14 de marzo de 2026

Entretelones de la amistad entre Osvaldo Soriano y Osvaldo Bayer

Osvaldo Soriano (1943-1997) no sólo brilló como creador de ficciones sino que también lo hizo como periodista. Primero, en sus crónicas "de cabotaje" como él mismo las definía, las de los tiempos de la revista "Panorama" y el diario "La Opinión", cuando a los demás periodistas los mandaban a lugares remotos del extranjero y a él se lo enviaba al interior del país, el patio de atrás lleno de anónimos antihéroes que rescató del olvido. Después, durante su exilio, en "Il Manifesto" de Italia, "Le Canard Enchainé" de Francia y en los artículos que la emblemática revista "Humor" se atrevió a publicar en la Argentina. Y, luego de su retorno al país, en "Página/12", diario que no sólo contribuyó a fundar y moldear sino que convirtió en su tribuna para develar, desde sus contratapas dominicales, todo aquello que se les iba quitando a los argentinos, desde la dignidad a la alegría, culpando a los sátrapas del gobierno, de la City financiera o del negocio del fútbol, la prensa o las editoriales.
Fue trabajando para la revista "Semana Gráfica" cuando tuvo la oportunidad de conocer a Osvaldo Bayer (1927-2018), el escritor y guionista cinematográfico autor, entre otros, de "Los anarquistas expropiadores y otros ensayos", "Rebeldía y esperanza", "La Patagonia rebelde" y "Severino Di Giovanni, el idealista de la violencia". En el prólogo a "En camino al paraíso", la obra que Bayer publicó en 1999, el propio Soriano lo cuanta así: "La primera vez que hablé con Osvaldo Bayer fue en 1970, por teléfono, y no fue una conversación simpática. Yo era redactor de 'Semana Gráfica', me habían pedido que escribiera un breve aniversario del fusilamiento del anarquista Severino Di Giovanni ocurrido en 1930. No encontré nada más natural que comprar el libro histórico de Bayer y tomar de allí todos los datos. Comodidad u osadía, la pagué cara: Bayer me llamó, se presentó y me dijo de todo. Al colgar me quedó de él una falsa imagen: la de un tipo intransigente y de pocas pulgas. Nada de eso: con el tiempo supe que con sus amigos y adversarios leales es uno de los hombres más tiernos y de mejor humor que tiene este país. En 1976 me lo encontré en la Feria del Libro de Frankfurt mientras Vargas Llosa hacía sus discursos en inglés. Había otros argentinos y muchos latinoamericanos exiliados. Le recordé el sofocón que me había hecho pasar, se echó a reír y fuimos a tomar un café para hablar de lo que pasaba en la Argentina y de qué se podía hacer desde afuera para dificultar el plan criminal de los militares. Hablamos también de nuestras carencias de expatriados y Bayer me preguntó si tenía plata como para ir tirando mientras conseguía algún trabajo. Le dije que no se preocupara, que ya saldría algo. Nos despedimos muy tarde y al día siguiente volví a Bruselas. Una semana después del encuentro con Osvaldo Bayer recibí una carta de Alemania. La abrí en seguida en busca de nuevas noticias, de algún plan de operaciones lejanas. En lugar de eso había un giro por una extraña suma: 1.527 marcos con cincuenta, o algo así. Con una esquela breve: 'Osvaldo: cobré un trabajo que me debían. Te mando la mitad. Un abrazo'. Y la firma de Bayer. No me mandaba un préstamo de amigo sino el auxilio de un anarquista fiel a su ideal: exactamente la mitad de lo que había cobrado. Sin explicaciones ni fecha de reintegro. Había encontrado a un tipo en apuros y compartía lo que tenía. Le escribí para agradecerle, pero me contestó hablando de otra cosa. Nunca, desde entonces, pude tocar el tema con él; se molestó la vez que intenté hacerlo y de algún modo me sugirió que de esas cosas no se habla".


Osvaldo Bayer rememoró aquella anécdota en el libro "Osvaldo Soriano. Un retrato", que el escritor y cineasta Eduardo Montes Bradley (1960) publicó en 2000: "Como toda buena amistad, a veces empieza con una gran pelea, con un gran altercado. Mi primer contacto con Osvaldo fue cuando leí una nota allá por el año '72. Creo que fue en 'Vea y Lea' donde apareció una nota sobre Severino Di Giovanni que me indignó. Entonces, llamé al periódico, pedí hablar con el director y el director puso pies en polvorosa -como se decía antes-, y me dijo: 'Te voy a dar con el redactor que escribió eso y aclarálo con él'. Apareció Osvaldo y le dije: '¿Usted es el redactor del artículo? Usted no sabe nada de nada, usted es un burro, usted es un ignorante. ¿Cómo va a escribir sobre alguien del cual no ha estudiado nada ni leído nada? Además está dando la versión policial'. 'Bueno, pero escúcheme', me dijo. 'No lo escucho nada -interrumpí-; además, usted es poco hombre'. La cosa fue subiendo de tono, yo fui subiendo de tono. Osvaldo trataba de explicarse en forma bastante educada. Pero, finalmente, lo mandé al diablo y colgué. Ese fue el inicio de una gran amistad que tuve con Osvaldo Soriano. La segunda vez que nos vimos fue en la Feria del libro de Frankfurt del año '75. Él se me presentó y me dijo: 'Yo soy Osvaldo Soriano, al que usted le gritó tanto por un artículo sobre Di Giovanni'. Lo dijo con una gran humildad. Para entonces, yo Osvaldo Bayer, ya me había olvidado del incidente, y a partir de ese momento realmente compartimos muchos momentos lindos de la vida".
Hay un par de nimias diferencias entre ambas versiones: el encuentro fue en 1976 para uno, en 1975 para el otro; la revista era "Semana Gráfica" para uno, "Vea y Lea" para el otro. Son sólo detalles insignificantes que no menoscaban el valor de la anécdota. La amistad entre ambos duró hasta la prematura muerte de Soriano, quien había definido a Bayer como "un hueso duro de roer". "Sin él -dijo Soriano de Bayer- sería más fácil olvidar".
Ambos escritores tuvieron que exiliarse entre 1975 y 1983 tras ser amenazados primero por la Alianza Anticomunista Argentina (Triple A) durante el último gobierno peronista y después por la dictadura militar del llamado Proceso de Reorganización Nacional. Soriano se exilió un tiempo en Bruselas, Bélgica, y luego en París, Francia. Bayer hizo lo propio en Linz am Rhein, Essen y principalmente en Berlín, Alemania. Durante los años que pasaron en el exilio ambos compartieron la angustia, la incertidumbre, la falta de noticias, los problemas de residencia, la dificultad para arreglárselas en los primeros tiempos. Se visitaron y se vieron infinidad de veces, pero sobre todo mantuvieron una correspondencia en la que compartían las vicisitudes cotidianas de vivir solos con una máquina de escribir en un país lejano.


El 16 de junio del ‘77, Soriano le avisó que lo visitaría en Essen: “Además de verte -le escribió-, de lo que tengo unas ganas bárbaras es de llevarme la máquina de escribir para darle a la tecla, porque tengo, ya te lo dije, una historia en marcha y los últimos días no he hecho un carajo. Como sé que vos sos un buen laburante, creo que eso me alentará al trabajo. En general es que tengo el sueño tan cambiado que casi me paso las noches en vela y apoliyo de mañana, lo que es en realidad un problema para los demás, porque la noche es mi mejor hora de trabajo”.
Cuando llegó, después de saludarse con afecto, Bayer le dijo jocosamente: “No me digas. ¿Así que sos contador de patos en Bruselas?”. “Fui a la municipalidad a pedir trabajo -le contestó Soriano- y me ofrecieron ser contador de patos y cisnes en los lagos de Bruselas. Es un laburo muy lindo. Son estas cosas de los europeos”, y le amplió el hecho con detalles socarrones mientras Bayer lo escuchaba con afecto. Para los dos, las bromas eran una manera de sobrellevar el dolor del exilio. Bayer lo contaría años después en “Las cartas del exilio”, un artículo que apareció en la edición del 28 de enero de 2007 de “Radar”, el suplemento literario del diario “Página/12”. “En las cartas de Soriano se puede medir el vivir diario, los problemas diarios. Todo en lenguaje argentino. El me escribe desde Bruselas, yo le contesto desde Essen, en la cuenca del Ruhr alemán. Luego me escribió desde París y yo le contesté desde Berlín”. A lo largo de la nota Bayer contó detalles de las cartas que se enviaron mutuamente después de sus encuentros en la Biblioteca Iberoamericana de Berlín en 1979, en un acto por los desaparecidos en la Argentina realizado en Sitges, España, en 1982, en el Festival de cine de Berlín en 1983, etc.
Entre otras anécdotas Bayer contó: “El 22 de marzo del ‘77, me escribe Soriano desde Bruselas: ‘Miro tu carta del 23 de diciembre y me parece penoso haber dejado pasar tres meses sin contestarte. Sí, parezco Perón, aunque ahora me agarra la duda de si te mandé el libro (aquí Soriano se refiere a ‘Triste, solitario y final’). Aunque creo que no. Me alegro que tus cosas vayan bien en lo que a trabajo se refiere. Yo, por mi parte, todavía estoy en pelotas y lo que me viene salvando hasta ahora son los pagos de anticipo por el libro; la editorial Fayard me tiró cinco mil francos (en realidad, cuatro, porque el fisco se quedó con mil), y con eso voy tirando; ahora estoy a punto de firmar con la editorial alemana Suhrkamp que, miserables, anticipan apenas mil marcos. De todas maneras, me será útil que el libro aparezca y no estoy en condiciones de negarme'. Después me describe cómo es su primera casa del exilio: ‘Me vine a vivir a una antigua casa burguesa del siglo pasado, llena de vitrales increíbles, en la que no pagamos nada, porque es de la iglesia y con un buen verso nos la dieron por lo menos para un año y medio si fuera necesario. Yo tengo la planta baja, que son dos piezas, una para el apoliyo y otra para escritorio, en una esquina, que las puse muy habitables: enfrente hay un parque con lago y la vista no es mala. Uno se olvida de vez en cuando que es Bruselas’”.
“Más adelante describe más el mal momento: ‘En verdad no sé cómo carajo voy a sobrevivir dentro de tres meses, pero supongo que dios proveerá como lo viene haciendo hasta ahora. La segunda novela (‘No habrá más penas ni olvido’) me la rechazaron en España con un procedimiento muy jodido, evidentemente con quilombos políticos, porque les había gustado y ya estaba aceptada y a último momento se echaron atrás. Te dejo por ahora -termina su carta Soriano-, haceme saber de vos y los tuyos, cómo anda el trabajo y cómo sobrellevás el trago amargo. Yo empecé a escribir una novela, aquella con Gardel de personaje; el primer capítulo creo que es de lo mejor que escribí, después no sé, porque no releí nada y además sale algo que no esperaba: especie de monólogo, sin diálogos y sin acción, pero bastante fuerte. Lo peor es que no tiene continuidad, como si cada capítulo fueran cuentos separados sobre el mismo tema. A lo mejor es así la cosa. Ya veremos; de todas maneras no es cosa de terminar de un día para el otro. Para peor no me dan papeles de residencia en Bélgica, con lo cual estoy siempre de eterno turista y con el culo a dos manos con la cana. Me dicen que pida refugio político. Pero vos sabés bien, no es fácil entregar el pasaporte y quedar en manos de un país del que te importa un carajo. Quizá sean pruritos, pero voy a agotar las posibilidades de trámites. Los belgas son más duros que la mierda para eso. Si en Alemania se hablara francés sería bárbaro. Pero los alemanes hablan esa cosa terrible. ¿Cómo es posible aprender a chamuyar en esa lengua?”.


Agregó Bayer más adelante: “Soriano pasará días muy tristes. Me escribirá en ese septiembre del ‘77: ‘He estado más deprimido que la mierda con este asunto de vivir en este agujero belga y trato de ver cómo voy a ir preparando una honrosa salida hacia cualquier parte más honorable que esto. De la Argentina no tengo noticias más que lo poco que da ‘Le Monde’, así que contame algo de lo que vas leyendo en los diarios’. Pero luego, la alegría del escritor: ‘Como verás, me compré una cinta para la máquina de escribir nueva. Estoy orgullosísimo’. Pero enseguida: ‘Escuchá esto: por la nota de Cortázar (17 carillas) los mexicanos me pagaron 26 dólares. Sí: VEINTISEIS. Casi se me cae la camiseta. Me dicen que México es buena plaza para laburar, pero está lleno de mexicanos, ése es el problema. De todas maneras, creo que al fin dentro de quizás un año aterrizaré en Barcelona’”.
“Ya en París, a Soriano le irá mejor. Me lo escribe con alegría: ‘No te hagas mala sangre, mi situación no es mala de ninguna manera en estos momentos: no tengo deudas y hasta traje un gato que morfa como un león. El tiempo de los lujos y pretensiones ya pasó. Me gustaría mucho verte. Lástima que estamos más lejos ahora. Pero alguna vez cuando tengas una semanita desocupada te iré a visitar’. El 6 de diciembre del ‘78 me anuncia con alegría que acaba de terminar ‘Cuarteles de invierno’. ‘Me falta el laburo de corrección -me escribe-, para mí el problema mayor es pasar en limpio la novela. Lo hice una vez y me dejó de catrera, no sirvo para leerme a mí mismo. Cuando tenga fotocopias te las haré llegar para saber qué pensás’. Lo leí y me gustó mucho. Para mí, ‘Cuarteles de invierno’ y ‘Triste, solitario y final’ son sus mejores libros”.
Hacia fines de 1983 ambos escritores pudieron regresar a la Argentina. Se reunieron en el tradicional bar de Buenos Aires “Los 36 Billares” y, si bien estaban contentos, también recordaron con dolor a sus amigos, los escritores y periodistas Haroldo Conti (1925-1976), Rodolfo Walsh (1927-1977) y Francisco “Paco” Urondo (1930-1976), todos secuestrados y desaparecidos durante la dictadura militar. “Lo que principalmente nos unía a quienes vivimos exiliados durante la época de la dictadura -contó años después Bayer- era la lucha por los desaparecidos. Cuando nosotros recibíamos la información la difundíamos con todos los medios que teníamos a nuestro alcance para que al menos donde nosotros estábamos se supiera la verdad. El paso del tiempo me convenció de que nosotros contribuimos mucho a esclarecer lo que aquí estaba ocurriendo”.
Soriano y Bayer compartieron una profunda tristeza por el exilio al que habían sido condenados. Eran amigos entrañables y no ahorraron elogios hacia el otro en declaraciones públicas. Bayer definió a Soriano como “un escritor del pueblo que siempre entendió a los de abajo”, y Soriano consideró a Bayer “un modelo de investigador serio y periodista valiente”.

12 de marzo de 2026

Concomitancias entre Leopoldo Marechal y Julio Cortázar

Leopoldo Marechal (1900-1970), fue un poeta, dramaturgo y novelista argentino de profundas convicciones estéticas y políticas. De su obra poética se destacan "Los aguiluchos" (1922), "Días como flechas" (1926), "Odas para el hombre y la mujer" (1929), "Laberinto de amor" (1936), "Cinco poemas australes" (1937), "Descenso y ascenso del alma por la belleza" (1939), "El centauro" (1940), "Autopsia de Creso" (1965) y "Heptámeron" (1966). También escribió obras de teatro donde trató mitos clásicos en clave moderna: "Antígona Vélez" (1951) y "Las tres caras de Venus" (1966). En cuanto a su novelística, ésta se compone de "Adán Buenosayres" (1948), "El banquete de Severo Arcángelo" (1965) y "Megafón o la guerra" (1970). Además, publicó varios libros de cuentos, entre ellos “El rey Vinagre”, “Narración con espía obligado” y “Autobiografía de Sátiro”.
Sin duda alguna, su obra más singular es la extensa novela "Adán Buenosayres", cuya trama transcurre durante tres días en una Buenos Aires cotidiana que se convierte en un infierno, donde se encuentran influencias de Dante Alighieri (1265-1321) y James Joyce (1882-1941). El uso combinado del habla callejera, las figuras clásicas y la poética de vanguardia le dieron a la novela un perfil muy particular. En 1948, cuando publicó "Adán Buenosayres" -novela que Marechal elaboró durante diecisiete años-, la crítica literaria, en general, guardó silencio. Eduardo González Lanuza (1900-1984), un químico industrial español radicado en la Argentina, a quien la revista "Sur" y el diario "La Nación" le otorgaron categoría de poeta y crítico literario, peyorativamente calificó al autor de "funcionario del régimen" (haciendo referencia a las simpatías del autor por el peronismo), y el ensayista argentino Enrique Anderson Imbert (1910-2000), en su "Historia de la literatura hispanoamericana" publicada en 1954, sentenció que la novela era un "bodrio con fealdades y aun obscenidades". El mismo ensayista fue quien -en su momento- pronosticó un "oscuro futuro" para la obra de Jorge Luis Borges (1899-1986)...


Pero, entre el mutismo de algunos y el desdén de otros, se escuchó la voz de un casi desconocido escritor de treinta y cuatro años, que apenas había publicado un librito de sonetos y una obra de teatro: se llamaba Julio Cortázar (1914-1984) y no era peronista, sino más bien, todo lo contrario. Cortázar escribió en la revista "Realidad" (nº 14, marzo/abril de 1949): "La aparición de este libro me parece un acontecimiento extraordinario en las letras argentinas, y su diversa desmesura un signo merecedor de atención y expectativa. Se tiene constantemente la impresión de que el autor, apoyando un compás en la página en blanco, lo hace girar de manera tan desacompasada que el resultado es un dibujo de paranoico, una guarda griega o un ocho de tango canyengue". Y finalizó el comentario: "Tal como lo veo, ‘Adán Buenosayres’ constituye un momento importante en nuestras desconcertadas letras. Para Marechal quizá sea un arribo y una suma; a los más jóvenes toca ver si actúa como fuerza viva, como enérgico empujón hacia lo de veras nuestro. Estoy entre los que creen esto último, y se obligan a no desconocerlo".
Marechal le escribió a Cortázar en 1965 y le agradeció aquel gesto de antaño. “Mi estimado amigo -escribió- le envío estas líneas, que confieso extrañamente ‘demoradas’, ya que debí escribírselas hace mucho, cuando usted, mostrando una generosidad intelectual y un coraje viril que no abundan en estas latitudes, publicó las primeras palabras bondadosas que recibió ‘Adán Buensoayres’. Pero no le escribo para manifestarle mi gratitud retrospectiva sino para referirme a ‘Rayuela’. Esta obra suya viene a exteriorizar lo que ya estaba como ‘presentido’ en sus anteriores trabajos. A mi entender, ‘Rayuela’ y ‘Sobre héroes y tumbas’ de Ernesto Sabato son los dos monumentos de nuestra narrativa que se yerguen, insólitos y ariscos entre las pequeñeces que dejó ese género literario en nuestra última década. No hace mucho, le decía yo a Sabato cómo nuestros fundadores (Sarmiento, Hernández, Mansilla o Mitre) iniciaron una literatura ‘seria’ con toda la voz que tenían y sin complejo alguno de inferioridad, y cómo esa literatura declinó más tarde en la ‘literaturita’ que hoy se nos da como expresión del ser argentino. Usted, amigo Cortázar, ha reanudado con su obra esa línea de espontaneidad en lo grande. Y conste que no pretendo una grande Argentina levantada frente a una pequeña Argentina que se dé como segundo término de un binomio en oposición, sino una Argentina de ‘tamaño natural’, que responda siempre a las virtualidades de nuestra raza, sin omisiones ni retaceos. Estimado amigo, retirado como estoy de la vida literaria local, tengo informaciones muy vagas de la acogida que su libro tuvo en nuestros medios. Pero la experiencia me hace adivinar y definir así las proporciones de su crítica: un tercio la de los justos, un tercio la de los despistados, y un tercio la de los malignos. ¿Y qué importa? Yo sé decirle, amigo Cortázar, que hoy día sólo me visitan los jóvenes (en su mayoría universitarios de todo el país) y que todos ellos lo han leído a usted, lo admiran y lo quieren. ¡Qué recompensa! Créame. Su afectísimo, viejo y lejano amigo (lo de lejano lo digo por la geografía, pues en el orden intelectual el
Espacio no existe)”.
Desde París, el autor de "Rayuela" -que ya era famoso y seguía siendo antiperonista- le reiteró su admiración: "Perdóneme el que le escriba a máquina, pero la verdad es que pierdo toda espontaneidad tan pronto como tengo la pluma entre los dedos. Como mis cartas son siempre 'en borrador', me siento mucho más cómodo escribiendo a toda velocidad lo que me pasa por la cabeza. Perdóneme también que le conteste con retraso, pero he andado viajando y sólo ahora tengo un poco de tranquilidad para pensar en los amigos. Gracias por su mensaje tan cordial. Creo que tiene razón, porque lamenta haber tardado tantos años en enviarme unas líneas; yo lo lamenté profundamente en la época en que usted publicó ‘Adán Buenosayres’, pero también pensé que usted tendría sus razones para no decirme lo que me dice ahora. Por otra parte, ¿qué importa el tiempo? Lo único bueno es recibir en cualquier momento de la vida una carta como la suya, y pensar que valía la pena haber roto una lanza en su día por una obra admirable. Me alegra de verdad que ‘Rayuela’ signifique algo para usted, porque para mí, es la prueba de que esa tentativa ha cuajado, por lo menos parcialmente. Poco o nada me importa el juicio crítico a dos o tres columnas, sea favorable o negativo; algunas cartas de gente joven, algunos testimonios inesperados y conmovedores, y ahora esta carta suya, me pagan con creces un trabajo de años. Pienso que usted lo comprenderá muy bien, porque nos marcó un gran rumbo con su ‘Adán...’ y porque sin duda pasó por experiencias análogas. Me divierte pensar que Horacio Oliveira se ha juntado alguna noche con el grupo de porteños que vagan por los suburbios, y que lo han recibido como a un amigo. Me divierte y me conmueve imaginármelo junto a ellos asistiendo al glorioso encuentro del taita Flores con el malevo Di Pasquo, saboreando hasta las lágrimas el zapatillazo del pesado Rivera en la cabeza de Samuel Tesler. No cualquiera, creo, tiene entrada al velorio del pisador de barro. Yo agradezco por Horacio, y miro por sobre su hombro. Hasta siempre, Marechal, con un gran abrazo de su amigo, Julio Cortázar".


Javier de Navascués (1964), catedrático de Literatura Hispanoamericana y director del Departamento de Filología de la Universidad de Navarra, es autor de ensayos como “El esperpento controlado. La narrativa de Adolfo Bioy Casares”, “Alpargatas contra libros. El escritor y las masas en el peronismo clásico”, “Sobre novela argentina: ‘Rayuela’ y ‘Adán Buenosayres’” y “‘Adán Buenosayres’: una novela total”. En este último opinó que “una obra como ‘Adán Buenosayres’ presenta cantidad de referencias filosóficas, literarias y bíblicas, tantas claves referidas al contexto de época y tanto espesor simbólico. Tanto ‘Rayuela’ como ‘Adán Buenosayres’ se construyen a partir de la búsqueda de un paraíso, de modo que sus protagonistas deambulan por las calles de Buenos Aires o París tanteando una salida existencial a su desconcierto”.
Para la ensayista argentina Beatriz Sarlo (1942-2024)), existían vínculos notorios entre las obras de Cortázar y Marechal. En 1985, en una de las clases sobre literatura argentina que impartió en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, expresó: "‘Rayuela’ es una novela experimental que se conecta con las vanguardias europeas especialmente. Con ‘Adán Buenosayres’, esa obra gigantesca de Marechal, donde hay un poco de todo, desde la ‘Vida nueva’ de Dante Alighieri hasta la parodia de las vanguardias de 1920 de las que había formado parte Borges, ‘Rayuela’ tiene parentescos evidentes. Como Marechal, Cortázar está comprometido en dos búsquedas: la primera, que en Marechal es religiosa, en Cortázar es metafísica; la segunda es, en ambos, una hipótesis sobre el agotamiento de la forma novela y las salidas de una encrucijada dominada por las convenciones de la representación realista”.
En junio de 2006, la periodista cultural y crítica literaria Verónica Abdala (1973) publicó en el suplemento “Radar” del diario “Página/12” el artículo “El hombre al que mataron en vida” donde, entre otras anécdotas, contó: “Para Abelardo Castillo, Marechal es un grande sin discusiones porque ‘hay en su obra rasgos de una sensibilidad típicamente argentina, que alcanza en Adán Buenosayres sus momentos verbales más altos. Por ejemplo, la constante alternancia entre lo patético y lo cómico, el viraje de uno a otro tono, y su destreza para colar en la cotidianidad pedestre los grandes mitos. Para Sabato, Marechal ‘pasará a la historia de la lengua castellana como insigne hito de la poética y la narrativa. A ese monumento que le tiene reservado el tiempo no se le pueden arrojar bombas de alquitrán, y será invulnerable al insulto, la ironía, la envidia y el silencio: esos premios que con harta frecuencia los hombres de letras de nuestro país confieren a los que deberían honrar’. Hoy nadie se atreve a cuestionar la importancia para las letras argentinas de este poeta, narrador, dramaturgo y ensayista. Sin embargo, eso no estaba tan claro en el momento de la publicación de su obra cumbre, ‘Adán Buenosayres’, ni durante las dos décadas posteriores. Cuando, en 1948, Marechal publicó ésa, su primera novela, Julio Cortázar escribió: ‘La aparición de este libro me parece un acontecimiento extraordinario en las letras argentinas y su diversa desmesura, un signo merecedor de atención y expectativa’. El colombiano y Premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez escribiría tiempo después que se trata de ‘una de las obras esenciales de la novelística moderna de habla hispana’. La novela, de claro tono metafísico, gira en torno de las desopilantes peripecias que protagonizan Adán y sus amigos en un Buenos Aires siempre sorprendente. Marechal decía que había intentado ‘construir una historia a partir de los cánones de la epopeya tradicional’, intentando que ‘bajo las apariencias de sus conflictos, se manifestase una realización espiritual o una experiencia metafísica de sus héroes’. Sin embargo, la actitud de Cortázar y García Márquez no es del todo representativa de la postura de numerosos colegas y críticos, que ningunearon o ignoraron a Marechal porque no le perdonaban su militancia política”.
Por su parte el historiador argentino Felipe Pigna (1959) publicó el 25 de octubre de 2021 en “Viva”, el suplemento dominical del diario “Clarín”, el artículo “La mágica narrativa de Marechal que cautivó a Julio Cortázar”, en el cual contó algunas vicisitudes de la vida del autor de “Adán Buenosayres”. “Su primera inclinación fue la poesía y nos regaló allá por 1926 su notable ‘Días como flechas’. Tiempo después viajaría a París donde tendría ocasión de frecuentar ambientes intelectuales y bohemios, conectar con las vanguardias culturales y conocer, entre otras personalidades, a Picasso y trabar amistad con Héctor Basaldúa, Antonio Berni y Raquel Forner. A fines de 1929, mientras en Wall Street se desataba una crisis que sumiría al mundo en la miseria y la desesperanza, en alguna mesa de aquellos célebres cafés parisinos, comenzó a escribir ‘Adán Buenosayres’, que recién publicaría en 1948. El ‘Adán’ es una obra cumbre de la literatura argentina muy poco reconocida por los ‘académicos’ y valorado en soledad en su momento por el joven Julio Cortázar quien, además, años más tarde reconocería la enorme influencia de la mágica narrativa de Marechal en su ‘Rayuela’. Su temprana adhesión al peronismo le granjeó la enemistad de Borges y no pocos intelectuales, y el ser excluido de los círculos áulicos y de los suplementos literarios. Su militancia lo llevó a ocupar la dirección General de Cultura y luego la de Enseñanza Artística. Allí promovió el acceso de los sectores populares a todas las manifestaciones artísticas, sin dejar de producir obras como ‘Antígona Vélez’, estrenada en 1951. Al producirse en 1955 el derrocamiento de Perón, fue desplazado de sus cargos y perseguido. Vuelve a la carga a mediados de los ‘60 con ‘El banquete de Severo Arcángelo’, una novela extraordinaria, cargada de humor surrealista, símbolos bíblicos y críticas al capitalismo inhumano. En su obra póstuma ‘Megafón o la guerra’, de imprescindible lectura, elige llamarse como muchos aún lo recuerdan, como “el poeta depuesto”.


Pero la sintonía entre “Adán Buenosayres” y “Rayuela” no fue la única. Hubo más correlaciones entre Cortázar y Marechal. Enfrentados -sólo en apariencias- políticamente, ambos autores sin embargo tuvieron otras afinidades. En "Los premios" de 1960, la primera novela de Cortázar y "El banquete de Severo Arcángelo” de 1965, la segunda novela de Marechal, se dio el cruce de las coincidencias con las divergencias entre ellos. El lazo que unió la trayectoria de estos dos escritores, en muchos aspectos disímiles, pasó por un elemento que ambos tenían en común: el humor. Si bien el humor apareció identificado con una particular manera de trabajar el lenguaje, también actuó como vía para hacer entrar la política en el texto literario.
En 2016, el nº 1 del vol. 4 de la revista “Creación Artística e Investigación Literaria” que edita la Universidad Complutense de Madrid, Ana Davis (1986), Doctora por la Universidad de Sevilla con la tesis “La nación refundada a través de la vanguardia. ‘Adán Buenosayres’ en el campo literario argentino”, publicó un artículo titulado “Dos novelas elípticas: ‘Los premios’ de J. Cortázar y ‘El banquete de Severo Arcángelo’ de L. Marechal”. Allí manifestó: “Ambas obras despliegan una trama similar: un grupo de personajes es convocado para asistir a un viaje (en ‘Los premios’) y a un banquete (en ‘El banquete de Severo Arcángelo’), acontecimientos rodeados de misteriosas situaciones afines. Su mensaje final es también comparable, ya que ninguno de los dos sucesos se lleva a cabo, dando como resultado una postura antitemática y una conclusión nihilista, cuyas connotaciones metafóricas hacen referencia a la vida del hombre moderno, perdido en un mundo ilógico y absurdo”.
Como quiera que sea, vale recordar el texto que Cortázar publicó en la revista “Realidad” de marzo/abril de 1949: “Hacer buena prosa de un buen relato es empresa no infrecuente entre nosotros; hacer ciertos relatos con la prosa de Marechal era prueba mayor. Lo que Marechal ha logrado es la aportación idiomática más importante que conozcan nuestras letras”.