18 de mayo de 2020

Cuentos selectos (XIV). Haroldo Conti: "Los novios"


“La vida de un hombre es un miserable borrador, un puñadito de tristezas que cabe en unas cuantas líneas. Pero a veces, así como hay años enteros de una larga y espesa oscuridad, un minuto de la vida de un hombre es una luz deslumbrante”, dijo alguna vez el escritor argentino Haroldo Conti (1925-1976), autor de una obra narrativa nutrida en sus muy disímiles experiencias, poseedora de una rara densidad descriptiva que por momentos se torna casi lírica, y de un manejo poco usual del mundo de los afectos simples que elude todo sentimentalismo fácil.
Nacido en Chacabuco, provincia de Buenos Aires, fue carpintero, seminarista, vendedor, camionero, maestro primario, profesor de latín, empleado bancario, piloto civil, marinero, guionista de cine y militante revolucionario. En la madrugada del 5 de mayo de 1976, tras el golpe militar, fue secuestrado por una patota del Batallón 601 de Inteligencia del Ejército Argentino y, hasta el día de hoy, su nombre figura entre los “desaparecidos”. En 1974, en una columna publicada en la revista “Crisis”, que dirigía su amigo Eduardo Galeano (1940-2015), había escrito: “Quiero dejar establecido, porque son pocas las oportunidades de proclamar lo que uno piensa, que apoyo al Frente Antiimperialista y por el Socialismo (FAS) y que creo decididamente en la patria socialista”. Más tarde, y hasta el momento de su desaparición, militaría en el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) como parte del grupo de intelectuales que apoyaban la acción revolucionaria.
Pasó su juventud como pupilo en un colegio escribiendo obras para títeres. Eso y “un padre al que le gustaba contar historias”, lo inclinaron hacia la literatura. Luego fue seminarista durante siete años, “abandonando el hábito” a dos de consagrarse cura y entrecomilló el abandono porque anduvo todo un año vestido con la sotana “por una cuestión de comodidad”. Más tarde estudió y se licenció en Filosofía y, en 1956, publicó la pieza de teatro “Examinado”. En los años’60, conoció el Delta y se recluyó en el Tigre. Allí fabricó su pequeño barco: “El Alejandra”. Ese paisaje y sus habitantes influenciaron gran parte de su obra. Fue también en esa época que naufragó en las cercanías de la costa uruguaya y recayó en el puerto de La Paloma, donde se encontró con un mundo de viajeros y marinos con quienes entabló amistad y que finalmente terminarían convirtiéndose en personajes de sus relatos. También nació de esa experiencia su novela más conocida, “Sudeste”, que lo llevó a tener internacionalmente el reconocimiento del mundo literario.
Su obra está marcada a fuego por el camino recorrido. Vida y literatura van de la mano como casi en ningún otro escritor de la llamada “Generación Contorno”, la revista de fuera editada entre 1953 y 1959 por un grupo de jóvenes intelectuales en su mayoría provenientes de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, y cuya trayectoria estuvo marcada por los acontecimientos y discusiones de los años en que fue editada. El grupo editor, compuesto entre otros por Ismael Viñas (1925-2014), Adelaida Gigli (1927-2010), David Viñas (1927-2011), Adolfo Prieto (1928-2016), Noé Jitrik (1928) y Carlos Correas (1931-2000), no tuvo una posición homogénea ni con respecto a la lectura que se hacía de las tradiciones culturales ni en cuanto a los posicionamientos políticos adoptados, lo que no impidió que canalizase los dilemas de la izquierda en cuanto a la relación entre intelectuales y política.
Conti desafió la lógica del filósofo alemán Walter Benjamin (1892-1940), quien sostenía que un narrador se quedaba mudo ante la falta de experiencias que narrar. “Yo soy escritor nada más que cuando escribo. El resto del tiempo me pierdo en la gente” confesó en una entrevista. Escribió numerosos libros: dramaturgia, novelas, cuentos y guiones, todos poblados de personajes y paisajes de movimientos imperceptibles, casi inmóviles. Entre ellos pueden citarse las novelas “Alrededor de la jaula”, “En vida” y “Mascaró, el cazador americano”; y los libros de cuentos “Todos los veranos”, “Con otra gente”, “La balada del álamo carolina”, “Las doce a Bragado” y “Los novios”.
El escritor y periodista argentino Miguel Briante (1944-1995) escribió sobre él: “Conti reunió dos tradiciones de la literatura argentina: por un lado, la que viene de Payró; por el otro, la que arranca en Arlt para mostrar una ciudad como un zoológico sin rejas, en la que deambulan raros personajes que la miden, la miran, la develan. Claro que, a diferencia de Payró, Conti narró más que nada la pampa gringa, no la de los gringos que triunfaron, fundaron estancias, pueblos, generaciones, sino la de aquellos gringos que no llegaron a ser los dueños de la tierra, la de los marginados dos veces en la geografía y eternamente en el tiempo. Y a diferencia de Arlt, ya en la ciudad, Conti clavó una sola mirada, la de un solitario, la de un extranjero ambulante, la de un hombre siempre de ida y vuelta”.
En su escritorio, al momento de su desaparición, tenía un cartelito que rezaba: “Este es mi lugar de combate, de aquí no me muevo”. Sus verdugos nunca se enteraron, estaba escrito en latín. “Él es mago viejo -dijo el citado Galeano-. Su voz dice palabras de mucha hermosura. Cuando él se pone a contar, la memoria corre con tanta inocencia y libertad que uno la siente capaz de saltearse, para siempre, el día de la muerte”.

LOS NOVIOS

El tío Hipólito llegó a las cinco, como siempre.
Todavía hacía un poco de calor pero oscurecía más temprano. Además la luz era distinta, como si todas las cosas, aun las sombras, fuesen de la misma sustancia.
María trajo los sillones de mimbre y los arrimó a la pared. Hipólito la saludó con un gesto distraído mientras se hurgaba en los bolsillos.
Hacía tiempo que estaban por asfaltar aquella calle. El Expreso del Oeste se tenía que desviar una punta de cuadras precisamente por aquella calle. Pero pensándolo bien, ahora, con esa luz, era preferible que quedara así.
Hipólito extrajo un caramelo con forma de bastoncito, se inclinó sobre la cabecita morena que aguardaba en silencio y preguntó: “¿Qué dice mi muñeca?”. Luego se sentó en el sillón al lado del zaguán y encendió un Caburito.
Del otro lado de la calle los árboles parecían haber envejecido. Estaban cubiertos de polvo y de una luz melancólica. Hipólito los había contado alguna vez y hasta había comenzado a ponerles nombres porque se parecían a las personas. A veces estaban tristes, a veces estaban alegres. Cambiaban de ropaje, cambiaban de humor, y un día morían como el plátano de la esquina que la primavera anterior no había florecido.
La señorita Adela apareció en la puerta e Hipólito se levantó de un salto, con el Caburito en la mano.
- ¿Qué tal? ¿Cómo está usted?
- Mejor -dijo la señorita Adela con una voz algo frágil pero alegre.
Mientras se sentaban él pensó por qué habría dicho “mejor” y no simplemente “bien”, pero se alegró de todas maneras.
Después hablaron del tiempo.
- Parecen las seis, ¿se ha fijado usted?
- Sí, es verdad.
- Sin embargo apenas son las cinco.
- Acabo de verlo. Las cinco.
Seguramente lo había visto en aquel notable reloj embutido en el campanario de un cuadro de la Chiesa di S. Magno a Legnano, en el comedor. El viejo era de Legnano, en la Lombardía, según se lo había oído mil veces.
Para ser exactos eran las cinco y cuarto, pero hablando así del tiempo no debían tomarse en cuenta los cuartos y apenas las medias.


A Hipólito le gustaba hablar del tiempo, lo mismo que a su padre. En realidad, era todo lo que recordaba del viejo. Ahí estaba en su recuerdo hablando las horas enteras en el Círculo Italiano o en el bar Alsina. La verdad que era un tema inmenso. Se recordaban cosas, se auguraban cosas y uno se volvía cosa y tiempo también.
Volvió a encender el Caburito que se había apagado.
Según Hipólito, aquel otoño más que el recuerdo del verano, como sucedía casi siempre, resultaba un verdadero anticipo del invierno. No había sucedido como otros años, ese lento despliegue de signos y anuncios, sino que, de un día para otro, la luz se había empañado y el cielo parecía increíblemente lejano.
A propósito del tiempo se habló luego de las flores de marzo.
La señorita Adela se volvió un poco de costado, cruzó las manos, aquellas largas manos que se movían como mariposas de cera, y mencionó las caléndulas y las siemprevivas.
Hipólito, por su parte, habló con cierta erudición de las azucenas blancas y por supuesto de la violeta, que es emblema de la modestia. Bajo vidrio: tulipanes, espuela de caballero y ciclamen.
- También el ciclamen.
- El ciclamen, eso es. Mi madre decía ciclamino.
- ¿Ciclamino? ¡Qué gracioso! Es la primera vez que lo oigo.
- Ciclamen o ciclamino -dijo Hipólito distraídamente.
Pasó un grupo de muchachos con hondas y tramperas para gorriones. Trotaban por el medio de la calle en dirección de la usina.
Luego pasó la señora Amelia con el tul y el rosario en las manos. A veces se detenía a hablar de enfermedades o de la fiesta de San Isidro. Pero esta vez pasó y saludó simplemente.
Todavía estaban hablando del tiempo cuando apareció el camión de riego en la punta de la calle. Hipólito se removió en el sillón y miró la hora. Pareció que iba a decir algo divertido como lo del ciclamino, pero no dijo nada.
Era un camión rojo con un águila de bronce en la tapa del radiador. Hipólito se sentía bien sólo con verlo. Primero echaba el chorro hacia un lado y después hacia el otro y recién un par de metros más allá echaba dos chorros a la vez, uno para cada lado.
El camión aparecía en la punta de la calle cuando la luz trazaba una especie de visera sobre la vereda de los plátanos y se detenía un rato como para tomar aliento. Luego comenzaba a andar a los tumbos, igual que el viejo Nardi. Tal vez ahí estaba lo gracioso.
Cuando pasó frente a ellos detuvo el chorro de la izquierda y una mano salió y entró por la ventanilla. Entonces la pequeña echó a correr junto al camión y las voces y los ruidos se alejaron hacia el otro extremo de la calle como si aquellos blandos chorros de agua fueran borrando la tarde.
- Está refrescando, ¿lo nota usted?
- Sí -dijo la señorita Adela-, pero todavía queda buen tiempo.
- No sé esta vez -dijo él.
Y trató de pensar en el otoño anterior, aunque no estaba seguro de que fuese el anterior sino un otoño cualquiera.
Algunas tardes después Hipólito habló de la casa. No era un tema nuevo pero siempre que hablaba de la casa la señorita Adela parecía más animada.
Las copas de los árboles ardían en silencio pero la luz en la calle de tierra era cada vez más débil, un polvillo de miel.
Hipólito describió en primer lugar el pequeño jardín frente a la casa con los dos pinos como dos centinelas. La señorita Adela encontraba algo extraño que hubiese justamente dos pinos en un jardín tan pequeño pero con el tiempo le pareció una señal de distinción. Nada de canteros retorcidos, ni calas, ni plantas minúsculas que daban una impresión de desaliño y vejez. Después venía la puerta, que para la señorita se abría y se cerraba por sí misma en silencio, y el pasillo de luz penumbrosa y al fondo la cocina.
Hipólito se demoraba siempre en la cocina. Cada vez había un detalle nuevo que no había mencionado o que, por lo menos, había olvidado. Los dormitorios estaban al costado del pasillo y el hall a la entrada, naturalmente, sólo que Hipólito lo mencionaba en último término, después que había pasado el camión de riego, tal vez para que quedara la impresión de que recién entraban en la casa y no de que estaban a punto de salir.
- No será una casa notable -resumía invariablemente- pero creo que es una casa adecuada. Y la señorita Adela asentía con los ojos entornados, aun antes de que comenzara la frase. Esta vez dijo además, después de un silencio:
- Me gustaría que la viese usted... alguna tarde de estas, por ejemplo.
- ¡Oh, sí! -exclamó la señorita con un trino. Y se volvió y miró al tío Hipólito que se había erguido en el asiento y soplaba la punta del Caburito.
Fueron pues una tarde a ver la casa.
Hipólito vino más temprano, aunque parecían las cinco por lo menos, y esperó en la vereda como de costumbre. Esta vez, en lugar de los caramelos, trajo un cartucho de pororó y una manzanita acaramelada. Era la época.
La señorita Adela apareció por fin en la puerta con una sombrilla en la mano aunque ya no era el tiempo de las sombrillas, es decir, el dulce y querido verano, cuando las cinco de la tarde son efectivamente las cinco.
La casa quedaba del otro lado del pueblo, después del molino. De manera que tuvieron que atravesar el pueblo en aquella luz polvorienta del otoño. La señorita Adela marchaba del otro lado de la pared, blanca y leve como una paloma, y parecía más divertida que nunca. Hipólito, en cambio, marchaba digno y compuesto como un notario o algo por el estilo. Un verdadero tío.
El gallego Correa los saludó desde el mostrador de la tienda El Mercurio y el señor Ferrer, con el invariable cigarro en la boca y el chaleco abierto, desde la puerta de El Imparcial. Cada uno en su calle y en su puesto parecía distinto, opinó la señorita Adela. Hipólito, aunque no estaba muy seguro, asintió con la cabeza.
En la esquina de El Vencedor, bebidas y comestibles, tendió una mano a la señorita para ayudarla a saltar desde la acera de ladrillos húmedos y desparejos porque era muy alta. Don Ítalo estaba en la puerta del almacén con el lápiz montado sobre la oreja.
Y había otros vecinos sentados en los sillones de mimbre o en las sillas de paja. Parecían todos contentos pero extrañamente quietos con sus sonrisas en esa hora inmóvil de la tarde.
- ¡Vamos! Decídase usted -dijo Hipólito con cautelosa jovialidad.
- ¡Qué gracioso! -trinó la señorita. Y avanzó un pie y saltó.
Desde allí se veían las primeras quintas, el campo pelado y amarillo y al fondo el cielo de un celeste muy pálido. A la derecha, el molino, blanco como un hueso, y a la izquierda, el camino de cemento.
La señorita Adela reconoció la casa por los pinos. Era como ella la había imaginado. No exactamente como Hipólito había dicho, porque con lo que dijo se podían imaginar muchas casas con pinos y todo.
Atravesaron el jardín entre aquellos árboles oscuros y mientras Hipólito buscaba la llave reconoció cada cosa. El tronco firme y ceniciento de los pinos, las copas negras como surtidores de sombras, la cerca de madera y, a través de la cerca, la vereda de ladrillos.
Hipólito dijo a sus espaldas que aquí no era lo mismo porque no pasaba el camión de riego, ni la señora Amelia, ni enfrente estaban los plátanos erguidos como personas. Pero que de todas maneras sería lindo sacar afuera los sillones de mimbre y contemplar el campo pelado que mudaba de color como el mar, aunque nunca había visto el mar, y el camino de cemento y los grandes camiones que iban y venían cargados de ladrillos. Quedaron un rato inmóviles mirando todo aquello y luego entraron.
Flotaba en la casa una luz pegajosa y la voz de la señorita Adela parecía sonar en todos los cuartos a la vez. Hipólito caminaba detrás y decía cosas oportunas un poco inclinado hacia adelante con el sombrero de fieltro en la mano.
En la cocina encontraron todo lo que había dicho y además una claraboya de vidrio armado y una gran mesa de pino. Al fondo había una huertita y la vieja parra de uva chinche que Hipólito había ponderado largamente. Los dormitorios eran recatados y simples y donde más se notaba el silencio, de manera que se justificaba que resultasen imprecisos. El hall, en cambio, parecía lleno de gente, aunque estuviera vacío, y uno pensaba en los amigos y en los días felices. A través de la ventana se veía un pino y una parte de la cerca y el camino de cemento largo y preciso que se juntaba a lo lejos con el cielo. En fin, una casa adecuada, como decía el tío Hipólito. Y posiblemente notable después de un tiempo.
Regresaron en silencio por el mismo camino. Al doblar hacia el molino blanco como un hueso, la señorita Adela se volvió una vez más y miró los pinos. En la esquina de El Vencedor, Hipólito saltó primero y le tendió la mano. Saludaron a la misma gente en los mismos sitios.
Cuando llegaron a la calle de tierra apenas quedaba un mechón de tarde en las puntas de los plátanos. El camión de riego ya había pasado y por eso la calle parecía más oscura. La señorita Adela permaneció un rato en la puerta, junto a los sillones vacíos. Los chicos volvían trotando de la usina. Hipólito miró la hora y comparó los días y estuvo a punto de hablar del tiempo. Pero ya eran las siete de la tarde, es decir, la noche.


La señorita Adela murió ese invierno.
Una tarde Hipólito esperó largo rato junto al sillón vacío. Pasó el camión de riego y la señorita no había salido. Otra vez estuvo de paso, como quien dice, con un ramo de crisantemos, que era la flor del tiempo. Y otra tarde cualquiera murió la señorita.
Vinieron unos parientes de Buenos Aires y otros de Rosario. Los hombres se abrazaban y se besaban brevemente y se hacían todos las mismas preguntas en voz baja. Cuando se reconocían parecía que iban a decirse grandes e interminables cosas. Pero pronto quedaban en silencio con las manos en los bolsillos y se hamacaban en puntas de pie o miraban el reloj mientras sus mujeres rezaban el rosario.
Después del anís se animaron un poco y comenzaron a hablar de cosas que recordaban a medias. Hipólito sonreía gravemente y completaba el recuerdo, nombres y sitios y sucesos de aquel pueblo, un poco sorprendido él mismo de que recordase tanta vieja historia.
Llegó el cura y sirvieron otra copita más. Entonces se animaron por completo y ahora recordaban nada más que cosas alegres. Por último llegó el plomero e Hipólito alejó a las mujeres, entornó la puerta y sostuvo las barritas de plomo.
La luz de los cirios era una luz amarilla como la del otoño y la lámpara de soldar zumbaba como el camión de riego. Ahora veía el rostro de la señorita Adela a través de un óvalo de vidrio un poco empañado. Parecía realmente de cera y tenía aquel gesto en los labios la vez que hablaron del ciclamen o ciclamino.
La calle nunca había estado tan animada. De este lado las mujeres, negras y llorosas contra la pared de ladrillo. María y la cabecita morena en el rincón de los sillones. La señora Amelia con el rosario al frente. En el medio la negra hilera de coches con los caballos erguidos y brillantes. Del otro lado los vecinos y los curiosos, los chicos de los gorriones y por supuesto los plátanos. Hubo un instante de inmovilidad y luego el cortejo se puso en marcha con un lento girar de ruedas. Hipólito iba en el segundo coche con otros tres señores que en cada cuadra recordaban un nombre o reconocían una casa. Cuando pasaban frente a El Vencedor el señor de la derecha preguntó por el viejo Nardi. Hipólito habló del viejo Nardi mientras pensaba en otra cosa a propósito de aquella esquina. Apareció el molino y hablaron del viejo molino. Después trotaron sobre la ruta de cemento y se cruzaron con los camiones mientras a lo lejos giraban lentamente los dos pinos con la casa en el medio.
El señor de la izquierda preguntó a dónde iba ese camino. “A Irala”, dijo Hipólito, aunque no estaba seguro si era a Irala o a Inés Indart o a cualquier otra parte porque jamás había pasado del cementerio.
A la izquierda aparecieron los primeros hornos de ladrillo. El humo trepaba derechamente hacia lo alto, señal de buen tiempo. También por la izquierda, detrás de las columnas de humo, apareció por fin el largo murallón del cementerio y entonces los hombres callaron.
Los parientes se marcharon esa misma tarde. Se despedían de Hipólito como si éste no debiera marcharse también. Todos decían cosas amables pero imprecisas antes de partir.
La señora Amelia ayudó a acomodar las sillas y se fue a la hora de las campanas.
Entonces el tío Hipólito salió a la puerta y se quedó un rato mirando los plátanos. La calle estaba otra vez en silencio.
Ahora oscurecía a las seis y media y el verano parecía más lejos que nunca. En realidad, parecía que nunca hubiese existido el verano.

17 de mayo de 2020

Jorge Luis Borges: “En la novela siempre hay algo de ripio, siempre hay algo que se escribe para justificar; un cuento, en cambio, no puede admitir ningún ripio”


Sabido es que Jorge Luis Borges (1899-1986) es uno de los autores fundamentales del siglo XX y uno de los más reputados escritores de relatos breves. A mediados de junio de 1996, cuando se cumplían diez años de su fallecimiento, la escritora y filósofa estadounidense Susan Sontag (1933-2004) escribía “Letter to Borges” (Carta a Borges), texto que aparecería en 2001 en su libro de ensayos “Where the stress falls” (Donde cae el estrés) -también editado en algunos países bajo el nombre “Cuestión de énfasis”. En ella, entre otras cosas, decía: “Usted le ofreció a la gente nuevas maneras de imaginar, al tiempo que proclamaba una y otra vez nuestra deuda con el pasado, sobre todo con la literatura. Afirmó que le debemos a la literatura casi todo lo que somos y lo que hemos sido. Si los libros desaparecen, desaparecerá la historia y también los seres humanos. Estoy segura de que tiene razón. Los libros no son sólo la suma arbitraria de nuestros sueños y de nuestra memoria. También nos ofrecen el modelo de la propia trascendencia. Algunos creen que la lectura es sólo una manera de evadirse: una evasión del mundo diario ‘real’ a uno imaginario, al mundo de los libros. Los libros son mucho más. Son una manera de ser del todo humano”.
Por la misma época, en una entrevista publicada en el diario “Clarín”, el escritor italiano Antonio Tabucchi (1943-2012) decía que “Borges es una lectura abierta. No es cerrada, no está concluida. Y por eso precisamente me gusta. Porque queda librada a la imaginación del lector: él deja el espacio para el lector. Me gustan especialmente los escritores que dejan ese espacio”. Y Ricardo Piglia (1941-2017), escritor y crítico literario argentino, en un programa de la Televisión Pública Argentina aseguraba que Borges “nunca fue un gran escritor en el sentido en que Thomas Mann es un gran escritor. Siempre escribió textos breves de diez páginas. Siempre escribió libros que son conjunto de citas, de textos, en un volumen. No escribió una obra novelística y por eso no le dieron el Nobel. No es un novelista. Es un escritor microscópico. Las dos veces que le dieron un premio se lo dieron compartido. Pensaban que no se lo merecía. ¿Cómo le van a dar el Nobel? Como si se lo hubieran dado a Kafka. Entonces, Borges y Kafka son los escritores del Siglo XX”.
En una entrevista publicada de 1978, Borges afirmaba: “Yo ahora estoy seguro de que no hay otra vida y que no hay Dios. Es una certidumbre que me satisface, me tranquiliza. Saber que todo esto pasará, que yo me olvidaré, que seré olvidado… Yo soy un hombre ético pero no religioso”. Probablemente no fue un hombre religioso, pero lo que es improbable es que sea olvidado. En 1970 Borges era director de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno que por entonces funcionaba en la calle México 564 en el barrio de San Telmo. Allí fue a entrevistarlo el escritor y crítico literario argentino Nicolás Cócaro (1926), quien contó que mientras los lectores consultaban los innumerables libros en el salón de la biblioteca, Borges -ya completamente ciego- se tomó de su brazo y lo invitó a subir la escalera hasta su despacho. En aquellos días, el autor de “Fervor de Buenos Aires” e “Historia universal de la infamia” estaba planificando su libro de cuentos “El informe de Brodie”, por lo que le pidió a su entrevistador que fuese breve dado que estaba impaciente por comenzar su trabajo literario.
“Atrás queda la mañana neblinosa, el bullicio de la calle que despierta la aventura del río; de tanto en tanto, se percibe desde su escritorio el vocerío de los hombres o el rechinar de los camiones de reparto de mercaderías -cuenta Cócaro-. Borges se afana en contestar nuestras preguntas, a veces el ademán reemplaza la palabra, ese movimiento de la mano que es como la continuación de su pensar”. Los fragmentos más salientes de aquella entrevista que apareció publicada en el diario “La Nación” el 13 de septiembre de 1970 se reproducen a continuación.


Su padre era también poeta. Si él hubiera sido matemático o físico y le hubiera pedido que estudiara sus disciplinas, su hijo, usted, ¿estaría dentro de ese ordenamiento, como lo está en la literatura?

Si mi padre hubiera sido matemático, yo hubiera sido distinto, de modo que considero que el hecho de que mi padre fue de algún modo un escritor tiene que explicarme a mí también. Es decir, en casa, siempre se entendió de un modo tácito, y quizá el modo tácito sea el más real, que yo tenía que cumplir, y realizar de algún modo el destino literario que le había sido negado a mi padre.

Borges, ¿por qué su literatura es de concepción geométrica, platónica o acaso matemática?

Creo que hay dos razones; ante todo hay la razón inexplicable de gusto y forma, y luego haber sentido desde que era muy joven que la literatura tendía a lo incoherente, tendía al caos. Quizá esa sea la razón de la afición que, durante tanto tiempo, profesé por las ficciones policiales. El hecho de que las ficciones policiales comportan, como diría Lugones (la palabra no es demasiado hermosa), un principio, un medio y un fin, y eso es muy agradable: la idea de una forma.

¿Por qué, Borges, esa nostalgia romántica, valga lo de romántica, para un escritor de raíz ultraísta que tiene usted?

Olvidémonos del ultraísmo, que fue un percance.

Borges, en todos sus artículos critica usted el libro “Martín Fierro” y en cambio exalta las obras de Ascasubi. ¿Por qué casi todas las ediciones de “Martín Fierro” llevan su prólogo?

La cuestión es bastante compleja; yo creo que, estéticamente, el “Martín Fierro” es un gran libro, pero que moralmente es una obra baja; el héroe es un personaje bastante desagradable, si admiramos a Martín Fierro no hay ninguna razón para que no admiremos a Moreira, Hormiga Negra, al Tigre del Quequén, a Calandria, salvo que estos últimos debieron más muertes y fueron posiblemente hombres menos quejosos y menos dolientes que Fierro; en cuanto a Ascasubi, creo que era moralmente una persona superior a Hernández, por lo pronto era unitario y no federal, y para mí esta división no es política, sino ética y, además, Ascasubi tiene que haber conocido todos aquellos temas mucho mejor que Hernández, ya que Ascasubi fue soldado, ya que Ascasubi militó en el sitio de Montevideo antes de la batalla de Ituzaingó, luego en las guerras civiles, y bueno, estuvo en las guerras, y Hernández creo que fue un individuo que más bien se documentó para esos temas. Pero, en fin, eso no importa; lo importante no son las experiencias, sino lo que uno hace con ellas, y posiblemente la descripción que nos da Hernández en la vida de las tolderías sea más vívida que la de Mansilla, que realmente estuvo.

Borges, usted que domina el idioma inglés -lo afirman los críticos británicos-; usted que ha dictado clases de inglés en Gran Bretaña y los Estados Unidos, ¿cómo es que nunca ha escrito una obra en inglés? Ni usted mismo ha traducido sus libros a ese idioma.

Podría contestar que yo respeto demasiado el idioma inglés para intentar escribir en él; la verdad es que me he pasado la vida leyendo libros ingleses, que mi abuela materna, la que conversó con los indios allá en la frontera de Junín, era inglesa, pero no me creo digno del idioma inglés, en cambio mi destino es el idioma español.

Borges, ¿de qué manera ha determinado los géneros literarios que usted practica y ha omitido en cambio la novela que usted nunca ha escrito?

Hay diversas razones para que yo no escriba una novela; una es que nunca he sido lector de novelas fuera digamos del “Quijote”; de las novelas de Conrad; de la novela de Kipling, “Kim”; de Flaubert. He leído muy pocas novelas, y además siento que en la novela siempre hay algo de ripio: en toda novela siempre hay algo que se escribe para justificar, como dicen en las imprentas; la obra, en cambio, un cuento puede no admitir ningún ripio; además, yo he sido siempre un lector de cuentos y aun en el caso de escritores que han cultivado los dos géneros, he preferido los cuentos. Por ejemplo, me gustan mucho los cuentos de Henry James, y en general no me gustan sus novelas, y aun cuando yo era joven, leía novelas porque pensaba que ese era mi deber. Recuerdo que sentía un gran entusiasmo al leer “Crimen y castigo” de Dostoievsky, y al mismo tiempo hacía trampas y veía cuántas páginas faltaban para el fin, y luego seguía leyendo con entusiasmo.

Borges, no vamos a hablar de ningún mensaje a la juventud.

No, claro.

Pero usted está rodeado a menudo por gente joven, ¿en qué medida comunica o recibe afinidad con esa juventud? ¿Se siente cerca de la juventud actual?

Sí; por ejemplo, yo dicté mi curso de literatura inglesa en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, y luego me indicaron la conveniencia de que me jubilara, y yo, cobrando sólo mi jubilación, seguí dictando mi cátedra durante dos cuatrimestres hasta que me dijeron que eso era “trampa” y tuve que dejarla, y desde el año 1965 dicto el seminario de inglés antiguo y lo hago en mi casa, desde luego por el placer de hacerlo, y también porque me gusta estar rodeado de gente joven. Quería decir otra cosa, quería decir que siempre que se habla de un escritor, digamos entrado en años como yo, y de gente joven, se supone que el mayor es el maestro, y no hay tal cosa, el hombre más viejo es el que aprende también. Y aquí quiero hablar de un amigo muy querido, Adolfo Bioy Casares, posiblemente treinta años nos separen, probablemente sea más o quizá menos, yo no me he dedicado a ese tipo de estadísticas, de cálculos, pero creo que yo he aprendido más de él que él de mí. Es decir, que esa relación magistral puede darse, digamos, entre personas de distinta edad y el maestro puede ser joven, pero lo más probable es que en toda amistad las influencias sean recíprocas, los dos enseñan.

En su vida privada, ¿el otro Borges es tan seguro como el escritor?

Es mucho más real que el escritor, el escritor corresponde a una zona bastante breve del otro, es una especie casi de caricatura, diría yo, del otro.

Borges, usted que continuamente vive corrigiendo sus obras, ¿no cree que el exceso de perfeccionalismo las perjudica?

No; si yo escribo algo, creo que tengo derecho a corregirlo un cuarto de hora después, ¿y por qué no un cuarto de siglo después?, además, como a mí no me gusta lo que yo escribo, trato de limarlo, y puedo decir otra cosa: cuando me propusieron en Emecé, por intermedio de José Edmundo Clemente, una edición de mis obras completas, yo acepté, y la razón que me llevó a aceptar fue no la inclusión de algún libro sino la omisión de otros, lo cual me recuerda aquella broma de Mark Twain que dijo que una excelente biblioteca podía iniciarse omitiendo los libros de Jane Austen, y que aunque esa biblioteca no incluyera ningún otro libro, siempre sería superior a otra por no incluir los de Jane Austen.

La mujer en su obra casi siempre tiene un papel trágico y nunca es feliz. Por ejemplo, “Emma Zunz”, “El muerto”, “La intrusa”, ¿cuál es la razón, si es que la hay?

Yo quería adelantar que hay dos cuentos no trágicos de mujeres en mi reciente libro “El informe de Brodie”, y podría agregar una razón que puede parecer falsa pero que no lo es, y es que las mujeres han desempeñado un papel tan importante en mi vida que he tratado de excluirlas de mi obra o que se han excluido solas de mi obra. Y yo no sé por qué, pero diríase que estoy continuamente o que he estado continuamente pensando en mujeres, como todos nosotros, ¿no?

Borges, a esta altura de su vida literaria, ¿qué piensa de sus amigos y enemigos?

Pienso que tengo una cantidad enorme de amigos, pienso que la gente es muy generosa conmigo, y en cuanto a enemigos no tengo noticias de ninguno, en todo caso han sido tan corteses que cuando me han atacado lo han hecho de un modo elogioso. No, yo no creo tener enemigos.

Borges, dos palabras sobre Buenos Aires. Una ciudad que usted quiere tanto.

Es una ciudad que yo quiero tanto, que soy muy celoso y no me gusta que otros la quieran. Cuando llega un extranjero aquí y me dice: ¡Qué lindo es Buenos Aires! yo suelo decir: ¡Pero usted está completamente loco!, es una de las ciudades más grises, más modestas, más invisibles que hay. Pero eso lo hago un poco porque quiero defender mi cariño por este Buenos Aires. Y por eso quizá me gustan los lugares menos espectaculares de este Buenos Aires. En general lo espectacular me desagrada; creo que es… no sé si es un amor o en todo caso es una manía, pero es una pasión que no deseo contagiar a los otros; quiero mucho a Buenos Aires, pero ciertamente no soy un misionero de Buenos Aires.

13 de mayo de 2020

George Orwell: el futuro sombrío


En el jardín de la iglesia de Suttor Courtenay, Londres, hay una lápida en la que puede leerse: "Aquí yace Eric Arthur Blair. Nacido el 25 de junio de 1903. Muerto el 21 de enero de 1950". Debajo de esa lápida descansan los restos de quien -en vida y para la literatura- supo ser conocido como George Orwell.
Al igual que otros grandes escritores ingleses, él no nació en las islas británicas. Así como, por ejemplo, William Thackeray (1811-1863) y Rudyard Kipling (1865-1936) nacieron en la India, Joseph Conrad (1857-1924) en Polonia, H.H. Munro "Saki" (1870-1916) en Birmania y John R.R. Tolkien (1892-1973) en Sudáfrica, Orwell lo hizo en Bengala.
Su padre era un funcionario de poca jerarquía en el Departamento de Opio de la aldea de Motihari, ocupado en regular el comercio de esa droga y su madre era hija de un comerciante birmano. Tuvo una hermana mayor -Marjorie- y una menor -Avril- que completaban la familia que acompañó al funcionario Richard Blair en todos sus destinos. De niño, el futuro escritor tuvo la oportunidad de asistir a la decadencia de la Compañía de las Indias Orientales, herida de muerte por la rebelión de los cipayos en 1857 primero, y al surgimiento de líderes como Mahatma Gandhi (1869-1948) y Jawaharlal Nehru (1889-1964) después.
Vivió su adolescencia en Saint Cyprian, una rígida escuela inglesa que aplicaba a sus alumnos castigos tales como latigazos en la espalda y la diaria reverencia al retrato de la reina. Entre 1917 y 1921, el joven iracundo estudió en Eton y Wellington gracias a una beca, y a los diecinueve años, en 1922, se alistó en la Policía Imperial de la India y marchó a prestar servicios, como su padre, en alguna remota factoría del imperio. Así pasó por distintas aldeas de Birmania hasta 1928, cuando harto de la situación, decidió abandonar las colonias.
En su libro "Burmese days" (Los días de Birmania, 1934) puso en boca de uno de sus personajes una reflexión inspirada por aquellos días: "Nosotros, los angloindios, seríamos casi aceptables si admitiéramos honradamente que somos ladrones y nos dedicáramos a robar sin tapujos". Este personaje, el rebelde de la historia, convencido de la imposibilidad de cambiar algo individualmente, termina pegándose un tiro.
De regreso en Inglaterra, abandonó la casa paterna y trabajó de lavaplatos en alguna taberna de Londres antes de viajar a París y vivir como un vagabundo, haciendo todo tipo de trabajos y durmiendo en albergues y estaciones de tren. Por entonces, ya había empezado a escribir algunos relatos. El más famoso fue "Down and out in Paris and London" (Sin un peso en París y en Londres) que se publicaría en 1933.
Cuando volvió a su país, consiguió empleo como profesor de escuela a la vez que escribía para un periódico de Middlesex, el "New Adelphi". Por esa época, adoptó el seudónimo con el que se haría famoso: George Orwell, descartando otros como Kenneth Miles o H. Lewis Allways.


También comenzaron sus problemas de salud, por lo que se vio obligado a dejar su puesto de docente para trabajar como asistente en una tienda de libros de segunda mano en Hampstead. Para uno de sus biógrafos, George Woodcock (1912-1995), "ese Orwell con principio de tuberculosis que se exponía al hambre, al frío y la mugre de los parias y desclasados estaba purgando la culpa de la gran opresión del imperio británico en el mundo -dice en "The crystal spirit. A study of George Orwell" (El espíritu cristalino. Un estudio de George Orwell, 1966)-. Tal vez sea ésa la explicación, sin obviar que se trataba de un entusiasta socialista con deseos de practicar la loca consigna de que los hombres son y deben ser iguales".
Ese año escribió un pequeño ensayo, "The english people" (El pueblo inglés) en el que, con su acidez habitual, fustigó a sus compatriotas: "Lo que siempre olvidamos es que la inmensa mayoría del proletariado británico no vive en Gran Bretaña, sino en Asia y África. Por ejemplo, no es cosa de Hitler hacer que un penique por hora sea un buen jornal industrial; sin embargo es perfectamente normal en la India".
Para 1936, Orwell se había casado con Eileen O'Saughnessy, había adoptado un niño -Richard Horatio- y vivía en Hertfordshire haciendo horticultura doméstica. También colaboraba con algunos periódicos y escribía un par de libros: "A clergyman's daughter" (La hija del reverendo) y "Keep the aspidistra flying" (Que vuele la aspidistra). Pero ese año también estalló la Guerra Civil española y Orwell asumió su participación en ella como un deber ético y político (escandalosamente eludido por Inglaterra). Se alistó, al igual que miles de extranjeros, para luchar por la defensa de la República Española y cuando, con su esposa llegó a Barcelona en diciembre de 1936, fue asignado como miliciano al anti-estalinista POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista).
"Era -contó Orwell más tarde- la primera vez que estaba en una ciudad en la que la clase trabajadora ocupaba el poder". Podía haberse limitado a dar "apoyo espiritual" y sin embargo se alistó para combatir. Fue cabo al mando de una guardia de doce hombres y más tarde teniente. El arma que utilizaba era un Mauser 1896, casi inservible. Como parte del ejército que asedió Huesca fue herido gravemente: una bala le atravesó el cuello, seccionando arterias y rozando la médula al punto que le dificultó para siempre el movimiento del brazo derecho.
A mediados de 1937 regresó a Inglaterra y comenzó a escribir su inolvidable "Homage to Catalonia" (Homenaje a Cataluña), al tiempo que difundía entre sus compatriotas el balance de la experiencia española: "Después de lo que he visto en España, he llegado a la convicción de que es inútil ser antifascista e intentar mantener el capitalismo. El fascismo no es más que un desarrollo del capitalismo, y la más bondadosa de las llamadas democracias se puede convertir en fascismo cuando se vea empujada a ello".
También hizo una advertencia a esa Inglaterra tranquila que no había reaccionado ante la agresión a la República Española: "Todos durmiendo, durmiendo el sueño profundo de Inglaterra, del que temo que no vayamos a despertar hasta que no nos sacuda el estrépito de las bombas". En una carta que le escribió al crítico literario Herbert Read (1893-1968) le propuso comprar imprentas para hacer panfletos cuando Inglaterra se volviera fascista: "No creamos que la época en que es posible comprar imprentas sin que le hagan preguntas a uno va a durar para siempre''.
En febrero de 1938 publicó en la revista "Time & Tide" -fundada en 1920 por la feminista Margaret Rhondda (1857-1941)- sus razones para afiliarse al Partido Laborista Independiente: "En la libertad de prensa en Gran Bretaña hubo siempre algo de engaño, porque en última instancia el dinero controla la opinión. Durante varios años me las he arreglado para hacer que la clase capitalista me pague algunas libras a la semana por escribir libros contra el capitalismo. Pero no me engaño creyendo que este estado de cosas va a durar siempre".
En 1941 empezó a trabajar en la BBC haciendo propaganda a favor de los aliados. De ese empleo dijo sentirse como "una naranja que ha sido pisoteada por una bota muy sucia". A pesar de la buena paga, renunció dos años más tarde para convertirse en columnista y editor literario del "Tribune", una revista semanal de tendencia izquierdista.
Una vez terminada la Guerra Mundial, cuando el monopolio informativo "antifascista" oficial reproducía los métodos del Ministro de Propaganda nazi Joseph Goebbels (1897-1945), cuando el estalinismo de la temible policía política de la guerra española se veía corregido, aumentado y desplegado en todo su horror, cuando el Army Pictorial Service creado en 1942 por el general George Marshall (1880-1959) inundaba el mundo de películas pro-norteamericanas, y se había llegado a un estado de cosas muy inquietante, la rebeldía le dictó a Orwell sus dos libros más importantes: "Animal farm" (Rebelión en la granja) y "Nineteen eighty-four" (1984).
Orwell había visto la represión anti-anarquista y anti-trotskista de la GPU en Barcelona (con muertos, asesinados y desaparecidos), había visto el germen de la burocracia y el militarismo en acción. Utilizando alegorías y caricaturas al escribir "Rebelión en la granja", expresó el elemental "no sé cómo debería hacerse, pero estoy seguro de que así está mal", en una novela satírica y una fábula mordaz que puede leerse como una feroz crítica de la burocratización y corrupción del socialismo a manos de Iósif Stalin (1879-1953).
En la novela un grupo de animales expulsa a los humanos de la granja creando un sistema de gobierno propio que acaba convirtiéndose en otra tiranía brutal. Ese universo, si se quiere infantil, se volvió una herramienta educativa en algunos países. Lamentablemente, y pese a lo que quería Orwell que era denunciar los totalitarismos nazi y soviético, el libro fue utilizado en Estados Unidos como propaganda anticomunista.
Escribió un prólogo para esta novela que nadie quiso publicar y fue conocido recién en 1972. En él explicaba el carácter de su crítica al estalinismo y hacía una última profecía, acompañada de una advertencia contra el dogmatismo: "Es posible que esta moda de la admiración por Rusia no dure mucho. Bien pudiera ser, también, que para cuando este libro sea publicado los puntos de vista que hoy tengo sobre el régimen soviético sean los que se acepten por regla general. ¿Pero para qué serviría eso? El cambiar una ortodoxia por otra no es necesariamente un progreso".
"1984", por su parte, puede verse como una claustrofóbica fábula de los totalitarismos, una desesperada profecía cumplida con creces en lo que hace a la propaganda, la manipulación del individuo y el falseamiento de la historia tanto en el mundo capitalista como en el mundo del socialismo burocrático. En la novela, todos los ciudadanos se encontraban bajo estrecha vigilancia, pero no porque se amase o respetase su libertad sino porque se les consideraba "inútiles como animales".


"A los trabajadores -escribió- se les puede conceder la libertad intelectual por la sencilla razón de que no tienen intelecto alguno. Las masas son indiferentes al pensamiento. El duro trabajo físico, el cuidado del hogar y de los hijos, las mezquinas peleas entre vecinos, el cine, el fútbol, la cerveza y sobre todo, el juego, llenaban su horizonte mental. No era difícil mantenerlos a raya. Unos cuantos agentes de la Policía del Pensamiento circulaban entre ellos, esparciendo rumores falsos y eliminando a los pocos considerados capaces de convertirse en peligrosos. Las masas son felices y es su ignorancia la que hace fuerte al sistema al imposibilitar que se subleven. En consecuencia solo es necesario controlar a las personas que piensan".
Cuando la primera edición de "1984" salió a la venta en julio de 1949, el público pensó que el autor era una especie de escritor fanático, irremediablemente enfermo -moriría de tuberculosis seis meses después- y que decía cosas a todas luces absurdas. Sin embargo, a pesar del paso de los años, la obra sigue siendo inquietante y perfectamente válida, porque Orwell puso en duda los cimientos mismos del concepto de verdad que prevalece en nuestro tiempo, aquel de "qué pasó, cuándo pasó, cómo pasó, dónde pasó y por qué pasó", las cinco preguntas básicas de una crónica periodística que llevaron al escritor checo Milan Kundera (1929) a concederle a los periodistas el "derecho sagrado de administrar la verdad".
Orwell se burló anticipadamente de este poder adquirido por el periodismo diciendo: "La verdad que buscan no existe. Los hechos históricos dependen de la memoria y ésta, de la propia elaboración que cada uno de nosotros hace dentro de su mente. Si podemos controlar esos procesos mentales, controlamos la historia". Se podría decir que semejante teoría es indefendible. Pero Orwell también se adelantó: "¿Y si se destruyen las pruebas o simplemente el hombre se niega a ver la realidad que tiene enfrente? No existe sino lo que admite la conciencia humana". Al hombre ya no le interesaba la "verdad", vivía una realidad de engaño permanente y, a fuerza de costumbre, las mentiras se convertían en verdades.
En el mundo utópico de Oceanía -el país creado por Orwell- las palabras "bien" y "mal" carecían de significado. El mundo era un lugar muy peligroso, donde la libertad era pecado mortal y la Policía de Pensamiento secuestraba, torturaba y mataba a quien mostraba el mínimo signo de rebelión. "Afuera, incluso a través de los ventanales cerrados, el mundo parecía frío. Calle abajo se formaban pequeños torbellinos de viento y polvo; los papeles rotos subían en espirales y, aunque el sol lucía y el cielo estaba intensamente azul, nada parecía tener color. A lo lejos, un autogiro pasaba entre los tejados, se quedaba un instante colgado en el aire y luego se lanzaba otra vez en un vuelo curvo. Era de la patrulla de policía encargada de vigilar a la gente a través de los balcones y ventanas. Sin embargo, las patrullas eran lo de menos. Lo que importaba verdaderamente era la Policía del Pensamiento".
Cuando llegó el año 1984, se publicaron en Europa los resultados de algunas encuestas en las que se le preguntó a la gente si las previsiones de Orwell se habían cumplido o no. En Alemania y Suiza el 35% de los encuestados consideraba que la sociedad diseñada por Orwell estaba en trance de ir implantándose en sus países. El 72% de los ingleses creía que no existía una verdadera vida privada "porque el gobierno lo sabe todo acerca de uno". El 68% de los ingleses, el 26% de los alemanes y el 28% de los suizos estaban convencidos de que sus gobiernos utilizaban informaciones y estadísticas falsas sobre la situación económica y la calidad de vida.
Pero, según un artículo publicado en Francia, se estaba cumpliendo lo que el escritor inglés más temía: que aunque la gente sabía que estaba siendo engañada por sus dirigentes, aceptaba la mentira y llegaba a asumirla, anteponiendo a veces a la verdad, las necesidades del partido gobernante. "Esta era la más refinada sutileza del sistema: inducir conscientemente a la inconsciencia, y luego hacerse inconsciente para no conocer que se había realizado un acto de autosugestión".
En "1984" un lema se repetía en los carteles del régimen de partido único: "La guerra es la paz, la libertad es la esclavitud, la ignorancia es la fuerza". Aún hoy pueden tejerse puentes entre la novela y la actualidad. Manipulación de la información, censura, represión y vigilancia son elementos presentes. Orwell pensaba mal y acertaba. Practicaba un pesimismo militante. En la descripción de los horrores futuros estaba la implacable conciencia de un moralista, de un hombre regido por la ética. Por supuesto, no fue perfecto, como todos los moralistas. Poco antes de morir, el 21 de enero de 1950, expresó una última voluntad: que no se escribiera ninguna biografía sobre su persona. Afortunadamente no le hicieron caso. "No destruimos a nuestros enemigos, sólo los cambiamos", escribió hace algo más de setenta años. Sin dudas, Orwell sigue siendo actual y es probable que siempre lo sea.

28 de abril de 2020

Herman Melville o la negación del optimismo norteamericano


Herman Melville nació el 1 de agosto de 1819, en la ciudad de Nueva York; fue el tercero de una familia de once hijos. Su madre provenía de una antigua y piadosa familia colonial de origen holandés; su padre, un rico comerciante, murió en 1830, luego de una quiebra que lo llevó a la ruina y finalmente a la locura.
Desde los quince años, Melville -que no había heredado las aptitudes de su padre para el comercio- trabajó de empleado de banco, peón y maestro. A los dieciocho años se embarcó hacia Liverpool como marinero de un buque mercante. Entre 1841 y 1844 recorrió los mares del sur del Océano Pacífico a bordo del ballenero Acushnet.
Tras dieciocho meses de travesía abandonó el barco en las islas Marquesas y vivió un mes entre los caníbales. Escapó en un mercante australiano y desembarcó en Papeete (Tahití), donde pasó algún tiempo en prisión. Trabajó como agricultor y viajó a Honolulú (Hawai), y desde allí, en 1843, se enroló en una fragata de la Marina estadounidense y llegó hasta las costas del Japón.
De regreso a los Estados Unidos comenzó su labor literaria: a los treinta y un años ya había publicado cinco relatos de aventuras marítimas que le otorgaron una fama fugaz: “Typee” (1846), “Omoo” (1847), “Mardi” (1849), "Redburn” (1849) y “White Jacket” (Chaqueta Blanca, 1850).
Se casó en 1847 y se estableció en New York. En 1850 conoció a Nathaniel Hawthorne (1804-1864), aquel novelista estadounidense, cuyos trabajos mostraban una profunda conciencia de los problemas éticos del pecado, el castigo y la expiación, con quien entabló una profunda amistad. Ese mismo año se estableció en una granja cerca de Pittsfield (Massachusetts) y durante el invierno de 1850/51 escribió “Moby Dick”. Seis años más tarde publicó su última novela “The confidence man” (El confidente). Tenía entonces treinta y ocho años. Desde 1866 trabajó durante veinte años como inspector de aduanas hasta que una herencia recibida por su mujer le permitió retirarse. Cinco años después murió en New York en medio de la indiferencia general (el obituario del “New York Times” lo llamó Henry Melville) y sus restos fueron enterrados en el cementerio Woodlawn, en la parte norte del Bronx.


Si bien “Moby Dick” no resultó un éxito comercial al momento de su publicación en 1851, con el paso del tiempo su fama traspasó las fronteras, consiguiendo así la indiscutible categoría de obra maestra, lo que llevó al célebre crítico literario Harold Bloom (1930-2019) a decir: “‘Moby Dick’ es el paradigma novelístico de lo sublime, un logro fuera de lo común”. Cuando Melville escribió y publicó “Moby Dick” tenía treinta y dos años y había obtenido -como ya se dijo- algún éxito con cinco narraciones más o menos autobiográficas, de aventuras marítimas.
En 1889, después de un largo silencio que se extendió por más de tres décadas, emprendió, a la edad de setenta años, la composición de una última novela en la que trabajó hasta poco antes de su muerte: “Billy Budd”, publicada recién en 1924. Estas dos novelas, que fueron escritas en circunstancias muy diversas y que constituyen los momentos decisivos en el itinerario de su narrativa, son las más difundidas.
Sin embargo entre una y otra transcurrieron alrededor de cuarenta años, período que comprende una etapa muy singular de la obra de Melville. En efecto, desde el desconcierto que provocó “Moby Dick” hasta el prolongado silencio que comenzó en 1857, Melville escribió algunas narraciones más o menos extensas y una serie de cuentos que produjeron reacciones adversas en la crítica y el público: poco tenían que ver estos relatos con las románticas aventuras marítimas al gusto de la época.


Varios de esos cuentos -escritos para ser publicados en periódicos literarios- fueron reunidos posteriormente en un libro: “The Piazza tales” (Cuentos de la veranda, 1856), que contiene algunas de las piezas más notables de Melville: “Bartleby, the scrivener” (Bartleby, el escribiente), “Benito Cereno” y “The enchanted isles” (Las encantadas).
Acerca de este período de la obra de Melville, el crítico Harold Beaver (1907-2004) escribió en “Seminario de literatura norteamericana” de 1986: “La asombrosa fluencia creadora de los seis primeros años de quehacer literario continuó por otros seis más: ‘Moby Dick’ señala no el fin sino la mitad del milagroso florecimiento de Melville. Dentro del estrecho campo de su nueva ficción sus técnicas se agu­zaron, el entrelazamiento de acción e imagen fue utilizado con precisión cada vez más segura. Pero el fracaso y el aislamiento eran cada vez más sofocantes, aunque fueron soportados con un orgullo inflexible, recatado, que lo consumía interiormente”.
Durante esos años que siguieron a la publicación de “Moby Dick”, la imposibilidad, cada vez más apremiante, de conciliar la labor literaria con las circunstancias lo llevó a un creciente pesimismo; en una carta de 1851 le dice a Hawthome: “La calma, la serenidad, el estado de ánimo propicio que un hombre necesita para componer, raras veces lo podré conseguir, según me temo. Los dólares me condenan; y el Demonio maligno está siempre haciéndome muecas, manteniendo la puerta entreabierta. Lo que me siento inclinado a escribir está prohibido, no produce beneficios. Aunque escribiera en este siglo los Evangelios, moriría en el arroyo de la calle”.


La tensión psicológica a la que estaba sometido Melville quizá tuvo su manifestación más bella en la historia de “Bartleby, el escribiente”, cuya vida se apaga poco a poco entre los muros de una oficina de Wall Street. Esta obra, que constituye una metáfora de la alienación moderna, fue considerada en su momento por Jorge Luis Borges (1899-1986) como “la piedra angular de la narrativa contemporánea”, y Albert Camus (1913-1960) la citó entre sus principales influencias.
“El destino de Melville -dijo el crítico alemán Günter Blocker (1913-2006)- se halla totalmente reflejado en una observación con la que él mismo tropieza, el año de su muerte, leyendo a Schopenhauer, y que subrayó: 'Cuanto más pertenece un hombre a la posteridad, es decir, a la humanidad en su conjunto, más desconocido es de sus contemporáneos'. La gente -continúa Blocker- reconoce más fácilmente al hombre que sirve a las circunstancias de su breve hora, o al humor del instante al que pertenece y en el que vive y muere”.
“Muy temprano -explica Beaver en la obra citada- Melville abandonó el romanticismo juvenil de sus primeros escritos: el pintoresquismo, las aspiraciones de libertad en la naturaleza, la contraposición de la vida civilizada con la vida elemental y primitiva. La preocupación por los temas religiosos, la reflexión moral, los conflictos entre realidad y espíritu aparecen pronto en su obra encarnados en la forma compleja y simbólica de su sustancia narrativa”.


Si bien “Moby Dick”, el punto más alto de esa nueva etapa, fue en gran medida una narración poética de sus experiencias en el mar, la concepción de la obra es sin embargo, completamente distinta; para Beaver: “Moby Dick es el gran libro que marca el comienzo de la nueva literatura, no sólo por ser un mito sino también por presentar huellas evidentes del trabajo de laboratorio”. Los cuentos posteriores a esta obra fundamental afirmaron y desplegaron temas, símbolos y recursos. En “Las encantadas”, por ejemplo, se concentró de una manera admirable el trabajo de todos esos años.
“Todo el trabajo de Melville durante estos años -afirmó el mencionado Beaver- es radical y conscientemente literario: una literatura de la literatura”. Para Melville, el alma del hombre está escindida por una terrible lucha que lo opone a sí mismo y al universo. En un artículo de 1850 dijo: “A pesar de toda la luz que ilumina la parte de acá del alma, el otro lado -como la mitad oscura del globo terráqueo- está envuelto en una oscuridad diez veces más negra. Pero esta oscuridad no hace sino destacar más la aurora que lo mueve todo, avanza constantemente a través de él y circunnavega su mundo”.
Melville también dedicó años a su “obra maestra otoñal”, un poema épico de dieciocho mil líneas titulado “Clarel. A poem and a pilgrimage” (Clarel. Un poema y una peregrinación), inspirado en su viaje de 1856 a Tierra Santa y, después del final de la Guerra de Secesión, en 1866, publicó “Battle pieces and aspects of the war” (Piezas de batalla y aspectos de la guerra), una colección de setenta y dos poemas que serían considerados mucho después por la crítica especializada como un “diario de versos polifónicos del conflicto”.


Cuando Melville falleció de una insuficiencia cardíaca el 28 de septiembre de 1891, su fama literaria había decaído hasta el olvido. Su viuda, hija de un eminente juez de Boston, publicó una discreta esquela en la prensa señalando que su difunto marido era escritor. Fue un gesto de delicadeza con un autor maltratado por el público y la crítica.
Nadie prestaría mucha atención a “Moby Dick” hasta 1920, cuando la crítica rescató la novela y destacó sus méritos, asegurando que se trataba de una obra maestra. Actualmente, se la considera como la novela más representativa de la literatura estadounidense, la historia que mejor refleja el espíritu de un país con una conciencia escindida entre la culpa y el orgullo, el anhelo de redención y la voluntad de poder, la vocación de universalidad y el provincianismo más estrecho.
Melville, con su obra, negó el optimismo sobre el que se fundó Estados Unidos. Advirtió acerca de los peligros del poder sin responsabilidad, el orgullo cegador, la sustitución de los fines verdaderos por otros falsos, el sacrificio del bien colectivo en aras de la libertad abstracta del individuo, la división simplista en luchas de buenos y malos. Tal vez por eso fue condenado a la insensibilidad y el desinterés durante más de cincuenta años.
Melville no era demasiado optimista con respecto a la naturaleza humana y tampoco, a pesar de los raptos bíblicos de su escritura (raptos más blasfemos que devotos) no era un creyente. Abolicionista, simpatizante de la insurgencia parisina de 1848, un librepensador, su idea de Dios era la de un bromista que les tomaba el pelo a los hombres convirtiéndolos en víctimas.