La escritora argentina Selva
Almada (1973) nació en Villa Elisa, provincia de Entre Ríos. Estudió el
Profesorado de Literatura en el Instituto de Enseñanza Superior de Paraná, y comenzó
su carrera como escritora en 2003 con la publicación del poemario “Mal de
muñecas”. Posteriormente publicó los libros de cuentos “Niños”, “Una chica de
provincia” y “El desapego es una manera de querernos”; el libro de crónicas “Chicas
muertas” y las novelas “El viento que arrasa”, “Ladrilleros” y “No es un río”. Sus creaciones literarias
han sido traducidas a numerosos idiomas entre los que se encuentran el alemán, el
francés, el inglés, el italiano y el portugués, entre otros. “Me llevó bastante tiempo
sentirme cómoda con la idea de decir ‘soy escritora’ -declaró en una
oportunidad- No lo sentía como un oficio. Mi relación con la escritura es
extraña. Soy muy errática, no tengo una disciplina de trabajo. Si no hay un
proyecto en vista puedo no escribir y no pasa nada, no siento que dejé de ser
escritora o que nunca más voy a escribir, pero cuando eso sucede, que sucede
de vez en cuando, pienso ‘si lo paso tan bien, si me divierte tanto hacer esto,
¿porqué no lo hago más seguido?’”.
Considerada una autora singular en la Argentina actual por situar el entorno
del litoral como eje central de sus relatos, acaba de publicar “Una casa sola”,
una novela en la que se aleja del agua para centrar la atención en una parcela
de monte en una historia que se despliega entre las cuatro paredes de una casa
deshabitada.
Lo que sigue son
fragmentos de la entrevista a cargo de Agustina Larrea que fue publicada en el medio
de comunicación digital “elDiarioAR” el 15 de marzo de 2026.
¿Qué fue primero, la casa,
el tono, el paisaje, el espacio? ¿Qué te acordás de los comienzos de este
libro?
Sin dudas fue la casa. Fue
la casa en el sentido de preguntarme qué le pasa a un espacio, a un espacio tan
fuerte simbólicamente como es una casa, cuando se vacía. Porque en ese lugar
vivía una familia que ya no está. Por supuesto que está también abierta la
pregunta de si se fueron, si hay algo siniestro en esa gente, si es una
desaparición forzada o qué. Pero bueno, en vez de seguir el rastro de una
especie de investigación sobre qué es lo que pasó con esa familia, me quedé
pensando en qué le pasa a la casa y qué le pasa a ese lugar que sigue
esperando. Un espacio quieto en esa espera y a la vez que empieza a volverse
del lugar de donde vino, que es el monte. Que la casa fuera una casa narradora,
de todas formas, no estuvo desde el comienzo. Yo había pensado en un narrador
omnisciente, muy pegado a la casa. Pero, cuando empecé a escribir, empezó a
aparecer cada vez más una voz que podía ser la de la casa. Empezó a confundirse
un poco la voz del narrador en tercera con la subjetiva de la casa. Y ahí dije
“a ver cómo sonaría si realmente es la casa la que cuenta”.
Es un gesto audaz.
Sí, para mí fue audaz
porque, qué sé yo, nunca lo había hecho. Cuando tiré de la idea de que la casa
narrara también pensé “ay, esto puede salir muy mal”. Puede ser o sonar un poco
ridículo. Pero sentí que ya había un tono con el que me daban ganas de seguir.
Quizás si me hubiese planteado de entrada “va a hablar una casa” tal vez
hubiera fracasado. Después, ya pensando que la casa era la que narraba, quise
evitar los lugares comunes, o no pensar a la casa como piensa una persona. Fue
pensar alrededor de la pregunta de cómo puede contar un espacio físico y cómo
puede contar alguien que se siente parte de un territorio y parte de una
historia que la excede. Porque esta casa particular sale del monte, es parte de
esa tierra. Como mis novelas por lo general suelen ser breves también en algún
momento llegué a plantearme “¿no será muy pesado solamente estar escuchando el
runrún de la casa durante todo el trayecto?”. Así también apareció esto de que
el monte estuviera tan presente con esa segunda voz que es la del monte, o la
de un narrador muy ligado al monte.
De hecho, en tus libros el
espacio de la naturaleza o del monte siempre está, pero acá queda la impresión
de que hubo de tu parte una suerte de torsión muy fuerte, de mucha
investigación. Desde la gran cantidad de nombres de árboles que aparece hasta
esas voces gauchescas, digamos, que son como de espectros.
Sí, lo de traer estos
personajes que viven en el monte sale de algo que había quedado fuera de un guion
que escribimos con Maximiliano Schonfeld para la película “Jesús López”. Ahí
habíamos armado este grupo de gauchos medio zombis y medio espectrales. Después
eso quedó afuera de la película y vino la idea de traerlos y ponerlos en este
monte de la novela. Son personajes que se mueven en el monte como en una
especie de limbo, de lugar suspendido, sin tiempo, donde conviven con otros
espectros de distintas épocas. De hecho. los traigo a la primera escena de la
novela, con ellos arranca el libro. Después van apareciendo en distintos
capítulos casi como un coro de voces, ellos hablan pero no sabés bien quién es
quién. Ahí aparece el episodio de la muerte de Urquiza porque un sector de su
ejército era de gauchos. En ese caso, sí, me puse a leer bastante porque la
verdad es que no me acordaba mucho de la historia de Entre Ríos que me
enseñaron en la escuela ni del día que asesinaron a Urquiza. Buscando en
internet llegué a un “paper” de la Facultad de Agronomía donde hablaban de
todos los árboles, de las plantas exóticas que él había traído. Contaban ahí
que Urquiza era aficionado a la botánica, un enamorado de las plantas, cosa que
yo no sabía. La parte de los árboles, toda esa enumeración que hay de cuando lo
matan y cuando se describe un poco el palacio está sacado de ahí. Por supuesto
que también hay mucho que conozco de la zona porque viví buena parte de mi vida
por ahí. Pero después me puse a buscar cómo combinan, cómo suenan los nombres
de los árboles cuando aparecen estas enumeraciones, cómo rebotan los nombres
entre sí, para que armen algún tipo de música. La sonoridad es una cosa a la
que siempre me gusta darle mucha importancia en la escritura.
Aparecen combates de otro
siglo, de la época de la Confederación, aparece también un personaje vinculado
con Malvinas. ¿Por qué te interesaba indagar en estos episodios históricos
concretos, en esos combates?
Creo que empezó dándole
vueltas a esos gauchos matreros. Hay una cosa ahí de tipos que ponen el lomo
para la guerra o que ponen el lomo para el trabajo, en el caso de los
personajes de la novela que trabajan en el campo. Todos son, en el fondo,
cuerpos subvalorados para la autoridad o para el poder. Así como están los de
estas guerras del siglo XIX, también tuvimos la del siglo XX, que fue la guerra
de Malvinas. Yo iba a la escuela primaria en ese momento, fui de la generación
que escribió cartas para los soldados. Y siempre percibí que, sobre todo lo de
los veteranos, fue un tema bastante silenciado. Como si nos avergonzaran los
veteranos, tenemos muy negado el rol de aquellos que fueron y que
sobrevivieron. Incluso sabemos de la enorme cantidad de suicidios que hubo
entre los que pudieron volver, un número que no sé si no fue superior a la
cantidad de personas que murieron en la guerra en el campo de batalla. Hay una
cosa rara alrededor de Malvinas en este sentido. Por un lado, está la
afirmación de que sí, claro que son argentinas. Pero, por otro lado, se le da
la espalda a aquellos que fueron a la guerra y se convirtieron en carne de
cañón. Además, la mayoría de los chicos que fueron, porque encima eran pibitos,
venían de la zona de Corrientes, del Chaco, de Formosa. O sea, gente por la que
nadie iba a reclamar. Así que, bueno, un poco esa fue la idea también a la hora
de traer a uno de los personajes, que en la novela es El Cortito y estuvo en
Malvinas.
Hablabas de “carne de
cañón” y en esta novela está muy presente tu mirada sobre el mundo laboral, que
ya aparecía, por ejemplo, en tu novela “Ladrilleros”. Están las escenas del
campo, con personas que empiezan a trabajar siendo niñas, por ejemplo. ¿Por qué
te pareció importante volver a poner la mirada ahí?
Cuando empecé a pensar por
dónde iba a ir la trama de la novela, rápidamente ubiqué que esta casa no es
una casa de ricos en el campo, es la casa de unos puesteros, la casa que el
patrón le presta a los que trabajan en su campo. Esta gente que desaparece es una
familia de peones. Ahí estaba un poco trazado el horizonte que iba a seguir el
relato, con estos personajes que se mueven en el mundo del trabajo físico, en
un tipo de trabajo muy mal pago también. Por lo general cuando nos hablan del
campo, estamos escuchando hablar a los patrones, a los socios de la Sociedad
Rural. Poco sabemos o poco nos cuentan, en cambio, de las condiciones de vida,
de explotación de la gente que trabaja la tierra para el patrón. Mi abuelo fue
peón de campo y desde chica en la familia escuché relatos de la dureza de la
vida en estos lugares y en este tipo de tareas. Me interesaba contar ese lado
de la historia: el de quienes no poseen la tierra pero la trabajan. En el
camino se me aparecían muchas cosas del cancionero folclórico, con Zitarrosa,
Viglietti y un montón de cantautores de los ‘60 y los ‘70, donde el tema
laboral estaba un poco más presente. Diría que desde el inicio sentí que este
relato iba a estar atravesado por una clase social y que era esa clase social
generalmente olvidada o silenciada en los grandes relatos.
Resulta por lo menos
curioso que estas inquietudes que te movían cuando escribías salen a la luz
ahora con este libro, con la aprobación de la Reforma Laboral, incluso con el
reciente estreno de “Nuestra tierra” de Lucrecia Martel, donde la pregunta
sobre la propiedad de las tierras y de las cosas está también en primer plano.
Sí, lamentablemente lo de
la Reforma Laboral es un tema que parece que siempre está volviendo. Y con “Nuestra
tierra” me pasó que la vi en estos días. No la había visto antes, aunque sí
sabía más o menos que era sobre el asesinato de Chocobar. Y, claro, dije “wow”,
hay muchas preguntas en común que tienen que ver con la propiedad de la tierra.
¿De quién es? ¿del que la habita? ¿del que la trabaja? ¿del que la cuida? Pasa
lo mismo con la casa, ¿no? A mí me gustan estas coincidencias, que salgan
películas, libros o discos que ronden los mismos universos. Porque a nadie se
le ocurren las cosas en soledad. No es que una diga “ay qué genia que estoy
pensando en esto”, para nada. Al contrario, me parece que hay un runrún de
época que está ahí sobrevolando. Y después cada una lo agarra como puede y lo
exprime como puede o lo lleva a cabo como puede. En cualquier caso, no me
resulta para nada casual que salga Nuestra tierra y cerca salga este libro. Y
seguramente vamos a ir viendo otras cosas que vayan saliendo con estas
preguntas rondando.
Sobre todo en estos
tiempos de crisis habitacional, de imposibilidad de llegar a tener una casa.
A mí eso es algo que me
horroriza. Empezamos a naturalizar que la gente viva en la calle y se convierta
en parte del paisaje cotidiano. Me parece un horror. O sea, que lo naturalice
el Estado, pero que también las personas empecemos a naturalizarlo. Que sea
normal pasar al lado de alguien que armó su cama ahí, por donde caminamos
todos.
Más allá de los vaivenes
en el tiempo, la novela está traccionada por la desaparición de una familia. No
decidiste ir por el lado del policial clásico, pero sí están los investigadores
que no investigan y un personaje como el de la Tata, que es una mujer que pese
a todo los sigue buscando. Sobre todo para los lectores y lectoras de
Argentina, esas mujeres que buscan a sus familiares resuenan de manera
particular.
Sí, es que creo que toda
esa parte de la trama dialoga decididamente con la historia del país. Por otra
parte, quería que esta desaparición ocurriera en democracia. Realmente me
asombra cuando empezás a mirar la gran cantidad de gente que ha desaparecido
después del ‘83 y de los que no se sabe nada. Desde niños y mujeres, que
podemos suponer que son víctimas de redes de trata de personas, hasta hombres
grandes. Los vemos todo el tiempo, por ejemplo, en las pantallas que hay en los
aeropuertos. ¿Dónde está esta gente? ¿Qué pasa? ¿Por qué no los encuentran? La
pregunta que me surgía es por qué a esa gente nadie la busca excepto su familia
y sus amigos. Y creo que la mayoría de las veces es porque se trata de gente
con muy pocos recursos económicos. En ese contexto me interesaba la voz de la
Tata, como la madre que se sobrepone a todo y sale a exigir respuestas. En
nuestra historia reciente tenemos a las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, las
madres de la trata, las mujeres detrás de muchísimas búsquedas. Mujeres que aun
no teniendo recursos ni teniendo herramientas se las inventan y se las ingenian
para reclamar por los suyos. Yo no tengo hijos, pero me imagino que para una
mujer que sí los tiene lo peor que le puede pasar es que le desaparezcan o que
maten a su hijo. Entonces me imagino que si te sucede lo más extremo que le puede
suceder a una madre, en un punto no te importa nada, no te importa el poder, no
te importa cuán poderoso sea el otro que está enfrente. Al menos en el
personaje de la Tata está reflejado esto: ella empieza a volverse gigante con
sus pocos recursos y aunque tampoco llega a encontrar respuestas nunca deja de
buscar.
Escribís escenas muy
vívidas sobre esos espacios de tu infancia en Entre Ríos, pero para hacerlo te
viniste a vivir a Buenos Aires. ¿Cómo funciona para vos ese ir y venir en la
memoria?
Creo que tiene que ver más
que nada con la evocación. Que muchas veces también son ficciones de esos
paisajes que una arma. Son construcciones literarias, quiero decir. Quizás
alguien que vive en el monte lee el libro y no se siente muy identificado con ese
mundo. Aunque voy frecuentemente porque mi familia sigue viviendo en Entre
Ríos, lo que escribo tiene mucho de memoria, de los primeros años de vida, de
la infancia. La mía fue una infancia muy cercana a la naturaleza, la casa de
mis abuelos estaba en las afueras del pueblo, casi donde el pueblo ya había
terminado. Además eran los años ‘80, y todavía había espacios con esa
naturaleza un poco así agreste o salvaje. Entonces sí, yo siento que cada vez
que me pongo a escribir todo el tiempo estoy como volviendo a esos primeros
años de vida, a esos calores y a esos veranos.