20 de mayo de 2022

Byung-Chul Han: “El teléfono celular ya no es una cosa. Es el canal en el que cada uno de nosotros recibe un bombardeo de informaciones que aletean como colibríes frente a nuestros sentidos cohibiendo la capacidad de análisis”

Byung-Chul Han (1959) es un filósofo en cuya obra predominan los estudios culturales vinculados a la desmesurada influencia de los modernos medios digitales de comunicación. Nacido en Seúl, Corea del Sur, en 1985 se radicó en Alemania donde estudió Filosofía en la Albert Ludwigs Universität (Universidad de Friburgo) y Literatura y Teología en la Ludwig Maximilians Universität (Universidad de Múnich). En 1994 se doctoró por la primera de dichas universidades con una tesis sobre Martin Heidegger (1889-1976). Comenzó su carrea docente dando clases de Filosofía en la Universität Basel (Universidad de Basilea), luego fue profesor de Filosofía y Teoría de los Medios en la Karlsruher Institut für Gestaltung (Escuela Superior de Diseño de Karlsruhe) y, desde 2012, es profesor de Filosofía y Estudios Culturales en la Universität der Künste (Universidad de las Artes) de Berlín. Autor de más de una decena de ensayos, es sumamente crítico de la “infocracia”, la que ha inducido a sus consumidores/productores hacia una falsa percepción de la libertad. “Las personas están atrapadas en la información -asegura-. Ellas mismas se colocan los grilletes al comunicar y producir información. Hoy la señal de detentación de poder no está vinculada con la posesión de los medios de producción sino con el acceso a la información, que se utiliza para la vigilancia psicopolítica y el pronóstico del comportamiento individual. La prisión digital es transparente y es precisamente esa sensación de libertad la que asegura la dominación. Hoy vivimos presos en una caverna digital aunque creemos que estamos en libertad”.
Han disecciona minuciosamente las ansiedades que produce el capitalismo neoliberal en las personas. Sus reflexiones señalan al capitalismo, la sociedad de consumo, la tecnología y su uso en la vida cotidiana como temas de indagación constante. “El sujeto del régimen de la información no es dócil ni obediente. Más bien se cree libre, auténtico y creativo. Se produce y se realiza a sí mismo. Este sujeto -que en el actual sistema también se realiza como objeto- es simultáneamente víctima y victimario”. En ambos casos el arma utilizada es el reproductor multimedia conocido como “smartphone”, herramienta a través de la cual los medios digitales pusieron fin a la era del hombre-masa. “El habitante del mundo digitalizado ya no es ese 'nadie', más bien es alguien con un perfil. El régimen de la información se apodera de los individuos mediante la elaboración de perfiles de comportamiento”. En tiempos de una notoria tribalización política, esa división maniquea de la sociedad en bandos enfrentados e irreconciliables que chocan por el poder, es la derecha la que más capitaliza este fenómeno. Tenemos que domar, civilizar y humanizar el capitalismo. Eso también es posible. La economía social de mercado es una demostración”.
Han, entre otras obras, ha publicado “Müdigkeitsgesellschaft” (La sociedad del cansancio), “Topologie der gewalt” (Topología de la violencia), “Psychopolitik. Neoliberalismus und die neuen machttechniken” (Psicopolítica. Neoliberalismo y nuevas técnicas de poder), “Transparenzgesellschaft” (La sociedad de la transparencia), “Infokratie. Digitalisierung und die krise der demokratie” (Infocracia. Digitalización y crisis de la democracia) y “Undinge. Umbrüche der lebenswelt” (No-cosas. Quiebras del mundo de hoy). Lo que sigue a continuación es una edición de fragmentos de las entrevistas realizadas por Sergio Fanjul (“El País, 09/10/2021) y Flavia Tomaello (“La Nación”, 07/04/2022).
 

¿Cómo es posible que en un mundo obsesionado por la hiperproducción y el hiperconsumo, al mismo tiempo los objetos se vayan disolviendo y vayamos hacia un mundo de no-cosas?
 
Hay, sin duda, una hiperinflación de objetos que conduce a su proliferación explosiva. Pero se trata de objetos desechables con los que no establecemos lazos afectivos. Hoy estamos obsesionados no con las cosas, sino con informaciones y datos, es decir, no-cosas. Hoy todos somos “infómanos”. Se ha llegado ya a hablar de “datasexuales”, personas que recopilan y comparten obsesivamente información sobre su vida personal.
 
En ese mundo que describe, de hiperconsumo y pérdida de lazos, ¿por qué es importante tener “cosas queridas” y establecer rituales?
 
Las cosas son los apoyos que dan tranquilidad en la vida. Hoy en día están en conjunto oscurecidas por las informaciones. El “Smartphone” no es una cosa. Yo lo caracterizo como el infómata que produce y procesa informaciones. Las informaciones son todo lo contrario a los apoyos que dan tranquilidad a la vida. Viven del estímulo de la sorpresa. Nos sumergen en un torbellino de actualidad. También los rituales, como arquitecturas temporales, dan estabilidad a la vida. La pandemia ha destruido estas estructuras temporales. Piense en el teletrabajo. Cuando el tiempo pierde su estructura nos empieza a afectar la depresión.
 
En su libro se establece que, mediante la digitalización, nos convertiremos en “homo ludens”, enfocados al juego más que al trabajo. Pero, con la precarización y la destrucción de empleo, ¿podremos todos acceder a esa condición?
 
He hablado de un desempleo digital que no está determinado por la coyuntura. La digitalización conducirá a un desempleo masivo. Este desempleo representará un problema muy serio en el futuro. ¿Consistirá el futuro humano en la renta básica y los juegos de ordenador? Un panorama desalentador. Con “panem et circenses” (pan y circo) se refiere Juvenal a la sociedad romana en la que no era posible la acción política. Se mantiene contentas a las personas con alimentos gratuitos y juegos espectaculares. La dominación total es aquella en la que la gente solo se dedica a jugar. La reciente e hiperbólica serie coreana de “Netflix”, “El juego del calamar”, en la que todo el mundo solo se dedica al juego, apunta en esta dirección.
 
¿En qué sentido?
 
Esa gente está sobre endeudada y se entrega a ese juego mortal que promete enormes ganancias. “El juego del calamar” representa un aspecto central del capitalismo en una forma extrema. Ya dijo Walter Benjamin que el capitalismo representa el primer caso de un culto que no es expiatorio, sino que nos endeuda. En los principios de la digitalización se soñaba con que esta sustituiría el trabajo por el juego. En realidad, el capitalismo digital explota despiadadamente la pulsión humana por el juego. Piense en las redes sociales, que incorporan elementos lúdicos para provocar la adicción en los usuarios.
 
En efecto, el teléfono móvil inteligente nos prometía cierta libertad… ¿No se ha convertido en una larga cadena que nos apresa allí donde estemos?
 
El “smartphone” es hoy un lugar de trabajo digital o bien un confesionario digital. Todo dispositivo, toda técnica de dominación genera artículos de culto que son empleados para la subyugación. Así se afianza la dominación. El “smartphone” es el artículo de culto de la dominación digital. Como aparato de subyugación actúa como un rosario y sus cuentas; así es como mantenemos el móvil constantemente en la mano. El “me gusta” es el amén digital. Seguimos confesándonos. Nos desnudamos por decisión propia. Pero no pedimos perdón, sino que se nos preste atención.
 
Usted ha descrito cómo el trabajo va tomando carácter de juego, las redes sociales, paradójicamente, nos hacen sentir más libres, el capitalismo nos seduce. ¿Ha conseguido el sistema meterse dentro de nosotros para dominarnos de una manera incluso placentera para nosotros mismos?
 
Sólo un régimen represivo provoca la resistencia. Por el contrario, el régimen neoliberal, que no oprime la libertad sino que la explota, no se enfrenta a ninguna resistencia. No es represor sino seductor. La dominación se hace completa en el momento en que se presenta como la libertad.
 
¿Por qué, a pesar de la precariedad y la desigualdad crecientes, de los riesgos existenciales, etcétera, el mundo cotidiano en los países occidentales parece tan bonito, hiperdiseñado y optimista?
 
La novela “1984” de George Orwell se ha convertido desde hace poco en un éxito de ventas mundial. Las personas tienen la sensación de que algo no va bien con nuestra zona de confort digital. Pero nuestra sociedad se parece más a “Un mundo feliz” de Aldous Huxley. En “1984” las personas son controladas mediante la amenaza de hacerles daño. En “Un mundo feliz” son controladas mediante la administración de placer. El Estado distribuye una droga llamada “soma” para que todo el mundo se sienta feliz. Ese es nuestro futuro.
 
¿Cómo se combina una sociedad que trata de homogeneizarnos y eliminar las diferencias con la creciente querencia de las personas por ser diferentes de los demás, en cierto modo, únicas?
 
Todo el mundo quiere hoy ser auténtico, es decir, diferente a los demás. Así, estamos comparándonos todo el rato con los otros. Precisamente es esta comparación la que nos hace a todos iguales. O sea: la obligación de ser auténticos conduce al infierno de los iguales.
 
¿Necesitamos más silencio? ¿Estar más dispuestos a escuchar al otro?
 
Necesitamos que se acalle la información. Si no, acabará explotándonos el cerebro. Hoy percibimos el mundo a través de las informaciones. Así se pierde la vivencia presencial. Nos desconectamos del mundo de forma creciente. Vamos perdiendo el mundo. El mundo es algo más que información. La pantalla es una pobre representación del mundo. Giramos en círculo alrededor de nosotros mismos. El “smartphone” contribuye decisivamente a esta pobre percepción de mundo. Un síntoma fundamental de la depresión es la ausencia de mundo.
 
La depresión es uno de los más alarmantes problemas de salud contemporáneos. ¿Cómo opera esa ausencia de mundo?
 
En la depresión perdemos la relación con el mundo, con el otro. Nos hundimos en un ego difuso. Pienso que la digitalización, y con ella el “smartphone”, nos convierten en depresivos. Hay historias de odontólogos que cuentan que sus pacientes se aferran a su teléfono cuando el tratamiento es doloroso. ¿Por qué lo hacen? Gracias al móvil soy consciente de mí mismo. El móvil me ayuda a tener la certeza de que vivo, de que existo. De esa forma nos aferramos al móvil en situaciones críticas como el tratamiento dental. Yo recuerdo que cuando era niño me aferraba a la mano de mi madre en el dentista. Hoy la madre no le dará la mano al niño sino que le dará el móvil para que se agarre a él. El sostén no viene de los otros sino de uno mismo. Eso nos enferma. Tenemos que recuperar al otro.
 
Ha dicho que “la supervivencia se convertirá en un absoluto, como si viviéramos en un estado de guerra permanente”, una definición que parece haberse perfeccionado en la pandemia. ¿Cree que el cansancio de la sociedad se profundizó en este tiempo?
 
La sociedad de supervivencia ha gastado todo el buen sentido para apreciar lo bueno de la vida. El positivismo hiperexacerbado ha hecho insostenible la incertidumbre. El exceso de información signó la desesperanza de cuarentenas eternas y reconversión de un status quo que se retroalimentó (y aún lo hace) con la aparición de nuevas cepas. Pareciera que nos aferramos a este presente flojo de sentido. No dejamos partir al Covid. Nos aferramos al virus como si nos hubiera aportado un propósito.
 
En este sentido, ¿supone que hay un juego alternado de ilusiones y desilusiones?
 
El Covid nos llenó de vacíos nuevos, aunque con preocupaciones alarmantes a las que este hombre contemporáneo se sube sin análisis, en parte arrastrado por la abulia creada por el hiperconsumismo y la hipertransparencia. Nos han impuesto monitoreos vigilantes, cuarentenas más acordes al juicio de la política que a argumentos de salud. Hitos que implicaron compromiso a las libertades como no vemos desde la Segunda Guerra Mundial. Se ha dinamitado cualquier esbozo de disfrute en pos de la salud, aunque en esa paradoja, todo lo anterior presupone una artillería debilitante a su constructor. El telón de fondo deja entrever una destrucción del tejido humano en pos del surgimiento de un miedo masivo que polariza el concepto de supervivencia, sometiéndolo a las realidades del mercado.
 
¿A eso se refiere cuando sostiene que la muerte no es democrática?
 
El Covid se convirtió en una luz negra que desnuda lo que a simple vista no se ve, pero alguien puso allí. La vulnerabilidad humana no es igualitaria o inclusiva. La mortandad depende del estatus social. La muerte nunca ha sido equitativa. La pandemia no ha cambiado las cosas, solo ha puesto sobre la mesa las inequidades sociales que revelan por qué unos enferman más que otros, algunos se mueren sin atención adecuada u otros aún no han recibido sus vacunas. Cientos de estudios científicos se han encargado de destacar cómo los afroamericanos casi que duplican los guarismos de mortalidad, gravedad o enfermedad frente a las poblaciones blancas de los Estados Unidos. Esto parece ser una novedad para las masas, pero es una realidad que conocemos. No nos sorprende, solo nos lo reconfirma. Los que tuvieron que trabajar a pesar de todo fueron, precisamente, aquellos habitantes de barrios suburbanos que no podían dejar sus puestos porque pertenecen a un grupo indocumentado o desplazado en la legalidad laboral.
 
¿Lo que creemos real pierde fronteras bajo la intangible virtualidad?
 
Aún somos acumuladores, pero ahora de bits. Los objetos son pilares que nos brindan seguridad. Pero estos tiempos están enturbiados por la información y todos sus matices. Ya no se trata de aquello que sugiere el presentador de noticias o el titular del periódico. El lado oscuro de la información se introduce, incluso a través de las cosas, pero para convertirlas en no objetos. Por ejemplo, el teléfono celular ya no es una cosa. Es el canal propio en el que cada uno de nosotros recibe su propio bombardeo de informaciones que aletean como colibríes frente a nuestros sentidos, cohibiendo la capacidad de análisis. Este caudal de información es lo opuesto a cualquier objeto que puede sostener la tranquilidad humana. Nos invade de excitación constante. Nos convierte en adictos a recibir más, cada vez más nuevo, más inmediato. Los sucesos pasan al pasado más rápido que el tiempo. La hiperinconexión dinamitó nuestras dinámicas. El teletrabajo es muestra de ello. La arquitectura del día fue arrasada. Nuestros rituales perdieron estructuras. La pandemia ha acelerado este nuevo esquema donde la pérdida de forma zambulle a las personas en un mar líquido en el que los náufragos se debaten con la depresión.
 
¿Cómo ha cambiado la cultura en la era global?
 
Diferentes tiempos y continuidades coexisten en la hipercultura en un universo de mosaico. Los vínculos han emergido múltiples y lábiles. La superficialidad de la amistad es la base de la hiperculturalidad. Su misma carencia de reglas permite un impacto generalizado. Crea un máximo de solidaridad con un mínimo de interrelación. Tanto positivismo agota. No hay polarización de amigo versus enemigo, de adentro versus afuera, o de lo personal versus lo extraño, de lo real versus lo virtual. Las redes sociales parecen ser el escenario de la cultura contemporánea. En ese hiperespacio intentan evitar mensajes negativos de cualquier tipo al proporcionar solo ventanas estrechas para la interacción.
 
Cuando habla del hiperespacio, ¿se refiere sólo al mundo digital o la hipercultura también es evidente en otros lugares?
 
El hiperespacio es un híbrido donde todo se entrecruza. Allí se han eliminado los parámetros culturales y geográficos. Es un ámbito con ausencia de distancia, lo que quita posibilidad de perspectiva. La hiperculturalidad es diferente de la multiculturalidad. Es superadora. Como diría el filósofo francés Jean Baudrillard, emerge un escenario más real que el real, la hiperrealidad. Las redes sociales no son un espacio de libertad; es uno que permite un control total. Ofrece a los usuarios una sensación de libertad más ligada al voyeurista que al actor. Contrariamente a lo que estábamos acostumbrados, el control se logra mediante la interconexión. Los reclusos confinados dejan paso a los usuarios que se creen libres.
 
Ha dicho que la amistad es una nueva manera de emprendedurismo, ¿a qué se refiere?
 
Una reciente campaña de Burger King presentó el programa Whopper Sacrifice. Se invitó a las personas a eliminar diez amigos de Facebook para hacerse de una hamburguesa gratis. Fue un éxito porque lo que llamamos amistad en las redes es tan poco valioso como un atado de carne de comida rápida. Los individuos son microemprendedores que evalúan sus acciones a partir del rédito que pueden obtener. Incluso la amistad debe ser rentable. Las redes sociales no son un espacio amistoso, desde una visión económica son ámbitos de explotación.
 
¿Qué tipo de intercambio producen estas amistades?
 
Los amigos son los clientes de esta era, por lo que ganar nuevos es ampliar la cartera. El incremento de seguidores fortalece la sensación narcisista del yo. Internet es un espacio autorreferencial donde se trata de circular el ser uno mismo. Más de lo que ya busqué, más de lo que quiero leer, más gente que piensa como yo. No existe el desafío del otro. El espacio virtual es un infierno de monotonía.
 
Usted se doctoró con una tesis sobre Heidegger, que exploró las formas más abstractas de pensamiento y cuyos textos son muy oscuros para el profano. Sin embargo, usted consigue aplicar ese pensamiento abstracto a asuntos que cualquiera puede experimentar. ¿Debe la filosofía ocuparse más del mundo en el que vive la mayor parte de la población?
 
Michel Foucault define la filosofía como una especie de periodismo radical y se consideraba a sí mismo periodista. Los filósofos deberían ocuparse sin rodeos del hoy, de la actualidad. En eso sigo a Foucault. Yo intento interpretar el hoy en pensamientos. Estos pensamientos son precisamente los que nos hacen libres.

25 de abril de 2022

Noam Chomsky: “La invasión rusa de Ucrania se sitúa junto a otros grandes crímenes de guerra como la invasión de Polonia por Hitler y Stalin, la invasión de Irak por parte de Estados Unidos y otros sombríos episodios de la historia moderna”.

El lingüista, filósofo y politólogo estadounidense Noam Chomsky (1928), profesor emérito del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), fue invitado a participar en el “Seminario Internacional sobre Resolución de Conflictos en el marco del Derecho Internacional ante la invasión de Ucrania”, organizado por la Universidad Carlos III de Madrid. En su conferencia, realizada el 30 de marzo pasado, analizó las reglas que caracterizan el derecho internacional, los antecedentes de Estados Unidos en el mundo en general y en Ucrania en particular, y la necesidad de movilizarse para conseguir una salida diplomática al conflicto, la única posible si se tiene en cuenta la posible escalada hacia un holocausto nuclear. Entre otras cosas, Chomsky aseveró que Estados Unidos es quien lleva dominando la sociedad mundial desde la Segunda Guerra Mundial, reemplazando al Reino Unido y Francia, adoptando las políticas de sus antecesores: desdén absoluto por el derecho internacional, tanto de palabra como de hecho. “Un ejemplo verdaderamente aterrador es Afganistán -afirmó-. Millones de personas literalmente se enfrentan a la inanición, una tragedia colosal. Hay comida en los mercados, pero con todos sus fondos bloqueados en los bancos internacionales, la gente con poco dinero tiene que ver cómo sus hijos mueren de hambre. ¿Qué podemos hacer? No es ningún secreto: presionar al gobierno de los Estados Unidos para que libere los fondos de Afganistán, custodiados en bancos de Nueva York para castigar a los pobres afganos por osar resistirse a los veinte años de guerra de Washington. La excusa oficial es aún más vergonzosa: los Estados Unidos deben retener los fondos de los afganos hambrientos por si los estadounidenses quieren resarcirse por los crímenes del 11-S de los que los afganos no son responsables. Los talibanes ofrecieron su total rendición, lo que habría implicado entregar a los sospechosos de Al-Qaeda, pero Estados Unidos respondió rotundamente que ‘no negociamos rendiciones’”.
Otro caso es el que la ONU describió como la peor crisis humanitaria del mundo: Yemen. “El número oficial de víctimas -continúa Chomsky- alcanzó el año pasado las 370.000 personas. El número real no se conoce. El país, destrozado, se enfrenta a la hambruna generalizada. Arabia Saudita, la principal culpable, ha ido intensificando el bloqueo al único puerto que se usa para la importación de alimentos y combustible. Las fuerzas aéreas saudíes no pueden funcionar sin aviones, formación, inteligencia o repuestos estadounidenses. Una orden de Estados Unidos salvaría cientos de miles de niños de una muerte de hambre inminente. El Reino Unido y otras potencias occidentales también participan del crimen, pero Estados Unidos está muy adelante. Como poder hegemónico mundial está al frente de la desgracia”.
“Según las encuestas -agregó Chomsky-, más de un tercio de los estadounidenses están a favor de tomar medidas militares en Ucrania aunque esté en juego la guerra nuclear con Rusia. Eso significa que más de un tercio de los estadounidenses obviamente no tienen la menor idea de lo que significa un conflicto nuclear y escuchan proclamas heroicas en el Congreso y los medios sobre crear una zona de exclusión aérea, algo que hasta ahora está evitando el Pentágono porque entiende que eso requeriría destruir instalaciones antiaéreas en Rusia y, probablemente, pasar a una guerra nuclear. Dejando de lado esta locura, resulta obvio para cualquiera que tenga un cerebro funcionando que, nos guste o no, habrá que ofrecer a Putin algún tipo de salida, al menos si nos preocupa algo el destino de los ucranianos y del mundo. Desafortunadamente, parece que los atrevidos y descerebrados imitadores de Winston Churchill son más atractivos que preocuparse por las víctimas de Ucrania y más allá. ¿Qué podemos hacer? La única opción es trabajar con fuerzo educando, organizando y realizando acciones que consigan comunicar las amenazas que enfrentamos y movilizar al conjunto. No es una tarea sencilla. Pero es necesaria para sobrevivir”.
Noam Chomsky es uno de los activistas sociales más reconocidos internacionalmente por su compromiso político. Es autor de más de medio centenar de obras entre las que se pueden mencionar “Class warfare” (Lucha de clases), “Propaganda and the public mind” (La propaganda y la opinión pública), “Failed states. The abuse of power and the assault on democracy” (Estados fallidos. El abuso de poder y el ataque a la democracia) y el reciente “Climate crisis and the global Green New Deal. The political economy of saving the planet” (Crisis climática y el Green New Deal global. La economía política para salvar el planeta). Lo que sigue es la entrevista que concediera a C. J. Polichroniou publicada en el portal de noticias “Truthout” el pasado 4 de abril. En ella, el prestigioso intelectual estadounidense reflexiona sobre las causas y consecuencias de la guerra en Ucrania.
 

Ya llevamos más de un mes de guerra en Ucrania y las conversaciones de paz se han estancado. De hecho, Putin está subiendo el nivel de violencia mientras Occidente aumenta la ayuda militar a Ucrania. En una entrevista anterior, usted comparó la invasión rusa de Ucrania con la invasión nazi de Polonia. ¿La estrategia de Putin está entonces sacada del mismo manual que usó Hitler? ¿Quiere ocupar toda Ucrania? ¿Intenta reconstruir el imperio ruso? ¿Es este el motivo por el que se han estancado las negociaciones de paz?
 
Hay muy poca información creíble sobre las negociaciones. Algunas de las informaciones que se filtran parecen ligeramente optimistas. Hay buenas razones para suponer que si Estados Unidos aceptara participar seriamente con un programa constructivo, las posibilidades de poner fin al horror aumentarían. Cuál sería ese programa constructivo, al menos en líneas generales, no es ningún secreto. El elemento principal es el compromiso de neutralidad de Ucrania: no pertenecer a una alianza militar hostil, no albergar armas dirigidas a Rusia (incluso las llamadas engañosamente “defensivas”), no realizar maniobras militares con fuerzas militares hostiles. Difícilmente puede considerarse algo inédito en asuntos internacionales, incluso donde no existe nada formal. Todo el mundo entiende que México no puede unirse a una alianza militar dirigida por China, emplazar armas chinas dirigidas a Estados Unidos y realizar maniobras militares con el Ejército Popular de Liberación. En resumen, un programa constructivo sería todo lo contrario a la Declaración Conjunta sobre la Asociación Estratégica entre Estados Unidos y Ucrania firmada por la Casa Blanca el 1 de septiembre de 2021. Este documento, que tuvo poca repercusión, declaraba enérgicamente que la puerta de Ucrania para entrar en la Organización del Tratado del Atlántico Norte estaba abierta de par en par. También había “finalizado un Marco Estratégico de Defensa que crea una base para la mejora de la cooperación estratégica en materia de defensa y seguridad entre Estados Unidos y Ucrania”, proporcionando a Ucrania armas avanzadas antitanque y de otro tipo, junto con un “sólido programa de entrenamiento y ejercicios acorde con el estatus de Ucrania como Socio de Oportunidades Mejoradas de la OTAN”. La declaración fue otro ejercicio intencionado de meter el dedo en la llaga. Es otra contribución a un proceso que la OTAN (es decir, Washington) ha estado perfeccionando desde que Bill Clinton violó en 1998 la firme promesa de George H.W. Bush de no ampliar la OTAN hacia el Este, una decisión que suscitó fuertes advertencias de diplomáticos de alto nivel como George Kennan, Henry Kissinger, Jack Matlock, el actual director de la CIA William Burns y muchos otros, y que llevó al secretario de Defensa William Perry a estar a punto de dimitir en señal de protesta, al que se unió una larga lista de otros con los ojos abiertos. Eso, por supuesto, además de las acciones agresivas que golpearon directamente las preocupaciones de Rusia (Serbia, Irak, Libia y crímenes menores), llevadas a cabo de tal manera que se maximizara la humillación. No requiere demasiado empeño sospechar de que la declaración conjunta fue un factor que indujo a Putin y al estrecho círculo de “hombres duros” que lo rodean a decidir intensificar su movilización anual de fuerzas en la frontera ucraniana, en un esfuerzo por ganar algo de atención hacia sus preocupaciones en seguridad, en este caso sobre la agresión criminal directa que, de hecho, podemos comparar con la invasión nazi de Polonia en combinación con Stalin. La neutralización de Ucrania es el elemento principal de un programa constructivo, pero hay más. Debería haber movimientos hacia algún tipo de acuerdo federal para Ucrania que implique un grado de autonomía para la región del Donbass, siguiendo las líneas generales de lo que queda de Minsk II. De nuevo, esto no sería nada nuevo en asuntos internacionales. No hay dos casos idénticos y ningún ejemplo real se acerca a la perfección, pero existen estructuras federales en Suiza y Bélgica, entre otros casos, e incluso en Estados Unidos hasta cierto punto. Unos esfuerzos diplomáticos serios podrían encontrar una solución a este problema, o al menos contener las llamas. Y las llamas son reales. Se calcula que unas 15.000 personas han muerto en el conflicto de esta región desde 2014. Eso deja de lado Crimea. En cuanto a Crimea, Occidente tiene dos opciones. Una es reconocer que la anexión rusa es simplemente un hecho por ahora, irreversible sin acciones que destruirían Ucrania y posiblemente mucho más. La otra es ignorar las muy probables consecuencias y hacer gestos heroicos sobre cómo Estados Unidos “nunca reconocerá la supuesta anexión de Crimea por parte de Rusia”, como proclama la declaración conjunta, acompañada de muchos pronunciamientos elocuentes de otros que están dispuestos a condenar a Ucrania a una catástrofe total mientras hacen propaganda sobre su valentía. Nos guste o no, esas son las opciones. ¿Quiere Putin ocupar toda Ucrania y reconstruir el imperio ruso? Sus objetivos anunciados, principalmente la neutralización, son bastante diferentes, incluida su declaración de que sería una locura intentar reconstruir la antigua Unión Soviética, pero puede que tuviera algo así en mente. Si es así, es difícil imaginar lo que él y su círculo siguen haciendo. Para Rusia, ocupar Ucrania haría que su experiencia en Afganistán pareciera un picnic en el parque. A estas alturas eso está muy claro. Putin tiene la capacidad militar -y a juzgar por Chechenia y otras escapadas, la capacidad moral- para dejar a Ucrania en ruinas. Eso significaría que no hay ocupación, no hay imperio ruso y no hay más Putin. Nuestros ojos se centran, con razón, en los crecientes horrores de la invasión de Ucrania por parte de Putin. Sin embargo, sería un error olvidar que la declaración conjunta es sólo uno de los placeres que la mente imperial está conjurando en silencio. Hace unas semanas hablamos de la Ley de Autorización de Defensa Nacional del presidente Biden, tan poco conocida como la declaración conjunta. Este brillante documento aboga por “una cadena ininterrumpida de estados centinela armados por Estados Unidos -que se extienden desde Japón y Corea del Sur en el norte del Pacífico hasta Australia, Filipinas, Tailandia y Singapur en el sur y la India en el flanco oriental de China”- destinada a rodear a China, incluyendo a Taiwán “de forma bastante ominosa”. Cabe preguntarse cómo sienta a China el hecho de que, según se informa, el comando Indo-Pacífico de Estados Unidos esté planeando mejorar el cerco, duplicando su gasto en el año fiscal 2022, en parte para desarrollar “una red de misiles de ataque de precisión a lo largo de la llamada primera cadena de islas”. Para la defensa, por supuesto, por lo que el gobierno chino no tiene motivos de preocupación.
 
Hay pocas dudas de que la agresión de Putin contra Ucrania no cumple con la teoría de la guerra justa, y que la OTAN también es moralmente responsable de la crisis. Pero, ¿qué pasa con el hecho de que Ucrania arme a los civiles para luchar contra los invasores? ¿No está esto moralmente justificado por los mismos motivos que la resistencia contra los nazis?
 
La teoría de la guerra justa, lamentablemente, tiene tanta relevancia en el mundo real como la “intervención humanitaria”, la “responsabilidad de proteger” o la “defensa de la democracia”. A primera vista, parece una obviedad que un pueblo en armas tiene derecho a defenderse de un agresor brutal. Pero, como siempre en este triste mundo, surgen preguntas cuando se piensa un poco en ello. Por ejemplo, la resistencia contra los nazis. Difícilmente podría haber habido una causa más noble. Uno puede ciertamente entender y simpatizar con los motivos de Herschel Grynszpan cuando asesinó a un diplomático alemán en 1938; o los partisanos entrenados por los británicos que asesinaron al asesino nazi Reinhard Heydrich en mayo de 1942. Y uno puede admirar su coraje y su pasión por la justicia, sin reservas. Sin embargo, ese no es el final de la historia. El primero proporcionó a los nazis el pretexto para las atrocidades de la “Noche de los Cristales” e impulsó el programa nazi hacia sus horribles consecuencias. El segundo condujo a las impactantes masacres de Lidice. Los acontecimientos tienen consecuencias. Los inocentes sufren, quizás terriblemente. Estas cuestiones no pueden evitarse por personas con un mínimo sentido moral. Las preguntas no pueden dejar de surgir cuando consideramos si armar y cómo a aquellos que se resisten valientemente a la agresión asesina. Eso es lo de menos. En el caso que nos ocupa, también tenemos que preguntarnos qué riesgos estamos dispuestos a asumir respecto a una guerra nuclear, que no sólo supondrá el fin de Ucrania, sino mucho más allá, hasta lo verdaderamente impensable. No es alentador que más de un tercio de los estadounidenses esté a favor de emprender una acción militar en Ucrania aunque se arriesgue a un conflicto nuclear con Rusia, tal vez inspirados por comentaristas y líderes políticos que deberían pensárselo dos veces antes de hacer sus imitaciones de Winston Churchill. Tal vez se puedan encontrar formas de proporcionar las armas necesarias a los defensores de Ucrania para repeler a los agresores, evitando al mismo tiempo las graves consecuencias. Pero no debemos engañarnos creyendo que se trata de un asunto sencillo, que se resuelve con pronunciamientos audaces.

¿Sería más exacto decir que la crisis fronteriza entre Rusia y Ucrania se deriva en realidad de la intransigente posición de los Estados Unidos sobre la pertenencia de Ucrania a la OTAN?

Las tensiones en torno a Ucrania son extremadamente graves, con la concentración de fuerzas militares de Rusia en las fronteras de Ucrania. La postura rusa lleva siendo bastante explícita desde hace tiempo. El ministro de Asuntos Exteriores, Sergei Lavrov, la expuso claramente en su conferencia de prensa en las Naciones Unidas: “La cuestión principal estriba en nuestra clara postura sobre lo inadmisible de una mayor expansión de la OTAN hacia el Este y el despliegue de armas de ataque que podrían amenazar el territorio de la Federación Rusa”. Lo mismo reiteró poco después Putin, como ya había dicho a menudo con anterioridad. Hay una forma sencilla de abordar el despliegue de armas de Estados Unidos: no desplegarlas. No hay justificación para hacerlo. Estados Unidos puede alegar que son defensivas, pero Rusia no lo ve así, y con razón. La cuestión de una mayor expansión es más compleja. Se remonta a más de treinta años atrás, cuando la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas se estaba derrumbando. Hubo amplias negociaciones entre Rusia, los Estados Unidos y Alemania. La cuestión central era la unificación alemana. Se presentaron dos visiones. El líder soviético Mijail Gorbachov propuso un sistema de seguridad euroasiático desde Lisboa hasta Vladivostok sin bloques militares. Estados Unidos lo rechazó: la OTAN permanece, y el Pacto de Varsovia de Rusia desaparece.

 
¿Prevé usted una evolución política dramática dentro de Rusia si la guerra dura mucho más tiempo o si los ucranianos resisten incluso después de que hayan terminado las batallas formales? Al fin y al cabo, la economía rusa ya está asediada y podría acabar con un colapso económico sin parangón en la historia reciente.
 
No sé lo suficiente sobre Rusia ni siquiera para aventurar una conjetura. Una persona que sí sabe lo suficiente como para “especular” -y sólo eso, como nos recuerda- es Anatol Lieven, cuyas ideas han sido una guía muy útil en todo momento. Considera muy poco probable que se produzcan “acontecimientos políticos dramáticos” debido a la naturaleza de la dura cleptocracia que Putin ha construido cuidadosamente. Entre las conjeturas más optimistas, “el escenario más probable -escribe Lieven- es una especie de semi-golpe, que en su mayor parte nunca se hará público, por el que Putin y sus colaboradores inmediatos dimitirán ‘voluntariamente’ a cambio de garantías de su inmunidad personal frente a la detención y de la riqueza de su familia. Quién sucedería como presidente en estas circunstancias es una cuestión totalmente abierta”. Y no es necesariamente una cuestión agradable de considerar.

El presidente ucraniano Volodímir Zelenski condenó la decisión de la OTAN de no cerrar el cielo de Ucrania. Una reacción comprensible dada la catástrofe causada a su país por las fuerzas armadas rusas, pero ¿no sería la declaración de una zona de exclusión aérea un paso más hacia la Tercera Guerra Mundial?

Como usted dice, la petición de Zelenski es comprensible. Responder a ella llevaría muy probablemente a la obliteración de Ucrania y mucho más allá. El hecho de que incluso se discuta en Estados Unidos es asombroso. La idea es una locura. Una zona de exclusión aérea significa que las Fuerzas Aéreas de Estados Unidos no sólo atacarían aviones rusos, sino que también bombardearían instalaciones terrestres rusas que proporcionan apoyo antiaéreo a las fuerzas rusas, con los consiguientes “daños colaterales”. ¿Es tan difícil comprender las consecuencias?

17 de abril de 2022

Entremeses literarios (CCIX)

APRENDAN GEOMETRÍA
Fredric Brown
Estados Unidos (1906-1972)

Henry miró el reloj. A las dos de la mañana cerró el libro, desesperado. Seguramente lo suspenderían al día siguiente. Cuanto más estudiaba geometría, menos la comprendía. Había fracasado ya dos veces. Con seguridad lo echarían de la universidad. Solo un milagro podía salvarlo. Se enderezó. ¿Un milagro? ¿Por qué no? Siempre se había interesado por la magia. Tenía libros. Había encontrado instrucciones muy sencillas para llamar a los demonios y someterlos a su voluntad. Nunca había probado. Y aquel era el momento o nunca. Tomó de la estantería su mejor obra de magia negra. Era sencillo. Algunas fórmulas, ponerse a cubierto en un pentágono, llega el demonio, no puede hacernos nada y se obtiene lo que se desea.­ ¡El triunfo es nuestro! Despejó la sala retirando los muebles contra las paredes. Luego dibujó en el suelo, con tiza, el pentágono protector. Por fin pronunció los encantamientos. El demonio era verdaderamente horrible, pero Henry se armó de coraje.
- Siempre he sido un inútil en geometría… -comenzó.
- ¡A quién se lo dices! -replicó el demonio, riendo burlonamente.
Y cruzó, para devorarse a Henry, las líneas del hexágono que aquel idiota había dibujado en vez del pentágono.


LA ELEFANTA
Alfonso Reyes
México (1889-1959)
 
Los elefantes de un circo que llegaban a la ciudad de México se escaparon en la estación y, espantados con los pitos de las locomotoras, se echaron a correr por las calles, enfurecidos, haciendo destrozos. Un pobre señor salía con su mujer y su niña de alguna comida con amigos y traía su par de copas. Al pasar junto a él, a la elefanta le tiraron de la cola. El animal se volvió, lo levantó con la trompa, lo aplastó en el suelo y lo pisoteó. Me parece todavía más horrible el dolor de la viuda y la hija, porque no pueden ni contar de qué murió el pobre hombre. Si dicen “Lo mató una elefanta”, todo el mundo se echa a reír.
 
 
TARDE DE TOROS
Rosa Beatriz Valdez
Argentina (1950)
 
Domingo de sol. En la plaza de toros la multitud aplaude entusiasmada. El torero hace ondear su capote y saluda al público que lo aclama. “¡Que te coge el toro, Manolete!”. En la arena, un reguero escarlata...
Congoja nacional. Cierre de comercios. Suspensión de actividades. Bandera a media asta. Todo el pueblo llora y quiere darle su último adiós. Al llegar al cementerio, el cortejo se detiene frente al portal de hierro con cadena y candado. Un gran cartel: “Cerrado por duelo”.
 
 
REPERCUSIÓN
Roberto Perinelli
Argentina (1940)
 
Soy un adicto lector de diarios, obligado a consumir la droga todas las mañanas, mientras desayuno. Por eso estoy enterado de las noticias del mundo, de, por ejemplo, que la NASA festejó su cincuenta aniversario enviando al espacio “Across the Universe” de los Beatles. También es por eso que no me sorprendí para nada cuando un ET (pariente, me dijo), verde, petisito, tres orejas, siete dedos, uno, el del medio, mucho más largo que los otros seis, me paró en la esquina de Diagonal Norte y Maipú para preguntarme dónde quedaba Liverpool.
 
 
REDES
Eliana Soza Martínez
Bolivia (1979)
 
La tarde languidecía. El trinar de las aves despidiendo el día era el aviso del comienzo de mi jornada. Salí con premura a calles húmedas, mojadas por el dolor de sus transeúntes. Mis pasos seguros demostraban mi reinado en las aceras apenas iluminadas, que se desdoblaban hasta una plazuela transformada por las sombras de la noche. La luna jugaba con las estrellas y yo con mi cartera. Me quedé ensimismada viéndolas en una esquina, pero un golpe de realidad me sacó de mi abstracción. La bocina de un auto me llamaba, alguien me iba a recoger. Subí, como siempre, con una sonrisa fingida. Lástima, era otro esquizofrénico que fantaseaba con asesinar mientras lo hacía. Lo que no sabía es que no era el primero; varios habían caído en mis redes hechas de satén y encaje. No por nada me llaman la Viuda Negra.
 
 
UN VIERNES DE MAÑANA
Milia Gayoso Manzur
Paraguay (1962)
 
Doña María solía cantar alegres canciones en la pequeña cocina. Vivía en un inquilinato, donde su reino se reducía a una pieza y otra aún más pequeña que servía como cocina, comedor y lugar para guardar los trastos, que ella tenía a montones. Era morena, de cabellos ensortijados poblados de numerosas canas. Tenía un carácter jovial, le gustaba conversar, reunirse con los demás inquilinos, pero la gente en general le huía porque exhalaba un tufo insoportable. Los que la conocían de antaño contaron que vivía allí desde hacía cuarenta años atrás, llegó de España con su primer marido y se instalaron en esa pieza. Diez años después enviudó y volvió a casarse enseguida. Por aquella época ella era una mujer hermosa, de aspecto cuidado, pero años después volvió a enviudar, entonces se descuidó por completo.
Vivía sola, con un gato negro con quien se pasaba horas conversando. Le hablaba al animal como si éste fuera a entenderle, le reprochaba constantemente que orinara sobre el piso de madera y no en la caja de cartón con aserrín que le preparaba. La pieza de doña María era un misterio, siempre tenía la puerta y la enorme persiana cerradas, y sólo se percibía un poco de luz por las rendijas. Solamente otra señora española que tenía casi el mismo tiempo que ella en el inquilinato solía contar que tenía hermosos muebles, finas joyas. Pero algunos comentaban que seguramente sus sábanas estaban duras como una lona de tanta mugre.
Los jueves, un olor insoportable salía de la pieza de doña María, y todos los demás inquilinos se tapaban la nariz cuando pasaban cerca, pero no le decían nada porque conocían el origen de tal olor desagradable. En dos enormes tachos, sobre sus calentadores, hervía todo tipo de menudencias de vaca para alimentar a veinticuatro perros, protegidos suyos. Tales animales vivían con una anciana amiga y una vez a la semana doña María salía cargada con dos enormes bolsones en los cuales llevaba bofe, corazón o riñón hervido, además de galletas duras que compraba en los almacenes. Nadie sabía de dónde sacaba el dinero para mantenerse y comprar la comida para sus perros, entonces se conjeturaba que tal vez fuera vendiendo sus joyas de a poco, o que su anterior marido le haya dejado dinero en el banco. Lo cierto es que, aunque doña María no cuidaba su aspecto exterior, sí cuidaba su alimentación, y jamás dejaba de comer galletitas de hojaldre con su mate de la mañana, y solía preparar aromáticos bifes que compartía con su gato.
Una vez estuvo sin salir tres días de su pieza, entonces tres vecinos forzaron su puerta y entraron a verla, la encontraron con fiebre y delirando, sobre su colchón húmedo de orín. Trajeron un médico para atenderla y cuando estuvo mejor, una de las vecinas la llevó al baño y munida de jabón y esponja, la bañó como a un bebé, le cambió la ropa y las sábanas y le barrió la habitación. Los muebles de su pieza, la cama, la araña, correspondían a la habitación de una princesa. Una larga cortina de terciopelo rojo, ennegrecido por el tiempo, cubría casi toda una pared, y todo estaba extrañamente ordenado, nada fuera de lugar. Los aparadores y el ropero estaban llenos de hermosos vestidos que no usaba desde mucho tiempo atrás. Sanó. Continuó hirviendo bofe los jueves y peleando con su gato, amenazándole de que le iba a cortar la cabeza y ponérselo en un florero por orinar en el piso. Continuó comiendo galletitas con el mate y canturreando mientras ofrecía un sandwich de queso a la vecina que nunca le aceptaba comida alguna.
Muchísimos jueves después, un viernes de mañana, se escuchó llorar al gato dentro de la pieza. La vecina española golpeó la persiana pero doña María no abría. Entonces pidió ayuda para forzar la cerradura. Vestida con un vestido de lana verde, doña María dormía. En su rostro blanco, se veían perfectamente los surcos negros y las manchas. A un costado de la cama estaban los dos bolsones con comida, y uno de ellos ya había sido asaltado por el gato, que sentía mucha hambre.
 
 
DOLOR PASAJERO
Ernesto Bustos Garrido
Chile (1943)
 
La niña tropezaba y lloraba; lloraba y tropezaba; gemía y lloraba; tropezaba y gemía. De sus ojos ya no fluían lágrimas; de sus ojos solo brotaban ríos de pena. Y la sorbía y la sorbía, con el ruido de la niñez, porque pañuelo no llevaba. A veces se pasaba la manga de su chalequita para limpiar sus mocos. Salía del cementerio. La llevaba de la mano una mujer mayor, con cara de carcelera y vestida con hábito de color café. La niña había llegado desde el orfanato hasta la tumba de su madre para contarle su desgracia.
- Mamita, tengo mucha pena -le decía, abrazada a la piedra de la lápida-. Mamita, tengo mucho dolor y mucha vergüenza. Mamita, el hombre me dijo que era bonita y me levantó las polleras. Las monjitas me dicen que eso fue pecado. ¿Qué me dices tú? ¿Qué puedo hacer para sacarme este dolor?
La tumba había guardado silencio. La monja, al salir del camposanto, le dio un tirón a su brazo y le dijo:
- Olvídate chiquilla, es sólo un dolor pasajero.
 
 
UNA BREVE NOTICIA DE HACE MUCHO TIEMPO
Lydia Davis
Estados Unidos (1947)
 
Escuchamos esta historia hace varios años en el noticiero vespertino: en su noche de bodas una novia y un novio se embriagaron con sus amigos y luego abordaron el auto de la novia y se marcharon. En un camino sin salida junto a un paso elevado detuvieron el coche, apagaron el motor y comenzaron a discutir en voz alta. La discusión se oía en las casas cercanas y se prolongó tanto que varios vecinos empezaron a atenderla. Al cabo de un rato, el novio gritó a la novia:
- Está bien, entonces atropéllame.
A estas alturas los vecinos también miraban la escena desde sus ventanas. El novio bajó del auto, cerrando de un golpe la puerta tras él, y se acostó frente a la llanta delantera del lado del pasajero. La novia arrancó el coche y le pasó por encima el vehículo de mil ochocientos kilos. El novio murió al instante. El matrimonio había durado unas cuantas horas. Al momento de su muerte, el novio aún vestía esmoquin.
 
 
UNA INMORTALIDAD
Carlos Almira
España (1965)
 
El poeta de moda murió y levantaron una estatua. Al pie grabaron uno de los epigramas que le valieron la inmortalidad y que ahora provoca la indiferencia o la risa, como la chistera, el corbatín y la barba de chivo del pobre busto. El Infierno no es de fuego ni de hielo, sino de bronce imperecedero.
 
 
EN EL CAFÉ
Kjell Askildsen
Noruega (1929-2021)
 
Una de las últimas veces que estuve en un café fue un domingo de verano, lo recuerdo bien, porque casi todo el mundo iba en mangas de camisa y sin corbata, y pensé: tal vez no sea domingo como yo creía, y el hecho de que pensara exactamente eso hace que me acuerde. Me senté a una mesa en medio del local, a mi alrededor había mucha gente tomando canapés y bollos, pero casi todas las mesas estaban ocupadas por una sola persona. Daba una gran impresión de soledad, y como llevaba mucho tiempo sin hablar con nadie, no me habría importado intercambiar unas cuantas palabras con alguien. Estuve meditando un buen rato sobre cómo hacerlo pero, cuanto más estudiaba las caras a mi alrededor, más difícil me parecía, era como si nadie tuviera mirada. Desde luego el mundo se ha vuelto muy deprimente. Pero ya había tenido la idea de que sería agradable que alguien me dirigiera un par de palabras, de modo que seguí pensando pues es lo único que sirve. Al cabo de un rato supe lo que haría. Dejé caer mi cartera al suelo fingiendo que no me daba cuenta. Quedó tirada junto a mi silla, completamente visible a la gente que estaba sentada cerca, y vi que muchos la miraban de reojo. Yo había pensado que tal vez una o dos personas se levantarían a recogerla y me la darían, pues soy un anciano, o al menos me gritarían, por ejemplo: “Se le ha caído la cartera”. Si uno dejara de albergar esperanzas, se ahorraría un montón de decepciones. Estuve unos cuantos minutos mirando de reojo y esperando, y al final hice como si de repente me hubiera dado cuenta de que se me había caído. No me atreví a esperar más, pues me entró miedo de que alguno de aquellos mirones se abalanzara de pronto sobre la cartera y desapareciera con ella. Nadie podía estar completamente seguro de que no contuviera un montón de dinero, pues a veces los viejos no son pobres, incluso puede que sean ricos, así es el mundo, el que roba en la juventud o en los mejores años de su vida tendrá su recompensa en su vejez. Así se ha vuelto la gente en los cafés, eso sí que lo aprendí, se aprende mientras se vive, aunque no sé de qué sirve, así, justo antes de morir.