4 de julio de 2026

Entremeses literarios (CCXXIII)

¿VALES LO QUE TIENES?
Gustavo Fingier
Argentina (1964)
 
Felipe era un hombre humilde que trabajaba en su pequeña herrería. En su pueblo era marginado por su situación social.
Cansado de los desprecios, un día confió a su amigo Pedro, con la condición de que guardara muy bien su secreto, que había heredado una gran fortuna, que seguía con la herrería porque le gustaba el trabajo, y que nadie debía enterarse de su herencia puesto que todos recurrirían a él por su dinero. Pedro esa misma noche se lo comentó a su esposa, pidiéndole antes discreción.
En pocos días todo el pueblo lo sabía, pero nadie decía nada porque era un secreto.
Felipe comenzó a ser invitado a las fiestas del pueblo, pero se negaba a concurrir. Finalmente, por pedido de un grupo representativo y del propio Alcalde, comenzó a participar de las distintas reuniones.
La forma en que era tratado distaba mucho del que recibía el humilde herrero. Más tarde fue elegido para integrar el Consejo del pueblo. El Banco le dio un préstamo para modernizar su taller sin pedirle garantías. Cada vez tenía más trabajo y con su vida sencilla llegó a ser una persona adinerada. Con el tiempo se hizo tan importante que se convirtió en Alcalde.
Un día, en una conversación entre amigos, con las personalidades más importantes del pueblo, uno de ellos se animó y le confesó:
- Debo ser sincero con vos, todos conocemos tu secreto, sabemos de la fortuna que heredaste.
- En honor a tu sinceridad, les diré la verdad. Nunca existió dicha fortuna.
 
 
BUENA ACCIÓN
Roland Topor
Francia (1938-1997)
 
El anciano señor Scrouge no conseguía dormirse. Le atormentaban toda clase de pensamientos extraños, cosa a la que no estaba acostumbrado. Era como si una bolsa de ideas, guardada intacta durante setenta y cinco años hubiera reventado de repente.
El anciano señor Scrouge daba vueltas en la cama. Al ritmo de sus movimientos, las imágenes surgían ante ojos abiertos. Pasaba revista, una tras otra, a todas las personas con las que se había relacionado a lo largo de su existencia, sin haber conseguido nunca hacerse un sólo amigo. Volvía a ver los rostros de las mujeres con las que nunca quiso mantener una relación íntima, por miedo a perder su precioso y pequeño confort. Recordaba al mendigo al que había rehusado un pedazo de pan, al ciego, perdido en el centro de la calzada, al que deliberadamente había fingido no ver. Ahogó un sollozo.
Tuvo de repente tanto frío que se estremeció. Se envolvió en las mantas e introdujo la cabeza en su interior para reconfortarse con su propio calor. Las doce campanadas de la medianoche llegaron a él, amortiguadas por el espeso tejido de lana. Después le pareció oír que alguien gritaba.
Retiró las mantas bruscamente y escuchó con la máxima atención. No se había equivocado. Una voz que se debilitaba rápidamente gritó aún varias veces: “¡Socorro!”.
El señor Scrouge vivía en un apartamento situado junto al río. La voz provenía, sin duda, de un desgraciado caído al Sena. Sin hacer caso al frío que hacía temblar sus resecos miembros, se puso apresuradamente el batín y las zapatillas y se precipitó al exterior. Atravesó la calzada y apoyado en el parapeto escrutó el agua negra. Un hombre, como cogido en una trampa de líquido viscoso, se debatía débilmente.
“Soy viejo -se dijo el señor Scrouge-. ¿Qué puedo esperar ya de la vida? Si salvo a este hombre que se está ahogando, obtendré más satisfacciones que las que puedan darme algunos años de vida miserable”.
Franqueó valientemente el parapeto y se lanzó al agua. Se fue al fondo, porque tenía un corazón de piedra.
 
 
EL COMPONEDOR DE CUENTOS
Mariano Silva y Aceves
México (1886-1937)
 
Los que echaban a perder un cuento bueno o escribían uno malo lo enviaban al componedor de cuentos. Éste era un viejecito calvo, de ojos vivos, que usaba unos anteojos pasados de moda, montados casi en la punta de la nariz, y estaba detrás de un mostrador bajito, lleno de polvosos libros de cuentos de todas las edades y de todos los países.
Su tienda tenía una sola puerta hacia la calle y él estaba siempre muy ocupado. De sus grandes libros sacaba inagotablemente palabras bellas y aun frases enteras, o bien cabos de aventuras o hechos prodigiosos que anotaba en un papel blanco y luego, con paciencia y cuidado, iba engarzando esos materiales en el cuento roto. Cuando terminaba la compostura se leía el cuento tan bien que parecía otro.
De esto vivía el viejecito y tenía para mantener a su mujer, a diez hijos ociosos, a un perro irlandés y a dos gatos negros.
 
 
EL AMOR PARALELO
Carlos Eduardo Zavaleta
Perú (1928-2011)
 
¿Conoce el hombre a su mujer?
Una pareja de esposos solía ir cumplidamente a la misa dominical. Un domingo, el último, en medio de la música del coro ella salió de la banca y avanzó a comulgar junto con decenas de creyentes; el marido quedó sentado y desde esa comodidad miró vagamente la cola de fieles, que finalmente se adelgazó y como que desapareció ante el marido distraído y rutinario, para quien casi no había sorpresas.
Pasaron los minutos y él empezó a preocuparse, pues la mujer no volvía a la banca, cuyo sitio vacío comenzó de súbito a crecer y quizá a brillar, mientras el hombre hacía lo imposible por detener sus nervios, su desazón. Cuando comprobó que ella no había salido por ninguna de las grandes puertas, corrió a la sacristía y pudo trasmitir su miedo y al fin su desesperación.
El sacristán, hombre austero y paciente, le ayudó a buscarla nuevamente, esta vez en torno al templo y preguntando a los últimos fieles que ya tomaban taxis o se alejaban a pie.
- Tranquilícense -dijo el sacristán-. Nada ganamos con los nervios. Antes de avisar a la policía, dígame si es ésta la primera vez que ella…
- Sí, así es; nunca antes había sucedido.
- ¿Dice usted la verdad?
- Por supuesto,
- Pues no quiero asustarlo, pero hay algunas esposas que salen y toman un curioso camino paralelo, paralelo a éste
- ¿Qué quiere usted decir?
- Que siguen muy cerca de sus maridos, que quizá los ven a diario, pero como siguen un camino paralelo es imposible que vuelvan a encontrarse.
 
 
UN AUTÉNTICO FANTASMA
Thomas Carlyle
Escocia (1795-1881)
 
¿Habría algo más prodigioso que un auténtico fantasma? El inglés Johnson anheló, toda su vida, ver uno; pero no lo consiguió, aunque bajó a las bóvedas de las iglesias y golpeó féretros. ¡Pobre Johnson! ¿Nunca miró las marejadas de vida humana que amaba tanto? ¿No se miró siquiera a sí mismo? Johnson era un fantasma, un fantasma auténtico; un millón de fantasmas lo codeaba en las calles de Londres. Borremos la ilusión del tiempo, compendiemos los sesenta años en tres minutos. ¿Qué otra cosa era Johnson? ¿Qué otra cosa somos nosotros? ¿Acaso no somos espíritus que han tomado un cuerpo, una apariencia, y que luego se disuelven en aire y en invisibilidad?
 
 
LOS BESOS
Juan Carlos Onetti
Uruguay (1909-1994)
 
Los había conocido y extrañado de su madre. Besaba en las dos mejillas o en la mano a toda mujer indiferente que le presentaran, había respetado el rito prostibulario que prohibía unir las bocas; novias, mujeres le habían besado con lenguas en la garganta y se habían detenido sabias y escrupulosas para besarle el miembro. Saliva, calor y deslices, como debe ser. Después la sorpresiva entrada de la mujer, desconocida, atravesando la herradura de dolientes, esposa e hijos, amigos llorones suspirantes. Se acercó, impávida, la muy puta, la muy atrevida, para besarle la frialdad de la frente, por encima del borde del ataúd, dejando entre la horizontalidad de las tres arrugas, una pequeña mancha carmín.
 
 
JERSEYS Y CAZADORAS 
Beatriz Alonso Aranzábal
España (1963-2026)
 
En el armario familiar las cazadoras de mi padre abrazaban los jerseys de mi madre, y los tacones de ella pisaban las botas de él. Al cabo de unos años, lo cambiaron y compraron uno de dos cuerpos, y de paso sustituyeron la cama matrimonial por dos colchones de látex. Ahora cada uno tiene su propia habitación, su propio armario, y sus calcetines se enredan, muy de vez en cuando, en la lavadora.
 
 
LÁMPARAS DE HOJALTA
Álvaro Mutis
Colombia (1923-2013)
 
Mi labor consiste en limpiar cuidadosamente las lámparas de hojalata con las cuales los señores del lugar salen de noche a cazar el zorro en los cafetales. Lo deslumbran al enfrentarle súbitamente estos complejos artefactos, hediondos a petróleo y a hollín, que se oscurecen en seguida por obra de la llama que, en un instante, enceguece los amarillos ojos de la bestia.
Nunca he oído quejarse a estos animales. Mueren siempre presas del atónito espanto que les causa esta luz inesperada y gratuita. Miran por última vez a sus verdugos como quien se encuentra con los dioses al doblar una esquina. Mi tarea, mi destino, es mantener siempre brillante y listo este grotesco latón para su nocturna y breve función venatoria. ¡Y yo que soñaba ser algún día laborioso viajero por tierras de fiebre y aventura!
 
 
LA MONJA Y EL FRAILE
François Rabelais
Francia (1494-1553)
 
La monja Fessue fue embarazada por el fraile Roidmet. Una vez conocido el embarazo, fue llamada por la abadesa a capítulo y acusada de incesto. Ella se excusó alegando que aquello había ocurrido sin su consentimiento, que había sido por la violencia y por la fuerza del fraile. La abadesa replicó diciendo:
- Malvada, si esto sucedió en el dormitorio, ¿por qué no gritaste? Todas nosotras habríamos corrido en tu ayuda.
Ella repuso que no osó gritar en el dormitorio porque en él siempre reina un completo silencio.
- Pero -dijo la abadesa-, ¿por qué no hiciste signos a tus vecinas de habitación?
- Yo les hice señas con el culo tanto como podía, pero nadie me socorrió.
- Pero, malvada -preguntó la abadesa-, ¿por qué no viniste enseguida a decírmelo y a denunciarlo? Eso hubiera hecho yo, en caso semejante, para demostrar mi inocencia.
- Porque temía quedar en pecado y condenarme si moría de repente. Me confesé con el hermano Roidmet antes de que saliera de la habitación y me impuso como penitencia que no dijera nada a nadie. Demasiado grande habría sido el pecado si yo hubiera revelado mi confesión y altamente detestable ante Dios y los ángeles. Quizá esto habría sido causa de que el fuego del cielo hiciera arder toda la abadía y de que todas nosotras cayéramos en el abismo con Dathan y Abiron.
 
 
A UN PASO DEL SUEÑO ETERNO
Blas Sewald
Argentina (1954)
 
Una mañana, muerto de sueño ya que no había podido dormir bien, un hombre ya bastante avejentado salió a hacer unas compras y, cuando el semáforo peatonal lo habilitó a cruzar la avenida sobre la cual estaba el departamento en el que vivía, no hizo más que dar un par de pasos cuando por unos centímetros no lo atropelló un auto que, a alta velocidad, sin dudas había cruzado la avenida transversal con el semáforo vehicular en rojo. Algunos peatones que venían detrás de él putearon indignados al conductor, quien seguramente no escuchó los insultos. Este episodio lo llevó a pensar en las irracionalidades que veía todos los días en los conductores de autos, camiones y colectivos que no respetaban las más elementales normas de tránsito. Semejante caos llevaba a muchos conductores a insultarse, a amenazarse e, inclusive, a agarrarse a trompadas en medio de la calle. Esto le recordó, mientras entraba en el supermercado, una sentencia que alguna vez había leído del filósofo Leontyev, quien decía que excluir la violencia de la vida humana equivaldría a eliminar un color en el espectro del arco iris. Tenía razón el ruso, pensó.
Cuando salió del supermercado pensó en volver a acostarse para ver si podía dormir un rato más. Caminando hacia su casa se cruzó con una vecina que había visto como casi lo atropellaba aquel auto. ¿Cómo está?, le preguntó ella. Bien, bien, no pasa nada, le respondió. ¡Sí, gracias a Dios no le pasó nada! ¡Estuvo a un paso del sueño eterno!, le dijo la vecina. Sí, sí, masculló él, hasta luego. Y siguió caminando hacia su casa al tiempo que trataba de recordar la inscripción que los soldados nazis llevaban en la hebilla del cinturón de sus uniformes. Gott… gott… ¿cómo era?, se preguntó. Se acordó que los nazis invocaban a Dios, pero no podía recordar la frase completa, así que cuando llegó a su casa, tras acomodar las cosas que había comprado, buscó en internet y allí la encontró: “Gott mit uns”, que significaba “Dios está con nosotros”. Bueno, pensó, tenía razón la vecina porque, aunque yo no sea nazista y sea agnóstico, Dios estuvo conmigo, ¡ja, ja! Y se acostó a dormir mientras pensaba: ya que zafé del sueño eterno espero que por lo menos este sea un sueño reparador. Y se quedó profundamente dormido.

2 de julio de 2026

Origen de la palabra bigote y figuras que lo usaron a lo largo de la historia

Antonio de Nebrija (1444-1522), uno de los grandes humanistas del Renacimiento y ciertamente el más grande de España, conquistó un sitial de honor en la historia de la lengua española como autor de la primera gramática española en 1492 y el primer diccionario de esa lengua en 1495. Precisamente en ese diccionario figuró por primera vez la palabra “bigote”, cuyo origen germánico parece indudable. A pesar de ello, la versión más difundida vincula el origen del término a los episodios acontecidos en España dos décadas más tarde cuando Carlos V (1500-1558), llamado el “César”, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, se convirtió en rey de España tras la muerte de su abuelo Fernando de Aragón el “Católico” (1452-1516).
En 1518, conociendo el idioma español sólo de manera superficial, arribó a España para asumir el trono real como Carlos I. Apareció acompañado por una corte de caballeros flamencos y alemanes que llegaron a la península Ibérica con grandes ínfulas, como si entraran a un país conquistado. El bigote era una de sus características, pues empezaba a estar de moda en la sociedad alemana por influjo de los lansquenetes o soldados mercenarios, muchos de ellos de origen bajo alemán o suizo. Su aire de superioridad y su fácil blasfemia herían la sensibilidad de los españoles, los que oían continuamente la expresión “¡bey Gott!”, equivalente al españolísimo “¡Vive Dios!” o al inglés “¡Por Dios!”, al tiempo que se llevaban la mano a la zona facial comprendida entre el labio superior y el corte de la nariz. De allí la palabra “bigote”.
El bigote, normalmente es mucho más fino que el mostacho, que se define como un bigote grueso, y que deriva del francés “moustache”, que según el lingüista francés Albert Dauzat (1877-1955) en su “Dictionnaire étymologique de la langue française” (Diccionario etimológico de la lengua francesa), tiene su origen a finales del siglo XV del vocablo italiano “mostaccio”. Este llegó a Venecia con la moda del bigote proveniente de la plebe griega “mustaki”, que en griego clásico se dice “mustak” y significa labio superior. La figura más antigua que se conoce con bigote es la del mayordomo Keti, quien vivió algún tiempo durante la Sexta Dinastía de Egipto que transcurrió aproximadamente entre los años 2345 y 2171 a.C. y cuya estatua original se conserva en el Museo del Louvre en París, Francia.
El uso del bigote estuvo de moda con gran variedad de estilos durante siglos en los ejércitos de numerosas naciones. En general, los soldados de grados inferiores los llevaban pequeños, y los oficiales de alta graduación y los veteranos los portaban espesos. En algunos países fue obligatorio para los soldados dejar crecer el bigote. Por ejemplo en la Argentina (por entonces un conjunto de provincias autónomas unidas bajo el nombre de Provincias Unidas del Río de la Plata), se vivió una guerra civil que durante los años ’30 del siglo XIX enfrentó a un grupo diverso que incluía caudillos, terratenientes y la población rural de las provincias quienes bajo el nombre de federales, proponía las autonomías provinciales, el control de sus recursos y la defensa de sus tradiciones y de sus sectores dirigentes. Contra ellos, los unitarios conformados principalmente por la élite intelectual, comercial y militar de Buenos Aires, proponían la organización de un gobierno nacional radicado en Buenos Aires y la subordinación de las provincias a la autoridad central.
En medio de esa conflagración que enfrentó a los llamados federales y unitarios por definir la estructura del país en un conflicto alimentado por intereses económicos y visiones culturales opuestas, el Brigadier General Juan Manuel de Rosas (1793-1877), quien gobernaba desde Buenos Aires con facultades extraordinarias, impartió en 1830 la orden de “que todos los milicianos usen bigotes y los conserven mientras dure la guerra contra los pérfidos salvajes unitarios”. En ese contexto, afeitarse el bigote era considerado un acto de rebeldía o simpatía hacia el bando enemigo, lo cual podía traer serias consecuencias o castigos. Esa etapa del conflicto terminó con un triunfo federal y permitió la consolidación en el poder del que era llamado el Restaurador de las Leyes, quien gobernó la desde entonces llamada Confederación Argentina hasta su derrocamiento en 1852.
Otro ejemplo es el ocurrido en Gran Bretaña, donde era forzoso su uso en todos los grados desde el siglo XIX. Fue en 1860, durante la monarquía de la reina Alexandrina Victoria (1819-1901), cuando se emitió la orden reglamentaria nº 1695 que establecía: “Se afeitará la barbilla y el labio inferior, pero no el labio superior”. El uso del labio superior sin afeitar se convirtió en una insignia, un emblema que denotaba autoridad, y entre las personalidades que sobresalieron en el ejército británico pueden mencionarse al capitán de la Compañía de las Indias Orientales Richard Francis Burton (1821-1890), quien consiguió la fama por sus exploraciones en Asia y África; al general Frederic Thesiger (1827-1905), quien tuvo una destacada actuación durante la guerra anglo-zulú que enfrentó en 1879 a los británicos y a los zulúes en los territorios de la actual Sudáfrica; y al mariscal de campo Frederick Sleigh Roberts (1832-1914), el estratega de la victoria en la guerra anglo-bóer que se desarrolló entre 1899 y 1902 cuando el Imperio británico enfrentó en Sudáfrica a los colonos de origen neerlandés llamados bóeres que luchaban por conseguir su liberación.
El uso obligatorio del bigote en el ejército británico se extendió hasta que el reglamento fue abolido mediante una directiva dictada al Ejército Británico por el general Cecil Frederick Nevil Macready (1862-1946) el 6 de octubre de 1916 durante la Primera Guerra Mundial. La orden se basó específicamente en que, en la guerra de trincheras, el espeso bigote impedía que las máscaras de gas se ajustaran estrechamente, lo que ponía a los soldados en grave riesgo de inhalar gases tóxicos.
Más allá del origen de la palabra bigote y de su uso obligatorio en los casos citados, entre las personalidades notorias de la historia que llevaron célebres bigotes se pueden mencionar al pintor español Diego Velázquez (1599-1660), al primer ministro y jefe de gobierno francés Georges Clemenceau (1841-1929), al filósofo alemán Friedrich Nietzsche (1844-1900), al rey de Italia Humberto I de Saboya (1844-1900), al presidente estadounidense William Howard Taft (1857-1930), a los compositores operísticos italianos Ruggero Leoncavallo (1857-1919) y Giacomo Puccini (1858-1924), al presidente estadounidense Theodore Roosevelt (1858-1919), al dictador soviético Joseph Stalin (1878-1953), al dirigente socialista argentino Alfredo Palacios (1878-1965), al revolucionario mexicano Pancho Villa, al físico y matemático alemán Albert Einstein (1879-1955), al dictador alemán Adolf Hitler (1889-1945), al dictador español Francisco Franco (1892-1975), al dibujante estadounidense Walt Disney (1901-1966), al dictador chileno Augusto Pinochet (1915-2006) y al activista estadounidense por los derechos humanos Martin Luther King (1929-1968).
También fueron muchos los actores famosos que usaron bigotes, entre ellos los estadounidenses Groucho Marx (1890-1977), Clark Gable (1901-1960), Charles 
Bronson (1921-2003), Paul Newman (1925-2008) y Burt Reynolds (1936-2018). Algo que también sucedió con notables músicos que se destacaron en el rock, el blues, el jazz o el folk como son los casos de los pianistas estadounidenses Edward “Duke” Ellington (1899-1974) y Count Basie (1904-1984), los guitarristas y cantantes estadounidenses Frank Zappa (1940-1993) y David Crosby (1941-2023) y el británico George Harrison (1943-2001), o el también británico cantante y tecladista Freddie Mercury (1946-1991).
Entre los escritores renombrados cabe mencionar a los británicos William Shakespeare (1564-1616), Rudyard Kipling (1865-1936), Herbert G. Wells (1866-1946) y George Orwell (1903-1950), al escocés Robert Louis Stevenson (1850-1894), a los irlandeses Arthur Conan Doyle (1859-1930) y James Joyce (1882-1941), a los franceses Guy de Maupassant (1850-1893) y Marcel Proust (1871-1922), a los estadounidenses Edgar Allan Poe (1809-1849), Mark Twain (1835-1910) y William Faulkner (1897-1962), al colombiano Gabriel García Márquez (1927-2014), al alemán Günter Grass (1927-2015) y a los argentinos Leopoldo Lugones (1874-1938), Ricardo Güiraldes (1886-1927), Ernesto Sábato (1911-2011), Juan Gelman (1930-2014) y Alberto Laiseca (1941-2016).
En el caso específico de los argentinos, también es numerosa la lista de presidentes, tanto constitucionales como de facto, que usaron bigotes durante sus mandatos. Tal es el caso de Victorino de la Plaza (1840-1919), Carlos Pellegrini (1846-1906), Roque Sáenz Peña (1851-1914), José Figueroa Alcorta (1860-1931), José Félix Uriburu (1868-1932), Marcelo T. de Alvear (1868-1942), Ramón Castillo (1873-1944), Agustín Pedro Justo (1876-1943), Héctor Cámpora (1909-1980), Juan Carlos Onganía (1914-1995), Jorge Rafael Videla (1925-2013) y Raúl Alfonsín (1927-2009). En fin, la lista de bigotudos es interminable.
Pero sin dudas los bigotes más emblemáticos o extravagantes fueron los usados por el general del Ejército de la Unión Ambrose Burnside (1824-1881) durante la Guerra de Secesión estadounidense, quien se peinaba el bigote de forma que se extendía a lo largo de cada mejilla y se unía a las patillas; los del revolucionario mexicano Emiliano Zapata (1879-1919), el que con su bigote de color negro, sumamente espeso, tupido y largo que se extendía hacia los lados de las mejillas, fue uno de los ídolos de la Revolución Mexicana; los del actor británico Charles Chaplin (1889-1977), quien con su minúsculo pero espeso bigote “cepillo de dientes” sumado a su sombrero bombín y su bastón se convirtió en un ícono del cine mudo; los del pintor español Salvador Dalí (1904-1989) a los que llamaba “antenas místicas” y que, dada su forma y tamaño, se convirtieron en uno de los rasgos más icónicos del surrealismo; los que usaba la pintora mexicana Frida Kahlo (1907-1954)
, ya que llamó la atención que por el hecho de ser mujer adoptase su uso para, tal como ella misma aseguró, “desafiar los rígidos cánones de belleza” de su época; y los que usaba el comediante mexicano Mario Moreno “Cantinflas” (1911-1993), afeitado por el medio y dejando sólo los extremos, algo que él mismo definió diciendo que el suyo no era “bigote sino bozo”, que era una “discreta sombra” y que era “algo de familia”.
Hacia comienzos del siglo pasado solía vincularse el uso del bigote con el crimen. En Estados Unidos, por ejemplo, famosos delincuentes como el asesino serial apodado Dr. Holmes Herman Webster Mudgett (1861-1896), el asaltante de bancos y trenes conocido como Butch Cassidy Robert LeRoy Parker (1866-1908), o el ladrón de ganado John Dillinger (1903-1934) lo usaban. Tal vez por esa razón en la década de los años ‘20 el bigote en el cine era un recurso estético clave para identificar a los maleantes. 
Hace sesenta años el director cinematográfico británico Alfred Hitchcock (1899-1980), recordado por películas como “The 39 steps” (Los 39 escalones), “I confess” (Mi secreto me condena) y “Rear window” (La ventana indiscreta), por citar sólo algunas, le decía a su colega francés François Truffaut (1932-1984) durante un largo reportaje reunido en el libro “Le cinéma selon Alfred Hitchcock” (El cine según Hitchcock) que “en el cine mudo los malos usaban bigote. Ese era el modo de identificarlos”, y que a él le resultaba muy infantil que para no ser un asesino bastase con una afeitada. Por eso en películas como “Psycho” (Psicosis), “Strangers on a train” (Extraños en un tren) o
“Shadow of a doubt” (La sombra de una duda), decidió que era tiempo de vulnerar la regla del bigote y los protagonistas que cubrieron el papel de criminales lucieron una apariencia completamente inofensiva con sus rostros lampiños.
En lo que va del siglo XXI, no son pocas las figuras reconocidas en sus respectivas actividades que hicieron del uso del bigote una práctica habitual. Por nombrar sólo a varias de ellas que fallecieron en los últimos años se puede mencionar al cantante y bajista británico Lemmy Kilmister (1945-2015), fundador de la banda de heavy metal Motörhead; al futbolista argentino Leopoldo Luque (1949-2021), quien fue campeón con River Plate en 1975, 1977, 1979 y 1980, y con la Selección argentina se consagró campeón en la Copa Mundial de Fútbol de 1978; y al diseñador de moda y empresario franco-español Paco Rabanne (1934-2023), conocido mundialmente no sólo por sus creaciones textiles y por la utilización de colores y texturas innovadoras, sino también por sus perfumes y cosméticos de aromas audaces y envases vanguardistas, quien de joven usaba bigotes pero abandonó esa costumbre en su adultez.
También se puede recordar al actor estadounidense Dabney Coleman (1932-2024), protagonista de renombradas películas como “The man with one red shoe” (El hombre del zapato rojo), “War games” (Juegos de guerra) y
“Never forget” (Nunca olvides); al actor también estadounidense Gene Hackman (1930-2025), quien ganó fama por su interpretación de Lex Luthor en tres de las películas de Superman, además de su desempeño en “Bonnie and Clyde” (Bonnie y Clyde) y “The Poseidon adventure” (La aventura del Poseidón); y al presidente de la República Oriental del Uruguay entre 2010 y 2015 José “Pepe” Mujica (1935-2025), quien durante su paso por el poder y su militancia posterior rompió moldes, al punto de que hoy es recordado como un referente ético y político de una izquierda austera, honesta y profundamente democrática.
En fin, los años pasan pero el uso del bigote sigue siendo, con altibajos, una costumbre, un símbolo de auténtica masculinidad. Para muchos analistas del tema, hoy en día es una moda que está disfrutando de uno de sus renacimientos periódicos. Es más, el 27 de noviembre de 2004 se fundó en la localidad de Höfen an der Enz de Alemania la Asociación Mundial de Barbas y Bigotes (World Beard and Moustache Association), la cual cada dos años organiza el Campeonato Mundial de Barbas y Bigotes (World Beard and Moustache Championship), una competencia que premia la creatividad y la maestría en el cuidado del vello facial.