El uruguayo Ignacio Alcuri
(1980) es escritor, periodista y conductor de programas radiales y televisivos.
Nacido en Montevideo, cursó su estudios primarios y secundarios en el colegio
Juan Zorrilla de San Martín de los Hermanos Maristas de esa ciudad. Allí
comenzó desde muy joven a expresar su interés por la literatura, primero con
los comics tras leer la historieta humorística “Mortadelo y Filemón” del
historietista catalán Francisco Ibáñez Talavera (1936-2023) y luego con los
cuentos tras leer “Cuentos de la selva” del escritor uruguayo Horacio Quiroga
(1878-1937). Lo primero lo llevó a dibujar como una vía para expresarse, pero
nunca se sintió conforme con el resultado final de sus dibujos. Más adelante,
tras escuchar en 1996 el programa de radio “Radar” que dirigía el músico uruguayo
Ruben Rada (1943-2026) en el que se leían cuentos que enviaban los radioyentes,
mandó varios y algunos fueron leídos, lo que lo llevó a dedicarse con ahínco a
la escritura de relatos que se destacarían por una escritura ágil, irónica y
humorística.
Muchos años más tarde
recodó que, si bien le había gustado mucho “El decálogo del perfecto cuentista”
que el citado Horacio Quiroga había publicado en julio de 1927 en la revista
“Babel” de Buenos Aires, más lo había inspirado el ensayo “Algunos aspectos del
cuento” que el escritor argentino Julio Cortázar (1914-1984) publicó en 1962 en
el que expresó “la novela siempre gana por puntos, mientras que el cuento debe
ganar por knock-out”. “La gente tiene la idea -manifestó- de que escribir
cuentos es una preparación para escribir la novela, como quien filma
cortometrajes mientras va aprendiendo el manejo de las herramientas y eso le
permite embarcarse en proyectos más complejos. No creo que el caso de la
literatura sea similar. Y de hecho hay una gran tradición de cuentistas en
nuestro país, ni que hablar en el resto del planeta. Pero sigue quedando esa
idea del parcial antes de dar el examen. El día que escriba una novela no va a
ser porque finalmente me crea capaz de hacerlo sino porque se me caerá una idea
para ese formato. Y si el cuento es el hermano bobo de la novela, el humor es
el hermano en coma profundo de la seriedad, al menos para los serios. Pero los
serios no saben lo que se están perdiendo”.
A partir de 2003 empezó a
publicar libros de cuentos. Comenzó con “Sobredosis pop” y, a lo largo de los
siguientes veinte años, publicó “Combo 2”, “Problema mío”, “Huraño
enriquecido”, “Temporada de Pathos”, “Basurita”, “Esto no es una papa”, “La
novia de Johnny Storm ve la vaca y llora” y “Bestuario”. En 2016 publicó la
historieta “Parto de nalgas” en coautoría con el dibujante argentino Gustavo
Sala (1973) y en 2018, junto a su coterráneo Martín Otheguy (1978), editó la
antología “Almanaque Mundial del Uruguay”. Luego, en 2020, publicó la que por
ahora es su única novela: “La crisis de los 38”, sobre la cual manifestó: “Es
una novela humorística, pero quizás el absurdo está más controlado por el mundo
‘realista’ en el que se desarrolla (que hace que los toques superhumanos rindan
el doble). Me gustaría creer que coquetea con el humor inglés. Y me gustaría
creer que, después de haber leído tantos libros de Tom Sharpe, me quedó aunque
sea una milésima parte de su capacidad humorística”.
En el mes de julio del
corriente año publicó “Ochenta sonetos sobre películas de los ochenta”, un
libro en el que seleccionó ochenta clásicos diversos del cine de acción,
comedia, ciencia ficción, terror y drama de la década de los ‘80 y describió
sus tramas a través de breves sonetos acompañados con dibujos de su autoría. En
la obra incluyó filmes icónicos de aquellos años como “Back to the future”
(Volver al futuro), “Die hard” (Duro de matar), “E.T. the extraterrestrial”
(E.T. el extraterrestre), “Ghostbusters” (Los cazafantasmas), “Karate Kid”,
“Lethal weapon” (Arma mortal), “Mac and me” (Mi amigo Mac), “Police Academy”
(Locademia de Policía), “RoboCop”, “The naked gun” (La pistola desnuda) y “Who
framed Roger Rabbit” (¿Quién engañó a Roger Rabbit?) entre otros.
Asimismo, este año publicó
el libro para niños “El olvido de la reina” con ilustraciones de la dibujante e
historietista venezolana Verónica Alvarado Barreto (1989). Es la historia de
una reina olvidadiza que vive en un castillo con amplias habitaciones, que sabe
que para recordar algo la mejor forma es pensar en otra cosa. Por eso les pide
a los guardias, cuyo pasatiempo es hacer crucigramas, que le preparen las
habitaciones. En ellas, la reina practicará alpinismo, ingresará a un
polideportivo donde los guardias practican deportes reales y hasta visitará la
Luna. Sobre dicho libro, la ilustradora señaló que “Ignacio me presentó el
texto y lo primero que hicimos fue tratar de explorar a la reina en el
principio y el universo de la reina después. Poner la idea central de cómo se
iba a ver era lo primero y como se iban a ver sus acompañantes”.
Ignacio Alcuri ha
participado como guionista en diversos programas radiales como “Justicia
infinita”, “Vulgaria”, “Los Informantes Radio” y “Olor a geek”, y de televisión
como “Reporte descomunal”, “Córner y gol es gol” y “Los Informantes”. Además
fue columnista de las revistas “Neo” y “Lento”, y del suplemento “Domingo” del
diario “El País” y crítico de cine y televisión en el periódico “La diaria”.
También ejerció la docencia dictando talleres de narración creativa en “Taller
de Radio” y de relato breve en la “Escuela Carne”, instituciones ambas ubicadas en la
ciudad de Montevideo.
Consultado en una
entrevista sobre cuáles eran sus libros preferidos mencionó las novelas “A
confederacy of dunces” (La conjura de los necios) y “Foundation” (Fundación) de
los estadounidenses John Kennedy Toole (1937-1969) e Isaac Asimov (1920-1992)
respectivamente, y “Wilt” y “The hitchhiker's guide to the Galaxy” (Guía del
autoestopista galáctico) de los británicos Tom Sharpe (1928-2013) y Douglas
Adams (1952-2001) respectivamente. También declaró haber sido un fervoroso
lector en su adolescencia de las historietas “Fritz el gato” y “Mr. Natural”
del estadounidense Robert Crumb (1943), y de “Andanzas de Patoruzú” y “Locuras
de Isidoro” del argentino Dante Quinterno (1909-2003).Varios de sus cuentos han
formado parte de antologías, entre ellas “El Arca. Bestiario y ficciones.
Animales de antología por narradores hispanoamericanos”, “Esto no es una
antología. Antología de narradores jóvenes uruguayos”, “Los supremos. Superhéroes
y cómics en el relato hispánico contemporáneo” y “El futuro no es nuestro.
Nueva narrativa latinoamericana”. Esta última, antologada y
prologada por el escritor y guionista peruano Diego Trelles Paz (1977), reúne
cuentos de veinte escritores latinoamericanos nacidos entre 1970 y 1980 que,
según señaló el propio el propio antólogo, no están limitados “ni por las
raíces ni por las tradiciones”.
Según expresó la periodista y escritora
argentina Silvina Friera (1974) en un artículo aparecido en el suplemento
“Cultura & Espectáculos” del diario “Página/12” el 3 de febrero de 2009, la
antología “encuadra con precisión la foto panorámica de la producción literaria
contemporánea en la región al incluir a Daniel Alarcón y Santiago Roncagliolo
(Perú), a Oliverio Coelho y Samanta Schweblin (Argentina), a Ena Lucía Portela
(Cuba), a Giovanna Rivero (Bolivia), a Santiago Nazarian (Brasil) y a Juan
Gabriel Vásquez y Antonio Ungar (Colombia), entre otros. Los escritores
seleccionados -añadió- están inmersos en una disgregación germinal, en un
aislamiento forzado, que impregna de cierto nihilismo y desencanto muchos de
los relatos de la antología”.
Precisamente a esta
colección de cuentos publicada por la editorial Nueva Cadencia en el año 2009,
pertenece el relato de Ignacio Alcuri “Sopa de pollo” que puede leerse a
continuación.
SOPA DE POLLO
Antonio llevaba un ratito
esperando el pedido. Mientras picoteaba unos grisines, un mozo de espeso bigote
se acercó a su mesa.
- ¿Puedo ofrecerle una
copa de nuestro mejor vino? Cortesía de la casa.
Antonio no reconoció la
marca, Locker de Satán, pero confió en la palabra del mozo y aprovechó la
cortesía. Bebió todo lo que le habían servido. Tenía un gustito raro. Descartó
pedir una segunda copa.
Los panecillos ayudaron a
quitarse el sinsabor de la boca. Otro mozo se acercó con la comida, que ya
había tardado un buen rato.
- Su sopa de pollo,
nuestra especialidad.
- Justamente, por eso fue
que vine. Muchas gracias.
Antonio extendió la
servilleta sobre su regazo y comenzó a tomar la sopa. Era mucho más rica que
cualquier recomendación. Un manjar de los dioses. Ya llevaba más de medio plato cuando algo llamó su atención. El
extremo de un pelo se había enredado en la cuchara. Su estómago se revolvió un poquito.
Levantó el pelo, para sacarlo del plato en su totalidad, pero parecía no tener
fin. Tiró varias veces hasta terminar con un pelo que medía algo más de metro y
medio. Indignado, llamó al mozo.
- Esto es desagradable,
mire el pelo que encontré en mi sopa. Una inmundicia.
- Le pido mil disculpas.
Déjeme retirarle el plato, que enseguida le traigo otro.
- ¿Para qué? ¿Para que
cambie el líquido de plato y me traiga la misma sopa contaminada? Además, este
pelo es demasiado largo. Acá hay algo raro.
Los clientes del
restaurante prestaron atención a la voz alzada del cliente insatisfecho. Esto
le dio ánimos para continuar su cruzada por los derechos del consumidor.
- ¡Exijo hablar con el
cocinero de inmediato! -dijo, hinchando el pecho de orgullo.
- Bueno, tranquilícese. No
hay necesidad de hacer una escena. Venga conmigo a la cocina.
Antonio y el mozo
atravesaron las puertas batientes. Allí encontraron al chef,
troceando una pieza de carne sospechosamente grande.
- Che, Willy, te traigo un
cliente que tiene una queja de la sopa de pollo.
- ¿En serio? No me va a
decir que estaba fea…
- La verdad es que es la
sopa más rica que probé en muchos años -resignó Antonio-. Pero no justifica el
pelo gigante que flotaba en mi plato
- Le ruego me perdone. -El
chef se agitó- Se me debe haber caído mientras la preparaba. Para compensar el
bochorno, hoy será nuestro invitado.
Los nervios del chef
aumentaban el escepticismo de Antonio. Eso, y que el chef estaba rapado. Sacó
el pelo de su bolsillo y lo dejó caer hasta el suelo. Era apenas más corto que
la altura total del cocinero
- ¿Usted cree que yo soy
estúpido? -No le gustó que le tomaran el
pelo, sin importar su longitud-. Acá hay gato encerrado. Este pelo no puede ser
suyo.
- No… por supuesto… debe
ser… de… el repartidor de Granja Moro. ¡Sí, sí! Ese tipo tiene el pelo
larguísimo. Debe ser rockero, o hippie. Pero es muy higiénico.
El sudor en la frente de
Willy no ayudaba a hacer creíble su historia.
- Usted esconde algo.
- ¿Yo? Imposible.
El chef se movió hacia un
costado, colocándose delante de una gran sábana y extendiendo sus brazos en un
gesto protector.
Antonio no pudo
resistirlo. Empujó al tipo y tiró de la sábana. Al caer reveló una extraña
estructura electrónica parecida al marco de una
puerta, pero repleta de cables y luces. Y con un panel al costado.
- ¿Qué es esto?
- Bueno, me rindo. Se lo
contaré todo. Esto es una máquina del tiempo. La encontramos cuando compramos
la casa en un remate. Nadie sabe qué fue del dueño anterior. Nosotros la
utilizamos para variados propósitos. Es lo único que nos permite mantener el
negocio en estos tiempos de crisis.
- ¡Esto va más allá de lo
ridículo! ¿Qué tiene que ver con el pelo en mi sopa?
- Mi hermano Néstor y yo
siempre estamos experimentando con nuevos sabores, aprovechando la máquina. Hace
poco descubrió que la carne de mamut bien cocida recuerda a la del pollo, pero
con mucho más sabor. Al poco tiempo se convirtió en el plato más pedido.
Supongo que en el apuro por servir tanto mamut me quedó algún trozo mal
despellejado.
- No sé qué clase de
problema mental tiene, pero me resisto a seguir escuchándolo.
Antonio enfiló hacia la
puerta, pero un sonido lo hizo detenerse. El monitor mostraba “70 millones de
años” y el portal estaba largando mucho humo. Un hombre vestido de cazador
apareció cargando un velocirráptor en el hombro.
- ¡Willy! Ya podés volver
a poner el carré de cerdo en el menú. Con este tenemos para un par de semanas
-dijo eso e hizo mutis.
- ¡Esto es una violación a
todas las leyes de la física cuántica! Sin contar las innumerables faltas a los
controles bromatológicos. Stephen Hawking se retorcería sin parar si no lo
estuviera haciendo desde hace años.
- Nosotros no construimos
la máquina. Solamente la utilizamos sin el menor escrúpulo y sin conciencia del
posible daño al continuo del espacio-tiempo.
- Precisamente. Esa
máquina debería estar en manos del gobierno. Y así será. Voy a denunciarlos
ante las autoridades.
- No sea idiota, no va a
ir a ninguna parte -el chef sonó amenazador.
- El idiota es usted. Soy
campeón de Kung-Fu, así que no hay nada ni nadie que evite que me dirija hasta
el Ministerio de Industria y Energía.
- Tal vez este
poderosísimo veneno le haga cambiar de opinión.
Willy tomó de una repisa
una botella etiquetada con una calavera y dos huesos.
- Si cree que
voluntariamente voy a tomarme eso, es más estúpido de lo que pensé.
- Qué mente estrecha la
suya. -Sonrió de manera maquiavélica-. Tengo una máquina del tiempo a mi
disposición. ¡Carlitos!
Por las puertas batientes
ingresó el mozo del bigote espeso.
- Servile al señor un
trago. Cortesía de la casa.
El chef pegó cuidadosamente
una etiqueta que decía Locker de Satán sobre la botella de veneno. Se la dio al
mozo, que entró al portal del tiempo y marcó “15 minutos” en el monitor. Unos
segundos después el mozo regresó, cargando la botella con menos contenido, le
hizo la señal de OK con los dedos al chef y se fue.
Antonio se puso muy
nervioso
- Pero. . . pero... pero,
yo…
- El veneno recién debe
estar haciendo efecto. En pocos segundos usted estará más muerto que la madre
de Ray Bradbury. Mi hermano usará su cadáver como carnada para atraer
dinosaurios marinos. No luche, o la muerte será más dolorosa.
Antonio cayó al piso y de
su boca empezó a salir espuma. En menos de un minuto
había muerto.
- ¡Néstor, ya tenés
carnada para la buseca! -gritó Willy.
Y Néstor volvió a entrar a
la cocina, todavía vestido de cazador y cargando un anzuelo gigante debajo del
brazo.