7 de febrero de 2026

Daniel Feierstein: “Dentro de los movimientos populares, la reflexión estratégica es despreciada. En la nueva derecha pasa exactamente lo contrario”.

Nacido en el barrio de Villa Pueyrredón de la ciudad de Buenos Aires,
Daniel Feierstein (1967) es un sociólogo e investigador argentino especialista en el estudio de las prácticas sociales genocidas. Estudió en la Universidad de Buenos Aires, donde obtuvo los títulos de Licenciado en Sociología y Doctor en Ciencias Sociales en la Facultad de Ciencias Sociales. Es investigador principal del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) por el Centro de Estudios sobre el Genocidio de la Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF). Durante el período 2013-2015 presidió la International Association of Genocide Scholars (IAGS), una organización global, interdisciplinaria y no partidista fundada en 1994 que busca promover la investigación y la enseñanza sobre la naturaleza, las causas y las consecuencias del genocidio, y promover estudios de políticas sobre su prevención. En la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA ejerce como Director del Observatorio de Crímenes de Estado (OCE) y como profesor titular regular de la materia Análisis de las Prácticas Sociales Genocidas en la carrera de Sociología. 
Ha publicado artículos en castellano, francés, inglés, alemán, italiano, hebreo y coreano, entre otras lenguas, en diversas publicaciones científicas y jurídicas sobre temas como racismo, crímenes estatales masivos y conceptualizaciones de genocidio. También ha publicado varios ensayos sobre el tema, entre los cuales se pueden mencionar “El pasado en la batalla cultural. La disputa por el sentido de los genocidios”, “La construcción del enano fascista. Los usos del odio como estrategia política en Argentina”, “Los dos demonios (recargados)”, “El genocidio como práctica social (entre el nazismo y la experiencia argentina)” y “Seis estudios sobre genocidio. Análisis de las relaciones sociales: otredad, exclusión y exterminio”.
Lo que sigue es una compilación de los puntos más relevantes de las entrevistas que fueron publicadas en la página web de la Cooperativa de Trabajo “La tinta” el 31 de marzo de 2025 y en el diario “Página/12” el 7 de febrero de 2026 a cargo de Lucas Crisafulli y Luciana Bertoia respectivamente.
 
A nivel global, la derecha está avanzando. Donald Trump en Estados Unidos, Giorgia Meloni en Italia y Javier Milei en Argentina son ejemplos de ello. En el caso de las derechas latinoamericanas actuales, no se trata de movimientos nacionalistas. ¿Podemos decir que estamos ante gobiernos fascistas? ¿Existe miedo o una excesiva cautela a la hora de hablar de fascismo o neofascismo?
 
Más que analizar los gobiernos en sí, me parece más interesante reflexionar sobre lo que está ocurriendo a nivel social. Comenzaría por un punto anterior en el tiempo, porque, de hecho, empecé a notar este proceso, incluso, antes de que Milei fuera candidato. En la sociedad argentina, por primera vez en su historia, surge la posibilidad de que prácticas sociales y movimientos fascistas tengan un impacto real en la sociedad. No es que nunca haya habido fascistas, pero, a lo largo de la historia, su presencia fue bastante marginal. Yo creo que, por primera vez, los fascistas asumen una capacidad de impacto importante. Y es necesario separar lo que está pasando socialmente de los gobiernos, porque hay una articulación de fuerzas distintas. En el caso de Milei, su partido político surge de la nada, llega al poder de manera muy rápida y articula ciertos elementos fascistas. Eso no significa que sea lo único presente en su gobierno, ya que todo proceso histórico es, por naturaleza, heterogéneo. ¿Existen elementos fascistas tanto previos a Milei como en su gobierno? Sí. ¿Puede caracterizarse su gobierno como fascista? Eso es más discutible y depende del peso que le asignemos a esos elementos. Sin embargo, cada vez adquieren mayor relevancia, especialmente, después de la crisis de $Libra, que evidenció una fractura entre estos elementos fascistas y la otra gran corriente que Milei encarna con más fuerza: el minarquismo. Esta vertiente, asociada a un neoliberalismo extremo, es una de las más influyentes dentro del movimiento de Milei. A su vez, existe otra corriente, representada con mayor claridad por la vicepresidenta, que me parece más propiamente fascista en sus intenciones y en la lógica de su funcionamiento social. La categoría de fascismo ha sido muy vapuleada y nunca ha tenido una definición del todo clara. Por eso, es fundamental precisar a qué nos referimos cuando la utilizamos. En mi análisis, entiendo el fascismo como una práctica social y, en ese sentido, veo manifestaciones fascistas en el presente. Sin embargo, si hablamos del fascismo como sistema de gobierno, creo que no. Las nuevas derechas contemporáneas -no sólo Milei, sino a nivel global-, por ahora, no están implementando el sistema de gobierno que caracterizó al fascismo histórico, especialmente en lo que respecta al corporativismo.
 
¿Cree que, dadas las circunstancias políticas y sociales en Argentina, estamos ante una situación previa a un genocidio debido al avance de los discursos de odio?
 
No, no por ahora. Por eso, es importante diferenciar entre fascismo y genocidio, que son cosas distintas, aunque a veces se articulan. El nazismo combinó ambos, pero no son lo mismo. Percibo, en este momento, la urgencia de prácticas sociales fascistas, su crecimiento y el apoyo que reciben. Sin embargo, no veo, por ahora, que eso implique el riesgo de la implementación de un proceso genocida. Pero, como siempre, la historia está en constante transformación. No veo las condiciones ni la intencionalidad, ni la direccionalidad para que esto ocurra, a diferencia de lo que observo con el fascismo. No obstante, no sabemos cómo va a evolucionar. Crear un nivel tan alto de irradiación y uso político del odio y del resentimiento pavimenta las condiciones para que, en el mediano o largo plazo, de ser necesario, se implemente un genocidio. Pero no veo que haya una necesidad para el régimen de dominación, como sí la había en los ‘70, de llevar a cabo semejante nivel de destrucción para producir su victoria política. Básicamente, porque a esa victoria política ya la han alcanzado.
No creo que la sociedad argentina tenga la capacidad de organización necesaria para resistir los cambios que se quieren implementar en el patrón de acumulación y, por lo tanto, el genocidio sería absolutamente innecesario. Eso no quita que, si hubiera una recomposición real del movimiento popular con capacidad de resistir este proyecto, el genocidio no se transforme en una herramienta. El proyecto que se está imponiendo implica transformar la lógica de distribución del ingreso y del patrón de acumulación, y convertirnos en una sociedad mucho más extractivista de lo que ya somos; donde el eje del patrón de acumulación sea el extractivismo que, incluso, pueda disputar el rol de la primarización agrícola ganadera, que fue el patrón histórico de acumulación en el caso argentino.
 
¿Cómo describiría el contexto en el cual se llega a los cincuenta años del golpe?
 
Hace tiempo que vengo planteando que hay ciclos ascendentes y descendentes en la lucha por las representaciones y la elaboración del genocidio. Creo que llegamos en un momento muy duro. Ese ciclo descendente nace hacia 2012 o 2013. Veo que no estamos logrando la capacidad de revertir el ciclo descendente. Lo que identifico es que ese ciclo afectó a toda una generación, que fue la que se fue formando, y es el grupo que va de los dieciocho a los veinticinco años, que es el núcleo de apoyo de la nueva derecha. El gran desafío en estos cincuenta años es renovar las formas de pensar el problema. El tema de fondo es que un discurso que interpeló tanto a la generación que vivió esos hechos como a la generación de sus hijos claramente no interpela a la generación de los nietos. O sea, a quienes no sólo no vivieron el genocidio, sino que tampoco vivieron los ‘90 ni el 2001.
 
¿Y por qué no interpela ese discurso? ¿Puede ser porque se volvió una narrativa oficial y les resulta más atractivo polemizar o rivalizar con ella?
 
Hay varias variables. Esa es una, pero estaría cambiando porque, de hecho, el Estado ya no está apoyando nada de eso. El problema es cómo se reconstruye desde abajo. El Estado hoy está haciendo lo contrario: está avalando narrativas negacionistas. Pero hay otras variables.
 
¿Por ejemplo?
 
Está la partidización de esa experiencia plural que había sido la lucha por los derechos humanos. Eso no se ha logrado quebrar: se sigue viendo a los derechos humanos como una rama del kirchnerismo. Hay algunos destellos que son interesantes: que en 2025 haya sido, luego de diecinueve años, otra vez la marcha única es un dato interesante. Me parece que todavía falta mucho en la recuperación de esa potencia plural. Después hay una lógica de narración de la propia lucha que no ha logrado recuperar las condiciones que nos llevaron a derrotar la impunidad. Todo ese proceso de lucha fue escamoteado en la memoria popular. Esa potencia no puede conectar con las nuevas generaciones porque no les fue transmitida por las generaciones que vivieron esos hechos. El proceso quedó subsumido a que el kirchnerismo se lee a sí mismo como heredero de las luchas de los ‘70 -“somos los hijos de las Madres”- y como resultado de la crisis de 2001. Esto es: no se lee como un proceso de lucha, sino que la crisis de 2001 se ve como una explosión espontánea que salió de la nada. Si la derrota de la impunidad es resultado solamente de una decisión presidencial, entonces ese proceso de lucha desaparece. O sea, lo único que hay que hacer es votar bien para que otro presidente haga las cosas que queremos.
 
¿No está vinculado esto a que la historia se cuenta, de alguna manera, desde lo institucional, más allá de un problema del campo popular?
 
Creo que tiene que ver con las dos cosas. La historia se puede contar oficialmente de muchas maneras, pero la pregunta es cómo se la cuenta el campo popular. Lo que digo es que ahí hubo una autoamputación, que es muy importante entender por qué ocurrió. Ahí no tengo tantas respuestas. Hay algunos sectores que no participaron de esa lucha porque estaban en el menemismo, pero hay otro montón de sectores del kirchnerismo que sí estaban en esa lucha y tampoco la cuentan. Las cosas no se van a recomponer igual. Creo que, en la articulación social, la lucha contra la impunidad no va a volver a ser el eje -y quizá tiene sentido que no lo sea-, pero eso no va a ser posible sin una recuperación de esos procesos de lucha. La transmisión no es para copiar.
 
¿Se puede decir que en los primeros dos años del gobierno de Milei hubo una primera etapa de destrucción de las políticas de derechos humanos y ahora viene una etapa de construcción de una narrativa propia?
 
No lo tengo claro. En algunos campos pareciera que sí; en otros, pareciera que no. Me parece que tiene que ver con las internas del gobierno. Quien tiene más solidez en la creación de una narración alternativa es la vicepresidenta y los grupos de gente que la rodean. Esa interna no se ha terminado de saldar porque no es la preocupación central del gobierno.
 
¿Le parece que hubo el suficiente debate frente a la revalorización de las Fuerzas Armadas o la designación de un militar al frente del Ministerio de Defensa?
 
Hay una voluntad de relegitimación del poder represivo estatal que se expresa claramente en Patricia Bullrich. En esa clave está la decisión de designar a un militar al frente del Ministerio de Defensa. Hay una decisión de decir “ya fue suficiente”. El “se va a acabar la dictadura militar” es el nudo de deslegitimación del actor militar que incluso va a recorrer todo el menemismo, porque la subordinación de los militares al poder civil va a ocurrir más durante el gobierno de Menem que durante el de Alfonsín. La duda que me aparece ver en las distintas fracciones del gobierno mileísta es si, para recuperar la capacidad represiva, es necesario construir una narración de la dictadura que reivindique el uso de la estructura represiva estatal o si simplemente alcanza con referir a las nuevas amenazas y tratar de sumergir en el silencio ese pasado que ya está muy lejos.
 
¿Qué pasa con la apelación al pacto democrático?
 
Me parece que es pensar los procesos de modo estático cuando son dinámicos. Cuando alguien se pregunta cómo es posible que se rompiera el acuerdo que teníamos contra la impunidad, la respuesta es que no es que se rompió. El acuerdo que teníamos las generaciones que transitamos ese proceso y construimos esa lucha contra la impunidad no creo que se haya roto. Los miembros de nuestra generación que no están de acuerdo nunca estuvieron de acuerdo, pero eran una minoría. Hay muchos que se fueron agregando y la respuesta que podrían dar es: “Nosotros nunca firmamos ese acuerdo porque no vivimos esos hechos”. Vamos a cumplir cincuenta años del golpe. Yo siempre lo planteo con mi experiencia personal de cuando empecé a militar en 1982. Los recuerdos que puedo tener para pensar esta noción del tiempo es que el Cordobazo, que había sido trece años antes, era algo que yo sentía que no había vivido, pero que podía vincular como algo cercano. Pero cuando me hablaban del ‘55 era cosa de viejos. Y pensá que desde el ‘55 al ‘82 había menos de treinta años. Hay que entender que la realidad cambia, que hay nuevos actores y que el gran desafío es cómo los vamos a interpelar.
 
Usted plantea que una de las cuestiones a evitar es cerrar discusiones diciendo que es “cosa juzgada”.
 
Exacto. Y no hay que olvidar que la Justicia terminó haciendo justicia por la presión popular. El aparato judicial en la Argentina nunca fue gran cosa -ahora menos que nunca-. Si hubo justicia fue porque los jueces sentían que no podían hacer otra cosa, y eso lo dio la lucha popular. En el campo de los derechos humanos necesitamos que las nuevas generaciones puedan ser un poco más irreverentes. Parte de la potencia de H.I.J.O.S. (Hijos por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio) es que puso en cuestión muchas de las cosas de los ‘80: salió a desafiar a la generación anterior. Y ahora apareció Nietes, que creo que tiene algo muy interesante. Necesitamos que sean capaces de decir todo lo que no les sirve para poder desafiarnos desde ahí y, desde esa irreverencia, conectar con su generación.
 
¿Qué rol cree que tiene la academia en estas discusiones?
 
Tuvo un rol central y lo ha ido perdiendo, y es un proceso que ligo mucho a la caída del Muro, porque es internacional, no solo argentino. La academia siempre estuvo imbricada con las luchas populares. Se da un proceso que yo llamo de profesionalización, que separa a la academia de la lucha popular y, en esa separación, se produce una inversión de la lógica. Hoy, un académico articulado con los procesos populares parece que fuera menos académico. Ese proceso se acompañó con que, dentro de los movimientos populares, la reflexión estratégica también es despreciada. Entonces se generó ese quiebre que implica que hayamos dejado de tener intelectuales orgánicos. En la nueva derecha pasa exactamente lo contrario.

31 de enero de 2026

La abogacía, la política, la diplomacia, el periodismo, la edición, el espionaje, el suspenso, el terror: los escalones de John Buchan

John Buchan, nacido en Perth (Escocia) el 26 de agosto de 1875, fue político, diplomático, abogado, periodista, historiador, poeta y novelista. Realizó sus estudios secundarios en la Escuela de Gramática Hutchesons y luego ingresó a la Universidad de Glasgow, donde estudió Filología y editó las obras de Francis Bacon (1561-1626) que se publicaron en 1894. Más adelante estudió Filología Clásica en el Colegio Brasenose de la Universidad de Oxford, donde ganó altas distinciones académicas al tiempo que publicaba su primera novela, “Sir Quixote of the Moors” (El Quijote de los Moros).
Comparativamente a su éxito como escritor, fue como abogado que ganó gran renombre. Luego de un corto periodo pasado en Sudáfrica, se inició en el negocio de editor literario como socio de la firma de su amigo, el diplomático y escritor norteamericano Thomas Nelson (1853-1922). En la editorial edimburguesa Thomas Nelson and Sons, especializada en ediciones de bolsillo para un público masivo, se encargó de la publicación de obras de, entre otros, Thomas Hardy (1840-1928), Henry James (1843-1916), Rudyard Kipling (1865-1936) y G. K. Chesterton (1874-1936). También trabajó como editorialista y crítico literario para la revista “The Spectator”. En 1911, fue electo miembro del Parlamento Británico y sirvió en diferentes cargos de responsabilidad durante la Primera Guerra Mundial, para retornar a la Cámara de los Comunes en 1927 hasta que, en 1935, fue designado Gobernador General de Canadá.
Escribió novelas de aventuras y de espionaje, cuentos cortos de terror y biografías. En 1914, al estallar la guerra, sirvió como corresponsal para la edición francesa del periódico británico “The Times” y creó a su personaje más popular -Richard Hannay- cuando, postrado durante tres meses en su lecho de enfermo a causa de una úlcera péptica, trató de distraer su mente para alejarse del deprimente pensamiento de estar incapacitado. Por entonces Buchan se alojaba en Broadstairs, un pueblo costero en el distrito de Thanet, al este del condado de Kent en el sureste de Inglaterra. Muy cerca de su residencia había una casa que tenía unas escaleras para bajar al mar, y fueron precisamente sus escalones los que inspiraron el título de la que sería su novela más famosa.
En su autobiografía publicada en 1940, “Memory hold the door” (La memoria sostiene la puerta), Buchan sugirió que el personaje estaba basado, en parte, en Edmund Ironside (1880-1959), el Mariscal de Campo del ejército británico nacido en Edimburgo, Escocia, que actuó como espía durante la Segunda Guerra de los Bóers, el conflicto bélico que enfrentó al Reino Unido con los colonos de la República de Sudáfrica y del Estado Libre de Orange que se libró entre el 11 de octubre de 1899 y el 31 de mayo de 1902, luego como integrante de la División de Infantería durante la Primera Guerra Mundial, y finalmente como Jefe del Estado Mayor Imperial durante la Segunda Guerra Mundial.
Entre las obras de ficción de Buchan se destacan: “The path of the King” (La ruta del Rey, 1921), “The three hostages” (Los tres rehenes, 1924), “Witch wood” (Bosque de brujas, 1927), “The courts of the morning” (Los tribunales del amanecer, 1929), “House of the four winds” (La casa de los cuatro vientos, 1937), “Pilgrim's way” (El camino de los peregrinos, 1940),Greenmantle” (Manto verde) y “Lake of gold” (Lago de oro, 1941) entre muchísimas otras. En cuanto a sus biografías, las más célebres son: “Sir Walter Raleigh” (1897), “Sir Walter Scott” (1911), “Julius Caesar” (1932), “Oliver Cromwell” (1934) y “Augustus” (1937). También se destacó como historiador en “The Battle of Jutland” (La batalla de Jutland, 1916), “Episodes of the Great War” (Episodios de la Gran Guerra, 1936) y “The history of the First World War” (La historia de la Primera Guerra Mundial, 1922).
Pero, sin ninguna duda, la obra por la cual más se lo conoce es “The thirty nine steps” (Los treinta y nueve escalones), novela que comenzó a escribir en agosto de 1914, en la que su personaje Richard Hannay, un inglés que ha pasado largo tiempo en las colonias africanas ejerciendo como ingeniero de minas, al regresar a su departamento en Londres, se encuentra con un hombrecillo que le pide ayuda. Era Franklin P. Scudder, un vecino con el que apenas había intercambiado algún que otro saludo, quien le pedía que le permitiera entrar en su casa y que escuchase la gravedad de la historia que tenía para contarle. Al acceder, se vería envuelto en un asesinato y más adelante en una intriga de carácter internacional relacionada con el desarrollo de la Guerra Mundial.
“Volví de la City hacia las tres aquella tarde de mayo, bastante disgustado con la vida. Llevaba tres meses en la madre patria y estaba harto de ella. Si un año antes alguien me hubiera dicho que estaría sintiéndome así, me habría reído en su cara, pero la realidad era esa. El tiempo me deprimía, la charla del inglés común me enfermaba, no podía hacer mucho ejercicio, y los entretenimientos de Londres me parecían insulsos como un vaso de agua. ‘Richard Hannay’, me repetía a mí mismo, ‘te metiste en la zanja equivocada, amigo, y harías bien en salir’”. Así comienza la novela que sería publicada por entregas en la revista británica “Blackwood's Magazine” durante agosto de 1915, cuando Europa estaba sumida en la Primera Guerra Mundial. Luego, ese mismo año, en el mes de octubre, la editorial escocesa William Blackwood and Sons situada en Edimburgo la sacó a la venta ya en forma de libro, el cual vendió más de veinticinco mil ejemplares en sus primeros tres meses. El personaje Richard Hannay sería protagonista más adelante de otras cuatro novelas escritas por Buchan.


Lo que hizo que esta novela alcanzara gran notoriedad fue que el director de cine y guionista británico Alfred Hitchcock (1899-1980) la llevara al cine en 1935 con Robert Donat (1905-1958) y Madeleine Carroll (1906-1987) como protagonistas principales. En la historia filmada por el genial director inglés -que le compró los derechos cinematográficos a Buchan por 800 libras- la trama varió un poco del original, pero, de todos modos, Hitchcock logró una notable puesta en escena con un excelente uso de la cámara, haciendo planos sutiles y descriptivos en ocasiones, y en otras, planos-secuencia majestuosos, dotando al film del ritmo frenético tan habitual en sus películas.
El 6 de febrero de 1940, mientras se afeitaba en el baño de Rideau Hall, la residencia de Ottawa donde vivía mientras ocupaba el cargo de Gobernador General, Buchan sufrió un infarto cerebral. Fue llevado a Montreal para una cirugía de emergencia en el Instituto Neurológico de la McGill University, pero finalmente murió en la noche del 11 de febrero. Tras su fallecimiento, allí recibió un Funeral de Estado y luego sus cenizas fueran enviadas al Reino Unido, donde fueron depositadas en el cementerio de la iglesia anglicana de Elsfield, un pequeño pueblo situado al noreste del centro de Oxford. Por entonces, el film de Hitchcock ya iba en camino a convertirse en una de sus obras más aclamadas, hasta llegar al 4º lugar del ranking de las mejores películas inglesas según el Instituto Británico de Cine (BFI) y a ser considerada por la crítica especializada internacional como una de los veinte films más grandiosos de todos los tiempos.
Años después, en 1959, el director de cine inglés Ralph P. Thomas (1915-2001) realizó la primera versión en color de “Los 39 escalones” protagonizada por Kenneth More (1914-1982) y Taina Elisabeth Elg (1930 2025). Un par de décadas más tarde, en 1978 se rodó la tercera versión, esta vez dirigida por Don Sharp (1921-2011) y protagonizada por Robert Powell (1944) y Karen Dotrice (1955), la cual es considerada la mejor de todas las adaptaciones. Treinta años después, en 2008, la cadena británica de televisión y radio BBC realizó una adaptación televisiva filmada en Escocia dirigida por James Hawes (1973) y protagonizada por Rupert Penry Jones (1970) y Lydia Leonard (1981). La historia también dio origen a una radionovela protagonizada por Orson Welles (1915-1985) en 1938 y, ya en el actual siglo, a numerosas adaptaciones teatrales que fueron presentadas en diversos teatros de buena parte del mundo.


Pero Buchan no sólo fue reconocido y recordado por “Los 39 escalones”, también lo fue por sus cuentos de hadas y de terror, entre ellos “The green wildebeest” (La verde pradera), “No man's land” (Tierra de nadie), “Space” (Espacio), The song of the moor” (La canción del páramo), “The wind in the portico” (El viento en el pórtico), “The far islands” (Las islas lejanas), “The outgoing of the tide” (La salida de la marea) y “Skule Skerry”, todos ellos escritos hacia fines del siglo XIX y comienzos del XX. Al respecto, el escritor estadounidense H. P. Lovecraft (1890-1937) -autor de renombradas obras como “The Dunwich horror” (El horror de Dunwich), “The alchemist” (El alquimista), “At the mountains of madness” (En las montañas de la locura) y “The whisperer in darkness” (El que susurra en la oscuridad), por citar sólo algunas- en 1927 publicó el ensayo “Supernatural horror in literatura” (El horror sobrenatural en la literatura). En la introducción expresó que “el miedo es una de las emociones más antiguas y poderosas de la humanidad, y el miedo más antiguo y poderoso es el temor a lo desconocido. Muy pocos psicólogos lo niegan y el hecho de admitir esa realidad confirma para siempre a los cuentos sobrenaturales como una de las formas genuinas y dignas de la literatura. Las angustias y el peligro de muerte se graban con mayor fuerza en nuestros recuerdos que los momentos placenteros; del mismo modo los aspectos tenebrosos y maléficos del misterio cósmico ejercen una fascinación más poderosa sobre nuestros sentimientos que los aspectos beneficiosos. A partir de tales conceptos, no cabe asombrarse de la existencia de una literatura relacionada al terror cósmico. Siempre existió y siempre existirá”.
Y más adelante, en uno de sus capítulos se refirió al escritor escocés: “En la novela ‘Bosque de brujas’, John Buchan representa con tremenda fuerza un resurgimiento del diabólico sabbat de las brujas en una región solitaria de Escocia. La descripción del sombrío bosque y su piedra maligna, junto a los vislumbres de terror cósmico cuando el horror es finalmente extirpado, nos reconcilian con la lentitud de la acción y plétora de dialecto escocés. Algunos cuentos de Buchan son igualmente vívidos en sus intimaciones espectrales, ‘La verde pradera’, una historia de brujería africana, ‘El viento en el pórtico’, con su despertar de horrores paganos, y ‘Skule Skerry’ con sus toques de espantos boreales, son ejemplos especialmente notables”.
Esas historias de terror basadas en mitos y leyendas antiguas que fueron escritas por Buchan, muchas de las cuales tienen elementos sobrehumanos, se publicaron por primera vez en el Reino Unido en 1902. Luego, en 1918, se publicó en Estados Unidos con el título “The watcher by the threshold” (El vigilante junto al umbral), y recién en 2022 apareció la versión en español titulada “El vigilante del umbral y otras historias escocesas de terror”. Pero, volviendo a la narrativa de espías, vale destacar que con “Los treinta y nueve escalones” y las otras cuatro novelas protagonizadas por el personaje Richard Hannay, John Buchan de alguna manera trazó el derrotero a otros destacados autores del género de espionaje como Ian Fleming (1908-1964), John le Carré (1931-2020), Frederick Forsyth (1938-2025) y Graham Greene (1904-1991). Precisamente este último, autor de importantes novelas de esa condición como “The quiet american” (El americano impasible), “The confidential agent” (El agente confidencial) y “The ministry of fear” (El ministerio del miedo), en 1957 publicó una antología de literatura de espionaje titulada “The spy's bedside book” (El libro de cabecera del espía) escrita en coautoría con su hermano el periodista Hugh Greene (1910-1987). En esa suerte de amalgama de ficción, reportajes y memorias que ayudó a definir el género durante las décadas siguientes, citó a Buchan como una gran influencia para él y expresó: “Buchan escribe ‘entretenimientos’ con una clara pureza moral”.