29 de abril de 2026

¿Es éste el país que quiere la mayoría de los argentinos? ¿No habrá llegado el momento de reflexionar?

Allá por 1942 el escritor y filósofo francés Paul Valéry (1871-1945) se lamentaba con aflicción en su obra “Mauvaises pensées et autres” (Malos pensamientos y otros): "Todo puede ser discutido, todo puede ser negado; todo puede ser sostenido, todo puede ser imitado; todo puede ser confundido, todo puede ser olvidado. ¡Oh pobre cabeza!". Estas amargas palabras han cobrado hoy -una vez más, pero con más notoriedad que nunca- una relevancia crucial en la vida cotidiana de los argentinos, quienes viven en un mundo en el que, efectivamente, todo puede ser discutido, negado, sostenido, imitado, confundido, olvidado… En fin, todo puede suceder, desde lo más absurdo y ridículo hasta lo más abyecto e inverosímil. La trivialidad del mal, el bastardeo de las palabras, la venalidad de la voluntad, la hipocresía sutil y la relatividad de la ética son moneda corriente y se manifiestan de manera asombrosa.
Ante este sombrío panorama los argentinos, sumergidos hasta el cuello en un marasmo de descomunales proporciones, asisten impávidos a su desmoronamiento como nación soberana al compás de una dirigencia cipaya, egoísta, insensible, apática e indiferente. La decadencia, al parecer irrefrenable, gana terreno día a día en desmedro de un país que alguna vez pudo mostrarse con orgullo. Los antepasados inmigrantes que abandonaron la tierra de sus orígenes huyendo de la pobreza y las guerras, podrían dar testimonio fiel de este hecho. Ellos llegaron con lo puesto y, quienes más quienes menos, lograron progresar al tiempo que hacían crecer a la Argentina como ningún otro país hispanoparlante sudamericano.
Hoy, en cambio, la usurpación de su riqueza, de su cultura, de sus ilusiones, de sus esperanzas, se ha vuelo exagerada, auténtica, hasta tal punto que, con el uso de un cinismo insensato, los gobernantes y sus sirvientes acompañados por una minoritaria clase acomodada, la alta burguesía y los grupos transnacionales que dominan sectores clave como el agro, la minería, la industria petrolera y las finanzas pretenden hacerles creer a los argentinos que tienen que tener paciencia, que este proceso es necesario e inevitable para hacer crecer al país como nunca antes en su historia. Habría que recordarles a estos rapaces y detestables personajes que esos sectores sólo suman el 10% del empleo registrado, mientras que sectores como la construcción, la industria manufacturera, el comercio y los servicios personales, entre otros, generan el 90%. Y son precisamente estos sectores los que encabezan la lista de actividades con mayor pérdida de empleos registrados, lo que ha llevado a un crecimiento exponencial del empleo informal caracterizado por la precarización, la inestabilidad, los bajos salarios, la falta de protección social y las jornadas laborales excesivas.


Esta situación no ha hecho más que crecer durante los dos años y medio de la gestión del gobierno libertario, superando los registros de cualquier administración previa desde que se cuenta con series comparables. Todo ello como producto de las políticas llevadas adelante por un régimen que dijo llegar para terminar con el modelo empobrecedor, acabar con la corrupción y deshacerse de la “casta” de los políticos, los sindicalistas, los pequeños empresarios y los periodistas inmorales que, según su visión, se benefician del Estado y arruinan al país. Un discurso propagado en nombre de la "libertad" sin aclarar, por supuesto, que se refería a la libertad de los privilegiados, no la de los pobres encadenados a la miseria.
Tal vez habría que mencionarle al presidente autodenominado “anarco-capitalista” aquella frase que el escritor alemán Thomas Mann (1875-1955) pronunció en 1950 durante una conferencia pronunciada en la ciudad de Los “Ángeles, Estados Unidos. En esa oportunidad, el autor de famosas novelas como “Der zauberberg” (La montaña mágica) y “Der tod in Venedig” (La muerte en Venecia), manifestó que había que tener mucho cuidado “porque la libertad puede invocarse para limitar libertades”, y profetizó: “cuándo el fascismo regrese, lo hará en nombre de la libertad”. Y ante la desenfadada tergiversación de este sustantivo, algo que parece imperceptible para muchos argentinos, es lícito recordar a la filósofa, historiadora, politóloga y socióloga alemana Hannah Arendt (1906-1975) quien en 1951 en su ensayo “Elemente und ursprünge totaler herrschaft” (Los orígenes del totalitarismo) advertía que un pueblo despojado de criterio y de sentido común, se convertía en terreno fértil para los discursos de odio. Para ella, el totalitarismo no se imponía sólo con la fuerza, sino también con la anestesia del pensamiento.
¿Están adormecidos los argentinos ante la pauperización continua y progresiva de su nivel de vida? Porque como muy bien dice el abogado y psicólogo argentino Rodrigo de Echeandía (1975) en un artículo publicado en la revista digital de la Asociación civil-cultural y biblioteca popular “Tesis 11”, “la crisis actual no es sólo económica o institucional; es una crisis de ‘razón pública’, una patología de la inteligencia colectiva. La sociología moderna ya había advertido que, cuando el cálculo instrumental se impone sobre la ética y la cultura, la política degenera en administración técnica o espectáculo mediático. En ese vacío florecen los discursos mesiánicos, que prometen redención a través de exterminar al enemigo”.
El filósofo holandés Rob Riemen (1962) advirtió en “L'éternel retour du fascisme” (El eterno retorno del fascismo) sobre el peligro de la violencia política en sí, haciendo énfasis en el fracaso de la inteligencia. Cuando la cultura abdica de su función crítica, la democracia pierde sentido moral. “La cultura y la democracia son inseparables” escribió, recordando que el propósito último del sistema democrático es elevar el nivel de vida de las personas, no reducirlas a consumidores o votantes pasivos. “La democracia protege todo lo frágil, los niños, los ancianos, los enfermos, los pobres. Cuando deja de hacerlo, deja de ser democracia. La educación y la cultura juegan un papel esencial y en los últimos años la educación abandonó sobre las nuevas generaciones el incentivo del pensamiento crítico. El nuevo totalitarismo consiste en la desactivación del pensamiento crítico, en eliminar casi por goteo, de manera imperceptible, diferentes derechos”.
El presidente dice estar librando una “batalla cultural” no sólo para recortar el presupuesto del país, sino para librar una guerra ideológica y transformar la mentalidad de los argentinos. Quiere desmantelar lo que llama los conceptos “aberrantes” de justicia social e igualdad económica y hacer que los principios básicos de la nación sean el capitalismo, el libre mercado, un Estado limitado y el individualismo. En medio de esa confrontación ha calificado a las universidades públicas como promotoras del adoctrinamiento ideológico e impulsoras de la ideología de género, el igualitarismo y el colectivismo, a los investigadores y empleados financiados por el gobierno de parásitos, y al sector público de organización criminal y violenta. Ha sostenido que la igualdad de oportunidades -principio básico de la mayoría de las democracias modernas- es una farsa y que los impuestos para redistribuir los recursos son un robo del Estado. Y como si todo esto fuera poco, clasificó a la justicia social como un virus que llena a la gente de odio y resentimiento, buscando generar consenso en torno a la represión y la criminalización de la protesta, a la cual evalúa culturalmente como un delito.


En el artículo titulado “La batalla cultural de Milei: qué hay detrás de una pelea que escala todos los días” publicado el pasado 26 de abril en “Unidiversidad”, el portal digital de noticias de la Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza, el doctor en Ciencias Sociales Mariano Salomone (1977) expresó: “Esa batalla, digamos cultural, que está dando Milei como expresión de la nueva derecha en nuestra región latinoamericana se puede reconocer cotidianamente en todos los aspectos que lleva a cabo el gobierno. Desde las entrevistas que da, los comunicados, las conferencias de prensa que da el vocero presidencial, en todo el discurso del gobierno está esta batalla cultural que tiene que ver con la necesidad de construir algún consenso por parte de la derecha que justifique y sostenga esta arremetida en contra de los trabajadores y los sectores populares”. Y añadió: “se acentúan aquellos rasgos más autoritarios del Estado y se disminuyen todos aquellos mecanismos, por ejemplo, de participación ciudadana. La velocidad con la que se implementaron nuevas políticas para contener las protestas ciudadanas vía protocolo es parte de la estrategia, al fortalecer los mecanismos y las fuerzas de represión y criminalización del derecho a la protesta. Poner este énfasis en la criminalización y la persecución de la protesta social es una necesidad estructural del proyecto”.
Frente a semejante escenario cruel y demoledor, cabe recordar a Julio Cortázar (1914-1984), el escritor argentino que medio siglo atrás decía “sólo nos queda protagonizar pequeños actos que, aunque por sí solos no resuelvan nada, por lo menos nieguen la exclusividad del despojo y la omnipotencia de la desdicha”. Cada uno de los habitantes del país se encuentra solo en la sociedad y hasta enfrentado a ella. A veces, pareciera que el único recurso que tienen a su alcance para hacerle frente a la violencia cotidiana que los oprime es oponerle su irritación, aquella que son capaces de ejercer mediante marchas, manifestaciones y movilizaciones, las cuales los conducen invariablemente a un epílogo signado por la represión, la persecución y el martirio.
¿No habrá llegado el momento de reflexionar? ¿Es éste el país que quieren la mayoría de los argentinos? La corrupción en el podar genera a cada instante más fastidio y rencor, y los pequeños logros individuales sólo calman momentáneamente el dolor que sienten, ya que las jerarquías económicas y sociales no se modifican y el sometimiento y la humillación permanecen incólumes. ¿No será necesario terminar con la dictadura de los tecnócratas que los avasalla desde el poder, la conjura de los necios que los asuela desde los medios y la ignorancia de los lúmpenes que los traiciona desde las bases, para transformar una democracia puramente formal que sólo abastece a las clases dominantes en una democracia inequívocamente popular que atienda las necesidades de las mayorías?
Está claro que los artífices de la globalización, que todo lo someten al espíritu mercantil y monetarista, están profundamente interesados en mantener al país en un estado de miserable postración del que sacan jugoso provecho. Es necesario un cambio general, y ese cambio debería empezar por las relaciones materiales de la sociedad, las mismas que hasta hoy han llevado a los argentinos a esta situación, tanto por acción como por omisión. Decía el novelista inglés Graham Greene (1904-1991) en su novela “The quiet american” (El americano impasible) que “la muerte es el único valor absoluto en el mundo. Basta perder la vida para no perder nunca nada más”. Al paso que marcha la Argentina, más temprano que tarde, va a perder la vida, pero no individualmente sino como sociedad organizada; y eso también es un valor, si no absoluto, al menos primordial, los síntomas ya están a la vista.
Basta con percatarse de que lo que impera hoy en la Argentina es una democracia que, si bien mantiene su estructura formal, no pasa un solo día en el que no desafíe las formas políticas tradicionales ya que gobernar por decreto no es democrático. El presidente -un pertinaz fantoche del presidente yanqui Donald Trump (1946)- que alguna vez ha declarado creer que “la democracia tiene muchísimos errores” en definitiva ha impuesto una falaz democracia no representativa. Con su estilo transgresor y su constante utilización de datos falaces no hace más que intentar engañar a la población y desviarle la atención sobre los numerosos casos de corrupción que proliferan en su gobierno e involucran a figuras centrales de su administración. El nepotismo, el clientelismo, el soborno, la extorsión y la malversación de fondos se han vuelto moneda corriente en la actualidad.


En los dos años y medio que lleva gobernando, el presidente “elegido por Dios” ha realizado un recorte de dimensiones inéditas. Más de cien organismos públicos en áreas clave como la salud, la educación, la cultura, la ciencia, la comunicación y los derechos humanos fueron eliminados, intervenidos o desfinanciados desde el inicio de su gestión. Quien dice utilizar la moral como política de Estado y bajo la bandera de la honestidad y la eficiencia ha centralizado con particular violencia la devastación sobre estructuras destinadas a acompañar y atender a los sectores vulnerables. Muchos organismos fueron directamente disueltos; otros, absorbidos por ministerios o convertidos en unidades menores, perdiendo autonomía, personal y recursos. Además, desde el comienzo de su mandato, han cerrado más de veintidós mil empresas, lo que generó la pérdida de más de trescientos mil empleos registrados.
Según censos realizados por diversas organizaciones sociales, hoy en día hay alrededor de trescientas setenta mil personas en situación de calle en la República Argentina. Y, según fuentes oficiales, el país registra una deuda externa bruta récord de algo más de trescientos veinte mil millones de dólares, una deuda que creció desde diciembre de 2023 en treinta y cinco mil millones de dólares, mientras hubo una fuga acumulada de más de cincuenta mil millones de dólares, una de las mayores en la historia argentina.
Hace un siglo y medio atrás, la Argentina gobernada por el presidente Nicolás Avellaneda (1837-1885) participó en lo que se conoció como “Guerra de la Triple Alianza”, un conflicto militar que, tal como explicó el destacado historiador argentino Felipe Pigna (1959), fue una “guerra que enfrentó a la Argentina, Brasil y Uruguay contra Paraguay entre 1865 y 1870, la que respondió más a los intereses británicos y de acabar con un modelo autónomo de desarrollo como el paraguayo, que podía devenir en un ‘mal ejemplo’ para el resto de América Latina, que a los objetivos de unificación nacional y defensa del territorio proclamados por sus promotores”. El conflicto generó una enorme crisis económica ante la cual el presidente declaró que había “dos millones de argentinos que la padecerán para responder a los compromisos de nuestra fe pública en los mercados extranjeros. Honraremos nuestras deudas, aunque sea con el hambre y la sed de los argentinos”. ¿Tendrán los argentinos de hoy en día tener que pagar con su hambre y su sed la fraudulenta deuda externa?
Allá por 1837 el filósofo alemán Georg W. F. Hegel (1770-1831) decía en “Vorlesungen über die philosophie der weltgeschichte” (Lecciones sobre la filosofía de la historia universal) que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecían dos veces. Y agregaba: “Lo único que aprendemos de la historia es que no aprendemos nada de la historia”. Efectivamente, parece que esta sentencia es correcta dada la situación actual de los argentinos. Es cierto que se deben pagar las deudas, pero cuando se conocen los mecanismos del endeudamiento externo llevados adelante por el gobierno actual que comprometen la capacidad de pago durante generaciones (sumados a los que implementó el presidente neoliberal que gobernó entre 2015 y 2019 con el mismo ministro de Economía), cabe preguntarse si esa deuda es legítima.
Por último, más que esperar en condiciones paupérrimas los resultados de promesas que jamás se cumplirán, aguardando en vano el fin de la estanflación, ¿es muy insensato pedir que se tornen más decentes las vidas de los desocupados, los jubilados, los discapacitados, los indigentes? Ya va siendo tiempo de darle a esas vidas un verdadero sentido enmarcado por la dignidad y los derechos y libre de los caprichos de quienes engañan al pueblo y se enriquecen con su esfuerzo. Dicho esto, ¿es muy insensato esperar que se trate a los argentinos con respeto”.

16 de abril de 2026

Entremeses literarios (CCXXII)

¡QUÉ BAILE!
Graciela Blois
Argentina (1958)
 
Esa mañana la cocina estaba tranquila. La cocinera se había ido unos días de vacaciones. Todo era silencio y tranquilidad. Nada de ruidos de ollas ni cuchillos afilados y cucharas mezclando para lograr la receta perfecta.
De pronto, en la canasta de los vegetales, comenzó un tímido movimiento.
Doña Cebolla comenzó a desperezarse después de una siesta de varios días.
- ¡Uff, qué calor! -dijo, sacándose lentamente las capas de su vestido.
Don Ají se puso Colorado y a Don Tomate las semillitas le hacían cosquillas en su estómago.
- ¡Vamos a bailar! -gritó Doña Cebolla. Al principio todos la miraron raro. Pero luego se fueron sumando a esa idea descabellada que sonaba divertida.
Don Ajo abrió su boca y los dientitos contentos fueron corriendo a golpear los cajones para despertar a los cubiertos.
Doña Cuchara, Don Cuchillo y Don Tenedor rezongaron al principio, pero luego se sumaron a la fiesta organizada en la mesada de la cocina.
Doña Papa armó la orquesta golpeando el frasco de Doña Pimienta que le servía de batería. Don Apio comenzó a frotar sus hojas y sus tallos con un escarbadientes y así la música, débil al principio, se fue haciendo cada vez más fuerte y más afinada cuando Doña Zanahoria le daba ritmo raspando al rallador.
- Vamos a bailar tango, lleno de cortes y quebradas -dijo Don Cuchillo exultante tomando a Doña Cuchara por la cintura, mientras las niñas Cucharitas se pegaban celosas a la pollera de su madre.
- ¡No, mejor bailemos rock! -gritó Doña Papa dándole a la batería con todas sus fuerzas.
Don Tomate y Doña Lechuga se ganaron la admiración de todos con sus pasitos de rock bien coordinados.
- Mejor bailemos una zamba -propuso Don Choclo, que recién se incorporaba a la fiesta, cubriendo a Doña Cebolla con una chala a mondo de poncho.
Tango, rock o zamba. Así empezó la discusión. La cocina se llenó de gritos que despertaron a Don Aceite que aún dormía.
- ¡Basta de peleas, che! ¡Dejen dormir tranquilo! -gritó mientras salía apurado de la alacena, con tanta mala suerte, que tropezó con Doña Zanahoria y su rallador. Una capa de líquido viscoso llenó toda la mesada. Uno a uno, se fueron resbalando. Se amontonaron sobre la table de picar y, deslizándose, terminaron en la olla que estaba en la hornalla de la cocina. Fue entonces cuando todos, allí dentro, comenzaron a bailar una sabrosa salsa.
 
 
EPITAFIO DE UN BOXEADOR
Ignacio Aldecoa
España (1925-1969)
 
Pasaban las nubes de tormenta con su gorgojo tronador dentro; pasaban sobre el cementerio, agrio y cuaresmal de luz morada. Altos cipreses, hemiciclos mortuorios, taxis en la avenida, un fulgor diamantino en los lejos del sudoeste, urdimbres de coronas pudriéndose, colgado como trapos viejos de las ventanas de los muertos y de las cruces de los panteones.
Los acompañantes formaban un grupo friolero contemplando el trabajo de los enterradores. Eran pocos y se hablaban en voz baja.
Abrieron el ataúd antes de meterlo en el nicho. Las monjas del hospital no habían logrado cruzar piadosamente las manos del excampeón, que conservaba la guardia cambiada con el brazo derecho caído según su estilo. Eso le quedaba. Todo lo demás fue miseria hasta su muerte, y la Federación pagó el entierro.
Un periodista joven tuvo que ser reconvenido por su director. Había escrito: “Cuando abrieron la caja, el excampeón parecía totalmente K.O.”.
Los muertos deben ser respetados, pero era un buen epitafio.
 
 
MIEDOS PRESTADOS
Mirta Dovidenko
Argentina (1947)
 
La distancia de rescate fijada por Luis es de 500 km., y nunca más recorrida en avión. Es el límite que se impuso después de sufrir el primer ataque de pánico en pleno vuelo. Y yo no me atrevo a dejarlo solo, si muere de miedo en mi ausencia, va a decir que fue mi falta. Sus miedos limitan mi libertad de acción. Ya no viajo en avión, y el auto aún no vuela. Quisiera decirle que, igual algún día se puede morir, aunque yo esté presente. No me atrevo, a ver si le da un ataque.
La semana próxima volaré por razones de trabajo. Mi conciencia está tranquila, no cuenta como deslealtad. Y Luis, si quiere, puede morir en esa fecha. En este viaje me acompaña Patricio, mi compañero sustituto de aventuras. Mi nueva fuente de energía duerme en mi cama. No me reprocho nada, me regala vida. Con él olvido miedos prestados, frustraciones y viajes vedados. Vuelvo a ser feliz.
Y Luis en Buenos Aires, seguro estará bien en compañía del Clonazepam.
 
 
PÉRDIDAS
Ángeles Mastretta
México (1949)
 
A veces el rumor de la nostalgia le subía desde los pies hasta la frente. Y desde las orejas hasta el ombligo algo ardiente le iba corriendo bajo la piel hasta que le brotaba un sudor tibio que en lugar de aliviarla la ponía al borde de un ataque de llanto. Todo eso empezó a pasarle cuando un hombre que era dos al mismo tiempo desapareció de su vera como de pronto amaina un temporal.
- Eso es la menopausia- le dijo su hermana tras oírla describir aquella sensación de angustia repentina-. No tiene nada que ver con la pérdida del animal esquizofrénico que se te fue. Por drástica que te parezca la pérdida de un marido, nunca devasta como la pérdida del estradiol.
 
 
NOCHE DE GALA
Ricardo Bugarín
Argentina (1962)
 
Los comensales se ubican a la mesa frente a cada tarjeta con sus nombres, como indica el protocolo. Se les trae guantes blancos para acompañar cada comida. A cada plato corresponde un nuevo juego de guantes. Lo que ignoran es que lo más incómodo viene con el menú. Los langostinos se sirven vivos, a las aves hay que desplumarlas, al cochinillo hay que cerrarle la boca para ahogar sus berrinches cuando se lo intenta tronchar y la natilla del postre viene con los huevos vivos y empollados. Hay que conservar la compostura y preservar la etiqueta. Las cámaras están encendidas y transmiten, para todo el mundo, la gala de esta noche.
 
 
NO ES UN DATO MENOR
Nicolás Fontana
Argentina (1982)
 
"Ceniza en los ojos" es el nombre del libro. Lo escribió un tal Jean Forton, de quien no tengo certezas, salvo que nació en Burdeos. Hace siete años que lo compré. Nunca lo leí. Lo compré porque me gustó la portada. Es de tapa dura. Al ser un libro de tapa dura, el precio, lógicamente, fue mayor. La portada del libro es un dibujo de una adolescente abrazando a la figura de un hombre color ceniza. En la librería leí al azar un par de párrafos y quedé cautivado. Si me consultan sobre el contenido de lo que leí. no lo recuerdo. Lo que sí recuerdo es que el tamaño de la letra me agradó. Es un libro de doscientas páginas. Cuando me encuentro ante un libro de mayor extensión, lo miro con desconfianza. Seguro se preguntarán por qué motivo aún no lo he leído. La respuesta es muy simple y nada original: estoy esperando el momento indicado. No es un dato menor. Estoy convencido de que el libro será una revelación. Sí, lo he idealizado. Las noches en que duermo junto a él, sueño con triángulos de fuego que giran en círculos. Al acariciarlo mis dedos transpiran y tengo temor de producirle daño. Lo protejo en mi despacho. Ahora lo observo, se encuentra en la parte superior, junto a otros insignificantes. De difícil acceso, para que ningún visitante amigo de lo ajeno se atreva, ni siquiera, a tocarlo, ni a leer el título. Soy muy celoso de él.
El cuerpo sin vida de Damián, que aún permanece tibio, derrumbado frente a la biblioteca, puede dar fe.
 
 
TRANSBORDO
Oscar González
Argentina (1941)
 
¡Qué hermoso atravesar los rayos del sol, sentir su tibieza en mis alas!
El campo huele a amaneceres y las flores silvestres semejen estrellas multicolores.
La brisa acompaña mi andar y no me resisto. Es tan lindo andar con ella.
Este poste de alumbrado guarda aún los murmullos del monte que lo vio nacer. Pobre tronco, qué solo ahora.
Me asombra el azul violeta de estos cardos en flor y el verde que se ralea hasta convertirse en pedregullo.
¿Qué será ese rugido lejano y este suelo negro con gotas de aceite y una línea blanca en el medio?  Ah, ya veo otra vez el verde, creo que estoy cerca. Pero ese rugido en aumento…
Esto pensaba aquella mariposa cuando el impacto. A partir de allí, continuó su camino estaqueada en el radiador de un ómnibus.
 
 
BANDERA
Gonzalo Gálvez Romano
Uruguay (1971)
 
- Eh, escuchame, mirá, yo en Semana Santa no vengo a laburar, ¿sabes? -se metió en la oficina.
- No hay problema, si no querés no vengas -dije sin dejar de mirar el monitor.
- Pero cobro igual, ¿no?
- Si no venís, no cobrás.
- ¡Eh, pará! No me podés obligar, es por un asunto de religión. No me discrimines. Yo soy católico, bautizado y todo. Te traigo el certificado. Vas a ver, mañana te lo traigo. Si te lo traigo me tenés que pagar. Además hice el curso para la comunión; al final no la tomé porque ese día mi viejo se agarró flor de tranca y empezó a hacer quilombo en la iglesia. ¡Juaaa, qué quilombo! El cura se calentó y nos echó a todos a la mierda. Se iba puteando a los gritos el viejo, no me lo olvido más; mi vieja, pobre, lloraba. Íbamos a hacer una re fiesta, con sanguchitos y todo. Al final el viejo se morfó todo, se escabió el vino y durmió como una semana, ¡juaaa! Pobre vieja, le dio culpa y me regaló veinte australes. Después no fui más a la iglesia, tenía miedo de que me maten. Pero ahora me agarró como un arrepentimiento, ¿viste? Y voy a aprovechar Semana Santa para reconciliarme con Dios, me voy a tomar unos días de recogimiento, ¡juaaa!
- Bueno, hacé lo que quieras, pero el lunes bien temprano estás acá laburando.
- Desde el lunes comprometo todos mis días con vos, como si fueran piezas de baile -dijo y lo miré.
- ¡Juaaa! -estalló-, lo leí en el libro, ese que te dejaste ayer en el escritorio. Te maté con ésa.
- Ah, sabés leer también.
- ¿Qué te pasa, atorrante? Yo hice toda la escuela, completita. Y era buen alumno, iba a ser abanderado y todo, pero viste... no queda bien, todas las madres de los pibes que vienen al acto y aparezco yo, así negro y con esta cara... ¡Juaaa! Flor de cagazo se iban a pegar las minas.
 
 
MIRANDO ENFERMEDADES
Ana María Shua
Argentina (1951)
 
En el Diccionario de Agronomía y Veterinaria había ilustraciones y muchas fotos. Una extraña tumoración nudosa deformaba la articulación de una rama.
¿Esto qué es? preguntaba yo, la niña.
Es una enfermedad de los árboles me decía papá.
¿Esto qué es? preguntaba yo, señalando, en la foto, el sexo de un toro.
Es una enfermedad de las vacas me decía papá.
Era lindo mirar enfermedades con mi papá. Como sabía que me estaba mintiendo, observaba con asombro y regocijo los desmesurados genitales que crecían deformes en los árboles machos.

 
ERNESTO EL EMBOBADO
José María Méndez
El Salvador (1916-2006)

Elena Estévez -española extremeña- era extraordinariamente elegante, exquisita. Emanaba efluvios enervantes; evidenciaba energía, espíritu. En escueto elogio: encantaba. Encontrándola empezaba el embrujo. Esto experimentó Ernesto Echegoyén, emigrante europeo, exembajador estoniano. Enamorose.
Encontrábase entonces Ernesto en el Ecuador, en “El Exeter”. Ella emergió en el espejo, esplendorosa, escotada, envuelta en encajes. Efectivamente estaba en escalera. Enardecido, exaltado, Ernesto empezó espetándole exabruptamente escandaloso exordio:
- ¡Escaso ejemplar!
Ella, endiabladamente elástica, escapó, envolviéndolo en enigmático ensueño. Ernesto estaba ebrio, en eclipse, en el Edén. Elenita empezó esquivándolo. Empero enseguida entendiéronse. Escarceos en esquinas. Enternecidas epístolas. Enojos, explicaciones. Ensueños, éxtasis, etcétera.
Epílogo: enlace.