21 de marzo de 2026

La Argentina entre las contradicciones, las incoherencias y las mentiras de un presidente cipayo

Según el Diccionario de la Real Academia Española (RAE), una contradicción es un “conjunto de proposiciones que al oponerse recíprocamente se invalidan”, y pone como sinónimos los sustantivos “incoherencia” y “necedad”. Al primero lo define como “cosa que carece de la debida relación lógica con otra”, y al segundo como un “dicho o hecho necio”. Se refiere a incongruencias, absurdos, desatinos, locuras, barbaridades y tonterías como sinónimos de incoherencia, y a estupideces, imbecilidades, idioteces y tonterías como sinónimos de necedad. Psicológicamente, la incoherencia implica una falta total de relación lógica entre varias ideas, acciones o cosas. Es un fenómeno complejo que se manifiesta en múltiples dimensiones de la vida humana, desde el pensamiento individual hasta las interacciones sociales. Y en cuanto a su sinónimo “contradicción”, se dice que simboliza la coexistencia de pensamientos, creencias, deseos o comportamientos lógicamente incompatibles entre sí. Decir una cosa hoy y lo contrario mañana, conlleva la idea tanto de incoherencia como de contradicción. Supone una falta de fiabilidad o una falsedad que, forzosamente, refleja la ausencia de principios sólidos, la inmadurez emocional o incluso un intento deliberado de manipular a otros para obtener un beneficio personal.
Allá por 1781, el filósofo alemán Immanuel Kant (1724-1804) decía en “Kritik der reinen vernunft” (Crítica de la razón pura), un ensayo en el que exploró los límites y las capacidades de la razón humana, que no era posible que se afirmara y se negara algo de un mismo sujeto, lo cual constituía una contradicción irresoluble. Años después, en 1886, otro filósofo alemán, en este caso Friedrich Nietzsche (1844-1900), afirmaba en “Jenseits von gut und böse” (Más allá del bien y del mal) que las contradicciones no eran errores, sino que formaban parte de la esencia misma de los seres humanos.
¿Será así? Pareciera que hoy en día se da por sentado que las contradicciones son tomadas como algo natural y ante ellas predomina la indiferencia y no causan ningún escándalo. En “Philosophiske smuler eller en smule philosophi” (Migajas filosóficas o un poco de filosofía), el filósofo danés Søren Kierkegaard (1813-1855) aducía que los escándalos se producían a partir del choque entre las contradicciones y la inteligencia. Entonces, ante la situación actual de una Argentina atravesada por un complejo entramado de inestabilidad política, económica y social, ¿es justo preguntarse si lo que predomina en buena parte de su población es la falta de concientización? ¿O será que tenía razón el escritor francés André Breton (1896-1966) cuando le dijo poco antes de morir a su amigo el director de cine hispano-mexicano Luis Buñuel (1900-1983) que “es triste tener que reconocerlo, pero ya nadie se escandaliza”, tal como este último recordó en su libro de memorias “Mi último suspiro”?
Porque basta con hacer un repaso sobre las contradictorias declaraciones del actual presidente para preguntarse si no son escandalosas y merecen el repudio de los argentinos. Si cualquier ciudadano se respaldara en el viejo refrán “para muestra basta un botón”, podría encontrar decenas de contradicciones en las aserciones del libertario y anarco-capitalista Javier Milei (1970), el “Javo”, el “León”, el “enviado de Dios”, tal como lo llaman sus seguidores. Polémicas declaraciones que incluso internacionalmente son calificadas como “sin fundamento y cargadas de contradicciones”, y en general -salvo en aquellos espacios privilegiados por sus políticas económicas- se resalta que su extravagancia grotesca, entre violenta y desequilibrada, llama la atención como una caricatura de la ultraderecha.


Como muestra de sus incesantes declaraciones contradictorias podría mencionarse la que hizo sobre el Papa Francisco en 2023 cuando aseveró que 
“el papa Francisco es un imbécil, es el representante del maligno en la Tierra. Siempre está parado del lado del mal porque apoya los impuestos. Tiene afinidad por los comunistas asesinos y viola los Diez Mandamientos al defender la justicia social”, para dos años más tarde declarar que “con profundo dolor me entero esta triste mañana que el Papa Francisco, Jorge Bergoglio, falleció hoy y ya se encuentra descansando en paz. A pesar de diferencias que hoy resultan menores, haber podido conocerlo en su bondad y sabiduría fue un verdadero honor para mí. Como presidente, como argentino y, fundamentalmente, como un hombre de fe, despido al Santo Padre y acompaño a todos los que hoy nos encontramos con esta triste noticia. Fue incansable su lucha para proteger la vida desde la concepción, promover el diálogo interreligioso y acercar la vida espiritual y virtuosa a los más jóvenes. Concédele, oh Señor, el descanso eterno y que la luz perpetua le brille. Que descanse en paz”.
En una entrevista televisiva en el año 2021 se refirió elogiosamente hacia quien fuera ministro de Economía entre marzo de 1991 y julio de 1996, y entre marzo y diciembre de 2001: Domingo Cavallo. “Cavallo hizo la Convertibilidad y Argentina tuvo un incremento de la producción como nunca en la historia. Yo hablo con Cavallo, mantengo frecuentes diálogos con él. Discutimos de economía, hablamos de economía, recibo sus consejos. Para mí es un honor hablar con Cavallo. Fue el mejor ministro de Economía de toda la historia”. Pero en 2025, cuando Cavallo cuestionó el sostenimiento del atraso cambiario como política anti inflacionaria, Milei lo calificó como un “impresentable”. “No vamos a devaluar de ninguna manera” -declaró-, y recordó que “cuando él era ministro de Economía insultaba a todo el mundo cuando hablaban de devaluación y defendía el tipo de cambio de la convertibilidad. Nosotros tenemos equilibrio fiscal, él no tenía. Este programa económico es mucho más exitoso que la convertibilidad porque no tuvimos que tener una hiperinflación para hacerlo”.
Otro ejemplo es lo que dijo sobre Luis Caputo en 2017 cuando era ministro de Finanzas de la Nación en el gobierno de Propuesta Republicana (PRO): “Caputo se fumó más de US$ 15.000 millones de reservas irresponsablemente, ineficientemente. Lo que quería hacer era utilizar las reservas para tener más grado de libertad en hacer la política monetaria. Se terminó en el Fondo Monetario Internacional, y qué le dijo el FMI: ‘No te voy a poner guita adentro del Banco Central para patinarte una aventura electoral’”. En 2025, siendo su ministro de Economía, aseguró que “Caputo, por lejos, es el mejor ministro de Economía de toda la historia argentina. Había sólo una forma de cortar el nudo gordiano que significaba el desastre heredado y era estabilizando la economía, el aspecto más urgente era el descalabro inflacionario que nos tenía a las puertas de una hiperinflación, y la raíz de la inflación era una emisión monetaria que derivaba del déficit fiscal. Lo hizo Caputo, el mejor ministro de Economía del mundo”.
Durante la campaña electoral en 2024, aseguró que la candidata a presidenta Patricia Bullrich “en los ‘70 participó en una organización terrorista. Fue una montonera tira bombas que tiene las manos manchadas de sangre. Puso un artefacto explosivo en el jardín de una casa del intendente de San Isidro que provocó heridas a la esposa y a una criatura”. Pero a pesar de ello, al ganar las elecciones, la designó como ministra de Seguridad Nacional y en 2025 declaró que “cuando nosotros asumimos había cerca de ocho mil piquetes por año, y decían que era imposible terminar con los piquetes. Nosotros terminamos con los piquetes de la mano del trabajo enorme de la doctora Bullrich. Hay que elogiar el accionar implacable de la ministra de Seguridad Patricia Bullrich, la formidable y maravillosa ministra Patricia Bullrich”.
También se refirió a la ex presidenta y por entonces vicepresidenta Cristina Kirchner en 2022: “En términos históricos, Cristina Fernández de Kirchner es la mujer más importante de la historia argentina en la política. Fue dos veces presidente y ahora es vicepresidente. Si es corrupta que lo determine la Justicia, yo no voy a caer en esa trampa”; para luego, en 2024, bramar: “Cristina es una chorra, una delincuente. No hay mayor estafadora en la historia argentina que ella. Me encantaría meterle el último clavo al cajón del kirchnerismo con Cristina adentro”. Un cambio de opinión similar al que se produjo con su actual vicepresidenta y presidenta del Senado de la Nación Victoria Villarruel, cuando en 2023, durante la campaña electoral, aseguró: “La mujer brillante que me acompaña en la fórmula es la señora Victoria Villarruel porque es una persona íntegra, brillante, honesta, y trabajamos de manera en que nos complementamos muy bien”; para pasar a opinar en 2025, cuando ella propuso una actualización de las partidas presupuestarias para el Senado, que era “una bruta traidora que dijo que lo iba a financiar con treinta millones. Sugiero que antes de hacer chicanas aprenda a sumar dos más dos”.
También se contradijo en su opinión sobre el expresidente Mauricio Macri, sobre el que, durante la campaña electoral de 2023, dijo: “La gente subestima el rol patriótico de Macri. No fue candidato por una cuestión patriótica. Él tuvo un gesto de grandeza, porque al correrse sacó de la cancha a Cristina Kirchner. Al hacerlo, terminó con la grieta entre el macrismo y el kirchnerismo. Se corrió y dejó sin sentido a Cristina, que tuvo que salir a buscar un heredero. Durante su mandato tenía las ideas y la dirección correctas, sólo hubo un problema con la velocidad. Él también quiere una Argentina mejor, yo lo que pondero mucho de Mauricio Macri”. Pero, dos años después, en 2025, declaró: “Yo entiendo que para algunas cosas está grande y no las entiende y su espacio parece que tampoco las entiende. Macri no entiende nada de economía, quizás deba entender que su momento pasó. Es un llorón y parece un chico de cristal”.
Asimismo, fueron contradictorias sus opiniones sobre los miembros de la Asamblea Legislativa, a los que ya despreció cuando dirigió su mensaje de asunción de espaldas al Congreso Nacional en diciembre de 2023. Poco después diría que “el Congreso es un nido de ratas y ladrones. Sus integrantes son cucarachas, delincuentes, traidores, corruptos, símbolos de casta. Se aumentan el sueldo y no pierden nunca. Tienen que decidir si están del lado de la libertad o de los privilegios. No necesito del Congreso para salvar la economía”. Sin embargo, recientemente, durante la inauguración de las sesiones ordinarias, después de que tanto los diputados como los senadores le aprobaran la retrógrada ley de “modernización” laboral, declaró que: “tenemos el Congreso más reformista de la historia y la fuerza suficiente para hacerle frente a cualquier golpe político que quieran llevar adelante. Nunca el Congreso tuvo una composición tan reformista como esta. Le pusieron un freno a los degenerados fiscales que intentaron destruir el superávit fiscal que los argentinos con tanto esfuerzo logramos construir”, e invitó a los diputados y senadores a un asado en la Quinta Presidencial de Olivos para “agradecerles el trabajo realizado”.
En cuanto a las relaciones con China, conocida como el “gigante asiático” por su liderazgo comercial que supera incluso a los Estados Unidos en el volumen de exportaciones, y por su enorme innovación y desarrollo tecnológico llevado adelante por medio de una planificación estatal centralizada, en 2024 quien se autodefinió como un “topo” infiltrado para destruir el Estado desde adentro ya que el mismo es una “organización criminal”, opinó que “el comunismo chino es una amenaza para Occidente. No voy a hacer negocios con China, no voy a hacer negocios con ningún comunista. Yo soy un defensor de la libertad, de la paz y de la democracia. Los chinos no entran ahí”. Aun así, apenas un año y medio después flexibilizó significativamente las importaciones desde China ya que, según declaró: “China me ha sorprendido gratamente. El gigante asiático es un socio comercial muy interesante porque ellos no exigen nada. China es un gran socio comercial de la Argentina lo que implica un montón de oportunidades para expandir mercados”.


Vistos todos estos ejemplos cabe preguntarse ¿qué son estos testimonios? ¿Son contradicciones? ¿son incoherencias? ¿son necedades? ¿O simplemente son afirmaciones egocéntricas e interesadas, según el momento en que fueron dichas, para obtener algún beneficio? Dada la situación caótica que vive la Argentina hoy en día, con el cierre de más de veinte mil empresas, con la pérdida de más de trescientos mil puestos de trabajo registrados, con un nivel de empleo informal sin seguridad social ni aportes jubilatorios que alcanza al 43% de la fuerza laboral, con una pobreza que afecta al 40% de la población, con jubilaciones y pensiones que apenas cubren el 25% de la canasta básica, con el profundo desfinanciamiento de la ciencia, la salud, la educación y el arte, con los escandalosos casos de corrupción, etc. etc., no queda más que pensar que fueron expresiones de un sociópata que, en tan sólo dos años de gobierno, rodeado de un grupo de funcionarios “afortunados” y apoyado por una docena de empresarios “ilustres”, no hizo más que gobernar para favorecer a los sectores más ricos en desmedro de los trabajadores y los sectores más vulnerables.
Quien desde hace años critica a la “casta” política, es decir a aquellos que, según sus propias palabras, son los grupos políticos poderosos que promulgan políticas que causan perjuicio a la población y que, para mantener sus propios privilegios, alegan que no existen alternativas viables, parece olvidar que siete de cada diez personas que ocupan puestos de alto nivel en su gobierno tienen antecedentes en gestiones anteriores en las que han mantenido sus prebendas y usado las políticas económicas a su favor. Para defenderse ante quienes lo acusan de pertenecer a la “casta”, en una entrevista declaró: “No soy un político ‘casta’. Sólo fui asesor económico del diputado Bussi en 1994, quien llegó al Congreso mediante el voto popular. Había unos temas que afectaban a la provincia de Tucumán y necesitaban un economista que hiciera el análisis de las leyes que se querían sancionar. Tuve dos contratos con la gente de Bussi por un proyecto que tenía que ver con los cítricos y otro que tenía que ver con la caña de azúcar. Yo hice mi trabajo, se terminó y me fui”. Y recientemente manifestó que “el mandato que se me dio es por cuatro años, con opción a cuatro adicionales dentro de esa regla de juego. Yo juego dentro de esa regla. Para mí, en el 2031 -supongamos que fuera reelecto- me voy a vivir a un campo y voy a estar con mis hijitos de cuatro patas, leyendo, escribiendo y dando conferencias”. Es muy probable que eso ocurra con quien, según su declaración jurada, durante el primer año de su mandato aumentó casi un 500% su patrimonio.
Y a todo esto, ¿qué hacen los ciudadanos argentinos? La actitud de la mayoría de ellos se asemeja a la mujer que la escritora Poldy Bird (1941-2018) describía en uno de sus cuentos: “Una mujer casi nunca está entera. Fue haciéndose de a poquititos y también se morirá de a poquititos. No es una fruta que se desprende de pronto del árbol, es una flor que se va deshojando pétalo a pétalo, avergonzándose de su sufrimiento pero aceptándolo como un rito, como una obligación ineludible o una maldición ancestral”. Parece que así aceptan los argentinos su actual situación. O tal vez relacionan al presidente con el hombre que la misma escritora retrató en otro de sus cuentos: “Lo que un hombre quiere es que volemos cuando él mismo ha cortado nuestras alas. Y quiere que tengamos los colores del arco iris cuando se ha encargado de borrarlos y dejarnos en blanco y negro, como una vieja fotografía de la desolación. Y odia nuestra felicidad, porque la felicidad de los demás no lo hace feliz, como él pregona. Le provoca malestar”. En fin, la historia tendrá la última palabra.

17 de marzo de 2026

Selva Almada: “Por lo general cuando nos hablan del campo escuchamos hablar a los patrones, a los socios de la Sociedad Rural. Poco nos cuentan de la explotación de la gente que trabaja la tierra para el patrón”

La escritora argentina Selva Almada (1973) nació en Villa Elisa, provincia de Entre Ríos. Estudió el Profesorado de Literatura en el Instituto de Enseñanza Superior de Paraná, y comenzó su carrera como escritora en 2003 con la publicación del poemario “Mal de muñecas”. Posteriormente publicó los libros de cuentos “Niños”, “Una chica de provincia” y “El desapego es una manera de querernos”; el libro de crónicas “Chicas muertas” y las novelas “El viento que arrasa”, “Ladrilleros” y “No es un río”. 
Sus creaciones literarias han sido traducidas a numerosos idiomas entre los que se encuentran el alemán, el francés, el inglés, el italiano y el portugués, entre otros. 
“Me llevó bastante tiempo sentirme cómoda con la idea de decir ‘soy escritora’ -declaró en una oportunidad- No lo sentía como un oficio. Mi relación con la escritura es extraña. Soy muy errática, no tengo una disciplina de trabajo. Si no hay un proyecto en vista puedo no escribir y no pasa nada, no siento que dejé de ser escritora o que nunca más voy a escribir, pero cuando eso sucede, que sucede de vez en cuando, pienso ‘si lo paso tan bien, si me divierte tanto hacer esto, ¿porqué no lo hago más seguido?’”.
Considerada una autora singular en la Argentina actual por situar el entorno del litoral como eje central de sus relatos, acaba de publicar “Una casa sola”, una novela en la que se aleja del agua para centrar la atención en una parcela de monte en una historia que se despliega entre las cuatro paredes de una casa deshabitada.


Lo que sigue son fragmentos de la entrevista a cargo de Agustina Larrea que fue publicada en el medio de comunicación digital “elDiarioAR” el 15 de marzo de 2026.
 
¿Qué fue primero, la casa, el tono, el paisaje, el espacio? ¿Qué te acordás de los comienzos de este libro?
 
Sin dudas fue la casa. Fue la casa en el sentido de preguntarme qué le pasa a un espacio, a un espacio tan fuerte simbólicamente como es una casa, cuando se vacía. Porque en ese lugar vivía una familia que ya no está. Por supuesto que está también abierta la pregunta de si se fueron, si hay algo siniestro en esa gente, si es una desaparición forzada o qué. Pero bueno, en vez de seguir el rastro de una especie de investigación sobre qué es lo que pasó con esa familia, me quedé pensando en qué le pasa a la casa y qué le pasa a ese lugar que sigue esperando. Un espacio quieto en esa espera y a la vez que empieza a volverse del lugar de donde vino, que es el monte. Que la casa fuera una casa narradora, de todas formas, no estuvo desde el comienzo. Yo había pensado en un narrador omnisciente, muy pegado a la casa. Pero, cuando empecé a escribir, empezó a aparecer cada vez más una voz que podía ser la de la casa. Empezó a confundirse un poco la voz del narrador en tercera con la subjetiva de la casa. Y ahí dije “a ver cómo sonaría si realmente es la casa la que cuenta”.
 
Es un gesto audaz.
 
Sí, para mí fue audaz porque, qué sé yo, nunca lo había hecho. Cuando tiré de la idea de que la casa narrara también pensé “ay, esto puede salir muy mal”. Puede ser o sonar un poco ridículo. Pero sentí que ya había un tono con el que me daban ganas de seguir. Quizás si me hubiese planteado de entrada “va a hablar una casa” tal vez hubiera fracasado. Después, ya pensando que la casa era la que narraba, quise evitar los lugares comunes, o no pensar a la casa como piensa una persona. Fue pensar alrededor de la pregunta de cómo puede contar un espacio físico y cómo puede contar alguien que se siente parte de un territorio y parte de una historia que la excede. Porque esta casa particular sale del monte, es parte de esa tierra. Como mis novelas por lo general suelen ser breves también en algún momento llegué a plantearme “¿no será muy pesado solamente estar escuchando el runrún de la casa durante todo el trayecto?”. Así también apareció esto de que el monte estuviera tan presente con esa segunda voz que es la del monte, o la de un narrador muy ligado al monte.
 
De hecho, en tus libros el espacio de la naturaleza o del monte siempre está, pero acá queda la impresión de que hubo de tu parte una suerte de torsión muy fuerte, de mucha investigación. Desde la gran cantidad de nombres de árboles que aparece hasta esas voces gauchescas, digamos, que son como de espectros.
 
Sí, lo de traer estos personajes que viven en el monte sale de algo que había quedado fuera de un guion que escribimos con Maximiliano Schonfeld para la película “Jesús López”. Ahí habíamos armado este grupo de gauchos medio zombis y medio espectrales. Después eso quedó afuera de la película y vino la idea de traerlos y ponerlos en este monte de la novela. Son personajes que se mueven en el monte como en una especie de limbo, de lugar suspendido, sin tiempo, donde conviven con otros espectros de distintas épocas. De hecho. los traigo a la primera escena de la novela, con ellos arranca el libro. Después van apareciendo en distintos capítulos casi como un coro de voces, ellos hablan pero no sabés bien quién es quién. Ahí aparece el episodio de la muerte de Urquiza porque un sector de su ejército era de gauchos. En ese caso, sí, me puse a leer bastante porque la verdad es que no me acordaba mucho de la historia de Entre Ríos que me enseñaron en la escuela ni del día que asesinaron a Urquiza. Buscando en internet llegué a un “paper” de la Facultad de Agronomía donde hablaban de todos los árboles, de las plantas exóticas que él había traído. Contaban ahí que Urquiza era aficionado a la botánica, un enamorado de las plantas, cosa que yo no sabía. La parte de los árboles, toda esa enumeración que hay de cuando lo matan y cuando se describe un poco el palacio está sacado de ahí. Por supuesto que también hay mucho que conozco de la zona porque viví buena parte de mi vida por ahí. Pero después me puse a buscar cómo combinan, cómo suenan los nombres de los árboles cuando aparecen estas enumeraciones, cómo rebotan los nombres entre sí, para que armen algún tipo de música. La sonoridad es una cosa a la que siempre me gusta darle mucha importancia en la escritura. 
 
Aparecen combates de otro siglo, de la época de la Confederación, aparece también un personaje vinculado con Malvinas. ¿Por qué te interesaba indagar en estos episodios históricos concretos, en esos combates?
 
Creo que empezó dándole vueltas a esos gauchos matreros. Hay una cosa ahí de tipos que ponen el lomo para la guerra o que ponen el lomo para el trabajo, en el caso de los personajes de la novela que trabajan en el campo. Todos son, en el fondo, cuerpos subvalorados para la autoridad o para el poder. Así como están los de estas guerras del siglo XIX, también tuvimos la del siglo XX, que fue la guerra de Malvinas. Yo iba a la escuela primaria en ese momento, fui de la generación que escribió cartas para los soldados. Y siempre percibí que, sobre todo lo de los veteranos, fue un tema bastante silenciado. Como si nos avergonzaran los veteranos, tenemos muy negado el rol de aquellos que fueron y que sobrevivieron. Incluso sabemos de la enorme cantidad de suicidios que hubo entre los que pudieron volver, un número que no sé si no fue superior a la cantidad de personas que murieron en la guerra en el campo de batalla. Hay una cosa rara alrededor de Malvinas en este sentido. Por un lado, está la afirmación de que sí, claro que son argentinas. Pero, por otro lado, se le da la espalda a aquellos que fueron a la guerra y se convirtieron en carne de cañón. Además, la mayoría de los chicos que fueron, porque encima eran pibitos, venían de la zona de Corrientes, del Chaco, de Formosa. O sea, gente por la que nadie iba a reclamar. Así que, bueno, un poco esa fue la idea también a la hora de traer a uno de los personajes, que en la novela es El Cortito y estuvo en Malvinas.
 
Hablabas de “carne de cañón” y en esta novela está muy presente tu mirada sobre el mundo laboral, que ya aparecía, por ejemplo, en tu novela “Ladrilleros”. Están las escenas del campo, con personas que empiezan a trabajar siendo niñas, por ejemplo. ¿Por qué te pareció importante volver a poner la mirada ahí?
 
Cuando empecé a pensar por dónde iba a ir la trama de la novela, rápidamente ubiqué que esta casa no es una casa de ricos en el campo, es la casa de unos puesteros, la casa que el patrón le presta a los que trabajan en su campo. Esta gente que desaparece es una familia de peones. Ahí estaba un poco trazado el horizonte que iba a seguir el relato, con estos personajes que se mueven en el mundo del trabajo físico, en un tipo de trabajo muy mal pago también. Por lo general cuando nos hablan del campo, estamos escuchando hablar a los patrones, a los socios de la Sociedad Rural. Poco sabemos o poco nos cuentan, en cambio, de las condiciones de vida, de explotación de la gente que trabaja la tierra para el patrón. Mi abuelo fue peón de campo y desde chica en la familia escuché relatos de la dureza de la vida en estos lugares y en este tipo de tareas. Me interesaba contar ese lado de la historia: el de quienes no poseen la tierra pero la trabajan. En el camino se me aparecían muchas cosas del cancionero folclórico, con Zitarrosa, Viglietti y un montón de cantautores de los ‘60 y los ‘70, donde el tema laboral estaba un poco más presente. Diría que desde el inicio sentí que este relato iba a estar atravesado por una clase social y que era esa clase social generalmente olvidada o silenciada en los grandes relatos.
 
Resulta por lo menos curioso que estas inquietudes que te movían cuando escribías salen a la luz ahora con este libro, con la aprobación de la Reforma Laboral, incluso con el reciente estreno de “Nuestra tierra” de Lucrecia Martel, donde la pregunta sobre la propiedad de las tierras y de las cosas está también en primer plano.
 
Sí, lamentablemente lo de la Reforma Laboral es un tema que parece que siempre está volviendo. Y con “Nuestra tierra” me pasó que la vi en estos días. No la había visto antes, aunque sí sabía más o menos que era sobre el asesinato de Chocobar. Y, claro, dije “wow”, hay muchas preguntas en común que tienen que ver con la propiedad de la tierra. ¿De quién es? ¿del que la habita? ¿del que la trabaja? ¿del que la cuida? Pasa lo mismo con la casa, ¿no? A mí me gustan estas coincidencias, que salgan películas, libros o discos que ronden los mismos universos. Porque a nadie se le ocurren las cosas en soledad. No es que una diga “ay qué genia que estoy pensando en esto”, para nada. Al contrario, me parece que hay un runrún de época que está ahí sobrevolando. Y después cada una lo agarra como puede y lo exprime como puede o lo lleva a cabo como puede. En cualquier caso, no me resulta para nada casual que salga Nuestra tierra y cerca salga este libro. Y seguramente vamos a ir viendo otras cosas que vayan saliendo con estas preguntas rondando.
 
Sobre todo en estos tiempos de crisis habitacional, de imposibilidad de llegar a tener una casa.
 
A mí eso es algo que me horroriza. Empezamos a naturalizar que la gente viva en la calle y se convierta en parte del paisaje cotidiano. Me parece un horror. O sea, que lo naturalice el Estado, pero que también las personas empecemos a naturalizarlo. Que sea normal pasar al lado de alguien que armó su cama ahí, por donde caminamos todos.
 
Más allá de los vaivenes en el tiempo, la novela está traccionada por la desaparición de una familia. No decidiste ir por el lado del policial clásico, pero sí están los investigadores que no investigan y un personaje como el de la Tata, que es una mujer que pese a todo los sigue buscando. Sobre todo para los lectores y lectoras de Argentina, esas mujeres que buscan a sus familiares resuenan de manera particular.
 
Sí, es que creo que toda esa parte de la trama dialoga decididamente con la historia del país. Por otra parte, quería que esta desaparición ocurriera en democracia. Realmente me asombra cuando empezás a mirar la gran cantidad de gente que ha desaparecido después del ‘83 y de los que no se sabe nada. Desde niños y mujeres, que podemos suponer que son víctimas de redes de trata de personas, hasta hombres grandes. Los vemos todo el tiempo, por ejemplo, en las pantallas que hay en los aeropuertos. ¿Dónde está esta gente? ¿Qué pasa? ¿Por qué no los encuentran? La pregunta que me surgía es por qué a esa gente nadie la busca excepto su familia y sus amigos. Y creo que la mayoría de las veces es porque se trata de gente con muy pocos recursos económicos. En ese contexto me interesaba la voz de la Tata, como la madre que se sobrepone a todo y sale a exigir respuestas. En nuestra historia reciente tenemos a las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, las madres de la trata, las mujeres detrás de muchísimas búsquedas. Mujeres que aun no teniendo recursos ni teniendo herramientas se las inventan y se las ingenian para reclamar por los suyos. Yo no tengo hijos, pero me imagino que para una mujer que sí los tiene lo peor que le puede pasar es que le desaparezcan o que maten a su hijo. Entonces me imagino que si te sucede lo más extremo que le puede suceder a una madre, en un punto no te importa nada, no te importa el poder, no te importa cuán poderoso sea el otro que está enfrente. Al menos en el personaje de la Tata está reflejado esto: ella empieza a volverse gigante con sus pocos recursos y aunque tampoco llega a encontrar respuestas nunca deja de buscar.
 
Escribís escenas muy vívidas sobre esos espacios de tu infancia en Entre Ríos, pero para hacerlo te viniste a vivir a Buenos Aires. ¿Cómo funciona para vos ese ir y venir en la memoria?
 
Creo que tiene que ver más que nada con la evocación. Que muchas veces también son ficciones de esos paisajes que una arma. Son construcciones literarias, quiero decir. Quizás alguien que vive en el monte lee el libro y no se siente muy identificado con ese mundo. Aunque voy frecuentemente porque mi familia sigue viviendo en Entre Ríos, lo que escribo tiene mucho de memoria, de los primeros años de vida, de la infancia. La mía fue una infancia muy cercana a la naturaleza, la casa de mis abuelos estaba en las afueras del pueblo, casi donde el pueblo ya había terminado. Además eran los años ‘80, y todavía había espacios con esa naturaleza un poco así agreste o salvaje. Entonces sí, yo siento que cada vez que me pongo a escribir todo el tiempo estoy como volviendo a esos primeros años de vida, a esos calores y a esos veranos.