7 de marzo de 2026

Mario Levrero: “Entre los subgéneros, la novela policial me parece más honesta, menos artificial. La ciencia ficción es el invento de un editor”

Mario
Levrero (1940-2004) fue uno de los escritores uruguayos más destacados de los últimos años del siglo XX. Vivió la mayor parte de su vida en Montevideo, lugar donde nació, con estancias cortas en diferentes ciudades de Uruguay (Piriápolis y Colonia), de Argentina (Buenos Aires y Rosario) y de Francia (Burdeos). En los años ’60 trabajó como librero en una librería de viejo y como fotógrafo amateur. Luego se adentró en el mundo periodístico colaborando en diarios y revistas como “Posdata” y “El Popular” de Uruguay, y en “Juegos de Mente”, “Hum®” y “Fierro” de Argentina. También fue guionista de cómics y creador de crucigramas y juegos de ingenio.
En 1970 publicó la novela “La ciudad” y el libro de cuentos “La máquina de pensar en Gladys”, pero sería recién en los años ’80 cuando comenzó a desarrollar una carrera que lo llevaría a ocupar la centralidad de la literatura de su país utilizando una prosa sencilla pero profunda en una obra que llegó a convertirse en una lectura obligada de la literatura hispanoamericana durante los últimos años del siglo pasado. De su extensa obra se destacan las novelas “Diario de un canalla”, “Dejen todo en mis manos”, “La banda del ciempiés”, “Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo” y “El alma de Gardel”; y los tomos de cuentos “Todo el tiempo”, “Aguas salobres”, “Los muertos”, “El portero y el otro” y “Los carros de fuego”. En 1976, en una carta que le envió a su amigo el poeta y editor argentino Francisco Gandolfo (1921-2008), reflexionó sobre el oficio de escribir: “El escritor, en especial, es un jodido solitario o no es escritor. El talentoso queda siempre afuera justamente por ser un fuera de línea y de serie. Que no es innecesariamente un mérito, lo anoto como fenómeno real".


Según opinó el escritor y periodista uruguayo Pablo Silva Olazábal (1964) en “Conversaciones con Mario Levrero”, éste “no se veía a sí mismo, como tantos escritores, en un pedestal; no se sentía obligado a saberlo todo y a cantar la justa de cada asunto. La idea tan extendida de que un escritor debe ser alguien lleno de definiciones y certezas, que siempre sabe más que el común de la gente y se toma muy en serio a sí mismo no parecía ajustarse a él".
El escritor, a quien muchos críticos literarios suelen ubicarlo como un heredero de “los raros”, una corriente uruguaya de autores marcados por el descontrol onírico, el humor y la angustia existencial, pasó los últimos años de su vida dirigiendo un taller literario hasta fallecer en su ciudad natal por causa de un aneurisma de aorta abdominal. Lo que sigue es la entrevista que le realizó la periodista argentina Cristina Siscar (1947) publicada en el nº 15 de la revista “El Péndulo” en mayo de 1987.
 
Hay quien te inscribe dentro de la corriente de la literatura uruguaya que Ángel Rama denominó “los raros”.
 
Yo no figuro entre los autores reunidos por Rama en esa antología, porque cuando apareció yo empezaba a escribir y no había publicado nada todavía. Pero algunos críticos posteriores me ubican en esa corriente,
 
¿Y vos te considerás un raro dentro de la literatura rioplatense?
 
Me consideraba un raro cuando escribí el primer texto. Yo no tenía muchas lecturas, y menos autóctonas, y me parecía que lo que yo había escrito no tenía nada que ver con la literatura uruguaya, lo veía completamente descolgado. Entonces un amigo me dijo: “No seas pretencioso, leé a Felisberto Hernández”. Leí a Felisberto y encontré parentescos. Después seguí buscando ese tipo de literatura y me di cuenta de que lo que yo escribía no era tan raro como pensaba.
 
¿Qué fue lo primero que escribiste?
 
“La ciudad”. En todo caso, fue lo primero que conservé,
 
Varias veces declaraste que tu literatura es realista. Si la compararas con lo que la crítica llama realismo, ¿seguirías sosteniendo lo mismo?
 
Lo que pasa es que no tengo muy leídos a los críticos, ni tengo mucho interés en leerlos tampoco. Lo que recibo de la crítica es, en general, una sensación de tangencialidad.
 
Pero, ¿qué diferencia establecés entre Kafka y Benedetti, por ejemplo?
 
Y… Yo a Kafka lo considero un realista y a Benedetti un best-seller
 
Me parece saludable que amplíes el concepto corriente de realismo, abarcando zonas de la realidad que van más allá de lo aparente y convencional.
 
Claro, yo trabajo con procesos interiores. Cuando empecé mi primer libro, mi amigo Tola Invernizzi me decía: “¡Seguílo!”. Y yo miraba hacia adentro para ver qué había. Si había algo, podía seguir escribiendo. Siempre hay un material preexistente que podemos encontrar dentro de nosotros si lo buscamos. Considero que este mundo subjetivo no debe excluirse del concepto de realidad.
 
Se trataría de una literatura de introspección.
 
Por supuesto.
 
Pero en muchos cuentos se subjetiviza la realidad exterior, la interioridad la invade.
 
Es difícil de diferenciar. Interviene un yo literario que no es el yo habitual, con el que no podría escribir. Tengo que llegar a un estado casi de trance para que aflore esa otra persona que escribe, aunque también hay invasiones autobiográficas y de lo exterior... Del mismo modo, hay objetos exteriores que simbolizan objetos o procesos interiores. Yo nunca sé bien cuándo un objeto es un objeto de afuera o cuándo expresa algo que no tiene ningún otro lenguaje que lo exprese.
 
La obsesión de la vida cotidiana dentro de un ámbito cerrado (generalmente una casa que a veces toma proporciones de ciudad o casa interminable), su descripción minuciosa, se traduce en lenguajes que parten de la acumulación lógica de imágenes de objetos y sensaciones, pasan por la asociación libre, y alcanzan, en algunos casos, el collage más desenfrenado, como en el cuento “La toma de la Bastilla o Cántico por los mares de la luna”. ¿Cómo escribiste ese cuento?
 
Por lo que puedo recordar, sufría una sensación muy opresiva con relación a la luna. Algo me hacía salir a la calle y cada vez que salía y veía la luna llena, inmensa, era como si hubiera encontrado lo estaba buscando. Me obligaba a vagar por la ciudad, amparado por esa presencia, pero muy angustiado. Siempre me quedaba la impresión de que alguna cosa debía hacer con eso. Después de no sé cuántas lunas, empecé a dibujar algo. Necesité salir a la calle y ver la luna, y cuando volví, me puse a escribir el cuento de un tirón. Está escrito la noche de un 13 de julio y la mañana del 14, que era para mí un aniversario afectivo, aparte de ser el día en que se celebra la Revolución Francesa. Cuando reparé en la fecha puse la frase final y el título que, ahora se me ocurre, imprimen otra dimensión a lo narrado, aunque parezcan estar fuera de texto.
 
¿Qué sería para vos la literatura fantástica?
 
Bueno, tendría que cumplir con algunas leyes: por ejemplo, la existencia de un personaje sobrenatural.
 
Creo que en los cuentos fantásticos de Borges no hay ningún ser sobrenatural.
 
¿Cuáles son los cuentos fantásticos de Borges?
 
Dame algún ejemplo de literatura fantástica.
 
Es un género que me gusta muy poco. No sé, ciertos cuentos de Hoffmann…
 
Bueno, desde el clásico modelo anglosajón del siglo XIX el relato fantástico ha experimentado una evolución, se ha abierto a otras posibilidades. Afortunadamente, los límites entre realidad y fantasía son ahora más imprecisos. Entre nosotros Cortázar y otros autores han contribuido a liberar a nuestra literatura de esa vieja dicotomía.
 
Me hacés pensar en la novela “La luz argentina” de César Aira, de lo mejor que he leído en los últimos tiempos. Todo lo que sucede es cotidiano, pero contado de una manera que podría decirse fantástico. El título hace referencia a los cortes de luz que hay todos los días. Cada vez que ocurren, la mujer del protagonista -que está embarazada- se queda rígida, entra en una especie de trance. Así diariamente. Y la novela es eso: no avanza.
 
¿Te interesa la ciencia ficción?
 
He leído algunas obras excepcionales: todo Cordwainer Smith, “El hombre demolido” de Alfred Bester, “Hacedor de estrellas” de Olaf Stapledon, “Ciudad” de Clifford Simak. Pero, en general, la ciencia ficción no me interesa. Pienso que es un género comercial que se justifica en Estados Unidos. Entre los subgéneros, la novela policial me parece más honesta, menos artificial. La ciencia ficción es el invento de un editor.
 
Alguien puso un rótulo a algo que se venía haciendo desde hace mucho. Cuando Poe escribió el primer relato policial, no imaginaba la plata que ganaría más tarde el Séptimo Círculo. Con respecto a la ciencia ficción decías, en las respuestas a un cuestionario, que “enseña a aceptar con facilidad los cambios de nuestro tiempo”.
 
Sí, a mí me sirvió. Hay una visión del hombre, de la humanidad, que puede parecer terrible, pero en el fondo es bondadosa. Te saca de la problemática individual y te conecta con el universo. Y dentro de ese universo hay una tendencia positiva, aunque quepa el desastre. Con la anticipación del futuro, la introducción de la tecnología y de otros espacios, moviliza la imaginación para facilitarte la adaptación a lo que ya nos toca vivir.
 
Vos escribiste un “Manual de parapsicología”: ¿Es un material que empléas en la producción literaria?
 
No. Me sirvió para liberarme del interés por la parapsicología. Al ponerle punto final, empecé a experimentar con menos frecuencia los fenómenos y me interesé mucho menos en su explicación.
 
¿Leés literatura escrita en español?
 
Poca. Casi todo lo que leo son traducciones: Dostoievski, Chejov, Graham Greene... Ahora estoy preparándome para una tercera lectura del “Ulises” de Joyce; la segunda fue muy placentera. Y acabo de descubrir a Beckett. Pero desde que vivo en Buenos Aires dispongo de muy poco tiempo. Casi no escribo porque no tengo una clara conciencia de la identidad ni del tiempo transcurrido. En realidad, no necesito tanto tiempo para escribir como para llegar a escribir. Me hace falta cultivar mucho el ocio, mirar por la ventana (y aquí ni siquiera hay ventana). Así que leo novelas policiales, que es lo que me descansa. Hasta hace poco el promedio era de una por día. Yo me formé con las novelas del Séptimo Círculo.
 
Creo que eso se nota en tus textos: un español de traducción. En última instancia, no son las palabras lo que te interesa, ¿no?
 
No. Precisamente, yo le decía a Marcial Souto el otro día que en mis textos se pueden cambiar todas las palabras por otras equivalentes, sin riesgo de alterarlos. Porque la narración funciona a base de imágenes.
 
Si tenemos en cuenta tu formación, los géneros menores que alimentan tu literatura (folletín, historieta, canción popular) y que además cultivás, las ediciones y la circulación de tus libros, ¿podríamos decir que representás al escritor marginal?
 
Claro. Lo que corre parejo con la dificultad para asumirme como escritor. Durante quince años lo negué ferozmente.
 
¿Por qué?
 
Una terapeuta me dio una explicación; me dijo que escribir es matar al padre. Parece que hay una culpa que a uno no le permite aceptarse como escritor.
 
¿Qué hacía tu padre?
 
Era profesor de inglés, y durante mucho tiempo fue también empleado de tienda. Leía poco. No le interesaba el arte, aunque decía que lo respetaba.
 
La creación artística, al inventar sus propias leyes, puede atentar contra la ley. ¿Te parece que la condición del artista es la marginalidad?
 
No sé. A mí, por ejemplo, Kafka me permitió, me dio permiso para reconocer que yo veía la realidad como él la veía. Yo tenía esa visión del mundo, pero no me animaba a comunicarla, ni siquiera a mí mismo. Hay literatura de evasión, de escape (yo la consumo y la evasión me parece lícita) y literatura de integración, de liberación de zonas reprimidas. Disto mucho de tener conocimientos sociológicos para responder de otro modo a tu pregunta. En mi caso digamos que se trata también de una automarginación. Yo no hice nada por
promover mis libros ni por editarlos. Fue principalmente Marcial quien se interesó en que aparecieran.
 
De acuerdo, pero hay ciertos rasgos socioeconómicos y culturales de nuestro medio que exceden la voluntad del escritor y marcan el carácter de la actividad literaria. Pensaba en “El matadero”, considerado el primer cuento argentino, que fue publicado por primera vez en la revista “Río de la Plata” en 1871, veinte años después de la muerte de Echeverría en el exilio y más de treinta años después de haber sido escrito.
 
Sí, ese ejemplo es válido. A mí se me conoció un poco en Uruguay por la publicación de mi novela “El lugar” en un número de “El Péndulo”. Y luego me favoreció la tercera edición de “La ciudad”, publicada por Banda Oriental, que se
distribuyó en un círculo de cinco mil lectores asegurados.
 
¿Qué son las “Confusiones cotidianas”?
 
Ese texto lleva un agradecimiento a un poeta argentino, Federico Raúl Urman, con quien me carteaba cuando yo estaba en Uruguay. En un cuento suyo encontré una sutil torsión de una situación cotidiana que crea una especie de zona de terror. Eso me estimuló para idear esta serie de relatos. Por otro lado,
el título se debe al texto de Kafka “Una confusión cotidiana”; allí también encontramos situaciones que sufren una torsión, como si lo cotidiano se rebelara y atacara a quien lo vive y padece.
 
Próximamente aparecerán dos novelas tuyas en De la Flor. ¿Podrías describir cómo están escritas?
 
“Fauna” tiene estructura de novela policial, pero integra elementos parapsicológicos y psicológicos también. En la otra, “Desplazamientos”, enfrento el conflicto con la figura paterna. Tenía un título provisorio: “La sombra”, debido a que el protagonista, al ir por un corredor, ve el perfil del padre en la sombra que de su perfil proyecta una lamparita. Lleva
una cita de Jung a propósito de la sombra como representación de la parte
del ser opuesta al yo, más que mala, avara y mezquina. Cuando estuvo terminada no me gustó; la juzgué, precisamente, mezquina y con poco peso. Sin
embargo, en todo ese material desentrañado a partir de la imagen muy breve de un sueño, había algo que ejercía una cierta fascinación. Entonces traté de ver en que residía el fracaso. Por lo general, cuando llego a una situación que yo llamo “nudo”, donde el protagonista termina de vivir una peripecia y se abre otra, intuyo que hay varios caminos para empezar la nueva; y todos los caminos tienen el mismo valor, Recordé que, mientras escribía la novela, al llegar al nudo no había elegido siempre con total sinceridad el camino a seguir. Entonces volví a escribirla, agregando nuevas soluciones posibles. Iba a ponerlas como un apéndice, pero finalmente las integré en la novela. O sea que uno viene leyendo y en determinado momento se repite un fragmento que toma por otro camino que se trunca o se continúa más adelante. Es una obra ramificada. Ahora me siento satisfecho.

6 de marzo de 2026

Siri Hustvedt: “La gran tríada -misoginia, racismo y xenofobia- es crucial para el avance neofascista que hemos presenciado desde el ascenso de Trump”

La novelista, ensayista y poetisa estadounidense Siri Hustvedt (1955) se licenció en Historia en el St. Olaf College y se doctoró en Filología Inglesa en la Columbia University con una tesis sobre la obra del escritor inglés Charles Dickens (1812-1870). Durante sus años universitarios escribió poesía. Luego, tras doctorarse, se volcó a las historias de ficción y a los ensayos. Entre las primeras se destacan las novelas “The blindfold” (Los ojos vendados), “The enchantment of Lily Dahl” (El hechizo de Lily Dahl), “What I loved” (Todo cuanto amé), “The summer without men” (El verano sin hombres) y “Memories of the future” (Recuerdos del futuro). Su obra ensayística comprende, entre otros, “Mysteries of the rectangle. Essays on painting” (Los misterios del rectángulo. Ensayos sobre la pintura), “The shaking woman or a history of my nerves” (La mujer temblorosa o la historia de mis nervios), “Living, thinking, looking” (Vivir, pensar, mirar), “A woman looking at men looking at women” (La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres) y “Mothers, fathers and others” (Madres, padres y demás).


Lo que sigue es la entrevista que le realizó el escritor dominicano Belié Beltrán (1989) y que fue publicada en el primer número de “Minúsculas” la revista por él creada en febrero de 2026.
 
En el periodismo literario, especialmente en las crónicas, existe la idea de que el uso del “yo” es un privilegio que debe ganarse. Usted, en cambio, ha dicho que le molesta la voz autorizada en tercera persona de los textos científicos, y también se ha preguntado qué queremos decir cuando usamos la palabra yo. En su opinión, ¿qué papel juegan los pronombres en la construcción de un marco cognitivo que fomente el diálogo entre quien crea una obra y quien se relaciona con ella, ya sea en el ámbito del aprendizaje o del placer?

La tercera persona, ya sea en la ciencia, en las humanidades o en el periodismo, es una voz de ninguna parte que pretende transmitir una autoridad “objetiva”. No está situada en nadie. Siempre he visto esto como un problema porque le permite al autor ocultarse. Ese tipo de escritura suele recurrir a la voz pasiva en lugar de la activa: “Se realizó un experimento”, “Tres personas fueron asesinadas”, en lugar de “nosotros (los autores) realizamos un experimento” y “La policía mató a tres personas”. La ausencia de agentes en esas frases oscurece la realidad. Es como si ningún sujeto actuara. El lingüista francés Émile Benveniste se refirió a la tercera persona como una no-persona, fuera de mí y de ti. Mi idea no es que lo “personal” sea lo único que importa, sino que el diálogo genuino se sitúa en lo que llamo el “eje del discurso”, entre el “yo” y el “tú”. El destinatario u otro es crucial, incluso si ese alguien es un lector desconocido. Fingir que uno no habla desde una perspectiva particular puede convertirse en un modo de disfrazar la responsabilidad de lo que se dice. Los pronombres aparecen tarde en el habla infantil. Entender que el “yo” depende de quién habla es un concepto difícil de asimilar. Tú eres “yo” cuando hablas, pero cuando hablo yo, me convierto en “yo”. Algunos pacientes con afasia y otros diagnosticados con esquizofrenia pierden la distinción entre el yo y el tú. Pierden la sensación de estar enraizados en el espacio y su diferencia con los demás. La confusión suele ser dolorosa. Yo prefiero reconocer que soy yo quien escribe desde un lugar y un tiempo determinados, y soy responsable de lo que le digo a usted.

En 2016, usted argumentó que la misoginia había hecho posible la victoria de Trump y expresó temor ante aquella nueva administración; tras las elecciones de 2024, hizo comentarios similares. Hoy, con una visión política centrada en desmantelar las reglas del diálogo, canalizando esfuerzos hacia una visión única del poder y difuminando las líneas entre la realidad objetiva y la realidad deseada como mecanismo de control, ¿cómo cree que podría restablecerse una conversación plural? ¿Y cree que tal conversación alguna vez existió realmente en la historia reciente de Occidente?

Sí, creo que la misoginia ha jugado un papel mucho más importante en la consolidación del poder de Trump de lo que se reconoce en general. La gran tríada -misoginia, racismo y xenofobia- es crucial para el avance neofascista que hemos presenciado desde el ascenso de Trump. Como el odio hacia las mujeres atraviesa líneas de clase y de etnia, se desliza hacia el trasfondo. Las mujeres, después de todo, no somos una tribu, una nacionalidad, un grupo unificado. Pertenecemos a todas las tribus, pero el miedo al poder reproductivo, a la creatividad de engendrar hijos, es profundo. La necesidad de controlar la reproducción es un tema presente en casi todos los gobiernos autoritarios. Basta mirar las órdenes ejecutivas de la actual administración para entender que imponer fronteras rígidas de género es primordial: dos sexos. ¡Sin difuminaciones! Si uno se opone a esas líneas rígidas, puede ser castigado como “woke”. La verdad es que existe una oposición ruidosa en Estados Unidos. Somos muchos. El problema es que los llamados medios “mainstream” no informan ni registran las voces de protesta porque la acomodación y la colaboración resultan más convenientes. Lo mismo ocurrió en Alemania en 1933-34. Perder la república es secundario frente a la prioridad de las empresas mediáticas de mantenerse a flote financieramente. Pero hay otro punto crucial: incluso cuando la libertad de expresión era más libre, algunas voces resonaban con fuerza en la cultura y otras quedaban sin ser escuchadas. Siempre ha sido mucho más difícil para una mujer ser oída que para un hombre. Ha sido y es mucho más difícil para una persona pobre, negra, mestiza o LGBTQAI ser escuchada. Y, sin embargo, un hombre blanco, rico y gay en Estados Unidos puede tener ventajas que lo lleven a asegurar su riqueza y poder en lugar de proteger a otros. Las mujeres blancas de derecha en Estados Unidos pueden elegir la clase o la comodidad social por encima de los derechos de género. Esto ilustra las complejidades de la interseccionalidad. Añadiría a los intelectuales a este panorama también. Las viejas corrientes de virulento antiintelectualismo en Estados Unidos han alcanzado un volumen ensordecedor recientemente, en ataques a las universidades, a la investigación científica, a la crítica cultural y a la teoría.

Durante años, usted ha señalado la diferente recepción que se da a una obra escrita por una mujer frente a una escrita por un hombre. A pesar de los retrocesos impulsados por agendas como la de Trump, las mujeres han alcanzado una valoración y un reconocimiento mucho mayores por sus aportes intelectuales. La escritora argentina Leila Guerriero publicó hace unos años una serie de textos en los que señalaba cómo las editoriales y librerías están cada vez más llenas de libros escritos por mujeres, al punto de que algunos hablan de un boom de la literatura femenina. ¿Cómo podemos saber si se trata de una revalorización genuina o de un fenómeno nacido de los mismos patrones que históricamente han tratado al arte como una disciplina femenina?

Creo que Leila Guerriero tiene razón sobre la proliferación de la escritura de mujeres en muchos lugares. Lo difícil es reconocer que dos fuerzas pueden darse al mismo tiempo: que el respeto por el “trabajo de mujeres” esté creciendo mientras, de manera paralela, se produce una reacción negativa contra ese mismo fenómeno. Es posible que los lectores consuman libros de autoras con constancia, mientras otros desprecian cualquier trabajo hecho por mujeres e incluso hablan de poner fin al sufragio femenino. Conviene recordar que en la Inglaterra del siglo XVIII hubo muchas novelistas. Leí en alguna parte que incluso superaban en número a los novelistas varones en ese período. Sin embargo, los escritores que permanecieron en el canon fueron, en su mayoría, hombres. Las mujeres desaparecieron. No creo que eso haya ocurrido porque los hombres fueran mejores escritores. Sucedió porque el prejuicio las aplastó. De hecho, las académicas feministas han rescatado a escritoras de esa época. No obstante, en la cultura occidental las artes siguen siendo “femeninas” y las ciencias “masculinas”, y la jerarquía que coloca lo duro y masculino por encima de lo blando y femenino se mantiene. Un pensamiento algo alentador es que la furia que estamos viendo en la extrema derecha contra la autoridad femenina ocurre precisamente porque las identidades de género se han vuelto cada vez más flexibles y los estereotipos crueles han sido socavados. Lo que presenciamos es furia reaccionaria.

En su obra, la mirada parece desempeñar un papel central. Usted escribe sobre miradas en momentos específicos de Nueva York, recuerda eventos en términos visuales -colores, dimensiones, formas-. Al leer sus novelas, e incluso sus ensayos, se encuentran imágenes por todas partes, aunque usted ha reconocido la dificultad de traducir la imagen en palabra. Jorge Luis Borges tuvo dos etapas en su escritura: una antes de la ceguera y otra después. Para críticos como Ricardo Piglia, la pérdida de la vista es muy notoria en la obra tardía de Borges, sobre todo en su poesía. ¿Cree que es posible crear una escritura que resuene profundamente en la vida de los lectores sin recurrir a estímulos visuales?

Creo que soy muy visual, más de lo que nunca supe, para ser honesta. Esto puede deberse en parte a mi sinestesia tacto-espejo, un término acuñado recientemente, aunque el fenómeno no es nuevo. Cuando veo a alguien siendo tocado, experimento una sensación en mi propio cuerpo. Existe una hipótesis según la cual todos los bebés viven en un mundo en el que los sentidos -vista, oído, olfato, gusto y tacto- no están separados, sino que se fusionan. En mi caso, la visión y el sentimiento no son distintos, sino que se superponen. Creo que es importante reconocer que incluso quienes no experimentan la sinestesia como tal, mezclan los sentidos. El color tiene cualidades emocionales para muchas personas. El rojo es un color intenso, mientras que el verde no lo es. Y todos nosotros también estamos afectados por los significados culturales del color. El blanco es el color de la muerte en la cultura china y el de la pureza en Occidente. Borges es un buen ejemplo de cómo perder un sentido puede aumentar la sensibilidad de otros y transformar el arte a causa de ello. Me ha fascinado el hecho de que la corteza visual de una persona que nace ciega se reconfigure para potenciar los sentidos restantes, lo cual explica por qué las personas ciegas congénitas tienen extraordinarias habilidades de orientación desarrolladas a través del oído, el tacto y el olfato, habilidades que los videntes no pueden imaginar bien. Existen numerosos artículos académicos que han criticado la primacía de lo ocular en Occidente y la denigración de los otros sentidos. Aún queda mucho por aprender sobre todo esto, pero las personas que pierden la vista, por ejemplo en la vejez, pueden comenzar a tener alucinaciones, una especie de ensoñación visual mientras están despiertas. El cerebro parece compensar la pérdida de estímulos externos produciéndolos internamente. La mayoría de las personas en un tanque de privación sensorial comienzan a alucinar después de unos quince minutos. Quienes pierden la vista en algún momento de la infancia o más tarde pueden generar imágenes visuales oníricas y colores brillantes, aunque con el tiempo los otros sentidos empiezan a dominar sus sueños. Dicho esto, mi intenso placer al contemplar pinturas, que comenzó en mi infancia, persiste, y, si llegara a perder la vista, sé que lamentaría profundamente esa pérdida.

Desde las migrañas hasta los episodios de temblores, muchos de los intereses intelectuales y creativos en su obra se han desarrollado como experimentos en torno a su propio cuerpo y mente, siempre considerando su interacción. Dada esa visión del quehacer intelectual, y teniendo en cuenta que en los últimos años ha atravesado experiencias emocionalmente exigentes, ¿cómo se han integrado esos episodios en sus investigaciones y proyectos creativos en curso?

Esta es una pregunta enorme porque el problema mente/cuerpo sigue sin resolverse. El alma eterna de Platón y la idea cartesiana de que mente y cuerpo son dos sustancias diferentes continúan acechando a la cultura. No creo que lo que llamamos lo “mental” pueda reducirse a regiones del cerebro ni a una parte del cuerpo. Aunque es evidente que una persona necesita un cerebro para pensar, pensar es el resultado de estar en un mundo con otros y de responder a estímulos. Somos seres que nos constituimos a través de otros y de las cosas que nos rodean, y seguimos constituyéndonos en esa interacción. La distinción entre psique y soma es una cuestión de conveniencia. Todo el mundo sabe que una fiebre alta interfiere con la cognición, que dormir poco afecta nuestros reflejos. Prefiero el término que usó el fenomenólogo francés Maurice Merleau-Ponty: los seres humanos somos sujetos encarnados. En cuanto a los rigores de seguir viva, el sufrimiento y el trabajo, he atravesado la muerte de mi madre, Ester a los noventa y seis años, las muertes horribles de mi nieta Ruby, de diez meses, y de mi hijastro Daniel, y luego la de mi amado esposo, Paul Auster. Cada una de esas muertes me afectó de manera distinta. Apenas un par de semanas después de la muerte de Paul, comencé a escribir un libro llamado “Historias de fantasmas” sobre su enfermedad, su muerte, mi duelo y nuestra vida en común, que duró cuarenta y tres años. Hubo momentos en que sentí que el libro me estaba escribiendo a mí, más que yo a él. Mi necesidad de escribir era feroz. Sé que escribir fue una forma de contrarrestar la impotencia del duelo porque es un acto activo, no pasivo. La muerte es para siempre, y sin embargo sé que quería resucitar algo de él en la página, traer de vuelta fragmentos suyos para mí y para los demás. Creo que lo he logrado, y el libro me ayudó a mantenerme razonablemente entera -con periodos de fragmentación- durante los diez meses posteriores a su muerte.

Finalmente, para mantener vivo el hábito de la pregunta “cliché”: hace unos años usted dijo que, debido a la edad, trabajaba de manera frenética en muchas cosas al mismo tiempo. ¿En qué trabaja ahora y qué lecturas la acompañan estos días?

Mis intereses son diversos, y a veces desearía tener tres o cuatro versiones de mí misma para poder desarrollarlos todos. Cumplí setenta años en febrero. No sé cuánto tiempo me queda, pero he estado escribiendo conferencias y artículos, y tengo media novela esperándome. Soy abuela de un pequeño, Miles, que tiene veinte meses. Tras la muerte de Paul, perdí la intimidad sostenida de nuestro largo diálogo y relación amorosa, pero la intimidad con mi hija Sophie, mi yerno Spencer, el pequeño Miles, y mis tres hermanas, Liv, Asti e Ingrid, y sus familias, continúa. Ninguna persona sustituye a otra, pero una vida sin seres queridos sería insoportable. Parafraseando a Beckett, sigo y seguiré adelante.