26 de junio de 2026

Raúl Montenegro: “No recuerdo un presidente que tenga tanto odio a los ambientalistas. Me llama la atención que, en lugar de acudir a argumentos, simplemente prefiera la agresión, la torpeza y tal vez lo más peligroso de todo, la ignorancia”

Raúl Montenegro (1949) es un biólogo, ambientalista y activista argentino que trabaja en la protección del medio ambiente en estrecha colaboración con sus habitantes. Conectando el activismo, la academia, el derecho y los medios de comunicación, ha participado en una amplia gama de temas ambientales urgentes en su país y en el extranjero. La minería, la energía nuclear, la deforestación, la agricultura, los derechos territoriales indígenas y la gestión de residuos son algunos de los temas de los que se ocupa la Fundación para la Defensa del Ambiente (FUNAM), una organización no gubernamental ecologista sin fines de lucro con sede en la ciudad de Córdoba, fundada por él en 1982.
Ha trabajado como profesor de Biología Evolutiva en la Universidad Nacional de Córdoba y en diversas instituciones educativas. Entre 1986 y 1988 fue vicepresidente de Greenpeace Argentina, la primera oficina de la organización internacional en el Tercer Mundo. En 1998 fue galardonado en Salzburgo, Austria, con el Nuclear Free Future Award (Premio Futuro Libre de Energía Nuclear), y en 2004 recibió en Estocolmo, Suecia, el premio Right Livelihood Award (Premio Sustento Justo), conocido como el Nobel Alternativo por su trabajo con comunidades locales e indígenas de la región, con el propósito de ayudarlas a desarrollar herramientas e instrumentos que les permitiesen proteger sus territorios, defender el ambiente y promover la sostenibilidad.
Junto a otros investigadores ambientalistas y ecologistas ha participado en las antologías “Biología humana”, “Medio ambiente y urbanización” y “Biología evolutiva humana”, libros en los que se analizó la incidencia de las ciencias biológicas en la estructura y el funcionamiento del organismo humano. Montenegro contribuyó a la redacción de varias leyes ambientales y ha presentado más de cuarenta demandas judiciales contra entidades públicas y privadas por su implicancia en la destrucción ecológica.
En un artículo publicado en el diario “Perfil” el 17 de marzo de 2026, criticó los insultos del presidente argentino a los ambientalistas durante su discurso dado el día anterior en la Bolsa de Comercio de Córdoba al sostener que “no recuerda un presidente que tenga tanto odio. Me llama la atención que, en lugar de acudir a argumentos, simplemente prefiera la agresión, la torpeza y tal vez lo más peligroso de todo, la ignorancia. Si alguien quiere saber por qué Milei se ve tan interesado en los glaciares, es porque le dijeron que iban a invertir miles de millones de dólares. Esa es la verdadera explicación de lo que hay detrás”. Más adelante expresó: “Los glaciares no son cubitos de hielo, sino que es todo un sistema que tiene que ver con el clima. Son cajas de ahorro milenarias en donde con esa agua se alimentan todos los ciclos productivos donde son millones de personas las que dependen del buen funcionamiento de los glaciares para su vida cotidiana”. Y agregó: “Lo más terrible creo, y no sé si ha quedado claro en su discurso, es que al presidente no le importan las generaciones que vienen”. Con respecto a la nueva ley de glaciares instaurada por el gobierno, opinó que era una ley que iba hacia atrás, y sentenció que la próxima víctima era la ley de bosques nativos.


Lo que sigue a continuación es un compendio resumido de las entrevistas publicadas en los medios digitales de la revista de análisis de la actualidad y exploración de las ideas, artes y libros que influyen en el ámbito iberoamericano “Coolt” (el 30 de agosto de 2021), y de la agencia de noticias tecnológicas y políticas científicas “Tecnología Sur-Sur” (el 12 de marzo de 2026) a cargo de Rodolfo Chisleanschi y Vanina Lombardi respectivamente.
 
¿Por qué es tan crítico con el estilo de vida de buena parte de la humanidad?
 
Porque no se plantea que la pobreza extrema es tan mala como la riqueza extrema. Las sociedades toleran que haya pobreza, la tienen asimilada casi como una molestia, pero la mayoría asume la riqueza como objetivo a alcanzar, aspira a ser Bill Gates. Los estilos de vida, igual que el modelo demográfico, no están dentro de los cuestionamientos cuando son los pilares esenciales del suicidio colectivo. Están fuera de la agenda, nadie los cuestiona, nadie los discute. Desmontar el modelo cultural es imposible y peligroso. Uno busca atenuarlo, pero no se puede hacer mucho más. Las cartas parecen echadas.
 
Eso suena muy terminante, como si ya hubiéramos traspasado el famoso “punto de no retorno”.
 
En cierto sentido es así. La curva predominante que define nuestro funcionamiento socioambiental es exponencial: 2...4…8...16…32, cuando para que exista cierta armonía entre la biodiversidad, el ambiente y la cultura esa curva debería ser sigmoide, una S, tener un límite: crezco hasta donde el sistema me permite crecer sin afectarme a mí mismo ni a mis descendientes. El problema es que todos los países de la Tierra son exponencialistas, sin excepción. Por eso el lenguaje es cuánto creció la economía; se privilegia el crecimiento a la distribución. Si hay pobres, lo que se busca es aumentar la exponencial para darles algo en lugar de distribuir lo mucho que tienen los ricos. Nadie apuesta a la sigmoide ni a los límites, sino al crecimiento. En los ecosistemas ocurre lo contrario. La biodiversidad no se pregunta cuánto crecimos sino cómo logro mantenerme, pero ninguno de nuestros modelos de convivencia con el ambiente, ni siquiera los más benignos, siguen ese camino.
 
Y según su punto de vista es imposible recuperar esa curva sigmoide...
 
No hay forma de vivir sin producir impacto ambiental. Aun la más delicada agricultura orgánica termina quitando nutrientes del suelo, y mientras la producción fue al mismo ritmo que el resto de la biodiversidad la cosa funcionó. Cuando se puso en marcha la agricultura a gran escala el sistema se hizo insustentable, y hoy estamos metidos en una trampa. Volver a la sigmoide implicaría cambios tan dramáticos que, en principio, quien lo intente acabará en una zanja. Se van a pelear para pegarle un tiro. La lucha actual pasa por atenuar la curva, no por cambiarla, y eso ya es una tarea inmensa.
 
Sigo sin entender bien dónde está la trampa.
 
Llegamos a tal tamaño de la población mundial que su subsistencia depende de un sistema agrícola que ya definimos como insostenible y condena a muerte a mucha gente. Ahora vamos a suponer que ese sistema se transforma íntegramente en uno más blando, orgánico, sin fertilizantes ni plaguicidas. Debe enfrentarse con una población inmensa que quiere comer todos los días, por lo que necesitará más superficie y que los suelos se mantengan en condiciones. Inexorablemente habrá menos alimentos y también morirá más gente. Ahí está la trampa: el sistema que adoptamos no tiene probabilidades de supervivencia, pero es muy difícil salir de él.
 
El eje de su visión está en la biodiversidad, en que la humanidad va dejando que desaparezca por pura aprensión o ignorancia.
 
En términos de proyección, la única herramienta que el ser humano tiene para sobrevivir es la biodiversidad. No hay sustituto. El cambio climático, que es la cuestión ambiental que con más éxito ha logrado penetrar en la vida cotidiana de la gente, se puede solucionar con tecnología. La biodiversidad, no. Cada cosa que se pierde no se recupera. Nosotros podemos volver a plantar árboles en un lugar determinado, pero no se pueden plantar ecosistemas. Esto solo puede hacerlo la propia biodiversidad remanente, lo que quedó de lo que había originalmente, y eso demora muchísimo tiempo, cada vez más. Si el mismo asteroide que hizo desaparecer a los dinosaurios hace millones de años volviera a golpear la Tierra la recuperación sería espantosamente más larga porque hay menos biodiversidad disponible para producir la regeneración.
 
¿Es negligencia? ¿O quizás no sepamos del todo bien de qué estamos hablando?
 
Sabemos poco. Se ve lo más grueso, los árboles de un bosque, pero no los virus, los hongos y las bacterias que lo habitan. Por ejemplo, en los océanos hay organismos predadores de virus que ejercen un control natural y ejercen de “vacuna ecosistémica”. Al simplificar la ecología vamos eliminando esas especies raras que se encuentran en la base del sistema y son claves para cambiar líneas evolutivas y dar respuesta a nuevas situaciones ambientales. Y le aseguro que no hay especie más simplificadora que nosotros: más que “homo sapiens” somos “homo simplificans”. Ni siquiera hemos aprendido a coexistir con la biodiversidad.
 
¿Hay alguna solución a mano para empezar a hacer mejor las cosas?
 
El tema demanda inteligencia, colectiva y gubernamental. La caza, la pesca, los cultivos, las explosiones nucleares, los incendios, las deforestaciones, son factores de reducción de la biodiversidad. Ahora mismo habría que conservar todo lo que se pueda de la mejor manera posible. No se debería tocar ni una hectárea más de ambiente nativo, ni en las áreas protegidas ni en las que no lo están. Ya no alcanza solo con tener parques nacionales.
 
Europa decretó que 2035 es el año límite para los vehículos que utilizan combustibles fósiles y varios países punteros están cerrando sus centrales nucleares, ¿no le parece buena noticia?
 
Está bien que crezcan las fuentes no convencionales y más sustentables, pero donde realmente habría que apuntar es hacia la inequidad y el despilfarro. La megaminería consume energía a niveles absurdos y en las casas el que tiene dinero puede mantener encendidos todos sus dispositivos y sus luces durante las 24 horas que nadie le pondrá un límite. Así, sólo ahorran los sectores que deben hacer malabarismos para poder pagar la poca electricidad que consumen. Buscar más energía limpia es apenas una parte de la realidad, pero mientras las decisiones se tomen solo en función de compartimentos estancos, separados e incompletos va a seguir siendo un ensayo de prueba y error disfrazado de capacidad experta, y continuaremos fallando. No hay miradas integrales y no creo que sea casual, porque es un sistema que termina conviniendo a los gobiernos o a los intereses que representa.
 
¿Qué debería abarcar una mirada integral?
 
Al plantearse una obra o una infraestructura no habría que tener en cuenta solo la obra en sí misma sino también su relación con el resto. Para hacer una central hidroeléctrica hay que mirar cómo funcionan las fuentes hídricas, si se propone usar lámparas LED se tendrá que estudiar qué pasa con los metales usados en su fabricación, y lo mismo en cada caso. Pero los gobiernos, en general, tienden a eludir estos mecanismos.
 
¿Qué es lo más preocupante de las modificaciones que incorpora la Ley de Glaciares?
 
Las modificaciones rompen el espíritu muy solvente de la ley anterior, así como con el criterio de glaciares como ecosistemas y de su conjunto como un gran sistema nacional. No se puede entender lo que está pasando ahora si no se entiende cuál fue la filosofía subyacente en la aprobación original de la ley en 2010, que asume que todas las masas glaciares del país asociadas a la Cordillera de los Andes arman un sistema que no se puede particionar en los glaciares de San Juan, los de Mendoza o los de Neuquén, por ejemplo. Además, se basa en un relevamiento con muy buena ciencia, hecho por el Instituto Argentino de Nivología, Glaciología y Ciencias Ambientales. Y no solo eso: esta Ley, que fue modelo para América Latina, se aprobó con un consenso muy fuerte, ya que en su elaboración participaron universidades, centro de investigación, ONGs y asambleas. Y hay que tener en cuenta que, en esa época, el gobierno también era pro megaminería y pro agricultura industrial.
 
¿Cuál es el riesgo ecosistémico de flexibilizar esa protección y delegarla en las provincias?
 
Es que los glaciares no son solamente hielo. Son ecosistemas muy complejos, con su propia biodiversidad, que se formaron a lo largo del tiempo y que vienen teniendo ciclos en los que la nieve los hace crecer y renovarse, mientras que el derretimiento los hace bajar de volumen. Son como cajas de ahorro milenarias de recursos hídricos, que tienen un efecto geomorfológico muy importante, ya que terminan modificando los ambientes donde funcionan, en las zonas altoandinas de toda la zona cordillerana, en las que hay sistemas climáticos diferentes. Por ejemplo, no es lo mismo un glaciar ubicado en el norte del país que uno ubicado en la zona patagónica. Y la lista podría ser mucho más amplia, pero lo que quiero decir que este sistema glacial no puede dividirse en trozos.
 
¿En qué sentido se refiere a los glaciares como cajas de ahorro milenarias?
 
Pensemos en cómo se forman: los glaciares “comen” nieve, es decir, que reciben la nieve que los va alimentando, y a su vez, tienen movimiento, particularmente los glaciares descubiertos. Eso quiere decir que hay una especie de mezcla dentro de los glaciares, con partes de hielo que han sido fabricadas con nieve más antigua y partes mucho más recientes alimentadas con la nieve más actual. Por lo tanto, un glaciar también es tiempo, no hay glaciares instantáneos. Por eso decía que son cajas de ahorro milenarias, lo que no quiere decir que la nieve más profunda tenga miles de años necesariamente, sino que ese ciclo de formación y derretimiento, que en general ha sido de aumento, o por lo menos de mantenimiento, y que ya está siendo afectado por el cambio climático global, ahora se ve amenazado por lo que representan las modificaciones que introduce el proyecto de La Libertad Avanza, que reduce los glaciares a meros proveedores de agua y deja que las provincias sean las que decidan si vale la pena o no mantenerlos.
 
¿Uno de los temores es que con la nueva ley se genere una flexibilización en los permisos para el desarrollo de actividades megamineras?
 
Claro. Y el problema es que las provincias que tienen glaciares importantes tienen antecedentes vinculados a la megaminería, como Mendoza y San Juan, y estas modificaciones le abren las puertas a la megaminería en lugares adonde hoy no está permitida. Más alarmante aún es que estas modificaciones han sido propuestas por empresas cuyas casas matrices están en otros países. Particularmente, la clave de esto es el denominado Proyecto Vicuña, que surge tras la alianza de dos empresas, la canadiense Lundin Mining y la australiana BHP, que en enero de 2025 formaron Vicuña Corp para la extracción de cobre, oro y plata de los yacimientos en el norte de San Juan. Se dice que las empresas mineras en su conjunto habrían asegurado que invertirían cuarenta mil millones de dólares en la Argentina, siempre en el marco del RIGI.
 
Esto se suma a otros proyectos megamineros que desde hace años generan controversias en el país. Incluso, existen antecedentes de accidentes ambientales vinculados a empresas extranjeras, como la canadiense Barrick Gold, también en San juan.
 
Sí. Es muy interesante ver el comportamiento de Barrick Gold en Veladero, en la mina de oro que en este momento opera en San Juan y tiene un récord impresionante de desmanejos ambientales, de contaminación, de escapes de cianuro. Esto es ejemplo de que cuando se le abren las puertas a las megamineras, sobre todo las que tienen sus casas centrales fuera del país, no solamente se está haciendo una geopolítica de la dependencia, sino también algo mucho más peligroso, que es desarticular los mecanismos de regulación de una cantidad de funciones estatales que protegen a los ciudadanos. Los controles internos que deberían tener esas empresas megamineras, que ya en los gobiernos anteriores eran muy endebles, lo van a ser todavía más y con menor capacidad de proteger a los ciudadanos.
 
¿Qué riesgos implica esto para la población?
 
Al no haber una suerte de salvaguarda en base al manejo de los glaciares, los riesgos sobre la población serán mucho mayores porque el funcionamiento de los glaciares no solamente tiene que ver con el lugar en el que se encuentran los recursos, sino que muchas veces incide en otras provincias, ya que el funcionamiento del sistema de cuencas hídricas pasa fuera de los límites provinciales. Además, también incide en términos climáticos, en todo lo que tiene que ser un adecuado funcionamiento de los distintos ecosistemas.
 
¿Por qué es importante conocer el funcionamiento de los glaciares?
 
Para que sea compatible con nuestra propia supervivencia. Asumamos que esas actividades de megaminería hacen desaparecer los glaciares. No solamente puede desaparecer una reserva de agua para distintas generaciones, sino que también hay una cantidad de otras funciones muy importantes que cumplen los glaciares y que van a dejar de estar si se avanza con esto. Necesitamos glaciares en buen funcionamiento, aunque de ellos no saquemos el cobre o el oro que pueda haber debajo porque, en última instancia, la contribución de estos minerales a la supervivencia de nuestra especie será irrelevante.

22 de junio de 2026

Cuentos selectos (XLI). Laura Fava: “Verle la cara a Dios”

La escritora argentina Laura Fava nació en 1942 en la ciudad de Buenos Aires. Estudió Historia y Letras en la Universidad de Buenos Aires (UBA) y coordinó numerosos talleres literarios de lectura e interpretación de cuentos tanto a nivel particular como institucional. En 1987 recibió el Premio Iniciación a la Producción Nacional otorgado por la Secretaría de Cultura de la Nación por su libro de cuentos “Algunas víctimas”. Por ese libro sería luego distinguida con el Segundo Premio del Certamen Ricardo Rojas del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, bienio 1993/1995. Con “Partirse en dos”, su segundo libro también de cuentos, obtuvo el Primer Premio del Certamen Eduardo Mallea, género novela y cuento, del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires correspondiente a la producción del bienio 1999/2001. Además, con el cuento “La exactitud de la memoria” fue premiada en el Concurso Nacional de Cuentos Desde la gente, la editorial del Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos, el cual apareció publicado en la antología “El libro de los premiados” en 1995.
Laura Fava junto a Raúl Brasca (1948), entre otros escritores y escritoras, fue uno de los miembros fundadores de la revista literaria “Maniático textual”, en la que colaboró desde su aparición en el año 1989 hasta el año 1991. Sus relatos, caracterizados por una atmósfera de angustia y desolación que envuelve a sus personajes a los que describe mediante un lenguaje conciso y una síntesis precisa, obtuvieron numerosas distinciones y algunos de ellos fueron incluidos en diferentes antologías tanto en Argentina como en el extranjero. Entre ellas se pueden mencionar “Nuestros cuentos. Una antología de la narrativa argentina” publicada en 1998 y “Mujeres con pelotas. Cuentos inspirados en el fútbol” publicada en 2010.
Fue a partir de fines del siglo pasado cuando en la Argentina comenzaron a aparecer varias antologías que reunieron textos eróticos escritos por autores consagrados de la literatura argentina. El cuento “Verle la cara a Dios” formó parte de la compilación de cuentos eróticos argentinos que hicieron Mempo Giardinelli (1947) y Graciela Gliemmo (1957) también en 1998. En él incluyeron narraciones que incluyeron al erotismo de modo sensual, fantástico, lúdico o trágico. Bajo el título “La Venus de papel”, además del cuento de Laura Fava hay otros de reconocidos escritores como Dalmiro Sáenz (1926-2016), Angélica Gorodischer (1928-2022), Eduardo Gudiño Kieffer (1935-2002), Abelardo Castillo (1935-2017), Juan José Saer (1937-2005), Luisa Valenzuela (1938), Tununa Mercado (1939), Ricardo Piglia (1941-2017), Liliana Heker (1943) y Reina Roffé (1951), por citar sólo a algunos.
Como bien explicó la citada escritora y editora Graciela Gliemmo en el posfacio de “La Venus de papel”, “en la narrativa erótica se presentan distintas representaciones del cuerpo, construido en los bordes del placer o del goce. Se trata de un tipo de narración que deja entre paréntesis o excluye el saber científico, y ofrece plurales imágenes del cuerpo -vestido o desnudo, gimiente o silencioso- a partir del despliegue sensorial de los personajes y de descripciones muy específicas o sugerentes. En esos relatos que detallan, aluden, insinúan o explicitan encuentros físicos, fantasías de contactos, transgresiones y deseos, el gran protagonista es el cuerpo. El cuerpo y los deseos, el cuerpo y los interdictos, el cuerpo y las transgresiones, el cuerpo y los desenfrenos”.


“La narrativa erótica hace del cuerpo, y también del relato, un bien en sí mismo -continuó-. El erotismo es algo más que un toque de color. Es la materia misma del relato, su médula jugosa. Sin él las historias se desvanecerían en una página en blanco. El cuerpo es el detonante de la ficción y el objetivo hacia el cual avanza el conjunto de las secuencias. Siempre el cuerpo como centro: tocado, visto, oído, soñado, imaginado, deseado. A veces tomado en toda su extensión o enfocado por partes. En algunos relatos prevalecen las bocas y las lenguas. En otros, actúan con exclusividad las manos, en especial los dedos ágiles. Muchos cuentos coinciden en recuperar la fuerza de una mirada espía o la infidencia de alguien que escucha. Algunos se concentran, con exclusividad, en las zonas erógenas, respetando la tradición del imaginario cultural, invirtiendo los roles u ofreciendo objetos sustitutos. A varias voces, se exhibe un imaginario plagado de sonidos, sabores, fantasías, contactos, escamoteos, penetraciones, caricias, confidencias, silencios. Sobre los impulsos -desatados o contenidos- todos los personajes esperan o buscan un roce físico, a veces mínimo”. Y concluyó: “Siempre se deja entrever que existe un pacto, una suerte de acuerdo tácito, algún tipo de consentimiento entre los personajes. Esta complicidad permite que la narración avance hacia su objetivo”.
En cuanto al título del cuento de Laura Fava, cabe recordar que la expresión coloquial y cultural rioplatense “verle la cara a Dios”, en el lenguaje cotidiano y popular suele utilizarse para expresar una situación extremadamente peligrosa o traumática como haber estado al borde de la muerte y también, desde un punto de vista sensual, para exteriorizar el hecho de haber llegado a la cúspide del placer sexual. Es precisamente esta última alternativa la que eligió la autora de “Verle la cara a Dios”, la escritora que falleció en Buenos Aires el 25 de mayo de 2013.

 
VERLE LA CARA A DIOS
 
Natalio se había casado virgen. Después de muchas vueltas y conciliábulos entre las dos familias por el asunto de la dote, él y Lidia se habían casado. El día anterior a la boda, Natalio había soportado bromas terribles por parte de los otros muchachos solteros, incluida una visita al prostíbulo en la que los amigos se empeñaron en encerrarlo solo en una habitación con una de las pupilas, a ver “si éste puede verle la cara a Dios de una buena vez”. Pero Natalio no podía; era peor, no le interesaba ni la cara de Dios ni ninguna otra cara.
“Así debe ser -decía la madre-, así dice el señor cura que uno debe llegar al matrimonio. Mi Natalio es un santo, eso es lo que es y no un marica ni un impedido como andan por ahí diciendo”. En parte, era cierto lo que decía la vieja. Natalio no tenía ningún tipo de debilidad por personas de su mismo sexo; muy amigo de sus amigos, había compartido cuanta cosa de varones hay entre la gente de un pueblo; partidos de fútbol y de bochas, carreras, bailes, bromas pesadas, alguno que otro desmán en el prostíbulo, y todo eso. Buen mozo, bien plantado, hacía suspirar a más de una, incluidas las señoras. Y en lo que respecta a su impotencia, bien sabía él que nada de cierto había en todo eso: más de una vez había sentido su sexo avergonzándolo por entre los pantalones, enhiesto como el asta de la bandera en los desfiles del 25 de Mayo. Pero eran circunstancias muy particulares y no alcanzaba a definirlas con claridad. No importaba qué clase de hembra se le pusiera por delante, ni cuánto la desearan los compañeros, ni cuánto ella manifestara desearlo a él; no había caso; podía apretarla contra una pared, sentir su cuerpo turgente, su sudor, iniciar las caricias... poro todo transcurría apaciblemente entre sus piernas; su sexo, laxo y tranquilo, no manifestaba alteración alguna, Y a él parecía no importarle. Así que Natalio se casó virgen.
Los primeros tiempos de su matrimonio parecían perfectos. Cuando Lidia y él bajaban al pueblo para las misas o las fechas patrias, era tal la cara de felicidad que tenían que a nadie se lo ocurría preguntarles si les iba bien o mal o que tal hombre era Natalio o si cumplía: el vientre hinchado de Lidia y su aspecto radiante y satisfecho eran más que suficientes para contestar cualquier pregunta. Natalio tomaba unas ginebras en el boliche, se reía cuando los amigos lo palmoteaban y, cuando atardecía, ayudaba a Lidia a trepar al sulky y juntos volvían a la casa.
Pero el pueblo nunca supo la verdad, ni siquiera intuyó una aproximación a ella, porque, en este asunto de verle la cara a Dios, se jugaban varias barajas.
La primera noche de casados, Natalio llegó tan borracho a su casa que ni siquiera las botas pudo sacarse; se tiró con ropa y todo arriba de la cama y no se movió hasta el mediodía siguiente; fue Lidia la que lo desvistió pero púdicamente: el calzado y la camisa, nomás; los pantalones se quedaron puestos. La segunda noche tenía el hígado al revés y sólo servía para quejarse y aguantar las compresas frías en la cabeza. La tercera se le escaparon los chanchos del chiquero y Cristo sabe que anduvo hasta la madrugada buscando a los malditos entre pajonales y cuando encerró al último, estaba tan cansado que ni hablar podía. La cuarta noche apareció el turco.
Saúl vendía ropa de pueblo en pueblo desde que era muy chico, acompañando a su padre, “El turco viejo y el turco chico”, los decían.
Hacía rato que don Elías, el viejo, se había retirado del negocio dejándole la mercadería y una camioneta Estanciera bastante destartalada a su hijo. En realidad, Saúl no tenía alma de mercachifle; le gustaba jugar al truco, al mus, al monte, a las bochas, al fútbol y con las mujeres. Para con estas últimas tenía particular debilidad: a todas les regalaba su sonrisa de dientes blanquísimos, su simpatía, sus dotes de bailarín y, según el favor recibido, algún par de medias o ropa interior con puntillas. Era un hombre querido por la gente del pueblo, porque daba crédito y sabía esperar a los que estaban pasando malos ratos, contrariando así la opinión de su padre que, en los momentos de furia, pisoteaba la gorra y lo gritaba que nunca se haría rico.
Natalio recibió con alegría a la Estanciera que se apareció por el camino que llevaba a la casa dando coces como una mula arisca; acababa de lavarse, cansado por el trabajo; y chupaba la bombilla concentrando su pensamiento en la vaca que estaba por parir y que, con seguridad, lo haría esa noche.
Saúl bajó del vehículo y dio unas palmadas al capot que humeaba, se sacudió la tierra de los pantalones y aceptó el mate que Natalio le tendía. Se sentaron juntos afuera y estuvieron hablando un rato largo de la gente, de las carreras, de la política y del comisario, hasta que Lidia apareció, reluciente y bien peinada y, después de intercambiar saludos, pidió ver alguna mercadería. El turco, solícito, la acompañó hasta la camioneta y ahí estuvieron un buen rato, charlando y revolviendo cosas hasta que se hizo oscuro y Natalio entró a la casa para encender las lámparas. 
Se comió bien esa noche; Lidia se esmeró y no estaba en el ánimo de Saúl decir que no, porque el guiso olía muy sabroso. Correspondía después invitar al huésped a pasar la noche; no tenía caso que anduviera por esos caminos en una noche tan fría; así que se lo podía tender un catre en la cocina, como se acostumbraba, y entre los “Quedate, hombre” de Natalio y los “Si no es molestia, quédese”, de Lidia, Saúl aceptó.
Hubo vino y unas cuantas ginebras y se rieron a rienda suelta de doña Ingrasia, que quería casar a la última de sus hijas, “más fea que un cólico, fíjese doña Lidia” decía Saúl y Lidia se reía y se reía.
Natalio no ignoró las miradas oscuras y ardientes que Saúl depositaba en su mujer; a medias molesto y a medias divertido, vio cómo ella le arrimaba la cadera al hombro cuando le servía y cómo el turco apretaba los dientes y lo miraba de soslayo. Pero quizás porque era demasiado abúlico para ofenderse o quizá porque tenía una idea muy particular respecto de los afectos, hizo como que no veía nada. Jugaron a las cartas y, de pronto, se acordó de Margarita, la vaca. Buscó una manta y no quiso que Saúl lo acompañara. “No -le dijo- andate a dormir nomás; yo me arreglo solo”. Y se fue para el establo.
La vaca parió un ternero macho. Costó, porque no venía bien, pero él forcejeó a la par de la madre ya eso de las cuatro o cinco de la mañana el animalito ya estaba en pie, tembloroso en sus patitas enclenques. Natalio se puso la manta sobre los hombros, y cansadísimo, se fue para la casa. Había helado y la tierra crujía bajo sus pies. Respiró hondo y el aire le dolió en los pulmones; pronto iba a amanecer.
Cuando abrió la puerta, lo primero que le llamó la atención fue el catre vacío que habían dispuesto para Saúl; lo segundo fue ver a Lidia y al Turco desnudos, todavía acariciándose, en la cama. No se atrevió a hacer ruido y se sentó en la silla más próxima, mirándolos.
Sin que supiera cómo, sin aviso ni señal de ningún tipo, desde esa silla en la que lo único que hacía era mirar, esa noche Natalio le vio la cara a Dios.