17 de marzo de 2026

Selva Almada: “Por lo general cuando nos hablan del campo escuchamos hablar a los patrones, a los socios de la Sociedad Rural. Poco nos cuentan de la explotación de la gente que trabaja la tierra para el patrón”

La escritora argentina Selva Almada (1973) nació en Villa Elisa, provincia de Entre Ríos. Estudió el Profesorado de Literatura en el Instituto de Enseñanza Superior de Paraná, y comenzó su carrera como escritora en 2003 con la publicación del poemario “Mal de muñecas”. Posteriormente publicó los libros de cuentos “Niños”, “Una chica de provincia” y “El desapego es una manera de querernos”; el libro de crónicas “Chicas muertas” y las novelas “El viento que arrasa”, “Ladrilleros” y “No es un río”. 
Sus creaciones literarias han sido traducidas a numerosos idiomas entre los que se encuentran el alemán, el francés, el inglés, el italiano y el portugués, entre otros. 
“Me llevó bastante tiempo sentirme cómoda con la idea de decir ‘soy escritora’ -declaró en una oportunidad- No lo sentía como un oficio. Mi relación con la escritura es extraña. Soy muy errática, no tengo una disciplina de trabajo. Si no hay un proyecto en vista puedo no escribir y no pasa nada, no siento que dejé de ser escritora o que nunca más voy a escribir, pero cuando eso sucede, que sucede de vez en cuando, pienso ‘si lo paso tan bien, si me divierte tanto hacer esto, ¿porqué no lo hago más seguido?’”.
Considerada una autora singular en la Argentina actual por situar el entorno del litoral como eje central de sus relatos, acaba de publicar “Una casa sola”, una novela en la que se aleja del agua para centrar la atención en una parcela de monte en una historia que se despliega entre las cuatro paredes de una casa deshabitada.


Lo que sigue son fragmentos de la entrevista a cargo de Agustina Larrea que fue publicada en el medio de comunicación digital “elDiarioAR” el 15 de marzo de 2026.
 
¿Qué fue primero, la casa, el tono, el paisaje, el espacio? ¿Qué te acordás de los comienzos de este libro?
 
Sin dudas fue la casa. Fue la casa en el sentido de preguntarme qué le pasa a un espacio, a un espacio tan fuerte simbólicamente como es una casa, cuando se vacía. Porque en ese lugar vivía una familia que ya no está. Por supuesto que está también abierta la pregunta de si se fueron, si hay algo siniestro en esa gente, si es una desaparición forzada o qué. Pero bueno, en vez de seguir el rastro de una especie de investigación sobre qué es lo que pasó con esa familia, me quedé pensando en qué le pasa a la casa y qué le pasa a ese lugar que sigue esperando. Un espacio quieto en esa espera y a la vez que empieza a volverse del lugar de donde vino, que es el monte. Que la casa fuera una casa narradora, de todas formas, no estuvo desde el comienzo. Yo había pensado en un narrador omnisciente, muy pegado a la casa. Pero, cuando empecé a escribir, empezó a aparecer cada vez más una voz que podía ser la de la casa. Empezó a confundirse un poco la voz del narrador en tercera con la subjetiva de la casa. Y ahí dije “a ver cómo sonaría si realmente es la casa la que cuenta”.
 
Es un gesto audaz.
 
Sí, para mí fue audaz porque, qué sé yo, nunca lo había hecho. Cuando tiré de la idea de que la casa narrara también pensé “ay, esto puede salir muy mal”. Puede ser o sonar un poco ridículo. Pero sentí que ya había un tono con el que me daban ganas de seguir. Quizás si me hubiese planteado de entrada “va a hablar una casa” tal vez hubiera fracasado. Después, ya pensando que la casa era la que narraba, quise evitar los lugares comunes, o no pensar a la casa como piensa una persona. Fue pensar alrededor de la pregunta de cómo puede contar un espacio físico y cómo puede contar alguien que se siente parte de un territorio y parte de una historia que la excede. Porque esta casa particular sale del monte, es parte de esa tierra. Como mis novelas por lo general suelen ser breves también en algún momento llegué a plantearme “¿no será muy pesado solamente estar escuchando el runrún de la casa durante todo el trayecto?”. Así también apareció esto de que el monte estuviera tan presente con esa segunda voz que es la del monte, o la de un narrador muy ligado al monte.
 
De hecho, en tus libros el espacio de la naturaleza o del monte siempre está, pero acá queda la impresión de que hubo de tu parte una suerte de torsión muy fuerte, de mucha investigación. Desde la gran cantidad de nombres de árboles que aparece hasta esas voces gauchescas, digamos, que son como de espectros.
 
Sí, lo de traer estos personajes que viven en el monte sale de algo que había quedado fuera de un guion que escribimos con Maximiliano Schonfeld para la película “Jesús López”. Ahí habíamos armado este grupo de gauchos medio zombis y medio espectrales. Después eso quedó afuera de la película y vino la idea de traerlos y ponerlos en este monte de la novela. Son personajes que se mueven en el monte como en una especie de limbo, de lugar suspendido, sin tiempo, donde conviven con otros espectros de distintas épocas. De hecho. los traigo a la primera escena de la novela, con ellos arranca el libro. Después van apareciendo en distintos capítulos casi como un coro de voces, ellos hablan pero no sabés bien quién es quién. Ahí aparece el episodio de la muerte de Urquiza porque un sector de su ejército era de gauchos. En ese caso, sí, me puse a leer bastante porque la verdad es que no me acordaba mucho de la historia de Entre Ríos que me enseñaron en la escuela ni del día que asesinaron a Urquiza. Buscando en internet llegué a un “paper” de la Facultad de Agronomía donde hablaban de todos los árboles, de las plantas exóticas que él había traído. Contaban ahí que Urquiza era aficionado a la botánica, un enamorado de las plantas, cosa que yo no sabía. La parte de los árboles, toda esa enumeración que hay de cuando lo matan y cuando se describe un poco el palacio está sacado de ahí. Por supuesto que también hay mucho que conozco de la zona porque viví buena parte de mi vida por ahí. Pero después me puse a buscar cómo combinan, cómo suenan los nombres de los árboles cuando aparecen estas enumeraciones, cómo rebotan los nombres entre sí, para que armen algún tipo de música. La sonoridad es una cosa a la que siempre me gusta darle mucha importancia en la escritura. 
 
Aparecen combates de otro siglo, de la época de la Confederación, aparece también un personaje vinculado con Malvinas. ¿Por qué te interesaba indagar en estos episodios históricos concretos, en esos combates?
 
Creo que empezó dándole vueltas a esos gauchos matreros. Hay una cosa ahí de tipos que ponen el lomo para la guerra o que ponen el lomo para el trabajo, en el caso de los personajes de la novela que trabajan en el campo. Todos son, en el fondo, cuerpos subvalorados para la autoridad o para el poder. Así como están los de estas guerras del siglo XIX, también tuvimos la del siglo XX, que fue la guerra de Malvinas. Yo iba a la escuela primaria en ese momento, fui de la generación que escribió cartas para los soldados. Y siempre percibí que, sobre todo lo de los veteranos, fue un tema bastante silenciado. Como si nos avergonzaran los veteranos, tenemos muy negado el rol de aquellos que fueron y que sobrevivieron. Incluso sabemos de la enorme cantidad de suicidios que hubo entre los que pudieron volver, un número que no sé si no fue superior a la cantidad de personas que murieron en la guerra en el campo de batalla. Hay una cosa rara alrededor de Malvinas en este sentido. Por un lado, está la afirmación de que sí, claro que son argentinas. Pero, por otro lado, se le da la espalda a aquellos que fueron a la guerra y se convirtieron en carne de cañón. Además, la mayoría de los chicos que fueron, porque encima eran pibitos, venían de la zona de Corrientes, del Chaco, de Formosa. O sea, gente por la que nadie iba a reclamar. Así que, bueno, un poco esa fue la idea también a la hora de traer a uno de los personajes, que en la novela es El Cortito y estuvo en Malvinas.
 
Hablabas de “carne de cañón” y en esta novela está muy presente tu mirada sobre el mundo laboral, que ya aparecía, por ejemplo, en tu novela “Ladrilleros”. Están las escenas del campo, con personas que empiezan a trabajar siendo niñas, por ejemplo. ¿Por qué te pareció importante volver a poner la mirada ahí?
 
Cuando empecé a pensar por dónde iba a ir la trama de la novela, rápidamente ubiqué que esta casa no es una casa de ricos en el campo, es la casa de unos puesteros, la casa que el patrón le presta a los que trabajan en su campo. Esta gente que desaparece es una familia de peones. Ahí estaba un poco trazado el horizonte que iba a seguir el relato, con estos personajes que se mueven en el mundo del trabajo físico, en un tipo de trabajo muy mal pago también. Por lo general cuando nos hablan del campo, estamos escuchando hablar a los patrones, a los socios de la Sociedad Rural. Poco sabemos o poco nos cuentan, en cambio, de las condiciones de vida, de explotación de la gente que trabaja la tierra para el patrón. Mi abuelo fue peón de campo y desde chica en la familia escuché relatos de la dureza de la vida en estos lugares y en este tipo de tareas. Me interesaba contar ese lado de la historia: el de quienes no poseen la tierra pero la trabajan. En el camino se me aparecían muchas cosas del cancionero folclórico, con Zitarrosa, Viglietti y un montón de cantautores de los ‘60 y los ‘70, donde el tema laboral estaba un poco más presente. Diría que desde el inicio sentí que este relato iba a estar atravesado por una clase social y que era esa clase social generalmente olvidada o silenciada en los grandes relatos.
 
Resulta por lo menos curioso que estas inquietudes que te movían cuando escribías salen a la luz ahora con este libro, con la aprobación de la Reforma Laboral, incluso con el reciente estreno de “Nuestra tierra” de Lucrecia Martel, donde la pregunta sobre la propiedad de las tierras y de las cosas está también en primer plano.
 
Sí, lamentablemente lo de la Reforma Laboral es un tema que parece que siempre está volviendo. Y con “Nuestra tierra” me pasó que la vi en estos días. No la había visto antes, aunque sí sabía más o menos que era sobre el asesinato de Chocobar. Y, claro, dije “wow”, hay muchas preguntas en común que tienen que ver con la propiedad de la tierra. ¿De quién es? ¿del que la habita? ¿del que la trabaja? ¿del que la cuida? Pasa lo mismo con la casa, ¿no? A mí me gustan estas coincidencias, que salgan películas, libros o discos que ronden los mismos universos. Porque a nadie se le ocurren las cosas en soledad. No es que una diga “ay qué genia que estoy pensando en esto”, para nada. Al contrario, me parece que hay un runrún de época que está ahí sobrevolando. Y después cada una lo agarra como puede y lo exprime como puede o lo lleva a cabo como puede. En cualquier caso, no me resulta para nada casual que salga Nuestra tierra y cerca salga este libro. Y seguramente vamos a ir viendo otras cosas que vayan saliendo con estas preguntas rondando.
 
Sobre todo en estos tiempos de crisis habitacional, de imposibilidad de llegar a tener una casa.
 
A mí eso es algo que me horroriza. Empezamos a naturalizar que la gente viva en la calle y se convierta en parte del paisaje cotidiano. Me parece un horror. O sea, que lo naturalice el Estado, pero que también las personas empecemos a naturalizarlo. Que sea normal pasar al lado de alguien que armó su cama ahí, por donde caminamos todos.
 
Más allá de los vaivenes en el tiempo, la novela está traccionada por la desaparición de una familia. No decidiste ir por el lado del policial clásico, pero sí están los investigadores que no investigan y un personaje como el de la Tata, que es una mujer que pese a todo los sigue buscando. Sobre todo para los lectores y lectoras de Argentina, esas mujeres que buscan a sus familiares resuenan de manera particular.
 
Sí, es que creo que toda esa parte de la trama dialoga decididamente con la historia del país. Por otra parte, quería que esta desaparición ocurriera en democracia. Realmente me asombra cuando empezás a mirar la gran cantidad de gente que ha desaparecido después del ‘83 y de los que no se sabe nada. Desde niños y mujeres, que podemos suponer que son víctimas de redes de trata de personas, hasta hombres grandes. Los vemos todo el tiempo, por ejemplo, en las pantallas que hay en los aeropuertos. ¿Dónde está esta gente? ¿Qué pasa? ¿Por qué no los encuentran? La pregunta que me surgía es por qué a esa gente nadie la busca excepto su familia y sus amigos. Y creo que la mayoría de las veces es porque se trata de gente con muy pocos recursos económicos. En ese contexto me interesaba la voz de la Tata, como la madre que se sobrepone a todo y sale a exigir respuestas. En nuestra historia reciente tenemos a las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, las madres de la trata, las mujeres detrás de muchísimas búsquedas. Mujeres que aun no teniendo recursos ni teniendo herramientas se las inventan y se las ingenian para reclamar por los suyos. Yo no tengo hijos, pero me imagino que para una mujer que sí los tiene lo peor que le puede pasar es que le desaparezcan o que maten a su hijo. Entonces me imagino que si te sucede lo más extremo que le puede suceder a una madre, en un punto no te importa nada, no te importa el poder, no te importa cuán poderoso sea el otro que está enfrente. Al menos en el personaje de la Tata está reflejado esto: ella empieza a volverse gigante con sus pocos recursos y aunque tampoco llega a encontrar respuestas nunca deja de buscar.
 
Escribís escenas muy vívidas sobre esos espacios de tu infancia en Entre Ríos, pero para hacerlo te viniste a vivir a Buenos Aires. ¿Cómo funciona para vos ese ir y venir en la memoria?
 
Creo que tiene que ver más que nada con la evocación. Que muchas veces también son ficciones de esos paisajes que una arma. Son construcciones literarias, quiero decir. Quizás alguien que vive en el monte lee el libro y no se siente muy identificado con ese mundo. Aunque voy frecuentemente porque mi familia sigue viviendo en Entre Ríos, lo que escribo tiene mucho de memoria, de los primeros años de vida, de la infancia. La mía fue una infancia muy cercana a la naturaleza, la casa de mis abuelos estaba en las afueras del pueblo, casi donde el pueblo ya había terminado. Además eran los años ‘80, y todavía había espacios con esa naturaleza un poco así agreste o salvaje. Entonces sí, yo siento que cada vez que me pongo a escribir todo el tiempo estoy como volviendo a esos primeros años de vida, a esos calores y a esos veranos.

14 de marzo de 2026

Entretelones de la amistad entre Osvaldo Soriano y Osvaldo Bayer

Osvaldo Soriano (1943-1997) no sólo brilló como creador de ficciones sino que también lo hizo como periodista. Primero, en sus crónicas "de cabotaje" como él mismo las definía, las de los tiempos de la revista "Panorama" y el diario "La Opinión", cuando a los demás periodistas los mandaban a lugares remotos del extranjero y a él se lo enviaba al interior del país, el patio de atrás lleno de anónimos antihéroes que rescató del olvido. Después, durante su exilio, en "Il Manifesto" de Italia, "Le Canard Enchainé" de Francia y en los artículos que la emblemática revista "Humor" se atrevió a publicar en la Argentina. Y, luego de su retorno al país, en "Página/12", diario que no sólo contribuyó a fundar y moldear sino que convirtió en su tribuna para develar, desde sus contratapas dominicales, todo aquello que se les iba quitando a los argentinos, desde la dignidad a la alegría, culpando a los sátrapas del gobierno, de la City financiera o del negocio del fútbol, la prensa o las editoriales.
Fue trabajando para la revista "Semana Gráfica" cuando tuvo la oportunidad de conocer a Osvaldo Bayer (1927-2018), el escritor y guionista cinematográfico autor, entre otros, de "Los anarquistas expropiadores y otros ensayos", "Rebeldía y esperanza", "La Patagonia rebelde" y "Severino Di Giovanni, el idealista de la violencia". En el prólogo a "En camino al paraíso", la obra que Bayer publicó en 1999, el propio Soriano lo cuanta así: "La primera vez que hablé con Osvaldo Bayer fue en 1970, por teléfono, y no fue una conversación simpática. Yo era redactor de 'Semana Gráfica', me habían pedido que escribiera un breve aniversario del fusilamiento del anarquista Severino Di Giovanni ocurrido en 1930. No encontré nada más natural que comprar el libro histórico de Bayer y tomar de allí todos los datos. Comodidad u osadía, la pagué cara: Bayer me llamó, se presentó y me dijo de todo. Al colgar me quedó de él una falsa imagen: la de un tipo intransigente y de pocas pulgas. Nada de eso: con el tiempo supe que con sus amigos y adversarios leales es uno de los hombres más tiernos y de mejor humor que tiene este país. En 1976 me lo encontré en la Feria del Libro de Frankfurt mientras Vargas Llosa hacía sus discursos en inglés. Había otros argentinos y muchos latinoamericanos exiliados. Le recordé el sofocón que me había hecho pasar, se echó a reír y fuimos a tomar un café para hablar de lo que pasaba en la Argentina y de qué se podía hacer desde afuera para dificultar el plan criminal de los militares. Hablamos también de nuestras carencias de expatriados y Bayer me preguntó si tenía plata como para ir tirando mientras conseguía algún trabajo. Le dije que no se preocupara, que ya saldría algo. Nos despedimos muy tarde y al día siguiente volví a Bruselas. Una semana después del encuentro con Osvaldo Bayer recibí una carta de Alemania. La abrí en seguida en busca de nuevas noticias, de algún plan de operaciones lejanas. En lugar de eso había un giro por una extraña suma: 1.527 marcos con cincuenta, o algo así. Con una esquela breve: 'Osvaldo: cobré un trabajo que me debían. Te mando la mitad. Un abrazo'. Y la firma de Bayer. No me mandaba un préstamo de amigo sino el auxilio de un anarquista fiel a su ideal: exactamente la mitad de lo que había cobrado. Sin explicaciones ni fecha de reintegro. Había encontrado a un tipo en apuros y compartía lo que tenía. Le escribí para agradecerle, pero me contestó hablando de otra cosa. Nunca, desde entonces, pude tocar el tema con él; se molestó la vez que intenté hacerlo y de algún modo me sugirió que de esas cosas no se habla".


Osvaldo Bayer rememoró aquella anécdota en el libro "Osvaldo Soriano. Un retrato", que el escritor y cineasta Eduardo Montes Bradley (1960) publicó en 2000: "Como toda buena amistad, a veces empieza con una gran pelea, con un gran altercado. Mi primer contacto con Osvaldo fue cuando leí una nota allá por el año '72. Creo que fue en 'Vea y Lea' donde apareció una nota sobre Severino Di Giovanni que me indignó. Entonces, llamé al periódico, pedí hablar con el director y el director puso pies en polvorosa -como se decía antes-, y me dijo: 'Te voy a dar con el redactor que escribió eso y aclarálo con él'. Apareció Osvaldo y le dije: '¿Usted es el redactor del artículo? Usted no sabe nada de nada, usted es un burro, usted es un ignorante. ¿Cómo va a escribir sobre alguien del cual no ha estudiado nada ni leído nada? Además está dando la versión policial'. 'Bueno, pero escúcheme', me dijo. 'No lo escucho nada -interrumpí-; además, usted es poco hombre'. La cosa fue subiendo de tono, yo fui subiendo de tono. Osvaldo trataba de explicarse en forma bastante educada. Pero, finalmente, lo mandé al diablo y colgué. Ese fue el inicio de una gran amistad que tuve con Osvaldo Soriano. La segunda vez que nos vimos fue en la Feria del libro de Frankfurt del año '75. Él se me presentó y me dijo: 'Yo soy Osvaldo Soriano, al que usted le gritó tanto por un artículo sobre Di Giovanni'. Lo dijo con una gran humildad. Para entonces, yo Osvaldo Bayer, ya me había olvidado del incidente, y a partir de ese momento realmente compartimos muchos momentos lindos de la vida".
Hay un par de nimias diferencias entre ambas versiones: el encuentro fue en 1976 para uno, en 1975 para el otro; la revista era "Semana Gráfica" para uno, "Vea y Lea" para el otro. Son sólo detalles insignificantes que no menoscaban el valor de la anécdota. La amistad entre ambos duró hasta la prematura muerte de Soriano, quien había definido a Bayer como "un hueso duro de roer". "Sin él -dijo Soriano de Bayer- sería más fácil olvidar".
Ambos escritores tuvieron que exiliarse entre 1975 y 1983 tras ser amenazados primero por la Alianza Anticomunista Argentina (Triple A) durante el último gobierno peronista y después por la dictadura militar del llamado Proceso de Reorganización Nacional. Soriano se exilió un tiempo en Bruselas, Bélgica, y luego en París, Francia. Bayer hizo lo propio en Linz am Rhein, Essen y principalmente en Berlín, Alemania. Durante los años que pasaron en el exilio ambos compartieron la angustia, la incertidumbre, la falta de noticias, los problemas de residencia, la dificultad para arreglárselas en los primeros tiempos. Se visitaron y se vieron infinidad de veces, pero sobre todo mantuvieron una correspondencia en la que compartían las vicisitudes cotidianas de vivir solos con una máquina de escribir en un país lejano.


El 16 de junio del ‘77, Soriano le avisó que lo visitaría en Essen: “Además de verte -le escribió-, de lo que tengo unas ganas bárbaras es de llevarme la máquina de escribir para darle a la tecla, porque tengo, ya te lo dije, una historia en marcha y los últimos días no he hecho un carajo. Como sé que vos sos un buen laburante, creo que eso me alentará al trabajo. En general es que tengo el sueño tan cambiado que casi me paso las noches en vela y apoliyo de mañana, lo que es en realidad un problema para los demás, porque la noche es mi mejor hora de trabajo”.
Cuando llegó, después de saludarse con afecto, Bayer le dijo jocosamente: “No me digas. ¿Así que sos contador de patos en Bruselas?”. “Fui a la municipalidad a pedir trabajo -le contestó Soriano- y me ofrecieron ser contador de patos y cisnes en los lagos de Bruselas. Es un laburo muy lindo. Son estas cosas de los europeos”, y le amplió el hecho con detalles socarrones mientras Bayer lo escuchaba con afecto. Para los dos, las bromas eran una manera de sobrellevar el dolor del exilio. Bayer lo contaría años después en “Las cartas del exilio”, un artículo que apareció en la edición del 28 de enero de 2007 de “Radar”, el suplemento literario del diario “Página/12”. “En las cartas de Soriano se puede medir el vivir diario, los problemas diarios. Todo en lenguaje argentino. El me escribe desde Bruselas, yo le contesto desde Essen, en la cuenca del Ruhr alemán. Luego me escribió desde París y yo le contesté desde Berlín”. A lo largo de la nota Bayer contó detalles de las cartas que se enviaron mutuamente después de sus encuentros en la Biblioteca Iberoamericana de Berlín en 1979, en un acto por los desaparecidos en la Argentina realizado en Sitges, España, en 1982, en el Festival de cine de Berlín en 1983, etc.
Entre otras anécdotas Bayer contó: “El 22 de marzo del ‘77, me escribe Soriano desde Bruselas: ‘Miro tu carta del 23 de diciembre y me parece penoso haber dejado pasar tres meses sin contestarte. Sí, parezco Perón, aunque ahora me agarra la duda de si te mandé el libro (aquí Soriano se refiere a ‘Triste, solitario y final’). Aunque creo que no. Me alegro que tus cosas vayan bien en lo que a trabajo se refiere. Yo, por mi parte, todavía estoy en pelotas y lo que me viene salvando hasta ahora son los pagos de anticipo por el libro; la editorial Fayard me tiró cinco mil francos (en realidad, cuatro, porque el fisco se quedó con mil), y con eso voy tirando; ahora estoy a punto de firmar con la editorial alemana Suhrkamp que, miserables, anticipan apenas mil marcos. De todas maneras, me será útil que el libro aparezca y no estoy en condiciones de negarme'. Después me describe cómo es su primera casa del exilio: ‘Me vine a vivir a una antigua casa burguesa del siglo pasado, llena de vitrales increíbles, en la que no pagamos nada, porque es de la iglesia y con un buen verso nos la dieron por lo menos para un año y medio si fuera necesario. Yo tengo la planta baja, que son dos piezas, una para el apoliyo y otra para escritorio, en una esquina, que las puse muy habitables: enfrente hay un parque con lago y la vista no es mala. Uno se olvida de vez en cuando que es Bruselas’”.
“Más adelante describe más el mal momento: ‘En verdad no sé cómo carajo voy a sobrevivir dentro de tres meses, pero supongo que dios proveerá como lo viene haciendo hasta ahora. La segunda novela (‘No habrá más penas ni olvido’) me la rechazaron en España con un procedimiento muy jodido, evidentemente con quilombos políticos, porque les había gustado y ya estaba aceptada y a último momento se echaron atrás. Te dejo por ahora -termina su carta Soriano-, haceme saber de vos y los tuyos, cómo anda el trabajo y cómo sobrellevás el trago amargo. Yo empecé a escribir una novela, aquella con Gardel de personaje; el primer capítulo creo que es de lo mejor que escribí, después no sé, porque no releí nada y además sale algo que no esperaba: especie de monólogo, sin diálogos y sin acción, pero bastante fuerte. Lo peor es que no tiene continuidad, como si cada capítulo fueran cuentos separados sobre el mismo tema. A lo mejor es así la cosa. Ya veremos; de todas maneras no es cosa de terminar de un día para el otro. Para peor no me dan papeles de residencia en Bélgica, con lo cual estoy siempre de eterno turista y con el culo a dos manos con la cana. Me dicen que pida refugio político. Pero vos sabés bien, no es fácil entregar el pasaporte y quedar en manos de un país del que te importa un carajo. Quizá sean pruritos, pero voy a agotar las posibilidades de trámites. Los belgas son más duros que la mierda para eso. Si en Alemania se hablara francés sería bárbaro. Pero los alemanes hablan esa cosa terrible. ¿Cómo es posible aprender a chamuyar en esa lengua?”.


Agregó Bayer más adelante: “Soriano pasará días muy tristes. Me escribirá en ese septiembre del ‘77: ‘He estado más deprimido que la mierda con este asunto de vivir en este agujero belga y trato de ver cómo voy a ir preparando una honrosa salida hacia cualquier parte más honorable que esto. De la Argentina no tengo noticias más que lo poco que da ‘Le Monde’, así que contame algo de lo que vas leyendo en los diarios’. Pero luego, la alegría del escritor: ‘Como verás, me compré una cinta para la máquina de escribir nueva. Estoy orgullosísimo’. Pero enseguida: ‘Escuchá esto: por la nota de Cortázar (17 carillas) los mexicanos me pagaron 26 dólares. Sí: VEINTISEIS. Casi se me cae la camiseta. Me dicen que México es buena plaza para laburar, pero está lleno de mexicanos, ése es el problema. De todas maneras, creo que al fin dentro de quizás un año aterrizaré en Barcelona’”.
“Ya en París, a Soriano le irá mejor. Me lo escribe con alegría: ‘No te hagas mala sangre, mi situación no es mala de ninguna manera en estos momentos: no tengo deudas y hasta traje un gato que morfa como un león. El tiempo de los lujos y pretensiones ya pasó. Me gustaría mucho verte. Lástima que estamos más lejos ahora. Pero alguna vez cuando tengas una semanita desocupada te iré a visitar’. El 6 de diciembre del ‘78 me anuncia con alegría que acaba de terminar ‘Cuarteles de invierno’. ‘Me falta el laburo de corrección -me escribe-, para mí el problema mayor es pasar en limpio la novela. Lo hice una vez y me dejó de catrera, no sirvo para leerme a mí mismo. Cuando tenga fotocopias te las haré llegar para saber qué pensás’. Lo leí y me gustó mucho. Para mí, ‘Cuarteles de invierno’ y ‘Triste, solitario y final’ son sus mejores libros”.
Hacia fines de 1983 ambos escritores pudieron regresar a la Argentina. Se reunieron en el tradicional bar de Buenos Aires “Los 36 Billares” y, si bien estaban contentos, también recordaron con dolor a sus amigos, los escritores y periodistas Haroldo Conti (1925-1976), Rodolfo Walsh (1927-1977) y Francisco “Paco” Urondo (1930-1976), todos secuestrados y desaparecidos durante la dictadura militar. “Lo que principalmente nos unía a quienes vivimos exiliados durante la época de la dictadura -contó años después Bayer- era la lucha por los desaparecidos. Cuando nosotros recibíamos la información la difundíamos con todos los medios que teníamos a nuestro alcance para que al menos donde nosotros estábamos se supiera la verdad. El paso del tiempo me convenció de que nosotros contribuimos mucho a esclarecer lo que aquí estaba ocurriendo”.
Soriano y Bayer compartieron una profunda tristeza por el exilio al que habían sido condenados. Eran amigos entrañables y no ahorraron elogios hacia el otro en declaraciones públicas. Bayer definió a Soriano como “un escritor del pueblo que siempre entendió a los de abajo”, y Soriano consideró a Bayer “un modelo de investigador serio y periodista valiente”.