Ana María Shua: “Quizás convertir un auténtico dolor en palabras ayuda a tomar distancia. Escribir no borra el dolor, pero le da una estructura” (1/3)
La prolífica escritora
argentina Ana María Shua (1951) lleva publicados más de ciento cincuenta libros
de diversos géneros y subgéneros como cuentos, novelas, ensayos, microrrelatos,
poesías y literatura infanto-juvenil. Nacida en Buenos Aires como Ana María
Schoua, tras completar la educación secundaria en el Colegio Nacional de Buenos
Aires ingresó en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos
Aires donde en 1973 recibió una Maestría en Artes y Literatura y obtuvo el
título de Profesora en Letras. Su pasión por la lectura comenzó siendo muy
chica. Tal como relató en una nota autobiográfica publicada en diciembre de
1999 en “Benjamín”, el Boletín de la Asociación de Literatura Infantil y
Juvenil de la Argentina (ALIJA), “a los seis años alguien me puso en las manos
un libro con un caballo en la tapa. Esa misma noche yo fui ese caballo. Al día
siguiente ninguna otra cosa me interesaba. 'Deja eso que te va a hacer mal',
decía mi madre. 'No se lee en la mesa', decía mi padre”. En una charla dada la
tarde del pasado 4 de mayo en la Huerta de San Vicente, la casa de veraneo (y
hoy museo) del escritor español Federico García Lorca (1898-1936), recordó que
la infancia jugó un papel crucial en su formación, no sólo como autora sino
como lectora voraz, y que empezó a escribir poemas a los ocho años y que el
apoyo de una maestra a los diez fue fundamental para su posterior desarrollo
como escritora. Para ella, la lectura es una condición innegociable: “Ser puede
evitar escribir, pero no se puede evitar leer”.
En 1967, con tan sólo
dieciséis años, publicó el libro de poemas “El sol y yo”, por el que recibió un
pequeño premio del Fondo Nacional de las Artes y la Faja de Honor de la
Sociedad Argentina de Escritores (SADE). Exiliada en París durante la dictadura
cívico-militar-clerical autodenominada Proceso de Reorganización Nacional, allí
trabajó como corresponsal para la revista española “Almanaque” de la editorial
Cambio 16. A su regreso a su país natal publicó su primera novela “Soy
paciente”, obra a la que le seguirían con el correr de los años las novelas
“Los amores de Laurita”, “El libro de los recuerdos”, “La muerte como efecto
secundario”, “El peso de la tentación” e “Hija”; los libros de cuentos “Los
días de pesca”, “Viajando se conoce gente”, “Como una buena madre”, “Que tengas
una vida interesante”, “Contra el tiempo”, “Historias verdaderas” y “Sirena de
río”; los tomos de microrrelatos “La sueñera”, “Casa de geishas”, “Botánica del
caos”, “Temporada de fantasmas”, “Fenómenos de circo”, “Todos los universos
posibles. Microrrelatos reunidos”, “La guerra” y “Fenómenos de circo”; el
poemario “No son haikus”; los volúmenes de ensayos “El marido argentino
promedio”, “Risas y emociones de la cocina judía”, “Libros prohibidos” y “Cómo
escribir un microrrelato”; y los de literatura infantil y juvenil “La batalla
entre los elefantes y los cocodrilos”, “La carrera de los animales”,
“Expedición al Amazonas”, “La fábrica del terror”, “La puerta para salir del
mundo”, “Cuentos con fantasmas y demonios”, “Miedo en el sur”, “El tigre
gente”, “La fábrica del terror”, “Yo soy una bruja”, “Mascotas inventadas”,
“Tres hormigas valientes” y “Los monstruos del Riachuelo”, por citar sólo
algunas obras de su vastísima producción como escritora.
Lo que sigue a
continuación es una de las entrevistas que le hicieron en ocasión de la edición
de “El cuerpo roto”, su último libro de cuentos. En este caso es la publicada
en el diario “Tiempo Argentino” el 28 de junio del corriente año a cargo de
Mónica López Ocón.
¿Cuál es la diferencia
entre cuento largo y de un cuento corto o un microrrelato? Evidentemente, no es
sólo un tema de extensión.
No, un microrrelato ya
nace entero, nace con su forma puesta. Aunque uno puede retrabajarlo, retocarlo
y perfeccionarlo, la idea ya surge armada, de algún modo, cerrada. Eso que a
uno se le ocurrió va a ser el microrrelato. En cambio, en una narración más
extensa, aunque sea un cuento, de todas maneras uno va descubriendo qué es lo
que quiere escribir y cómo va a hacer ese cuento mientras lo escribe en esa
especie de lucha que entabla contra las palabras, en ese bajar a la tierra del
mundo de la música, de las esferas celestes que uno tiene en la cabeza. Cuando
hay que bajar eso a las palabras, se logra, pero es un trabajo lento, complejo
y se va modificando por el camino y generalmente lo que uno termina por
escribir no es exactamente lo que pensaba cuando empezó. Pero con el
microrrelato sí, porque el microrrelato ya nace de alguna manera enterito. Con
su principio, su final y su tema. Ya uno lo tiene en la cabeza más o menos cómo
va a ser y aunque después cambie en el sentido de que uno lo puede mejorar o
cambiarle palabras, perfeccionarlo o pulirlo, ya nace más o menos como va a
ser. El cuento no. Claro que esto depende del autor, pero cuando yo empiezo a
escribir un cuento muchas veces no sé cómo va a terminar. Hay escritores tan
distintos entre sí como Abelardo Castillo y Fontanarrosa, que decían que si
ellos no tenían el final no podían empezar a escribir. Eso les pasaba a ellos,
a mí no. Yo muchas veces voy encontrando el final a medida que trabajo.
Cuándo estás por escribir,
¿tenés idea de si vas a hacer un microrrelato o una obra de qué tamaño?
Sí, yo no escribo
microcuento, al menos que me lo proponga. De hecho, entre un libro de
microrrelatos y otro pasan muchos años en los que yo no escribo ni un sólo
microrrelato. Sí escribo otras cosas, pero pueden pasar siete, ocho años en que
yo no escribo ni un sólo microrrelato. Tengo que dar tiempo a que algo cambie
en mí para que el siguiente libro sea un poco diferente.
¿El cuento, en cambio,
obedece a siempre a una necesidad?
Bueno, mi escritura es muy
volitiva, muy voluntariosa, o sea, yo escribo porque quiero y me propongo
escribir. Nunca pude cumplir con lo que se le exige al joven poeta: que sólo
escriba si siente que la necesidad de escribir lo desborda. Lamentablemente eso
no me pasa, escribo porque quiero y me lo propongo. Me siento y me digo: de acá
no te parás hasta que no escribís algo.
Vos manejás el cuento de
una forma muy particular. Yo leo los microrrelatos “Fenómenos de circo” y leo
“Un cuerpo roto” y no sé si espontáneamente identificaría a la misma escritora.
Sin embargo, tienen mucho que ver. Lo que sucede, me parece, es que el
microrrelato se acerca más a la poesía.
Sí, sí, se tocan según
como uno lo trabaje. Pero en mi caso sí creo que cubren quizás mi necesidad de
poesía Yo no soy buena lectora de poesía y no escribo casi poesía, pero mi
necesidad de ella se expresa un poco a través del microrrelato. Claro. Sí, es
verdad. Otros autores, por ejemplo, Galeano, trabajaba más con la anécdota. Hay
autores que no se acercan a la poesía, pero yo creo que, no en todos, pero en
muchos de mis textos sí, me acerco.
Es que la narración breve
suele tener esa impronta poética. En cuanto se empieza a extender la cosa
cambia.
Sí, pero a mí nunca me
pasa que un microrrelato crezca y que se transforme en un cuento. Cuando yo
estoy pensando en microrrelatos, lo que me sale son microrrelatos.
Por eso te preguntaba
antes, si era un tema de voluntad o que era algo que salía de manera
espontánea.
No, es un tema de
voluntad. Lo que pasa es que también cuando estoy escribiendo microrrelatos hay
un punto en que mis posibilidades se saturan. Un libro me lleva más o menos
tres años y se termina sólo cuando siento que me estoy empezando a repetir. Y
después tiene que pasar mucho tiempo para que yo pueda escribir algo distinto
de eso.
¿Particularmente, cómo
surgió “El cuerpo roto”?
Yo le había presentado
otro libro a mi editor español de Páginas de Espuma. Eran cuentos muy diferentes entre sí, unos
fantásticos, otros realistas, no tenían nada que ver unos con los otros. Y él
me dijo, “mira, a mí no me gusta publicar libros con cuentos. Yo publico libros
de cuentos. A mí me gustaría que los cuentos tuvieran algún tipo de relación
entre sí, o por el tono, por la escritura o el tema, lo que a vos te parezca”.
Y yo pensé, bueno, el tema. Un tema con el que yo he trabajado mucho es el tema
de la enfermedad y de la relación con el cuerpo y con la medicina. Entonces, me
decanté por ese lado y de ahí salió este libro.
Sí, cuando lo leí pensé
que este libro es un libro pensado en conjunto, que no reúne cuentos aislados.
Claro, exacto. No todos
los cuentos son inéditos, sino que empecé a armar un rompecabezas a partir de
los cuentos que ya tenía. Entonces, lo que ya tenía me fue marcando la forma de
lo que faltaba. Y entonces ahí, de alguna manera, yo sabía qué era lo que tenía
que escribir o por dónde tenía que ir con el siguiente.
Y si yo te hubiera
preguntado en ese momento qué estabas escribiendo, ¿qué me hubieras contestado?
¿Qué era lo que estabas escribiendo para vos?
Estaba escribiendo cuentos
que tenían que ver con temas médicos y con temas que tenían que ver con el
cuerpo. Incluso había uno que tenía que ver con una pérdida de la virginidad
que no es exactamente un tema médico, pero sí tiene que ver con el cuerpo roto.
“El cuerpo roto” nació entonces de este pedido de mi editor y del interés que
yo tuve toda la vida en la literatura que tiene que ver con temas médicos. Como
todo lo que nos pasa a los escritores, todo nace leyendo. Y a mí siempre me
interesó mucho leer ficción sobre temas médicos y soy también muy fan de las
series médicas. ¿Te acordás de Ben Casey? Era un cirujano del que todas
estábamos enamoradas en ese momento.
Por supuesto que me
acuerdo, yo no era la excepción.
Además, era un
neurocirujano al que nunca se le complicaba ni se le moría ningún paciente. Hoy
las series son mucho más crueles, realmente uno no puede estar seguro de quién
va a morir.
¿Qué particularidades
crees que tiene este libro?
Es la primera vez que
escribo un libro de cuentos tan coherente, digamos así. Porque mis otros libros
de cuentos han tenido todos temas mezclados, tanto fantásticos como realistas.
Este es un libro muy realista todo, no tiene ningún cuento fantástico. Es algo
raro en mi literatura porque, en general, en todos mis libros hay algunos
cuentos realistas y otros fantásticos. Aquí no. Aquí estoy tratando todo el
tiempo con temas muy realistas, tratados de una manera realista y es como la
apoteosis de una tendencia que he tenido desde que empecé, porque mi primera
novela se llamó “Soy paciente” y era sobre alguien internado en un hospital.
Otra de mis novelas es “La muerte como efecto secundario” y también tiene que
ver con temas de medicina y de hospitales. Y tengo muchos cuentos, muchos
cuentos que no están en ese libro y que también tienen que ver con el mismo
tema. Incluso en uno de mis libros de microrrelatos, que es “Botánica del
caos”, hay una sección que se llama “Enfermedades” y trata de enfermedades
imaginarias.
Este placer que te dan los
temas médicos, ¿tiene que ver con algo familiar o es algo que te ocurre a vos
particularmente?
Es algo que tiene que ver
conmigo, me gusta mucho ese tipo de literatura que tiene que ver con temas
médicos. Desde Bulgákov, desde Quevedo hasta Oliver Sacks. Me gustan estos
temas vistos desde el paciente y vistos desde el médico. Siempre me gustó leer sobre ese tema y bueno,
dime lo que lees y te diré lo que escribes.
¿Qué es lo que deslumbra
de Oliver Sacks?
Que fue gran neurólogo y
que es placentero leerlo porque fue un escritorazo. Describe sus casos
neurológicos con una ternura y una pasión que uno piensa: “qué pena no haber
sido un caso neurológico para haber sido descripto por él en un libro”. Luego
uno reflexiona y dice: “qué deseo tan tonto”.
Sí, cuando yo lo descubrí
me quedé muda porque la verdad es que es difícil entender cómo logra que un
tema supuestamente árido se convierta en algo apasionante.
Totalmente, casi como si
fuera literatura de ficción. Algo que es ensayístico y no lo es al mismo
tiempo. Las historias son muy, muy hermosas Así que sí, lo admiro muchísimo.
Pero, además, hay muchísimos grandes escritores que han escrito sobre estos
temas como Chéjov por ejemplo, Marguerite Yourcenar en “Opus nigrum” o Camus en
“La peste”. El tema médico se ha abordado de mil maneras en la literatura y a
mí todas me fascinan no desde ahora sino desde que era joven sana y fuerte. No
sé por qué. Porque digamos, ahora, bueno, ya soy una vieja cachusa y me ha
pasado de todo, pero cuando empecé era joven y sana y fuerte, y me apasionó
todo lo que tenía que ver con eso. Incluso estuve a punto de estudiar medicina.
Por suerte en algún momento me di cuenta que lo que realmente me gustaba de la
medicina eran las palabras.
¿Vos venís de una familia
de médicos o de escritores?
No, mi mamá era dentista
primero cuando yo era chiquita, y después estudió psicología y fue psicóloga
hasta una semana antes de morir a los ochenta y dos años. Y mi papá era
ingeniero agrónomo, pero después tuvo una fábrica de cables. Algo muy
argentino. Llegó a tener colmenas cuando yo era muy chica, pero después se
metió en la fábrica de cables y se dedicó a eso.
¿Había una biblioteca en
tu casa?
Si, una biblioteca con
muchos libros del secundario y de la universidad, muchos libros de odontología
y de cría de conejos, pero también había algunos libros de ficción, sobre todo
de mi mamá. A mi papá lo que le gustaba era leer sobre la Segunda Guerra
mundial. Recuerdo cuando encontré “El Decamerón”. En realidad, estaba intonso,
es decir, con las páginas aun sin cortar, estaba sin abrir. Abrí yo las
páginas, empecé a leer y me sorprendí mucho. Me pareció un poco indignante a
esa edad. Yo era muy chiquita, mira, pero es un libro que me fascina.