22 de junio de 2026

Cuentos selectos (XLI). Laura Fava: “Verle la cara a Dios”

La escritora argentina Laura Fava nació en 1942 en la ciudad de Buenos Aires. Estudió Historia y Letras en la Universidad de Buenos Aires (UBA) y coordinó numerosos talleres literarios de lectura e interpretación de cuentos tanto a nivel particular como institucional. En 1987 recibió el Premio Iniciación a la Producción Nacional otorgado por la Secretaría de Cultura de la Nación por su libro de cuentos “Algunas víctimas”. Por ese libro sería luego distinguida con el Segundo Premio del Certamen Ricardo Rojas del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, bienio 1993/1995. Con “Partirse en dos”, su segundo libro también de cuentos, obtuvo el Primer Premio del Certamen Eduardo Mallea, género novela y cuento, del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires correspondiente a la producción del bienio 1999/2001. Además, con el cuento “La exactitud de la memoria” fue premiada en el Concurso Nacional de Cuentos Desde la gente, la editorial del Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos, el cual apareció publicado en la antología “El libro de los premiados” en 1995.
Laura Fava junto a Raúl Brasca (1948), entre otros escritores y escritoras, fue uno de los miembros fundadores de la revista literaria “Maniático textual”, en la que colaboró desde su aparición en el año 1989 hasta el año 1991. Sus relatos, caracterizados por una atmósfera de angustia y desolación que envuelve a sus personajes a los que describe mediante un lenguaje conciso y una síntesis precisa, obtuvieron numerosas distinciones y algunos de ellos fueron incluidos en diferentes antologías tanto en Argentina como en el extranjero. Entre ellas se pueden mencionar “Nuestros cuentos. Una antología de la narrativa argentina” publicada en 1998 y “Mujeres con pelotas. Cuentos inspirados en el fútbol” publicada en 2010.
Fue a partir de fines del siglo pasado cuando en la Argentina comenzaron a aparecer varias antologías que reunieron textos eróticos escritos por autores consagrados de la literatura argentina. El cuento “Verle la cara a Dios” formó parte de la compilación de cuentos eróticos argentinos que hicieron Mempo Giardinelli (1947) y Graciela Gliemmo (1957) también en 1998. En él incluyeron narraciones que incluyeron al erotismo de modo sensual, fantástico, lúdico o trágico. Bajo el título “La Venus de papel”, además del cuento de Laura Fava hay otros de reconocidos escritores como Dalmiro Sáenz (1926-2016), Angélica Gorodischer (1928-2022), Eduardo Gudiño Kieffer (1935-2002), Abelardo Castillo (1935-2017), Juan José Saer (1937-2005), Luisa Valenzuela (1938), Tununa Mercado (1939), Ricardo Piglia (1941-2017), Liliana Heker (1943) y Reina Roffé (1951), por citar sólo a algunos.
Como bien explicó la citada escritora y editora Graciela Gliemmo en el posfacio de “La Venus de papel”, “en la narrativa erótica se presentan distintas representaciones del cuerpo, construido en los bordes del placer o del goce. Se trata de un tipo de narración que deja entre paréntesis o excluye el saber científico, y ofrece plurales imágenes del cuerpo -vestido o desnudo, gimiente o silencioso- a partir del despliegue sensorial de los personajes y de descripciones muy específicas o sugerentes. En esos relatos que detallan, aluden, insinúan o explicitan encuentros físicos, fantasías de contactos, transgresiones y deseos, el gran protagonista es el cuerpo. El cuerpo y los deseos, el cuerpo y los interdictos, el cuerpo y las transgresiones, el cuerpo y los desenfrenos”.


“La narrativa erótica hace del cuerpo, y también del relato, un bien en sí mismo -continuó-. El erotismo es algo más que un toque de color. Es la materia misma del relato, su médula jugosa. Sin él las historias se desvanecerían en una página en blanco. El cuerpo es el detonante de la ficción y el objetivo hacia el cual avanza el conjunto de las secuencias. Siempre el cuerpo como centro: tocado, visto, oído, soñado, imaginado, deseado. A veces tomado en toda su extensión o enfocado por partes. En algunos relatos prevalecen las bocas y las lenguas. En otros, actúan con exclusividad las manos, en especial los dedos ágiles. Muchos cuentos coinciden en recuperar la fuerza de una mirada espía o la infidencia de alguien que escucha. Algunos se concentran, con exclusividad, en las zonas erógenas, respetando la tradición del imaginario cultural, invirtiendo los roles u ofreciendo objetos sustitutos. A varias voces, se exhibe un imaginario plagado de sonidos, sabores, fantasías, contactos, escamoteos, penetraciones, caricias, confidencias, silencios. Sobre los impulsos -desatados o contenidos- todos los personajes esperan o buscan un roce físico, a veces mínimo”. Y concluyó: “Siempre se deja entrever que existe un pacto, una suerte de acuerdo tácito, algún tipo de consentimiento entre los personajes. Esta complicidad permite que la narración avance hacia su objetivo”.
En cuanto al título del cuento de Laura Fava, cabe recordar que la expresión coloquial y cultural rioplatense “verle la cara a Dios”, en el lenguaje cotidiano y popular suele utilizarse para expresar una situación extremadamente peligrosa o traumática como haber estado al borde de la muerte y también, desde un punto de vista sensual, para exteriorizar el hecho de haber llegado a la cúspide del placer sexual. Es precisamente esta última alternativa la que eligió la autora de “Verle la cara a Dios”, la escritora que falleció en Buenos Aires el 25 de mayo de 2013.

 
VERLE LA CARA A DIOS
 
Natalio se había casado virgen. Después de muchas vueltas y conciliábulos entre las dos familias por el asunto de la dote, él y Lidia se habían casado. El día anterior a la boda, Natalio había soportado bromas terribles por parte de los otros muchachos solteros, incluida una visita al prostíbulo en la que los amigos se empeñaron en encerrarlo solo en una habitación con una de las pupilas, a ver “si éste puede verle la cara a Dios de una buena vez”. Pero Natalio no podía; era peor, no le interesaba ni la cara de Dios ni ninguna otra cara.
“Así debe ser -decía la madre-, así dice el señor cura que uno debe llegar al matrimonio. Mi Natalio es un santo, eso es lo que es y no un marica ni un impedido como andan por ahí diciendo”. En parte, era cierto lo que decía la vieja. Natalio no tenía ningún tipo de debilidad por personas de su mismo sexo; muy amigo de sus amigos, había compartido cuanta cosa de varones hay entre la gente de un pueblo; partidos de fútbol y de bochas, carreras, bailes, bromas pesadas, alguno que otro desmán en el prostíbulo, y todo eso. Buen mozo, bien plantado, hacía suspirar a más de una, incluidas las señoras. Y en lo que respecta a su impotencia, bien sabía él que nada de cierto había en todo eso: más de una vez había sentido su sexo avergonzándolo por entre los pantalones, enhiesto como el asta de la bandera en los desfiles del 25 de Mayo. Pero eran circunstancias muy particulares y no alcanzaba a definirlas con claridad. No importaba qué clase de hembra se le pusiera por delante, ni cuánto la desearan los compañeros, ni cuánto ella manifestara desearlo a él; no había caso; podía apretarla contra una pared, sentir su cuerpo turgente, su sudor, iniciar las caricias... poro todo transcurría apaciblemente entre sus piernas; su sexo, laxo y tranquilo, no manifestaba alteración alguna, Y a él parecía no importarle. Así que Natalio se casó virgen.
Los primeros tiempos de su matrimonio parecían perfectos. Cuando Lidia y él bajaban al pueblo para las misas o las fechas patrias, era tal la cara de felicidad que tenían que a nadie se lo ocurría preguntarles si les iba bien o mal o que tal hombre era Natalio o si cumplía: el vientre hinchado de Lidia y su aspecto radiante y satisfecho eran más que suficientes para contestar cualquier pregunta. Natalio tomaba unas ginebras en el boliche, se reía cuando los amigos lo palmoteaban y, cuando atardecía, ayudaba a Lidia a trepar al sulky y juntos
volvían a la casa.
Pero el pueblo nunca supo la verdad, ni siquiera intuyó una aproximación a ella, porque, en este asunto de verle la cara a Dios, se jugaban varias barajas.
La primera noche de casados, Natalio llegó tan borracho a su casa que ni siquiera las botas pudo sacarse; se tiró con ropa y todo arriba de la cama y no se movió hasta el mediodía siguiente; fue Lidia la que lo desvistió pero púdicamente: el calzado y la camisa, nomás; los pantalones se quedaron puestos. La segunda noche tenía el hígado al revés y sólo servía para quejarse y aguantar las compresas frías en la cabeza. La tercera se le escaparon los chanchos del chiquero y Cristo sabe que anduvo hasta la madrugada buscando a los malditos entre pajonales y cuando encerró al último, estaba tan cansado que ni hablar podía. La cuarta noche apareció el turco.
Saúl vendía ropa de pueblo en pueblo desde que era muy chico, acompañando a su padre, “El turco viejo y el turco chico”, los decían.
Hacía rato que don Elías, el viejo, se había retirado del negocio dejándole la mercadería y una camioneta Estanciera bastante destartalada a su hijo. En realidad, Saúl no tenía alma de mercachifle; le gustaba jugar al truco, al mus, al monte, a las bochas, al fútbol y con las mujeres. Para con estas últimas tenía particular debilidad: a todas les regalaba su sonrisa de dientes blanquísimos, su simpatía, sus dotes de bailarín y, según el favor recibido, algún par de medias o ropa interior con puntillas. Era un hombre querido por la gente del pueblo, porque daba crédito y sabía esperar a los que estaban pasando malos ratos, contrariando así la opinión de su padre que, en los momentos de furia, pisoteaba la gorra y lo gritaba que nunca se haría rico.
Natalio recibió con alegría a la Estanciera que se apareció por el camino que llevaba a la casa dando coces como una mula arisca; acababa de lavarse, cansado por el trabajo; y chupaba la bombilla concentrando su pensamiento en la vaca que estaba por parir y que, con seguridad, lo haría esa noche.
Saúl bajó del vehículo y dio unas palmadas al capot que humeaba, se sacudió la tierra de los pantalones y aceptó el mate que Natalio le tendía. Se sentaron juntos afuera y estuvieron hablando un rato largo de la gente, de las carreras, de la política y del comisario, hasta que Lidia apareció, reluciente y bien peinada y, después de intercambiar saludos, pidió ver alguna mercadería. El turco, solícito, la acompañó hasta la camioneta y ahí estuvieron un buen rato, charlando y revolviendo cosas hasta que se hizo oscuro y Natalio entró a la casa para encender las lámparas. 
Se comió bien esa noche; Lidia se esmeró y no estaba en el ánimo de Saúl decir que no, porque el guiso olía muy sabroso. Correspondía después invitar al huésped a pasar la noche; no tenía caso que anduviera por esos caminos en una noche tan fría; así que se lo podía tender un catre en la cocina, como se acostumbraba, y entre los “Quedate, hombre” de Natalio y los “Si no es molestia, quédese”, de Lidia, Saúl aceptó.
Hubo vino y unas cuantas ginebras y se rieron a rienda suelta de doña Ingrasia, que quería casar a la última de sus hijas, “más fea que un cólico, fíjese doña Lidia” decía Saúl y Lidia se reía y se reía.
Natalio no ignoró las miradas oscuras y ardientes que Saúl depositaba en su mujer; a medias molesto y a medias divertido, vio cómo ella le arrimaba la cadera al hombro cuando le servía y cómo el turco apretaba los dientes y lo miraba de soslayo. Pero quizás porque era demasiado abúlico para ofenderse o quizá porque tenía una idea muy particular respecto de los afectos, hizo como que no veía nada. Jugaron a las cartas y, de pronto, se acordó de Margarita, la vaca. Buscó una manta y no quiso que Saúl lo acompañara. “No -le dijo- andate a dormir nomás; yo me arreglo solo”. Y se fue para el establo.
La vaca parió un ternero macho. Costó, porque no venía bien, pero él forcejeó a la par de la madre ya eso de las cuatro o cinco de la mañana el animalito ya estaba en pie, tembloroso en sus patitas enclenques. Natalio se puso la manta sobre los hombros, y cansadísimo, se fue para la casa. Había helado y la tierra crujía bajo sus pies. Respiró hondo y el aire le dolió en los pulmones; pronto iba a amanecer.
Cuando abrió la puerta, lo primero que le llamó la atención fue el catre vacío que habían dispuesto para Saúl; lo segundo fue ver a Lidia y al Turco desnudos, todavía acariciándose, en la cama. No se atrevió a hacer ruido y se sentó en la silla más próxima, mirándolos.
Sin que supiera cómo, sin aviso ni señal de ningún tipo, desde esa silla en la que lo único que hacía era mirar, esa noche Natalio le vio la cara a Dios. 

12 de junio de 2026

Amadeo Carrizo, el mejor arquero de la historia (2/2)

Amadeo Carrizo también custodió el arco de la Selección argentina durante diez años. Jugó en total veintidós partidos: dieciséis amistosos, tres en la Copa Mundial de Suecia 1958 y tres en Copa de las Naciones de 1964. En el Mundial jugado en el país escandinavo ocurrió un hecho inédito. Por primera vez una Selección Nacional, de los veintidós jugadores convocados, trece pertenecieron a un mismo club: River Plate. El seleccionado era dirigido técnicamente por Guillermo Stábile (1906-1966), un futbolista que había jugado en Huracán de Argentina entre 1924 y 1930, en el Génova y el Napoli de Italia entre 1930 y 1935 y entre 1935 y 1936 respectivamente, y en el Estrella Roja de Francia entre 1936 y 1939. En este último también se desempeñó como director técnico y luego lo hizo en los equipos argentinos Huracán, San Lorenzo, Estudiantes de La Plata, Ferro Carril Oeste y Racing. El grupo en el que participó Argentina estaba conformado además por las selecciones de Alemania Federal, Irlanda del Norte y Checoslovaquia.
Gran parte de los periodistas deportivos europeos consideraban que Argentina era un firme candidato al título. Sin embargo no fue así. Tras perder con Alemania Federal por 3 a 1 y vencer a Irlanda por 3 a 1, llegó la catastrófica derrota ante Checoslovaquia por 6 a 1, un nefasto resultado que provocó un decaimiento en el rendimiento de todos los integrantes del equipo que participaron en ese evento y principalmente en Amadeo, quien fue el más vapuleado. El hostigamiento fue una constante y el periodismo argentino fue despiadado con él a pesar de que los medios de prensa de Europa después de observar películas de los partidos jugados por el Seleccionado Nacional, concluyeron que la responsabilidad de Amadeo por las derrotas sufridas no había sido sólo suya, sino que el motivo desencadenante era indudablemente la parte atlética, la velocidad y los cambios de ritmo de los equipos europeos que eran demoledores.
El propio Carrizo declararía tiempo después: “Estoy convencido de que no fui el único culpable de las goleadas, yo no jugaba solo; cuando un equipo pierde por varios goles, evidentemente no hay funcionamiento de conjunto. Nos vimos superados físicamente de manera notoria. Los alemanes y los checoslovacos nos pasaron por encima. Tenían una preparación física excelente, totalmente superior a la nuestra. Jamás olvidaré el recibimiento durísimo de Ezeiza, me sentí realmente mal. Yo admito la cuota de culpa que me corresponde, pero nunca fui el único causante como casi todos opinaron. Fue peliagudo para mí, siempre acostumbrado a tener actuaciones buenas y sobresalientes, debí soportar tantos goles; algo realmente penoso”.
Quedó tan afectado que cuando el nuevo técnico, Juan Carlos “Toto” Lorenzo (1922-2001), lo volvió a convocar como titular para el Mundial de 1962 en Chile, no aceptó. Tras este episodio, el reconocido periodista deportivo Julio César Pasquato “Juvenal” (1923-1998), redactor especial de la revista “El Gráfico”, publicó un artículo en el que expresó: “Amadeo no tuvo más responsabilidad que el resto del equipo. Él no salvó nada pero los demás tampoco lo salvaron a él. Nadie hizo nada para hacer mejor las cosas. Fueron a Suecia con una venda en los ojos, como ellos lo dijeron en su momento. Sin la debida preparación física sobre todo sin la debida preparación mental y táctica. Nunca habían jugado un Mundial, entonces ni sabían de qué se trataba. Brasil para ganar ese Mundial ya había tenido tres fracasos sucesivos (‘38, ‘50 y ‘54). Ellos habían tenido participación y sabían de qué se trataba. Sus dirigentes estaban alertados de cómo era la cosa, de cómo había que jugar, lo que no ocurría entre los nuestros”.


Ese rechazo fue transitorio ya que en 1963 aceptó la convocatoria del técnico José D'Amico (1914-1994) para enfrentar a Paraguay por la Copa Chevallier Boutell, un certamen de fútbol disputado por las selecciones nacionales de Argentina y Paraguay entre 1923 y 1971. En esa oportunidad Argentina ganó 4 a 0. Ese partido fue el prólogo para su despedida triunfal de la Selección cuando ganó la Copa de las Naciones disputada en Brasil en 1964, terminando con la valla invicta ante equipos de envergadura como Portugal, Inglaterra y Brasil en los cuales había figuras muy reconocidas como el luso Eusébio da Silva Ferreira (1942-2014), el británico Robert “Bobby” Charlton (1937-2023) y el brasileño Edson Arantes do Nascimento “Pelé” (1940-2022). Nadie se había atrevido a pronosticar que Argentina iba a ser capaz de quedarse con el título, pero tras empatar 0 a 0 con Portugal y golear 3 a 0 a Brasil, superó 1 a 0 a Inglaterra y ganó el torneo. Carrizo resultó un pilar decisivo en esa exitosa campaña.
Pero aún le faltaba vivir una de las mayores frustraciones de su prolongada carrera: la final de la Copa Libertadores de América de 1966 que River disputó contra el equipo uruguayo Peñarol. Tras perder 2 a 0 en el estadio Centenario de Montevideo y ganar 3 a 2 en el estadio Monumental de Buenos Aires, River viajó a Chile para jugar el partido definitorio contra los uruguayos. El encuentro se disputó en el Estadio Nacional de Santiago y, al cabo del primer tiempo, River ganaba 2 a 0. En el segundo tiempo Peñarol logró empatarlo por lo que fue necesario jugar un tiempo suplementario. El desenlace fue fatal para el “Millonario”: el “Carbonero” -tal el apodo con el que se conocía a Peñarol debido a que fue fundado por trabajadores de una compañía ferroviaria inglesa que operaban locomotoras a vapor que utilizaban carbón-, marcó otros dos goles y terminó venciendo por 4 a 2 a un River desconcertado que había acariciado la gloria pero se fue humillado y con las manos vacías.
Ese fracaso propició un clima de desaliento en los jugadores riverplatenses, sobre todo en Amadeo Carrizo a quien tanto el presidente del club Antonio Vespucio Liberti (1902-1976) como el director técnico Renato Cesarini (1906-1969) responsabilizaron por la derrota. Ambos sostuvieron que la remontada uruguaya tuvo su origen en la furia que despertó en sus rivales el hecho de que Carrizo con su equipo en ventaja parara un envío largo con el pecho, como burlándose de los jugadores dirigidos por Roque Máspoli (1917-2004). Esta jugada fue elegida como la amargura más grande de su carrera según su propio testimonio. En un reportaje del año 1969 declaró: “Es cierto, estuve mal, pero porque no tenía quienes me respaldaran”. Años después, en 2012, en otro reportaje manifestó: “Fue algo rápido, me pateó un tipo desde cuatro metros, un balazo que me vino directo al pecho. No fue compadreada, hice lo que me pareció más seguro y enseguida la agarré. ¡Dicen que los de Peñarol se enojaron y por eso nos ganaron! Es cuento viejo. Ellos encontraron el partido después”. Lo concreto es que ese lacerante fracaso sucedió en medio de una nefasta racha de casi dieciocho años sin obtener títulos. Tras un ciclo brillante de cinco campeonatos en seis años en la década del ’50, recién volvió a salir campeón en 1975. Por entonces Amadeo ya no estaba en el club.


Indudablemente Amadeo Carrizo fue un revolucionario del fútbol, un pionero en la innovación de técnicas y estrategias en su puesto de arquero, tales como salir de su área para participar en la defensa, salir
esquivando al jugador rival, lanzarse a los pies del contrario para arrebatarle el balón en un ataque, descolgar los centros con una mano y utilizar el saque de meta como estrategia para iniciar contraataques. También fue el primer arquero argentino en usar guantes, siguiendo el ejemplo del italiano Giovanni Viola (1926-2008). El propio Amadeo contó mucho después en una entrevista publicada en la revista “El Gráfico” en 2012: “En el ‘57 fuimos a jugar un partido con la Selección a Italia, y el arquero de ellos, un tal Viola, usaba guantes. Le pregunté si daban resultado favorable, y me contestó ‘Buono, buono’ y me regaló un par. Me compré unos más y a la vuelta, contra Racing, los estrené. Acá nadie usaba y me daba un poco de vergüenza, entonces me los chanté en el elástico del pantalón para no deschavar, y antes de tocar el silbato, chan, me los puse”.
Poco tiempo después de colgar los guantes, gracias a la fama obtenida en el deporte y a su sencilla y cálida personalidad, Carrizo recibió ofrecimientos de varios empresarios. Fue así que se dedicó a trabajar en el área de promoción y relaciones públicas de Adidas, la empresa alemana dedicada a la fabricación de equipamiento deportivo y también incursionó como modelo publicitario tras jugar un partido que enfrentó a actores y jugadores veteranos a beneficio de un colegio de Santa Fe, el cual se jugó en la cancha de Colón enfrentando a Unión. Entre los actores estaba el modelo y diseñador croata-argentino Ante Garmaz (1928-2011) quien le hizo la propuesta diciéndole “qué bien que te mantenés Amadeo. Sería genial que trabajáramos juntos. Tu estampa es ideal para modelo, y además tu popularidad... ¿Qué tal?”. “¿Te parece Ante? Yo no sé nada de esto”, le respondió. Tal como el propio Amadeo contaría mucho después, el desafío le gustó y comenzó desfilar por el interior del país. Córdoba, Jujuy, Salta, Tucumán...
“No ganaba mucho dinero -contó-, pero era algo distinto que me permitía estar en contacto con la gente. En mi primera salida no advertí que la alfombra tenía arrugas. Había mucho público y justo que salgo, tropiezo en la pasarela y dio la impresión de que entré saltando. El locutor observó lo sucedido y dijo: ‘Es tan atlético Amadeo que, para demostrarnos su agilidad, entra dando saltos’. Fue una risa generalizada que me hizo superar el momento difícil. Luego tuve cinco o seis salidas más, fui aplaudido y noté el cariño de la gente, que perdonaba mi falta de práctica. Luego de un año y medio me desvinculé de toda esa actividad, pero fue una linda experiencia”. Más adelante, en distintas entrevistas comentó que jugó al paddle, un deporte que practicó hasta los 75 años, y que en Villa Devoto, donde vivía y en donde pasó sus últimos años, utilizaba su bicicleta para recorrer el barrio y visitar a sus amigos en los bares de la zona, alternando a veces con su moto.
Durante los últimos años de su vida siempre volvió a River, su lugar en el mundo. Lo hizo tanto para ver al equipo en acción como para recibir los homenajes de un club y una hinchada que habían tenido el privilegio de disfrutar las proezas del mejor arquero que pasó por las canchas argentinas. Como homenaje, el 17 de agosto de 2008 el sector bajo de la Platea General Belgrano del Estadio Monumental fue bautizado con su nombre. En su honor, en 2011 el Senado de la Nación instituyó el 12 de junio (día de su nacimiento) como el “Día del Arquero”. Luego, el 27 de diciembre de 2013 fue nombrado presidente honorario del club. Y en noviembre de 2019 fue declarado Ciudadano Ilustre por la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires en reconocimiento por ser “considerado una leyenda dentro del mundo futbolístico”.


Ese mismo año se estrenó la película “River, el más grande siempre”, un documental que narra la historia del club
desde sus orígenes, para el cual fue entrevistado junto a otras figuras que dejaron una marca exitosa en el equipo riverplatense como Héctor “Bambino” Veira (1946), Ubaldo “Pato” Fillol (1950), Norberto “Beto” Alonso (1953), Enzo “Príncipe” Francescoli (1961), Ariel “Burrito” Ortega (1974), Marcelo “Muñeco” Gallardo (1976), Pablo “Payasito” Aimar (1979) y Fernando “Torito” Cavenaghi (1983). Carrizo ya había tenido un rol protagónico muchos años antes, en 1950, cuando actuó en el filme “Cinco grandes y una chica” dirigida por Augusto César Vatteone (1904-1979), una película en blanco y negro cuya trama estaba centrada en el descubrimiento por parte de cinco integrantes de un equipo de fútbol de un caso de soborno.
Ciertamente Amadeo Carrizo, un arquero innovador, rápido, audaz y emblemático, cambió la historia de los guardavallas y se convirtió en un miembro célebre de la cultura popular argentina. Según reprodujo el periodista y escritor Alfredo Di Salvo (1950) en “Amadeo Carrizo” una excelente biografía publicada en 1992, precisó Amadeo: “Yo quise hacer que al arquero lo observaran más, que vieran que era importante, porque en él empieza la seguridad del equipo. El que sabe que tiene un buen arquero juega respaldado. El principal atributo de un buen arquero es tener reflejos rápidos para salir a buscar el remate apenas viene y simplificar, que era mi fuerte. Yo pensaba: cuanto menos me patean al arco, mejor. ¿Cómo lo impido? Intuyendo que va a hacer el contrario cuando viene con la pelota, salir lentamente del arco para anticipar la jugada”.
Diez días después de someterse a una cirugía en la espalda, a las 4.40 de la madrugada del 20 de marzo de 2020 falleció en la Clínica Zabala de Buenos Aires. Tenía 93 años y siempre sostuvo que el secreto para superar los 90 años de vida era el vino tinto. “Tengo problemitas en las piernas -decía- pero no puedo pedir más a esta edad. Ya estoy grande. El problema es el alma, el alma... naque”. Debido a la pandemia del coronavirus, no hubo funeral ni despedida por parte de sus admiradores, y su cuerpo fue enterrado en el cementerio de su natal Rufino.