7 de junio de 2026

La Orden de los Nuevos Templarios: el huevo de la serpiente

La ambición por el poder tiene a sus mayores representantes en el mundo de la política, donde muchos individuos se han sometido a las leyes de diversas sociedades secretas con el objeto de alcanzar sus objetivos. Es una vieja historia que se repite con cierta continuidad e involucra a ciertos cultos que ofrecen a sus miembros el sentimiento gratificante de superioridad sobre los demás. En este plano se inscribe la sociedad secreta Ordo Novi Templi (Los Nuevos Templarios), fundada en Austria el 25 de diciembre de 1907 por el ex monje cisterciense Adolf Lanz (1874-1954).
Lanz fue muy religioso durante su juventud cuando tuvo su experiencia como monje cristiano en la Ordo Cisterciensis (Orden del Císter), una orden religiosa fundada en 1098 por Robert de Molesme (1029-1111) en la abadía francesa de Cíteaux (la antigua ciudad romana de Cistercium, próxima a Dijón). Durante ese tiempo, Jörg Lanz Von Liebenfels -como se hacía llamar- realizó investigaciones sobre textos gnósticos y apócrifos. Cuando renunció a sus votos en 1899, continuó con la elaboración de una teoría teológica en la cual el mal era atribuido a las razas no arias y el bien a la pureza de los rasgos raciales arios. Según esta teoría, en el origen de la humanidad existieron dos razas absolutamente diferenciadas y ajenas la una de la otra. Por una parte, los “hijos de los dioses” y por otra los “hijos de los hombres”. A la primera pertenecían los arios, dotados de una espiritualidad pura; en cambio, las otras razas procedían de la evolución biológica de los animales.
Así, Lanz intentó explicar la expulsión del “paraíso terrenal” como producto de la unión sexual de unos (Adán) con otros (Eva). A raíz de esto, la raza aria habría degenerado en el mestizaje, perdiendo sus facultades divinas, el orden superior y ciertas capacidades paranormales como la clarividencia y la telepatía, entre otras. Ese proceso de mezcla racial limitó esas cualidades a unos pocos descendientes de arios, de modo que recuperar la pureza racial aria equivalía a recuperar el carácter espiritual de los primeros arios. Cuando Lanz se abocó a la creación de la Orden de los Nuevos Templarios impuso requisitos muy severos para quienes quisieran ingresar. Estos debían pertenecer a la raza aria, ser rubios, de piel clara y ojos grises o azules. Si además su nariz era aguileña y estrecha, y sus miembros delicados, mucho mejor para los fines de la sociedad.


El nombre de esta sociedad tuvo su antecedente en otra secta de características diferentes, esta sí muy poderosa, que surgió en durante el siglo XI en plena época de las Cruzadas. La sociedad de los Templarios nació con el fin de proteger a los peregrinos hacia Tierra Santa, pero con el tiempo se transformó en una orden de caballeros que bajo el mando de su primer Gran Maestre Hugues de Payns (1070-1136), combatió a los sarracenos. Tras el éxito inicial, el número de templarios aumentó y De Payns decidió constituir una orden religiosa. El primer donativo importante fue realizado por el rey de Jerusalén Balduino II (1079-1131), quien les permitió utilizar una parte del palacio real.
Más tarde, Bernando de Claraval (1090-1153) de la orden Cisterciense, le escribió a De Payns: “Ruego la cooperación de los Templarios con objeto de rehabilitar a los hombres impíos y empedernidos, ladrones y sacrílegos, asesinos, perjuros y adúlteros”. Esto bastó para que la secta buscase su reconocimiento en el Concilio de Troyes (1128), convocado por el papa Honorio II cuyo nombre secular era Lamberto Scannabecchi (1060-1130). Bajo la vigilancia de Claraval se estableció un ritual muy complejo que distinguía a la orden de cualquier otra sociedad secreta. Protegidos por los poderosos de la época, los templarios prosperaron económicamente, recibiendo tierras, granjas, pueblos y castillos. La máxima distinción les fue conferida por el papado, que los autorizó a mantener sus propios templos y su propio clero. Si alguien se atrevía a perseguir a un templario, podía ser excomulgado, de manera que el poder de la secta aumentó amparado por la religión católica.


Las actividades de los Templarios fueron celebradas en toda Europa, al combatir en numerosas batallas que fueron decisivas para la victoria de la segunda Cruzada (1146-1150). Los templarios -inmersos en la política de su tiempo- provocaron ellos mismos algunas guerras con el fin de sostener su estrategia. Su lema era: “Non nobis, Domine, non nobis, sed nomine tuo da gloriam” (No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a Ti sea dada toda la gloria). No obstante, aunque muchos lo creyeran así, el éxito de la Orden no se debió a su genio político, sino más bien a las habilidades financieras de sus integrantes. Estos se habían hecho inmensamente ricos con los donativos y utilizaban sus fondos en la concesión de préstamos usurarios y la práctica de diversos negocios.
Todo ello terminó el viernes 13 de octubre de 1307, cuando el rey de Francia Felipe IV el Hermoso (1268-1314) -uno de sus enemigos más encarnizados- mandó apresar a los templarios. Esa noche cayeron más de quince mil caballeros en el continente europeo, acusados de perversiones sexuales, cultos satánicos y blasfemias. La Inquisición no perdió el tiempo e hizo “confesar” a muchos de ellos sus supuestos delitos. Tres años después se inició el proceso público en Vienne, Francia, y sesenta y siete templarios fueron quemados por herejes, luego de negar sus anteriores declaraciones. El resultado final fue que el papa Clemente V, cuyo nombre secular era Bertrand de Got (1264-1314), expidió una bula ordenando la disolución de la orden en 1312.
Los que habían confesado quedaron en libertad; los que no lo hicieron fueron castigados con prisión perpetua. El último Gran Maestre, Jacques Bernard de Molay (1240-1314) declaró en París: “Confieso que en verdad soy culpable de la mayor infamia. Pero la infamia es que he mentido... admitiendo los cargos repugnantes presentados contra mi orden. Por tanto, declaro que la Orden es inocente. Su pureza y santidad nunca han sido mancilladas. En el tribunal, yo había declarado de otra manera; pero lo hice por temor a las terribles torturas... Se me ofreció la vida, pero a cambio de la perfidia. A este precio la vida no merece vivirse”. El 19 de marzo de 1314 Molay y su camarada, el Preceptor de Normandía, Geoffroy de Charnay (1251-1314) fueron enviados a la hoguera. La multitud congregada sintió escalofrió cuando Molay gritó al rey y al papa: “¡Os convoco al tribunal de los Cielos antes de que termine el año, para que recibáis vuestro justo castigo, malditos!”. Probablemente, todo fue una terrible coincidencia, pero Clemente V murió un mes después y Felipe IV lo siguió a la tumba en noviembre de ese mismo año.


A comienzos del siglo XX, la Orden de los Nuevos Templarios fundada por Lanz tenía varios enemigos, entre ellos el socialismo, la democracia y el feminismo. Entre sus seguidores más notorios estaban Adolf Hitler (1889-1945) y Johann Dietrich Eckart (1868-1923), futuros baluartes del nazismo. En 1913 Lanz publicó en su revista “Ostara” (de la cual Hitler era lector) el artículo “Der Heilige Gral des mysteriums der arisch-christlichen rassenreligion” (El Santo Grial del misterio de la religión racial ario-cristiana). En él afirmó que “la leyenda del Grial es una representación del culto a la pureza racial de los antiguos caballeros templarios” y que “el Grial es el Dios-hombre llevado y mantenido por la mujer casta de clase superior”. Hay versiones que indican que el mito del origen bestial de las razas habría sido incluido por Hitler en la primera edición de su libro “Mein kampf” (Mi lucha). La teoría de Lanz incluía también el tema del “tercer ojo”, divulgado por el naturalista y arqueólogo alemán Wilhelm Bölsche (1861-1939) en su obra “Vom bazillus zum affenmenschen” (Del bacilo a los hombres-mono, 1900) en donde hacía mención de los misteriosos rayos N, que supuestamente habían sido descubiertos en 1903 por el francés Prosper René Blondlot (1849-1930).
Los arios primitivos de Lanz poseían órganos sensoriales que les permitían emitir rayos N y recibir señales eléctricas. A raíz de la degeneración racial, estos órganos se habían atrofiado, reduciéndose a la pituitaria y la glándula pineal.
Proféticamente, Lanz anunció: “No pasará mucho tiempo antes que surja un nuevo sacerdocio en la tierra del electrón y el Santo Grial”. Para impulsarlo, en 1905 aportó algunas ideas: maternidades estatales para madres arias solteras, educación de mujeres elegidas y poligamia de las elites para asegurar la pureza de la raza aria. Además, propuso medidas a tomar con las “razas inferiores”: esterilización, esclavitud, uso como bestias de carga, deportación a Madagascar e incineración como sacrificio al dios pagano Wotan. Treinta años más tarde Heinrich Himmler (1900-1945), Comandante en Jefe de los Escuadrones de Protección Schutzstaffel (SS), tomó bastante al pie de la letra estas recomendaciones.


El nexo entre la Orden de los Nuevos Templarios y el nazismo fue Rudolf von Sebottendorf, el alias que utilizaba el alquimista, numerólogo y astrólogo Adam Alfred Glauer (1875-1945), fundador de la Thule Gesellschaft (Sociedad Thule), una organización político-esotérica precursora del NSDAP, Nationalsozialistischen Deutschen Arbeiterpartei (Partido Nacional Socialista Alemán de los Trabajadores). Admirador de Lanz, von Sebottendorf se identificaba con la cruz esvástica y situaba el origen de la raza aria en un continente perdido, la escandinava isla de Thule. Sebottendorf y Eckhart participaron -junto con el cabo Hitler- en operaciones militares contra los espartaquistas en Munich y en el asesinato del dirigente socialista Kurt Eisner (1867-1919).
También fue templario el vienés Karl Maria Wiligut (1866-1946), mano derecha de Himmler y activo participante en los campos de exterminio nazis. En 1933, Wiligut cambió su apellido por el de Weisthor y creó para las SS un ritual disciplinario inspirado en las órdenes guerreras medievales y las leyendas del Grial y la Mesa Redonda. Asimismo, proyectó la construcción del castillo de Wewelsburg, con la idea de convertirlo en la Santa Sede de las SS y polo mágico para la conquista del mundo. Weisthor también se dedicó a reescribir toda la historia conocida, fraguando pruebas arqueológicas e intentando probar la superioridad de la raza aria mediante la utilización de una hipotética “ciencia racial” desarrollada por los antropólogos Lucian Scherman (1864-1946), Ludwig Woltmann (1871-1907) y Hans Günther (1891-1968).
Si bien la creencia en el esoterismo era frecuente en los círculos de poder nazis, el mismo Hitler -ya en el poder- limitó la actividad de los Nuevos Templarios al considerar que su intención era lograr el monopolio de las fuerzas ocultas. Para el Führer, “la ciencia pura y aplicada es un logro casi exclusivamente ario”. Sólo “cuando el conocimiento recobra el carácter de secreto, de conocimiento para iniciados, y deja de ser accesible para todos y para cualquiera, cumple de nuevo su función normal, que es proporcionar los medios y el poder de controlar la naturaleza humana y no humana”.
Cuarenta años después del fin de la Segunda Guerra Mundial, en 1985 el historiador británico Nicholas Goodrick Clarke (1953-2012) publicó “The occult roots of nazism” (Las oscuras raíces del nazismo), ensayo en el cual escribió sobre el ocultismo y detalló las conexiones entre el nazismo y el esoterismo en Alemania y Austria entre 1880 y 1945. Ya en 1960 los escritores franceses Jacques Bergier (1912-1978) y Louis Pauwels (1920-1997) habían escrito en colaboración “Le matin des magiciens” (El retorno de los brujos), obra en la que, además de tratar temas por entonces novedosos como los fenómenos parapsicológicos, hablaron del esoterismo y su conexión con el nazismo.
Uno de los ejemplos más elocuentes del nexo entre los neotemplarios -tal como se los conoce hoy en día- y el nacionalsocialismo (nazismo) ha sido el escritor chileno Miguel Serrano (1917-2009), un fervoroso defensor en los años ‘70 y ‘80 del siglo pasado del supremacismo blanco, promotor del neonazismo en Chile y negacionista tanto del Holocausto como de las violaciones a los derechos humanos cometidas durante la dictadura del general Augusto Pinochet (1915-2006) que se inició en ese país el 11 de septiembre de 1973 tras el derrocamiento del presidente Salvador Allende (1908-1973), quien había sido elegido democráticamente en noviembre de 1970.


Gran exponente del hitlerismo esotérico, en obras como “El cordón dorado. Hitlerismo esotérico” y “Nacionalsocialismo, única solución para los Pueblos de América del Sur” sostuvo que Hitler era la encarnación de una divinidad, un salvador y guía de la raza aria, y agrupó a los templarios junto a otros grupos surgidos a fines del siglo pasado a los que adjudicó una superioridad espiritual y heroica. También afirmó que toda la civilización americana fue producto de la única “raza auténtica”, la del “hombre blanco”, ya que los negros, los amarillos y los rojos, sólo eran hombres animales y esclavos nacidos en la mítica isla Atlántida mencionada por el filósofo griego Platón de Atenas (427-347 a.C.) en algunos de sus famosos “Diálogos”. E incluso aseguró que “el hitlerismo resurge imparable y el futuro será, más que un sistema político, una religión”.
En 1981 el Vaticano, por entonces gobernado por el Papa Juan Pablo II -Karol Wojtyła (1920-2005)-, confeccionó una lista de cerca de medio millar de organizaciones que se declaraban sucesoras de los templarios. Y en 2006 se publicó en el diario británico “Daily Telegraph” una solicitada en la que se le pedía al Papa Benedicto XVI -Joseph Ratzinger (1927-2022)- que “restaure la Orden con los deberes, derechos y privilegios para el siglo XXI y los venideros”. En la misma se alentaba a “los grupos templarios y los compañeros de armas de todo el mundo” a ponerse en contacto con la Orden para organizar “a su debido tiempo” una reunión con el fin de renovar esa sociedad esotérica.
Hoy en día aún existen diseminados por el mundo discípulos de la Orden de los Nuevos Templarios, los neotemplarios, organizados en diversas hermandades y organizaciones. Su tradicional racismo ha prevalecido menos que su afición por el esoterismo, pero sigue siendo amparada por la opulencia y la desinhibición del moderno capitalismo. No son pocos los historiadores que desde hace bastante tiempo vienen estudiando la fascinación que ejercen estas organizaciones sobre la extrema derecha contemporánea.

19 de mayo de 2026

Karpov-Korchnoi: guerra fría en Baguio

En la década de los ´70, el campeonato mundial de ajedrez era todavía un acontecimiento que se celebraba cada tres años, organizado por la FIDE (Fédération International Des Echecs), la Federación Mundial de Ajedrez. En 1972, Robert "Bobby" Fischer (1943-2008) apareció en los titulares de los diarios de todo el mundo cuando derrotó al entonces campeón, el ruso Boris Spassky (1937-2025). Fischer había logrado romper el monopolio soviético del mundo del ajedrez y al hacerlo, conquistó el interés de muchos millones de personas que, con anterioridad, no habían mostrado inclinación por el juego. Pero algo sucedió con Bobby Fischer y el Campeonato Mundial desde ese momento.
Según las reglas de la FIDE, Fischer tenía la obligación de defender su título tres años después, esto es, en 1975. Su contrincante iba a ser un aguerrido y emprendedor ruso llamado Anatoly Karpov (1951), quien, inesperadamente, había barrido toda oposición (incluyendo la de Spassky) en una reñida serie de torneos de calificación y de partidas, hasta convertirse en el contrincante oficial para el título. Pero, claro está, Fischer como norteamericano y Karpov como soviético -con lo que eso implicaba en los años de la Guerra Fría- empezaron a discutir sobre los términos y condiciones del próximo match. Los soviéticos negociaron hábilmente en nombre de Karpov, mientras que Fischer planteó sus exigencias -inaceptables para la reglamentación de entonces- de un modo mucho más terminante. La FIDE tuvo que arbitrar en el conflicto y decidió en contra de Fischer, despojándolo del título por incomparecencia. De este modo, Anatoly Karpov, un joven de aspecto delicado y modesto procedente de Zlatoust, una pequeña ciudad de los Urales, llegó a convertirse en campeón mundial con apenas veinticuatro años de edad y sin necesidad de tener que mover un sólo peón.
Suceder a Bobby Fischer, incuestionablemente uno de los jugadores más magnéticos de todos los tiempos, podría haber sido considerado como una perspectiva bastante desalentadora, pero Karpov demostró hallarse a la altura de la tarea. La historia había demostrado que los campeones mundiales raramente competían en grandes torneos durante sus reinados, prefiriendo descansar en sus laureles hasta que se les presentase el siguiente match por el Campeonato Mundial. Pero no fue así con Karpov. Decidido a demostrar que no era un simple campeón de papel, jugó con gran frecuencia en los grandes acontecimientos internacionales consiguiendo resultados fenomenales. Alcanzó el primer puesto prácticamente en todos los torneos donde jugó, y de sus centenares de partidas contra los mejores jugadores del mundo, sólo perdió unas pocas.
Los estudiosos del ajedrez que predijeron que Fischer podría aniquilar fácilmente a Karpov, empezaron a tragarse sus palabras. Los rusos se encontraban, una vez más, al frente del ajedrez mundial, con Karpov a la cabeza. 
Antes lo habían sido Mijaíl Botvínnik (1911-1995) entre 1948 y 1957, entre 1958 y 1960, y entre 1961 y 1963; Mijaíl Tal (1936-1992) entre 1960 y 1961; Tigrán Petrosián (1929-1984) entre 1963 y 1969; y el citado Boris Spassky entre 1969 y 1972.
En 1974, cuando Karpov estaba luchando por el derecho a ser el aspirante al Campeonato Mundial, le había ganado a Spassky con cierta facilidad y aún tenía que ganar un último match. Su contrincante era Viktor Korchnoi (1931-2016), otro ruso. Korchnoi no era ningún recién llegado al mundo del ajedrez. Había sido un importante gran maestro durante unos veinte años, pero nunca había llegado a las máximas alturas. A la edad de cuarenta y tres años, se consideraba que aquélla era su última oportunidad para ganar al Campeonato Mundial. Korchnoi quería jugar en su ciudad natal de Leningrado, pero el match se llevó a cabo en Moscú, a un total de veinticuatro partidas. Después de una durísima y prolongada contienda, Karpov se alzó victorioso con el margen más estrecho posible: 12,5 a 11,5.
Korchnoi no se sintió feliz con el resultado. Creía que las autoridades soviéticas habían favorecido injustamente a su rival. Por ejemplo, Karpov dispuso de una gran cantidad de grandes maestros para ayudarle en su preparación y análisis, mientras que Korchnoi experimentó grandes dificultades para encontrar a alguien dispuesto a hacerlo. Parece no haber dudas en cuanto a que los soviéticos deseaban que ganase Karpov, en quien depositaban sus esperanzas de recuperar el título mundial que estaba en manos del estadounidense Fischer. Karpov era por entonces una joven estrella en ascenso miembro del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) quien desde temprana edad había formado parte de la organización juvenil del partido: la Komsomol (Unión Comunista de la Juventud).
Ante esta situación, Korchnoi expresó su desagrado en una entrevista concedida a un periodista yugoslavo. En desquite, la Federación Soviética de Ajedrez le impuso sanciones, suspendiendo sus apariciones en torneos y prohibiéndole desplazarse al extranjero para jugar. Más tarde, las restricciones fueron levantadas gradualmente y en el verano de 1976 se le permitió viajar a Amsterdam, Holanda, para jugar en el torneo internacional IBM. Ya no regresó. Una vez finalizado el torneo, en lugar de presentarse en la embajada soviética, se dirigió a una comisaría de policía y solicitó asilo político. Así pues, Korchnoi desertó, abandonando a su esposa e hijo, quienes quedaron en la Unión Soviética. La represalia impuesta por el gobierno soviético dirigido por entonces por Leonid Brézhnev (1906-1982) fue durísima; su hijo fue enviado con el ejército a Siberia y su mujer quedó incomunicada y le prohibieron la salida del país.
Allí, en la Unión Soviética, fue denunciado como traidor en una carta firmada por casi todos sus grandes maestros. Curiosamente, faltaron las firmas de Karpov y de Spassky. La Federación Soviética de Ajedrez también hizo esfuerzos para expulsar a Korchnoi del nuevo torneo de candidatos al Campeonato Mundial, pero fracasaron. Korchnoi permaneció en los Países Bajos un año, y después se trasladó a Alemania y a Suiza. Durante ese período (1977/78), ganó el derecho a ser el contrincante de Karpov con victorias alcanzadas en torneos contra Lev Polugaevsky (1934-1995) y los antes mencionados Petrosian y Spassky. Estos tres últimos, por el hecho de ser soviéticos, llevaron a que cada uno de esos torneos se caracterizase por una gran tensión política. Hubo disputas de poca monta, acusaciones y denuncias de todo tipo, desde espionaje hasta hipnotismo. Todos estos episodios hicieron recordar al match Fischer-Spassky de 1972, durante el cual los soviéticos se quejaron de que la silla de Fischer había sido "preparada" para perturbar la concentración de Spassky. La silla en cuestión fue desmontada por completo y se examinó al detalle cada tornillo y cada tuerca, hasta que la queja soviética de alguna manera quedó “comprobada”: se encontraron tres moscas muertas.
Así pues, y a pesar de todos los contratiempos, el escenario quedó montado. De un lado, Karpov, el brillante campeón; del otro, Korchnoi, el aspirante, el hombre que había desertado. Faltaba resolver el lugar en donde se iba a jugar, ya que había siete invitaciones, siete ofertas. Las cuatro sedes que ofrecieron premios más elevados -alrededor del millón de francos suizos- fueron Hamburgo (Alemania), Graz (Austria), Baguio (Filipinas) y Tilburg (Holanda). Se les pidió entonces a los jugadores que hicieran una lista con su orden de preferencia. Curiosamente, Karpov prefirió Hamburgo, aunque eso casi significaba encontrarse en el terreno de Korchnoi, que había estado jugando para un club alemán durante un corto período de tiempo. Korchnoi, por su parte, prefirió Graz, quizá porque estaba viviendo en Suiza.
Si Karpov hubiera colocado Graz en segundo lugar o Korchnoi Hamburgo, el match se habría jugado en Europa. Pero los dos prefirieron Baguio como segunda elección (en realidad, Karpov colocó Baguio en tercer lugar, dejando el segundo en blanco). A raíz de ello, el doctor Max Euwe (1901-1981), a la sazón presidente de la FIDE, adjudicó el match a las Filipinas, convirtiéndolo en el primero por el título que se jugaría fuera de Europa desde el famoso match de 1927 que enfrentó en Buenos Aires a José Raúl Capablanca (1888-1942) con Aleksandr Alekhine (1892-1946). Así pues, la organización del match recayó sobre Florencio Campomanes (1927-2010), el dinámico líder del ajedrez filipino durante más de dos décadas y representante de ese país ante la FIDE.
Baguio City se encuentra a 210 kilómetros al norte de Manila, a unos 1.500 metros sobre el nivel del mar. La mayoría de los jugadores de ajedrez prefieren jugar sin verse molestados por problemas políticos. Pero la elección de Baguio hizo que surgieran algunos comentarios críticos sobre el gobierno autoritario y dictatorial de Ferdinand Marcos (1917-1989), un presidente sumamente corrupto de un país cuya deuda externa ascendía por entonces a 8.000 millones de dólares. Sonaba descabellado que se gastara tanto dinero en un acontecimiento ajedrecístico (350.000 dólares para el vencedor, 200.000 para el perdedor con todos los gastos pagos), mientras el país estaba sumido en abismales desigualdades entre pobres y ricos.
Para la realización del match se adecuaron las instalaciones del recientemente construido Centro de Congresos de Baguio y se nombró árbitro principal al gran maestro de Alemania Occidental, Lothar Schmid (1928-2013), quien ya había desempeñado esa función en Reykiavik, Islandia, durante el match Fischer-Spassky. Korchnoi constituyó su equipo de analistas con los ingleses Raymond Keene (1948) y Michael Stean (1953), el ruso Yakov Murei (1941) y el argentino Oscar Panno (1935); mientras que Karpov lo hizo con los rusos Victor Baturinsky (1914-2002), Alexander Zaitsev (1935-1971), Yuri Balashov (1949) y el citado Mijaíl Tal.


En su camino hacia Manila, antes de salir de Suiza, Korchnoi dio una conferencia de prensa donde leyó una carta abierta al Secretario General del Partido Comunista de la Unión Soviética, Brezhnev, en la que solicitaba permiso para que su esposa y su hijo abandonaran el país. Esta petición fue negada en un principio y recién cuatro años más tarde, en 1982, cuando el país era gobernado por Yuri Andrópov (1914-1984), su hijo y su esposa fueron autorizados a abandonar la URSS.
Sin embargo, la verdadera batalla diplomática comenzó tras la llegada de Korchnoi a Manila, cuando se presentó el problema de la bandera. Korchnoi quería jugar bajo la enseña suiza, pero los soviéticos se atuvieron a las reglas de la FIDE e insistieron en que ésta no podía considerar a Korchnoi como representante de Suiza ya que aún no hacía doce meses que residía allí de modo permanente. Las diferencias se superaron cuando, procedente de Estados Unidos, llegó Edmund Edmondson (1920-1982), presidente de la United States Chess Federation (Federación de Ajedrez de Estados Unidos) quien propuso eliminar las banderas sobre la mesa de juego. De todos modos, Korchnoi llevó un pequeño distintivo con la bandera suiza, pero, en lugar del himno nacional, tuvo que conformarse con la “9. Sinfonie in d-mol” (Sinfonía nº 9 en re menor) del compositor alemán Ludwig van Beethoven (1770-1827).
Desde la guerra psicológica entre Fischer y Spassky, ésta se había convertido en una característica regular del ajedrez al máximo nivel, en especial cuando había de por medio un conflicto Este-Oeste. Por ejemplo, antes del match por el Torneo Candidatura entre Korchnoi y Polugaevsky en Francia, hubo dos días de negociaciones con Moscú para decidir si al jugador soviético se le permitiría estrechar la mano de Korchnoi. También hubo incidentes durante el Torneo Candidatura celebrado en Serbia entre Korchnoi y Spassky, cuando éste dejó de aparecer ante el tablero e insistió en sentarse en una cabina situada a espaldas de Korchnoi, desde la que seguía el juego a través de una pantalla gigante. Korchnoi protestó acaloradamente, aunque sin resultado alguno y perdió las cuatro partidas siguientes, aunque después se recuperó y ganó el match.
Según las reglas pactadas para esa competencia, el ganador sería el primer jugador que ganase seis partidas sin contar las tablas, lo que tal vez -según los especialistas- favoreciese ligeramente al aspirante, puesto que, al ser el contrincante de más edad, tenía más experiencia y mayor resistencia para afrontar un encuentro prolongado. Dejando de lado las intrigas y los subterfugios y a pesar de todas las dificultades el match empezó. Cualquier otra cosa habría sido absurda. Los dos hombres querían jugar ese match, que iba a extenderse hasta las treinta y dos partidas. Las primeras siete terminaron entabladas y recién en la octava, Karpov pudo ganar necesitando apenas 28 movidas. Luego de otras dos tablas, fue Korchnoi quien logró el triunfo, y, como la siguiente terminó tablas, al término de las primeras doce partidas el tanteador quedó igualado.
En la décimo tercera y décimo cuarta partidas el campeón mundial logró sendos triunfos, seguidos de dos tablas, otro triunfo y tres tablas más. Así, tras veinte partidas, Karpov aventajaba a su rival por 4 a 1. A todo esto, seguían los incidentes entre las delegaciones y el clima estaba cada vez más enrarecido, lo que se agravó cuando el retador obtuvo la vigésimo primera partida acortando una ventaja que ya parecía irreversible. Siguieron cinco tablas hasta que, en la vigésimo séptima, Korchnoi cometió una serie de errores que lo llevaron a la derrota, para recuperarse rápidamente y vencer en las dos siguientes. Ahora el tanteador estaba 5-4 y la fatiga hacía estragos en ambos jugadores. Tras entablar la trigésima, el retador venció en la siguiente e increíblemente colocó el match 5-5. Por primera vez en toda su carrera, Karpov había perdido tres sobre cuatro partidas consecutivas.


Para jugar la trigésimo segunda partida, el campeón apareció serio, con signos evidentes de cansancio. En los respectivos entornos seguían las discusiones extra ajedrecísticas que en nada ayudaban al normal desarrollo del torneo. Tras un comienzo bastante incierto, Karpov -con las piezas blancas- fue obteniendo pequeñas ventajas en el desarrollo del juego, lo que llevó a Korchnoi a tener serios problemas de tiempo. La partida se suspendió al llegar a la movida 41 del campeón, dejando el retador la suya en un sobre lacrado. Nunca se presentó a la reanudación. Después de algo más de tres meses de una competición plagada de incidentes, Karpov había vencido.
Todos estos hechos extra ajedrecísticos dieron origen a la película “La diagonale du fou” (La diagonal del loco) de 1984 dirigida por el francés Richard Dembo (1948-2004), con la cual obtuvo el premio Oscar a la mejor película extranjera. Dos años más tarde, en 1986, también basada en los tintes políticos de aquel mach ambientado en la Guerra Fría, se estrenó en el Prince Edward Theatre de Londres la ópera rock “Chess” (Ajedrez) con música de los suecos Björn Ulvaeus (1945) y Benny Andersson (1946), y letras de Ulvaeus y del compositor inglés Timothy Rice (1944), la que fue un gran éxito de carteleras en Londres y Nueva York.
Durante los años ‘80, Korchnoi continuó jugando en Suiza, país en el que ganó varias veces el campeonato nacional. Falleció en la helvética ciudad de Wohlen el 6 de junio de 2016. Por su parte Karpov perdió el título en 1985 ante el ruso Garri Kaspárov (1963) y lo recuperó en 1993 ante el neerlandés Jan Timman (1951-2026). Finalmente, en 1999 se negó a defender su título de la FIDE por no aceptar el modelo de competición adoptado por dicha organización, pero siguió participando especialmente en torneos de ajedrez rápido hasta su retiro en 2010.