16 de abril de 2026

Entremeses literarios (CCXXII)

¡QUÉ BAILE!
Graciela Blois
Argentina (1958)
 
Esa mañana la cocina estaba tranquila. La cocinera se había ido unos días de vacaciones. Todo era silencio y tranquilidad. Nada de ruidos de ollas ni cuchillos afilados y cucharas mezclando para lograr la receta perfecta.
De pronto, en la canasta de los vegetales, comenzó un tímido movimiento.
Doña Cebolla comenzó a desperezarse después de una siesta de varios días.
- ¡Uff, qué calor! -dijo, sacándose lentamente las capas de su vestido.
Don Ají se puso Colorado y a Don Tomate las semillitas le hacían cosquillas en su estómago.
- ¡Vamos a bailar! -gritó Doña Cebolla. Al principio todos la miraron raro. Pero luego se fueron sumando a esa idea descabellada que sonaba divertida.
Don Ajo abrió su boca y los dientitos contentos fueron corriendo a golpear los cajones para despertar a los cubiertos.
Doña Cuchara, Don Cuchillo y Don Tenedor rezongaron al principio, pero luego se sumaron a la fiesta organizada en la mesada de la cocina.
Doña Papa armó la orquesta golpeando el frasco de Doña Pimienta que le servía de batería. Don Apio comenzó a frotar sus hojas y sus tallos con un escarbadientes y así la música, débil al principio, se fue haciendo cada vez más fuerte y más afinada cuando Doña Zanahoria le daba ritmo raspando al rallador.
- Vamos a bailar tango, lleno de cortes y quebradas -dijo Don Cuchillo exultante tomando a Doña Cuchara por la cintura, mientras las niñas Cucharitas se pegaban celosas a la pollera de su madre.
- ¡No, mejor bailemos rock! -gritó Doña Papa dándole a la batería con todas sus fuerzas.
Don Tomate y Doña Lechuga se ganaron la admiración de todos con sus pasitos de rock bien coordinados.
- Mejor bailemos una zamba -propuso Don Choclo, que recién se incorporaba a la fiesta, cubriendo a Doña Cebolla con una chala a mondo de poncho.
Tango, rock o zamba. Así empezó la discusión. La cocina se llenó de gritos que despertaron a Don Aceite que aún dormía.
- ¡Basta de peleas, che! ¡Dejen dormir tranquilo! -gritó mientras salía apurado de la alacena, con tanta mala suerte, que tropezó con Doña Zanahoria y su rallador. Una capa de líquido viscoso llenó toda la mesada. Uno a uno, se fueron resbalando. Se amontonaron sobre la table de picar y, deslizándose, terminaron en la olla que estaba en la hornalla de la cocina. Fue entonces cuando todos, allí dentro, comenzaron a bailar una sabrosa salsa.
 
 
EPITAFIO DE UN BOXEADOR
Ignacio Aldecoa
España (1925-1969)
 
Pasaban las nubes de tormenta con su gorgojo tronador dentro; pasaban sobre el cementerio, agrio y cuaresmal de luz morada. Altos cipreses, hemiciclos mortuorios, taxis en la avenida, un fulgor diamantino en los lejos del sudoeste, urdimbres de coronas pudriéndose, colgado como trapos viejos de las ventanas de los muertos y de las cruces de los panteones.
Los acompañantes formaban un grupo friolero contemplando el trabajo de los enterradores. Eran pocos y se hablaban en voz baja.
Abrieron el ataúd antes de meterlo en el nicho. Las monjas del hospital no habían logrado cruzar piadosamente las manos del excampeón, que conservaba la guardia cambiada con el brazo derecho caído según su estilo. Eso le quedaba. Todo lo demás fue miseria hasta su muerte, y la Federación pagó el entierro.
Un periodista joven tuvo que ser reconvenido por su director. Había escrito: “Cuando abrieron la caja, el excampeón parecía totalmente K.O.”.
Los muertos deben ser respetados, pero era un buen epitafio.
 
 
MIEDOS PRESTADOS
Mirta Dovidenko
Argentina (1947)
 
La distancia de rescate fijada por Luis es de 500 km., y nunca más recorrida en avión. Es el límite que se impuso después de sufrir el primer ataque de pánico en pleno vuelo. Y yo no me atrevo a dejarlo solo, si muere de miedo en mi ausencia, va a decir que fue mi falta. Sus miedos limitan mi libertad de acción. Ya no viajo en avión, y el auto aún no vuela. Quisiera decirle que, igual algún día se puede morir, aunque yo esté presente. No me atrevo, a ver si le da un ataque.
La semana próxima volaré por razones de trabajo. Mi conciencia está tranquila, no cuenta como deslealtad. Y Luis, si quiere, puede morir en esa fecha. En este viaje me acompaña Patricio, mi compañero sustituto de aventuras. Mi nueva fuente de energía duerme en mi cama. No me reprocho nada, me regala vida. Con él olvido miedos prestados, frustraciones y viajes vedados. Vuelvo a ser feliz.
Y Luis en Buenos Aires, seguro estará bien en compañía del Clonazepam.
 
 
PÉRDIDAS
Ángeles Mastretta
México (1949)
 
A veces el rumor de la nostalgia le subía desde los pies hasta la frente. Y desde las orejas hasta el ombligo algo ardiente le iba corriendo bajo la piel hasta que le brotaba un sudor tibio que en lugar de aliviarla la ponía al borde de un ataque de llanto. Todo eso empezó a pasarle cuando un hombre que era dos al mismo tiempo desapareció de su vera como de pronto amaina un temporal.
- Eso es la menopausia- le dijo su hermana tras oírla describir aquella sensación de angustia repentina-. No tiene nada que ver con la pérdida del animal esquizofrénico que se te fue. Por drástica que te parezca la pérdida de un marido, nunca devasta como la pérdida del estradiol.
 
 
NOCHE DE GALA
Ricardo Bugarín
Argentina (1962)
 
Los comensales se ubican a la mesa frente a cada tarjeta con sus nombres, como indica el protocolo. Se les trae guantes blancos para acompañar cada comida. A cada plato corresponde un nuevo juego de guantes. Lo que ignoran es que lo más incómodo viene con el menú. Los langostinos se sirven vivos, a las aves hay que desplumarlas, al cochinillo hay que cerrarle la boca para ahogar sus berrinches cuando se lo intenta tronchar y la natilla del postre viene con los huevos vivos y empollados. Hay que conservar la compostura y preservar la etiqueta. Las cámaras están encendidas y transmiten, para todo el mundo, la gala de esta noche.
 
 
NO ES UN DATO MENOR
Nicolás Fontana
Argentina (1982)
 
"Ceniza en los ojos" es el nombre del libro. Lo escribió un tal Jean Forton, de quien no tengo certezas, salvo que nació en Burdeos. Hace siete años que lo compré. Nunca lo leí. Lo compré porque me gustó la portada. Es de tapa dura. Al ser un libro de tapa dura, el precio, lógicamente, fue mayor. La portada del libro es un dibujo de una adolescente abrazando a la figura de un hombre color ceniza. En la librería leí al azar un par de párrafos y quedé cautivado. Si me consultan sobre el contenido de lo que leí. no lo recuerdo. Lo que sí recuerdo es que el tamaño de la letra me agradó. Es un libro de doscientas páginas. Cuando me encuentro ante un libro de mayor extensión, lo miro con desconfianza. Seguro se preguntarán por qué motivo aún no lo he leído. La respuesta es muy simple y nada original: estoy esperando el momento indicado. No es un dato menor. Estoy convencido de que el libro será una revelación. Sí, lo he idealizado. Las noches en que duermo junto a él, sueño con triángulos de fuego que giran en círculos. Al acariciarlo mis dedos transpiran y tengo temor de producirle daño. Lo protejo en mi despacho. Ahora lo observo, se encuentra en la parte superior, junto a otros insignificantes. De difícil acceso, para que ningún visitante amigo de lo ajeno se atreva, ni siquiera, a tocarlo, ni a leer el título. Soy muy celoso de él.
El cuerpo sin vida de Damián, que aún permanece tibio, derrumbado frente a la biblioteca, puede dar fe.
 
 
TRANSBORDO
Oscar González
Argentina (1941)
 
¡Qué hermoso atravesar los rayos del sol, sentir su tibieza en mis alas!
El campo huele a amaneceres y las flores silvestres semejen estrellas multicolores.
La brisa acompaña mi andar y no me resisto. Es tan lindo andar con ella.
Este poste de alumbrado guarda aún los murmullos del monte que lo vio nacer. Pobre tronco, qué solo ahora.
Me asombra el azul violeta de estos cardos en flor y el verde que se ralea hasta convertirse en pedregullo.
¿Qué será ese rugido lejano y este suelo negro con gotas de aceite y una línea blanca en el medio?  Ah, ya veo otra vez el verde, creo que estoy cerca. Pero ese rugido en aumento…
Esto pensaba aquella mariposa cuando el impacto. A partir de allí, continuó su camino estaqueada en el radiador de un ómnibus.
 
 
BANDERA
Gonzalo Gálvez Romano
Uruguay (1971)
 
- Eh, escuchame, mirá, yo en Semana Santa no vengo a laburar, ¿sabes? -se metió en la oficina.
- No hay problema, si no querés no vengas -dije sin dejar de mirar el monitor.
- Pero cobro igual, ¿no?
- Si no venís, no cobrás.
- ¡Eh, pará! No me podés obligar, es por un asunto de religión. No me discrimines. Yo soy católico, bautizado y todo. Te traigo el certificado. Vas a ver, mañana te lo traigo. Si te lo traigo me tenés que pagar. Además hice el curso para la comunión; al final no la tomé porque ese día mi viejo se agarró flor de tranca y empezó a hacer quilombo en la iglesia. ¡Juaaa, qué quilombo! El cura se calentó y nos echó a todos a la mierda. Se iba puteando a los gritos el viejo, no me lo olvido más; mi vieja, pobre, lloraba. Íbamos a hacer una re fiesta, con sanguchitos y todo. Al final el viejo se morfó todo, se escabió el vino y durmió como una semana, ¡juaaa! Pobre vieja, le dio culpa y me regaló veinte australes. Después no fui más a la iglesia, tenía miedo de que me maten. Pero ahora me agarró como un arrepentimiento, ¿viste? Y voy a aprovechar Semana Santa para reconciliarme con Dios, me voy a tomar unos días de recogimiento, ¡juaaa!
- Bueno, hacé lo que quieras, pero el lunes bien temprano estás acá laburando.
- Desde el lunes comprometo todos mis días con vos, como si fueran piezas de baile -dijo y lo miré.
- ¡Juaaa! -estalló-, lo leí en el libro, ese que te dejaste ayer en el escritorio. Te maté con ésa.
- Ah, sabés leer también.
- ¿Qué te pasa, atorrante? Yo hice toda la escuela, completita. Y era buen alumno, iba a ser abanderado y todo, pero viste... no queda bien, todas las madres de los pibes que vienen al acto y aparezco yo, así negro y con esta cara... ¡Juaaa! Flor de cagazo se iban a pegar las minas.
 
 
MIRANDO ENFERMEDADES
Ana María Shua
Argentina (1951)
 
En el Diccionario de Agronomía y Veterinaria había ilustraciones y muchas fotos. Una extraña tumoración nudosa deformaba la articulación de una rama.
¿Esto qué es? preguntaba yo, la niña.
Es una enfermedad de los árboles me decía papá.
¿Esto qué es? preguntaba yo, señalando, en la foto, el sexo de un toro.
Es una enfermedad de las vacas me decía papá.
Era lindo mirar enfermedades con mi papá. Como sabía que me estaba mintiendo, observaba con asombro y regocijo los desmesurados genitales que crecían deformes en los árboles machos.

 
ERNESTO EL EMBOBADO
José María Méndez
El Salvador (1916-2006)

Elena Estévez -española extremeña- era extraordinariamente elegante, exquisita. Emanaba efluvios enervantes; evidenciaba energía, espíritu. En escueto elogio: encantaba. Encontrándola empezaba el embrujo. Esto experimentó Ernesto Echegoyén, emigrante europeo, exembajador estoniano. Enamorose.
Encontrábase entonces Ernesto en el Ecuador, en “El Exeter”. Ella emergió en el espejo, esplendorosa, escotada, envuelta en encajes. Efectivamente estaba en escalera. Enardecido, exaltado, Ernesto empezó espetándole exabruptamente escandaloso exordio:
- ¡Escaso ejemplar!
Ella, endiabladamente elástica, escapó, envolviéndolo en enigmático ensueño. Ernesto estaba ebrio, en eclipse, en el Edén. Elenita empezó esquivándolo. Empero enseguida entendiéronse. Escarceos en esquinas. Enternecidas epístolas. Enojos, explicaciones. Ensueños, éxtasis, etcétera.
Epílogo: enlace.

15 de abril de 2026

César Vallejo. La inquietud política, social, introspectiva y personal

Un día como hoy, hace exactamente ochenta y ocho años, fallecía el escritor peruano César Vallejo, en quien convivieron por lo menos dos hombres: el artista genial, "creador de la profundidad", y el ciudadano lleno de mundo, solidario y luchador, enfrentado al destino de un modo trágico. Su "inquietud introspectiva y personal" le inspiró los mejores poemas de su imponente obra lírica; su "inquietud política y social", buena parte de su obra en prosa.
César Abraham Vallejo Mendoza, poeta, narrador, ensayista, dramaturgo y periodista nació en Santiago de Chuco, en la zona andina norte del Perú, el 16 de marzo de 1892. Su numerosa familia (tuvo once hermanos) tenía raíces españolas e indígenas. Desde niño conoció la miseria, pero también el calor del hogar. Estudió Letras en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Trujillo, en donde recibió el estímulo de la bohemia local formada por periodistas, escritores y políticos rebeldes. Allí publicó algunos poemas en la revista "Suramérica" antes de llegar a Lima a fines de 1917.
A principios de 1918 comienza a trabajar como maestro en el colegio Barros. Cuando en
septiembre muere su director y fundador, Vallejo consigue el cargo de director. Al año siguiente fue nombrado profesor en el Colegio Guadalupe. Por entonces, en la capital peruana publicó su primer libro, "Los heraldos negros", uno de los más representativos ejemplos del posmodernismo.
En 1920 hizo una visita a su pueblo natal, donde se vio envuelto en unos disturbios producto de una revuelta popular. A Vallejo lo acusaron de incendiario, ladrón y homicida; por ello -y sin pruebas concluyentes- fue a la cárcel por algo más de tres meses. Ciro Alegría (1909-1967), su alumno en un colegio de Trujillo allá por el año 1915, contó cómo el maestro "fue asaltado por un grupo de forajidos que trataron de cortarle la melena" y cómo los vecinos de Trujillo se referían a Vallejo diciendo: "ése que se dice poeta", sosteniendo que "le faltaba un tornillo".
Esta experiencia generó una crítica y permanente influencia en su vida y su obra, y se reflejó de modo muy directo en varios poemas de su siguiente libro, "Trilce" de 1922. Esta obra -recibida tibiamente por la crítica- mucho después fue considerada como un momento fundamental en la renovación del lenguaje poético hispanoamericano, pues en ella Vallejo se apartó de los modelos tradicionales que hasta entonces había seguido, e incorporó algunas novedades de la vanguardia. Como nunca antes, había realizado una angustiosa y desconcertante inmersión en los abismos de la condición humana.
Su cuna, su condición social y económica, sus fracasos amorosos, su deambular de aquí para allá ganándose la vida como maestro, su bohemia entre fumaderos de opio, lupanares y tabernas, su arresto, proceso y posterior reclusión en la cárcel de Trujillo, la humillación y el menosprecio de la crítica oficial, crearon en su ánimo un sentimiento de amargura.
Un tiempo antes, Vallejo le había enviado unos versos al escritor y periodista Clemente Palma (1872-1946), un renombrado escritor que pasaba por ser uno de los personajes más importantes de la escena literaria peruana de inicios del siglo XX. Cuando éste leyó "Amada, en esta noche tú te has crucificado / sobre los dos maderos curvados de mi beso; / y tu pena me ha dicho que Jesús ha llorado, / y que hay un viernes santo más dulce que ese beso", le respondió al desolado poeta: "¿Usted cree señor Vallejo que colocar una imbecilidad encima de otra es hacer poesía?... Mejor olvide la poesía".


Pobre y desamparado -más desamparado aún tras la muerte de su madre- Vallejo partió voluntariamente al exilio en un viaje que sería definitivo. A su patria no regresaría jamás. Una década después escribiría: "...le pegaban / todos sin que él les haga nada; / le daban duro con un palo y duro / también con una soga; son testigos / los días jueves y los huesos húmeros, / la soledad, la lluvia, los caminos...". En 1923, con treinta y un años de edad, abandonó el Perú y se dirigió a Francia en el vapor Oroya, con una moneda de quinientos soles por todo capital, dejando publicados antes de partir el libro de cuentos "Escalas melografiadas" y la novela corta "Fabla salvaje".
En París, vivió sus primeros años entre la miseria y el hambre, hasta que pudo encontrar su primer trabajo estable en una nueva agencia de prensa llamada "Les Grands Journaux Ibéro-Américains" al tiempo que enviaba con regularidad artículos para las revistas "Variedades" y "Mundial" de Lima. Por entonces vivía en el atelier del pintor y escultor costarricense Max Jiménez (1900-1947), en donde se entera por los periódicos de la muerte de su padre. Tiempo después conoce al pintor español Juan Gris (1887-1927) con quien establece una gran amistad. También frecuenta al novelista norteamericano Waldo Franck (1889-1967), al escultor lituano Jacques Lipchitz (1891-1973), al poeta chileno Vicente Huidobro (1893-1948), al filósofo español Miguel de Unamuno (1864-1936) y al pintor brasileño Cándido Portinari (1903-1962) entre otros.
Con el poeta español Juan Larrea (1895-1980), una de las figuras mayores de la poesía vanguardista española, funda en 1926 la revista "Favorables París Poema" y comienza a colaborar con la revista "Amauta" (del quechua "hamawt'a", "maestro") del teórico socialista peruano José Carlos Mariátegui (1894-1930), al tiempo que profundiza sus estudios sobre el marxismo. También ese año obtuvo una beca menor de la universidad de Madrid, en donde continuó brevemente sus estudios de leyes.
En una crónica publicada en la revista "Variedades" del 7 de mayo de 1927, Vallejo expresó: "La actual generación de América no anda menos extraviada que las anteriores. La actual generación en América es tan retórica y falta de honestidad espiritual, como las anteriores generaciones de las que ella reniega. Levanto mi voz y acuso a mi generación de impotente para crear o realizar un espíritu propio, hecho de verdad y de vida, en fin, de sana y auténtica inspiración humana. Presiento desde hoy un balance desastroso de mi generación, de aquí a unos quince o veinte años".
En 1928 viaja por primera vez a la Unión Soviética mientras trabaja como corresponsal oficial para el diario "El comercio" de Perú. Cuando un año después regresa a la Unión Soviética, define su ideología revolucionaria profundizando sus estudios sobre el marxismo, al cual adhiere de forma definitiva, aunque por fuera del "comunismo" estalinista. Cuando vuelve a París es expulsado debido a su militancia comunista por el gobierno conservador y nacionalista de André Tardieu (1876-1945); entonces decide trasladarse a España nuevamente cuando declinaba el año 1930.


Testigo excepcional, la obra de Vallejo registra elementos claves de la vida política de España, en cuya capital escribió y publicó, en 1931, la novela "El tungsteno". El cuento "Paco Yunque", también escrito en Madrid, fue editado en fecha muy posterior. La novela fue editada por la editorial Cénit; el cuento, no. El editor lo rechazó por "demasiado triste". Juzgadas con los preceptos de la retórica vanguardista de la época, "El tungsteno" y "Paco Yunque" vendrían a ser obras fallidas, mediocres y ancladas en la estética del realismo decimonónico. Sin embargo, el tiempo demostró que ambas narraciones fueron ejemplares, paradigmáticas, en el sentido de que constituyeron el prototipo de novelas y cuentos que, años después, proliferarían en la frondosa literatura hispanoamericana.
También en Madrid publicó su ensayo "Rusia en 1931. Reflexiones al pie del Kremlin", una ampliación del artículo "Un reportaje en Rusia", publicado en 1930 por la revista madrileña "Bolívar". Por estas fechas trabajó febrilmente acumulando notas, pergeñando ensayos y escribiendo artículos sobre literatura, arte y política. Vallejo tuvo el mérito de haber sido uno de los primeros escritores en lengua española que reflexionó críticamente acerca de una posible "literatura proletaria" y de un posible "arte revolucionario". En el ensayo "El arte revolucionario, arte de masas y forma específica de la lucha de clases" (publicado recién en 1973) dijo: "La forma del arte revolucionario debe ser lo más directa, simple y descarnada posible. Un realismo implacable. Elaboración mínima. La emoción ha de buscarse por el camino más corto y a quemarropa. Arte de primer plano. Fobia a la media tinta y al matiz. Todo crudo, ángulos y no curvas, pero pesado, bárbaro, brutal, como en las trincheras".
Estas afirmaciones lo llevaron a polemizar con el insigne escritor surrealista francés André Breton (1896-1966) y con el pintor cubista mexicano Diego Rivera (1886-1957), sobre quienes opinó que ocupaban y usufructuaban una posición de privilegio sin ser verdaderos trabajadores por una cultura revolucionaria.
Vallejo amaba el cine y admiraba a Sergei Eisenstein (1898-1948). Por eso su prosa narrativa tuvo mucho de guión cinematográfico. Su descripción de ambientes, personajes y situaciones fue un constante movimiento de cámara, "arte de primer plano", puesto que "la emoción ha de buscarse por el camino más corto y a quemarropa", tal como él mismo aseguró. Pese a la recomendación de su amigo Federico García Lorca (1898-1936), la obra dramatúrgica de Vallejo fue rechazada una y otra vez. Allí quedaron "Lock out", sobre un conflicto obrero en una fábrica metalúrgica; "Entre las dos orillas corre el río", ambientada en la Moscú soviética; "Colacho hermanos" una sátira que exponía a la democracia peruana como una farsa burguesa bajo presiones diplomáticas y de empresas transnacionales, y "La piedra cansada", obra de tono poético ambientada en la época incaica e influida por las tragedias griegas.


En 1932 regresó a París y contrajo matrimonio con Georgette Phillipart (1908-1984), la mujer que desarrollaría una gran labor de difusión de su obra tras su muerte, y poco tiempo después volvió a España, donde estalló la guerra civil. Este hecho le inspiró el poemario "España aparta de mí este cáliz". En 1937 asistió al Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura en Madrid y escribió "Poemas humanos" que se editaría de manera póstuma en 1939. También publicó "Nómina de huesos", una selección de poemas y prosas escritos durante los años 1923 y 1936, y el libro de poemas "Sermón de la barbarie". Durante la Guerra Civil, se comprometió con la causa de los republicanos y colaboró con fervor en la fundación del Comité Iberoamericano para la Defensa de la República Española, el régimen democrático que existía en el país hispano y que fue sustituido en 1939 por la dictadura liderada por el general Francisco Franco (1892-1975).
A comienzos de 1938 regresó a París y se alojó en el Hotel Richelieu situado en la rue Molière, muy cerca del Théâtre de la Comédie Française y del Palais Royal. Por entonces fue elegido secretario de la sección peruana de la Asociación Internacional de Escritores y comenzó a colaborar en el boletín hispanoamericano "Nuestra España" que dirigía el poeta chileno Pablo Neruda (1904-1973) hasta que, en marzo sufrió un grave agotamiento físico y cayó en estado comatoso. Fue internado por una enfermedad desconocida que entró en crisis el 8 de abril. El lluvioso viernes 15 de abril, Vallejo murió sin que se estableciera ningún diagnóstico sobre su enfermedad. Sólo más tarde se supo que había sucumbido a un muy viejo paludismo que reapareció después de veinte o veinticinco años a consecuencia de su debilitado estado general.
La Embajada de Perú corrió con todos los gastos del entierro en el cementerio de Montrouge ubicado en los suburbios del sur de París, y la Asociación Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, de la cual era secretario de la sección peruana desde 1937, organizó su funeral en la Maison de la Culture. Desde esta institución partió el cortejo fúnebre hacia el cementerio. Al entierro asistieron, entre otros, escritores, artistas y amigos como Ernest Bloch (1880-1959), Joan Miró (1893-1983), Juan Larrea Celayeta (1895-1980), Tristan Tzara (1896-1963), Rosa Chacel (1898-1994), Alfonso de Silva Santisteban (1902-1937), Nicolás Guillén (1902-1989) y Louis Aragon (1897-1982). Fue este último quien pronunció el discurso fúnebre ante la tumba. Los restos de César Vallejo permanecieron en el cementerio de Montrouge durante treinta y dos años hasta que, el 3 de abril de 1970, su viuda los trasladó al Cementerio de Montparnasse.
De entre la copiosa bibliografía sobre la importancia de su obra para la literatura del siglo XX se destaca el ensayo "El circo en llamas" del escritor y crítico literario chileno Enrique Lihn (1929-1988), en el cual escribió: "En otras palabras, César Vallejo cantó o escribió con los ojos puestos en un futuro mejor para la humanidad, pero lo hizo en estado casi agónico, desde el fondo de su desesperación individual, obsesionado por la enfermedad y por la muerte. Es el intérprete más impresionante y agresivo de la Guerra Civil Española, 'una epopeya -decía- única en la historia', pero no pudo soportar la violencia de España. Tampoco la violencia de su propio mundo emotivo, y murió de vida y no de muerte, en su decir, en los días mismos en que se perdía esa guerra, para entrar en la fase de la resurrección permanente de su verbo, quizá el más vivo de la poesía moderna de lengua española".


Por su parte el escritor peruano Bernardo Rafael Álvarez (1954) manifestó en 2021 en su artículo "Sobre César Vallejo: su poesía tal como yo la conozco": "En una crónica que escribí y publiqué en marzo del 2008, dije, respecto de César Vallejo, que es uno de los picos más elevados de la poesía en lengua española. Trece años después, afirmé que se trataba del 'más grande en lengua castellana'. Hoy -con absoluta convicción- me ratifico en lo dicho y, a diferencia de muchos, me atrevo a expresar que, verdaderamente, Vallejo es el pico más elevado, el poeta más completo (y creo que no sólo en nuestra lengua)". Y el escritor de relatos, novelista y poeta germano-estadounidense Charles Bukowski (1920-1994) le dedicó el poema titulado precisamente "Vallejo" que incluyó en su libro "What matters most is how well you walk through the fire" (Lo más importante es saber atravesar el fuego). En él expresó: "Es muy difícil encontrar un hombre / que escriba poemas que no te decepcionen. / Vallejo nunca me decepcionó de esa manera. /Algunos dicen que murió de tanto pasar hambre. / Como sea sus poemas sobre el terror a estar solo / son en cierto sentido amables y no gritan. / Estamos cansados de casi todo el arte. / Vallejo escribe como un hombre y no como un artista. / Está más allá de nuestro entendimiento. / Me gusta pensar que Vallejo todavía está vivo / y caminando por la habitación, / encuentro el sonido de sus pasos firmes. / Imponderable".