9 de octubre de 2019

Cuentos selectos (XII). Bertolt Brecht: "Historia de alguien que nunca llegaba tarde"


Bertolt Brecht (1898-1956) fue uno de los dramaturgos más destacados e innovadores del siglo XX. Nacido en Augsburgo, Alemania, su gran aporte fue sin dudas la creación del llamado Teatro Épico (o Dialéctico, como también se lo conoce), una propuesta teatral que, influenciada notablemente por la generación del romanticismo alemán y la problemática de la cuestión social, se propuso invitar al compromiso político, mostrando y relatando los principales problemas sociales de su tiempo.
Brecht desarrolló su teoría a lo largo de toda su vida activa en el teatro. Primero, bajo la influencia del director y productor teatral alemán Erwin Piscator (1893-1966), teórico del que es conocido como Teatro Político, el cual se enfocaba en el contenido sociopolítico del drama y no en la inmersión emocional del público o en la belleza formal de la producción. Luego, sumando las concepciones teóricas de intelectuales rusos de la época como el escritor y crítico Víktor Shklovski (1893-1984) y el dramaturgo Vsévolod Meyerhold (1874-1940), en quienes ya se encontraba el concepto de distanciamiento entre el artista y su personaje. Su aporte creativo en la materia estuvo en el hecho de haber sistematizado esas propuestas y promovido la discusión en este sentido, con lo cual renovó profundamente el concepto de la obra teatral.
La atmósfera de enrarecimiento político y las convulsiones provocadas por las guerras determinaron la producción literaria alemana en las primeras décadas del siglo XX. Por otro lado y en la misma época, el teatro revolucionario surgido de la Revolución de Octubre en Rusia tendió a propagarse en Alemania, enriquecido por las experiencias de las vanguardias, sobre todo del cubismo, el expresionismo y el surrealismo. Fue en ese contexto de fusiones y nuevas experiencias que prosperó la estética teatral de Brecht.
Su amistad con teóricos del materialismo histórico como Karl Korsch (1886-1961) y Walter Benjamin (1892-1940), su militancia política y su adhesión a las ideas socialistas provocaron que, a partir de la ascensión del nazismo, tuviese que comenzar un largo exilio que lo llevaría a Dinamarca, Suecia, Finlandia y Estados Unidos, para regresar a su país recién en 1948.
Pero no sólo fue dramaturgo, también se destacó como poeta y cuentista. Brecht publicó sus primeros poemas en 1913 en la revista estudiantil “Die Ernte” y en 1927 apareció su primer libro de poemas: “Hauspostille” (Devocionario doméstico). Su obra narrativa, cuyos inicios coinciden con la cristalización de su temprana vocación literaria, se entrecruzó a lo largo de la vida del autor con el resto de su labor creativa y mayormente estuvo animada por los mismos objetivos que guiaron su producción teatral y poética. Sus primeras narraciones breves fueron publicadas en diversos periódicos y revistas de su ciudad natal; luego, a lo largo de su difícil exilio, siguió escribiendo relatos que, más tarde, aparecerían -muchos de ellos- en “Kalendergeschichten” (Historias de almanaque) y en “Geschichten vom herrn Keuner” (Historias del señor Keuner).


El novelista alemán Lion Feuchtwanger (1884-1958), escritor que colaboró estrechamente con Bertolt Brecht en varias de sus obras cuando ambos estaban exiliados en Estados Unidos, decía en uno de los manuscritos hallados en su biblioteca tras su muerte: “Brecht utilizaba todos los temas y formas que le atraían, ensayaba con ellos, los modelaba, se los apropiaba y los transformaba de tal forma que al final eran suyos por completo. Brecht consideraba sus creaciones como algo provisional, en ciernes. Libros que había dado a la imprenta hacía tiempo, obras de teatro que había montado innumerables veces nunca estaban terminadas para él. Como a muchos de los grandes artistas alemanes, le importaba más el proceso creativo que la obra terminada”.
Por su parte, el editor alemán Siegfried Unseld (1924-2002) en “Der autor und sein verleger” (El autor y su editor) publicado en 1985, repasó la relación de Brecht, Rainer María Rilke (1875-1926), Hermann Hesse (1877-1962) y Robert Walser (1878-1956) con sus editores. También, con respecto a Brecht, explicó cuáles eran sus métodos de trabajo: “Un rasgo típico del método creativo de Brecht era su capacidad para reanudar una y otra vez, durante años incluso, el trabajo en una fábula, una idea dramática, un borrador. Ninguna versión impresa era la definitiva, y seguramente ni siquiera recordaba ya él mismo dónde había hecho los cambios”.
La mayoría de sus narraciones tenían como protagonistas a figuras históricas y se desarrollaban tanto en tiempos remotos como en la época contemporánea. Sin embargo, un motivo central le confirió unidad y coherencia a todas ellas: el comportamiento de los personajes y las situaciones dramáticas servían de vehículo para el aleccionamiento moral, la destrucción de mitos, la crítica de prejuicios y la iluminación de zonas oscuras de la historia y de la sociedad humanas.


La totalidad de su obra, tanto dramática como lírica, teórica y narrativa sería publicada póstumamente.

HISTORIA DE ALGUIEN QUE NUNCA LLEGABA TARDE

Había una vez un joven que era inteligente. Muy inteligente. Enormemente inteligente. Tan inteligente que en las noches serenas oía crecer los árboles y toser a las ardillas tísicas. Sí... y más inteligente aún. Eso era lo que pensaba todo el mundo y, como es lógico, él más que nadie. Y eso es fundamental. Cómo no iba a conocerse a sí mismo. Y bien: era muy inteligente. Un don por cierto muy valioso.
Pero tenía una característica que era cien, no, mil, no, cien mil veces más valiosa aún. Aquel joven nunca llegaba tarde. “En el mundo puede ocurrir cualquier cosa, pero que yo llegue tarde es tan absurdo como pretender que un asno sea un camello. ¡Como lo oyen!”. Eso decía el joven de sí mismo. Y él tenía que saberlo. ¿No?
Y así el mozo se iba haciendo hombre y crecía en sabiduría y en virtud. Y sus parientes se preguntaban seriamente qué ocurriría, si era posible que existiera tanta astucia como la que tenía aquel joven. Y mientras los amigos y parientes discutían y hablaban con grandilocuencia del futuro del joven, éste dedicaba toda su atención a tan importante problema. Aún vacilaba entre ser Príncipe de Poetas o Emperador Soldado. Ambos oficios tenían su parte buena.
¿Príncipe de Poetas? Hum, podría ser, después de todo, La parentela no tendría nada que alegar en contra. Él ya llevaba escritos algunos poemas maravillosos. Su aptitud había quedado demostrada. Su glorioso poema “El Amor” era un modelo de poesía clásica. Sin ir más lejos, aquella estrofa final: “Glorioso y divino amor, / de pleno y sensible pulso, / eres el más bello impulso, / triunfante sobre el dolor” estaba más allá de toda crítica. La exquisitez de otro de sus poemas quedaba demostrada por el solo hecho de su publicación en uno de los últimos números de la revista “Gartenlaube”... De modo que Príncipe de Poetas... ¡había que tenerlo en cuenta!
Nº 2. ¿Emperador Soldado? Tampoco estaría mal. Por supuesto, aquel joven tan dotado no podía conformarse con menos que un imperio franco-español. ¡De ninguna manera! Por otra parte, era muy fácil conquistarlo. Bastaba con trabar íntima amistad con el ex rey de Portugal, regresar con éste a España y -después de liquidarlo- hacerse coronar emperador. ¡Simplísimo! ¿No es verdad? Sus dotes militares se habían puesto muy precozmente de manifiesto. De modo que Emperador Soldado tampoco era de despreciar...
Y así el pobre joven, tan bien dotado, vacilaba y vacilaba entre aquellos dos oficios. Porque los dos oficios tenían también sus contras. Lamentablemente, el Príncipe de Poetas tendría que saber componer poemas. Y el Emperador Soldado tenía que empezar por buscar al rey estúpido al cual pensaba destituir. Y vaciló durante mucho tiempo.
Por fin decidió ser dependiente en un gran almacén. Y lo fue. Porque lo que él se proponía, lo llevaba a cabo. Y fue feliz entre las latas de arenque y las cajas de sombreros. Su ideal era llegar a ser un Rey de la Bolsa. Pero de serlo, quería serlo en grande. ¡Alguien para quien los Rothschild fueran unos pobres mendigos!
Y entonces, en esa época, cuando el joven tenía justamente quince años, ocurrió algo. El talentoso muchacho se enamoró.
La primera consecuencia fue que el dependiente de comercio, alias Príncipe de Poetas, rozado por un Eros hambriento de rosas, dio a luz un poema... un poema... ¡Oh! ¡Oh! ¿Qué clase de poema? Una obra magna, una revelación. Constaba de veinte estrofas y llenaba todo un cuadernillo. Cada estrofa tenía diez versos, cada verso doce palabras… Era colosal. Gigantesco. ¡Grandioso!
Pero eso no fue más que el comienzo. A continuación el joven se juró a sí mismo convertir a la “bella de los ojos negros” en su esposa. Lo juró al nocturno y secreto resplandor de una vela, lo juró por sus barbas. Al hacerlo aferró los dos pelos que constituían su barba y que ya habían alcanzado un centímetro de largo… Lamentablemente, uno se le desprendió en la acción.
Y la campaña comenzó. Pero en la campaña se puso de manifiesto una pequeña falla de nuestro Príncipe de Poetas: era tímido. Cada vez que se encontraba con su futura esposa, hacía un gran rodeo para eludirla. Y así transcurrieron los meses, los años, los decenios. Los siglos… Bueno, he ido demasiado lejos. Transcurrieron sólo dos meses. Y un día de lluvia, la vio del brazo de otro. No supo cómo pudo llegar de regreso a su casa esa tarde. Solo en su cuartito desierto, abandonado de Dios y de los hombres, lloró.
Es mala señal que un hombre serio llore… Pero luego se mesó la barba, es decir, tironeó del último pelo que le quedaba en la barbilla. Se volvió triste. Se pasaba los días enteros sumido en un estado de ánimo sombrío, y meditaba tras las latas de arenque. Meditaba sobre un problema, un extraño problema. Se trataba de lo siguiente: ¿Cómo es posible que alguien tan inteligente llegue tarde?
Y así estuvo mucho tiempo, inactivo, pensando… Con el tiempo perdió el juicio. Sólo se lo oía murmurar: “yo no llego tarde”. Y si aún no ha muerto, ha de seguir viviendo todavía…

7 de octubre de 2019

Una recorrida por el cuento latinoamericano de la primera mitad del siglo XX

El romanticismo que dominó la literatura en Europa desde finales del siglo XVIII hasta mediados del siglo XIX, se caracterizó por su imaginación y subjetividad, su libertad de pensamiento y expresión y su idealización de la naturaleza. Hacia fines del siglo XIX, las letras del ámbito iberoamericano se desprendieron de la tradición enciclopedista que habían heredado de España, y de manera más o menos veloz, comenzaron a incorporar los aportes de aquel movimiento. Así, se dio origen en Hispanoamérica al desarrollo del cuento, confundiéndose muchas veces con el costumbrismo que cultivó, por ejemplo, el peruano Ricardo Palma (1833-1919) en "Tradiciones peruanas", unos relatos que, con aires de leyenda, abundancia de descripciones detalla­das y un riguroso análisis de las costumbres, el autor publicó entre 1872 y 1911.
Cuando Europa exportó a nuestro continente el naturalismo de Emile Zola (1840-1902), "la imitación servil de los modelos europeos esterilizó y estancó el progreso del género narrativo de América", sostuvo en 1946 el profesor hispanomexicano Adolfo Sánchez Vázquez (1915-2011) en "Perfil del cuento en América". Afortunadamente el naturalismo importado, poco a poco, fue dejando de lado las pautas francesas para abocarse al realismo que abordaba los problemas sociales regionales, dando lugar al naturalismo hispanoamericano que sobresalió en las obras del chileno Baldomero Lillo (1867-1923), del uruguayo Javier de Viana (1868-1926) y del argentino Ro­berto Jorge Payró (1867-1928), quienes lograron hacer un análisis sociológico de la rea­lidad en esa etapa de transición.
Simultáneamente, muchos poetas modernistas se lanzaron a la escritura de cuentos, dotándolos de nuevas formas estilísticas en las que sobresalía la lírica por sobre la composición de la secuencia narrativa. En este aspecto descollaron los mejicanos Manuel Gutiérrez Nájera (1859-1895) y Amado Nervo (1870-1919). 
Lo propio hicieron el nicaragüense Rubén Darío (1867-1916), el cubano José Martí (1853-1895), el venezolano Manuel Díaz Rodríguez (1871-1927) y el boli­viano Ricardo Jaimes Freyre (1868-1933), fieles representantes del modernis­mo dramático.
Este modernismo aportó una re­novación del lenguaje y del estilo al incorporar imáge­nes, metáforas y símbolos para dar paso a una nueva narrativa. En la Argentina, Leopoldo Lugones (1878-1938) incorporó el plano de las alucinaciones y el mundo mis­terioso de lo sobrenatural y extraterreno a la cuentística de su país, convirtiéndose en un adelantado de la futura literatura fantástica. 
El guatemalteco Rafael Arévalo Martínez (1884-1975), después de acceder a todos los géneros literarios, so­bresalió en cuentos que guiaron a la literatura de Guatemala fuera del modernismo y la enfocaron hacia las nuevas tendencias contemporáneas, como lo sería el llamado realismo mágico.
El argentino Ricardo Güiraldes (1886-1927), des­pués de su punto de partida modernista, se ubicó en ese estadio intermedio entre el camino de la fantasía y el camino realista que es el criollismo, un movimiento dedicado a desentrañar los laberintos del alma de la llanura pampeana. Fue el uruguayo Horacio Quiroga (1878-1937) la cum­bre mayor de este movimiento. Incorporado a la Argen­tina y enraizado en la selva misionera, encontró en ella su mejor fuente de inspiración.
Quiroga "huma­nizó la selva casi tanto como selvatizó la pintura de cier­tas zonas de la realidad ciudadana de cuyo escudriña­miento extrajo cuadros de pesadilla" -dice el crítico literario argentino Luis Emilio Soto (1902-1970) en "El cuento" (1959), y a través de sus cuentos "culminó en la sucinta disección de los estados de ánimo que tocan las fronteras de la subconciencia". En el Uruguay, asimismo, la narrativa criollista tuvo un gran exponente en el cuentista Yamandú Rodríguez (1891-1957).
En el Perú, Abraham Valdelomar (1888-1919) descubrió la realidad de la vida provinciana, con sus evocaciones infantiles de la vida en las aldeas costeras y Enrique López Albújar (1872-1966) consiguió agudas observaciones serranas con sus personajes indígenas y ambientes absolutamente nacio­nales. De este modo descentralizaron la obra narrativa, llevándola desde los límites de la urbe principal hasta las fronteras del país, con­tando la vida de cada región nacional.
En Chile, el máximo representante del criollismo, con hondo fer­vor regionalista, fue Mariano Latorre (1886-1955), quien describió la vida del suelo chileno, documentando las características vitales de cada región. En Venezuela, inició la corriente criollista Luis Manuel Urbaneja (1873-1937) que hizo del ambiente campesino la esencia de sus obras narrativas y Rómulo Gallegos (1884-1969) conjugó en su producción narrati­va el impresionismo artístico (here­dado del modernismo) y el realismo descriptivo (here­dado del naturalismo). En la República Dominicana, Sócrates Nolasco (1884-1980) cultivó el cuento criollista, detallando costumbres rurales y mostrando la idiosincrasia de su pueblo.
Con el correr del siglo XX, con la influencia de la no­velística rusa experta en psicologías atormentadas, el criollismo maduró en nuevas formas narrativas orientadas a un compromiso de tipo social. En este aspecto sobresalieron los chilenos Luis Durand (1895-1954) y Manuel Rojas (1896-1973), quienes revolucionaron las formas narrativas al dejar atrás el realismo tradicional del naturalismo y el criollismo en boga, y cambiar las estructuras y el lenguaje de los personajes.
El cuento boliviano, también exhibió esa conjunción armónica entre el hombre y el paisaje, con enfoques bien definidos según sus regiones terri­toriales. Así, Hugo Blym (1910-1979) abordó el drama campe­sino del altiplano; Man Césped (1874-1932), hizo lo propio con la región del valle, y Alfredo Flores (1887-1987) sobresalió en la zona del oriente tropical.
Paraguay incorporó la problemática campesina a partir de Natalicio González (1897-1966) y Carlos Zubizarreta (1904-1972), los que retrataron al campesino no como individuo sino como héroe de masas. En todo el continente americano, las grandes masas de campesi­nos, mineros y pescadores proporcionaron material literario para el desarrollo del cuento.
Este nuevo realismo adentrado tanto en la tierra como en la ciudad, es el de los narradores del grupo argentino de Boedo y de las crea­ciones de Benito Lynch (1880-1951), de Guillermo Guerre­ro Estrella (1891-1944) y de Atilio Chiappori (1880-1947). Es también el estilo del uruguayo Felisberto Hernández (1902-1964), del dominicano Juan Bosch (1909-2001), del guatemalteco Mario Monteforte Toledo (1911-2003) y del peruano José Diez Canseco (1904-1949).
Dos hechos históricos -la Revolución Mexicana (1910-1920) y la Guerra del Chaco (1932-1935)- generaron en el ámbito literario una cuentística especial. En México, Martín Luis Guzmán (1887-1976), Rafael Muñoz (1899-1972) y Francisco Rojas González (1904-1951); en Bolivia, Augusto Céspe­des (1904-1997), y en Paraguay, Arnaldo Valdovinos (1908-1991), iniciaron un compromiso político que más tarde siguieron numerosos cuentistas de toda Latinoamérica, orientados hacia la denuncia, la literatura de protesta y la difusión de ideologías políticas.
Simultáneamente y a partir del modernismo, supe­rado el criollismo, se formó la corriente denomina­da fantástica, una forma encarada por numerosos cuentistas del continente americano, que tuvo como gran maestro a Jorge Luis Borges (1899-1986) que inauguró un nuevo universo poético en la historia del cuento.
Los integrantes del grupo de Florida Adolfo Bioy Casares (1914-1999) y Enrique Anderson Imbert (1910-2000) fueron los cultivadores, en principio, de la literatura fantástica argentina. Luego Julio Cortázar (1914-1984) y Marco Denevi (1922-1998) fueron óptimos representantes de esta nueva perspectiva narrativa.
En México, Juan José Arreola (1918-2001) y Fernando Benítez (1912-2000) revelaron en sus cuentos una aguda sensibilidad poética que les per­mitió trastocar el orden de lo real con sus ficciones, lo mismo que el guatemalteco Miguel Angel Asturias (1899-1974) y el cubano Alejo Carpentier (1904-1980), quienes partiendo desde el camino de la fantasía penetraron la realidad circundante y dieron lugar al nacimiento del realismo.

4 de octubre de 2019

Lorrie Moore: “La literatura es una conversación con la vida en muchos niveles diferentes” (3)

Profesora de Lengua Inglesa en la Vanderbilt University, una universidad privada de los Estados Unidos localizada en la ciudad de Nashville, Tennessee -lugar donde vive actualmente-, Lorrie Moore es miembro de la American Academy of Arts and Sciences desde 2001 y de la American Academy of Arts and Letters desde 2006. Acerca de los mecanismos de su escritura afirma que nunca se sienta a escribir sin tener alguna idea embrionaria, pero que a medida que avanza el texto va haciendo descubrimientos que ni siquiera sospechaba en el momento de sentarse frente a la página en blanco. “Creo que es algo común que los escritores en actividad se queden un poco en blanco cuando se hacen a sí mismos preguntas demasiado fundamentales sobre lo que están haciendo. Esto tiene que ver, en parte, con la pérdida de perspectiva que tiene lugar cuando se está tan inmerso en algo”. En “On writing” (Sobre escribir), ensayo incluido en “See what can be done” (A ver qué se puede hacer), asegura que “lo que hacen los escritores es una labor concienzuda, tenaz y especializada. También es algo misterioso, y el misterio involucrado en el acto de crear una narración está adherido a los misterios de la vida misma y a su creación: el hecho de que existamos, de que haya algo en lugar de nada. Nadie que alguna vez haya vuelto a mirar un libro que haya escrito podrá jamás negar su condición de misterioso”. Más adelante agrega: “En términos más científicos, la compulsión a leer y escribir -y estoy segura de que es una compulsión- es una forma de circuito mental que la especie ha seleccionado, a lo largo del tiempo, mientras el período de vida aumenta, para mantenernos interesados en nosotros mismos pues es crucial, como especie, mantenernos interesados en nosotros mismos. Cuando ese interés desaparezca, daremos un paso al vacío, nos endureceremos como rocas, explotaremos y desapareceremos. El arte nos ha sido dado para mantenernos interesados y comprometidos -antes que distraídos por el materialismo o saciados por el aburrimiento-, de forma que podamos apegarnos a esta vida, una vida que de otra manera podría ser insoportable”. Para terminar, la tercera y última parte del compendio de entrevistas que concediera a diversos medios periodísticos.



Aunque usted ha publicado ya no sólo volúmenes de cuentos sino también dos novelas y un libro para niños, en los cuentos parece moverse “como un pez en el agua”, en su propio elemento. ¿Se siente más cómoda en ese género?

Siempre me he sentido mucho más cómoda con los cuentos, su ámbito y su ritmo, y obviamente he escrito muchos más cuentos que novelas, de modo que en el cuento me muevo con un poco más de confianza. Pero actualmente estoy trabajando en una novela, así que éste no es el mejor momento para decir que soy primariamente una escritora de cuentos, aunque es tentador hacerlo.

¿Y en cuál de las dos formas se siente usted más cómoda?

Me gustan las dos por sus objetivos individuales.

¿Tiene una clara decisión acerca del género en que va a escribir antes de sentarse a escribir?

Sí, sin duda. Algunos escritores se sientan a escribir novelas y se encuentran con que sólo han escrito un cuento, que la novela de algún modo se derrumbó o se aceleró o se desvió. En general, yo siento que las novelas son acerca del tiempo: el tiempo es su tema y su medio. Los cuentos son usualmente una simple tajada penetrante de tiempo que contiene sentimientos y los dilemas clave en las circunstancias de un personaje. Por supuesto, siempre hay excepciones.

¿Cómo sabe si una idea irá a parar a un cuento o a una novela?

Supongo que es algo que se sabe por haber leído ambos géneros. Un relato tiene un pequeño nudo dentro. Una novela tiene una situación complicada que necesita de tiempo y de un lienzo más grande.

¿Qué diferencia hay entre escribir cuentos y novelas?

La diferencia fundamental es que puedes tardar años en escribir una novela, mientras que un relato te lleva meses o, incluso, semanas, si tienes suerte. Pero la mayor diferencia, estética, es la necesidad de tiempo y complejidad de la forma narrativa larga. Es más difícil adaptar el tiempo (como sujeto y como medio) y la complejidad en un relato corto. A no ser que seas Alice Munro.

¿Se definiría, fundamentalmente, como una escritora de relatos? ¿Le gusta esa definición?

No quisiera limitarme a mí misma con definiciones. También soy madre, profesora, crítica, etc.

La acción de sus narraciones (cuentos y novelas) transcurre en distintos lugares, a veces mencionados por sus nombres. ¿Son siempre lugares en los que usted ha estado, necesita haberlos visto antes personalmente para ubicar en ellos a sus personajes?

No soy muy buena imaginando detalles de un lugar en el que nunca he estado, al menos de una manera general. Pero todo es vuelto a imaginar para la página.

Su escritura, para quienes la conocen, es muy coloquial y hace uso de términos del habla cotidiana en Estados Unidos.

Los editores me piden que piense en los traductores, pero no se puede escribir pensando en eso. La traducción es otro trabajo de escritura. Y lo que siempre se pierde en la traducción es la poesía y el humor. Hay cosas que son graciosas en un idioma y en otro no funcionan. Por ejemplo, una vez escribí un chiste que iba ‘¿cómo llamas a una mujer que se casa con un hombre sin brazos ni piernas? Carrie’, jugando con la sonoridad del nombre que es igual que la palaba “carry’ (en inglés, cargar, llevar en andas). Pero cuando lo tradujeron al francés pusieron ‘¿cómo llamas a una mujer que se casa con un odontólogo desempleado?’, Carie.

La reedición argentina de “¿Quién se hará cargo del hospital de ranas?” llega ahora, mientras en el país está en agenda el debate por el derecho al aborto. Tratándose de un libro que escribió hace unos años, ¿este contexto lo convierte en una nueva historia? ¿Cree que los lectores lo leerán de otra manera?

Yo no me puedo meter dentro de la cabeza de un lector argentino ahora mismo. Yo no sé qué pensarán. En su momento el libro no fue publicado con esa intención. Y, nuevamente, el libro no se trata de un manifiesto político sobre el aborto sino más bien sobre la vida real de mujeres jóvenes que tienen que enfrentarse a una situación así. 1972 fue el año en el que se obtuvo la legalización del aborto. Pero en un montón de lugares y en algunos Estados esto no era aplicado. Ocurría eso: el hecho de que estas dos chicas protagonistas tuvieran que cruzar el estado de Nueva York a Vermont para llevar adelante el aborto era frecuente. E increíblemente eso ahora, después de muchos años, está volviendo a pasar, algunos servicios están cerrando. Cada vez es más difícil conseguir médicos que lo practiquen. Algunos, incluso, han sido baleados por practicarlos, más de uno asesinado incluso. Tengo un vecino en Madison que hace investigaciones sobre embriones y él tiene que usar un chaleco antibalas para ir a trabajar.

¿Esto ocurre desde la llegada de Donald Trump?

No, incluso antes. Trump nos está llevando hacia la derecha por ser una persona muy conservadora. Pero esto está pasando hace años, estas personas que se oponen al aborto están desde siempre. Él es el primer presidente que de alguna manera los apoya abiertamente aunque no se sepa exactamente por qué, o aunque simplemente quiera sus votos. Los sectores conservadores están muy felices con Trump. Todo está yendo en reversa, de alguna manera.

¿Y esto se ve todos los días?

De alguna manera sí. Y es absurdo que estas personas digan oponerse al aborto y no tengan problema en que se dispare o se mate a un médico. Salvo que seas una persona muy irracional o extrema, en ese caso seguramente algo así te parezca que tiene sentido: tal vez crean que al matar a un médico “salvan” otro montón de vidas. Hace bastante tiempo que es así y asusta. En mi barrio, a lo largo de todo un verano, como tengo de vecino a un experto en investigación sobre obstetricia y ginecología, hubo protestas en nuestra cuadra, justo frente a mi casa. Y ocurrió que todos los chicos del barrio, mi hijo incluido, tenían miedo por estas manifestaciones con carteles. Los manifestantes caminaban de un lado a otro por nuestra calle, con esas imágenes y fotografías viles. Todo un verano así. Entonces encendimos los regadores para que se fueran. Como no querían mojarse, se fueron. Al final no estaban tan comprometidos con la causa, preferían mantenerse secos.

La impresión que llega desde los Estados Unidos es la de un país que está atravesando muchas controversias desde que Trump asumió el poder. ¿Es así realmente? ¿Qué ocurre con los escritores y los intelectuales en este sentido? ¿Repercute en lo que escriben?

Por momentos pienso que siempre hemos vivido momentos terribles, que no pasa desde que asumió Trump. Yo crecí en los ‘60, cuando en un mismo año mataron a Martin Luther King, la guerra de Vietnam se estaba intensificando. Vivimos en tiempos difíciles siempre, porque los Estados Unidos tienen políticas terribles. Creo que no es solamente Trump, es la cosa completa. Por otra parte, la política exterior de Estados Unidos fue realmente desastrosa siempre. El problema con Trump es que es incompetente y no quería ser presidente. Si uno se pone a pensar, ninguno de nuestros últimos tres presidentes querían serlo. Fueron empujados a serlo; pasó con Obama y con Bush también. En el caso de Trump, él lo hizo casi por divertimento y para obtener más plata para sus hoteles. ¡Y de pronto gana la elección por este ese sistema electoral extraño que tiene Estados Unidos! Él se sorprende, su mujer Melania directamente se pone a llorar porque no quería que esto ocurriera. Y los Obama también quedan impactados, porque ven que todo aquello para lo que trabajaron iba a ser desmantelado. Pero Trump, por lo pronto, no quiso desatar una enorme guerra, ¿dónde hay madera? ¡Toco madera!

Usted -votante habitual del Partido Verde- ha declarado estar “cansada” del presidente Trump.

No siento la necesidad de escribir sobre él. Vi ese video de Melania evitando la mano de su esposo en el aeropuerto de Tel Aviv, lo vi una y otra vez y a diferentes velocidades. Me pareció tan entretenido.

Estados Unidos parece hoy un país profundamente dividido. ¿Cree que algo ha cambiado realmente durante los últimos años o que el fenómeno es una ruptura social heredada del pasado?

Creo que no es un cambio sino una revelación de divisiones no examinadas del pasado. Creo que en realidad somos un mejor país que en el pasado, y que el clima político actual simplemente muestra dónde se encontraban las fisuras y las fallas.

Usted ha escrito varias crónicas políticas en los últimos años, pero una sola desde que asumió Trump. ¿Cómo describiría su presidencia hasta ahora?

Es un “reality show” pero uno no especialmente bueno, aunque supongo que no queremos que Trump lo sepa porque intentaría subir el “rating” con algunas maniobras macabras. Yo había pensado que no le iba a gustar ser presidente, pero parece que lo disfruta. Lo único que sé es que espero nunca volver a escuchar las palabras de la actriz pornográfica Stormy Daniels, pero sospecho que no tendré tanta suerte.

¿Y qué ocurre con la escritura? ¿Se ven interpelados o tienen que escribir sobre lo que ocurre con Trump?

Lo que sí veo como una preocupación es que la prensa se obsesionó tanto con Trump que terminó ganando la elección. Soy parte de una organización de autores y hablaba con una amiga sobre esto. Lo que me decía que está pasando es que están preocupados con que los escritores no puedan dar una entrevista sin que no haya una pregunta sobre Trump, o sin que el tema Trump aparezca en algún momento. Entonces algunos pueden sentir que sus libros son usados como una excusa para seguir hablando de Trump. A mí no me importa, vengo de un hogar con mucha discusión política. Pero existe la preocupación de que la discusión artística o literaria se vea invadida por Trump en cada pequeña conversación porque el tema Trump vende. Hay una obsesión nacional con él, pero creo que la gente se está cansando. Así que quizá eso se apague. No en Tennessee, ¡ahí la gente lo quiere!

“La cultura estadounidense es más inteligente que sabia”, dice en uno de los ensayos deA ver qué se puede hacer”. ¿Cómo afecta a esa cultura la presidencia de Donald Trump?

La presidencia de Trump es un disparate que nos afecta a los escritores y artistas porque no podemos dar una entrevista sin que aparezca una pregunta sobre Trump. Los estadounidenses no pensaron que podía ser elegido presidente, ni siquiera él mismo. Trump no sabe nada de política. Él no quería ser presidente, y ahora quiere ir por la relección y ganar, como si la presidencia fuera una extensión del show de televisión “America’s Got Talent”. Quiere ganar, pero no quiere gobernar. Por suerte Trump no empezó ninguna guerra, pero gobierna través de Twitter. Nunca nadie hizo esto. ¡Bienvenidos a las redes sociales, donde un presidente puede gobernar a través de Twitter! De todas maneras, el sistema gubernamental americano está hecho para que no haya que gobernar; así es como viene funcionando porque hay una suerte de condición anárquica en la cultura. En Estados Unidos hay un capitalismo anárquico. Si Trump no puede gobernar, es perfecto para la anarquía.

Hay una diferencia entre el expresidente Barack Obama, un lector que ha escrito y publicado libros, y Trump, un presidente que parece jactarse de su ignorancia, que no lee ni escribe, ¿no?

Obama es la excepción. La mayoría de los presidentes han estado muy alejados de la cultura y la creación artística. Obama quería ser escritor y la primera edición de su libro “Los sueños de mi padre”, que es de 1993, vale fortunas si alguien encuentra un ejemplar. La mayoría de los políticos que escriben un libro o sus memorias contratan escritores fantasmas. Obama fue el primer presidente que escribió él mismo su propio libro. En el siglo XIX, después de Lincoln, hubo un presidente republicano que se llamaba Ulysses S. Grant, a quien le diagnosticaron un cáncer terminal. Como tenía además varios problemas económicos, decidió escribir sus memorias para dejarle algo a su mujer. El editor de esas memorias fue Mark Twain y la mujer de Grant recibió una fortuna por el éxito de ese libro. Cuando los presidentes se convierten en escritores es algo muy hermoso, pero muy raro.

¿Alguna vez hizo algo que sabía que era un error sólo para escribir sobre eso?

No. Vas a cometer suficientes errores, no es necesario que los inventes.

¿Está de acuerdo con la frase que dice: “Todo es material”? Si hay un límite, ¿dónde traza la línea?

Todo puede ser material, pero depende de en qué manos se encuentra. Quizá no todo termina siendo material.

¿Alguna vez recibió la queja de algún familiar o amigo por compartir demasiada información?

Probablemente a todo escritor le ha pasado.

¿Qué tipo de lectora es?

Omnívora, pero lenta.

¿Qué piensa de la frase “denle al hombre una máscara y te contará la verdad”, de Oscar Wilde?

Hay muchas formas de construir algo que contenga un poco de verdad humana.

¿Hay algo que extrañe de los años ‘90?

Extraño los casetes con mezclas caseras y, luego, las mezclas en los CD. Todo lo que ahora se ha ido.

¿Cómo diría que han cambiado su trabajo y su voz desde que publicó su primer libro?

Nunca he llevado a cabo ese análisis, la verdad. Me imagino que mi trabajo más reciente está más ambientado que el de mis comienzos.

¿Está familiarizada con la obra de Borges?

Vi a Borges cuando vino a la Universidad de Cornell, donde yo estudiaba. Ya estaba ciego, pero se lo veía muy contento en el escenario. Y sí, amo algunos de sus cuentos. Sus historias parecen rompecabezas y cuentos populares de tipo existencial y contemplativo. Están muy lejos de cualquier cosa que yo misma pudiera intentar escribir. Es enigmático para mí que un país como el de ustedes tenga como escritor más famoso a un escritor de cuentos en vez de a un novelista.

Si le pregunto por siete cuentos que realmente la han conmovido, sólo siete, ¿en cuáles pensaría?

Elegiría seis historias de Alice Munro: “Entusiasmo”, “La  virgen albanesa”, “Todo queda en casa”, “Escapada”, “Las lunas de Júpiter” y “Secretos a voces”. Luego agregaría “La luna en su vuelo” de Gilbert Sorrentino.

Y si tuviera que elegir un sólo cuento suyo, ¿cuál salvaría del fuego?

¡Nunca pensé en un fuego así! Pero quizás con el Amazonas incendiándose tenemos que considerar fuegos por todos lados. No tengo favoritos así. Mi madre murió recientemente, entonces atesoro las historias con madres en ellas, como la que mencionaste con Abby Mallon. Espero que haya más. El relato “Gente así es la única que hay por aquí” es el que más tiempo me llevó, porque por un año era en lo único que podía pensar. Y entiendo esa historia mejor que otras de esa época temprana.