Nacido en el barrio San
Pellegrino de la ciudad de Belluno, en la región del Véneto al noreste de
Italia, Dino Buzzati (1906-1972) está considerado como una de las figuras más
destacadas de la literatura del siglo XX. Su formación se dividió entre las que
habrían de ser las pasiones de toda su vida: la literatura, la música y la
pintura, a las que, en su adolescencia, agregó el montañismo. Aprendió a tocar
el violín y el piano de manera autodidacta, y otro tanto hizo con el dibujo y
la pintura influenciado por el dibujante inglés Arthur Rackham (1867-1939), un
ilustrador de numerosos libros tanto infantiles como los de los hermanos Jacob
Grimm (1785-1863) y Wilhelm Grimm (1786-1859), Hans Christian Andersen
(1805-1875) y Lewis Carroll (1832-1898), como para lectores adultos entre ellos
William Shakespeare (1564-1616), Thomas Ingoldsby (1788-1845) y Edgar Allan Poe
(1809-1849) entre otros. A todos ellos los leyó desde su temprana edad y, con
el correr del tiempo, incorporó a otros prestigiosos escritores como Ernst T.
A. Hoffmann (1776-1822), Washington Irving (1783-1859), Fiódor Dostoyevski
(1821-1881), Gertrude Stein (1874-1946), James Joyce (1882-1941) y Samuel
Beckett (1906-1989), autores todos ellos que influyeron decisivamente en su
posterior producción literaria.
Cursó sus primeros estudios en el Liceo Classico Giuseppe Parini, una reconocida escuela secundaria pública ubicada en Milán, para luego inscribirse en la Università degli Studi di Milano (Universidad de Milán) donde se doctoró en Derecho en 1928. Luego inició una dilatada carrera periodística en el diario “Corriere della Sera”, primero como cronista y luego como redactor y enviado especial y corresponsal en Addis Abeba, Jerusalén, Nueva York, Praga, Tokio y Washington entre otras ciudades. También se empleó como redactor jefe en el Semanario “Domenica del Corriere” y como articulista, crítico teatral e ilustrador en “Il Popolo di Lombardia”.
A pesar de mostrar siempre su predilección por la pintura como expresión artística, inició su actividad literaria en 1933 con la novela “Bàrnabo delle montagne” (Bárnabo de las montañas), la que obtuvo un notable éxito de la crítica y los lectores, y dos años después publicó “Il segreto del Bosco Vecchio” (El secreto del Bosque Viejo), una historia fabulesca protagonizada por gigantes y animales parlantes que desempeñaban hechos prodigiosos, la cual fue acogida con indiferencia. Su carrera recién se consolidó en 1940 con la aparición de “Il deserto dei tartarí” (El desierto de los tártaros), una novela ambientada en un país ficticio, que narra la historia del capitán Giovanni Drogo acompañado por jóvenes oficiales que pasan los días en una solitaria fortaleza militar llamada Bastiani esperando en vano la invasión de los tártaros, algo que nunca va a ocurrir y, en eso, se le va la vida. El escritor Jorge L. Borges (1899-1986) la consideró una obra maestra y expresó en el prólogo de la edición argentina que era un libro “regido por el método de la postergación indefinida, casi infinita; hay una víspera, pero es la de una enorme batalla, temida y esperada. El desierto es real y es simbólico. Está vacío y el héroe espera”. Y añadió: “Hay nombres que las generaciones venideras no se resignarán a olvidar. Uno de ellos es, verosímilmente, el de Dino Buzzati”. La novela tuvo un gran éxito de público y de crítica y fue traducida a múltiples lenguas.
Cursó sus primeros estudios en el Liceo Classico Giuseppe Parini, una reconocida escuela secundaria pública ubicada en Milán, para luego inscribirse en la Università degli Studi di Milano (Universidad de Milán) donde se doctoró en Derecho en 1928. Luego inició una dilatada carrera periodística en el diario “Corriere della Sera”, primero como cronista y luego como redactor y enviado especial y corresponsal en Addis Abeba, Jerusalén, Nueva York, Praga, Tokio y Washington entre otras ciudades. También se empleó como redactor jefe en el Semanario “Domenica del Corriere” y como articulista, crítico teatral e ilustrador en “Il Popolo di Lombardia”.
A pesar de mostrar siempre su predilección por la pintura como expresión artística, inició su actividad literaria en 1933 con la novela “Bàrnabo delle montagne” (Bárnabo de las montañas), la que obtuvo un notable éxito de la crítica y los lectores, y dos años después publicó “Il segreto del Bosco Vecchio” (El secreto del Bosque Viejo), una historia fabulesca protagonizada por gigantes y animales parlantes que desempeñaban hechos prodigiosos, la cual fue acogida con indiferencia. Su carrera recién se consolidó en 1940 con la aparición de “Il deserto dei tartarí” (El desierto de los tártaros), una novela ambientada en un país ficticio, que narra la historia del capitán Giovanni Drogo acompañado por jóvenes oficiales que pasan los días en una solitaria fortaleza militar llamada Bastiani esperando en vano la invasión de los tártaros, algo que nunca va a ocurrir y, en eso, se le va la vida. El escritor Jorge L. Borges (1899-1986) la consideró una obra maestra y expresó en el prólogo de la edición argentina que era un libro “regido por el método de la postergación indefinida, casi infinita; hay una víspera, pero es la de una enorme batalla, temida y esperada. El desierto es real y es simbólico. Está vacío y el héroe espera”. Y añadió: “Hay nombres que las generaciones venideras no se resignarán a olvidar. Uno de ellos es, verosímilmente, el de Dino Buzzati”. La novela tuvo un gran éxito de público y de crítica y fue traducida a múltiples lenguas.
El 28 de enero de 1972 falleció
en la clínica La Madonnina de Milán quien se había autodefinido como “un pintor
que, por afición, por períodos más o menos prolongados, he hecho de escritor y
de periodista”. Lo que sigue es un cuento incluido en “Il colombre e altri
cinquanta racconti” (El
colombre y otros cincuenta relatos) publicado en 1966.
EL COLOMBRE
Cuando Stefano Roi cumplió
los doce años, pidió como regalo a su padre, capitán de barco y patrón de un
bonito velero, que lo llevase consigo a bordo.
- Cuando sea mayor -dijo-,
quiero navegar por los mares como tú. Y mandaré barcos todavía más bonitos y
grandes que el tuyo.
- Dios te bendiga, hijo
mío -respondió su padre. Y como justamente aquel día su carguero debía partir,
se llevó al chico consigo.
Era un espléndido día de
sol; el mar estaba tranquilo. Stefano, que nunca había subido al barco, paseaba
feliz por cubierta admirando las complicadas maniobras del aparejo. Y
preguntaba esto y lo otro a los marineros, que, sonriendo, se lo explicaban
todo.
Cuando fue a parar a la
toldilla, el chico, picado por la curiosidad, se detuvo a observar una cosa que
salía intermitentemente a la superficie a una distancia de unos doscientos o
trescientos metros, allí donde estaba la estela de la nave. Aunque el carguero volara
ya, empujado por un magnífico viento de popa, aquella cosa mantenía siempre la
misma distancia. Y, aunque él no comprendía su naturaleza, tenía algo
indefinible que lo atraía intensamente.
Al dejar de ver a Stefano
por allí, su padre, después de haberlo llamado a grandes voces en vano,
abandonó el puente y fue a buscarlo.
- Stefano, ¿qué haces ahí
plantado? -le preguntó al verlo finalmente en la popa, de pie, absorto en las
olas.
- Ven a ver, papá.
El padre acudió y miró
también en la dirección que le indicaba el muchacho, pero no alcanzó a ver
nada.
- Es una cosa oscura que
asoma cada tanto de la estela -dijo-, y que nos sigue.
- A pesar de mis cuarenta
años -dijo su padre-, creo tener todavía buena vista. Pero no veo nada en
absoluto.
Como su hijo insistiera,
fue en busca del catalejo y exploró la superficie del mar allí donde estaba la
estela. Stefano lo vio ponerse pálido.
- ¿Qué es? ¿Por qué pones
esa cara?
- Ojalá no te hubiera
escuchado -exclamó el capitán-. Ahora temo por ti. Eso que has visto asomar de
las aguas y que nos sigue no es una cosa. Es un colombre. Es el pez que los
marineros temen más que ningún otro en todos los mares del mundo. Es un escualo
terrible y misterioso, más astuto que el hombre. Por motivos que quizá nunca
nadie sabrá, escoge a su víctima y, una vez que lo ha hecho, la sigue años y
años, la vida entera, hasta que consigue devorarla. Y lo más curioso es esto:
que nadie puede verlo si no es la propia víctima y las personas de su misma
sangre.
- ¿Y no es una leyenda?
- No. Yo nunca lo había
visto. Pero como lo he oído describir tantas veces, en seguida lo he
reconocido. Ese hocico de bisonte, esa boca que se abre y se cierra sin cesar,
esos dientes espantosos… Stefano, no hay duda, desgraciadamente el colombre te
ha elegido y mientras andes por el mar no te dará tregua. Escucha: vamos a
volver ahora mismo a tierra, tú desembarcarás y nunca más te separarás de la
orilla por ningún motivo. Tienes que prometérmelo. El trabajo del mar no es
para ti, hijo mío. Tienes que resignarte. Por otra parte, en tierra también
podrás hacer fortuna. Dicho esto, hizo invertir
el rumbo inmediatamente, volvió a puerto y, con el pretexto de una inesperada
indisposición, desembarcó a su hijo. Luego volvió a partir sin él.
Profundamente agitado, el
muchacho permaneció en la orilla hasta que la última punta de la arboladura se
sumergió detrás del horizonte. Más allá del muelle que cerraba el puerto, el
mar quedó completamente desierto. Pero, aguzando la vista, Stefano alcanzó a
distinguir un puntito negro que aparecía intermitentemente sobre las aguas: era
“su” colombre, que iba lentamente de aquí para allá, empeñado en esperarlo.
Desde entonces se
emplearon todos los recursos posibles para alejar al muchacho del deseo del
mar. Su padre lo mandó a estudiar a una ciudad del interior distante centenares
de kilómetros. Y durante algún tiempo, distraído por su nuevo ambiente, Stefano
dejó de pensar en el monstruo marino. Sin embargo, cuando en las vacaciones de
verano volvió a casa, lo primero que hizo en cuanto dispuso de un minuto libre
fue apresurarse a ir a la punta del muelle para hacer una especie de
comprobación, aunque en el fondo lo considerase superfluo. Aun admitiendo que
toda la historia que le contara su padre fuera verdadera, después de tanto
tiempo el colombre sin duda habría renunciado a su asedio. Pero Stefano se quedó allí
parado, con el corazón desbocado. A unos doscientos o trescientos metros del
muelle, en mar abierto, el siniestro pez iba arriba y abajo con lentitud,
sacando de cuando en cuando el hocico del agua y volviéndolo hacia tierra, como
si mirase ansiosamente si Stefano Roi aparecía por fin.
De esta suerte, la idea de
aquella criatura enemiga que lo esperaba noche y día se convirtió para Stefano
en una secreta obsesión. E incluso en la lejana ciudad le ocurría despertarse
en plena noche víctima de la inquietud. Estaba a salvo, sí, centenares de kilómetros
lo separaban del colombre. Sin embargo, sabía que más allá de las montañas, más
allá de los bosques, más allá de las llanuras, el escualo lo aguardaba. Y que,
aunque se trasladara al continente más remoto, el colombre se apostaría en el
espejo del mar más cercano con la inexorable obstinación de los instrumentos
del destino.
Stefano, que era un
muchacho serio y diligente, continuó sus estudios con provecho y apenas fue un
hombre encontró un empleo digno y bien remunerado en un almacén de la ciudad.
Mientras tanto, su padre murió víctima de una enfermedad. Su viuda vendió su
magnífico velero y el hijo se halló en posesión de una discreta fortuna. El
trabajo, las amistades, las distracciones, los primeros amores: ahora Stefano
se había hecho ya su vida, pero, a pesar de todo, el pensamiento del colombre
lo perseguía como un espejismo a la vez funesto y fascinante; y, con el paso de
los días, en vez de desvanecerse, parecía hacerse más insistente.
Grandes son las
satisfacciones de la vida laboriosa, holgada y tranquila, pero aún mayor es la
atracción del abismo. Apenas había cumplido Stefano veintidós años cuando, tras
despedirse de sus amigos y abandonar su empleo, volvió a su ciudad natal y
comunicó a su madre su firme intención de seguir el oficio paterno. La mujer, a
quien Stefano jamás había hecho mención del misterioso escualo, acogió con
júbilo su decisión. En el fondo de su corazón, que su hijo hubiera abandonado
el mar por la ciudad siempre le había parecido una puñalada a las tradiciones
de la familia.
Y Stefano comenzó a
navegar, dando prueba de dotes marineras, de resistencia a las fatigas, de
ánimo intrépido. Navegaba, navegaba y en la estela de su carguero, de día y de
noche, con bonanza y con tempestad, se afanaba el colombre. Él sabía que
aquella era su maldición y su condena, pero quizá por eso mismo no tenía
fuerzas para apartarse de ella. Y a bordo nadie veía el monstruo excepto él.
- ¿No ven nada por allí?
-preguntaba de cuando en cuando a sus compañeros señalando la estela.
- No, no vemos nada. ¿Por
qué?
- No sé. Me parecía…
- ¿No habrás visto por
casualidad un colombre? -decían ellos entre risas al tiempo que tocaban madera.
- ¿De qué se ríen? ¿Por
qué tocaban madera?
- Porque el colombre no
perdona. Y si se pusiera a seguir a esta nave, eso querría decir que uno de
nosotros estaba perdido.
Pero Stefano no cedía. La
constante amenaza que iba en pos de él parecía más bien multiplicar su
voluntad, su pasión por el mar, su arrojo en los momentos de fatiga y peligro. Una vez que se sintió dueño
del oficio, con el pequeño caudal que le había dejado su padre adquirió junto
con un socio un pequeño vapor de carga; luego se hizo su único propietario y,
gracias a una serie de travesías afortunadas, pudo a continuación comprar un
verdadero buque mercante y apuntar a metas cada vez más ambiciosas. Pero los
éxitos, los millones, no conseguían apartar de su ánimo aquel continuo
tormento; y nunca, por otra parte, se le pasó por la cabeza vender y retirarse
a tierra para emprender negocios distintos. Navegar, navegar, ese era
su único afán. Apenas ponía pie en cualquier puerto después de largas
travesías, en seguida lo espoleaba la impaciencia por partir. Sabía que allá lo
esperaba el colombre y que el colombre era sinónimo de perdición. Era inútil.
Un impulso indomable lo arrastraba de un océano a otro sin descanso.
Hasta que de pronto un día
Stefano reparó en que se había hecho viejo, viejísimo; y ninguno de los que lo
rodeaban sabía explicarse por qué, siendo rico como era, no dejaba por fin la
azarosa vida del mar. Viejo, y amargamente infeliz, porque toda su existencia
se había gastado en aquella especie de loca fuga a través de los mares para
escapar de su enemigo. Pero para él siempre había sido más fuerte que la dicha
de una vida holgada y tranquila la tentación del abismo.
Y una tarde, mientras su
magnífica nave se hallaba fondeada frente al puerto donde había nacido, se
sintió próximo a morir. Entonces llamó a su segundo oficial, en quien tenía
mucha confianza, y le instó a que no se opusiera a lo que pensaba hacer. El
otro se lo prometió por su honor. Una vez seguro de esto,
Stefano reveló al segundo oficial, que lo escuchaba turbado, la historia del
colombre que durante casi cincuenta años lo había seguido sin cesar
inútilmente.
- Me ha seguido de un
confín a otro del mundo -dijo- con una fidelidad que ni el amigo más noble
habría podido mostrar. Ahora me voy a morir. También él, ahora, estará
terriblemente viejo y cansado. No puedo traicionarlo.
Dicho esto, se despidió,
hizo arriar un bote y, después de hacer que le dieran un arpón, partió.
- Ahora voy a su encuentro
-anunció-. Es justo que no lo defraude. Pero lucharé con las fuerzas que me
quedan.
Con débiles golpes de remo
se alejó del barco. Oficiales y marineros lo vieron desaparecer a lo lejos,
sobre el plácido mar, envuelto en las sombras de la noche. En el cielo, como
una hoz, lucía la luna. No tuvo que esforzarse
mucho. Súbitamente, el horrible hocico del colombre emergió al lado de la
barca.
- Aquí me tienes por fin
-dijo Stefano-. ¡Ahora es cosa nuestra!
Y, reuniendo sus últimas
energías, levantó el arpón para lanzarlo.
- Ah -se quejó con voz
suplicante el colombre-, qué largo camino hasta encontrarte. También yo estoy
destrozado por la fatiga. Cuánto me has hecho nadar. Y tú huías, huías. Y nunca
has comprendido nada.
- ¿Por qué? -dijo Stefano
picado en su orgullo.
- Porque no te he seguido
por todo el mundo para devorarte, como tú pensabas. El único encargo que me dio
el rey del mar fue entregarte esto.
Y el escualo sacó la
lengua, tendiendo al viejo capitán una esfera fosforescente. Stefano la tomó entre los
dedos y miró. Era una perla de tamaño desmesurado. Reconoció en ella la famosa
Perla del Mar que procura a quien la posee fortuna, poder, amor y paz de
espíritu. Pero ahora era ya demasiado tarde.
- Ay de mí -dijo meneando
tristemente la cabeza-. Qué horrible malentendido. Lo único que he conseguido
es desperdiciar mi existencia; y he arruinado la tuya.
- Adiós, hombre infeliz
-respondió el colombre. Y se sumergió en las aguas negras para siempre.
Dos meses más tarde,
empujado por la resaca, un bote arribó a una áspera escollera. Fue avistado por
algunos pescadores que, movidos por la curiosidad, se acercaron. En el bote,
todavía sentado, había un blanco esqueleto; y, entre sus dedos descarnados, sujetaba
un pequeño guijarro redondo.

