22 de julio de 2026

Alejandro Horowicz: “Estamos en una sociedad en caída libre, no hay muchas sociedades en el mundo homologables a la sociedad argentina” (2/2)

Alejandro Horowicz ha participado en numerosas antologías tanto como autor en varias ocasiones, y como editor y compilador en otras. Entre estas obras pueden mencionarse “¡Libertad, muera el tirano!”, “Posjudaísmo. Debates sobre lo judío en el siglo XXI”, “La batalla por la renta”, “Conversaciones ante la máquina. Para salir del consenso desarrollista”, “Qué queda de los cuatro peronismos” y “Plaza Tomada. ¿Qué tiene para decirnos hoy el mítico 17 de octubre?”, obras todas ellas en las que participaron prestigiosos historiadores, sociólogos, filósofos, escritores, antropólogos y críticos literarios. Entre ellos, por citar sólo algunos de la extensa nómina, figuran León Rozitchner (1924-2011), Norberto Galasso (1936), Daniel Muchnik (1941-2021), Silvia Bleichmar (1944-2007), Horacio González (1944-2021), Tomás Abraham (1946), Eduardo Gruner (1946), Gabriela Massuh (1951), Rita Segato (1951), Elsa Drucaroff (1957), Ricardo Forster (1957), Luis Chitarroni (1958-2023), Felipe Pigna (1959), Dardo Scavino (1964), María Pía López (1969) y Macarena Marey (1978).


Quien alguna vez expresó que “las ganancias son privadas, las pérdidas son de todos, hay un socialismo al revés”, recalca en la segunda parte del compendio de entrevistas la mutación de la Argentina desde un país productivo y con mercado interno a una nación signada por la reprimarización, el endeudamiento externo cíclico y la fuga de capitales, un proceso de reorganización económica estructural que sigue operando bajo la piel de la democracia actual.
 
¿Qué lectura hace de la Argentina de hoy?
 
El gobierno de Milei tiene una lógica manifiesta que ya era clara cuando era candidato. Lo que en un candidato podía festejarse, en un presidente empieza a sufrirse. Y cuando se vuelve evidente que el camino elegido conduce exactamente al lugar al que era obvio que iba a conducir, empieza a aparecer el fenómeno de la desesperanza entre quienes creyeron en ese camino y en ese presidente. Milei reúne a los peores elementos de la casta. Su gobierno marcha hacia una catástrofe obvia y anunciada. No hay ninguna sorpresa en el comportamiento de alguien que siempre tuvo el mismo comportamiento. Hay una obviedad en cualquier análisis histórico-político: nada de lo que sucede puede separarse de lo que sucedió. Sin embargo, esta obviedad no es asumida políticamente por nadie.
 
¿Qué quiere decir con eso?
 
Milei es la puesta en valor de toda la casta. Cuando uno dice lo que vale Milei, lo que está diciendo es que la casta vale menos que eso. ¿Cómo explicar, si no, que alguien sin trayectoria política, que hasta hace pocos años era un oscuro panelista, haya derrotado a las fuerzas que gobernaron la Argentina durante décadas? Y no hablo sólo de las limitaciones léxicas de un discurso que difícilmente supere las quinientas palabras articuladas, sino de una manifiesta incapacidad para comprender los problemas de la política internacional. Esa es, precisamente, la dimensión del problema.
 
¿Por qué pone el foco en la esfera internacional?
 
La proximidad de un presidente argentino con Israel resulta llamativa, más allá del gobierno israelí de turno. Esa no es la cuestión. Israel tiene importancia en Medio Oriente, pero la Argentina no juega allí el eje de su política exterior. Eso no significa que no deba mantener relaciones con los países de esa región, sino que, difícilmente, Medio Oriente forme parte de las cinco prioridades de una cancillería con un programa de política exterior.
 
¿Qué indica el gobierno con ello?
 
Que no tiene ningún programa. Cuando alguien disputa en esa cancha, queda claro en qué canchas no disputa. Ese es el primer punto. Y es un punto del que la política argentina no se termina de anoticiar. Una sociedad que hace cinco décadas no discute absolutamente nada hace mucho tiempo que no vale gran cosa.
 
¿En qué momento la sociedad dejó de discutir y por qué?
 
Cuando se observan los debates de la sociedad argentina desde 1976 en adelante, uno advierte que pueden dividirse en dos términos. El primero: la idea de que la dictadura burguesa y terrorista iba a resolver las cuestiones del desorden de la sociedad argentina. Eso no lo pensaban cuatro gatos locos: lo pensaba la mayoría de la sociedad argentina y el conjunto de los partidos parlamentarios. Conviene recordar cuando, en 1977, 1978, 1979, los dirigentes de esas fuerzas políticas explicaban que no querían que los militares fracasaran. Pues bien, cuando alguien quiere que una política semejante no fracase, está diciendo qué política respalda. La continuidad del peronismo y del radicalismo desde 1975 en adelante es absolutamente clara, y se ve en los candidatos de 1983.
 
¿Qué políticas marcan esa continuidad?
 
Luder es el hombre que firmó, en octubre de 1975, el decreto por el cual había que exterminar a la subversión. Lo hizo como presidente provisional del Senado, a cargo del Poder Ejecutivo. En 1983, en su condición de profesor de Derecho Constitucional, nos explicó que, como los militares habían pergeñado una ley -que, por cierto, el Congreso podía derogar-, desde el punto de vista del derecho, habiendo dos leyes en conflicto, la que corresponde aplicar es la que beneficia al reo. Nos informó en 1983 que iba a ser la impunidad absoluta. De modo que, cuando uno mira el comportamiento del peronismo hasta el estallido de 2001, ve claramente una línea que no es una opinión de un candidato, es una política en ejercicio. Cuando uno mira a Alfonsín, ve exactamente lo mismo.
 
¿A qué se refiere, puntualmente?
 
Alfonsín explicó que había que distinguir entre los que impartieron las órdenes, los que las cumplieron y los que se excedieron. ¿Cómo alguien se excede en una orden de destrucción “ad nihilum”? Voy a dejarlo a cargo de la imaginación de cada uno. Esta diferenciación requiere que la orden sea legal. Si la orden no es legal, la responsabilidad de cada uno de los que ejecuta una orden ilegal -y, obviamente, inconstitucional, por no decir anticonstitucional-, es completa. Cualquiera que lea el Artículo 67 de la Constitución Nacional ve que no es atribución del Poder Ejecutivo intervenir militarmente una provincia, y que es una atribución específica del Congreso. Ahora bien, el Congreso funcionaba cuando funcionaba la escuelita de Famaillá, y una delegación parlamentaria la visitó y dijo que era magnífica la tarea que estaban realizando. De modo que la continuidad resulta evidente. El estallido de 2001 no deja dudas.
 
¿Qué reveló ese momento bisagra de 2001?
 
El estallido de 2001 demuestra la inviabilidad del modelo establecido. Ahora bien, ese estallido estuvo precedido por dos hiperinflaciones y, entre 1975 y 1991, por un período en el que la inflación nunca fue inferior al 100% anual durante dieciséis años consecutivos. Esto nos lleva a un primer punto, de carácter contable. Cualquier empresa que deba elaborar un balance sabe que, si acumula más de un 100% de inflación en tres años, se encuentra en un proceso hiperinflacionario. En la Argentina, ese nivel de inflación se registraba en apenas un año. Lo que estamos diciendo, entonces, es que durante dieciséis años el experimento económico consistió en una hiperinflación permanente, con una clara intencionalidad.
 
¿Cuál?
 
Una hiperinflación sirve para reasignar la distribución del ingreso. Si uno observa la participación de los asalariados en el ingreso nacional entre mediados de la década de 1940 y el Rodrigazo de 1975, durante aproximadamente treinta años representó entre el 42% y el 48% del producto. A partir de entonces, el producto per cápita dejó de crecer y comenzó a disminuir, mientras que la participación de los asalariados se redujo prácticamente a la mitad. Esa es la operación que inaugura el Rodrigazo y que José Alfredo Martínez de Hoz, terror mediante, consolida hasta 1991. Por eso sostengo que la continuidad es una evidencia manifiesta, no una cuestión sujeta a debate ideológico. La política argentina no ha hecho más que reproducir, y amplificar, esa misma crisis.
 
Sostiene que “la caída de la calidad educativa va de la mano con la degradación del debate político” y que esa degradación en buena medida explica la llegada de Milei a la presidencia.
 
Cuando uno observa las condiciones con las que un chico sale de la primaria o la secundaria, se queda aterrado. Y entonces entiende por qué Milei tiene en esa masa de jóvenes una de sus principales bases de sustentación. En su mayoría, sus votantes son jóvenes y adultos jóvenes formados en un sistema educativo deteriorado desde hace décadas. Lo que tenemos a la vista es la destrucción del proceso educativo. Y sin una educación crítica no puede haber debate democrático. Esta situación no comenzó la semana pasada.
 
¿Cuándo empezó?
 
La reforma educativa de Menem marca el punto donde la catástrofe ya no tiene vuelta atrás. Pero digamos que cuando Alfonsín intenta hacer un congreso pedagógico y la Iglesia Católica vence en el congreso pedagógico, no nos está diciendo poco sobre el debate de la calidad educativa. La Iglesia Católica se ha opuesto sistemáticamente a la educación de las mujeres. Hay doscientos cincuenta capellanes militares cómplices de todo el proceso. ¿A Von Wernich lo expulsaron de la Iglesia? No. Esto es una política sistemática. Dicho con enorme sencillez, aquí lo que queda en pie es muy poquito y hay que ser casi un arqueólogo del conocimiento para ver qué sobrevive.
 
Si, como dice, queda muy poco en pie, ¿desde dónde puede reconstruirse la política?
 
Cuando uno mira el 2001, uno ve un estallido sistémico, no la resistencia popular. Esto no quiere decir que no exista resistencia popular, pero no es una resistencia política. Para que una resistencia sea política, tiene que saber que las palabras no se defienden sólo con palabras. Y cuando detrás de las palabras sólo hay otro montoncito de palabras, tenemos un abogado liberal con el código en la mano. Aquí, en serio, habla muy poca gente; la mayor parte “blablea”. Y, a la hora de la verdad, ¿cómo nos damos cuenta de que “blablean”? En que son intercambiables. Vemos una profundización de la decadencia política; vemos que, crecientemente, un sector mayoritario de la sociedad no sólo descree de las posibilidades de la política, sino que la primera mayoría de la sociedad no vota.
 
¿Entonces?
 
Si esperamos que de este orden político salga un candidato, estamos entendiendo mal el problema. El secreto es que este orden político produce estos candidatos. Nunca digo que son iguales; digo que son intercambiables, que no es lo mismo. Intercambiables es una función; igualdad es una consistencia interna. Yo no tengo ninguna duda de que Kicillof no es Scioli. Y esto la sociedad argentina lo sabe perfectamente. El tema es cuando uno mira las propuestas y ve que sólo se diferencian en cómo ganar las elecciones. Cuando alguien dice que va a frenar a Milei en el Congreso, uno se tiene que preguntar si lo están tomando por un idiota genéticamente perfecto, porque cuando Milei tenía una minoría de la minoría parlamentaria, ¿qué fue lo que le impidió ese Congreso? Nada. Entonces está muy claro que la estructura electoral no corrige nada; simplemente premia a quienes son integrantes conspicuos de la casta. ¿Y cuál es el concepto que organiza todo esto desde el ‘76 hasta acá? Botín de guerra.
 
¿A qué se refiere con “botín de guerra”?
 
Cuando llegaba una patota a tu casa en el ‘76, en la puerta podía aparecer un camión de mudanza y se llevaban todo. Era público que todo eso se vendía. Sin embargo, en los juicios contra los responsables militares, este tema no fue parte de las causas: nadie tuvo que devolver una moneda. Cuando uno mira el patrimonio que declaran nuestros representantes, llega a una comprobación muy sencilla: o llegaron ahí dejando de ser pobres gracias al botín de guerra, o gracias al botín de guerra llegaron ahí. El botín de guerra es un trofeo que se exhibe. La descomposición personal no es un fenómeno de Adorni. No tengo la más mínima duda de que Adorni no puede explicar nada. Esto no es un caso; es un patrón.
 
Su último libro, “Plaza tomada”, reúne una serie de intervenciones que interrogan los episodios del ‘45 para traerlo al presente y volverlo campo de análisis. ¿Qué tiene para decirnos hoy el mítico 17 de octubre? ¿Cómo abordar el texto en clave contemporánea?
 
Sabemos que los desiertos son una construcción. Miremos la Campaña del Desierto: no había ningún desierto. Simplemente nos estaban informando qué iba a pasar cuando terminara la Campaña. ¿Qué es lo que está pasando aquí? Este es el desierto que hemos sabido construir, y de este desierto sólo se sale de abajo para arriba. Necesitamos una nueva invención popular. El peronismo fue una invención popular. El 17 de octubre no lo inventa Perón; el 17 de octubre inventa a Perón. Mientras la sociedad argentina siga buscando un salvador, lo único que va a encontrar es una catástrofe. Tenemos una sociedad desarmada y despolitizada. Lo que tenemos hoy es un orden político en el que una mayoría de la sociedad obedece a rajatabla.
 
¿Qué revelan aquellos episodios sobre la capacidad ciudadana para empujar cambios políticos?
 
Como eso está documentado, es interesantísimo. “Plaza tomada” incluye las actas del Comité Central Confederal del 16 de octubre de 1945. ¿Qué nos permiten mirar esas actas? Una discusión política. Podemos ver entre los dirigentes obreros de ese momento una comprensión de qué está sucediendo. Sin embargo, es muy interesante que esa discusión se libra el 16 de octubre, es decir, los que discuten no deciden. El movimiento ya está en marcha y decidió solo, no esperó que el Comité Central Confederal determinara qué había que hacer. Le impuso al Comité Central sus propios términos. Más plebeyo no puede ser. El 17 de octubre es el día del estallido final. El asunto empezó el 14, el 13, depende en dónde. En Berisso empezaron a moverse bastante antes, y esto fue construyendo un fenómeno de contagio político, que era por abajo. Confiaban en sus propias posibilidades, en su aptitud directa, en su capacidad de transformación política. Inventaron otra cosa. Esa otra cosa que inventaron modificó el orden político, e hizo que entre 1946 y 1975 en la Argentina la cosa fuera bastante distinta, que a nosotros no nos satisfizo cómo era, sin duda.
 
Previamente se refirió al deterioro educativo. ¿Qué relación encuentra entre esa crisis y la dificultad para formar cuadros políticos?
 
Sin duda, hay relación. Un liberal cree que un cuadro político es alguien que tiene una biblioteca importante leída. No es que eso esté mal: esa persona está políticamente educada, tiene una formación política. Pero eso no quiere decir que sea un cuadro político. Un cuadro político es un cuadro de una política. Si vos no tenés una política, no tenés cuadros políticos.
 
El problema entonces no es sólo educativo sino también político…
 
Lo que vemos hoy, y por eso son intercambiables, es que la política no está en discusión. La política es un arte de ejecución; es decir, es básicamente la administración de lo dado. Y cualquiera que sirve para administrar lo dado sirve y punto. Aquí no estamos discutiendo la administración de lo dado. Aquí estamos discutiendo las condiciones en que se constituye un orden social vivible para nosotros. Y está muy claro a qué nos condena este orden social. El problema es el desarme de la voluntad de transformación, la derrota no asumida. No digo que no haya pasado nada ni que todo sea igual. Estoy diciendo que un montoncito de palabras no se defiende con otro montoncito de palabras. Para que exista una ley que permite a una mujer, en determinadas condiciones, abortar hubo que mover decenas de miles en la calle para una ley que, en un sentido liberal básico, no merece ser discutida.
 
¿Qué se necesita para rearmar esa voluntad de transformación de la que habla?
 
Deseo. Si algo nos enseña el psicoanálisis es que los seres humanos tenemos una relación muy complicada con nuestro propio deseo. Cuando uno observa el comportamiento social colectivo de la sociedad argentina, ve un derrumbe del deseo. Pero el deseo también es una decisión política. No hay una decisión de vivir en serio. Cuando uno mira las películas de los zombis, si tuviera que hacer una analogía, siempre se me ocurre que un zombi se parece a un hombre políticamente desarmado: está vivo, pero está muerto.

Alejandro Horowicz: “Estamos en una sociedad en caída libre, no hay muchas sociedades en el mundo homologables a la sociedad argentina” (1/2)

El sociólogo, ensayista y periodista argentino Alejandro Horowicz nació en Buenos Aires en 1949. Estudió Sociología en la Universidad de Buenos Aires, donde obtuvo el doctorado en Ciencias Sociales con una tesis sobre la dinámica de los golpes de Estado en la Argentina. En los años ‘70 fue un activo militante político e integró la Junta Ejecutiva de la Federación Universitaria Argentina (FUA) como secretario de relaciones internacionales. Por entonces se formó en el periodismo de la mano del prestigioso periodista y fundador de varios medios de prensa Jacobo Timerman (1923-1999) y, a lo largo de los años, publicó numerosas columnas en los diarios “Clarín”, “Infobae”, “La Opinión”, “Perfil” y “Tiempo Argentino”, y colaboró en importantes revistas de análisis político, cultural y económico entre las que se pueden mencionar “Anfibia”, “Competencia”, “Consignas”, “Contraeditorial”, “Convicción”, “Crisis”, “Jacobin”, “Primera Plana” y “Sur”.
En los años ‘90 ingresó en la docencia universitaria en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, donde fue profesor titular en la Carrera de Sociología. En esa época dirigió la colección “Espejo de la Argentina” de la editorial Planeta creada por el escritor, periodista y asesor literario Juan Forn (1959-2021), y también la colección “Historia Crítica de la Literatura Argentina” de la editorial Emecé a cargo del escritor, crítico literario y profesor universitario Noé Jitrik (1928-2022). Actualmente ejerce el mismo cargo en “Contracorrientes. Pensar la Historia” de Marea Editorial, una publicación que comprende una serie de títulos clave para abordar la política, la literatura y el pensamiento en el contexto de la Argentina actual.
Es autor de los ensayos “Los cuatro peronismos”, “El país que estalló. Antecedentes para una historia argentina (1806-1820)”, “Las dictaduras argentinas. Historia de una frustración nacional”, “El huracán rojo. De Francia a Rusia. 1789-1917”, “El kirchnerismo desarmado. La larga agonía del cuarto peronismo” y “Lenin y Trotsky. Los dragones de Marx”. También ha publicado, en coautoría con el filósofo italiano Toni Negri (1933-2023), “Diálogo sobre la globalización, la multitud y la experiencia argentina”.


Lo que sigue a continuación es la primera parte de fragmentos de las entrevistas publicadas en los sitios web “4Palabras.com” y “Globalter.com” el 22 de marzo y el 21 de julio de 2026 a cargo de Manuel Barrientos y Cecilia Valdez respectivamente, y el texto completo de la publicada el 13 de julio de 2026 en el diario “Página/12” a cargo de Bárbara Schijman.
 
Una de las tesis centrales de “Las dictaduras argentinas. Historia de una frustración nacional” plantea que el verdadero objetivo (y el resultado) de la última dictadura fue implantar un proceso de concentración económica muy fuerte. ¿Cómo podría ilustrar eso?
 
En 1986 salió un trabajo de Miguel Khavisse, Eduardo Basualdo y Daniel Aspiazu llamado “El nuevo poder económico en la Argentina de los años ‘80”, donde quedaba claro que treinta grupos transnacionalizados gobernaban el 70% del producto del país. Pero estamos ante un país que, no sólo con este nivel de concentración, sino que tiene además un sistema de exportación continua de capitales al que denominamos “fuga”. Cuando uno quiere entender por qué la Argentina tiene una sociedad empobrecida es porque el bloque de clases dominantes transfiere al sistema financiero internacional una parte muy importante del excedente que obtiene el país.
 
Uno de los personajes fundamentales que analiza es Martínez de Hoz. Incluso hay una cita suya que habla de que la dictadura, principalmente, impulsó un “cambio de mentalidad”. ¿Cuáles son las ideas que vino a erradicar?
 
Lo que a mí me resulta muy claro es qué se hizo con el ‘76 y qué no se hizo. Entre las muchas cosas que no se hicieron, en un país tan preocupado por la corrupción, es que el botín de guerra de aquellos que se beneficiaron con el saqueo militar directo no fue confiscado una sola vez. Jamás nadie se ocupó de semejante cosa. La noción de “botín de guerra” es la que transformó la sociedad argentina, porque las sociedades no son los valores que se proclaman de modo abstracto sino los valores que se practican. Eso representa que puedo chorear todo lo que puedo chorear y que no tengo ningún obstáculo en hacerlo. Esta es la noción central que se derramó desde el bloque de clases dominantes. Y se ve todo el tiempo en las cosas más pequeñas y en las más grandes también. El botín de guerra es tomar todo aquello que yo pueda quedarme, no importa el modo, ya sea a través de un método como $Libra o con un control monopólico de un negocio.
 
El 19 y 20 de diciembre de 2001 muchos pensaron que era el fin de la post dictadura. ¿Qué pasó con eso? ¿Seguimos en la post dictadura?
 
El 19 y 20 de diciembre la consigna fue “que se vayan todos”. No sólo no se fueron sino que hoy gobiernan los peores de la casta que en ese momento la explosión hizo irse a su casa por un rato. Y a quienes se les impedía caminar por la calle. Fue la comprensión -que la sociedad argentina tuvo durante un rato- que todo esto era un continuo que había comenzado ni más ni menos que con Martínez de Hoz y con el Rodrigazo un rato antes. Porque la dictadura burguesa terrorista de 1976 lo que hace es estabilizar las condiciones del Rodrigazo y modificar la estructura financiera argentina de manera definitiva a través de la nueva ley de entidades financieras que se dicta en 1977 y que sigue vigente. De modo que el hilo de continuidad es estructural. El problema es que la productividad social del trabajo en la Argentina es muchísimo más baja que en todas las ramas del mercado mundial salvo contadísimas excepciones. Es decir, como no podemos porque no invertimos; y no invertimos porque no tenemos la escala suficiente. El resultado está a la vista de todos y lo que se hace hoy no es más que una repetición con un discurso mucho más explícito y cruel de lo que antes se llamaba sencillamente “el ajuste”. Ahora bien, este ajuste gozó hasta este momento de consenso político, que empieza a diluirse. Pero hay que tener en cuenta que el resultado de esta democracia es Milei. En consecuencia, lo que se está viendo es cómo se produce una ampliación del espacio político de la derecha, simplemente porque la que se supone que no es la derecha no hace nada demasiado distinto que la que se supone que sí es la derecha. Cuando le decís “vienen por tus derechos” a un pibe que trabaja en un Rappi, te mira y te responde: “De qué estás hablando, cretino, yo no tengo derechos hace un rato muy largo”. Entonces, la nueva ley laboral blanquea la práctica realmente existente. Dicho de otro modo: hay una ruptura entre las palabras y las cosas. En estas condiciones, un mamerto como Milei es el que habla en serio; los otros hablan en serie para un auditorio cada vez más pequeño. Ya no se trata de lo que dicen, se trata de que nadie les cree, digan lo que digan.
 
¿Cómo se logran revertir esos legados de la dictadura, cómo se logra salir de esta etapa de post dictadura permanente?
 
Con el optimismo de la voluntad podemos decir que lo que no tenemos es un balance de la derrota. Y como no tenemos un balance de la derrota compartido, no tenemos de ninguna manera una respuesta posible. A cincuenta años de 1976, ninguna corriente de las denominadas “izquierdas” sostiene que esta fue una dictadura burguesa terrorista. Hablan del “golpe de 1976”, de la “dictadura del ‘76”, de la “dictadura cívico militar”. Es decir: los beneficiarios reales de esa dictadura desaparecen, nadie los nombra. Cuando ni siquiera ese balance tiene estatuto público, la posibilidad de hablar en serio no existe. Y un balance sobre lo que pasó incluye al arco de partidos políticos parlamentarios en su conjunto.
 
¿Cómo fue que alguien como Milei pudo hacerse con la presidencia de Argentina?
 
Cuando alguien tan particularmente mediocre, logra ganar la presidencia, lo que nos hace saber es lo que existe del otro lado. Es decir, cuál es la valoración que tiene la sociedad argentina de su dirigencia política. Milei derrotó al sistema político en su conjunto. Por un lado, tienes a un outsider, y por el otro, a los partidos políticos históricos de la Argentina -que tienen entre setenta años y más de un siglo de historia-, abatidos. Entonces, está muy claro que Milei es el resultado de cuarenta años de práctica parlamentaria y un balance compartido. Además, si miras los índices de pobreza de la historia argentina te das cuenta que eso tiene una razonabilidad absoluta.
 
El título de su libro “El kirchnerismo desarmado. La larga agonía del cuarto peronismo”. ¿Por qué?
 
El término desarmado tiene que ver con un concepto de Clausewitz, que dice que el objetivo de la guerra es desarmar al enemigo. Eso puede entenderse de muchos modos, el más simple y obvio, consiste en quitarle el arma. Clausewitz es bastante más sutil y nos hace saber que, si un combatiente pierde el arma, no necesariamente está desarmado. Esto quiere decir que, si conserva la voluntad de seguir combatiendo, va a reponer el arma y, por lo tanto, no es un vencido. Vencer a alguien y desarmarlo, es quitarle su voluntad de acción política independiente. Esto tiene que ver, por cierto, con las condiciones del cuarto peronismo, porque mi trabajo: “El kirchnerismo desarmado” es, de algún modo, la continuación de un trabajo mío muy anterior en el que yo identifico al peronismo que arranca con Carlos Saúl Menem. Ese es el momento en el que el peronismo está completamente entregado y ya no es más que un partido sometido a la lógica general de la política nacional y, por lo tanto, no es más que un partido sin tarea histórica. El cuarto peronismo, del que el kirchnerismo no es más que una de sus manifestaciones, es eso, simplemente el modo de adecuación al orden global tal cual el orden global lo impone. Porque uno puede participar del orden global de muchos modos…
 
Pero el kirchnerismo arrastra características, o ciertos ingredientes, del peronismo, y no sólo del menemismo, ¿no?
 
Sin ninguna duda, arrastran los ingredientes del peronismo con varias particularidades, la primera, es que deja de contener al movimiento obrero, y la segunda, es que el movimiento obrero deja de ser un sujeto político. Esto es, existen ciudadanos obreros, que, en tanto ciudadanos, votan, pero no actúan como clase de ninguna manera y en ninguna dirección; cuando el peronismo, en sus versiones anteriores, significaba otra cosa. Entonces, el primer ingrediente, es la ausencia del movimiento obrero. En este momento, los dirigentes sindicales se reclaman ellos peronistas, pero los trabajadores no. Esa es la primera cuestión, y eso significa, sobre todo, una seña de pertenencia a un segmento diferenciado, porque la Argentina es un país con trabajadores pobres y dirigentes sindicales ricos. Entonces, ahí lo que estás viendo es el fenómeno de la descomposición política. Es decir, puesto que no vamos a cambiar ni el mundo ni la Argentina, cambiamos de automóvil. Lo que ves, es, básicamente, desinterés. Cuando miras la actividad de los políticos y ves no lo que tienen como patrimonio, sino lo que reconocen que tienen, te das cuenta que, en primer lugar, no hay pobres entre las dirigencias políticas, y segundo, que, justificar lo que sí admiten que tienen, en la mayor parte de los casos, resulta bastante problemático. En consecuencia, esto del argumento de la casta política que enuncia Milei, tiene una enorme eficacia simbólica porque no cabe la más mínima duda de que constituyen una casta política.
 
Leí una entrevista en la que decía que “la sociedad argentina tiene una opinión catastrófica de su dirección política y que, básicamente, hay un vaciamiento de las prácticas democráticas sustituidas por conceptos vacíos”. ¿A qué se refiere exactamente con eso?
 
A la idea de que la política es puro discurso. Foucault tiene una fórmula que a mí me gusta utilizar que dice más o menos así, cito de memoria: “Los revolucionarios creen que, cambiando la estructura, cambia el discurso, y los reformistas creen que, cambiando el discurso, cambia la estructura”. Nosotros sabemos que un discurso es una estructura, el punto aquí es el siguiente: la idea de que puedes utilizar un conjunto de fórmulas marketineras que, en determinadas circunstancias, construyen empáticamente una relación con un electorado sin resolver ninguno de los problemas de fondo que aquejan a una sociedad, y que eso se puede sostener indefinidamente, es una idea muy estúpida. El 2001 puso fin, con el estallido, a esa posibilidad, y la recomposición kirchnerista, no fue nada más que una recomposición de circunstancias. En fin, estamos hablando de una sociedad en caída libre, no hay muchas sociedades en el mundo homologables a la sociedad argentina.
 
Hay quienes señalan que lo que sucede también tiene sus orígenes en una crisis de la democracia como forma de representación. ¿Coincide con esta apreciación?
 
Yo creo que las formas de representación están estrechamente vinculadas a la capacidad de resolver problemas reales. Cuando uno mira 1970, uno descubre la mejor distribución del ingreso que existía en el orden planetario. Entonces, si nosotros, con la productividad del trabajo de 1970, muy inferior a la actual, sin chips ni computadoras, podíamos tener una redistribución del ingreso muchísimo más equitativa, queda muy claro que se produjo una regresión, y que la última pandemia no fue ninguna otra cosa más que un instrumento utilizado para un ajuste global. Quiero decir, con la pandemia no sólo no salimos mejores, sino que hay un enorme aumento de la precarización del trabajo, una disminución del salario real y una redistribución regresiva del ingreso. En esas condiciones, el vaciamiento de la democracia en general, y la crisis de representación, van de suyo. Y esto muestra, entre otras cosas, la tensión formidable que tiene la Unión Europea, en la cual, Gran Bretaña no sólo se va, y produce una catástrofe, sino que amenaza sistémicamente a la Unión. Entonces, esto no es una característica sólo de Argentina, en la Argentina se da en términos patológicos y mucho más intensos, pero no es más que una tendencia general del mercado mundial respecto al orden político imperante. Tenemos un gobierno mundial que es el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, y un conjunto de sistemas financieros como el Banco Central Europeo o la Reserva Federal de los Estados Unidos, que no vota nadie, pero que deciden, básicamente, lo que se hace en el mundo entero, simplemente con el artilugio de la emisión monetaria y la tasa de interés.
 
¿Qué salida le ve a toda esta situación?
 
La salida es muy catastrófica, porque no estamos discutiendo simplemente cuáles son las condiciones generales de existencia de tal o cual segmento de una sociedad, sino la viabilidad misma de la existencia. El capitalismo ha destruido el hábitat, y las condiciones de producción de alimentos son atroces. Este orden de existencia, tal cual está pensado, es inviable. La idea de que se puede seguir utilizando petróleo o carbón, como se lo utiliza, o de que se pueden no respetar los acuerdos más básicos y elementales, y que se retrocede y se vuelve a discutir si existe o no existe el calentamiento global, mientras en Europa las temperaturas arrasan, habla de una sociedad global suicida. Por eso, la distopía más terrible, ver a qué mundo nos vamos después de destruir este, empieza a sonar simplemente como naturalismo base.