10 de julio de 2026

Alice Munro: “Nunca sé la extensión que tendrá un relato. No me importa si lo que estoy escribiendo en ese momento es un cuento u otra cosa. Es ficción y punto”

Un día como hoy, hace noventa y cinco años, venía al mundo la cuentista Alice Munro,
una de las escritoras contemporáneas en lengua inglesa más reconocidas por su maestría en el relato y su visión personal de la condición humana. Nacida como Alice Ann Laidlaw en Wingham, un pueblo de la provincia de Ontario, Canadá, en donde se asentaron sus antepasados migrantes de Escocia, sobrellevó una infancia y una adolescencia enrevesadas debido a una compleja relación con sus padres, una situación para la cual encontró en la lectura una vía de escape. Mientras recibía la educación primaria en la Lower Town School y la secundaria en la F.E. Madill Secondary School, ambas escuelas públicas de su ciudad natal, ya se había convertido en una ávida lectora de los cuentos de hadas del danés Hans Christian Andersen (1805-1875), de los relatos de misterio y suspenso para niños del inglés Charles Dickens (1812-1870), de los cuentos infantiles del estadounidense Thornton Burgess (1874-1965), de las leyendas mitológicas y medievales del inglés Alfred Tennyson (1809-1892), de los cuentos realistas del ruso Anton Chéjov (1860-1904) y de los relatos sutiles e irónicos de la canadiense Lucy Maud Montgomery (1874-1942). En 1949, gracias a obtener la calificación más alta en inglés de todos los estudiantes que la solicitaron, consiguió una beca de dos años en la University of Western Ontario ubicada en London, una ciudad ubicada en el suroeste de esa provincia. Inicialmente estudió periodismo, pero en su segundo año se cambió a Literatura Inglesa, aunque abandonó la carrera antes de graduarse para contraer matrimonio. Durante su período universitario ya dedicaba buena parte de su tiempo a escribir, y en la primavera de 1950 publicó sus primeros relatos en “Folio”, la revista literaria para estudiantes de esa universidad.
Ya casada, se instaló en Vancouver con su esposo. Mientras éste trabajaba en una de las tiendas de la empresa Eaton's, ella se ocupaba de las tareas de la casa al tiempo que leía y escribía. Durante los años siguientes publicó varios textos en periódicos canadienses como “Chatelaine”, “Mayfair”, “Montrealer”, “Queen's Quarterly”, “Tamarack Review” y “The Canadian Forum”. Recién en septiembre de 1968 apareció su primer libro: “Dance of the Happy Shades” (Danza de las sombras). En 1972 se divorció y regresó a su provincia natal donde se convirtió en una fecunda escritora como residente en su antigua universidad. Volvió a casarse en 1976 y a partir de entonces consolidó su carrera literaria.
En los años siguientes publicó “Who do you think you are?” (¿Quién te crees que eres?), “The moons of Jupiter” (Las lunas de Júpiter), “The love of a good woman” (El amor de una mujer generosa), “Hateship, friendship, courtship, loveship, marriage” (Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio) y “Too much happiness” (Demasiada felicidad), por citar sólo algunas de sus obras. En simultáneo, muchos de sus relatos aparecieron en prestigiosas revistas como “The New Yorker”, “Toronto Life”, “Granta” y “Paris Review”, y varios de ellos fueron adaptados para el cine.
Alice Munro fue premiada en 1968 con el galardón literario más importante de su país, el Governor's General Award, y en 2009 con el International Booker Prize, un premio literario bienal otorgado en el Reino Unido a escritores con obras de ficción publicadas en inglés. Luego, en 2013, recibió el Premio Nobel de Literatura como “maestra del relato corto contemporáneo”, el cual no pudo recoger en persona ya que por entonces había comenzado a padecer una demencia senil, la enfermedad que la llevaría a la muerte en una residencia para ancianos en Port Hope, Ontario, la noche del 13 de mayo de 2024 a los noventa y dos años.
 

Lo que sigue es una compilación de fragmentos de la entrevista que le hizo la periodista estadounidense Lisa Dickler Awano pocos días después de que se anunciara que era la ganadora del Nobel y que fue publicada el 18 de octubre de 2013 en la revista literaria estadounidense “Virginia Quarterly Review”, y de la conversación en video que mantuvo con el periodista sueco Stefan Åsberg que sirvió como discurso de recepción del Nobel, la cual fue proyectada en la Academia Sueca el 7 de diciembre de 2013.
 
¿Cuál es su proceso de escritura?
 
Trabajo con lentitud. Siempre es difícil… Casi siempre es difícil. La realidad es que vengo trabajando sin parar desde que tenía veinte años, y ahora tengo ochenta y uno. Ahora mi rutina es así: me levanto a la mañana, me tomo un café y me siento a escribir. Y después, un poco más tarde, puede ser que haga una pausa y coma algo, para seguir escribiendo. La escritura de verdad sale a la mañana. Al principio de lo que sea que estoy escribiendo no puedo dedicarle mucho tiempo, apenas unas tres horas. Reescribo mucho, así que reescribo y cuando pienso que está listo, lo envío. Y después quiero reescribirlo un poco más. Lo que me pasa a veces es que hay una o dos palabras que me parecen tan importantes que pido que me manden el libro de vuelta para poder agregarlas. Mi idea era escribir novelas, pero empecé a escribir cuentos porque era para lo único que podía hacerme tiempo. Entre las tareas de la casa y el cuidado de los chicos, nunca habría tenido tiempo de escribir una novela. Y después fue como si el formato del cuento -en realidad, una forma más bien inusual de cuento, por lo general una forma de relato bastante largo- fuese lo que quería hacer. Ese espacio alcanzaba para decir lo que quería decir. Y al principio fue difícil, porque la gente esperaba que el relato breve tuviera cierta extensión y no otra. Querían que fuese una historia corta, y mis historias eran bastante inusuales, ya que de alguna manera cuentan más y más cosas diferentes y no paran. Nunca sé -o al menos no suelo saber- la extensión que tendrá un relato. Pero no me asusto: le doy todo el espacio que necesite. De todos modos, no me importa si lo que estoy escribiendo en ese momento es un cuento -algo clasificado como cuento- u otra cosa. Es ficción y punto.
 
Justamente me pregunto si esta podría ser una pista de por qué eligió la forma del relato breve… ¿O el relato breve la eligió a usted?
 
Podría ser. Me encanta trabajar con gente, con las conversaciones de la gente y también con las cosas inesperadas que le ocurren a la gente. Lo inesperado es muy importante para mí. En uno de mis cuentos (“Escapada”), una mujer que tiene un matrimonio complicado decide dejar a su marido, alentada por una mujer muy sensata mayor que ella. Y entonces, cuando intenta irse, advierte que no puede hacerlo. Lo más razonable es irse, sus motivos son muchos, pero no puede. ¿Cómo puede ser? Yo escribo ese tipo de cosas, porque soy yo la que no sabe “cómo puede ser”. Por eso tengo que prestarle atención: allí hay algo que merece mi atención.
 
En el relato “Mi vida querida”, usted conecta la idea de la remodelación de una casa con el trabajo de la memoria. ¿Puede contarnos lo que piensa sobre la naturaleza de la memoria?
 
Es interesante lo que sucede al envejecer, porque los recuerdos se vuelven más vívidos, en especial los recuerdos lejanos. Pero yo no hago ningún esfuerzo de memoria, simplemente está ahí todo el tiempo, y no sé si escribo más sobre eso de lo que solía hacerlo antes. Ciertamente, si una quiere escribir en serio sobre sus padres, su infancia, una tiene que ser tan honesta como pueda, pensar lo que realmente pasó, y no en la historia que te sirve en un plato tu memoria. Pero por supuesto que eso no es posible, así que al menos una puede decir: “Bueno, ésta es mi versión de la historia… Esto es lo que yo recuerdo”.
 
Usted me ha dicho algunas veces que nos pasamos repitiendo las cosas que son difíciles hasta que logramos superarlas.
 
Creo que eso es particularmente cierto respecto de los recuerdos de la primera infancia. Y siempre hay un trabajo sobre eso para intentar superarlo. ¿Pero qué significa “superarlo”? ¿Que ya no duela más? ¿Que lo hemos pensado hasta hacernos una idea más o menos clara de lo que realmente pasó? Pero nunca escribimos sobre eso. Tenemos hijos. Cuando ellos escriban la historia de su infancia, seguirá siendo sólo la historia de ellos, y el “tú” de esas historias será un “tú” en el que tal vez no nos reconozcamos. Y es por eso que hay que reconocer que incluso el relato que haga el esfuerzo más honesto seguirá sin contemplar la verdad de todos. Pero ese esfuerzo es valioso.
 
Cuando uno es escritor, de alguna manera se pasa la vida tratando de entender las cosas, y uno pone lo que ha entendido en papel y la gente lo lee. En realidad, es algo de lo más extraño.
 
Una se dedica toda su vida a esto, por más que sepa que fracasa. No se fracasa todo el tiempo, ni en todo, y yo pienso que vale la pena, al menos pienso que lo vale. Pero es como llegar a un acuerdo con cosas con las que una puede lidiar sólo parcialmente. Esto suena de lo más desesperanzado. Pero yo no me siento en absoluto desesperanzada.
 
¿Cómo aprendió a contar una historia y a escribirla?
 
Yo inventaba historias constantemente; el camino de casa a la escuela era largo, y por regla general durante ese trayecto inventaba historias. Conforme fui creciendo los cuentos versaban cada vez más sobre mí misma, era como una heroína en una u otra situación; no me molestaba que los cuentos no se publicaran enseguida y no sé si pensaba siquiera en que otras personas los conocieran o los leyeran. Lo importante era la propia historia, generalmente una historia muy satisfactoria desde mi punto de vista, teniendo en mente la valentía de la sirenita, que ella era inteligente, que era capaz de hacer un mundo mejor, porque actuaba y tenía poderes mágicos y habilidades por el estilo.
 
¿Era importante que la historia se contara desde la perspectiva de una mujer?
 
No creía que eso fuera importante, pero tampoco pensaba nunca en mí misma como en algo que no fuera una mujer, y hubo muchas buenas historias sobre niñas y mujeres. Quizá al llegar a la adolescencia el asunto tenía más que ver con ayudar al hombre a satisfacer sus necesidades, etcétera, pero de niña yo no tenía absolutamente ningún sentimiento de inferioridad por ser mujer. Y es posible que eso se debiera al hecho de haber vivido en una parte de Ontario donde eran sobre todo las mujeres las que leían, las que contaban la mayoría de las historias, mientras los hombres estaban fuera haciendo cosas importantes; ellos no se dedicaban a las historias. De modo que me sentía como en casa.
 
¿Qué es lo importante para usted cuando cuenta una historia?
 
Bueno, en aquellos primeros días lo importante era, sin duda, el final feliz, pues yo no toleraba finales infelices para mis heroínas. Más adelante empecé a leer obras como Cumbres borrascosas, y había finales muy, muy infelices, de modo que cambié mis ideas por completo y opté por lo trágico, y me gustó.
 
¿Qué puede haber tan interesante en la descripción de la vida provinciana canadiense?
 
Hay que estar allí. Pienso que cualquier vida puede ser interesante, cualquier entorno puede ser interesante. Creo que no habría sido tan osada si hubiera vivido en una ciudad, compitiendo con personas con lo que puede denominarse un nivel cultural, en general, más alto. Yo no tuve que enfrentarme a eso. Era la única persona que conocía que escribía cuentos, aunque no se los contara a nadie, y hasta donde sabía, al menos durante un tiempo, la única persona capaz de hacerlo en el mundo.
 
¿Siempre ha tenido esa seguridad en su escritura?
 
La tuve durante mucho tiempo, pero me volví muy insegura cuando crecí y conocí a otras personas que también escribían. Entonces me di cuenta de que el trabajo era un poco más difícil de lo que creía. Pero nunca me rendí, aquello era mi vida.
 
Cuando empieza un cuento, ¿tiene siempre desarrollado el argumento?
 
Sí, pero luego a menudo cambia. Empiezo con un argumento y trabajo en él, y luego veo que sigue otro camino y que pasan cosas mientras escribo, pero tengo que empezar con una idea bastante clara de por dónde va la historia.
 
¿Hasta qué punto le absorbe la historia cuando está escribiendo?
 
¡Ah, por completo! Pero siempre daba de comer yo a mis hijos, ¿eh? Yo era un ama de casa, de modo que aprendí a escribir en los ratos libres, y creo que nunca lo dejé, aunque hubo momentos en que me sentí muy desalentada, porque empecé a ver que los cuentos que escribía no eran muy buenos, que tenía mucho que aprender y que era un trabajo muchísimo más difícil de lo que yo esperaba. Pero no me detuve, no creo que lo haya hecho nunca.
 
¿Qué parte es la más difícil cuando quiere contar una historia?
 
Creo que probablemente cuando terminas la historia y te das cuenta de lo mala que es. Ya sabe: la primera parte, entusiasmo; la segunda, ¡bastante bueno!; pero luego te levantas una mañana y piensas “Qué disparate”, y es entonces cuando realmente tienes que ponerte a trabajar en ello. A mí siempre me parecía que eso era lo que tenía que hacer: si la historia no funcionaba era culpa mía, no de la historia.
 
Pero, ¿cómo le da la vuelta a la historia si no se siente satisfecha?
 
Trabajando duro. Intento pensar en un modo mejor de contarla. Tienes personajes a los que no has dado una oportunidad, y tienes que pensar en ellos o hacer algo completamente distinto con ellos. En mis primeros días era propensa a utilizar una prosa muy florida, y poco a poco aprendí a eliminar muchas cosas. Solo hay que seguir pensando en ello y averiguar cada vez más de qué iba la historia, al principio creías que la habías entendido, pero en realidad tenías mucho más que aprender de ella.
 
¿Alguna vez dudó, alguna vez pensó que no era lo suficientemente buena?
 
¡Todo el tiempo, todo el tiempo! Tiré más cosas de las que envié o terminé, y eso continuó durante mis veintitantos años. Pero todavía estaba aprendiendo a escribir como quería escribir. No, no fue algo fácil.
 
Leí en alguna parte que quiere que las cosas se expliquen de forma fácil.
 
Sí. Pero nunca pienso que quiero explicar las cosas más fácilmente, así es como escribo. Creo que escribo con naturalidad y de forma fácil, sin pensar que esto iba a ser más fácil.
 
¿Alguna vez se ha encontrado con períodos en los que no ha podido escribir?
 
Sí. Dejé de escribir, tal vez hace un año, pero eso fue una decisión que fue no querer escribir y no poder, una decisión porque quería comportarme como el resto del mundo. Porque cuando escribes estás haciendo algo que otras personas no saben que estás haciendo, y realmente no puedes hablar de ello. Siempre estás encontrando tu camino en este mundo secreto, y luego estás haciendo otra cosa en el mundo normal. Y ya me estoy cansando de eso, lo he hecho toda mi vida, absolutamente toda mi vida. Cuando me encontraba con escritores que eran, en cierto modo, más académicos, me ponía un poco nerviosa, porque sabía que no podía escribir de esa manera, que no tenía ese don.

6 de julio de 2026

Gabriel García Márquez y los platillos voladores

Nacido en Los Ángeles, California, tras graduarse en la universidad privada Dartmouth College ubicada en Hanover, Nuevo Hampshire, John Skirius (1948-2010), obtuvo su doctorado en la Harvard University para luego desempeñarse como Profesor de tiempo completo de Literatura Hispanoamericana en la University of California, Los Angeles, durante más de treinta años. Siendo director del Departamento de Literatura Española y Portuguesa de dicha universidad, organizó conferencias y simposios dedicados a la cultura de América Latina, pero sobre todo a la de México. En ese sentido, en 1978 publicó el ensayo “José Vasconcelos y la cruzada de 1929”, obra en la que documentó y analizó la histórica y fallida campaña presidencial en 1929 del abogado, pedagogo y filósofo mexicano José Vasconcelos (1882-1959). Tiempo después publicó en la “Revista de la Universidad de México” el artículo “Vasconcelos: de la revolución a la educación”, en el cual hizo un rescate de la faceta educativa y destacó la gran labor que como Secretario de Educación Pública desarrolló el autor de obras que dejaron un profunda marca en la vida cultural mexicana como, por ejemplo, “Breve historia de México”, “Tratado de metafísica”, “Historia del pensamiento filosófico” y “Divagaciones literarias”.
En la misma revista también publicó un artículo sobre la escritora mexicana Carmen Boullosa (1954), e hizo lo propio escribiendo columnas dedicadas a los escritores también mexicanos José Fernández de Lizardi (1776-1827) en la “Nueva Revista de Filología Hispánica”, y a Agustín Yáñez (1904-1980), Enrique Krauze (1947) y Eloy Urroz (1967) en la “Revista de Literatura Mexicana Contemporánea”.
En 1982, compiló en un libro algunos de los que -según su criterio- eran los mejores ensayos escritos por autores hispanoamericanos hasta ese momento. La obra en cuestión, publicada por la editorial del Fondo de Cultura Económica, se llamó “El ensayo hispanoamericano del siglo XX”. En ella reprodujo un centenar de textos fundamentalmente literarios de talentosos escritores entre los que se pueden mencionar al citado José Vasconcelos, al nicaragüense Rubén Darío (1867-1916), a los cubanos José Martí (1853-1895) y Alejo Carpentier (1904-1980), al uruguayo José Enrique Rodó (1871-1917), al guatemalteco Miguel Ángel Asturias (1899-1974), a los chilenos Gabriela Mistral (1889-1957) y Pablo Neruda (1904-1973), a los argentinos Ezequiel Martínez Estrada (1895-1964), Jorge Luis Borges (1899-1986), Enrique Anderson Imbert (1910-2000), Ernesto Sabato (1911-2011) y Julio Cortázar (1914-1984), al venezolano Arturo Uslar Pietri (1906-2001), a los peruanos José Carlos Mariátegui (1894-1930) y Mario Vargas Llosa (1936-2025), a los mexicanos Alfonso Reyes (1889-1959), Octavio Paz (1914-1998), Carlos Fuentes (1928-2012), Elena Poniatowska (1932) y Carlos Monsiváis (1938-2010), y a los colombianos Germán Arciniegas (1900-1999) y Gabriel García Márquez (1927-2014).
Este último, sin dudas, junto a los citados Julio Cortázar, Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa, fue uno de los máximos exponentes del llamado Boom Latinoamericano, un fenómeno literario y editorial que tuvo lugar en las décadas del ‘60 y ’70 del siglo pasado, el cual contribuyó notablemente a que las obras de estos autores -a los que se sumaron luego el cubano José Lezama Lima (1910-1976), el mexicano Juan Rulfo (México, 1917-1986), el paraguayo Augusto Roa Bastos (1917-2005), el uruguayo Mario Benedetti (1920-2009), el chileno José Donoso (1924-1996) y el argentino Manuel Puig (1932-1990) entre varios otros- fueran ampliamente distribuidas y alcanzasen una proyección internacional sin precedentes.
Entre los muchos textos que el profesor Skirius incluyó en “El ensayo hispanoamericano del siglo XX” se destacan “Los habitantes de la ciudad”, “Sobre el fin del mundo”, “Nuestra música en Bogotá”, “La Marquesita de la Sierpe”, “La sociedad de América Latina” y “Los pobres platillos voladores” del autor de novelas inolvidables como “El coronel no tiene quien le escriba”, “El otoño del patriarca”, “Crónica de una muerte anunciada”, “El amor en los tiempos del cólera” y “Cien años de soledad”. De los seis textos del colombiano, tal vez el más sugestivo sea “Los pobres platillos voladores”, el cual fue escrito en 1950 y seleccionado años después en la revista mexicana “La Gaceta” como uno de los mejores cuentos sobre ese tema.
 

Cualquiera que haya leído “Cien años de soledad”, publicada en 1967, recordará que en ella se narra la historia de la familia Buendía a lo largo de siete generaciones en el pueblo ficticio de Macondo. En esta emblemática obra se hizo presente en varias ocasiones la fascinación que García Márquez sentía por los ovnis y la vida extraterrestre, un embeleso que le nació en 1938 tras ver en el cine-teatro “Colombia” de Barranquilla “La invasión de Mongo”, la primera parte de la versión cinematográfica dirigida por el alemán Frederick Stephani (1903-1962) de la historieta de ciencia ficción creada por el dibujante estadounidense Alex Raymond (1909-1956).
En dicha novela, los platos voladores aparecen surcando el cielo para presagiar la muerte o anunciar que algo terminaba. La primera en observarlos fue Úrsula Iguarán, esposa de José Arcadio Buendía, una noche en que el Coronel Aureliano Buendía se disparó en el pecho después de haber firmado su rendición ante el Gobierno: “‘Lo han matado a traición -precisó Úrsula- y nadie le hizo la caridad de cerrarle los ojos’. Al anochecer vio a través de las lágrimas los raudos y luminosos discos anaranjados que cruzaron el cielo como una exhalación, y pensó que era una señal de la muerte”, escribió García Márquez.
Más adelante, otra noche los vio Santa Sofía de la Piedad, pareja de José Arcadio Buendía, a pocas horas de la muerte de su madre Úrsula: “Santa Sofía de la Piedad tuvo la certeza de que la encontraría muerta de un momento a otro, porque observaba por esos días un cierto aturdimiento de la naturaleza: que las rosas olían a quenopodio, que se le cayó una totuma de garbanzos y los granos quedaron en el suelo en un orden geométrico perfecto y en forma de estrella de mar, y que una noche vio pasar por el cielo una fila de luminosos discos anaranjados”.
El último personaje de la novela que los vio fue Amaranta Úrsula, la hija de Aureliano Segundo y Fernanda del Carpio, estando en la cama batallando desnuda contra el ímpetu sexual de Aureliano Babilonia, su sobrino, con quien finalmente consuma el incesto: “Una conmoción descomunal la inmovilizó en su centro de gravedad, la sembró en su sitio, y su voluntad defensiva fue demolida por la ansiedad irresistible de descubrir qué eran los silbos anaranjados y los globos invisibles que la esperaban al otro lado de la muerte”, narró García Márquez.
En “Los pobres platillos voladores” relató: “La humanidad resolvió -al fin- faltarle al respeto a los platillos voladores. Aquellos que un día fueron lejanos y misteriosos huéspedes de los más extraños cielos, han entrado en una lamentable decadencia, precisamente por haber perdido su primitivo carácter de eventualidad y lejanía. En un principio, algún modesto granjero de Arkansas vio cruzar, por su estrellato campesino ‘una estrella más grande que ninguna’, sólo que a diferencia de la del inspirado poeta, la que vio el granjero no era, técnicamente, la luna, sino una estrella móvil y esférica que se precipitó a una velocidad indecorosamente supersónica, hacia un horizonte que, por la mala noche que debió pasar el granjero, era un auténtico y nada lorquiano horizonte de perros”.
“A la mañana siguiente, cuando el asombrado campesino de Arkansas llegó al poblado y dijo en la farmacia que la noche anterior vio un extraño cuerpo circular volando no propiamente hacia Río de Janeiro, como aconteció en alguna película, sino hacia ‘el infinito abismo donde nuestra voz no alcanza’, como aconteció en un poema, el farmacéutico debió prescribirle un purgante eficaz para regularizar el alucinado aparato digestivo del granjero. Sin embargo, los misteriosos huéspedes siguieron realizando sus luminosas incursiones nocturnas, hasta el extremo de que no sólo perturbaron también la tranquilidad de los cielos europeos, seguidos desde abajo por millares de pupilas asombradas, sino que se arriesgaron a jugar un celeste escondite con algunos aviadores norteamericanos, de cuya sobriedad en sustancias destiladas no cabe la menor duda”.
“Es así como la humanidad, en cierta manera, ha empezado a sufrir las consecuencias de la purga que en mala hora se administró al granjero de Arkansas. Los platicos voladores, antes discretos e inofensivos, empezaron a perder la vergüenza. Se familiarizaron con los halagos de la publicidad y volaron cada vez a menor altura sobre los tejados, hasta el límite de que un ciudadano de Texas se viera en la necesidad de asegurar sus propiedades contra sus incursiones y de que una modesta empleada boliviana declarara, el último domingo, que ha formalizado compromiso matrimonial, de acuerdo con las leyes de Bolivia, con el copiloto de un platillo volador que una romántica noche de febrero sufrió un accidente junto a su ventana, de ella”.
“Personalmente me conmueve esta dolorosa decadencia en que van hundiéndose los que en mejores tiempos fueron identificados como diminutos visitantes interplanetarios. Me conmueve, porque la humanidad se vengará ahora de todas esas noches de sobresalto que le hicieron vivir los platillos voladores. Ramona, la novelera esposa de mi buen amigo Pancho, amanecerá un día de éstos exigiendo a su paciente cónyuge que modernice la vajilla doméstica no sólo ya con platillos, sino con tazas, bandejas y cafeteras voladoras. Y llegará el día -doloroso día- en que tendremos ceniceros fabricados con el material sobrante de los que fueron dignos y serviciales exploradores celestes. Porque todo es capaz de hacerlo la humanidad, hasta de permitir que se les castigue al musical escarnio de complementar el instrumental de la banda de Gustavita, cuyo orgulloso platillero tendrá la satisfacción de acompañar dentro de algunos meses la misma pieza milenaria, con el sonoro y metálico compás de los platillos voladores”.
Este breve y divertido texto fue escrito por García Márquez en 1950 para “El Heraldo”, un diario de Barranquilla donde trabajaba como periodista luego de sus inicios en 1948 en “El Universal” de Cartagena. En abril de 1968 se estrenó “2001: A space odyssey” (2001: Odisea del espacio) dirigida por el estadounidense Stanley Kubrick (1928-1999), una película que también impresionó al escritor colombiano. Poco más de un año después, se llevó a cabo la misión aeroespacial norteamericana que logró el primer alunizaje de seres humanos en la Luna mediante la nave espacial Apolo 11, un viaje propiciado por la Administración Nacional de Aeronáutica y el Espacio (National Aeronautics and Space Administration - NASA).
El mismo año del histórico alunizaje, la revista española “Cíclope” publicó en su nro. 16 una entrevista en la que el escritor habló sobre la vida extraterrestre y las naves espaciales. Cuando se le preguntó su opinión sobre los ovnis, respondió: “Mi opinión sobre los ovnis es de sentido común: creo que son naves procedentes de otros planetas, pero cuyo destino no es la Tierra”. “Es conmovedora la soberbia de quienes afirman que nuestro planeta es el único habitado -agregó-. Creo más bien que somos algo así como una aldea perdida en la provincia menos interesante del Universo, y que los discos luminosos que vemos pasar en la noche de los siglos nos miran a nosotros como nosotros miramos a las gallinas”. Ante la pregunta sobre de donde creía que procedían y quién los dirigía, contestó: “Los ovnis deben de estar tripulados por seres cuyo ciclo biológico es desmesuradamente más amplio y fructífero que el nuestro. No se ocupan de nosotros porque acabaron de estudiarnos hace miles de años, cuando se hicieron las últimas exploraciones del Universo, y no sólo saben de nosotros mucho más que nosotros mismos, sino que conocen inclusive nuestro destino. En realidad, la Tierra debe de ser para ellos una isla de emergencia en los azares de la navegación espacial”.
 

Y cuando se le preguntó su parecer sobre la persistencia de algunos científicos en negar, no ya la posibilidad de que existan naves extraterrestres, sino también el fenómeno en sí, manifestó: “Lo que pasa es que la humanidad no supo merecer la sabiduría de los alquimistas, que consideraban el laboratorio como una simple cocina de la clarividencia, y ahora estamos a merced de una ciencia reaccionaria cuyo dogmatismo ramplón no admite las evidencias mientras no las tenga dentro de un frasco. Son científicos regresivos que niegan la existencia de los marcianos porque no los pueden ver. Seguiremos viendo con la boca abierta esos discos luminosos que ya eran familiares en las noches de la Biblia, y seguiremos negando su existencia aunque sus tripulantes se sienten a almorzar con nosotros, como ocurrió tantas veces en el pasado, porque somos los habitantes del planeta más provinciano, reaccionario y atrasado del Universo”.
Años después, en marzo de 1977, en una entrevista concedida al periódico colombiano “El Espectador” comentó: “Mientras no encuentren otro ser humano en algún lugar del universo, la conquista del espacio será un fracaso. Es exactamente el problema de la literatura, el problema del arte. Mientras el arte y la literatura no le transmitan a los lectores, a los espectadores, un problema de la vida, un problema de los seres humanos, será un fracaso completo”. Con estas ideas, García Márquez mostró no sólo su oficio literario, su papel como periodista, su labor como defensor de los Derechos Humanos, sino que fue más allá y exhibió su propia carrera espacial, librada contra sí mismo y para sí mismo en favor de la literatura.