5 de noviembre de 2026

Selva Almada: “Toda la zona del Litoral tiene muchísima potencia, no sólo a la hora de encontrar historias o personajes o material para escribir, sino por los grandes escritores y las grandes escritoras que tiene también”.

La escritora argentina Selva Almada nació en 1973 en la ciudad de Villa Elisa de la provincia de Entre Ríos, una de las seis que conforman el Litoral argentino. Es considerada una autora singular por situar el entorno litoraleño como eje central de sus relatos, en los que confluyen la geografía, las tradiciones y los mitos locales de esa región. Según ella misma contó en una entrevista “crecí en un pueblo muy chiquitito de la provincia de Entre Ríos, y a los diecisiete años, cuando terminé la escuela, me mudé a Paraná, la ciudad capital. No es una ciudad enorme, pero para mí, que salía del pueblo, sí. De seis mil habitantes a una ciudad que tendría ochenta mil en ese momento, sí que fue un sacudón pasar de un lugar tan chiquito a la ciudad. Y en realidad, fue en esa ciudad donde yo empecé a escribir, así que ese movimiento acompañó mis comienzos en la escritura. Yo me fui ahí a estudiar periodismo (nunca había pensado en ser escritora, sí quería ser periodista), pero muy poco tiempo después de mudarme y de empezar a estudiar, empecé a escribir ficción. No escribía de chica. Sí leía mucha literatura, pero no escribía”. En la capital entrerriana comenzó a estudiar Comunicación Social en la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de Entre Ríos, una carrera que, tras asistir a
los talleres literarios que allí se dictaban, dejó de lado y comenzó a estudiar el Profesorado de Literatura en el Instituto de Enseñanza Superior de Paraná.
Fue en esa época, tal como ella contó, que empezó a escribir sus primeros relatos, los que fueron publicados en el semanario paranaense “Análisis”. Tras dirigir entre 1997 y 1998 un proyecto literario-cultural autogestionado llamado “Caelum Blue” que publicaba una revista que sirvió como un canal de expresión clave para la literatura joven y emergente de la región, en el año 2000 se mudó a la ciudad de Buenos Aires estando ya bastante segura de que quería ser escritora. En la capital argentina afianzó su formación como narradora concurriendo al taller literario que el escritor Alberto Laiseca (1941-2016) dictaba en el Centro Cultural Rojas de la Universidad de Buenos Aires. Esto implicó un progreso en su propia escritura, algo que tuvo que ver “con el hecho de haber conocido a Laiseca, que fue mi maestro. Para mí fue muy impactante conocerlo: tuvo un impacto en mi vida en general y en la escritura en particular”, según reconoció años más tarde. “Aunque cuando vivía allá ya había empezado a escribir universos relacionados con la provincia, creo que ahí se dio el salto más fuerte de empezar a trabajar con esos lugares; primero, a partir de los recuerdos y de lo autobiográfico; y después ya empezando a construir una ficción en torno a la ruralidad… aunque no sé si ruralidad, porque tampoco es el campo, pero sí espacios provincianos muy alejados de las grandes urbes. Pueblerinos, quizás, más que rurales”.
A partir del año 2003 comenzó a consolidarse como una de las voces más originales de la literatura argentina contemporánea con obras que entrelazan el paisaje, la oralidad y la identidad regional del lugar en donde nació y pasó su infancia y adolescencia. Ese año publicó el poemario “Mal de muñecas” y luego, con el correr del tiempo, fue publicando los tomos de cuentos “Niños”, “Una chica de provincia”, “Los inocentes” y “El desapego es una manera de querernos”, y las novelas “El viento que arrasa”, “Ladrilleros” y “No es un río”. También participó en antologías de cuentos como la alemana “Die nacht des kometen” (La noche del cometa) -que incluyó a otras prestigiosas escritoras argentinas como Angélica Gorodischer (1928-2022), Liliana Heker (1943), Ángela Pradelli (1959) y Samanta Schweblin (1978)- con su cuento “El llamado”. Otro tanto hizo con el cuento “La camaradería del deporte” en la antología “De puntín”, la cual incluyó entre otros autores a Germán Maggiori (1971), Alejandra Zina (1973), Ariel Magnus (1975) y Lucía Marroquín (1985); en “Narradores del siglo XXI” y “Una terraza propia. Nuevas narradoras argentinas” lo hizo con “El desapego es nuestra manera de querernos”; y en “Poetas argentinas 1961-1980” con su poema “Matemos a las Barbies”.


Varias de sus obras han sido traducidas a numerosos idiomas entre los que se encuentran el alemán, el francés, el inglés, el italiano, el portugués y el turco entre otros. Actualmente coordina talleres de escritura en Buenos Aires y en el interior del país. La reciente publicación de su última novela “Una casa sola”, una narración en la que una casa cuenta su historia y la historia de la última familia que vivió en ella, motivó que le hicieran numerosas entrevistas. En ellas no sólo habló del proceso creativo de la misma y de su carrera literaria sino también de la realidad política y cultural del país. Lo que sigue son fragmentos seleccionados de las entrevistas publicadas en el diario “La Tercera” y en los periódicos digitales “Entre Ríos Ahora” y “El Miércoles” los días 11 de abril, 24 de junio y 4 de noviembre del corriente año respectivamente.

Presentaste en Paraná tu último libro, “Una casa sola”, en el Centro Cultural “La Vieja Usina”, dentro del ciclo “Las palabras quedan”, de la Secretaría de Cultura de Entre Ríos. La novela se basa en la misteriosa desaparición de una familia de peones rurales y en cómo la propia vivienda abandonada -que adopta el rol de narradora principal- cuenta esa ausencia a lo largo de diez años.
 
Sí, en esa casa vivió una familia con cuatro hijos: la familia Gill (Rubén “Mencho” Gill de cincuenta y  cinco años, su esposa Margarita Norma Gallegos de veintiséis, y sus hijos María Ofelia de doce, Osvaldo José de nueve, Sofía Margarita de seis y Carlos Daniel de dos), que fueron vistos por última vez en el velorio de un amigo de la familia el 13 de enero de 2002 en Viale, a treinta kilómetros de La Candelaria, el campo en el que vivían y donde el hombre trabajaba como peón en Crucesitas Séptima, departamento de Nogoyá. La referencia al misterio profundo de esa familia es inevitable.
 
Es inevitable pensar en esa otra historia.
 
Bueno, sí, supongo que la referencia bastante obligada que te habrá aparecido es la de la familia Gill. Sí. No es una novela basada en el caso, pero por supuesto, cuando pensé en contar o que la casa contara su historia y su desazón por una familia que sigue esperando, estuvo la referencia a los Gill.
 
La novela “Una casa sola” gira en torno a la desaparición de toda una familia (Damián Lucero, Lorena y sus cuatro hijos) en plena democracia. ¿Por qué te interesó contar una desaparición que no está directamente ligada a la dictadura militar?
 
Hay toda una tradición muy importante en la literatura argentina de novelas de la dictadura, que han abordado el tema muchísimas veces y de distintas maneras. Y después siguieron habiendo desapariciones en democracia. Cuando empecé a viajar por el país empecé a ver una campaña de una entidad del Estado que se llama SIFEBU (Sistema Federal de Búsqueda), que justamente se encarga de atender denuncias de desapariciones o de personas extraviadas, etcétera. Empecé a ver en los aeropuertos del país, mientras hacés los trámites, hacés las colas y demás, pantallas en las que van pasando fotos y datos de gente a las que están buscando. Y de repente la gente desapareció hace quince, veinte años, o sea, en plena democracia y de los cuales no se sabe nada. Me empezó a impactar mucho eso, como de repente enterarme de que había tanta gente de la que no se tiene noticias, que no se sabe dónde está. De ahí salió la idea, que no fueran aquellos desaparecidos en dictadura, sino desaparecidos en democracia.
 
Una temática muy presente en tu obra, y en este libro también, es la de la violencia. ¿Qué significa para vos ese tema?
 
Es verdad que todas las novelas que he escrito están atravesadas por el tema de la violencia. En este caso como que lo que me interesaba abordar era la violencia de los que mandan hacia los que están por debajo de ellos, la violencia de los patrones contra los peones, pero también la violencia de los caudillos en el siglo XIX con esos cuerpos que arreaban a las guerras y que al principio los seguían de manera incondicional pero después cuando se querían ir, no podían irse. Creo que en Argentina somos una sociedad muy atravesada por la violencia, entonces eso a mí me sigue resultando curioso y me sigo haciendo preguntas acerca de eso. Y a partir de esas preguntas escribo esas ficciones.
 
Te han catalogado como escritora de provincia. ¿Es difícil salir de ahí? ¿Te gusta ese territorio? ¿Te gusta navegar esas aguas?
 
A mí lo de escritora de provincia no me molesta. Para mí no es un disvalor, sino el contrario. Mis novelas, mis cuentos y aún la crónica “Chicas muertas” están siempre vinculadas o siempre volviendo al territorio de la provincia de Entre Ríos. Toda mi literatura siempre gira en torno a lo que sucede más allá de la General Paz.
 
En “Chicas muertas” relatas un femicidio que ocurrió cuando todavía no se hablaba de femicidio, y que sucedió cerca de tu pueblo, Villa Elisa.
 
Así es. El caso de una chica que vivía en San José.
 
¿Y qué te pasa hoy cuando el tema femicidio, derechos conquistados, están en un retroceso y en medio de un discurso de odio que cada vez crece más?
 
Bueno, me alarma y me preocupa, creo que como a todas las personas de bien de este país. Lamentablemente, estamos en un momento complejo, en el que un montón de temas sobre las que parecía que estábamos bastante de acuerdo como comunidad, como sociedad, se están poniendo permanentemente en cuestión, en crisis, y con discursos que fomentan, como decís, la violencia, desde la violencia simbólica, la violencia verbal, donde se niega que existan femicidios, se va contra la educación sexual integral que era una conquista muy importante también de la última década y media. Veo todo esto con mucha preocupación y con incertidumbre también. Me preocupa cuánto esto va a calar, cuán profundo va a seguir calando en la sociedad argentina.
 
Estuviste en la inauguración de la última Feria del Libro de Buenos Aires: fueron tres mujeres, vos, Leila Guerriero y Gabriela Cabezón Cámara. ¿No era común que mujeres abrieran la Feria, no?
 
Lo que no fue común fue el formato. El formato que es histórico de la Feria ha sido que un autor o una autora pronunciara el discurso inaugural. Han estado mujeres, como Claudia Piñeiro, Liliana Heker, Rita Segato. Quizás, si nos ponemos a hacer la cuenta, probablemente hayan sido más los varones los que abrieron la Feria. Pero sí hubo mujeres los últimos tiempos. Lo diferente este año fue el formato, que en vez de ser una escritora leyendo un discurso, como solía ser, fuimos tres autoras hablando con María O´Donnell. O sea, éramos cuatro mujeres abriendo la Feria en una conversación, en un formato conversatorio.
 
¿En qué situación está hoy vivir de la literatura, escribir literatura, conseguir editar un libro? ¿Es complicado en Argentina de hoy?
 
Yo creo que es mucho más difícil que hace un tiempo atrás. Siempre lo digo: el fenómeno de la editorial independiente en Argentina, que empezó en los 2000, justamente después de otra gran crisis, como fue la del 2001, abrió mucho el juego para bien y revitalizó muchísimo la literatura argentina contemporánea, porque, al haber muchos sellos pequeños publicando, también publicaron, empezaron a publicar autoras y autores más nuevos, o sea, primeros libros. Y eso para mí le dio como la vitalidad y la heterogeneidad que tiene hoy la literatura argentina contemporánea. Lamentablemente, esos pequeños sellos hoy tienen muchísimas dificultades para seguir publicando.
 
Publicaste con uno de esos sellos independientes, Mar Dulce, “El viento que arrasa”.
 
Sí, yo edité “El viento que arrasa” y “Ladrilleros” con Mar Dulce. Fue un poco en esa época del auge de las editoriales independientes, de mayor vitalidad. Pero hace muchos años ya que publico con Random House.
 
¿Y te parece que le interesa al gobierno de Milei fomentar la cultura, la literatura, sostener la industria editorial?
 
No, en absoluto. Todas las señales indican que no. De hecho, un programa que era muy importante para la literatura argentina, y para que la literatura argentina se conociera en el exterior, como como es el Programa Sur, que tenía un éxito terrible y que ni siquiera Macri se atrevió a tocar durante su gobierno, fue prácticamente desmantelado y reducido a nada por el gobierno de Milei. No hay ningún apoyo para editoriales chicas ni medianas ni de ningún tipo. En general, todo lo que tiene que ver con la cultura, este gobierno lo combate con su famosa batalla cultural.
 
¿Te sigue convocando la realidad que viviste en Entre Ríos a la hora de escribir?
 
Sí. Creo en lo que dice Flannery O’Connor, a quien siempre cito. Ella dice que con todo lo que una persona vive en los primeros diez años de su vida tiene material para escribir el resto de la vida. Así que, sí, siempre está muy presente Entre Ríos como territorio, como el lugar de origen, como el lugar donde yo crecí. Me sigue pareciendo que toda esa zona del Litoral tiene muchísima potencia, no sólo a la hora de encontrar historias o personajes o material para escribir, sino por los grandes escritores y las grandes escritoras que tiene también.
 
En otro ámbito, ¿cómo has visto a la Argentina bajo el gobierno de Milei?
 
Un desastre. Es una época muy terrible en Argentina desde la llegada de Milei al gobierno. Como que de repente un montón de cosas que sentíamos que estábamos todos de acuerdo como sociedad, ahora se ponen en duda constantemente desde el gobierno y eso es algo que creo que nos ha dejado a todos muy muy golpeados. Por ejemplo, habíamos llegado a un acuerdo que había habido una dictadura, que había sido sangrienta, que había personas desaparecidas, que había bebés que habían sido robados y entregados a otras personas. Yo nací en el ‘73, cuando volvió la democracia en el ‘83 tenía diez años, mi generación creció con el “Nunca más”, con el Juicio a las Juntas y de repente que toda esa estructura que creíamos muy sólida, esté siendo atacada desde el propio Estado, creo que es algo que todavía nos conmociona muchísimo. Además de eso, otras cosas que habíamos construido como sociedad esta última década y media, por ejemplo, con “Ni una menos”, con el feminismo, la ley de femicidio o la ley del aborto, ahora el gobierno niega que existan los femicidios porque niega la figura del femicidio. Son frentes que se abren todo el tiempo, que se cuestionan, que se ponen en duda y que se niegan. Es bastante agotador vivir en este estado de cosas. Esto simbólicamente, pero en lo económico el país es un puto desastre, o sea, hay cada vez más gente echada del sistema, hay cada vez más gente empobrecida, sin trabajo, las fábricas cierran. Realmente es un momento tremendo para el país y también preocupa el avance de las derechas en todo el mundo.