28 de septiembre de 2023

Intervencionismo de Estados Unidos en Latinoamérica. Una secuencia nefasta

3º parte: El “gran garrote”

Otro teórico influyente en la geopolítica de los Estados Unidos sería Nicholas Spykman (1893-1943). Partidario de la “Doctrina Monroe” y sucesor de Mahan, en su ensayo “America's strategy in world politics. The United States and the balance of power” (La estrategia de Estados Unidos en la política mundial. Estados Unidos y el equilibrio de poder) manifestó: “Sólo hay oportunidad para practicar una política exterior positiva cuando se dispone de una fuerza marginal para utilizarla libremente. Sean cuales fueren la teoría y el sistema doctrinal, la aspiración práctica es mejorar constantemente la relativa situación de poder del propio Estado. Se codicia aquella forma de equilibrio que, neutralizando a los demás Estados, deje al nuestro en libertad para ser la fuerza y la voz que decidan”. En su obra dedicó gran espacio a América Latina y, en particular, a la lucha por la América del Sur. Para él, las tierras situadas al sur del río Grande constituían un mundo diferente a Canadá y Estados Unidos y consideraba desafortunado que las partes de habla inglesa y latina del continente fueran llamadas igualmente América.
Consideraba necesaria una separación radical entre la América de los anglosajones y la América de los latinos, y propuso dividir el mundo latino en dos regiones desde el punto de vista de la estrategia norteamericana para el subcontinente: una mediterránea que incluiría a México, América Central, el Caribe, Colombia y Venezuela; y otra que comprendería a todo el resto de América del Sur. Realizada esta separación geopolítica, para él la América mediterránea debía ser una zona en que la supremacía norteamericana no podía ser cuestionada y quedaría siempre en una posición de absoluta dependencia de los Estados Unidos. En cuanto a la región Sur, manifestó que “para nuestros vecinos al sur del río Grande, los norteamericanos seremos siempre el Coloso del Norte. Por esto, los países situados fuera de nuestra zona inmediata de supremacía, o sea, los grandes Estados de América del Sur (Argentina, Brasil y Chile) pueden intentar contrabalancear nuestro poder a través de una acción común o mediante el uso de influencia de fuera del hemisferio. En este caso, una amenaza a la hegemonía norteamericana en esta región del hemisferio tendrá que ser respondida mediante la guerra”. Su ensayo se convertiría en la piedra angular del pensamiento estratégico norteamericano de toda la segunda mitad del siglo XX.


El nuevo contexto mundial del inicio del siglo XX, donde Alemania, Francia e Inglaterra se repartieron zonas de influencia en todo el globo, Estados Unidos buscó afianzarse en su carácter bioceánico, por lo cual la cuestión de un canal que atravesase el istmo centroamericano se volvió central y fue una de las más arquetípicas políticas intervencionistas. Mucho tuvo que ver con ello el desarrollo económico, especialmente a partir del descubrimiento del oro en California en 1848 y la necesidad de facilitar el transporte entre ambas costas del país. Así, en 1903, tras escindir Panamá de Colombia, construyeron el canal que les abrió paso al Océano Pacifico. No conformes con ello, tras la apertura del Canal de Panamá, Estados Unidos colmó la zona de bases militares. Al año siguiente se promulgó la Constitución Nacional panameña en la que un apartado contemplaba la intervención militar de Estados Unidos cuando su presidente Theodore Roosevelt (1858-1919) lo creyese necesario.
Fue justamente este presidente quien, en 1901, implantó la teoría del “Big stick” (Gran garrote) mediante la cual se manejó la política exterior de Estados Unidos hacia América Latina y el Caribe. Roosevelt tomó la idea de un proverbio africano que decía: “Speak softly and carry a big stick, you will go far (Habla suavemente y lleva un gran garrote, así llegarás lejos”). Tal política señaló el inicio de la etapa más agresiva del imperialismo estadounidense postulando que los desórdenes internos de las repúblicas latinoamericanas constituían un problema para el funcionamiento de las compañías comerciales estadounidenses establecidas en dichos países y que, en consecuencia, los Estados Unidos debían atribuirse la potestad de “restablecer el orden” primero presionando a los caudillos locales con las ventajas que representaba gozar del apoyo político y económico de Estados Unidos (“hablar suavemente”), y finalmente recurriendo a la intervención armada (el “gran garrote”) en caso de no obtener resultados favorables a sus intereses económicos.


Luego, en 1904, en su discurso anual ante el Congreso, expuso lo que sería conocido como “Roosevelt Corollary” (Corolario Roosevelt), una enmienda a la Doctrina Monroe de 1823: “Si una nación demuestra que sabe actuar con una eficacia razonable y con el sentido de las conveniencias en materia social y política, si mantiene el orden y respeta sus obligaciones, no tiene por qué temer una intervención de los Estados Unidos. La injusticia crónica o la importancia que resultan de un relajamiento general de las reglas de una sociedad civilizada pueden exigir, a fin de cuentas, en América o fuera de ella, la intervención de una nación civilizada y, en el hemisferio occidental, la adhesión de los Estados Unidos a la doctrina de Monroe puede obligar a los Estados Unidos, aunque en contra de sus deseos, en casos flagrantes de injusticia o de impotencia, a ejercer un poder de policía internacional”.
Con la pretensión de disimular la verdadera vocación imperialista de su enmienda agregó: “No es cierto que Estados Unidos desee territorios o contemple proyectos con respecto a otras naciones del hemisferio occidental excepto los que sean para su bienestar. Todo lo que este país desea es ver a las naciones vecinas estables, en orden y prósperas. Toda nación cuyo pueblo se conduzca bien puede contar con nuestra cordial amistad. Si una nación muestra que sabe cómo actuar con eficiencia y decencia razonables en asuntos sociales y políticos, si mantiene el orden y paga sus obligaciones, no necesita temer la interferencia de los Estados Unidos. Un mal crónico, o una impotencia que resulta en el deterioro general de los lazos de una sociedad civilizada, puede en América, como en otras partes, requerir finalmente la intervención de alguna nación civilizada, y en el hemisferio occidental la adhesión de los Estados Unidos a la Doctrina Monroe puede forzar a los Estados Unidos, aún sea renuentemente, al ejercicio del poder de policía internacional en casos flagrantes de tal mal crónico o impotencia”.


Roosevelt declararía poco después que Estados Unidos sería “el gendarme” del Caribe, algo que se manifestó en las numerosas intervenciones políticas y militares en todo el continente. Como ejemplos de la aplicación de esta política contra las naciones de América Latina, sólo en el periodo previo a la intervención estadounidense en la Primera Guerra Mundial, pueden mencionarse las sucesivas ocupaciones militares -para defender los “intereses norteamericanos”- en Honduras (1903, 1905, 1907, 1911 y 1912), en República Dominicana (1903, 1904, 1914 y 1916), en Panamá (1904, 1908 y 1912), en Cuba (1906 y 1912), en Nicaragua (1910 y 1912), en México (1911, 1913, 1914 y 1916) y en Haití (1914 y 1915).
Estas múltiples intervenciones, impulsadas también por el presidente Woodrow Wilson (1856-1924), tuvieron como propósito la consolidación de una estructura comercial que sirviera de soporte para el desarrollo económico de Estados Unidos, propiciando la protección y la ampliación de sus propiedades e inversiones mediante el apoyo a políticos pro-estadounidenses y el derrocamiento de regímenes no deseados. Un poco antes, allá por 1912, el por entonces presidente William H. Taft (1857-1930) había declarado: “No está lejano el día en que tres banderas de barras y estrellas señalen en tres sitios equidistantes la extensión de nuestro territorio: una en el Polo Norte, otra en el Canal de Panamá y la tercera en el Polo Sur. Todo el hemisferio será nuestro, de hecho, como en virtud de nuestra superioridad racial, ya es nuestro moralmente”.
El 2 abril de 1917 Estados Unidos dio el “paso inevitable” y, mientras era un importante proveedor de armas para Gran Bretaña y Francia, abandonó la “neutralidad” y le declaró la guerra a Alemania y sus aliados. Permaneció en el conflicto hasta el 11 de noviembre de 1918, día en que se firmó un armisticio en la ciudad francesa de Compiègne, aunque formalmente la guerra culminó tras la firma del Tratado de Versalles el 28 de junio de 1919. La contienda confirmó el papel de liderazgo de Estados Unidos en los asuntos internacionales y una fiebre patriótica se apoderó del país. De allí en adelante, siempre bajo el pretexto de proteger los “intereses americanos” y “mantener el orden público” ante las “condiciones inciertas” provocadas por los “conatos de revolución”, las tropas estadounidenses invadieron nuevamente los territorios de Cuba, Panamá, Honduras, Guatemala y Costa Rica.


También fueron numerosas las intervenciones en México “persiguiendo a bandidos”, como llamaban a las fuerzas revolucionarias mexicanas encabezadas por Emiliano Zapata (1879-1919) y Francisco “Pancho” Villa (1878-1923), quienes desde hacía varios años impulsaban las luchas sociales en pos de la propiedad comunal de las tierras y el respeto a las comunidades indígenas, campesinas y obreras, y en contra de las férreas dictaduras de Porfirio Díaz (1830-1915) y Victoriano Huerta (1845-1916), ambas particularmente favorables a la oligarquía agraria, los privilegios de la Iglesia y las inversiones extranjeras, principalmente las de las compañías agroindustriales, petroleras y mineras estadounidenses.
Otro tanto hicieron en Nicaragua, donde el líder revolucionario Augusto César Sandino (1895-1934) había propuesto crear un ejército popular para combatir a los ocupantes extranjeros. Allí crearon la Guardia Nacional y realizaron el primer bombardeo aéreo en América Latina. Tras el asesinato de Sandino se instauró una dictadura encabezada por Anastasio Somoza (1896-1956) quien consolidó su poder mediante la persecución política y la represión con el pleno apoyo de Estados Unidos. Lo mismo ocurrió en El Salvador cuando, apoyado por los Estados Unidos, el general y terrateniente Maximiliano Hernández Martínez (1882-1966) accedió al poder tras un Golpe de Estado, algo a lo que se opuso el líder revolucionario Farabundo Martí (1893-1932), quien se oponía al negocio cafetero manejado por la oligarquía salvadoreña que avanzaba en detrimento de los derechos de los campesinos y las comunidades indígenas expropiándoles sus tierras, lo que lo llevó a preparar un levantamiento popular contra el gobierno. En 1932, buques de guerra estadounidenses controlaron la costa y sus oficiales participaron en la matanza de insurgentes indígenas. Allí permanecieron hasta que Martí, quien había depuesto las armas, fue detenido y fusilado por la dictadura con la complicidad de la embajada norteamericana.


Por entonces el ensayista, periodista y filósofo peruano José Carlos Mariátegui (1894-1930) en uno de los capítulos de su ensayo “La escena contemporánea” manifestó: “Los Estados Unidos, más que una gran democracia son un gran imperio. La forma republicana no significa nada. El crecimiento capitalista de los Estados Unidos tenía que desembocar en una conclusión imperialista. El capitalismo norteamericano no puede desarrollarse más dentro de los confines de los Estados Unidos y de sus colonias. Manifiesta, por esto, una gran fuerza de expansión y de dominio”. Y en un artículo titulado “El destino de Norteamérica” publicado en la revista “Variedades” de Lima, expresó: “Para su enérgico y libérrimo florecimiento, ninguna traba material ni moral ha estorbado al capitalismo norteamericano, único en el mundo que en su origen ha reunido todos los factores históricos del perfecto estado burgués, sin embarazantes tradiciones aristocráticas y monárquicas. Sobre la tierra virginal de América, de donde borraron toda huella indígena, los colonizadores anglosajones echaron desde su arribo los cimientos del orden capitalista”.
Esos cimientos incluían manifestaciones extremas de racismo contra los pueblos autóctonos. Ya en el siglo XV dos bulas papales habían creado el marco para la conquista, la colonización y la explotación de los pueblos no cristianos y de sus territorios: en 1455 la “Romanus Pontifex” y en 1493 la “Inter Caetera”. Esas licencias pontificias crearon las bases para que, aún cinco siglos más tarde, los pueblos autóctonos siguieran siendo maltratados y discriminados por los descendientes de los colonizadores europeos. Sobre todo por parte de las clases privilegiadas y los poderes de turno, especialmente cuando éstos son dictatoriales. Naturalmente, esta situación fue el tema que varios escritores de aquella época utilizaron en las tramas de sus obras. El escritor boliviano Alcides Arguedas (1879-1946), por ejemplo, lo hizo en sus novelas “Vida criolla” y “Raza de bronce”, obras en las que habló sobre la opresión de los indígenas por parte de los criollos; y en su ensayo “Pueblo enfermo” abordó temas relacionados con la identidad nacional, el mestizaje y la problemática indígena.

21 de septiembre de 2023

Intervencionismo de Estados Unidos en Latinoamérica. Una secuencia nefasta

2º parte: El “destino manifiesto”
 
Unos años antes de esta contienda, el periodista y editor de la revista “Democratic Review” de Nueva York John O'Sullivan (1813-1895) había publicado un artículo en el cual expresó que el “destino manifiesto” de los Estados Unidos era llevar adelante la misión divina de propagar su sistema de democracia, federalismo y libertad personal, como así también promover el pensamiento de su nación en rápido crecimiento, lo que consistía en tomar posesión de todo el continente americano. “El cumplimiento de nuestro destino manifiesto -escribió- es extendernos por todo el continente que nos ha sido asignado por la Providencia, para el desarrollo del gran experimento de libertad y autogobierno. Es un derecho como el que tiene un árbol de obtener el aire y la tierra necesarios para el desarrollo pleno de sus capacidades y el crecimiento que tiene como destino. No es una opción para los norteamericanos, sino un destino al que éstos no pueden renunciar porque estarían rechazando la voluntad de Dios. Los norteamericanos tienen una misión que cumplir: extender la libertad y la democracia, y ayudar a las razas inferiores. Luego, debe llevar la luz del progreso al resto del mundo y garantizar su liderazgo, dado que es la única nación libre en la Tierra”.
Esa intención de extenderse por todo el continente ya había tenido sus primeras manifestaciones a comienzos del siglo. En 1806 el capitán Zabulón Montgomery Pike (1779-1813) siguiendo las órdenes del general James Wilkinson (1757-1825) con un grupo de tropas invadió México, por entonces territorio español, en la desembocadura del río Grande. Si bien alcanzó a construir un fuerte, la misión fracasó. Poco después, barcos cañoneros norteamericanos operaron desde Nueva Orleáns en contra de barcos españoles y franceses, afuera del delta del Mississippi bajo las órdenes del capitán John Shaw (1773-1823) y el comandante David Porter (1780-1843). Luego, en 1810, el gobernador de Luisiana William Claiborne (1775- 1817), cumpliendo órdenes del presidente James Madison (1751-1836), ocupó territorios españoles en la Florida occidental y dos años después otras zonas de la Florida oriental que estaban bajo soberanía española.


Durante la década siguiente fueron numerosos los conflictos bélicos entre tropas españolas y estadounidenses. Las primeras en su afán por conservar el territorio que habían bautizado Nueva España, y las segundas por su pretensión de conquistarlo. Y en medio de ellas estaban los insurgentes independentistas encabezados sucesivamente por Miguel Hidalgo (1753-1811), José María Morelos (1765-1815) y Vicente Guerrero (1782-1831). Mientras estos buscaban la independencia del gobierno español, en 1819 tras la firma de un tratado entre el Secretario de Estado norteamericano John Quincy Adams (1767-1848) y el Ministro Plenipotenciario español Luis de Onís (1762-1827), Estados Unidos cedió parte de su territorio a España. A todo esto, tras años de encarnizadas luchas que dejaron un saldo de más de un millón de personas muertas en Nueva España, el 28 de septiembre de 1821 el general Agustín de Iturbide (1783-1824) firmó el Acta de Independencia del Imperio Mexicano, en la que se declaró que dicho imperio era una “Nación soberana e independiente de la antigua España”.
Un año después, bajo el gobierno del presidente James Monroe (1758-1831), Estados Unidos reconoció la independencia de México de España, algo que no impidió que las rencillas políticas y la ambición expansiva de Estados Unidos en territorio mexicano generaran el rompimiento de relaciones en varias oportunidades y hasta una guerra entre ambos países hacia mediados del siglo XIX. Monroe, el 2 de diciembre de 1823, planteó en su mensaje anual al Congreso un credo que sería conocido como “Doctrina Monroe”. Mediante ella, Estados Unidos se arrogaba el rol de garante de la independencia y sustentabilidad de los países que se habían emancipado de sus antiguas metrópolis y pretendía que los europeos se mantuvieran fuera de América. “América para los americanos” fue la consigna de esta doctrina que se transformaría en la base de la política exterior estadounidense en América Latina y el Caribe hasta la actualidad.


La guerra que se desató entre México y Estados Unidos fue motivada por la declaración de independencia de la República de Texas en 1836, un Estado que ocupó territorios originalmente de España y después de México, quien nunca la reconoció como Estado independiente. En1832 el gobierno estadounidense había enviado al abogado y comandante militar Samuel Houston (1793-1863) a Texas para que organizara la insurrección y encaminara el separatismo. Estando allí declaró: “México está en posesión de un territorio que no le pertenece de derecho. Debemos recuperar Texas pacíficamente si es posible, por la guerra si es nuestro deber”. Tras rodear la frontera con un regimiento de infantería, el ejército estadounidense, junto a los insurrectos texanos, combatieron contra las fuerzas mexicanas hasta que, en 1836, tras capturar al presidente mexicano Antonio López de Santa Anna (1794-1876), declararon la independencia de la República de Texas.
Una década más tarde, ésta solicitó su anexión a Estados Unidos y, ante las protestas del gobierno de México, los ejércitos norteamericanos invadieron el territorio mexicano y se declaró la guerra entre ambos. En agosto de 1846, el general Stephen Kearny (1794-1848) a cargo de las tropas invasoras se dirigió a los habitantes de Nuevo México: “He venido cerca de vosotros por orden de mi gobierno para tomar posesión de este país, y hacer extensivas a él las leyes de los Estados Unidos. Nosotros los consideramos y los hemos considerado desde hace tiempo, como parte del territorio de los Estados Unidos. Nosotros venimos a vosotros como amigos y no como enemigos; como protectores y no como conquistadores; para vuestro beneficio y no para vuestro daño. En consecuencia, yo os declaro libres de toda liga con el gobierno mexicano”.


Dos años duró la guerra. En septiembre de 1847 las tropas estadounidenses entraron a la Ciudad de México y seis meses después se firmó un tratado que puso fin a las hostilidades. Esto implicó que México perdiese algo más de un millón y medio de kilómetros cuadrados, esto es, el 51% de su territorio original. Además conllevó que Estados Unidos se expandiese desde el océano Atlántico hasta el océano Pacífico, lo cual aumentó su poder, fortaleció su seguridad y abrió las posibilidades de comerciar con Asia a través de los puertos californianos. A esta guerra, como todas las de conquista y apropiación de territorios que ya había consumado y las que haría más adelante, se la legitimó ideológicamente al concebir a los pueblos originarios primero, y a los hispanoparlantes después, como un conjunto de pueblos miserables, atrasados e ignorantes, incapaces de gobernarse por sí mismos, que debían ser dominados y despojados de las riquezas que poseían.
El jurista argentino Juan Bautista Alberdi (1810-1884), autor del ensayo “Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina”, texto que serviría de base para la Constitución argentina de 1853, estando en Valparaíso, Chile, publicó en el periódico “El Comercio” un artículo respecto a la anexión de la mitad del territorio mexicano: “Los Estados Unidos no pelean por glorias ni laureles, pelean por ventajas, buscan mercados y quieren espacio en el Sur. El principio político de los Estados Unidos es expansivo y conquistador”. No por nada el antes mencionado Simón Bolívar, figura esencial de la emancipación hispanoamericana frente al Imperio español que durante veinte años lideró la lucha para lograr la independencia de las actuales repúblicas de Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Panamá y Bolivia, premonitoriamente había expresado en una carta que le envió el 5 de agosto de 1829 desde Guayaquil al encargado de negocios del imperio británico en las Américas Patrick Campbell (1779-1857): “Los Estados Unidos parecen destinados por la providencia a plagar la América de miserias en nombre de la libertad”.
Durante la última mitad del siglo XIX con el argumento de necesidades estratégicas para proteger los “intereses americanos” ante “disturbios políticos”, se sucedieron las intervenciones de Estados Unidos en Nicaragua, El Salvador, Honduras, Panamá, Haití y Puerto Rico. También incursionaron en Cuba mientras ésta sostenía una guerra contra España para obtener su independencia. Ya muchos años antes, el citado presidente de Estados Unidos John Quincy Adams había declarado que “el archipiélago cubano es por su posición natural un apéndice del continente norteamericano”. En su “Theory of the ripe fruit” (Teoría de la fruta madura) expresó: “Hay leyes de gravitación política como las hay de gravitación física, y así como una fruta separada de su árbol por la fuerza del viento no puede, aunque quiera, dejar de caer al suelo, así Cuba, una vez separada de España y rota la conexión artificial que la liga con ella e incapaz de sostenerse por sí sola, tiene que gravitar necesariamente hacia la Unión norteamericana”.


La guerra con España en 1898 y la derrota de ésta implicó para Estados Unidos la dominación de Cuba, la que dominó a través de un gobierno títere. Las fuerzas estadounidenses de ocupación hicieron incluir en la Constitución de la nueva República de Cuba una resolución conocida como “Enmienda Platt”, obra del senador Orville Platt (1827-1905), mediante la cual Estados Unidos se arrogaba el derecho de intervenir en los asuntos cubanos cada vez que lo estimara conveniente. Cuba también fue forzada al arrendamiento a perpetuidad de una porción de su territorio para el uso de la Marina de Guerra estadounidense: la Base Naval de Guantánamo. En 1894 el antes mencionado José Martí, héroe y mártir de las luchas independentistas cubanas, en un artículo titulado “La verdad sobre los Estados Unidos”, publicado en el periódico “Patria” por él creado en Nueva York, había expresado de manera agorera: “Los Estados Unidos son los monstruos de la humanidad, el odio que tienen a nuestra raza es superior a su amor a la libertad. Con su arrogancia y su dinero, se han convertido en el enemigo natural de los pueblos libres de América. Son el mayor obstáculo para la libertad y la democracia en América Latina”.
Evidentemente, una vez resueltos los primeros movimientos expansionistas que consolidaron el nuevo territorio, había empezado la expansión más allá de lo que consideraban sus fronteras naturales, y se construyeron argumentos diversos para justificar este movimiento expansionista necesario en el marco de su desarrollo económico. Los norteamericanos consideraban a América Latina como su “patio trasero” y actuaron así en consecuencia. Comenzó así la etapa del imperialismo, en la cual necesitaban conquistar no sólo territorio, sino mercado externo que pudiera financiar las crisis cíclicas de su mercado. Un mercado externo que debía ser consolidado y protegido como fuese, porque se trataba de la protección de los intereses estadounidenses.


Por entonces había visitado Estados Unidos el economista británico Alfred Marshall (1842-1924) quien había sentado las bases de la llamada Escuela Neoclásica tras sus profundos estudios de las obras de Adam Smith (1723-1790), David Ricardo (1772-1823) y John Stuart Mill (1806-1873). Durante su estadía concurrió a la American Academy of Arts and Sciences (Academia Estadounidense de las Artes y las Ciencias), la cual había sido fundada en la ciudad de Boston durante la Guerra de Independencia de los Estados Unidos por varios de los considerados “padres de la patria”, entre ellos Benjamin Franklin (1706-1790), George Washington (1732-1799) y Thomas Jefferson (1743-1826). En una conferencia expresó su pasión por el capitalismo, el cual era el medio que permitiría que los norteamericanos se posesionasen de grandes espacios y lograran que fructificasen. Y aseguró que el modo más rápido y eficaz de permitir que el capitalismo cumpliese su tarea, era desarrollar los territorios que Dios Todopoderoso, en su sabiduría, había otorgado al pueblo norteamericano, del mismo modo que antaño había concedido la “tierra prometida” a los israelitas.
Para finales del siglo XIX los Estados Unidos estaban ya consolidados como un verdadero poder económico y militar mundial. Ya resuelto su crecimiento territorial, resuelto su proyecto estratégico luego de la Guerra Civil y habiendo expulsado definitivamente a España de América con la consiguiente apropiación del Caribe, la nueva nación se había convertido en una verdadera potencia imperialista y como tal se comportaría. Fue cuando tomó una importancia determinante la concepción militar del almirante Alfred Thayer Mahan (1840-1914), autor de la obra “The influence of sea power upon history (La influencia del poderío marítimo en la historia), quien en la última década del siglo XIX había expresado la necesidad de contar con una supremacía naval que hiciera de la nación la principal potencia naval del mundo. La enorme ampliación de la US Navy (Marina de Guerra de Estados Unidos) fue fundamental para el desarrollo de esta etapa imperialista.

14 de septiembre de 2023

Intervencionismo de Estados Unidos en Latinoamérica. Una secuencia nefasta

1º parte: El “descubrimiento” de América

El objetivo esencial de la época de los grandes descubrimientos geográficos hacia el final de la Edad Media y los comienzos de la Edad Moderna consistió en llegar a la India. Los pueblos peninsulares, España y Portugal, se colocaron resueltamente a la cabeza del movimiento. Portugal se lanzó a la empresa por la ruta del Este circunnavegando África en una expedición capitaneada por Bartolomeu Dias (1450-1500) que llegó hasta unos pocos kilómetros más allá del cabo de Buena Esperanza en 1486. Doce años después, sería Vasco de Gama (1469-1524) quien llegaría con su flota hasta la India. En tanto España, con Cristóbal Colón  (1451-1506), lo hizo por la ruta del Oeste y su viaje en 1492 implicó el hallazgo del continente americano. Alcanzó a realizar otros tres, en el transcurso de los cuales amplió sus descubrimientos en el ámbito de Centroamérica y murió creyendo que había llegado a las “Indias” sin sospechar que se trataba de un continente desconocido por los europeos.


A raíz de estas expediciones se generó un conflicto de intereses que problematizó las relaciones hispano-portuguesas, el cual sería resuelto en 1494 tras la firma del Tratado de Tordesillas entre los representantes del Reino Unido de Castilla y León y los del rey de Portugal. El mismo estableció la división del mundo en dos hemisferios: el oriental, portugués, y el occidental, español. La línea de demarcación entre ambos quedó fijada a 370 leguas al oeste de Cabo Verde. Fueron muchos los viajes realizados por los conquistadores españoles por el Caribe y las costas septentrionales de América del Sur, entre ellos el de Alonso de Ojeda (1468-1515), el de Rodrigo de Bastidas (1475-1527), el de Diego de Nicuesa (1478-1511) y el de Américo Vespucio (1454-1512). Como homenaje a este último, en 1507 el geógrafo y cartógrafo alemán Martin Waldseemüller (1470-1520), en su “Cosmographiae introductio”  (Introducción a la cosmografía), le dio el nombre de América al continente descubierto por los exploradores españoles.
En 1513 Vasco Núñez de Balboa (1475-1519) atravesó el istmo de Panamá y descubrió el océano Pacífico. Inmediatamente comenzó la búsqueda de un paso que comunicara el Atlántico con el Pacífico por el sur de América. Fernando de Magallanes (1480-1521) lo conseguiría en 1520, al descubrir el estrecho que sería bautizado con su nombre. La Corona de España inició rápidamente la colonización del Nuevo Mundo. Así, la expedición de Nicolás de Ovando y Cáceres (1451-1511) en 1502 marcó el comienzo de la población de las Antillas, lo que sería el origen del imperio español en América. Los primeros colonos españoles explotaron yacimientos auríferos y ensayaron el cultivo de la caña de azúcar. Luego llegaría la conquista del Imperio Azteca en México a manos de Hernán Cortés (1485-1547) en 1519, y la del Imperio Inca en Perú a manos de Francisco Pizarro (1478-1541) en 1536.


Los excesos de los colonos suscitaron una reacción humanitaria por parte de varios frailes dominicos entre ellos Antonio de Montesinos (1475-1540), Pedro de Córdoba (1482-1521) y sobre todo Bartolomé de las Casas (1474-1566), quien en 1552 publicó una serie de escritos críticos entre los que se incluía la “Brevísima relación de la destrucción de las Indias”, en la que denunció con amplitud los abusos de la colonización española. En uno de sus capítulos escribió: “La causa porque han muerto y destruido tan infinito número de ánimas los cristianos ha sido solamente por tener por su fin último el oro y henchirse de riquezas en muy breves días y subir a estados muy altos; por la insaciable codicia y ambición que han tenido, que ha sido la mayor que en el mundo ser pudo, por ser aquellas tierras tan felices y tan ricas, y las gentes tan humildes, tan pacientes y tan fáciles a sujetarlas (…) Nunca los indios de todas las Indias hicieron mal alguno a cristianos, antes los tuvieron por venidos del cielo, hasta que recibieron de ellos muchos males, robos, muertes, violencias y vejaciones”.
Sin embargo, a pesar de estas terribles denuncias, ciertamente la destrucción de los pueblos indígenas se realizó al amparo de una espesa cobertura de religiosidad. La conquista y colonización de América del Norte fue presentada durante años como una cruzada de evangelización, pero detrás del moralismo y la religiosidad estaba el engaño, ya que los conquistadores consideraban que los indios eran monstruos de depravación, por lo que era necesario aniquilarlos. Fueron muchas las grandes tribus masacradas por los “civilizadores”, entre las más afectadas pueden mencionarse a los apaches, los cheroquis, los cheyenes, los chickasaw, los seminolas y los sioux. Si éstos no se resistían a la ocupación, eran obligados a entregar sus tierras originales ya que los “evangelizadores” buscaban conseguir nuevas tierras para el cultivo y el ganado o apoderarse de las tierras de las naciones indias para poder obtener oro. Cuando los ingleses comenzaron la conquista de América del Norte la población nativa se estimaba en torno a los 12 millones de personas. En 1900, cuando Estados Unidos cerró sus fronteras sólo quedaban entre 300 y 250 mil indios norteamericanos.


En la segunda mitad del siglo XVI las relaciones entre Inglaterra y España eran muy tensas. No sólo contendían por las circunstancias económicas que implicaban la conquista del territorio americano sino también por cuestiones religiosas: el protestantismo inglés se enfrentaba al catolicismo español. En medio de ese ámbito, entre 1577 y 1580 Francis Drake (1540-1596), un pirata, explorador y comerciante de esclavos inglés, con cinco naves y poco más de cien hombres rodeó el estrecho de Magallanes, apresó y despojó a los barcos españoles cargados de tesoros a lo largo de las costas chilenas y peruanas. Poco después Gran Bretaña daría un golpe decisivo con el que afirmó definitivamente su poderío naval al infligir una derrota a España al atacar y destruir gran parte de la flota de la Armada española anclada en la bahía de Cádiz. A partir de ese momento se lanzó a la conquista del Nuevo Mundo, donde estableció colonias azucareras en las Antillas y participó activamente en el tráfico de esclavos de África. Simultáneamente, instaló entre 1607 y 1713 quince colonias en América del Norte, dos de las cuales formarían años después parte de Canadá.
“La más extraordinaria epopeya de la historia humana”, tal como la denominó el historiador e hispanista francés Pierre Vilar (1906-2003) en su “Historia de España”, se extendió luego hacia los actuales territorios estadounidenses de Arizona, California, Florida, Nevada, Nuevo México, Texas, Utah y parte de Colorado, Kansas, Oklahoma y Wyoming. En sus exploraciones por el Océano Pacífico los españoles llegarían a alcanzar las costas de Canadá, en tanto que por el Atlántico permitieron que los ingleses se establecieran en las costas norteamericanas justo a la altura de España. En la costa del actual estado de Virginia ellos construyeron un fuerte al que llamaron Jamestown, lo que constituyó el primer asentamiento estable de los británicos en el Nuevo Mundo. En los años siguientes el imperio de Inglaterra en América se fue expandiendo gradualmente hacia el Oeste mediante guerras y conquistas, y fundando nuevas colonias. Así, hacia 1760 Inglaterra logró convertirse en dueña de una buena parte de América del Norte.
Cuarenta años más tarde, a comienzos del siglo XIX, comenzaron los pronunciamientos independentistas de los países de Latinoamérica, territorios que, por entonces, estaban mayoritariamente bajo el dominio de España, y en menor medida de Portugal y Francia. Fue un largo proceso revolucionario en el cual se destacaron, entre muchos otros, notables personajes como Micaela Bastidas (1744-1781), Miguel Hidalgo (1753-1811), José Gervasio Artigas (1764-1850), Camilo Torres (1766-1816), Manuel Belgrano (1770-1820), Bernardo O'Higgins (1778-1842), José de San Martín (1778-1850), Juana Azurduy (1780-1862), Simón Bolívar (1783-1830), Macacha Güemes (1787-1866), Antonio José de Sucre (1795-1830), Manuela Sáenz (1797-1856) y José Martí (1853-1895).


Mientras tanto, al norte del Río Grande Estados Unidos -guerra de por medio-había declarado su independencia del Imperio Británico en 1776. La colonización inglesa en América había comenzado más tarde que la española y la portuguesa. Distintas lenguas las diferenciaban, pero si hubo algo en que se asemejaron fue en el exterminio de los pueblos originarios ya que eran unas “tribus degeneradas, ignorantes y salvajes”, unas “razas inferiores” que habitaban territorios que “en virtud del descubrimiento” por parte de “las naciones civilizadas”, debían ser “renovadas y reorganizadas” para cumplir una ley de la naturaleza. En otras palabras, someterlas, explotarlas o aniquilarlas. La esencia del pensamiento de las primeras camadas de colonos ingleses que llegaron a América del Norte consistía en que ese “nuevo mundo” que se les ofrecía y al que habían llegado, era la “tierra prometida” donde cumplirían la misión encomendada por Dios.
Ya desde el siglo XVI la posibilidad de hacer viajes trasatlánticos había impulsado a España, Francia, Holanda, Portugal e Inglaterra a colonizar territorios en América. Debido a la enorme transformación tecnológica que produjo la Revolución Industrial, desde finales del siglo XVIII los colonizadores ya no sólo buscaban metales preciosos como el oro y la plata, sino también las materias primas necesarias para los nuevos procesos de producción, sobre todo las vinculadas a las industrias siderúrgica y textil. Debido a que las diezmadas poblaciones aborígenes no eran suficientes para las tareas agrícolas y mineras necesarias para el sostén económico de las nacientes colonias europeas, se inició el traslado forzoso de esclavos africanos para llevar adelante la explotación de los diversos bienes económicos que abundaban en América además del oro y la plata: carbón, cobre, estaño, sales, diversos minerales y un sin fin de alimentos animales y vegetales.
En Norteamérica, los primeros colonizadores británicos desembarcaron en 1607, y doce años después llegó el primer cargamento de esclavos. Los colonos del Norte buscaban metales preciosos o materias primas pero se encontraron con un inmenso territorio de tierras y selvas vírgenes, por lo que centraron sus actividades en la industria marítima. Los bosques les proveyeron roble para maderas y tablones, pino para mástiles, resinas para la obtención de trementina y alquitrán, cáñamo para la fabricación de cuerdas y había minas de hierro para fabricar anclas y cadenas. Montaron astilleros en los que fabricaron balandras y goletas. Por otro lado proliferaron numerosos pequeños granjeros que mediante el trabajo familiar, se dedicaron a la pequeña agricultura y la industria artesanal, e intercambiaban entre ellos lo que producían.


En cambio los españoles que se radicaron en el Sur encontraron amplios terrenos aptos para la gran producción agrícola, para la cual utilizaban a los esclavos africanos. Esto marcó una diferencia radical entre las colonias del Norte y las del Sur, tanto en lo económico como en la manera de ser de cada una de ellas. Mientras los Estados del Norte tenían una economía diversificada (agricultura, ganadería, industria y comercio), los Estados del Sur, en cambio, poseían una economía basada en la agricultura (cultivo del algodón, la caña de azúcar y el tabaco), una mano de obra formada por esclavos negros y una inclinación a las formas aristocráticas. El Norte estaba poblado por colonos puritanos y cuáqueros que eran acérrimos enemigos de la esclavitud. Por el contrario, el Sur lo estaba por grandes terratenientes y familias aristócratas anglicanas o católicas, defensores de la esclavitud porque les convenía a sus intereses.
De esta manera la cuestión de la esclavitud llegó a convertirse en un verdadero problema nacional y los colonos se dividieron en abolicionistas o esclavistas, una cuestión que se resolvería en una guerra civil, la llamada Guerra de Secesión, que se llevó adelante entre 1861 y 1865 enfrentando a la Unión integrada por veintitrés Estados del Norte y la Confederación integrada por once Estados del Sur. La victoria del Norte en la guerra terminó con la institución de la esclavitud que había dividido al país desde sus inicios y determinó que Estados Unidos dejara de ser el país con más esclavos del mundo aunque continuó subsistente la segregación racial. También implicó la unificación de los Estados Unidos y su afán de encumbrarse en el mundo mediante la expansión territorial y la imposición de un control político y económico sobre otros territorios, esto es, el imperialismo.

7 de septiembre de 2023

Entremeses literarios (CCXIII)

LA VERDAD SOBRE SANCHO PANZA
Franz Kafka
Checoslovaquia (1883-1924)
 
Sancho Panza -quien, por otra parte, jamás se jactó de ello-, en las horas del crepúsculo y de la noche, en el curso de los años y con la ayuda de una cantidad de novelas caballerescas y picarescas, logró a tal punto apartar de sí a su demonio –al que más tarde dio el nombre de Don Quijote- que éste, desamparado, cometió luego las hazañas más descabelladas. Estas hazañas, sin embargo, por faltarles un objeto predestinado, el cual justamente hubiese debido ser Sancho Panza, no perjudicaron a nadie.
Sancho Panza, un hombre libre, impulsado quizás por un sentimiento dc responsabilidad, acompañó a Don Quijote en sus andanzas, y esto le proporcionó un entretenimiento grande y útil hasta el fin de sus días.


OPCIONES
Gabriela Aguilera
Chile (1975)
 
Se dijo que tal vez hubiese sido mejor el divorcio. Pensó en eso un minuto nada más, porque tenía poco tiempo para deshacerse del cuerpo.

 
EL DOMINIO
Fernando Iwasaki
Perú (1961)
 
Cuando descubrí que el dominio www.infierno.com no estaba registrado, pensé que había cometido algún error. Sin embargo, al teclear de nuevo la dirección comprobé que era verdad: no le pertenecía a nadie. Y así, por una suma insignificante me hice con el dominio del infierno. No había terminado de crear los contenidos del infierno cuando ya la página tenía cientos de miles de visitas y un número semejante de solicitudes de correos electrónicos con el nombre del usuario más @infierno.com. En menos de una semana las multinacionales más poderosas me ofrecieron su publicidad y miles de portales de todo el mundo crearon enlaces directos con mi web, que según los mejores buscadores ya era uno de los diez sitios más visitados del ciberespacio. En medio de aquella orgía de éxitos recibí una oferta millonaria por mi página y la vendí sin pestañear, porque el dinero me interesaba mucho más que el dominio del infierno.
Desde que hice aquel negocio no he dejado de viajar y de gozar por todos mis orificios, pero he entrado al cibercafé de un hotel caribeño para visitar el infierno y el programa me dice que esa dirección no existe. Tecleo de nuevo www.infierno.com y la respuesta es la misma. Muerto de risa vuelvo a solicitar el dominio del infierno, preguntándome si la página me la habrían comprado los jesuitas o los del opus. No obstante, al día siguiente recibí un correo que me dejó perplejo: “Estimado cliente, de acuerdo con nuestros archivos su alma ya forma parte de nuestra base de datos. Reciba un cordial saludo”. El nombre del remitente era inverosímil.

 
PRINCIPIO DE LA ESPECIE
Luisa Valenzuela
Argentina (1938)
 
Me acerqué a la planta perenne de tronco leñoso y elevado que se ramifica a mayor o menor altura del suelo y estiré la parte de mi cuerpo de bípeda implume que va de la muñeca a la extremidad de los dedos para recoger el órgano comestible de la planta que contiene las semillas y nace del ovario de la flor.
El reptil generalmente de gran tamaño me alentó en mi acción dificultosa que se acomete con resolución. Luego insté al macho de la especie de los mamíferos bimanos del orden de los primates dotado de razón y de lenguaje articulado a que comiera del órgano de la planta. El aceptó mi propuesta con cierto sentimiento experimentado a causa de algo que agrada.
Pocas cosas tienen nombre, por ahora. A esto que hicimos creo que lo van a denominar pecado. Si nos dejaran elegir, sabríamos llamarlo de mil maneras más encantadoras.


EFECTOS SECUNDARIOS
Miguel Ángel Hernández Navarro
España (1977)
 
Con el lógico nerviosismo de la primera noche, el hijo del sepulturero ayudó a su padre a colocar la lápida de una tumba. Mientras sostenía el mármol, escuchó golpes y gritos en el interior del panteón. Miró a su padre con el rostro desencajado por el terror. Pero la voz de la experiencia logró tranquilizarlo. “No te preocupes. Es normal. Enseguida se les pasa”.


EL HOMBRE INVISIBLE
Manuel Mejía Vallejo
Colombia (1923-1998)
 
- ¿Has visto a El Hombre Invisible?
- No entiendo esa pregunta.
- Que si has visto a El Hombre Invisible.
- Estás loco.
- ¿Lo has visto?
- ¡El Hombre Invisible no existe!
- Pero, ¿lo has visto?
- Claro que no.
- Si lo vieras probarías que no existe; pero si nunca lo has visto, y nadie lo ha visto ni podrá verlo, es prueba suficiente de que existe El Hombre Invisible.

 
ENCIERRO
César Antonio Alurralde
Argentina (1930-2019)
 
Con un lápiz trazó una equis para marcar un centro. Allí apoyó la puntada aguda y acelerada del compás que lastimó el papel, luego hizo girar para formar una circunferencia. Cuando la concluyó se dio cuenta que había quedado encerrado adentro sin posibilidad de salir. Para su desgracia la goma de borrar estaba afuera.


SUEÑO EN EL TREN
Tomás Borrás
España (1891-1976)
 
Los dos viajeros estaban solos, en el departamento de primera, frente a frente. Dormían balanceados por el tracatrá del vagón y el ruido de las ruedas, que procuran, en su brutalidad, correr con ritmo y melodía de fácil música. De pronto, se despertó uno de los viajeros.
- ¡Oiga! -sacudió de un brazo al otro-. ¿Y a usted qué le importa que yo viaje sin billete?
El despertado le respondió, cortés:
- Dispense. Yo no tengo la culpa; estaba soñando que era el revisor.
- Y yo soñaba que viajaba sin billete y que venía usted a pedírmelo.
- Muy satisfactorio -explicó el segundo viajero-. Soñábamos cada uno la acción complementaria de la del otro. Quizás sea la primera vez que eso ocurre.
- Sí, la comunicación de los sueños; o puede que el mismo sueño, repartidos los papeles entre usted y yo. Bien. Pues voy a soñar que usted me debe dinero.
- Excelente asunto. ¿Cuánto quiere que le devuelva?
- ¡Hum!… Trescientas mil… -Cerró los ojos y recostó la cabeza.
- Perfecto. Voy a entregárselas. -Reclinó la cabeza y cerró los ojos.


ACANTILADO
Heimito von Doderer
Austria (1896-1966)
 
Hoy por la mañana desayuné en el baño, algo distraído. Serví el té en el vaso que utilizo para enjuagarme cuando me limpio los dientes y eché dos terrones de azúcar en la bañera, que, por desgracia, no bastaron para endulzar una cantidad tan grande de agua.


LA CONFESION
Manuel Peyrou
Argentina (1902-1974)
 
En la primavera de 1232, cerca de Avignon, el caballero Gontran D'Orville mató por la espalda al odiado conde Geoffroy, señor del lugar. Inmediatamente, confesó que había vengado una ofensa; pues su mujer lo engañaba con el conde.
Lo sentenciaron a morir decapitado, y diez minutos antes de la ejecución le permitieron recibir a su mujer, en la celda.
- ¿Por qué mentiste? -preguntó Giselle D'Orville-. ¿Por qué me llenas de vergüenza?
- Porque soy débil -repuso-. De este modo me cortarán la cabeza, simplemente. Si hubiera confesado que lo maté porque era un tirano, primero me torturarían.