12 de junio de 2026

Amadeo Carrizo, el mejor arquero de la historia (2/2)

Amadeo Carrizo también custodió el arco de la Selección argentina durante diez años. Jugó en total veintidós partidos: dieciséis amistosos, tres en la Copa Mundial de Suecia 1958 y tres en Copa de las Naciones de 1964. En el Mundial jugado en el país escandinavo ocurrió un hecho inédito. Por primera vez una Selección Nacional, de los veintidós jugadores convocados, trece pertenecieron a un mismo club: River Plate. El seleccionado era dirigido técnicamente por Guillermo Stábile (1906-1966), un futbolista que había jugado en Huracán de Argentina entre 1924 y 1930, en el Génova y el Napoli de Italia entre 1930 y 1935 y entre 1935 y 1936 respectivamente, y en el Estrella Roja de Francia entre 1936 y 1939. En este último también se desempeñó como director técnico y luego lo hizo en los equipos argentinos Huracán, San Lorenzo, Estudiantes de La Plata, Ferro Carril Oeste y Racing. El grupo en el que participó Argentina estaba conformado además por las selecciones de Alemania Federal, Irlanda del Norte y Checoslovaquia.
Gran parte de los periodistas deportivos europeos consideraban que Argentina era un firme candidato al título. Sin embargo no fue así. Tras perder con Alemania Federal por 3 a 1 y vencer a Irlanda por 3 a 1, llegó la catastrófica derrota ante Checoslovaquia por 6 a 1, un nefasto resultado que provocó un decaimiento en el rendimiento de todos los integrantes del equipo que participaron en ese evento y principalmente en Amadeo, quien fue el más vapuleado. El hostigamiento fue una constante y el periodismo argentino fue despiadado con él a pesar de que los medios de prensa de Europa después de observar películas de los partidos jugados por el Seleccionado Nacional, concluyeron que la responsabilidad de Amadeo por las derrotas sufridas no había sido sólo suya, sino que el motivo desencadenante era indudablemente la parte atlética, la velocidad y los cambios de ritmo de los equipos europeos que eran demoledores.
El propio Carrizo declararía tiempo después: “Estoy convencido de que no fui el único culpable de las goleadas, yo no jugaba solo; cuando un equipo pierde por varios goles, evidentemente no hay funcionamiento de conjunto. Nos vimos superados físicamente de manera notoria. Los alemanes y los checoslovacos nos pasaron por encima. Tenían una preparación física excelente, totalmente superior a la nuestra. Jamás olvidaré el recibimiento durísimo de Ezeiza, me sentí realmente mal. Yo admito la cuota de culpa que me corresponde, pero nunca fui el único causante como casi todos opinaron. Fue peliagudo para mí, siempre acostumbrado a tener actuaciones buenas y sobresalientes, debí soportar tantos goles; algo realmente penoso”.
Quedó tan afectado que cuando el nuevo técnico, Juan Carlos “Toto” Lorenzo (1922-2001), lo volvió a convocar como titular para el Mundial de 1962 en Chile, no aceptó. Tras este episodio, el reconocido periodista deportivo Julio César Pasquato “Juvenal” (1923-1998), redactor especial de la revista “El Gráfico”, publicó un artículo en el que expresó: “Amadeo no tuvo más responsabilidad que el resto del equipo. Él no salvó nada pero los demás tampoco lo salvaron a él. Nadie hizo nada para hacer mejor las cosas. Fueron a Suecia con una venda en los ojos, como ellos lo dijeron en su momento. Sin la debida preparación física sobre todo sin la debida preparación mental y táctica. Nunca habían jugado un Mundial, entonces ni sabían de qué se trataba. Brasil para ganar ese Mundial ya había tenido tres fracasos sucesivos (‘38, ‘50 y ‘54). Ellos habían tenido participación y sabían de qué se trataba. Sus dirigentes estaban alertados de cómo era la cosa, de cómo había que jugar, lo que no ocurría entre los nuestros”.


Ese rechazo fue transitorio ya que en 1963 aceptó la convocatoria del técnico José D'Amico (1914-1994) para enfrentar a Paraguay por la Copa Chevallier Boutell, un certamen de fútbol disputado por las selecciones nacionales de Argentina y Paraguay entre 1923 y 1971. En esa oportunidad Argentina ganó 4 a 0. Ese partido fue el prólogo para su despedida triunfal de la Selección cuando ganó la Copa de las Naciones disputada en Brasil en 1964, terminando con la valla invicta ante equipos de envergadura como Portugal, Inglaterra y Brasil en los cuales había figuras muy reconocidas como el luso Eusébio da Silva Ferreira (1942-2014), el británico Robert “Bobby” Charlton (1937-2023) y el brasileño Edson Arantes do Nascimento “Pelé” (1940-2022). Nadie se había atrevido a pronosticar que Argentina iba a ser capaz de quedarse con el título, pero tras empatar 0 a 0 con Portugal y golear 3 a 0 a Brasil, superó 1 a 0 a Inglaterra y ganó el torneo. Carrizo resultó un pilar decisivo en esa exitosa campaña.
Pero aún le faltaba vivir una de las mayores frustraciones de su prolongada carrera: la final de la Copa Libertadores de América de 1966 que River disputó contra el equipo uruguayo Peñarol. Tras perder 2 a 0 en el estadio Centenario de Montevideo y ganar 3 a 2 en el estadio Monumental de Buenos Aires, River viajó a Chile para jugar el partido definitorio contra los uruguayos. El encuentro se disputó en el Estadio Nacional de Santiago y, al cabo del primer tiempo, River ganaba 2 a 0. En el segundo tiempo Peñarol logró empatarlo por lo que fue necesario jugar un tiempo suplementario. El desenlace fue fatal para el “Millonario”: el “Carbonero” -tal el apodo con el que se conocía a Peñarol debido a que fue fundado por trabajadores de una compañía ferroviaria inglesa que operaban locomotoras a vapor que utilizaban carbón-, marcó otros dos goles y terminó venciendo por 4 a 2 a un River desconcertado que había acariciado la gloria pero se fue humillado y con las manos vacías.
Ese fracaso propició un clima de desaliento en los jugadores riverplatenses, sobre todo en Amadeo Carrizo a quien tanto el presidente del club Antonio Vespucio Liberti (1902-1976) como el director técnico Renato Cesarini (1906-1969) responsabilizaron por la derrota. Ambos sostuvieron que la remontada uruguaya tuvo su origen en la furia que despertó en sus rivales el hecho de que Carrizo con su equipo en ventaja parara un envío largo con el pecho, como burlándose de los jugadores dirigidos por Roque Máspoli (1917-2004). Esta jugada fue elegida como la amargura más grande de su carrera según su propio testimonio. En un reportaje del año 1969 declaró: “Es cierto, estuve mal, pero porque no tenía quienes me respaldaran”. Años después, en 2012, en otro reportaje manifestó: “Fue algo rápido, me pateó un tipo desde cuatro metros, un balazo que me vino directo al pecho. No fue compadreada, hice lo que me pareció más seguro y enseguida la agarré. ¡Dicen que los de Peñarol se enojaron y por eso nos ganaron! Es cuento viejo. Ellos encontraron el partido después”. Lo concreto es que ese lacerante fracaso sucedió en medio de una nefasta racha de casi dieciocho años sin obtener títulos. Tras un ciclo brillante de cinco campeonatos en seis años en la década del ’50, recién volvió a salir campeón en 1975. Por entonces Amadeo ya no estaba en el club.


Indudablemente Amadeo Carrizo fue un revolucionario del fútbol, un pionero en la innovación de técnicas y estrategias en su puesto de arquero, tales como salir de su área para participar en la defensa, salir
esquivando al jugador rival, lanzarse a los pies del contrario para arrebatarle el balón en un ataque, descolgar los centros con una mano y utilizar el saque de meta como estrategia para iniciar contraataques. También fue el primer arquero argentino en usar guantes, siguiendo el ejemplo del italiano Giovanni Viola (1926-2008). El propio Amadeo contó mucho después en una entrevista publicada en la revista “El Gráfico” en 2012: “En el ‘57 fuimos a jugar un partido con la Selección a Italia, y el arquero de ellos, un tal Viola, usaba guantes. Le pregunté si daban resultado favorable, y me contestó ‘Buono, buono’ y me regaló un par. Me compré unos más y a la vuelta, contra Racing, los estrené. Acá nadie usaba y me daba un poco de vergüenza, entonces me los chanté en el elástico del pantalón para no deschavar, y antes de tocar el silbato, chan, me los puse”.
Poco tiempo después de colgar los guantes, gracias a la fama obtenida en el deporte y a su sencilla y cálida personalidad, Carrizo recibió ofrecimientos de varios empresarios. Fue así que se dedicó a trabajar en el área de promoción y relaciones públicas de Adidas, la empresa alemana dedicada a la fabricación de equipamiento deportivo y también incursionó como modelo publicitario tras jugar un partido que enfrentó a actores y jugadores veteranos a beneficio de un colegio de Santa Fe, el cual se jugó en la cancha de Colón enfrentando a Unión. Entre los actores estaba el modelo y diseñador croata-argentino Ante Garmaz (1928-2011) quien le hizo la propuesta diciéndole “qué bien que te mantenés Amadeo. Sería genial que trabajáramos juntos. Tu estampa es ideal para modelo, y además tu popularidad... ¿Qué tal?”. “¿Te parece Ante? Yo no sé nada de esto”, le respondió. Tal como el propio Amadeo contaría mucho después, el desafío le gustó y comenzó desfilar por el interior del país. Córdoba, Jujuy, Salta, Tucumán...
“No ganaba mucho dinero -contó-, pero era algo distinto que me permitía estar en contacto con la gente. En mi primera salida no advertí que la alfombra tenía arrugas. Había mucho público y justo que salgo, tropiezo en la pasarela y dio la impresión de que entré saltando. El locutor observó lo sucedido y dijo: ‘Es tan atlético Amadeo que, para demostrarnos su agilidad, entra dando saltos’. Fue una risa generalizada que me hizo superar el momento difícil. Luego tuve cinco o seis salidas más, fui aplaudido y noté el cariño de la gente, que perdonaba mi falta de práctica. Luego de un año y medio me desvinculé de toda esa actividad, pero fue una linda experiencia”. Más adelante, en distintas entrevistas comentó que jugó al paddle, un deporte que practicó hasta los 75 años, y que en Villa Devoto, donde vivía y en donde pasó sus últimos años, utilizaba su bicicleta para recorrer el barrio y visitar a sus amigos en los bares de la zona, alternando a veces con su moto.
Durante los últimos años de su vida siempre volvió a River, su lugar en el mundo. Lo hizo tanto para ver al equipo en acción como para recibir los homenajes de un club y una hinchada que habían tenido el privilegio de disfrutar las proezas del mejor arquero que pasó por las canchas argentinas. Como homenaje, el 17 de agosto de 2008 el sector bajo de la Platea General Belgrano del Estadio Monumental fue bautizado con su nombre. En su honor, en 2011 el Senado de la Nación instituyó el 12 de junio (día de su nacimiento) como el “Día del Arquero”. Luego, el 27 de diciembre de 2013 fue nombrado presidente honorario del club. Y en noviembre de 2019 fue declarado Ciudadano Ilustre por la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires en reconocimiento por ser “considerado una leyenda dentro del mundo futbolístico”.


Ese mismo año se estrenó la película “River, el más grande siempre”, un documental que narra la historia del club
desde sus orígenes, para el cual fue entrevistado junto a otras figuras que dejaron una marca exitosa en el equipo riverplatense como Héctor “Bambino” Veira (1946), Ubaldo “Pato” Fillol (1950), Norberto “Beto” Alonso (1953), Enzo “Príncipe” Francescoli (1961), Ariel “Burrito” Ortega (1974), Marcelo “Muñeco” Gallardo (1976), Pablo “Payasito” Aimar (1979) y Fernando “Torito” Cavenaghi (1983). Carrizo ya había tenido un rol protagónico muchos años antes, en 1950, cuando actuó en el filme “Cinco grandes y una chica” dirigida por Augusto César Vatteone (1904-1979), una película en blanco y negro cuya trama estaba centrada en el descubrimiento por parte de cinco integrantes de un equipo de fútbol de un caso de soborno.
Ciertamente Amadeo Carrizo, un arquero innovador, rápido, audaz y emblemático, cambió la historia de los guardavallas y se convirtió en un miembro célebre de la cultura popular argentina. Según reprodujo el periodista y escritor Alfredo Di Salvo (1950) en “Amadeo Carrizo” una excelente biografía publicada en 1992, precisó Amadeo: “Yo quise hacer que al arquero lo observaran más, que vieran que era importante, porque en él empieza la seguridad del equipo. El que sabe que tiene un buen arquero juega respaldado. El principal atributo de un buen arquero es tener reflejos rápidos para salir a buscar el remate apenas viene y simplificar, que era mi fuerte. Yo pensaba: cuanto menos me patean al arco, mejor. ¿Cómo lo impido? Intuyendo que va a hacer el contrario cuando viene con la pelota, salir lentamente del arco para anticipar la jugada”.
Diez días después de someterse a una cirugía en la espalda, a las 4.40 de la madrugada del 20 de marzo de 2020 falleció en la Clínica Zabala de Buenos Aires. Tenía 93 años y siempre sostuvo que el secreto para superar los 90 años de vida era el vino tinto. “Tengo problemitas en las piernas -decía- pero no puedo pedir más a esta edad. Ya estoy grande. El problema es el alma, el alma... naque”. Debido a la pandemia del coronavirus, no hubo funeral ni despedida por parte de sus admiradores, y su cuerpo fue enterrado en el cementerio de su natal Rufino.

Amadeo Carrizo, el mejor arquero de la historia (1/2)

Un día como hoy, hace exactamente cien años, nacía en el Barrio General San Martín de la ciudad de Rufino, provincia de Santa Fe, quien sería con el paso de los años reconocido por la Federación Internacional de Historia y Estadística de Fútbol (International Federation of Football History and Statistics) como el mejor arquero sudamericano del siglo XX: Amadeo Carrizo. Hijo de un trabajador ferroviario, alternó su infancia entre los paseos en bicicleta e ir junto a su padre a observar las maniobras de las máquinas del ferrocarril. Además, asistía los domingos junto a su hermana o algún amigo a “El Condal” y a la “Sala Marconi”, los cines que había por aquella época en la ciudad. Las entradas costaban 20 centavos y con el número de las mismas al final de la función se rifaba una muñeca o una pelota, un premio que se otorgaba según el ganador fuera nena o nene. En una oportunidad resultó ganador y consiguió así su primera pelota de fútbol.
No fue necesario que pasase mucho tiempo para que comenzara a ir a los partidos de fútbol informales y amistosos que se jugaban cerca de su casa en los que participaba como jugador de campo. Su papá, amante del fútbol e hincha de River, en el fondo de su casa pasaba largo rato tirándole la pelota de un costado al otro para hacerlo volar y atajarla porque veía en su hijo una mayor capacidad como arquero que como delantero. En 1938, aprovechando el boleto gratis que tenía por su condición de empleado ferroviario, viajó con su hijo a Buenos Aires a visitar a su hermano. El 7 de agosto de ese año llevó a Amadeo a la cancha de River. Por entonces el equipo era dirigido por técnico húngaro Emérico Hirschl (1900-1973) y ese día enfrentó a Racing por la fecha 15 del Torneo Argentino de Primera División. La “Academia” -tal el apodo con el que se conocía al club de Avellaneda desde mediados de la década de los años ‘10 cuando ganó siete campeonatos de Primera División consecutivos entre 1913 y 1919 durante la era del amateurismo- dominó el primer tiempo y se fue al entretiempo con una ventaja de 2 a 0. Pero en la segunda etapa, gracias a la habilidad y la destreza goleadora de Luis María Rongo (1915-1981), River dio vuelta el resultado y ganó 3 a 2. Mientras su padre, feliz por la compañía de su hijo en la tribuna, festejaba los goles, Amadeo miraba a los arqueros y pensaba si alguna vez él podría jugar en esa posición.
Un año después, ya en Rufino dio sus primeros pasos como futbolista formal en el club barrial El Fortín, en el que jugaban varios chicos que vivían en la misma cuadra en la que estaba su casa. Jugaban de locales en las instalaciones del club Matienzo, y allí Amadeo demostraba un gran dominio de la pelota desenvolviéndose como centrodelantero. A ese club llegó luego de ser visto por el director técnico de la división infantil jugando en una plaza con los amigos.
El equipo confrontaba con otros de diferentes barrios y, luego de varios partidos, se mantenía invicto. Un domingo debió enfrentar a un conjunto de un barrio cuyo equipo se denominaba Los Panta, un cuadro aguerrido y de buenos jugadores que contaba con un campo de juego que tenía hasta los arcos con red y travesaño. Faltaba poco para el comienzo del partido y el arquero de El Fortín no llegaba, por lo que el capitán del equipo estaba muy nervioso. Fue cuando Amadeo se le acercó y le ofreció jugar como arquero. Luego de dudar un poco se decidió a aceptar la propuesta. El principiante arquero tenía 13 años y no llegaba al metro setenta de altura, sin embargo desvió todos los tiros que le hicieron, con la punta de los dedos los que llegaban por arriba y estirándose con esfuerzo los que llegaban por abajo. El Fortín mantuvo el invicto y Amadeo fue la revelación.


En simultáneo mantenía su afición por el ciclismo, llegando incluso a competir en distintas carreras tanto en pistas como en carreteras, y causó asombro en Rufino cuando ganó una carrera consistente en treinta y cuatro kilómetros entre ida y vuelta. Este suceso lo llevó a dudar si seguía corriendo con la bicicleta o si jugaba al fútbol. Pero optó por esto último cuando unos hermanos que jugaban en El Fortín y ya eran profesionales en el B.A.P., el club de los ferrocarriles Buenos Aires Al Pacífico, le ofrecieron jugar allí como arquero. Con la anuencia de su padre que era socio del club que los empleados de ese ferrocarril (el actual Ferrocarril General San Martin que por entonces estaba en posesión de Gran Bretaña y recién fue nacionalizado en 1946) habían fundado el 9 de agosto de 1924 y era por entonces el más importante de la liga rufinense, allí debutó en la reserva en 1942.
En el primer partido el equipo perdió 4 a 0 y Amadeo salió cabizbajo de la cancha. Estando amargado en el vestuario, se le acercó el capitán del equipo de primera y le dijo que no se cambiara porque iba a jugar el partido principal. Sorprendido, ya que le habían hecho cuatro goles, no podía entender la propuesta y bajo ese estado emocional debutó en la primera división. El equipo ganó ese partido, él tuvo una buena actuación y quedó como titular para toda la temporada de 1942. En la década de los años ‘40 su padre era compañero de trabajo de Héctor Berra (1909-1977), un atleta de River que había participado en varias disciplinas en los Juegos Olímpicos de Verano de 1932 llevados a cabo en la ciudad de Los Ángeles, Estados Unidos, y que había participado en los Campeonatos Sudamericanos de Atletismo representando a la Argentina en 1929, 1931, 1933 y 1937.
Por entonces Berra, además de trabajar en el ferrocarril colaboraba con el por entonces director técnico de las divisiones inferiores de River Plate, Carlos Peucelle (1908-1990), en la búsqueda de jugadores talentosos en los clubes del interior. Por esa razón el padre de Amadeo le propuso que lo recomendase. Berra aceptó el pedido, pero quiso verlo en acción antes de recomendarlo. Se jugó entonces un amistoso que el B.A P. le ganó 1 a 0 al Sporting de Laboulaye. Cuando lo vio jugar le sugirió ir a probarse al club de Núñez y le escribió una carta de recomendación dirigida al técnico del “Millonario”, apodo que el club había recibido en 1931 -cuando se inició el fútbol profesional en Argentina- debido al número de contrataciones costosas que realizó con el fin de conformar un equipo competitivo. Entre esas incorporaciones figuraron jugadores como el mencionado Peucelle, adquirido al Sportivo Buenos Aires por 10.000 pesos, Angel Bossio (1905-1978) de Talleres de Remedios de Escalada por 22.000 pesos, Alberto Cuello (1908-1993) de Tigre por 18.000 pesos, Carlos Santamaría (1912-1998) de Platense por 15.000 pesos y, sobre todo, la del gran goleador Bernabé Ferreyra (1909-1972) de Tigre por 35.000 pesos, un futbolista reconocido como uno de los más destacados goleadores del fútbol mundial en los años ’30 y que ostenta el histórico récord de tener más goles que partidos disputados: 200 goles en 185 partidos oficiales.
Con el alistamiento a lo largo de esa década de otros grandes jugadores como Renato Cesarini (1906-1969), José María Minella (1909-1981), José Manuel Moreno (1916-1978), Ángel Labruna (1918-1983), Adolfo Pedernera (1918-1995), Juan Carlos Muñoz (1919-2009) y Alberto Gallo (1920), el equipo riverplatense vivió una etapa victoriosa consagrándose campeón de los torneos de Primera División en 1932 y 1937, de la Copa de Competencia en 1932, de la Copa Campeonato en 1936, de la Copa de Oro en 1936, de la Copa Ibarguren en 1937 y de la Copa Aldao en 1936 y 1937.


Por entonces había pasado de su pequeña cancha en la calle Aristóbulo del Valle en el barrio de la Boca a un nuevo estadio sobre la avenida Alvear (hoy Av. Del Libertador) entre Tagle y Austria. Luego, en 1934, dado que ese terreno no le pertenecía al club y el contrato de alquiler vencía y no le sería renovado, la Municipalidad le reclamó el predio y, gracias a la intermediación del propio Intendente de la ciudad Mariano Vedia y Mitre (1880-1958), consiguió comprar unos terrenos en las anegadizas tierras del barrio de Belgrano muy cerca del Río de la Plata con un préstamo del Banco Hipotecario Nacional. El por entonces presidente del club Antonio Vespucio Liberti (1902-1976) escrituró esas tierras y en mayo de 1935 comenzó la construcción del que sería llamado Estadio Monumental, el cual se inauguró tres años más tarde el 25 de mayo de 1938, el día que se cumplía el 37º aniversario de la fundación del club.
El 6 de marzo de 1942, llevando en su bolso la carta de Berra, con apenas 16 años Amadeo Carrizo emprendió el viaje hacia Buenos Aires en un tren nocturno que tardó más de quince horas en llegar a destino. Fue un viaje que le resultó larguísimo y, a pesar de las ilusiones que tenía, se sintió triste por haber dejado en Rufino a su familia y sus amigos. Cuando llegó a la estación Retiro lo recibió su tío, el hermano de su madre, quien le dio un cálido y afectuoso recibimiento y lo llevó a su humilde casa en Villa Devoto, la que se constituyó en un sólido refugio para sus sueños y donde se propuso dejar de lado la nostalgia y la melancolía por todo lo que había dejado en su ciudad natal.
Un par de días después, el tío lo llevó a River, se lo presentó a Peucelle y le extendió la carta de recomendación que había redactado Héctor Berra. El entrenador la leyó con mucha atención, demostrando un alto respeto por el ex atleta riverplatense que le pedía la prueba, y enseguida le dio fecha para el día siguiente. Amadeo estaba impresionado por las instalaciones de River; acostumbrado a las dimensiones de su pueblo, River le parecía una verdadera ciudad dentro de otra. Además, había estado espiando la cancha y, a pesar de los nervios que lo hacían temblar, un tremendo entusiasmo lo embargaba. Al ver los arcos del Monumental, ansioso pensó que tenía la fuerza suficiente para lograr triunfar en el desafío que le esperaba al día siguiente.
Acompañado por su tío, quien lo alentó durante todo el viaje entre su casa y el club, fue probado entre cientos de chicos y su destino quedó sellado cuando, con su baja edad y su alta estatura, pudo escuchar: “El grandote de Rufino se queda”. Efectivamente la prueba resultó exitosa y, según relató en una entrevista con la revista “El Gráfico”, alguien llamó a Rufino para comunicarle a su familia que el chico se quedaba en el club: “Díganle al padre que Amadeo se queda en River, en la prueba lo aceptaron”. Peucelle le había dicho: “bueno, pibe, mándele decir a su padre que se queda acá”. Y el propio Amadeo llamó a su papá y le dijo: “Viejo, no vuelvo a Rufino, fiché para el club de tus amores”.
En ese momento se conmovió hasta la médula cuando sintió la voz de su papá quebrarse por la emoción en la línea telefónica, y comprendió en seguida que junto a la felicidad que significaba la noticia que estaba comunicando, en ese momento nacía también para él una enorme carga de responsabilidad. Porque a partir de allí, el padre comenzó a mandarle dinero desde Rufino para afrontar sus gastos y para ayudar a su cuñado. Comidas, viáticos y cualquier otro compromiso que significara para el tío albergar a su hijo en su casa de Villa Devoto.
El 3 de junio de 1943 comenzó su trayectoria riverplatense en la Cuarta división y doce meses más tarde pasó a la Tercera con la que fue campeón junto a dos jugadores que serían famosos con el paso del tiempo: Néstor “Pipo” Rossi (1925-2007) y Alfredo Di Stéfano (1926-2014). Cuando Peucelle se hizo cargo de la Primera División en 1945, el 6 de mayo de ese año decidió que había llegado la hora de darle una oportunidad al arquero nacido en Rufino. Fue así que debutó en el partido que River venció a Independiente de Avellaneda por 2 a 1. En su niñez Carrizo había sido hincha de Independiente y pasaba la tarde de los domingos pegado a la radio en su ciudad natal escuchando sus partidos, y en el debut se enfrentó con varios de sus ídolos como lo eran Arsenio Erico (1915-1977) y Vicente de la Mata (1918-1980). Su invicto como arquero duró apenas 17 minutos y cayó cuando Camilo Cerviño (1926-2017), el puntero derecho del Rojo -apodo que el equipo de Avellaneda recibió por el color de su camiseta- le marcó un gol con un fuerte tiro cruzado. Luego los citados Labruna y Gallo revertieron el resultado y River se quedó con los dos puntos en disputa.


Una semana más tarde volvió a ser titular en la victoria por 2 a 1 sobre San Lorenzo de Almagro, equipo en el que brillaban jugadores como Armando Farro (1922-1982), Rinaldo Martino (1921-2000) y René Pontoni (1920-1983). Fue justamente este último quien le hizo un gol antes de la media hora de juego para poner al Ciclón en ventaja. Ese apodo con el que era conocido San Lorenzo había nacido en 1930 cuando un periodista del diario “Crítica” lo comparó con un ciclón por la velocidad y la contundencia de sus ataques. En aquel partido, finalmente Muñoz y Pedernera sentenciaron el triunfo de River. Si bien no volvió a actuar en el resto del certamen, Amadeo se dio el gusto de celebrar su primer título en 1945, ya que el Millonario salió campeón con cuatro puntos de ventaja sobre su clásico rival Boca Júniors.
Fue la época en que había nacido la mítica “Máquina”, el equipo que protagonizó una de las etapas más brillantes de la historia del club. Ese apodo nació el 7 de junio de 1942 tras un contundente triunfo por 6 a 2 sobre Chacarita Juniors por el torneo local, una goleada que el reconocido periodista deportivo Ricardo Lorenzo “Borocotó” (1902-1964) analizó en su crónica aparecida en la revista “El Gráfico” bajo el título “Jugó una máquina el puntero”. Por entonces el arquero titular era José Soriano (1917-2011) y los suplentes eran Héctor Grisetti (1923-1998) y Amadeo Carrizo, quien en 1946 jugó apenas una vez como titular. Fue el 10 de noviembre de ese año en la derrota por 2 a 1 que River sufrió ante Lanús en Núñez.
En 1947 le tocó hacer el servicio militar en la Fuerza Aérea haciendo la etapa de instrucción en la base de El Palomar, por lo que formó parte del plantel pero sólo pudo jugar algunos partidos en la Reserva. Ese año, en el que River se consagró campeón con seis puntos de ventaja sobre Boca, asumió la dirección técnica el citado José María Minella, quien consideró que Amadeo tenía condiciones suficientes para convertirse en el guardavalla titular. Fue entonces cuando, al año siguiente, comenzó su exitosa carrera como arquero titular ininterrumpida hasta 1968.
Su salida de River no fue como él hubiera querido. Ese año el director técnico Ángel Labruna consideró que dada su edad ya no estaba en condiciones para seguir jugando. Amadeo fue citado a una reunión con los dirigentes Plinio Garibaldi (1908-1983) y Julián William Kent (1917-2005), quienes fueron los encargados de comunicarle que su ciclo estaba cumplido. El arquero abandonó la reunión con lágrimas en los ojos y el corazón hecho pedazos. Atrás había quedado un vínculo de veintitrés años ininterrumpidos en los que disputó quinientos veintiún partidos de la Asociación del Fútbol Argentino y conquistó diez títulos: siete campeonatos de Primera División (1945, 1947, 1952, 1953, 1955, 1956 y 1957), una Copa Ibarguren (1952) y dos Copas Aldao (1945 y 1947). Había pasado gran parte de su vida en el club, por eso le dolía ese abrupto final. Sin embargo siguió adelante. Él se sentía capaz de seguir en el fútbol. No quería irse así nomás. Recibió un llamado de Perú para jugar un par de amistosos para Alianza Lima contra el Dínamo de Moscú. En esos dos encuentros estuvo cara a cara con el soviético Lev Yashin (1929-1990), otro de los grandes arqueros del siglo XX.
Su buen nivel en esos partidos despertó el interés de Alfonso Senior Quevedo (1912-2004), dirigente del club Millonarios de Colombia, quien lo contrató. Allí, en apenas dos temporadas se convirtió en ídolo. Lo apodaron “Tarzán” por sus salidas temerarias y su capacidad para jugar con los pies a una edad en la que casi ningún futbolista profesional seguía activo. Completó sesenta partidos en ese conjunto y se retiró con el título de campeón del certamen colombiano bajo el brazo. Finalmente abandonó el fútbol profesional como jugador en abril de 1970 a los 43 años. Luego se desempeñó como director técnico en el Porvenir Miraflores de Perú en 1971, en el Deportivo Armenio de Argentina en 1972 y en el Once Caldas de Colombia en 1973.