25 de marzo de 2026

Conversaciones (LX). Ricardo Piglia - Rodolfo Walsh. Sobre la tensión entre ficción y política (1/2)

Un día como hoy, hace cuarenta y nueve años, mientras distribuía las primeras copias de su famosa “Carta abierta de un escritor a la Junta Militar” en buzones de la ciudad de Buenos Aires, Rodolfo Walsh (1927-1977) fue emboscado y herido fatalmente por un grupo de tareas de la Escuela de Mecánica de la Armada, quien se llevó su cuerpo moribundo y desde entonces forma parte de la lista de cuerpos desaparecidos por el terrorismo de Estado en Argentina. En años previos a ese episodio, mantuvo algunas conversaciones con el escritor y crítico literario Ricardo Piglia (1941-2017), autor de recordadas novelas como “Respiración artificial” y “Plata quemada”. En varios artículos publicados en diversas revistas, Piglia analizó la obra de Walsh. En uno de ellos, el aparecido en marzo de 2017 en la revista cordobesa “El Sur”, detalló: “Es importante destacar en Walsh la relación con la ficción. Él ha manejado la tensión con la ficción como un campo que por momentos debe ser excluido de lo que podríamos llamar la literatura política en un sentido pleno. Ha mantenido escindidos los campos, las tensiones internas, pero escindidos en el sentido de que la eficacia de la escritura pasa por un tipo de intervención que excede el plano de lo que se supone es la circulación clásica de la ficción literaria. Y lo más interesantes es que, al parecer, él buscó romper los circuitos de circulación. Ahí es donde ocupa un lugar de vanguardia, de ‘experimentación’, al dejar de lado el libro como objeto básico de la circulación de la información”.
“Ahí hay una línea en donde la cuestión de la escritura verdadera supone redefinir el medio en un sentido amplio, no el medio periodístico sino el medio de circulación como un elemento importante. Habría que ver en qué tradición está esto, qué línea significa y qué campo de debate abre. Me parece que en ese plano él rompe con la idea de ‘circuito literario’. Ahí se topa con una tradición argentina y con un debate que no es sólo argentino. En general se junta la experiencia de la no ficción con lo que se ha puesto más de moda, que es la experiencia norteamericana de Tom Wolfe, Norman Mailler, etc. Cuando yo afirmo que él dice que para hacer política hay que abandonar la literatura me refiero a que no tiene mucho sentido hacer una novela -que tiene sentido como novela, porque la novela política es un género como lo es la novela policial- porque no tiene la eficacia que tienen estos medios, donde el escritor pone todo su conocimiento en función de la reestructuración nueva de un material real. Este sería un primer punto, que tiene mucho que ver con la relación periodismo/literatura. El periodismo es un método dentro de esto: es el único. La expansión y socialización del grabador como medio y de la fotocopia como instrumento social a manos de cualquiera abren caminos que exceden el plano tradicional del periodista que trabaja en un medio. Hoy las posibilidades son mucho mayores. Este es un punto, y sobre este punto podemos discutir la experiencia de Sarmiento o de Hernández, que hacían lo mismo. La experiencia de los panfletos, de la polémica, la tradición de los nacionalistas. Yo creo que Walsh está muy atento a cierto tipo de escritura nacionalista que es importantísima”.
Y añadió: “La otra cuestión que está implícita es el hecho de que Walsh paralelamente, con una tensión que nunca resuelve -y por eso es un gran escritor, porque vive en esa tensión permanente-, desarrolla una obra de ficción de primera calidad que no se puede asimilar al modelo esquemático de lo que se considera la escritura novelística de izquierda. Es como que ahí hay un juego, que después la política le resuelve en un plano. La militancia política casi resuelve por él. Es un poco lo de Hernández con el ‘Martín Fierro’. Después de la derrota de López Jordán, Hernández se encierra en una pieza de hotel y se pone a escribir el ‘Martín Fierro’. Entonces esa relación entre que la política los expulsa y encuentran un espacio literario también es una tradición, porque Sarmiento hace lo mismo. La escritura literaria de Sarmiento tiene mucho que ver con el hecho de que él no actúa políticamente en ese período”.
 

Lo que sigue es la primera parte de la conversación que ambos escritores
mantuvieron en marzo de 1970. Una primera versión se publicó como prólogo al relato de Walsh “Un oscuro día de justicia”. Luego fue reproducida en el nº 55 de la revista “Crisis” en noviembre de 1987.
 
R.P.: Dos cosas quisiera plantearte. Por un lado, la relación entre cuento y novela, la forma breve y la novela como género, digamos. Y por otro lado, la relación entre el relato de ficción y el relato verdadero, que me parece que son dos cuestiones que definen las líneas principales de lo que has estado haciendo.
 
R.W.: Para ir al primer punto. Pareciera que el mayor desafío que se le presenta hoy por hoy a un escritor de ficción es la novela. Yo no sé de dónde viene esto, por qué esa exigencia y por qué la novela tiene una categoría artística superior. Aunque hay excepciones, a Borges por supuesto nadie le pide una novela. Sobre esto yo he pensado cosas muy contradictorias, según mis estados de ánimo, o en fin, cosas distintas en distintas épocas. Me he formado dentro de esa concepción de las categorías artísticas y me resulta difícil convencerme de que la novela no es en el fondo una forma artística superior. De ahí que viva ambicionando tener el tiempo para escribir una novela. Parto del presupuesto de que hay que dedicarle más tiempo, más atención y más cuidado que a cualquier otra forma de escritura.
 
R.P.: Estabas trabajando en una novela hace un tiempo.
 
R.W.: Es cierto y en este momento me inspira grandes nostalgias. Volver a esa novela no depende sólo de mí. Necesito mucha tranquilidad, una de esas épocas tranquilas, casi de estancamiento, que me permiten recluirme a escribir. En este momento vivo un movimiento oscilante entre el periodismo de acción, que me exige estar en la calle, escribir con gran apuró y terminar, tal vez, un capítulo o dos en un día, y el repliegue para escribir ficción. Entonces escribo con gran dificultad cinco líneas en un día y avanzo despacio, con todo el tiempo por delante.
 
R.P.: Se habló de una novela hecha de historias independientes.
 
R.W.: Tengo un proyecto que abarca épocas diferentes y va desde 1880 a 1968. Cada momento es una historia cerrada. La primera recoge una tradición oral que los prácticos y baqueanos del Río de la Plata transmiten de padres a hijos: la historia de un hombre que, a fines del XIX, consiguió atravesar el río a caballo, durante una bajante prodigiosa.
 
R.P.: Esa historia es el punto de partida.
 
R.W.: Sí, pero no es la historia central. Otra de las anécdotas reconstruye un mensaje que le escribe a Perón Lidia Moussompes, la mujer del protagonista de "Cartas". Cada historia va a ser tratada con un lenguaje único. La preocupación central de todo escritor es descubrir el idioma de sus narraciones, tratar de encontrar la forma que parece ser la única manera posible de contarla.
 
R.P.: ¿Y en qué estado está ese proyecto?
 
R.W.: La novela se complicó mucho. A medida que la iba escribiendo encontraba dificultades ocultas. Comprendí que ignoraba muchas de las cosas que quería decir y no me quedó más remedio que buscarlas. Leer, releer, investigar, buscar testimonios. Por otro lado no aseguraría que se trata de una novela. Estoy trabajando una serie de historias con la idea de fundirlas en una novela. Y digo la idea y no la certeza porque todo va a depender del material. Porque lo que está en crisis, al menos para mí, es el concepto mismo de novela. Es decir, la novela como forma, lo que podríamos llamar las relaciones falsas del género.
 
R.P.: ¿En qué sentido decís relaciones falsas?
 
R.W.: En el plano técnico, de realización. Lo que más me molesta son las falsas articulaciones, las convenciones estereotipadas. En Vargas Llosa, por ejemplo, me molesta lo artificial de las relaciones entre una historia y otra. Si uno agarra las cuatro o cinco historias de “La casa verde” puede preguntarse qué verdadera relación hay entre ellas y por qué el autor no escribió cinco relatos de cien páginas. Quiero decir, para mí el nexo no puede darse por el parentesco entre los personajes, ni tampoco por voluntad del autor, que también suele ser un nexo. Me interesa otro tipo de continuidad narrativa. Por ejemplo la continuidad de ciertas situaciones.
 
R.P.: Con algunos de tus relatos se arma una especie de novela fragmentada. Pienso en "Cartas" y "Fotos", en la serie de los irlandeses, como si hubiera una estructura discontinua que se va completando.
 
R.W.: Sí, la forma de una novela hecha de cuentos, un modo primitivo de hacer novelas que siempre me interesó.
 
R.P.: Si tomamos los tres relatos sobre irlandeses ¿qué tipo de continuidad le ves?
 
R.W.: Hay un par de temas más que tengo pensados y seguramente si me pusiera saldrían varios. De hecho, hay dos o tres historias adicionales, ya bosquejadas, una de las cuales es de adultos.
 
R.P.: Pero en el mundo del colegio.
 
R.W.: Sí. Un cuento de adultos contado por chicos. El título es "Mi tío Willy que ganó la guerra". Una historia contada por los chicos en una circunstancia especial: están enfermos, en la enfermería. Hay una peste de escarlatina y un chico cuenta la historia de un tío que va a pelear a la guerra mundial.
 
R.P.: La primera guerra.
 
R.W.: La guerra del ‘14. El protagonista es un tío a quien no conocí, que partió hacia Dublin durante la guerra para pelear como corresponde a su sangre, es decir contra los ingleses, pero que cambia de idea en el barco y acaba muriendo en Salónica.
 
R.P.: Y el chico conoce las versiones familiares.
 
R.W.: Pero el sentido de la historia se le escapa. Comienza como una historia de guerra, pero después vuelve al colegio y a la situación de un narrador que no entiende lo que narra. Hay otra historia probable con la intervención y la participación exclusiva del diablo, que también sucede en la enfermería.
 
R.P.: La peste de escarlatina y los relatos que se cuentan hacen pensar en Boccaccio.
 
R.W.: Claro. La serie podría crecer a partir de esa estructura, pero no quisiera darle un crecimiento indefinido. Es probable que finalmente se reduzca a seis o siete historias que armen una novela hecha de cuentos. Pienso en una serie de episodios que transcurren durante un año, desde la entrada del gato hasta el último día del colegio.
 
R.P.: Hay un núcleo autobiográfico fuerte.
 
R.W.: Evidentemente hay una recreación autobiográfica pero no tan estrecha como podría parecer a primera vista. Lo autobiográfico no es nada más que un punto de partida, una anécdota, y a veces ni siquiera una anécdota, sino el clima de una situación, un matiz.
 
R.P.: La base es el colegio pupilo.
 
R.W.: Sí, estuve en dos colegios irlandeses, uno en Capilla del Señor, que era un colegio de monjas irlandesas en el año '37 y después en el '38, el '39 y el '40 estuve en el Instituto Faghi de Moreno, que era un colegio de curas irlandeses. Aquello era muy parecido a una cárcel para chicos.
 
R.P.: En realidad era un internado de irlandeses pobres ¿no?
 
R.W.: Totalmente marcado por la crisis del '30. En este sentido era una realidad mixta, porque había un mundo de irlandeses pero al mismo tiempo era la Argentina de esos años de miseria. Hay una burla en uno de los cuentos, sobre un personaje que decía ser descendiente de la realeza y no de humildes chacareros de Suipacha. Cada tanto eso está porque estaba, el mundo se vivía así.
 
R.P.: Una dicotomía.
 
R.W.: Exacto. Y eso siempre me interesó, esa realidad doble, esa mezcla. Tengo borradores o apuntes sobre la vida del colegio que vienen de hace muchos años, quince tal vez, del '54, '55, pero como eran muy malos nunca los retomé. De golpe, en el '64, escribí "Irlandeses detrás de un gato". Yo no sé si en ese momento tuve intención de escribir más que ese primer cuento, pero cuando escribí el segundo la idea de la serie apareció sola. Con "Los oficios terrestres" ya establezco la continuidad.
 
R.P.: ¿Y en qué época escribiste "Un oscuro día de justicia"?
 
R.W.: Me acuerdo de la época en que terminé de escribirlo, lo debo haber terminado en noviembre del '67 y debo haber empezado a escribirlo a mediados de ese año. Me acuerdo de la fecha porque en octubre del '67 murió Guevara y yo terminé de escribirlo más o menos un mes después.
 
R.P.: ¿Cómo ves vos a este cuento dentro de la serie de los irlandeses?
 
R.W.: Hay una cierta evolución en la serie, en ese cuento aparece una nota política, la primera más expresamente política, porque había una connotación política en todos los otros, pero mucho más simbólica e inconsciente. En este cuento se empieza a hablar del pueblo y de sus expectativas de salvación que están representadas por un héroe. Un héroe que es externo y que por admirable que sea supone confiar en un salvador, no depositar las expectativas en sí mismo.
 
R.P.: Y a la vez todo es muy alusivo.
 
R.W.: Creo que la clave de la comprensión sobre la relación política, en este caso entre el pueblo por un lado y sus héroes por el otro, está en el final, cuando dice: "...mientras Malcolm se doblaba tras una mueca de sorpresa y de dolor, el pueblo aprendió...". Y después, más adelante: "...y el pueblo aprendió que estaba solo...". Y más adelante: "...el pueblo aprendió que estaba solo y que debía pelear por sí mismo y que de sus propias entrañas sacaría los medios, el silencio, la astucia y la fuerza...".
 
R.P.: La política entra casi como doble sentido. Una especie de alegoría, la historia de unos chicos irlandeses, pero también otra historia
 
R.W.: Y para mí es el pronunciamiento más político de toda la serie y muy ligado a situaciones concretas nuestras, específicamente el peronismo e inclusive las expectativas que aquí se despertaban ose despertaron con respecto a los héroes revolucionarios, inclusive con respecto al Che Guevara, que murió en esos días. Porque la gente decía: "Si el Che Guevara estuviera aquí entonces yo me meto y todos nos metemos y hacemos la revolución". Concepto totalmente místico, es decir, el mito, la persona, el héroe haciendo la revolución, en vez de ser el conjunto del pueblo, cuya mejor expresión es sin duda el héroe, en este caso Guevara, pero que ningún tipo aislado por grande que sea, puede resolver. Cuando se delega en él la cosa que es de todos, no se puede dar.
 
R.P.: Y el cuento puede ser leído con esa clave.
 
R.W.: La lección que ellos aprenden ese día es que nadie que venga de afuera los va a salvar, aunque no hay ninguna connotación peyorativa para el tipo que viene de afuera, que polea, se juega y es un héroe. No deja de ser un héroe por el hecho de que el otro lo cague a patadas, pero lo que aprenden, en una segunda instancia, es que si se la quieren cobrar y arreglar cuentas con el celador, se tienen que combinar entre ellos y enfrentarlo entre todos. Esa es la lección.
 
R.P.: Como si el contexto político estuviera presionando de un modo elíptico.
 
R.W.: Que se me hizo consciente después, porque en ese tipo de relatos donde yo recupero cosas muy viejas y que tienen una vida propia muy poderosa no necesito legislar por anticipado lo que va a pasar, eso pasa. A lo sumo después vuelvo y hago algunos ajustes. -Por otro lado estos cuentos están emparentados con cierta tradición de la literatura en lengua inglesa, digo, porque es el mundo del primer Joyce, y también el tono de Faulkner, esa escritura que podríamos llamar bíblica. -Yo ahí en ese caso más que con Joyce, si bien evidentemente en el Retrato y en algunos cuentos, e inclusive en “Ulises” hay algunas historias que transcurren en un colegio de curas, si tuviera que buscar alguna influencia en la forma, en ese tipo de estilo que vos llamas bíblico, es decir en el tipo de desarrollo de la frase, lo buscaría tal vez más en Dunsany, que temáticamente no tiene nada que ver. Y yo a Dunsany lo he leído en traducción, salvo algún cuento. No sé si te acordás de aquellos “Cuentos de un soñador”, esa forma creciente, envolvente. Eso me impresionó mucho cuando lo leí, hace años ya.
 
R.P.: Un tono muy distinto al resto de tus cuentos que tienden a un estilo más ascético y conciso.
 
R.W.: Sí, es cierto que son diferentes. Evidentemente si queremos calificar el modo de escritura, esa tentativa de un uso ampliado de la palabra, de una amplificación de los recursos, de un lenguaje, si quisiéramos calificarlo de algún modo, podríamos llamarlo épico. Son anécdotas muy reducidas, que suceden en un medio muy pequeño, esos pobres chicos descendientes de irlandeses, internados en un colegio; y entonces, para narrar esas historias de chicos aparece un lenguaje grandioso, casi grandilocuente. Ese estilo no me lo permitiría, quizá, si tuviera que escribir una historia épica, porque entonces usaría un lenguaje muy reducido.