19 de julio de 2019

Albert Londres, reportero


Existen muchos libros que narran experiencias de presidiarios en terribles cárceles del mundo. Tal vez el más célebre sea "Papillón", de Henri Charriere (1906-1973), famosísimo libro de comienzos de los ‘70. El propio Charriere, refiriéndose a sus precursores, decía tenerlos de toda clase: ex presidiarios que habían relatado sus experiencias en la Isla del Diablo, pedagogos y médicos que habían denunciado el régimen penal francés y escritores que habían dedicado largas páginas a describir los tormentos de los condenados, tal como lo hicieran Alexandre Dumas (1802-1870) en “Le comte de Monte-Cristo” (El conde de Montecristo) o Victor Hugo (1802-1885) en “Claude Gueux” (Claudio Gueux) y “Les miserables” (Los miserables). Pero él privilegiaba por sobre todos a quien había unido por primera vez en su persona todas esas condiciones: la del testigo, la del agitador social y la del narrador convincente.
El hombre en cuestión era un periodista francés y su nombre es Albert Londres, quien había nacido en Vichy el 1 de noviembre de 1884 en el seno de una familia de origen gascón, para morir en extrañas circunstancias cuarenta y ocho años más tarde, en la noche del 15 al 16 de mayo de 1932, durante el naufragio del barco en el que viajaba desde China hacia Europa. Trabajaba en la prensa desde los veinte años y se había especializado en el periodismo de investigación, en cuya línea escribió los libros que le dieron merecida celebridad, aunque antes de ello, había publicado cuatro tomos de poesía: “Suivant les heures” (Durante las horas) en 1904, “L'a áme qui vibre” (El alma que vibra) en 1908, “Le poéme effréné I” (El poema desenfrenado I) en 1909 y “Le poéme effréné II” (El poema desenfrenado II) en 1910. Luego fue enviado especial en los frentes de guerra y su bautismo de fuego lo tuvo durante la batalla del Marne, acontecida durante la Primera Guerra Mundial.
En 1924 publicó su primer libro de investigación: “Au bagne” (En el presidio) y a éste le siguieron, entre otros, “Dante n'avait rien vu (Biribi)” (Dante no vio nada. Biribi) del mismo año, “Chez les fous” (Casa de locos) y “La Chine en folie” (China enloquecida) en 1925, “Marselle, porte du sud” (Marsella, puerta del sur) y “Le chemin de Buenos Aires” (El camino de Buenos Aires) en 1927, “L'homme qui si s’évada” (El hombre que se fugó) en 1928, “Terre d'ébéne” (Tierra de ébano) en 1929, “Le juif errant est arrivé” (El judío errante ha llegado) en 1930, “Pécheurs de perles” (Pescadores de perlas) en 1931 y “Le terrorisme dans les Balkans” (El terrorismo en los Balcanes) en 1932. Póstumamente aparecieron varios volúmenes que recogían artículos suyos: “Histoires des grands chemins” (Historias de grandes caminos), una antología preparada por Edouard Helsey, en 1954; “Si je t'oublie, Constantinople” (Si te olvido, Constantinopla), que reúne los artículos sobre la campaña de los Dardanelos de 1915-1917, en 1974; y “Mourir pour Shanghai” (Morir por Shanghai), artículos sobre la guerra chino-japonesa de 1932, en 1984.


Pero, ¿cuál fue la génesis de las investigaciones de este formidable reportero? Veamos: diez años había esperado el capitán Alfred Dreyfus (1859-1935) por la revisión de su causa, el reconocimiento de su inocencia y su posterior rehabilitación gracias a la intervención del escritor Émile Zola (1840-1902) con su célebre artículo “J’accuse…!” (Yo acuso) publicado en el diario “L'Aurore” el 13 de enero de 1898 en su primera plana. Más esperó Eugène Dieudonné (1884-1944) y más hubiese esperado, de no haber sido por la providencial aparición en su vida de Albert Londres, el periodista que se había tomado el trabajo de viajar hasta la Isla du Diable.
¿Quién ignoraba la existencia de las colonias penales de la Guayana? Nadie, ya que todo el mundo había sabido de ellas desde que había estallado el caso Dreyfus. Funcionaban desde los días de la Revolución en la posesión francesa de América del Sur, donde los condenados se mezclaban con tuberculosos, leprosos, enfermos crónicos de todo pelaje y ancianos dementes. Las Islas de Royale, Saint Joseph y du Diable eran utilizadas para los presidiarios más duros. A los sentenciados a perpetuidad y los deportados se los instalaba en Cayena. Había habido allí presos famosos: el dramaturgo, ensayista y activista revolucionario Jean Marie Collot d'Herbois (1749-1796), enviado por sus pares en los días del Terror; el capitán Dreyfus; el oficial naval Benjamin Ullmo (1882-1957)...
En 1924, el más conocido era Eugène Dieudonné, aislado por sus reiteradas tentativas de fuga. Albert Londres había ido a visitarle, a él y a otro convicto, un anarquista llamado Paul Roussenq (1885-1949). La visita dio como resultado un reportaje sobre la isla du Diable. Londres tituló su trabajo, publicado en libro ese mismo año, “En el presidio”. Dieudonné estaba acusado de colaboración con la banda anarquista de Jules Bonnot (1876-1912), lo que no era verdad.
El éxito del reportaje de Albert Londres fue enorme: la opinión pública aún tenía el corazón sensible, los ministros todavía renunciaban por el escándalo jurídico y los poderosos temían a la agitación. Dieudonné llevaba dieciocho años en Cayena cuando se reconsideró su sumario y se le declaró inocente. Hubo un segundo libro sobre este preso. Londres sabía administrar su material y sólo en 1928 publicó “El hombre que se fugó”, con la historia de todas las evasiones fallidas del que ya era su personaje. Tiempo después y para completar el retrato del sistema carcelario francés realizó un par de visitas trascendentales: la primera, a las colonias penitenciarias del norte de África, a Biribi. El título del libro-reportaje resultante revela a las claras su contenido: “Dante no vio nada (Biribi)”. Y poco más tarde, con un criterio envidiablemente moderno, hizo la segunda: a los manicomios.
Sin embargo, el libro que lo haría trascender estaba aún por ser escrito y se referiría a los pormenores de la mala vida porteña de comienzos del siglo XX que giraban en torno de una organización judío-polaca de prostitución denominada Zwi Migdal, la que operó fructíferamente hasta la década de los ‘30 en Buenos Aires. Al principio, no era más que un grupo de rufianes polacos que descubrieron que la mayor parte de los inmigrantes que llegaban a las Américas a hacer fortuna eran hombres solos. Proporcionar mujeres circunstanciales, sanas y baratas a millones de hombres solitarios y encelados, tenía que ser el negocio del siglo.


Empezaron a exportar centenares de prostitutas de Varsovia a Nueva York, La Habana y Buenos Aires. No bastaba con las polacas de Varsovia. Las judías de aquella ciudad también podían ser utilizadas, aunque eso implicara asociar a los rufianes judíos. Asimismo buscaron fuera de las ciudades, en el campo y las aldeas, sobre todo las más pobres, las de los asentamientos judíos. Más tarde salieron de Polonia y recolectaron su cargamento humano en Bulgaria y en Rumania. Allí no iban a buscar prostitutas, sino jovencitas. Se las compraban a sus padres o las pedían en matrimonio, para llevárselas tras una falsa boda. Así, se fueron incorporando cada vez más rufianes judíos.
Zwi Migdal se fue convirtiendo poco a poco en una sociedad de rufianes judíos. Es una historia incómoda, de doble filo: algunos callan porque suponen que si se habla de la Migdal como de una mafia judía, que es lo que en realidad llegó a ser, se fomenta el antisemitismo; otros callan por motivos opuestos: si se dice que la miseria impulsó a miles y miles de muchachas judías a la prostitución, se acaba con el mito de los judíos como ricos usureros. Para aclararlo todo, están los textos de Albert Londres. La historia empezó para él cuando preparaba su libro sobre Marsella, “Marsella, puerta del sur", en 1926. Fue entonces cuando descubrió a los tratantes franceses, conversó con ellos, se enteró de su negocio y decidió seguir su línea de producción hasta el final, hasta uno de los puertos de destino, el más generoso para el oficio, el que más mujeres consumía: Buenos Aires.
“El camino de Buenos Aires” es un libro que posee todos los méritos del periodismo de investigación. Londres convivió con los rufianes franceses y con sus mujeres, fue a comer con ellos, a veces en las mismas casas en que las damas recibían a sus clientes: no los grandes burdeles, sino las casas en las que atendía una sola mujer. Eran las francesas, las más caras, ya que los hombres pagaban cinco pesos por unos minutos en su compañía. Bordeando la condición paria, la nada, estaban las putas criollas: un peso. Las de clase simplemente inferior, la gran mayoría, las populares, las razonables, eran las polacas: dos pesos.
Albert Londres cuenta sus historias, la seducción, la compra o la boda amañada y las formas de su trabajo que implicaba hasta setenta u ochenta hombres cada día. “El camino de Buenos Aires” propone una bifurcación: por un lado, la trata de blancas como tal; por el otro, la miseria original, el motor de todo aquello. Y explicaba lo que eran las aldeas judías de la Polonia rural. Un azar lo había llevado hasta ellas. Poco después regresaría y observaría las de Rumania y las de Bulgaria. El libro resultante se llamóEl judío errante ha llegado”. Pero ésa era la segunda de las sendas iniciadas en la bifurcación, la que se podía seguir después de recorrer la primera hasta su término y regresar. La primera pasa por África y por el Caribe y está narrada en “Tierra de ébano”. En 1925, mientras en Francia se publicaba “Casa de locos”, Albert Londres viajaba a China. “China enloquecida” se tituló el reportaje en que se cuenta esa visión.


La siguiente experiencia china de Albert Londres se realizó cuando estaba a punto de concluir la redacción de la anterior, en 1932. El año empezó con la noticia de la guerra chino-japonesa. El hombre que en el periódico "Matin" de París, en 1914, poco después de la batalla del Marne, se había iniciado como corresponsal en el frente, fue hasta allí e investigó. Descubrió cosas y las documentó con precisión. Entró en contacto con el ejército revolucionario y conversó con uno de sus dirigentes, el que se perfilaba como más lúcido, aún poco conocido: Mao Tse Tung (1893-1976). En China, Londres tomó notas. Dice la leyenda que murió por ellas.
Regresaba a Europa en el barco “Georges Philippard”. Una noche, el buque se incendió. Los pasajeros tenían esperanza de salvarse porque la tierra no estaba lejos. Apresuradamente, buscaron un lugar en los botes. Londres se ubicó en uno de ellos pero de pronto recordó sus sagradas posesiones, sus papeles que habían quedado en su camarote en el barco que se hundía. El periodista se echó al agua. Nunca más le volvieron ver. Con él, debe de haberse perdido un libro intenso, como todos los demás, pleno de contrastes, tenebroso, inclusive algo tremendista. Ese era su estilo. Sus críticos, envidioso quizás, acuñaron el término londrismo para referirse a él. Lo londrista tiene algo de violento, mucho de veraz, un toque de ingenuo asombro ante las cosas de la vida, cierta pompa retórica, una filosofía que es suma de sentido común y moral vulgar destinada a ganar público y una enorme fe en el valor del trabajo periodístico como factor de reforma de la sociedad y de la historia. El escritor argentino Roberto Arlt (1900-1942) le debe el discurso de uno de los personajes centrales de “Los siete locos”, Haffner, el Rufián Melancólico, que es calcado del de Vacabana, alias el Moro, de “El camino de Buenos Aires”.
El último capítulo de ese libro se titula “Nuestra responsabilidad” y Albert Londres escribió en él: “Me gustaría que me concedieran el honor de escucharme. Fui a la cárcel. Penetré en la casa de los locos. ¿Por qué? ¿Para contarles historias? Conozco muchas, más atractivas. A un hombre que desde hace quince años rueda sin cesar por el mundo, no le faltan historias. Quise bajar al foso al que la sociedad arroja lo que la amenaza. Y mirar lo que nadie quiere mirar. Juzgar la cosa juzgada. No he creído necesario dormir en paz sobre las mieles de la ley. Me pareció loable prestar una voz, por débil que fuese, a aquellos que no tenían el derecho de hablar. ¿Llegué a ser escuchado? No siempre. Los que viven sin cadenas, sin inconvenientes, los que comen todos los días, hacen tanto ruido que nadie percibe esas otras quejas, las que vienen de abajo”.
Albert Londres escribía en libretas pequeñas de hojas cuadriculadas, en agendas con calendarios de la década del ‘20 y en cuadernos azules con hojas rayadas. No usaba pluma, sino lápiz, y con letra grande anotaba ideas, descripciones y diálogos. “Un verdadero periodista debe saber escuchar y ver; el que sólo sepa escribir nunca será nada más que un escritor literario”, escribió en su libro “La traite des noirs” (La trata de negros). En vida fue descripto por la prensa francesa como un príncipe de los reporteros, un hombre que hacía de la locomoción su segunda patria, un as del reportaje y un ciudadano de los cinco continentes que encontraba su hogar en un camarote de barco o en cucheta de tren, y que apenas si pasaba por París, ciudad que consideraba un trampolín para saltar con un impulso nuevo hacia lo desconocido.


Su única hija, Florise Martinet Londres (1904-1975), a quien su padre le había enviado un telegrama desde Shanghai pidiéndole que lo fuera a buscar al puerto cuando llegara, creó un premio en 1933, un año después del incendio de barco, en honor a su padre. El Prix Albert Londres todavía existe y es el premio de periodismo más antiguo de Europa. Se financió durante años con la herencia que él dejó y las regalías de sus libros. El premio, que suele comparárselo con el Pulitzer de Estados Unidos, es una medalla (cuyo diseño con imágenes de luz y oscuridad es una alegoría de la vida de Londres) y la suma de 3.000 euros. Entre sus ganadores figuran los prestigiosos periodistas Jean Gérard Fleury (1905-2002), Jean Lartéguy (1920-2011), Marie Monique Robin (1960) y Philippe Broussard (1963).

17 de julio de 2019

Acerca de la manipulación de la realidad


Para la Real Academia Española, existen tres acepciones de la palabra “realidad”: 1. existencia real y efectiva de algo; 2. verdad, lo que ocurre verdaderamente, y 3. lo que es efectivo o tiene valor práctico, en contraposición con lo fantástico e ilusorio. El filósofo español José Ferrater Mora (1912-1991), por otra parte, decía en su “Diccionario de Filosofía” que la realidad es “la totalidad de hechos posibles y expresables mediante el conjunto de proposiciones con sentido, tanto las verdaderas como las falsas”. Desde luego, la realidad es un concepto que tiene no sólo varias acepciones sino también múltiples aplicaciones en todas las áreas de pensamiento humano, tanto filosófico como científico, tecnológico, político o sociológico.
En cuanto a la Filosofía, ya en el siglo V a.C. el filósofo jónico Heráclito de Éfeso (540-470 a.C.) expresaba de modo metafórico que la realidad no era más que el devenir, una incesante transformación. Tiempo después, Aristóteles de Estagira (384-322 a. C.) decía en Atenas que la realidad era la forma en que se manifestaba la verdadera existencia, algo concreto que formaba parte del mundo sensible y material. Mucho más adelante, en el siglo XVII, el filósofo francés René Descartes (1596-1650) aseguraba en sus “Méditations metaphysiques” (Meditaciones metafísicas) que la realidad existía únicamente en la conciencia del individuo. Cercanos a esta idea del Idealismo, los filósofos George Berkeley (1685-1753) y Johann Fichte (1762-1814) atribuirían un papel clave a la mente para el conocimiento de la realidad ya que, al estar ésta fuera de aquella no era comprensible en sí misma.


Para Georg W.F. Hegel (1770-1831), el pensamiento era el creador de la realidad. En su “Phänomenologie des geistes” (Fenomenología del espíritu) afirmaba que la realidad era la unidad de la esencia y la existencia. En cambio, para los exponentes del Materialismo, para explicar la realidad era necesario analizar cómo se generaba algo a partir de sus componentes materiales. En su tratado “De corpore” (Tratado sobre el cuerpo), el filósofo inglés Thomas Hobbes (1588-1679) sostenía que el único objeto de conocimiento era lo corporal, pues sólo las cosas que actúan o sufren la acción de otro componen la realidad. La causa de sus cambios y movimientos tenía lugar por el enfrentamiento de los elementos inherentes a la propia materia y a sus continuas contradicciones.
Los albores del siglo XX fueron una época dorada para la Física. En aquellos años aparecieron novedosas teorías para explicar el mundo de formas radicalmente nuevas, un prodigio que no se veía desde la revolución científica del siglo XVII liderada por Galileo Galilei (1564-1642), Johannes Kepler (1571-1630) e Isaac Newton (1643-1727). El punto más alto de ese período -y quizá el que marcó su fin- fue el Congreso Solvay de 1927, un ciclo de conferencias científicas organizadas en Bruselas por el químico industrial belga Ernest Solvay (1838-1922) a la que asistieron personalidades notables de la ciencia como Hendrik Lorentz (1853-1928), Max Planck (1858-1947), Niels Bohr (1885-1962), Marie Curie (1867-1934), Albert Einstein (1879-1955) y Erwin Schrödinger (1887-1961), por citar a los más conocidos.
Estas conferencias marcaron una trascendental lucha por describir la naturaleza misma de la realidad, refiriéndose, claro, a la naturaleza física de la misma. Para algunos había que hacerlo desde la visión clásica de la causalidad, esto es, la relación entre causa y efecto, y para otros debía hacérselo introduciendo las novedosas teorías de la mecánica cuántica, aquella que analiza el comportamiento de la materia de acuerdo a los diferentes entornos y situaciones.


Por entonces el médico neurólogo austriaco Sigmund Freud (1856-1939), desde un ángulo completamente distinto, buscaba demostrar que el psicoanálisis era capaz de dar cuenta de la realidad de una manera verificable empíricamente. En su obra de 1915 “Das unbewusste” (Lo inconsciente), se preguntaba cuál era la naturaleza de la realidad y cómo influía en ella la experiencia humana y su comunicación entre las personas. Para el padre del psicoanálisis, era justificable suponer que la creencia en la realidad estaba relacionada con la percepción a través de los sentidos. La relación de los seres humanos con el mundo externo, es decir, con la realidad, dependía de la habilidad para diferenciar entre la percepción y la idea que se tuviera de la misma.
Pero, más allá de las disquisiciones científicas, provengan éstas de la Filosofía, de la Física o del Psicoanálisis, para un ser humano común y corriente hay preguntas que parecerían no tener respuesta. ¿Qué es la realidad? ¿Cómo la definimos? ¿Cuántas realidades hay? ¿Cada quien tiene su propia realidad? Con el paso de los años, diversos estudios aparecidos parecen demostrar de manera contundente que la naturaleza de la realidad no es objetiva sino que depende de quién la esté mirando.
Desde un punto de vista relacionado con la vida cotidiana de las personas, acercándonos ya al final de las dos primeras décadas del siglo XXI, pareciera ser que ser hoy realista no significase más que conformarse con las ideas sobre la realidad que pregonan las clases dominantes, incluso si esas ideas son constantemente refutadas y desmentidas por la propia realidad.
Hasta resulta grotesco advertir que, cuánto más tonta es una idea dominante, tanto más es aceptada como una verdad obvia y, por ende, consentida por un sinnúmero de apáticos conformistas. Pseudo filósofos, soberbios economistas, engreídos historiadores y vanidosos sociólogos, al amparo de los medios masivos de comunicación (¿o debería llamárselos de manipulación?), repiten constantemente el disparate de la completa y definitiva victoria del capitalismo liberal o de la singular eficacia de la globalización y financiarización de la economía mundial, a pesar de que los hechos demuestran cada día que pasa los nefastos resultados de tales políticas.


En medio de esta aberrante realidad, no dejan de aparecer supuestos intelectuales que discrepan con estas posturas y presentan irrisorias alternativas sólo modificando o retocando los mismos disparates que, más temprano que tarde, resultan incluso peores. Ridículamente repiten constantemente que, si  bien las actuales políticas económicas no son las mejores, no caben dudas de que el capitalismo es el único sistema posible por un período indefinido de tiempo y que es inevitable la supremacía de los intangibles mercados dada su supuestamente probada superioridad sobre cualquier otra alternativa para manejar la economía.
Todas estas pretensiones de realismo son definitivamente el polo opuesto de lo que, según el materialismo histórico, es realmente el realismo, aquello que en 1923 en su “Novyy kurs” (El nuevo curso) León Trotsky (1879-1940) llamaba “la forma de evaluación cuantitativa y cualitativa más elevada de la realidad objetiva con todas sus contradicciones en transición y en constante movimiento y cambio”.
Casi un siglo y medio antes, el filósofo prusiano Immanuel Kant (1724-1804) afirmaba en “Kritik der reinen vernunft” (Crítica de la razón pura) que la realidad “es lo que la mente humana percibe a través de los sentidos” y se basaba en el aspecto externo de lo que se ve o se sabe, de lo que nos dicen o no nos dicen. Y, posiblemente, tal afirmación tenga hoy más vigencia que nunca si se piensa en el rol de los medios de comunicación, los que cumplen una función preponderante en la manera de intervenir en la realidad según lo que dicen o no dicen, lo que callan, lo que ocultan o lo que tergiversan de acuerdo a sus intereses corporativos.
De manera premonitoria, a mediados del siglo XVII el filósofo holandés Baruch Spinoza (1632-1677) manifestaba en “Ethica ordine geometrico demonstrata” (Ética demostrada según el orden geométrico) que los hombres se creen libres porque son conscientes de sus deseos, pero en realidad ignoran las causas por las cuales tienen esos deseos. En la realidad contemporánea, en la que las variables que afectan a la formación de los individuos son algunas como el consumismo, la desinformación, la publicidad o el miedo, es razonable preguntarse si, efectivamente, cada persona es libre de tomar la decisión que quiera, sobre todo en la actualidad, cuando la forma preponderante de la objetividad manifiesta las ilusiones dominantes de las clases dirigentes a través de la retórica de la propaganda.
Allá por 1846, Karl Marx (1818-1883) y Friedrich Engels (1820-1895) decían en “Die deutsche ideologie” (La ideología alemana) que las ideas preponderantes en cada época eran las de la clase dominante. Para los filósofos alemanes, esta clase, al controlar los medios de producción material, también controlaba los medios de la producción mental, imponiendo así dichas ideas al resto de la sociedad. Hoy, la omnipotencia de las últimas tecnologías informáticas controladas por el gran capital financiero que gobierna en un mundo globalizado más allá de la vieja sociedad industrial de la que hablaban Marx y Engels, sustenta el imaginario social y constituye la quintaesencia del realismo en nuestros días.


Sin embargo este es un fenómeno novedoso sólo por el notable desarrollo del procesamiento automático de información mediante dispositivos electrónicos y sistemas de computación, pero no lo es desde el punto de vista de sus objetivos. Hace algo más de ochenta años, Joseph Goebbels (1897-1945), ministro para la Ilustración Pública y Propaganda del Tercer Reich, se apoderó de la supervisión de los medios de comunicación, las artes y la información en la Alemania nazi con el fin de controlar todos los aspectos de la vida cultural e intelectual de los alemanes. Utilizando con fines propagandísticos la prensa escrita y los medios de comunicación relativamente nuevos por entonces como la radio y el cine, Goebbels consiguió que la figura de Adolf Hitler (1889-1945) empezara a tomar un cariz distinto de cara a la sociedad. Pasó de ser un criminal que había sido encarcelado por atentar contra el Estado a ser un mártir que fuera arrestado por las fuerzas comunistas y socialistas que estaban siendo controladas desde Moscú. Mediante el desarrollo de sistemáticas campañas de desprestigio, falsedades y desinformación, poco a poco fue creando una singular realidad: la que se adecuaba a los objetivos del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán.
Este episodio histórico podría parecer obsoleto, anticuado; sin embargo esa caracterización es sólo aparente y superficial pues, en el fondo, todo proceso histórico está determinado por similares intereses y conflictos. Ya lo advertía el escritor y periodista británico George Orwell (1903-1950) en su ensayo “Politics and the english language” (La política y la lengua inglesa), publicado en 1946: “El lenguaje político tiene como objetivo hacer que las mentiras suenen verdaderas”. Hoy en día, la realidad está estigmatizada por ese dualismo perverso hasta tal punto que pareciera que los hechos objetivos no existen, lo que nos retrotrae al principio de la transposición goebbeliano que rezaba “Si no puedes negar las malas noticias, inventa otras que las distraigan”.
El lingüista y filósofo estadounidense Noam Chomsky (1928) viene desde hace varias décadas ocupándose de este tema. Lo hizo en “Necessary illusions. Thought control in democratic societies” (Ilusiones necesarias. Control del pensamiento en las sociedades democráticas), en “Propaganda and control of the public mind” (La propaganda y el control de la opinión pública) y en “Silent weapons for quiet wars” (Armas silenciosas para guerras tranquilas). En este último, habla de las estrategias de manipulación mediática entre las que cita aquella consistente en desviar la atención del público de los problemas importantes y de los cambios decididos por las elites políticas y económicas, mediante la técnica de la propagación de continuas distracciones y de informaciones insignificantes.
Las calañas gobernantes utilizan estas tácticas para tomar medidas impopulares que son presentadas como “dolorosas y necesarias” y que implicarán un sacrificio inmediato, pero siempre bajo la promesa de que “todo irá mejorar mañana” si el pueblo se sacrifica, ya que dichas medidas no harán más que “beneficiar a la patria”. Una estrategia que hace uso del aspecto emocional en desmedro del análisis racional para lograr el socavamiento del sentido crítico de los individuos. Por supuesto, lo que no se dice es que la inmensa mayoría de esas resoluciones beneficiarán a las clases dominantes en el corto plazo y no serán ellas, precisamente, las que tendrán que sacrificarse.
Desde ya no están solos en esta ímproba tarea. Guiados por la ideología, intereses personales o políticos, capitanes de la industria, periodistas, voceros de las cámaras de comercio, sindicatos e incluso economistas académicos toman posición con absoluta confianza, a menudo para engañar al público de acuerdo con sus propios intereses, y convenientemente cambian de forma repentina, otra vez, de acuerdo con sus intereses en un nuevo escenario. Así, logran en definitiva crear una supuesta realidad.


El prolífico escritor estadounidense Philip K. Dick (1928-1982) decía que “el instrumento básico para la manipulación de la realidad es la manipulación de las palabras. Si uno puede controlar el significado de las palabras puede controlar a la gente que utiliza esas palabras”. Es por eso que la educación juega un rol preponderante. Cuánto más pobre y mediocre sea la que se brinde a las clases subalternas y desposeídas, más reducida será su capacidad para advertir esas maniobras y más sencillo le resultará a la oligarquía aplicarlas. Nada es fortuito. No existe la casualidad, lo que existe es la causalidad, tal como decía el antes mencionado Immanuel Kant en su “Kritik der praktischen vernunft” (Crítica de la razón práctica) hace casi dos siglos y medio atrás.
El poeta español Ramón de Campoamor (1817-1901) decía en uno de sus poemas que “En este mundo traidor / nada es verdad ni es mentira, / todo es según el color / del cristal con que se mira”. Hoy, sin duda alguna, ese cristal es aleado por las camarillas oligárquicas que gobiernan en todas partes. Aquellas que actúan en consonancia con el 1% de los ricos del mundo que acumula el 82% de la riqueza global. Para ello cuentan con la notable incidencia de los medios de comunicación virtuales, llámense televisión, radio o redes sociales, los que, subordinados a poderosos grupos empresariales, son los responsables de crear la realidad como una entidad inmutable.
Cuando uno llega a tener un concepto de realidad mínimamente aproximado a los hechos, dispone de algo que es absolutamente indispensable: el conocimiento de lo que significa la condición de ser humano. Cuando el ser humano sabe lo que él es y comprende su naturaleza y su funcionalidad, está en posesión de recursos que le van a permitir tomar conciencia de sí mismo y establecer una relación objetiva con la realidad. En un momento en el que la información juega un papel de primera magnitud y es capaz de determinar el contenido y el rumbo de la política a todos los niveles, está en cada uno de nosotros determinar cuán peligrosa puede resultar la manipulación de esta información por parte de quienes distorsionan la realidad para ampliar su poder e incrementar sus beneficios.