8 de octubre de 2026

Cuentos selectos (XLIII). Dino Buzzati: “El colombre”

Nacido en el barrio San Pellegrino de la ciudad de Belluno, en la región del Véneto al noreste de Italia, Dino Buzzati (1906-1972) está considerado como una de las figuras más destacadas de la literatura del siglo XX. Su formación se dividió entre las que habrían de ser las pasiones de toda su vida: la literatura, la música y la pintura, a las que, en su adolescencia, agregó el montañismo. Aprendió a tocar el violín y el piano de manera autodidacta, y otro tanto hizo con el dibujo y la pintura influenciado por el dibujante inglés Arthur Rackham (1867-1939), un ilustrador de numerosos libros tanto infantiles como los de los hermanos Jacob Grimm (1785-1863) y Wilhelm Grimm (1786-1859), Hans Christian Andersen (1805-1875) y Lewis Carroll (1832-1898), como para lectores adultos entre ellos William Shakespeare (1564-1616), Thomas Ingoldsby (1788-1845) y Edgar Allan Poe (1809-1849) entre otros. A todos ellos los leyó desde su temprana edad y, con el correr del tiempo, incorporó a otros prestigiosos escritores como Ernst T. A. Hoffmann (1776-1822), Washington Irving (1783-1859), Fiódor Dostoyevski (1821-1881), Gertrude Stein (1874-1946), James Joyce (1882-1941) y Samuel Beckett (1906-1989), autores todos ellos que influyeron decisivamente en su posterior producción literaria.
Cursó sus primeros estudios en el Liceo Classico Giuseppe Parini, una reconocida escuela secundaria pública ubicada en Milán, para luego inscribirse en la Università degli Studi di Milano (Universidad de Milán) donde se doctoró en Derecho en 1928. Luego inició una dilatada carrera periodística en el diario “Corriere della Sera”, primero como cronista y luego como redactor y enviado especial y corresponsal en Addis Abeba, Jerusalén, Nueva York, Praga, Tokio y Washington entre otras ciudades. También se empleó como redactor jefe en el Semanario “Domenica del Corriere” y como articulista, crítico teatral e ilustrador en “Il Popolo di Lombardia”.
A pesar de mostrar siempre su predilección por la pintura como expresión artística, inició su actividad literaria en 1933 con la novela “Bàrnabo delle montagne” (Bárnabo de las montañas), la que obtuvo un notable éxito de la crítica y los lectores, y dos años después publicó “Il segreto del Bosco Vecchio” (El secreto del Bosque Viejo), una historia fabulesca protagonizada por gigantes y animales parlantes que desempeñaban hechos prodigiosos, la cual fue acogida con indiferencia. Su carrera recién se consolidó en 1940 con la aparición de “Il deserto dei tartarí” (El desierto de los tártaros), una novela ambientada en un país ficticio, que narra la historia del capitán Giovanni Drogo acompañado por jóvenes oficiales que pasan los días en una solitaria fortaleza militar llamada Bastiani esperando en vano la invasión de los tártaros, algo que nunca va a ocurrir y, en eso, se le va la vida. El escritor Jorge L. Borges (1899-1986) la consideró una obra maestra y expresó en el prólogo de la edición argentina que era un libro “regido por el método de la postergación indefinida, casi infinita; hay una víspera, pero es la de una enorme batalla, temida y esperada. El desierto es real y es simbólico. Está vacío y el héroe espera”. Y añadió: “Hay nombres que las generaciones venideras no se resignarán a olvidar. Uno de ellos es, verosímilmente, el de Dino Buzzati”. La novela tuvo un gran éxito de público y de crítica y fue traducida a múltiples lenguas.


Posteriormente publicó, entre otras obras, las novelas “La famosa invasione degli orsi in Sicilia” (La famosa invasión de Sicilia por los osos), “Il grande ritratto” (El gran retrato) y “Un amore” (Un amor); y los libros de cuentos y novelas breves “Sessanta racconti” (Sesenta relatos), “I sette messaggeri” (Los siete mensajeros), “Le notti difficili” (Las noches difíciles) y “Esperimento di magia” (Experimento de magia),
El 28 de enero de 1972 falleció en la clínica La Madonnina de Milán quien se había autodefinido como “un pintor que, por afición, por períodos más o menos prolongados, he hecho de escritor y de periodista”. Lo que sigue es un cuento incluido en “Il colombre e altri cinquanta racconti” (El colombre y otros cincuenta relatos) publicado en 1966.

EL COLOMBRE

Cuando Stefano Roi cumplió los doce años, pidió como regalo a su padre, capitán de barco y patrón de un bonito velero, que lo llevase consigo a bordo.
- Cuando sea mayor -dijo-, quiero navegar por los mares como tú. Y mandaré barcos todavía más bonitos y grandes que el tuyo.
- Dios te bendiga, hijo mío -respondió su padre. Y como justamente aquel día su carguero debía partir, se llevó al chico consigo.
Era un espléndido día de sol; el mar estaba tranquilo. Stefano, que nunca había subido al barco, paseaba feliz por cubierta admirando las complicadas maniobras del aparejo. Y preguntaba esto y lo otro a los marineros, que, sonriendo, se lo explicaban todo.
Cuando fue a parar a la toldilla, el chico, picado por la curiosidad, se detuvo a observar una cosa que salía intermitentemente a la superficie a una distancia de unos doscientos o trescientos metros, allí donde estaba la estela de la nave. Aunque el carguero volara ya, empujado por un magnífico viento de popa, aquella cosa mantenía siempre la misma distancia. Y, aunque él no comprendía su naturaleza, tenía algo indefinible que lo atraía intensamente.
Al dejar de ver a Stefano por allí, su padre, después de haberlo llamado a grandes voces en vano, abandonó el puente y fue a buscarlo.
- Stefano, ¿qué haces ahí plantado? -le preguntó al verlo finalmente en la popa, de pie, absorto en las olas.
- Ven a ver, papá.
El padre acudió y miró también en la dirección que le indicaba el muchacho, pero no alcanzó a ver nada.
- Es una cosa oscura que asoma cada tanto de la estela -dijo-, y que nos sigue.
- A pesar de mis cuarenta años -dijo su padre-, creo tener todavía buena vista. Pero no veo nada en absoluto.
Como su hijo insistiera, fue en busca del catalejo y exploró la superficie del mar allí donde estaba la estela. Stefano lo vio ponerse pálido.
- ¿Qué es? ¿Por qué pones esa cara?
- Ojalá no te hubiera escuchado -exclamó el capitán-. Ahora temo por ti. Eso que has visto asomar de las aguas y que nos sigue no es una cosa. Es un colombre. Es el pez que los marineros temen más que ningún otro en todos los mares del mundo. Es un escualo terrible y misterioso, más astuto que el hombre. Por motivos que quizá nunca nadie sabrá, escoge a su víctima y, una vez que lo ha hecho, la sigue años y años, la vida entera, hasta que consigue devorarla. Y lo más curioso es esto: que nadie puede verlo si no es la propia víctima y las personas de su misma sangre.
- ¿Y no es una leyenda?
- No. Yo nunca lo había visto. Pero como lo he oído describir tantas veces, en seguida lo he reconocido. Ese hocico de bisonte, esa boca que se abre y se cierra sin cesar, esos dientes espantosos… Stefano, no hay duda, desgraciadamente el colombre te ha elegido y mientras andes por el mar no te dará tregua. Escucha: vamos a volver ahora mismo a tierra, tú desembarcarás y nunca más te separarás de la orilla por ningún motivo. Tienes que prometérmelo. El trabajo del mar no es para ti, hijo mío. Tienes que resignarte. Por otra parte, en tierra también podrás hacer fortuna. Dicho esto, hizo invertir el rumbo inmediatamente, volvió a puerto y, con el pretexto de una inesperada indisposición, desembarcó a su hijo. Luego volvió a partir sin él.
Profundamente agitado, el muchacho permaneció en la orilla hasta que la última punta de la arboladura se sumergió detrás del horizonte. Más allá del muelle que cerraba el puerto, el mar quedó completamente desierto. Pero, aguzando la vista, Stefano alcanzó a distinguir un puntito negro que aparecía intermitentemente sobre las aguas: era “su” colombre, que iba lentamente de aquí para allá, empeñado en esperarlo.
Desde entonces se emplearon todos los recursos posibles para alejar al muchacho del deseo del mar. Su padre lo mandó a estudiar a una ciudad del interior distante centenares de kilómetros. Y durante algún tiempo, distraído por su nuevo ambiente, Stefano dejó de pensar en el monstruo marino. Sin embargo, cuando en las vacaciones de verano volvió a casa, lo primero que hizo en cuanto dispuso de un minuto libre fue apresurarse a ir a la punta del muelle para hacer una especie de comprobación, aunque en el fondo lo considerase superfluo. Aun admitiendo que toda la historia que le contara su padre fuera verdadera, después de tanto tiempo el colombre sin duda habría renunciado a su asedio. Pero Stefano se quedó allí parado, con el corazón desbocado. A unos doscientos o trescientos metros del muelle, en mar abierto, el siniestro pez iba arriba y abajo con lentitud, sacando de cuando en cuando el hocico del agua y volviéndolo hacia tierra, como si mirase ansiosamente si Stefano Roi aparecía por fin.
De esta suerte, la idea de aquella criatura enemiga que lo esperaba noche y día se convirtió para Stefano en una secreta obsesión. E incluso en la lejana ciudad le ocurría despertarse en plena noche víctima de la inquietud. Estaba a salvo, sí, centenares de kilómetros lo separaban del colombre. Sin embargo, sabía que más allá de las montañas, más allá de los bosques, más allá de las llanuras, el escualo lo aguardaba. Y que, aunque se trasladara al continente más remoto, el colombre se apostaría en el espejo del mar más cercano con la inexorable obstinación de los instrumentos del destino.
Stefano, que era un muchacho serio y diligente, continuó sus estudios con provecho y apenas fue un hombre encontró un empleo digno y bien remunerado en un almacén de la ciudad. Mientras tanto, su padre murió víctima de una enfermedad. Su viuda vendió su magnífico velero y el hijo se halló en posesión de una discreta fortuna. El trabajo, las amistades, las distracciones, los primeros amores: ahora Stefano se había hecho ya su vida, pero, a pesar de todo, el pensamiento del colombre lo perseguía como un espejismo a la vez funesto y fascinante; y, con el paso de los días, en vez de desvanecerse, parecía hacerse más insistente.
Grandes son las satisfacciones de la vida laboriosa, holgada y tranquila, pero aún mayor es la atracción del abismo. Apenas había cumplido Stefano veintidós años cuando, tras despedirse de sus amigos y abandonar su empleo, volvió a su ciudad natal y comunicó a su madre su firme intención de seguir el oficio paterno. La mujer, a quien Stefano jamás había hecho mención del misterioso escualo, acogió con júbilo su decisión. En el fondo de su corazón, que su hijo hubiera abandonado el mar por la ciudad siempre le había parecido una puñalada a las tradiciones de la familia.
Y Stefano comenzó a navegar, dando prueba de dotes marineras, de resistencia a las fatigas, de ánimo intrépido. Navegaba, navegaba y en la estela de su carguero, de día y de noche, con bonanza y con tempestad, se afanaba el colombre. Él sabía que aquella era su maldición y su condena, pero quizá por eso mismo no tenía fuerzas para apartarse de ella. Y a bordo nadie veía el monstruo excepto él.
- ¿No ven nada por allí? -preguntaba de cuando en cuando a sus compañeros señalando la estela.
- No, no vemos nada. ¿Por qué?
- No sé. Me parecía…
- ¿No habrás visto por casualidad un colombre? -decían ellos entre risas al tiempo que tocaban madera.
- ¿De qué se ríen? ¿Por qué tocaban madera?
- Porque el colombre no perdona. Y si se pusiera a seguir a esta nave, eso querría decir que uno de nosotros estaba perdido.
Pero Stefano no cedía. La constante amenaza que iba en pos de él parecía más bien multiplicar su voluntad, su pasión por el mar, su arrojo en los momentos de fatiga y peligro. Una vez que se sintió dueño del oficio, con el pequeño caudal que le había dejado su padre adquirió junto con un socio un pequeño vapor de carga; luego se hizo su único propietario y, gracias a una serie de travesías afortunadas, pudo a continuación comprar un verdadero buque mercante y apuntar a metas cada vez más ambiciosas. Pero los éxitos, los millones, no conseguían apartar de su ánimo aquel continuo tormento; y nunca, por otra parte, se le pasó por la cabeza vender y retirarse a tierra para emprender negocios distintos. Navegar, navegar, ese era su único afán. Apenas ponía pie en cualquier puerto después de largas travesías, en seguida lo espoleaba la impaciencia por partir. Sabía que allá lo esperaba el colombre y que el colombre era sinónimo de perdición. Era inútil. Un impulso indomable lo arrastraba de un océano a otro sin descanso.
Hasta que de pronto un día Stefano reparó en que se había hecho viejo, viejísimo; y ninguno de los que lo rodeaban sabía explicarse por qué, siendo rico como era, no dejaba por fin la azarosa vida del mar. Viejo, y amargamente infeliz, porque toda su existencia se había gastado en aquella especie de loca fuga a través de los mares para escapar de su enemigo. Pero para él siempre había sido más fuerte que la dicha de una vida holgada y tranquila la tentación del abismo.
Y una tarde, mientras su magnífica nave se hallaba fondeada frente al puerto donde había nacido, se sintió próximo a morir. Entonces llamó a su segundo oficial, en quien tenía mucha confianza, y le instó a que no se opusiera a lo que pensaba hacer. El otro se lo prometió por su honor. Una vez seguro de esto, Stefano reveló al segundo oficial, que lo escuchaba turbado, la historia del colombre que durante casi cincuenta años lo había seguido sin cesar inútilmente.
- Me ha seguido de un confín a otro del mundo -dijo- con una fidelidad que ni el amigo más noble habría podido mostrar. Ahora me voy a morir. También él, ahora, estará terriblemente viejo y cansado. No puedo traicionarlo.
Dicho esto, se despidió, hizo arriar un bote y, después de hacer que le dieran un arpón, partió.
- Ahora voy a su encuentro -anunció-. Es justo que no lo defraude. Pero lucharé con las fuerzas que me quedan.
Con débiles golpes de remo se alejó del barco. Oficiales y marineros lo vieron desaparecer a lo lejos, sobre el plácido mar, envuelto en las sombras de la noche. En el cielo, como una hoz, lucía la luna. No tuvo que esforzarse mucho. Súbitamente, el horrible hocico del colombre emergió al lado de la barca.
- Aquí me tienes por fin -dijo Stefano-. ¡Ahora es cosa nuestra!
Y, reuniendo sus últimas energías, levantó el arpón para lanzarlo.
- Ah -se quejó con voz suplicante el colombre-, qué largo camino hasta encontrarte. También yo estoy destrozado por la fatiga. Cuánto me has hecho nadar. Y tú huías, huías. Y nunca has comprendido nada.
- ¿Por qué? -dijo Stefano picado en su orgullo.
- Porque no te he seguido por todo el mundo para devorarte, como tú pensabas. El único encargo que me dio el rey del mar fue entregarte esto.
Y el escualo sacó la lengua, tendiendo al viejo capitán una esfera fosforescente. Stefano la tomó entre los dedos y miró. Era una perla de tamaño desmesurado. Reconoció en ella la famosa Perla del Mar que procura a quien la posee fortuna, poder, amor y paz de espíritu. Pero ahora era ya demasiado tarde.
- Ay de mí -dijo meneando tristemente la cabeza-. Qué horrible malentendido. Lo único que he conseguido es desperdiciar mi existencia; y he arruinado la tuya.
- Adiós, hombre infeliz -respondió el colombre. Y se sumergió en las aguas negras para siempre.
Dos meses más tarde, empujado por la resaca, un bote arribó a una áspera escollera. Fue avistado por algunos pescadores que, movidos por la curiosidad, se acercaron. En el bote, todavía sentado, había un blanco esqueleto; y, entre sus dedos descarnados, sujetaba un pequeño guijarro redondo.