6 de agosto de 2026

Cuentos selectos (XLII). Sandra Russo: "Las zapatillas blancas"

Sandra Russo (1959) es una periodista, escritora y editora argentina. Nacida en 
Buenos Aires, tras terminar la educación secundaria con el título de Bachiller comenzó a estudiar Sociología en la Universidad de Buenos Aires. En esa época dio sus primeros pasos en el campo periodístico en “El Hornero”, una revista barrial de Quilmes y luego en la revista contracultural de rock “El Expreso Imaginario”. Por entonces la dictadura cívica-militar-clerical del llamado Proceso de Reorganización Nacional había iniciado una campaña de control de los medios de comunicación vigilando la programación radial, televisiva y cinematográfica y censurando libros, películas y revistas. En ese contexto se dedicó a estudiar Letras y más tarde Arte Dramático, y comenzó a trabajar como correctora en la revista “Humor” y después como prosecretaria de redacción de la revista “Superhumor”.
Con de la llegada de la democracia trabajó unos años en radio (Nacional, Del Plata, Belgrano, Splendid, Mitre y AM 530) y televisión (TV Pública) y en 1987 ingresó en el diario “Página/12” donde trabajó en varias secciones: fue redactora y subeditora de “Política Internacional”, editora de la revista “Página/30”, de los suplementos “Sociedad” y “Cultura y Espectáculos”, directora del suplemento “Las/12” y simultáneamente columnista de la sección “Contratapa”. En una nota publicada en el suplemento “Radar” de “Página/12” el 6 de noviembre de 2022, expresó: “Esos primeros años en Página/12, entre 1987 y el 2000, fueron los más jugosos para mí, el mejor medio en el que estuve. Fue descubrir el lugar en el que tenía que formarme: el volumen de aprendizaje fue enorme. Sentía al diario como mi casa, y por eso estuve tantos años”. También trabajó brevemente como editora general de la revista “Luna” publicada por la editorial “Perfil”, ha coordinado numerosos talleres de lectura y escritura creativa y actualmente sigue escribiendo quincenalmente las contratapas del diario “Página/12”.
En una entrevista declaró: “Empecé a trabajar en periodismo cuando era adolescente y quería cambiar el mundo. Bueno: sigo igual. Quiero que cambie. Yo me fui de los lugares donde me impidieron insistir con eso, y me quedé en los que me lo permitieron. Y descubrí que tengo como una persistencia increíble en lo que me parece bien y lo que me parece mal. No lo puedo abandonar. Antes que eso, abandono el trabajo”. Y en otra señaló: “La escritura es un modo de autoconocimiento y hay que aprender a activar las partes más interesantes de uno mismo para cada registro. Hay que dejarse pegar, inquietar por los textos. El periodista trabaja con la guardia muy alta y con ropa de fajina, pero en estos registros hay que bajar la guardia, ponerse la joggineta o el baby doll y circular por otras zonas de uno”.


En otro tramo de la entrevista, manifestó con relación a la importancia de la literatura: “El libro siempre es un objeto perdurable, vemos claramente que lo audiovisual se roba la atención de muchísima gente, que no hay demasiada gente que lee, sin embargo todo ancla en el lenguaje. También lo audiovisual ancla en el lenguaje y, de alguna manera, los libros son la base de muchos de los mensajes y de la línea de pensamiento que después afloran en los medios audiovisuales, así que yo creo que los escritores somos nadadores de fondo en eso”.
De su obra, que abarca ficciones, biografías, ensayos y memorias, pueden mencionarse los libros “No sabés lo que me hizo”, “ArqueTipos (diccionario de varones disponibles)”, “Crónicas del naufragio. Apuntes sobre la caída argentina”, “Contratapas”, “Perdonen nuestros placeres”, “Erótika. Crónica de mis viajes por ti”, “La reinvención del amor”, “Milagro Sala ‘Jallalla’. La Túpac Amaru, utopía en construcción”, “La presidenta. Historia de una vida”, “Fuerza propia. La Cámpora por dentro”, “Lo femenino. Aproximaciones a las mujeres como enigma”, “Amar y flirtear”, “Cleopatra y otros cuentos”, “La lengua suelta. Cuarenta y cinco años de contrarrelato”, “Nena” y “Veintidós cuentos cortos y ligeros”, libro este último al que pertenece el cuento “Las zapatillas blancas” que se reproduce a continuación.


LAS ZAPATILLAS BLANCAS

Marina me intrigaba mucho. Me atraía: La intriga es una forma voraz de la atracción. Ella era, creía, como sería yo en un par de años. Yo quería ser como ella, ya. Marina tenía 14, yo 12. La diferencia de edad, que no era tanta, estaba marcada como dos nacionalidades distintas: ella iba al secundario, y yo todavía usaba delantal. Y sobre todo, ella mantenía muchos tipos de juegos con los varones que a mí me daban asco, es verdad. Pero me intrigaban.
Vivíamos en la misma manzana, ella sobre Olavarría y yo sobre Libertad, en un barrio tranquilo, lleno de jacarandás, de casas chicas con jardines, de gente que caminaba despacio. Nos aburríamos. Los barrios del conurbano son un entretejido increíble de relaciones de todo tipo, así que con Marina nos conocíamos desde siempre, desde que ella acompañaba a su hermano menor a mi colegio, en primer grado. Yo la veía llegar, sin saber todavía su nombre, y le miraba los zapatos. Desde que la vi entonces lo primero que le miré y le seguí mirando mucho tiempo fueron los zapatos. A lo largo de los años le vi guillerminas azules, mocasines sin taco y otros con apenas un poquito de taco, zapatillas deportivas totalmente blancas, ojotas totalmente negras, sandalias de tiritas cruzadas que, uy, dejaban ver uñas pintadas de nacarado, botas a la rodilla acordonadas como si fueran de superheroína en una época en la que estaba de moda Sarah Key.
Lo primero que me fascinó de Marina fue eso. Su estilo. Descubrí que el estilo consistía en abstenerse. O por lo menos el de Marina, que era el que a mí me gustaba tanto, aunque ella no se abstenía de tantas otras cosas. Después de verle las zapatillas totalmente blancas o las ojotas totalmente negras, yo reflexionaba sola en mi habitación. Tenía en mi placard zapatillas y ojotas de todos los colores, mis compañeras de grado pasaban por la etapa de ese tipo de competencia femenina, que con el tiempo se vuelve un modo general de ser mujer. Tener mucho y siempre algo “distinto”. A mí me llenaban de admiración los gustos firmes y cortantes de Marina, esa manera de expresar quién era, no para cada día o para ocasión alguien distinto; sino ella, siempre ella. Parecía delicada, refinada, calladita, pero era muy atrevida y a veces, para mi gusto, muy chancha.
Era muy linda. Tenía un cuerpo de huesos grandes y músculos un poco marcados por el hockey. La melena oscura con reflejos rubios casi siempre la llevaba atada con una gomita, y por eso impactaba las pocas veces que la dejaba suelta, aireada con ondas grandes que le llegaban a la mitad de la espalda. Venía de esas familias suizas de piel cetrina y ojos almendrados.
Cuando ella tenía 14 y yo 12, coincidíamos en el club del colegio, que quedaba en Ranelagh, a unas diez cuadras de la parada del colectivo. Pasábamos ahí toda la tarde un par de días por semana, y los sábados. Ella entrenaba con el equipo de primera y yo tenía mi clase de gimnasia. Esas tardes también entrenaban ahí las veteranas, que andaban por los veintipico o 30. Para mí eran mujeres grandes. Mi propia madre tenía treinta y pico en esa época.
Muchas veces yo la había visto a Marina charlando con una de las veteranas, Elisa, una mujer un poco gruesa y de piel muy blanca, que muy seguido iba al entrenamiento con sus dos hijos, y después de la merienda se quedaba a esperar al marido. Elisa no sonreía cuando él llegaba. Parecía que soportaba que la fuera a buscar. Todas las veteranas le cuidaban a los nenes, les daban besos, les convidaban alfajores. Todas saludaban afectuosamente al marido cuando llegaba. Elisa separaba su silla de la mesa, agarraba el bolso y se despedía de todas agitando el brazo. Era rara Elisa, pero nunca hablamos con Marina sobre ella.
Para mí, Marina se reducía a la atracción por todo lo que ella hacía o decía sobre los varones, y a lo irresistibles que me parecían todos sus zapatos. Del resto de su vida no me contaba, ni siquiera cuando caminábamos juntas esas largas cuadras desde la parada del colectivo. En el recorrido ella fumaba hasta tres cigarrillos uno atrás del otro. Me convidaba, pero yo no quería. Coincidíamos en la parada, y durante el viaje y la caminata en general hablábamos de sus novios. Marina tenía varios. No eran novios exactamente. Ella decía que quería tener algo con todos los que le gustaran, que es lo que hacían los varones. Que qué diferencia había.
Decía que de uno le gustaba una cosa, y de otro, otra, Decía concha y pija, era raro escuchar a una chica tan bien vestida decir esas palabras, que en ese momento no se usaban mucho entre las chicas. Decía que no le importaba lo que dijeran de ella, que era puta, porque todas eran unas reprimidas. Decía que todavía no se había enamorado. Me contaba cómo besaban sus novios, me contaba también que en las fiestas, con uno de ellos se iban al garaje y se encerraban en el auto del padre. Me contaba las cosas que hacían. Algunas me parecían repugnantes, pero dichas con esa voz cristalina y en boca de alguien que usaba zapatillas inmaculadas, no sonaba tan mal. 
Yo suponía que todo lo que me contaba Marina era lo que se hacía de grande, o a los 14, y me imaginaba a todos los demás haciendo esas cosas y me parecía absolutamente increíble, Cuando llegábamos al club, se terminaba el contacto entre ella y yo, porque siempre estaba Elisa esperándola en la puerta. Era raro. Porque Marina llegaba conmigo, que tenía 12, y en el club no se separaba de Elisa, que tenía 30, y dos hijos, y marido. Su influencia en mí era tan fuerte que hasta esa plasticidad me parecía parte del magnetismo de Marina. Las veía cuchichear y reírse rumbo a vestuario, las dos con sus palos de hockey y sus uniformes idénticos aunque estaban en equipos diferentes. La pollerita escocesa y la remera blanca. Las cabezas de ambas juntándose en el chisme y después separándose en la carcajada. Elisa se reía solamente con Marina.
Yo me reunía con mis compañeras de séptimo. Siempre nos mandaban a correr alrededor de la cancha. Diez, quince vueltas. A veces me cansaba y me quedaba escondida atrás de un palo borracho. Desde allí miraba la cancha, donde entrenaban los dos equipos. A Elisa la perdía de vista. A nosotras, las veteranas ni nos saludaban. Además de Marina, en primera jugaban un par de hermanas mayores de mis compañeras, que por otra parte estaban celosas de Marina. Me decían que yo era una agrandada, que ya tenía amigas del secundario porque me creía más inteligente, o que era la novia de Marina. Decían que Marina era lesbiana. Yo me reía, abrumada por la información que Marina me daba sobre sus toqueteos con los chicos.
No sólo mis compañeras estaban celosas. Me enteré esa tarde, cuando terminaron a la misma hora las tres actividades, y los tres grupos femeninos, uno de 12, otro de 14 y otro de veintipico, nos dirigimos corriendo al vestuario. Las duchas no alcanzaban y había que llegar primero. Me tocó el primer turno, Marina me agarró de la muñeca y me hizo entrar en la ducha junto con algunas de sus compañeras. Fue muy rápido. Una enjabonadita y sólo algunas se lavaban el pelo. Entre las ocho o diez duchas había cortinas de plástico, pero estaban rotas y algunas directamente caídas. De todos modos, la desnudez de los vestuarios no era una verdadera desnudez. Era solo sacarse la ropa para bañarse.
Salí rápido del agua y corrí a mi locker envuelta en la toalla. Me sequé con mucha rapidez. Agarré mi bolso para salir del vestuario y cuando traspasé la puerta la vi a Elisa; la miré directamente a los ojos. Ella estaba parada cruzada de brazos, con el bolso entre los pies. Es difícil olvidar esa mirada. Nunca había visto, una así. Echaban humo esos ojos, hundidos en el entrecejo, nublados por una película de furia. De repente me pareció una cara de chancho maléfico, un personaje de cuento de terror.
Me apuré, con dos o tres de mis compañeras, rumbo al bar. Pero enseguida sentí una garra en mi hombro. Era la de Elisa, que de pronto se había vuelto una fiera que aullaba, Me tiró al piso diciéndome cosas raras como “¿así que andás diciendo que estoy gorda?”. No tenía sentido nada, pero Elisa empezó a patearme en el piso. Me pateaba en el estómago. “¿Así que te creés que jugás mejor que yo?”. Yo gritaba y lloraba, y mientras rodaba por el pasto pateada y cacheteada, pude ver que alrededor se había formado un círculo de zapatillas. Que muchas de mis compañeras, las de primera y las veteranas, miraban asombradas la paliza, pero ninguna intervenía, que estábamos dando un espectáculo ancestral en el que yo era la ofrenda. Yo gritaba que alguien la detuviera, pero ninguna zapatilla se movía.
Tenía sangre en la cara, pero a través de ella pude ver dos niños que corrían, seguidos por un hombre. Ellos tres si gritaban. Eran los hijos y el marido de Elisa. “Soltala, Elisa, soltala”, gritaba el marido. “Mamá, dejala”, gritaban los nenes. Elisa se detuvo unos instantes cuando llegó su familia, Yo la sentía jadear arriba mío. Pero muy pronto, como tomando más furia encapsulada dentro de sí, volvió a agarrarme a trompadas. Me levantaba del piso para pegarme. Entre caída y caída pude ver otra vez el círculo de las zapatillas, y entre ellas distinguí un par perfectamente blanco, manchado con unas gotas de sangre.
El marido la agarró por atrás y la sujetó con fuerza. Recién entonces un par de mis compañeras se agacharon para ver cómo estaba. Estaba reventada a patadas. “¡Médico!”, gritó alguien. Enseguida vino corriendo el padre de una del secundario, que estaba en el club y era médico. Yo tenía un tajo en la frente que no era muy grande pero sí profundo, seguramente me había caído sobre una piedra una de las tantas veces que Elisa me tiró al piso. Manaba mucha sangre, y me quejaba agarrándome la panza, porque me parecía que me había roto todos los huesos.
Me llevaron al vestuario y me hicieron las primeras curaciones, mientras llegaba la ambulancia. El marido de Elisa me agarraba la mano. “Ella no está bien. Está yendo al psiquiatra. Perdoname, perdoname, tendría que haber venido con su asistente terapéutica”. A Elisa le habían dado unas pastillas y estaba en la otra punta del vestuario con sus hijos y algunas de sus compañeras. Yo lloraba despacito, casi sin ruido, del dolor, de la humillación, de la sorpresa.
Al rato vino la ambulancia y me cargaron en una Camilla para sacarme del vestuario. La habían estacionado justo afuera. En el refilón de la salida, vi que la puerta estaba atestada de chicas que querían ver qué pasaba. Mis ojos identificaron muy rápidamente a los de Marina, que estaban perdidos en el grupo pero a su vez llamaban a los míos. Estaban desorbitados y extremadamente secos. Muy abiertos y distantes. Nunca más le volví a hablar.