6 de julio de 2026

Gabriel García Márquez y los platillos voladores

Nacido en Los Ángeles, California, tras graduarse en la universidad privada Dartmouth College ubicada en Hanover, Nuevo Hampshire, John Skirius (1948-2010), obtuvo su doctorado en la Harvard University para luego desempeñarse como Profesor de tiempo completo de Literatura Hispanoamericana en la University of California, Los Angeles, durante más de treinta años. Siendo director del Departamento de Literatura Española y Portuguesa de dicha universidad, organizó conferencias y simposios dedicados a la cultura de América Latina, pero sobre todo a la de México. En ese sentido, en 1978 publicó el ensayo “José Vasconcelos y la cruzada de 1929”, obra en la que documentó y analizó la histórica y fallida campaña presidencial en 1929 del abogado, pedagogo y filósofo mexicano José Vasconcelos (1882-1959). Tiempo después publicó en la “Revista de la Universidad de México” el artículo “Vasconcelos: de la revolución a la educación”, en el cual hizo un rescate de la faceta educativa y destacó la gran labor que como Secretario de Educación Pública desarrolló el autor de obras que dejaron un profunda marca en la vida cultural mexicana como, por ejemplo,Breve historia de México”, “Tratado de metafísica”, “Historia del pensamiento filosófico” y “Divagaciones literarias”.
En la misma revista también publicó un artículo sobre la escritora mexicana Carmen Boullosa (1954), e hizo lo propio escribiendo columnas dedicadas a los escritores también mexicanos José Fernández de Lizardi (1776-1827) en la “Nueva Revista de Filología Hispánica”, y a Agustín Yáñez (1904-1980), Enrique Krauze (1947) y Eloy Urroz (1967) en la “Revista de Literatura Mexicana Contemporánea”.
En 1982, compiló en un libro algunos de los que -según su criterio- eran los mejores ensayos escritos por autores hispanoamericanos hasta ese momento. La obra en cuestión, publicada por la editorial del Fondo de Cultura Económica, se llamó “El ensayo hispanoamericano del siglo XX”. En ella reprodujo un centenar de textos fundamentalmente literarios de talentosos escritores entre los que se pueden mencionar al citado José Vasconcelos, al nicaragüense Rubén Darío (1867-1916), a los cubanos José Martí (1853-1895) y Alejo Carpentier (1904-1980), al uruguayo José Enrique Rodó (1871-1917), al guatemalteco Miguel Ángel Asturias (1899-1974), a los chilenos Gabriela Mistral (1889-1957) y Pablo Neruda (1904-1973), a los argentinos Ezequiel Martínez Estrada (1895-1964), Jorge Luis Borges (1899-1986), Enrique Anderson Imbert (1910-2000), Ernesto Sabato (1911-2011) y Julio Cortázar (1914-1984), al venezolano Arturo Uslar Pietri (1906-2001), a los peruanos José Carlos Mariátegui (1894-1930) y Mario Vargas Llosa (1936-2025), a los mexicanos Alfonso Reyes (1889-1959), Octavio Paz (1914-1998), Carlos Fuentes (1928-2012), Elena Poniatowska (1932) y Carlos Monsiváis (1938-2010), y a los colombianos Germán Arciniegas (1900-1999) y Gabriel García Márquez (1927-2014).
Este último, sin dudas, junto a los citados Julio Cortázar, Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa, fue uno de los máximos exponentes del llamado Boom Latinoamericano, un fenómeno literario y editorial que tuvo lugar en las décadas del ‘60 y ’70 del siglo pasado, el cual contribuyó notablemente a que las obras de estos autores -a los que se sumaron luego el cubano José Lezama Lima (1910-1976), el mexicano Juan Rulfo (México, 1917-1986), el paraguayo Augusto Roa Bastos (1917-2005), el uruguayo Mario Benedetti (1920-2009), el chileno José Donoso (1924-1996) y el argentino Manuel Puig (1932-1990) entre varios otros- fueran ampliamente distribuidas y alcanzasen una proyección internacional sin precedentes.
Entre los muchos textos que el profesor Skirius incluyó en “El ensayo hispanoamericano del siglo XX” se destacan “Los habitantes de la ciudad”, “Sobre el fin del mundo”, “Nuestra música en Bogotá”, “La Marquesita de la Sierpe”, “La sociedad de América Latina” y “Los pobres platillos voladores” del autor de novelas inolvidables como “El coronel no tiene quien le escriba”, “El otoño del patriarca”, “Crónica de una muerte anunciada”, “El amor en los tiempos del cólera” y “Cien años de soledad”. De los seis textos del colombiano, tal vez el más sugestivo sea “Los pobres platillos voladores”, el cual fue escrito en 1950 y seleccionado años después en la revista mexicana “La Gaceta” como uno de los mejores cuentos sobre ese tema.


Cualquiera que haya leído “Cien años de soledad”, publicada en 1967, recordará que en ella se narra la historia de la familia Buendía a lo largo de siete generaciones en el pueblo ficticio de Macondo. En dicha novela se hizo presente en varias ocasiones la fascinación que García Márquez sentía por los ovnis y la vida extraterrestre, un embeleso que le nació en 1938 tras ver en el cine-teatro “Colombia” de Barranquilla “La invasión de Mongo”, la primera parte de la versión cinematográfica dirigida por el alemán Frederick Stephani (1903-1962) de la historieta de ciencia ficción creada por el dibujante estadounidense Alex Raymond (1909-1956).
En dicha novela, los platos voladores aparecen surcando el cielo para presagiar la muerte o anunciar que algo terminaba. La primera en observarlos fue Úrsula Iguarán, esposa de José Arcadio Buendía, una noche en que el Coronel Aureliano Buendía se disparó en el pecho después de haber firmado su rendición ante el Gobierno: “‘Lo han matado a traición -precisó Úrsula- y nadie le hizo la caridad de cerrarle los ojos’. Al anochecer vio a través de las lágrimas los raudos y luminosos discos anaranjados que cruzaron el cielo como una exhalación, y pensó que era una señal de la muerte”, escribió García Márquez.
Más adelante, otra noche los vio Santa Sofía de la Piedad, pareja de José Arcadio Buendía, a pocas horas de la muerte de su madre Úrsula: “Santa Sofía de la Piedad tuvo la certeza de que la encontraría muerta de un momento a otro, porque observaba por esos días un cierto aturdimiento de la naturaleza: que las rosas olían a quenopodio, que se le cayó una totuma de garbanzos y los granos quedaron en el suelo en un orden geométrico perfecto y en forma de estrella de mar, y que una noche vio pasar por el cielo una fila de luminosos discos anaranjados”.
El último personaje de la novela que los vio fue Amaranta Úrsula, la hija de Aureliano Segundo y Fernanda del Carpio, estando en la cama batallando desnuda contra el ímpetu sexual de Aureliano Babilonia, su sobrino, con quien finalmente consuma el incesto: “Una conmoción descomunal la inmovilizó en su centro de gravedad, la sembró en su sitio, y su voluntad defensiva fue demolida por la ansiedad irresistible de descubrir qué eran los silbos anaranjados y los globos invisibles que la esperaban al otro lado de la muerte”, narró García Márquez.
En “Los pobres platillos voladores” relató: “La humanidad resolvió -al fin- faltarle al respeto a los platillos voladores. Aquellos que un día fueron lejanos y misteriosos huéspedes de los más extraños cielos, han entrado en una lamentable decadencia, precisamente por haber perdido su primitivo carácter de eventualidad y lejanía. En un principio, algún modesto granjero de Arkansas vio cruzar, por su estrellato campesino ‘una estrella más grande que ninguna’, sólo que a diferencia de la del inspirado poeta, la que vio el granjero no era, técnicamente, la luna, sino una estrella móvil y esférica que se precipitó a una velocidad indecorosamente supersónica, hacia un horizonte que, por la mala noche que debió pasar el granjero, era un auténtico y nada lorquiano horizonte de perros”.
“A la mañana siguiente, cuando el asombrado campesino de Arkansas llegó al poblado y dijo en la farmacia que la noche anterior vio un extraño cuerpo circular volando no propiamente hacia Río de Janeiro, como aconteció en alguna película, sino hacia ‘el infinito abismo donde nuestra voz no alcanza’, como aconteció en un poema, el farmacéutico debió prescribirle un purgante eficaz para regularizar el alucinado aparato digestivo del granjero. Sin embargo, los misteriosos huéspedes siguieron realizando sus luminosas incursiones nocturnas, hasta el extremo de que no sólo perturbaron también la tranquilidad de los cielos europeos, seguidos desde abajo por millares de pupilas asombradas, sino que se arriesgaron a jugar un celeste escondite con algunos aviadores norteamericanos, de cuya sobriedad en sustancias destiladas no cabe la menor duda”.
“Es así como la humanidad, en cierta manera, ha empezado a sufrir las consecuencias de la purga que en mala hora se administró al granjero de Arkansas. Los platicos voladores, antes discretos e inofensivos, empezaron a perder la vergüenza. Se familiarizaron con los halagos de la publicidad y volaron cada vez a menor altura sobre los tejados, hasta el límite de que un ciudadano de Texas se viera en la necesidad de asegurar sus propiedades contra sus incursiones y de que una modesta empleada boliviana declarara, el último domingo, que ha formalizado compromiso matrimonial, de acuerdo con las leyes de Bolivia, con el copiloto de un platillo volador que una romántica noche de febrero sufrió un accidente junto a su ventana, de ella”.
“Personalmente me conmueve esta dolorosa decadencia en que van hundiéndose los que en mejores tiempos fueron identificados como diminutos visitantes interplanetarios. Me conmueve, porque la humanidad se vengará ahora de todas esas noches de sobresalto que le hicieron vivir los platillos voladores. Ramona, la novelera esposa de mi buen amigo Pancho, amanecerá un día de éstos exigiendo a su paciente cónyuge que modernice la vajilla doméstica no sólo ya con platillos, sino con tazas, bandejas y cafeteras voladoras. Y llegará el día -doloroso día- en que tendremos ceniceros fabricados con el material sobrante de los que fueron dignos y serviciales exploradores celestes. Porque todo es capaz de hacerlo la humanidad, hasta de permitir que se les castigue al musical escarnio de complementar el instrumental de la banda de Gustavita, cuyo orgulloso platillero tendrá la satisfacción de acompañar dentro de algunos meses la misma pieza milenaria, con el sonoro y metálico compás de los platillos voladores”.
Este breve y divertido texto fue escrito por García Márquez en 1950 para “El Heraldo”, un diario de Barranquilla donde trabajaba como periodista luego de sus inicios en 1948 en “El Universal” de Cartagena. En abril de 1968 se estrenó “2001: A space odyssey” (2001: Odisea del espacio) dirigida por el estadounidense Stanley Kubrick (1928-1999), una película que también impresionó al escritor colombiano. Poco más de un año después, se llevó a cabo la misión aeroespacial norteamericana que logró el primer alunizaje de seres humanos en la Luna mediante la nave espacial Apolo 11, un viaje propiciado por la Administración Nacional de Aeronáutica y el Espacio (National Aeronautics and Space Administration - NASA).
El mismo año del histórico alunizaje, la revista española “Cíclope” publicó en su nro. 16 una entrevista en la que el escritor habló sobre la vida extraterrestre y las naves espaciales. Cuando se le preguntó su opinión sobre los ovnis, respondió: “Mi opinión sobre los ovnis es de sentido común: creo que son naves procedentes de otros planetas, pero cuyo destino no es la Tierra”. “Es conmovedora la soberbia de quienes afirman que nuestro planeta es el único habitado -agregó-. Creo más bien que somos algo así como una aldea perdida en la provincia menos interesante del Universo, y que los discos luminosos que vemos pasar en la noche de los siglos nos miran a nosotros como nosotros miramos a las gallinas”. Ante la pregunta sobre de donde creía que procedían y quién los dirigía, contestó: “Los ovnis deben de estar tripulados por seres cuyo ciclo biológico es desmesuradamente más amplio y fructífero que el nuestro. No se ocupan de nosotros porque acabaron de estudiarnos hace miles de años, cuando se hicieron las últimas exploraciones del Universo, y no sólo saben de nosotros mucho más que nosotros mismos, sino que conocen inclusive nuestro destino. En realidad, la Tierra debe de ser para ellos una isla de emergencia en los azares de la navegación espacial”.


Y cuando se le preguntó su parecer sobre la persistencia de algunos científicos en negar, no ya la posibilidad de que existan naves extraterrestres, sino también el fenómeno en sí, manifestó: “Lo que pasa es que la humanidad no supo merecer la sabiduría de los alquimistas, que consideraban el laboratorio como una simple cocina de la clarividencia, y ahora estamos a merced de una ciencia reaccionaria cuyo dogmatismo ramplón no admite las evidencias mientras no las tenga dentro de un frasco. Son científicos regresivos que niegan la existencia de los marcianos porque no los pueden ver. Seguiremos viendo con la boca abierta esos discos luminosos que ya eran familiares en las noches de la Biblia, y seguiremos negando su existencia aunque sus tripulantes se sienten a almorzar con nosotros, como ocurrió tantas veces en el pasado, porque somos los habitantes del planeta más provinciano, reaccionario y atrasado del Universo”.
Años después, en marzo de 1977, en una entrevista concedida al periódico colombiano “El Espectador” comentó: “Mientras no encuentren otro ser humano en algún lugar del universo, la conquista del espacio será un fracaso. Es exactamente el problema de la literatura, el problema del arte. Mientras el arte y la literatura no le transmitan a los lectores, a los espectadores, un problema de la vida, un problema de los seres humanos, será un fracaso completo”. Con estas ideas, García Márquez mostró no sólo su oficio literario, su papel como periodista, su labor como defensor de los Derechos Humanos, sino que fue más allá y exhibió su propia carrera espacial, librada contra sí mismo y para sí mismo en favor de la literatura.

4 de julio de 2026

Entremeses literarios (CCXXIII)

¿VALES LO QUE TIENES?
Gustavo Fingier
Argentina (1964)
 
Felipe era un hombre humilde que trabajaba en su pequeña herrería. En su pueblo era marginado por su situación social.
Cansado de los desprecios, un día confió a su amigo Pedro, con la condición de que guardara muy bien su secreto, que había heredado una gran fortuna, que seguía con la herrería porque le gustaba el trabajo, y que nadie debía enterarse de su herencia puesto que todos recurrirían a él por su dinero. Pedro esa misma noche se lo comentó a su esposa, pidiéndole antes discreción.
En pocos días todo el pueblo lo sabía, pero nadie decía nada porque era un secreto.
Felipe comenzó a ser invitado a las fiestas del pueblo, pero se negaba a concurrir. Finalmente, por pedido de un grupo representativo y del propio Alcalde, comenzó a participar de las distintas reuniones.
La forma en que era tratado distaba mucho del que recibía el humilde herrero. Más tarde fue elegido para integrar el Consejo del pueblo. El Banco le dio un préstamo para modernizar su taller sin pedirle garantías. Cada vez tenía más trabajo y con su vida sencilla llegó a ser una persona adinerada. Con el tiempo se hizo tan importante que se convirtió en Alcalde.
Un día, en una conversación entre amigos, con las personalidades más importantes del pueblo, uno de ellos se animó y le confesó:
- Debo ser sincero con vos, todos conocemos tu secreto, sabemos de la fortuna que heredaste.
- En honor a tu sinceridad, les diré la verdad. Nunca existió dicha fortuna.
 
 
BUENA ACCIÓN
Roland Topor
Francia (1938-1997)
 
El anciano señor Scrouge no conseguía dormirse. Le atormentaban toda clase de pensamientos extraños, cosa a la que no estaba acostumbrado. Era como si una bolsa de ideas, guardada intacta durante setenta y cinco años hubiera reventado de repente.
El anciano señor Scrouge daba vueltas en la cama. Al ritmo de sus movimientos, las imágenes surgían ante ojos abiertos. Pasaba revista, una tras otra, a todas las personas con las que se había relacionado a lo largo de su existencia, sin haber conseguido nunca hacerse un sólo amigo. Volvía a ver los rostros de las mujeres con las que nunca quiso mantener una relación íntima, por miedo a perder su precioso y pequeño confort. Recordaba al mendigo al que había rehusado un pedazo de pan, al ciego, perdido en el centro de la calzada, al que deliberadamente había fingido no ver. Ahogó un sollozo.
Tuvo de repente tanto frío que se estremeció. Se envolvió en las mantas e introdujo la cabeza en su interior para reconfortarse con su propio calor. Las doce campanadas de la medianoche llegaron a él, amortiguadas por el espeso tejido de lana. Después le pareció oír que alguien gritaba.
Retiró las mantas bruscamente y escuchó con la máxima atención. No se había equivocado. Una voz que se debilitaba rápidamente gritó aún varias veces: “¡Socorro!”.
El señor Scrouge vivía en un apartamento situado junto al río. La voz provenía, sin duda, de un desgraciado caído al Sena. Sin hacer caso al frío que hacía temblar sus resecos miembros, se puso apresuradamente el batín y las zapatillas y se precipitó al exterior. Atravesó la calzada y apoyado en el parapeto escrutó el agua negra. Un hombre, como cogido en una trampa de líquido viscoso, se debatía débilmente.
“Soy viejo -se dijo el señor Scrouge-. ¿Qué puedo esperar ya de la vida? Si salvo a este hombre que se está ahogando, obtendré más satisfacciones que las que puedan darme algunos años de vida miserable”.
Franqueó valientemente el parapeto y se lanzó al agua. Se fue al fondo, porque tenía un corazón de piedra.
 
 
EL COMPONEDOR DE CUENTOS
Mariano Silva y Aceves
México (1886-1937)
 
Los que echaban a perder un cuento bueno o escribían uno malo lo enviaban al componedor de cuentos. Éste era un viejecito calvo, de ojos vivos, que usaba unos anteojos pasados de moda, montados casi en la punta de la nariz, y estaba detrás de un mostrador bajito, lleno de polvosos libros de cuentos de todas las edades y de todos los países.
Su tienda tenía una sola puerta hacia la calle y él estaba siempre muy ocupado. De sus grandes libros sacaba inagotablemente palabras bellas y aun frases enteras, o bien cabos de aventuras o hechos prodigiosos que anotaba en un papel blanco y luego, con paciencia y cuidado, iba engarzando esos materiales en el cuento roto. Cuando terminaba la compostura se leía el cuento tan bien que parecía otro.
De esto vivía el viejecito y tenía para mantener a su mujer, a diez hijos ociosos, a un perro irlandés y a dos gatos negros.
 
 
EL AMOR PARALELO
Carlos Eduardo Zavaleta
Perú (1928-2011)
 
¿Conoce el hombre a su mujer?
Una pareja de esposos solía ir cumplidamente a la misa dominical. Un domingo, el último, en medio de la música del coro ella salió de la banca y avanzó a comulgar junto con decenas de creyentes; el marido quedó sentado y desde esa comodidad miró vagamente la cola de fieles, que finalmente se adelgazó y como que desapareció ante el marido distraído y rutinario, para quien casi no había sorpresas.
Pasaron los minutos y él empezó a preocuparse, pues la mujer no volvía a la banca, cuyo sitio vacío comenzó de súbito a crecer y quizá a brillar, mientras el hombre hacía lo imposible por detener sus nervios, su desazón. Cuando comprobó que ella no había salido por ninguna de las grandes puertas, corrió a la sacristía y pudo trasmitir su miedo y al fin su desesperación.
El sacristán, hombre austero y paciente, le ayudó a buscarla nuevamente, esta vez en torno al templo y preguntando a los últimos fieles que ya tomaban taxis o se alejaban a pie.
- Tranquilícense -dijo el sacristán-. Nada ganamos con los nervios. Antes de avisar a la policía, dígame si es ésta la primera vez que ella…
- Sí, así es; nunca antes había sucedido.
- ¿Dice usted la verdad?
- Por supuesto,
- Pues no quiero asustarlo, pero hay algunas esposas que salen y toman un curioso camino paralelo, paralelo a éste
- ¿Qué quiere usted decir?
- Que siguen muy cerca de sus maridos, que quizá los ven a diario, pero como siguen un camino paralelo es imposible que vuelvan a encontrarse.
 
 
UN AUTÉNTICO FANTASMA
Thomas Carlyle
Escocia (1795-1881)
 
¿Habría algo más prodigioso que un auténtico fantasma? El inglés Johnson anheló, toda su vida, ver uno; pero no lo consiguió, aunque bajó a las bóvedas de las iglesias y golpeó féretros. ¡Pobre Johnson! ¿Nunca miró las marejadas de vida humana que amaba tanto? ¿No se miró siquiera a sí mismo? Johnson era un fantasma, un fantasma auténtico; un millón de fantasmas lo codeaba en las calles de Londres. Borremos la ilusión del tiempo, compendiemos los sesenta años en tres minutos. ¿Qué otra cosa era Johnson? ¿Qué otra cosa somos nosotros? ¿Acaso no somos espíritus que han tomado un cuerpo, una apariencia, y que luego se disuelven en aire y en invisibilidad?
 
 
LOS BESOS
Juan Carlos Onetti
Uruguay (1909-1994)
 
Los había conocido y extrañado de su madre. Besaba en las dos mejillas o en la mano a toda mujer indiferente que le presentaran, había respetado el rito prostibulario que prohibía unir las bocas; novias, mujeres le habían besado con lenguas en la garganta y se habían detenido sabias y escrupulosas para besarle el miembro. Saliva, calor y deslices, como debe ser. Después la sorpresiva entrada de la mujer, desconocida, atravesando la herradura de dolientes, esposa e hijos, amigos llorones suspirantes. Se acercó, impávida, la muy puta, la muy atrevida, para besarle la frialdad de la frente, por encima del borde del ataúd, dejando entre la horizontalidad de las tres arrugas, una pequeña mancha carmín.
 
 
JERSEYS Y CAZADORAS 
Beatriz Alonso Aranzábal
España (1963-2026)
 
En el armario familiar las cazadoras de mi padre abrazaban los jerseys de mi madre, y los tacones de ella pisaban las botas de él. Al cabo de unos años, lo cambiaron y compraron uno de dos cuerpos, y de paso sustituyeron la cama matrimonial por dos colchones de látex. Ahora cada uno tiene su propia habitación, su propio armario, y sus calcetines se enredan, muy de vez en cuando, en la lavadora.
 
 
LÁMPARAS DE HOJALTA
Álvaro Mutis
Colombia (1923-2013)
 
Mi labor consiste en limpiar cuidadosamente las lámparas de hojalata con las cuales los señores del lugar salen de noche a cazar el zorro en los cafetales. Lo deslumbran al enfrentarle súbitamente estos complejos artefactos, hediondos a petróleo y a hollín, que se oscurecen en seguida por obra de la llama que, en un instante, enceguece los amarillos ojos de la bestia.
Nunca he oído quejarse a estos animales. Mueren siempre presas del atónito espanto que les causa esta luz inesperada y gratuita. Miran por última vez a sus verdugos como quien se encuentra con los dioses al doblar una esquina. Mi tarea, mi destino, es mantener siempre brillante y listo este grotesco latón para su nocturna y breve función venatoria. ¡Y yo que soñaba ser algún día laborioso viajero por tierras de fiebre y aventura!
 
 
LA MONJA Y EL FRAILE
François Rabelais
Francia (1494-1553)
 
La monja Fessue fue embarazada por el fraile Roidmet. Una vez conocido el embarazo, fue llamada por la abadesa a capítulo y acusada de incesto. Ella se excusó alegando que aquello había ocurrido sin su consentimiento, que había sido por la violencia y por la fuerza del fraile. La abadesa replicó diciendo:
- Malvada, si esto sucedió en el dormitorio, ¿por qué no gritaste? Todas nosotras habríamos corrido en tu ayuda.
Ella repuso que no osó gritar en el dormitorio porque en él siempre reina un completo silencio.
- Pero -dijo la abadesa-, ¿por qué no hiciste signos a tus vecinas de habitación?
- Yo les hice señas con el culo tanto como podía, pero nadie me socorrió.
- Pero, malvada -preguntó la abadesa-, ¿por qué no viniste enseguida a decírmelo y a denunciarlo? Eso hubiera hecho yo, en caso semejante, para demostrar mi inocencia.
- Porque temía quedar en pecado y condenarme si moría de repente. Me confesé con el hermano Roidmet antes de que saliera de la habitación y me impuso como penitencia que no dijera nada a nadie. Demasiado grande habría sido el pecado si yo hubiera revelado mi confesión y altamente detestable ante Dios y los ángeles. Quizá esto habría sido causa de que el fuego del cielo hiciera arder toda la abadía y de que todas nosotras cayéramos en el abismo con Dathan y Abiron.
 
 
A UN PASO DEL SUEÑO ETERNO
Blas Sewald
Argentina (1954)
 
Una mañana, muerto de sueño ya que no había podido dormir bien, un hombre ya bastante avejentado salió a hacer unas compras y, cuando el semáforo peatonal lo habilitó a cruzar la avenida sobre la cual estaba el departamento en el que vivía, no hizo más que dar un par de pasos cuando por unos centímetros no lo atropelló un auto que, a alta velocidad, sin dudas había cruzado la avenida transversal con el semáforo vehicular en rojo. Algunos peatones que venían detrás de él putearon indignados al conductor, quien seguramente no escuchó los insultos. Este episodio lo llevó a pensar en las irracionalidades que veía todos los días en los conductores de autos, camiones y colectivos que no respetaban las más elementales normas de tránsito. Semejante caos llevaba a muchos conductores a insultarse, a amenazarse e, inclusive, a agarrarse a trompadas en medio de la calle. Esto le recordó, mientras entraba en el supermercado, una sentencia que alguna vez había leído del filósofo Leontyev, quien decía que excluir la violencia de la vida humana equivaldría a eliminar un color en el espectro del arco iris. Tenía razón el ruso, pensó.
Cuando salió del supermercado pensó en volver a acostarse para ver si podía dormir un rato más. Caminando hacia su casa se cruzó con una vecina que había visto como casi lo atropellaba aquel auto. ¿Cómo está?, le preguntó ella. Bien, bien, no pasa nada, le respondió. ¡Sí, gracias a Dios no le pasó nada! ¡Estuvo a un paso del sueño eterno!, le dijo la vecina. Sí, sí, masculló él, hasta luego. Y siguió caminando hacia su casa al tiempo que trataba de recordar la inscripción que los soldados nazis llevaban en la hebilla del cinturón de sus uniformes. Gott… gott… ¿cómo era?, se preguntó. Se acordó que los nazis invocaban a Dios, pero no podía recordar la frase completa, así que cuando llegó a su casa, tras acomodar las cosas que había comprado, buscó en internet y allí la encontró: “Gott mit uns”, que significaba “Dios está con nosotros”. Bueno, pensó, tenía razón la vecina porque, aunque yo no sea nazista y sea agnóstico, Dios estuvo conmigo, ¡ja, ja! Y se acostó a dormir mientras pensaba: ya que zafé del sueño eterno espero que por lo menos este sea un sueño reparador. Y se quedó profundamente dormido.