Cinco años atrás el historiador
y profesor universitario argentino Federico Finchelstein (1975) publicó “Breve
historia de la mentira fascista”, libro en el que analizó el protagonismo de la
mentira en los fascismos del pasado y en los populismos de derecha del presente,
analizándola con una perspectiva histórica en tiempos de la posverdad, el
neologismo definido por la Real Academia Española (RAE) como una distorsión
deliberada de la realidad que manipula creencias y emociones con el fin de
influir en la opinión pública y en las actitudes sociales. En medio del
presente sombrío que atraviesa la política contemporánea marcada por una
notable y sostenida ola de emergencia de nuevos líderes populistas de derecha
en todo el mundo que, al igual que los líderes fascistas del pasado, sostienen gran
parte de su poder político cuestionando la realidad, respaldando mitos, promoviendo
la ira y la paranoia y difundiendo mentiras, resulta imposible no relacionar
todas estas cuestiones con el actual presidente argentino, un mitómano cuyo equilibrio
emocional está desde hace tiempo bajo la lupa de psicólogos, psicoanalistas y
psiquiatras.
En ese sentido, se podría recurrir a la lectura de “La mythomanie, étude psychologique et médico-légale du mensonge et de la fabulation morbides” (La mitomanía, un estudio psicológico y médico-legal sobre la mentira y la invención patológicas) del psiquiatra francés Ernest Dupré (1862-1921), obra en la que definió a la mitomanía como un trastorno psicológico caracterizado por la tendencia patológica a mentir de forma compulsiva o sistemática. Según el autor, un mitómano no busca engañar para obtener ventajas sino para sostener una identidad idealizada o escapar de una realidad que le resulta insoportable. Otro tanto hizo el neurólogo austríaco Sigmund Freud (1856-1939) en “Zwei kinderIügen” (Dos mentiras infantiles) en donde interpretó el fenómeno como una expresión del deseo inconsciente: la mentira sería una forma de “cumplimiento del deseo” donde el sujeto transforma su frustración en relato, y vinculó a la mitomanía con mecanismos de defensa como la negación y la proyección.
El psiquiatra francés Jacques Lacan (1901-1981) abordó la mitomanía como un síntoma del narcisismo patológico en su ensayo “Le stade du miroir comme formateur de la fonction du je” (El estadio del espejo como formador de la función del yo). Allí manifestó que el mentiroso crea una versión mejorada de sí mismo para sostener una frágil estructura del yo. Y señaló que un mitómano “miente para existir en la mirada del otro”, es decir, su mentira no busca sólo convencer, sino ser reconocida como verdad por los demás. Y el psicólogo estadounidense Paul Ekman (1934-2025) en “Telling lies” (Cómo detectar mentiras) lo describió como alguien que empieza creyendo sus propias mentiras para reducir la incongruencia entre lo que dice y lo que hace. De esa manera, con el correr del tiempo sus mentiras se vuelven una especie de refugio narrativo, en una historia que lo protege del fracaso, de la vergüenza o de la falta de afecto. Y otro psicólogo estadounidense, en este caso Robert Feldman (1947), en “The liar in your life” (El mentiroso en tu vida) sostiene que el mentiroso busca sostener su autoestima en contextos donde la verdad lo dejaría desnudo.
Sea cual fuere la condición psicológica del presidente, lo cierto es que, además de sus sistemáticos exabruptos y discursos de odio insultando a los políticos de la oposición, a los economistas críticos de su gestión, a las instituciones de derechos humanos, a las organizaciones sociales, a los docentes y estudiantes de las universidades públicas, a los profesionales de la salud, a las personas con discapacidad y a los periodistas, es habitual su recurrente utilización de las mentiras para sostener su política. Para algunos analistas esto puede relacionarse con “Politeia” (La República), la obra del filósofo griego Platón de Atenas (427-347 a.C.) en la que formuló el concepto de “noble mentira” como un relato creado por los gobernantes para ser contado al conjunto de la sociedad con el propósito de mantener la cohesión social, el orden y el bien común de los habitantes de un Estado. ¿Será eso lo busca el presidente libertario? Dados los resultados de su administración que periódicamente muestran las encuestas nacionales realizadas por diferentes consultoras, parece que no le alcanza con mentir. Es entonces cuando es indispensable recordar al filósofo prusiano-alemán Immanuel Kant (1724-1804) quien en “Kritik der reinen vernunft” (Crítica de la razón pura) defendió decir la verdad como un deber moral absoluto e incondicional ya que mentir destruía la dignidad del lenguaje y la confianza social.
Por supuesto no fueron pocas las figuras vinculadas a la literatura que a lo largo de la historia se refirieron a la mentira en alguna de sus obras. Lo hizo el inglés Alexander Pope (1688-1744) en “An essay on man” (Ensayo sobre el hombre) en el que escribió: “El que dice una mentira no sabe qué tarea ha asumido, porque estará obligado a inventar veinte más para sostener la certeza de esta primera”. Otro tanto hizo el francés Jean Cocteau (1889-1963) en “Le menteur” (El mentiroso) escribiendo: “Un vaso medio vacío de vino es también uno medio lleno, pero una mentira a medias, de ningún modo es una media verdad”. Otro francés, en este caso Albert Camus (1913-1960), lo hizo en “Les servitudes de la haine” (Las servidumbres del odio): “La libertad consiste, en primer lugar, en no mentir. Allí donde prolifere la mentira, la tiranía se anuncia o se perpetúa”. Y más recientemente lo hizo el italiano Andrea Camilleri (1925-2019), quien en “Ora dimmi di te. Lettera a Matilda” (Háblame de ti. Carta a Matilda) expresó: “Mantener una mentira durante un período prolongado implica seguir mintiendo, lo que nos hace entrar en un laberinto tortuoso que parece no tener salida. La verdad, en cambio, es como un punto fijo. No permite ir más allá. Puede provocar situaciones de ruptura, puede desembocar en el final de una amistad o de una relación laboral, pero no te obliga a seguir sosteniendo esas explicaciones. La verdad es siempre una”. La pregunta que surge inmediatamente es si el “León” que preside la Argentina leyó alguna vez a alguno de estos autores. Y la respuesta que también surge en seguida es no. Y en todo caso, si lo hizo, o bien no los entendió o bien los despreció.
En ese sentido, se podría recurrir a la lectura de “La mythomanie, étude psychologique et médico-légale du mensonge et de la fabulation morbides” (La mitomanía, un estudio psicológico y médico-legal sobre la mentira y la invención patológicas) del psiquiatra francés Ernest Dupré (1862-1921), obra en la que definió a la mitomanía como un trastorno psicológico caracterizado por la tendencia patológica a mentir de forma compulsiva o sistemática. Según el autor, un mitómano no busca engañar para obtener ventajas sino para sostener una identidad idealizada o escapar de una realidad que le resulta insoportable. Otro tanto hizo el neurólogo austríaco Sigmund Freud (1856-1939) en “Zwei kinderIügen” (Dos mentiras infantiles) en donde interpretó el fenómeno como una expresión del deseo inconsciente: la mentira sería una forma de “cumplimiento del deseo” donde el sujeto transforma su frustración en relato, y vinculó a la mitomanía con mecanismos de defensa como la negación y la proyección.
El psiquiatra francés Jacques Lacan (1901-1981) abordó la mitomanía como un síntoma del narcisismo patológico en su ensayo “Le stade du miroir comme formateur de la fonction du je” (El estadio del espejo como formador de la función del yo). Allí manifestó que el mentiroso crea una versión mejorada de sí mismo para sostener una frágil estructura del yo. Y señaló que un mitómano “miente para existir en la mirada del otro”, es decir, su mentira no busca sólo convencer, sino ser reconocida como verdad por los demás. Y el psicólogo estadounidense Paul Ekman (1934-2025) en “Telling lies” (Cómo detectar mentiras) lo describió como alguien que empieza creyendo sus propias mentiras para reducir la incongruencia entre lo que dice y lo que hace. De esa manera, con el correr del tiempo sus mentiras se vuelven una especie de refugio narrativo, en una historia que lo protege del fracaso, de la vergüenza o de la falta de afecto. Y otro psicólogo estadounidense, en este caso Robert Feldman (1947), en “The liar in your life” (El mentiroso en tu vida) sostiene que el mentiroso busca sostener su autoestima en contextos donde la verdad lo dejaría desnudo.
Sea cual fuere la condición psicológica del presidente, lo cierto es que, además de sus sistemáticos exabruptos y discursos de odio insultando a los políticos de la oposición, a los economistas críticos de su gestión, a las instituciones de derechos humanos, a las organizaciones sociales, a los docentes y estudiantes de las universidades públicas, a los profesionales de la salud, a las personas con discapacidad y a los periodistas, es habitual su recurrente utilización de las mentiras para sostener su política. Para algunos analistas esto puede relacionarse con “Politeia” (La República), la obra del filósofo griego Platón de Atenas (427-347 a.C.) en la que formuló el concepto de “noble mentira” como un relato creado por los gobernantes para ser contado al conjunto de la sociedad con el propósito de mantener la cohesión social, el orden y el bien común de los habitantes de un Estado. ¿Será eso lo busca el presidente libertario? Dados los resultados de su administración que periódicamente muestran las encuestas nacionales realizadas por diferentes consultoras, parece que no le alcanza con mentir. Es entonces cuando es indispensable recordar al filósofo prusiano-alemán Immanuel Kant (1724-1804) quien en “Kritik der reinen vernunft” (Crítica de la razón pura) defendió decir la verdad como un deber moral absoluto e incondicional ya que mentir destruía la dignidad del lenguaje y la confianza social.
Por supuesto no fueron pocas las figuras vinculadas a la literatura que a lo largo de la historia se refirieron a la mentira en alguna de sus obras. Lo hizo el inglés Alexander Pope (1688-1744) en “An essay on man” (Ensayo sobre el hombre) en el que escribió: “El que dice una mentira no sabe qué tarea ha asumido, porque estará obligado a inventar veinte más para sostener la certeza de esta primera”. Otro tanto hizo el francés Jean Cocteau (1889-1963) en “Le menteur” (El mentiroso) escribiendo: “Un vaso medio vacío de vino es también uno medio lleno, pero una mentira a medias, de ningún modo es una media verdad”. Otro francés, en este caso Albert Camus (1913-1960), lo hizo en “Les servitudes de la haine” (Las servidumbres del odio): “La libertad consiste, en primer lugar, en no mentir. Allí donde prolifere la mentira, la tiranía se anuncia o se perpetúa”. Y más recientemente lo hizo el italiano Andrea Camilleri (1925-2019), quien en “Ora dimmi di te. Lettera a Matilda” (Háblame de ti. Carta a Matilda) expresó: “Mantener una mentira durante un período prolongado implica seguir mintiendo, lo que nos hace entrar en un laberinto tortuoso que parece no tener salida. La verdad, en cambio, es como un punto fijo. No permite ir más allá. Puede provocar situaciones de ruptura, puede desembocar en el final de una amistad o de una relación laboral, pero no te obliga a seguir sosteniendo esas explicaciones. La verdad es siempre una”. La pregunta que surge inmediatamente es si el “León” que preside la Argentina leyó alguna vez a alguno de estos autores. Y la respuesta que también surge en seguida es no. Y en todo caso, si lo hizo, o bien no los entendió o bien los despreció.
A mediados del siglo
pasado, la filósofa y teórica política alemana-estadounidense Hannah Arendt
(1906-1975), autora de destacados ensayos como “Vita activa oder vom tätigen
leben” (La condición humana) y “Menschen in finsteren zeiten” (Hombres en
tiempos de oscuridad), decía en “Zwischen vergangenheit und zukunft. Übungen im
politischen denken” (Entre el pasado y el futuro. Ejercicios de pensamiento
político) que el mentiroso era “un hombre de acción. No tiene problemas para
aparecer en la escena política; su gran ventaja es que, por así decirlo,
siempre está en medio de dicha escena, es actor por naturaleza. No dice las
cosas como son porque quiere que las cosas sean distintas de lo que son, esto
es, quiere cambiar la política, cambiar el mundo”, y agregó: “Las mentiras
resultan a menudo mucho más verosímiles, más atractivas para la razón que la
realidad, porque quien miente tiene la gran ventaja de conocer de antemano lo
que su audiencia espera o desea oír”. Basados en esta apreciación, los
defensores del presidente podrían decir que él miente porque lo que quiere es
cambiar la política y el mundo. ¿Será realmente así? Porque no fue necesario
que pasara mucho tiempo para que la propia Arendt, viendo cómo se desenvolvía
buena parte del mundo, asegurase en “Wahrheit und lüge in der politik” (Verdad
y mentira en la política) que “siempre se llega a un punto a partir del cual la
mentira resulta contraproducente. Dicho punto se alcanza cuando la audiencia a
la que se dirigen las mentiras se ve forzada, para poder sobrevivir, a rechazar
en su totalidad la línea divisoria entre la verdad y la mentira, cuando sus
vidas dependen de que actúen como si creyeran, sin importar qué es lo verdadero
y qué lo falso”. Y analizó como la mentira había dejado de ser un recurso
individual para convertirse en una manipulación sistemática de la realidad por
parte de los totalitarismos.
Por la misma época el filósofo
francés Jacques Derrida (1930-2004) reflexionó en “Histoire du mensonge” (Historia
de la mentira) que esta era “un acto intencional dirigido a otros (pues sólo se
miente al otro, uno no se puede mentir a sí mismo), un enunciado o más de un
enunciado, una serie de enunciados que el mentiroso sabe, en conciencia, que constituyen
aserciones total o parcialmente falsas. Tales actos intencionales están
destinados a los otros para engañarlos, para hacerles creer en lo que ha dicho,
cuando se supone que el mentiroso, ya sea por un compromiso explícito, un
juramento o una promesa implícita, dirá toda la verdad y solamente la verdad”.
Esto podría aplicarse a la cantidad de promesas que hizo el presidente
anarco-capitalista durante su campaña electoral, de las cuales la gran mayoría
no se han consumado y que, mintiendo una vez más, aseguró que “hemos cumplido
con todas nuestras promesas de campaña”.
Cuando vocifera “que se achique el Estado, que se agrande el libre mercado, para que tengamos más libertad y, por ende, más prosperidad. ¡Viva la libertad, carajo!”, es inevitable recordar al escritor uruguayo Eduardo Galeano (1940-2015) quien en su incisiva obra “Las venas abiertas de América Latina” decía que “cuanta más libertad se les otorgue a los mercados, más cárceles y cementerios harán falta construir para quienes los padecen”. Y también al economista británico John Maynard Keynes (1883-1946), quien desde una postura ideológica completamente adversa a la del autor de “Memoria del fuego”, fue un crítico del “laissez-faire” (el libre mercado absoluto y sin regulaciones) en sus ensayos “The general theory of employment, interest and money” (Teoría general del empleo, el interés y el dinero) y “The end of laissez-faire” (El fin del laissez-faire) sostuvo que los mercados no se regulaban solos de forma automática ni garantizaban el pleno empleo, por lo que defendió la intervención del Estado a través de la política fiscal y el gasto público para reactivar la economía en tiempos de crisis.
Claro, el presidente que se autodefinió como “el topo dentro del Estado” que amaba ser el que destruía el Estado desde adentro, seguramente no leyó nunca al escritor uruguayo, pero sí afirmó públicamente haber leído cinco veces el libro más famoso del economista británico, al que también insultó calificándolo como “un genio del mal”, como “el brazo ejecutor de lo siniestro” que “sirvió para que políticos corruptos arruinen la vida de la gente”. Y se declara ser un ferviente seguidor y admirador de la Escuela Austríaca de Economía, una corriente de pensamiento económico liberal que defiende el libre mercado, al cual define como un proceso basado en el individualismo opuesto a cualquier forma de planificación estatal. Obviamente ninguno de sus históricos representantes, ya sea Ludwig von Mises (1881-1973), Friedrich von Hayek (1899-1992) o Murray Rothbard (1926-1995), ni sus actuales portavoces como Walter Block (1941), Lawrence Reed (1953) o Benjamin Powell (1978) se tomaron el trabajo de decir, y mucho menos reconocer, que la estructura del libre mercado es oligopólica, es decir, que un grupo muy reducido de grandes empresas tienen una participación tal que les permite tener una posición dominante y en muchos casos asfixiar o destruir a las pequeñas y medianas empresas que, en el caso específico de la Argentina, son las mayores generadoras de puestos de trabajo.
Cuando vocifera “que se achique el Estado, que se agrande el libre mercado, para que tengamos más libertad y, por ende, más prosperidad. ¡Viva la libertad, carajo!”, es inevitable recordar al escritor uruguayo Eduardo Galeano (1940-2015) quien en su incisiva obra “Las venas abiertas de América Latina” decía que “cuanta más libertad se les otorgue a los mercados, más cárceles y cementerios harán falta construir para quienes los padecen”. Y también al economista británico John Maynard Keynes (1883-1946), quien desde una postura ideológica completamente adversa a la del autor de “Memoria del fuego”, fue un crítico del “laissez-faire” (el libre mercado absoluto y sin regulaciones) en sus ensayos “The general theory of employment, interest and money” (Teoría general del empleo, el interés y el dinero) y “The end of laissez-faire” (El fin del laissez-faire) sostuvo que los mercados no se regulaban solos de forma automática ni garantizaban el pleno empleo, por lo que defendió la intervención del Estado a través de la política fiscal y el gasto público para reactivar la economía en tiempos de crisis.
Claro, el presidente que se autodefinió como “el topo dentro del Estado” que amaba ser el que destruía el Estado desde adentro, seguramente no leyó nunca al escritor uruguayo, pero sí afirmó públicamente haber leído cinco veces el libro más famoso del economista británico, al que también insultó calificándolo como “un genio del mal”, como “el brazo ejecutor de lo siniestro” que “sirvió para que políticos corruptos arruinen la vida de la gente”. Y se declara ser un ferviente seguidor y admirador de la Escuela Austríaca de Economía, una corriente de pensamiento económico liberal que defiende el libre mercado, al cual define como un proceso basado en el individualismo opuesto a cualquier forma de planificación estatal. Obviamente ninguno de sus históricos representantes, ya sea Ludwig von Mises (1881-1973), Friedrich von Hayek (1899-1992) o Murray Rothbard (1926-1995), ni sus actuales portavoces como Walter Block (1941), Lawrence Reed (1953) o Benjamin Powell (1978) se tomaron el trabajo de decir, y mucho menos reconocer, que la estructura del libre mercado es oligopólica, es decir, que un grupo muy reducido de grandes empresas tienen una participación tal que les permite tener una posición dominante y en muchos casos asfixiar o destruir a las pequeñas y medianas empresas que, en el caso específico de la Argentina, son las mayores generadoras de puestos de trabajo.
Es entonces cuando una
persona cualquiera al caminar por una calle podría preguntarse si las veredas,
los asfaltos, los empedrados, los semáforos, los postes de iluminación, las
alcantarillas, las sendas peatonales, las ciclovías, etc., fueron obras hechas directamente por el “mercado”. Lo mismo podría preguntarse al caminar por una plaza o un
parque y observar los senderos, los árboles, el césped, los bancos, los juegos
infantiles, los caniles, los cestos para basura etc., o al estar en su casa
abriendo la canilla y tener agua corriente, o encendiendo la cocina o la estufa
y tener gas, o presionando el interruptor eléctrico y tener luz. Desde luego
que la respuesta es negativa. Todas estas cosas fueron hechas por el Estado,
que fue quien contrató en algunos casos a esas empresas vinculadas al mercado
de bienes y servicios. Pero, según la visión liberal de libre mercado, el
Estado sólo debe limitarse a garantizar la ley, la justicia y la propiedad
privada, todo lo demás debe ser privatizado.
Dentro del turbulento contexto
mundial de hoy en día, signado por un sistema económico dominado por una
tecno-oligarquía que concentra un poder económico, informativo y geopolítico
sin precedentes mediante el cual interviene en áreas estratégicas como defensa,
energía, seguridad y telecomunicaciones, intromisiones todas ellas orientadas
no hacia el bienestar público de la ciudadanía tradicional sino hacia la utilidad
económica de las grandes corporaciones, está emergiendo un liberalismo global
en el que las democracias comienzan a dejar de cumplir su función histórica. Es
un proceso que implica la pérdida de la centralidad estratégica del Estado y la
emergencia de un mundo de soberanías permeables dominado por un orden liberal
tecnocrático, jerárquico y elitista.
En los países económicamente más desarrollados, la democracia ha comenzado a experimentar un vaciamiento progresivo. Las conquistas históricas logradas por la democracia son preservadas formalmente, pero erosionadas materialmente. Los Estados socialdemócratas han entrado en crisis, no por exceso de demandas sino por la falta de una base productiva para sostenerlos. En ese escenario, la política se desplaza del terreno del progreso al de la gestión del deterioro. Esta situación es aún más clara en los países subdesarrollados, en los cuales la democracia aparece frecuentemente desacoplada de cualquier proyecto de desarrollo. Funciona como una forma de legitimación de estructuras profundamente desiguales cada vez más subordinadas al mercado mundial, por lo que deja de tener capacidad para satisfacer demandas, expandir derechos y ofrecer futuro a sus ciudadanos.
Esto es muy visible en la Argentina actual, un país que, gracias a su enajenado presidente, tiene una cada vez más fuerte alineación política y una creciente dependencia económica y geopolítica con respecto a Estados Unidos. Será por eso tal vez que, para justificar esa subordinación y distraer la atención de los argentinos, este personaje se muestre agresivo, intolerante y completamente desenfocado de la realidad diciendo una mentira tras otra. Que el mercado laboral se mantiene estable, que el desempleo no aumentó, que la inflación se ha desplomado, que los salarios privados le vienen ganando sistemáticamente a la inflación, que sacó de la pobreza a más de doce millones de personas, que es mentira que la gente no llegue a fin de mes, etc., todas afirmaciones que contrastan con los informes oficiales del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC). Además hubo que escucharle decir otros embustes como que las universidades públicas funcionan como centros de adoctrinamiento marxista, que deportó a treinta mil terroristas, que terminó con la inseguridad, que Argentina es la nueva tierra prometida, que nos salen los dólares por las orejas, etc. etc. O sea, digamos, una mentira tras otra.
En los países económicamente más desarrollados, la democracia ha comenzado a experimentar un vaciamiento progresivo. Las conquistas históricas logradas por la democracia son preservadas formalmente, pero erosionadas materialmente. Los Estados socialdemócratas han entrado en crisis, no por exceso de demandas sino por la falta de una base productiva para sostenerlos. En ese escenario, la política se desplaza del terreno del progreso al de la gestión del deterioro. Esta situación es aún más clara en los países subdesarrollados, en los cuales la democracia aparece frecuentemente desacoplada de cualquier proyecto de desarrollo. Funciona como una forma de legitimación de estructuras profundamente desiguales cada vez más subordinadas al mercado mundial, por lo que deja de tener capacidad para satisfacer demandas, expandir derechos y ofrecer futuro a sus ciudadanos.
Esto es muy visible en la Argentina actual, un país que, gracias a su enajenado presidente, tiene una cada vez más fuerte alineación política y una creciente dependencia económica y geopolítica con respecto a Estados Unidos. Será por eso tal vez que, para justificar esa subordinación y distraer la atención de los argentinos, este personaje se muestre agresivo, intolerante y completamente desenfocado de la realidad diciendo una mentira tras otra. Que el mercado laboral se mantiene estable, que el desempleo no aumentó, que la inflación se ha desplomado, que los salarios privados le vienen ganando sistemáticamente a la inflación, que sacó de la pobreza a más de doce millones de personas, que es mentira que la gente no llegue a fin de mes, etc., todas afirmaciones que contrastan con los informes oficiales del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC). Además hubo que escucharle decir otros embustes como que las universidades públicas funcionan como centros de adoctrinamiento marxista, que deportó a treinta mil terroristas, que terminó con la inseguridad, que Argentina es la nueva tierra prometida, que nos salen los dólares por las orejas, etc. etc. O sea, digamos, una mentira tras otra.


