, ¿dónde está?".
Aquel que de niño se fascinaba con la lectura de Julio Verne (1828-1905) y Emilio Salgari (1862-1911), que en su adolescencia lo hacía con James Joyce (1882-1941) y, sobre todo, con Ezra Pound (1885-1972) -cuya obra se convirtió en su "más profunda y constante escuela literaria", según sus propias palabras-, también se dedicó a la política, llegando a ser diputado y más tarde vicepresidente de la República. Sin embargo, su trayectoria política se vio bruscamente truncada tras el golpe de estado de 1954 propiciado por el gobierno norteamericano, por lo que tuvo que salir de Guatemala para vivir en el exilio.


Esos años los pasó en Francia, Inglaterra, España, Ecuador, Estados Unidos y -principalmente- México. En París estudió sociología, ciencias políticas, historia y arte, y frecuentó la casa de la poetisa, escritora y dramaturga estadounidense Gertrude Stein (1874-1946), quien despertó su pasión por la literatura norteamericana y la Generación Perdida (grupo de escritores de ese país que vivió en París y otras ciudades europeas desde la Segunda Guerra Mundial hasta la Gran Depresión). En Madrid entabló amistad con los poetas León Felipe (1884-1968), Juan Rejano (1903-1976) y Bernardo Clariana (1912-1962).
Más tarde, en Londres, trabajó con el crítico literario y escritor británico Cyril Connolly (1903-1974) en la revista "Horizon", donde escribían también gran cantidad de intelectuales antifascistas como Benedetto Croce (1866-1952), André Gide (1869-1951), Aldous Huxley (1894-1963) y Arthur Koestler (1905-1983); y luego, en Nueva York, conoció a Dylan Thomas (1914-1953), cuya poesía tradujo al español, algo que más adelante haría con la de Emily Dickinson (1830-1886), Thomas S. Eliot (1888-1965) y Wystan H. Auden (1907-1973) entre otros distinguidos poetas.
Ya en México, sobrevivió ejerciendo la docencia y la investigación en la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Nacional Autónoma (UNAM), donde su trabajo le ameritó el Águila Azteca, el máximo reconocimiento del gobierno mexicano a los extranjeros que enriquecieron su cultura nacional. Luego, después de más de tres décadas y media, regresó a Guatemala. En una entrevista, el escritor respondió a la pregunta de qué era lo peor del exilio: "El retorno, y encontrar que las mujeres que uno ama son abuelas o ya aman a otro". Allí reanudó sus estudios en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales y se graduó como abogado y notario, una carrera que había abandonado en 1944 cuando se produjo la llamada Revolución Universitaria y un hermano suyo de apenas dieciséis años fue asesinado por la policía en una manifestación de estudiantes.


Alternando con su obra novelística, también escribió algunos libros de cuentos como "La cueva sin quietud" (1949), "Cuentos de derrota y esperanza" (1962) y "La isla de las navajas" (1993); obras de teatro como "El santo del fuego" (1977), "La noche de los cascabeles" (1988), "El escondido" (1994) y "La torre de papel" (1995). También se destacó como ensayista, fundamentalmente sobre temas sociológicos y políticos. En ese sentido pueden mencionarse "Guatemala. Monografía sociológica" (1959), "Izquierdas y derechas en Latinoamérica. Sus conflictos internos" (1968), "Mirada sobre Latinoamérica" (1975), "Literatura, ideología y lenguaje" (1983), "Centroamérica. Subdesarrollo y dependencia" (1983), "Los signos del hombre" (1984), "Las formas y los días. El barroco en Guatemala" (1989) y "Palabras del retorno" (1992).
Además, escribió aproximadamente unos 2.500 artículos para diversos diarios y revistas, en muchos de los cuales denunció las intervenciones en la región del gobierno de Estados Unidos y de la United Fruit Company, una empresa que producía y comercializaba frutas tropicales cultivadas en las llamadas "repúblicas bananeras" de América Latina y que, para mantener sus operaciones con el mayor margen posible de ganancias, sobornaba políticos y auspiciaba golpes de Estado.
Mario Monteforte Toledo, quien se describió a sí mismo como "un testigo del siglo XX", murió por problemas cardiacos el 11 de septiembre de 2003, unos días antes de cumplir noventa y dos años de edad. Sus restos fueron incinerados; parte de las cenizas de "el último gigante de las letras guatemaltecas" -tal como lo describió la prensa en sus artículos necrológicos- fueron enterradas en el Cementerio General, en el centro de la capital, y el resto esparcidas en el Lago de Panajachel.


"El culto mayor de mi vida -escribió en uno de sus ensayos- es la búsqueda de la libertad y el sentido de la realidad y lo de adentro del ser humano; esa lucha no es un deporte sino una necesidad intelectual y física constante y creciente. Escribir es la actividad más frustrante, menos reconocida y más absorbente que se pueda elegir. Yo escribo porque es lo único que sé medio hacer y segundo porque soy testigo o protagonista de muchas de las cosas ocurridas en siglo XX y creo que deben conocerse mejor. No pretendo ni transmitir experiencias útiles porque los consejos no se siguen y todos andamos cometiendo los mismos errores de nuestros antepasados".

24 de junio de 2020

La Argentina y sus escritores malditos


Existieron en la Argentina algunos autores que por las características de sus obras, muchas veces repulsivas, otras tantas incomprendidas, fueron desplazados a algún oscuro rincón de la memoria colectiva. Fueron escritores incómodos que sobrepasaron la moral dominante, que fueron a contramano de los paradigmas de su época. Esa suerte de anatematización ha recorrido la historia de la literatura no como un fantasma sino como una presencia incómoda tanto para la sociedad como para el propio ambiente literario. Osvaldo Lamborghini, Néstor Perlongher y Alejandra Pizarnik, sólo por citar a algunos, se encuentran en esa incómoda casilla de los escritores considerados malditos.
La necesidad de clasificar sus textos, llevó a interpretar el imaginario de estos autores a través de la estética del “neobarroso” (una suerte de mezcla entre el barroco y el barro rioplatense). Este movimiento latinoamericano se distingue por aquel movimiento común de la lengua española que tiene sus matices en el caribe (musicalidad, gracia, artificio, picaresca), que convierten al barroco en una propuesta y que tiene sus diferentes matices en el Río de la Plata (racionalismo, ironía, ingenio, nostalgia, escepticismo, psicologismo).
Osvaldo Lamborghini nació en Necochea, Buenos Aires, el 12 de abril de 1940. Poco antes de cumplir los treinta años, en 1969, apareció su primer libro, “El fiord”, que había sido escrito unos años antes. Era un pequeño librito que se vendió mucho tiempo mediante el trámite de solicitárselo discretamente al vendedor en una sola librería de Buenos Aires. Aunque no fue nunca reeditado en vida de su autor, recorrió un largo camino y cumplió el cometido de los grandes libros: fundar un mito. En 1973 apareció su segundo libro, “Sebregondi retrocede”, cuya recepción en el ambiente de las letras fue polémica. Lo común de sus textos era la decadencia de los seres humanos, la cual se podía llevar a cabo por tres tipos de violencia: física, sexual y psicológica. Así, en sus textos todos habían sufrido algún tipo de abuso o eran generadores de uno.
Poco después formó parte de la dirección de una revista de vanguardia, “Literal”, donde publicó algunos textos críticos y poemas, los que, por algún motivo, causaron una impresión más enfática que su prosa. Durante el resto de la década del ‘70, sus publicaciones fueron casuales o directamente extravagantes: sus dos grandes poemas, “Los Tadeys” y “Die Verneinung” (La negación), aparecieron en revistas norteamericanas. Unos pocos relatos, algún poema y escasos manuscritos lograron circular entre sus numerosos admiradores.
Pasó por entonces varios años fuera de Buenos Aires, en Mar del Plata o en Coronel Pringles. En 1980 salió su tercer y último libro, “Poemas”, y poco después viajó a Barcelona, de donde regresó, enfermo, en 1982. Convaleciente en Mar del Plata, escribió una novela, “Las hijas de Hegel”, por cuya publicación no se preocupó (no se ocupó siquiera de mecanografiarla). Luego volvió a irse a Barcelona, donde murió víctima de un infarto el 18 de noviembre de 1985 a los cuarenta y cinco años de edad.
Esos últimos tres años, que pasó en una reclusión casi absoluta, fueron increíblemente fecundos. Su talento reveló una obra amplia y sorprendente, que culminó en el ciclo “Tadeys” (tres novelas, la última inconclusa, y una voluminosa carpeta repleta de notas y relatos) y los siete tomos del “Teatro proletario de cámara”, una experiencia poética-narrativa-gráfica en la que trabajaba al morir.
Gran cultor del género epistolar, también escribió una innumerable cantidad de cartas, las que eran para él una manera de sortear la ansiedad por un texto que no terminaba de escribir. En ellas jugaba a la ficción, se inventaba un personaje para sí a la vez que planteaba microensayos sobre literatura. En una carta de febrero del ‘77, por ejemplo, le decía al escritor argentino César Aira (1949): “Escribo, pero todo lo que escribo pertenece al género de los 'inéditos', los textos póstumos de un gran escritor. Doble sabor de muerte y de gloria”. Y más adelante seguía: “Escribo como si ya estuviera muerto y canonizado pero como no siempre logro leerme así, lo que ocurre es una sensación de completo derrumbe. El único escaso consuelo sobreviene cuando pienso que a la literatura argentina le faltaba este escritor que estoy inventando. Una sombra, un escritor apócrifo”.


Fue justamente gracias a Aira que se editaron “El niño proletario. Poemas” (1980), “Las hijas de Hegel” (1982), “Novelas y cuentos” (1988) y “Tadeys” (incompleta, 1994), obras todas ellas en las que exacerbó los alcances de la ironía y la digresión como recurso de ruptura con la linealidad del discurso. Acudió al humor aliado a la crueldad, con frecuentes referencias pornográficas y el uso de las llamadas “malas palabras”. Su obra constituye una atrayente combinación de Isidore Ducasse de Lautréamont (1846-1870), Roberto Arlt (1900-1942) y Witold Grombowicz (1904-1969), además de una revisión paródica de otros autores de la literatura argentina como Esteban Echeverría (1805-1851), José Hernández (1834-1886), Horacio Quiroga (1878-1937) y Lucio V. Mansilla (1831-1913), entre otros.
El filósofo y semiólogo francés Roland Barthes (1915-1980) hablaba allá por 1971 en uno de sus ensayos sobre el “terrorismo textual”, haciendo referencia a aquellos escritores que fueron capaces de intervenir en la sociedad gracias a la violencia de sus textos que excedían la ley, la ideología o la filosofía y constituían así su propia inteligibilidad histórica. Osvaldo Lamborghini pertenece sin dudas a esa clase de escritores. En su obra, lo sexual se asocia a motivos como el poder, la sumisión y la humillación. Como observó el crítico español Rafael Conte (1935-2009) acerca de las relaciones entre lenguaje y violencia en la literatura latinoamericana, “plasmar la injusticia social y el absurdo de la suerte de los hombres implica hacer estallar las formas de la comunicación literaria, lo que no excluye la burla y la risa, lo escatológico y lo obsceno: lo ridículo suele ser el otro lado de lo trágico”. En una época en la cual se vivían en Latinoamérica varios procesos revolucionarios, para él fue la literatura la manera de hacer la revolución por otros medios.
Néstor Perlongher nació en Avellaneda, Buenos Aires, el 25 de diciembre de 1949. Durante el Proceso Militar fue detenido y procesado. En 1982, terminada su licenciatura en Sociología, se fue a vivir a San Pablo, donde ingresó en la Maestría de Antropología Social en la Universidad de Campiñas de la que en 1985 fue nombrado profesor. Su obra poética publicada comprende seis libros: “Austria-Hungría” (1980), “Alambres” (1987), “Hule” (1989), “Parque Lezama” (1990), “Aguas aéreas” (1990) y “El cuento de las iluminaciones” (1992).
Colaboró asiduamente en las revistas “El Porteño”, “Alfonsina”, “Ultimo Reino”, “Babel”, “Sitio”, “Xul”, “Pie de Página”, “La Papirola” y “Diario de Poesía”. Durante su estancia en Brasil colaboró en el diario “Folha de São Paulo” y preparó la antología “Caribe transplantino. Poesía neobarroca cubana y rioplatense” (1991). También publicó numerosos textos en prosa, entre los que se destacan “El fantasma del SIDA” (1988) y “La prostitución masculina” (1993).
En 1971, junto a otros escritores e intelectuales como Manuel Puig (1932-1990), Blas Matamoro (1942) y la activista feminista Sara Torres (1941), fundó el Frente de Liberación Homosexual. Antes de integrar este frente, Perlongher había hecho una experiencia de militancia de izquierda en la universidad, pero hacer pública su sexualidad le generó problemas ya que para muchos de los militantes de esos años reproducía, o bien los prejuicios de la moral católica que sostenía que era un tipo de atracción sexual no natural, “contrario al orden establecido por Dios”, o los del estalinismo que entendía la homosexualidad como un “vicio burgués”. Luego, en 1984, participó de la conformación de la Comisión pro-Libertades Cotidianas, una unión de grupos gays, feministas y anarquistas que, junto a la revista “Cerdos y Peces”, inició una campaña de firmas exigiendo la derogación de los edictos policiales.
“Néstor Perlongher fue un escritor insaciable. Creó un estilo propio que se fue agigantando de un modo tal que a esta altura aparece como una de las voces más necesarias de la última poesía argentina”, opinó el profesor de Literatura en la Universidad de Buenos Aires y crítico literario Ariel Schettini (1966) en un artículo aparecido en el diario “La Nación”. En sus ensayos trató temas polémicos como la Guerra de las Malvinas, la figura de Eva Perón (1919-1952) y los desaparecidos durante la dictadura militar argentina de 1976 a 1983.
Iluminado por el neobarroco de los escritores cubanos José Lezama Lima (1910-1976) y Severo Sarduy (1937-1993), fue él quien fundó el movimiento literario llamado “neobarroso”, “porque tenía el fango del estuario del Río de la Plata”. Él mismo lo definió como: “no decir nada como viene, sino complicarlo hasta la contorsión”. Tal como afirmó la periodista argentina Dolores Caviglia (1982), “jamás se concentró en comunicar. No al menos como el canon lo establecía. Sí se propuso extorsionar la lengua hasta el ultraje, contaminar el discurso con hermetismo y oscuridad, lograr que del barro salga lustre, alterar lo bajo por lo alto, desmontar las estrategias oficiales que domestican el cuerpo, ridiculizar lo prefabricado. No quería decir nada de la manera más simple, quería retorcer, escurrir, desplegar y enrollar el lenguaje hasta el desgarro para obtener un caos demente que mezclara lo guarro con lo culto”.


Su obra es un tratado sobre los márgenes sociales y tiene el valor de una provocación, porque hace que el lector ponga en entredicho los lugares comunes sobre el llamado “centro” de la sociedad. La psicóloga argentina Águeda Pereyra (1986) decía en un artículo publicado en enero de 2019 en la revista cultural digital “Polvo” que “la vida y obra de Perlongher se inscriben en el proceso de emergencia de la nueva izquierda y la lucha por derechos a las minorías sexuales. Su doble condición de homosexual y militante lo llevó a numerosas detenciones por las ‘fuerzas de seguridad’ argentinas y finalmente al exilio. La visibilización de la violencia sexual y política atraviesa todas las formas que adquiere su decir. Su obra incluye una enorme variedad de escrituras: la poética, la ensayística, la narrativa, la epistolar, la del investigador social: de allí que sea difícil pensar la obra de Perlongher como eminentemente poética, es decir, sin el necesario diálogo con el resto de su escritura”.
Trotskista, anarquista, ex militante del movimiento de liberación homosexual argentino, Néstor Perlongher murió en San Pablo el 26 de noviembre de 1992 a causa de una septicemia generalizada producida por el SIDA que padecía desde hacía algunos años. Tenía tan sólo cuarenta y dos años de edad. Una semana antes de morir, quizá como si hubiera escrito una carta de despedida, compuso el poema “Canción de una muerte en bicicleta”. En él repitió entre estrofa y estrofa la frase “ahora que me estoy muriendo”, que a la distancia puede leerse como un presentimiento.
Póstumamente se publicaron, en 1997, “Poemas completos” y “Prosa Plebeya”. Para la poeta, traductora y editora argentina Mercedes Roffé (1954), Perlongher fue el único poeta varón que por entonces presentó una poética tan renovadora como la que estaban dando a conocer las poetas mujeres en esos años. “Una poética donde el amor y la sexualidad cuestionaban y se liberaban de los remanidos patrones heteronormativos”.
Alejandra Pizarnik nació en Buenos Aires el 29 de abril de 1936 en una familia de inmigrantes de Europa oriental. Estudió filosofía y letras en la Universidad de Buenos Aires y, más tarde, pintura con Juan Batlle Planas (1911-1966). Entre 1960 y 1964, Pizarnik vivió en París donde trabajó para la revista “Cuadernos” y algunas editoriales francesas, publicó poemas y críticas en varios diarios, tradujo a Antonin Artaud (1895-1948), Henri Michaux (1899-1984) y Aimé Cesaire (1913-2008), y estudió historia de la religión y literatura francesa en la Sorbona.
Antes de su viaje a París conoció a Héctor Álvarez Murena (1923-1975), un escritor perteneciente a la revista “Sur”, cuya amistad fuera fundamental para ella a la hora de conseguir trabajo en Francia. Su vinculación con la revista se produjo a su regreso a la Argentina, momento en que conoció y comenzó a frecuentar a las hermanas Ocampo: Victoria (1890-1979) y Silvina (1903-1993), así como a colaboradores fundamentales de la revista como José “Pepe” Bianco (1911-1986), Enrique Pezzoni (1926-1989) y Juan José Hernández (1931-2007).
Luego de su retorno a Buenos Aires, Pizarnik publicó tres de sus principales volúmenes, “Los trabajos y las noches” (1965), “Extracción de la piedra de locura” (1968) y “El infierno musical” (1971), así como su trabajo en prosa “La condesa sangrienta” (1971). En 1969 recibió una beca Guggenheim y en 1971 una Fullbright.
El 25 de septiembre de 1972, mientras pasaba un fin de semana fuera de la Sala 18 de Psicopatología del hospital Pirovano donde estaba internada, Pizarnik, en medio de una profunda depresión, murió de una sobredosis intencional de seconal sódico.
En el mismo hospital ya había estado internada en ocasión de sus dos intentos de suicidio en 1970 y 1971, comenzando un tratamiento psiquiátrico y asistiendo a talleres de terapia ocupacional. “Yo solamente quiero poner fin a esta agonía que se vuelve ridícula a fuerza de prolongarse”, escribió mientras estaba internada. De su sufrimiento y su certeza de no poder curarse da cuenta su texto “Sala de Psicopatología” uno de los más perturbadores que escribió. En la batalla decisiva de su drama interior se impuso la victoria de la muerte, una obsesión que recorrió toda su poesía. En alguna ocasión había escrito: “La muerte siempre al lado/ escucho su decir/ sólo me oigo/ Alguna vez/ alguna vez/ me iré sin quedarme/ me iré como quien se va”. Y lo hizo.
Entre sus obras merecen mencionarse “La tierra más ajena” (1955), “Un signo en tu sombra” (1955), “La última inocencia” (1956), “Las aventuras perdidas” (1958), “Arbol de Diana” (1962), “Nombres y figuras” (1969), “Los pequeños cantos” (1971), “La condesa sangrienta” (1971), “Botella al mar” (1976), “Una noche en el desierto” (1978) y “Zona prohibida” (1982). En su gran mayoría, su obra se remitió a la poesía, que procede esencialmente del surrealismo. Es concisa, de temática nocturna y angustiada, muy elaborada. En sus últimos años experimentó con textos en prosa, más largos, aunque, según su visión, la poesía era la única capaz de darle razón y sentido a la vida, rigiéndola y configurándola.


En el suplemento “Radar Libros” del diario “Página/12” del 6 de marzo de 2011, el poeta y periodista cultural Juan Pablo Bertazza (1983) decía que “la consideración internacional sobre la obra poética de Alejandra Pizarnik se expande cada vez más, aunque aún hoy se puede afirmar que sigue atada a la fascinación que despierta su figura, la leyenda negra de su locura y su final trágico. Que fue una flor exótica, distinta y refractaria en el jardín de la poesía argentina ya no es novedad; lo notable es que, a poco tiempo de cumplirse cuarenta años de su muerte, gran parte de la crítica siga obnubilada con su tragedia en detrimento de su obra. A tal punto que esa frase que encontraron escrita en un pizarrón de su departamento antes del suicidio –‘no quiero ir nada más que hasta el fondo’-, se convirtió en un latiguillo inagotable, lo cual, paradójicamente, condenó a gran parte de sus críticos a la superficialidad”.
Más allá de estas consideraciones, es indudable que Alejandra Pizarnik es una de las voces más representativas de la generación del ‘60 y está considerada como una de las poetas líricas y surrealistas más importantes de Argentina. “Entre otras cosas, escribo para que no suceda lo que temo; para que lo que me hiere no sea; para alejar al Malo. Se ha dicho que el poeta es el gran terapeuta. En este sentido, el quehacer poético implicaría exorcizar, conjurar y, además, reparar. Escribir un poema es reparar la herida fundamental, la desgarradura. Porque todos estamos heridos”, arguyó en alguna de las numerosas notas de su diario personal. Tras de sí, dejó una obra que marcó un antes y un después en el modo de hacer poesía, una obra emotiva y original.
Algunos críticos, con el afán de encasillar lo inclasificable, la definieron como una poeta extravagante incapaz de adaptarse a su entorno. Pero ni la violencia en sus expresiones poéticas ni el gusto por exhibir impúdica sus fantasmas interiores ni su permanente reflexión sobre las fronteras del lenguaje fueron imposturas. La franqueza, la honestidad en el compromiso con la propia obra, resultan incuestionables. Su voz estuvo siempre bajo el control de una lucidez extraordinaria y de un deseo inquebrantable de poesía.
Como escribió el poeta, ensayista y dramaturgo mexicano Octavio Paz (1914-1998) en el prólogo de “Árbol de Diana”, sus poemas no contienen ni una sola partícula de mentira. Dibujan el perfil de una femineidad no convencional, poseedora de una pasión extrema, capaz de “escribir con su cuerpo el cuerpo del poema”, frente a una sociedad de la que siempre se sintió excluida y que terminaría por recluirla. Ella eligió vivir en la palabra y eso significó encubrirse en el lenguaje, tal vez, para resguardarse en él”. “¿Qué significa traducirse en palabras? Mi sueño es un sueño sin alternativas y quiero morir al pie de la letra”. Alejandra Pizarnik dixit.