27 de marzo de 2026

El vergonzoso voto de Argentina, Estados Unidos e Israel en contra de una resolución de la ONU sobre la esclavitud

En la prehistoria imperó un sistema en el cual las comunidades humanas se dedicaban a cazar, pescar, recoger leña y recolectar frutos. No existía ningún tipo de organización central ni clases sociales. Estaban organizados en grupos o clanes y eran nómadas. En esta organización social los productos se distribuían de forma igualitaria, no existían excedentes de producción ya que todas las actividades realizadas eran para cubrir las necesidades básicas. Al final del período Neolítico, con el descubrimiento de los metales, la agricultura y la ganadería, los hombres se convirtieron en sedentarios. Construyeron viviendas estables y, con la aparición de actividades productivas como la alfarería, la elaboración de metales, la confección textil, etc., surgió la propiedad privada. Ya no se consumía lo que se necesitaba ni se compartía con otros integrantes del clan, sino que las cosas tenían un dueño.
La cultura antigua estaba asentada en la esclavitud de la inmensa mayoría de los hombres y en la libertad de unos pocos: los ciudadanos de la “Polis” griega o de la “Cives” romana. Tal era la situación del hombre en la civilización clásica. Ni Platón de Atenas (427-347 a.C.) ni Aristóteles de Estagira (384-322 a.C.) ni los juristas romanos se plantearon el problema de la libertad del hombre. Para ellos era una cosa natural la división de la sociedad en esclavos y hombres libres. No existía un ámbito en el cual el hombre pudiese afirmar su libertad ya que carecía de la conciencia de sí mismo como sujeto y como un ser que pudiese implicarse en una situación social que modificase su condición.
Así, durante la Edad Antigua, esto es aproximadamente entre los años 4.000 a.C. y 500 d.C., las sociedades comenzaron a organizarse en núcleos urbanos, en los cuales existían grandes diferencias sociales con ciertas capas en posiciones de privilegio y otros estratos sin ningún derecho: los esclavos. El poder político, según la región, estaba en manos de reyes, emperadores o faraones y, con la anuencia de sacerdotes de diversas religiones politeístas, se dio nacimiento a un nuevo sistema económico: el esclavismo. Sus orígenes se remontan a la era de la revolución agrícola, época en la cual se produjeron asentamientos en comunidades agrícolas en las que se hacía necesaria la continua labor de la tierra: para ello se empleaba a los esclavos. Fueron esclavistas las economías de la Mesopotamia, el Antiguo Egipto, Grecia y Roma. Drásticamente, muchos años después durante la época colonial americana, esclavos africanos eran raptados de sus pueblos en el continente y trasladados forzosamente hacia América, donde eran vendidos a latifundistas necesitados de mano de obra.
En la “Biblia” hay muchas referencias sobre la esclavitud, a la cual no condena sino que permite que se la practique de manera regulada. En el “Levítico” del Antiguo Testamento, por ejemplo, puede leerse: “En cuanto a los esclavos y esclavas que puedas tener, puedes adquirirlos de las naciones vecinas. También puedes adquirirlos de entre los extranjeros que residen contigo y de sus familias que están contigo, nacidos en tu tierra; y serán de tu propiedad. Puedes conservarlos como herencia para tus hijos después de ti”. Y en el “Efesios” del Nuevo Testamento: “Esclavos y esclavas, obedezcan a los que aquí en la tierra son sus amos. Obedézcanlos con respeto, sinceridad y de buena gana, como si estuvieran sirviendo a Cristo mismo. Esto deben hacerlo en todo momento y no sólo cuando sus amos los estén viendo. Ustedes son esclavos de Cristo, así que deben hacer con alegría y entusiasmo lo que Dios quiere que hagan, como si lo hicieran para el Señor y no sólo para sus amos”.


Durante el reinado de George III, nacido como George William Hannover (1738-1820), el 25 de marzo de 1807 se aprobó en el Reino Unido la Abolition of Slave Trade Act (Ley de Abolición de la Trata de Esclavos). La disposición, que fue tratada y aprobada por el Parlamento durante el gobierno del Primer Ministro William Wyndham Grenville (1759-1834), establecía que “todo tipo de trato y lectura en la compra, venta, trueque o transferencia de esclavos o de personas que pretendan ser vendidos, transferidos, utilizados o tratados como esclavos, practicados o transportados en, en o desde cualquier parte de la costa o países de África serán abolidos, prohibidos y declarados ilegales”. Sin embargo, si bien la ley abolió el comercio transatlántico de africanos esclavizados, no abolió la esclavitud, que continuó durante décadas.
Por entonces, tal como venía ocurriendo desde hacía varios siglos, una numerosa cantidad de habitantes del África subsahariana eran transportados en condición de esclavos a las naciones islámicas de Oriente Medio y, a través del océano Atlántico, hacia América. Según cuenta el historiador estadounidense Thomas Sowell (1930) en “Conquests and cultures. An international history” (Conquistas y culturas. Una historia internacional), “el principal destino del comercio de esclavos africanos hacia el mundo islámico era Estambul, capital del Imperio Otomano, donde floreció el mayor y más activo mercado de esclavos. En otros países islámicos los mercados de esclavos también eran abiertos y públicos, tanto para nativos como para extranjeros”. Y en cuanto a los que eran llevados a América narró que “los horrores de la travesía atlántica en barcos de esclavos repletos y asfixiantes, junto con la exposición a nuevas enfermedades de los europeos y otras tribus africanas, así como los peligros generales de la travesía del Atlántico en aquella época, se cobraron un número de vidas que ascendía aproximadamente al 10% de todos los esclavos enviados al hemisferio occidental en barcos británicos en el siglo XVIII, siendo los británicos los principales traficantes de esclavos de aquella época”.


Por su parte, el Doctor en Jurisprudencia por la Facultad de Derecho de la Georgetown University Mark D. Welton (1963) detalló en su ensayo “International law and slavery” (El derecho internacional y la esclavitud): “La esclavitud sirvió principalmente a propósitos económicos y militares en el mundo antiguo. Las fuerzas armadas forzaron frecuentemente a los individuos a servir como soldados o esclavos de galeón. Los esclavos también trabajaron en proyectos de obras públicas en la Grecia antigua, en minas o campos agrícolas en Mesopotamia y en el imperio Romano. Otros eran sirvientes personales y domésticos de familias ricas y frecuentemente prestaron servicios sexuales a sus 
dueños. Aun cuando Europa transitaba del imperio Romano a la era moderna, la esclavitud persistía. El comercio de esclavos era una actividad económica significativa en muchos pueblos a lo largo de las costas de Escandinavia, Inglaterra e Italia. en el período feudal, la población de Europa estaba constituida por hombres libres, siervos y esclavos, y las autoridades seculares y religiosas, citando fuentes bíblicas, reconocieron la esclavitud como una institución natural”.
Añadió más adelante: “Cuando los estados europeos comenzaron a explorar y colonizar las áreas fuera del continente, especialmente en el hemisferio occidental, consideraron que la esclavitud y el comercio de esclavos hacían una buena pareja con la explotación económica de estas regiones, y la esclavitud floreció en las haciendas y minas de las Américas, desde el siglo XVI hasta el XIX. Los esclavos de África subsahariana arribaron a Europa por primera vez a mediados del siglo XV, después que las tripulaciones europeas los capturaran, o los comerciantes musulmanes norafricanos y jefes tribales de África subsahariana los vendieran a los buques mercantes europeos. Los ingleses, españoles, portugueses, holandeses y franceses adquirieron esclavos africanos y los transportaron al otro lado del océano en barcos. Muy pronto comenzaron a vender esclavos africanos y nativos americanos, en forma regular, hacia las Antillas y las costas de las Américas. La exportación de esclavos africanos se incrementó rápidamente a medida que disminuía el número de esclavos nativos de las Américas, debido a las enfermedades y al maltrato; sólo los buques ingleses transportaron dos millones de esclavos africanos a Norteamérica entre los años de 1680 y 1786”.
Entre el 31 de agosto y el 8 de septiembre de 2001, representantes de los Estados miembros de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), de numerosas Organizaciones No Gubernamentales e incluso afrodescendientes e indígenas, se reunieron en Durban, Sudáfrica, para tratar los efectos negativos del racismo, la discriminación racial, la xenofobia y declararon la esclavitud y la trata de esclavos como crímenes de lesa humanidad. El documento firmado en esa oportunidad se conoce como “Declaración y Programa de Acción de Durban”. En 2006, la Asamblea General de las Naciones Unidas, mediante su resolución 61/19, reconoció que “la trata de esclavos y la esclavitud se encuentran entre las peores violaciones de los derechos humanos en la historia de la humanidad, teniendo en cuenta particularmente su escala y duración” y, al año siguiente, mediante la resolución 62/122, designó el 25 de marzo como Día Internacional en Recuerdo de las Víctimas de la Esclavitud y la Trata Transatlántica de Esclavos. Se eligió esa fecha en conmemoración de la abolición del comercio transatlántico de esclavos en el Reino Unido el 25 de marzo de 1807.


Al cumplirse el vigésimo quinto aniversario de la “Declaración y Programa de Acción de Durban” y en el marco del Día Internacional del Recuerdo de las Víctimas de la Esclavitud y la Trata Transatlántica de Esclavizados, el 25 de marzo del presente año la Asamblea General de la ONU aprobó una resolución histórica impulsada por la Unión Africana, declarando que la trata de africanos esclavizados y la esclavitud racializada de africanos representan “la injusticia más inhumana y duradera contra la humanidad” debido a “su magnitud, duración, carácter sistémico, brutalidad y consecuencias duraderas que siguen estructurando la vida de todas las personas a través de regímenes racializados de trabajo, propiedad y capital”. La resolución sostiene que la trata de africanos esclavizados constituyó un sistema de explotación sin precedentes, que se extendió durante más de cuatro siglos y convirtió a los seres humanos en propiedad hereditaria. El documento afirma que se trató del primer régimen mundial que codificó legalmente a las personas como bienes, estableciendo jerarquías raciales y estructuras económicas que, según el texto, aún influyen en la sociedad actual. También se mencionaron normas históricas que legitimaron la esclavitud, como disposiciones legales europeas y coloniales que permitieron considerar a los africanos esclavizados como propiedad transferible y perpetua.
Desde Ghana, principal impulsor del texto, defendieron la iniciativa como un paso hacia la justicia histórica, destacando que las consecuencias de la esclavitud siguen vigentes en forma de desigualdades estructurales, raciales y económicas. Según “Amnesty International” (Amnistía Internacional), el movimiento globalque cuenta con más de diez millones de miembros y simpatizantes en ciento cincuenta países y trabaja por la promoción y defensa de los derechos humanos reconocidos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos promulgada por la ONU el 10 de diciembre de 1948 en París, la votación que se realizó en la sede de la ONU en Nueva York representa “un paso trascendental hacia el reconocimiento legal y la reparación para quienes han sufrido los daños persistentes de la esclavitud en todo el mundo”, y destacó la necesidad de que la resolución “inicie el camino hacia la justicia para los africanos y las personas de ascendencia africana, y marque un avance positivo para el mundo en un momento en que el derecho internacional está siendo atacado”.
La iniciativa, presentada por una coalición de sesenta países africanos, caribeños y latinoamericanos, reconoce que este sistema de explotación, que se prolongó durante más de cuatro siglos, constituye una violación del derecho internacional que no prescribe y que sus consecuencias siguen afectando a millones de personas en todo el mundo. De hecho, en el contexto actual, la esclavitud moderna persiste en algunas zonas de África con alrededor de cuatro millones de personas en situaciones forzosas. Si bien la resolución fue aprobada por una amplia mayoría con ciento veintitrés votos a favor, hubo cincuenta y dos países mayoritariamente de potencias occidentales, incluyendo el Reino Unido y países de la Unión Europea como Alemania, Dinamarca, España, Francia, Hungría, Italia, Noruega y Países Bajos, que se abstuvieron argumentando que era muy problemático definir un único hecho histórico como “el más grave” y por ser “muy problemático en innumerables aspectos”.


Pero lo más grave fue que hubo tres países que votaron en contra de la resolución: Israel, Estados Unidos y Argentina, países que desde algo más de dos años mantienen una alianza estratégica. Gobernados por el genocida Benjamín Netanyahu (1949), el narcisista Donald Trump (1946) y el sociópata Javier Milei (1970) respectivamente, configuraron un frente que prioriza el capital y la ficticia pureza racial sobre la dignidad humana. Israel rechazó la medida al considerar que la terminología podría desplazar la jerarquía histórica del Holocausto, pero omitió decir que desde hace décadas los capitales israelíes han dominado sectores críticos como la minería de diamantes y minerales estratégicos africanos, por lo que su voto negativo en realidad buscó prevenir que la comunidad internacional estableciese precedentes legales que vinculen la explotación de esos recursos con crímenes de lesa humanidad, protegiendo así un modelo de negocio que depende de la desestabilización y el control territorial de África.
Por su parte Estados Unidos declaró que se oponía firmemente al intento de la ONU de calificar a la esclavitud como el delito de lesa humanidad más grave de la historia ya que la resolución tenía muchas subjetividades a las que no se adherían. Lo que no dijeron es que su negativa se fundamenta en el temor a las implicaciones legales y financieras de la justicia reparativa ya que fueron millones los esclavos africanos los que impulsaron su riqueza agrícola e industrial, y entonces era necesario cerrar la puerta a cualquier reclamo de indemnización por los siglos de trabajo forzado que subsidiaron su ascenso como potencia global.
Y finalmente Argentina, con su voto, pasó a ser el mayor representante del negacionismo cultural en América Latina aunque ya desde hace más de un siglo niega que los esclavos afroargentinos fueron una parte integral de su identidad. Desde los tiempos de la colonia, la ciudad de Córdoba fue un gran centro de comercialización de esclavos. En 1778 un censo arrojó que el 46% de la población en Argentina tenía origen africano. Diferentes funcionarios declararon que en la ONU se había discutido algo más complejo que estar contra la esclavitud, que lo que se intentó fue imponer una lectura que jerarquiza culpas históricas según una agenda ideológica. Se afirmó que el país estaba en contra de definir la esclavitud como el delito más grave dejando otros por fuera. La resolución tiene muchas subjetividades a las que no nos adherimos, afirmaron.
Durante la gestión de Javier Milei, Argentina adoptó posiciones similares en la ONU. En noviembre de 2024 fue el único país en votar contra un texto sobre violencia hacia mujeres y niñas, aprobado por más de ciento setenta países, y al mes siguiente votó contra los derechos de los pueblos indígenas. Después, en septiembre de 2025 votó contra una resolución sobre el conflicto entre Israel y Palestina, también junto a Estados Unidos e Israel, y en octubre del mismo año rechazó el levantamiento del embargo a Cuba y se opuso a una iniciativa para prevenir y erradicar la tortura. Una verdadera vergüenza.

25 de marzo de 2026

Conversaciones (LX). Ricardo Piglia - Rodolfo Walsh. Sobre la tensión entre ficción y política (2/2)

Nacido en Choele Choel, en la provincia de Río Negro, Rodolfo Walsh fue un autor referencial de la literatura policial argentina con títulos como “Variaciones en rojo” y “Diez cuentos policiales argentinos”. También se destacó por sus libros de investigación periodística “Operación Masacre”, “¿Quién mató a Rosendo?”, “Caso Satanowsky” y “La revolución palestina”. Por su parte Ricardo Piglia, autor de ensayos como “Crítica y ficción”, “La Argentina en pedazos”, “Formas breves”, “Diccionario de la novela de Macedonio Fernández” y “El último lector”, publicó numerosos artículos periodísticos en los diarios “El País”, “Clarín” y “Página/12”, y en las revistas “Magazín Literario”, “El Escarabajo de Oro” y “El Péndulo”, entre otros medios.
En el nº 37 de la revista “Fierro” de septiembre de 1987 publicó “Rodolfo Walsh y el lugar de la verdad”, artículo en el que detalló: “‘La novela política tal cual la conocemos -decía Brecht- es imposible después de Auschwitz’. ¿Se puede usar la ficción para narrar el horror? Walsh percibió ese límite cuando ocurrió la masacre de José León Suárez. Un grupo de civiles había sido fusilado clandestinamente en junio de 1956 por la policía de la Libertadora. Uno de ellos estaba vivo. Walsh entró en contacto, comenzó a investigar, encontró a otros sobrevivientes, reconstruyó los hechos, inició una campaña de denuncia. A fines de 1957 reunió los materiales que había publicado en el periódico ‘Mayoría’, entre mayo y julio de ese año, en la primera edición de ‘Operación Masacre’. ‘Un periodista me preguntó por qué no había hecho una novela con eso, que era un tema formidable para una novela; lo que evidentemente escondía la noción de que una novela con ese tema es mejor o es una categoría superior a la de una denuncia con este tema. Yo creo que la denuncia traducida al arte de la novela se vuelve inofensiva, es decir, se sacraliza como arte. Por otro lado, el documento, el testimonio, admite cualquier grado de perfección, en la selección, en el trabajo de investigación se abren inmensas posibilidades artísticas’, decía Walsh en 1970. ‘Operación Masacre’ es una respuesta al viejo debate sobre el compromiso del escritor y la eficacia de la literatura. Frente a la buena conciencia progresista de las novelas ‘sociales’ que reflejan la realidad y ficcionalizan las efemérides políticas, Walsh levanta la verdad cruda de los hechos, la denuncia directa, el relato documental. Un uso político de la literatura debe prescindir de la ficción. Esa es la gran enseñanza de Walsh”.
“En este sentido no hace más que tomar una tradición que se remonta al ‘Facundo’, es decir, a los orígenes de la prosa argentina. Walsh es muy consciente de la oposición entre ficción y política, clave en la historia de nuestra literatura. Su obra está escindida por ese contraste y lo notable es que, a diferencia de tantos otros, comprendió siempre que debía trabajar esa tensión y exasperarla. Liberar su ficción de las contaminaciones circunstanciales y usar su destreza de narrador para construir textos de crítica política y de denuncia. Esta escisión define dos poéticas en la práctica de Walsh. Por un lado, está el manejo de la forma autobiográfica del testimonio verdadero, del panfleto y la diatriba. Por otro lado, para Walsh la ficción es el arte de la elipsis, trabaja con la alusión y lo no dicho, y su construcción es antagónica con la estética urgente del compromiso y las simplificaciones del realismo social. Las dos poéticas están sin embargo unidas en un punto que sirve de eje a toda su obra: la investigación como uno de los modos básicos de darle forma al material narrativo. El desciframiento, la búsqueda de la verdad, el trabajo con el secreto, el rigor de la reconstrucción: los textos se arman sobre un enigma, un elemento desconocido que es la clave de la historia que se narra”.
Y concluyó: “Por supuesto la marca de Walsh es la politización extrema de la investigación: el enigma está en la sociedad y no es otra cosa que una mentira deliberada que es preciso destruir con evidencias. En este punto, para Walsh el periodismo es sobre todo un modo de circulación de la verdad. Por eso el uso y la construcción de canales alternativos para la difusión de la denuncia es un elemento clave. Este conjunto de prácticas y de estrategias de escritura se combinan para formar la obra múltiple y única de Rodolfo Walsh. El relato policial, el panfleto, el ensayo, la historia, la denuncia, el testimonio político, la autobiografía, el periodismo, la ficción: todos estos registros se unen sostenidos por una escritura que sabe modular los ritmos y matices de la lengua nacional. Walsh era capaz de escribir en todos los estilos y su prosa es uno de los grandes momentos de la literatura argentina contemporánea”.
 

Lo que sigue es la segunda y última parte de la extensa conversación que Piglia mantuvo con Walsh en marzo de 1970.

R.P.: Dejaste de escribir cuentos policiales, también ahí se puede ver un conjunto de historias ligadas entre sí, conectadas por la presencia de Daniel Hernández, del comisario Laurenzi.
 
R.W.: Abandoné el género hace años ya, aunque de vez en cuando se me ocurren situaciones que podrían servir de germen a una trama policial. A veces pienso que de todas las historias posibles, las menos posibles entre nosotros parecen ser aquellas en que el "inspector" recoge del suelo una cigarrera, dice: "Ah", telefonea al laboratorio, viene el juez, se lleva al asesino y lo condena a veinte años. Yo también he escrito historias así, pero ahí está la crónica diaria para revelar que las pruebas no significan nada, que se puede opinar sobre una pericia y que de todas maneras el asesino sale el mes que viene.
 
R.P.: En el policial a la inglesa el enigma funciona como una convención muy formalizada.
 
R.W.: Si se aplican ciegamente los cánones de la novela policial inglesa a una situación que no tiene nada que ver, el resultado puede ser grotesco. De todas maneras, si alguien tiene mucho talento y escaso tiempo para frecuentar las comisarías y los tribunales, siempre le quedará la posibilidad de evadirse totalmente de lo que ve y escribir una historia tan irreal y tan perfecta como "El jardín de senderos que se bifurcan".
 
R.P.: El otro camino es el de Hammett, Chandler, el policial norteamericano.
 
R.W.: Que me interesa, por supuesto, sobre todo Hammett. Manejan un mundo que siento cercano. Mi labor en el periodismo me puso en contacto con verdaderos asesinos, con verdaderos investigadores, con verdaderos torturadores y también con algunos verdaderos héroes. Desde esta perspectiva todo lo que pude haber inventado con anterioridad me resulta raro, como una foto mal revelada. Pero la realidad no sólo es apasionante, es casi incontable.
 
R.P.: Eso nos lleva al problema que habíamos dejado planteado al principio: las relaciones entre novela y testimonio, entre ficción y no-ficción.
 
R.W.: En el plano personal he vivido durante años ese vaivén entre el testimonio y la ficción. Creo que se oponen frontalmente y a la vez creo que se realimentan mutuamente. Para mí son vasos comunicantes, paso de uno a otro, continuamente. La cuestión es una cuestión de jerarquías estéticas y de criterios sociales. La novela es considerada el punto más alto del arte narrativo y el relato documental aparece como un arte pobre.
 
R.P.: No artístico.
 
R.W.: Claro. Eso me preguntaron cuando apareció el libro sobre Rosendo. Un periodista me preguntó por qué no había hecho una novela con eso, que era un tema formidable para una novela. Lo que evidentemente escondía la noción de que una novela con ese tema es mejor o es una categoría superior a la de una denuncia con ese tema. Y creo que es un prejuicio muy poderoso, lógicamente muy poderoso, pero al mismo tiempo creo que gente más joven, que se forma en sociedades distintas, en sociedades no capitalistas o bien en sociedades que están en proceso de revolución, va a aceptar con más facilidad la idea de que el testimonio y la denuncia son categorías artísticas por lo menos equivalentes y merecedoras de los mismos trabajos que se le dedica a la ficción.
 
R.P.: De hecho, la vanguardia soviética de los años '20, Tretiakov, Osipp Brik, Sklovski, defendían lo que llamaban literatura “fakta”, la no ficción, como una práctica que sustituía a la novela tradicional.
 
R.W.: Yo creo que en el futuro incluso se van a invertir los términos, que lo realmente apreciado en cuanto arte va a ser la elaboración del testimonio o del documental, que admite cualquier grado de perfección. Es decir, en el montaje, en la compaginación, en la selección, en el trabajo de investigación se abren inmensas posibilidades artísticas.
 
R.P.: Pensar el relato desligado de la ficción.
 
R.W.: Desde otra perspectiva y con otra técnica. Digo esto porque pienso en trabajos como el de Miguel Barnet, “Biografía de un cimarrón”, e inclusive aquí mismo, cuánta gente hay cuya historia de vida uno contaría con mucho gusto, realmente, y sin limitaciones en cuanto a lo que podés conseguir. No se trata de firmar el certificado de defunción de la ficción, sería ridículo, pero se puede ver a la novela, tal como la conocemos, como una forma transitoria, a lo mejor no, pero puede ser pensada como una forma transitoria.
 
R.P.: Por supuesto. Puede declinar la novela sin que desaparezca la narración. Siempre se van a contar historias, pero no necesariamente va a ser siempre la novela la forma dominante.
 
R.W.: En este sentido es necesario volver y tomar como marco de referencia las cosas que a uno le hicieron creer, y no hablo de las cosas que a uno le hicieron creer cuando iba a la escuela, sino las cosas que a uno le hicieron creer después, cuando empezaba a escribir, a relacionarse con la literatura.
 
R.P.: Las ideologías literarias, las concepciones sobre la literatura.
 
R.W.: Que influyen en todos, en los más audaces y en los más lúcidos, en todos, como si mentalmente tuviéramos las manos atadas. Porque así empezás a escribir, estás condicionado por todo, por quién te lo va a publicar, qué van a decir los críticos, cuánto se va a vender y así. Totalmente atado. Y además: ¿esto se corresponde con el nombre que yo tengo? ¿Esto es lo que se espera de mí como Fulano de Tal? Esa realidad ridícula de la literatura donde uno se encuentra compitiendo con otros tipos a ver quién hace mejor el dibujito, cuando en verdad eso no importa nada. Hay que zafar de ahí, zafar del mercado, trabajar de otra manera. Un libro no es solamente un producto acabado que se vende a un determinado precio. Pero para zafar hay que cuestionar todo. ¡Cuando pienso en las imbecilidades que realmente uno oyó repetir y que incluso repitió tímidamente o no refutó, acerca de la relación entre el arte y la política!
 
R.P.: Justamente, tengo la impresión que esa tensión entre ficción y testimonio, que es básica en lo que vos hacés, en realidad reproduce una tensión más funda-mental entre literatura y política.
 
R.W.: Las cosas se han dado de esa manera en mi vida. Yo empiezo a escribir ficciones entre 1964 y 1965, una época de despolitización en el sentido de alejamiento de los problemas cotidianos de la política, de la inserción de uno. En tiempos de la Revolución Libertadora, si bien de una forma anárquica y como francotirador, yo había participado de algún modo en “Operación Masacre”. Y ahora, desde 1968, desde el Cordobazo digamos, hace ya un tiempo que no escribo ficción, escribí en el diario de la CGT, escribí “¿Quién mató a Rosendo?”
 
R.P.: La relación entre literatura y política define dos usos de la escritura, dos lugares diferentes para el escritor.
 
R.W.: Lo que no significa un descarte aislado de las formas literarias tradicionales, del cuento, de la novela, para reemplazarlas con el relato verdadero o el testimonio. Por otro lado, es evidente que el sólo deseo de hacer propaganda y agitación política no significa que vayas a elegir la literatura, la ficción, para usarla mal, porque hay otras maneras, no necesitas ponerte a escribir una mala novela.
 
R.P.: Son campos distintos.
 
R.W.: Estoy seguro de que no se pueden usar inocentemente una serie de convenciones literarias que están ahí sólo para poner a toda la historia en el limbo. A veces me siento capaz de imaginar, no digo de hacer todavía, una novela o un relato que no sea una denuncia y que por lo tanto no sea una presentación, sino una representación, un segundo término de la historia original, usando las formas tradicionales, pero usándolas de otra manera. Lo que probablemente suceda cuando escriba una novela es que recogeré en ella parte del material, del espíritu de la denuncia de mis libros anteriores, pero elaborados de otro modo.