31 de mayo de 2021

Jorge Luis Borges: “Uno escribe lo que puede y no lo que quiere. Creo que, en definitiva, todo es finalmente autobiográfico” (3)

Decía Jorge Luis Borges: “Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos”. Y fue precisamente ese aspecto de la reflexión del autor de “El informe de Brodie” y “El libro de arena” el que logró resaltar María Esther Gilio en su extensa conversación con él. La periodista uruguaya que hizo de la entrevista un arte para contar historias, que supo ser interlocutora de grandes figuras de la literatura del siglo xx como Pablo Neruda (1904-1973), Juan Carlos Onetti (1909-1994), Augusto Roa Bastos (1917-2005), José Saramago (1922-2010) o Gabriel García Márquez (1927-2014), por mencionar sólo algunas de las tantas que realizó, consiguió que Borges le contara una gran cantidad de recuerdos, de anécdotas, de sueños, de evocaciones, de gustos, de ocurrencias e inspiraciones.
En su “Autobiografía”, el gran escritor argentino contó que su primera lectura había sido “Las aventuras de Huckleberry Finn” de su admirado Mark Twain (1835-1910). “Después vinieron ‘Roughing it’ y ‘Flush days’ in California. También leí los libros del capitán Marryat, ‘Los primeros hombres en la luna’ de Wells, Poe, una edición de la obra de Longfellow en un solo tomo, ‘La isla del tesoro’, Dickens, ‘Don Quijote’, ‘Tom Brown en la escuela’, los cuentos de hadas de Grimm, Lewis Carroll, ‘Las aventuras de Mr. Verdant Green’, ‘Las mil y una noches’...”. También recordó a su padre, un hombre “muy inteligente y como todos los hombres inteligentes muy bondadoso… Él me reveló el poder de la poesía: el hecho de que las palabras sean no sólo un medio de comunicación sino símbolos mágicos y música”.
Más adelante agregó: “Todos los libros que acabo de mencionar los leí en inglés. En español leí muchos de los libros de Eduardo Gutiérrez sobre bandidos y forajidos argentinos -sobre todo ‘Juan Moreira’-, así como ‘Croquis y siluetas militares’, que contiene un vigoroso relato de la muerte del coronel Borges. Mi madre me prohibió la lectura del ‘Martín Fierro’, ya que lo consideraba un libro sólo indicado para matones y colegiales, y que además no tenía nada que ver con los verdaderos gauchos. La opinión de mi madre se basaba en el hecho de que Hernández había apoyado a Rosas, y por lo tanto era un enemigo de nuestros antepasados unitarios. Leí también el ‘Facundo’ de Sarmiento y muchos libros sobre mitología griega y escandinava. La poesía me llegó a través del inglés: Shelley, Keats, Fitzgerald y Swinburne, esos grandes favoritos de mi padre que él podía citar extensamente, y a menudo lo hacía… Si tuviera que señalar el hecho capital de mi vida, diría la biblioteca de mi padre. En realidad, creo no haber salido nunca de esa biblioteca. Es como si todavía la estuviera viendo”.
Luego comentó: “Empecé a escribir cuando tenía seis o siete años. Mi primer cuento fue una historia bastante absurda a la manera de Cervantes, un relato anacrónico llamado ‘La visera fatal’. Estas cosas las escribía muy prolijamente en cuadernos escolares. Mi padre nunca interfirió. Quería que yo cometiera mis propios errores, y una vez dijo: ‘Los hijos educan a sus padres, y no al revés’”. De estos y muchos otros recuerdos de su vida habló con María Esther Gilio en la larga conversación que mantuvieron en diciembre de 1973, cuya tercera y última parte se reproduce seguidamente.
 

En varios de sus cuentos, en “El ajedrez” o en “El condenado a muerte”, aparecen pesadillas e insomnios. ¿Tiene eso relación con su vida concreta?
 
Sí, yo tengo ahora pesadillas casi todas las noches.
 
¿Cómo son esas pesadillas?
 
Contadas no son horribles, pero soñadas sí lo son.
 
Cuénteme.
 
Noches pasadas soñé con un señor alto, rubio, muy paquete, a la manera del siglo XIX. Y yo sabía que él era inglés, como uno sabe las cosas en los sueños. Ese señor tenía melena y una cara que era casi la de un león. Un semicírculo de personas que tenían un poco cara de leones, aunque menos que él, lo rodeaban.
 
A mí me parece un sueño bien extraño.
 
Y él vacilaba. Todo eso estaba fotografiado en un gran cuadro y abajo decía: “Leones”. Y había otro señor, de espaldas a mí, que gesticulaba y daba testimonio de todo lo que pasaba en el cuadro. Él era judío y yo lo sabía, como uno sabe las cosas en los sueños, sin que se las digan. Ese señor estaba en el medio, así, enamorado.
 
¿Enamorado?
 
Sí, y alrededor de él ese semicírculo de personas todas vestidas como él, con melenas y barbas. Algunos, yo me di cuenta, casi no tenían cara de leones. Simplemente buscaban ese puesto y se habían caracterizado. Eso contado no tiene nada de particular.
 
¿Y qué será lo que lo angustia tanto, entonces?
 
Bueno, eso es lo que yo no sé, pero me desperté temblando.
 
¿No le buscó una explicación?
 
Como usted ve, en sí ese sueño, es disparatado, pero no terrible. A mí no me amenazaban esas figuras.
 
¿Qué interpretación le daría usted al sueño?
 
¿Yo? Ninguna. Yo creo en lo que decía Coleridge, el poeta inglés, que en la realidad los hechos producen emociones. Por ejemplo, si entra aquí un león uno siente miedo, o si se le apoya un animal en el vientre, siente opresión. Pero en los sueños uno empieza por una emoción, luego de un modo dramático inventa una explicación.
 
Que es el sueño.
 
Sí. Es decir que yo dormido por alguna razón sentí miedo o sentí horror, y entonces inventé esa explicación disparatada.
 
El sueño sería una explicación a su miedo.
 
Sí.
 
Que usted mismo se da.
 
Sí, yo le podría contar muchos otros sueños.
 
Cuénteme, entonces.
 
No, no, no. He elegido éste porque precisamente, en sí mismo no es terrorífico, es disparatado. Imagínese el desatino de una persona que tiene cara de león y busca un acompañante parecido a él.
 
La verdad es que yo no lo encuentro tan inocente, lo encuentro bastante terrorífico.
 
No, no es terrorífico. Simplemente es raro. Posiblemente si uno viera un cuadro…
 
Esos tipos, con caras de leones vestidos de personas…
 
¡Es que eran personas! Lo único que tenían de leones era la cara. Y este señor tenía un bastón muy lindo, estaba vestido de negro, creo que de frac, no estoy seguro de ese detalle. Este sueño en sí no es horrible, sin embargo cuando lo soñé era una pesadilla, y cuando desperté estuve unos minutos aterrado, hasta que pensé que ante todo el sueño no era terrible, que además era un sueño. En cuanto me di cuenta de eso me quedé dormido a los cinco minutos.
 
¿No sufre de insomnio?
 
He sufrido mucho de insomnio y he escrito un cuento que refleja eso.
 
Por eso le preguntaba. Pensaba en “Funes el memorioso”.
 
Ese cuento… Voy a contarle un detalle que quizás pueda interesarle. Yo padecía mucho de insomnio. Me acostaba y empezaba a imaginar. Me imaginaba la pieza, los libros en los estantes, los muebles, los patios. El jardín de la quinta de Adrogué, esto era en Adrogué. Imaginaba los eucaliptus, la verja, las diversas casas del pueblo, mi cuerpo tendido en la oscuridad. Y no podía dormir. De allí salió la idea de un individuo que tuviera una memoria infinita, que estuviera abrumado por su memoria, no pudiera olvidarse de nada y por consiguiente no pudiera dormirse. Pienso en una frase común: «recordarse», que es porque uno se olvidó de uno mismo y al despertarse se recuerda. Y ahora viene un detalle casi psicoanalítico: cuando yo escribí ese cuento se me acabó el insomnio. Como si hubiera encontrado un símbolo adecuado para el insomnio y me liberara de él mediante ese cuento.
 
Como si escribir el cuento hubiera tenido una consecuencia terapéutica.
 
Sí.
 
¿Qué soporta mejor, su oscuridad de antes o su situación de ahora con medallas, honores, los periodistas que lo acosan?
 
Recuerdo que cuando yo era chico mi padre me regaló “El hombre invisible” de Wells y me dijo: “Aquí tenés este libro que es muy bueno. Yo querría ser el hombre invisible”.
 
¿Dijo él?
 
Sí, y además lo soy, dijo, porque nadie me conoce. Yo siento eso.
 
¿Qué es lo que siente?
 
El deseo de ser el hombre invisible.
 
¿Le molesta la fama entonces?
 
Sí… Yo he vivido diez días en Escocia. Uno de los países que más quiero. Viví en casa de un poeta amigo mío. Entonces yo conocí a sus amigos. Salimos a caminar a la orilla del mar. Uno sabe que del otro lado del mar está Noruega. De algún modo fui un ciudadano escocés. Pero estando una semana en México he participado en mesas redondas, en reuniones de periodistas, en conversaciones con políticos, y a mí no me interesa la política…, no sé hasta dónde puedo decir ahora que conozco México. Probablemente no lo conozco nada, además estando ciego… México es un país muy culto donde nadie alza la voz. Y en Montevideo, ¿usted ha observado que cuando habla por teléfono y pregunta: “¿Hablo con la familia tal?”, le contestan: “Es verdad”.
 
Sí.
 
Porque decir sí les parece demasiado brusco, breve. ¿Usted no ha visto que entre paisanos o entre malevos, la manera de negar algo, y eso ya es bastante fuerte, es “Usted lo dice”?
 
Como diciendo…
 
Usted lo dice, yo no me responsabilizo. Parte por cortesía y parte por el deseo de no decir cosas violentas.
 
Sí, seguramente. En su literatura hay psicologías muy bien relatadas que se refieren a personajes fantásticos.
 
Usted lo dice.
 
Yo lo digo. Pero cuando se trata del hombre real la descripción es más somera, ¿a qué atribuye eso? Es como si el hombre real siguiera siendo una invención.
 
No sé, puede ser, no sé. No había pensado en eso. Tiene cierta lógica eso. Es natural que sea así. Yo le digo a usted: Fulana de tal caminaba por la calle Chacabuco. No precisa que se la detalle porque usted conoce la calle Chacabuco. Si yo elijo hacer una escena fantástica preciso ser un poco detallado.
 
Bueno, fíjese que al contestarme eso está corroborando indirectamente lo que acabo de decirle. Yo le hablaba de personas, no de cosas.
 
Puede ser, pero en todo caso es inconsciente.
 
¿No habrá alguna forma de lejanía entre usted y sus contemporáneos? ¿Alguna incapacidad de acercamiento?
 
No, yo no creo. Soy un hombre que tiene muchos amigos.
 
Yo no dudo de eso, pero es muy claro que usted está realmente ajeno a los problemas de la sociedad en que vive.
 
No tengo la vanidad de creer que puedo resolver los problemas de mis contemporáneos.
 
Esa vanidad le crearía obligaciones que seguramente no desea asumir.
 
Mi escepticismo me impide crearme tales obligaciones. Usted debería ya saber que soy un escéptico; un escéptico no se propone vaguedades tales como salvar a sus contemporáneos. ¿Qué otra cosa quiere saber?
 
¿Usted se ha dado cuenta de que en su obra hay una gran ausencia de mujeres?
 
Será porque he pensado tanto en ellas, en realidad.
 
Quiere decir entonces que no se debe a una actitud de misoginia.
 
-Noooo, yo le doy demasiada importancia a las mujeres, demasiada.
 
Casi no hay mujeres en sus cuentos.
 
Les he escrito cientos de poemas.
 
Escribirles poemas serviría para negar su misoginia, pero no su particular visión de las mujeres. Son muy pocas, y cuando las hay, cumplen roles adjudicados regularmente a los hombres. Estoy pensando, por ejemplo, en la mujer que va a matar a su patrón.
 
Ese cuento me lo dio Cecilia Ingenieros, ella inventó el argumento y yo lo escribí. Aunque a mí no me gustan las historias de venganzas porque la venganza me parece horrible. La venganza es un error, no sirve de nada la venganza. El pasado no se modifica, y entonces ¿para qué? Los hombres vengativos para mí tienen algo de femenino. La gente vengativa no es gente fuerte. El olvido es lo único, y el olvido al mismo tiempo es una forma de perdón, porque si se perdona y se recuerda no se perdona del todo. Si usted le perdona a una persona algo y está pensando todo el tiempo en la ofensa, no es verdad que perdonó.
 
¿Por qué le atrae tanto la novela policial?
 
Actualmente ya no me atrae.
 
¿No le atrae porque decayó o porque usted personalmente no se siente interesado?
 
No, no, no. Porque no me siento interesado en los problemas de la novela policial. Porque no puedo sentirme interesado.
 
¿Qué es lo que le atraía antes, entonces?
 
Lo que me atraía de la novela policial era que de alguna manera estaba defendiendo lo clásico, el orden. Mientras que la literatura de cierta época y quizás también la de ahora tienden al caos. Piense que Ionesco es considerado un gran dramaturgo. En una novela policial el autor no puede permitirse juegos con el tiempo, incoherencias, o contar dos historias simultáneamente. Como Faulkner en “Las palmeras salvajes”. ¿Qué es lo que él consigue con este inocente juego?
 
No sé, creo que busca alguna forma de paralelismo.
 
No sé si existirá alguna forma de paralelismo. Si eso es lo que buscaba lo hecho de una forma más sutil que jugando con un medio tipográfico. Volviendo a la novela policial, ésta estaba a su modo, salvando ciertas reglas clásicas. Ahora cualquier persona escribe una novela diciendo: “Fulano de Tal se levantó, se sentía un poco triste. No sabía por qué. De pronto recordó: era por lo que había ocurrido entre él y Fulana en la víspera”. Después, por ejemplo, lo hacen encontrarse con amigos. Describen dos o tres meses. Al cabo de un tiempo hay uno de ellos que hace una caminata por la ciudad. Otros han tenido conversaciones sobre temas políticos con los amigos y ¡hasta puede haberse suicidado alguno! Y de ahí sale una novela. Una novela que no sirve para nada, un mamarracho. En cambio en una novela policial todo está ordenado. De cualquier modo, luego empecé a sentir lo que dice Stevenson, que la novela policial deja la impresión de un mecanismo, que puede ser ingenioso pero que, al fin de todo tiene algo muerto. Y lo único posible es salvarla mediante los caracteres, pero entonces de la novela policial se pasa a lo psicológico y se pierde el género. Actualmente creo que ya no toleraría una novela policial. Porque ocurre, entre otras cosas, que hace un tiempo fundamos con Bioy Casares el “Séptimo Círculo”. Con ese motivo tuvimos que elegir los cien primeros volúmenes y para eso leímos una cantidad enorme de novelas policiales. Bueno, hasta que se dieron cuenta de que no nos precisaban. Yo le había dicho a Adolfito: “Mira, el día que se den cuenta de que el ‘Time’s Literary Suplement’ tiene una sección dedicada a la novela policial, que no tienen más que buscar allí a los autores que ya han publicado para encontrar material, nos van a echar”. Y eso fue lo que sucedió. Ellos han seguido haciéndolo y lo han hecho muy bien. Aunque ahora está sustituido por la ciencia-ficción.
 
¿Le interesa la ciencia-ficción?
 
Sí, pero lo mejor creo que es lo más viejo.
 
¿Bradbury?
 
No. Wells. “Los primeros hombres en la luna”, “La máquina del tiempo”, “El hombre invisible”, “La isla del doctor Moreau”.
 
¿Conoce a Bradbury?
 
No solamente lo he leído, sino que prologué la traducción de su novela “Crónicas marcianas”. En Bradbury lo más importante como invención mágica es su tristeza. El tedio, la melancolía, la inutilidad. Bueno, pero en general yo creo que sucede con todo. Pienso en Wells. Wells era un pobre muchacho desconocido, tuberculoso, de familia muy humilde. Y tuvo la sensación de que no estaba rodeado de seres humanos sino de fieras. Eso lo llevó a la invención de la novela. Es decir que la invención fantástica deriva de su experiencia personal. Yo creo que, en general, cualquier forma literaria, cualquier cuento tiene su parte imaginativa, pero siempre es una proyección de estados de alma.
 
Toda obra de arte sería, en definitiva, una confesión.
 
Claro, ahora es mejor que no se note y que sea aceptado como una invención. Es decir que si uno en un poema romántico dice que se siente solo y que la humanidad es feroz, eso es…
 
Una lata.
 
Sí. En cambio inventando toda esa idea de un individuo que llega a una isla y nota algo raro en los hombres y descubre finalmente que esos hombres han sido animales transformados en hombres, eso ya tiene otro valor. ¿No estoy hablando mucho?

30 de mayo de 2021

Jorge Luis Borges: “Uno escribe lo que puede y no lo que quiere. Creo que, en definitiva, todo es finalmente autobiográfico” (2)

Innumerables son los ensayos que se han escrito sobre Borges y su obra. En muchos de ellos se menciona el hecho de que, a pesar de ser un escritor de valía ya en los años ’30 del siglo pasado tras la publicación no sólo de poemarios sino también de tomos de ensayos como “Inquisiciones”, “Evaristo Carriego” o “El idioma de los argentinos”, su reputación como emblema de la más joven vanguardia del país recién sería advertida tras el reconocimiento que en ese sentido hiciera desde Europa el crítico literario francés Roger Caillois (1913-1978) al traducirlo y escribir sobre él en diversos artículos. Por entonces Borges había fundado las revistas “Prisma” y “Proa” y escrito con regularidad en distintos medios periodísticos como el diario “La Prensa” y las revistas “Nosotros”, “Inicial”, “Criterio” y “Síntesis”.
En 1933 “Crítica”, el periódico de mayor tirada en Buenos Aires, lanzó un suplemento sabatino titulado “Revista multicolor de los sábados”, el cual fue codirigido por Borges y Ulises Petit de Murat (1907-1983). En él Borges publicó varias biografías ficticias utilizando el mismo procedimiento que el escritor francés Marcel Schwob (1867-1905) empleara para escribir su “Vies imaginaires” (Vidas imaginarias) en 1896. Borges las construyó a partir de sus lecturas de Emanuel Swedenborg (1688-1772), de Mark Twain (1835-1910), de Herbert Asbury (1889-1963), de “Las mil y una noches”, de “El conde Lucanor”, de la Enciclopedia Británica, etc., ficciones varias de ellas que luego formarían parte de su libro “Historia universal de la infamia”. Al respecto diría años más tarde que Schwob “inventó biografías de hombres reales de los cuales poco o nada quedaba registrado. En cambio yo leí acerca de personas conocidas y deliberadamente varié y distorsioné los datos a mi capricho”. Esas historias, agregó, “son el irresponsable juego de un tímido que no se animó a escribir cuentos y que se distrajo en falsear y tergiversar (sin justificación estética alguna vez) ajenas historias. De estos ambiguos ejercicios pasó a la trabajosa composición de un cuento directo -‘Hombre de la esquina rosada’- que firmó con el nombre de un abuelo de sus abuelos, Francisco Bustos, y que ha logrado un éxito singular y un poco misterioso”.
Mientras tanto colaboraba en la revista “El Hogar”, un semanario popular en el que escribía dos veces al mes un par de páginas sobre libros y autores extranjeros, y en “Sur”, la mítica revista que Victoria Ocampo (1890-1979) había fundado en 1931, para la cual escribió ensayos sobre temas literarios, reseñas de libros y comentarios sobre cine. También por esa época conoció a quien sería su amigo inseparable hasta el final de sus días: Adolfo Bioy Casares (1914-1999), escritor con el que entabló una sólida relación amistosa y literaria marcada por su mutua fascinación por la literatura y con quien llegaría a publicar más de una docena de libros, algunos firmados con sus propios nombres y otros con seudónimos.
María Esther Gilio fue autora de numerosos ensayos, biografías y entrevistas que, desde mediados de los años ’60, publicó en medios de prensa tanto de su país como extranjeros. A renglón seguido la segunda parte de la amena charla que la periodista uruguaya mantuvo con Borges, un diálogo en el que el entrevistado mostró -según contó la entrevistadora- una expresión “vagamente feliz” al recordar la educación y las diferencias sociales en su infancia, y entre otras cosas expuso su particular percepción de la vida cotidiana y sus modos de pensar la ficción y la poesía.
 

¿Usted piensa que si hubiera otra vida caería en el infierno?
 
No, ¡cómo voy a caer en el infierno! Ni en el infierno ni en el cielo. Yo no merezco ni castigo ni recompensa. He vivido como he podido. Tratando de ser una persona justa, razonablemente justa. Hay tantas cosas en el sentido contrario que yo no entiendo… Por ejemplo, la venganza no la entiendo.
 
Sin embargo usted en sus cuentos suele referirse a la venganza y es posible pensar que le causa placer.
 
Sí… mis cuentos… pero si una persona que me ha hecho una injuria y yo tengo motivos de resentimiento la olvido casi enseguida, de modo que yo no estoy peleado con nadie, no le deseo mal a nadie. A nadie.
 
Esa es una forma de despreciar al otro…
 
Ah, puede ser, pero… pero…
 
Es más útil. ¿Le parece más útil? ¿Socialmente más útil?
 
¡No!, ¡qué socialmente! Porque si usted está pensando en una persona, odiándola -todo esto está escrito, estoy plagiándome a mí mismo- usted depende de la otra, es un poco esclavo de la otra. Es su sirviente. Como un hombre cuando una mujer lo deja, lo único que puede hacer es olvidarla, porque si no se condena a sí mismo a la desdicha. Sobre todo si se vuelve sensiblero, si busca encontrarse con ella, si vuelve al barrio en que ella vive. Todo eso es molesto para la otra persona que lo sabe y desdichado para uno. Desde luego, el valor no es tan fácil. Pero cuando pasa el tiempo, el valor llega, ¿no?, porque llega el olvido. Porque la vida trae otras cosas. La realidad es muy inventiva, la realidad le trae a uno intereses nuevos y personas nuevas. Claro que para una persona a mi edad es bastante difícil; a los setenta y cuatro años no es fácil esperar novedades, entonces uno tiene que inventarlas. En el ‘55 yo inventé el estudio del anglosajón y después del escandinavo antiguo.
 
¿Para leer qué?
 
Desgraciadamente de todas las naciones germánicas de la Edad Media la que produjo una literatura más rica es la escandinava. La literatura anglosajona, la inglesa, es rica. Pero no sabían escribir en prosa. Cuando llegué a Islandia se me llenaron los ojos de lágrimas. Me sentía tan conmovido de pensar que estaba en Islandia.
 
¡Qué extraño! ¿Por qué lo conmovía tanto Islandia?
 
Hablan la lengua como hace siete siglos. Desprecian a los noruegos y a los suecos porque su lengua se ha deformado. Fui en otoño, el sol estaba muy bajo en el horizonte. La luz era la que correspondería a nuestro atardecer. Además es un país de clase media. No hay ni grandes miserias ni grandes fortunas. Para mí la clase media es una clase superior. La aristocracia es muy parecida al pueblo.
 
¿Sí?
 
En todos los países.
 
¿En qué se parecen?
 
Son muy nacionalistas y el pueblo también lo es. Les da por las mismas cosas. Les interesa el lujo, las carreras.
 
¿De veras? Pero, ¿qué es lo que le encuentra de bueno a la clase media? Es la clase que tiene más miedo a los cambios. La que está más llena de trabas, la más conservadora.
 
¡Y está bien que sea conservadora! Yo… si pudiera irme…
 
¿A dónde?
 
No sé… para otra parte.
 
¿Le gustaría irse a vivir a otro lado?
 
No, me gusta Buenos Aires, porque viajar… para un ciego…
 
Pero querría irse.
 
Yo creo que voy a terminar quedándome aquí.
 
¿Sí?
 
Sí, yo quiero mucho a Buenos Aires, aunque es una ciudad tan fea.
 
Buenos Aires no es fea; es muy parecida a París.
 
París es muy fea y Buenos Aires también. Mire Florida, con esas tinas que le han puesto en el medio. En México, por ejemplo, la gente es mucho más educada que aquí.
 
Esa debe ser una impresión de viajero.
 
En México nadie levanta la voz. En una reunión había una señora que hablaba a gritos, me acerqué: argentina. Noticias policiales casi no hay.
 
Pero, ¿cómo me va a decir eso?
 
Además, ¿usted cree que allá se comen picantes?
 
Sí.
 
No, ellos comen a la manera americana. Me acuerdo del reto que me dio mi padre el día que le conté que había estado en el mercado del Abasto y había comido chinchulines y parrillada. Me dijo: “¡Pero no te da vergüenza a vos?, ¡un criollo comiendo esas cosas! Esas cosas se reservan para los mendigos y para los negros. Ningún señor come esas cosas”. La verdad es que son inmundas. Son las vísceras de los animales, la parte más innoble.
 
Es muy interesante lo que decía su padre. Conocer a los padres de alguien puede a veces aproximarlo a uno a explicaciones de cosas que parecían incomprensibles.
 
Bueno, pero estamos apartándonos del tema, ¿en qué estábamos?
 
Usted me contaba de cuando dejó de ver.
 
Yo era un buen latinista, y siento haber perdido el latín, es una lástima, un idioma tan lindo, y actualmente no lo sé. Sin embargo debería insistir, ¿no? ¿Qué estamos haciendo? Estamos hablando una especie de cocoliche del latín, el idioma español es una especie de cocoliche del latín.
 
Pero a esta altura nuestra lengua ya tomó su camino.
 
Yo pertenezco a la Academia y es muy malo eso de amontonar palabras. Cuanto menos palabras tenga un idioma mejor.
 
¿Ah sí?
 
¿Qué ventaja puede haber en que tenga muchas palabras?
 
Las palabras dan matices.
 
Es que no dan matices.
 
¿Cómo que no?
 
Solamente acumulan nomás. En América tenemos una ventaja y es que, fuera del Brasil, hablamos el mismo idioma. Lo que debería hacer la Academia es eliminar diferencias: no incluir ni americanismos ni andalucismos.
 
¿De qué serviría? A la lengua no le importa la Academia.
 
Los que están echando a perder el idioma son los diarios. Hablan de una misma persona y la llaman de un modo diferente: el señor fulano en una línea, el primer mandatario en otra, el señor presidente en otra. Si la persona no ha cambiado, por qué hacerse el genio nombrándola de maneras diferentes. Yo estuve en México y no tuve ninguna dificultad de entenderme con nadie. Hablaba con todo el mundo, todo el mundo me entendía. En cuanto a todo eso de “chamaco, mira tú” está sólo en las películas. Sin embargo la Academia se pasa incorporando argentinismos y americanismos. Una vez le echaron en cara a Roberto Arlt su ignorancia total del lunfardo. Bueno, dijo él, yo me he criado en Villa Luro, allá en los arrabales, junto a la gente pobre, entre malevos, y no he tenido tiempo de estudiar el lunfardo. Imagínese que alguien en la conversación dijera: “Fulana era un mosaico diquero” o “La rantifusa milonguera”. Yo he sido amigo de muchos orilleros, hasta de cuchilleros también, y jamás les he oído decir una palabra en lunfardo.
 
Cómo se da la situación de escribir entre dos. No le pregunto por libretos, porque me parece más fácil. Digo un libro serio.
 
La única manera de hacerlo es olvidar que son dos.
 
¿Cómo puede ser eso, cómo puede olvidarse?
 
Si uno tiene amistad con la otra persona, acepta la idea del otro cuando es mejor y no quiere imponer la propia por vanidad. Uno piensa simplemente en la otra idea. Si usted me pregunta a mí cuál frase de los libros hechos con Bioy es mía o de él, yo no sé. Él tampoco sabe.
 
Pero en la práctica, ¿cómo ocurre eso?
 
En la práctica dedicamos dos o tres noches a estudiar el argumento.
 
¿Nunca va saliendo a medida que escriben?
 
Ah, no, no.
 
¿Y cuando el cuento lo escribe solo?
 
Cuando yo escribo un cuento solo, sé muy bien cuál es el principio y cuál es el final, lo que ocurre en el medio me va siendo revelado a medida que escribo.
 
Usted siempre utiliza la palabra revelado. “Me fue revelado”, como si una voz ajena a usted le dictara.
 
No, es como si el cuento ya existiera y yo fuera viéndolo cada vez más cerca. Al principio lo que veo es una forma general vaga, con más claridad en las dos puntas.
 
Onetti me dijo una vez: “Sé lo que va a pasar, no sé cómo va a pasar”.
 
Viene a ser lo mismo. A veces me ha ocurrido con un cuento que he escrito dos páginas y de golpe me doy cuenta de que las cosas no sucedieron así. Entonces las borro y vuelvo para atrás.
 
¿Cuánto le lleva escribir un cuento?
 
Mucho, mucho. Escribo muy lentamente. De un tirón hice uno que se llamaba… espere… espere… El cuento de un hombre que sueña con otro…
 
“Ruinas circulares”.
 
Sí, ese cuento lo hice en una semana, lo cual para mí es una gran velocidad.
 
¿Qué le pasa con la poesía?
 
La poesía la trabajo mucho. Cuando termino un cuento o un poema lo dejo, no los nueve años que recomendaba Horacio, pero sí nueve días. A mí me cuesta mucho escribir.
 
¿Nunca se propuso escribir novela?
 
Novela no, no. No; sé que es un esfuerzo inútil, pues antes del capítulo cuarto la abandonaría. No se pueden escribir trescientas páginas valiosas. La novela terminará por desaparecer. La mejor novela tiene largas parrafadas inútiles, destinadas simplemente a servir de puente entre un episodio y otro, verdadero relleno.
 
¿Usted cree que el problema de su vista ha influido en sus temas?
 
No en la elección. Ha influido en otros sentidos. Ha influido en la mayor sencillez con que escribo. Hay palabras que uno se atreve a escribir y no se atreve a dictar porque las considera rebuscadas. Yo creo escribir ahora de un modo más sencillo. Con una sintaxis que se parece más al lenguaje oral. Claro que eso cambia según las personas. En el caso de Henry James, él se acostumbró a dictar y como era un conversador brillante se le ocurrían frases larguísimas.
 
Su problema determinó en definitiva modificaciones de tipo formal.
 
Sí. Yo soy una persona muy torpe para la expresión oral, por eso tengo tendencia a abreviar, en cambio Henry James no. Era un hombre que hablaba muy pomposo, entonces cuando caminando de una punta a la otra de la pieza se sentía…
 
Genial.
 
Sí, genial, le salían párrafos de media página.
 
Nunca pensé que una circunstancia exterior pudiera modificar un estilo. Cuando yo le hice la pregunta me refería más bien a su visión del mundo que se refleja en sus obras. Pensé que sus obsesiones literarias eran las de alguien a quien se le fue cerrando uno de los accesos al exterior.
 
No, no.
 
Recuerdo una conferencia suya; usted dijo: “Las casas son para mí laberintos”.
 
Sí… pero siempre fueron laberintos, no sólo cuando dejé de ver.
 
Su mundo literario con espejos, tigres…
 
Cuchillos.
 
Cuchillos… ¿no es el específico mundo que recrea alguien que sólo ve luces, sombras?
 
No, no, no. ¿Usted sabe? Actualmente trato de huir de ese mundo para no parecerme demasiado a Borges; cuando hago una frase muy característica mía la tacho.
 
¿Por qué?
 
Para que no digan: acá está Borges, repitiéndose a sí mismo.
 
También pueden decir: “Acá está Borges en la búsqueda de algo nuevo que no puede compararse, evidentemente, con lo anterior”.
 
Bueno, eso no me importa. Se han escrito no sé si cuarenta o cincuenta libros sobre mí. De esos cuarenta o cincuenta libros yo he leído uno solo.
 
¿Realmente no le importa lo que dicen de usted?
 
No me importa.
 
¿En cuál de sus historias le parece que usted está más presente de una manera consciente? Ya me lo contestó, pero quizás, quiera extenderse.
 
En todas ellas. Aun en las fantásticas porque en ellas me siento más cómodo. Estoy narrando una historia que sucede en otra época, en otro país, puedo soltarme. El lector no tiene por qué suponer que hay allí nada personal. En cambio si estoy hablando de un hombre de ahora y lo describo parecido a mí, el lector puede rastrearme a mí mismo y yo me inhibo.
 
Es decir que a través de lo fantástico usted puede dar rienda suelta a lo que quiere decir.
 
Sí, yo creo que en definitiva todo lo que uno escribe es finalmente autobiográfico. Sólo que eso puede ser dicho, “nací en tal año, en tal lugar” o “había un rey que tenía tres hijos”.

29 de mayo de 2021

Jorge Luis Borges: “Uno escribe lo que puede y no lo que quiere. Creo que, en definitiva, todo es finalmente autobiográfico” (1)

¿Qué se puede decir de Jorge Luis Borges (1899-1986) que no haya sido dicho ya? Se sabe que nació en el barrio de San Nicolás de la ciudad de Buenos Aires en una típica casa porteña de fines del siglo XIX con patio, azotea y aljibe. Que entre sus ancestros había militares que participaron entre 1850 y 1880 en numerosos enfrentamientos y batallas durante las guerras que por entonces asolaron a la Argentina. Que su infancia transcurrió en el barrio de Palermo, por entonces un barrio marginal de inmigrantes, cuchilleros, compadritos y malevos. Que aprendió a leer en inglés antes que en castellano orientado por su abuela. Que a los siete años escribió en inglés un resumen de la mitología griega. Que a los nueve tradujo del inglés una obra de Oscar Wilde (1854-1900). Que a los quince, estando con su familia en Ginebra, Suiza, escribió algunos poemas en francés mientras estudiaba el bachillerato. Que en 1919, viviendo en España, publicó poemas en la prensa literaria de ese país. Que en 1921, ya en Buenos Aires, recorriendo los arrabales del sur redescubrió su ciudad natal y comenzó a escribir poemas sobre ese descubrimiento. Que en 1923 publicó “Fervor de Buenos Aires”, su primer libro de poemas. Que al año siguiente hizo otro tanto con “Luna de enfrente” e “Inquisiciones”. Que para 1925 ya era considerado el máximo exponente de la vanguardia literaria argentina. Esto por nombrar sólo algunos de los aspectos biográficos de sus primeros años que son de sobra conocidos. Ello no impide que siempre resulte interesante conocer sus recuerdos, sus ideas, sus opiniones, sobre todo cuando ya contaba con setenta y cinco años de edad y tenía a sus espaldas un largo y fecundo camino recorrido en las letras argentinas.
Fue la abogada, periodista y escritora uruguaya María Esther Gilio (1922-2011) quien en diciembre de 1973, tras dos días consecutivos de entrevistas con el autor de obras memorables como “El Aleph” y “El libro de arena”, por citar sólo algunas, logró penetrar en la intimidad de su memoria a través de charlas en las que alcanzó un acercamiento humano con el entrevistado al profundizar y ahondar en cosas que se desconocen o sólo se intuyen. Dicha entrevista aparecería en la revista “Crisis” nº 13 de mayo de 1974, y luego sería publicada en formato de libro reuniendo charlas con otros escritores bajo el título “Emergentes” de ediciones De la Flor en 1986, y más tarde en “Conversaciones”, del Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos, en 1993. Lo que sigue a continuación es la primera de las tres partes de la extensa charla que mantuvo con Jorge Luis Borges.


Cuénteme de su infancia.
 
Bueno. Recuerdo mis largos veraneos de entonces. Algunos en la quinta de mi tío Francisco Haedo en Montevideo en el Paso del Molino, en la calle Lucas Obes, sobre un arroyo que se llamaba Quitacalzones. Mis veraneos en las estancias. Cuando chico era bastante jinete, bueno como todo el mundo.
 
Como todo el mundo que pertenece a su clase.
 
¿Ser jinete?
 
Seguro, los chicos no son jinetes salvo que sean del campo o de clase alta. Los chicos de la ciudad juegan al fútbol.
 
Eso es verdad, pero cuando yo era chico la palabra fútbol era desconocida salvo en los colegios ingleses. En cambio a casi todo el mundo le gustaban las riñas de gallos.
 
¿Veía, de niño, riñas de gallo?
 
Niños y mujeres no iban a las riñas. Vi más tarde. Me gusta el campo.
 
Recuerda con placer, ¿verdad?
 
Sí. Me gustaba nadar. Aprendí en el arroyo Ramallo. Mis recuerdos… bueno, tengo esos recuerdos comunes a todo chico. Las vacaciones en el campo, los peones.
 
¿Estaba con ellos, escuchaba sus conversaciones?
 
Los peones son muy parcos. Posiblemente porque se sienten distintos.
 
Era un niño feliz.
 
Si, tal vez. El otro recuerdo importante para mí es la biblioteca de mi padre. Una gran biblioteca con una mayoría de libros ingleses porque su madre era inglesa. Él me dejaba leer cualquier cosa.
 
¿Veía bien de niño?
 
Veía mal, pero los miopes ven lo que está cerca. Acercaba bien los libros y leía. Yo me he educado en la biblioteca de mi padre. Como dijo Bernard Shaw: “Mi educación fue interrumpida por mis años escolares”. Tal vez la educación de todos los niños es interrumpida por los años escolares, ¿no?
 
Otra vez debo recordarle su clase.
 
¿Usted cree? ¿Por qué?
 
Porque a las escuelas van los hijos de todo el mundo. En la mayoría de los casos el maestro está en mejor situación para educar un niño que sus padres.
 
Me parece horrible aplazar a alguien.
 
¿Por qué pensó en eso?
 
No sé. Yo soy profesor de literatura inglesa y en veinte años sólo reprobé a dos alumnos.
 
¿Sería en definitiva el sentimiento de que uno no puede ser juez de otro?
 
Sí… puede ser eso.
 
¿O es el dolor que le da producir dolor a otro?
 
Es, tal vez, la sensación de que cada uno debe salvarse a sí mismo, y aquí vuelvo a Bernard Shaw. Cuando él oía decir que Jesucristo era Dios que había tomado forma humana y se había hecho crucificar, decía: “Un caballero no puede aceptar la salvación que le ofrece otro, tiene que salvarse él mismo”. Disculpe si la estoy escandalizando. Yo no creo en el cielo ni en el infierno, y no creo que un hecho ajeno pueda salvarme o condenarme, porque si fuera así yo sería culpable de todos los crímenes que se cometen también. Volviendo a mi infancia, esos son mis recuerdos fundamentales, la biblioteca de mi padre… Nosotros vivíamos en ese entonces en un arrabal: Palermo. El de los cuchilleros y payadores.
 
¿Ese mundo de cuchilleros y payadores usted lo veía, lo imaginaba, o era una cosa sobre la que oía?
 
No, no, no. Todo eso estaba muy cerca, y por demasiado cerca no me interesaba. Evaristo Carriego era amigo nuestro y venía a casa todos los domingos, pero a mí no me interesaba su poesía, me interesaban más los cuentos de Stevenson o “Las mil y una noches”.
 
¿Qué edad tenía cuando empezó a leer?
 
Yo no me acuerdo de mí mismo cuando no sabía leer. No podría decirle cuándo empecé a leer. Si no supiera que a los tres años no pude haber leído diría que siempre leí. Tanto en inglés como en español porque… ¿posiblemente estoy aburriéndola? Yo tenía una abuela criolla.
 
De origen español.
 
No, no, de origen criollo, a los españoles no podía verlos. Los llamaba “los godos”. Y tenía también una abuela inglesa. Yo sabía que tenía que hablar de dos modos diferentes. De cierto modo con mi abuela criolla y de otro con mi abuela inglesa. Al cabo de un tiempo me fue revelado que esos dos modos de hablar, entera o casi enteramente distintos, eran la lengua castellana y la lengua inglesa. Mi abuela criolla sabía la “Biblia” de memoria.
 
¿Fue educado en alguna religión?
 
Voy a explicarle. Mi madre era católica como todas las señoras argentinas, es decir, sin entender absolutamente nada de religión. Mi padre era librepensador, como todos los señores argentinos también. Como Spencer. Mi abuela paterna era muy religiosa, protestante. Cuando llegó el momento de la primera comunión, mi padre me dijo: “Mirá, para mí es una ceremonia absurda, pero para tu madre es muy importante. ¿Querés hacer la primera comunión o querés esperar a haber llegado a alguna conclusión sobre estos hechos? Mi hermana eligió hacer la primera comunión y es católica, yo elegí no hacerla y soy libre pensador todavía, aunque eso parezca anticuado.
 
¿Considera que hay algún hecho en su infancia que lo ha marcado de alguna manera a usted o a su literatura?
 
Muchas cosas. Las espadas de mis abuelos por ejemplo.
 
¿En qué sentido?
 
Provocaban mi fantasía. También el retrato de mi bisabuelo, el coronel Suárez, me impresionaba mucho. Él ganó la batalla de Junín. Salió de Buenos Aires con San Martín a los dieciséis años. Cuando volvió a los veintisiete la familia no lo conocía. Y mi abuelo Borges que inició su carrera militar defendiendo la plaza sitiada de Montevideo, la plaza sitiada por los blancos de Oribe, y tenía en ese momento catorce años. Luego tomó parte en la batalla de Caseros, en la división oriental de César Díaz, y tenía dieciséis años. Después ya vino una larga carrera militar: dos balas en la guerra del Paraguay, las campañas con…
 
Usted tiene una gran añoranza de todo eso. ¿Le hubiera gustado?
 
Sí, sí, sí. Pero no sé si hubiera servido.
 
Aparte de que hubiera servido o no. Tal vez su añoranza es también de no haber servido. Se ve en sus cuentos, en “El sur” por ejemplo. Ese personaje es usted mismo.
 
Sí, sí. Ese es un cuento autobiográfico, en parte.
 
Ahí está eligiendo su muerte. Preferiría morir acuchillado en la llanura que morir en un quirófano.
 
Sí. Matar o ser muerto acaso no sea peor que envejecer, morir en la cama o sufrir la noche, dije alguna vez.
 
Sufrir la noche. ¿Sufre realmente la noche? Porque leyéndolo, a veces, uno tiene la sensación de que usted siente cierta felicidad no viendo, de que eso no le pesa, e incluso al contrario. En el cuento sobre Homero, el héroe descubre que ha dejado de ver. Usted dice: “Sintió como quien reconoce una música o una voz”, y luego: “Lo había encarado con temor, pero también con júbilo, esperanza y curiosidad”.
 
No, una cierta felicidad no. Pero yo nunca viví en un mundo visual. Por ejemplo…
 
¿Qué quiere decir con que nunca vivió en un mundo visual?
 
Por ejemplo, yo sé que tengo, lo ha asegurado mi madre que no me engaña, dos corbatas. En otras épocas habré tenido más, pero nunca he sabido cuántas.
 
Me parece que eso tiene más que ver con otras características suyas. Usted dice: “Nunca viví en un mundo visual”. Tampoco táctil. Usted no sabe cuántas corbatas tiene porque no le interesan las corbatas, simplemente.
 
Yo no sé cuál es el color de la ropa que llevo. Por ejemplo me ha sucedido de estar enamorado de una mujer, muy enamorado, este… este… y no poder imaginármela bien.
 
Explíqueme qué quiere decir exactamente.
 
Imagino el ambiente de ella, la felicidad de estar con ella. Eso sí lo imagino. Pero si me preguntan el color de sus ojos, la forma de la nariz o de su boca, yo no sabría contestar.
 
¿Entonces lo que le llega de una mujer qué es? ¿Su manera de hablar por ejemplo?
 
¡Ah, no! pero… pero… No, pero es que yo creo que hay algo misterioso ahí, aun en el tema de la inteligencia. Uno va a una reunión, uno conversa con varias personas. Entre esas personas hay una que hace observaciones agudas y hay otra que no dice nada o que dice trivialidades. Al salir uno piensa: fulana de tal es una imbécil y la otra es inteligente.
 
¿Cuál es la inteligente, la que dijo las cosas agudas o la otra?
 
No, la que no dijo nada. Uno ha sentido la inteligencia de un modo misterioso. En cambio una persona puede decir cosas inteligentes y dejar la impresión final de que es idiota. Posiblemente eso ocurra porque una persona brillante es fácilmente una persona vanidosa, entonces uno siente antipatía por ella, ¿no?
 
Veamos algunas de las constantes de su literatura: las bibliotecas. Usted ha vivido la mayor parte de su vida entre bibliotecas, la de su padre, la Nacional… ¿en qué momento escribió esas historias de bibliotecas?
 
Mientras trabajaba en la de Almagro. En la Nacional comprobé que estaba rodeado de novecientos mil libros, un paraíso de libros que me estaba negado porque no podía leer. Sólo leía las carátulas, los títulos. Ahora ni eso. Lo único que veo son sombras, bultos, luces, el color blanco y el color amarillo.
 
¿Cómo se sintió cuando se dio cuenta que no podía leer más?
 
Cuando sentí eso fue allí, en la biblioteca. Un día me di cuenta de que sólo veía las letras muy muy grandes. Entonces recordé una frase del filósofo alemán Steiner: “Cuando algo concluye -no sé, una mujer lo deja a uno, o lo que sea, o se pierde la vista- uno debe pensar que empieza algo nuevo”. Claro que ese consejo es un poco inútil porque uno sabe lo que ha perdido y no sabe lo que comienza. Con todo, yo dije: “Aquí va a empezar algo”.
 
¿En el momento en que sintió que había perdido la vista?
 
Sí.
 
Usted lo relata en el cuento de que le hablaba: “Una terca neblina le borró las líneas de la mano, la noche se despobló de estrellas”.
 
Sí, hablando de Homero. Entonces volví estudiar anglosajón, inglés antiguo. Más tarde comencé a escribir con una amiga un libro sobre Spinoza y además, ahora, estoy corrigiendo mi obra que Emecé publicará completa. Tengo setenta y cuatro años y mis facultades imaginativas e inventivas están mermando.
 
Usted siente eso. ¿O lo dicen sus críticos?
 
No, no. No sé. Tal vez lo dicen mis críticos. Yo siento eso. Bueno, voy a hacer algo que no requiera esas facultades.
 
¿Qué entiende por corregir sus obras?
 
Lo que en general se entiende por corregir. Además pienso dejar caer ciertas cosas que no me gustan.
 
¿Qué cosas? Cosas enteras no.
 
Sí, cosas enteras sí. Estoy tratando de hacer un libro que me desagrade menos que los anteriores. Hay ciertas composiciones que voy a dejar caer del todo porque me parecen muy sensibleras, muy tontas.
 
¿Qué, por ejemplo?
 
No, no es cuestión de hacerles propaganda. Libros enteros voy a dejar caer, porque no me gustan, me parecen ridículos.
 
¿Será un buen crítico de usted mismo?
 
No sé, pero soy el único crítico de que dispongo.
 
Por lo menos con un criterio que usted respeta…
 
Bueno, después de todo yo escribí esas cosas con mi criterio también. Suponga que yo estoy escribiendo y se me ocurre hacer alguna modificación. ¿Por qué no voy a usar ese mismo criterio dos años después? Eso es propiedad mía y yo mismo no me voy a hacer ningún pleito.
 
¿Cómo se siente cuando piensa que dejará una obra tan vasta?
 
De esa obra se encargarán el polvo y el olvido.
 
¿Está seguro que va a ser olvidado?
 
Estoy totalmente seguro.
 
¿En serio?
 
Pero si lo que yo he escrito no vale nada.
 
¿Pero usted está hablando en serio?
 
A mí no me gusta lo que yo escribo. Tendré algunos cuentos que son buenos porque habrá algún eco de Kipling, por ejemplo.
 
Pero, ¿por qué no le gusta lo que escribe? ¿Nunca le gustó o ahora mira para atrás y no le gusta?
 
No sé, uno escribe lo que puede y no lo que quiere. Uno no toma la decisión de ser Shakespeare.
 
Pero toma la decisión de ser Borges, y hay toda una generación que lo aplaude en varios idiomas. Una generación de críticos, de lectores.
 
Ese es un criterio estadístico.

24 de mayo de 2021

Gabriela Mistral. Maestra rural y poetisa

Lucila María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayaga, poetisa mundialmente famosa con el seudónimo de Gabriela Mistral, nació el 7 de abril de 1889 en el nº 759 de la calle Maipú (hoy llamada calle Gabriela Mistral)
de Vicuña, pequeña ciudad del valle del Elqui ubicado en la provincia de Coquimbo, Chile. Era de ascendencia vasca, hija de un maestro de escuela con ambiciones literarias y de una modista y bordadora. A los pocos días de su nacimiento la familia se trasladó al pueblo de La Unión (hoy conocido como Pisco), donde creció oyendo las canciones de cuna que su madre le cantaba para arrullarla y que ella rememoraría años después al escribir  “Evocación de la madre”, una poética narración en prosa en la que decía: “No hay ritmo más suave, entre los cien ritmos derramados por el primer músico, que ese de tu mecedura, madre, y las cosas plácidas que hay en mi alma se cuajaron con ese vaivén de tus brazos y tus rodillas. Y a la par que mecías me ibas cantando, y los versos no eran sino palabras juguetonas, pretextos para tus mimos. En esas canciones, tú me nombrabas las cosas de la tierra: los cerros, los frutos, los pueblos, las bestiecitas del campo, como para domiciliar a tu hija en el mundo, como para enumerarle los seres de la familia, ¡tan extraña!, en la que la habían puesto a existir”.
Cuando tenía tres años su padre abandonó el hogar. Según dicen algunos biógrafos de la escritora, por encontrarse sin trabajo como docente y no poder mantener a la familia. “El padre anda en la locura heroica de la vida y no sabemos lo que es su día”, escribiría mucho después al rememorar aquel episodio. Fue entonces cuando madre e hija se mudaron a Montegrande, una aldea en la que vivía Emelina, otra hija quince años mayor que Lucila que la mujer abandonada había tenido en un matrimonio anterior, la que trabajaba como maestra rural. Ella fue quien le dio las primeras lecciones escolares y le enseñó a leer.
El paisaje rural que la rodeó en su infancia aparecerá una y otra vez en su posterior producción poética. El nombre de las plantas, las flores y la fauna animal los aprendería de un hacendado que tenía un parque zoológico y botánico en Montegrande. Fue él quien despertó en la pequeña niña su interés en la botánica, la biología, la geografía y la astronomía. Por otro lado, los cuentos, fábulas y leyendas de la región que contaban los habitantes del lugar completarían su formación.
Cuando tenía doce años se mudó con su madre y hermanastra a La Serena, donde conoció a su abuela materna y escribió sus primeras composiciones literarias. Poco después conoció a Bernardo Ossandón (1851-1926), un viejo periodista dueño de una enorme biblioteca en la que Lucila, a sus quince años, encontraría muchas herramientas para lo que sería el camino de su trayectoria docente y literaria. Años después, recordaría: “El buen señor me abrió su tesoro de biblioteca fiándome libros de buenas pastas y de papel fino”.
Por entonces ya vivía en la población costera de Coquimbo, donde ve por primera vez el mar, otro elemento natural al que le dedicaría poemas años más tarde. Fue allí donde, gracias a Ossandón, publicaría el 30 de agosto de 1904 sus primeros textos en prosa en el diario “El Coquimbo” que él dirigía. Entre ellos pueden mencionarse “El perdón de una víctima”, “La muerte del poeta”, “Las lágrimas de la huérfana”, “Amor imposible” y “Horas sombrías”. Y sería en ese mismo medio en el que, el 23 de julio de 1908, a los diecinueve años de edad, publicaría la poesía “Del pasado”, firmado por primera vez como Gabriela Mistral, seudónimo que desde entonces la acompañaría toda su vida tomado de sus admirados poetas Gabriele D'Annunzio (1863-1938) y Frédéric Mistral (1830-1914).
Durante ese período, además, también publicó en la “La Voz del Elqui”, el periódico de Vicuña, varios artículos entre los cuales se cuentan “La instrucción de la mujer”, “Carta íntima”, “Ensoñaciones”, “Junto al mar” y “Habla la anciana experiencia”, trabajos todos ellos que, en 1908, serían objeto de estudio por parte del profesor de Castellano y Filosofía Luis Carlos Soto Ayala (1885-1955), quien los recopiló en el volumen “Literatura Coquimbana” expresando elogiosos conceptos sobre la escritora.
Su carrera docente fue sumamente precoz. Apenas con quince años de edad fue nombrada ayudante en la Escuela de La Compañía Baja y, a partir de 1908, ejerció como maestra primaria en un pueblo rural: La Cantera. Su ingreso a la Escuela Normal de Preceptoras de La Serena se vio frustrado debido a la resistencia que despertaron algunos poemas suyos en círculos conservadores locales, que los calificaron como “paganos” y “socialistas”.
En 1910 se trasladó a Santiago, donde trabajó en la Escuela de Barranca y aprobó los exámenes de ingreso en la Escuela Normal de Preceptores. A partir de entonces empezó a trabajar en distintas escuelas alrededor del país, como las de las ciudades de Antofagasta, Punta Arenas, Traiguén y Temuco, ciudad esta última ubicada en pleno territorio de la Araucanía, en donde tuvo un acercamiento directo “con la brava gente araucana” y en la que conoció a Pablo Neruda (1904-1973), a quien introdujo en la literatura rusa, sobre todo en la de uno de sus mayores representantes: Fiódor Dostoyevski (1821-1881). Años después, el autor de “Veinte poemas de amor y una canción desesperada” recordaría que “ella me hizo leer los primeros grandes nombres de la literatura rusa que tanta influencia tuvieron sobre mí”.
Mientras colaboraba en diversas publicaciones literarias y pedagógicas de su país como “Familia”, “Figulinas”, “Pacífico Magazine”, “Primerose” y “Revista de Educación Nacional”, ejerció como profesora de Gramática Castellana y directora del Liceo Femenino de Los Andes, un centro de estudios secundarios. Allí vivió su primera experiencia amorosa al enamorarse de un modesto empleado ferroviario que, por causas desconocidas, se suicidó al poco tiempo. La rememoración del ser querido y de su trágica desaparición sería objeto relevante de su futura obra poética. Tanto fue así que su fama como poetisa (aunque ella prefería llamarse poeta) comenzaría en 1914 luego de haber sido galardonada en el certamen lírico Juegos Florales -que se llevó a cabo en Santiago- por sus “Sonetos de la muerte”, inspirados en aquel inesperado y doloroso suicidio. La obra incluía un conjunto de poemas desgarradores entre los que se destacan “Balada”, “Tributación”, “Nocturno” e “Interrogaciones”. En uno de ellos escribió: “¡Oh! no, volverlo a ver, no importa donde, en remansos de cielo o en vórtice hervidor, bajo las lunas plácidas o entre el cárdeno horror, y ser con él todas las Primaveras y los Inviernos en un angustiado nudo en torno a su cuello ensangrentado”.


En esa época, mientras colaboraba en publicaciones literarias como “Penumbras” de La Serena y “Elegancias”, revista que en París dirigía Rubén Darío (1867-1916), se fascinaba con las lecturas de Amado Nervo (1870-1919), Leopoldo Lugones (1874-1938) y Vicente Huidobro (1893-1948), entre los americanos, y Michel de Montaigne (1533-1592), León Tolstoi (1828-1910) y Máximo Gorki (1868-1936) entre los europeos. Fue precisamente en la revista parisina en la que apareció “El ángel guardián”, su primer poema editado en una revista extranjera. Casi simultáneamente, en su país varios de sus poemas eran incluidos en “Selva lírica. Estudios sobre los poetas chilenos”, una antología de poetas chilenos que publicó la
Sociedad, Imprenta y Litografía Universo preparada por varios críticos literarios con la intención de “ofrecer a los antólogos e historiadores extranjeros una verdadera representación de la poesía chilena”, según puede leerse en su prólogo.
En tanto, como consecuencia de su eficaz labor docente, fue designada para ocupar importantes cargos en los organismos directivos de la enseñanza escolar chilena.
En 1922, gracias a la invitación del crítico literario español Federico de Onís Sánchez (1885-1966), apareció en una edición del Instituto de Las Españas de New York por él dirigido, una colección de poemas bajo el título “Desolación”, obra con la que comenzó a ser reconocida a nivel internacional. Ese mismo año fue invitada por el secretario de Instrucción Pública de México, el filósofo y escritor José Vasconcelos (1882-1959), para colaborar en la reorganización de las escuelas rurales y la creación de bibliotecas populares en dicho país, en el cual permanecería hasta 1924 ocupada en tales menesteres.
Estos hechos sirvieron para marcar el inicio de una serie de publicaciones en tierras extranjeras. En México se editó “Lecturas para mujeres” en 1923 y un año más tarde, en España se publicó “Ternura” y la antología “Las mejores poesías”. Poco después, en 1925, fue nombrada secretaria del Instituto de Cooperación Intelectual de la Sociedad de Naciones en París, Francia, país en el que asistió a distintos congresos y se relacionó con prestigiosos escritores franceses como Henri Bergson (1859-1941), Paul Valéry (1871-1945), Georges Duhamel (1884-1966) y François Mauriac (1885-1970). Luego, en 1928, representó a Chile y Ecuador en el Congreso de la Federación Internacional Universitaria en Madrid, y trabajó en el Consejo Administrativo del Instituto Cinematográfico Educativo de la Liga de las Naciones, en Roma, Italia.
Con la misión de recoger nuevas experiencias pedagógicas, en el transcurso de los años 1931 y 1932 visitó los centros de enseñanza universitaria Barnard y Vassar en Nueva York, y el Middlebury en Vermont, Estados Unidos. También dictó conferencias sobre hispanismo e historia indoamericana en las universidades de Costa Rica, Cuba, El Salvador, Guatemala, Panamá, Puerto Rico y República Dominicana, países en los que también dio numerosos recitales de su poesía. Posteriormente, alternando con sus actividades en el campo de la enseñanza, fue representante consular de su país en Madrid, Petrópolis, Lisboa, París, Los Ángeles y Génova, aunque en esta última ciudad no pudo ejercer al declararse abiertamente opositora al fascismo.
Sin embargo, esta suma de puestos relevantes poco representa en relación con el fantástico salto que dio la maestra rural de un rincón apartado de Chile, a la fama mundial alcanzada como poetisa, un prestigio que se incrementaría a partir de la publicación en 1938 en Buenos Aires del poemario “Tala” a instancias de su amiga la editora y escritora argentina Victoria Ocampo (1890-1979). Para muchos críticos, esta obra de composiciones más abstractas que aquellas con un fuerte predomino del sentimiento sobre el pensamiento que había publicado hasta el momento, marcó su plena madurez como poetisa. Con los sesenta y cuatro poemas del libro inauguró una línea de expresión neorrealista que afirmaba los valores del indigenismo, del americanismo y de las materias y esencias fundamentales del mundo, marcando así una evolución temática y formal que sería definitiva.
Poco antes había viajado a Montevideo, Uruguay, en donde participó en los Cursos Sudamericanos de Vacaciones junto a la argentina Alfonsina Storni (1892-1938)​​​​ y la uruguaya Juana de Ibarbourou (1892-1979). El encuentro, auspiciado por el Ministerio de Instrucción Pública y la Dirección de Enseñanza Secundaria, fue anunciado por la prensa del país bajo el título “Las tres musas de América”. “Las tres grandes poetisas de América disertan hoy. Trascendencia enorme del gran acto: Gabriela Mistral, Juana de Ibarbourou y Alfonsina Storni, hablarán. Excepcional”, decía el diario “El Pueblo” en su edición del 27 de enero de 1938. En su conferencia, la Mistral habló sobre su manera de escribir: “Escribo sin prisa, generalmente, y otras veces con una rapidez vertical de rodado de piedras en la cordillera”.


Poco después, tras trece años de ausencia, regresó a Chile y fue recibida calurosamente y homenajeada por las principales instituciones y por la intelectualidad. Antes de proseguir su derrotero por tierras hispanoamericanas dando conferencias en Lima, Guayaquil y La Habana, tuvo oportunidad de visitar su tierra natal y ese reencuentro con los paisajes de su infancia le resultó muy emotivo. Recordaría años después: “En mi Vicuña iba yo por las noches con una velita de sebo atravesando mis calles de la infancia”.
Al año siguiente, luego de viajar por tercera vez a Estados Unidos, partió rumbo a Niza, Francia, para desempeñar sus funciones consulares. En ese país se publicó por entonces una antología de su obra acompañada de un prólogo del escritor francés Francis de Miomandre (1880-1959) en momentos en que la situación generada por el estallido de la Segunda Guerra Mundial hicieron que la escritora y diplomática solicitase ser trasladada a otro destino. Fue entonces cuando viajó a Brasil, instalándose en Petrópolis, una ciudad próxima a Río de Janeiro. Y fue allí donde le tocó volver a pasar por momentos trágicos y dolorosos. Primero, en febrero de 1942, los suicidios del escritor austríaco Stefan Zweig (1881-1942) y su esposa, quienes huyendo de los horrores de la guerra y de la persecución nazi se habían refugiado justamente en esa ciudad. La Mistral había entablado una profunda amistad con el autor de obras destacadas como “Vierundzwanzig stunden aus dem leben einer frau” (Veinticuatro horas en la vida de una mujer) y “Die schachnovelle” (Novela de ajedrez), y su muerte fue lamentada profundamente por la poetisa, sentimiento que volcó en el artículo “La muerte de Stefan Zweig”, en el cual trazó una semblanza del personaje: “Su sensibilidad superaba a la mostrada en sus libros. Su repugnancia a la violencia era no sólo veraz: era absoluta. Le importaban todos los pueblos y se había apegado muchísimo a los nuestros”.
Al año siguiente, en agosto de 1943, la tragedia se repetiría con el suicidio de su sobrino Juan Miguel a quien había adoptado como hijo propio a inicios de 1926 tras la muerte de su madre natural, cuñada de la poetisa. Yin Yin, como ella cariñosamente lo llamaba, creció junto a ella considerándola su madre y la acompañó en todos sus viajes. Al momento de suicidarse dejó una breve nota: “Querida mamá, creo que mejor hago en abandonar las cosas como están. No he sabido vencer. Espero que en otro mundo exista más felicidad”. La escritora recordaría tiempo después: “Nunca la poesía fue para mí algo tan fuerte como para que me reemplace a este niño precioso con su conversación de niño, de mozo y de viejo”.
Fue también en Petrópolis que, en noviembre de 1945, recibió la noticia de que había sido galardonada con el Premio Nobel de Literatura en reconocimiento no sólo de su producción poética, una “poesía lírica inspirada en poderosas emociones y por haber hecho de su nombre un símbolo de las aspiraciones idealistas de todo el mundo latinoamericano”, según fundamentó la Academia Sueca, sino también por su labor literaria, su difusión de la cultura y su lucha por la justicia social y los derechos humanos. Dicho Premio Nobel, al que recibió en Suecia el 10 de diciembre de aquel año, fue el primero otorgado a un escritor de América Latina y, a su vez, sigue siendo hasta el presente la única mujer escritora latinoamericana que fue distinguida con dicho galardón universal. “Por una venturanza que me sobrepasa, soy en este momento la voz directa de los poetas de mi raza y la indirecta de las muy nobles lengua española y portuguesa”, declaró al momento de recibir la distinción.
A partir de entonces se sucedieron los reconocimientos de manera continua: Francia le concede la Legión de Honor, Italia el Doctorado Honoris Causa de la Universidad de Florencia, Cuba la medalla Enrique José Varona de la Asociación Bibliográfica y Cultural de Cuba, Estados Unidos el premio Serra de las Américas de la Academy of American Franciscan History de Washington y Chile el Premio Nacional de Literatura. El dinero recibido por este último premio “por la trayectoria y prestigio de su obra”, lo donó para la creación de un fondo de ayuda a los niños desvalidos de Montegrande, la aldea en la que había pasado parte de su infancia. Además, en esa oportunidad, la Universidad de Chile la distinguió con el Doctorado Honoris Causa, título académico que otorgaba por primera vez, un premio que agradeció definiéndose como “una simple y antigua maestra rural”.


Allí también, en 1954, se publicó “Lagar”, un poemario en el que rememoró todas las muertes, las tristezas y las pérdidas que había sufrido a lo largo de su vida, e incluso habló sobre su salud quebrantada. Luego de cumplir funciones consulares en Italia fue destinada a los Estados Unidos, país en el que, además de realizar sus tareas específicas, dio recitales de poesía y dictó conferencias en distintas universidades. La diabetes que desde hacía varios años la afectaba y algunos problemas cardíacos hicieron que su salud comenzara a resentirse cada vez más, lo que no le impidió continuar con su labor.
Por entonces la Columbia University le otorgó el Doctorado Honoris Causa por “su brillante trayectoria y su contribución a la literatura”. También tuvo la oportunidad de conocer al escritor alemán Thomas Mann (1875-1955), con quién trabó una sólida y profunda amistad.
En 1955, con su salud seriamente debilitada, acudió en Nueva York como invitada de honor de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) a la celebración del 7º aniversario de la promulgación de la Declaración de los Derechos Humanos. “Yo sería feliz si vuestro esfuerzo por obtener los derechos humanos fuera adoptado con toda lealtad por todas las naciones del mundo”, declaró en esa oportunidad.
Poco después se le descubrió un cáncer de páncreas. Entre hospitalizaciones y exámenes médicos todavía tuvo oportunidad de participar en el que sería su último acto público: el encuentro de la Unión Panamericana en Washington. En los meses siguientes su estado de salud se volvió cada vez más precario, hasta que, después de varios días de agonía, fallecería en la madrugada del 10 de enero de 1957 en el Hempstead General Hospital de Long Island, Nueva York. Cumpliendo con sus deseos, sus restos fueron trasladados a Chile y hoy descansan en su amado pueblo de Montegrande.
Además de apasionada, poderosamente directa y expresiva fue la obra lírica de Gabriela Mistral, desde sus ya mencionados primeros libros hasta las obras que se publicaron póstumamente, entre ellas “Poema de Chile”, “Motivos de San Francisco”, “Recados. Contando a Chile”, “Lagar II” y “Magisterio y niño”, obras a las que se le sumaron diversas antologías de sus versos y recopilaciones de sus cartas, artículos periodísticos, notas críticas y otros escritos en los cuales recorrió la geografía, la naturaleza y las gentes de su país y analizó la condición de la mujer en América Latina, la valoración del indigenismo, la educación de los pueblos americanos y la necesidad de elevar la dignidad y la condición social de los niños en el continente americano, reflexiones todas ellas que, sin dudas, constituyen su mayor legado a la humanidad.