21 de agosto de 2026

Ana María Shua: “Quizás convertir un auténtico dolor en palabras ayuda a tomar distancia. Escribir no borra el dolor, pero le da una estructura” (2/3)

Muchos de los cuentos y microrrelatos de Ana María Shua ha formado parte de varias antologías entre ellas “Cabras, mujeres y mulas. Antología de la misoginia en la literatura popular”, “Como agua del manantial. Antología de coplas populares”, “Antología del amor apasionado”, “La otra mirada. Antología del microrrelato hispánico”, “El libro de los pecados, los vicios y las virtudes” y “El límite de la palabra. Antología del microrrelato argentino contemporáneo”. Varias de estas antologías fueron publicadas en Alemania, Canadá, Chile, España, Estados Unidos, Holanda, Inglaterra, Italia, México, Serbia, Suecia y Suiza. Parte de su obra fue traducida a más de quince idiomas y algunas de sus novelas fueron adaptadas a la pantalla grande. También ha colaborado en diversos periódicos y revistas como “Clarín”, “La Nación”, “Página/12”, “Gente”, “Mujer”, “Noticias” y “Página/30”, entre otros.
En un artículo publicado el pasado 6 de mayo en la revista “Niu”, la autora expresó que para ella la brevedad de los relatos nunca fue una limitación sino una herencia natural de la tradición argentina. En ese sentido mencionó a Jorge Luis Borges (1899-1986), Silvina Ocampo (1903-1993), Julio Cortázar (1914-1984) y Adolfo Bioy Casares (1914-1999) como grandes cultivadores de ese subgénero. Y como sus referentes del relato breve citó a Franz Kafka (1883-1924), Italo Calvino (1923-1985) y Henri Michaux (1899-1984), y observó que, a pesar de esa valiosa tradición, los editores tardaron en reconocer la validez comercial y literaria del subgénero, un obstáculo que, reconoció, ella tuvo que sortear al inicio de su carrera. Y en cuanto a las dolencias y enfermedades del cuerpo humano, un tema recurrente en su obra visto tanto desde el punto de vista del paciente, del médico o del familiar como desde la experiencia personal, suele citar como referentes a Francisco de Quevedo (1580-1645), Antón Chéjov (1860-1904), Mijaíl Bulgákov (1891-1940), Marguerite Yourcenar (1903-1987), Albert Camus (1913-1960) y Oliver Sacks (1933-2015).
Y sobre el acto de escribir, en el mismo Shua argentina describió el proceso como una “guerra que tenemos los escritores contra las palabras”, donde el resultado final es siempre fruto de una negociación entre la mente y lo que el lenguaje permite transmitir. Confesó que, a diferencia de otros autores, su literatura es “muy volitiva”, pues no escribe por una necesidad desbordante o inspiración romántica, sino por una decisión consciente de su voluntad. “Yo siempre tuve que salir a la caza de las palabras. Jamás vinieron a mí”, admitió.


Lo que sigue es la primera parte de la entrevista realizada por Emma Rodríguez que apareció publicada en la página web “lecturassumergidas.com” el 24 de marzo del corriente año. En ella, la autora habló con su entrevistadora sobre “El cuerpo roto”, su último libro publicado. El mismo contiene doce cuentos: “Un canto a la vida”, “Rita y el doctor”, “Casi una crónica”, “Técnicas modernas”, “Como el mar”, “Cuidar un gato”, “Los Gaspáridos”, “Gaviotas en el bosque”, “Amim o la caída”, “Selva y el diablo”, “Unos días en la playa” y “Después de la muerte”. En ellos abundan temas como la enfermedad, la vejez, las pérdidas. “‘El cuerpo roto’ es un compendio de cuentos que tienen que ver con mi historia personal -manifestó-, he volcado en él todo lo que siento alrededor de algo que para mí es una fascinación: el cuerpo y los avatares por los que pasa, el dolor, la enfermedad, la decadencia, el nacimiento”.
 
Tras leer “El cuerpo roto” me puse a pensar en la capacidad de estos relatos para cautivarnos, para atraparnos, pese a su crudeza, a su dureza. Abordan asuntos que en el día a día se prefieren ocultar, de los que normalmente se suele huir.
 
Quienes nos dedicamos a la literatura siempre estamos intentando escribir el libro que nos gustaría leer. Y a mí me han fascinado desde siempre los libros que tienen que ver con el tema médico, desde todo lo que escribió Oliver Sack, siempre esperanzador, incluso cuando describe casos atroces, hasta libros tan desesperanzados como “Danzando con la muerte” de Bert Keizer, que trata sobre una clínica de enfermos terminales en Holanda, donde está permitida la eutanasia. ¡Hay tantos libros sobre el tema médico! Está en “La peste”, por dar un sólo ejemplo entre miles, pero también en “El Decameron”, en Defoe, en Camus, en Poe, en Yourcenar… No creo que la literatura huya de esos temas, ni los oculte. La literatura trata siempre, de una manera o de otra, acerca de la fugacidad de la vida, del dolor, de la conciencia de la muerte, que nos define como seres humanos. ¿Y por qué no habría de atraparnos un tema que nos preocupa tanto, que conocemos, que forma parte de nuestras vidas?  Para mí lo que podría cautivar no es la crudeza sino el reconocimiento. Todos sabemos -aunque no queramos saberlo- que el cuerpo se rompe, que envejece, que enferma, que muere. Cuando la literatura se anima a poner eso en palabras sin eufemismos, algo se aquieta en el lector: alguien está diciendo lo que yo también sé. No se trata de exhibir el dolor sino de atravesarlo con una mirada humana.
 
¿Reconoces algún impulso, alguna necesidad, tal vez oculta, que te llevó a escribir estos relatos?
 
Quizás alguna forma de vértigo… O mejor dicho, esa extraña atracción a la que se denomina “la llamada del vacío”, esa especie de impulso extraño que se mezcla con el miedo cuando nos asomamos al balcón de un piso alto. ¿Y qué pasaría si saltara? Para mí, toda escritura tiene algo de un salto al vacío y más todavía si se trata de temas que me conciernen, que me tocan en la mitad del plexo solar. Los temas que toco en “El cuerpo roto” me parecen territorios intensísimos, llenos de conciencia, de humor, de rabia, de lucidez. En buena parte, escribí estos cuentos para entender algo que me obsesiona desde siempre.
 
¿Pero en quiénes pensabas mientras escribías, a quiénes se dirigen las historias de este libro?
 
Mientras escribía pensaba en los lectores, por supuesto. Y mi intención era captar precisamente a ese lector que se da el lujo de evitar los recursos remanidos, simplones, de buena onda; al que se atreve nadar en aguas profundas; al que está dispuesto a enfrentarse con la verdad artística, que no es la verdad de los hechos, pero a veces da en el blanco con mucha más precisión. Los escritores trabajamos con la certeza (o la incerteza) de un tirador de cuchillos en el circo, que arroja su arma con los ojos vendados y sin embargo, a veces, la clava justo donde se lo propone. Lo bueno es que cuando se equivoca, no necesariamente corre sangre…
 
A mí personalmente este libro me ha dolido, pero también me ha llevado a enfrentarme a temas -los ya citados- ante los que no acostumbro a situarme. Te diré que me ha gustado encontrarme con protagonistas de muy avanzada edad, transitando por un territorio, el de la vejez, que desconocemos bastante, me atrevería a decir atravesado de misterio. ¡Qué poco sabemos de esa etapa, de los sueños, de las pérdidas que la recorren! ¿Qué has descubierto de ella en el proceso de escritura?
 
Quizás a mis setenta y cuatro años el territorio de la vejez y la decadencia física ya no me resulta tan misterioso. En el mejor de los casos, la vejez no es sólo pérdida: también es despojamiento, claridad, a veces una feroz honestidad. Hay un territorio desconocido ahí, sí, pero no es un misterio vacío: está lleno de sueños que cambian de forma, de deseos que no desaparecen, de memorias que pesan o que se deshilachan. Tal vez el verdadero misterio está en el terreno de la enfermedad mental, de la demencia, en la vejez y a cualquier edad. ¿Qué se esconde en la mente de alguien que ha perdido la palabra? ¿O que ya no sabe usarla para comunicarse? Creo que si he llegado a descubrir algo no ha sido en el proceso de la escritura, sino en ese durísimo proceso que es la vida, y quizás, en todo caso, he podido, de algún modo (siempre dudoso, siempre injusto), transformar mis descubrimientos en palabras.
 
Concretamente “Amim o la caída” y “Unos días en la playa” abordan la etapa de la vejez. ¿Qué me puedes decir de cada uno de ellos?
 
En “Amim o la caída” me interesaba la fragilidad súbita: el momento en que el cuerpo traiciona y la identidad se tambalea, pero sobre todo el efecto que eso produce en aquellos que nos rodean, que nos cuidan, que nos quieren. Me interesaba explorar cómo la aparente pérdida de la identidad puede ser la caída de una máscara y la revelación de otra identidad íntima y secreta. ¿Qué saben los hijos de sus padres? Es tan poco y tan sesgado como aquello que los padres saben de sus hijos. En “Unos días en la playa” quise mostrar la ilusión de un pequeño paréntesis luminoso, casi una tregua, en medio del deterioro. Los dos relatos intentan apartarse de la mirada compasiva para situarse en la experiencia misma. Unos días nació a partir de la internación de un pariente al que yo quería mucho. Fueron unas pocas jornadas en un sitio para mí asombroso: ese pasillo ancho con cuartos a los costados, casi como aulas escolares. Las habitaciones compartidas, las personas paseando por el pasillo en una especie de larguísimo y penoso recreo, apenas mitigado por unas pocas actividades como clases de gimnasia o de artes plásticas… Pocas veces tuve tanta necesidad de escribir un cuento, pocas veces me persiguió tanto un tema como después de esa experiencia.
 
En otro de los cuentos, “Casi una crónica”, impacta la manera en que, con absoluto realismo, sin adornos ni metáforas, se narra lo que ocurre en urgencias de un hospital, el modo en que se abordan, en sus aspectos más cotidianos, la enfermedad, los diagnósticos médicos… ¿Cómo llegaste a encontrar ese estilo desnudo, esa voz, ese tono?
 
Me propuse fingir una crónica casi periodística. Digo “fingir” porque, aunque está escrito en primera persona, yo jamás estuve veinticuatro horas en la guardia de un hospital. En este caso tuve un excelente informante, que me contó muchas de sus experiencias con todo detalle y yo me limité a organizarlas como si todas hubieran sucedido el mismo día. Por otra parte, creo que el tono lo impone el material. Lo que me proponía contar no admitía metáforas ni exceso de adjetivos. La precisión, incluso la sequedad, eran necesarias para no falsear la experiencia. A veces el lenguaje más simple es el más perturbador. No quise embellecer nada, pero tampoco caer en el morbo. Ese equilibrio es siempre frágil.
 
Son duros estos relatos, insisto, pero asoma la luz, la ternura, el humor en ocasiones… ¿Está ahí ese punto de conexión entre quien escribe, Ana María Shua, y el nosotros en el que entramos los lectores?
 
La luz está siempre ahí. Es la engañosa esperanza que nos mantiene vivos, la misma que quedó encerrada en la caja de Pandora, después de que escaparon todos los males. La ternura es simplemente inevitable. Somos seres humanos, somos mamíferos, necesitamos el afecto, sentir el calor de los demás, compartir a través de la piel la sangre caliente que corre por sus venas. Y el humor… bueno, eso es parte de mi personalidad. Solo cuando me lo propongo rígidamente logro escribir sin humor. Y aunque no lo parezca, estos temas son terreno fértil para el humor, esa puerta que se abre donde creíamos que solo había una pared.  El humor es una forma de resistencia. La ternura también. Aparecen incluso en situaciones extremas. Me interesa esa mezcla porque es profundamente humana. La literatura que es solo oscuridad me resulta incompleta y cuando solo es luminosa la siento falsa. Vivimos en esa tensión.
 
En la nota de prensa elaborada por la editorial Páginas de Espuma sobre “El cuerpo roto” se incluye un interesante texto con tu firma en el que te refieres a tu obsesión desde siempre por el tema de la enfermedad, de la curación, “un tema constante y perturbador”, señalas. Ya has hablado un poco de ello al principio de este diálogo… ¿Lo puedes desarrollar un poco más? ¿Hay algún detonante, algún episodio biográfico que alentara ese interés?
 
No lo creo. Yo misma no sabía que ese iba a ser uno de mis temas preferidos cuando escribí mi primera novela, “Soy paciente”. Creí que había elegido ese tema por pura casualidad, porque a un amigo le habían sucedido hechos tan disparatados durante su internación en un hospital, que me daban la substancia necesaria para mi primera novela. No sabía en ese momento que el tema se iba a repetir tantas veces en otras novelas, en muchos cuentos. Cuando era chica me parecía muy divertido enfermarme de vez en cuando, faltar a la escuela, ir a la cama grande y recibir todos los beneficios secundarios de la enfermedad: las revistas de historietas, los mimos, comer pollito hervido y puré con aceite (en lugar de manteca), mucha jalea de membrillo y agua embotellada. Las gripes, las anginas, la varicela, incluso el sarampión, tenían su encanto y nunca estuve seriamente enferma. Mi padre murió de una embolia un par de días después de una operación exitosa. Más que una enfermedad, fue casi un accidente. Y, sin embargo, mirando hacia atrás, veo que siempre me interesó literariamente el cuerpo como territorio incierto, vulnerable. Más allá de lo biográfico, creo que hay una inquietud existencial: la conciencia de que somos materia frágil y, al mismo tiempo, conciencia que piensa esa fragilidad. Alguna vez pensé en estudiar medicina, hasta que por suerte me di cuenta a tiempo de que lo que realmente me fascinaba de la medicina eran las palabras.
 
La temprana muerte de tu padre, que citas, una experiencia que sin duda marca, da lugar al último relato del volumen, “Después de la muerte”. ¿Hasta qué punto escribir esa historia supuso una liberación?
 
No fue eso lo que sentí… Aunque, pensándolo bien, quizás convertir un auténtico dolor en palabras ayuda a tomar distancia. Y un velorio es una situación tan extraordinaria para la literatura. Esa mezcla de pena, de ridículo, de dolor y disparate que tiene toda la ceremonia… Pero no diría que escribir ese cuento, que es totalmente autobiográfico, me ayudara a paliar la pena y la sensación atroz de sentir que el cielo se me había caído en la cabeza. Hasta que murió mi padre, yo simplemente no sabía que la muerte era posible y que estaba ahí, acechándonos. Nadie tan querido, tan esencial, tan cercano, se me había muerto. Mi papá tenía cincuenta años y estaba perfectamente sano. Se cayó jugando al voleibol y murió después de una operación de hernia de disco. Pero yo tenía veintitrés años, ya era una persona formada. Creo que no lo llamaría liberación. Más bien, una forma de ordenar el caos. Escribir no borra el dolor, pero le da una estructura. Y tal vez, sólo tal vez, cuando algo tiene forma, deja de ser solamente una amenaza.