Allá por 1973 el filósofo
y sociólogo alemán Jürgen Habermas (1929-2026) publicaba “Legitimationsprobleme
im spätkapitalismus” (Problemas de legitimación en el capitalismo tardío),
ensayo en el cual afirmaba que, dentro de ese sistema económico caracterizado
por la globalización financiera, la tecnología digital y la precarización del
trabajo, los ciudadanos se habían quedado sin protección y sin autonomía. El
giro hacia el neoliberalismo no sólo estimulaba el libre mercado, la
privatización de las empresas públicas y la desregulación de la economía, sino
que también provocaba la atomización de las sociedades mediante el uso de
mensajes elaborados tendenciosamente en los medios de comunicación logrando así
que la propaganda estorbase por completo la capacidad de reflexionar.
Por la misma época, la
filósofa, socióloga e historiadora alemana-estadounidense Hannah Arendt
(1906-1975) publicaba “On violence” (Sobre la violencia) un ensayo en el que
advertía que el poder para gobernar correspondía a la habilidad de actuar en
concierto. El poder nunca debía ser propiedad de un solo individuo, sino que
debía pertenecer a los ciudadanos, y ese poder existía solamente mientras los
representase. Lo que convertía al hombre en un ser político era la capacidad de
acción que le permitiese unirse a la ciudadanía y actuar de acuerdo con ella.
Cuando eso dejaba de ocurrir también desaparecía su poder. El punto clave de la
verdadera gobernabilidad debía estar radicado en una política orientada a
mejorar el bienestar, la justicia y el orden social y no en la violencia. Y en
otro ensayo, en este caso “Crises of the Republic” (Crisis de la República),
aseguraba que los gobiernos representativos se hallaban en crisis porque no
permitían la participación efectiva de los ciudadanos y que el sistema de
partidos políticos sufría una enorme burocratización y sus dirigentes sólo
representaban y promovían sus propios intereses.
Medio siglo más tarde, es
decir hoy en día, esas apreciaciones resultan más que evidentes en la
Argentina, un país gobernado por un individuo que muestra cotidianamente rasgos
narcisistas, un desequilibrio emocional y una incontinencia verborrágica
sumamente agresiva, violenta y hostil colmada de improperios, mentiras,
contradicciones, agravios y gritos, características todas ellas que son
claramente manipuladas emocionalmente y usufructuadas impúdicamente por los
grupos económicos más privilegiados y poderosos para incrementar sus beneficios
personales en desmedro de una mayoría aplastante de la población.
En ese sentido, bajo el
argumento de reducir el tamaño del Estado, atraer inversiones privadas y
disminuir el déficit fiscal, el presidente libertario lleva adelante un proceso
de brutal desinversión en áreas como la salud, la educación, la ciencia y la
cultura, mientras avanza en la privatización de empresas estatales estratégicas
que brindan servicios públicos vinculados a la infraestructura energética, la
provisión de agua corriente y desagües cloacales, las redes de transporte tanto
viales y férreas como fluviales, las telecomunicaciones, las áreas naturales
protegidas, etc. etc.
Todo esto hace que, además
de incrementar la consuetudinaria práctica de negociados entre funcionarios
corruptos y ávidos sectores empresarios que lucraron con ellos, el proceso
actual también implique una lesiva e incuestionable pérdida de la soberanía
nacional a manos de empresas extranjeras que se enriquecerán mediante el
usufructo de los recursos naturales del país. La entrega de la soberanía al
capital financiero internacional y a las grandes corporaciones monopólicas se
lleva adelante bajo la tutela de un presidente que defiende la ambición y el
enriquecimiento de los grandes capitalistas y millonarios extranjeros dado que,
para él, los monopolios no son malos, son maravillosos, ya que en el
capitalismo todo es paz y prosperidad.
Cabe recordar que el
presidente defiende la filosofía extrema dentro del liberalismo llamada
anarcocapitalismo, un sistema que plantea que lo ideal es llegar a una sociedad
capitalista sin la intervención del Estado. Entre los principales teóricos de
esta filosofía pueden mencionarse al economista austríaco Friedrich von Hayek
(1899-1992) y al estadounidense Murray Rothbard (1926-1995), quienes negaron la
eficacia y la legitimidad de las instituciones democráticas. Y para el
presidente, gran admirador de esta doctrina, la democracia no es un valor a
defender, algo que se puede comprobar al escuchar sus discursos en los que la
palabra “democracia” no está entre sus preferidas. En alguno de ellos habló
sobre los peligros de la “democracia ilimitada” a la que calificó de “dictadura
de las mayorías”.
Habría que recordarle a
este maníaco que la democracia (del griego: dēmos, pueblo y kratos, poder) es
una forma de organización social y política divulgada por los filósofos griegos
Platón de Egina (427-347 a.C.) y Aristóteles de Estagira (384-322 a.C.) quienes
le atribuyeron a ese sistema la titularidad del poder al conjunto de la
ciudadanía la que, mediante herramientas de participación directa o indirecta,
les conferían legitimidad a sus representantes. Platón advirtió en “Politeia”
(La república) que una democracia sin frenos desembocaba en una tiranía cuando
surgía un líder que, usando el descontento, se apoderaba del poder absoluto. Y
Aristóteles sostenía en su “Politica” (La política) que la única forma de un
Estado estable era aquella en la que todos los ciudadanos eran iguales ante la
ley. Cuando las leyes beneficiaban solamente a un sector y dejaban de ser
iguales para todos, las sociedades inevitablemente entraban en crisis.
Es evidente que estos
análisis siguen vigentes más de dos mil años después cuando el presidente libertario
está endeudando fraudulentamente al país y, a la vez, rematándolo en beneficio
de las clases privilegiadas mientras deja a las personas de nivel
socioeconómico medio y a los sectores humildes en condiciones paupérrimas,
cuyas generaciones venideras se encontrarán sumidas en una situación imposible
de predecir. La pregunta que cabe hacerse ante esta situación es si la gran
mayoría de la población es consciente de que se está subastando la patria, una
palabra que se ha utilizado con ampulosidad durante la reciente Copa Mundial de
Fútbol. Entonces también cabe preguntarse si ese fervor patriótico expresado
multitudinariamente no debería también manifestarse en las calles ya no en
favor de la selección argentina de fútbol, sino en contra de las medidas
económicas que se están tomando.Hace unos veinte años, el
geógrafo y teórico social británico David Harvey (1935) introdujo en su ensayo
“The new imperialism” (El nuevo imperialismo) la noción de acumulación por
desposesión para sostener al sistema capitalista, esto es la apropiación de los
recursos naturales, las tierras y la fuerza de trabajo por parte de capitales
nacionales y transnacionales, y consideró a ese proceso como una moderna
colonización basada en el despojo de los bienes de los países menos
desarrollados. De nuevo la pregunta: ¿son conscientes los argentinos de que
esto está ocurriendo? Tal vez tenía razón el filósofo alemán Peter Sloterdijk
(1947) cuando expuso en su ensayo “Kritik der zynischen vernunft” (Crítica de
la razón cínica) que el neoliberalismo, de la mano de la progresión tecnológica
basada en los medios
digitales y la inteligencia artificial, había logrado regular la intensidad
emocional de los conflictos sociales. Y describió al sujeto moderno como
alguien que ya no cree plenamente, aunque continúa actuando como si creyera.
Esto es un cinismo funcional que configura un consenso sostenido por la ironía
y el cansancio.
Tal vez sea el temor los
que lleva a los argentinos a sostener a un presidente que demoniza a quienes no
piensan igual que él con epítetos agraviantes como “ignorantes”, “traidores”,
“cobardes”, “vagos”, “parásitos”, “idiotas”, “inmundos”, “estúpidos”,
“miserables”, “basuras”, “mierdas”, “imbéciles”, “soretes” o “culos sucios”,
por citar sólo algunos de los improperios que conforman su amplio catálogo de
ramplonerías. Ante ese panorama desolador, el escritor y docente universitario
Martín Kohan (1967) destacó en un artículo aparecido en el diario “Página/12”
que “la crueldad está de moda en la Argentina. Luce bien, cae bien”, sentenció.
Y advirtió que hay un disfrute y un permiso para manifestarse cruelmente contra
el otro, algo que “lejos de ser condenado, es visto como algo aceptable e
incluso admirado por algunos sectores. En un contexto donde la empatía y la
solidaridad deberían prevalecer, se observa una preocupante tendencia hacia la
humillación y la exposición de otros al ridículo”, sostuvo.

En una conferencia dada en
la Universidad Torcuato Di Tella, la doctora en Sociología Liliana De Riz
(1941) manifestó que detrás de esos agravios estaban la furia y la
autopercepción de una superioridad moral: “La furia descontrolada convierte al
furioso en alguien superior: como un Dios que castiga desde arriba a todos, que
somos liliputienses en esa mirada”. Y reflexionó: “Milei se siente con derecho
a degradar porque se coloca en un nivel superior”. Por su parte, en la misma
conferencia, el ensayista Alejandro Katz (1962) detectó un fenómeno de fondo
muy negativo: “Milei propone un universo donde se superponen la violencia verbal,
la violencia gestual y la violencia gubernamental”. Aclaró: “No me refiero a la
necesidad o legitimidad de una política sino a la satisfacción que produce
causar dolor y celebrarlo, inclusive con puteadas”. Y concluyó: “Lo particular
de La Libertad Avanza es que básicamente son oportunistas, gente que jamás
pensó en lo público. El gobierno es, en parte, un grupo de fanáticos y
dogmáticos, en parte cínicos que están ahí para hacer negocios o preservar
negocios, y en parte oportunistas que vieron una puerta abierta al poder, a la
riqueza, a la fama, a los privilegios”.Vale la pena recordar que
el voto de los jóvenes fue decisivo para el triunfo de esta sarta de
delincuentes en 2023. Es llamativo (¿lo es?) que fueron los jóvenes quienes
votaron al actual presidente en una proporción mucho mayor que la de cualquier
otro grupo etario. Es factible que la gran mayoría de ellos quería quebrar el
sistema político imperante, pero desconociese la ética política de los
anarcocapitalistas y se sintiese atraída por un personaje que vociferaba en sus
discursos utilizando un lenguaje colmado de palabrotasdirigidas contra la
“casta” política. También el uso exorbitante de las redes sociales por parte
del candidato presidencial fue algo con lo que se identificaron, porque ese
lenguaje disruptivo rompía con lo tradicional y desafiaba las normas
establecidas en la comunicación.
Pues bien, según revela un
informe elaborado por investigadores de la Universidad de Buenos Aires (UBA)
titulado “Jóvenes vulnerables en la Argentina. Condiciones de vida, creencias y
expectativas sobre el futuro”, hoy en día casi el 60% de los jóvenes argentinos
vive en condiciones de vulnerabilidad social ya que han quedado fuera del
sistema educativo y laboral. Sobreviven a duras penas a través del trabajo
informal sin aportes jubilatorios, obra social ni vacaciones pagas. Y no sólo
eso, también se han endeudado masivamente para comprar motos o bicicletas para
acceder a un trabajo en las plataformas de servicios de reparto a domicilio y
mensajería. Y dados los bajos ingresos que consiguen, son ellos los que hoy
padecen los mayores niveles de morosidad y atrasos cuantiosos en los pagos de
los créditos. Peor aún es la situación de los jóvenes que viven en los barrios
carenciados, las llamadas “villas miseria”, en los que los muchachos caen en el
narcotráfico y las chicas en la prostitución.
Pero dentro de un régimen
caracterizado por una administración prolongada de la descomposición marcada
por una democracia vaciada, un autoritarismo creciente, crisis recurrentes,
fascistizaciones parciales y retrocesos sociales acumulativos, no sólo son los
jóvenes quienes padecen el plan “motosierra” implementado por el gobierno.
También lo sufren los jubilados, los discapacitados, los médicos, enfermeras y
demás trabajadores de la salud pública, los maestros y profesores de la
educación pública, los investigadores de la prestigiosa ciencia argentina, los
miembros de instituciones culturales como los museos, las bibliotecas y los
centros cívicos, las asociaciones civiles sin fines de lucro como los clubes de
barrio y las cooperativas de trabajo, en fin, la lista es larga.
No hace falta ser un
experto en economía ni en sociología para advertir que sin el crecimiento de la
producción de bienes y servicios, sin el desarrollo de la industria, sin la
expansión de la educación y la ciencia, es imposible que un país progrese. Hoy
en día, de manera descomunal, la Argentina se ha convertido en un laboratorio
de políticas dictadas por el sistema financiero internacional hallándose cada
vez más sumido en una condición de colonia proveedora de recursos a bajo costo.
La democracia se ha reducido a la administración de la miseria bajo la
supervisión del Fondo Monetario Internacional (FMI), la entidad financiera que
tiene el poder de vetar cada decisión económica relevante. Desde su ingreso al
FMI en 1956, la Argentina firmó más de veinte programas de asistencia
financiera. Ningún otro país recurrió con tanta frecuencia a este organismo. La
relación atravesó gobiernos militares y democráticos, reformas económicas,
incumplimiento de pagos de la deuda y sucesivas crisis cambiarias. En los
setenta años que lleva esa ligazón, el FMI jugó un papel central en la economía
argentina siempre con resultados funestos. Si bien la peor crisis de Argentina
vinculada al FMI ocurrió en 2001 bajo el gobierno de Fernando de la Rúa
(1937-2019), bien puede asegurarse que la actual es nefasta.
Hasta la directora
gerente de esa entidad, Kristalina Georgieva (1953), en su primera visita a la
Argentina, si bien respaldó -como era de esperarse- el programa económico del
gobierno, admitió que mucha gente trabajaba en la economía informal y que era
necesario impulsar el desarrollo de las pequeñas y medianas empresas que son
las que generan la mayoría de los empleos. Seguramente está enterada de que,
desde que asumió el actual gobierno, más de veintiocho mil empresas cerraron
sus puertas y se perdieron alrededor de trescientos mil puestos de trabajo
formales registrados. Pues bien, esta es la situación actual de la argentina.Y ante esta situación
plagada de insensateces, ¿qué alternativa tienen los argentinos? ¿Es el llamado
“progresismo” la solución o es solamente un atenuante? Porque esta corriente
política y social si bien atiende las demandas populares, amplía derechos y
redistribuye riqueza, no desafía los fundamentos del poder económico ni la
lógica de la acumulación capitalista, una estrategia que permite cierto margen
de redistribución y legitimidad política, pero no desplaza la hegemonía del
capital ni establece un bloque histórico capaz de sostener transformaciones
estructurales profundas. Como bien explica el dirigente de “Encuentro
Patriótico” Nicolás Mayr (1984) en su ensayo “Interregno. Teoría política para
la transición”, “el progresismo latinoamericano se desarrolló como respuesta
política a crisis sociales profundas y a la acumulación de demandas históricas
de las clases subalternas. Estos proyectos buscaban integrar al Estado como
mediador de justicia social, redistribuir ingresos y expandir derechos. Sin
embargo, la fuerza del capital transnacional, la centralidad del extractivismo
y la dependencia tecnológica limitaron significativamente la capacidad
transformadora de estos gobiernos”.
Autores latinoamericanos como
Octavio Paz (1914-1998) en “El laberinto de la soledad”, Gabriel García Márquez
(1927-2014) en “La soledad de América Latina” y Eduardo Galeano (1940-2015) en
“Las venas abiertas de América Latina”, por ejemplo, subrayaron que la historia
de la región ha estado marcada por ciclos de promesas incumplidas: desde la
independencia hasta las experiencias de reforma agraria y los progresismos
contemporáneos. La memoria histórica de desigualdad y dependencia condiciona la
percepción social de los gobiernos y genera tensiones entre expectativas populares
y límites estructurales. Comprender esta dimensión es clave para analizar por
qué la población puede respaldar políticas redistributivas, pero al mismo
tiempo frustrarse ante los límites de la transformación real. Y concluye
Nicolás Mayr: “El progresismo adopta cambios que incorporan demandas populares,
amplían derechos y redistribuyen riqueza sin desafiar los fundamentos del poder
económico ni la lógica de la acumulación capitalista dependiente. Esta
estrategia permite cierto margen de redistribución y legitimidad política, pero
no desplaza la hegemonía del capital ni establece un bloque histórico capaz de
sostener transformaciones estructurales profundas”.
Y así es nomás. Ante la
incapacidad de los gobiernos progresistas de romper las cadenas impuestas por
un capitalismo salvaje y la vergonzosa genuflexión del frenético presidente
argentino y el séquito de secuaces que lo acompaña a las “recomendaciones” y
“propuestas” que le hacen tanto el FMI como el perverso presidente
estadounidense, ¿qué futuro le espera a la Argentina?