6 de febrero de 2021

Cuentos selectos (XVIII). Liliana Heker: "La fiesta ajena"

Sucesivamente, entre 1959 y 1986 -con algunos intervalos- tres revistas literarias marcaron un hito en la historia social de la Argentina dando a conocer buena parte de la nueva literatura nacional y latinoamericana, y comprometiéndose ideológicamente con la realidad política y cultural de su tiempo. Se trata de “El Grillo de Papel”, “El Escarabajo de Oro” y “El Ornitorrinco”. Todas ellas fueron creadas y dirigidas por el escritor Abelardo Castillo (1935-2017), y en todas ellas, también, participó la narradora y ensayista argentina Liliana Heker (1943). Empezó a escribir desde muy joven y fue justamente en “El Grillo de Papel” donde, en 1960, apareció su primer cuento: “Los juegos”. “Yo tenía seis años y me pasaba las tardes inventándome historias en el patio de mi abuela, mientras giraba en círculos -cuenta-. Mis padres, que no tenían estudios ni plata pero eran muy inteligentes y amplios, siempre nos estimularon la lectura y mi hermana, seis años y medio mayor que yo, fue una lectora precoz y apasionada, así que, cuando aprendí a leer, ya había muchos libros en casa. A los siete años, sólo porque me gustó la tapa, saqué de la biblioteca una novela de la Condesa de Segur, ‘Las niñitas modelo’: letra chica y ninguna ilustración. Me encontré sumergida en la experiencia más fascinante que había vivido hasta entonces. Desde ese día nunca paré de leer”. Heker es una de las últimas representantes de una generación de escritores que combinó talento y compromiso político, aquella que protagonizó la contracultura de los años ’60 y ’70 marcada por los principios de libertad y responsabilidad individual que promovía el existencialismo de Jean Paul Sartre (1905-1980) y Simone de Beauvoir (1908-1986). Fueron años caracterizados por la agitación ideológica de una sociedad latinoamericana que comenzaba a despertar en medio de un período de gobiernos autoritarios en la mayoría de los países. La Revolución Cubana y la frustrada intervención por parte de Estados Unidos fueron acontecimientos que lograron llamar la atención pública de todo el mundo, tiempo antes de que se originara el fenómeno literario llamado “boom latinoamericano” protagonizado, entre otros, por escritores como Julio Cortázar (1914-1984), Gabriel García Márquez (1927-2014) y Carlos Fuentes (1928-2012). Fue en ese contexto en el que Heker sostuvo polémicas, publicó ensayos y críticas y participó de los encendidos debates ideológicos y culturales de aquellos años.


Además, desde 1978 coordinó talleres literarios en los que se formaron muchos de los mejores escritores argentinos de la actualidad, entre ellos Guillermo Martínez (1962) y Samanta Schweblin (1978). Su obra comprende los libros de cuentos “Los que vieron la zarza”, “Acuario”, “Las peras del mal”, “La crueldad de la vida” y “La muerte de Dios”; el tomo de novelas cortas “Un resplandor que se apagó en el mundo”; el de entrevistas “Diálogos sobre la vida y la muerte”; las novelas “Zona de clivaje” y “El fin de la historia”; y los volúmenes de ensayos “Las hermanas de Shakespeare” y “La trastienda de la escritura”. Sus cuentos completos han sido traducidos al inglés y muchos de sus relatos se han publicado también en Alemania, Rusia, Turquía, Holanda, Canadá y Polonia. Desde que empezó a escribir, siempre renegó de términos como “literatura femenina”. La suya es una toma de posición en cuanto a que esa adjetivación implica una mirada devaluada del asunto en cuestión. “Yo tomé conciencia de que ser mujer y ser escritora era un conflicto cuando me vinieron a hacer una entrevista de un suplemento y me preguntaron qué escriben las mujeres, qué leen las mujeres. Me agarró una furia terrible. ¿Si yo no puedo dar cuenta de mí misma cómo iba a dar cuenta de todas las mujeres? ¿Quién le iba a preguntar a un hombre cómo escriben o leen los hombres?”, recuerda con indignación. El cuento que sigue a continuación -“La fiesta ajena”- forma parte de “Los bordes de lo real”, un volumen publicado en 1991 que reúne, prologados y reordenados, sus tres primeros libros de cuentos.

LA FIESTA AJENA
 
Nomás llegó, fue a la cocina a ver si estaba el mono. Estaba y eso la tranquilizó: no le hubiera gustado nada tener que darle la razón a su madre. ¿Monos en un cumpleaños?, le había dicho; ¡por favor! Vos sí que te creés todas las pavadas que te dicen. Estaba enojada pero no era por el mono, pensó la chica: era por el cumpleaños.
– No me gusta que vayas -le había dicho-. Es una fiesta de ricos.
– Los ricos también se van al cielo -dijo la chica, que aprendía religión en el colegio.
– Qué cielo ni cielo -dijo la madre-. Lo que pasa es que a usted, m’hijita, le gusta cagar más arriba del culo.
A la chica no le parecía nada bien la manera de hablar de su madre: ella tenía nueve años y era una de las mejores alumnas de su grado.
– Yo voy a ir porque estoy invitada -dijo-. Y estoy invitada porque Luciana es mi amiga. Y se acabó.
– Ah, sí, tu amiga -dijo la madre. Hizo una pausa-. Oíme, Rosaura -dijo por fin-, esa no es tu amiga. ¿Sabés lo que sos vos para todos ellos? Sos la hija de la sirvienta, nada más.
Rosaura parpadeó con energía: no iba a llorar.
– Callate -gritó-. Qué vas a saber vos lo que es ser amiga.
Ella iba casi todas las tardes a la casa de Luciana y preparaban juntas los deberes mientras su madre hacía la limpieza. Tomaban la leche en la cocina y se contaban secretos. A Rosaura le gustaba enormemente todo lo que había en esa casa. Y la gente también le gustaba.
– Yo voy a ir porque va a ser la fiesta más hermosa del mundo, Luciana me lo dijo. Va a venir un mago y va a traer un mono y todo. La madre giró el cuerpo para mirarla bien y ampulosamente apoyó las manos en las caderas.
– ¿Monos en un cumpleaños? -dijo-. ¡Por favor! Vos sí que te creés todas las pavadas que te dicen.
Rosaura se ofendió mucho. Además le parecía mal que su madre acusara a las personas de mentirosas simplemente porque eran ricas. Ella también quería ser rica, ¿qué?, si un día llegaba a vivir en un hermoso palacio, ¿su madre no la iba a querer tampoco a ella? Se sintió muy triste. Deseaba ir a esa fiesta más que nada en el mundo.
– Si no voy me muero -murmuró, casi sin mover los labios. Y no estaba muy segura de que se hubiera oído, pero lo cierto es que la mañana de la fiesta descubrió que su madre le había almidonado el vestido de Navidad. Y a la tarde, después que le lavó la cabeza, le enjuagó el pelo con vinagre de manzanas para que le quedara bien brillante. Antes de salir Rosaura se miró en el espejo, con el vestido blanco y el pelo brillándole, y se vio lindísima.
La señora Inés también pareció notarlo. Apenas la vio entrar, le dijo:
– Qué linda estás hoy, Rosaura.
Ella, con las manos, impartió un ligero balanceo a su pollera almidonada: entró a la fiesta con paso firme. Saludó a Luciana y le preguntó por el mono. Luciana puso cara de conspiradora; acercó su boca a la oreja de Rosaura.
– Está en la cocina -le susurró en la oreja-. Pero no se lo digas a nadie porque es un secreto.
Rosaura quiso verificarlo. Sigilosamente entró en la cocina y lo vio. Estaba meditando en su jaula. Tan cómico que la chica se quedó un buen rato mirándolo y después, cada tanto, abandonaba a escondidas la fiesta e iba a verlo. Era la única que tenía permiso para entrar en la cocina, la señora Inés se lo había dicho: “Vos sí pero ningún otro, son muy revoltosos, capaz que rompen algo”. Rosaura, en cambio, no rompió nada. Ni siquiera tuvo problemas con la jarra de naranjada, cuando la llevó desde la cocina al comedor. La sostuvo con mucho cuidado y no volcó ni una gota. Eso que la señora Inés le había dicho: “¿Te parece que vas a poder con esa jarra tan grande?”. Y claro que iba a poder: no era de manteca, como otras. De manteca era la rubia del moño en la cabeza. Apenas la vio, la del moño le dijo:
– ¿Y vos quién sos?
– Soy amiga de Luciana -dijo Rosaura.
– No -dijo la del moño-, vos no sos amiga de Luciana porque yo soy la prima y conozco a todas sus amigas. Y a vos no te conozco.
– Y a mí qué me importa -dijo Rosaura-, yo vengo todas las tardes con mi mamá y hacemos los deberes juntas.
– ¿Vos y tu mamá hacen los deberes juntas? -dijo la del moño, con una risita.
– Yo y Luciana hacemos los deberes juntas -dijo Rosaura, muy seria. La del moño se encogió de hombros.
– Eso no es ser amiga -dijo-. ¿Vas al colegio con ella?
– No.
– ¿Y entonces, de dónde la conocés? -dijo la del moño, que empezaba a impacientarse.
Rosaura se acordaba perfectamente de las palabras de su madre. Respiró hondo:
– Soy la hija de la empleada -dijo.
Su madre se lo había dicho bien claro: Si alguno te pregunta, vos le decís que sos la hija de la empleada, y listo. También le había dicho que tenía que agregar: y a mucha honra. Pero Rosaura pensó que nunca en su vida se iba a animar a decir algo así.
– Qué empleada -dijo la del moño-. ¿Vende cosas en una tienda?
– No -dijo Rosaura con rabia-, mi mamá no vende nada, para que sepas.
– ¿Y entonces cómo es empleada? -dijo la del moño.
Pero en ese momento se acercó la señora Inés haciendo shh shh, y le dijo a Rosaura si no la podía ayudar a servir las salchichitas, ella que conocía la casa mejor que nadie.
– Viste -le dijo Rosaura a la del moño, y con disimulo le pateó un tobillo.
Fuera de la del moño todos los chicos le encantaron. La que más le gustaba era Luciana, con su corona de oro; después los varones. Ella salió primera en la carrera de embolsados y en la mancha agachada nadie la pudo agarrar.
Cuando los dividieron en equipos para jugar al delegado, todos los varones pedían a gritos que la pusieran en su equipo. A Rosaura le pareció que nunca en su vida había sido tan feliz.
Pero faltaba lo mejor. Lo mejor vino después que Luciana apagó las velitas. Primero, la torta: la señora Inés le había pedido que la ayudara a servir la torta y Rosaura se divirtió muchísimo porque todos los chicos se le vinieron encima y le gritaban “a mí, a mí”. Rosaura se acordó de una historia donde había una reina que tenía derecho de vida y muerte sobre sus súbditos. Siempre le había gustado eso de tener derecho de vida y muerte. A Luciana y a los varones les dio los pedazos más grandes, y a la del moño una tajadita que daba lástima.
Después de la torta llegó el mago. Era muy flaco y tenía una capa roja. Y era mago de verdad. Desanudaba pañuelos con un solo soplo y enhebraba argollas que no estaban cortadas por ninguna parte. Adivinaba las cartas y el mono era el ayudante. Era muy raro el mago: al mono lo llamaba socio. “A ver, socio, dé vuelta una carta”, le decía. “No se me escape, socio, que estamos en horario de trabajo”.
La prueba final era la más emocionante. Un chico tenía que sostener al mono en brazos y el mago lo iba a hacer desaparecer.
– ¿Al chico? -gritaron todos.
– ¡Al mono! -gritó el mago.
Rosaura pensó que ésta era la fiesta más divertida del mundo.
El mago llamó a un gordito, pero el gordito se asustó enseguida y dejó caer al mono. El mago lo levantó con mucho cuidado, le dijo algo en secreto, y el mono hizo que sí con la cabeza.
– No hay que ser tan timorato, compañero -le dijo el mago al gordito.
– ¿Qué es timorato? -dijo el gordito. El mago giró la cabeza hacia uno y otro lado, como para comprobar que no había espías.
– Cagón -dijo-. Vaya a sentarse, compañero.
Después fue mirando, una por una, las caras de todos. A Rosaura le palpitaba el corazón.
– A ver, la de los ojos de mora -dijo el mago. Y todos vieron cómo la señalaba a ella.
No tuvo miedo. Ni con el mono en brazos, ni cuando el mago hizo desaparecer al mono, ni al final, cuando el mago hizo ondular su capa roja sobre la cabeza de Rosaura, dijo las palabras mágicas… y el mono apareció otra vez allí, lo más contento, entre sus brazos. Todos los chicos aplaudieron a rabiar. Y antes de que Rosaura volviera a su asiento, el mago le dijo:
– Muchas gracias, señorita condesa.
Eso le gustó tanto que un rato después, cuando su madre vino a buscarla, fue lo primero que le contó.
– Yo lo ayudé al mago y el mago me dijo: “Muchas gracias, señorita condesa”.
Fue bastante raro porque, hasta ese momento, Rosaura había creído que estaba enojada con su madre. Todo el tiempo había pensado que le iba a decir: “Viste que no era mentira lo del mono”. Pero no. Estaba contenta, así que le contó lo del mago.
Su madre le dio un coscorrón y le dijo:
– Mírenla a la condesa.
Pero se veía que también estaba contenta.
Y ahora estaban las dos en el hall porque un momento antes la señora Inés, muy sonriente, había dicho: “Espérenme un momentito”.
Ahí la madre pareció preocupada.
– ¿Qué pasa? -le preguntó a Rosaura.
– Y qué va a pasar -le dijo Rosaura-. Que fue a buscar los regalos para los que nos vamos.
Le señaló al gordito y a una chica de trenzas, que también esperaban en el hall al lado de sus madres. Y le explicó cómo era el asunto de los regalos. Lo sabía bien porque había estado observando a los que se iban antes. Cuando se iba una chica, la señora Inés le regalaba una pulsera. Cuando se iba un chico, le regalaba un yo-yo. A Rosaura le gustaba más el yo-yo porque tenía chispas, pero eso no se lo contó a su madre. Capaz que le decía: “Y entonces, ¿por qué no le pedís el yo-yo, pedazo de sonsa?”. Era así su madre. Rosaura no tenía ganas de explicarle que le daba vergüenza ser la única distinta. En cambio le dijo:
– Yo fui la mejor de la fiesta. Y no habló más porque la señora Inés acababa de entrar en el hall con una bolsa celeste y una bolsa rosa. Primero se acercó al gordito, le dio un yo-yo que había sacado de la bolsa celeste, y el gordito se fue con su mamá. Después se acercó a la de trenzas, le dio una pulsera que había sacado de la bolsa rosa, y la de trenzas se fue con su mamá.
Después se acercó a donde estaban ella y su madre. Tenía una sonrisa muy grande y eso le gustó a Rosaura. La señora Inés la miró, después miró a la madre, y dijo algo que a Rosaura la llenó de orgullo. Dijo:
– Qué hija que se mandó, Herminia.
Por un momento, Rosaura pensó que a ella le iba a hacer los dos regalos: la pulsera y el yo-yo. Cuando la señora Inés inició el ademán de buscar algo, ella también inició el movimiento de adelantar el brazo. Pero no llegó a completar ese movimiento. Porque la señora Inés no buscó nada en la bolsa celeste, ni buscó nada en la bolsa rosa. Buscó algo en su cartera.
En su mano aparecieron dos billetes.
– Esto te lo ganaste en buena ley -dijo, extendiendo la mano-. Gracias por todo, querida.
Ahora Rosaura tenía los brazos muy rígidos, pegados al cuerpo, y sintió que la mano de su madre se apoyaba sobre su hombro. Instintivamente se apretó contra el cuerpo de su madre. Nada más. Salvo su mirada. Su mirada fría, fija en la cara de la señora Inés.
La señora Inés, inmóvil, seguía con la mano extendida. Como si no se animara a retirarla. Como si la perturbación más leve pudiera desbaratar este delicado equilibrio.

17 de enero de 2021

Keith Richards: “Todo depende de nosotros colectivamente. Todo el mundo tiene que hacer las cosas un poco mejor, sea lo que sea” (2)

Durante los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, Inglaterra se enfrentaba a una dura realidad. Sus principales ciudades mostraban las cicatrices que habían dejado los bombardeos nazis y en la mente de sus habitantes todavía estaba muy presente el racionamiento de alimentos y la austeridad general que siguió al cese de hostilidades. Ante este panorama desalentador, los adolescentes ingleses de los años ‘50 encontraron un bálsamo en el rock and roll, un género musical de ritmo marcado derivado del rhythm and blues que llegaba desde los Estados Unidos. A comienzos de la década del ’60 en Liverpool surgían los Beatles, quienes, tras su paso por un local de dudosa fama en Hamburgo llamado Kaiserkeller, comenzaron a tocar en pequeños clubes de su ciudad natal entre ellos The Cavern. A partir de allí, con una sofisticada amalgama de estilos que llevaría la música pop a todos los públicos, con sus melodías contagiosas y sus grandes armonías vocales en un par de años pusieron el mundo a sus pies. Mientras tanto, en Londres, nacía una movida diferente más influida por el delta blues del Mississippi y su versión eléctrica de Chicago. Esas melodías vibrantes y melancólicas a la vez, encontraron oídos aguzados y corazones abiertos en los jóvenes londinenses recién salidos de la adolescencia, entre ellos los futuros integrantes de los Rolling Stones. Puede decirse que entre ambos grupos se dio comienzo a una auténtica revolución social que fue demonizada por parte de la prensa y los sectores más conservadores de la sociedad. En las iglesias había capellanes en los púlpitos arengando contra esa música a la que consideraban diabólica. En ese ambiente los Rolling Stones hicieron su primera presentación el 12 de julio de 1962 en el mítico Marquee Club ubicado en el 165 de la Oxford Street, en el municipio londinense de Westminster. En aquel momento contaron con el bajista Dick Taylor (1943) y el baterista Mick Avory (1944), quienes ya no estarían en las siguientes actuaciones en el Crawdaddy Club de Richmond, en el condado de Surrey. Los primeros temas que interpretaron fueron versiones de grandes maestros del blues como Robert Johnson (1911-1938), Elmore James (1918-1963), Willie Dixon (1915-1992) y Jimmy Reed (1925-1976) y, a partir de 1963, comenzaron a publicar sus primeros discos simples con adaptaciones de temas de Willie Dixon (1915-1992), de Chuch Berry (1926-2017), de Buddy Holly (1936-1959) y hasta de los mismísimos John Lennon (1940-1980) y Paul McCartney (1942), líderes de los Beatles. La publicación en 1964 de su primer LP, “The Rolling Stones”, incluyó, además de un buen número de versiones, la primera composición de Jagger/Richards interpretada por ellos mismos, la balada “Tell Me”. Luego vendrían varias giras por Estados Unidos y una de serie de lanzamientos de discos de larga duración que se convertirían en verdaderos íconos de la historia del rock: “Beggars banquet”, “Let it bleed”, “Sticky fingers” y “Exile on Main St.”. Años más tarde, Keith Richards participó en otros proyectos acompañando a Aretha Franklin (1942-2018), a Ian McLagan (1945-2014) y a Tom Waits (1949). También formó parte de The New Barbarians junto a Ronnie Wood (1947) y, en 1987, formó junto al baterista Steve Jordan (1957) la banda The X-Pensive Winos con la que grabó tres álbumes de estudio: “Talk is cheap”, “Main ofender” y “Crosseyed heart”, y uno en vivo: “Live at the Hollywood Palladium”. En la actualidad, mientras vive el encierro al que lo obligó el coronavirus, admite que lo vive con cierta dificultad: “Estoy atravesando la pandemia de la misma manera en que la están haciendo todos: encerrados en casa, con la familia y esperando a que termine de una vez para que pueda volver a salir”, dice. “Estábamos listos para salir a tocar nuevamente con los Stones justo cuando empezó el aislamiento. Y para mí es un poco difícil parar, tener que aceptar que no voy a estar de gira”. No obstante ello Richards ha seguido trabajando. Viviendo en Estados Unidos mientras Mick Jagger se quedó en Europa, la pareja ha estado componiendo canciones de forma remota. “Nos comunicamos desde el otro lado del Atlántico y luego esperamos una vacuna”, dice el guitarrista. “Tengo miles de canciones, las suficientes como para mantenerme ocupado”. A continuación, la segunda y última parte del resumen editado de las entrevistas que concediera a Jesús Ruiz Mantilla, Eduardo Slusarczuk y Kory Grow aparecidas en los diarios “El País” y “Clarín”, y en la revista “Rolling Stone” respectivamente.


¿Está al tanto de lo que pasa en la escena musical más nueva? ¿Le presta atención?
 
No puedo decir que lo haga demasiado. Escucho radio, oigo algún material interesante, pero no puedo decir de qué cantante o banda se trata. No soy demasiado fan de la música moderna. Demasiados sintetizadores para mi gusto. Sé que hay muchas bandas y que este momento debe ser muy difícil para los grupos más jóvenes, que no pueden tocar en clubes.
 
¿Qué siente, desde sus casi setenta y siete años, cuando ve que gente de tan distintas generaciones conoce o canta canciones suyas o de los Stones?
 
Me hace sentir muy halagado. Siempre consideré que la idea de este trabajo es pasar la música de generación en generación. Es el trabajo del músico, conseguir que cuando mueras digan que lograste pasar esa posta. Es lo mejor que le podés decir a un músico. Saber que otras generaciones tomaron lo mío me hace sentir muy orgulloso. Me provoca una sensación muy fuerte de satisfacción.
 
Está trabajando en la música de los Stones y pronto se encontrará también con Steve Jordan de los Winos. ¿Cómo se está desafiando musicalmente estos días?
 
Dejé de desafiarme a mí mismo. Quiero decir, seamos sinceros, este es un año extraño hombre. No han hecho uno igual antes. Así que todo esto es improvisación y simplemente búsqueda.
 
¿Cuál ha sido la parte más difícil de la cuarentena?
 
No hay multitudes, es una maldita molestia para una banda. Pero bueno, son las bandas jóvenes las que no pueden hacer sus conciertos. Es un tirón difícil éste. De alguna manera tenemos que evitarlo, porque lo que hacemos es tocar música para la gente. Entonces, en ese caso, necesitas personas. Hay bastante falta de ellas en este momento. Así que estamos tratando de lidiar con eso como cualquier otra persona.
 
¿Qué pasó entre Steve Jordan y usted?
 
En ese momento, en los ‘80, Charlie Watts me había dicho: “Parece que va a haber un pequeño descanso para los Stones. Y si vas a trabajar con alguien más, Steve Jordan es tu hombre”. Así que puede decirse que los Winos fueron creados por Charlie de una manera indirecta. Lo que no me di cuenta cuando Steve y yo nos juntamos fue que también podríamos progresar en la composición de canciones y en muchas más áreas de las que esperaba. Así que estaba siguiendo el consejo de un baterista sobre otro baterista en ese momento. Pero una vez que Steve y yo comenzamos a trabajar, nos dimos cuenta de que teníamos mucho más espacio para maniobrar. Y que podríamos soportarnos el uno al otro.
 
En “Live at the Hollywood Palladium”, bromea diciendo que le han echado del escenario de Palladium antes. Chuck Berry lo descartó en 1972, aunque luego afirmó que no lo reconoció. ¿Es eso a lo que se refería?
 
Sí, sí, sí. Pero Chuck y yo teníamos una relación real. Terminamos queriéndonos, pero teníamos que demostrar que realmente no nos gustábamos, porque… no sé por qué. Estaba tan orgulloso de trabajar con ese hombre. Y poder darle una buena banda para su film documental fue sólo un trabajo de amor. Te encantan estas cosas y te encanta lo que otros chicos te han dado, y estás muy feliz de poder transmitirlo.
 
Una de las canciones que tocó en el Palladium, “Big enough”, tiene un ritmo genial de James Brown. Lo vio en vivo muchas veces. ¿Qué aprendió al verlo?
 
James para nosotros, especialmente para Mick, fue una verdadera atracción. Eso es porque Mick es el líder, y tiene que estar parado en un pequeño escenario y quiere moverse. Escuchar a James Brown y ver cómo manejó eso fue genial, porque James no usó mucho el escenario; usó un pequeño lugar, y Mick se enteró de que era un experto en eso. Siempre le he dicho a Mick: “Corrés demasiado. Deberías permanecer en ese pequeño círculo porque podés moverte allí". Es algo único.
Mick y James Brown automáticamente parecían hechos del mismo molde.
 
Siempre ha sido un gran defensor de los músicos negros y los artistas negros.
 
Son la razón por la que estoy aquí.
 
¿Qué opina de las protestas de Black Lives Matter en todo el mundo este año?
 
Se trata de un maldito momento. Quiero decir, en este país -Estados Unidos-, las cosas están llegando a un punto crítico. Esa es la forma en que está. Tenés que lidiar con eso. Me resulta difícil hablar de eso porque no soy estadounidense. Vivo aquí, estoy en el corazón y en el alma, soy uno de ellos, pero no puedo interferir.
 
Una vez dijo que los Winos se sentían como los Stones en los primeros días, “porque nadie respeta a nadie, excepto cuando les va bien”. ¿Qué quiere decir con eso?
 
Lo mantendré. Nadie se estaba molestando el uno al otro; todo el mundo estaba tratando de mejorar a toda la banda. Pero supongo que lo que estaba tratando de decir es que, en las bandas en las que he estado, el individuo era lo menos considerable; es la suma de las partes que cuentan. No sé si es una cuestión de ego, pero algunas de las grandes bandas son grandes bandas porque ese problema se ha resuelto.
 
En el Palladium tocó “Connection”, que fue una de las primeras canciones de los Stones que cantó. Cantó en un coro cuando era niño pero, ¿fue difícil encontrar su voz rockera?
 
Básicamente vivo escribiendo canciones con los Stones y con Mick. Yo decía: “Es así", y luego Mick se hacía cargo, pero a veces él venía y me decía: “Cantá esta”. Así que cantar fue algo muy natural para mí. Entre cantar y tocar un instrumento hay muy poca diferencia. A veces utilizás la voz, otras utilizás tus dedos o lo que sea necesario para tocar la maldita cosa.
 
Y la primera canción que cantó solo en los Stones fue “You got the silver”.
 
Sí. Ninguna de esas cosas sucedió por accidente. Lo hicimos y Mick lo intentó, y al final dijo: “Hacé esto”. No hubo problemas ni nada. Fue como subdividir el trabajo.
 
Cuando salió “Talk is cheap”, dijo que sentía un nuevo respeto por lo que hace Mick en el escenario. ¿Qué le enseñó toda la experiencia sobre ser un líder?
 
De repente, eres el líder, y de repente te das cuenta de la presión que puedes sentir con sólo ser el que está al frente. Entendí absolutamente por lo que Mick, o cualquier líder, puede pasar. En los Stones, podía avanzar o sentarme; tienes esa opción siendo el guitarrista. Con los Winos, me di cuenta de que el líder no tiene otra opción, y tienes que hacerlo, incluso si tu voz se ha ido. Entonces me di cuenta de las presiones que hay sobre un líder y nunca las he olvidado.
 
En términos generales, ¿con qué reglas vive?
 
La menor cantidad posible.
 
¿Qué reglas lo rigen cuando escribe canciones?
 
Cuando escribes canciones, no hay jodidas reglas. De hecho, estás buscando romperlas. Estás buscando encontrar el siguiente acorde que falta. Estás buscando encontrar la mejor manera de expresar las cosas. Escribir canciones no se trata de la letra por un lado y la música por el otro. Se trata de que las dos se unan. Y podés ser un gran poeta y podés escribir música encantadora, pero el arte y la belleza de escribir canciones es unir las dos hasta que parezcan amarse. Eso es escribir canciones.
 
¿Cómo se hace un gran riff?
 
Debería ser espontáneo y absolutamente el tipo que lo está haciendo no debería saber de dónde viene. Simplemente aparece en la punta de sus dedos y sale del instrumento. Y ese es un gran riff, totalmente impensable, desestructurado, sin reglas, sin nada. Es sólo que en un minuto no está y, al minuto siguiente, ahí está.
 
¿Hay mucho rock & roll nuevo que lo esté conmoviendo últimamente?
 
No hay nuevo rock & roll. Carece de sentido. Hay grandes músicos y algunos grandes cantantes y esas cosas. Desafortunadamente, para mí, en la música se ha sintetizado hasta la muerte. Una vez que comienzas a sintetizar cosas, no obtienes lo real. Pero no quiero entrar en un largo discurso sobre lo que está mal con los sintetizadores y la música en estos días, excepto para decir que son baratos y cursis.
 
Una vez dijo: “Para mí, es importante demostrar que la música rock no es sólo una mierda de adolescentes y deberías sentirte avergonzado cuando tienes más de cuarenta años y sigues haciéndolo”. Dijo que quería hacer avanzar la música y hacer avanzar las cosas. ¿Siente que ha hecho eso?
 
Bueno, no lo sé. Bobby Keys, mi gran amigo, lo llamó “música de hombres adultos” porque el rock & roll sólo se consideraba nuevo porque todo tiene que tener una especie de génesis, por así decirlo. Y supongo que el rock & roll, en el ámbito general de las cosas, se puso de moda en el '55, '56, y todo era sólo material novedoso, y muchos músicos durante bastantes años pensaron que era otra novedad. Era como el cha-cha-cha o el twist. Ahora sabemos que es diferente.
 
Es algo diferente con algo parecido al blues. Con el blues, a medida que un artista envejece, se aprecia más.
 
De eso se trata el blues y en él está todo incrustado. Toda la música popular, desde que pudieron grabarla, está basada en el blues. Pasas del ragtime al jazz, todo está basado en el blues. No significa que tengas que entender cada country blues, las canciones de Blind Lemon Jefferson, pero el orden de todo se basa en eso. Y luego progresa a partir de eso, lo cual es algo maravilloso. Quiero decir, ¿querés saber qué han hecho los negros por el mundo? Sólo escucha su música. Es una expresión y toca a todos. Toca a blancos y a amarillos y a cositas peludas, no sé, pero de eso se trata. Se trata de tocar a la gente y la grabación lo ha hecho posible. Y a lo largo de la historia de esta música, la música grabada, la influencia del blues es enorme. Sólo toma diferentes tonos.
 
¿Siente que todavía está aprendiendo cosas sobre el blues?
 
Mientras no esté muerto, siempre habrá algo que aprender al respecto.
 
A finales de los ochenta, dijo: “No es tan fácil ser Keith Richards, pero tampoco es tan difícil. Lo principal es conocerte a ti mismo". ¿Cómo se conoce a uno mismo?
 
Todos estamos atrapados aquí tratando de descubrir qué es la vida. Supongo que lo que estaba tratando de decir entonces es que, cuando inadvertidamente has estado en el ojo público desde los diecinueve años, a veces es difícil para las personas correlacionarlo con quién sos en realidad. Y me resultó increíblemente útil saber quién diablos soy. No estoy preocupado por las cosas de afuera. Este año cumpliré setenta y siete, por el amor de Dios. Lo sé, me importa una mierda. Estoy muy orgulloso de ello. Y todavía estoy tratando de conocerme un poco mejor. Y, como sabés, las cosas cambian a medida que avanzás. Nada es estático.
 
¿Recuerda cuando obtuvo ese tipo de confianza?
 
Tienes que descubrirlo por vos mismo. Todo el mundo es diferente. Y no tengo ni idea. Sé que como personas podríamos hacerlo mucho mejor y me gustaría promover eso. Pero todo depende de nosotros colectivamente. Todo el mundo tiene que hacer las cosas un poco mejor, sea lo que sea. Ese es mi sermón del día.