Osvaldo Soriano
(1943-1997) no sólo brilló como creador de ficciones sino que también lo hizo
como periodista. Primero, en sus crónicas "de cabotaje" como él mismo
las definía, las de los tiempos de la revista "Panorama" y el diario "La
Opinión", cuando a los demás periodistas los mandaban a lugares remotos
del extranjero y a él se lo enviaba al interior del país, el patio de atrás
lleno de anónimos antihéroes que rescató del olvido. Después, durante su
exilio, en "Il Manifesto" de Italia, "Le Canard Enchainé"
de Francia y en los artículos que la emblemática revista "Humor" se
atrevió a publicar en la Argentina. Y, luego de su retorno al país, en
"Página/12", diario que no sólo contribuyó a fundar y moldear sino
que convirtió en su tribuna para develar, desde sus contratapas dominicales,
todo aquello que se les iba quitando a los argentinos, desde la dignidad a la
alegría, culpando a los sátrapas del gobierno, de la City financiera o del
negocio del fútbol, la prensa o las editoriales.
Fue trabajando para la revista "Semana Gráfica" cuando tuvo la oportunidad de conocer a Osvaldo Bayer (1927-2018), el escritor y guionista cinematográfico autor, entre otros, de "Los anarquistas expropiadores y otros ensayos", "Rebeldía y esperanza", "La Patagonia rebelde" y "Severino Di Giovanni, el idealista de la violencia". En el prólogo a "En camino al paraíso", la obra que Bayer publicó en 1999, el propio Soriano lo cuanta así: "La primera vez que hablé con Osvaldo Bayer fue en 1970, por teléfono, y no fue una conversación simpática. Yo era redactor de 'Semana Gráfica', me habían pedido que escribiera un breve aniversario del fusilamiento del anarquista Severino Di Giovanni ocurrido en 1930. No encontré nada más natural que comprar el libro histórico de Bayer y tomar de allí todos los datos. Comodidad u osadía, la pagué cara: Bayer me llamó, se presentó y me dijo de todo. Al colgar me quedó de él una falsa imagen: la de un tipo intransigente y de pocas pulgas. Nada de eso: con el tiempo supe que con sus amigos y adversarios leales es uno de los hombres más tiernos y de mejor humor que tiene este país. En 1976 me lo encontré en la Feria del Libro de Frankfurt mientras Vargas Llosa hacía sus discursos en inglés. Había otros argentinos y muchos latinoamericanos exiliados. Le recordé el sofocón que me había hecho pasar, se echó a reír y fuimos a tomar un café para hablar de lo que pasaba en la Argentina y de qué se podía hacer desde afuera para dificultar el plan criminal de los militares. Hablamos también de nuestras carencias de expatriados y Bayer me preguntó si tenía plata como para ir tirando mientras conseguía algún trabajo. Le dije que no se preocupara, que ya saldría algo. Nos despedimos muy tarde y al día siguiente volví a Bruselas. Una semana después del encuentro con Osvaldo Bayer recibí una carta de Alemania. La abrí en seguida en busca de nuevas noticias, de algún plan de operaciones lejanas. En lugar de eso había un giro por una extraña suma: 1.527 marcos con cincuenta, o algo así. Con una esquela breve: 'Osvaldo: cobré un trabajo que me debían. Te mando la mitad. Un abrazo'. Y la firma de Bayer. No me mandaba un préstamo de amigo sino el auxilio de un anarquista fiel a su ideal: exactamente la mitad de lo que había cobrado. Sin explicaciones ni fecha de reintegro. Había encontrado a un tipo en apuros y compartía lo que tenía. Le escribí para agradecerle, pero me contestó hablando de otra cosa. Nunca, desde entonces, pude tocar el tema con él; se molestó la vez que intenté hacerlo y de algún modo me sugirió que de esas cosas no se habla".
Fue trabajando para la revista "Semana Gráfica" cuando tuvo la oportunidad de conocer a Osvaldo Bayer (1927-2018), el escritor y guionista cinematográfico autor, entre otros, de "Los anarquistas expropiadores y otros ensayos", "Rebeldía y esperanza", "La Patagonia rebelde" y "Severino Di Giovanni, el idealista de la violencia". En el prólogo a "En camino al paraíso", la obra que Bayer publicó en 1999, el propio Soriano lo cuanta así: "La primera vez que hablé con Osvaldo Bayer fue en 1970, por teléfono, y no fue una conversación simpática. Yo era redactor de 'Semana Gráfica', me habían pedido que escribiera un breve aniversario del fusilamiento del anarquista Severino Di Giovanni ocurrido en 1930. No encontré nada más natural que comprar el libro histórico de Bayer y tomar de allí todos los datos. Comodidad u osadía, la pagué cara: Bayer me llamó, se presentó y me dijo de todo. Al colgar me quedó de él una falsa imagen: la de un tipo intransigente y de pocas pulgas. Nada de eso: con el tiempo supe que con sus amigos y adversarios leales es uno de los hombres más tiernos y de mejor humor que tiene este país. En 1976 me lo encontré en la Feria del Libro de Frankfurt mientras Vargas Llosa hacía sus discursos en inglés. Había otros argentinos y muchos latinoamericanos exiliados. Le recordé el sofocón que me había hecho pasar, se echó a reír y fuimos a tomar un café para hablar de lo que pasaba en la Argentina y de qué se podía hacer desde afuera para dificultar el plan criminal de los militares. Hablamos también de nuestras carencias de expatriados y Bayer me preguntó si tenía plata como para ir tirando mientras conseguía algún trabajo. Le dije que no se preocupara, que ya saldría algo. Nos despedimos muy tarde y al día siguiente volví a Bruselas. Una semana después del encuentro con Osvaldo Bayer recibí una carta de Alemania. La abrí en seguida en busca de nuevas noticias, de algún plan de operaciones lejanas. En lugar de eso había un giro por una extraña suma: 1.527 marcos con cincuenta, o algo así. Con una esquela breve: 'Osvaldo: cobré un trabajo que me debían. Te mando la mitad. Un abrazo'. Y la firma de Bayer. No me mandaba un préstamo de amigo sino el auxilio de un anarquista fiel a su ideal: exactamente la mitad de lo que había cobrado. Sin explicaciones ni fecha de reintegro. Había encontrado a un tipo en apuros y compartía lo que tenía. Le escribí para agradecerle, pero me contestó hablando de otra cosa. Nunca, desde entonces, pude tocar el tema con él; se molestó la vez que intenté hacerlo y de algún modo me sugirió que de esas cosas no se habla".
Hay un par de nimias
diferencias entre ambas versiones: el encuentro fue en 1976 para uno, en 1975
para el otro; la revista era "Semana Gráfica" para uno, "Vea y
Lea" para el otro. Son sólo detalles insignificantes que no menoscaban el
valor de la anécdota. La amistad entre ambos duró hasta la prematura muerte de
Soriano, quien había definido a Bayer como "un hueso duro de roer".
"Sin él -dijo Soriano de Bayer- sería más fácil olvidar".
Ambos escritores tuvieron que exiliarse entre 1975 y 1983 tras ser amenazados primero por la Alianza Anticomunista Argentina (Triple A) durante el último gobierno peronista y después por la dictadura militar del llamado Proceso de Reorganización Nacional. Soriano se exilió un tiempo en Bruselas, Bélgica, y luego en París, Francia. Bayer hizo lo propio en Linz am Rhein, Essen y principalmente en Berlín, Alemania. Durante los años que pasaron en el exilio ambos compartieron la angustia, la incertidumbre, la falta de noticias, los problemas de residencia, la dificultad para arreglárselas en los primeros tiempos. Se visitaron y se vieron infinidad de veces, pero sobre todo mantuvieron una correspondencia en la que compartían las vicisitudes cotidianas de vivir solos con una máquina de escribir en un país lejano.
Ambos escritores tuvieron que exiliarse entre 1975 y 1983 tras ser amenazados primero por la Alianza Anticomunista Argentina (Triple A) durante el último gobierno peronista y después por la dictadura militar del llamado Proceso de Reorganización Nacional. Soriano se exilió un tiempo en Bruselas, Bélgica, y luego en París, Francia. Bayer hizo lo propio en Linz am Rhein, Essen y principalmente en Berlín, Alemania. Durante los años que pasaron en el exilio ambos compartieron la angustia, la incertidumbre, la falta de noticias, los problemas de residencia, la dificultad para arreglárselas en los primeros tiempos. Se visitaron y se vieron infinidad de veces, pero sobre todo mantuvieron una correspondencia en la que compartían las vicisitudes cotidianas de vivir solos con una máquina de escribir en un país lejano.
Cuando llegó, después de
saludarse con afecto, Bayer le dijo jocosamente: “No me digas. ¿Así que sos
contador de patos en Bruselas?”. “Fui a la municipalidad a pedir trabajo -le
contestó Soriano- y me ofrecieron ser contador de patos y cisnes en los lagos
de Bruselas. Es un laburo muy lindo. Son estas cosas de los europeos”, y le
amplió el hecho con detalles socarrones mientras Bayer lo escuchaba con afecto.
Para los dos, las bromas eran una manera de sobrellevar el dolor del exilio. Bayer
lo contaría años después en “Las cartas del exilio”, un artículo que apareció
en la edición del 28 de enero de 2007 de “Radar”, el suplemento literario del
diario “Página/12”. “En las cartas de Soriano se puede medir el vivir diario,
los problemas diarios. Todo en lenguaje argentino. El me escribe desde
Bruselas, yo le contesto desde Essen, en la cuenca del Ruhr alemán. Luego me
escribió desde París y yo le contesté desde Berlín”. A lo largo de la nota
Bayer contó detalles de las cartas que se enviaron mutuamente después de sus
encuentros en la Biblioteca Iberoamericana de Berlín en 1979, en un acto por
los desaparecidos en la Argentina realizado en Sitges, España, en 1982, en el Festival
de cine de Berlín en 1983, etc.
Entre otras anécdotas Bayer contó: “El 22 de marzo del ‘77, me escribe Soriano desde Bruselas: ‘Miro tu carta del 23 de diciembre y me parece penoso haber dejado pasar tres meses sin contestarte. Sí, parezco Perón, aunque ahora me agarra la duda de si te mandé el libro (aquí Soriano se refiere a ‘Triste, solitario y final’). Aunque creo que no. Me alegro que tus cosas vayan bien en lo que a trabajo se refiere. Yo, por mi parte, todavía estoy en pelotas y lo que me viene salvando hasta ahora son los pagos de anticipo por el libro; la editorial Fayard me tiró cinco mil francos (en realidad, cuatro, porque el fisco se quedó con mil), y con eso voy tirando; ahora estoy a punto de firmar con la editorial alemana Suhrkamp que, miserables, anticipan apenas mil marcos. De todas maneras, me será útil que el libro aparezca y no estoy en condiciones de negarme'. Después me describe cómo es su primera casa del exilio: ‘Me vine a vivir a una antigua casa burguesa del siglo pasado, llena de vitrales increíbles, en la que no pagamos nada, porque es de la iglesia y con un buen verso nos la dieron por lo menos para un año y medio si fuera necesario. Yo tengo la planta baja, que son dos piezas, una para el apoliyo y otra para escritorio, en una esquina, que las puse muy habitables: enfrente hay un parque con lago y la vista no es mala. Uno se olvida de vez en cuando que es Bruselas’”.
“Más adelante describe más el mal momento: ‘En verdad no sé cómo carajo voy a sobrevivir dentro de tres meses, pero supongo que dios proveerá como lo viene haciendo hasta ahora. La segunda novela (‘No habrá más penas ni olvido’) me la rechazaron en España con un procedimiento muy jodido, evidentemente con quilombos políticos, porque les había gustado y ya estaba aceptada y a último momento se echaron atrás. Te dejo por ahora -termina su carta Soriano-, haceme saber de vos y los tuyos, cómo anda el trabajo y cómo sobrellevás el trago amargo. Yo empecé a escribir una novela, aquella con Gardel de personaje; el primer capítulo creo que es de lo mejor que escribí, después no sé, porque no releí nada y además sale algo que no esperaba: especie de monólogo, sin diálogos y sin acción, pero bastante fuerte. Lo peor es que no tiene continuidad, como si cada capítulo fueran cuentos separados sobre el mismo tema. A lo mejor es así la cosa. Ya veremos; de todas maneras no es cosa de terminar de un día para el otro. Para peor no me dan papeles de residencia en Bélgica, con lo cual estoy siempre de eterno turista y con el culo a dos manos con la cana. Me dicen que pida refugio político. Pero vos sabés bien, no es fácil entregar el pasaporte y quedar en manos de un país del que te importa un carajo. Quizá sean pruritos, pero voy a agotar las posibilidades de trámites. Los belgas son más duros que la mierda para eso. Si en Alemania se hablara francés sería bárbaro. Pero los alemanes hablan esa cosa terrible. ¿Cómo es posible aprender a chamuyar en esa lengua?”.
Entre otras anécdotas Bayer contó: “El 22 de marzo del ‘77, me escribe Soriano desde Bruselas: ‘Miro tu carta del 23 de diciembre y me parece penoso haber dejado pasar tres meses sin contestarte. Sí, parezco Perón, aunque ahora me agarra la duda de si te mandé el libro (aquí Soriano se refiere a ‘Triste, solitario y final’). Aunque creo que no. Me alegro que tus cosas vayan bien en lo que a trabajo se refiere. Yo, por mi parte, todavía estoy en pelotas y lo que me viene salvando hasta ahora son los pagos de anticipo por el libro; la editorial Fayard me tiró cinco mil francos (en realidad, cuatro, porque el fisco se quedó con mil), y con eso voy tirando; ahora estoy a punto de firmar con la editorial alemana Suhrkamp que, miserables, anticipan apenas mil marcos. De todas maneras, me será útil que el libro aparezca y no estoy en condiciones de negarme'. Después me describe cómo es su primera casa del exilio: ‘Me vine a vivir a una antigua casa burguesa del siglo pasado, llena de vitrales increíbles, en la que no pagamos nada, porque es de la iglesia y con un buen verso nos la dieron por lo menos para un año y medio si fuera necesario. Yo tengo la planta baja, que son dos piezas, una para el apoliyo y otra para escritorio, en una esquina, que las puse muy habitables: enfrente hay un parque con lago y la vista no es mala. Uno se olvida de vez en cuando que es Bruselas’”.
“Más adelante describe más el mal momento: ‘En verdad no sé cómo carajo voy a sobrevivir dentro de tres meses, pero supongo que dios proveerá como lo viene haciendo hasta ahora. La segunda novela (‘No habrá más penas ni olvido’) me la rechazaron en España con un procedimiento muy jodido, evidentemente con quilombos políticos, porque les había gustado y ya estaba aceptada y a último momento se echaron atrás. Te dejo por ahora -termina su carta Soriano-, haceme saber de vos y los tuyos, cómo anda el trabajo y cómo sobrellevás el trago amargo. Yo empecé a escribir una novela, aquella con Gardel de personaje; el primer capítulo creo que es de lo mejor que escribí, después no sé, porque no releí nada y además sale algo que no esperaba: especie de monólogo, sin diálogos y sin acción, pero bastante fuerte. Lo peor es que no tiene continuidad, como si cada capítulo fueran cuentos separados sobre el mismo tema. A lo mejor es así la cosa. Ya veremos; de todas maneras no es cosa de terminar de un día para el otro. Para peor no me dan papeles de residencia en Bélgica, con lo cual estoy siempre de eterno turista y con el culo a dos manos con la cana. Me dicen que pida refugio político. Pero vos sabés bien, no es fácil entregar el pasaporte y quedar en manos de un país del que te importa un carajo. Quizá sean pruritos, pero voy a agotar las posibilidades de trámites. Los belgas son más duros que la mierda para eso. Si en Alemania se hablara francés sería bárbaro. Pero los alemanes hablan esa cosa terrible. ¿Cómo es posible aprender a chamuyar en esa lengua?”.
“Ya en París, a Soriano le
irá mejor. Me lo escribe con alegría: ‘No te hagas mala sangre, mi situación no
es mala de ninguna manera en estos momentos: no tengo deudas y hasta traje un
gato que morfa como un león. El tiempo de los lujos y pretensiones ya pasó. Me
gustaría mucho verte. Lástima que estamos más lejos ahora. Pero alguna vez
cuando tengas una semanita desocupada te iré a visitar’. El 6 de diciembre del
‘78 me anuncia con alegría que acaba de terminar ‘Cuarteles de invierno’. ‘Me
falta el laburo de corrección -me escribe-, para mí el problema mayor es pasar
en limpio la novela. Lo hice una vez y me dejó de catrera, no sirvo para leerme
a mí mismo. Cuando tenga fotocopias te las haré llegar para saber qué pensás’. Lo
leí y me gustó mucho. Para mí, ‘Cuarteles de invierno’ y ‘Triste, solitario y
final’ son sus mejores libros”.
Hacia fines de 1983 ambos escritores pudieron regresar a la Argentina. Se reunieron en el tradicional bar de Buenos Aires “Los 36 Billares” y, si bien estaban contentos, también recordaron con dolor a sus amigos, los escritores y periodistas Haroldo Conti (1925-1976), Rodolfo Walsh (1927-1977) y Francisco “Paco” Urondo (1930-1976), todos secuestrados y desaparecidos durante la dictadura militar. “Lo que principalmente nos unía a quienes vivimos exiliados durante la época de la dictadura -contó años después Bayer- era la lucha por los desaparecidos. Cuando nosotros recibíamos la información la difundíamos con todos los medios que teníamos a nuestro alcance para que al menos donde nosotros estábamos se supiera la verdad. El paso del tiempo me convenció de que nosotros contribuimos mucho a esclarecer lo que aquí estaba ocurriendo”.
Soriano y Bayer compartieron una profunda tristeza por el exilio al que habían sido condenados. Eran amigos entrañables y no ahorraron elogios hacia el otro en declaraciones públicas. Bayer definió a Soriano como “un escritor del pueblo que siempre entendió a los de abajo”, y Soriano consideró a Bayer “un modelo de investigador serio y periodista valiente”.
Hacia fines de 1983 ambos escritores pudieron regresar a la Argentina. Se reunieron en el tradicional bar de Buenos Aires “Los 36 Billares” y, si bien estaban contentos, también recordaron con dolor a sus amigos, los escritores y periodistas Haroldo Conti (1925-1976), Rodolfo Walsh (1927-1977) y Francisco “Paco” Urondo (1930-1976), todos secuestrados y desaparecidos durante la dictadura militar. “Lo que principalmente nos unía a quienes vivimos exiliados durante la época de la dictadura -contó años después Bayer- era la lucha por los desaparecidos. Cuando nosotros recibíamos la información la difundíamos con todos los medios que teníamos a nuestro alcance para que al menos donde nosotros estábamos se supiera la verdad. El paso del tiempo me convenció de que nosotros contribuimos mucho a esclarecer lo que aquí estaba ocurriendo”.
Soriano y Bayer compartieron una profunda tristeza por el exilio al que habían sido condenados. Eran amigos entrañables y no ahorraron elogios hacia el otro en declaraciones públicas. Bayer definió a Soriano como “un escritor del pueblo que siempre entendió a los de abajo”, y Soriano consideró a Bayer “un modelo de investigador serio y periodista valiente”.





