25 de febrero de 2026

Albert Camus: "La libertad consiste, en primer lugar, en no mentir. Allí donde prolifere la mentira, la tiranía se anuncia o se perpetúa"

El escritor y filósofo Albert Camus (1913-1960) nació en Argelia cuando el país africano estaba bajo dominio francés. Su padre era un modesto agricultor galo que falleció durante la Primera Guerra Mundial en la batalla del Marne a los pocos meses de su nacimiento, y su madre era una mujer analfabeta de origen español. Su niñez transcurrió en uno de los barrios más pobres de Argel con ausencia absoluta de libros y revistas. Gracias a una beca que recibían los hijos de las víctimas de la guerra, pudo comenzar a estudiar y a tener los primeros contactos con los libros. En medio de dificultades económicas, cursó su primaria y culminó el bachillerato. Muy aplicado en los estudios, una vez terminada la educación secundaria -donde se interiorizó en la obra de filósofos como Arthur Schopenhauer (1788-1860) y Friedrich Nietzsche (1844-1900)- consiguió una beca para estudiar Filosofía y Letras en la Universidad de Argel mientras trabajaba en diversos oficios. Allí se graduó con una tesis sobre la relación entre el pensamiento clásico griego y el cristianismo a partir de los escritos de Plotino de Licópolis (204-270) y Agustín de Hipona (354-430).
Siendo muy joven contrajo tuberculosis, lo que no le impidió comenzar a escribir y ligarse a movimientos políticos de izquierda. Sus primeros textos fueron publicados en la revista “Sud” en 1932. Dos años antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial, trabajó como corresponsal en el periódico “Alger Républicain” -órgano de la coalición de partidos políticos de izquierda franceses llamado Frente Popular- viajando por diversos países de Europa. Las impresiones recogidas durante esos viajes las plasmó en “L'envers at l'endroit” (El revés y el derecho) y “Noces” (Bodas). Allí también publicó artículos en los que denunció los crímenes cometidos por las tropas enviadas por el presidente francés Albert Lebrun (1871-1950) contra los musulmanes en Cabilia, la región ubicada en el norte de Argelia en la costa del Mar Mediterráneo, los cuales recogió en “Misére de la Kabylie” (La miseria de la Cabilia). En 1939 se presentó al ejército como voluntario, pero no lo aceptaron por su delicada salud. Al año siguiente, debido a las presiones políticas que comenzó a sufrir cuando el gobierno argelino prohibió la publicación del diario, viajó a París donde trabajó primero como redactor y luego como secretario de redacción del diario “Paris Soir”. Gran amante del teatro, creó, dirigió y actuó en una compañía llamada “Theatre du Travail”, la que luego pasó a llamarse “Theatre de l'Equipe”, una entidad formada por actores aficionados que representaba obras clásicas ante un auditorio integrado por trabajadores.
Durante la Segunda Guerra Mundial se unió a la Resistencia y dirigió el periódico “Combat”. Vinculado al denominado movimiento libertario y miembro de la Fédération Anarchiste, comenzó a escribir en publicaciones anarquistas como “Le Monde Libertaire” y “Le Révolution Proletarienne”. Su obra literaria comenzó ligada al existencialismo, como se aprecia en “L'étranger” (El extranjero), aunque luego fue alejándose tanto del marxismo como del existencialismo y se opuso también al cristianismo cultivando lo que llamó la “Filosofía del absurdo”. En los primeros años de la década del '40 escribió el ensayo “Le mythe de Sisyphe” (El mito de Sísifo)", y las obras teatrales “Le malentendu” (El malentendido) y “Caligula” (Calígula). La novela “La peste” (La peste), una alegoría sobre la ocupación nazi publicada en 1947, le valió el reconocimiento de la crítica y el público. Más tarde examinó la ideología y las formas revolucionarias en el ensayo “L'homme révolté” (El hombre rebelde).
En agosto de 1949, su editor le propuso que visitara la Argentina. En Buenos Aires tenía una admiradora que era también su traductora, Victoria Ocampo (1890-1979). La fundadora y editora de la revista “Sur” había traducido y publicado en esa revista el drama “Calígula” y lo invitó a dar algunas conferencias. Pero su salud, afectada por la tuberculosis, le impidió realizarlas. Por esa razón pasó sólo dos días en Buenos Aires, más precisamente en la residencial mansión que la familia Ocampo tenía en la localidad de Beccar, en el partido de San Isidro situado en la zona norte del Gran Buenos Aires. Allí, junto a su anfitriona escuchó óperas del compositor británico Benjamin Britten (1913-1976) y leyó poemas del escritor francés Charles Baudelaire (1821-1867). Tiempo después escribió en su diario de viaje: “Hay paz, provisional, en esta casa”. Fue su único comentario sobre su experiencia en la Argentina.
Ya en plena década del '50, mientras trabajaba como periodista en el periódico “L'Express” escribió “La chute” (La caída), un largo monólogo en el que ejerció tanto la autocrítica como la crítica de la sociedad de su tiempo, y “Réflexions sur la guillotine” (Reflexiones sobre la guillotina), ensayo en el que denunció la pena de muerte. También publicó sus crónicas periodísticas bajo el título “Chroniques alegeriennes” (Crónicas argelinas) y tradujo al francés las obras teatrales “El caballero de Olmedo” de Lope de Vega (1562-1635) y “La devoción de la cruz” de Pedro Calderón de la Barca. Otras obras importantes de Camus a partir de entonces fueron “L'été” (El verano) y “L'exil et le royaume” (El exilio y el reino), dejando al momento de su prematura muerte dos novelas inconclusas que serían publicadas póstumamente: “Le premier homme” (El primer hombre) y “La mort heureuse” (Una muerte feliz).
A Albert Camus la Academia Sueca le concedió en 1957 el máximo galardón de las letras, el Premio Nobel de Literatura, “por el conjunto de una obra que pone de relieve los problemas que se plantean en la conciencia de los hombres de la actualidad”. En su discurso de aceptación del premio recalcó: “Indudablemente, cada generación se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que no podrá hacerlo. Pero su tarea es quizás mayor. Consiste en impedir que el mundo se deshaga. Heredera de una historia corrompida en la que se mezclan las revoluciones fracasadas, las técnicas enloquecidas, los dioses muertos, y las ideologías extenuadas; en la que poderes mediocres, que pueden hoy destruirlo todo, no saben convencer; en la que la inteligencia se humilla hasta ponerse al servicio del odio y de la opresión, esa generación ha debido, en sí misma y a su alrededor, restaurar, partiendo de amargas inquietudes, un poco de lo que constituye la dignidad de vivir y de morir. Ante un mundo amenazado de desintegración, en el que se corre el riesgo de que nuestros grandes inquisidores establezcan para siempre el imperio de la muerte, sabe que debería, en una especie de carrera loca contra el tiempo, restaurar entre las naciones una paz que no sea la de la servidumbre, reconciliar de nuevo el trabajo y la cultura, y reconstruir con todos los hombres una nueva Arca de la Alianza”.
Esta condecoración se produjo apenas tres años antes de que muriera en un accidente en la Route Nationale 5 a la altura de la pequeña localidad de Villeblevin ubicada en Sens, el distrito localizado en el departamento de Yonne de la región de Borgoña. Camus había celebrado el año nuevo de 1960 en su casa de Lourmarin en la región de Provenza en compañía de su editor y amigo Michel Gallimard (1917-1960). En la mañana del 4 de enero ambos se dirigían a París y en el trayecto, cerca de las 14 hs. poco después de atravesar la comuna de Pont-sur-Yonne, el coche conducido por Gallimard chocó contra un árbol. Camus, que iba en el asiento del copiloto, murió en el acto, mientras que el director de la casa editorial Éditions Gallimard quedó gravemente herido y falleció cinco días después. Así, prematuramente, el mundo se despidió del gran filósofo que alguna vez había dicho que “juzgar si la vida vale o no la pena de ser vivida es responder la pregunta fundamental de la filosofía”. Para él, la vida debía ser transitada a pesar o en convivencia con el absurdo existencial que impone.


En el ejemplar del día de Navidad de 1951, el periódico francés “Le Progrés de Lyon” publicó la siguiente entrevista a Camus en la que el escritor filosofó sobre el odio y la mentira, dos sustantivos que hoy en día bien podrían aplicarse a una buena parte de las sociedades que habitan el mundo globalizado. Viendo la situación actual de la humanidad, es muy probable que el filósofo alemán Georg W. F. Hegel (1770-1831) tuviese razón cuando, cien años atrás, decía en su “Vorlesungen über die philosophie der geschichte” (Lecciones sobre la filosofía de la historia) que “Lo único que aprendemos de la historia es que no aprendemos nada de la historia”.
 
¿Cree usted lógico relacionar las palabras “odio” y “mentira”?
 
El odio es en sí mismo una mentira. Se calla instintivamente con relación a toda una parte del hombre. Niega lo que "en cualquier hombre" merece compasión. Miente, pues, esencialmente, sobre el orden de las cosas. La mentira es más sutil. Sucede incluso que se miente sin odio, por simple amor a uno mismo. Todo hombre que odia, por el contrario, se detesta a sí mismo, en cierto modo. No hay, pues, un lazo lógico entre la mentira y el odio, pero existe una filiación casi biológica entre el odio y la mentira.
 
En el mundo actual, presa de las exasperaciones internacionales, ¿no toma el odio frecuentemente la máscara de la mentira? ¿Y no es la mentira una de las mejores armas del odio, quizá la más pérfida y la más peligrosa?
 
El odio no puede tomar otra máscara, no puede privarse de esta arma. No se puede odiar sin mentir. E inversamente, no se puede decir la verdad sin sustituir el odio por la compasión. De diez periódicos, en el mundo actual, nueve mienten más o menos (que no tiene nada que ver con la neutralidad). Es que en grados diferentes son portavoces del odio y de la ceguera. Cuanto mejor odian, más mienten. La prensa mundial, con algunas excepciones, no conoce hoy otra jerarquía. A falta de otra cosa, mi simpatía va hacia esos, escasos, que mienten menos porque odian mal.
 
Rostros actuales del odio en el mundo. ¿Los hay nuevos, propios de las doctrinas o de las circunstancias?
 
Por supuesto, el siglo XX no ha inventado el odio. Pero cultiva una variante particular que se llama el odio frío, en maridaje con las matemáticas y las grandes cifras. La diferencia entre la matanza de los Inocentes y nuestros ajustes de cuentas es una diferencia de escala. ¿Sabe usted que, en veinticinco años, desde 1922 a 1947, setenta millones de europeos, hombres, mujeres y niños, han sido privados de hogar, deportados o matados? He ahí en lo que se ha convertido la tierra del humanismo, que, a pesar de todas las protestas, es como debemos seguir llamando a esta vergonzosa Europa.
 
¿Importancia privilegiada de la mentira?
 
Su importancia proviene de que ninguna virtud puede aliarse con ella sin perecer. El privilegio de la mentira es que siempre vence al que pretende servirse de ella. Por ello los servidores de Dios y amantes del hombre traicionan a Dios y al hombre desde el momento que consienten en la mentira por razones que creen superiores. No, ninguna grandeza se ha establecido jamás sobre la mentira. La mentira, a veces, hace vivir, pero nunca eleva. La verdadera aristocracia, por ejemplo, no consiste en primer lugar en batirse en duelo. Consiste, en primer lugar, en no mentir. La justicia, por su parte, no consiste en abrir unas prisiones para cerrar otras. Consiste, en primer lugar, en no llamar “mínimo vital” a lo que apenas si basta para hacer que viva una familia de perros, ni emancipación del proletariado a la supresión radical de todas las ventajas conquistadas por la clase obrera desde hace cien años. La libertad no consiste en decir cualquier cosa y en multiplicar los periódicos escandalosos, ni en instaurar la dictadura en nombre de una libertad futura. La libertad consiste, en primer lugar, en no mentir. Allí donde prolifere la mentira, la tiranía se anuncia o se perpetúa.
 
¿Asistimos a una regresión del amor y de la verdad?
 
En apariencia, hoy todo el mundo ama a la humanidad (del mismo modo que uno puede amar que le sirvan un filete de ternera poco hecho) y todo el mundo posee una verdad. Pero es el extremo de una decadencia. La verdad pulula sobre sus hijos asesinados.
 
¿Dónde están los “justos” en el momento actual?
 
La mayor parte, en las prisiones y en los campos de concentración. Pero también están allí los hombres libres. Los verdaderos esclavos están en otra parte, dictando sus órdenes al mundo.
 
¿En las circunstancias actuales, no podría ser la fiesta de Navidad un motivo para reflexionar sobre la idea de una tregua?
 
¿Y por qué esperar a Navidad? La muerte y la resurrección son de todos los días. De todos los días son también la injusticia y la verdadera rebelión.
 
¿Cree usted en la posibilidad de una tregua? ¿De qué clase?
 
La que obtendremos al término de una resistencia sin tregua.
 
Usted ha escrito en “El mito de Sísifo”: “No hay más que una acción útil: la que rehiciese al hombre y a la tierra. Yo no reharé jamás a los hombres. Pero hay que hacer ‘como si’”. ¿Cómo desarrollaría usted hoy esta idea en el marco de nuestra entrevista?
 
Yo era entonces mucho más pesimista de lo que soy ahora. Es cierto que nosotros no reharemos a los hombres. Pero no los rebajaremos. Por el contrario, los levantaremos un poco a fuerza de obstinación, de lucha contra la injusticia, en nosotros mismos y en los demás. No nos ha sido prometida el alba de la verdad; no hay contrato, como dice Louis Guilloux. Pero está por construirse la verdad, como el amor, como la inteligencia. En efecto: nada es dado ni prometido, pero todo es posible para quien acepta empresa y riesgo. Es esta apuesta la que hay que mantener en esta hora en que nos ahogamos bajo la mentira, en que estamos arrinconados contra la pared. Hay que mantenerla con tranquilidad, pero irreductiblemente, y las puertas se abrirán.

17 de febrero de 2026

Cuentos selectos (XXXIX). George Mikes: “Té”

El escritor George Mikes (1912-1987) nació en Siklós, una ciudad del condado de Baranya ubicado en el sur de Hungría. Impulsado por su padre, un exitoso abogado, estudió en la Facultad de Derecho de la Pázmány Péter Királyi Egyetem de Budapest, una de las más antiguas universidades húngaras. Ejerció un breve tiempo esa profesión, pero rápidamente se volcó al periodismo trabajando para el periódico “Reggel” y para la revista “Színházi Élet”. En 1938 fue enviado a Londres como corresponsal de los periódicos “Reggel” y “8 Órai Ujság” para cubrir el impacto que tenía por entonces el Acuerdo de Munich, un tratado firmado entre Alemania, Francia, Italia y el Reino Unido representados por Hermann Göring (1893-1946), Édouard Daladier (1884-1970), Benito Mussolini (1883-1945) y Arthur Chamberlain (1869-1940) respectivamente, mediante el cual Alemania se anexionó la región de los Sudetes de Checoslovaquia. Fue un pacto que aceleró el estallido de la Segunda Guerra Mundial el 1 de septiembre de 1939.
Poco después se enteró de la cantidad de ciudadanos judíos de Alemania que se habían refugiado en Hungría ante la persecución ejercida por el nazismo. Como sus antecedentes familiares eran de origen judío, poco antes de que estallara el terrible conflicto armado que duraría seis años y se convertiría en el más mortífero de la historia, decidió no regresar a su país natal y se radicó en Inglaterra, país en el cual se naturalizó como ciudadano británico y permaneció el resto de su vida. Fue allí donde trabajó en diversos periódicos y revistas británicas, entre ellos la sección húngara de la “BBC”, “The Observer”, “The Times Literary Supplement” y “Encounter”, y escribió decenas de libros, la mayoría de ellos humorísticos, desenfadados y colmados de agudas observaciones e ingeniosos y satíricos comentarios sobre la política, las costumbres sociales y las debilidades nacionales. Por nombrar sólo algunas de sus obras, se pueden citar “We were there to escape” (Estuvimos allí para escapar), “Milk and honey. Israel explored” (Leche y miel. Israel explorado), “The land of the rising yen” (La tierra del yen en alza), “Shakespeare and myself” (Shakespeare y yo), “How to scrape skies” (Cómo raspar los cielos), “How to be inimitable” (Cómo ser inimitable), “How to be decadent” (Cómo ser decadente), “How to be a guru” (Cómo ser un gurú), “How to be poor” (Cómo ser pobre), “How to be God” (Cómo ser Dios), “How to be a yank” (Cómo ser un yanqui) y “How to be a brit” (Cómo ser británico).
En este último recordó sus primeros días en Inglaterra: “Cuando me enviaron a Inglaterra en 1938, creía saber inglés bastante bien. En Budapest, mi inglés resultó ser suficiente. Podía desenvolverme bien. Al llegar a este país, descubrí que el inglés de Budapest era bastante diferente del de Londres. No quisiera parecer parcial, pero el inglés de Budapest me pareció mucho mejor en muchos aspectos. En Inglaterra, encontré dos dificultades. Primero: no entendía a la gente y segundo: ellos no me entendían. Era más fácil con textos escritos. Siempre que leía un artículo editorial en ‘The Times’, lo entendía todo perfectamente, excepto que nunca podía distinguir si ‘The Times’ estaba a favor o en contra de algo. En aquel entonces, lo atribuía a mi desconocimiento del inglés”. Y también vertió numerosos comentarios satíricos sobre sus habitantes: “Los británicos son valientes. Pueden enfrentarse a todo, menos a la realidad”, o “Los centroeuropeos se congregan en los cafés porque quieren conocer gente con intereses similares y porque les encantaba conversar. Van a los cafés porque allí pueden conversar; los ingleses van a sus clubes porque allí deben guardar silencio. La primera ley de la vida social inglesa es que no se debe hablar; la segunda, que si se debe hablar no se debe hablar de nada que pueda interesar a uno mismo o a la otra persona”, o “El instinto natural de los ingleses es el aislamiento. Por eso abandonan sus hogares y se congregan en clubes. Un club es un lugar donde cientos de ingleses pueden estar solos. Las mentes más brillantes del mundo literario, jurídico y político se reúnen, se sientan y guardan silencio sobre las cuestiones candentes del día”.


En 1946 publicó “How to be an alien” (Cómo ser un extraterrestre), obra en la cual también satirizó sobre los ingleses con sarcasmos como: “En el continente europeo la gente tiene buena comida; en Inglaterra la gente tiene buenos modales en la mesa”, “En el continente europeo las personas tienen vida sexual; los ingleses tienen bolsas de agua caliente”, “En Inglaterra es de mala educación afirmar algo con aplomo. Puedes opinar que dos y dos son cuatro, pero no debes afirmarlo rotundamente, pues en un país democrático otros pueden opinar distinto” y “Un inglés, incluso estando solo, formará una cola ordenada de una persona”. Justamente a ese libro pertenece el cuento “Tea” (Té), el cual puede leerse a continuación.
  

 
El problema con el té es que originalmente era una bebida muy buena. Por ese motivo, un grupo de los más eminentes científicos británicos juntaron sus cabezas y efectuaron complicados experimentos biológicos para encontrar una forma de echarlo a perder.
Para gloria eterna de la ciencia británica, sus esfuerzos dieron fruto. Lo que postularon fue que, si no se lo toma solo, o con limón, con ron o con azúcar, sino agregándole unas gotas de leche fría y sin endulzar, se alcanza el objetivo propuesto. Una vez que esta refrescante y aromática infusión oriental se transformó en un brebaje incoloro e insípido apto para hacer gárgaras, fue inmediatamente adoptada como bebida nacional de Gran Bretaña e Irlanda, si bien mantuvo, o mejor dicho usurpó, el altisonante título de té.
Hay ocasiones en las que no se debe rechazar una taza de té si no se quiere correr el riesgo de ser catalogado como un espécimen exótico y bárbaro sin esperanzas de poder encontrar alguna vez un lugar dentro de la sociedad civilizada.
Si te invitan a visitar un hogar inglés, a las cinco de la mañana te servirán una taza de té. Puede traértela tanto una anfitriona de franca sonrisa como una mucama de silencio casi malévolo. Cuando te hayan arrancado del más
dulce sueño matinal, no deberás decir: “Señora (o Mabel), considero que usted es una persona cruel, desalmada y maligna que no se merece vivir”. Por el contrario, deberás declarar con tu mejor sonrisa de cinco de la madrugada: “Muchísimas gracias. No sabe cuánto disfruto de la primera taza de té del día, especialmente a una hora tan temprana”. Si te dejaran solo con el líquido, podrás volcarlo en el lavatorio.
Más tarde te servirán té con el desayuno; luego, a las once de la mañana, después de almorzar, a la hora del té, al terminar de cenar y nuevamente a las once de la noche.
Por ningún motivo deberás rehusar una taza de té extra en las siguientes circunstancias: si hace calor; si hace frío; si estás cansado; antes de salir; si no estás en tu casa; si acabas de volver a tu casa; si tienes ganas; si no tienes ganas; si hace rato que no tomas té; si acabas de tomar una taza.
Y de ninguna manera deberías seguir mi ejemplo. A las cinco de la mañana siempre estoy dormido; desayuno con café; tomo innumerables tazas de café negro durante el día y como las cosas más exóticas tanto a la hora del té como fuera de hora.
El otro día, sin ir más lejos (lo menciono sólo a título de ejemplo deplorable, como para demostrar cuán bajo puede caer alguna gente), se me antojó una taza de café y un trozo de queso para la hora del té. Era uno de esos días excepcionalmente calurosos y mi esposa (que alguna vez fue una buena inglesa pero que ahora ha tomado irremediablemente por el mal camino debido a mi perversa influencia foránea) preparó un poco de café frío y lo puso en el congelador, donde se congeló hasta transformarse en un bloque sólido. Por otra parte, el queso, que había quedado sobre la mesa de la cocina, se derritió.
De modo que comí un trozo de café y tomé un vaso de queso.