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16 de septiembre de 2026

Claudia Piñeiro: “Hay en el gobierno un desprecio hacia la cultura tanto a nivel legislativo como discursivo. Hay un discurso de odio que genera violencias” (2/2)

Claudia Piñeiro es una de las escritoras argentinas más traducidas a otros idiomas y ha sido galardonada con numerosos premios tanto en Argentina como en Alemania, España y México. Además de las novelas mencionadas, es autora de obras de literatura infantil y juvenil como “Serafín, el escritor y la bruja”, “Un ladrón entre nosotros”, “El fantasma de las invasiones inglesas” y “Mi miedo xixi”; del libro de cuentos “Quién no”; de las obras teatrales “Cuánto vale una heladera”, “Un mismo árbol verde”, “Verona”, “Morite, gordo” y “Tres viejas plumas”; y del tomo de notas periodísticas y reflexiones íntimas “Escribir un silencio”. En una entrevista que le hizo recientemente la agencia de noticias española “EFE”, expresó su preocupación por “los constantes ataques a la cultura” del actual gobierno argentino con respecto a la cultura”. “Cuanta menos cultura, menos se piensa, menos capacidad de crítica y de valorar hay” expresó, y añadió luego: “Supongo que piensan que en la cultura hay una resistencia y una posibilidad de crítica que no les interesa. Han desmantelado todos los organismos que podían defenderla con la excusa de que no hay dinero. Son los tiempos que nos tocan y quienes no estamos de acuerdo con todo eso estamos bastante confundidos en cómo desarmarlo, es muy difícil. Han encontrado una forma de comunicarse con las generaciones más jóvenes, muy directa, que llega mucho, y nosotros seguimos con argumentaciones, pero nadie te quiere escuchar”.


A continuación, la segunda y última parte de los fragmentos escogidos de las entrevistas que le hicieron Jorge Fontevecchia (radio “Perfil”), Nora Fernández (revista “Por el Camino de Puan”) y Florencia Ripoll y Virginia Guevara (diario “La Voz del Interior”).

El 25 de mayo de 2024, escritores, intelectuales, artistas lanzaron una campaña contra la ley Bases o una parte de ella, pidiendo que los legisladores la rechacen en el Congreso, dijiste “estamos luchando para que no se aprueben las leyes, pero también para contrarrestar un discurso horrendo de desprecio a la cultura”, ¿a qué atribuís que la cultura sea atacada por este gobierno?

Por lo pronto es un movimiento global. Es llamativo porque la derecha siempre fue ilustrada, históricamente la derecha era una derecha ilustrada que tenía cultura. Ahora hay un desprecio hacia la cultura desde todas las derechas y hay un discurso, sobre sobre todo lo que tiene que ver con la actividad cultural o artística, que los que hacen cine, teatro, literatura son vagos, viven del Estado. Todo un discurso de odio que no es cierto, que genera violencias, etcétera, ¿por qué está ese discurso? Yo creo que porque es más fácil accionar sobre determinadas personas con discursos posibles que con discursos que todavía no pueden lograr. Quiero decir, el gobierno prometió ciertos beneficios económicos, que vamos a estar mejor en algún momento, etcétera, que se le iban a aprobar las leyes, que iba a dolarizar, un montón de cosas que se van postergando. En cambio, atacar a la cultura es fácil, y es como algo muy visible. Atacar a los grupos LGTB o mujeres también es fácil y es muy visible. Decir que ahí está la culpa de todo es como un argumento muy rápido para sacar conclusiones rápidas y para llegar a determinadas personas que lamentablemente no tienen a lo mejor el tiempo, la formación, las ganas, o lo que sea, de ponerse a pensar, pero esto que me está diciendo ¿es así? Entonces me parece que es darle una moneda por otra. Bueno, no te puedo dar todavía esto económico que te prometí, pero te puedo dar en cambio que voy a destruir la cultura.

¿Eso no es la contracara de lo mismo que se acusa en Europa y Estados Unidos al progresismo de que, en los últimos treinta años, en lugar de producir progreso económico, lo que hacía era lo que llaman peyorativamente “woke” (promover la ideología de género, el igualitarismo y el colectivismo) y que no tenía ningún costo económico y era fácil de instalar?

Lo que creo es que se ponen culpas y responsabilidades donde no corresponde. Por ejemplo, también al gobierno anterior se le ha dicho, se ocuparon del lenguaje inclusivo, se ocuparon de la ley del aborto y entonces no se ocuparon otra cosa. Si no se ocuparon de otras cosas fue por otros motivos, porque no pudieron, por la pandemia, porque se equivocaron, porque cometieron errores, por lo que quieran, pero no porque dieron la ley del aborto, pero no porque se ocuparon del lenguaje inclusivo. Pero es muy fácil la simplificación. Me parece que en otras partes del mundo pasa lo mismo, decir “porque se ocupan de esto entonces, desatendieron esto otro”, todo lo que se gasta en esos proyectos o programas no es lo que cambia la economía de un país. Acaban de cerrar o sacar el 80% del personal de la Subsecretaría de Protección contra la Violencia de Género, ¿cuánta plata se van a ahorrar con eso? Y queda el 144, el teléfono donde uno llamaba si tenía violencia de género, las personas que acompañaban a las mujeres en violencia de género. ¿Cuánta plata pensás que se puede ahorrar con el impuesto que quieren sacar con el que se financia el Fondo Nacional de las Artes?, ¿es sustancial para el presupuesto del país? Estoy segura de que no, y sin embargo lo dan como “uy, mirá lo que logramos, acá desmantelamos esto, acá sacamos este impuesto”.
 
En cuanto a la cultura democrática. ¿Qué estás viendo del modo en que hoy discutimos, debatimos y decidimos? Todos estamos muy alertas a los cambios de los últimos años en cuanto a la discusión pública.
 
Sí, creo que todos estamos muy alertas. Más allá de que hay algunas instituciones que parecen no funcionar del todo como a mí me gustaría, las instituciones están ahí para defendernos de avances y desbordes. Pero creo que donde se ve muchísimo el deterioro de la cultura democrática es en la conversación pública. Se observa en los insultos y en la forma de tratarnos que, por otra parte, vienen avalados desde el poder. Es muy difícil escapar de ese tipo de conversación hostil cuando está derramada desde los lugares más importantes del gobierno.
 
¿Y cómo te llevás vos con las redes sociales? Son una especie de discusión más transversal y horizontal, aunque allí también se da esa línea de arriba hacia abajo; el presidente, por ejemplo, las utiliza mucho. ¿Creés que ese tipo de ámbitos está erosionando la discusión democrática?
 
Sin duda que sí. Pero, por otra parte, a veces me parece que es inútil luchar contra lo que ya está establecido. Cuando empezamos a manejar gran parte de nuestra discusión a través de las redes sociales -sobre todo a través de “X”, que es donde más se debate este tipo de cosas-, al principio decías: “Bueno, no importa, son sólo las redes”. Pero la verdad es que muchas veces lo que pasa en las redes se traslada a la calle y a los medios de comunicación. Si prendés la televisión, mirás los diarios o escuchás la radio, ves que levantan cosas que estaban en “Twitter” antes. Entonces, por más que quieras decir “son sólo las redes, las agresiones quedan ahí, hay que salirse”, si te salís, te quedás un poco fuera de la conversación. Yo soy una persona grande, tengo quizás una posibilidad diferente de soportar ciertos embates o de correrme cuando me parece que me tengo que correr. Pero tengo un montón de amigas escritoras y actrices que la pasan mal. Y digo “amigas” en femenino porque fuimos más atacadas las mujeres que los varones, o somos atacadas de una manera que nos cuesta más soportar. Por eso, muchas compañeras se fueron de las redes. A mí me parece que irte del todo provoca que te retires de esa conversación, y entonces no tenés la posibilidad de comentar tu trabajo, de avisar que vas a estar mañana en Córdoba, por ejemplo, o de comunicar determinadas cosas interesantes a un montón de gente que sí conversa bien en esas plataformas.
 
¿Y dónde ves, mirando en términos generales el ámbito de la cultura, las resistencias más interesantes a esta serie de disvalores que erosionan la conversación y la democracia? Se habla mucho de que la dirigencia política está metida en bloque ahí adentro y que no hay una oposición que se diferencie. ¿Ves en la cultura algún contramensaje interesante?
 
En todo lo que nombraste veo resistencia, y me parece que son espacios que tenemos que preservar. Por ejemplo, lo que pasó con la ley de supuesta inviolabilidad de la tierra, que en realidad facilitaba la extranjerización, demuestra cómo la gente sale a la calle y discute de manera transversal. Había personas de distintos partidos políticos y ciudadanos sin ninguna inclinación partidaria defendiendo algo que es de todos. Esas son las manifestaciones más interesantes desde la cultura y desde las ciencias. Muchos de los que convocaron a esa marcha fueron músicos jóvenes, también escritores, pero los músicos son más conocidos popularmente y lograron llegar a un montón de chicos y chicas a los que de otra manera no se puede llegar. Su trabajo fue genial porque construyó un mensaje muy positivo de solidaridad. Los científicos también están muy dispuestos a dar batalla cuando la situación lo justifica. Lo que pasa es que son tantas las batallas diarias que a veces hay que cuidarse y dosificar la energía.
 
Mencionabas que hay que elegir y dosificar la energía para las batallas que valen la pena. El gobierno también parece notar ciertos límites; por ejemplo, con el intento de desregular la Ley del Libro y eliminar el precio único de tapa, donde finalmente retrocedieron. ¿Qué postura tenés sobre esta cuestión del libro?
 
Era hora de que se dieran cuenta de que del otro lado hay una resistencia y de que no se pueden modificar las cosas de manera patotera, diciendo simplemente “vengo y cambio esto”. Con respecto a la Ley de Fomento de la Actividad Librera y Editorial, no sólo es fundamental defender el precio único de tapa, sino también otro artículo del que se habla menos: el fondo para la compra de libros destinado a las bibliotecas populares. Ese punto es tan importante como el precio único. Las bibliotecas populares tienen una red sumamente desarrollada en todo el país y llegan allí donde el mercado no llega, garantizando el acceso a la lectura para quienes no pueden comprar un libro. Ese artículo también estuvo bajo amenaza. Para explicárselo de manera sencilla a la gente que a lo mejor se pregunta: “¿Por qué no está bien que me vendan el libro más barato en un supermercado?”: un supermercado puede bajar el precio del libro porque su ganancia principal está en vender arroz o Coca-Cola. Se puede permitir ese margen de pérdida que una librería independiente no tiene. Si las librerías de barrio cierran porque no pueden competir, el supermercado pasa a tener el monopolio y luego pone el precio que quiere. Esto ya se vio en los países que desregularon su mercado literario. Inglaterra eliminó el precio único y vio caer una enorme cantidad de librerías independientes, lo que terminó bajando el índice general de lectores. En cambio, países con un público lector consolidado y una gran diversidad editorial -como España, Italia, Francia y Argentina- sostienen con firmeza la Ley del Libro. Además, está el tema de la diversidad. Un supermercado sólo va a comprar y exhibir los libros de altísima venta. Si eliminamos las librerías, ¿cómo hace el lector para conseguir esas otras obras que no representan un negocio masivo pero que son esenciales para nuestra cultura? Lo mismo que ocurre con los supermercados se aplica a las grandes corporaciones de venta online; lo que en Estados Unidos se ve con “Amazon”, aquí se vería reflejado con “Mercado Libre”.
 
Tuviste un rol muy activo en el debate por la legalización del aborto y en la defensa de las políticas contra la violencia de género. El gobierno actual asumió con un discurso marcadamente antifeminista, sugiriendo incluso eliminar la figura del femicidio como agravante en el Código Penal. ¿Cómo analizás esta situación? ¿Por qué creés que las derechas van de forma tan sistemática contra estas conquistas?
 
Es una teoría larguísima de desarrollar, pero hay factores muy concretos. En primer lugar, las estadísticas demuestran que las mujeres votan menos a las opciones de ultraderecha que los hombres, tanto en Argentina como en el resto del mundo. Por otro lado, en el sistema capitalista, las mujeres hemos aportado históricamente una cantidad colosal de trabajo gratuito a través de las tareas de cuidado no remuneradas. Algunos estudios estimaban que ese trabajo representaba cerca del 20% del Producto Bruto Interno. A ese modelo económico no le conviene que las mujeres dejen de realizar ese trabajo gratuito para perseguir una vida profesional o para decidir tener menos hijos. Pero lo que más me preocupa hoy es que el mundo, más que por los presidentes de los países, está empezando a ser manejado por los “tecnofeudales”, los dueños de las grandes corporaciones de tecnología e inteligencia artificial. Y en ese grupo son todos varones; no hay mujeres en la mesa de decisiones. El mundo del futuro está siendo diseñado por señores que promueven discursos donde las mujeres deben volver al hogar y dedicarse exclusivamente a la reproducción. Tenemos que ser muy conscientes de esto, tanto las mujeres como los hombres que no queremos vivir en un mundo diseñado bajo esa concepción restrictiva.
 
Usás frecuentemente la palabra “resistencia”. ¿Cómo se conjuga ese concepto con un gobierno democrático que ganó legítimamente en las urnas? ¿Quién resiste y qué pensás de aquellos que no comparten esa visión? ¿No sería mejor buscar la convivencia?
 
El Gobierno ganó las elecciones en buena ley, eso no se discute. Lo votó un montón de gente, aunque creo que a esta altura muchos de sus votantes ya no opinan lo mismo en varios aspectos, o quizás lo votaron por motivos económicos y no están de acuerdo con los insultos diarios, con el hostigamiento a los periodistas o con el fomento del odio. Ahora bien, ganar una elección no significa tener un cheque en blanco. Un gobierno democrático debe gobernar para toda la población, no sólo para quienes lo votaron. Nosotros tenemos el legítimo derecho a resistir aquellas medidas que nos dañan. Me preguntás si no sería mejor convivir. A mí me encantaría convivir; yo tengo la posibilidad material de hacerlo porque tengo un trabajo y un ingreso estable. Pero miremos a nuestro alrededor: una persona con discapacidad a la que le recortan la asistencia médica o el transporte tiene que resistir. Un jubilado que debe elegir entre comprar sus remedios o comer tiene que resistir. Un científico al que le quitan las becas tiene que resistir. Para muchísimos ciudadanos hoy, la palabra “resistir” no es una declaración de guerra armada; es simplemente la lucha diaria por no ser arrojados fuera del sistema, por sobrevivir. Resistir, en este contexto, es un mecanismo de supervivencia.

6 de agosto de 2026

Exabruptos, confidencias y revelaciones (XL)

Peter Lamelas
Embajador de los Estados Unidos en Argentina (2025)

“Trabajaré para garantizar que los recursos de la Argentina, su energía y sus minerales críticos, beneficien a ambas naciones. Estados Unidos desea ser el socio predilecto de la Argentina en su reapertura a los mercados globales. Por lo tanto, es de nuestro interés estratégico asegurarnos de reducir las barreras comerciales y consolidar alianzas que garanticen un mercado justo, abierto y transparente. Estados Unidos apoya a la Argentina y va a hacer todo lo necesario para que Argentina salga para adelante y se desarrolle económicamente. (...) El desafío es que cada provincia tiene su propia administración y puede firmar acuerdos con China. Voy a recorrer todas las provincias para dialogar con los gobernadores y vigilar que no hagan acuerdos con los chinos. Eso puede prestarse a la corrupción, a la corrupción por parte de los chinos. (...) Trump me pidió que trabaje con su amigo Javier Milei para construir una relación aún más sólida entre nuestros dos países. Juntos alcanzaremos una grandeza sin precedentes. Tenemos que seguir apoyando a Javier Milei para construir una mejor relación entre nuestros países”.


Jair Bolsonaro
Diputado del Congreso de Brasil (2014)
 
“A mí me dan pena los empresarios de Brasil, porque es una desgracia ser patrón en nuestro país con tantos derechos laborales. Entre un hombre y una mujer joven, ¿qué piensa el empresario? ‘Caramba, esta mujer tiene anillo en el dedo, de aquí a poco embarazada, seis meses de permiso de maternidad’. ¿Quién va a pagar la cuenta? El empleador. Cuando ella vuelva, tendrá más de un mes de vacaciones, o sea ella trabajó cinco meses en un año. ¡Es por esto que les pagan menos a las mujeres!”.


Julie Kozack,
Directora de Comunicaciones del FMI (2025)
 
“El personal de FMI está estrechamente comprometido con las autoridades argentinas en la implementación de su programa para afianzar la estabilidad y mejorar las perspectivas de crecimiento del país. El enfoque adoptado por Argentina refuerza la confianza del mercado, al aportar una estructura de financiamiento del sector público transparente y predecible, vital para la acumulación de reservas y la confianza de los inversores. (...) Aunque el apoyo del Congreso puede ser beneficioso para el éxito de cualquier programa con el FMI, no es un requisito determinado por el organismo internacional. El FMI aseguró que no necesita del apoyo del Congreso para firmar un nuevo acuerdo con Argentina”.


Pablo Quirno 
Ministro de Relaciones Exteriores, Comercio Internacional y Culto de la Argentina (2026)

“Defendemos como un principio fundamental el derecho a la propiedad privada y todo lo que podamos hacer para dar seguridad jurídica a la propiedad privada, que atraiga inversiones a largo plazo y que lo vemos en el Régimen de Incentivos para Grandes Inversiones y las condiciones que nosotros creamos, esta es otra condición que nosotros queremos crear. (...) La soberanía es un discurso anticuado. Los extranjeros que vienen a trabajar a la Argentina y quieren comprar tierras, departamentos o edificios, o hacer sus negocios, traen beneficios. Pueden incluso acceder a la compra de pueblos y provincias enteras. Eso va a producir beneficios para la Argentina”.


Federico Sturzenegger
Ministro de Desregulación y Transformación del Estado (2025)

“Estamos en una democracia que explora lugares inéditos, en una revolución institucional distinta de las revoluciones disruptivas. Milei eligió transformar al país dentro del marco de la ley y la república. Es un camino más lento, con tropezones, pero más sólido. Requiere perseverancia y convicción, atributos que el presidente tiene de sobra. (...) Argentina viene de un exceso, casi se diría de una orgía monetaria en el gobierno anterior, y eso tiene efectos residuales. Gracias a este presidente que agarró el toro por las astas y dijo 'arranco resolviendo lo fiscal', hoy los insumos de la macroeconomía son los de un país sano. Llevamos dieciocho meses de superávit fiscal, somos uno de los cinco países del mundo con esas cuentas equilibradas. El crecimiento lo genera el sector privado, no el Estado. Cada peso que quitamos al gasto público libera recursos para a los empresarios. (...) Los jubilados no le pueden pedir a Javier Milei que en un año les revierta el deterioro de un país en veinte años. Las jubilaciones, desde su poder adquisitivo en pesos, desde que Javier ha llegado al gobierno han subido. Se han empezado a recuperar”.


Mauricio Macri
Expresidente de Argentina (2026)
 
“El mundo está cada día mejor y los pobres de hoy viven igual o mejor que un rey de hace cien años porque tiene cloacas, agua corriente, acceso al transporte público y a la educación pública, en los lugares donde las cosas funcionan. Los pobres siempre quieren más de lo que les corresponde. ¿Y todo por qué? Es una locura correr detrás de lo que creen que deberían tener. Creen que les corresponde más y que deberían decirles que son más lindos, más inteligentes o más fuertes de lo que realmente son”.

 
Peter Thiel
Empresario estadounidense (2026)
 
“Cuando mandé a un acólito a gritarle ‘¡Puto! ¡Puto! ¡Ojalá te mueras de SIDA!’ a un profesor homosexual, fue para testear la libertad de expresión. (...) La competencia es para tontos. Si quieres crear y capturar valor duradero, busca construir un monopolio. Una de las cosas que me gustan de la tecnología es que cuando no está regulada, puedes cambiar el mundo sin necesidad de obtener la aprobación de otras personas. En el mejor de los casos, no está sujeta al control democrático ni a las mayorías, que creo que a menudo son hostiles al cambio. (...) La libertad es incompatible con la democracia. Hay que resistir el pluralismo vacío y superficial, el enorme aumento de beneficiarios de la asistencia social y la extensión del derecho al voto a las mujeres, lo que ha convertido la noción de una democracia capitalista en un oxímoron. (...) Si bien no creo que se deba privar del voto a ningún grupo de personas, tengo pocas esperanzas de que votar mejore las cosas”.


Abelardo de la Espriella
Presidente de Colombia (2026)
 
“Si el Gobierno desconoce el orden constitucional, el Ejército debe intervenir para restaurarlo. Esto no es un juego de muñecas. Sepan ustedes, señores de la izquierda, que en mí tendrán siempre un enemigo acérrimo. (...) La oposición tendrá garantías, pero con límites. Al que me cierre vías, al que atente contra la infraestructura, al que pretenda atacar a la fuerza pública le voy a caer con mano de hierro. No como de indio, no como de negro, no como de blanco, no como de nada. Conmigo se organizan y se vuelven ciudadanos de verdad o van a saber también lo duro que muerde el tigre”.

 
Javier Milei 
Presidente de Argentina (2026)

“Sin importaciones la Argentina tendría una oferta de productos muy reducida. Suiza es uno de los países más prósperos del mundo ¿Qué produce Suiza? Turismo, relojes, chocolates, cortaplumas y servicios financieros. Y, bueno, ocasionalmente, un gran jugador de tenis. Entonces, cuando usted entra en un supermercado en Suiza, todo es importado. Si yo me guío por esa estupidez de que esa política es o no, digamos, argenta... bueno, si los suizos harían eso, se morirían de hambre o estarían en un estado de obesidad flagrante porque solamente comerían chocolate. Bueno, nosotros sólo comeríamos dulce de leche, tendríamos problemas de sobrepeso tremendo, porque sólo comeríamos eso, y andaríamos con biromes y en colectivos. Nada más, no tenemos más cosas”.


Alejandro Sarubbi Benítez
Abogado y streamer libertario argentino (2026)
 
“Ya la provincia de Buenos Aires, en mi humilde opinión, sobre todo lo que tiene que ver con el conurbano, esa inmensa porción de gente, desde mi punto de vista ya no tiene salvación, para mí ya no hay retorno. Pase lo que pase, gane quien gane, va a seguir siendo lo mismo, porque tiene un problemita cultural y de marginalidad con los ‘cabecitas’. Para mí no tiene vuelta la provincia de Buenos Aires. Entonces, yo tengo una serie de propuestas. La primera sería la esterilización. Es muy buena esa. Es la que considero la más tibia, la más tranqui. La siguiente: yo cercaría todo el conurbano bonaerense y levantaría un muro de quince metros de altura con ‘snipers’ (francotiradores) arriba para que nadie pueda cruzar. Obviamente daría la posibilidad de no quedarse ahí, eh, pero con portación de cara. Sería totalmente arbitrario a la hora de decir quién pasa y quién no. Y si no hay plata para mantener los ‘snipers’, directamente independizar a la provincia de Buenos Aires, o mejor dicho expulsarla del territorio nacional, independizar a la provincia y decir ‘hacé tu propio país con alcohol y mujerzuelas’. Y la tercera, que a priori puede parecer un poco cara, pero no lo es: todas las mañanas tirar napalm desde aviones. Yo creo que esa puede ser una opción bastante interesante, teniendo en cuenta que es un territorio que no tiene retorno. Obviamente dando aviso previo solamente a las personas que uno considera que hay que salvar”.

1 de agosto de 2026

Contingencias de un país gobernado por un energúmeno soberbio ante la tenue concientización de los ciudadanos

Allá por 1973 el filósofo y sociólogo alemán Jürgen Habermas (1929-2026) publicaba “Legitimationsprobleme im spätkapitalismus” (Problemas de legitimación en el capitalismo tardío), ensayo en el cual afirmaba que, dentro de ese sistema económico caracterizado por la globalización financiera, la tecnología digital y la precarización del trabajo, los ciudadanos se habían quedado sin protección y sin autonomía. El giro hacia el neoliberalismo no sólo estimulaba el libre mercado, la privatización de las empresas públicas y la desregulación de la economía, sino que también provocaba la atomización de las sociedades mediante el uso de mensajes elaborados tendenciosamente en los medios de comunicación logrando así que la propaganda estorbase por completo la capacidad de reflexionar.
Por la misma época, la filósofa, socióloga e historiadora alemana-estadounidense Hannah Arendt (1906-1975) publicaba “On violence” (Sobre la violencia) un ensayo en el que advertía que el poder para gobernar correspondía a la habilidad de actuar en concierto. El poder nunca debía ser propiedad de un solo individuo, sino que debía pertenecer a los ciudadanos, y ese poder existía solamente mientras los representase. Lo que convertía al hombre en un ser político era la capacidad de acción que le permitiese unirse a la ciudadanía y actuar de acuerdo con ella. Cuando eso dejaba de ocurrir también desaparecía su poder. El punto clave de la verdadera gobernabilidad debía estar radicado en una política orientada a mejorar el bienestar, la justicia y el orden social y no en la violencia. Y en otro ensayo, en este caso “Crises of the Republic” (Crisis de la República), aseguraba que los gobiernos representativos se hallaban en crisis porque no permitían la participación efectiva de los ciudadanos y que el sistema de partidos políticos sufría una enorme burocratización y sus dirigentes sólo representaban y promovían sus propios intereses.
Medio siglo más tarde, es decir hoy en día, esas apreciaciones resultan más que evidentes en la Argentina, un país gobernado por un individuo que muestra cotidianamente rasgos narcisistas, un desequilibrio emocional y una incontinencia verborrágica sumamente agresiva, violenta y hostil colmada de improperios, mentiras, contradicciones, agravios y gritos, características todas ellas que son claramente manipuladas emocionalmente y usufructuadas impúdicamente por los grupos económicos más privilegiados y poderosos para incrementar sus beneficios personales en desmedro de una mayoría aplastante de la población.
En ese sentido, bajo el argumento de reducir el tamaño del Estado, atraer inversiones privadas y disminuir el déficit fiscal, el presidente libertario lleva adelante un proceso de brutal desinversión en áreas como la salud, la educación, la ciencia y la cultura, mientras avanza en la privatización de empresas estatales estratégicas que brindan servicios públicos vinculados a la infraestructura energética, la provisión de agua corriente y desagües cloacales, las redes de transporte tanto viales y férreas como fluviales, las telecomunicaciones, las áreas naturales protegidas, etc. etc.
Todo esto hace que, además de incrementar la consuetudinaria práctica de negociados entre funcionarios corruptos y ávidos sectores empresarios que lucraron con ellos, el proceso actual también implique una lesiva e incuestionable pérdida de la soberanía nacional a manos de empresas extranjeras que se enriquecerán mediante el usufructo de los recursos naturales del país. La entrega de la soberanía al capital financiero internacional y a las grandes corporaciones monopólicas se lleva adelante bajo la tutela de un presidente que defiende la ambición y el enriquecimiento de los grandes capitalistas y millonarios extranjeros dado que, para él, los monopolios no son malos, son maravillosos, ya que en el capitalismo todo es paz y prosperidad.
Cabe recordar que el presidente defiende la filosofía extrema dentro del liberalismo llamada anarcocapitalismo, un sistema que plantea que lo ideal es llegar a una sociedad capitalista sin la intervención del Estado. Entre los principales teóricos de esta filosofía pueden mencionarse al economista austríaco Friedrich von Hayek (1899-1992) y al estadounidense Murray Rothbard (1926-1995), quienes negaron la eficacia y la legitimidad de las instituciones democráticas. Y para el presidente, gran admirador de esta doctrina, la democracia no es un valor a defender, algo que se puede comprobar al escuchar sus discursos en los que la palabra “democracia” no está entre sus preferidas. En alguno de ellos habló sobre los peligros de la “democracia ilimitada” a la que calificó de “dictadura de las mayorías”.
Habría que recordarle a este maníaco que la democracia (del griego: dēmos, pueblo y kratos, poder) es una forma de organización social y política divulgada por los filósofos griegos Platón de Egina (427-347 a.C.) y Aristóteles de Estagira (384-322 a.C.) quienes le atribuyeron a ese sistema la titularidad del poder al conjunto de la ciudadanía la que, mediante herramientas de participación directa o indirecta, les conferían legitimidad a sus representantes. Platón advirtió en “Politeia” (La república) que una democracia sin frenos desembocaba en una tiranía cuando surgía un líder que, usando el descontento, se apoderaba del poder absoluto. Y Aristóteles sostenía en su “Politica” (La política) que la única forma de un Estado estable era aquella en la que todos los ciudadanos eran iguales ante la ley. Cuando las leyes beneficiaban solamente a un sector y dejaban de ser iguales para todos, las sociedades inevitablemente entraban en crisis.


Es evidente que estos análisis siguen vigentes más de dos mil años después cuando el presidente libertario está endeudando fraudulentamente al país y, a la vez, rematándolo en beneficio de las clases privilegiadas mientras deja a las personas de nivel socioeconómico medio y a los sectores humildes en condiciones paupérrimas, cuyas generaciones venideras se encontrarán sumidas en una situación imposible de predecir. La pregunta que cabe hacerse ante esta situación es si la gran mayoría de la población es consciente de que se está subastando la patria, una palabra que se ha utilizado con ampulosidad durante la reciente Copa Mundial de Fútbol. Entonces también cabe preguntarse si ese fervor patriótico expresado multitudinariamente no debería también manifestarse en las calles ya no en favor de la selección argentina de fútbol, sino en contra de las medidas económicas que se están tomando.
Hace unos veinte años, el geógrafo y teórico social británico David Harvey (1935) introdujo en su ensayo “The new imperialism” (El nuevo imperialismo) la noción de acumulación por desposesión para sostener al sistema capitalista, esto es la apropiación de los recursos naturales, las tierras y la fuerza de trabajo por parte de capitales nacionales y transnacionales, y consideró a ese proceso como una moderna colonización basada en el despojo de los bienes de los países menos desarrollados. De nuevo la pregunta: ¿son conscientes los argentinos de que esto está ocurriendo? Tal vez tenía razón el filósofo alemán Peter Sloterdijk (1947) cuando expuso en su ensayo “Kritik der zynischen vernunft” (Crítica de la razón cínica) que el neoliberalismo, de la mano de la progresión tecnológica
basada en los medios digitales y la inteligencia artificial, había logrado regular la intensidad emocional de los conflictos sociales. Y describió al sujeto moderno como alguien que ya no cree plenamente, aunque continúa actuando como si creyera. Esto es un cinismo funcional que configura un consenso sostenido por la ironía y el cansancio.
Tal vez sea el temor los que lleva a los argentinos a sostener a un presidente que demoniza a quienes no piensan igual que él con epítetos agraviantes como “ignorantes”, “traidores”, “cobardes”, “vagos”, “parásitos”, “idiotas”, “inmundos”, “estúpidos”, “miserables”, “basuras”, “mierdas”, “imbéciles”, “soretes” o “culos sucios”, por citar sólo algunos de los improperios que conforman su amplio catálogo de ramplonerías. Ante ese panorama desolador, el escritor y docente universitario Martín Kohan (1967) destacó en un artículo aparecido en el diario “Página/12” que “la crueldad está de moda en la Argentina. Luce bien, cae bien”, sentenció. Y advirtió que hay un disfrute y un permiso para manifestarse cruelmente contra el otro, algo que “lejos de ser condenado, es visto como algo aceptable e incluso admirado por algunos sectores. En un contexto donde la empatía y la solidaridad deberían prevalecer, se observa una preocupante tendencia hacia la humillación y la exposición de otros al ridículo”, sostuvo.


En una conferencia dada en la Universidad Torcuato Di Tella, la doctora en Sociología Liliana De Riz (1941) manifestó que detrás de esos agravios estaban la furia y la autopercepción de una superioridad moral: “La furia descontrolada convierte al furioso en alguien superior: como un Dios que castiga desde arriba a todos, que somos liliputienses en esa mirada”. Y reflexionó: “Milei se siente con derecho a degradar porque se coloca en un nivel superior”. Por su parte, en la misma conferencia, el ensayista Alejandro Katz (1962) detectó un fenómeno de fondo muy negativo: “Milei propone un universo donde se superponen la violencia verbal, la violencia gestual y la violencia gubernamental”. Aclaró: “No me refiero a la necesidad o legitimidad de una política sino a la satisfacción que produce causar dolor y celebrarlo, inclusive con puteadas”. Y concluyó: “Lo particular de La Libertad Avanza es que básicamente son oportunistas, gente que jamás pensó en lo público. El gobierno es, en parte, un grupo de fanáticos y dogmáticos, en parte cínicos que están ahí para hacer negocios o preservar negocios, y en parte oportunistas que vieron una puerta abierta al poder, a la riqueza, a la fama, a los privilegios”.
Vale la pena recordar que el voto de los jóvenes fue decisivo para el triunfo de esta sarta de delincuentes en 2023. Es llamativo (¿lo es?) que fueron los jóvenes quienes votaron al actual presidente en una proporción mucho mayor que la de cualquier otro grupo etario. Es factible que la gran mayoría de ellos quería quebrar el sistema político imperante, pero desconociese la ética política de los anarcocapitalistas y se sintiese atraída por un personaje que vociferaba en sus discursos utilizando un lenguaje colmado de palabrotasdirigidas contra la “casta” política. También el uso exorbitante de las redes sociales por parte del candidato presidencial fue algo con lo que se identificaron, porque ese lenguaje disruptivo rompía con lo tradicional y desafiaba las normas establecidas en la comunicación.
Pues bien, según revela un informe elaborado por investigadores de la Universidad de Buenos Aires (UBA) titulado “Jóvenes vulnerables en la Argentina. Condiciones de vida, creencias y expectativas sobre el futuro”, hoy en día casi el 60% de los jóvenes argentinos vive en condiciones de vulnerabilidad social ya que han quedado fuera del sistema educativo y laboral. Sobreviven a duras penas a través del trabajo informal sin aportes jubilatorios, obra social ni vacaciones pagas. Y no sólo eso, también se han endeudado masivamente para comprar motos o bicicletas para acceder a un trabajo en las plataformas de servicios de reparto a domicilio y mensajería. Y dados los bajos ingresos que consiguen, son ellos los que hoy padecen los mayores niveles de morosidad y atrasos cuantiosos en los pagos de los créditos. Peor aún es la situación de los jóvenes que viven en los barrios carenciados, las llamadas “villas miseria”, en los que los muchachos caen en el narcotráfico y las chicas en la prostitución.
Pero dentro de un régimen caracterizado por una administración prolongada de la descomposición marcada por una democracia vaciada, un autoritarismo creciente, crisis recurrentes, fascistizaciones parciales y retrocesos sociales acumulativos, no sólo son los jóvenes quienes padecen el plan “motosierra” implementado por el gobierno. También lo sufren los jubilados, los discapacitados, los médicos, enfermeras y demás trabajadores de la salud pública, los maestros y profesores de la educación pública, los investigadores de la prestigiosa ciencia argentina, los miembros de instituciones culturales como los museos, las bibliotecas y los centros cívicos, las asociaciones civiles sin fines de lucro como los clubes de barrio y las cooperativas de trabajo, en fin, la lista es larga.
No hace falta ser un experto en economía ni en sociología para advertir que sin el crecimiento de la producción de bienes y servicios, sin el desarrollo de la industria, sin la expansión de la educación y la ciencia, es imposible que un país progrese. Hoy en día, de manera descomunal, la Argentina se ha convertido en un laboratorio de políticas dictadas por el sistema financiero internacional hallándose cada vez más sumido en una condición de colonia proveedora de recursos a bajo costo. La democracia se ha reducido a la administración de la miseria bajo la supervisión del Fondo Monetario Internacional (FMI), la entidad financiera que tiene el poder de vetar cada decisión económica relevante. Desde su ingreso al FMI en 1956, la Argentina firmó más de veinte programas de asistencia financiera. Ningún otro país recurrió con tanta frecuencia a este organismo. La relación atravesó gobiernos militares y democráticos, reformas económicas, incumplimiento de pagos de la deuda y sucesivas crisis cambiarias. En los setenta años que lleva esa ligazón, el FMI jugó un papel central en la economía argentina siempre con resultados funestos. Si bien la peor crisis de Argentina vinculada al FMI ocurrió en 2001 bajo el gobierno de Fernando de la Rúa (1937-2019), bien puede asegurarse que la actual es nefasta.


Hasta la directora gerente de esa entidad, Kristalina Georgieva (1953), en su primera visita a la Argentina, si bien respaldó -como era de esperarse- el programa económico del gobierno, admitió que mucha gente trabajaba en la economía informal y que era necesario impulsar el desarrollo de las pequeñas y medianas empresas que son las que generan la mayoría de los empleos. Seguramente está enterada de que, desde que asumió el actual gobierno, más de veintiocho mil empresas cerraron sus puertas y se perdieron alrededor de trescientos mil puestos de trabajo formales registrados. Pues bien, esta es la situación actual de la argentina.
Y ante esta situación plagada de insensateces, ¿qué alternativa tienen los argentinos? ¿Es el llamado “progresismo” la solución o es solamente un atenuante? Porque esta corriente política y social si bien atiende las demandas populares, amplía derechos y redistribuye riqueza, no desafía los fundamentos del poder económico ni la lógica de la acumulación capitalista, una estrategia que permite cierto margen de redistribución y legitimidad política, pero no desplaza la hegemonía del capital ni establece un bloque histórico capaz de sostener transformaciones estructurales profundas. Como bien explica el dirigente de “Encuentro Patriótico” Nicolás Mayr (1984) en su ensayo “Interregno. Teoría política para la transición”, “el progresismo latinoamericano se desarrolló como respuesta política a crisis sociales profundas y a la acumulación de demandas históricas de las clases subalternas. Estos proyectos buscaban integrar al Estado como mediador de justicia social, redistribuir ingresos y expandir derechos. Sin embargo, la fuerza del capital transnacional, la centralidad del extractivismo y la dependencia tecnológica limitaron significativamente la capacidad transformadora de estos gobiernos”.
Autores latinoamericanos como Octavio Paz (1914-1998) en “El laberinto de la soledad”, Gabriel García Márquez (1927-2014) en “La soledad de América Latina” y Eduardo Galeano (1940-2015) en “Las venas abiertas de América Latina”, por ejemplo, subrayaron que la historia de la región ha estado marcada por ciclos de promesas incumplidas: desde la independencia hasta las experiencias de reforma agraria y los progresismos contemporáneos. La memoria histórica de desigualdad y dependencia condiciona la percepción social de los gobiernos y genera tensiones entre expectativas populares y límites estructurales. Comprender esta dimensión es clave para analizar por qué la población puede respaldar políticas redistributivas, pero al mismo tiempo frustrarse ante los límites de la transformación real. Y concluye Nicolás Mayr: “El progresismo adopta cambios que incorporan demandas populares, amplían derechos y redistribuyen riqueza sin desafiar los fundamentos del poder económico ni la lógica de la acumulación capitalista dependiente. Esta estrategia permite cierto margen de redistribución y legitimidad política, pero no desplaza la hegemonía del capital ni establece un bloque histórico capaz de sostener transformaciones estructurales profundas”.
Y así es nomás. Ante la incapacidad de los gobiernos progresistas de romper las cadenas impuestas por un capitalismo salvaje y la vergonzosa genuflexión del frenético presidente argentino y el séquito de secuaces que lo acompaña a las “recomendaciones” y “propuestas” que le hacen tanto el FMI como el perverso presidente estadounidense, ¿qué futuro le espera a la Argentina?

22 de julio de 2026

Alejandro Horowicz: “Estamos en una sociedad en caída libre, no hay muchas sociedades en el mundo homologables a la sociedad argentina” (2/2)

Alejandro Horowicz ha participado en numerosas antologías tanto como autor en varias ocasiones, y como editor y compilador en otras. Entre estas obras pueden mencionarse “¡Libertad, muera el tirano!”, “Posjudaísmo. Debates sobre lo judío en el siglo XXI”, “La batalla por la renta”, “Conversaciones ante la máquina. Para salir del consenso desarrollista”, “Qué queda de los cuatro peronismos” y “Plaza Tomada. ¿Qué tiene para decirnos hoy el mítico 17 de octubre?”, obras todas ellas en las que participaron prestigiosos historiadores, sociólogos, filósofos, escritores, antropólogos y críticos literarios. Entre ellos, por citar sólo algunos de la extensa nómina, figuran León Rozitchner (1924-2011), Norberto Galasso (1936), Daniel Muchnik (1941-2021), Silvia Bleichmar (1944-2007), Horacio González (1944-2021), Tomás Abraham (1946), Eduardo Gruner (1946), Gabriela Massuh (1951), Rita Segato (1951), Elsa Drucaroff (1957), Ricardo Forster (1957), Luis Chitarroni (1958-2023), Felipe Pigna (1959), Dardo Scavino (1964), María Pía López (1969) y Macarena Marey (1978).


Quien alguna vez expresó que “las ganancias son privadas, las pérdidas son de todos, hay un socialismo al revés”, recalca en la segunda parte del compendio de entrevistas la mutación de la Argentina desde un país productivo y con mercado interno a una nación signada por la reprimarización, el endeudamiento externo cíclico y la fuga de capitales, un proceso de reorganización económica estructural que sigue operando bajo la piel de la democracia actual.
 
¿Qué lectura hace de la Argentina de hoy?
 
El gobierno de Milei tiene una lógica manifiesta que ya era clara cuando era candidato. Lo que en un candidato podía festejarse, en un presidente empieza a sufrirse. Y cuando se vuelve evidente que el camino elegido conduce exactamente al lugar al que era obvio que iba a conducir, empieza a aparecer el fenómeno de la desesperanza entre quienes creyeron en ese camino y en ese presidente. Milei reúne a los peores elementos de la casta. Su gobierno marcha hacia una catástrofe obvia y anunciada. No hay ninguna sorpresa en el comportamiento de alguien que siempre tuvo el mismo comportamiento. Hay una obviedad en cualquier análisis histórico-político: nada de lo que sucede puede separarse de lo que sucedió. Sin embargo, esta obviedad no es asumida políticamente por nadie.
 
¿Qué quiere decir con eso?
 
Milei es la puesta en valor de toda la casta. Cuando uno dice lo que vale Milei, lo que está diciendo es que la casta vale menos que eso. ¿Cómo explicar, si no, que alguien sin trayectoria política, que hasta hace pocos años era un oscuro panelista, haya derrotado a las fuerzas que gobernaron la Argentina durante décadas? Y no hablo sólo de las limitaciones léxicas de un discurso que difícilmente supere las quinientas palabras articuladas, sino de una manifiesta incapacidad para comprender los problemas de la política internacional. Esa es, precisamente, la dimensión del problema.
 
¿Por qué pone el foco en la esfera internacional?
 
La proximidad de un presidente argentino con Israel resulta llamativa, más allá del gobierno israelí de turno. Esa no es la cuestión. Israel tiene importancia en Medio Oriente, pero la Argentina no juega allí el eje de su política exterior. Eso no significa que no deba mantener relaciones con los países de esa región, sino que, difícilmente, Medio Oriente forme parte de las cinco prioridades de una cancillería con un programa de política exterior.
 
¿Qué indica el gobierno con ello?
 
Que no tiene ningún programa. Cuando alguien disputa en esa cancha, queda claro en qué canchas no disputa. Ese es el primer punto. Y es un punto del que la política argentina no se termina de anoticiar. Una sociedad que hace cinco décadas no discute absolutamente nada hace mucho tiempo que no vale gran cosa.
 
¿En qué momento la sociedad dejó de discutir y por qué?
 
Cuando se observan los debates de la sociedad argentina desde 1976 en adelante, uno advierte que pueden dividirse en dos términos. El primero: la idea de que la dictadura burguesa y terrorista iba a resolver las cuestiones del desorden de la sociedad argentina. Eso no lo pensaban cuatro gatos locos: lo pensaba la mayoría de la sociedad argentina y el conjunto de los partidos parlamentarios. Conviene recordar cuando, en 1977, 1978, 1979, los dirigentes de esas fuerzas políticas explicaban que no querían que los militares fracasaran. Pues bien, cuando alguien quiere que una política semejante no fracase, está diciendo qué política respalda. La continuidad del peronismo y del radicalismo desde 1975 en adelante es absolutamente clara, y se ve en los candidatos de 1983.
 
¿Qué políticas marcan esa continuidad?
 
Luder es el hombre que firmó, en octubre de 1975, el decreto por el cual había que exterminar a la subversión. Lo hizo como presidente provisional del Senado, a cargo del Poder Ejecutivo. En 1983, en su condición de profesor de Derecho Constitucional, nos explicó que, como los militares habían pergeñado una ley -que, por cierto, el Congreso podía derogar-, desde el punto de vista del derecho, habiendo dos leyes en conflicto, la que corresponde aplicar es la que beneficia al reo. Nos informó en 1983 que iba a ser la impunidad absoluta. De modo que, cuando uno mira el comportamiento del peronismo hasta el estallido de 2001, ve claramente una línea que no es una opinión de un candidato, es una política en ejercicio. Cuando uno mira a Alfonsín, ve exactamente lo mismo.
 
¿A qué se refiere, puntualmente?
 
Alfonsín explicó que había que distinguir entre los que impartieron las órdenes, los que las cumplieron y los que se excedieron. ¿Cómo alguien se excede en una orden de destrucción “ad nihilum”? Voy a dejarlo a cargo de la imaginación de cada uno. Esta diferenciación requiere que la orden sea legal. Si la orden no es legal, la responsabilidad de cada uno de los que ejecuta una orden ilegal -y, obviamente, inconstitucional, por no decir anticonstitucional-, es completa. Cualquiera que lea el Artículo 67 de la Constitución Nacional ve que no es atribución del Poder Ejecutivo intervenir militarmente una provincia, y que es una atribución específica del Congreso. Ahora bien, el Congreso funcionaba cuando funcionaba la escuelita de Famaillá, y una delegación parlamentaria la visitó y dijo que era magnífica la tarea que estaban realizando. De modo que la continuidad resulta evidente. El estallido de 2001 no deja dudas.
 
¿Qué reveló ese momento bisagra de 2001?
 
El estallido de 2001 demuestra la inviabilidad del modelo establecido. Ahora bien, ese estallido estuvo precedido por dos hiperinflaciones y, entre 1975 y 1991, por un período en el que la inflación nunca fue inferior al 100% anual durante dieciséis años consecutivos. Esto nos lleva a un primer punto, de carácter contable. Cualquier empresa que deba elaborar un balance sabe que, si acumula más de un 100% de inflación en tres años, se encuentra en un proceso hiperinflacionario. En la Argentina, ese nivel de inflación se registraba en apenas un año. Lo que estamos diciendo, entonces, es que durante dieciséis años el experimento económico consistió en una hiperinflación permanente, con una clara intencionalidad.
 
¿Cuál?
 
Una hiperinflación sirve para reasignar la distribución del ingreso. Si uno observa la participación de los asalariados en el ingreso nacional entre mediados de la década de 1940 y el Rodrigazo de 1975, durante aproximadamente treinta años representó entre el 42% y el 48% del producto. A partir de entonces, el producto per cápita dejó de crecer y comenzó a disminuir, mientras que la participación de los asalariados se redujo prácticamente a la mitad. Esa es la operación que inaugura el Rodrigazo y que José Alfredo Martínez de Hoz, terror mediante, consolida hasta 1991. Por eso sostengo que la continuidad es una evidencia manifiesta, no una cuestión sujeta a debate ideológico. La política argentina no ha hecho más que reproducir, y amplificar, esa misma crisis.
 
Sostiene que “la caída de la calidad educativa va de la mano con la degradación del debate político” y que esa degradación en buena medida explica la llegada de Milei a la presidencia.
 
Cuando uno observa las condiciones con las que un chico sale de la primaria o la secundaria, se queda aterrado. Y entonces entiende por qué Milei tiene en esa masa de jóvenes una de sus principales bases de sustentación. En su mayoría, sus votantes son jóvenes y adultos jóvenes formados en un sistema educativo deteriorado desde hace décadas. Lo que tenemos a la vista es la destrucción del proceso educativo. Y sin una educación crítica no puede haber debate democrático. Esta situación no comenzó la semana pasada.
 
¿Cuándo empezó?
 
La reforma educativa de Menem marca el punto donde la catástrofe ya no tiene vuelta atrás. Pero digamos que cuando Alfonsín intenta hacer un congreso pedagógico y la Iglesia Católica vence en el congreso pedagógico, no nos está diciendo poco sobre el debate de la calidad educativa. La Iglesia Católica se ha opuesto sistemáticamente a la educación de las mujeres. Hay doscientos cincuenta capellanes militares cómplices de todo el proceso. ¿A Von Wernich lo expulsaron de la Iglesia? No. Esto es una política sistemática. Dicho con enorme sencillez, aquí lo que queda en pie es muy poquito y hay que ser casi un arqueólogo del conocimiento para ver qué sobrevive.
 
Si, como dice, queda muy poco en pie, ¿desde dónde puede reconstruirse la política?
 
Cuando uno mira el 2001, uno ve un estallido sistémico, no la resistencia popular. Esto no quiere decir que no exista resistencia popular, pero no es una resistencia política. Para que una resistencia sea política, tiene que saber que las palabras no se defienden sólo con palabras. Y cuando detrás de las palabras sólo hay otro montoncito de palabras, tenemos un abogado liberal con el código en la mano. Aquí, en serio, habla muy poca gente; la mayor parte “blablea”. Y, a la hora de la verdad, ¿cómo nos damos cuenta de que “blablean”? En que son intercambiables. Vemos una profundización de la decadencia política; vemos que, crecientemente, un sector mayoritario de la sociedad no sólo descree de las posibilidades de la política, sino que la primera mayoría de la sociedad no vota.
 
¿Entonces?
 
Si esperamos que de este orden político salga un candidato, estamos entendiendo mal el problema. El secreto es que este orden político produce estos candidatos. Nunca digo que son iguales; digo que son intercambiables, que no es lo mismo. Intercambiables es una función; igualdad es una consistencia interna. Yo no tengo ninguna duda de que Kicillof no es Scioli. Y esto la sociedad argentina lo sabe perfectamente. El tema es cuando uno mira las propuestas y ve que sólo se diferencian en cómo ganar las elecciones. Cuando alguien dice que va a frenar a Milei en el Congreso, uno se tiene que preguntar si lo están tomando por un idiota genéticamente perfecto, porque cuando Milei tenía una minoría de la minoría parlamentaria, ¿qué fue lo que le impidió ese Congreso? Nada. Entonces está muy claro que la estructura electoral no corrige nada; simplemente premia a quienes son integrantes conspicuos de la casta. ¿Y cuál es el concepto que organiza todo esto desde el ‘76 hasta acá? Botín de guerra.
 
¿A qué se refiere con “botín de guerra”?
 
Cuando llegaba una patota a tu casa en el ‘76, en la puerta podía aparecer un camión de mudanza y se llevaban todo. Era público que todo eso se vendía. Sin embargo, en los juicios contra los responsables militares, este tema no fue parte de las causas: nadie tuvo que devolver una moneda. Cuando uno mira el patrimonio que declaran nuestros representantes, llega a una comprobación muy sencilla: o llegaron ahí dejando de ser pobres gracias al botín de guerra, o gracias al botín de guerra llegaron ahí. El botín de guerra es un trofeo que se exhibe. La descomposición personal no es un fenómeno de Adorni. No tengo la más mínima duda de que Adorni no puede explicar nada. Esto no es un caso; es un patrón.
 
Su último libro, “Plaza tomada”, reúne una serie de intervenciones que interrogan los episodios del ‘45 para traerlo al presente y volverlo campo de análisis. ¿Qué tiene para decirnos hoy el mítico 17 de octubre? ¿Cómo abordar el texto en clave contemporánea?
 
Sabemos que los desiertos son una construcción. Miremos la Campaña del Desierto: no había ningún desierto. Simplemente nos estaban informando qué iba a pasar cuando terminara la Campaña. ¿Qué es lo que está pasando aquí? Este es el desierto que hemos sabido construir, y de este desierto sólo se sale de abajo para arriba. Necesitamos una nueva invención popular. El peronismo fue una invención popular. El 17 de octubre no lo inventa Perón; el 17 de octubre inventa a Perón. Mientras la sociedad argentina siga buscando un salvador, lo único que va a encontrar es una catástrofe. Tenemos una sociedad desarmada y despolitizada. Lo que tenemos hoy es un orden político en el que una mayoría de la sociedad obedece a rajatabla.
 
¿Qué revelan aquellos episodios sobre la capacidad ciudadana para empujar cambios políticos?
 
Como eso está documentado, es interesantísimo. “Plaza tomada” incluye las actas del Comité Central Confederal del 16 de octubre de 1945. ¿Qué nos permiten mirar esas actas? Una discusión política. Podemos ver entre los dirigentes obreros de ese momento una comprensión de qué está sucediendo. Sin embargo, es muy interesante que esa discusión se libra el 16 de octubre, es decir, los que discuten no deciden. El movimiento ya está en marcha y decidió solo, no esperó que el Comité Central Confederal determinara qué había que hacer. Le impuso al Comité Central sus propios términos. Más plebeyo no puede ser. El 17 de octubre es el día del estallido final. El asunto empezó el 14, el 13, depende en dónde. En Berisso empezaron a moverse bastante antes, y esto fue construyendo un fenómeno de contagio político, que era por abajo. Confiaban en sus propias posibilidades, en su aptitud directa, en su capacidad de transformación política. Inventaron otra cosa. Esa otra cosa que inventaron modificó el orden político, e hizo que entre 1946 y 1975 en la Argentina la cosa fuera bastante distinta, que a nosotros no nos satisfizo cómo era, sin duda.
 
Previamente se refirió al deterioro educativo. ¿Qué relación encuentra entre esa crisis y la dificultad para formar cuadros políticos?
 
Sin duda, hay relación. Un liberal cree que un cuadro político es alguien que tiene una biblioteca importante leída. No es que eso esté mal: esa persona está políticamente educada, tiene una formación política. Pero eso no quiere decir que sea un cuadro político. Un cuadro político es un cuadro de una política. Si vos no tenés una política, no tenés cuadros políticos.
 
El problema entonces no es sólo educativo sino también político…
 
Lo que vemos hoy, y por eso son intercambiables, es que la política no está en discusión. La política es un arte de ejecución; es decir, es básicamente la administración de lo dado. Y cualquiera que sirve para administrar lo dado sirve y punto. Aquí no estamos discutiendo la administración de lo dado. Aquí estamos discutiendo las condiciones en que se constituye un orden social vivible para nosotros. Y está muy claro a qué nos condena este orden social. El problema es el desarme de la voluntad de transformación, la derrota no asumida. No digo que no haya pasado nada ni que todo sea igual. Estoy diciendo que un montoncito de palabras no se defiende con otro montoncito de palabras. Para que exista una ley que permite a una mujer, en determinadas condiciones, abortar hubo que mover decenas de miles en la calle para una ley que, en un sentido liberal básico, no merece ser discutida.
 
¿Qué se necesita para rearmar esa voluntad de transformación de la que habla?
 
Deseo. Si algo nos enseña el psicoanálisis es que los seres humanos tenemos una relación muy complicada con nuestro propio deseo. Cuando uno observa el comportamiento social colectivo de la sociedad argentina, ve un derrumbe del deseo. Pero el deseo también es una decisión política. No hay una decisión de vivir en serio. Cuando uno mira las películas de los zombis, si tuviera que hacer una analogía, siempre se me ocurre que un zombi se parece a un hombre políticamente desarmado: está vivo, pero está muerto.

Alejandro Horowicz: “Estamos en una sociedad en caída libre, no hay muchas sociedades en el mundo homologables a la sociedad argentina” (1/2)

El sociólogo, ensayista y periodista argentino Alejandro Horowicz nació en Buenos Aires en 1949. Estudió Sociología en la Universidad de Buenos Aires, donde obtuvo el doctorado en Ciencias Sociales con una tesis sobre la dinámica de los golpes de Estado en la Argentina. En los años ‘70 fue un activo militante político e integró la Junta Ejecutiva de la Federación Universitaria Argentina (FUA) como secretario de relaciones internacionales. Por entonces se formó en el periodismo de la mano del prestigioso periodista y fundador de varios medios de prensa Jacobo Timerman (1923-1999) y, a lo largo de los años, publicó numerosas columnas en los diarios “Clarín”, “Infobae”, “La Opinión”, “Perfil” y “Tiempo Argentino”, y colaboró en importantes revistas de análisis político, cultural y económico entre las que se pueden mencionar “Anfibia”, “Competencia”, “Consignas”, “Contraeditorial”, “Convicción”, “Crisis”, “Jacobin”, “Primera Plana” y “Sur”.
En los años ‘90 ingresó en la docencia universitaria en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, donde fue profesor titular en la Carrera de Sociología. En esa época dirigió la colección “Espejo de la Argentina” de la editorial Planeta creada por el escritor, periodista y asesor literario Juan Forn (1959-2021), y también la colección “Historia Crítica de la Literatura Argentina” de la editorial Emecé a cargo del escritor, crítico literario y profesor universitario Noé Jitrik (1928-2022). Actualmente ejerce el mismo cargo en “Contracorrientes. Pensar la Historia” de Marea Editorial, una publicación que comprende una serie de títulos clave para abordar la política, la literatura y el pensamiento en el contexto de la Argentina actual.
Es autor de los ensayos “Los cuatro peronismos”, “El país que estalló. Antecedentes para una historia argentina (1806-1820)”, “Las dictaduras argentinas. Historia de una frustración nacional”, “El huracán rojo. De Francia a Rusia. 1789-1917”, “El kirchnerismo desarmado. La larga agonía del cuarto peronismo” y “Lenin y Trotsky. Los dragones de Marx”. También ha publicado, en coautoría con el filósofo italiano Toni Negri (1933-2023), “Diálogo sobre la globalización, la multitud y la experiencia argentina”.


Lo que sigue a continuación es la primera parte de fragmentos de las entrevistas publicadas en los sitios web “4Palabras.com” y “Globalter.com” el 22 de marzo y el 21 de julio de 2026 a cargo de Manuel Barrientos y Cecilia Valdez respectivamente, y el texto completo de la publicada el 13 de julio de 2026 en el diario “Página/12” a cargo de Bárbara Schijman.
 
Una de las tesis centrales de “Las dictaduras argentinas. Historia de una frustración nacional” plantea que el verdadero objetivo (y el resultado) de la última dictadura fue implantar un proceso de concentración económica muy fuerte. ¿Cómo podría ilustrar eso?
 
En 1986 salió un trabajo de Miguel Khavisse, Eduardo Basualdo y Daniel Aspiazu llamado “El nuevo poder económico en la Argentina de los años ‘80”, donde quedaba claro que treinta grupos transnacionalizados gobernaban el 70% del producto del país. Pero estamos ante un país que, no sólo con este nivel de concentración, sino que tiene además un sistema de exportación continua de capitales al que denominamos “fuga”. Cuando uno quiere entender por qué la Argentina tiene una sociedad empobrecida es porque el bloque de clases dominantes transfiere al sistema financiero internacional una parte muy importante del excedente que obtiene el país.
 
Uno de los personajes fundamentales que analiza es Martínez de Hoz. Incluso hay una cita suya que habla de que la dictadura, principalmente, impulsó un “cambio de mentalidad”. ¿Cuáles son las ideas que vino a erradicar?
 
Lo que a mí me resulta muy claro es qué se hizo con el ‘76 y qué no se hizo. Entre las muchas cosas que no se hicieron, en un país tan preocupado por la corrupción, es que el botín de guerra de aquellos que se beneficiaron con el saqueo militar directo no fue confiscado una sola vez. Jamás nadie se ocupó de semejante cosa. La noción de “botín de guerra” es la que transformó la sociedad argentina, porque las sociedades no son los valores que se proclaman de modo abstracto sino los valores que se practican. Eso representa que puedo chorear todo lo que puedo chorear y que no tengo ningún obstáculo en hacerlo. Esta es la noción central que se derramó desde el bloque de clases dominantes. Y se ve todo el tiempo en las cosas más pequeñas y en las más grandes también. El botín de guerra es tomar todo aquello que yo pueda quedarme, no importa el modo, ya sea a través de un método como $Libra o con un control monopólico de un negocio.
 
El 19 y 20 de diciembre de 2001 muchos pensaron que era el fin de la post dictadura. ¿Qué pasó con eso? ¿Seguimos en la post dictadura?
 
El 19 y 20 de diciembre la consigna fue “que se vayan todos”. No sólo no se fueron sino que hoy gobiernan los peores de la casta que en ese momento la explosión hizo irse a su casa por un rato. Y a quienes se les impedía caminar por la calle. Fue la comprensión -que la sociedad argentina tuvo durante un rato- que todo esto era un continuo que había comenzado ni más ni menos que con Martínez de Hoz y con el Rodrigazo un rato antes. Porque la dictadura burguesa terrorista de 1976 lo que hace es estabilizar las condiciones del Rodrigazo y modificar la estructura financiera argentina de manera definitiva a través de la nueva ley de entidades financieras que se dicta en 1977 y que sigue vigente. De modo que el hilo de continuidad es estructural. El problema es que la productividad social del trabajo en la Argentina es muchísimo más baja que en todas las ramas del mercado mundial salvo contadísimas excepciones. Es decir, como no podemos porque no invertimos; y no invertimos porque no tenemos la escala suficiente. El resultado está a la vista de todos y lo que se hace hoy no es más que una repetición con un discurso mucho más explícito y cruel de lo que antes se llamaba sencillamente “el ajuste”. Ahora bien, este ajuste gozó hasta este momento de consenso político, que empieza a diluirse. Pero hay que tener en cuenta que el resultado de esta democracia es Milei. En consecuencia, lo que se está viendo es cómo se produce una ampliación del espacio político de la derecha, simplemente porque la que se supone que no es la derecha no hace nada demasiado distinto que la que se supone que sí es la derecha. Cuando le decís “vienen por tus derechos” a un pibe que trabaja en un Rappi, te mira y te responde: “De qué estás hablando, cretino, yo no tengo derechos hace un rato muy largo”. Entonces, la nueva ley laboral blanquea la práctica realmente existente. Dicho de otro modo: hay una ruptura entre las palabras y las cosas. En estas condiciones, un mamerto como Milei es el que habla en serio; los otros hablan en serie para un auditorio cada vez más pequeño. Ya no se trata de lo que dicen, se trata de que nadie les cree, digan lo que digan.
 
¿Cómo se logran revertir esos legados de la dictadura, cómo se logra salir de esta etapa de post dictadura permanente?
 
Con el optimismo de la voluntad podemos decir que lo que no tenemos es un balance de la derrota. Y como no tenemos un balance de la derrota compartido, no tenemos de ninguna manera una respuesta posible. A cincuenta años de 1976, ninguna corriente de las denominadas “izquierdas” sostiene que esta fue una dictadura burguesa terrorista. Hablan del “golpe de 1976”, de la “dictadura del ‘76”, de la “dictadura cívico militar”. Es decir: los beneficiarios reales de esa dictadura desaparecen, nadie los nombra. Cuando ni siquiera ese balance tiene estatuto público, la posibilidad de hablar en serio no existe. Y un balance sobre lo que pasó incluye al arco de partidos políticos parlamentarios en su conjunto.
 
¿Cómo fue que alguien como Milei pudo hacerse con la presidencia de Argentina?
 
Cuando alguien tan particularmente mediocre, logra ganar la presidencia, lo que nos hace saber es lo que existe del otro lado. Es decir, cuál es la valoración que tiene la sociedad argentina de su dirigencia política. Milei derrotó al sistema político en su conjunto. Por un lado, tienes a un outsider, y por el otro, a los partidos políticos históricos de la Argentina -que tienen entre setenta años y más de un siglo de historia-, abatidos. Entonces, está muy claro que Milei es el resultado de cuarenta años de práctica parlamentaria y un balance compartido. Además, si miras los índices de pobreza de la historia argentina te das cuenta que eso tiene una razonabilidad absoluta.
 
El título de su libro “El kirchnerismo desarmado. La larga agonía del cuarto peronismo”. ¿Por qué?
 
El término desarmado tiene que ver con un concepto de Clausewitz, que dice que el objetivo de la guerra es desarmar al enemigo. Eso puede entenderse de muchos modos, el más simple y obvio, consiste en quitarle el arma. Clausewitz es bastante más sutil y nos hace saber que, si un combatiente pierde el arma, no necesariamente está desarmado. Esto quiere decir que, si conserva la voluntad de seguir combatiendo, va a reponer el arma y, por lo tanto, no es un vencido. Vencer a alguien y desarmarlo, es quitarle su voluntad de acción política independiente. Esto tiene que ver, por cierto, con las condiciones del cuarto peronismo, porque mi trabajo: “El kirchnerismo desarmado” es, de algún modo, la continuación de un trabajo mío muy anterior en el que yo identifico al peronismo que arranca con Carlos Saúl Menem. Ese es el momento en el que el peronismo está completamente entregado y ya no es más que un partido sometido a la lógica general de la política nacional y, por lo tanto, no es más que un partido sin tarea histórica. El cuarto peronismo, del que el kirchnerismo no es más que una de sus manifestaciones, es eso, simplemente el modo de adecuación al orden global tal cual el orden global lo impone. Porque uno puede participar del orden global de muchos modos…
 
Pero el kirchnerismo arrastra características, o ciertos ingredientes, del peronismo, y no sólo del menemismo, ¿no?
 
Sin ninguna duda, arrastran los ingredientes del peronismo con varias particularidades, la primera, es que deja de contener al movimiento obrero, y la segunda, es que el movimiento obrero deja de ser un sujeto político. Esto es, existen ciudadanos obreros, que, en tanto ciudadanos, votan, pero no actúan como clase de ninguna manera y en ninguna dirección; cuando el peronismo, en sus versiones anteriores, significaba otra cosa. Entonces, el primer ingrediente, es la ausencia del movimiento obrero. En este momento, los dirigentes sindicales se reclaman ellos peronistas, pero los trabajadores no. Esa es la primera cuestión, y eso significa, sobre todo, una seña de pertenencia a un segmento diferenciado, porque la Argentina es un país con trabajadores pobres y dirigentes sindicales ricos. Entonces, ahí lo que estás viendo es el fenómeno de la descomposición política. Es decir, puesto que no vamos a cambiar ni el mundo ni la Argentina, cambiamos de automóvil. Lo que ves, es, básicamente, desinterés. Cuando miras la actividad de los políticos y ves no lo que tienen como patrimonio, sino lo que reconocen que tienen, te das cuenta que, en primer lugar, no hay pobres entre las dirigencias políticas, y segundo, que, justificar lo que sí admiten que tienen, en la mayor parte de los casos, resulta bastante problemático. En consecuencia, esto del argumento de la casta política que enuncia Milei, tiene una enorme eficacia simbólica porque no cabe la más mínima duda de que constituyen una casta política.
 
Leí una entrevista en la que decía que “la sociedad argentina tiene una opinión catastrófica de su dirección política y que, básicamente, hay un vaciamiento de las prácticas democráticas sustituidas por conceptos vacíos”. ¿A qué se refiere exactamente con eso?
 
A la idea de que la política es puro discurso. Foucault tiene una fórmula que a mí me gusta utilizar que dice más o menos así, cito de memoria: “Los revolucionarios creen que, cambiando la estructura, cambia el discurso, y los reformistas creen que, cambiando el discurso, cambia la estructura”. Nosotros sabemos que un discurso es una estructura, el punto aquí es el siguiente: la idea de que puedes utilizar un conjunto de fórmulas marketineras que, en determinadas circunstancias, construyen empáticamente una relación con un electorado sin resolver ninguno de los problemas de fondo que aquejan a una sociedad, y que eso se puede sostener indefinidamente, es una idea muy estúpida. El 2001 puso fin, con el estallido, a esa posibilidad, y la recomposición kirchnerista, no fue nada más que una recomposición de circunstancias. En fin, estamos hablando de una sociedad en caída libre, no hay muchas sociedades en el mundo homologables a la sociedad argentina.
 
Hay quienes señalan que lo que sucede también tiene sus orígenes en una crisis de la democracia como forma de representación. ¿Coincide con esta apreciación?
 
Yo creo que las formas de representación están estrechamente vinculadas a la capacidad de resolver problemas reales. Cuando uno mira 1970, uno descubre la mejor distribución del ingreso que existía en el orden planetario. Entonces, si nosotros, con la productividad del trabajo de 1970, muy inferior a la actual, sin chips ni computadoras, podíamos tener una redistribución del ingreso muchísimo más equitativa, queda muy claro que se produjo una regresión, y que la última pandemia no fue ninguna otra cosa más que un instrumento utilizado para un ajuste global. Quiero decir, con la pandemia no sólo no salimos mejores, sino que hay un enorme aumento de la precarización del trabajo, una disminución del salario real y una redistribución regresiva del ingreso. En esas condiciones, el vaciamiento de la democracia en general, y la crisis de representación, van de suyo. Y esto muestra, entre otras cosas, la tensión formidable que tiene la Unión Europea, en la cual, Gran Bretaña no sólo se va, y produce una catástrofe, sino que amenaza sistémicamente a la Unión. Entonces, esto no es una característica sólo de Argentina, en la Argentina se da en términos patológicos y mucho más intensos, pero no es más que una tendencia general del mercado mundial respecto al orden político imperante. Tenemos un gobierno mundial que es el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, y un conjunto de sistemas financieros como el Banco Central Europeo o la Reserva Federal de los Estados Unidos, que no vota nadie, pero que deciden, básicamente, lo que se hace en el mundo entero, simplemente con el artilugio de la emisión monetaria y la tasa de interés.
 
¿Qué salida le ve a toda esta situación?
 
La salida es muy catastrófica, porque no estamos discutiendo simplemente cuáles son las condiciones generales de existencia de tal o cual segmento de una sociedad, sino la viabilidad misma de la existencia. El capitalismo ha destruido el hábitat, y las condiciones de producción de alimentos son atroces. Este orden de existencia, tal cual está pensado, es inviable. La idea de que se puede seguir utilizando petróleo o carbón, como se lo utiliza, o de que se pueden no respetar los acuerdos más básicos y elementales, y que se retrocede y se vuelve a discutir si existe o no existe el calentamiento global, mientras en Europa las temperaturas arrasan, habla de una sociedad global suicida. Por eso, la distopía más terrible, ver a qué mundo nos vamos después de destruir este, empieza a sonar simplemente como naturalismo base.