Nacido en Los Ángeles, California,
tras graduarse en la universidad privada Dartmouth College ubicada en Hanover,
Nuevo Hampshire, John Skirius (1948-2010), obtuvo su doctorado en la Harvard
University para luego desempeñarse como Profesor de tiempo completo de Literatura
Hispanoamericana en la University of California, Los Angeles, durante más de treinta
años. Siendo director del Departamento de Literatura Española y Portuguesa de dicha
universidad, organizó conferencias y simposios dedicados a la cultura de
América Latina, pero sobre todo a la de México. En ese sentido, en 1978 publicó
el ensayo “José Vasconcelos y la cruzada de 1929”, obra en la que documentó y
analizó la histórica y fallida campaña presidencial en 1929 del abogado,
pedagogo y filósofo mexicano José Vasconcelos (1882-1959). Tiempo después
publicó en la “Revista de la Universidad de México” el artículo “Vasconcelos:
de la revolución a la educación”, en el cual hizo un rescate de la faceta
educativa y destacó la gran labor que como Secretario de Educación Pública
desarrolló el autor de obras que dejaron un profunda marca en la vida cultural
mexicana como, por ejemplo, “Breve historia de México”, “Tratado de
metafísica”, “Historia del pensamiento filosófico” y “Divagaciones literarias”.
En la misma revista también
publicó un artículo sobre la escritora mexicana Carmen Boullosa (1954), e hizo
lo propio escribiendo columnas dedicadas a los escritores también mexicanos
José Fernández de Lizardi (1776-1827) en la “Nueva Revista de Filología
Hispánica”, y a Agustín Yáñez (1904-1980), Enrique Krauze (1947) y Eloy Urroz
(1967) en la “Revista de Literatura Mexicana Contemporánea”.
En 1982, compiló en un libro algunos de los que -según su criterio- eran los mejores ensayos escritos por autores hispanoamericanos hasta ese momento. La obra en cuestión, publicada por la editorial del Fondo de Cultura Económica, se llamó “El ensayo hispanoamericano del siglo XX”. En ella reprodujo un centenar de textos fundamentalmente literarios de talentosos escritores entre los que se pueden mencionar al citado José Vasconcelos, al nicaragüense Rubén Darío (1867-1916), a los cubanos José Martí (1853-1895) y Alejo Carpentier (1904-1980), al uruguayo José Enrique Rodó (1871-1917), al guatemalteco Miguel Ángel Asturias (1899-1974), a los chilenos Gabriela Mistral (1889-1957) y Pablo Neruda (1904-1973), a los argentinos Ezequiel Martínez Estrada (1895-1964), Jorge Luis Borges (1899-1986), Enrique Anderson Imbert (1910-2000), Ernesto Sabato (1911-2011) y Julio Cortázar (1914-1984), al venezolano Arturo Uslar Pietri (1906-2001), a los peruanos José Carlos Mariátegui (1894-1930) y Mario Vargas Llosa (1936-2025), a los mexicanos Alfonso Reyes (1889-1959), Octavio Paz (1914-1998), Carlos Fuentes (1928-2012), Elena Poniatowska (1932) y Carlos Monsiváis (1938-2010), y a los colombianos Germán Arciniegas (1900-1999) y Gabriel García Márquez (1927-2014).
Este último, sin dudas, junto a los citados Julio Cortázar, Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa, fue uno de los máximos exponentes del llamado Boom Latinoamericano, un fenómeno literario y editorial que tuvo lugar en las décadas del ‘60 y ’70 del siglo pasado, el cual contribuyó notablemente a que las obras de estos autores -a los que se sumaron luego el cubano José Lezama Lima (1910-1976), el mexicano Juan Rulfo (México, 1917-1986), el paraguayo Augusto Roa Bastos (1917-2005), el uruguayo Mario Benedetti (1920-2009), el chileno José Donoso (1924-1996) y el argentino Manuel Puig (1932-1990) entre varios otros- fueran ampliamente distribuidas y alcanzasen una proyección internacional sin precedentes.
Entre los muchos textos que el profesor Skirius incluyó en “El ensayo hispanoamericano del siglo XX” se destacan “Los habitantes de la ciudad”, “Sobre el fin del mundo”, “Nuestra música en Bogotá”, “La Marquesita de la Sierpe”, “La sociedad de América Latina” y “Los pobres platillos voladores” del autor de novelas inolvidables como “El coronel no tiene quien le escriba”, “El otoño del patriarca”, “Crónica de una muerte anunciada”, “El amor en los tiempos del cólera” y “Cien años de soledad”. De los seis textos del colombiano, tal vez el más sugestivo sea “Los pobres platillos voladores”, el cual fue escrito en 1950 y seleccionado años después en la revista mexicana “La Gaceta” como uno de los mejores cuentos sobre ese tema.
En 1982, compiló en un libro algunos de los que -según su criterio- eran los mejores ensayos escritos por autores hispanoamericanos hasta ese momento. La obra en cuestión, publicada por la editorial del Fondo de Cultura Económica, se llamó “El ensayo hispanoamericano del siglo XX”. En ella reprodujo un centenar de textos fundamentalmente literarios de talentosos escritores entre los que se pueden mencionar al citado José Vasconcelos, al nicaragüense Rubén Darío (1867-1916), a los cubanos José Martí (1853-1895) y Alejo Carpentier (1904-1980), al uruguayo José Enrique Rodó (1871-1917), al guatemalteco Miguel Ángel Asturias (1899-1974), a los chilenos Gabriela Mistral (1889-1957) y Pablo Neruda (1904-1973), a los argentinos Ezequiel Martínez Estrada (1895-1964), Jorge Luis Borges (1899-1986), Enrique Anderson Imbert (1910-2000), Ernesto Sabato (1911-2011) y Julio Cortázar (1914-1984), al venezolano Arturo Uslar Pietri (1906-2001), a los peruanos José Carlos Mariátegui (1894-1930) y Mario Vargas Llosa (1936-2025), a los mexicanos Alfonso Reyes (1889-1959), Octavio Paz (1914-1998), Carlos Fuentes (1928-2012), Elena Poniatowska (1932) y Carlos Monsiváis (1938-2010), y a los colombianos Germán Arciniegas (1900-1999) y Gabriel García Márquez (1927-2014).
Este último, sin dudas, junto a los citados Julio Cortázar, Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa, fue uno de los máximos exponentes del llamado Boom Latinoamericano, un fenómeno literario y editorial que tuvo lugar en las décadas del ‘60 y ’70 del siglo pasado, el cual contribuyó notablemente a que las obras de estos autores -a los que se sumaron luego el cubano José Lezama Lima (1910-1976), el mexicano Juan Rulfo (México, 1917-1986), el paraguayo Augusto Roa Bastos (1917-2005), el uruguayo Mario Benedetti (1920-2009), el chileno José Donoso (1924-1996) y el argentino Manuel Puig (1932-1990) entre varios otros- fueran ampliamente distribuidas y alcanzasen una proyección internacional sin precedentes.
Entre los muchos textos que el profesor Skirius incluyó en “El ensayo hispanoamericano del siglo XX” se destacan “Los habitantes de la ciudad”, “Sobre el fin del mundo”, “Nuestra música en Bogotá”, “La Marquesita de la Sierpe”, “La sociedad de América Latina” y “Los pobres platillos voladores” del autor de novelas inolvidables como “El coronel no tiene quien le escriba”, “El otoño del patriarca”, “Crónica de una muerte anunciada”, “El amor en los tiempos del cólera” y “Cien años de soledad”. De los seis textos del colombiano, tal vez el más sugestivo sea “Los pobres platillos voladores”, el cual fue escrito en 1950 y seleccionado años después en la revista mexicana “La Gaceta” como uno de los mejores cuentos sobre ese tema.
En dicha novela, los platos
voladores aparecen surcando el cielo para presagiar la muerte o anunciar que
algo terminaba. La primera en observarlos fue Úrsula Iguarán, esposa de José Arcadio
Buendía, una noche en que el Coronel Aureliano Buendía se disparó en el pecho
después de haber firmado su rendición ante el Gobierno: “‘Lo han matado a
traición -precisó Úrsula- y nadie le hizo la caridad de cerrarle los ojos’. Al
anochecer vio a través de las lágrimas los raudos y luminosos discos
anaranjados que cruzaron el cielo como una exhalación, y pensó que era una
señal de la muerte”, escribió García Márquez.
Más adelante, otra noche los vio Santa Sofía de la Piedad, pareja de José Arcadio Buendía, a pocas horas de la muerte de su madre Úrsula: “Santa Sofía de la Piedad tuvo la certeza de que la encontraría muerta de un momento a otro, porque observaba por esos días un cierto aturdimiento de la naturaleza: que las rosas olían a quenopodio, que se le cayó una totuma de garbanzos y los granos quedaron en el suelo en un orden geométrico perfecto y en forma de estrella de mar, y que una noche vio pasar por el cielo una fila de luminosos discos anaranjados”.
El último personaje de la novela que los vio fue Amaranta Úrsula, la hija de Aureliano Segundo y Fernanda del Carpio, estando en la cama batallando desnuda contra el ímpetu sexual de Aureliano Babilonia, su sobrino, con quien finalmente consuma el incesto: “Una conmoción descomunal la inmovilizó en su centro de gravedad, la sembró en su sitio, y su voluntad defensiva fue demolida por la ansiedad irresistible de descubrir qué eran los silbos anaranjados y los globos invisibles que la esperaban al otro lado de la muerte”, narró García Márquez.
Más adelante, otra noche los vio Santa Sofía de la Piedad, pareja de José Arcadio Buendía, a pocas horas de la muerte de su madre Úrsula: “Santa Sofía de la Piedad tuvo la certeza de que la encontraría muerta de un momento a otro, porque observaba por esos días un cierto aturdimiento de la naturaleza: que las rosas olían a quenopodio, que se le cayó una totuma de garbanzos y los granos quedaron en el suelo en un orden geométrico perfecto y en forma de estrella de mar, y que una noche vio pasar por el cielo una fila de luminosos discos anaranjados”.
El último personaje de la novela que los vio fue Amaranta Úrsula, la hija de Aureliano Segundo y Fernanda del Carpio, estando en la cama batallando desnuda contra el ímpetu sexual de Aureliano Babilonia, su sobrino, con quien finalmente consuma el incesto: “Una conmoción descomunal la inmovilizó en su centro de gravedad, la sembró en su sitio, y su voluntad defensiva fue demolida por la ansiedad irresistible de descubrir qué eran los silbos anaranjados y los globos invisibles que la esperaban al otro lado de la muerte”, narró García Márquez.
En “Los pobres platillos
voladores” relató: “La humanidad resolvió -al fin- faltarle al respeto a los
platillos voladores. Aquellos que un día fueron lejanos y misteriosos huéspedes
de los más extraños cielos, han entrado en una lamentable decadencia,
precisamente por haber perdido su primitivo carácter de eventualidad y lejanía.
En un principio, algún modesto granjero de Arkansas vio cruzar, por su
estrellato campesino ‘una estrella más grande que ninguna’, sólo que a
diferencia de la del inspirado poeta, la que vio el granjero no era,
técnicamente, la luna, sino una estrella móvil y esférica que se precipitó a
una velocidad indecorosamente supersónica, hacia un horizonte que, por la mala
noche que debió pasar el granjero, era un auténtico y nada lorquiano horizonte
de perros”.
“A la mañana siguiente, cuando el asombrado campesino de Arkansas llegó al poblado y dijo en la farmacia que la noche anterior vio un extraño cuerpo circular volando no propiamente hacia Río de Janeiro, como aconteció en alguna película, sino hacia ‘el infinito abismo donde nuestra voz no alcanza’, como aconteció en un poema, el farmacéutico debió prescribirle un purgante eficaz para regularizar el alucinado aparato digestivo del granjero. Sin embargo, los misteriosos huéspedes siguieron realizando sus luminosas incursiones nocturnas, hasta el extremo de que no sólo perturbaron también la tranquilidad de los cielos europeos, seguidos desde abajo por millares de pupilas asombradas, sino que se arriesgaron a jugar un celeste escondite con algunos aviadores norteamericanos, de cuya sobriedad en sustancias destiladas no cabe la menor duda”.
“Es así como la humanidad, en cierta manera, ha empezado a sufrir las consecuencias de la purga que en mala hora se administró al granjero de Arkansas. Los platicos voladores, antes discretos e inofensivos, empezaron a perder la vergüenza. Se familiarizaron con los halagos de la publicidad y volaron cada vez a menor altura sobre los tejados, hasta el límite de que un ciudadano de Texas se viera en la necesidad de asegurar sus propiedades contra sus incursiones y de que una modesta empleada boliviana declarara, el último domingo, que ha formalizado compromiso matrimonial, de acuerdo con las leyes de Bolivia, con el copiloto de un platillo volador que una romántica noche de febrero sufrió un accidente junto a su ventana, de ella”.
“Personalmente me conmueve esta dolorosa decadencia en que van hundiéndose los que en mejores tiempos fueron identificados como diminutos visitantes interplanetarios. Me conmueve, porque la humanidad se vengará ahora de todas esas noches de sobresalto que le hicieron vivir los platillos voladores. Ramona, la novelera esposa de mi buen amigo Pancho, amanecerá un día de éstos exigiendo a su paciente cónyuge que modernice la vajilla doméstica no sólo ya con platillos, sino con tazas, bandejas y cafeteras voladoras. Y llegará el día -doloroso día- en que tendremos ceniceros fabricados con el material sobrante de los que fueron dignos y serviciales exploradores celestes. Porque todo es capaz de hacerlo la humanidad, hasta de permitir que se les castigue al musical escarnio de complementar el instrumental de la banda de Gustavita, cuyo orgulloso platillero tendrá la satisfacción de acompañar dentro de algunos meses la misma pieza milenaria, con el sonoro y metálico compás de los platillos voladores”.
Este breve y divertido texto fue escrito por García Márquez en 1950 para “El Heraldo”, un diario de Barranquilla donde trabajaba como periodista luego de sus inicios en 1948 en “El Universal” de Cartagena. En abril de 1968 se estrenó “2001: A space odyssey” (2001: Odisea del espacio) dirigida por el estadounidense Stanley Kubrick (1928-1999), una película que también impresionó al escritor colombiano. Poco más de un año después, se llevó a cabo la misión aeroespacial norteamericana que logró el primer alunizaje de seres humanos en la Luna mediante la nave espacial Apolo 11, un viaje propiciado por la Administración Nacional de Aeronáutica y el Espacio (National Aeronautics and Space Administration - NASA).
El mismo año del histórico alunizaje, la revista española “Cíclope” publicó en su nro. 16 una entrevista en la que el escritor habló sobre la vida extraterrestre y las naves espaciales. Cuando se le preguntó su opinión sobre los ovnis, respondió: “Mi opinión sobre los ovnis es de sentido común: creo que son naves procedentes de otros planetas, pero cuyo destino no es la Tierra”. “Es conmovedora la soberbia de quienes afirman que nuestro planeta es el único habitado -agregó-. Creo más bien que somos algo así como una aldea perdida en la provincia menos interesante del Universo, y que los discos luminosos que vemos pasar en la noche de los siglos nos miran a nosotros como nosotros miramos a las gallinas”. Ante la pregunta sobre de donde creía que procedían y quién los dirigía, contestó: “Los ovnis deben de estar tripulados por seres cuyo ciclo biológico es desmesuradamente más amplio y fructífero que el nuestro. No se ocupan de nosotros porque acabaron de estudiarnos hace miles de años, cuando se hicieron las últimas exploraciones del Universo, y no sólo saben de nosotros mucho más que nosotros mismos, sino que conocen inclusive nuestro destino. En realidad, la Tierra debe de ser para ellos una isla de emergencia en los azares de la navegación espacial”.
“A la mañana siguiente, cuando el asombrado campesino de Arkansas llegó al poblado y dijo en la farmacia que la noche anterior vio un extraño cuerpo circular volando no propiamente hacia Río de Janeiro, como aconteció en alguna película, sino hacia ‘el infinito abismo donde nuestra voz no alcanza’, como aconteció en un poema, el farmacéutico debió prescribirle un purgante eficaz para regularizar el alucinado aparato digestivo del granjero. Sin embargo, los misteriosos huéspedes siguieron realizando sus luminosas incursiones nocturnas, hasta el extremo de que no sólo perturbaron también la tranquilidad de los cielos europeos, seguidos desde abajo por millares de pupilas asombradas, sino que se arriesgaron a jugar un celeste escondite con algunos aviadores norteamericanos, de cuya sobriedad en sustancias destiladas no cabe la menor duda”.
“Es así como la humanidad, en cierta manera, ha empezado a sufrir las consecuencias de la purga que en mala hora se administró al granjero de Arkansas. Los platicos voladores, antes discretos e inofensivos, empezaron a perder la vergüenza. Se familiarizaron con los halagos de la publicidad y volaron cada vez a menor altura sobre los tejados, hasta el límite de que un ciudadano de Texas se viera en la necesidad de asegurar sus propiedades contra sus incursiones y de que una modesta empleada boliviana declarara, el último domingo, que ha formalizado compromiso matrimonial, de acuerdo con las leyes de Bolivia, con el copiloto de un platillo volador que una romántica noche de febrero sufrió un accidente junto a su ventana, de ella”.
“Personalmente me conmueve esta dolorosa decadencia en que van hundiéndose los que en mejores tiempos fueron identificados como diminutos visitantes interplanetarios. Me conmueve, porque la humanidad se vengará ahora de todas esas noches de sobresalto que le hicieron vivir los platillos voladores. Ramona, la novelera esposa de mi buen amigo Pancho, amanecerá un día de éstos exigiendo a su paciente cónyuge que modernice la vajilla doméstica no sólo ya con platillos, sino con tazas, bandejas y cafeteras voladoras. Y llegará el día -doloroso día- en que tendremos ceniceros fabricados con el material sobrante de los que fueron dignos y serviciales exploradores celestes. Porque todo es capaz de hacerlo la humanidad, hasta de permitir que se les castigue al musical escarnio de complementar el instrumental de la banda de Gustavita, cuyo orgulloso platillero tendrá la satisfacción de acompañar dentro de algunos meses la misma pieza milenaria, con el sonoro y metálico compás de los platillos voladores”.
Este breve y divertido texto fue escrito por García Márquez en 1950 para “El Heraldo”, un diario de Barranquilla donde trabajaba como periodista luego de sus inicios en 1948 en “El Universal” de Cartagena. En abril de 1968 se estrenó “2001: A space odyssey” (2001: Odisea del espacio) dirigida por el estadounidense Stanley Kubrick (1928-1999), una película que también impresionó al escritor colombiano. Poco más de un año después, se llevó a cabo la misión aeroespacial norteamericana que logró el primer alunizaje de seres humanos en la Luna mediante la nave espacial Apolo 11, un viaje propiciado por la Administración Nacional de Aeronáutica y el Espacio (National Aeronautics and Space Administration - NASA).
El mismo año del histórico alunizaje, la revista española “Cíclope” publicó en su nro. 16 una entrevista en la que el escritor habló sobre la vida extraterrestre y las naves espaciales. Cuando se le preguntó su opinión sobre los ovnis, respondió: “Mi opinión sobre los ovnis es de sentido común: creo que son naves procedentes de otros planetas, pero cuyo destino no es la Tierra”. “Es conmovedora la soberbia de quienes afirman que nuestro planeta es el único habitado -agregó-. Creo más bien que somos algo así como una aldea perdida en la provincia menos interesante del Universo, y que los discos luminosos que vemos pasar en la noche de los siglos nos miran a nosotros como nosotros miramos a las gallinas”. Ante la pregunta sobre de donde creía que procedían y quién los dirigía, contestó: “Los ovnis deben de estar tripulados por seres cuyo ciclo biológico es desmesuradamente más amplio y fructífero que el nuestro. No se ocupan de nosotros porque acabaron de estudiarnos hace miles de años, cuando se hicieron las últimas exploraciones del Universo, y no sólo saben de nosotros mucho más que nosotros mismos, sino que conocen inclusive nuestro destino. En realidad, la Tierra debe de ser para ellos una isla de emergencia en los azares de la navegación espacial”.
Y cuando se le preguntó su
parecer sobre la persistencia de algunos científicos en negar, no ya la
posibilidad de que existan naves extraterrestres, sino también el fenómeno en
sí, manifestó: “Lo que pasa es que la humanidad no supo merecer la sabiduría de
los alquimistas, que consideraban el laboratorio como una simple cocina de la
clarividencia, y ahora estamos a merced de una ciencia reaccionaria cuyo
dogmatismo ramplón no admite las evidencias mientras no las tenga dentro de un
frasco. Son científicos regresivos que niegan la existencia de los marcianos
porque no los pueden ver. Seguiremos viendo con la boca abierta esos discos
luminosos que ya eran familiares en las noches de la Biblia, y seguiremos
negando su existencia aunque sus tripulantes se sienten a almorzar con
nosotros, como ocurrió tantas veces en el pasado, porque somos los habitantes
del planeta más provinciano, reaccionario y atrasado del Universo”.
Años después, en marzo de 1977,
en una entrevista concedida al periódico colombiano “El Espectador” comentó:
“Mientras no encuentren otro ser humano en algún lugar del universo, la
conquista del espacio será un fracaso. Es exactamente el problema de la
literatura, el problema del arte. Mientras el arte y la literatura no le transmitan a los lectores, a los espectadores, un problema de la vida, un
problema de los seres humanos, será un fracaso completo”. Con estas ideas, García
Márquez mostró no sólo su oficio literario, su papel como periodista, su labor
como defensor de los Derechos Humanos, sino que fue más allá y exhibió su
propia carrera espacial, librada contra sí mismo y para sí mismo en favor de la
literatura.
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