En la prehistoria imperó
un sistema en el cual las comunidades humanas se dedicaban a cazar, pescar,
recoger leña y recolectar frutos. No existía ningún tipo de organización
central ni clases sociales. Estaban organizados en grupos o clanes y eran
nómadas. En esta organización social los productos se distribuían de forma
igualitaria, no existían excedentes de producción ya que todas las actividades
realizadas eran para cubrir las necesidades básicas. Al final del período
Neolítico, con el descubrimiento de los metales, la agricultura y la ganadería,
los hombres se convirtieron en sedentarios. Construyeron viviendas estables y,
con la aparición de actividades productivas como la alfarería, la elaboración
de metales, la confección textil, etc., surgió la propiedad privada. Ya no se
consumía lo que se necesitaba ni se compartía con otros integrantes del clan,
sino que las cosas tenían un dueño.
La cultura antigua estaba
asentada en la esclavitud de la inmensa mayoría de los hombres y en la libertad
de unos pocos: los ciudadanos de la “Polis” griega o de la “Cives” romana. Tal
era la situación del hombre en la civilización clásica. Ni Platón de Atenas
(427-347 a.C.) ni Aristóteles de Estagira (384-322 a.C.) ni los juristas
romanos se plantearon el problema de la libertad del hombre. Para ellos era una
cosa natural la división de la sociedad en esclavos y hombres libres. No existía
un ámbito en el cual el hombre pudiese afirmar su libertad ya que carecía de la
conciencia de sí mismo como sujeto y como un ser que pudiese implicarse en una
situación social que modificase su condición.
Así, durante la Edad
Antigua, esto es aproximadamente entre los años 4.000 a.C. y 500 d.C., las
sociedades comenzaron a organizarse en núcleos urbanos, en los cuales existían
grandes diferencias sociales con ciertas capas en posiciones de privilegio y
otros estratos sin ningún derecho: los esclavos. El poder político, según la
región, estaba en manos de reyes, emperadores o faraones y, con la anuencia de
sacerdotes de diversas religiones politeístas, se dio nacimiento a un nuevo
sistema económico: el esclavismo. Sus orígenes se remontan a la era de la revolución
agrícola, época en la cual se produjeron asentamientos en comunidades agrícolas
en las que se hacía necesaria la continua labor de la tierra: para ello se
empleaba a los esclavos. Fueron esclavistas las economías de la Mesopotamia, el
Antiguo Egipto, Grecia y Roma. Drásticamente, muchos años después durante la
época colonial americana, esclavos africanos eran raptados de sus pueblos en el
continente y trasladados forzosamente hacia América, donde eran vendidos a
latifundistas necesitados de mano de obra.
En la “Biblia” hay muchas
referencias sobre la esclavitud, a la cual no condena sino que permite que se
la practique de manera regulada. En el “Levítico” del Antiguo Testamento, por
ejemplo, puede leerse: “En cuanto a los esclavos y esclavas que puedas tener,
puedes adquirirlos de las naciones vecinas. También puedes adquirirlos de entre
los extranjeros que residen contigo y de sus familias que están contigo,
nacidos en tu tierra; y serán de tu propiedad. Puedes conservarlos como
herencia para tus hijos después de ti”. Y en el “Efesios” del Nuevo Testamento:
“Esclavos y esclavas, obedezcan a los que aquí en la tierra son sus amos.
Obedézcanlos con respeto, sinceridad y de buena gana, como si estuvieran
sirviendo a Cristo mismo. Esto deben hacerlo en todo momento y no sólo cuando
sus amos los estén viendo. Ustedes son esclavos de Cristo, así que deben hacer
con alegría y entusiasmo lo que Dios quiere que hagan, como si lo hicieran para
el Señor y no sólo para sus amos”.
Durante el reinado de George
III, nacido como George William Hannover (1738-1820), el 25 de marzo de 1807 se
aprobó en el Reino Unido la Abolition of Slave Trade Act (Ley de Abolición de
la Trata de Esclavos). La disposición, que fue tratada y aprobada por el Parlamento
durante el gobierno del Primer Ministro William Wyndham Grenville (1759-1834), establecía
que “todo tipo de trato y lectura en la compra, venta, trueque o transferencia
de esclavos o de personas que pretendan ser vendidos, transferidos, utilizados
o tratados como esclavos, practicados o transportados en, en o desde cualquier
parte de la costa o países de África serán abolidos, prohibidos y declarados
ilegales”. Sin embargo, si bien la ley abolió el comercio transatlántico de
africanos esclavizados, no abolió la esclavitud, que continuó durante décadas.Por entonces, tal como
venía ocurriendo desde hacía varios siglos, una numerosa cantidad de habitantes
del África subsahariana eran transportados en condición de esclavos a las
naciones islámicas de Oriente Medio y, a través del océano Atlántico, hacia
América. Según cuenta el historiador estadounidense Thomas Sowell (1930) en “Conquests
and cultures. An international history” (Conquistas y culturas. Una historia
internacional), “el principal destino del comercio de esclavos africanos hacia
el mundo islámico era Estambul, capital del Imperio Otomano, donde floreció el
mayor y más activo mercado de esclavos. En otros países islámicos los mercados
de esclavos también eran abiertos y públicos, tanto para nativos como para
extranjeros”. Y en cuanto a los que eran llevados a América narró que “los
horrores de la travesía atlántica en barcos de esclavos repletos y asfixiantes,
junto con la exposición a nuevas enfermedades de los europeos y otras tribus
africanas, así como los peligros generales de la travesía del Atlántico en
aquella época, se cobraron un número de vidas que ascendía aproximadamente al
10% de todos los esclavos enviados al hemisferio occidental en barcos
británicos en el siglo XVIII, siendo los británicos los principales traficantes
de esclavos de aquella época”.
Por su parte, el Doctor en
Jurisprudencia por la Facultad de Derecho de la Georgetown University Mark D. Welton
(1963) detalló en su ensayo “International law and slavery” (El derecho
internacional y la esclavitud): “La esclavitud sirvió principalmente a
propósitos económicos y militares en el mundo antiguo. Las fuerzas armadas
forzaron frecuentemente a los individuos a servir como soldados o esclavos de
galeón. Los esclavos también trabajaron en proyectos de obras públicas en la
Grecia antigua, en minas o campos agrícolas en Mesopotamia y en el imperio
Romano. Otros eran sirvientes personales y domésticos de familias ricas y
frecuentemente prestaron servicios sexuales a sus dueños. Aun cuando Europa
transitaba del imperio Romano a la era moderna, la esclavitud persistía. El
comercio de esclavos era una actividad económica significativa en muchos
pueblos a lo largo de las costas de Escandinavia, Inglaterra e Italia. en el
período feudal, la población de Europa estaba constituida por hombres libres,
siervos y esclavos, y las autoridades seculares y religiosas, citando fuentes
bíblicas, reconocieron la esclavitud como una institución natural”.Añadió más adelante: “Cuando
los estados europeos comenzaron a explorar y colonizar las áreas fuera del
continente, especialmente en el hemisferio occidental, consideraron que la
esclavitud y el comercio de esclavos hacían una buena pareja con la explotación
económica de estas regiones, y la esclavitud floreció en las haciendas y minas
de las Américas, desde el siglo XVI hasta el XIX. Los esclavos de África
subsahariana arribaron a Europa por primera vez a mediados del siglo XV,
después que las tripulaciones europeas los capturaran, o los comerciantes
musulmanes norafricanos y jefes tribales de África subsahariana los vendieran a
los buques mercantes europeos. Los ingleses, españoles, portugueses, holandeses
y franceses adquirieron esclavos africanos y los transportaron al otro lado del
océano en barcos. Muy pronto comenzaron a vender esclavos africanos y nativos
americanos, en forma regular, hacia las Antillas y las costas de las Américas. La
exportación de esclavos africanos se incrementó rápidamente a medida que
disminuía el número de esclavos nativos de las Américas, debido a las
enfermedades y al maltrato; sólo los buques ingleses transportaron dos millones
de esclavos africanos a Norteamérica entre los años de 1680 y 1786”.
Entre el 31 de agosto y el
8 de septiembre de 2001, representantes de los Estados miembros de la
Organización de las Naciones Unidas (ONU), de numerosas Organizaciones No
Gubernamentales e incluso afrodescendientes e indígenas, se reunieron en
Durban, Sudáfrica, para tratar los efectos negativos del racismo, la
discriminación racial, la xenofobia y declararon la esclavitud y la trata de
esclavos como crímenes de lesa humanidad. El documento firmado en esa
oportunidad se conoce como “Declaración y Programa de Acción de Durban”. En
2006, la Asamblea General de las Naciones Unidas, mediante su resolución 61/19,
reconoció que “la trata de esclavos y la esclavitud se encuentran entre las
peores violaciones de los derechos humanos en la historia de la humanidad,
teniendo en cuenta particularmente su escala y duración” y, al año siguiente,
mediante la resolución 62/122, designó el 25 de marzo como Día Internacional en
Recuerdo de las Víctimas de la Esclavitud y la Trata Transatlántica de
Esclavos. Se eligió esa fecha en conmemoración de la abolición del comercio
transatlántico de esclavos en el Reino Unido el 25 de marzo de 1807.

Al cumplirse el vigésimo
quinto aniversario de la “Declaración y Programa de Acción de Durban” y en el
marco del Día Internacional del Recuerdo de las Víctimas de la Esclavitud y la
Trata Transatlántica de Esclavizados, el 25 de marzo del presente año la Asamblea
General de la ONU aprobó una resolución histórica impulsada por la Unión
Africana, declarando que la trata de africanos esclavizados y la esclavitud
racializada de africanos representan “la injusticia más inhumana y duradera
contra la humanidad” debido a “su magnitud, duración, carácter sistémico, brutalidad
y consecuencias duraderas que siguen estructurando la vida de todas las
personas a través de regímenes racializados de trabajo, propiedad y capital”. La
resolución sostiene que la trata de africanos esclavizados constituyó un
sistema de explotación sin precedentes, que se extendió durante más de cuatro
siglos y convirtió a los seres humanos en propiedad hereditaria. El documento
afirma que se trató del primer régimen mundial que codificó legalmente a las
personas como bienes, estableciendo jerarquías raciales y estructuras
económicas que, según el texto, aún influyen en la sociedad actual. También se
mencionaron normas históricas que legitimaron la esclavitud, como disposiciones
legales europeas y coloniales que permitieron considerar a los africanos
esclavizados como propiedad transferible y perpetua.Desde Ghana, principal
impulsor del texto, defendieron la iniciativa como un paso hacia la justicia
histórica, destacando que las consecuencias de la esclavitud siguen vigentes en
forma de desigualdades estructurales, raciales y económicas. Según “Amnesty
International” (Amnistía Internacional), el movimiento global que cuenta con más de diez
millones de miembros y simpatizantes en ciento cincuenta países y trabaja por
la promoción y defensa de los derechos humanos reconocidos en la
Declaración Universal de los Derechos Humanos promulgada por la ONU el
10 de diciembre de 1948 en París, la votación que se realizó en la sede de la
ONU en Nueva York representa “un paso trascendental hacia el reconocimiento
legal y la reparación para quienes han sufrido los daños persistentes de la
esclavitud en todo el mundo”, y destacó la necesidad de que la resolución
“inicie el camino hacia la justicia para los africanos y las personas de
ascendencia africana, y marque un avance positivo para el mundo en un momento
en que el derecho internacional está siendo atacado”.
La iniciativa, presentada
por una coalición de sesenta países africanos, caribeños y latinoamericanos,
reconoce que este sistema de explotación, que se prolongó durante más de cuatro
siglos, constituye una violación del derecho internacional que no prescribe y
que sus consecuencias siguen afectando a millones de personas en todo el mundo.
De hecho, en el contexto actual, la esclavitud moderna persiste en algunas
zonas de África con alrededor de cuatro millones de personas en situaciones
forzosas. Si bien la resolución fue aprobada por una amplia mayoría con
ciento veintitrés votos a favor, hubo cincuenta y dos países mayoritariamente
de potencias occidentales, incluyendo el Reino Unido y países de la Unión
Europea como Alemania, Dinamarca, España, Francia, Hungría, Italia, Noruega y
Países Bajos, que se abstuvieron argumentando que era muy problemático definir
un único hecho histórico como “el más grave” y por ser “muy problemático en
innumerables aspectos”.

Pero lo más grave fue que
hubo tres países que votaron en contra de la resolución: Israel, Estados Unidos
y Argentina, países que desde algo más de dos años mantienen una alianza estratégica.
Gobernados por el genocida Benjamín Netanyahu (1949), el narcisista Donald
Trump (1946) y el sociópata Javier Milei (1970) respectivamente, configuraron
un frente que prioriza el capital y la ficticia pureza racial sobre la dignidad
humana. Israel rechazó la medida al considerar que la terminología podría
desplazar la jerarquía histórica del Holocausto, pero omitió decir que desde
hace décadas los capitales israelíes han dominado sectores críticos como la
minería de diamantes y minerales estratégicos africanos, por lo que su voto
negativo en realidad buscó prevenir que la comunidad internacional estableciese
precedentes legales que vinculen la explotación de esos recursos con crímenes
de lesa humanidad, protegiendo así un modelo de negocio que depende de la
desestabilización y el control territorial de África.Por su parte Estados
Unidos declaró que se oponía firmemente al intento de la ONU de calificar a la
esclavitud como el delito de lesa humanidad más grave de la historia ya que la resolución
tenía muchas subjetividades a las que no se adherían. Lo que no dijeron es que
su negativa se fundamenta en el temor a las implicaciones legales y financieras
de la justicia reparativa ya que fueron millones los esclavos africanos los que
impulsaron su riqueza agrícola e industrial, y entonces era necesario cerrar la
puerta a cualquier reclamo de indemnización por los siglos de trabajo forzado
que subsidiaron su ascenso como potencia global.
Y finalmente Argentina,
con su voto, pasó a ser el mayor representante del negacionismo cultural en
América Latina aunque ya desde hace más de un siglo niega que los esclavos
afroargentinos fueron una parte integral de su identidad. Desde los tiempos de
la colonia, la ciudad de Córdoba fue un gran centro de comercialización de
esclavos. En 1778 un censo arrojó que el 46% de la población en Argentina tenía
origen africano. Diferentes funcionarios declararon que en la ONU se había discutido
algo más complejo que estar contra la esclavitud, que lo que se intentó fue imponer
una lectura que jerarquiza culpas históricas según una agenda ideológica. Se afirmó
que el país estaba en contra de definir la esclavitud como el delito más grave
dejando otros por fuera. La resolución tiene muchas subjetividades a las que no
nos adherimos, afirmaron.
Durante la gestión de
Javier Milei, Argentina adoptó posiciones similares en la ONU. En noviembre de
2024 fue el único país en votar contra un texto sobre violencia hacia mujeres y
niñas, aprobado por más de ciento setenta países, y al mes siguiente votó
contra los derechos de los pueblos indígenas. Después, en septiembre de 2025
votó contra una resolución sobre el conflicto entre Israel y Palestina, también
junto a Estados Unidos e Israel, y en octubre del mismo año rechazó el
levantamiento del embargo a Cuba y se opuso a una iniciativa para prevenir y erradicar
la tortura. Una verdadera vergüenza.