La escritora argentina Laura Fava
nació en 1942 en la ciudad de Buenos Aires. Estudió Historia y Letras en la Universidad
de Buenos Aires (UBA) y coordinó numerosos talleres literarios de lectura e
interpretación de cuentos tanto a nivel particular como institucional. En 1987
recibió el Premio Iniciación a la Producción Nacional otorgado por la
Secretaría de Cultura de la Nación por su libro de cuentos “Algunas víctimas”. Por
ese libro sería luego distinguida con el Segundo Premio del Certamen Ricardo
Rojas del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, bienio 1993/1995. Con “Partirse
en dos”, su segundo libro también de cuentos, obtuvo el Primer Premio del
Certamen Eduardo Mallea, género novela y cuento, del Gobierno de la Ciudad de Buenos
Aires correspondiente a la producción del bienio 1999/2001. Además, con el
cuento “La exactitud de la memoria” fue
premiada en el Concurso Nacional de Cuentos Desde la gente, la editorial del Instituto
Movilizador de Fondos Cooperativos, el cual apareció publicado en la antología
“El libro de los premiados” en 1995.
Laura Fava junto a Raúl Brasca (1948), entre otros escritores y escritoras, fue uno de los miembros fundadores de la revista literaria “Maniático textual”, en la que colaboró desde su aparición en el año 1989 hasta el año 1991. Sus relatos, caracterizados por una atmósfera de angustia y desolación que envuelve a sus personajes a los que describe mediante un lenguaje conciso y una síntesis precisa, obtuvieron numerosas distinciones y algunos de ellos fueron incluidos en diferentes antologías tanto en Argentina como en el extranjero. Entre ellas se pueden mencionar “Nuestros cuentos. Una antología de la narrativa argentina” publicada en 1998 y “Mujeres con pelotas. Cuentos inspirados en el fútbol” publicada en 2010.
Fue a partir de fines del siglo pasado cuando en la Argentina comenzaron a aparecer varias antologías que reunieron textos eróticos escritos por autores consagrados de la literatura argentina. El cuento “Verle la cara a Dios” formó parte de la compilación de cuentos eróticos argentinos que hicieron Mempo Giardinelli (1947) y Graciela Gliemmo (1957) también en 1998. En él incluyeron narraciones que incluyeron al erotismo de modo sensual, fantástico, lúdico o trágico. Bajo el título “La Venus de papel”, además del cuento de Laura Fava hay otros de reconocidos escritores como Dalmiro Sáenz (1926-2016), Angélica Gorodischer (1928-2022), Eduardo Gudiño Kieffer (1935-2002), Abelardo Castillo (1935-2017), Juan José Saer (1937-2005), Luisa Valenzuela (1938), Tununa Mercado (1939), Ricardo Piglia (1941-2017), Liliana Heker (1943) y Reina Roffé (1951), por citar sólo a algunos.
Como bien explicó la citada escritora y editora Graciela Gliemmo en el posfacio de “La Venus de papel”, “en la narrativa erótica se presentan distintas representaciones del cuerpo, construido en los bordes del placer o del goce. Se trata de un tipo de narración que deja entre paréntesis o excluye el saber científico, y ofrece plurales imágenes del cuerpo -vestido o desnudo, gimiente o silencioso- a partir del despliegue sensorial de los personajes y de descripciones muy específicas o sugerentes. En esos relatos que detallan, aluden, insinúan o explicitan encuentros físicos, fantasías de contactos, transgresiones y deseos, el gran protagonista es el cuerpo. El cuerpo y los deseos, el cuerpo y los interdictos, el cuerpo y las transgresiones, el cuerpo y los desenfrenos”.
Laura Fava junto a Raúl Brasca (1948), entre otros escritores y escritoras, fue uno de los miembros fundadores de la revista literaria “Maniático textual”, en la que colaboró desde su aparición en el año 1989 hasta el año 1991. Sus relatos, caracterizados por una atmósfera de angustia y desolación que envuelve a sus personajes a los que describe mediante un lenguaje conciso y una síntesis precisa, obtuvieron numerosas distinciones y algunos de ellos fueron incluidos en diferentes antologías tanto en Argentina como en el extranjero. Entre ellas se pueden mencionar “Nuestros cuentos. Una antología de la narrativa argentina” publicada en 1998 y “Mujeres con pelotas. Cuentos inspirados en el fútbol” publicada en 2010.
Fue a partir de fines del siglo pasado cuando en la Argentina comenzaron a aparecer varias antologías que reunieron textos eróticos escritos por autores consagrados de la literatura argentina. El cuento “Verle la cara a Dios” formó parte de la compilación de cuentos eróticos argentinos que hicieron Mempo Giardinelli (1947) y Graciela Gliemmo (1957) también en 1998. En él incluyeron narraciones que incluyeron al erotismo de modo sensual, fantástico, lúdico o trágico. Bajo el título “La Venus de papel”, además del cuento de Laura Fava hay otros de reconocidos escritores como Dalmiro Sáenz (1926-2016), Angélica Gorodischer (1928-2022), Eduardo Gudiño Kieffer (1935-2002), Abelardo Castillo (1935-2017), Juan José Saer (1937-2005), Luisa Valenzuela (1938), Tununa Mercado (1939), Ricardo Piglia (1941-2017), Liliana Heker (1943) y Reina Roffé (1951), por citar sólo a algunos.
Como bien explicó la citada escritora y editora Graciela Gliemmo en el posfacio de “La Venus de papel”, “en la narrativa erótica se presentan distintas representaciones del cuerpo, construido en los bordes del placer o del goce. Se trata de un tipo de narración que deja entre paréntesis o excluye el saber científico, y ofrece plurales imágenes del cuerpo -vestido o desnudo, gimiente o silencioso- a partir del despliegue sensorial de los personajes y de descripciones muy específicas o sugerentes. En esos relatos que detallan, aluden, insinúan o explicitan encuentros físicos, fantasías de contactos, transgresiones y deseos, el gran protagonista es el cuerpo. El cuerpo y los deseos, el cuerpo y los interdictos, el cuerpo y las transgresiones, el cuerpo y los desenfrenos”.
“La narrativa erótica hace del cuerpo, y también del relato, un bien en sí mismo -continuó-. El erotismo es algo más que un toque de color. Es la materia misma del relato, su médula jugosa. Sin él las historias se desvanecerían en una página en blanco. El cuerpo es el detonante de la ficción y el objetivo hacia el cual avanza el conjunto de las secuencias. Siempre el cuerpo como centro: tocado, visto, oído, soñado, imaginado, deseado. A veces tomado en toda su extensión o enfocado por partes. En algunos relatos prevalecen las bocas y las lenguas. En otros, actúan con exclusividad las manos, en especial los dedos ágiles. Muchos cuentos coinciden en recuperar la fuerza de una mirada espía o la infidencia de alguien que escucha. Algunos se concentran, con exclusividad, en las zonas erógenas, respetando la tradición del imaginario cultural, invirtiendo los roles u ofreciendo objetos sustitutos. A varias voces, se exhibe un imaginario plagado de sonidos, sabores, fantasías, contactos, escamoteos, penetraciones, caricias, confidencias, silencios. Sobre los impulsos -desatados o contenidos- todos los personajes esperan o buscan un roce físico, a veces mínimo”. Y concluyó: “Siempre se deja entrever que existe un pacto, una suerte de acuerdo tácito, algún tipo de consentimiento entre los personajes. Esta complicidad permite que la narración avance hacia su objetivo”.
En cuanto al título del cuento de Laura Fava, cabe recordar que la expresión coloquial y cultural rioplatense “verle la cara a Dios”, en el lenguaje cotidiano y popular suele utilizarse para expresar una situación extremadamente peligrosa o traumática como haber estado al borde de la muerte y también, desde un punto de vista sensual, para exteriorizar el hecho de haber llegado a la cúspide del placer sexual. Es precisamente esta última alternativa la que eligió la autora de “Verle la cara a Dios”, la escritora que falleció en Buenos Aires el 25 de mayo de 2013.
VERLE LA CARA A DIOS
Natalio se había casado virgen. Después de muchas vueltas y conciliábulos entre las dos familias por el asunto de la dote, él y Lidia se habían casado. El día anterior a la boda, Natalio había soportado bromas terribles por parte de los otros muchachos solteros, incluida una visita al prostíbulo en la que los amigos se empeñaron en encerrarlo solo en una habitación con una de las pupilas, a ver “si éste puede verle la cara a Dios de una buena vez”. Pero Natalio no podía; era peor, no le interesaba ni la cara de Dios ni ninguna otra cara.
“Así debe ser -decía la madre-, así dice el señor cura que uno debe llegar al matrimonio. Mi Natalio es un santo, eso es lo que es y no un marica ni un impedido como andan por ahí diciendo”. En parte, era cierto lo que decía la vieja. Natalio no tenía ningún tipo de debilidad por personas de su mismo sexo; muy amigo de sus amigos, había compartido cuanta cosa de varones hay entre la gente de un pueblo; partidos de fútbol y de bochas, carreras, bailes, bromas pesadas, alguno que otro desmán en el prostíbulo, y todo eso. Buen mozo, bien plantado, hacía suspirar a más de una, incluidas las señoras. Y en lo que respecta a su impotencia, bien sabía él que nada de cierto había en todo eso: más de una vez había sentido su sexo avergonzándolo por entre los pantalones, enhiesto como el asta de la bandera en los desfiles del 25 de Mayo. Pero eran circunstancias muy particulares y no alcanzaba a definirlas con claridad. No importaba qué clase de hembra se le pusiera por delante, ni cuánto la desearan los compañeros, ni cuánto ella manifestara desearlo a él; no había caso; podía apretarla contra una pared, sentir su cuerpo turgente, su sudor, iniciar las caricias... poro todo transcurría apaciblemente entre sus piernas; su sexo, laxo y tranquilo, no manifestaba alteración alguna, Y a él parecía no importarle. Así que Natalio se casó virgen.
Los primeros tiempos de su matrimonio parecían perfectos. Cuando Lidia y él bajaban al pueblo para las misas o las fechas patrias, era tal la cara de felicidad que tenían que a nadie se lo ocurría preguntarles si les iba bien o mal o que tal hombre era Natalio o si cumplía: el vientre hinchado de Lidia y su aspecto radiante y satisfecho eran más que suficientes para contestar cualquier pregunta. Natalio tomaba unas ginebras en el boliche, se reía cuando los amigos lo palmoteaban y, cuando atardecía, ayudaba a Lidia a trepar al sulky y juntos
volvían a la casa.
Pero el pueblo nunca supo la verdad, ni siquiera intuyó una aproximación a ella, porque, en este asunto de verle la cara a Dios, se jugaban varias barajas.
La primera noche de casados, Natalio llegó tan borracho a su casa que ni siquiera las botas pudo sacarse; se tiró con ropa y todo arriba de la cama y no se movió hasta el mediodía siguiente; fue Lidia la que lo desvistió pero púdicamente: el calzado y la camisa, nomás; los pantalones se quedaron puestos. La segunda noche tenía el hígado al revés y sólo servía para quejarse y aguantar las compresas frías en la cabeza. La tercera se le escaparon los chanchos del chiquero y Cristo sabe que anduvo hasta la madrugada buscando a los malditos entre pajonales y cuando encerró al último, estaba tan cansado que ni hablar podía. La cuarta noche apareció el turco.
Saúl vendía ropa de pueblo en pueblo desde que era muy chico, acompañando a su padre, “El turco viejo y el turco chico”, los decían.
Hacía rato que don Elías, el viejo, se había retirado del negocio dejándole la mercadería y una camioneta Estanciera bastante destartalada a su hijo. En realidad, Saúl no tenía alma de mercachifle; le gustaba jugar al truco, al mus, al monte, a las bochas, al fútbol y con las mujeres. Para con estas últimas tenía particular debilidad: a todas les regalaba su sonrisa de dientes blanquísimos, su simpatía, sus dotes de bailarín y, según el favor recibido, algún par de medias o ropa interior con puntillas. Era un hombre querido por la gente del pueblo, porque daba crédito y sabía esperar a los que estaban pasando malos ratos, contrariando así la opinión de su padre que, en los momentos de furia, pisoteaba la gorra y lo gritaba que nunca se haría rico.
Natalio recibió con alegría a la Estanciera que se apareció por el camino que llevaba a la casa dando coces como una mula arisca; acababa de lavarse, cansado por el trabajo; y chupaba la bombilla concentrando su pensamiento en la vaca que estaba por parir y que, con seguridad, lo haría esa noche.
Saúl bajó del vehículo y dio unas palmadas al capot que humeaba, se sacudió la tierra de los pantalones y aceptó el mate que Natalio le tendía. Se sentaron juntos afuera y estuvieron hablando un rato largo de la gente, de las carreras, de la política y del comisario, hasta que Lidia apareció, reluciente y bien peinada y, después de intercambiar saludos, pidió ver alguna mercadería. El turco, solícito, la acompañó hasta la camioneta y ahí estuvieron un buen rato, charlando y revolviendo cosas hasta que se hizo oscuro y Natalio entró a la casa para encender las lámparas.
Se comió bien esa noche; Lidia se esmeró y no estaba en el ánimo de Saúl decir que no, porque el guiso olía muy sabroso. Correspondía después invitar al huésped a pasar la noche; no tenía caso que anduviera por esos caminos en una noche tan fría; así que se lo podía tender un catre en la cocina, como se acostumbraba, y entre los “Quedate, hombre” de Natalio y los “Si no es molestia, quédese”, de Lidia, Saúl aceptó.
Hubo vino y unas cuantas ginebras y se rieron a rienda suelta de doña Ingrasia, que quería casar a la última de sus hijas, “más fea que un cólico, fíjese doña Lidia” decía Saúl y Lidia se reía y se reía.
Natalio no ignoró las miradas oscuras y ardientes que Saúl depositaba en su mujer; a medias molesto y a medias divertido, vio cómo ella le arrimaba la cadera al hombro cuando le servía y cómo el turco apretaba los dientes y lo miraba de soslayo. Pero quizás porque era demasiado abúlico para ofenderse o quizá porque tenía una idea muy particular respecto de los afectos, hizo como que no veía nada. Jugaron a las cartas y, de pronto, se acordó de Margarita, la vaca. Buscó una manta y no quiso que Saúl lo acompañara. “No -le dijo- andate a dormir nomás; yo me arreglo solo”. Y se fue para el establo.
La vaca parió un ternero macho. Costó, porque no venía bien, pero él forcejeó a la par de la madre ya eso de las cuatro o cinco de la mañana el animalito ya estaba en pie, tembloroso en sus patitas enclenques. Natalio se puso la manta sobre los hombros, y cansadísimo, se fue para la casa. Había helado y la tierra crujía bajo sus pies. Respiró hondo y el aire le dolió en los pulmones; pronto iba a amanecer.
Cuando abrió la puerta, lo primero que le llamó la atención fue el catre vacío que habían dispuesto para Saúl; lo segundo fue ver a Lidia y al Turco desnudos, todavía acariciándose, en la cama. No se atrevió a hacer ruido y se sentó en la silla más próxima, mirándolos.
Sin que supiera cómo, sin aviso ni señal de ningún tipo, desde esa silla en la que lo único que hacía era mirar, esa noche Natalio le vio la cara a Dios.





