11 de febrero de 2019

Entremeses literarios (CXCVII)


MEDIDA CONTRA LA VIOLENCIA
Bertolt Brecht
Alemania (1898-1956)

En los tiempos de la ilegalidad, un día llegó a casa del señor Egge un agente que le mostró un documento expedido en nombre de quienes dominaban la ciudad y en el cual se decía que toda vivienda en la que él pusiera el pie pasaría a pertenecerle; también le pertenecería cualquier comida que pidiera, y todo hombre que se cruzara en su camino debería asimismo servirle. Y el agente se sentó en una silla, pidió comida, se lavó, se acostó y, con la cara vuelta hacia la pared, poco antes de dormirse preguntó:
- ¿Estás dispuesto a servirme?
El señor Egge lo cubrió con una manta, ahuyentó las moscas, veló su sueño y, al igual que aquel día, lo siguió obedeciendo por espacio de siete años. No obstante, hiciera lo que hiciera por él, hubo una cosa de la que siempre se abstuvo: decir aunque solo fuera una palabra. Transcurridos los siete años murió el agente, que había engordado de tanto comer, dormir y dar órdenes. El señor Egge lo envolvió entonces en la manta ya podrida, lo arrastró fuera de la casa, lavó el camastro, enjalbegó las paredes, lanzó un suspiro de alivio y respondió:
- No.


EL ÚLTIMO CUENTO
Juan Carlos García Reig
Argentina (1960-1999)

- En sus cuentos breves el tema de la muerte suele aparecer con cierta frecuencia, ¿a qué se debe?
- No es un tema privativo de mis cuentos, habrá notado que en la vida cotidiana también suele aparecer con cierta frecuencia.
- ¿No teme jugar con la muerte?
- Soy un escritor temerario.
- ¿Qué está escribiendo ahora?
- Un cuento trivial: el escritor que dialoga con la Muerte y la muy pícara lo sorprende en la mitad de una palabra.
- ¿Cuál palabra?
- No lo sé, pero seguramente le va a faltar la última sílaba y el cuento quedará inconclu


EL RAMO AZUL
Octavio Paz
México (1914-1998)

Desperté, cubierto de sudor. Del piso de ladrillos rojos, recién regados, subía un vapor caliente. Una mariposa de alas grisáceas revoloteaba encandilada alrededor del foco amarillento. Salté de la hamaca y descalzo atravesé el cuarto, cuidando no pisar algún alacrán salido de su escondrijo a tomar el fresco. Me acerqué al ventanillo y aspiré el aire del campo. Se oía la respiración de la noche, enorme, femenina. Regresé al centro de la habitación, vacié el agua de la jarra en la palangana de peltre y humedecí la toalla. Me froté el torso y las piernas con el trapo empapado, me sequé un poco y, tras de cerciorarme que ningún bicho estaba escondido entre los pliegues de mi ropa, me vestí y calcé. Bajé saltando la escalera pintada de verde. En la puerta del mesón tropecé con el dueño, sujeto tuerto y reticente. Sentado en una sillita de tule, fumaba con el ojo entrecerrado. Con voz ronca me preguntó:
- ¿Dónde va señor?
- A dar una vuelta. Hace mucho calor.
- Hum, todo está ya cerrado. Y no hay alumbrado aquí. Más le valiera quedarse.
Alcé los hombros, musité “ahora vuelvo” y me metí en lo oscuro. Al principio no veía nada. Caminé a tientas por la calle empedrada. Encendí un cigarrillo. De pronto salió la luna de una nube negra, iluminando un muro blanco, desmoronado a trechos. Me detuve, ciego ante tanta blancura. Sopló un poco de viento. Respiré el aire de los tamarindos. Vibraba la noche, llena de hojas e insectos. Los grillos vivaqueaban entre las hierbas altas. Alcé la cara: arriba también habían establecido campamento las estrellas. Pensé que el universo era un vasto sistema de señales, una conversación entre seres inmensos. Mis actos, el serrucho del grillo, el parpadeo de la estrella, no eran sino pausas y sílabas, frases dispersas de aquel diálogo. ¿Cuál sería esa palabra de la cual yo era una sílaba? ¿Quién dice esa palabra y a quién se la dice? Tiré el cigarrillo sobre la banqueta. Al caer, describió una curva luminosa, arrojando breves chispas, como un cometa minúsculo. Caminé largo rato, despacio. Me sentía libre, seguro entre los labios que en ese momento me pronunciaban con tanta felicidad. La noche era un jardín de ojos. Al cruzar la calle, sentí que alguien se desprendía de una puerta. Me volví, pero no acerté a distinguir nada. Apreté el paso. Unos instantes percibí unos huaraches sobre las piedras calientes. No quise volverme, aunque sentía que la sombra se acercaba cada vez más. Intenté correr. No pude. Me detuve en seco, bruscamente. Antes de que pudiese defenderme, sentí la punta de un cuchillo en mi espalda y una voz dulce:
- No se mueva señor, o se lo entierro.
Sin volver la cara pregunté:
- ¿Qué quieres?
- Sus ojos, señor -contestó la voz suave, casi apenada.
- ¿Mis ojos? ¿Para qué te servirán mis ojos? Mira, aquí tengo un poco de dinero. No es mucho, pero es algo. Te daré todo lo que tengo, si me dejas. No vayas a matarme.
- No tenga miedo, señor. No lo mataré. Nada más voy a sacarle los ojos.
- Pero, ¿para qué quieres mis ojos?
- Es un capricho de mi novia. Quiere un ramito de ojos azules y por aquí hay pocos que los tengan.
- Mis ojos no te sirven. No son azules, sino amarillos.
- Ay, señor no quiera engañarme. Bien sé que los tiene azules.
- No se le sacan a un cristiano los ojos así. Te daré otra cosa.
- No se haga el remilgoso -me dijo con dureza-. Dé la vuelta.
Me volví. Era pequeño y frágil. El sombrero de palma le cubría medio rostro. Sostenía con el brazo derecho un machete de campo, que brillaba con la luz de la luna.
- Alúmbrese la cara.
Encendí y me acerqué la llama al rostro. El resplandor me hizo entrecerrar los ojos. El apartó mis párpados con mano firme. No podía ver bien. Se alzó sobre las puntas de los pies y me contempló intensamente. La llama me quemaba los dedos. La arrojé. Permaneció un instante silencioso.
- ¿Ya te convenciste? No los tengo azules.
- ¡Ah, qué mañoso es usted! -respondió-. A ver, encienda otra vez.
Froté otro fósforo y lo acerqué a mis ojos. Tirándome de la manga, me ordenó.
- Arrodíllese.
Me hinqué. Con una mano me cogió por los cabellos, echándome la cabeza hacia atrás. Se inclinó sobre mí, curioso y tenso, mientras el machete descendía lentamente hasta rozar mis párpados. Cerré los ojos.
- Ábralos bien -ordenó.
Abrí los ojos. La llamita me quemaba las pestañas. Me soltó de improviso.
- Pues no son azules, señor. Dispense.
Y despareció. Me acodé junto al muro, con la cabeza entre las manos. Luego me incorporé. A tropezones, cayendo y levantándome, corrí durante una hora por el pueblo desierto. Cuando llegué a la plaza, vi al dueño del mesón, sentado aún frente a la puerta. Entré sin decir palabra. Al día siguiente huí de aquel pueblo.


PASATIEMPOS
Isabel Wagemann
Chile (1972)

Un botón es un objeto redondo y amigable. Suelo mezclarlos con las monedas de mi cartera. En la panadería, me gusta pagar con uno amarillo y, sin inmutarme, pedir el cambio. Era de dos euros, decir, y enfadarme si la vendedora, desconcertada, me enseña el botón. Yo insisto en los céntimos que -a esa altura- afirmo a gritos que me quieren robar. Lo mejor es cuando salgo de allí con mi barra de pan, recojo del suelo las monedas que me ha tirado la chica, y las mezclo, sin prisa, entre los botones de mi cartera.


TODO LO CONTRARIO
Mario Benedetti
Uruguay (1920-2009)

- Veamos -dijo el profesor-. ¿Alguno de ustedes sabe qué es lo contrario de in?
- Out -respondió prestamente un alumno.
- No es obligatorio pensar en inglés. En español, lo contrario de in (como prefijo privativo, claro) suele ser la misma palabra, pero sin esa sílaba.
- Sí, ya sé: insensato y sensato, indócil y dócil, ¿no?
- Parcialmente correcto. No olvide, muchacho, que lo contrario del invierno no es el vierno sino el verano.
- No se burle, profesor.
- Vamos a ver. ¿Sería capaz de formar una frase, más o menos coherente, con palabras que, si son despojadas del prefijo in, no confirman la ortodoxia gramatical?
- Probaré, profesor: “Aquel dividuo memorizó sus cógnitas, se sintió fulgente pero dómito, hizo ventario de las famias con que tanto lo habían cordiado, y aunque se resignó a mantenerse cólume, así y todo en las noches padecía de somnio, ya que le preocupaban la flación y su cremento”.
- Sulso pero pecable -admitió sin euforia el profesor.


LABERINTO
Miguel Bravo Vadillo
España (1971)

Se sienta frente al espejo y se quita la máscara. En un alarde de inspiración, el actor se pregunta si debajo de aquel disfraz no habrá muchos otros encubriendo su verdadero ser. Entonces, no bastándole con haberse desprendido de su personaje, decide no volver a aparecer en público hasta haber descubierto su yo auténtico. “Debo alcanzar esta meta aunque sea pasando hambre”, se dice, haciendo suyas las palabras de Séneca. Cargado de paciencia, comienza a despojarse de todo lo artificioso que encuentra en sí mismo: prejuicios y apariencias que había ido acumulando a lo largo de toda una vida de sufrimiento y sueño. Pero cada vez que cree haber alcanzado su genuina e incontestable naturaleza, no tarda en preguntarse, suspicaz, si aquello no será otra máscara. “El mundo es el escenario donde los hombres –personajes que adoptamos infinidad de máscaras– representamos el teatro de la vida. Entonces, ¿qué puede haber bajo una máscara, sino otra?”, reflexiona. Absorto en su inagotable tarea, pasaron los años. Nadie volvió a saber de él. Un buen día, su joven hijo (ya convertido en toda una persona) decidió salir en su busca. Cual místico Telémaco, rastreó las huellas del padre adentrándose por los intrincados senderos de la metafísica. El buen muchacho se temió lo peor cuando, en pleno desierto conceptual, encontró el esqueleto de un hombre.


EL GRAFFITI
Yenitza Anseume
Venezuela (1978)

Caminó mirando aquella enorme pared. Sus manos estaban equipadas con algunos de los mejores aerosoles de color que pudo obtener en las rebajas. Pero también derramaban sudor. Estaba nervioso. Se detuvo ante la inmensidad que se había ampliado ante su rostro. Sin titubeos se fundió en la locura de los colores. Pintó. Cada línea era como él. Era como un brote o una extensión de su ser. En cada movimiento su aerosol soltaba la tensión y la pasión que brotaba de su alma. Sin darse cuenta sus miedos se fueron. Y danzaban sus muñecas en el arte que lo llenaba. Colores. Líneas. Sombras. Brillos. Volumen. La pared toda se llenó de formas increíbles que hablaban de su mundo interior. Al terminar la miró. En ella se miró a sí mismo como un espejo revelador. Había silencio pero también había mucha gente a su alrededor como si fuera un espectáculo. Aplaudieron. No miraban el graffiti. Lo miraban a él. No lo supo hasta ese momento. Había pintado toda la ciudad.


CAMBIO DE PLANES
María Carvajal
España (1977)

- Buenas noches. Soy Susan, la jefa de su marido. Me temo que él va a tener que venir a trabajar esta noche. A última hora de la tarde nos ha entrado un pedido muy urgente. Siento tener que molestarles para esto un viernes por la noche. Ah… por cierto, no se preocupe, se le compensará con otro día libre.
- Buenas noches. Soy Roxanne, la esposa de su amante. Me temo que él no va a ir. A última hora de la tarde ha sentido un dolor fuerte en el pecho y hemos tenido que ir al hospital. Siento tener que decirle que en un arrebato de sinceridad, creyendo que iba a morir, me lo ha contado todo. Ah… por cierto, no se preocupe, solo eran gases. Nada grave…


TATUAJE
Ednodio Quintero
Venezuela (1947)

Cuando su prometido regresó del mar, se casaron. En su viaje a las islas orientales, el marido había aprendido con esmero el arte del tatuaje. La noche misma de la boda, y ante el asombro de su amada, puso en práctica sus habilidades: armado de agujas, tinta china y colorantes vegetales dibujó en el vientre de la mujer un hermoso, enigmático y afilado puñal. La felicidad de la pareja fue intensa, y como ocurre en esos casos: breve. En el cuerpo del hombre revivió alguna extraña enfermedad contraída en las islas pantanosas del este. Y una tarde, frente al mar, con la mirada perdida en la línea vaga del horizonte, el marino emprendió el ansiado viaje a la eternidad. En la soledad de su aposento, la mujer daba rienda suelta a su llanto, y a ratos, como si en ello encontrase algún consuelo, se acariciaba el vientre adornado por el precioso puñal. El dolor fue intenso, y también breve. El otro, hombre de tierra firme, comenzó a rondarla. Ella, al principio esquiva y recatada, fue cediendo terreno. Concertaron una cita. La noche convenida ella lo aguardó desnuda en la penumbra del cuarto. Y en el fragor del combate, el amante, recio e impetuoso, se le quedó muerto encima, atravesado por el puñal.


¿VALES LO QUE TIENES?
Gustavo Fingier
Argentina (1964)

Felipe era un hombre humilde, que trabajaba en su pequeña herrería. En su pueblo era marginado por su situación social. Cansado de los desprecios, un día confió a su amigo Pedro, con la condición de que guardara muy bien su secreto, que había heredado una gran fortuna, que seguía con la herrería porque le gustaba el trabajo, y que nadie debía enterarse de su herencia puesto que todos recurrirían a él por su dinero. Pedro esa misma noche se lo comentó a su esposa, pidiéndole antes discreción. En pocos días todo el pueblo lo sabía, pero nadie decía nada porque era un secreto. Felipe comenzó a ser invitado a las fiestas del pueblo, pero se negaba a concurrir. Finalmente, por pedido de un grupo representativo y del propio Alcalde, comenzó a participar de las distintas reuniones. La forma en que era tratado distaba mucho del que recibía el humilde herrero. Más tarde fue elegido para integrar el Consejo del pueblo. El Banco le dio un préstamo para modernizar su taller sin pedirle garantías. Cada vez tenía más trabajo y con su vida sencilla, llegó a ser una persona adinerada. Con el tiempo se hizo tan importante, que se convirtió en Alcalde. Un día, en una conversación entre amigos, con las personalidades más importantes del pueblo, uno de ellos se animó y le confesó:
- Debo ser sincero con vos, todos conocemos tu secreto, sabemos de la fortuna que heredaste.
- En honor a tu sinceridad, les diré la verdad. Nunca existió dicha fortuna.