Amadeo Carrizo también custodió
el arco de la Selección argentina durante diez años. Jugó en total veintidós
partidos: dieciséis amistosos, tres en la Copa Mundial de Suecia 1958 y tres en
Copa de las Naciones de 1964. En el Mundial jugado en el país escandinavo ocurrió
un hecho inédito. Por primera vez una Selección Nacional, de los veintidós
jugadores convocados, trece pertenecieron a un mismo club: River Plate. El
seleccionado era dirigido técnicamente por Guillermo Stábile (1906-1966), un
futbolista que había jugado en Huracán de Argentina entre 1924 y 1930, en el Génova
y el Napoli de Italia entre 1930 y 1935 y entre 1935 y 1936 respectivamente, y en
el Estrella Roja de Francia entre 1936 y 1939. En este último también se
desempeñó como director técnico y luego lo hizo en los equipos argentinos Huracán,
San Lorenzo, Estudiantes de La Plata, Ferro Carril Oeste y Racing. El grupo en
el que participó Argentina estaba conformado además por las selecciones de Alemania
Federal, Irlanda del Norte y Checoslovaquia.
Gran parte de los periodistas deportivos europeos consideraban que Argentina era un firme candidato al título. Sin embargo no fue así. Tras perder con Alemania Federal por 3 a 1 y vencer a Irlanda por 3 a 1, llegó la catastrófica derrota ante Checoslovaquia por 6 a 1, un nefasto resultado que provocó un decaimiento en el rendimiento de todos los integrantes del equipo que participaron en ese evento y principalmente en Amadeo, quien fue el más vapuleado. El hostigamiento fue una constante y el periodismo argentino fue despiadado con él a pesar de que los medios de prensa de Europa después de observar películas de los partidos jugados por el Seleccionado Nacional, concluyeron que la responsabilidad de Amadeo por las derrotas sufridas no había sido sólo suya, sino que el motivo desencadenante era indudablemente la parte atlética, la velocidad y los cambios de ritmo de los equipos europeos que eran demoledores.
El propio Carrizo declararía tiempo después: “Estoy convencido de que no fui el único culpable de las goleadas, yo no jugaba solo; cuando un equipo pierde por varios goles, evidentemente no hay funcionamiento de conjunto. Nos vimos superados físicamente de manera notoria. Los alemanes y los checoslovacos nos pasaron por encima. Tenían una preparación física excelente, totalmente superior a la nuestra. Jamás olvidaré el recibimiento durísimo de Ezeiza, me sentí realmente mal. Yo admito la cuota de culpa que me corresponde, pero nunca fui el único causante como casi todos opinaron. Fue peliagudo para mí, siempre acostumbrado a tener actuaciones buenas y sobresalientes, debí soportar tantos goles; algo realmente penoso”.
Quedó tan afectado que cuando el nuevo técnico, Juan Carlos “Toto” Lorenzo (1922-2001), lo volvió a convocar como titular para el Mundial de 1962 en Chile, no aceptó. Tras este episodio, el reconocido periodista deportivo Julio César Pasquato “Juvenal” (1923-1998), redactor especial de la revista “El Gráfico”, publicó un artículo en el que expresó: “Amadeo no tuvo más responsabilidad que el resto del equipo. Él no salvó nada pero los demás tampoco lo salvaron a él. Nadie hizo nada para hacer mejor las cosas. Fueron a Suecia con una venda en los ojos, como ellos lo dijeron en su momento. Sin la debida preparación física sobre todo sin la debida preparación mental y táctica. Nunca habían jugado un Mundial, entonces ni sabían de qué se trataba. Brasil para ganar ese Mundial ya había tenido tres fracasos sucesivos (‘38, ‘50 y ‘54). Ellos habían tenido participación y sabían de qué se trataba. Sus dirigentes estaban alertados de cómo era la cosa, de cómo había que jugar, lo que no ocurría entre los nuestros”.
Gran parte de los periodistas deportivos europeos consideraban que Argentina era un firme candidato al título. Sin embargo no fue así. Tras perder con Alemania Federal por 3 a 1 y vencer a Irlanda por 3 a 1, llegó la catastrófica derrota ante Checoslovaquia por 6 a 1, un nefasto resultado que provocó un decaimiento en el rendimiento de todos los integrantes del equipo que participaron en ese evento y principalmente en Amadeo, quien fue el más vapuleado. El hostigamiento fue una constante y el periodismo argentino fue despiadado con él a pesar de que los medios de prensa de Europa después de observar películas de los partidos jugados por el Seleccionado Nacional, concluyeron que la responsabilidad de Amadeo por las derrotas sufridas no había sido sólo suya, sino que el motivo desencadenante era indudablemente la parte atlética, la velocidad y los cambios de ritmo de los equipos europeos que eran demoledores.
El propio Carrizo declararía tiempo después: “Estoy convencido de que no fui el único culpable de las goleadas, yo no jugaba solo; cuando un equipo pierde por varios goles, evidentemente no hay funcionamiento de conjunto. Nos vimos superados físicamente de manera notoria. Los alemanes y los checoslovacos nos pasaron por encima. Tenían una preparación física excelente, totalmente superior a la nuestra. Jamás olvidaré el recibimiento durísimo de Ezeiza, me sentí realmente mal. Yo admito la cuota de culpa que me corresponde, pero nunca fui el único causante como casi todos opinaron. Fue peliagudo para mí, siempre acostumbrado a tener actuaciones buenas y sobresalientes, debí soportar tantos goles; algo realmente penoso”.
Quedó tan afectado que cuando el nuevo técnico, Juan Carlos “Toto” Lorenzo (1922-2001), lo volvió a convocar como titular para el Mundial de 1962 en Chile, no aceptó. Tras este episodio, el reconocido periodista deportivo Julio César Pasquato “Juvenal” (1923-1998), redactor especial de la revista “El Gráfico”, publicó un artículo en el que expresó: “Amadeo no tuvo más responsabilidad que el resto del equipo. Él no salvó nada pero los demás tampoco lo salvaron a él. Nadie hizo nada para hacer mejor las cosas. Fueron a Suecia con una venda en los ojos, como ellos lo dijeron en su momento. Sin la debida preparación física sobre todo sin la debida preparación mental y táctica. Nunca habían jugado un Mundial, entonces ni sabían de qué se trataba. Brasil para ganar ese Mundial ya había tenido tres fracasos sucesivos (‘38, ‘50 y ‘54). Ellos habían tenido participación y sabían de qué se trataba. Sus dirigentes estaban alertados de cómo era la cosa, de cómo había que jugar, lo que no ocurría entre los nuestros”.
Pero aún le faltaba vivir una
de las mayores frustraciones de su prolongada carrera: la final de la Copa
Libertadores de América de 1966 que River disputó contra el equipo uruguayo Peñarol.
Tras perder 2 a 0 en el estadio Centenario de Montevideo y ganar 3 a 2 en el
estadio Monumental de Buenos Aires, River viajó a Chile para jugar el partido
definitorio contra los uruguayos. El encuentro se disputó en el Estadio Nacional
de Santiago y, al cabo del primer tiempo, River ganaba 2 a 0. En el segundo
tiempo Peñarol logró empatarlo por lo que fue necesario jugar un tiempo suplementario.
El desenlace fue fatal para el “Millonario”: el “Carbonero” -tal el apodo con
el que se conocía a Peñarol debido a que fue fundado por trabajadores de una
compañía ferroviaria inglesa que operaban locomotoras a vapor que utilizaban
carbón-, marcó otros dos goles y terminó venciendo por 4 a 2 a un River
desconcertado que había acariciado la gloria pero se fue humillado y con las
manos vacías.
Ese fracaso propició un clima de desaliento en los jugadores riverplatenses, sobre todo en Amadeo Carrizo a quien tanto el presidente del club Antonio Vespucio Liberti (1902-1976) como el director técnico Renato Cesarini (1906-1969) responsabilizaron por la derrota. Ambos sostuvieron que la remontada uruguaya tuvo su origen en la furia que despertó en sus rivales el hecho de que Carrizo con su equipo en ventaja parara un envío largo con el pecho, como burlándose de los jugadores dirigidos por Roque Máspoli (1917-2004). Esta jugada fue elegida como la amargura más grande de su carrera según su propio testimonio. En un reportaje del año 1969 declaró: “Es cierto, estuve mal, pero porque no tenía quienes me respaldaran”. Años después, en 2012, en otro reportaje manifestó: “Fue algo rápido, me pateó un tipo desde cuatro metros, un balazo que me vino directo al pecho. No fue compadreada, hice lo que me pareció más seguro y enseguida la agarré. ¡Dicen que los de Peñarol se enojaron y por eso nos ganaron! Es cuento viejo. Ellos encontraron el partido después”. Lo concreto es que ese lacerante fracaso sucedió en medio de una nefasta racha de casi dieciocho años sin obtener títulos. Tras un ciclo brillante de cinco campeonatos en seis años en la década del ’50, recién volvió a salir campeón en 1975. Por entonces Amadeo ya no estaba en el club.
Ese fracaso propició un clima de desaliento en los jugadores riverplatenses, sobre todo en Amadeo Carrizo a quien tanto el presidente del club Antonio Vespucio Liberti (1902-1976) como el director técnico Renato Cesarini (1906-1969) responsabilizaron por la derrota. Ambos sostuvieron que la remontada uruguaya tuvo su origen en la furia que despertó en sus rivales el hecho de que Carrizo con su equipo en ventaja parara un envío largo con el pecho, como burlándose de los jugadores dirigidos por Roque Máspoli (1917-2004). Esta jugada fue elegida como la amargura más grande de su carrera según su propio testimonio. En un reportaje del año 1969 declaró: “Es cierto, estuve mal, pero porque no tenía quienes me respaldaran”. Años después, en 2012, en otro reportaje manifestó: “Fue algo rápido, me pateó un tipo desde cuatro metros, un balazo que me vino directo al pecho. No fue compadreada, hice lo que me pareció más seguro y enseguida la agarré. ¡Dicen que los de Peñarol se enojaron y por eso nos ganaron! Es cuento viejo. Ellos encontraron el partido después”. Lo concreto es que ese lacerante fracaso sucedió en medio de una nefasta racha de casi dieciocho años sin obtener títulos. Tras un ciclo brillante de cinco campeonatos en seis años en la década del ’50, recién volvió a salir campeón en 1975. Por entonces Amadeo ya no estaba en el club.
“No ganaba mucho dinero -contó-, pero era algo distinto que me permitía estar en contacto con la gente. En mi primera salida no advertí que la alfombra tenía arrugas. Había mucho público y justo que salgo, tropiezo en la pasarela y dio la impresión de que entré saltando. El locutor observó lo sucedido y dijo: ‘Es tan atlético Amadeo que, para demostrarnos su agilidad, entra dando saltos’. Fue una risa generalizada que me hizo superar el momento difícil. Luego tuve cinco o seis salidas más, fui aplaudido y noté el cariño de la gente, que perdonaba mi falta de práctica. Luego de un año y medio me desvinculé de toda esa actividad, pero fue una linda experiencia”. Más adelante, en distintas entrevistas comentó que jugó al paddle, un deporte que practicó hasta los 75 años, y que en Villa Devoto, donde vivía y en donde pasó sus últimos años, utilizaba su bicicleta para recorrer el barrio y visitar a sus amigos en los bares de la zona, alternando a veces con su moto.







