Un día como hoy, hace
noventa y cinco años, venía al mundo la cuentista Alice Munro, una de las escritoras
contemporáneas en lengua inglesa más reconocidas por su maestría en el relato y
su visión personal de la condición humana. Nacida como Alice Ann Laidlaw en
Wingham, un pueblo de la provincia de Ontario, Canadá, en donde se asentaron
sus antepasados migrantes de Escocia, sobrellevó una infancia y una
adolescencia enrevesadas debido a una compleja relación con sus padres, una situación
para la cual encontró en la lectura una vía de escape. Mientras recibía la
educación primaria en la Lower Town School y la secundaria en la F.E. Madill
Secondary School, ambas escuelas públicas de su ciudad natal, ya se había
convertido en una ávida lectora de los cuentos de hadas del danés Hans
Christian Andersen (1805-1875), de los relatos de misterio y suspenso para
niños del inglés Charles Dickens (1812-1870), de los cuentos infantiles del estadounidense
Thornton Burgess (1874-1965), de las leyendas mitológicas y medievales del inglés Alfred
Tennyson (1809-1892), de los cuentos realistas del ruso Anton Chéjov (1860-1904)
y de los relatos sutiles e irónicos de la canadiense Lucy Maud Montgomery (1874-1942).
En 1949, gracias a obtener la calificación más alta en inglés de todos los
estudiantes que la solicitaron, consiguió una beca de dos años en la University
of Western Ontario ubicada en London, una ciudad ubicada en el suroeste de esa
provincia. Inicialmente estudió periodismo, pero en su segundo año se cambió a
Literatura Inglesa, aunque abandonó la carrera antes de graduarse para contraer
matrimonio. Durante su período universitario ya dedicaba buena parte de su
tiempo a escribir, y en la primavera de 1950 publicó sus primeros relatos en “Folio”,
la revista literaria para estudiantes de esa universidad.
Ya casada, se instaló en Vancouver
con su esposo. Mientras éste trabajaba en una de las tiendas de la empresa Eaton's,
ella se ocupaba de las tareas de la casa al tiempo que leía y escribía. Durante
los años siguientes publicó varios textos en periódicos canadienses como “Chatelaine”,
“Mayfair”, “Montrealer”, “Queen's Quarterly”, “Tamarack Review” y “The Canadian
Forum”. Recién en septiembre de 1968 apareció su primer libro: “Dance of the
Happy Shades” (Danza de las sombras). En 1972 se divorció y regresó a su
provincia natal donde se convirtió en una fecunda escritora como residente en
su antigua universidad. Volvió a casarse en 1976 y a partir de entonces
consolidó su carrera literaria.
En los años siguientes publicó
“Who do you think you are?” (¿Quién te crees que eres?), “The moons of Jupiter”
(Las lunas de Júpiter), “The love of a good woman” (El amor de una mujer
generosa), “Hateship, friendship, courtship, loveship, marriage” (Odio,
amistad, noviazgo, amor, matrimonio) y “Too much happiness” (Demasiada
felicidad), por citar sólo algunas de sus obras. En simultáneo, muchos de sus
relatos aparecieron en prestigiosas revistas como “The New Yorker”, “Toronto
Life”, “Granta” y “Paris Review”, y varios de ellos fueron adaptados para el
cine. Alice Munro fue premiada en
1968 con el galardón literario más importante de su país, el Governor's General
Award, y en 2009 con el International Booker Prize, un premio literario bienal
otorgado en el Reino Unido a escritores con obras de ficción publicadas en
inglés. Luego, en 2013, recibió el Premio Nobel de Literatura como “maestra del
relato corto contemporáneo”, el cual no pudo recoger en persona ya que por
entonces había comenzado a padecer una demencia senil, la enfermedad que la
llevaría a la muerte en una residencia para ancianos en Port Hope, Ontario, la
noche del 13 de mayo de 2024 a los noventa y dos años.

Lo que sigue es una
compilación de fragmentos de la entrevista que le hizo la periodista estadounidense
Lisa Dickler Awano pocos días después de que se anunciara que era la ganadora
del Nobel y que fue publicada el 18 de octubre de 2013 en la revista literaria
estadounidense “Virginia Quarterly Review”, y de la conversación en video que
mantuvo con el periodista sueco Stefan Åsberg que sirvió como discurso de
recepción del Nobel, la cual fue proyectada en la Academia Sueca el 7 de
diciembre de 2013.
¿Cuál es su proceso de
escritura?
Trabajo con lentitud.
Siempre es difícil… Casi siempre es difícil. La realidad es que vengo
trabajando sin parar desde que tenía veinte años, y ahora tengo ochenta y uno.
Ahora mi rutina es así: me levanto a la mañana, me tomo un café y me siento a
escribir. Y después, un poco más tarde, puede ser que haga una pausa y coma
algo, para seguir escribiendo. La escritura de verdad sale a la mañana. Al
principio de lo que sea que estoy escribiendo no puedo dedicarle mucho tiempo,
apenas unas tres horas. Reescribo mucho, así que reescribo y cuando pienso que
está listo, lo envío. Y después quiero reescribirlo un poco más. Lo que me pasa
a veces es que hay una o dos palabras que me parecen tan importantes que pido
que me manden el libro de vuelta para poder agregarlas. Mi idea era escribir
novelas, pero empecé a escribir cuentos porque era para lo único que podía
hacerme tiempo. Entre las tareas de la casa y el cuidado de los chicos, nunca
habría tenido tiempo de escribir una novela. Y después fue como si el formato
del cuento -en realidad, una forma más bien inusual de cuento, por lo general
una forma de relato bastante largo- fuese lo que quería hacer. Ese espacio
alcanzaba para decir lo que quería decir. Y al principio fue difícil, porque la
gente esperaba que el relato breve tuviera cierta extensión y no otra. Querían
que fuese una historia corta, y mis historias eran bastante inusuales, ya que
de alguna manera cuentan más y más cosas diferentes y no paran. Nunca sé -o al
menos no suelo saber- la extensión que tendrá un relato. Pero no me asusto: le
doy todo el espacio que necesite. De todos modos, no me importa si lo que estoy
escribiendo en ese momento es un cuento -algo clasificado como cuento- u otra
cosa. Es ficción y punto.
Justamente me pregunto si
esta podría ser una pista de por qué eligió la forma del relato breve… ¿O el
relato breve la eligió a usted?
Podría ser. Me encanta
trabajar con gente, con las conversaciones de la gente y también con las cosas
inesperadas que le ocurren a la gente. Lo inesperado es muy importante para mí.
En uno de mis cuentos (“Escapada”), una mujer que tiene un matrimonio
complicado decide dejar a su marido, alentada por una mujer muy sensata mayor
que ella. Y entonces, cuando intenta irse, advierte que no puede hacerlo. Lo
más razonable es irse, sus motivos son muchos, pero no puede. ¿Cómo puede ser?
Yo escribo ese tipo de cosas, porque soy yo la que no sabe “cómo puede ser”.
Por eso tengo que prestarle atención: allí hay algo que merece mi atención.
En el relato “Mi vida
querida”, usted conecta la idea de la remodelación de una casa con el trabajo
de la memoria. ¿Puede contarnos lo que piensa sobre la naturaleza de la
memoria?
Es interesante lo que
sucede al envejecer, porque los recuerdos se vuelven más vívidos, en especial
los recuerdos lejanos. Pero yo no hago ningún esfuerzo de memoria, simplemente
está ahí todo el tiempo, y no sé si escribo más sobre eso de lo que solía hacerlo
antes. Ciertamente, si una quiere escribir en serio sobre sus padres, su
infancia, una tiene que ser tan honesta como pueda, pensar lo que realmente
pasó, y no en la historia que te sirve en un plato tu memoria. Pero por
supuesto que eso no es posible, así que al menos una puede decir: “Bueno, ésta
es mi versión de la historia… Esto es lo que yo recuerdo”.
Usted me ha dicho algunas
veces que nos pasamos repitiendo las cosas que son difíciles hasta que logramos
superarlas.
Creo que eso es
particularmente cierto respecto de los recuerdos de la primera infancia. Y
siempre hay un trabajo sobre eso para intentar superarlo. ¿Pero qué significa “superarlo”?
¿Que ya no duela más? ¿Que lo hemos pensado hasta hacernos una idea más o menos
clara de lo que realmente pasó? Pero nunca escribimos sobre eso. Tenemos hijos.
Cuando ellos escriban la historia de su infancia, seguirá siendo sólo la
historia de ellos, y el “tú” de esas historias será un “tú” en el que tal vez
no nos reconozcamos. Y es por eso que hay que reconocer que incluso el relato
que haga el esfuerzo más honesto seguirá sin contemplar la verdad de todos.
Pero ese esfuerzo es valioso.
Cuando uno es escritor, de
alguna manera se pasa la vida tratando de entender las cosas, y uno pone lo que
ha entendido en papel y la gente lo lee. En realidad, es algo de lo más
extraño.
Una se dedica toda su vida
a esto, por más que sepa que fracasa. No se fracasa todo el tiempo, ni en todo,
y yo pienso que vale la pena, al menos pienso que lo vale. Pero es como llegar
a un acuerdo con cosas con las que una puede lidiar sólo parcialmente. Esto
suena de lo más desesperanzado. Pero yo no me siento en absoluto
desesperanzada.
¿Cómo aprendió a contar
una historia y a escribirla?
Yo inventaba historias
constantemente; el camino de casa a la escuela era largo, y por regla general
durante ese trayecto inventaba historias. Conforme fui creciendo los cuentos
versaban cada vez más sobre mí misma, era como una heroína en una u otra situación;
no me molestaba que los cuentos no se publicaran enseguida y no sé si pensaba
siquiera en que otras personas los conocieran o los leyeran. Lo importante era
la propia historia, generalmente una historia muy satisfactoria desde mi punto
de vista, teniendo en mente la valentía de la sirenita, que ella era
inteligente, que era capaz de hacer un mundo mejor, porque actuaba y tenía
poderes mágicos y habilidades por el estilo.
¿Era importante que la
historia se contara desde la perspectiva de una mujer?
No creía que eso fuera
importante, pero tampoco pensaba nunca en mí misma como en algo que no fuera
una mujer, y hubo muchas buenas historias sobre niñas y mujeres. Quizá al
llegar a la adolescencia el asunto tenía más que ver con ayudar al hombre a
satisfacer sus necesidades, etcétera, pero de niña yo no tenía absolutamente
ningún sentimiento de inferioridad por ser mujer. Y es posible que eso se
debiera al hecho de haber vivido en una parte de Ontario donde eran sobre todo
las mujeres las que leían, las que contaban la mayoría de las historias,
mientras los hombres estaban fuera haciendo cosas importantes; ellos no se
dedicaban a las historias. De modo que me sentía como en casa.
¿Qué es lo importante para
usted cuando cuenta una historia?
Bueno, en aquellos
primeros días lo importante era, sin duda, el final feliz, pues yo no toleraba
finales infelices para mis heroínas. Más adelante empecé a leer obras como “Cumbres borrascosas”, y había finales muy, muy infelices, de modo que cambié mis
ideas por completo y opté por lo trágico, y me gustó.
¿Qué puede haber tan
interesante en la descripción de la vida provinciana canadiense?
Hay que estar allí. Pienso
que cualquier vida puede ser interesante, cualquier entorno puede ser
interesante. Creo que no habría sido tan osada si hubiera vivido en una ciudad,
compitiendo con personas con lo que puede denominarse un nivel cultural, en
general, más alto. Yo no tuve que enfrentarme a eso. Era la única persona que
conocía que escribía cuentos, aunque no se los contara a nadie, y hasta donde
sabía, al menos durante un tiempo, la única persona capaz de hacerlo en el
mundo.
¿Siempre ha tenido esa
seguridad en su escritura?
La tuve durante mucho
tiempo, pero me volví muy insegura cuando crecí y conocí a otras personas que
también escribían. Entonces me di cuenta de que el trabajo era un poco más
difícil de lo que creía. Pero nunca me rendí, aquello era mi vida.
Cuando empieza un cuento,
¿tiene siempre desarrollado el argumento?
Sí, pero luego a menudo
cambia. Empiezo con un argumento y trabajo en él, y luego veo que sigue otro
camino y que pasan cosas mientras escribo, pero tengo que empezar con una idea
bastante clara de por dónde va la historia.
¿Hasta qué punto le
absorbe la historia cuando está escribiendo?
¡Ah, por completo! Pero
siempre daba de comer yo a mis hijos, ¿eh? Yo era un ama de casa, de modo que
aprendí a escribir en los ratos libres, y creo que nunca lo dejé, aunque hubo
momentos en que me sentí muy desalentada, porque empecé a ver que los cuentos
que escribía no eran muy buenos, que tenía mucho que aprender y que era un
trabajo muchísimo más difícil de lo que yo esperaba. Pero no me detuve, no creo
que lo haya hecho nunca.
¿Qué parte es la más
difícil cuando quiere contar una historia?
Creo que probablemente
cuando terminas la historia y te das cuenta de lo mala que es. Ya sabe: la
primera parte, entusiasmo; la segunda, ¡bastante bueno!; pero luego te levantas
una mañana y piensas “Qué disparate”, y es entonces cuando realmente tienes que
ponerte a trabajar en ello. A mí siempre me parecía que eso era lo que tenía
que hacer: si la historia no funcionaba era culpa mía, no de la historia.
Pero, ¿cómo le da la
vuelta a la historia si no se siente satisfecha?
Trabajando duro. Intento
pensar en un modo mejor de contarla. Tienes personajes a los que no has dado
una oportunidad, y tienes que pensar en ellos o hacer algo completamente
distinto con ellos. En mis primeros días era propensa a utilizar una prosa muy
florida, y poco a poco aprendí a eliminar muchas cosas. Solo hay que seguir
pensando en ello y averiguar cada vez más de qué iba la historia, al principio
creías que la habías entendido, pero en realidad tenías mucho más que aprender
de ella.
¿Alguna vez dudó, alguna
vez pensó que no era lo suficientemente buena?
¡Todo el tiempo, todo el
tiempo! Tiré más cosas de las que envié o terminé, y eso continuó durante mis
veintitantos años. Pero todavía estaba aprendiendo a escribir como quería
escribir. No, no fue algo fácil.
Leí en alguna parte que
quiere que las cosas se expliquen de forma fácil.
Sí. Pero nunca pienso que
quiero explicar las cosas más fácilmente, así es como escribo. Creo que escribo
con naturalidad y de forma fácil, sin pensar que esto iba a ser más fácil.
¿Alguna vez se ha
encontrado con períodos en los que no ha podido escribir?
Sí. Dejé de escribir, tal
vez hace un año, pero eso fue una decisión que fue no querer escribir y no
poder, una decisión porque quería comportarme como el resto del mundo. Porque cuando
escribes estás haciendo algo que otras personas no saben que estás haciendo, y
realmente no puedes hablar de ello. Siempre estás encontrando tu camino en este
mundo secreto, y luego estás haciendo otra cosa en el mundo normal. Y ya me
estoy cansando de eso, lo he hecho toda mi vida, absolutamente toda mi vida.
Cuando me encontraba con escritores que eran, en cierto modo, más académicos,
me ponía un poco nerviosa, porque sabía que no podía escribir de esa manera,
que no tenía ese don.